Entre visillos; Carmen Martín Gaite

Literatura española contemporánea. Siglo XX. Narrativa. Novela de posguerra. Rutina y amargura. Argumento y desarrollo. Personajes

  • Enviado por: Sara
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 8 páginas
publicidad
publicidad

Aspectos Generales:

  • Sitúa la obra en el tiempo y en el espacio

  • La novela Entre Visillos se sitúa en el tiempo en los años cincuenta y en el espacio en España.

    Esta novela intenta reflejar la lucha del individuo con su medio y el resultado de ese enfrentamiento que se resuelve de distintas formas.

    Los ambientes en los que se refleja la vida de la ciudad no son descripciones objetivas, sino subjetivas porque aparecen contempladas desde la perspectiva de su personaje.

  • Estructura de la misma

  • Esta novela carece de estructura, es decir, no tiene planteamiento, nudo y desenlace, porque en la misma obra se relatan más de una historia paralelas en el tiempo, ya que a veces, cuando acaba de relatar una historia, justo empieza otra o cuando está en el nudo de un suceso en ese mismo instante se da el inicio de otra historia, por ello no podemos hablar de que esta novela tenga una estructura tradicional.

  • Enumeración de los personajes y relación entre ellos (parentesco).

  • Elvira es hija del difunto Don Rafael y hermana de Teo. Su novio es Emilio.

    Julia, Natalia y Mercedes son hermanas.

    Miguel y Julia son novios.

    Gertru y Ángel son novios.

    Yoni y Teresa son hermanos.

    Aspectos específicos

    Las diferencias entre los roles sociales de hombres y mujeres están muy marcadas y son voluntariamente alimentadas desde el inicio de la existencia: educación segregada, expectativas profesionales y vitales diametralmente opuestas, espacios de relación distintos: el lugar de trabajo, la calle y el bar para los hombres; la iglesia, el mirador (o la cocina) y el mercado para las mujeres. Esta separación se mantiene incluso en los espacios concebidos para la aproximación entre ambos sexos: en el baile del casino, los chicos se concentran alrededor del bar; las chicas, en el salón de té. El desconocimiento mutuo dificulta la comunicación; en ocasiones, más que palabras, se interpretan gestos y actitudes.

    A la otra chica, cuando se quedó sola conmigo, le noté una gran timidez. No hablábamos, nos limitábamos a mirar la pista en línea recta. Ella seguía el compás de la música tamborileando con los dedos en el marco de la puerta. Le dije que si quería bailar y no me contestó, pero supuse que había aceptado y la cogí por el talle. (p. 102)

    Los prejuicios, alimentados por la iglesia y la moral franquista, restringen la aproximación entre los sexos. El temor al ridículo o a ser visto como demasiado liberal provoca que se repriman o disimulen los verdaderos deseos. El relato refleja con frecuencia las cortapisas sociales a una aproximación natural: ellas esperan que sean ellos quienes tomen la iniciativa; se utiliza a amistades comunes para sugerir preferencias o explorar la disposición favorable hacia una persona del otro sexo. La dificultad de comunicación afecta a ambos sexos aunque los varones, aparentemente al menos, tengan mayor margen de maniobra. Personajes como Toñuca y Goyita, o Luis Colina y Federico reflejan estas restricciones.

    A Luis Colina le sudaban un poco las manos.

    -Así que sales bastante con Goyita, ¿no?

    -Un poco, más bien poco.

    -Yo la llamo algunas veces por teléfono -dijo Luis-. Me parece que no le agrada mucho, no sé. ¿A ti te ha dicho algo?

    (p. 165)

    La represión sexual se hace patente en ocasiones, aunque siempre tratada con sutileza. Se manifiesta claramente en el caso de las chicas solteras mayores -Goyita y Mercedes-, en sus ásperas y a menudo intempestivas reacciones. Julia vive el problema de forma menos traumática, utilizando la confesión y las cartas al novio como vías de escape. En Elvira, en cambio, las contradicciones entre su naturaleza y los prejuicios que la atenazan, se revelan con toda crudeza en su relación con Pablo:

    -Escucha, antes de que te vayas - hablaba en un murmullo-. Dirás que soy una fresca. Yo no quería que pasara lo que ha pasado. ¿Me crees? No sé cómo se ha enredado todo así.

    -No tiene importancia,. Si tú quieres lo olvidaré. Pero te he besado porque creía que lo deseabas. (p. 144)

    Otros personajes de la novela reflejan ya, de modo palpable, el cambio de modelo en las relaciones entre los dos sexos. Algunos de los personajes femeninos del entorno de Yoni ya anuncian un modelo de relación igualitario. La muchacha madrileña, Marisol, mantiene unas actitudes y utiliza un lenguaje que es preludio de la progresiva generalización de la igualdad entre los sexos que se producirá en los años setenta en España.

    Uno de los rasgos distintivos de Entre visillos es el ensamblaje de las tres voces que constituyen el eje narrativo de la novela. Estas voces se corresponden con el diario de Natalia (capítulos 1, 13, 16) y el relato de Pablo (2, 4, 6, 8, 11, 15, 18), ambos en primera persona, y la presencia de un narrador omnisciente en tercera persona (3, 5, 7, 10, 12, 14, 17). Podemos hablar, en lo que respecta a los dos primeros, de la presencia de un narrador protagonista principal que adopta, no obstante, características peculiares en cada caso. Destaca a simple vista el hecho que mientras Natalia y el narrador omnisciente alternan dentro del primer capítulo, el relato de Pablo se distribuye en capítulos cerrados e independientes cuyo número iguala al de aquellos regidos en su totalidad por la tercera persona (siete), adquiriendo así una mayor presencia y autoridad narrativa que el de Natalia. En segundo lugar y exceptuando breves sumarios, Natalia se refiere siempre a sucesos próximos al momento de la narración.

    En el caso de Pablo, el tiempo de la narración de los acontecimientos es siempre distinto al de la acción, aunque desconocemos la distancia real que los separa.

    En la narración en tercera persona nos enfrentamos a un narrador cuyo discurso es en sí mismo una prolongación de la voz de cada uno de los personajes, de sus valores, de su forma de hablar, que esquiva los juicios de valor y la disección psicológica de otros narradores omniscientes. A través de él, Martín Gaite consigue crear una entidad que nos permite, a un tiempo, acceder a determinadas parcelas de información a las que el estilo directo no llega, a la vez que mantiene la configuración que del personaje van forjando los diálogos y sus propias acciones, dejando al descubierto una velada invitación al lector para resolver los diversos conflictos sociales y psicológicos que aquejan a cada uno de los personajes. Sin embargo, bajo este aparente distanciamiento, su propia función como narrador indica, si no una posición moral ante los hechos, sí al menos una labor selectiva sobre la información que ofrece de los mismos y, en última instancia, su complementariedad con las otras dos voces narrativas.

    El lenguaje de esta obra es más bien de carácter coloquial, ya que como se puede comprobar en el siguiente fragmento de obra, no se utilizan palabras muy técnicas, si no más bien palabras y expresiones de carácter coloquial:

    • ¿Quieres beber?

    • ¿Qué es?

    • Coñac.

    • Uy, no. No me gusta.

    • Venga, no seas cursi. Te tomas el primer sorbo con la nariz tapada. Verás qué sienta bien.

    • Basta, basta, no me eches más.

    Pasó Isabel bailando con uno de pelo cepillo.

    • hola Isa

    • Hola, que milagro, vosotras aquí.

    • Ya ves.

    • ¿también está Julia?

    • También, por ahí anda

    • ¿Le estás pisando la conquista? - Sonrió Isabel

    • ¿Yo? Qué tontería.

    • Sí, sí, fíate de las hermanitas. Bueno, hasta luego.

    • Hasta luego

    Cómo podemos comprobar en este dialogo de la novela, el lenguaje que se utiliza es del todo coloquial. Una de las causa de que en toda la novela se hable de esta forma, es que se trata de diálogos entre personas que se conocen y que entre ellos hay confianza, ellos hace que el lenguaje que se utilice sea coloquial.

    A continuación analizaremos uno de los personajes de la obra Entre Visillos de Carmen Martín Gaite.

    Julia

    Julia, hermana de Natalia y Mercedes, está enamorada de Miguel, quien subsiste en Madrid como guionista de cine y que trata de persuadirla para que se reúna con él. Miguel es un doble desafío a la autoridad del padre, en primer lugar porque no se somete a la aprobación paterna, y en segundo lugar porque representa una continua invitación al deseo sexual que atormenta a Julia con graves sentimientos de culpa.

    Su personaje guarda cierto paralelismo con el de Elvira en tanto que ambas padecen la lucha entre el deseo de liberación y la obediencia a la norma patriarcal. Sin embargo, a los ojos del lector, el origen de la angustia de Julia se debe no sólo a una herencia cultural que impide la rebelión contra el padre, como ocurre con Elvira, sino a la presencia real de figuras que ejercen la autoridad masculina, como es el caso de su padre y de la tía Concha. A éstos hay que añadir el papel que desempeña la Iglesia, fiel defensora de los valores patriarcales y cuya jerarquía excluye a la mujer. Su importancia en la educación moral española de posguerra queda perfectamente retratada en la escena del confesionario. Julia, que ha crecido bajo los valores religiosos que defienden la castidad y la virtud de la mujer hasta la consagración del matrimonio, siente la obligación de confesar ante el sacerdote sus instintos de romper con los preceptos morales. La descripción del malestar psicológico y fisiológico que se apodera de Julia se une a los tópicos asociados al sacramento: el llanto por el arrepentimiento, la penitencia, las oraciones, o la imagen de la Virgen, paradigma de la aceptación de la voluntad divina y, por ende, masculina (ver pp. 83-85).

    También a diferencia de Elvira, Julia cuenta como aliada con Natalia, la única a quien confía el estado de sus relaciones con Miguel y sus deseos de reunirse con él en Madrid. La única escena entre las dos hermanas tiene lugar con la sugerencia de Tali de subir a la torre de la catedral. La torre, al igual que los castillos y los lugares elevados, posee una gran simbología onírica relacionada con temores internos. Para Tali el ascenso supone una conquista de libertad, pues le permite evadirse, elevarse sobre todo cuanto la vista alcanza: su casa, la ciudad… Por el contrario, el ascenso a esa libertad embarga de temor a Julia, quien ve en la oscuridad y la angostura de la escalera de caracol la dificultad del camino y no la salida a la que conduce:

    Tali se empinó con el brazo extendido y le brillaban los ojos de entusiasmo

    -No seas loca (…) te vas a caer, ¿no te da vértigo?

    -Qué va. Mira nuestra casa. ¿Verdad que se está muy bien tan alto?

    [Julia] Paseó un momento sus ojos sin pestañear por toda aquella masa agrupada de la ciudad que empezaba a salpicarse de luces y le pareció una ciudad desconocida. (p. 73)

    El desarrollo del personaje de Julia es paralelo al continuo sin vivir, las complicaciones que atraviesa su relación con Miguel. Éste representa la imagen del hombre libre, independiente, pero al mismo tiempo representa la virilidad, la fuerza física y psicológica que somete a la mujer. Así se manifiesta a través de las connotaciones de agresividad en la descripción del tratamiento de Julia manejada como una muñeca por la brusquedad de los hilos que mueven las manos de Miguel: "Ella quería cambiarse de traje pero no la dejó. La empujó hacia la puerta y echó a andar a su lado, cogiéndola por el pescuezo. De broma le daba meneones, columpiándola hacia sí. La despeinaba" (p. 85), "él la cogió por los hombros y la atrajo fuertemente hacia sí" (p. 88), "le separó bruscamente las manos de la cara" (p. 89), "La apretaba un brazo nerviosamente". Gestos revestidos de propiedad y autoritarismo que prolongan la educación en el sometimiento a la voluntad del hombre transmitida a través de la veneración y el respeto hacia la figura del padre.

    La relación entre ambos es también una metáfora del conflicto entre dos clases sociales cuyas diferencias afloran en numerosas ocasiones. Tomemos como ejemplo la visita sorpresa de Miguel. Tras su paso por el confesionario, Julia acude a casa a cambiarse de ropa para reunirse con sus amigas en la puerta del cine. En el portal se encuentra con Miguel quien "Traía una cazadora de cuero bastante manchada y no estaba bien afeitado" (p. 85). A pesar de la súbita alegría que le produce el encuentro, Julia camina a disgusto paseando por la calle en compañía de él y trata de persuadirle para que se asee un poco antes de presentarle a las chicas. Miguel, visiblemente despreocupado por la importancia de las apariencias, responde desairado: "Si quieres presumir de novio delante de tus amigas, yo no soy ningún maniquí" (p. 86). Ante éste y otros ejemplos, resulta coherente, por tanto, que, aunque no tengamos antecedentes de su vida, Miguel rehuya el compromiso formal con la familia de Julia y su necesidad por alcanzar la estabilidad y la posición social que otorga el matrimonio.Al final de la novela seguiremos sin conocer el desenlace final de la relación. Aunque probablemente poco importe. Sabemos por lo que Natalia dice a Pablo en las últimas páginas del libro, que Julia marcha finalmente a Madrid: "El novio le ha encontrado allí un trabajo, pero mi padre no sabe nada todavía, se cree que vuelve después de las Navidades" (p. 255). Es aquí donde debemos ver el triunfo de Julia como persona y como mujer, que afronta su destino asumiendo su responsabilidad en él.