Ensayo sobre la ceguera; José Saramago

Literatura universal contemporánea. Narrativa ensayística portuguesa. Ironía. Estilo literario

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  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 3 páginas

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Si pensamos en la ceguera como algo mucho más profundo que simplemente no percibir las imágenes físicas visualmente, podemos decir que toda la humanidad está ciega, porque realmente el nivel de percepción hacia lo que nos sucede, lo que nos rodea y lo que está afectando en el mundo, es bastante bajo y por lo tanto la novela de Saramago es en cierta forma y en ciertas partes verídica.”Tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen(...)”.

Se le dice “inhumano” a un comportamiento que atente violentamente contra alguien (física, mental o sentimentalmente), tal vez pensando en que la naturaleza del humano es mantener a la especie, por lo que hay que protegerse unos a otros, en este caso, casi todo ser humano es prácticamente inhumano, pues cuando se trata de sobrevivir no pensamos en perpetuar la especie, en ayudar a la humanidad, pensamos en sobrevivir nosotros mismos, tomamos una actitud egoísta, aunque fácilmente justificable; un ser humano en peligro piensa en salvarse, esto es lógico, sobre todo tomando en cuenta el inesperable temor a la muerte que más bien se basa en un temor a lo desconocido, un temor a no saber a qué nos enfrentamos; ese temor, más bien, es lo que caracteriza la naturaleza del ser humano.

Saramago maneja con ironía algunas frases comunes como “ya veremos” o “echar un vistazo”, que en el contexto del libro plantean una idea fuerte del comportamiento de la gente con la amabilidad falsa, compostura y máscaras que se usan en la vida diaria por imposición de la sociedad, en contraste con las maneras cavernícolas, violentas e inhumanas del hombre ciego (o la mujer, ¿por qué no?). “...no advirtió que su mujer venía desnuda de la cintura para arriba, fue ella quien le pidió la chaqueta para taparse, los otros ciegos miraron en su dirección, pero era demasiado tarde, que hubieran mirado antes.”

Esta manera de Saramago de hacer de una idea triste, una aún más tremenda, esta forma de decir a sangre fría los detalles del horror que se vive en su novela, el modo en que nos recuerda constantemente estamos ciegos todos, que la ceguera de sus personajes puede ser sólo una forma de describir a la humanidad misma, que nos refresca... la realidad, claro está. Todo esto es lo que hace esta novela tan particularmente dolorosa, es lo que nos hace sentir ese “golpe” de palabras que logra en sus frases, es sus párrafos, en sus páginas, todas lineales, parejas, sin guiones ni mayúsculas que nos obliguen a leerla en cierta forma.

En ése libro, lo que te hace darle los matices a la lectura no son los signos de admiración o interrogación o las mayúsculas, es el contexto mismo de las palabras que usa, la manera en que te acomoda las imágenes, te crea pequeños suspensos inconscientes para que tu mismo pongas los signos donde él pretendía que los acomodaras, para que llegues justo a donde Saramago quería llevarte.

El hecho de que los santos están todos con los ojos vendados, todos excepto por una mujer que le arrancaron los ojos y los lleva en la mano, nos trae una imagen magnífica que provoca cierto miedo, de nuevo es miedo a lo desconocido, nos preguntamos quién fue capaz de hacer aquello, si eso provocó la ceguera o fue provocado por ésta, si la mujer sin ojos y la mujer del médico tienen alguna relación, aparentemente eso queda a nosotros. La razón por la que el mundo recupera la vista, es un punto delicado que Saramago no podía tomar a la ligera, pues al comparar al “mal blanco” con la humanidad ciega tomamos en cuenta también el final de la historia.

¿Qué le vuelve a cerrar los ojos a la humanidad?, porque al ser ciegos los tenían más abiertos, así que al “recuperar la vista” somos nosotros (individuos) los que quedamos ciegos y la visión distorsionada por la sociedad de lo que es humanidad, eso, es lo que abre los ojos.

La Biblia

Saramago, José. “Ensayo sobre la ceguera”, (traducción de Losada, Basilio). Alfaguara, México DF, 1998