Epigrafía y numismática en la antigüedad clásica

Histoira. Epigrafía. Numismática. Inscripciones. Numismática. Monedas. Medallas. Onomástica. Metales

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EPIGRAFÍA Y NUMISMÁTICA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA.

PARTE I: EPIGRAFÍA LATINA.

TEMA 1. INTRODUCCIÓN.

1.1. Definición y límites de la epigrafía.

La epigrafía se define como la ciencia que estudia las inscripciones antiguas realizadas sobre materiales duros, como piedra o bronce, aunque también estudia todos los textos grabados, pintados o estampillados sobre madera. Eran muy frecuentes en la Antigüedad las tablillas enceradas o tabulae ceratae. Conservamos conjuntos de tablillas enceradas en Dacia, las tablas donde se escribían carteles electorales en la ciudad de Pompeya, tablillas encontradas en ciudades inglesas.

También la epigrafía estudia inscripciones pintadas sobre otros materiales duros y. entre las más importantes, destacan las encontradas en la Muralla de Adriano, o las pinturas parietales de Pompeya, o estampilladas, como las estampillas que aparecen en los objetos de metal, signos que nos permiten reconstruir el proceso de fabricación y comercialización de los objetos.

También se realizaban inscripciones sobre hueso, barro cocido -como los tituli picti, que tenían un carácter fiscal, o las inscripciones realizadas sobre ánforas, que nos permiten reconstruir el proceso de fabricación y comercialización de los productos que éstas contenían- y los grafitos hallados en Pompeya en las paredes de las casas u otros edificios.

Quedan fuera del estudio de la epigrafía los textos escritos sobre pergamino, que son objeto de estudio de la paleografía, y los textos escritos sobre papiro, que son objeto de estudio de la papirología.

La importancia de las fuentes epigráficas y sus problemas han hecho de la epigrafía una ciencia muy especializada, cuyo objetivo es el análisis del soporte escriturario, la lectura del texto epigráfico, su interpretación, datación, valoración, y la relación del texto con otros de su misma naturaleza.

Aspectos no tenidos en cuenta antes en la epigrafía, como el estudio del soporte del texto epigráfico, o el contexto en que apareció la inscripción, son cada vez más importantes en los estudios epigráficos y ayudan a una mejor comprensión de los textos epigráficos antiguos. En el antiguo Corpus Inscriptionum Latinarum (C.I.L.), p. e., no aparecían estudios sobre el soporte o sobre el contexto en que aparecieron las inscripciones, pero en la reelaboración de este Corpus (C.I.L.2), Corpus si aparecen (Véase la inscripción de la lámina 19, en la fotocopia 73, que habla de la reconstrucción de un edificio en la ciudad de La Bitolosa, en los Pirineos).

Las inscripciones romanas más antiguas conservadas son del S. VI a. C., las cuales están escritas en una letra capital arcaica muy difícil de traducir. Las inscripciones serán más abundantes en época republicana, alcanzando su auge en época de Augusto. Así, de los XVII volúmenes del C.I.L., el primero recoge todas las inscripciones romanas conservadas desde la fundación de Roma hasta el final de la República, y el resto recogen las inscripciones conservadas a partir de Augusto, del Alto y del Bajo Imperio. La moda epigráfica bajo Augusto comenzará a decaer hacia el 220 d. C., siendo su caída muy rápida desde entonces y alcanzando su punto más bajo entre mediados y finales del S. III. Esto hace que para el Bajo Imperio, las inscripciones epigráficas sin desaparecer del todo sean mucho más escasas y, por tanto, que la epigrafía deje de ser, como era para épocas anteriores, una fuente de primer orden para el historiador.

1.2. Importancia como fuente para la Historia Antigua: el hábito epigráfico.

Evidentemente, cada nueva generación de historiadores, empleando nuevos planteamientos y métodos de investigación, pueden realizar avances, pero, actualmente, las esperanzas de realizar avances en Historia Antigua se cifran, en buena parte, en la aparición de nuevas fuentes. En esto, las fuentes de la pairología y la epigrafía son las que más han aumentado cuantitativamente en los últimos años: en relación con la papirología, se han descubierto, p.e., un papiro que reconstruye toda la red viaria existente en Hispania, u otro papiro el que se menciona la existencia de la provincia Transduriana, de la que no se tenía conocimiento, que debió tener una breve existencia y que se acabó incluyendo en la provincia Hispania Citerior.

En relación con la epigrafía, han aparecido en Hispania en los últimos años nuevas inscripciones que han convertido en básica a esta ciencia. Así, cuando en 1892, se publicó el C.I.L.II (volumen dedicado a las inscripciones de Hispania), éste contenía 6.400 inscripciones, y ahora conocemos unas 20.000. Por ello se está trabajando en una reelaboración de este corpus y, en concreto, de este volumen, el C.I.L.II 2. Si el C.I.L. está dividido por provincias romanas, ahora el C.I.L.2 aparece dividido por conventus (circunscripciones en que se dividían las provincias). Así, en lo referente a Hispania, se llevan publicadas todas las inscripciones referentes al conventus astigitanus (C.I.L.II 2 / 5), al conventus corduvensis (C.I.L.II 2 / 7), y a la parte meridional del conventus tarraconensis (C.I.L.II 2 / 14).

Los epígrafes constituyen una fuente objetiva y directa que nos ofrece mucha información, pero que también nos da varios problemas: su desigual reparto espacial y temporal, la cuestión de restituir textos que están mutilados o tienen lagunas, la datación de los epígrafes, y el hecho de que sea una fuente que necesita ser interpretada en su contexto histórico.

El estudio de los diversos conjuntos epigráficos delimitados por criterios geográficos o temáticos, permite abordar mejor los distintos temas históricos, dándonos más información que un epígrafe sólo, p. e., sobre los sistemas empleados para explotar los recursos de un territorio (p. e., los tituli picti que aparecen en las ánforas olearias, nos permiten conocer como era la producción y comercialización del aceite en la Bética). De igual forma, los epígrafes nos ayudan a conocer como se organizaba un municipio o colonia romanos, las creencias religiosas de sus habitantes, los diferentes grupos sociales que había, o como se realizaban las obras de construcciones públicas. Según Fergus Millar, las inscripciones leídas en bloque permiten conocer como era la vida, la estructura social, las mentalidades y los valores, de la población que estaba bajo el dominio de Roma.

La utilización de los conjuntos epigráficos y de la información contenida en ellos para llegar a deducciones que estén basadas en estadísticas, debe ser encarada cuidadosamente, debido a la existencia de hábitos epigráficos (disposiciones tomadas por la gente a la hora de realizar inscripciones), que no siempre son los mismos, varían a lo largo del tiempo.

El auge de los epígrafes se produjo bajo Augusto, ya que éstos eran utilizados como propaganda de Augusto y luego de los emperadores; posteriormente, las elites sociales emplearon los epígrafes para reseñar sus logros y su ascenso social, y los miembros de los grupos más humildes los utilizaron también, aunque sólo para reseñar el lugar donde estaban enterrados.

No debemos hablar, por tanto, de la existencia, no existencia o decadencia de las instituciones o cargos romanos basándonos en el volumen estadístico de las inscripciones conservadas. Así, la crisis del S. III d. C. se demuestra no sólo por la disminución del número de inscripciones grabadas, sino porque estas son sustituidas por inscripciones pintadas (p.e., se conserva una inscripción pintada del año 280 en el municipio de Singilia Barba dedicada al Augusto Licinio).

La no-aparición en epigrafía de una institución o divinidad no significa que no existiera, ya que esta ciencia está sujeta a nuevos descubrimientos que pueden cambiar las cosas. La magistratura de la cuestura, p.e., no aparece documentada epigráficamente en la provincia Hispania Ulterior, pero sí aparece en la Hispania Citerior, por lo que no es lógico pensar que no exista en la Ulterior. Así, en los años ochenta del S. XX, apareció la Ley Municipal, en tablas de bronce, de Irni (situada en El Sahucejo, Sevilla), donde hay un capítulo entero dedicado a la cuestura. Por tanto, si en un municipio pequeño de la Bética aparece documentada la cuestura, esto demuestra la existencia de dicha magistratura en la Bética.

Debido a los problemas ya citados de las fuentes epigráficas, nos encontramos, incluso, con problemas a la hora de estudiar los grupos sociales, p. e., para conocer el origo (origen) de los grupos sociales, como los caballeros y los senadores. Del grupo de los caballeros o equites que ocuparon milicias ecuestres se conservan 2.100 inscripciones para todo lo que era el Imperio Romano, y sólo en 100 de ellas se indica el origo de los caballeros, lo que representa el 4 % de las inscripciones conservadas. Por ello, si tenemos en cuenta que se calcula que en todo el Imperio Romano, durante los S. I y III d. C., hubo unos 52.200 caballeros, sólo conocemos, cuantitativamente hablando, el origo del 0,22 % del total de los caballeros que había en el Imperio.

Al analizar la epigrafía deberemos tener en cuenta las normas siguientes:

1. La epigrafía romana se desarrolló fundamentalmente en zonas urbanas y, por tanto, es más escasa en las zonas rurales, excepto en lo que se refiere a inscripciones funerarias.

2. Los hábitos epigráficos eran más fuertes entre los romanos o los grupos indígenas más romanizados que entre los grupos indígenas nada o escasamente romanizados.

3. Normalmente las inscripciones nos hablan de los ricos propietarios de tierras, los funcionarios imperiales, las elites municipales o las clases medias urbanas, es decir, de la gente que podía costearse con su dinero la erección de un epígrafe, y nunca de los grupos sociales más pobres.

4. Los estudios demográficos basados en la epigrafía no son fiables por varias razones: en cada región, dentro del hábito epigráfico imperante en todo el mundo romano en cada época, solían existir modas. Por ejemplo, se ha pretendido estudiar la esperanza de vida de la población del Imperio por los datos epigráficos, aunque en Roma los epígrafes indican la edad de fallecimiento de las personas si eran jóvenes, y en el norte de África sólo cuando habían llegado a viejos (si tenemos en cuenta el último dato, la esperanza de vida en el norte de África durante el Imperio Romano era de 47 años, siendo mayor que la esperanza de vida en Europa o EE.UU. a finales del S. XIX, lo cual es imposible). Además, debemos tener en cuenta que no toda la población podía permitirse costear un epígrafe, y que los que los que lo hacían generalmente disfrutaban de mejores condiciones de vida y, por tanto vivían más años.

El objetivo de la epigrafía era conseguir la perdurabilidad de una persona o hecho determinados en la memoria de la comunidad, el intentar ser recordado y pasar a la historia. Esto explica la importancia que los romanos dieron a las inscripciones honoríficas. Éstas, generalmente, iban acompañadas del levantamiento de una estatua de la persona mencionada en el epígrafe, y servían para que la gente recordase a esa persona y lo que había hecho y esas personas pasaban a convertirse en ejemplos a imitar por las generaciones futuras.

Para un romano, mantener su recuerdo en su ciudad de origen era algo parecido a la inmortalidad. A su muerte, muchos romanos dejaron fundaciones de dinero para que, en el día del nacimiento del difunto, se celebrasen actos en los que se recordase su memoria mediante la celebración de banquetes o el reparto de dinero entre la población.

El temor al olvido en los romanos se hace muy evidente, p. e., en una sociedad que aplicaba como un gran castigo la damnatio memoriae, que consistía en borrar los nombres de personas de toda estatua o edificio. Esto se hacía con emperadores que hubieran gobernado muy mal o con senadores que hubiesen cometido algún delito grave (p. e., se ha descubierto hace poco en Hispania una senato consulto que decretaba la damnatio memoriae para Gneo Pisón, acusado de querer matar a Germánico, el heredero del emperador Tiberio (14-37 d. C.).

La epigrafía no sólo servía para perpetuar el nombre de las personas que querían ser recordadas o que habían beneficiado con sus actos a toda la comunidad, sino que esto ayudaba a otros miembros o descendientes de esa persona a la hora, p. e., de presentarse a unas elecciones, debido a que estas personas se beneficiaban del prestigio conseguido por sus parientes entre el resto de la comunidad.

1.3. Recursos bibliográficos e informáticos: principales corpora epigráficos.

Aunque ya desde el S. XVII aparecieron distintas obras en las que se recopilaban inscripciones antiguas, la obra más importante en este sentido es el C.I.L. o Corpus Inscriptionum Latinarum. Esta obra fue encargada a la Academia de Berlín en el S. XIX, se empezó a publicar en 1863 y fue dirigida en sus comienzos por Th. Mommsen. La elaboración y publicación del C.I.L. II estuvo dirigida por Ae. Hübner.

El C.I.L. está dividido según un criterio geográfico por provincias romanas, aunque con algunas excepciones: el C.I.L. I recoge las inscripciones conservadas en todo el Imperio hasta la época de Julio Cesar; el C.I.L. IV a recoge las inscripciones parietales halladas en Pompeya; el C.I.L. XV, recoge todos los instrumenta conservados en el Imperio Romano (inscripciones realizadas sobre soportes móviles, o fácilmente transportables); el C.I.L. XVII, recoge las inscripciones de los miliarios de todo el Imperio Romano (inscripciones que se ponían en los caminos para señalar las distancias entre ciudades). Por lo que nos interesa, el C.I.L.II recoge los epígrafes hallados en Hispania, y ahora se está procediendo a su reelaboración, el C.I.L.II 2, por conventus. Hasta la fecha se han publicado las inscripciones referentes a los conventus (Así, en lo referente a Hispania, se llevan publicadas todas las inscripciones referentes a los conventus astigitanus (C.I.L.II 2 / 5), corduvensis (C.I.L.II 2 / 7), y la parte meridional del tarraconensis (C.I.L.II 2 / 14).

En lo referente a otras provincias romanas, el C.I.L.VIII recoge las inscripciones halladas en el norte de África. Es frecuente que una misma provincia ocupe varios volúmenes del C.I.L.: el C.I.L. XII y XIII se ocupa de las Galias y, en el caso de Italia, el C.I.L. X, XI, I, IV, XV, y XVII.

En un principio, el C.I.L. comprende XVII volúmenes y se planeó la elaboración, que aún no se ha acometido, del volumen XVIII, que recogería todas las inscripciones latinas en verso halladas en todo el Imperio Romano. El C.I.L. está dividido por provincias romanas y, a su vez, cada volumen, se divide por conventus y ciudades. El problema de esta organización consiste en la identificación de las ciudades, puesto que muchas ciudades actuales no tuvieron entidad de ciudades en época romana. Todos los epígrafes de una ciudad van reunidos y acompañados de una introducción histórica, y cada volumen cuenta con unos índices alfabéticos muy útiles que ayudan a localizar los epígrafes, por los nomen, cognomen, por temas de tipo militar, religioso, municipal etc.

También existen antologías de inscripciones romanas agrupadas por temas o por provincias, como los trabajos de H. Dessau, J. Vives, Fabré, Mayer y Rodá, y P. Piernavieja, citados en las fotocopias 68 y 69.

En las revistas sobre epigrafía aparecen anualmente las nuevas inscripciones que se hayan publicado. Entre estas revistas destacan la francesa L´Année Épigraphique, la portuguesa Ficheiro epigráfico y las españolas Hispania Antiqua Epigraphica e Hispania Epigraphica.

También Internet se ha convertido en un recurso fundamental a la hora de recoger los repertorios epigráficos. Además de las direcciones de la Red señaladas en la página 70 debemos destacar dos más en relación con la epigrafía: la primera es la página web de la revista Hispania Epigraphica, y es www.ucm.es/info/archiepi; la segunda pertenece a la página web del departamento de Historia Antigua de la universidad de Alcalá de Henares (Madrid) y es www.2.alcalá.es/imágines.

1.4. El alfabeto: tipos de letras.

El alfabeto latino contaba en un principio con 21 letras, introduciéndose, a partir del S. II a. C., dos letras más, la i griega y la zeta, con lo que pasó a tener 23 letras. Los orígenes del alfabeto latino no están claros. Unos especialistas creen que su origen es el alfabeto griego arcaico calcídico (de la isla de Calcis), mientras otros creen que su origen es el alfabeto arcaico etrusco.

En el alfabeto latino, en un principio y hasta el S. IV d. C., se utilizaron sólo las letras mayúsculas o capitales. En las inscripciones anteriores a la época de Augusto (27 a. C.- 14 d. C.), se utilizó la letra capital arcaica, que se escribía con un punzón de metal o stilus, de la que derivaron, por un lado, la capital cuadrada y la capital actuaria o rústica, empleadas en inscripciones monumentales, y, por otro lado, la cursiva, que es la letra de uso corriente y que hallamos en paredes de casas u otros soportes. Los tres últimos tipos de letra mencionados se emplearon desde el S. I a. C. al III d. C. A finales del S. III d. C. ya aparecen otros tipos de letras, las minúsculas, que se escriben sobre pergamino y papiro, y que no son objeto de estudio de la epigrafía.

La capital arcaica es un tipo de letra que lleva este nombre por ser en la que están escritos los testimonios más antiguos conservados en epigrafía romana y la que se utilizó hasta la época de Augusto en las inscripciones. Sus letras son angulosas y rígidas y carecen de ápices, que son las puntas que tienen las letras en sus ángulos o extremos. Junto a las formas normales de las letras de la capital arcaica, aparecen en algunas letras formas distintas particulares a este tipo de letra, que nos ayudan a identificarla y a datar inscripciones.

La capital cuadrada, monumental o elegante deriva de la arcaica y se desarrolló desde la época de Cesar y Augusto (S. I a. C.). Se llama cuadrada a este tipo de letra, porque la mayor parte de las letras que la forman pueden inscribirse en un cuadrado, y los especialistas dicen que son letras hechas con regla y compás. La capital cuadrada se caracteriza porque las letras son más proporcionadas que en la cursiva, nunca les faltan los ápices y todas las letras están a la misma altura, excepto la efe, la i y la ele.

La capital rústica, actuaria, clásica o libraria es menos solemne en su aspecto que la capital cuadrada, pero no por ello es menos elegante. Sus rasgos recuerdan a las letras trazadas a pincel, las letras son más estrechas y altas que en la capital cuadrada, y los ápices tienden a alargarse y a curvarse.

La cursiva se deriva, también, de la capital arcaica y que se desarrolla, desde un punto de vista cronológico, al mismo tiempo que aquella. Sus rasgos son más cursivos debido a la rapidez con que se trazan las letras y al stilus que se utiliza para trazarlas. Esto hace que las letras se simplifiquen y que los rasgos de éstas se deformen. Este tipo de letra aparece en las tablillas enceradas y en los grafitos de Pompeya, siendo también frecuente su uso sobre barro, pero no aparece en las inscripciones monumentales.

1.5. Siglas y abreviaturas.

En todas las inscripciones tenemos siglas y abreviaturas que aparecen continuamente. Las siglas más frecuentes servían para indicar los praenomina. También había una serie de fórmulas muy comunes que servían para indicar expresiones, títulos o cargos conocidos y que se indicaban con la letra/s inicial/es de la palabra/s; p.e. D.M. = Diis Manibus, o PR. = praetor o praefectus. Se indicaban palabras muy comunes por lo que la gente de la época debía saber reconstruir los textos de las inscripciones, saber de que tipo eran las inscripciones y situarlas en su contexto.

Las abreviaturas se diferencian de las siglas en que no solo aparecen la letra inicial de la palabra sino alguna otra. Lo más normal era que las abreviaturas suprimiesen las letras finales de las palabras: p. e., a., an. o ann. = annorum, o LIB. = libertus. Era menos corriente que se eliminara alguna letra intermedia de la palabra: p.e., COS = cónsul.

1.6. Numerales.

Los romanos utilizaron algunas letras del alfabeto para indicar los numerales. Es frecuente que en epigrafía para indicar cifras se añadan letras en vez de simplificar (p.e., el seis en epigrafía = VI o IIIIII). Para indicar las cifras superiores a mil, los romanos ponían sobre la/s letra/s una raya horizontal y dos rayas verticales a los lados. También se hacían referencias a monedas: si se citaba una cantidad en denarios, se indicaba con el símbolo X con una raya horizontal; si se citaba una cantidad en sestercios, se indicaba con el símbolo HS con una barra horizontal.

1.7. Signos de interpunción.

Los romanos utilizaron una serie de signos de interpunción para separar y distinguir las palabras en los textos, pero esta práctica, frecuentemente, no se cuidó. La interpunción se realizaba colocando un signo a la altura media de las letras o palabras, y estos signos eran muy variables. El signo más frecuente es un cuadrado, realizado mediante cuatro golpes de cincel. Posteriormente, surgieron otros signos, siendo los más frecuentes entre ellos el triángulo y, a partir del S. I d. C., la hereda, que era una hoja de hiedra.

1.8. Diferentes tipos de soportes.

Un problema muy importante aparece a la hora de definir los distintos tipos de soportes.

Dentro de la tipología de los bloques de piedra, están los moldurables o sin moldurar (17) que pueden ser un sillar, un fuste de columna, un basamento, donde se inscriben textos. La forma más frecuente de los bloques es un parelelepípedo, donde los textos de las inscripciones podían ir colocados en dirección vertical o en horizontal. Sólo se alisaba la cara anterior del bloque, porque éste se empotraba a una construcción, sea un mausoleo, sea un templo etc. (2). A veces el bloque tenía una moldura que delimitaba su campo epigráfico (espacio donde se inscribían los textos), que puede adquirir forma rectangular o de tabula ansata, una tabla con dos asas. Este tipo de soporte se encuentra tanto en inscripciones monumentales como funerarias, y no en inscripciones honoríficas o votivas (dedicadas a un dios).

Las placas (3,4 y 6), molduradas o sin moldurar, son generalmente unos sillares de piedra de tamaño más pequeño que los bloques. Normalmente, tienen forma rectangular, pero también han aparecido placas de forma cuadrangular, romboidal o redondeada. Los textos de las inscripciones podían ir colocados en dirección horizontal o vertical al monumento. Las placas se utilizaron para dedicar monumentos, para inscripciones monumentales. También existen unas placas de mediano tamaño para inscripciones funerarias, aunque, a veces, las placas se adosaban a los pedestales de las estatuas. Las placas de tamaño más pequeño se utilizaban para adosarlas a los nichos de los columbarios. Las losas y lápidas son piedras de pequeño grosor y que son lo mismo que las placas.

Lo que distingue a un bloque de una placa no es la forma ni la función sino la proporción entre sus dimensiones. Generalmente, tenemos un bloque cuando la suma de las dimensiones mayores divida por la dimensión menor es igual o menor a 6, y una placa, cuando el resultado de esta operación es mayor de 6. Sin embargo, esta fórmula presenta problemas si las dimensiones mayores están desproporcionadas con respecto a la dimensión menor. El grosor de las placas es variable, pero con piedras de textura dura, como mármol o caliza, pude llegar sólo a 2 cm.

Entre las grandes inscripciones monumentales realizadas sobre bloque o placa, hay una variante que consistió en el empleo de letras hechas de metal, de bronce dorado, llamadas letras áureas. Estas letras se fijaban al campo epigráfico con unos agarres de plomo (2). Algunos investigadores han podido reconstruir textos de inscripciones gracias a la presencia de estos agarres, p. e., G. Alfoldy pudo reconstruir gracias a los agarres una de estas inscripciones que estaba en el acueducto de Segovia. En otras ocasiones, las letras áureas se colocaban en un campo epigráfico donde, previamente, el texto se inscribía en los surcos correspondientes a los huecos de las letras (7). Otra variante de esto consistía en que dichos huecos, llamados alvéolos, se rellenaban, antes de fijar las letras áureas, con plomo, estaño, pasta vítrea o estuco.

Los bornes o hitos (9 a 11) son unos soportes que pueden tener forma de tambor de columna, de columna troncocónica o de parelelepípedo. Se utilizaban para marcar los límites del territorio de las ciudades, o de las cuadrículas de las centuriaciones o los límites de un espacio o locus funerario (9).

Los miliarios (12 a 14) son un tipo de borne, pero lo estudiamos de forma independiente al ser muy específico de las redes viarias. Los miliarios tienen forma de columna, o de parelelepípedo, pero la forma más normal era de columna cilíndrica y, a veces, troncocónica. El texto suele adaptarse a la curvatura de la columna, suele tener una moldura y, a veces, puede tener un campo epigráfico plano y rectangular.

Las aras o altares (15 y 16) son otro tipo de soporte epigráfico, los cuales pueden ser votivos (dedicados a una divinidad) o funerarios. Los altares no llevan complemento alguno, lo que los diferencia de los pedestales. Se estructuran en tres partes: un zócalo, un cuerpo intermedio paralelelipédico, donde se coloca la inscripción, y un coronamiento. En el coronamiento podía haber o no un focus (“hogar”), que es un cuenco pequeño y, a los lados, el coronamiento podía tener unos modillones, especie de almohadillas. También es frecuente que en la parte superior del altar, hubiera un cimacio, de forma semicilíndrica, cónica o circular, que era una representación figurada de una ofrenda puesta sobre el focus.

Los pedestales (17 y 18) son un tipo de soporte que consistía en una base, llamada en las fuentes basis statuae. A diferencia de los altares, los pedestales estaban destinados a soportar estatuas o, menos frecuentemente, trípodes. Podían ser honoríficos, votivos o funerarios. El problema está en como distinguir los pedestales del primer tipo de los del tercero, cuando los pedestales suelen aparecer en un sitio distinto del que estuvieron originalmente. Generalmente, es difícil distinguir unos de otros, excepto cuando en el pedestal aparecen las fórmulas pius in suis o amantissimum filium, pues entonces se trata de un pedestal funerario. Un pedestal se estructura en tres partes: un zócalo, un cuerpo intermedio paralelelipédico, donde se coloca la inscripción, y un coronamiento formado por una cornisa y un cimacio. Normalmente, la inscripción aparece en el cuerpo central del pedestal en uno de sus lados mayores, y puede o no estar enmarcada por un marco con o sin moldurar. Los pedestales monolíticos suelen aparecer más tardíamente, a partir de la segunda mitad del S. II o principios del III d. C., aunque en Italia aparecen ya en la primera mitad del S. II. Han aparecido, también, pedestales con secciones de formas raras, como hexagonales, octogonales o cilíndricos. Los pedestales ecuestres siempre tienen una sección rectangular y alargada, debido a la forma del tipo de estatua que soportan.

Las estelas (20 a 22) son monumentos de tamaño variable que se caracterizan porque son construcciones autónomas que tienen un perfil recortado y un débil grosor, que suele ser 1/3 o menos de la longitud del lado frontal. Las estelas podían colocarse de forma aislada encima de una tumba, o encontrarse en un monumento o construcción arquitectónica. Las estelas suelen estar ornamentadas, frecuentemente, con decoración de fachada de templo con frontón y dintel sostenido por columnas o pilastras, colocándose en el hueco central de la estela un retrato del difunto. Otras veces, la estela estaba ornamentada con decoración de cabecera semicircular y triangular con motivos astrales, geométricos o florales. También se han conservado algunas estelas “antropomorfas”. La inscripción se situaba en la parte central de la estela donde se ponía el nombre del difunto.

Las cupae (23 y 24) son monumentos de sección semicilíndrica, tienen siempre un carácter funerario y su forma recuerda a un tonel o baúl. Suelen presentar en uno de sus lados un campo epigráfico con los datos del difunto, el cual puede adaptarse a la curvatura del monumento o ser como una especie de cartela plana situada en un lateral de la cupa.

Las urnas cinerarias, que contenían las cenizas de los difuntos incinerados, podían presentar formas y materiales diversos. Podían estar hechas de piedra, cerámica vidrio o metal. La inscripción podía ir colocada sobre la cubierta de la urna o cofre o en uno de los lados de ésta. La forma de las urnas es paralelepipédica con cubierta plana o a dos aguas.

Un sarcófago (25) es un soporte que puede ser de piedra, o también de metal en el que se ha excavado un hueco en el que ha de caber el difunto. La/s inscripción/es podían estar colocadas en la cubierta o en uno de los lados del sarcófago.

Las hermae son unos bloques de piedra paralelepipédicos en los que se ponía la inscripción, los cuales terminaban en el busto de una persona o divinidad.

Los puteales (26) son brocales de pozos, que podían presentar epígrafes.

Las inscripciones rupestres solían ser muy frecuentes. La mayoría eran votivas, aunque no siempre. Podía haber, p.e., inscripciones en bloques de piedra que indicaran vías. Se han encontrado en el santuario de Panoias (en Portugal), el cual estaba dedicado a un culto mistérico y estaba ubicado sobre un afloramiento granítico, sobre el que han aparecido epígrafes. Las inscripciones rupestres pueden, también, ser pintadas, como es el caso de las cuevas-santuario (p. e., el Santuario de la Cueva negra de la Fortuna, en Murcia).

El mosaico es otro tipo de soporte (31). Fue muy frecuente poner textos sobre mosaicos desde época republicana. Los más interesantes son de fines de la República romana (en Hispania, se ha encontrado, p. e., uno de estos mosaicos en Itálica, varios en Cartagonova etc.), pues nos ofrecen información de la construcción de templos u otros edificios públicos encargada por los magistrados de las ciudades, por ciudadanos particulares, o por los representantes de las asociaciones socioprofesionales o collegia. En época imperial sigue habiendo mosaicos con textos, pero, con frecuencia, los textos se reducen a explicar el contenido del mosaico, o a indicar el nombre de los animales, dioses o personas que aparecen en el mosaico. Cuando aparece un nuevo mosaico, se sabe si éste está dedicado por las asociaciones socioprofesionales o collegia, porque en él aparecen los nombres de sus representantes, los magistri, bajo la abreviatura Magis, aunque también pudiera ser que no fueran representantes de asociaciones socioprofesionales, sino de asociaciones de ciudadanos, como los Conventus civium romanorum, en época premunicipal.

Los instrumenta o instrumentum domesticum son soportes móviles, o fácilmente transportables sobre los que se realizan inscripciones. Se han descrito 31 tipos diferentes de instrumenta. Dentro de esta tipología, los más frecuentes son los siguientes: las cerámicas con marcas de alfarero (27), con tituli picti (en este caso, son inscripciones pintadas); los sellos de los fabricantes de ánforas (29); los lingotes de metal, generalmente de plomo, en los que se transportaba a Roma el metal extraído de las provincias (28), en cuya parte superior, en el molde del lingote, se ponía un sello con el nombre del productor del lingote; las fístulas, o cañerías de plomo utilizadas para abastecer de agua a las casas (30); los diplomas militares, que eran una placas de bronce en las que se concedía la ciudadanía romana a los ciudadanos peregrinos a los soldados que se licenciaban tras cumplir 25 años en el servicio militar; los vasos metálicos con inscripciones como, p. e., los vasos de Vicarello, que son cuatro pequeños vasos de plata hallados en unas termas, las Aquae Apollinares, situadas al norte Roma, vasos en los que se indicaba el recorrido en millas entre Roma y Gades, con las jornadas que se hacían, las distancias entre ciudades, y los lugares donde el viajero podía parar a descansar; Y, por último, las tabellae defixionum eran pequeñas placas de metal, generalmente de plomo, que contenían textos mágicos o conjuros que eran maldiciones contra rivales en el amor, en el juego, o personas a las que se deseaba hacer daño o matar. Se confiaban a las almas de los muertos arrojándolas en las tumbas, para que llegaran a los dioses de los infiernos, de los que se esperaba la realización de las peticiones formuladas.

1.9. Los métodos de datación.

El sistema de datación oficial romano consistía en citar en ablativo los nombres de los cónsules romanos epónimos, que daban nombre al año, seguido de la abreviatura COS. = ConSulibus. Así, podemos datar todas las inscripciones en las que aparezcan los nombres de los cónsules epónimos, por el año de consulado (23).

En las inscripciones oficiales donde aparece citado el emperador se citan todos los nombres del emperador y los nombres de los cargos que había ocupado u ocupaba en el momento de levantarse la inscripción. Entre estos cargos está la potestad tribunicia que nos sirve para datar sus años de reinado. Los emperadores tomaban la primera potestad tribunicia el día en que asumían el trono y la renovaban al año siguiente en la misma fecha. Así se hizo hasta el año en que subió al trono el emperador Trajano (98-117), quién estableció que la primera potestad tribunicia, tomada el día en que asumían el trono, debía renovarse por segunda vez el día 10 de diciembre del mismo año, y que luego se renovaba anualmente todos los años ese mismo día, por lo que los emperadores podían tomar las dos primeras potestades tribunicias el mismo año.

En algunas inscripciones, rara vez, se toma como fecha de datación el año de la fundación mítica de la ciudad de Roma (753 a. C.), con el año y la fórmula Ab Urbe Condita (“desde la fundación de Roma”). Pero en la mayoría de las inscripciones no tenemos datos para fechar con precisión y debemos hacer dataciones aproximadas con intervalos más o menos grandes.

Se pueden dar algunos criterios generales de datación de inscripciones, pero éstos pueden variar de una región a otra. Además, se suelen utilizar fórmulas epigráficas para datar inscripciones y hay que tener en cuenta que la introducción de las fórmulas epigráficas no se suele producir el mismo año en todas las regiones. Los criterios de datación pueden dividirse en dos grupos:

Criterios externos:

Arqueológicos: la datación arqueológica de una inscripción es muy fiable y útil (Pompeya, programas electorales del 79 d. C.), pero por desgracia la mayoría de los epígrafes se han encontrado fuera del contexto arqueológico en el que aparecieron. Por otra parte, los estudios de la decoración del soporte pueden ayudarnos a datar las inscripciones.

Paleográficos: los criterios paleográficos para datar inscripciones no han gozado de mucho crédito, salvo para diferenciar las republicanas de las imperiales. Pese a ello podemos destacar algunos datos interesantes:

1. El sombreado (que se conseguía alternando trazos verticales anchos y hondos con trazos horizontales finos y más superficiales) no se difunde hasta mediados del S. I a. C.

2. Las interpunciones cuadradas no se dan después de época augustea; la hereda distinguens no aparece hasta mediados del S. I d. C. y su uso no se generalizó hasta el II. En Hispania las interpunciones triangulares con el vértice hacia arriba siempre son anteriores a época Flavia (69). El círculo se introduce en el S. II d. C.

3. El símbolo HS para el sestercio es sustituido desde el 180-200 por SS que están unidas por una barra media. Las inscripciones que indican un precio en denarios (X) son siempre posteriores al 100 d. C.

Criterios internos:

Los criterios que han proporcionado mejores resultados para datar son los relativos a las fórmulas epigráficas empleadas y a la onomástica:

1. Fórmulas funerarias:

  • Fórmula Pius in suis (7) aparece desde época julio-claudia (no anteriormente).

  • Fórmula Hic situs est (7) se utiliza desde mediados del S. I a. C. en la Bética y hasta inicios del S. III d. C. No obstante, si la fórmula está abreviada suele datarse en los S. I, II o inicios del III d. C.

  • La fórmula sit tibi terra levis (7) (normalmente abreviada) aparece poco antes de mediados del S. I d. C., perdurando hasta inicios del S. III.

  • La fórmula Diis Manibus o Diis Manibus Sacrum (7) no aparece en provincias hasta el S. II d. C. y permite datar las inscripciones de los S. II o III d. C.

  • La definición del locus funerario: (in fronte pedes..., in agro pedes; locus pedum...; locus quoquo versus pedum...) aparece desde las primeras inscripciones conservadas en Hispania, pero deja de aparecer a fines del S. I d. C (28,29).

  • Desde época de Augusto se generaliza la indicación de la edad del difunto (6) en genitivo (annorum), que aparece abreviada: S. I: an(norum). S. II: ann, anno, annor(um).

2. Onomástica:

  • La aparición de praenomen y nomen sin cognomen en Hispania, parece indicar una fecha anterior a mediados del S. I d. C. En Roma el cognomen aparece en el S. III a. C., pero no se generalizó hasta época de Sila (82-79 a. C.). En las inscripciones funerarias anteriores a mediados del S. I a. C., los difuntos suelen aparecer indicando sólo su praenomen y nomen (cuando son varios suele indicarse su grado de parentesco: mater, pater, filius...).

  • El praenomen comienza a hacerse raro desde fines del S. II para desaparecer a lo largo del III d. C.

  • La mención del abuelo, bisabuelo y tatarabuelo en las inscripciones (precedida de la palabra nepos, pronepos o abnepos, respectivamente “nieto”, “biznieto” y “tataranieto”) es típica del S. I y desaparece después de época trajanea (114 d. C.), salvo en el caso de los emperadores y sus familias (14, 57).

  • La indicación de la tribu desaparece desde fines del S. I en Italia y generalmente desde inicios del S. II en África e Hispania.

1.10. Edición de las inscripciones.

Para publicar una inscripción nueva es preciso dar unos datos sobre ella según unas normas convencionales conocidas por todos los epigrafistas, datos que van en este orden.

Aspectos externos:

  • Lugar del hallazgo de la pieza.

  • Lugar de conservación de la pieza.

  • Bibliografía utilizada para hallar la pieza.

  • Fotografía de la pieza, acompañada o no de un calco o dibujo de ella.

Aspectos internos:

  • Descripción del soporte según su tipo, material, la longitud (alto, ancho y largo) en centímetros, tanto de la pieza como del campo epigráfico, si tiene moldura o no, la altura de las letras línea por línea o por grupos de líneas, el estado de conservación del soporte y su decoración, si la tiene.

  • Transcripción del texto conservado, sin restituir ninguna abreviatura.

  • Lectura del texto, procurando restituir las abreviaturas y partes perdidas, para lo cual se utilizan los signos del Sistema Leyden, el cual ha sido mejorado recientemente en algunos aspectos.

TEMA 2. LA ONOMÁSTICA ROMANA Y EL CURSUS HONORUM.

2.1. Ciudadanos romanos.

En la onomástica romana, venían marcadas las distinciones y las diferencias sociales entre los ciudadanos romanos y los que no lo eran, y la forma que tenían los ciudadanos romanos de poner su nombre en las inscripciones nos permite, según cuantos sean los nombres que aparecen, conocer las diferencias de estatus social entre los ciudadanos romanos y los que no lo eran.

2.1.1. Los trianomina y su transmisión.

Según Varrón, los ciudadanos romanos solo tenían, en un principio, un nombre, al que añadían el nombre del padre en genitivo. Sin embargo, otros autores creen que ya desde un principio, existían el nomen y el cognomen. A partir del S. III a. C., se va a generalizar el uso de los trianomina: el praenomen, el nomen y el cognomen. A los trianomina se añadían la indicación de la filiación del individuo y el nombre de la tribu a la que pertenecía. Tanto la filiación como la tribu se colocaban entre el nomen y el cognomen, y estos elementos eran necesarios para elaborar el censo oficial de ciudadanos romanos, como indica una ley del 45 a. C. Los trianomina se daban a los niños a los nueve días del nacimiento, y a las niñas a los ocho días.

El praenomen era el nombre propio o individual de cada individuo y permitía distinguir a los hijos de una misma familia. Según Varrón, existían en Roma unos 30 preanomina, pero sólo 8 de ellos eran los más corrientes. En las inscripciones, el praenomen suele aparecer abreviado. El praenomen debe reconstruirse en nominativo, lo que indica el nombre de la persona que dedica la inscripción, o en dativo, lo que indica el nombre de la persona a quién está dedicada la inscripción.

El praenomen fue perdiendo valor como nombre propio y, durante la República, fue frecuente que varios hijos de una misma familia tuvieran el mismo praenomen, y se sabe que varias familias romanas importantes utilizaron sólo uno, dos o tres praenomina para todos sus miembros. Esto hizo necesaria la utilización del cognomen para diferenciar a varios miembros de una misma familia que eran hermanos entre sí.

El nomen era el distintivo que llevaban todos los individuos que pertenecían a una misma gens, o conjunto de familias unidas entre sí por descender de un antepasado común conocido. Todas las familias que pertenecían a una misma gens estaban sometidas a la autoridad del paterfamiliae. En principio, el cognomen apareció para diferenciar a las distintas familias pertenecientes a una gens, pero esto se perdió pronto, aunque, en el caso de las familias romanas importantes, éstas ponían un segundo cognomen para diferenciar a cada individuo.

El nomen suele aparecer entero en las inscripciones, y sólo se abrevia en el caso de los miembros de la familia imperial o de las familias nobles romanas. Los hijos legítimos de un matrimonio tomaban como nomen el del padre, mientras que los ilegítimos tomaban el de la madre. Cuando un individuo era adoptado abandonaba su praenomen y nomen originales y tomaba los del adoptante, aunque solía conservar su antiguo nomen convertido éste en cognomen y acabado con la terminación -anus. Aunque a veces, sobre todo en el Alto Imperio, el adoptado podía conservar, también, su praenomen original. El nomen aparece en las inscripciones en nominativo o en dativo concordando con el praenomen.

El cognomen no apareció hasta el S. III a. C., y su uso no se generalizó hasta la época de Sila. Los cognomina sirvieron para distinguir a los miembros de una misma familia dentro de una gens. El cognomen también se heredaba pero, la repetición del uso de varios praenomina en una familia, hizo necesario el empleo del cognomen para diferenciar a sus distintos miembros en el seno de ella. Sin embargo, desde época temprana, el cognomen dejó de heredarse y servía para distinguir a los distintos miembros de una misma familia.

Los cognomina aparecen en las inscripciones en nominativo o dativo, concordando con el nomen (4,5), y podían ser muy variados. Encontramos cognomina que pueden derivar de particularidades físicas del individuo (Niger, Albanus, Scaevola -“oscuro”, “blancuzco”, “zurdo”- etc.); otros marcan el orden de nacimiento de los miembros de la familia (Primus, Secundus, Tertius -“primero”, “segundo”, “tercero”- etc.); otros indican el origen geográfico o étnico del individuo (Africanus, Celtiber, Germanus -“africano”, “celtíbero”, “germano”- etc.); otros son relativos a una virtud o capacidad de la persona (Celer, Fortunatus, Felix, Delicatus -“rápido”, “afortunado”, “feliz”, “delicado”- etc.); también encontramos cognomina de raíz griega, que eran muy frecuentes (Hermes, Eros etc.), o de raíz celta o de otros pueblos indígenas sometidos por Roma (Urchail, Eburancus etc.).

2.1.2. Filiación y tribu.

La filiación se indicaba poniendo el nomen del padre del individuo abreviado y la palabra filius también abreviada (F o Fil.) No obstante, en el caso de las familias nobles romanas, también se indicaba la afiliación poniendo, además del nombre del padre, el praenomen del abuelo, bisabuelo o tatarabuelo, seguido de la palabra nepos (“nieto”), pronepos (“biznieto”), abnepos (“tataranieto”) o adnepos (tátara tataranieto)..

La filiación servía para atestiguar que los individuos eran hijos legítimos de matrimonios entre ciudadanos romanos, ya que los hijos ilegítimos tomaban el nomen de la madre, o no indicaban su filiación, o indicaban su ilegitimidad con la fórmula spurii filius.

A continuación de la filiación se indicaba abreviado el nombre de la tribu a la que pertenecía el individuo, sin poner detrás la palabra tribu, pues era algo sobreentendido. En Roma había 35 tribus, 31 tribus rústicas y 4 tribus urbanas, y un individuo, en principio, pertenecía a una tribu determinada según cual fuera su lugar de nacimiento, aunque, más tarde, los individuos pasaron a heredar la tribu del padre. En sus orígenes, las tribus, conjunto de gens unidas por tener un antepasado común muy lejano, eran unidades de voto, por lo que sólo si un individuo estaba adscrito a una tribu era ciudadano romano y, por tanto, podía votar en los comitia tributa (asamblea por tribus).

Cuando se extienda la ciudadanía romana por las conquistas de Roma, los habitantes de las provincias romanas que tengan la ciudadanía romana, serán incluidos en una de las 35 tribus que había en Roma, siendo las más frecuentes las tribus Galeria (38,41,42), Sergia (50,60), Quirina (18,19,51) y Papiria (37). En Hispania se observa que la mayoría de los indígenas que obtuvieron la ciudadanía romana en época de Julio Cesar, fueron adscritos a la tribu Sergia, la mayoría de los indígenas que obtuvieron la ciudadanía romana en época de Augusto fueron adscritos a la tribu Galeria, y la mayoría de los indígenas que obtuvieron la ciudadanía romana en época Flavia, a partir del Edicto de Latinidad (73-74 d. C.) de Vespasiano (69-79 d. C.), fueron adscritos a la tribu Quirina. Los libertos se adscribían a la tribu Palatina. Un liberto o esclavo liberado por un ciudadano romano adquiría automáticamente la ciudadanía romana y, desde época republicana, era costumbre incluir a los libertos en la tribu Palatina.

Había dos formas de obtener la ciudadanía romana. La ciudadanía podía a ser concedida por un magistrado con imperium a título personal (ex viritim), o a comunidades enteras (como hizo Cesar con las comunidades hispanas que lo apoyaron durante la Guerra Civil, como Gades o Ulia), o muchas ciudades hispanas durante la época flavia, lo que permite averiguar cuando las ciudades hispanas dejaron de ser municipios o colonias de derecho latino y se convirtieron en municipios o colonias de derecho romano.

La indicación de la tribu desapareció en las inscripciones con el emperador Caracala (211-217), cuando éste concedió, en el 213, la ciudadanía romana a todos los habitantes del imperio que no la tenían, aunque la indicación de la tribu había comenzado a desaparecer a partir del S. I d. C.

2.1.3. Origo.

La origo indica el lugar de procedencia de un individuo o el lugar donde éste tiene la ciudadanía local, siendo esto así para los ciudadanos romanos, excepto para los libertos que tomaban como origo la de los patronos que los habían liberado de la esclavitud. La origo (6, 32, 53) se situaba detrás del cognomen y suele indicarse en ablativo o en genitivo, aunque en las inscripciones no siempre aparece ésta.

En ocasiones, en lugar de indicarse en las inscripciones como origo el lugar de procedencia o la ciudad donde se tiene la ciudadanía romana, la persona indica el pueblo del que forma parte, precedido de la palabra nation (p. e., nation hispanus, germanus etc.): La nation se suele indicar cuando la persona muere en un territorio distinto del de su procedencia. También el individuo podía indicar en lugar de la origo su lugar de residencia precedido de la palabra domo.

2.1.4. Supernomina y polinomina.

Hablamos de supernomina cuando los ciudadanos romanos tenían en su cadena onomástica más nombres aparte de los trianomina. Además, dentro de los supernomina debemos hablar de los agnomina. Hablamos de agnomina cuando un individuo tenía varios cognomina. El ejemplo más claro de esto lo tenemos en el caso de los emperadores y miembros de la familia imperial y las familias romanas importantes.

En ocasiones, aparece un tipo de cognomen llamado signum, una especie de apodo del individuo y que se llama así por estar siempre precedido de la palabra signum, aunque también puede estar precedido de las palabras vocatur o sive.

Hablamos de polinomina, cuando las personas tienen varios nomina y cognomina puestos unos a continuación de los otros. La polinomía fue una práctica común desde el S. II a. C. entre los miembros de las familias senatoriales y nos permite conocer los matrimonios, adopciones, u otros vínculos existentes entre los miembros de las distintas ramas de una misma familia (33,34). Fue una práctica frecuente el tener un individuo la cadena nomen + cognomen + nomen + cognomen, para conservar así el cognomen de la madre.

2.1.5. Onomástica de la mujer.

En las inscripciones, en cuanto a la onomástica de las mujeres, no aparece el praenomen, excepto en casos excepcionales, y tampoco aparece la tribu a la que pertenecen las mujeres (15, 17).

2.2. Esclavos y libertos.

En las inscripciones en las que aparecen citados esclavos, el esclavo solamente llevaba un nombre, generalmente un cognomen, que le era impuesto por el mercader que lo había vendido o por el dueño al que pertenecía, seguido de la palabra servus (“siervo”). Otra posibilidad es que, tras el nombre del esclavo y delante de la palabra servus vayan, en genitivo, los trianomina del dueño.

Cuando un esclavo recibía la libertad adquiría la ciudadanía romana y se convertía en liberto. Entonces, el antiguo esclavo convertía su nombre en cognomen y adoptaba como praenomen y cognomen propios el praenomen y el nomen de su antiguo amo, ahora convertido en su patrono. Como los esclavos carecían de filiación, los libertos indicaban ésta utilizando el praenomen de su patrono seguido de la abreviatura L. o LIB. = LIBertus (4,5). Cuando el dueño de un esclavo era una mujer, como éstas no indican el praenomen en las inscripciones, el esclavo o el liberto indicaba su filiación con una ce vuelta a la izquierda y tomaban el praenomen del padre de su dueña.

En el caso de los esclavos que eran propiedad ciudades o comunidades enteras, junto al nombre del esclavo, se pone el nombre de la comunidad a la que pertenecía seguido de la palabra servus. Al ser liberados, los antiguos esclavos tomaban el nomen de Publicius e indicaban su condición con el nombre de la comunidad a la que pertenecían seguido de la palabra libertus

Cuando a fines del S. II d. C. se ponga de moda entre los ciudadanos romanos el omitir su filiación en las inscripciones, los esclavos también se sumarán a esta moda para no indicar que habían sido esclavos o tenían orígenes serviles, por lo que, a partir de esa fecha, se nos hace difícil distinguir en las inscripciones a aquellas personas que eran esclavos o que tenían orígenes serviles.

Hoy es comúnmente aceptado entre los investigadores que todas las personas que aparecen con cognomina originarios del Mediterráneo Oriental (Eros, Hermes, Tyche, Abascantus etc.) suelen ser libertos o descendientes de libertos. Esta afirmación se basa en que estas personas serían esclavos comprados en Oriente y en el hecho de que la mayoría de las personas con cognomina oriental, cuando aparecen citados en las inscripciones, también se citan los nombres de sus hijos, y los cognomina de éstos son latinos. También puede ser que existiera la moda de adoptar cognomina de origen oriental, o que estas personas fueran descendientes de comerciantes oriundos de Oriente y emigrados a Occidente. Sin embargo, hoy sólo podemos mantener esta afirmación con un valor estadístico y siempre que se contraste la filiación de la persona con otros aspectos del epígrafe. P. e., si tenemos en cuenta que la mayoría de los seviros augustales son libertos -un sacerdocio que era la única magistratura a la que los libertos podían acceder- si aparece un cognomen oriental junto a la indicación del sevirato se deducirá que esa persona era un liberto (11,13).

La origo de un liberto era la de su patrono, con lo que éste obtenía la ciudadanía local de su patrono. A los libertos se les incluía en la tribu Palatina, una de las cuatro tribus urbanas de Roma.

En cuanto a los esclavos pertenecientes a las corporaciones profesionales y a empresas privadas, como, p. e., las Sociedades de Publicanos, cuando eran liberados indicaban su condición de libertos utilizando un nomen derivado de la empresa o corporación a la que hubiesen pertenecido: p. e., el nomen Fabricius indicaba que el liberto había sido esclavo de una corporación local de artesanos, el nomen Argentarius indicaba que el liberto había pertenecido a la Societas Publicanorum Sisaponensis, encargada, en el conventus corduvensis, de la explotación de las minas de plata y mercurio del norte de Córdoba etc.

Los esclavos y libertos imperiales indicaban su condición con la abreviatura AUG. S = AUGustus Servus o AUG. LIB. = AUGustus LIBertus, respectivamente, o, también CAES. S = CAESaris Servus o CAES. LIB. = CAESaris LIBertus. Un liberto imperial o un esclavo imperial liberado, conservaba su cognomen antiguo y tomaba como suyos el praenomen del emperador que lo había liberado y el nomen del emperador anterior a la subida al trono de éste (p. e., el nomen Flavius si había sido liberado por uno de los emperadores de la dinastía flavia).

En ocasiones, nos encontramos inscripciones de esclavos y libertos en que después de los trianomina de éstos, se pueden encontrar las palabras Verna, que indica que una persona es o había sido esclavo por nacimiento o que nació esclavo en la casa de su dueño, o Alumnus, que indica que una persona nacida libre había sido abandonada al nacer y había sido criada como esclava por sus amos.

2.3. Latinos y peregrinos.

La ciudadanía latina (ius latii) fue, en principio, un estatuto jurídico especial que dieron los romanos a los demás habitantes de la región del Lazio, pero luego esta ciudadanía fue dada a los habitantes de regiones enteras (p. e. la Galia Cisalpina, o la Galia Narbonense, o Hispania gracias al Edicto de latinidad de Vespasiano).

Existían pocas diferencias entre los ciudadanos romanos y los latinos. Éstas eran las siguientes: los ciudadanos romanos estaban inscritos en tribus y los latinos no; los romanos formaban parte de las legiones y los latinos sólo podían formar parte de los cuerpos auxiliares de las legiones; los romanos tenían derecho a voto en las Asambleas y los latinos no; y los ciudadanos romanos podían realizar el cursus honorum y los latinos no podían. En las comunidades de derecho latino menor (ius latii minus), sólo adquirían la ciudadanía latina todas aquellas personas que, desde el año de concesión de dicho estatuto a la comunidad, hubieran desempeñado alguna magistratura, ellas, sus hijos y sus padres. En cambio, en las comunidades de derecho latino mayor (ius latii maius), adquirían la ciudadanía latina todos los habitantes de esa comunidad.

Los ciudadanos latinos tenían los trianomina, pero no indicaban la tribu, puesto que no podían inscribirse en ninguna de las tribus de Roma. Por ello, como es frecuente que, a partir del S. I d. C., los ciudadanos romanos omitan la mención de la tribu en las inscripciones, es difícil distinguir en las inscripciones cuando se trata de ciudadanos romanos o de ciudadanos latinos y peregrinos (23).

Los ciudadanos peregrinos eran los habitantes de los territorios conquistados por Roma que no gozaban de derechos y privilegios políticos y jurídicos que tenían los ciudadanos romanos y latinos. En las inscripciones, los ciudadanos peregrinos suelen mencionar sólo un nombre, generalmente el cognomen, seguido del cognomen del padre en genitivo y de la palabra filius (2,3). También hay inscripciones de ciudadanos peregrinos en las que es frecuente que éstos adopten nombres latinos pero conservando la estructura onomástica de los indígenas (9).

2.4. Nombres y títulos de los emperadores y de miembros de la familia imperial.

En Roma y las provincias del Imperio Romano se conservan gran número de inscripciones que citan a emperadores vivos o divinizados y a sus familiares. Antes de acceder al trono imperial, estas personas tenían una onomástica similar a la de cualquier ciudadano romano, pero, al acceder al trono imperial la cambiaban y le añadían nuevos títulos. La onomástica e intitulación que vemos en las inscripciones de los emperadores y sus familiares suele seguir un mismo esquema, aunque éste no siempre se cumple.

La intitulación imperial comenzaba con las palabras Imperator Caesar que, de hecho actuaban como nomen y praenomen del emperador, a las que se añadía el cognomen que tenía el emperador antes de subir al trono (25,58). Como excepción a esta regla, los emperadores Tiberio, Calígula (37-41) y Claudio (41-54) no ponían en su intitulación la palabra imperator (54). Hasta el S. II d. C. no se empezará a poner en la intitulación imperial, el praenomen y el nomen que los emperadores tenían antes de subir al trono.

A continuación se expresaba la filiación del emperador con la palabra filius precedida del cognomen del emperador anterior, acompañado, si éste ha fallecido, de la palabra divi (25,56,57). Después de la filiación se ponía, o bien un solo cognomen, que era el que tenía el emperador antes de su coronación, o bien se ponían dos cognomina, añadiendo al anterior el cognomen de su antecesor (30,59).

A partir del S. II d. C., se acostumbró a poner después de las palabras Imperator Caesar los trianomina de los emperadores, es decir, el praenomen y el nomen anterior a su coronación y los dos cognomina. Además de estos nombres, los emperadores solían contar con un nombre oficial que constaba del nomen anterior a su coronación y del primer cognomen del emperador que los había adoptado, a los que añadían el praenomen anterior a su coronación y el cognomen de su antecesor.

Después de los nombres personales del emperador, se colocaba el título de Augustus, título que tenía connotaciones religiosas y que había sido concedido a Octaviano por el Senado y que luego fue adoptado por todos sus sucesores, y que, en ocasiones, podía aparecer acompañado de calificativos referentes al emperador, p. e., pius, invictus -“pío”, “invicto”- etc.

A continuación, podía ir una serie de cognomina honoríficos, que hacían referencias a las victorias militares obtenidas por el emperador o por sus generales sobre pueblos o regiones. Esto nos permite datar inscripciones, ya que conocemos el año en que se llevaron a cabo las campañas y sabemos en que momento los emperadores tomaban estos cognomina.

Otro título que formaba parte de la intitulación imperial era el de Pontifex Maximus, o máxima autoridad sacerdotal de Roma. A continuación, se indicaba la potestad tribunicia seguida de un numeral, lo que indicaba cuantas veces había asumido la potestad tribunicia ese emperador. Después iba la palabra imperator, normalmente abreviada, seguida de un numeral, lo que indicaba el número de aclamaciones imperiales otorgadas por el Senado romano para celebrar sus victorias militares. A continuación la palabra consul abreviada (COS.), y seguida de un numeral, lo que indicaba cuantas veces había asumido el consulado un emperador. Esto nos permite datar inscripciones, ya que conocemos una lista de casi todos los cónsules romanos ordinarios año por año.

Algunos emperadores asumieron el título de censor, los emperadores Claudio, Vespasiano, Tito (79-81) y Domiciano (81-96). Por último, con la abreviatura P.P., aparece el título Pater Patriae (“Padre de la Patria”), que había sido concedido a Augusto por el Senado y que luego fue adoptado por todos sus sucesores. Los emperadores anteriores a Claudio colocaban este título al final de la intitulación imperial, pero los emperadores posteriores a Claudio colocaron en medio de la intitulación imperial

En cuanto a la onomástica de los miembros de la familia imperial, decir que la familia imperial suele aparecer mencionada en las inscripciones con las expresiones Domus Augusta o Domus Divina (“familia augusta” o “divina”). Los herederos al trono imperial recibieron el título de Caesar o el de Princeps Iuventutis (“Príncipe de la Juventud”), aunque el segundo lo recibían todos los hijos de los emperadores, y no sólo el heredero.

Muchas princesas y emperatrices recibieron el título de Augusta, y algunas de ellas, excepcionalmente, recibieron el título de Mater Patriae (“Madre de la Patria”) o el de Mater Populi Romani (“Madre del pueblo romano”), generalmente abreviado.

2.5. El cursus honorum.

Numerosas inscripciones honoríficas o funerarias servían para recordar la trayectoria de una persona y resaltaban los méritos que había conseguido en vida, indicándose el estatus social del ciudadano honrado con esos méritos y los cargos públicos que ésta había asumido en vida.

Al conjunto de cargos y funciones públicas o religiosas ejercidas por un ciudadano romano o en el Estado o en una ciudad determinada o en una corporación profesional, se le denominaba cursus honorum. La “carrera de los honores” se llamaba así porque los romanos consideraban que el desempeño de magistraturas civiles o religiosas era un honor u honos, y de ahí venía la gratuidad del desempeño de magistraturas.

Para ejercer determinados cargos públicos o religiosos, un ciudadano romano tenía que pertenecer al grupo de ciudadanos privilegiados, los honestiores, llamados así para diferenciarlos de los ciudadanos no privilegiados, los humiliores. Los honestiores podían pertenecer, a su vez, en uno de los tres ordines, en que se dividía el grupo de ciudadanos privilegiados: el Ordo Senatorius (el de los “senadores”), el Ordo Equester (el de los “caballeros”) y el Ordo Decurionum (el de las “élites locales”).

Para ingresar en los cargos y funciones públicos civiles o religiosos, un ciudadano romano debía tener un patrimonio mínimo, evaluado en sextercios, y debía de ser incluido en una lista o album por decisión del emperador, en el caso de los senadores y caballeros, o por decisión de los senadores y magistrados locales, en el caso de las élites locales. El desempeño de ciertos cargos abría las puertas para poder acceder a los ordines superiores.

La entrada en uno de los tres ordines permitía a sus miembros utilizar determinadas insignias y títulos que servían para identificarlos. Los senadores llevaban el latus clavus, que era una túnica con una banda ancha de color púrpura, y los caballeros eran identificados por llevar un caballo público, el angustus clavus, que era una túnica con una banda estrecha de color púrpura, y un anillo.

En epigrafía, el cursus honorum de una persona se indicaba de dos maneras: una, en orden directo, indicándose los cargos en el orden en el que la persona los desempeñó; otra, en orden indirecto, indicándose los cargos que la persona desempeñó en el orden de mayor a menor importancia de éstos.

Como las funciones públicas que podía desempeñar un ciudadano romano eran distintas según a que ordo de los tres perteneciera, estudiaremos de forma separada el cursus honorum de cada ordo, aunque teniendo claro que se podía promocionar desde un ordo inferior a los superiores.

2.5.1. El cursus honorum senatorial.

Según las fuentes, los candidatos a senadores de Roma debían ser los ciudadanos romanos más nobles, más virtuosos y más ricos. Durante la época republicana (509-27 a. C.), cada cinco años se redactaba el album senatorial, o lista de los senadores, donde, en principio, eran incluidos los ciudadanos romanos que habían desempeñado la pretura y, a partir de la época de Sila, también los que habían desempeñado la cuestura.

A finales de la República, las diferencias entre senadores y caballeros eran mínimas, hasta que Augusto estableció que los candidatos a senadores debían tener una fortuna mínima de 1 millón de sestercios. El acceso al orden senatorial sólo estaba abierto a los hijos de los senadores y a algunos miembros del orden ecuestre a los que el emperador premiaba por sus servicios con la lati clave, aunque esa concesión no suponía la entrada directa del caballero en el orden senatorial, sino que primero debía ejercer la cuestura.

A mediados del S. I d. C., se estableció otro sistema de ingreso en el orden senatorial, la adlectio, que consistía en que, durante la realización del censo de senadores, el emperador incluía en él a personas que no habían desempeñado magistraturas senatoriales mediante adlectio, y los colocaba en determinada posición en el cursus honorum senatorial, p. e., en el tribunado de la plebe, lo que se indica en epigrafía con la fórmula adlectos inter tribunicios, o en la edilidad, lo que se indica en epigrafía con la fórmula adlectos inter aedilicios.

Dentro del orden senatorial estaban incluidos los senadores, sus mujeres y todos sus descendientes hasta el tercer grado y, a partir del S. II, se daba a los senadores el apelativo, que aparece en las inscripciones, de vir clarissimus, normalmente con la abreviatura V.C.

Antes de ejercer la primera magistratura del cursus honorum senatorial, los hijos de los senadores, antes de cumplir 25 años, ejercían durante dos años uno de los cargos del vigintivirato (llamado así porque en época imperial estaba compuesto por 20 miembros; durante la época republicana recibía el nombre de vigintisexvirato porque estaba compuesto por 26 miembros). Los vigintiviros estaban distribuidos en 4 collegia o colegios: los Triumviri monetales, que se encargaban de la acuñación de moneda en Roma (este era el colegio más importante y el que se solía ocupar en primer lugar sí se desempeñaban varios cargos del vigintivirato); los Decemviri stilibus iudicandis, que actuaban de jueces en los casos en los que es el estatus jurídico de una persona hubiera sido puesto en duda; los Quattorviri viarum curandarum, que se encargaban del mantenimiento de vías y calzadas; y los Triumviri capitales, que ayudaban a los magistrados en la aplicación de penas graves por delitos, en especial, en la aplicación de la pena de muerte.

A continuación del vigintivirato, (aunque el orden se podía invertir) los hijos de los senadores ejercían durante un año el servicio militar como tribunos militares de una legión (Tribuni militum legionis). A partir del S. III dejó de ser obligatorio el que los hijos de los senadores tuvieran que desempeñar el servicio militar, debiendo ejercer sólo el vigintivirato.

A partir de los 25 años ya se podía comenzar a desarrollar el cursus honorum propiamente dicho. Primero se desempeñaba la cuestura. A continuación se podía ejercer o bien el tribunado de la plebe o bien la edilidad, aunque los senadores patricios (los que se decían descendientes de los primeros pobladores de Roma), no solían desempeñar el tribunado de la plebe (por ser una magistratura de origen plebeyo) y, además, estaban exentos de desempeñar la edilidad, por lo que pasaban directamente de desempeñar la cuestura a desempeñar la pretura.

A continuación, estaba la pretura, magistratura que daba la oportunidad de poder acceder a desempeñar otra serie de funciones o cargos como el Legatus legionis, También la pretura permitía el acceso al gobierno de las provincias de rango pretoriano, o bien con el cargo de Legatus Augusti propraetoriae provinciae (provincias imperiales), o bien con el de Proconsul Provinciae (provincias senatoriales). También la pretura permitía el acceso a las prefecturas del tesoro senatorial (Praefectus aerari saturni) y del tesoro militar (Praefectus aerari militaris), respectivamente.

A continuación, y sólo a partir de los 33 años, se podía acceder a desempeñar el consulado. Pese a que esta magistratura había perdido muchas funciones de las que tenía en sus orígenes, el desempeño del consulado proporcionaba a los ciudadanos romanos un gran prestigio y permitía el acceso a cargos más importantes, por lo que el número de cónsules fue aumentando para que más senadores tuvieran la oportunidad de desempeñar esta magistratura, aunque reduciéndose el tiempo de mandato. Al principio, cada año era elegida una pareja de cónsules, los Consules ordinarii, que eran elegidos el primer día del año, también recibían el nombre de cónsules epónimos, ya que sus nombres servían para fechar los años. Posteriormente, el número de cónsules aumentó hasta las seis parejas, y los demás eran llamados Consules suffecti.

A continuación del consulado, se podía acceder a desempeñar el cargo de curator, cuya función era la dirección de algún servicio necesario en la ciudad de Roma: el Curator alvei tiberis era el encargado de mantener la navegabilidad del río Tíber; el Curator aquarum, era el encargado del mantenimiento del abastecimiento de agua en la ciudad; el Curator operum publicarum y el Curator aedium sacrarum estaban encargados del mantenimiento de las obras públicas y de los edificios sagrados de Roma, respectivamente. A continuación, se podía volver a desempeñar el gobierno de provincias, pero ya no de rango pretoriano sino de rango consular, o bien con el cargo de Legatus Augusti propraetoriae provinciae (provincias imperiales), o bien con el de Proconsul Africae o Asiae (las dos provincias senatoriales).

La cima del cursus honorum senatorial era el desempeño del cargo de Praefectus urbis, lo que significa que esa persona se convertía en la máxima autoridad civil en la ciudad de Roma en ausencia del emperador y que podía mandar sobre las cohortes urbanas de la ciudad.

Además, con frecuencia, el emperador solía conceder a las personas que habían sido cónsules algunos cargos religiosos a perpetuidad en alguno de los principales colegios sacerdotales de la ciudad de Roma (el de los Pontífices y el de los Augures), y podía incluirlos también en una corporación religiosa de la ciudad. El carácter vitalicio de estos cargos hizo que su número fuera muy reducido, calculándose que había en época imperial unos 85 cargos (32,33,34).

2.5.2. El cursus honorum ecuestre.

El origen del Orden ecuestre se remonta a la época monárquica de Roma (753-509 a. C.) cuando Tarquinio Prisco creó 3 centurias de caballería para el ejército, número que fue aumentado hasta 18 por Servio Tulio. En un principio, tanto senadores como caballeros participaban en estas centurias militares y recibían ayuda del Estado para el mantenimiento del equo publico o caballo público. A partir del 129 a. C., los senadores fueron obligados por una ley a devolver el caballo público, lo mismo que pasaba a los caballeros que eran elegidos para desempeñar una magistratura senatorial. Augusto estableció definitivamente la diferencia entre senadores y caballeros cuando fijó que los candidatos a ser senadores debían tener una fortuna mínima de 1 millón de sestercios, mientras que los candidatos a ser caballeros debían tener una fortuna mínima de cuatrocientos mil sestercios.

La pertenencia al Orden ecuestre no era hereditaria, al menos formalmente. Un ciudadano romano entraba en el Orden ecuestre cuando un senador le incluía en la lista de caballeros o album ecuestre. Aparte de los requisitos de fortuna, para que alguien fuera caballero le era exigido ser un ciudadano romano nacido libre y que su padre y su abuelo paterno fueran libres de nacimiento.

El nombramiento de los caballeros era realizado por el emperador, quién elegía a los candidatos por iniciativa personal, o por la recomendación de los miembros de la familia imperial o por la recomendación de los senadores y caballeros. El nombramiento pretendía recompensar los favores o los servicios prestados hechos al Estado o a la familia imperial, aunque, a continuación, a los caballeros, el emperador podía asignarles o no un cargo dentro del cursus honorum ecuestre y ellos según desempeñando esta carrera, o el cargo se les daba de forma honorífica y no lo desempeñaban.

Otra forma de acceder al orden ecuestre era que se hubiera desempeñado el cargo de primi pilo (centurión de la primera centuria del primer manípulo de la primera cohorte de la primera legión romana). Esta vía de acceso, a partir del emperador Claudio, se cerró, salvo para las personas que hubieran desempeñado el cargo de primi pilo de las guarniciones que había en la ciudad de Roma (35).

La mayoría de los caballeros eran reclutados entre los miembros de las élites municipales, los cuales querían pertenecer al orden ecuestre como culminación del cursus honorum municipal y porque esto les proporcionaba mucho prestigio. La entrada en el orden ecuestre estaba restringida a muy pocas personas. Se calcula que, a mediados del S. II, había para todo el Imperio 550 plazas de caballeros en las milicias ecuestres, 125 procuratelas y 4 prefecturas. Muchos miembros de las élites municipales ya no continuaban la carrera en la administración una vez que habían sido elegidos caballeros. Los caballeros son designados en las inscripciones con los términos equo publico, eques romanus o, simplemente, eques (36). Desde mediados del S. II d. C. los caballeros reciben los apelativos, que aparecen en las inscripciones, de Vir egregius, Vir Perfectissimus o Vir eminentissimus, normalmente con las abreviaturas V.EG., V.P. o V.EM.

El cursus honorum ecuestre constaba de tres etapas, pero antes de poder desempeñar la primera, los caballeros podían servir en el ejército como Praefectus fabrum (“ayudantes de campo o prefecto de los trabajadores”), que eran los soldados que ayudaban a los magistrados con imperium -mando sobre tropas- (pretores y cónsules) y eran designados por estos magistrados (62).

A partir de entonces, los caballeros podían comenzar a desarrollar el cursus honorum propiamente dicho. Las tres etapas citadas del cursus honorum eran, por este orden, las milicias ecuestres, las procuratelas y las prefecturas.

Los caballeros podían desempeñar tres milicias ecuestres según un orden, y, a mediados del S. II d. C., se estableció una cuarta milicia ecuestre (37,66). En un principio, era obligatorio que los caballeros desempeñaran las tres milicias ecuestres, antes de establecerse la cuarta en tiempos de Adriano (117-138), pero, a partir de este emperador, también nos encontramos en las inscripciones caballeros que, o no han desempeñado ninguna de las milicias ecuestres, o sólo han desempeñado alguna de ellas (71,72).

En algunos cursus honorum municipales aparece en las inscripciones el cargo de Praefectus sin indicarse la unidad militar. Las personas en cuyo cursus honorum aparece esto no son caballeros, sino que son personas que sustituyen por ausencia o muerte a un miembro del gobierno local (comparar 37 con 70 o 71, inscripciones en las que el cargo de prefecto equivale al de decurión, al no tener unidad militar).

Después de haber desempeñado las milicias ecuestres, o no, los caballeros podían desempeñar las procuratelas. Para dirigir la administración imperial y el patrimonio personal del príncipe (69), los Emperadores crearon el cargo de Procurator Augusti (“Procurador del emperador”), que según el sueldo que recibía, recibía los nombres de sexagenarii (60.000 sestercios), centenarii (100.000 sestercios), ducenarii (200.000 sestercios) o trecenarii (300.000 sestercios). Existían cuatro grupos de procuratelas, según su función:

1. Los procuradores de oficinas imperiales, que dirigían los departamentos u oficinas de la administración dependientes del emperador. Tenían más posibilidades de promocionar a las prefecturas. En las inscripciones aparecen denominadas estos procuradores con la preposición a o ab seguida de la función que desempeñaban, destacando los siguientes: Procurator ab epistulis latinis, ab epistulis graecis, procuradores que dirigían las oficinas encargadas de la correspondencia imperial; ab rationibus, ídem de la oficina encargada de la contabilidad imperial; a libelis, ídem de la oficina encargada de contestar las consultas realizadas al emperador; a cognitionibus, encargado de resolver los recursos presentados en los pleitos judiciales por los cognitores o representantes que actuaban en nombre de los litigantes (69) etc.

2. Procuradores encargados de la administración imperial con sede en Roma. Estos procuradores residían en Roma porque dependían del emperador y debían dirigir el trabajo de sus oficinas desde allí. Estaban, p. e., el Procurator vicessima hereditatium, encargado de cobrar el impuesto sobre el 5 % de las herencias, o el Procurator aquarum, encargado de ayudar al senador responsable de abastecer de agua a Roma. Estos procuradores tenían delegados en las distintas provincias que dirigían oficinas homólogas (25).

3. Gobernadores de provincias. Hubo pequeñas provincias gobernadas por procuradores pertenecientes al orden ecuestre y no por magistrados pertenecientes al orden senatorial. En este caso los gobernadores recibían el nombre de Procurator Provinciae. Como éstos no tenían imperium sobre legiones mandaban tropas auxiliares. También los caballeros dirigían las flotas romanas de guerra con base en Rávena y Miseno, recibiendo el título de prefecto -Praefectus Classis Ravennatis y Missinensis respectivamente- (35, este hombre ocupó los dos cargos).

4. Procuradores destinados en provincias. En las provincias imperiales, los procuradores dirigían los asuntos económicos y financieros. También se encargaban de la administración de los bienes del emperador y del cobro de tributos debidos a Roma. Son el equivalente de los cuestores en el cursus honorum senatorial, pero con más atribuciones. El Procurator Provinciae se diferencia de este tipo si en las inscripciones aparece esta expresión seguida del nombre de una provincia que pueda ser gobernada por procuradores de rango ecuestre.

Estos procuradores representaban al emperador en provincias senatoriales o imperiales. Los procuradores en provincias senatoriales, al estar éstas bajo el dominio del Senado de Roma y no del emperador, realizaban tareas concretas, como administrar las propiedades que el emperador tuviera, el control de los distritos mineros dependientes del emperador o la recaudación de los tributos dependientes del fiscus o tesoro imperial en esas provincias (p. e., la vicessima hereditatium).

En el culmen del cursus honorum ecuestre estaban las prefecturas, que son cuatro, en este orden: primero se desempeñaba el cargo de Praefectus Vigilum o el de Praefectus Annonae, y después los cargos de Praefectus Aegypti y Praefectus Praetorium.

El Praefectus Vigilum se encargaba de hacer frente a los incendios que hubiera en Roma. Tenía a su cargo 7 cohortes de vigiles, cada una de las cuales se ocupaba de dos regiones Roma. El Praefectus Annonae se encargaba de abastecer de grano, cereal u otros artículos de primera necesidad, como aceite, al Imperio y a las legiones romanas. El Praefectus Aegypti era el gobernador de Egipto. Egipto era el principal abastecedor de grano para Roma en el Imperio, provincia conquistada por Augusto y tenida como propiedad personal suya, en la cual prohibió la entrada a los senadores de Roma. Por último, el Prefecto del Pretorio era el jefe de las cohortes pretorianas, que eran la guardia personal del emperador en Roma.

Tras el desempeño de las prefecturas, los prefectos eran recompensados con su ingreso en el orden senatorial como pretores, pudiendo ser elegidos para la magistratura del consulado.

2.5.3. El cursus honorum decurional.

La mayoría de la élites del Imperio Romano desarrollaban su cursus honorum a nivel local, en la gobierno de las ciudades que podían ser municipios o colonias. Las élites municipales formaban parte del ordo decurionum.

La expresión ordo decurionum designa en las fuentes a que eran los miembros del Senado local y a sus familias o al Senado la ciudad (16). Para ser elegido decurión o miembro del Senado local, se debían cumplir una serie de requisitos: tener un nivel de riqueza de 60.000 sestercios de renta, aunque en las ciudades pequeñas la cantidad era inferior, de 20.000 sestercios, ser un hombre nacido libre, tener una edad mínima de 30 años, la cual Augusto redujo a 25 años, tener la ciudadanía local y residir en la ciudad de la que se es decurión o, como máximo, vivir a una milla (1.481 m.) de la ciudad.

Los hijos de los decuriones, al heredar la fortuna y posesiones de éstos, solían remplazarles en el gobierno municipal una vez que morían, pues el cargo era vitalicio. De hecho, antes de cumplir los 25 años, se les dejaba asistir a las reuniones del Senado en calidad de oyentes, como Praetextati, aunque no tenían ni voz ni voto. Eran los primeros en ser inscritos en el album decurional, la lista de candidatos al senado local.

El número de decuriones variaba. En las grandes ciudades, había 100 decuriones y menos en las pequeñas, p. e., en Urso 75, en Irni 63 etc. Para entrar en la curia o Senado local de una ciudad existieron varios procedimientos: mediante elecciones, en las que sólo votaban los decuriones, para cubrir las vacantes que se produjeran anualmente; también ingresaban en la curia todos aquellos que hubieran desempeñado alguna magistratura en la ciudad; mediante adlectio, método empleado cuando el número máximo de senadores de una ciudad era mayor de 100, que consistía en que los senadores locales nombrasen decurión a una persona que no reunía todos los requisitos antes indicados. En la práctica, los adlecti eran decuriones honoríficos, que podían ser senadores, caballeros, administradores imperiales o, incluso, personas influyentes de ciudades vecinas.

Del grupo de personas que cumplían todos los requisitos citados, salían los candidatos a las magistraturas y sacerdocios locales. Dentro de los decuriones había categorías, pues algunos habían ocupado todas las magistraturas de las ciudad y algunos no pasaban de edil o decurión (clase media ciudadana, sin magistratura). De hecho, en la curia, los decuriones se ordenaban según la magistratura que hubiesen ocupado. Primero estaban los Duumviralici (“decuriones de cargo duumviral”), Aedilicii (“decuriones de edil”) y Pedanei (no habían ocupado magistratura anteriormente).

Al tomar la palabra, los decuriones solían hablar en el orden ya indicado y, en caso de los decuriones que tenían el mismo rango, hablaba primero el que tenía más hijos. Entre las competencias que tenían los senados locales, la que más testimonios ha dejado en epigrafía es la de los decretos decurionales, por las que la curia concedía una serie de honores a personas que hubieran prestado algún servicio a la comunidad.

Las magistraturas del cursus honorum decurional eran las siguientes, por orden de mayor a menor: duumvirato, edilidad y cuestura. En las inscripciones, las magistraturas concuerdan en caso con el nombre de la persona que los ocupó.

Los duoviros eran los magistrados más importantes. Se elegían dos cada año. Los duoviros pueden aparecer abreviado en las inscripciones así = IIVIR o DUUMVIR. En los municipios anteriores a época flavia existen los Quattoriviros, cargo, equivalente al anterior, normalmente abreviado así = IIIIVIR o QUATTORVIR (38, 39,40, 69). Si después de duumvir aparece la abreviatura QQ. = QuinQuenal, se hace referencia a los Duumviros quinquenales, llamados así porque tenían la función de hacer el censo de la ciudad, que se realizaba cada 5 años, con la lista de todos los habitantes de la ciudad, y de sus propiedades, los cuales desempeñaran en ese momento algún cargo público o lo hubieran desempeñado en la ciudad en los años anteriores a la realización del censo.

Equivalente al cargo de duumviro o quattorviro era el de Prefecto, el que sustituye a un duumviro si está ausente de la ciudad, y que nombrado por la curia. Cuando el senado de una ciudad nombraba duumvir al emperador o a algún miembro de la familia imperial, si éste aceptaba el cargo, nombraba para que lo sustituyese en su nombre a otra persona, que también recibía el título de prefecto.

Los aediles o ediles eran los siguientes magistrados en importancia. Se elegían dos cada año. En las inscripciones suele aparecer este cargo abreviado (38, 39).

Los quaestores. Existen pocas inscripciones sobre cuestores, que estaban encargados de administrar los fondos del tesoro municipal. Se elegían dos quaestores cada año. Se desconoce en que momento del cursus honorum decurional se desarrollaba la cuestura. Suele aparecer en inscripciones entre la edilidad y el duumvirato, aunque a veces es el primer cargo que se ejercía , o bien se ejercía tras el duumvirato.

2.5.4. Los sacerdocios y las carreras inferiores.

Los sacerdotes se encargaban del culto a las divinidades oficiales y de las ceremonias y fiestas religiosas oficiales en el Imperio Romano. Lo normal es que el desempeño de los sacerdocios fuera gratuito y anual, como las magistraturas, ya que era considerado un honor. Como un honor excepcional, el emperador concedía a determinadas personas un sacerdocio perpetuo. No existe un orden preestablecido en el desempeño de los sacerdocios, que se suelen hacer independiente o después de haber desempeñado magistraturas civiles, como culmen del cursus honorum, aunque no está claro. Si parece que el desempeño de sacerdocios daba mucho prestigio. En toda ciudad del Imperio existían los siguientes sacerdocios.

Había 3 Pontifices, los encargados de presidir los cultos oficiales, destacando el culto a la tríada capitolina, a los dioses de cada municipio o colonia (38). Excepcionalmente, en la Bética los pontífices podían encargarse de desarrollar el culto imperial. También había 3 Augures, que eran los encargados de consultar a los dioses antes de cada acto público que se celebrase en la ciudad, para saber si lo aprobaban.

También había 1 Flamen (38,39), encargado del culto a los emperadores divinizados en las distintas ciudades y, en la Bética puede haber diferencias, sin saber bien por qué (42). A veces, aparecen Flaminicas (44), las sacerdotisas encargadas del culto a las emperatrices divinizadas. Aunque, hoy no se sabe si la flaminica era la mujer del flamen o sí es un sacerdocio independiente.

Anualmente, en la capital de cada provincia, se reunían los sacerdotes del culto imperial o flamines para elegir al Flamen Provinciae, el encargado de coordinar el culto imperial en toda una provincia (68, 75). El desempeño del flaminado provincial abría el acceso al orden ecuestre.

Los Seviri Augustales era el único cargo público al que podían acceder los libertos. Las palabras Sevir Augustal, Sevir o Augustal designan en epigrafía el mismo cargo. El seviro ayudaba al flamen en la realización del culto imperial. Los seviros podían presidir actos públicos y tenían asiento reservado en los lugares públicos de las ciudades. Muchos libertos desempeñaron este cargo, haciendo fuertes donaciones o promesas para ser elegidos. Aunque no todos los seviros tenían porqué ser libertos, la mayoría lo era.

Por otro lado, existen otras carreras inferiores que están reflejadas en las inscripciones. Estaban los apparitores, que ayudaban a los magistrados de las ciudades, p. e., los scribae (“escribas”), lictores (los escoltas de los magistrados, que iban armados con un haz de vara y un hacha), los praecones (“pregoneros”). También en el ejército existían una serie de cargos inferiores, entre el soldado (miles) y el centurión, como, p. e., el signifer (el “portaestandarte”).

TEMA 3. CLASIFICACIÓN Y ESTUDIO DE LAS INSCRIPCIONES.

Hay muchas formas de clasificar las inscripciones en grupos diversos. Nosotros las agruparemos en funerarias (epitafios), votivas (dedicadas a las divinidades), honoríficas, monumentales y realizadas sobre objetos diversos. Pese a todo, esta división es completamente teórica y sirve solamente para comodidad del estudio.

3.1. Funerarias.

Los epitafios más antiguos eran muy breves, constando del nombre del difunto en nominativo o genitivo; posteriormente se añadió su status y una referencia final a la muerte o a que los restos del difunto descansaban en la sepultura: Obiit (“muerto”); hic situs est. Más tarde, se añadirán las referencias a la edad del difunto. Desde fines del S. I d. C. se generalizó la costumbre de consagrar las sepulturas a los dioses manes (D.M.S.).

Pasemos a analizar los elementos que podemos encontrar en las inscripciones funerarias en época imperial:

  • Encabezamiento de consagración: No siempre aparece, como hemos comentado. El más común fue la consagración a los dioses manes o espíritus protectores de los muertos: Diis Manibus Sacrum (también Dis o Deis).

  • Nombres del difunto acompañados o no de los cargos y honores que ostentó en vida. Suelen ir en nominativo o dativo, concordando con los nombres del difunto.

  • Edad del difunto: viene indicada a continuación con las fórmulas annorum o vixit annos o vixit annis. Pueden indicarse también los meses (menses o mensibus), los días (dies o diebus) y hasta las horas (horas u horis) en los epitafios de los niños.

  • A veces, antes o después de la edad, se pueden señalar las circunstancias extraordinarias de la muerte: occisus; occisus a latronibus (“muerto con violencia por unos ladrones”).

  • La indicación de que los restos del difunto descansan en la sepultura: Hic situs est o Hic sepultus est.

  • Votos dirigidos al difunto: sit tibi terra levis; volo s.t.t.l. (“deseo que te sea la tierra leve”); ave y vale (fórmula de despedida: “adiós” o “queda en paz”, cuando va dirigida a los muertos”).

  • Las dimensiones del locus funerario: in fronte pedes + numeral (IN. FR. PED. ; IN. F. P.) o in agro pedes + numeral (IN. AG. P. ; IN. A. P.) (el pie romano equivale a unos 29-30 cms.).

  • Instrucciones en defensa de la propiedad o inviolabilidad del sepulcro: Hoc monumentum heredem non sequetur (H.M.H.N.S.), que indicaba que la tumba no pasaba a ser propiedad del heredero y, por tanto, que no podría utilizarla para enterrarse. Incluso, en otros epitafios se establecen fuertes multas para quién violase el sepulcro, enterrándose en él sin tener derecho. En estos casos se estipula que el dinero iría a manos de la ciudad, para garantizarse, de esta forma, que ésta vigilaría las infracciones y aplicaría las multas: “... hunc locum violandum qui putaverit rei p(ublicae) Aiungitanorum solvet sestertium XX m(ilia)” (“el que viole este locus deberá pagar 20.000 sestercios a la res publica de Aiungi”). Con estas disposiciones, el difunto se garantizaba no compartir el sepulcro con nadie, o sólo con las personas que él quisiese como indica la fórmula: Hoc monumentum heredem exterum non sequitur (sólo podrían enterrarse los herederos que llevasen el mismo nomen que el difunto).

  • El nombre o los nombres de quién erigió el sepulcro y la indicación de los lazos de parentesco, amistad o dependencia con el difunto: coniux carissima, pater, amicus (nominativo); patri optimo, filiae dulcissimae, fratri piisimo, patrono indulgentissimo, marito optimo. Incluso, pueden indicarse los años de matrimonio: cum quo (qua) vixit annis. En algunas inscripciones el dedicante señala su condición de heredero y que levantó el monumento funerario de acuerdo con lo prescrito en el testamento: heres ex testamento. No siempre aparecen indicados los nombres de los que mandaron hacer el epitafio; incluso algunas fueron mandadas hacer por las personas mientras vivían, como lo muestra la inscripción sibi fecit.

  • Dentro de las funerarias, podemos encontrarnos con inscripciones dedicadas a varios difuntos, en las que se indica su nombre, edad y relaciones con él o los dedicantes, así como los nombres de quienes dedican la inscripción.

3.2. Votivas.

Dentro de este grupo incluimos las inscripciones dedicadas a divinidades, con la excepción de las consagradas a los dioses manes: En él se incluirían las inscripciones de dedicación de templos o de estatuas; aunque las dedicaciones de templos las podemos catalogar también dentro de las inscripciones monumentales.

Las inscripciones votivas suelen adoptar unas fórmulas bastante rígidas. Todas ellas se componen de tres elementos básicos, a los que pueden unirse otros datos complementarios.

Elementos básicos:

  • Nombre de la divinidad, generalmente va en dativo y puede ir seguido del término sacrum: Iovi Optimo Maximo sacrum (“consagrado a Júpiter Óptimo Máximo”); Apollini Augusto (“a Apolo Augusto”); Marti Augusto (“a Marte Augusto”); Veneri Augustae (“a Venus Augusta”) etc. En ocasiones, el nombre de la divinidad puede ir abreviado: I.O.M. (“consagrado a Júpiter Óptimo Máximo”); o acompañado de epítetos: Soli Invicto Mithrae. Cuando aparecen acompañados del epíteto Aug(usto) la divinidad se relaciona con el culto imperial: Marti Au(gusto); Mercurio Augusto; Minervae Augustae. Cuando, el nombre de la divinidad va en dativo aparece siempre delante del nombre de la persona que hace la dedicación o que dona una estatua.

También puede aparecer, el nombre de la divinidad en genitivo tras el nombre del objeto donado: Signum Martis Augusti Aulus Terentius... de sua pecunia dedit (“estatua de Marte Augusto. Aulo Terentio... la dio de su dinero”). En este caso el nombre del dedicante puede ir delante del de la divinidad: Caecilia Trophime statum Pietatis... poni iussit (“Caecilia Trófime ordenó poner una estatua de la Piedad”).

  • Nombre del dedicante en nominativo, que puede ir acompañado de filiación, tribu y origo o del cargo que ostenta en el momento de la dedicación. En ocasiones se hace referencia a otros dedicantes: cum coniuge; cum filio.

  • Verbos acompañados de complementos que indican la idea de dedicar, donar u ofrecer; suele ir en tercera persona: votum solvit libens merito (V.S.L.M.): “cumplió su promesa con agrado”; votum solvit libens animo (V.S.L.A.): “cumplió su promesa de buen ánimo o con agrado”; dedit (d) d(e) s(ua) p(ecunia) d(edit): “de su dinero lo dio”; d(edit) d(edicavitque); d(ono) d(edit): “dio este don”; poni iussit (p.i.): “ordenó ponerlo”; ex testamento fieri iussit (t.f.i.): “en su testamento ordenó hacerlo”; faciendum curavit: “ordenó hacerlo”; etc.

Elementos complementarios:

  • Explicación del motivo por el que se realiza la dedicación a la divinidad: ex voto (E(x) V(oto)): “en cumplimiento de un voto o promesa”; ex visu: “por mandato de la divinidad a través de un sueño”; ex iusu: “por una orden de la divinidad”; pro salute + nombre en genitivo: “por la salud de alguien (pro salute Augusti); ob honorem; ex testamento. Estas fórmulas suelen aparecer tras el nombre del evergeta y sus cargos y antes del verbo que indica la donación o dedicación hecha.

  • En algunas ocasiones se señala el objeto donado, en acusativo: aram, statuam, templum, aedem: ex voto signum argenteum dono dedit. No obstante, no suele indicarse, pues, el que ve el monumento, (estatua, ara, templo) ve lo que se ha dedicado a la divinidad. El nombre del objeto donado suele aparecer tras el nombre del evergeta y antes del verbo que indica la donación o dedicación hecha.

  • En ocasiones se indica el coste de la donación o su peso en libras (una libra = 326 grs.), cuando se trata de estatuas de oro o plata: ex argenti pondo C; ex argenti libris C (“de cien libras de peso”); ex X(denaris) LXX (“por valor de setenta denarios”); ex HS (sestertiis) VI (milia) (“por valor de seis mil sestercios”). Esta referencia aparece siempre junto al nombre del monumento o de la donación realizada.

3.3. Honoríficas y evergéticas.

Durante el Alto Imperio, las familias más destacadas de las comunidades cívicas hispanas, por su riqueza o por su influencia social y política, van a implicarse notablemente en el gobierno de las ciudades y en el desarrollo de la vida municipal, buscando de esta forma obtener gloria y honor dentro de sus comunidades. Estas familias lograron obtener un prestigio y una dignitas que se fue formando durante generaciones, gracias al desempeño continuado de cargos públicos en sus comunidades, a la realización de actos de munificencia cívica y a la acumulación de honores concedidos por los senados locales; pero este prestigio debía ser mantenido y acrecentado por las nuevas generaciones familiares, lo que generó una continua competencia entre los miembros de las élites municipales por acceder a los cargos públicos. Como hemos señalado, otro medio que tenían las élites municipales para adquirir honor era realizar donaciones a la comunidad cívica, pues gracias a ellas aumentaban su prestigio ante sus conciudadanos y obtenían el reconocimiento público a su generosidad, que solía plasmarse en epígrafes y monumentos honoríficos. La erección de estatuas y de epígrafes en los que se conceden diversos honores a destacados ciudadanos, acrecentaban la existimatio del homenajeado, la de los demás miembros de su familia y la de sus descendientes, quienes podrían utilizar el prestigio familiar adquirido a la hora de iniciar sus carreras políticas. La realización de donaciones y la acumulación de honores permitían crear una memoria cívica que servía para que los miembros más destacados de esta comunidad se perpetuasen en los órganos de gobierno de sus ciudades, pues ésta podía aflorar y ser utilizada en la competencia política que anualmente se desarrollaba por la obtención de las magistraturas y sacerdocios ciudadanos. De esta forma, se configuró un “régimen de los notables” en el que las familias más importantes, más ricas y con mayor prestigio dentro de cada comunidad ciudadana lograron controlar el poder político durante varias generaciones, ocupando las magistraturas, los sacerdocios y los puestos existentes en las curias o senados locales. Esta política de “dar para recibir” desarrollada por las élites municipales se plasma en numerosas inscripciones honoríficas y evergéticas que pasaremos a analizar.

3.3.1. Inscripciones honoríficas.

Inscripciones honoríficas son aquellas que tienen la finalidad de honrar a una persona. Éstas se colocaban en pedestales, sobre los que se situarían las estatuas de las personas honradas, sobre arcos o columnas honorarias y más raramente sobre placas.

Su origen se encuentra en los elogia o inscripciones que figuraban bajo las imagines maiorum (“de los antepasados familiares”), que se colocaban en el atrio de las casas romanas. Los elogia más antiguos se componían del nombre de la persona en nominativo, seguido de la enumeración de los cargos desempeñados y de las acciones más ilustres realizadas en vida. Esta costumbre, existente en las grandes familias romanas, de colocar dentro de las casas estatuas con elogia de sus antepasados, se traspasó al dominio público en el S. I a. C. y se generalizó en época de Augusto, cuando éste mandó colocar en su foro estatuas de los hombres ilustres de la Historia de Roma, con su correspondiente inscripción escrita en el basamento de la estatua. De esta forma, la erección de estatuas en espacios públicos de las ciudades se convirtió en un honor que fue buscado por las élites de Roma y de las numerosas ciudades existentes en el Imperio. A diferencia de los elogia, dedicados a personas ya fallecidas, las inscripciones honorarias se levantarán tanto a personas vivas como a otras ya difuntas.

Desde época imperial, las inscripciones honoríficas se componen de tres elementos básicos, a los que pueden unirse otros datos complementarios.

Elementos básicos:

  • Nombre y cargos de la persona honrada en dativo. También tenemos ejemplos de nombre y cargos en genitivo precedidos de la fórmula in honorem (“en honor de”).

  • Nombres del dedicante. Van siempre en nominativo, suelen acompañarse de la indicación de las relaciones de parentesco o amistad con el homenajeado (patrono optimo; amico optimo; marito optimo; mater; pater; etc.). En ocasiones aparecen los cargos desempeñados por el dedicante. Cuando la inscripción la dedica una ciudad o un colectivo social, éstos aparecen en nominativo (Res publica... ; cives et incolae).

  • Tras el nombre del dedicante puede aparecer un verbo que indica la acción de dedicar la inscripción: fecit, posuit, dedit dedicavit, poni iussit, etc.

Elementos complementarios:

  • Razón de la dedicatoria. Suelen explicarse los méritos del personaje honrado mediante expresiones: ob merita (“por sus méritos”); ob plenissimum munificentiam erga patriam (“por su gran generosidad hacia su patria”); ob plurimas liberalitates (“por sus muchas liberalidades”). Estas fórmulas pueden aparecer tras el nombre y los cargos del honrado o tras el nombre de los dedicantes.

  • Enumeración de todos los honores concedidos por un senado local a un particular, empleando las siguientes fórmulas: Huic ordo - de los Italicenses, de los Baedronenses etc. - decrevit: laudationem (laudatio o “alabanza pública”), impensam funeris (“gastos del funeral”), locum sepulturae (“lugar de sepultura”), statuam (“estatua”), locus statuae (“lugar para colocar una estatua”), turis pondo (“libras de incienso”), clipeum (clípeo o escudo con imagen de la persona y texto aludiendo a sus virtudes), aedilicii et duumvirales honores (“honores edilicios y duumvirales”), ornamenta decurionalia (los “ornamentos decurionales”). Otra forma empleada para decretar honores a un particular es: Res publica + nombre de la ciudad + decrevit + enumeración de los honores concedidos. El nombre de quién concede el honor y los honores decretados, suelen aparecer tras el nombre y los cargos del homenajeado. Todos los honores mencionados no suelen aparecer concedidos de forma conjunta, aunque sí es frecuente que se concedan varios a la vez.

  • Referencias concretas a las condiciones en que se levanta la estatua: ex aere conlato (“por suscripción popular”), ex pecunia publica (“con dinero del tesoro municipal”); al decreto decurional que concede la erección de una estatua: Decreto Decurionum (d.d.; “por decreto de los decuriones”); o a la cesión de suelo público para erigir la estatua: locus dato decreto decurionum (“lugar para erigir la estatua dado por decreto de los decuriones”). Estas fórmulas suelen aparecer tras el nombre del dedicante.

  • En los casos en los que el homenajeado o alguno de sus familiares costea los gastos derivados de la erección del monumento, lo hace constar en la inscripción con fórmulas como: honore accepto impesam remisit; honore usus impesam remisit; honore accepto de sua pecunia posuit etc. Todas estas fórmulas vienen a indicar lo mismo: aceptado el honor que el senado local le ha concedido, el honrado o alguno de sus familiares remite al tesoro público el coste de la estatua o de cualquier otro honor concedido. Este hecho también puede indicarse con otras expresiones: de sua pecunia dedit (“el o la dedicante levantó el monumento con su dinero”). Estas fórmulas aparecen siempre tras el nombre del dedicante.

  • Los dedicantes de la estatua, en ocasiones, organizaron banquetes, distribuciones de dinero o espectáculos el día de la colocación de la estatua en suelo público. En tal caso, este acto evergético queda inscrito en el epígrafe con fórmulas como epulo dato (“dio un banquete”), editis circensibus (“organizó juegos de circo”), ludos scaenicos dedit (“organizó representaciones teatrales”). Estas fórmulas aparecen siempre al final de la inscripción, tras el nombre del dedicante.

3.3.2. Inscripciones evergéticas.

Son aquellas que conmemoran la realización de una donación a una comunidad cívica (municipio, colonia), realizada por un particular. Estas donaciones pueden indicarse en inscripciones honoríficas o votivas, como ya vimos en los apartados anteriores (banquetes y espectáculos, estatuas pagadas por particulares) o levantarse expresamente para indicar que un particular ha donado a la ciudad algún tipo de monumento. Por tanto, las donaciones de edificios públicos serán analizadas al estudiar las inscripciones monumentales.

3.4. Monumentales y de carácter público.

En este apartado incluimos las inscripciones colocadas sobre monumentos (templos, termas, acueductos, vías, puentes etc.), con el fin de recordar al personaje que los erigió o restauró.

3.4.1. Inscripciones sobre edificios y construcciones.

Estas inscripciones se componen de tres elementos básicos, a los que pueden unirse otros datos complementarios.

Elementos básicos:

  • Nombre del personaje que hizo construir o restaurar el monumento, junto con su cursus honorum, en nominativo. En ocasiones aparece como constructor una ciudad o varias: Municipia Provinciae Lusitaniae; Res Publica Reginensis; Aquiflavienses, lo que nos está indicando que dichas comunidades asumieron el coste de la construcción.

  • Construcción realizada, en acusativo: thermas, podium in circo, statuam, porticus, basilicam, pontem, macellum, templum, aedem etc.

  • Verbo que indica la obra realizada: refecit; fecit; restituit. Frecuentemente, los verbos aparecen acompañados de frases complementarias que indican que determinada persona ha dedicado y donado a su costa determinado edificio o que lo ha hecho construir con fondos públicos y por orden del senado local: dedit dedicavit (d.d.); de sua pecunia dedit (d.s.p.d.); de sua pecunia fecit; de sua pecunia faciendum curavit; (d.s.p.f.c.); ex decreto decurionum faciendum curavit idem que probavit (ex d.d.f.c.i.q.p.); ex decreto decurionum pecunia publica faciendum curavit; etc. Cuando los donantes son varios se indican en plural: fecerunt (“lo hicieron”); dederunt dedicaverunt (“lo dieron y lo dedicaron”); faciendum curaverunt idem que probaverunt (“ordenaron hacerlo y dieron el visto bueno”).

Como ejemplo, la inscripción siguiente: C(aius) Aemilius C(ai) f(ilius) Gal(eria tribu) Montanus Aedilis II Vir Aedem et signum Tutelae sua pecunia fecit. (“Caius Aemilius Montanus, hijo de Cayo, de la tribu Galeria, edil, dummviro, construyó de su dinero un santuario y una estatua de la Tutela”).

Elementos complementarios:

  • Divinidad a la que se levanta un templo o un aedes. Cuando aparece en la inscripción, el nombre de la divinidad suele ir en dativo y, en tal caso, se coloca siempre encabezando la inscripción, delante del nombre del evergeta que aparece en nominativo: Herculi sacrum (“Consagrado a Hércules”), Mercurio Augusto (“a Mercurio Augusto”), Veneri Augustae (“a Venus Augusta”) etc. También puede aparecer el nombre de la divinidad en genitivo tras el nombre del edificio donado: Templum Herculis (“templo de Hércules”); en este caso no tiene por qué ir encabezando la inscripción.

  • Motivos por los que se hace la construcción o restauración: Suelen aparecer tras el nombre del evergeta y sus cargos: ob honorem + cargo público o sacerdocio (“por el honor recibido al ser designado para desempeñar” un cargo público o sacerdocio: ob honorem seviratus; ob honorem II viratus); ex testamento (“por disposición testamentaria”); ob memoriam + nombre de la persona en genitivo (“en recuerdo de”: ob memoriam Fabiae Priscae); ex voto; in honorem domus divinae (“en honor de la casa imperial”); pro salute Principis Nostri (“por la salud de nuestro príncipe”) etc.

  • Indicación del coste de la construcción cuando se trata de estatuas de oro o plata o su peso en libras (una libra = 326 grs.): ex argenti pondo C; ex argenti libris C (“de cien libras de peso”); ex X(denaris) LXX (“por valor de setenta denarios”); ex HS (sestertiis) VI (milia) (“por valor de seis mil sestercios”). Esta referencia aparece siempre junto al nombre del monumento o de la donación realizada.

  • Si el evergeta dona el suelo para hacer un edificio también lo indica: porticus solo suo (“pórticos levantados en suelo propio”); solo privado.

  • Fecha de la dedicación: en ocasiones se indica cuando se dedicó el monumento (inauguración) mediante la datación consular.

3.4.2. Miliarios.

Son unos indicadores de distancias, realizados en piedra, con forma de columna (cilíndricos) o cipo (paralelepipédicos). Eran colocados junto a las vías, presentando un campo epigráfico donde se indicaban las distancias en millas romanas que se llevaban recorridas desde el inicio de la vía (la milla romana equivale a mil pasos de cinco pies cada uno = 1481 m.). En los miliarios podemos encontrar las siguientes informaciones:

  • Los nombres y títulos de los magistrados o emperadores que ordenaron realizar los trabajos en las vías o bajo cuyo mandato fueron realizadas las obras. Pueden ir en nominativo o dativo.

  • Los miliarios pueden hacer referencia al lugar donde comienza la vía o a determinado enclave por donde la vía penetra en una provincia: Se expresa con las preposiciones a o ab + lugar en ablativo: Ab arcu unde incipit Baetica (“desde el arco donde comienza la Bética”); A Baete et Iano Augusto; Ab Iano Augusto qui est ad Baetem. Igualmente, pueden indicarse el lugar de destino de la vía, mediante las preposiciones ad o usque + lugar en acusativo: Ad Oceanum (“hasta el Océano”, es decir, hasta Gades).

  • Las millas que se llevaban recorridas desde el comienzo de la vía, indicadas con la fórmula m.p. (milia passum) + un numeral: m.p. LXV. Es frecuente que no aparezca m.p. y se indique sólo el numeral.

  • El tipo de obra que se realizó en la vía. No siempre aparece este dato. Los verbos más frecuentemente empleados son: restituit, reparavit (indican reparaciones parciales de las vías, realizadas en tramos concretos), refecit (indica reparaciones parciales de gran nivel que podían afectar a toda la vía en profundidad) y fecit (indica la realización de una obra nueva, vía o puente). En ocasiones se indica el estado en que se encontraba la vía antes de la reparación: viam vetuste corruptam restituit (“la vía vieja y destruida reconstruyó”).

  • A veces, los miliarios nos indican el nombre de la vía o su categoría jurídico-administrativa: Viam Augustam Miliarem (vía militar); iter (camino secundario): diverticula (ramal secundario que une dos vías principales); etc.

3.4.3. Cipos de límites.

Servían para marcar los límites de territorios públicos y privados. En ellos se indica el nombre del emperador o del magistrado que hizo u ordenó la delimitación de territorios, que puede ir en nominativo o en genitivo (cuando va en genitivo el nombre va precedido de expresiones como: ex sententia; ex auctoritate “por sentencia de”, “por la autoridad de”). A continuación, se indica el territorio delimitado y la acción realizada: agrum limitavit o dimisit o terminavit (“dividió o delimitó el campo”); terminos inter Eporenses et Solienses limitavit (“delimitó los términos entre Eporenses y Solienses”).

Una variedad son los hitos sepulcrales que delimitaban los espacios funerarios, marcados con las fórmulas in fronte pedes + numeral + in agro pedes + numeral o locus quoquoversus pedes + numeral. Estos hitos se colocaban en los muros y esquinas que delimitan el locus sepulturae o lugar de sepultura e indicaban sus medidas concretas. Delante o detrás de la indicación de las medidas puede aparecer, en nominativo, el nombre del propietario de la sepultura. Las medidas que se indican en estas inscripciones suelen estar dadas con referencia a la vía o camino junto al que solían situarse los enterramientos (in fronte pedes) y el terreno que se extendía hacia el interior de las fincas (in agro pedes). Como indica la Ley de las XII Tablas, estaba prohibo enterrar o quemar los cadáveres dentro de la ciudad. Las necrópolis se sitúan siempre junto a los caminos para así facilitar el acceso de los familiares a las tumbas, sin que nadie pueda impedírselo. Cuando un particular levanta una tumba en una finca de su propiedad, lo hace junto a un camino que la limite e indica el tamaño del lugar de sepultura con estos hitos sepulcrales. De esta forma, se garantizaba que, si la finca era posteriormente vendida, sus descendientes pudieran siempre acceder a ella. Por último, señalar que el tamaño del locus sepulturae está relacionado con el nivel de riqueza de las personas que allí se enterraron. En Hispania, el 49,90 % de los espacios funerarios conocidos por la epigrafía medían entre 9 y 26,93 metros cuadrados (100/300 pies cuadrados) y sólo el 28,1% de los acotados funerarios superaban el tamaño de 28 metros cuadrados. Igualmente, tenemos testimoniadas parcelas inferiores a 10 metros cuadrados y otras que alcanzaban o superan los 900 metros cuadrados.

Ejemplos: L(ocus) in fronte p(edes) CCXXV et / in agro p(edes) CL: “Lugar de sepultura que mide 225 pies de frente (con respecto al camino) y 60 pies de profundo (hacia el interior del campo)”. L(ocus) q(uo)q(uo)v(ersus) p(edes) XX: El lugar de sepultura es un cuadrado de 20 pies de lado.

3.5. Inscripciones sobre objetos diversos.

Bajo este nombre agrupamos una serie de pequeñas inscripciones grabadas en diferentes objetos de todas clases y dimensiones. Dentro de esta categoría entran los instrumenta o inscripciones caracterizadas porque su soporte es móvil y puede transportarse con facilidad de un sitio a otro. G. Susini describe hasta 31 clases diferentes de instrumenta, entre los que podemos destacar: cerámica con marcas de alfarero o tituli picti; lingotes de metal; las fístulas o cañerías de plomo para el abastecimiento de agua a casas y edificios públicos; ladrillos con sellos del fabricante; vasos cerámicos o las tabellae defixionum.

3.5.1. Lateres signati y tégulas (opus doliare).

Algunos ladrillos y tejas aparecen con un sello en el que suele aparecer, en genitivo, el dueño de la figlina, officina o taller cerámico: L(uci) VETTI C(ai) F(ilius); M(arci) ANTONI ATTICI. También puede aparecer, en nominativo, el nombre del que hizo el ladrillo o la teja, seguido del verbo f(ecit). Además de estos nombres, en los sellos pueden indicarse con frecuencia referencias al lugar de fabricación; en concreto a la finca (praedium o fundus) o al taller (officina o figlina) donde se fabricaban: Ex praediis o de praediis (= ex o de + p., pr., praed.); ex figlinis o de figlinis (= ex o de + f., fig., figlin.); ex officina o de officina (= ex o de + of., ofic.): ex pr(aediis) Ulpi Bithynici ex off(icina) C(ai) Sabini (“de la finca de Ulpio Bithynico, del taller de Caio Sabino”).

Los sellos de ladrillos y tégulas también nos muestran sellos con los nombres de legiones que participaron en construcciones públicas: L(egio) VII G(emina) F(elicis); o de gobernadores provinciales que ordenaron construcciones o reconstrucciones de edificios: M(arcus) PETROCIDIVS M(arci) F(ilius) LEG(atus) PRO.PR(aetore). En ocasiones, se nos han conservado los sellos o estampillas de bronce con letras en relieve que los alfareros ponían sobre el material cerámico que fabricaban (CIL.II, 1, 219, 232, 260, 261 y 262; CIL.II, 3, 670 y 813); su forma suele ser rectangular o circular, aunque conocemos otras con forma de cuarto lunar.

3.5.2. Vasos cerámicos y lucernas.

Las inscripciones son muy concisas y suelen consistir en un sello donde aparece el nomen o el cognomen del fabricante (entero o abreviado) en nominativo, que puede ir seguido del verbo fecit (f.; fe.; fec.), o en genitivo y pudiendo ir precedido de expresiones como officina: Of(ficina) LUCCEI; Of(ficina) SEVERI.

3.5.3. Ánforas aceiteras.

En las ánforas aceiteras Dressel 20 aparecen dos tipos de inscripciones: los tituli picti (rótulos pintados) y los sellos.

Los sellos solían ser impresos en el asa del ánfora, antes de su cocción. El problema es que desconocemos si el nombre que aparece es el del fabricante del ánfora, del productor del aceite o del comerciante que lo compra y lo exporta. M. H. Callender considera que lo importante no era el ánfora sino el aceite y, por tanto, el sello aludiría al propietario del aceite o al comerciante que lo había comprado, pero esta afirmación no está comprobada. El contenido de los sellos puede ser muy variado. Pasemos a comentar la estructura de algunos modelos:

  • Tria nomina abreviados de una persona (en genitivo), que pueden ir acompañados del nombre de una figlina: Figlin(a) Arcigi(ana) / M(arci) S(empronii ?) Mauri(ani ?).

  • Simplemente, el nombre de una figlina: Figlin(a) Scalensia; F. Belliciana; F. Saxo Ferreo; F. Edoppiana; F. Marsianensia.

  • El nombre de sociedades de varias personas, que pueden ir acompañados del nombre de una figlina: III ENN(iorum) IVL(iorum), es decir, “de una sociedad formada por tres personas de la familia de los Ennii Iulii”; II AVR(elii) HERACLAE / PAT(er) ET FIL(ius) [ex] F(iglinis) BAR(bensibus).

Los tituli picti. En las ánforas aceiteras aparecen una serie de rótulos pintados en zonas muy concretas. Pasemos a comentarlos según su posición:

  • Posición alfa: En el cuello del ánfora aparece un numeral que indica el peso del recipiente vacío (en libras romanas).

  • Posición beta: En la parte superior del vientre del ánfora aparece el nombre de una persona o sociedad. Los nombres van en genitivo y pertenecen a los mercatores o negotiatores que eran empleados por el Estado para garantizar el abastecimiento de aceite a Roma y al ejército (annona): A. Cosconi Aviti; C. Antoni Balbi; M. Iuli Faustini; etc. Estos mercaderes privados, al entrar al servicio de la annona, pasaban a llamarse diffusores olearii y se encargaban de la compra y distribución del aceite que necesitaba el Estado. A finales del S. II o inicios del III d. C., Septimio Severo (193-211) suprime el recurso a los comerciantes particulares y la compra y distribución del aceite pasan al manos del Estado. En este periodo aparece en las ánforas el nombre de los emperadores o la frase fiscus patrimonium provinciae Baeticae. Con Severo Alejandro (222-235) se mantiene la organización estatal, pero se vuelve a dar entrada a los diffusores olearii.

  • Posición gamma: Numeral colocado en la panza del ánfora. Indica el peso del aceite contenido en el ánfora (en libras romanas).

  • Posición delta: Junto al asa, a la derecha de los textos anteriormente comentados, aparecen una serie de rótulos donde se indican varios datos. Todos estos datos están relacionados con unas ordenanzas de época de Adriano que obligaba a los productores a vender al Estado un tercio del aceite producido. El aceite se pagaba al precio que estuviese en la zona y, para evitar incumplimientos, se obligaba a hacer declaración pública y jurada de la totalidad de la cosecha, así como de todas las ventas. Para vigilar el cumplimiento de estas obligaciones se ponen los tituli picti de esta zona del ánfora. Las indicaciones son varias:

  • Constatación del peso del aceite y, en ocasiones, del envase.

  • Signo R, que indicaba que el aceite pertenecía a la ratio fisci y que, por tanto, estaba exento de pagar el impuesto del portorium.

  • El nombre de la ciudad de la que dependía el control fiscal: Astigi, Corduva, Hispalis, Malaca, etc.

  • En ocasiones aparece el nombre de la figlina donde se envasó el aceite: figlina Ceparia, figlina Corneliana, figlina Trebeciano, etc.

  • Nombre de la finca donde el aceite se había producido (terminada en num o ese: Aemilianum, Crispense, Marcianum, Salsense, Turrense, etc.), acompañados de un nombre de persona en genitivo que haría referencia al explotador de la finca o al arrendatario: Aeli Aeliani; Celeris; Iuni Rutilani; Proculae, Valeriae Patriciae, etc.). En ocasiones no aparece el nombre de la finca, pues el nombre del explotador bastaría para designar el fundus.

  • Posición épsilon: Este elemento no aparece siempre y cuando se encuentra, está situado a la derecha de la posición delta. Es una indicación numérica cuyo significado no se conoce.

3.5.4. Sellos sobre lingotes de plomo.

Los lingotes de plomo cuentan en su vértice con uno o varios cartuchos en los que aparecen en relieve nombres de personas o de sociedades. Estas estampillas previamente han sido grabadas en los moldes y al fundir los lingotes quedan estampadas sobre ellos. En ellas aparece el nombre de la sociedad o de la persona que explota las minas, ya sea como propietario o como arrendador. Cuando en los lingotes aparece el nombre del emperador, nos está indicando que el Estado dirigía la explotación directa de las minas. En Hispania encontramos tres tipos según la información que proporcionan:

  • Un único nombre en genitivo: P(ublii) Turull(i) Lebon(is); Q(uinti) Aeli Satuli.

  • Sociedades de varios individuos, a veces precedidos sus nombres de la palabra societas (soc., societ.): societ(as) S(urii) et T(itii) Lucreti(orum) o “sociedad de los Lucrecios Spureo y Tito”; societ(as) M(arci et) C(aii) Pontilienorum M(arci) F(iliorum) o “sociedad de Marco y Gayo Pontilienus, hijos de Marco”.

  • Sociedades en las que no aparece siempre el nombre de sus miembros: societ(atis) argent(ariarum) / fod(inarum) mont(is) Ilucr(onensis) galena.

3.5.5. Sellos sobre conductos de agua.

En las fístulas o tuberías de plomo se podía indicar el nombre del propietario de la conducción de agua (en genitivo); el nombre del magistrado o emperador que mandó construir la red de tuberías de plomo (en genitivo), el nombre de la persona que hizo la tubería (en nominativo) o, incluso, el taller que fabricó las fístulas: M. IVL (ii) ANTONIANI AED(ilis) / ARTEMAS C(olonorum) C(oloniae) S(ervus) F(ecit) o “ de M. Iulio Antoniano edil, Artemas siervo de los colonos de la colonia lo hizo; IMP(eratoris) C(aesaris) H(adriani) A(ugusti) o “del emperador César Hadriano Augusto”; C(oloniae) A(eliae) A(ugustae) I(talicensium) o “de la Colonia Aelia Augusta Itálica”; C(olonorum) C(oloniae) AVG(ustae) FIR(mae) EX OFFI(cina) MVRCARI o “de los colonos de la colonia Augusta Firma, del taller de Murcario”.

3.5.6. Glandes de plomo.

Son balas para lanzar con honda. Pueden presentar varios tipos de leyendas como el nombre del combatiente, su general o la unidad militar a la que pertenecía (en genitivo). Las leyendas más frecuentes muestran el nombre del general que mandaba las tropas: Q(uinti) Me(telli) (“Quinto Cecilio Metelo”, glande utilizado en las guerras contra Sertorio); CN(aei) MAG(ni) / IMP(eratoris) (glande utilizado en las Guerras Civiles entre Cneo Pompeyo y César).

3.5.7. Tesserae.

Son pequeños objetos de metal, marfil o madera, de formas y dimensiones variadas, usados para diversas ocasiones. Las más interesantes son las de “hospitalidad” (tesserae hospitales), que sellan lazos entre comunidades o entre una persona y una comunidad. En ellas aparecen los nombres de comunidades y particulares, así como el tipo de acuerdo que han firmado. Todas ellas son dobles, guardando cada parte implicada un ejemplar. Estos pactos son claramente de origen indígena, pues contamos con pactos de hospitalidad escritos en alfabetos célticos. No obstante perduraron tras la dominación romana, pasándose a redactar en latín. Al establecerse, crean unos lazos igualitarios de ayuda recíproca. El hospes y sus familiares eran acogidos por la comunidad firmante del pacto que lo protegía como a uno de los suyos cuando se hallaba en ella. Igualmente, los ciudadanos de la comunidad se convertían en protegidos del hospes, cuando éstos viajaban a su patria. Cuando los firmantes de un pacto de hospitalidad eran dos comunidades, éstas se comprometían mutuamente a dar protección a los habitantes de la otra comunidad. Estas características hicieron que fuesen muy útiles para establecer relaciones de protección mutua entre ciudadanos de dos comunidades alejadas. Los pactos de hospitalidad acabaron contaminándose de las relaciones de patronato y clientela siendo frecuente que se estableciesen entre una comunidad indígena y un alto magistrado romano al que llaman hospes y patrono. En este último caso, el hospes quedaba verdaderamente como protector de la comunidad indígena.

3.5.8. Tablas de patronato.

Formalmente son tablas de bronce rectangulares de pequeño tamaño (en torno a 35 x 28 cm.) en las que se establecen acuerdos entre una ciudad y un patrono (tabulae patronatus). El patronato establece una relación desigual entre una comunidad que escoge a un patrono (patronum cooptare), el cual recibe a la comunidad en su clientela (in fidem clientelamque suam recipere). El patrono se convierte en defensor y protector de la ciudad y ésta le corresponde con deferencias honoríficas. Las tablas de patronato siempre mencionan a una comunidad privilegiada (municipio o colonia) y a un importante personaje de la sociedad romana.

3.5.9. Tabellae defixionum.

Recogían una serie de procedimientos mágicos con los que se pretendía dañar a un enemigo. Generalmente son láminas de plomo, generalmente rectangulares, en las que se grabaron los nombres de las personas a las que se deseaba causar algún mal y una serie de fórmulas consagradas a los dioses de los muertos o de los infiernos (Pluton, Proserpina, dii inferi). En el texto suele aparecer la idea de fijar o atar, pues lo que se busca es inmovilizar a la víctima ante determinado ataque.

3.5.10. Inscripciones sobre mosaicos.

Desde época republicana fue frecuente realizar textos escritos con teselas sobre mosaicos. Los más interesantes, de época tardorepublicana, suelen informarnos sobre la dedicación de templos o edificios, por magistrados, particulares o por representantes de corporaciones profesionales (en época imperial esta información suele plasmarse sobre inscripciones monumentales en piedra). En época imperial suelen seguir apareciendo textos sobre mosaicos, pero éstos suelen limitarse a explicar el contenido del mosaico o a dar nombre a las personas, animales o divinidades que en él aparecen. En Hispania son muy interesantes los aparecidos en la región de Carthago Nova y en Itálica: M(arcus) Aquini(us) M(arci) l(ibertus) Andro / Iovi Statori d(e) s(ua) p(ecunia) qur(avit) / l(ibens) m(erito) o “Marco Aquinio Andro, liberto de Marco, a Júpiter Stator, de su dinero lo hizo con agrado” (HEp 6, 1996, nº 655, Carthago Nova); M(arcus) Trahius C(ai) f(ilius) Pr(aefectus o Praetor) Ap(pollini) [templum] / de stipe idemq(ue) / caul[as d(e) s(ua) p(ecunia) f(acienda) c(uravit) ?] o “Marco Trahio, Hijo de Gaio, prefecto o pretor ordenó hacer un templo a Apolo con el dinero recogido mediante colecta y de su dinero ordenó hacer las puertas (del templo)” (CIL. II, 578, Itálica).

EPIGRAFÍA Y NUMISMÁTICA EN LA ANTIGÜEDAD CLÁSICA.

PARTE II: NUMISMÁTICA ROMANA.

TEMA 1. INTRODUCCIÓN.

1.1. Definición y concepto de numismática.

Una moneda es una pieza de metal con un determinado peso y acuñada por una autoridad competente que establece el valor real de esa moneda con un sello que garantiza su peso y pureza. El término moneda es utilizado por primera vez por los romanos para referirse a la divinidad Juno Moneta. (la palabra Juno viene del latín iun que significa prosperidad, y moneta viene de moneo, que significa advertir y repartir). Había un templo erigido en el Capitolio dedicado a esa divinidad. El Capitolio era importante porque cuando los galos asaltaron Roma hacia el 350 a. C., las ocas sagradas del Capitolio despertaron a los defensores romanos que combatieron y repelieron el ataque. También se supone que en dicho templo de Juno Moneta se comenzaron a fabricar las primeras emisiones monetales romanas, de ahí el término moneda.

La palabra numismática viene etimológicamente del término griego numisma, que significa “reparto” y “la correcta medida”.La numismática (del latín nummus, “moneda) se define como la ciencia que estudia las monedas y todos los aspectos con ellas relacionados: económicos, artísticos, arqueológicos, epigráficos, jurídicos, cronológicos, etc.

La moneda surge tras un periodo de trueque, el cual llegó a plantear numerosos problemas: por un lado, podía existir una falta de intereses coincidentes entre las personas que realizaban el trueque, al establecer la equivalencia de valores de los productos intercambiados. Otra dificultad del truque es que muchos objetos eran indivisibles. Por tanto, se necesitaba un patrón de referencia que permitiese valorar cualquier producto y que interesase a todo el mundo. Por ello va a ser necesario contar con un medio de cambio, y se empezó a utilizar la moneda.

Como resultado de todo ello, las características de la moneda son las siguientes: 1ª. Su actuación como valor regulador. 2ª. Es divisible, cuenta con múltiplos y divisores. 3ª. Es un objeto fácil de transportar y difícil de destruir. 4ª. La moneda es reconocible por todos como tal y está apoyada por un poder que la sustenta.

Así, Aristóteles, (Política, X, 1257 a) afirma que existen unos bienes necesarios y unas personas que los poseen y que se intentan establecer una serie de procesos mentales para superar lo que él llama “autarquía natural”. A través de esos mecanismos mentales se establece un sistema de valoración. La moneda en este primer estadio, para Aristóteles, serviría para acabar con los desequilibrios existentes en la sociedad.

Resulta curioso que la moneda no empezó a funcionar como medio de intercambio, sino como medio contable de los Estados, para establecer un presupuesto. Las primeras monedas circulaban muy cerca de la ciudad emisora, eran de oro y plata y tenían un valor muy alto, por lo que tenían gran circulación.

La moneda tenía una serie de ventajas: era divisible; permitía llevar la contabilidad y los presupuestos de un Estado; servía de patrón de referencia, es decir, servía para medir el valor de los objetos; era un objeto de fácil transporte y difícil de destruir; era admitida por todos los miembros de una comunidad o Estado.

La moneda tiene un doble valor. El intrínseco lo tiene por la cantidad y la ley del metal acuñado en cada pieza, es el valor propio de dicho metal. El extrínseco es el valor que el poder o autoridad que acuña la moneda decide que tenga ésta. En las primeras monedas se correspondía el valor intrínseco con el extrínseco, pero rápidamente dejaron de coincidir ambos valores. La moneda fiduciaria era aquella en la que el valor extrínseco es superior al valor intrínseco. Se correspondía con unas reservas de moneda que tenían las autoridades emisoras, y varias monedas fiduciarias acuñadas por una misma autoridad se distinguen por su antigüedad.

1.2. Relación de la numismática con otras ciencias, con especial incidencia en la Historia Antigua.

Para conocer cualquier cultura hay que manejar todas las fuentes existentes sobre ella, incluyendo las fuentes numismáticas. Las imágenes que aparecen como emblemas de las monedas tienen una función, son símbolos que nos hablan del pueblo que las eligió como emblema y nos hablan también de la historia de ese pueblo.

La numismática está relacionada con la historia, especialmente con la historia política porque toda moneda es emitida por un poder político que generalmente aparece reflejado en las emisiones. Un ejemplo lo tenemos en los emperadores romanos. Es frecuente que en el reverso de la moneda aparezca una alusión al poder político emisor: en Roma, por ejemplo, una S (abreviatura de Senatus) en la época republicano o un retrato del emperador emisor en la imperial.

Las monedas nos informan de cuestiones religiosas (por ejemplo aparecen reflejadas las divinidades preferidas por cada emperador en un determinado momento); de la propaganda desarrollada por los grupos dominantes; acerca de aspectos urbanísticos de las ciudades emisoras (aparecen reflejados arcos honoríficos, templos, coliseos, etc.). La forma de la moneda puede ofrecer información sobre disturbios internos en el Estado o sobre los movimientos de determinados ejércitos (en momentos de disturbios los rebeldes al Estado pueden acuñar monedas propias diferentes a las del Estado con el que luchan para imponerse en el poder; también para pagar a los ejércitos romanos se realizaban acuñaciones especiales en cecas instaladas en los lugares donde realizan la compaña).

Por otra parte, la numismática está también relacionada con la economía y con la historia económica, pues permite constatar periodos de crisis y estabilidad. En periodos de paz y prosperidad el Estado acuña monedas de mayor peso y ley -mayor proporción de metal precioso en la aleación de la moneda-, así en época altoimperial romana, S. I-II d. C.; mientras que en épocas de crisis el Estado acuña monedas con menor ley - menor proporción de metales preciosos en la aleación de la moneda y de peor calidad o pureza-, así en la época bajoimperial romana, S. III-V d. C.

1.3. Historiografía.

La numismática ha estado muy relacionada con el coleccionismo ya desde la Antigüedad. Augusto o los Ptolomeos se sabe que coleccionaban monedas. En la Antigüedad por la moneda romana se pagaba diez veces su valor debido a su gran belleza. En el siglo XVI se escribieron los primeros tratados sobre numismática basados en las piezas de los coleccionistas. Los primeros en hacerlo fueron el francés Guillaume Budé y el italiano Orsini.

En España, surgió la numismática en el S. XVI, cuando comenzó el interés por la moneda ibérica y se originaron las primeras colecciones de monedas ibéricas. Las monedas eran lo más importante de los “gabinetes de curiosidades”, en los que se coleccionaban monedas griegas y romanas para tomar a los personajes que aparecían en esas monedas como modelos de virtud. Por otro lado, sigue el interés por las monedas ibéricas, aunque tratadas marginalmente al no poderse descifrar los textos escritos en alfabeto ibérico, en lo que en la época se llamaba el lenguaje español de aquel tiempo, hasta que los investigadores se dieron cuenta de que estas monedas eran bilingües y las tomaron como base para descifrar el alfabeto ibérico.

En el S. XVII, en España continuó un mayor interés por la numismática. Cabe destacar a Vicenzio Juan de Lastanosa, poseedor de una colección, apoyada por el rey Felipe IV, de unas 4.800 monedas de oro griegas y romanas que fue aumentando con el tiempo, y autor de la obra Museo de las medallas desconocidas españolas, en la cual intentó ordenar cronológicamente las piezas de su colección. Luego donó su colección a la creada Real Academia de Numismática. Al mismo tiempo, el sevillano Rodrigo Caro fue el primero que intentó formular hipótesis históricas utilizando monedas.

En el S. XVIII, en Europa siguieron apareciendo estudios sobre numismática y creándose nuevas colecciones, y aumentó el interés por la moneda griega. Más tarde que en Europa en España surgieron distintas Academias.

El mayor avance en la investigación numismática en España vino del renovado intento de descifrar el alfabeto ibérico, destacando en ese sentido el padre jesuita Enrique Florez y su discípulo José Luis Rodríguez de Velasco

El jesuita Eckhel clasificó todas las monedas griegas y romanas conocidas y publicó su importante labor en una monumental obra en ocho volúmenes titulada doctrina Nummorum Veteres.

Durante el siglo XIX la numismática se separa del coleccionismo y surge como ciencia, comenzando a aparecer las primeras revistas especializadas, pero es en el siglo XX cuando aparecen las grandes obras de referencia.

Para la moneda romana destaquemos las siguientes obras: para la época republicana, M. H. Crawford: Roman Republican Coinage, Cambridge, 1974; para la época imperial hasta el Bajo Imperio, la monumental obra colectiva publicada en Londres The Roman Imperial Coinage. Vol. I: C. H. V. Sutherland, 1984; Vols. II-V y IX: H. Mattingly y E. A. Sydenham, 1926-1933; Vol. VI: C. H. V. Sutherland y R. A. G. Carson, 1973; Vol. VII: P. M. Brunn, 1966; Vol. VIII: J. P. C. Kent, 1981; para el Bajo Imperio, la también obra colectiva publicada en Londres Late Roman Bronze Coinage. Part I, P. V. Hill y Kent, J. C. P.: The Bronze Coinage of the House of Constantine; Part II, R. A. G. Carson y Kent, J. C. P.: Bronze Roman Imperial Coinage of the Later Empire A. D. 346-498, 1960.

Para el estudio de la moneda romana en la Península Ibérica destacamos, con carácter general, la obras de Vives y Escudero, A.: La moneda hispánica, Madrid, 1926, y los libros de Villaronga Garriga, L.: Numismática Antigua de Hispania, Barcelona, 1979 y Corpus Nummorum Hispaniae ante Augustum Aetatem, Madrid, 1994; para época posterior a César hasta la época flavia el libro de Burnett, A., Amandry, M. y Repolles, P. P.: Roman Provincial Coinage, Vol. I: From the death of Caesar to the death of Vitellius (44 BC-AD 69), Part I: Introduction and Catalogue, Part II: Indexes and Plates, Londres-París, 1992; y para toda la época imperial el libro de Beltrán Martínez, A.: La moneda romana. El Imperio. Madrid, 1986.

1.4. Tendencias actuales de la investigación.

Actualmente, existen tres grandes tendencias en el estudio de numismática. En primer lugar, la realización de proyectos comunes entre la numismática y otras disciplinas, como la química (análisis metalográficos), la informática etc. En segundo lugar, la introducción del estudio de la numismática en universidades y centros de investigación. En tercer lugar, el empleo de la informática para, a través de programas y bases de datos, recopilar y actualizar la información que se conoce sobre los hallazgos numismáticos.

1.5. Elementos formales de la moneda: las partes de la moneda.

La forma de la moneda es redonda, pero no siempre fue así. En un principio se utilizaron como monedas objetos premonetales de distinta forma. En forma de barra en Grecia los obeloi (palabra que significa “asador”). También existieron monedas con los bordes dentados, como los nummi serrati. Otras eran cuadradas con un orificio en el centro. Sin embargo, la forma actual de las monedas es redonda y plana, porque se ha comprobado que son las que mejor resisten al desgaste.

En el borde de la moneda aparece una serie de puntos o rayas que se denomina gráfila. Su función era evitar que particulares quitasen peso a la moneda. El flan o cospel es la pieza de metal sobre la que se imprime la moneda, el cual se calienta y se introduce en el cuño de anverso y de reverso.

La cara principal de la moneda es el anverso y la secundaria el reverso. El anverso suele presentar representaciones que aluden al Estado emisor o autoridad que acuñó la moneda. En época republicana se representaba en el anverso a la diosa Roma y en época imperial al emperador. El cuño de anverso y reverso están en manos de las autoridades acuñantes para garantizar que la moneda no sea limada y que tenga un peso y una ley establecidos. El retrato de los emperadores en las monedas puede ser de la cabeza o del busto. Durante los siglos I al III d. C. se representa la cabeza girada (izquierda o derecha) y desde el siglo IV los emperadores aparecen representados de frente o girados 3 / 4. Al principio la cabeza no solía llevar adorno, como en el caso de las monedas de Augusto, siguiendo la tradición republicana, pero poco después se introduce la corona de laurel. A partir de Nerón los emperadores aparecen no sólo con la corona de laurel sino también con la corona radiada (corona de rayos), aunque se utilizó sobre todo para diferenciar el dupondio del as. En el primero la cabeza de los emperadores aparece con la corona radiada y en el segundo con la corona de laurel. Durante los siglos IV y V d. C. el adorno más usado fue una corona de perlas con una roseta en el centro.

Los tipos del reverso son más variados. En época republicana se indican los nombres de los magistrados, ya sean cónsules o triunviros monetales, encargados de acuñar la moneda, con alguna alusión a temas relacionados con sus familias (cualidades, hechos guerreros, etc.). Además suele aparecer la leyenda S. C. (Senatus Consultum) y también en las imperiales de bronce o cobre.

En época imperial, los tipos o representaciones en el del reverso se acompañan de leyendas que explican el significado del tipo. Los más frecuentes son: divinidades, el más representado fue Júpiter, seguido de Hércules; representaciones alegóricas de cualidades abstractas personificadas alusivas a cualidades de los emperadores que van acompañados de leyendas o textos (por ejemplo, Pax Augusta, Providentia Augusta, Concordia Augusta); alusiones alegóricas a la Victoria (Niké), motivos referidos a los ejércitos (insignias de las legiones, trofeos o alusiones a campañas militares realizadas por los emperadores) o edificios públicos (el Coliseo de Roma, el Circo Máximo, arcos, estatuas, etc.); además existen los llamados tipos “parlantes” donde la cosa representada se corresponde con el nombre de una ciudad (en las monedas de la colonia griega de Rodhe o Rosas se representaba en el reverso una diosa.

Las monedas pueden llevar leyendas tanto en el anverso como en el reverso. También se pueden encontrar marcas de valor que se grabaron en los cuños para que éstas apareciesen al acuñar la moneda (por ejemplo, en época republicana cuando aparece una X en un denario significa que la moneda vale 10 ases, en época imperial un denario valía 16 ases.

Cada ciudad que acuñó moneda tenía un Dios en su mitología local que aparece reflejado en el reverso de la moneda (en las monedas de Atenas aparece la lechuza, símbolo de Atenea, en las de Corinto aparece el caballo alado Pegaso, etc.). Debajo de este emblema suele aparecer una rayita y el nombre de la ceca que acuñó la moneda e incluso el nombre de la oficina que la acuñó. Todo ello nos ofrece información sobre la circulación monetaria.

Con posterioridad a su fabricación a las monedas se les podían añadir contramarcas, que son signos muy variados que servían a la autoridad emisora para poner de nuevo en circulación las monedas. También en ámbitos concretos se podían añadir contramarcas a las monedas (por ejemplo, para uso de los militares o de los mineros).

1.6. Conceptos y terminología numismática.

La leyenda son las letras que aparecen alrededor de la moneda. Las monedas que carecen de leyenda se denominan anepigráficas.

El campo es el espacio de la moneda libre de todo grabado.

La ceca se identifica con la ciudad que acuña moneda y también es el taller u oficina donde se acuña.

El flan o cospel es la pieza metálica sobre la que se imprime la moneda.

El cuño es la matriz que contiene los motivos que se van a grabar en la moneda. Se distingue entre el cuño de anverso (con el motivo principal) y de reverso (éste es el que se sujeta con unos alicates).

El electrón es una aleación de oro y plata que a veces se utilizó para acuñar moneda, que se puede encontrar en estado natural.

El oricalco es una aleación de cobre y zinc, de color anaranjado, más caro que el bronce por lo que las monedas de oricalco tienen más valor que las de bronce.

El vellón es una aleación de un metal noble con otro más barato, que suelen ser plata y cobre.

La moneda forrada es aquella hecha con un núcleo de metal diferente al que aparece en el exterior. El metal que legaliza la moneda y le da valor es el que aparece en su exterior.

El canto es el borde exterior de una moneda

El exergo es la parte inferior del reverso que aparece separada del resto por una línea de puntos, y que es la zona de la moneda donde se colocan la marca o el nombre de la ceca.

La gráfila es una orla de puntos o rayas o una línea continua que rodea al anverso y al reverso.

La pátina es la capa adherida a la moneda como consecuencia de su oxidación. Ésta puede ser de distintos colores según el metal de que esté hecha la moneda o el tipo de tierra con el que ha estado en contacto. La pátina puede demostrar la autenticidad de una moneda y revalorizarla con el tiempo para los estudiosos o coleccionistas de moneda antigua.

1.7. Técnicas de acuñación en la Edad Antigua.

Se dieron dos técnicas la fusión y la acuñación, coexistiendo ambas en el tiempo aunque la más empleada fue la acuñación.

Por fusión o fundición se entiende el conjunto de operaciones que le da al metal la forma deseada vertiéndole en estado líquido en un molde vacío para que al solidificar adquiera la forma deseada. Esto es posible porque los metales se funden a determinada temperatura y tienen la propiedad de adoptar la forma del recipiente que los contiene cuando se enfrían. El proceso es sencillo: primero se realizaba la moneda probablemente en madera y ésta se introducía a presión en arcilla para fabricar los moldes de fundición. Normalmente se utilizaban moldes compuestos de dos piezas, una para el anverso y otra para el reverso. Después se metían en un horno y quedaban listos para recibir el metal fundido. Frecuentemente en los moldes se imprimía varías veces la misma cara de una moneda y se comunicaban las impresiones por un pequeño canal. Luego se preparaba el otro molde de igual forma. Así las impresiones quedaban encadenadas. Finalmente, se hacían coincidir las dos valvas y en el molde cerrado se vertían el metal fundido líquido. Cuando éste se enfriaba se abrían las dos valvas y se obtenía una cadena de monedas unida entre ellas por una espiga de fusión. En estas monedas quedaba la huella de la espiga.

El método de fundición aceleraba el proceso de fabricación de las monedas y se conoce cómo proceso de encadenación o chapelet. Pero también tenía inconvenientes: la superficie de la moneda quedaba granulosa y con poros, por lo que la moneda no era de calidad; la técnica impedía dibujos nítidos y precisos en las caras de la moneda; las monedas obtenidas por este sistema se podían falsificar con facilidad, pues teniendo una moneda legal se podían sacar fácilmente las matrices o cuños.

Por estos motivos el sistema de fusión se empleó poco. En Roma se utilizó en las primeras acuñaciones, para facilitar la acuñación de monedas grandes (por ejemplo, el aes grave). También se utilizó en el siglo III d. C. para acuñar monedas de bronce que contenían algo de plata.

La técnica usada generalmente fue la acuñación, pues no aparecían los problemas que con el otro sistema. Para fabricar la moneda se empleaba una pieza de metal lenticular. Este flan o cospel había sido previamente sometido a una alta temperatura para facilitar su ductilidad. Se introducía entre dos cuños que llevaban incisas, en hueco, las imágenes que se querían representar en las monedas. A continuación se golpeaba sobre uno de los cuños (se ponía el flan sobre uno de los cuños y se golpeaba sobre el otro), quedando así grabadas las imágenes en el flan. Para fabricar una moneda eran necesarios dos cuños, uno fijo que se embutía en un yunque, el cuño de anverso, y otro móvil, el cuño de reverso, que se colocaba encima del cospel y era el que recibía el golpe del martillo, estando el cuño de reverso sujeto por unas tenazas.

Los pasos para la acuñación eran los siguientes. Primero preparar los flanes o cóspeles de varias formas: se fundía el metal y se introducían los flanes en varios moldes de forma lenticular, los cuales podían ser abiertos o cerrados (de una o dos piezas); Otra forma de preparar los flanes era recortar trozos de metal de una lámina a la que previamente se había dado un grosor determinado; una tercera forma consistía en reacuñar monedas antiguas que ya no tenían curso legal, las cuales se utilizaban como flanes, aunque esto tenía el problema de que la nueva acuñación no borraba totalmente los tipos de la antigua moneda. Una vez creado el cospel, este se pesaba y ajustaba para que la cantidad de metal en las monedas fuera uniforme.

Después se grababan las monedas y se abrían los cuños de anverso y reverso que tenían el sello de la autoridad que emitía la moneda. Se han conservado pocos cuños, pues eran destruidos al desgastarse para que no fueran utilizados en la falsificación de monedas. Grabar los cuños era considerado un arte, pues había que realizar el dibujo de los cuños ampliado y, después, mediante incisión, éste se pasaba a una lámina de metal, la cual periódicamente era calentada. Una vez que se obtenía el prototipo se sacaban moldes que permitían fabricar mediante fundición los cuños, aunque éstos había que retocarlos con un buril para afinar los detalles que se habían perdido con el molde. Los cuños contenían las imágenes en negativo, es decir, en hueco. Pero un cuño tenía una duración, con él se podían sacar un número máximo de monedas. Por ello los cuños debían ser fabricados con materiales duros para aguantar los golpes que se daban durante la acuñación. Así, los romanos utilizaron cuños de bronce para acuñar monedas de oro y plata y cuños de hierro para acuñar monedas de bronce. El último paso de este proceso era el de acuñar las monedas con el cuño móvil o de reverso golpeándolo con el martillo.

La acuñación fue un sistema que permitía acuñar muchas monedas en poco tiempo. Un equipo de personas especializadas podía acuñar en un solo día, si los flanes estaban ya preparados, entre 3.000 y 4.000 monedas. Los elementos utilizados en este proceso los conocemos porque se conserva restos de un cuño de reverso, por representaciones como la del denario de Tito Carisio (con el martillo a la derecha, el yunque en el centro del dibujo y ambos cuños), o por pinturas como el fresco de la casa Vetti en Pompeya, en el que aparecen unos angelotes acuñando moneda; un amorcillo está junto a un horno calentando los cóspeles, más a la izquierda otro prepara unos cóspeles para la acuñación; otros dos están pesando un lingote y los dos últimos aparecen acuñando moneda, uno sujetando el yunque y el otro tiene el martillo.

1.8. Metales.

El metal empleado para la acuñación se obtenía de distintas formas, principalmente de la extracción de las minas, también del cobro de impuestos del comercio y reacuñando monedas antiguas. Durante la república los romanos obtuvieron metal por el botín obtenido de las conquistas y de las fortunas, es decir, tesoros de los Estados griegos herederos del imperio de Alejandro Magno. Durante el Imperio, los emperadores, mediante funcionarios, asumieron el control directo de la explotación de las minas de metales amonedables (como las que había en Tracia, por ejemplo).

El metal utilizado para acuñar moneda no debía ser tan blandos que dificultaran el proceso de acuñación, pero sí debían tener la consistencia o dureza suficientes para no alterarse una vez acuñado. Esto hizo que los metales preferidos para fabricar moneda fueran oro, plata, electrón y cobre. Todos ellos son lo suficientemente maleables y tienen la dureza necesaria para conservar su forma y no alterarse durante la acuñación, pues la oxidación les afecta muy lentamente.

Muy ocasionalmente se utilizaron otros metales para fabricar moneda: en Atenas en el siglo V a. C. se sabe que se utilizaban monedas de terracota, probablemente para fines de contabilidad y no como moneda circulante. Séneca afirma que en Esparta y Cartago se utilizaban monedas de cuero. Lo que sí es cierto es que en Esparta se utilizó el hierro para acuñar, lo que se piensan que eran los obeloi a los hace referencia Plutarco en la Vida de Licurgo. En alguna ocasión se utilizó el plomo, por ejemplo, en la Galia romana a finales del siglo I y principios del II d. C., en un momento de crisis, cuando no había otro metal para acuñar.

Salvo estas excepciones, la mayoría de monedas acuñadas en la Antigüedad lo fueron de oro, plata y bronce. El oro fue acuñado en abundancia por los persas, por la monarquía macedónica y por Roma, en aleaciones bastante puras. La plata también se utilizó en acuñaciones con bastante pureza (96 %) en las ciudades griegas y también con los romanos, aunque éstos tendieron a mezclar más la plata con oro, plomo o cobre. Las monedas fraccionarias se acuñaron en cobre y plomo, también en estaño (que mezclado con el cobre daba el bronce). Otra solución muy usada para acuñar fue el oricalco, aleación de cobre y zinc, que era más caro que el bronce porque él zinc era más difícil de obtener en la Antigüedad y era más escaso.

1.9. Falsificaciones.

Se diferencian dos tipos de falsificaciones monetarias: antiguas y modernas. Las modernas aparecen desde que comienza el coleccionismo: algunas falsificaciones son monedas inventadas, en otras se mezcla el anverso y el reverso de las acuñaciones, y otras que copian las monedas antiguas. En el caso de las falsificaciones modernas bien realizadas se puede distinguir si son verdaderas o no por la pátina y por diferencias en la forma o el peso.

Las falsificaciones antiguas se hicieron contemporáneamente a las monedas oficiales. En época romana se recurrió a veces en las provincias a acuñar moneda falsa, por ejemplo, en época de Claudio en la Península Ibérica se falsificó moneda fraccionaria de bronce.

A este respecto, existe una polémica entre los estudiosos sobre si las monedas forradas son falsificaciones. La opinión más consensuada es que las monedas forradas fueron emitidas por el Estado por su calidad, aunque no todos están de acuerdo. A veces el Estado recurrió a emitir moneda falsa por necesidad (por ejemplo, en época de César). Normalmente las falsificaciones antiguas de moneda romana son denarios de plata por fuera, pero el interior de la moneda es de cobre.

Se cogía un flan de cobre del diámetro, espesor y peso deseados; luego éste era pulido con arena y se le daba por presión una lámina de plata que lo rodeaban, luego el flan era calentado a 960 grados, temperatura de fusión de la plata y también la temperatura en la que la superficie de cobre empieza a fundirse (lo hace a 1050 grados). En ese momento la plata líquida revestía o flan o disco de cobre de una manera uniforme y, como la superficie de cobre empezaba a fundirse, esto permitía que cobre y plata se fundieran en la zona de contacto entre ambos metales, dando una perfecta unión del revestimiento de plata sobre el alma del cobre. Posteriormente, el metal se acuñaba.

Este sistema permitió al Estado romano acuñar plata cuando no la había, aunque sólo se podía emplear con plata y cobre y no con plata y hierro (más barato), porque la temperatura de fusión de este metal es muy superior a la de la plata y no hubiese producido esa adherencia entre la plata y el hierro.

1.10. Monedas reacuñadas, incusas, contramarcadas, tesserae.

La reacuñación de monedas consistía en utilizar monedas antiguas calentándolas y utilizándolas como flanes. Así se volvieron a acuñar monedas que ya no tenían curso legal o incluso monedas de otros Estados. Además su ahorraba tiempo porque evitaba tener que fabricar flanes. Pero el problema principal estaba en que los antiguos tipos de la moneda podían verse bajo los nuevos, especialmente en el campo (zona de la moneda que queda sin dibujo). De esta forma se pueden estudiar en las monedas reacuñadas la primera ceca que acuñó la moneda pues su nombre no se ha borrado. Cuando hubo escasez de metal, los romanos reacuñaron antiguas monedas cartaginesas, o de ciudades de la Península Ibérica como Obulco o Cartagonova. Los motivos para reacuñar moneda fueron la escasez de metal, el querer borrar todo testimonio de un anterior poder político (p. e. las monedas marcadas con el tipo una cabeza de águila o con la expresión S.P.Q.R. eran antiguas monedas de Nerón, emperador sometido a la damnatio memoriae), o la carencia de técnicos para fabricar cóspeles.

Las monedas incusas son aquellas cuyo anverso y reverso repiten el mismo tipo pero uno está en hueco y otro en relieve. Generalmente estas monedas son resultado de fallos durante la acuñación, aunque determinadas ciudades (Sidón, Tiro, Siracusa…) emitieron intencionadamente monedas incusas, con un cuño en relieve y otro en hueco. Las monedas incusas provocadas por fallos en la acuñación son raras. Este fallo consistía normalmente en que, cuando se iba a utilizar un flan nuevo, si no se retiraba la moneda que se había acuñado con anterioridad, ésta actuaba como cuño, y de esta forma la nueva moneda presentaba el mismo tipo en ambas caras. El Estado romano permitió en ocasiones que se pusieran en circulación monedas incusas junto a las legales.

Las contramarcas son marcas hechas a punzón sobre monedas reacuñadas. Pueden ser muy variadas: sencillas, redondeadas o cuadrangulares, en forma de flechas, ondas, cabezas de águila, etc. Las primeras contramarcas fueron hechas por banqueros para garantizar la pureza y el peso del metal. Las contramarcas interesantes son las oficiales, las que mandaron realizar los Estados con el fin de validar monedas que yo no estaban en curso legal (habían sido desmonetizadas), o para validar monedas extranjeras. La contramarca permite la circulación de estas monedas, a las que se les da un valor determinado. Se recurría a ellas cuando hacia falta numerario.

Las tesserae son objetos monetiformes de plomo, cobre o bronce, de 15 a 30 milímetros de diámetro y que propiamente no son monedas porque carecen de alguna de las características de toda moneda, por ejemplo, no son oficiales del Estado. Fueron fabricadas por particulares o por colectividades que no tenían derecho a acuñar moneda. Fueron muy útiles para controlar la actividad económica, para controlar el trabajo de los obreros y lo que se les debía pagar. En ocasiones se reconoció a las tesserae un valor de cambio en transacciones comerciales pero sólo entre las que realizaban colectivos que reconociesen el valor de las tesserae, por ejemplo, en los distritos mineros sus habitantes podían pagar los productos de las tiendas y la entrada a las termas con estos objetos, porque dichas instalaciones eran propiedad de la compañía que controlaba la explotación de la mina. Las tesserae sólo tenían un valor fiduciario, no tenían valor real y sólo eran admitidas porque en dichos colectivos se utilizaba al no tener ellos otra unidad de cambio.

Además, las tesserae en Roma tenían otros usos: eran sellos de plomo que se utilizaban para cerrar cofres y guardar mercancías; las tesserae summariae eran fichas de contabilidad que, en ocasiones, copiaban los tipos de las monedas; Las tesserae frumentariae eran aquellas que repartían los magistrados entre los más pobres, para que las cambiaran por alimentos; las tesserae de los collegia llevaban el nombre de cada collegium y servían a sus miembros para acreditar su pertenencia a los collegia; las tesserae convivales daban derecho a su poseedor a asistir a las fiestas del emperador; equivalían a entradas para asistir a espectáculos públicos que se compraban, contaban con el número del asiento y, muchas veces, en estas tesserae se representaban escenas eróticas

Por último, deben citarse los contorniatos que eran medallas planas hechas de cobre con alguna aleación y que aparecían rodeadas con otro metal. Por una cara aparecía un retrato del emperador y por la otra se representaban, o bien escenas mitológicas, o circos o teatros y, en estos casos, el retrato del emperador que hizo construir el monumento. La utilidad de los contorniatos es muy discutida: se cree que serían o entradas para espectáculos, o premios para los vencedores en éstos, pero el problema de estas interpretaciones es que estos objetos eran demasiado ricos para tratarse de entradas y demasiado pobres para tratarse de premios. Quizá tuvieran un carácter conmemorativo.

1.11 y 1. 12. Metodología numismática: análisis y catalogación de las monedas.

Para catalogar monedas, cecas o tesoros hay que seguir unas pautas de catalogación que nos permitan obtener el mayor número posible de datos sobre las monedas.

La moneda nunca debe limpiarse porque la mayoría de métodos de limpieza son agresivos. Si la moneda procede de una excavación, debe quitarse la tierra que tenga sin usar agua o vinagre (elementos que acelerarían su proceso de oxidación) y no utilizar métodos abrasivos. Este proceso debe hacerlo un experto para no estropear la moneda. Antes de estudiarlas, hay que numerar las piezas, pero nunca sobre las propias monedas para no mezclar monedas y meter cada uno en una bolsita.

El primer paso en su estudio es la descripción de la moneda: peso (tomado con un peso electrónico en gramos), el módulo (diámetro máximo y el mínimo) y su grosor (estos dos se indican en milímetros en la ficha).

Después se anota la posición de los cuños o ejes de la moneda, indicando la posición del cuño del reverso en relación con el cuño de anverso. En las monedas antiguas la orientación de ambos cuños raramente coincide, por lo que se ha de imaginar la moneda puesta de canto y un eje vertical en forma de flecha que entra por el centro de la moneda. De este modo, según quede orientado el cuño de reverso se indicará la posición de los cuños en horas o minutos, como en las agujas del reloj. Un ejemplo, cuando la posición del cuño de reverso es de 6 horas, esto significa que la posición del reverso es hacia arriba y la del anverso hacia abajo. También hay que tener en cuenta el grado de desgaste de la moneda, porque podemos saber si una ceca había fabricado muchas monedas, o si éstas se habían guardado (tesorillos).

El estudio numismático hay que completarlo siempre que sea posible con el análisis metalográfico para conocer la composición de los metales que forman parte de la aleación. El problema es que es una técnica cara, y sólo se utiliza con monedas de oro y plata o aquellas de las quiera conocer su composición por una razón determinada. Para conocer la cantidad y calidad de oro en las monedas de este metal en un principio éstas se raspaban con una piedra de toque (piedra negra abrasiva) y luego se les echaba un poco de ácido nítrico. Si la raya provocada por la moneda con la piedra de toque se mantenía inalterable al contacto con este ácido, esto significaba que el oro de la moneda era de buena ley, pero si la raya desaparecía es que el oro era de menor calidad y estaba aleado con otros metales. Luego el joyero restauraba la aleación. Actualmente, para detectar los metales empleados en la aleación se somete a las monedas a los rayos x o a la invasión de protones y neutrones.

Completado el análisis de las características físicas de la moneda hay que describir el cuño de anverso y el cuño de reverso. La descripción de los tipos y leyendas de ambas caras se hace sucintamente empleando una terminología numismática específica: por ejemplo, la cabeza del emperador -laureada, radiada, diademaza (con una corona de laurel, una corona de rayos o una diadema), “cabeza de Roma” (se representa a la diosa Roma), “cuadriga” (cabeza a 3 / 4)-, el busto, etc. Con respecto a la leyenda del anverso, si no está completa, debemos intentar restituirla (se indica entre paréntesis la parte conservada sin desarrollarla y entre corchetes la parte del texto que se ha perdido y que se conjetura; si la leyenda está borrosa la restituimos en mayúsculas y entre corchetes. En cuanto al anverso, hay que fijarse en el exergo donde se indican el nombre de la ceca y de la oficina que acuñó la moneda y se realiza la lectura de la leyenda como ya se ha indicado. Por último, hay que indicar en la ficha que se haga de la moneda si ésta presenta contramarcas, orificios o si está partida.

Una parte importante de esta descripción es la correcta lectura del exergo, que aparece sólo en las monedas romanas y a partir del S. III, pues contiene una serie de letras que nos indican el nombre de la ceca en que se fabricó la moneda en latín y el número de la officina de la ceca en que se hizo. Cuando la ceca pertenecía a la parte Occidental del Imperio Romano, el número de la officina se indicaba con una letra del alfabeto latino y cuando la ceca pertenecía a la parte Oriental del Imperio Romano el número de la officina se indicaba con una letra del alfabeto griego. Tengamos en cuenta que la letra que indica la officina puede ir delante o detrás del nombre de la ceca. Tómense dos monedas, por ejemplo, una en la que ponga en el exergo la abreviatura LUG. (dunum) P. (rimum), y otra en la que ponga en el exergo la abreviatura CONST (antinópolis). B. (eta). La primera moneda se hizo en la ceca de Lugdunum (Lyon) en la primera officina, porque el número de la officina está en latín La segunda moneda se fabricó en la ceca de Constantinópolis (Constantinopla) en la parte oriental del Imperio, en la segunda officina, porque el número de esta última está en griego.

Con todos estos datos, o con los que se puedan obtener de ellos pues no siempre es posible conseguirlos todos, debemos catalogar la moneda. En la parte inferior de la ficha debemos indicar de qué moneda se trata (denario, sestercio, as…). Si es posible se indicará la cronología de la moneda (en el anverso aparece la autoridad emisora, el retrato del emperador y su nombre u otra leyenda que nos sirven para determinarla.

Una vez hecho esto se ha recurrir a los principales catálogos de monedas existentes y que ya se mencionaron en el epígrafe de la historiografía. Se deben introducir los datos de todas las monedas analizadas en una base de datos informática, por si hay que modificarlos o actualizarlos, hacer estadísticas (es recomendable el sistema empleado por Diavola).

Todas las monedas deben ser fotografiadas justamente tras numerar cada pieza, para guardar un registro visual de ellas (aspecto, lugar en que se encontraron…). Se suelen emplear cámaras que tengan focos laterales para eliminar en la imagen los elementos extraños a la moneda (tierra, óxido). Preferentemente se emplean carretes en blanco y negro. Para fotografiarlas, deben agruparse las monedas de seis en seis junto a una escala en milímetros. El agruparlas supone hacer menos fotografías y ahorrar dinero. Luego mediante un escáner se separan el anverso y el reverso de cada moneda y se hace una foto con el montaje de las dos caras de cada moneda.

Después de su estudio deben guardarse las monedas para su exposición y mantenimiento, en álbumes, sobres o bandejas. Lo ideal es que el sitio donde estén expuestas las monedas tenga unas condiciones correctas de temperatura y humedad. Estos álbumes, sobres o bandejas deben estar hechos de plásticos porque casi todos tienen cloruro de polivinilo, una sustancia que afecta y deteriora las monedas. La solución es utilizar papeles neutros que no estropeen las monedas si se utilizan para guardarlas sobres y álbumes. La utilización de bandejas es un buen sistema siempre que la base de la bandeja, que está en contacto con las monedas, esté fabricada en un material neutro.

1.13. Metrología.

Cuando realizamos estudios metrológicos sobre las monedas debemos tener en cuenta un concepto: el patrón. El patrón es un peso teórico y constante que deben de tener todas las monedas. La metrología se basa en que cada pueblo en un momento determinado de su historia utilizó un patrón monetario fijo. Por tanto, el estudio metrológico nos sirve para ver en que momento determinado se emite una moneda y, también, para observar determinados fenómenos monetarios, p.e., muchas variaciones del patrón en poco tiempo.

Existen varios sistemas para estudiar la metrología: el Método de La recta de Henry y el Método de la Chi-Cuadrada. Las circunstancias que se deducen de un estudio metrológico son circunstancias relacionadas con criterios económicos.

1.14. Hallazgos numismáticos.

Los hallazgos monetarios son los que se utilizan de base para la realización de todos los estudios numismáticos. Existen tres tipos de hallazgos atendiendo al modo en que aparecen los grupos de monedas: los hallazgos aislados, los hallazgos en excavaciones arqueológicas y los tesoros. Cada uno de estos tres tipos de hallazgos debe ser estudiado con una metodología diferente, porque su aparición corresponde a circunstancias distintas.

1. Los hallazgos aislados son un tipo de moneda que deben ser tratados con prudencia, puesto que no se pueden sacar conclusiones fidedignas de carácter económico con ellas. Si encontramos monedas aisladas lo más normal es que el hallazgo responda a pérdidas casuales que tuvieron lugar en una época antigua, y lo único que nos indica es la “calderilla” que se utilizaba en ese momento. De los hallazgos casuales en Emporion, unas 1700 monedas, se ha comprobado que sólo una moneda era de oro y el resto era el circulante más común en la época.

2. Los hallazgos arqueológicos nos proporcionan una información muy valiosa puesto que, si ese material numismático es tratado con la metodología adecuada, nos permite fechar el estrato arqueológico en el que apareció la moneda, y la fecha que obtenemos es el término post quem de la moneda, es decir, cuando la moneda entró en ese estrato arqueológico. Según el tipo de yacimiento que nos encontremos habrá un tipo de moneda determinado, pues no es lo mismo una moneda encontrada, p.e., en un lugar arrasado por un incendio, ya que al ser arrasado nos podemos encontrar allí monedas de todo tipo que nadie se molestó en recoger porque el lugar fue abandonado. Sin embargo, en un lugar que fue abandonado paulatinamente las monedas que nos podemos encontrar son escasas (p.e., las monedas que circulaban en Pompeya en el momento de su destrucción, o monedas de plata halladas en las fronteras o en campamentos militares, pues se pagaba con moneda de plata).

3. Los hallazgos de tesoros son grupos de monedas que su dueño escondió intencionadamente en un lugar con la idea de volver a recuperarlas, pero, por diversos motivos, no lo hizo. Nos proporcionan una información privilegiada, puesto que esas monedas llegan a nosotros tal y como eran cuando fueron ocultadas e intactas. Los lugares donde se ocultaron tesoros fueron poblados, los cimientos de las casas y lugares con una referencia visual clara en época romana. Es normal que los tesoros estén guardados en recipientes de cobre, vajillas, pero también era costumbre apilar las monedas y envolverlas en una tela.

¿Por qué se ocultaban los tesoros?. El ocultamiento puede deberse a dos motivaciones, la inseguridad o un cambio monetario. En el primer caso hay que saber que monedas del tesoro son las más antiguas y cuales las más modernas, pero es difícil que haya muchas diferencias, aunque hay excepciones. La segunda motivación está relacionada con el tema de las devaluaciones. La moneda romana sufrió devaluaciones en diferentes momentos, y éstas eran explicadas como cambios monetarios, lo que hizo que la población guardase su dinero y quedarse el dinero que ganaría el Estado con la devaluación.

Por tanto, la fecha en que los tesoros se guardaron no tiene que coincidir con una situación económica adversa sino con un cambio monetario. Así en numismática existe la Ley de Gresham que dice que la moneda de buena calidad desplaza a la moneda de mala calidad, por lo que la gente atesora la moneda de buena calidad y pone en circulación a la moneda de mala calidad.

Para el caso de la época republicana en Hispania, Villaronga distinguió dos tipos de tesoros: los locales, formados por moneda autóctona, y los itinerantes, formados por monedas que pueden proceder de cualquier otro territorio del mundo romano (p.e., que en Hispania se pierda la bolsa de un soldado romano que contenga monedas de los lugares en los que el soldado luchó en campañas militares). Los tesoros hispanos de época republicana se ocultaron por circunstancias como, p.e., el inicio de la presencia púnica en la península en el 237 a. C. con los bárquidas y, en la época de la Segunda Guerra Púnica, los levantamientos indígenas del 94 a. C. o durante las Guerras Sertorianas).

¿Qué dice la legislación acerca de los tesoros?. Las leyes los consideran bienes del patrimonio histórico español y como tales, tras la entrega y tasación de un tesoro, un 50 % de su valor pertenece a la persona que encontró el tesoro y el otro 50 % pertenece al dueño del tesoro.

1.15. Circulación monetaria.

Definimos circulación monetaria como el estudio del comportamiento de la moneda desde que es acuñada hasta que deja de servir como moneda. Para ello hay que situar en un mapa los lugares donde se ha hallado un tipo de moneda y, según la dispersión o concentración de estos hallazgos, se delimitan áreas de influencia de la ceca emisora, rutas comerciales donde se empleó la moneda, los caminos seguidos en una campaña bélica (caso de las acuñaciones para pagar a los soldados) o incluso el emplazamiento de determinado taller.

La moneda siempre aparece concentrada como máximo entre los 100 Km. De radio en torno al lugar donde fue acuñada, con lo cual, mientras más piezas hallemos concentradas en un lugar más cerca estaremos de saber en que lugar se acuñó la moneda. Para realizar estudios sobre circulación monetaria es preciso contar con una muestra apreciable de piezas, entre 1.000 y 2.000 piezas, para que el estudio resulte fiable.

Se deben analizar, por ejemplo, las monedas circulantes en una región. También hay que tener en cuenta el área de dispersión de las acuñaciones, en que lugares aparecieron las monedas, cuando tiempo estuvieron circulando y si experimentaron variaciones en su valor.

Por ejemplo las monedas de Castulo y Gades, núcleos de importancia económica, circularon por todas las zonas con las que estas ciudades tenían vínculos económicos y comerciales. Las monedas de Gades se han llegado a encontrar en el Estrecho. Castulo era el principal distrito minero de la Bética durante la República y sus monedas eran aceptadas en el todo el curso del Guadalquivir. El estudio de la moneda de Castulo permite ver de esta ciudad partía una ruta comercial que iba hasta Málaga, pasando por Jaén y la zona sur de la provincia de Córdoba. La monedas de bronce de Castulo estudiadas testimonian el paso de personas entre Castulo y Malaca para realizar intercambios comerciales, pues la moneda de bronce era la fraccionaria. Para la realización de intercambios comerciales a gran escala, con mercancías de mucho valor, se utilizaba la moneda de oro y de plata. La moneda de bronce también era utilizada por los transportistas. También se ha encontrado moneda de bronce en Sierra Morena, ejemplo éste de que se puede señalar la existencia de rutas de comunicación con el estudio de las monedas.

Para muchos investigadores el estudio de la circulación monetaria debería ser el fin último o último paso de todo estudio numismático.

TEMA 2. LOS ORÍGENES DE LA MONEDA.

2.1 Formas premonetales.

La etnología y la antropología nos hablan del uso de determinados productos (sal, conchas, telas o plumas) que se emplearon en las sociedades antiguas como medios de cambio, y servían para valorar cualquier tipo de producto o servicio. Estos elementos recibieron el nombre de “moneda natural”. Existen una serie de textos griegos correspondientes a la Odisea y a la Iliada (VII, 464 y XXIII, 700, en la fotocopia 2) que hacen referencia a este estadio premonetal. Estos objetos se empleaban como medida de valor de cualquier cosa que se compraba o vendía, asumiendo las funciones que posteriormente tendría la moneda entre aquellas comunidades que aceptaran esa moneda natural como valor de cambio. En época micénica (edad del Bronce), por ejemplo, los bueyes y metales se convirtieron en unidades de referencia para valorar cualquier cosa.

Tanto en el mundo aqueo como en el romano el ganado fue usado como unidad de valor, como demuestran que hoy en día se utilizan palabras de origen latino relativas a la riqueza y que tienen que ver con el ganado. La palabra pecunia = dinero, que, viene del latín pecus, que significa rebaño. En Roma el peculium era tanto un pequeño rebaño como una pequeña cantidad de dinero ahorrado. El vocablo capital viene del latín caput, que significa cabeza, porque en Roma la riqueza de una persona se evaluaba por el número de cabezas de ganado (en latín, capita) que poseyese.

Junto al ganado, tanto en el mundo Egeo como en todo el Mediterráneo se recurrió como objeto de cambio a los metales en bruto. Las ventajas de estos es que se podían partir en fragmentos manteniendo un valor proporcional, eran objetos de fácil transporte, se mantenían inalterables, eran fáciles de reconocer por su aspecto y eran útiles para todo el mundo. Desde el III milenio a. C. en Mesopotamia se utilizaron tesoros formados por fragmentos de plata troceada, lo que se conoce con el nombre de “plata picada” (en alemán, hacksilber). Estos fragmentos no respondían a un peso específico por lo que, antes de ser utilizados como objeto de cambio, debían ser pesados.

Desde la primera mitad del II milenio a. C. en Egipto se emplearon como medio de cambio anillos y brazaletes. Su forma los hacía fáciles de transportar y de guardar. En el mundo Egeo, aproximadamente desde la fecha citada, se documenta el empleo como objetos premonetales de panes de cobre, u objetos en forma de piel de toro (Chipre, Creta, Cerdeña). También se utilizaron pequeños lingotes de oro, plata o cobre.

A partir del S. IX a. C. surge la denominada “moneda utensilio”. Se trata de objetos de la vida cotidiana usados como objetos premonetales: por ejemplo, calderos, trípodes y obeloi o asadores. Todos estos objetos están realizados en bronce o hierro. Su valor no derivaba de su peso sino de la utilidad del producto. Su uso está constatado en la Grecia Arcaica (siglos VI-V a. C.).

Plutarco dice que en Esparta se utilizaban objetos premonetales de hierro. Estos obeloi o barras de hierro se encontraban depositados en los templos en grupos de seis De la palabra obeloi, que significa asador, viene la palabra óbolo, que era la moneda con la que en Grecia se pagaba a los asistentes a la asamblea. Posiblemente los obeloi se encuentren agrupados de 6 en 6 porque un dracma, palabra griega que significa “haz o puñado de obeloi, equivalía a 6 de ellos.

2.2. Nacimiento de la moneda: dinero y moneda como medios de cambio.

Las monedas presentan las siguientes características que las distinguen de los objetos premonetales: 1ª. Funcionaban como valor de referencia, es decir, sirven de valor de intermediario; 2ª. No eran monedas fiduciarias, pues tenían un valor facial muy alto que igualaba a su valor nominal; 3ª. Para que algo pueda ser considerado moneda no puede ser una pieza única. 4ª. Las monedas deben llevar el emblema del Estado o poder que las sustenta.

Sobre el origen de la moneda digamos, en primer lugar que, desde el siglo VIII a. C. se utilizaron como objeto de cambio y medida de valor en los grandes intercambios comerciales en el Mediterráneo anillos de oro y de plata que tenían un peso fijo. A inicios del siglo VII a. C. estos anillos serán sustituidos por glóbulos de metal con forma denticular que eran fáciles de transportar y respondían mejor a un patrón de peso. Estos primeros objetos premonetales en forma de globo estaban hechos de electrón (aleación de oro y plata encontrada en la naturaleza). El paso siguiente fue que los comerciantes y los templos, que centraban las actividades económicas, pusieran a estos objetos globulares un sello que daba garantía de su peso y valor determinados.

Desde el segundo cuarto del S. VII va a intervenir el Estado para evitar que estos objetos sean falsificados y asume su fabricación poniéndoles unos sellos en su anverso y reverso para garantizar su peso y su ley. De esta forma surge la moneda. Dichos sellos servían para proteger a la “moneda” de manipulaciones por parte de particulares en su peso y su ley. Además, el Estado obtenía un beneficio de la acuñación, porque da a las monedas un valor extrínseco o nominal superior al intrínseco o facial.

Acerca del nacimiento de la moneda existen dos teorías: una que sostiene que las primeras monedas acuñadas aparecieron en las zonas de Asia Menor donde los griegos establecieron colonias. Las primeras fueron acuñadas en el reino de Lidia (actual Turquía), sometido a la influencia hitita y con sus mismas lengua y costumbres, durante el reinado de Giges (680-652 a. C.). El rey mandó acuñar personalmente monedas, de electrón, para pagar a mercenarios griegos que defendieron su territorio. Estas monedas eran de electrón y tenían una representación de una cabeza de león y otra de toro afrontadas. Al regresar a Grecia estos mercenarios difundieron el uso de la moneda rápidamente. Se piensa, aunque existen distintas teorías, que el tirano de Argos, Fidón (659-657 a. C.) fue el primero en establecer un sistema de pesos y medidas para acuñar moneda.

Sea o no cierto, las primeras monedas griegas aparecen a finales del siglo VII a. C., en las ciudades de la Jonia. En el Artemisión de Éfeso se conservan monedas con representaciones de cabezas de animales, que podrían ser de león o de cierva (circa 600 a. C.). Estos datos parecían tener alguna correspondencia arqueológica. Cuando se excavó el templo se encontró bajo sus cimientos un templo más antiguo. En este segundo templo se encontró un tesoro fundacional en el que, además de joyas de oro, ámbar y marfiles, se encontraron 24 monedas de electrón que se fecharon en un principio en el 700 a. C. En los años 50 del S. XX, un investigador llamado Jacobstal, que volvió a estudiar este tesoro, vio que estas monedas presentaban en el anverso una cabeza de león y, por tanto, relacionó estas monedas con el reino de Lidia. Sin embargo, en algunas de estas monedas en lugar de una cabeza de león aparecían dos y, en medio de ambas, la leyenda Alyattes, quién fue rey de Lidia hacia el 600 a. C. Actualmente, sin embargo, esta interpretación ha sido desechada, y se cree que las monedas del Artemisión son lidias y se fechan a mediados del S. VII a. C.

La segunda teoría sostiene que las primeras monedas se acuñaron en la Grecia continental. Las polis que acuñaban moneda representaron en ella tipos de anverso que simbolizaban a las divinidades poliadas, fundadoras y protectoras de las polis. Egina, con una tortuga, (595 a. C.), Atenas, con una lechuza, (575 a. C.) y Corinto, con Pegaso (570 a.C.). Tanto en Atenas como en Corinto había regímenes tiránicos, que se cree que fomentaron las actividades económicas y favorecieran a los grupos sociales comerciales.

La unidad de peso de la moneda fue el talento, pero su peso variaba de una ciudad a otro. 1 talento se dividía en 60 minas, cada mina en 100 dramas y cada drama en 6 óbolos. Un ejemplo lo tenemos en las monedas de la ciudad de Halicarnaso. El tipo que aparece en su anverso en un principio se pensó que era una cierva pero, en realidad, era una hembra de gamo, el animal emblemático de la ciudad, que aparecía pastando. No se han podido fechar bien estas monedas y no se sabe si son más antiguas o más modernas que las de Lidia. Pero lo importante de estas monedas es su leyenda que dice: Soy el emblema de Fames, pero no se ha podido identificar este nombre. Si pudiéramos saber quién o qué era este Fames sabríamos porqué surgieron estas monedas. Unos historiadores dicen que era un magistrado monetal y otros dicen que era un sacerdote de Halicarnaso.

La moneda podía ser fácilmente contada y guardada y facilitó enormemente las transacciones comerciales. Pero la aparición de ésta no implica la existencia de una economía monetaria, en la cual las operaciones comerciales fueran realizadas habitualmente con moneda. La prueba de lo que decimos está en que las primeras ciudades que emitieron moneda hicieron acuñaciones de mucho valor en oro y plata y no realizaron acuñaciones de moneda fraccionaria en metales de menor valor (bronce, por ejemplo). Por tanto, el valor más pequeño de las piezas que se acuñaron no era adecuado para utilizarlo en los intercambios cotidianos. Además, las primeras monedas que se acuñaron tampoco circularon muy lejos del área de emisión, por lo que no sirvieron para el comercio a larga distancia y en gran escala. El principal motivo por el que estas ciudades emitieron moneda fue para pagar a tropas mercenarias, como en el caso de Cartago durante las Guerras Púnicas.

¿Cómo y para qué se crearon las monedas? Existen tres teorías:

La primera afirma que la moneda se creó para el comercio y que su uso se extendió en todas partes por su comodidad. Esta teoría entiende que llega un momento en el que los comerciantes están cansados de pesar piezas de metal y deciden crear las monedas poniéndoles un sello que avalara su peso. El problema que esta teoría conlleva es que, en las principales áreas comerciales y en un tiempo en el que ya se conocía la moneda, ésta no se utilizaba, como en Sicilia. Además, si un Estado concretó creó la moneda con fines comerciales debemos hablar de circulación monetaria y deberíamos encontrar mucha moneda de bronce que hiciera más cómodas las transacciones comerciales. En Grecia apenas se encuentra moneda de bronce y las monedas que se encuentran siempre se encuentran cerca de las cecas productoras y nunca fuera de las fronteras del Estado acuñador. Por tanto, en Grecia la moneda no se utilizó para el comercio exterior ni para el interior.

La segunda sostiene que la moneda se creó para suplir las necesidades de los Estados. Entre los S. VI y VII a. C. los Estados se hacen cada vez más complejos y entonces resulta incómodo pagar en especie a los que forman parte de su maquinaria, y para solucionar esto se crearía la moneda.

La tercera teoría defiende que la moneda se creó para sufragar los gastos de los militares. En Lidia, por ejemplo, había muchos mercenarios a los que había que pagar.

En cualquier caso, y teniendo en cuenta estas tres teorías, sea cual fuese la causa, para que usara la moneda debió existir un determinado clima mental que impulsara la acuñación monetaria, clima que no se dio en todos los Estados al mismo tiempo. Por tanto, la creación de la moneda no debe achacarse a un solo motivo sino a un compendio de los motivos expuestos.

2.3. Origen y evolución de los distintos sistemas monetarios.

Todos los sistemas de peso en el mundo antiguo derivan del sistema babilónico o hindú. Son anteriores a la moneda y ésta se tuvo que adaptar a ellos. Con anterioridad a la moneda se usaba el truque tomando alguna medida o término de valor determinado. En el mundo homérico dicho término de valor era el buey. Algunos autores consideran que equivalía a 1 talento de oro.

La unidad de peso más antigua es el talento, que va a ser utilizada por distintas culturas aunque su peso puede variar. El talento se subdividía en 30 minas pesadas o 60 minas ligeras (1 mina = 504 gr.). Cuando se descifraron las tablillas encontradas en palacios micénicos se descubrieron algunas equivalencias: 1 talento de cobre pesaba 29 Kg. El talento de oro pesaría algo más de 30 Kg.

Para acuñar monedas se acudió a divisores de la mina. En Mesopotamia, donde la unidad de peso era el shekel o siclo, una mina equivalía a 60 siclos y un talento a 60 minas (el número 60 era sagrado). Por otro lado, un siclo tenía el mismo valor que 180 gr. de cebada. El siclo babilónico pesaba 8,40 gr. y fue acuñado por primera vez durante el reinado de Darío I (521-485 a. C.).

En Grecia 1 talento se dividía en 100 dracmas y cada dracma se dividía en 6 óbolos, moneda de bronce. También existía como moneda del óbolo el calco o kalcos, que era la octava parte de un óbolo. Pero además se acuñaron en Grecia monedas de valor superior a un dracma: didracma (2 dracmas), tridracma (3 dracmas), tetradracma, etc. Característica particular del talento griego como medida de peso en que el peso del talento variaba según el patrón usado por cada ciudad griega. Los tres patrones utilizados fueron los empleados en las ciudades de Egina, Eubea-Atenas y Corinto, de ahí sus nombres: el talento corintio pesaba 36,160 Kg. (1 dracma = 1 gr.); el talento eubaico-ático pesaba 26,196 Kg. (1 dracma = 4,36 gr.); y el talento corintio pesaba 17, 400 Kg. (1 dracma = 2,90 gr.).

En Roma la unidad de peso utilizada va a ser la libra, dividida en 12 uncias y 24 escrúpulos. También se usaron dos tipos: la libra latina (272,85 gr.) y la libra romana (327,45 gr.), que es la que acabó imponiéndose.

TEMA 3. LA MONEDA EN ROMA.

3.1. Precedentes.

Vamos a hablar, en primer lugar, de la época en la que Roma no había desarrollado aún su potencial militar. En concreto, en Roma no se emitió moneda hasta que no se pasó por las fases de la Monarquía y la dominación etrusca, por tanto, hacia el 280 a. C. Las primeras monedas existentes en la Península Itálica aparecieron en las colonias griegas, y fueron los contactos entre éstas los que promovieron que cada ciudad acuñara su moneda. Los objetos premonetales utilizados en Roma fueron:

En primer lugar se utilizó el Aes rude o Aes infetum que son unos trozos informes de metal que solían estar compuestos de bronce bastante puro que, normalmente, con respecto a su forma, eran unas barras sin forma definida que presentaban pesos variables. La tradición romana remonta su uso al reinado de Servio Tulio. La mayoría han sido encontrados en santuarios, utilizados como ofrenda.

En un segundo estadio se utilizó el Aes formatum, que son pequeños trozos de bronce fundidos en moldes, con formas muy diversas: bolas, casquetes esféricos, o pastillas convexas. Se encuentran con frecuencia en Etruria y presentan dibujos como estrellas, crecientes lunares, etc. Se diferencia del Aes Rude en que tiene una forma determinada.

En un tercer estadio se utilizó el Aes signatum (siglos VI-III a. C.) que son los objetos a los que, además de tener una forma determinada de lingote (se conseguía por fundición en moldes), se le imprimieron marcas (trazos, rayas, cruces...). En la parte superior de estos lingotes aparecen decoraciones obtenidas al reproducirlas en el molde (rama, espina de pez, delfines, etc.). Suelen aparecer troceados lo que indica que se emplearon como medio de pago por banqueros y comerciantes en su uso particular. El Estado romano fue el primero en fundir estos lingotes poniendo en ellos la leyenda Romanum y representaciones en ambas caras de bueyes y armas en relieve. Su peso era de 5 libras romanas (1,635 Kg.) y sus dimensiones 16 cm. de largo por 9 de ancho. Esto ya indica la presencia de una autoridad emisora.

Por último, cuando Roma controlaba ya toda Italia, se empezó a acuñar el Aes Grave o bronce libral que pesaba 1 libra romana (327 gr.), que se consideraba ya moneda. Se obtenían fundiendo el bronce a molde. Su gran tamaño y peso se debía a que se pretendía que el bronce libral representase su valor intrínseco o real y no fiduciario. Su forma era circular y su valor se indicaba mediante letras o puntos Estas monedas se emitieron en Roma en toda la zona del Lacio y en Etruria, y no solían llevar el nombre de la ciudad que acuñaba, sino que en ellas se representaba una proa de barco, que simbolizaba el poder marítimo romano o, también, simbolizaba a Cástor y Pólux, los Dioscuros.

Roma adoptó, desde el 235 a. C., una serie de monedas de bronce que va a persistir durante toda la etapa republicana. En el anverso de estas monedas se representaba a diversas divinidades romanas vinculadas en su mayoría al comercio, la riqueza, la guerra, etc. En el reverso tenían la representación de la proa de un barco, que reflejaba los deseos de expansión marítima de Roma. Dichas monedas tenían unas marcas de valor que desaparecieron en época imperial y que servían para identificarlas. Desde el 235 a. C. hasta el fin de la república reciben los siguientes nombres, y tienen los tipos de anverso y valores siguientes (véase fotocopia 3):

El as tenía representado en el anverso la cabeza de Jano bifronte (antigua divinidad del Lacio que fue asumida por los romanos) y cuya marca de valor era una I (1 en números romanos). Era la unidad de referencia, y se peso equivalía a 1 libra latina (272 gr.). El dupondio equivalía a 2 ases.

El semis equivalía a 1/2 as, su marca de valor era una S y en su anverso se representaba la cabeza de Saturno (no es el dios griego Cronos llamado así por los romanos, sino que Saturno se asimiló a un rey mítico del Lacio que fue divinizado).

El triente equivalía a 1/3 as, su marca de valor eran 4 puntos, y en ella se representaba l cabeza de Minerva, diosa de la sabiduría las artes y los oficios.

El cuadrante equivalía a 1/4 as, su marca de valor eran 3 puntos, y en ella se representaba la cabeza de Hércules, divinidad vinculada a los viajes y por tanto al comercio. Hércules aparece con la piel del león de Nemea, al que mató en uno de sus trabajos.

El sextante equivalía a 1/6 as, su marca de valor eran 2 puntos y en su anverso aparecía representada la cabeza de Mercurio, mensajero de los dioses y también vinculado al comercio.

La uncia, equivalía a 1/12 as, su marca de valor era 1 punto y en ella se representaba la cabeza de Bellona, vinculada a la guerra.

Ya en el 286 a. C. el peso del as se redujo a 1/2 libra romana, y en el siglo I a. C. el as pesaba 13,6 gr.

Por necesidades bélicas Roma va a tener que comenzar a realizar acuñaciones en plata, fundamentalmente cuando comience su expansión por el sur de Italia. Será en esa zona (en Nápoles sobre todo) donde se realicen las primeras acuñaciones, en la Campania. Por ello se denominan monedas romano-campanas. Las primeras se datan en el 280 a. C. Estas emisiones no utilizaron como patrón la libra romana sino la dracma griega, porque el sur de Italia había estado bajo dominio griego (Magna Grecia). Se acuñaron dracmas y didracmas (2 dracmas). Cada dracma equivalía a 3 escrúpulos (1 escrúpulo = 1,13 gramos).

Los temas representados en estas emisiones son típicamente griegos y púnicos: por ejemplo, Marte representado al estilo griego con el prótamo -una parte del animal-de un caballo (motivo púnico), y en el didracma aparece representado Apolo (motivo griego), un caballo (motivo púnico), aunque también van a aparecer en los tipos temas más propiamente romanas. En los didracmas, por ejemplo, aparecen representados Hércules y la loba capitolina dando de mamar a Rómulo y Remo, gemelos fundadores de Roma. En todas estas monedas aparece la leyenda Roma o Romano, lo que nos indica que se realizaron en la Campania.

A partir del 235 a. C. se comienzan a acuñar en Roma unas monedas de plata que fueron muy populares y que se denominan quadrigatos. El tipo de anverso representaba a un joven imberbe que ha sido identificado como Jano bifronte y el de reverso a Júpiter portando el cetro y el haz de rayos y conduciendo una cuadriga -de ahí el nombre de la moneda-, acompañado de la Victoria detrás de él y con la leyenda Roma en el exergo. También se acuñaron medios quadrigatos.

Como consecuencia de la Segunda Guerra Púnica (218-201 a. C.) la República romana empezó a realizar emisiones en oro, debido a la escasez de plata. Para estas emisiones la unidad de peso era la estatera, que pesaba 6 escrúpulos (1 escrúpulo = 1,13 gramos. La estatura tenía sus divisores: la media estatura = 3 escrúpulos, y el áureo = 4 escrúpulos (su marca de valor eran 3 equis). En el anverso de la estatera se representaba a Jano y en el reverso la leyenda Roma y la discutida “Escena del juramento”: aparecen tres personajes, un hombre joven que sostiene una cerda y a sus lados un guerrero con barba y un soldado romano que apuntan sus espadas sobre el animal que los tres van a sacrificar prestando juramento. La mayoría de los investigadores piensan que la escena hace alusión en la leyenda a la alianza entre el troyano Eneas, de cuya estirpe vienen los romanos y Latino, rey del Lacio cuando Eneas llegó a Italia y cuya hija Lavinia se casa con Eneas. El hecho real al que se puede referir la escena fue la unión de Roma y los itálicos durante la Segunda Guerra Púnica cuando el general cartaginés Aníbal amenazó a Roma.

3.2. El denario y el victoriato.

La moneda de plata típica de la República romana y de los dos primeros siglos del Imperio fue el denario. No sabemos en que momento se creó el denario. Una teoría defiende que se creó en el 269 o 268 a. C., y otra teoría defiende que se creó en el 187 a. C., pero ambas teoría están hoy desechadas, dándose por cierta la fecha del 211 a. C. (fecha en la que, en el curso de la Segunda Guerra Púnica, Roma destruyó Morgantina, en Sicilia, donde se han conservado denarios). Por tanto, los denarios son contemporáneos de los quadrigatos, a los que sustituyeron como moneda de plata y a las dracmas.

El denario está en relación con el sistema de pesos romano pues es divisor de la libra romana. En un principio existía una equivalencia entre la unidad monetaria de plata y la de bronce, ya que 1 denario equivalía a 10 ases. Los divisores del denario eran el quinario (1/2 denario) y el sestercio (1/4 denario). La marca de valor del sestercio son las letras HS. Hasta la época de Augusto el denario es de bronce pero a partir de entonces lo será de oricalco (bronce y cobre). Durante la República la marca de valor del denario era una X porque 1 denario equivalía a 10 ases de bronce o cobre. Por tanto, 1 quinario = 5 ases y 1 sestercio = 2,5 ases

En el anverso de los primeros denarios aparecía representada la cabeza de Roma con un casco (siguiendo el modelo de Palas Atenea) y en el reverso aparecían representados dos jinetes galopando, que son Cástor y Polux, los Dioscuros, que eran los patronos de los equites o caballeros romanos, porque en el año 496 a. C. ayudaron a las tropas de Roma a que venciesen en la batalla del lago Regilo a la Liga Latina y después se aparecieron en el foro de Roma antes de que llegara allí la noticia de la victoria. Bajo la representación de los Dioscuros aparece la leyenda Roma y normalmente, aunque puede aparecer en el anverso, el nombre de los triunviros monetales, magistrados que se encargaron de la acuñación. Con posterioridad aparecen en el anverso representaciones de personajes históricos de divinidades de Roma o de sucesos míticos.

Los encargados de acuñar moneda en Roma durante la época republicana eran unos magistrados llamados triunviros monetales. En las acuñaciones ordinarias aparece en el reverso el nombre de uno de los tres magistrados, mientras que en las acuñaciones extraordinarias aparece el nombre del magistrado que ordenó la acuñación de la moneda, o bien en el exergo (parte inferior del reverso), o bien encima del exergo, o bien algunas veces en el anverso.

En las monedas romanas desde finales del siglo II a. C. los tipos de anverso y reverso hacen alusión a temas de actualidad del momento, a obras públicas determinadas o incluso a la familia del triunviro monetal: por ejemplo, aparecen retratos de antepasados ilustres del triunviro que hubieran ocupado el consulado, o alusiones a victorias militares obtenidas por dichos antepasados. A partir de dicho siglo se observa la utilización de la moneda como medio de propaganda política del triunviro para ascender en el cursus honorum (alusión a cualidades personales del magistrado o de su familia). Por ejemplo, el magistrado que acuñó el denario 236 (fotocopia 4), magistrado Cayo Manilio Limentano, hizo representar en él el busto de Hércules en el anverso y la figura de Ulises en el reverso para indicar que su familia descendía del dios Hércules y de un hijo de Ulises. En el denario 249 el magistrado M. Vulteum representa el nuevo templo dedicado a Júpiter capitolino. En el denario 244 se conmemora en el tipo del reverso la entrada de Sila en Roma, en una cuadriga y coronado por la Victoria.

El victoriato es una moneda de plata que equivalía a la dracma de 3 escrúpulos. Se acuñó por vez primera en el 204 a. C. para utilizarse en el sur de Italia. En el anverso de estas monedas se representa el busto de Júpiter y en el reverso una representación de la Victoria (de ahí su nombre) coronando un trofeo militar (aparece con las armas, el escudo y el casco). El victoriato estaba destinado a ser usado en las regiones helenizadas del sur de Italia, donde habían circulado dracmas y didracmas, por lo que esta moneda no se basaba en el sistema de pesos romano. El victoriato contenía un 80 % de plata y un 20 % de cobre y se empleó para sustituir a los quedrigatos.

Después del 211 a. C. Roma acuñó por primera vez áureos, moneda cuyo peso equivalía a 4 escrúpulos. En el anverso aparece la figura de Marte barbado y en el reverso un águila sosteniendo un rayo entre sus garras y la leyenda Roma.

Desde el 210 a. C. y hasta las reformas monetarias de Augusto quedaron fijadas las siguientes series monetales y sus equivalencias: 1 aúreo = 4 denarios (plata) = 16 sestercios (plata); 1 denario = 4 sestercios (plata) = 10 ases de bronce; 1 sestercio = 2,5 ases; 1 as = 2 semis = 4 cuadrantes, etc.

Durante la última etapa de la República, caracterizada por las luchas entre las facciones de optimates y populares, los hombres que controlaron la vida política (César, Pompeyo, Marco Antonio, Octaviano) utilizaron las monedas como instrumento de propaganda política. Incluso comenzaron a representarse a personas vivas en las monedas. Esto es algo que ocurría por primera vez pues la costumbre era representar temas referentes a las familias de los triunviri monetales, para resaltar su origen: por ejemplo, en un denario acuñado en el 51 a. C. el triunviro hacía alusión a una victoria militar que un antepasado suyo, siendo cónsul en el 94 a. C., había obtenido en la Galia y en Hispania.

Durante la República sólo se acuñaron monedas de oro en momentos difíciles para el Estado, cuando escaseaban la plata o el bronce amonedables, por ejemplo, durante la Segunda Guerra Púnica y durante las guerras civiles. La acuñación regular en oro dio comienzo con Augusto.

A finales de la República los contendientes en la guerra civil acuñaron monedas donde ellos aparecían representados y se hacía alusión al origen divino de su familia: César se consideraba descendiente de Venus y de Eneas, por lo que representaba a ambos en sus monedas (denario 364); una vez muerto Pompeyo, sus hijos continuaron la lucha y también acuñaron monedas, en las que aparecen representados el desembarco de Cneo Pompeyo en África o las provincias romanas (representadas con forma humana), abrazando su causa.

Marco Antonio se consideraba descendiente de Antón, un hijo de Hércules, y representaba a este dios en sus monedas; como sus dominios estaban en Oriente representaba a Dionisos, dios más del gusto oriental, y que a ojos de sus enemigos representaba las pasiones de Marco Antonio y su inmoralidad (abandonó a la hermana de Augusto por Cleopatra. Por el contrario Octaviano, para reforzar su conexión con César como su heredero político, hacía representar en sus monedas a Venus y Eneas, la esfinge y la corona de laurel de Apolo, dios más acorde con la visión tradicional romana y que, en contraposición a Dionisos, era considerado más justo y moral. En los denarios acuñados por Octaviano, hijo adoptivo de César y después Augusto, las leyendas hacían referencia a la divinización de César (“divi filius“), y como tipos representaban el triunfo final de Augusto en la batalla de Actium (31 a. C.) o el templo dedicado en Roma al divino Julio (“divo Iulio“), en cuyo frontón Augusto hizo representar una estrella, que era un cometa que se vio en Roma en las fiestas dedicadas a la memoria de César (denario 382). Así, Augusto se ganó el favor de la plebe.

3.3. El inicio de la amonedación imperial: Augusto.

Tras la batalla de Actium, Augusto fue la máxima autoridad política y religiosa en Roma, hasta el 14 d. C. se preocupó porque se hicieran acuñaciones ordinarias regulares en oro y plata, que habían sido sustituidas en los últimos de la República por acuñaciones extraordinarias realizadas por los políticos que habían combatido en las guerras civiles. Para que las actividades económicas fueran estables Augusto se planteó abastecer a Roma del suficiente metal como para regularizar la emisión de moneda. También decidió acuñar regularmente moneda de bronce, que hacía casi un siglo que no se emitía.

Con la Lex Iulia (19 a. C.) Augusto cambió el sistema monetario que se basaba en los tres metales citados y en la que se establecían nuevas equivalencias: 1 aúreo = 25 denarios; 1 denario = 4 sestercios; 1 sestercio = 4 ases = 2 dupondios; 1 dupondio = 2 ases; 1 as = 2 semis = 3 trientes = 4 cuadrantes, etc. Si antes un denario equivalía 10 ases, ahora va a equivaler 16.

Augusto acuñó gran cantidad de moneda para favorecer el comercio y la circulación monetaria, y se reservó acuñar las de oro (de gran pureza y en su mayoría acuñadas en la ceca de o Lyon) y plata. Augusto compartió con el Senado la acuñación de monedas de bronce y oricalco, por lo que sólo en ellas aparece la leyenda abreviada S(enatus) C(onsultum). Las acuñaciones de oro tenían gran pureza (99 %) y casi todas procedían de la ceca de Lugdunum (Lyon). Heredó de la república la amonedación en plata (denarios y quinarios; 1 denario = 2 quinarios). El sestercio, antes de plata, y el dupondio, fueron acuñados desde entonces en oricalco (cobre y zinc), el as, semis y cuadrante sería acuñado en cobre. Ases y dupondios tenían aspecto y tamaño similar, pero las siguientes diferencias; el dupondio valía el doble que el as porque estaba hecho de oricalco, más caro que el bronce; el primero era de color amarillento y pesaba 13,65 g, mientras que el segundo era de color rojizo y pesaba 10,92 g; a partir de Nerón, también se diferencian porque en el as en el retrato de anverso el emperador aparece con la corona radiada y en el dupondio con la corona de laurel.

3.4 y 3.5. Los siglos I y II d. C: dinastías Julio-Claudia, Flavia y Antonina.

Después de la muerte de Augusto se detecta en Roma la falta de numerario o moneda circulante. Esta escasez fue debida a la tendencia de población a no aumentar la productividad del comercio, a ser rentista y a tesaurizar o guardar la moneda de la época de Augusto, de buena ley, y porque el Imperio pagaba los productos que importaba de Oriente en oro y plata por lo que llegó a falta metal amonedable en Roma (las élites rurales eran grandes consumidoras de productos de lujo que venían de Oriente y pagaban en moneda). Hay que tener en cuenta además que el Estado romano se había aprovisionado de metales nobles a través de botines de guerra, de apoderarse de los tesoros de las ciudades helenísticas: por ejemplo, de las ciudades del Imperio Seleúcida (Pérgamo, Macedonia) o de Egipto, en poder de los Ptolomeos. A partir de ese momento ya Roma no tenía más tesoros que ganar y, al contrario, enormes gastos para defender la frontera del Rhin, con los germanos, que acosaba bélicamente a Roma. Sólo la zona del Lacio siguió aportando metales a Roma.

Para superar la crisis el emperador Tiberio tomó la decisión de poner en circulación dinero de su patrimonio privado, 100 millones de sestercios. Además se negó a dar pagas extraordinarias a las tropas (praemia). Decidió controlar personalmente la explotación de las minas de oro, plata y bronce del Imperio, a través de procuradores, funcionarios elegidos por él, que controlaban los distritos mineros. Por ejemplo, el funcionario imperial encargado de la explotación de las minas de Sierra Morena era el Procurator Montis Mariani.

Cuando una provincia se conquistaba sus minas pasaban directamente a ser controladas por el emperador, pero en las provincias que estaban control senatorial los emperadores se encontraron con que la explotación de las minas pertenecía a particulares y debían recuperar las minas expropiándolas. Es famoso lo ocurrido con las minas de Sierra Morena, en la Bética, ricas en cobre (según Plinio) y de algunas incluso se llegó a extraer oro (Estrabón las llama aureoi). También había minas de plata (en Fueteovejuna). Todo esto explica la importancia de los Montes Mariani y el porqué Tiberio quería poseerlas, llamados así porque gran parte de su propiedad estaba en manos de Sexto Mario. A pesar de ser amigo personal suyo, Tiberio acusó a Sexto Mario de incesto con su propia hija, le condenó a muerte y le expropió las minas.

Durante su reinado, Nerón realizó una importante devaluación monetaria, pero no en cuanto a la pureza de las monedas, sino en cuanto a su peso. Así, el aúreo que antes pesaba 7,96 g pasó a pesar 7,39, por lo que si antes se podían acuñar 49 aúreos con 1 libra de oro ahora sólo se podían acuñar 45. En cuanto a los denarios, el peso se redujo de 3,89 g a 3,41 g., por lo que con Nerón se acuñaban 96 denarios por cada libra de plata y con Augusto 84. También se redujo la pureza del denario de un 98-96 % de plata a un 94 %. Nerón acuñó poco en bronce porque había muchas monedas de bronce emitidas por Claudio, pero el oricalco se utilizó mucho, también en el as y en el cuadrante.

Los cambios introducidos en el sistema monetario por Nerón se debieron a la necesidad de pagar las campañas militares, a los gastos de la reconstrucción de la Urbe (destruida en el incendio del año 64, del que culpó a los cristianos). Esta devaluación monetaria provocó importantes modificaciones en los precios. Las monedas de épocas anteriores desaparecieron de la circulación y se ponía en circulación moneda de peor calidad, por lo que los precios subieron, a lo que hay que unir que Roma seguía enviando metal a Oriente para pagar sus importaciones, el Estado estaba escaso de numerario y hubo de acuñar moneda con menor peso y ley.

Los emperadores flavios y antoninos (69-193) siguieron el sistema monetario implantado por Nerón, pero reduciendo el peso del aúreo y del denario: Trajano bajo el peso del aúreo a 7,25 g. y el del denario a 3,21. Vespasiano centralizó la política monetaria del Imperio en Roma y creó una reserva de metal para que se pudiese acuñar moneda de forma regular. Pero sus sucesores, Tito y Domiciano, tuvieron que afrontar muchos gastos. Así, Domiciano intentó restaurar el peso y la ley que las monedas tenían en época de Nerón, pero hubo de abandonar su proyecto.

Con los antoninos la política monetaria se estabilizó, se produjo moneda con regularidad y el Estado poseía numerario (sobre todo, tras la conquista de Dacia por Trajano, donde había unas minas de oro muy ricas). A partir de la segunda mitad del siglo II, bajo los reinados de Marco Aurelio y su hijo Cómodo hubo varios problemas (especial conflictividad en la frontera del Rhin con los germanos) que se detectan en la bajada de la ley del denario, aunque apenas afectó a la del aúreo.

3.6. El siglo III: de los Severos a Diocleciano. Crisis, inflación y reformas

Desde finales del S. II la plata comienza a escasear y se empieza a bajar la ley de estas monedas: Septimio Severo mantuvo el valor y peso del aúreo, pero el título de los denarios de plata cayó hasta el 58,3 %. Se hacía patente la necesidad de una reforma monetaria que emprendió Caracalla en el año 215, con la creación del antoniniano de plata. El antoniniano se diferencia del denario en que tenía un color más apagado que este último y que mientras en el denario aparece la cabeza del emperador con la corona de laurel en el antoniniano aparece con la corona radiada.

El peso del antoniniano era de 5 g. y su valor equivalía a 2 denarios. Ambas monedas tenían el ley el 50 % de plata, pero el peso del antoniniano era de 3,10 g. con lo que los antoninianos tenían menos proporción de plata y menos peso que los denarios pero se podía acuñar en más cantidad (la equivalencia entre antoniniano y denario no era real porque su valor nominal era de 1 antoniniano = 2 denarios y su valor intrínseco era de 1 antoniniano = 1,5 denarios).

Posteriormente, en el siglo III, la ley y el peso del antoniniano siguieron bajando hasta quedar el peso en 2,52 g. y la ley en el 5 %. Aproximadamente hacia el 260 el antoniniano era una moneda de cobre con un baño de plata. De esta época es la serie de monedas conservadas del Bestiario de Galieno. Sucede un hecho muy curioso y es que, casi al principio de la emisión del antoniniano, en el 219, se suspendió su emisión hasta el año 239. Acerca de la desaparición del antoniniano existen dos teorías: la primera afirma que el antoniniano dejó de emitirse en el año 294, cuando empezó a emitirse la nueva moneda de Diocleciano; la segunda teoría sostiene que ambas monedas coexistieron durante 10 o 15 años y que el antoniniano circuló durante mucho tiempo como moneda residual en el Imperio Romano, hasta el S. V.

Como la moneda de oro, el áureo, había ido reduciéndose de peso pero no de ley y el antoniniano de plata fue perdiendo constante peso y ley, Caracalla estableció la equivalencia entre ambas monedas: 1 aúreo = 50 denarios (el doble que con Augusto), pero, a medida que se fue devaluando el peso y la ley antoniniano la equivalencia, a fines del siglo III y antes del reinado de Diocleciano, era de 1 antoniniano = 800 aúreos = 1600 denarios. El antoniniano provocó la desconfianza de las clases populares romanas, lo que hizo que la inflación subiera a finales del siglo III un 800 %.

El aumento de la inflación se debía al desequilibrio entre ingresos y gastos del Estado y a las continuas devaluaciones de moneda, lo que provocó una gran subida de precios en los productos. Entre los gastos estatales citados podemos señalar que el sueldo del ejército, cuyos efectivos aumentaron por la mayor conflictividad en la frontera, se quintuplicó entre el 193 y el 235, el Estado aumentó la presión fiscal sobre la población y elevó los precios para poder recaudar más impuestos.

Como consecuencia de esta inflación la tierra se convirtió en la base de la riqueza en vez de la moneda. La economía monetaria perdió terreno frente a la economía con “moneda natural”, volviéndose hacia el sistema de truque. En la primera mitad del siglo III, el Estado procedió a vender a particulares la tarea de recaudar impuestos a cambio de dinero y recurrió a pagar a los funcionarios en especie.

Para remediar la situación descrita, Diocleciano (284-305) emprendió una importante reforma monetaria. Con él acaba la crisis del siglo III y comienza una etapa de estabilidad política y económica. El emperador prefirió acuñar poca cantidad de moneda, pero que esta fuera de buena ley. Desde el 294 empezó a acuñar aúreos casi puros (de una libra de oro se acuñaban 60 aúreos).

Con respecto a las emisiones en plata, Diocleciano creó una nueva moneda, el argentus, que tenía una pureza del 90 % (de una libra de plata se acuñaban 96 argentus). También creó otra nueva moneda, el follis, de cobre bañada en una pequeña cantidad de plata. A su vez el follis tendrá un subdivisor en bronce, el denarius communis. La equivalencia entre estas monedas es la siguiente: 1 aúreo = 25 argenteus; 1 argenteus = 5 follis; 1 follis = 5 denarius communis.

Esta reforma se completó con el “Edicto de precios” de Diocleciano (Edictum de pretiis, 301 d. C.), mediante el que se intentó frenar la subida de precios, y se establecía una relación entre el precio real de la moneda y el precio de los productos. El Edictum es un listado de los bienes más comunes y de los precios máximos a los que se podían comprar éstos en el Imperio, y supuso que quedara fijado el precio de la moneda. También fijaba penas contra los especuladores y el acaparamiento de moneda.

3.7. Del siglo IV al fin del Imperio: el sistema de Constantino.

El S. IV es la época más compleja desde el punto de vista de la numismática romana, debido a una serie de características: se cambió muchas veces de sistema monetario; las monedas empeoraron en su calidad estilística, pero no en su calidad técnica (por ejemplo, se utilizó una misma efigie para representar a los sucesivos emperadores, los retratos eran convencionales); y fue muy característico que las monedas se acuñaran en bajorrelieve.

En esta época caracterizada por una crisis de los rendimientos agrícolas debido a un empeoramiento del clima (también aumentaron los terremotos), las “Invasiones” de los pueblos bárbaros, y la fuerte inflación y subida de precios, el último emperador que hizo una reforma monetaria destacada para intentar remediar la situación fue Constantino (306-337).

La reforma consistió en crear nuevas monedas de oro, plata y bronce y nuevas equivalencias. En oro, el solidus, acuñándose 72 sólidos por 1 libra de oro; esta moneda tenía dos subdivisores: el semis y el tremis (1 sólido = 2 semis; 1 sólido = 3 tremis). En plata se creó la moneda llamada siliqua, siendo 1 sólido = 24 siliquas. Y en cuanto a las emisiones de bronce, se acuñaron 4 monedas clasificadas en función de su módulo (diámetro), conocidas con los nombres siguientes: AE1, con módulo mayor o igual a 25 Mm.; AE2 o maiorina, con módulo entre 21 y 25 Mm. AE3, con módulo entre 21 y17 mm.; y AE4, con un módulo inferior a 17 Mm.

TEMA 4. LAS EMISIONES MONETALES EN LA HISPANIA ANTIGUA

1. Las emisiones de monedas en la Península Ibérica hasta el fin de la II Guerra Púnica (siglo VI-206 a. C.).

En fechas tan tempranas como fines del siglo VI a. C. llegan al sur de Iberia las primeras monedas jonias. Parece que estamos ante objetos de lujo valorados y conservados en la península por su carácter exótico, no por su valor monetal. Sin embargo, aunque estas piezas no circularon, sí debieron dejar entre los tartesios el conocimiento teórico de su función dineral -valor de cuenta, de intercambio y de atesoramiento- que acabará sustituyendo el sistema mercantil del intercambio de regalos conocido a través de las fuentes literarias para estas fechas en las que Argantonio y los focenses mantenían fructíferos contactos comerciales. A la moneda más antigua, una pieza de electrón procedente de El Carambolo (Sevilla), se sumarán durante los siglos V y IV a. C. más piezas jonias, pero sobre todo de la Grecia continental y de Sicilia, incluyendo moneda púnica.

Las más antiguas las encontramos en Andalucía, al igual que el resto de los objetos griegos; después los hallazgos se hacen frecuentes entre los iberos levantinos, en algunos casos amortizadas en tumbas y, en otros, atesoradas junto a otros objetos de lujo, como en Montgó (Alicante). Es seguro, por tanto, que la introducción moneda en la Península Ibérica no se debió a la población autóctona, sino con los “pueblos colonizadores”, los griegos.

Será tras la incorporación de Massalia (Marsella, colonia fundada por los focenses) a la amonedación, pero sobre todo tras la de Emporion (Ampurias, colonia fundada a su vez por los massaliotas), cuando la población autóctona de la Península conozca una circulación fluida de moneda griega en sus costas. Los frecuentes hallazgos y tesoros encontrados en la costa mediterránea (Rosas, Ampurias, Pont de Molins, Tarragona y Morella) se componen en su mayoría de monedas, pequeños divisores de dracma que la hacen más asequible a todos los usuarios. Desde los inicios del siglo V a. C. Emporion inicia tímidamente su amonedación con copias de moneda massaliota de tipo Auriol (localidad cercana a la frontera francesa), pasando por las imitaciones de monedas de Atenas o Magna Grecia en el siglo IV y luego en el III con sus ”dracmas”, siendo la ciudad que más influencia tuvo en la monetización de los iberos de la costa y trascosta mediterráneas y de los galos occidentales, quienes a su vez enseñarían el uso de la moneda a sus vecinos colindantes.

Es la distinta manera en la que estos pueblos se incorporan a la amonedación la que es importante por las divergencias culturales que demuestra. Los galos e iberos del norte del Ebro, dentro de los circuitos económicos creados por Emporion en el golfo de León y por Rodas en el interior de Francia hasta el Loira respectivamente, se lanzan a la “falsificación” de la moneda de estas colonias griegas, copiando su metrología, sus tipos y leyendas según un hábito cultural que parece claramente céltico. Por el contrario, los propios iberos -edetanos y contestanos- se incorporan al circuito emporitano haciendo uso de todos los resortes políticos de ciudades con un largo pasado de vida: metrología, lengua, escritura e iconografía propias, sin oscilaciones en el uso: el valor ibérico de 3 gr. de plata aproximadamente, las imágenes de dioses patronos y fundadores de la ciudad y el perfecto manejo de la escritura ibérica para sus topónimos (ejemplos, arse o arsesken o saitabi). Sin embargo, la elección de la plata como único metal amonedable parece confirmar que el uso de la moneda lo habían aprendido de sus vecinos los griegos, despreciando el bronce usado por cartagineses y romanos para los divisores. Sólo una corta emisión de bronces tenemos en Arse (Sagunto), posiblemente de los años de ocupación cartaginesa de la ciudad (3ª emisión 212-¿206? A. C.).

De las varias colonias fenicias en Iberia -Gades, Ebusus, Malaca, Sexi y Abdera-, sólo Gades acuña moneda antes del 237 a. C., en que la llegada de la familia Bárquida a la Península ocasiona una transformación profunda del territorio y de las condiciones económicas de la futura Bética. Gades fue la colonia más importante y la primera en acuñar ya en el siglo IV, aunque se trate de unos minúsculos broncecitos anepígrafos cuya función se desconoce por completo. Ni su importante comercio ni los servicios ciudadanos obligaron a Gades a acuñar moneda antes del 350 a. C. aproximadamente. Es posible que fueran las conexiones económicas con Ampurias, constatadas por la arqueología, las que obligaron a Gades a la acuñación de un valor igual al de los “dracmas” de Ampurias y Rodhe (Rosas) de 4,70 g, en realidad medio shekel fenicio que se había ganado la confianza del comercio meridional y levantino desde época tartésica. Es indudable que dentro del patrón foceo y del fenicio local, Ampurias y Gades, respectivamente, buscaron el valor que les permitía tener una misma moneda de cuenta y de pago, facilitando inmensamente sus mutuas relaciones y las de los vecinos, los iberos. Sin embargo, a la hora de los divisores, de uso doméstico, Ampurias acuña valores habituales dentro de su propio ámbito cultural, medio óbolo foceo, y Gades emite un âgorâ, el único testimonio material que tenemos del “óbolo fenicio”, moneda citada por la Biblia como gerat, 1/4 shekel de 9,4 g establecida en Turdetania desde época tartésica.

En la tipología, Gades optó por un modelo griego para su divinidad, menospreciando el tipo africano de un Melkart barbado y sin atributos que podría haberse interpretado como un Zeus en el ambiente helenístico en el que Gades estaba inmersa. Como gran ciudad mediterránea, demostrará en su amonedación que está dentro de las corrientes helenísticas utilizando modelos iconográficos griegos. Sin embargo, tanto Ebusus (Ibiza) como Malaca (Málaga) se decidieron por imágenes del repertorio fenicio-púnico.

El resto de las colonias fenicias en Iberia no se incorpora a la amonedación hasta iniciada la Segunda Guerra Púnica en el 218 a. C. o, incluso, ya en época romana, tras el 195 a. C. la homogeneidad de sus tipos y leyendas durante todo el periodo de acuñación permite detectar hitos históricos que proporcionen cronologías seguras. Todavía en época imperial las monedas de estas ciudades son culturalmente púnicas, sin que la romanización haya afectado sus hábitos monetales. Es ésta una consideración a tener en cuenta a la hora de calibrar cómo y dónde se produce la latinización y romanización de la Bética, que, a juzgar por las monedas, fue casi imperceptible hasta la llegada del régimen personalista de César y Augusto.

Estas colonias acuñarán sólo bronce -Malaca emite plata esporádicamente durante la guerra- de muy poco valor y en pequeñas cantidades, indicando que en ningún caso la moneda se utilizaba para pagos estatales o comerciales a gran escala. La emisión de uno o dos valores de bronce indica que no se intentaba monetizar la economía, sino que se emitía para necesidades oficiales esporádicas y muy precisas que desconocemos. Conviene señalar que en estas mismas fechas las ciudades cartaginesas en Sicilia o la propia Cartago están emitiendo valores muy grandes, hasta decadracmas, que se creen acuñados para gastos militares. En Iberia se emitirán valores similares sólo con la llegada de la familia bárquida, cuya presencia tuvo también una finalidad estrictamente militar, de preparación de una guerra con Roma que se inició en suelo hispánico en el año 218 a. C. con la llegada de Publio y Gneo Escipión y se termina en el 206 a. C. con la capitulación de Gades.

Amílcar Barca, Asdrúbal y Aníbal se establecen en el sur peninsular en el 237 a. C. y, dentro de su clara política de dominio, inician unas acuñaciones que se denominan hispano-cartaginesas. La fundación de Cartagonova por Asdrúbal debió tener como objetivo la explotación de las riquísimas minas de plata de la zona, y el matrimonio de Aníbal con la princesa de Cástulo, las de Sierra Morena. Por tanto, los dos principales yacimientos argentíferos de la Península quedaron tempranamente bajo dominio bárquida, empleándose para emitir una amplia gama de valores monetales en grandes cantidades: trishekel, dishekel, shekel, medio shekel y cuarto. Además se acuña mucho bronce en valores de 9 g aproximadamente, mitades y cuartos, e incluso se emite oro aunque en pequeñas cantidades, sin duda por la ausencia de explotaciones rentables en la zona dominada por ellos. Habríamos de preguntarnos si la inexplicable marcha de Aníbal desde Cartagonova (Cartagena) hasta Helmantiké (Salamanca) que narran Polibio (3,14) y Tito Livio (21,5) no fue en busca del oro del Bierzo y León. Nunca en la Península se había visto circular tanta moneda y de tan variados valores, desencadenándose una profunda transformación en el sistema de intercambios de iberos y turdetanos, territorios sobre los que se asientan los cartagineses. Estas monedas aparecen hoy en frecuentísimos hallazgos sueltos y riquísimos tesoros correspondientes a los años 237-206 a. C., años de preparativos y desarrollo de la Segunda Guerra Púnica, permaneciendo su moneda en circulación residual hasta el 180 a. C. aproximadamente.

Esta creación de una economía monetal tuvo por objetivo agilizar todas las labores de preparativos y mantenimiento de una guerra a gran escala y con dos frentes, el de Italia y el de Iberia, y quien sabe si el de Cartago. Todo ello implicó importantes contrataciones de mercenarios -baleáricos, ibéricos, celtíberos, lusitanos, númidas y libio-fénices-; puesta en marcha de astilleros como el de Cartagena; ingeniería militar y minera; transformaciones urbanísticas de ciudades importantes como Cartagonova o Carmona; avituallamiento de la tropa, y el traslado de metal en bruto a Italia para la compra de alianzas políticas dentro del núcleo hispánico, itálico o griego. Ninguno de estos objetivos había tenido cabida en la política de las ciudades de Iberia antes de la llegada de los Bárquidas, ni en Gades o Ampurias, ni en las comunidades ibéricas, por lo que tampoco se habían necesitado nunca esas magnitudes de moneda. Como ya señaló Zobel, esta política de dominio conlleva la creación de un auténtico reino helenístico del que sus acuñaciones son el testimonio más contundente. Los tipos monetales en el Mediterráneo disponían de un clarísimo código de lenguaje comprensible para cualquier usuario: las democracias o regímenes populares retrataban a sus monarcas o tiranos, cuya cabeza solía estar ceñida por una estefané, distintivo de la realeza o, incluso, por una corona radiada, distintivo de su virtual divinidad. Otras veces, los monarcas se representaban con los atributos de sus dioses protectores: Heracles, Ammon…, con un lenguaje equívoco que denotaba protección, helenización o divinización, formas iconográficas que no habían existido en la Grecia clásica y que en Roma no harán su aparición hasta la penetración del helenismo a finales de la República y en el régimen personal de Augusto. Las monedas bárquidas, esas tres espléndidas cabezas masculinas que Beltrán y Robinson interpretaron como retratos de Amílcar (Herakles), Asdrúbal (diademado) y Aníbal (con cabeza desnuda) están describiendo, a la manera de los reinos helenísticos, un régimen personalista.

Este lenguaje helenístico de las monedas bárquidas hispánicas fue sólo un relámpago en nuestra historia preimperial; entra con los Bárquidas y muere con ellos. Tras la guerra, Hispania, como lo había sido Iberia, volvió a ser un mosaico de pequeñas ciudades de diferentes etnias, con regímenes más o menos democráticos; y el mejor ejemplo, de nuevo, está en los emblemas elegidos para sus monedas: las divinidades patronas y los productos amparados por ellas. Hasta la moneda imperial de Augusto no volverán las ciudades de Hispania a utilizar para la moneda una iconografía de carácter personal.

Volvamos a la Segunda Guerra Púnica para contemplar el nacimiento de la moneda indígena y el proceso de monetización de los iberos y turdetanos. La presencia en su suelo desde el 218 al 206 a. C. de una tropa inmigrada, romanos y cartagineses pero también galos, númidas, baleáricos y libio-fenicios, más la contratación por ambos bandos de mercenarios hispánicos, obligó a usar moneda en grandes cantidades, puesto que los pagos había que hacerlos necesariamente en moneda aunque fuera de muy diferentes patrones y culturas. Esta necesidad perentoria de numerario circulante, mantenida desde el 218 hasta el fin de la pacificación de Catón en el 195 a. C., y en ámbitos tan extensos como toda la costa y trascosta mediterránea, llevó a que el proceso de monetización arrancara y se hiciera irreversible. Estas zonas fueron recorridas por soldados que como todo bien disponían de moneda, objeto que acabó siendo aceptado por la población civil, pasando a integrarse en las ciudades dentro de los valores de cuenta y pago. Se puede asegurar que, aunque casi no hubo moneda importada desde Cartago o Roma porque ambos ejércitos podían alimentarse con metal hispánico, sí se emitió moneda cartaginesa y romana oficial en la Península, que hoy se ha podido identificar por la exclusividad territorial de sus hallazgos. A esta moneda colonial se sumaba la también colonial griega y la de muchas ciudades ibéricas que abren ahora, por primera vez, sus cecas.

Bando cartaginés. Los Bárquidas controlan la plata de Sierra Morena -capitalizada en Cástulo- y la de Cartagonova, con la inmediata finalidad de una masiva acuñación de moneda que, por ser anepígrafas, no se pueden adscribir con seguridad a una ceca concreta, pero se sospecha que sea Akra Leuke, Cartagonova y quizás Cástulo; pero además, los Bárquidas pactan con las ciudades aliadas o dominadas para que colaboren durante la contienda con moneda menor; la misma política aplicará Aníbal con sus aliados en Italia: Capua y los Bretti, Arpi, Salapia, Metaponto, Tarento y Locri. Estas ciudades acuñan para Aníbal con su metrología, iconografía y escrituras propias, de la misma manera que lo hacen en España Gades y Ebusus, con monedas en alfabeto fenicio-púnico y Sagunto en ibérico durante los años que dura la ocupación cartaginesa (218-212 a. C.). A esta moneda de plata se suman cantidades enormes de divisores de bronce, correspondiendo la masa mayor a emisiones bárquidas, anepígrafas y efigiando una diosa galeada, cuya iconografía no aparece en estas fechas en Cartago, pero, al ir siempre acompañada de los emblemas públicos más estables (caballo blanco y palmera), hace sospechar que estamos ante la imagen de la diosa Tanit en forma de Tyche, gad o victoria, y a la que se dedicarían, ya bajo el nombre de Dea Caelestis, toracatas y arcos. También muy interesante iconográficamente es la emisión de Varia (Villaricos) que efigia una diosa tocada con leonté y palmera en reverso, una iconografía heraclea aplicada a una divinidad femenina leontocéfala que debe, nuevamente, tratarse de Tánit.

Bando romano. Desde el momento del desembarco de Publio y Gneo Escipión en Ampurias se hace imprescindible la necesidad de un abastecimiento monetal en la Península y ambos generales piden numerario a Roma, pero el Senado les responde que el tesoro estatal es escaso para que procedan a la acuñación in situ. De Hispania saldrán tres emisiones (identificadas por Zobel y Bahrfeldt) de victoriatos, no acuñándose denarios. La ausencia de denarios en los tesoros del periodo 218-195 a. C. resulta extraña ya que, según los textos, a Hispania llega mucha tropa inmediatamente después del 211 en que se supone se crea esa moneda. Los tesoros españoles parecen indicar que el denario no se crea sino después del 209 a. C., tras la toma de Cartagonova por Escipión, quien mantiene en funcionamiento las industrias ciudadanas (Tito Livio, 26, 42, 3 y Polibio, 10, 17, 8) y, sin duda, la explotación metalúrgica. Sólo en ese momento se justificaría una reforma denarial que conlleve la mejora de la ley del metal respecto a la del cuadrigato y victoriato, la exactitud del peso y la creación de nuevos divisores de plata - quinario y sestercio - que venían a reemplazar el bronce. Todas estas reformas serían inexplicables si no se hubiera dispuesto de una fuente importante y segura de mineral argentífero como lo eran las minas de Cartagonova.

Para el mantenimiento de la guerra con Cartago, Roma contó sobre todo con la amonedación de Ampurias, como señaló Villalonga, ciudad que apoyó considerablemente la guerra a juzgar por la enorme cantidad de moneda hallada hoy en sus tesoros. Además de Ampurias se ven conminados por los romanos a emitir moneda los pueblos de la trascosta emporitana, citados por las fuentes como tempranamente dominados: cesetanos, laietanos, ilergetes, etc. Estos pueblos, que pertenecían al circuito económico de Ampurias, imitan las dracmas emporitanas en su tipología, metrología e incluso, en los primeros momentos, en su epigrafía: EMPORITON; después se van introduciendo símbolos secundarios propios en los tipos y la escritura ibérica en las leyendas: iltirta, kese, tarakon, barkino, etc. Poseemos más de 120 leyendas monetales en ibérico, en su mayoría topónimos que, tras la guerra, no vuelven a aparecer. De todos estos topónimos no están identificados hoy sino los cuatro citados. Estas monedas, imitación de las emporitanas pero ya con leyenda ibérica, deben ser las denominadas en las fuentes literarias como argentum Oscense, que seguirá acuñándose durante las guerras de Catón y bajo los magistrados sucesivos, posiblemente hasta que Graco en el 180 a. C. regularice el sistema del stipendium, iniciándose quizás paulatinamente la acuñación del llamado “denario ibérico”, término que nunca encontramos en las fuentes literarias y utilizado, por tanto, por los investigadores. La eclosión de los denarios ibéricos no ocurrirá, sin embargo, hasta el tránsito del siglo II al I a. C., antes del conflicto sertoriano.

Aunque parece probable que sea el cobro de estipendio por Roma la causa inmediata de la acuñación ibérica, no todos los pagos se hicieron en moneda, y el uso de metal y joyas al peso debió ser el preferido por las comunidades en muchas zonas hispánicas. Es muy posible que los torques, tan abundantes y frecuentemente fragmentados, de los tesoros de Celtiberia hayan sido dinero premonetal hasta tiempos imperiales, elaborados con un sistema petrológico fijo.

2. Las emisiones de moneda en la Hispania republicana (195-27 a. C.).

En el 195 a. C. Catón divide el territorio de Iberia en dos provincias, Hispaniae citerior y ulterior, división que parece conllevar diferencias fiscales importantes y, por ello, divergencias monetales. Desde estos años hasta el final de la guerra sertoriana en el 72 a. C. se abren más de 200 cecas en Hispania. La Ulterior, riquísima en plata, no podrá acuñar este metal, posiblemente por haberse concedido el monopolio de su explotación a societates que lo extraen en su casi totalidad y pagan a Roma directamente en plata. La provincia tiene, sin embargo, libertad total para hacer uso de sus hábitos culturales propios: metrología, tipología, escritura y lenguas. Las de origen fenicio y púnico siguen existiendo exactamente igual que en fechas prerromanas, demostrando que no existió intromisión alguna por parte de Roma más que en la prohibición de la acuñación de plata, que no se hubiera producido si, como quiere Richardson, hubiera estado en manos de particulares. Podemos preguntarnos si esta política permisiva culturalmente no fue aplicada también en Sicilia, sin que se tenga que admitir que en el 210 a. C. (fecha de la derrota de los cartagineses por los romanos) desaparecen las emisiones púnicas de la isla, cuando el interés de Roma fue siempre mantener en funcionamiento la producción indígena sobre la que se quería fiscalizar, sobre todo donde la plata era escasa como en Sicilia y en la Citerior y no compensaba una explotación monopolizada.

Esta rica diversidad que muestran las monedas de la Ulterior proporciona importantes datos para comprobar que estas culturas prerromanas se mantuvieron vivas en Turdetania hasta época imperial. Las divinidades con sus rituales, la metrología con sus sistemas y valores y, naturalmente, las lenguas siguen vigentes hasta bien entrado el siglo I d. C. Por ejemplo, la importancia de las salinas en la comercialización del pescado y su red económica centralizada en Gades, cuyo santuario, divinidad y rituales fenicios son los aglutinantes para toda una amplia región del estrecho de Cádiz, como la ciudad de Lascuta, cuyas monedas ilustran los dos célebres altares del Heracleon gaditano descrito por las fuentes (1ª emisión), el altar-tumba de Melkart y el de los oráculos con el ritual de las sortes, ritual que vemos también ilustrado en la lastra del templo de Hércules Invicto de Ostia, cuyo origen fenicio ha sido motivo de discusión.

La Hispania Citerior, con pobres minas de plata que no eran rentables para los caballeros romanos, acuñó mucha moneda de plata, posiblemente para el pago directo de estipendio que Roma ya había iniciado en el 218 a. C. y que se exigiría en plata, aunque no necesariamente amonedada. Poseemos primero las imitaciones “ibéricas” de dracma emporitana que se inició durante la Segunda Guerra Púnica y siguieron emitiéndose posiblemente hasta las reformas de Graco del 180 a. C., en que el denario ibérico viene a sustituirlas. Muy interesante es comprobar que junto a esas 120 “ciudades” que acuñan dracmas de imitación el denario restringirá considerablemente el número de sus cecas, acuñándose sólo en una docena de capitales de territorio pero en el mismo territorio de las dracmas, ampliado en ese momento a celtíberos y berones. Es seguro que entremedias (195-180 a. C.) ocurrió una drástica reorganización romana del territorio que fomentó la centralización en capitales de la acuñación de la plata de cada pueblo, representado ahora en las leyendas, por los gentilicios formados con el sufijo -sken: untikesken (de los indigetes), ausesken (de los ausetanos), etc., junto a los que se encuentran topónimos como kese, primera ciudad en acuñar el tipo del jinete.

En la Citerior, además de esta ordenación del territorio, se presencia una homologación de la tipología y epigrafía monetales. Recuérdese que la división en sólo dos provincias de la realidad ibérica obligaba a una gran mezcolanza de pueblos; en esta provincia se incluirá a iberos, celtíberos, berones, vascones y pueblos del Pirineo que acuñarán moneda; pero además a otros que no la emitirán nunca, sin que comprendamos bien el porqué: vacceos, vettones, cántabros, galaicos y lusitanos, quienes sin duda pagaron a Roma como los restantes, pero no en moneda sino en metal al peso, posiblemente en forma de torques, las coronae de las fuentes. En fin, todas las cecas que acuñaron lo hicieron bajo una misma imagen y una misma escritura.

La unidad monetaria de la Citerior, el único emblema común que todos estos pueblos poseían, llevó a crear una conciencia de unidad étnica que supo explotar adecuadamente Sartorio (82-72 a. C.). Ya en los años previos a Sartorio se acuñó mucha plata con escritura ibérica, pero la política sertoriana supone un resurgimiento de la conciencia “nacional”, conllevando una valoración de la cultura vernácula dentro de unos esquemas educativos que eran sin duda romanos.

Precisamente por ello la derrota sertoriana supuso el final de le etapa ibérica, el término de las acuñaciones de plata y el ocaso del emblema del jinete como representación “nacionalista”sto se plasma en un mapa, se puede observar el desarrollo del conflicto. Pero, además del fin de toda acuñación de denario hispánico, medida dictada posiblemente por el fisco romano, también supuso el cierre de muchas cecas.

Las nuevas élites ciudadanas, presionadas sin duda por el partido vencedor, iniciaron una transformación de los emblemas monetales. La escritura ibérica y la imagen del jinete dejan sitio a la escritura latina y a emblemas romanos. A esta etapa, y en concreto a las guerras entre Pompeyo y César, debemos las emisiones bilingües de kelse - CELSA (8ª emisión), kili - GILI o saiti - SAETABI, testimonio de ese cambio irreversible que llevará a la latinización de las instituciones ibéricas y a su final romanización.

La presencia de César en la Península en los años 60 y 40 a. C. va a revitalizar la vida ciudadana con la generosa idea de transformar muchas de las ciudades indígenas en municipios y colonias latinos o romanos. Las fundaciones se agruparon en el valle del Ebro y en Turdetania, y en ambas regiones servirán de focos romanizadores, antecedentes inmediatos de la política colonizadora de Augusto. Pero hay ya muy pocas cecas acuñando y la moneda hispánica se ve superada por la propiamente romana que había ido entrando con los inmigrantes itálicos, explotadores de la riqueza agrícola y minera, no sólo en Turdetania como se creía sino también en el valle del Ebro y entre los iberos. El denario romano se convertirá pronto en la moneda de plata mayoritaria circulante en ambas Hispanias.

3. La amonedación imperial en la Península.

La moneda imperial acuñada en el territorio peninsular es muchísimo más reducida en volumen de emisión y en número de cecas abiertas de lo que había sido la republicana, pero, paradójicamente, es desde Augusto a Calígula cuando se produce la completa monetización de la economía hispánica. Con Augusto se abren sólo cecas entre los municipios en el valle del Ebro y en las colonias de Lusitania, Bética y Tarraconense. Además, las colonias fenicias y dos ciudades celtibéricas de Cuenca (Ercavica y Segobriga). El hecho de que ahora sean ciudades con estatutos promocionados las que acuñan lleva a suponer que el cierre de todas las otras cecas republicanas se deba a una orden oficial por la que se necesita permiso del Fisco o del Senado para acuñar; quizás sea esta la causa de la leyenda PERMISSU AUGUSTI de algunas monedas lusitanas y béticas. Con Tiberio se dieron casi todas las de la Bética y Lusitania, para quedar muy pocas acuñando ya con Calígula. Tanto la emisión inicial como su progresiva reducción posterior podrían estar en relación con la necesidad de proporcionarle moneda de cambio, ases y seriases, a las tropas asentadas en las provincias hispanas, cerrándose las cecas a medida que se las legiones parten para Germania.

La moneda es la fuente más rica para el estudio de las transformaciones de nuestras ciudades en municipios y colonias en época de César y Augusto, a pesar de la carencia de datos personales en las leyendas hasta las primeras titulaciones de Augusto; pero con ellas se inicia una documentación que en las fuentes aparece sólo esporádicamente o ya en las palabras de Plinio. La transformación estatutaria no se hizo de igual forma en las dos provincias republicanas, siendo más radical y canónica en la Citerior que en la Ulterior.

1. Tarraconensis. Las leyendas monetales constatan que César y Augusto transformaron en el valle del Ebro muchas civitates en municipia: Municipium Emporiae, Municipium Urbs Victrix Osca, Municipium Calagurris Iulia, Municipium Hibera Iulia Ilercavonia, Municipium Augusta Bilbilis, etc. Todos estos municipios están regidos por unas magistraturas canónicamente romanas: aediles, qattorviri y duumviri. Otra cosa es Ampurias, cuyos quaestores en colegios de tres son de difícil comprensión y los títulos añadidos de P FL (primus flamen?) en dos ocasiones son incomprensibles.

Estas monedas de las cecas del valle del Ebro son las que van a alimentar de numerario a toda la tropa asentada en el frente cantábrico-astur-galaico. Las monedas que encontramos allí no son béticas ni lusitanas, sino mayoritariamente de Bibilis, Celsa, Turiaso, Gracurris y Calagurris, todas cecas del Ebro, al igual que ocurre con las numerosas monedas hispanas halladas en los campamentos del limes hispánico. La homologación de sus valores -ases y seriases-, la de su tipología -el toro- y la de su circulación -zonas militares- obliga a plantearse la causa militar de su emisión. De ellas, la ceca de Calagurris es la más activa y podría haber desempeñado una función importante en el suministro de moneda al ejército, no sólo la de bronce firmada por el municipio, sino denarios y áureos romanos. En esta ciudad se han encontrado se han encontrado los cuños del año 2 d. C. de L. y C. Caesares (Lucio y Cayo, nietos y herederos de Augusto), monedas que, como destacó Bahrfeld, tan frecuentes son en los hallazgos de España. El hecho de que otros cuños iguales procedan de Lugdunum parece indicar que Calagurris actuó en este caso como ceca suplementaria. Incluso los denarios y áureos adjudicados a Cesaraugusta, fechados en el 18-18 d. C. no deben ser de esta ciudad, dado que su fundación no tuvo lugar posiblemente hasta el 15, pero sí podrían haber sido acuñadas en Calagurris. Ella, y posiblemente antes la de Celsa, ha debido ser ceca emitiendo para suplir de Ae al ejército, y un dato complementario es el que ambas emitían sólo ases y seriases, los dos valores imprescindibles para la tropa; sin embargo, no acuña dupondios y sestercios como sí hacen Cesaraugusta y Tarraco.

Además de estas transformaciones de promoción, digamos individual, existieron casos en los que la necesidad política llevó a la conversión de las capitales provinciales o conventuales en colonias. De época de César parece ser Tarraco, aunque la ceca no se abre sino con Augusto: C(olonia) U(rbs) T(riumphalis) T(arraco), con tipos que presentan el único caso en que un emperador es invocado como Deus Augustus y no como divus, hecho que, ya señalado por Dessau y Etiénne, ha pasado inadvertido en los estudios recientes del culto imperial. Hay que constatar, por la trascendencia que el dato posee, la inexistencia de una secuencia entre las monedas ibéricas de kese y las augústeas de Tarraco. Ni aquéllas ni éstas tienen relación en la tipología, el nombre o los valores. La información que proporcionan las monedas es que se trata de dos ciudades diferentes; debemos recordar que existen dracmas de imitación con los nombres kese y tarakonsalir, indicando la posible existencia entonces de dos ciudades, opinión que por otros motivos Alföldy ha sostenido pero que arqueológicamente parece no confirmarse. También por las monedas conocemos que pasó a colonia posiblemente en época de César, Colonia Urbs Iulia Nova Cartago, aunque los magistrados constituidos son siempre duumviros quinquenales, y en un caso sumándose el de augur. Es posible que tanto ella como Ilici (Colonia Iulia Ilici Augusta) hayan debido sus fundaciones coloniales a ciertas deducciones militares, ya que ambas ilustran signa en sus moneda aunque sin consignar las legiones responsables. Sí sabemos por las monedas que Colonia Acci Gemella fue fundada por las legiones I y II Augustas. Todas ellas son capitales de conventus.

2. Baetica y Lusitania. Una política similar encontramos en la Bética donde cierran la casi totalidad de las cecas republicanas, abriéndose las de las colonias de nueva creación: Romula, Traducta y municipios como Itálica. El pequeño volumen de estas emisiones y el frecuente carácter conmemorativo de personalidades, cargos y fundaciones hacen pensar que sus emisiones no desempeñaban papel económico importante, al contrario de lo que ocurría en el valle del Ebro. La propia Colonia Patricia (Corduba), capital de la Bética, acuñará sólo una emisión que, por sus tipos y escasez, parece más bien conmemorativa del pontificado augústeo que de utilidad económica. Además de estas pocas cecas citadas, siguen activas las de Gades y Abdera, viejas colonias fenicias que mantienen sus características culturales -tipos, escritura y metrología- hasta su cierre. Es cierto que Gades acuña sestercios romanos dedicados a ensalzar a dos de sus importantes patronos, Balbo como pontifex maximus y Agripa. La leyenda de este último: AGRIPA PATER ET PATRONUS MUNICIPII es de importancia capital para el estudio de su estatuto, nada claro debido a las equívocas palabras de Plinio (IV, 119-120), que lo llama oppidum civium Romanorum qui appellantur Augustani urbe Iulia Gaditana. . Una moneda tiberiana (15 ª emisión, la 80) con la leyenda -COLONIA AUGUSTA GADITANA-, cuya autenticidad es discutida, y numerosas contramarcas sobre moneda de Gades con marca COL(onia) podrían atestiguar su estatus de colonial, rectificando así la interpretación errónea de que un municipio hubiera sido capital de conventus.

En Lusitania presenciamos la misma política de cierre de cecas. Sólo funcionan las cecas de las tres colonias augústeas: Emerita, Pax Iulia y Ebora, pero excepto Emerita las otras cecas acuñan una sola emisión de Augusto, quedando toda la provincia sin moneda tras Tiberio al cerrar también Emerita. Los tipos elegidos en Lusitania son claramente de propaganda imperial, asociando divinidades locales a personajes imperiales y adjudicándoles títulos divinos que no se repiten en otras partes del Imperio, posiblemente interpretationes imperiales.

Esta supeditación de la moneda imperial a las necesidades militares justifica el que, con Augusto, las ciudades que emiten sean todavía abundantes y estén muy diseminadas, y el que a medida que las legiones parten de Hispania hacia las Germanias las cecas disminuyan hasta desaparecer. Existe, sin embargo, una incógnita importante en esta política económica que se presenta igualmente en las Galias: ¿Por qué Roma no abre cecas más cercanas al acantanonamiento de sus legiones y echa mano de las viejas civitates, ahora municipios o colonias, para solventar los problemas militares?

Fueron también causas militares las que llevaron a la creación de deductiones coloniales, produciéndose asentamientos de emeritii en ciudades creadas ex novo o en ciudades ya viejas. Es de nuevo en las monedas donde encontramos los datos más precisos: Emerita Augusta es fundada por las legiones V y X, Cesaraugusta por la X Gemina, VI Victrix y IV Macedonica y Acci Gemella por las I y II Augustae. En otros casos vemos los signa militares pero, desgraciadamente, no se han consignado las tropas implicadas, de manera que tenemos que admitir deductiones cuyos beneficiarios desconocemos. Ésta es la duda con Colonia Patricia, capital de la Ulterior y más tarde de la Bética, con Italica, Ilici, Cartagonova, etc.

Además de estas promociones políticas, la causa estrictamente militar tuvo en Hispania una importancia inmensa porque se vio asociada muy pronto con la explotación de mineral. La imperiosa necesidad de Augusto de disponer de oro debió ser la causa del empeño en la conquista del NO hispánico. El uso habitual de este metal para la amonedación, desde tiempos de Sila hasta el propio Octavio, parece haber llevado a Augusto a contemplar la necesidad de introducirlo en la gran reforma monetal que ha de emprender para poner fin a la moneta imperatorum de la República tardía. Su marcha personal a Cantabria y la confirmación de los ricos veneros de oro del NO le deben animar a introducirlo en la reforma del año 23 a. C., estando todavía en Tarraco, con el valor de 25 denarios = 1 áureo, es decir, como pieza fácilmente utilizable y atesorable, sin prever la trascendencia del hecho.

Terminadas las guerras cántabras en el 19 a. C. es muy probable que el propio Agripa aplique a las legiones a la explotación de mineral, sobre todo de oro, si es que no se había hecho ya antes con Augusto. Esta suposición se ve apoyada hoy con la documentación que proporcionan los lingotes hispánicos hallados en el pecio de Comacchio (Ferrara), donde, junto al sello de Agripa, aparecen las que podrían ser de la X, GEM(ina) o GEME(lla), MAC(edónica) y L(egio) PRI(ma), habiendo perdido ésta ya su cognomen de Augusta, todas ellas divididas en varios destacamentos y bajo el control de Agripa y de un L. CAE(sius) BAT(tius)?, un posible procurator metallorum de origen lusitano como su cognomen indica. Si esta complejísima administración donde se crean vexillationes diferentes y se trae a una legión de otra provincia, la Macedónica, la puso en funcionamiento Agripa para el plomo, es de suponer que los testimonios arqueológicos y epigráficos que poseemos para la zona aurífera de Zamora y León debamos relacionarlos, allí también, con una explotación metalúrgica, ya de época de Augusto.

De estos veneros habrían salido los denarios y áureos romanos que se adjudican, aunque con dudas, a Colonia Patricia. Estas emisiones se fechan precisamente del 20 al 17 a. C., inmediatos a la reforma monetal y durante la estancia de Agripa en Hispania, cuya eficaz gestión se ha comentado a propósito del cargamento de Comacchio, importante, por consolidar su adscripción a Hispania y sus cronologías, es constatar el hallazgo de estos denarios en el campamento de Oberaden (junto al Lippe), cuya vida transcurre del 11 al 8 a. C. En este campamento, junto a esos denarios supuestamente de Colonia Patricia, aparecen bronces hispánicos abundantes y muy homogéneos cronológicamente (23-12 a. C.), siendo el grupo más importante tras el de Nemausus y la moneda céltica. Parece que allí llegó una legión directamente desde Hispania llevando consigo los denarios y los bronces.

Pues bien, toda esta gestión militar afectó considerablemente a la amonedación hispánica. Las ocho legiones presentes en Iberia durante las guerras cántabras, con Carisio, Augusto y Agripa a la cabeza, tuvieron un impacto económico importante en las zonas de su asentamiento puesto que hubo no sólo que alimentarlas, sino que proporcionarles numerario de bronce para que pudieran ellas acceder a los “lujos” en las canabae. Esto provocó una monetización de las zonas ocupadas, básicamente la meseta norte, el NO y Lusitania, que en su mayoría vivían dentro de una economía premonetal; pero el numerario de bronce era insuficiente y la carencia de numerario divisionario en los propios campamentos fue un mal crónico que hubo de solventarse con particiones de moneda, imitaciones oficiosas y contramarcas legionarias, medidas todas ellas para aumentar la moneda menor o evitar que saliera del ámbito castrense. Este déficit se dejó sentir en las zonas civiles cercanas, ahora acostumbradas a la moneda, y, sobre todo, en las ciudades acuñadoras, que veían como la moneda salía del ámbito ciudadano, y dejaba un vacío monetal que difícilmente podían paliar, acudiendo ellas también a contramarcar sus monedas como propietarios con sus propios topónimos. Con Claudio las emisiones provinciales de Occidente se suspenden, privándonos de una fuente de información excepcional para la historia de Hispania. La circulación monetaria tras un periodo de carencia que lleva a la producción de las “copias de Claudio”, muy comunes en las provincias más occidentales, parece restablecerse, e Hispania entra ya, sin privilegios ni obligaciones, en el circuito monetal del imperio del occidente romano.

Las referencias al Corpus Inscriptionum Latinarum, se hacen habitualmente de la siguiente forma: la primera edición de la obra, C.I.L., y la reelaboración C.I.L.2 En números romanos aparece el número del volumen. Cuando un mismo volumen se divide, a su vez, en varios volúmenes éstos se citan con una barra seguida de un número árabe.

Para este epígrafe véanse las fotocopias 65 a la 70.

Para este epígrafe véanse las fotocopias 2 y 3.

Véase la lista de las abreviaturas más frecuentes en las fotocopias 57 a 64.

Véase la lista de los preaenomina más frecuentes y sus abreviaturas en la fotocopia 6.

Para este epígrafe véase la fotocopia 4.

Para este epígrafe véase la fotocopia 3.

Véanse para este epígrafe las fotocopias 71 a 74. Entre paréntesis se indican los números de los dibujos de dichas fotocopias que ejemplifican los distintos tipos de soportes.

Véase la lista de los cónsules ordinarios del 110 a. C. al 395 d. C. en las fotocopias 44 a 47. A partir de ahora, también, los números que van entre paréntesis hacen referencia al número de la/s inscripción/es, que sirven como ejemplo, de la selección de inscripciones que hay en las fotocopias 75 a 87.

Véase la lista de los títulos imperiales en las fotocopias 8 a 43.

Véase A.U. Stylow: “Los inicios de la epigrafía latina en la Bética. El ejemplo de la epigrafía funeraria”, en Roma y el nacimiento de la cultura epigráfica en Occidente. Zaragoza, 1995, págs. 219-238. Este autor es el director del grupo de historiadores encargados de la redacción de los volúmenes en que se divide el volumen II del C.I.L2., dedicado a Hispania, obra que aún no ha concluido.

Véanse las fotocopias 4 y 5.

Véase la lista de los praenomina más frecuentes y sus abreviaturas en la fotocopia 6.

Véase la lista de las tribus romanas y sus abreviaturas en la fotocopia 6.

Véase la lista de ciudades antiguas de Hispania en las fotocopias 50 a 53.

Para éste epígrafe véanse las fotocopias 8 a 43.

Véase la fotocopia 48.

Véase la lista de los nombres y apodos de las legiones romanas en la fotocopia 7.

Véase la lista de provincias romanas en las fotocopias 54 a 56.

Véase la fotocopia 49.

Ídem nota 20.

Pueden consultarse varios pactos de hospitalidad en P. López Barja, Epigrafía latina, Santiago de Compostela, 1993, pp. 227-230 (inscripciones 56, 57 y 58).

Pueden consultarse dos tablas de patronato hospitalidad en P. López Barja, Epigrafía latina, Santiago de Compostela, 1993, pp. 226 y 229.

Pueden consultarse ejemplos en P. López Barja, Epigrafía latina, Santiago de Compostela, 1993, pp. 258-260.

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