El Zarco; Ignacio Manuel Altamirano

Literatura hispanoamericana del siglo XIX. Novela épica. Narrativa histórica

  • Enviado por: Cuervo
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 8 páginas

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Yautepec es un pueblo ubicado en la carretera libre de Cuernavaca, rumbo a Tepoztlán. Las casas están decoradas con colores chillantes y crecen durante todo el año, naranjas y limones. La población es buena, tranquila, laboriosa, pacífica, franca, sencilla y hospitalaria. En el aspecto político, dependen de Cuernavaca. Una noche de agosto de 1861, la población se resguardaba temprano en sus casas por el terror que le tenían a los bandidos, conocidos comúnmente como los plateados pues éstos realizaban impunemente saqueos, matanzas, raptos, incendios y exterminios en los pueblos y haciendas aledañas  al sur del Estado de México. Yautepec no estaba exento de dichos asaltos, así que de día colocaban vigías en las torres de las iglesias para dar aviso a la población de la llegada y partida de bandoleros, de esta forma, los habitantes de Yautepec tenían tiempo de esconderse en sus casas y las iglesias. Pero esto de noche era imposible, así que estaban siempre expuestos. La guardia civil no podía intervenir porque el país se encontraba en medio de una guerra civil, dejando así a los bandoleros actuar libremente. Este crimen fue introducido al país por el español Cobos, y los bandoleros eran conocidos como los plateados por su vestimenta semejante a la del charro actual- cargada de adornos de plata. En un huerto en Yautepec, vivían Manuela -joven de 20 años, tez pálida, ojos negros, cejas aterciopeladas, cabello negro y con aspecto aristocrático- y Doña Antonia -madre de Manuela, anciana de buenas costumbres y honrada. Esta última tenía una ahijada más o menos de la misma edad que Manuela, Pilar -joven morena criolla que denuncia a la hija humilde del pueblo y con carácter opuesto a Manuela- que era huérfana pero Doña Antonia se había encargado de cuidarla desde pequeña. En el jardín Pilar y Manuela tejían guirnaldas de rosas y azahares cuando Doña Antonia le reprochó a su hija el rechazo que le tiene a Nicolás, un muchacho del pueblo y herrero de la hacienda de Atlihuayan, que desea casarse con ella. Manuela sólo siente repulsión y descontento por el herrero, lo considera un indio horrible y molesta a Pilar porque comprende que ella sí está enamorada de Nicolás. Doña Antonia trata de convencer a su hija de las ventajas de casarse con Nicolás, pues es un hombre honrado y bueno, que además protegería a Manuela de los plateados y la llevaría lejos de los peligros de Yautepec. No obstante estos argumentos no son válidos para Manuela, quien sólo reafirma su rechazo y repulsión hacia el herrero que la ha cortejado desde un tiempo atrás. De pronto, llaman a la puerta y Pilar avisa que Nicolás acaba de llegar. Nicolás era un joven trigueño, con el tipo indígena bien marcado pero de cuerpo alto y esbelto, de formas hercúleas, con ojos negros y dulces, nariz aguileña, boca grande, fuerte y varonil. Intentaba diferenciarse de los demás por su modo de vestir y visitaba todos los días a Doña Antonia y Manuelita. En la hacienda donde trabaja Nicolás, todos los hombres se han unido para protegerla y han expulsado a los informantes y cómplices de los bandidos. Este día en particular, le informó a Doña Antonia que vendría a Yautepec una guardia del gobierno porque los bandidos habían asesinado una familia rica y extranjera en la carretera rumbo a Acapulco. La guardia llegaría primero a Cuernavaca para buscar a los bandidos, pero Nicolás creía que no los capturarían, pues los plateados andan en grandes grupos de más de 100 y están muy bien equipados y armados, no como el ejército, quienes parecían pordioseros. Doña Antonia se alegró mucho al oir estas noticias, pues era su oportunidad de marcharse definitivamente a México con Manuelita y sin correr el riesgo de ser asaltadas en el camino. Mientras esto acontecía, al caer la noche, cerca de la hacienda de Atlihuayan, había un hombre joven de 30 años, alto, bien proporcionado, de espaldas hercúleas y cubierto literalmente de plata, temido y conocido por la gente como El Zarco por el verdor de sus ojos. Se dirigía a Yautepec y cuando vio a lo lejos a Nicolás pensó en que ya tendría él su merecido, pero por lo pronto iba a visitar, clandestinamente, a su amada en el huerto de Doña Antonia. Al acercarse a la barda del huerto hizo llamar a Manuelita, quien con una dulce y amorosa voz respondió a su llamado y se asomó por una escalinata en el huerto. El Zarco visitaba, algunas noches, a Manuelita, con quien mantenía cortejo y le regalaba joyas y dinero. Nadie en el pueblo sospechaba de la relación entre estos dos, pues nadie se atrevía ni a asomarse por la noche por temor a los plateados. No obstante, se rumoraba que en noches de lluvia, aparecían marcas de caballo al lado de la barda del huerto, pero Doña Antonia, nunca se enteró de dichos rumores. Manuela alertó al Zarco sobre la llegada de la guardia militar y sobre la partida a México que planea su madre para los próximos días. Cegada por el amor y la codicia, le pide al Zarco que la rescate cuando esté en la carretera con la guardia y su madre, pero el Zarco sabe que esta maniobra es peligrosa y sus compañeros no se arriesgan tan fácilmente si no hay ganancias de por medio. Por tanto, deciden que Manuela se fugará con él la próxima noche y tendrá que abandonar a su madre y su vida tranquila. Manuela le promete a su amado que se adaptará a las circunstancias que se presenten. Concuerdan que el Zarco la recogerá a la media noche y Manuela deberá empacar poca ropa, las joyas y el dinero que le ha regalado. Así mismo, antes de marcharse a Xochimancas, la madriguera de los bandidos, le entrega a Manuela un cofre con varias joyas. A un costado de la Adelfa en el huerto de Doña Antonia, Manuela escondía en una bolsa de cuero  enterrada las cosas que el Zarco le regalaba con frecuencia. Esa noche le había traído joyas del asalto a los extranjeros rumbo a Acapulco que consistían en un anillo enorme de brillantes, una pulsera con dos serpientes de brillantes y unos pendientes que tenían marcas de sangre. No obstante, esto no le preocupó a Manuela y se probó sus nuevas joyas. Su rostro y su conciencia se habían transformado en codicia y vanidad. Aquella dulce muchacha que tejía guirnaldas en el huerto, tenía mirada malvada y vanidosa. Manuela ocultó sus regalos en la bolsa de cuero, volvió a enterrar su tesoro y se fue a dormir. El Zarco era hijo de honrados padres que deseaban inculcarle buenos valores y amor al trabajo, pero él era de carácter rebelde y holgazán por naturaleza y pronto se hartó de las múltiples tareas que debía cumplir y de la escuela. Se fue de su casa muy joven y vivió por diversos periodos en haciendas donde cuidaba caballos. Tampoco era muy querido en su trabajo porque era holgazán, con cierta codicia, no amaba a nadie y envidiaba a los demás. Era un joven de buena figura, de color blanco impuro, ojos color azul claro, de cabello rubio pálido y cuerpo esbelto y vigoroso. Por fin, cansado de aquella vida de servidumbre, el Zarco huyó con unos cuantos caballos para venderlos y se juntó con una nube de bandidos. Por su carácter despiadado y su insaciable sed de rapiña, pronto se convirtió en jefe de bandas. Fue entonces cuando este temido personaje conoció a Manuela en Cuernavaca durante una época en la que el gobierno y los bandidos se unieron para luchar en la guerra civil. A Manuela le causó una fuerte impresión aquel hombre vigoroso y guapo, montado en su caballo grande y desfilando frente a su ventana. Estaba corrompida y fascinada por lo que el Zarco representaba. Esta unión militar no duró mucho tiempo, pues el gobierno se desprestigió por andar con una partida de bandidos y comenzaron a perseguirlos y colgarlos para restaurar su imagen. El Zarco logró escapar a Puebla, en donde continuó con sus actividades ilegales. También eran famosas las crueles venganzas que el Zarco empeñaba contra los dueños de las haciendas donde había trabajado. En su camino rumbo a Xochimancas el Zarco meditaba sobre su futuro. Deseaba a Manuela porque era la más rica y hermosa de Yautepec, por su propia vanidad, más no la amaba. Pensaba que al casarse con ella rompería con su estatus vanidoso entre sus amigos bandidos: podía tener una querida como ella, más no casarse. Tampoco le atraía dejar la vida que llevaba, a pesar de que podía vender la mercancía robada y comprarse un rancho, pero al Zarco no le gustaba trabajar y algún día lo encarcelarían por sus fechorías pasadas. De pronto un tecolote cantó cuando el Zarco pasaba debajo de un árbol y en su mente supersticiosa sucumbió el temor por el canto que todas las noches se repetía cuando éste pasaba por el mismo lugar. Al día siguiente, Nicolás visitó a Doña Antonia para informarle que la tropa arribaría a Yautepec al día siguiente por la mañana y estaría muy poco tiempo en el pueblo. Doña Antonio le pidió que vendiera su huerto y que fuera a visitarlas a México. Entre tanto, Manuela dormitaba en su cuarto porque debía guardar fuerzas para su fuga nocturna y su madre pensaba que ella estaba enferma. Doña Antonia estaba preocupada por el extraño comportamiento de su hija desde un tiempo atrás, era mucho más dura, no hacía sus rezos y siempre estaba inconforme. Todo ello lo atribuía a su encierro para protegerla de los bandidos y estaba segura que en México cambiarían las cosas. También se lamentaba de que no amara a Nicolás, quien ya estaba resignado al desprecio de Manuelita. Antes de marcharse, Nicolás prometió ayudar a Doña Antonia en lo que le pedía, pues le tenía gran estima. Por la noche, Doña Antonia trató de conciliar el sueño, pero una fuerte tormenta se desató a la hora que Manuela debía alistarse y se sintió invadida por pesadumbre y malos presentimientos. Por su parte, Manuela, como toda mujer enamorada, no prestó cuidado al mal clima y tuvo la motivación para salir al jardín descalza en medio de una lluvia torrencial, desenterrar su tesoro y esperar a su amado. El Zarco llegó al huerto con unos amigos, subió a Manuela al caballo y se fugaron de Yautepec. Doña Antonia pasó muy mala noche, no podía dormir y a media noche escuchó rumores, pero los atribuía a su imaginación y a la fuerte tormenta y no deseaba salir a revisar para no molestar a su pobre hija. A la mañana siguiente, fue al cuarto de Manuela y al no encontrarla allí, salió al jardín a buscarla. Todo estaba mojado y había mucha maleza. Doña Antonia no imaginaba lo que le esperaba, por el contrario, pensaba en la insensatez de Manuela al salir tan temprano al huerto empapado. Una serie de pequeñas huellas de pies descalzos la guiaron hasta la barda por donde salió Manuelita. Allí se encontró con las huellas de varios caballos y entonces comprendió que algo terrible había pasado. Salió a buscar a Pilar y a sus tíos para que le ayudaran a encontrar a su hija, y al ver todos las evidencias, concluyeron que Manuela se había fugado con alguien. Ahora el misterio era descifrar quién era su enamorado. Mientras observaban en el jardín las dejadas por Manuela, un joven llegó a casa de Doña Antonia con una carta de Manuela, la cual le entregaron unos bandidos en la carretera. La carta era de Manuela para su madre, en donde decía que se fugaba con un hombre que la hacía feliz y que cualquier esfuerzo por encontrarla, era inútil. Doña Antonia estaba desecha y mortificada por la carta y por un momento dudó de Nicolás, pero tanto Pilar como sus tíos dijeron inmediatamente que esto era imposible y Doña Antonia se sintió culpable por dudar de la honradez y bondad de Nicolás. Al poco rato, este llegó a casa de Doña Antonia porque había escuchado ciertos rumores sobre una joven muy hermosa cabalgando con el Zarco y los plateados. Al leer la carta de Manuela comprendió que ella se había fugado con el Zarco y en verdad era inútil rescatarla, porque ella se había ido por su propia voluntad. Doña Antonia se sentía enojada y humillada porque su hija se había fugado con la escoria de la sociedad, nada menos que un miserable asesino y bandido plateado. Ella siempre le inculcó a su hija las buenas virtudes y lo que ahora ocurría, era el peor golpe que Doña Antonia habría recibido. La caballería del gobierno arribó a Yautepec  y Doña Antonia salió de su casa desconcertada y alterada para buscar al prefecto y poder recuperar a su hija. El prefecto de la ciudad esperaba la tropa para enterarse de los avances en busca de los bandidos. El comandante informó que habían atrapado y colgado a algunos presuntos bandidos -en realidad campesinos pobres y culpables por sospecha- de ser informantes de los plateados. Doña Antonia irrumpió para pedir la ayuda del prefecto y el comandante, pero este último se negó a prestarla, pues sabía que era muy arriesgado enfrentarse a una partida de 300 bandidos por una muchacha. El comandante justificaba su negativa al decir que los bandidos probablemente estaban muy lejos, pero Nicolás desmintió esta versión al dar su testimonio y se ofreció para guiar a los policías hasta Xochimancas. En ese momento surgió una fuerte disputa entre el comandante y Nicolás, pues éste último acusaba al militar de ser un cobarde y de faltar a su responsabilidad de trabajo. El comandante se enfadó tanto que decidió tomar preso a Nicolás, quien aceptó con dignidad, pues ya se sospechaba que los militares eran iguales o perores que los bandidos. La pobre Pilar había ocultado durante todo este tiempo su amor por Nicolás, el cual se manifestó sin mayor timidez o cuidado en cuanto se enteró de que éste fue tomado prisionero. Después de que Doña Antonia cayó en cama con fiebre, Pilar buscó al prefecto para rogarle que cuidaran a Nicolás e impidieran que los militares cometiesen alguna arbitrariedad. Como Nicolás era un muchacho querido por el pueblo por su honradez y sencillez, prometieron estar en todo momento con él. Pilar fue a buscar a Nicolás al lugar donde lo tenían apartado, pues tuvieron que improvisar una cárcel inexistente. El militar que lo cuidaba no permitió que Pilar pasara y la amenazó si no se marchaba, pero ella clamó que no le importaban que la mataran, mientras no lastimaran a Nicolás. Éste se percató de lo que Pilar le decía la militar y comprendió el profundo y puro amor que ella sentía por él. Todo este tiempo se había preocupado por ganarse el amor de la ingrata de Manuela, recibiendo a cambio el peor desprecio, mientras que la honrada y pura de Pilar siempre mantuvo su amor por él en un dulce y discreto secreto. A partir de ese momento, comenzó a nacer un enorme amor por Pilar; la veía como un ángel que él no podía merecer y lo único que deseaba era salir de esa difícil situación para estar a su lado. El comandante regresó un poco borracho y levantó el campamento. Se llevaron a Nicolás y al llegar a las afueras de Yautepec se encontraron con una grande comitiva conformada por el prefecto, los regidores, el administrador de Atlihuayan, de sus dependientes y de otros particulares muy bien armados, bloqueando el camino para acompañar al comandante y al ejército hasta donde llevasen a Nicolás y cerciorarse de que nada malo le ocurriese hasta que éste fuera declarado culpable por un crimen inexistente. El comandante no tuvo más alternativa que continuar su camino con dichos acompañantes y al llegar a Cuernavaca, acusó a Nicolás de hombre peligroso para la tranquilidad pública pero el prefecto de Yautepec y el Ayuntamiento, así como las autoridades de Cuautla se dirigieron al Gobierno Estatal y al Gobierno Federal  y tras numerosos oficios e informes, al tercer día de la aprensión de Nicolás, el comandante recibió la orden de ponerlo en libertad y regresar a México para explicar sus actos. Desde su salida de Yautepec, Nicolás no había hecho más que pensar en Pilar y Doña Antonia. Estaba seguro de que Pilar estaba cuidando de la salud de Doña Antonia, pues era tan buena como un ángel. Nicolás se sentía afortunado de no haberse comprometido con Manuela (un demonio que sólo sentía desprecio y repugnancia por él) y por haber descubierto un dulce, tierno y buen amor por Pilar, quien ante sus ojos, era demasiado buena para él y le proclamaba admiración y respeto. Tras ser liberado, Nicolás fue a casa de Doña Antonia y se encontró con Pilar, a quien le manifestó su amor, mucho más puro, verdadero y grande que el que llegó a sentir por Manuela. Pilar también confiesa que lo ama pero antes deben de preocuparse por la salud de Doña Antonia, quien se encuentra muy grave abatida por la fiebre y la desgracia y los doctores advirtieron que no tiene remedio. Nicolás siente una profunda tristeza y pesadumbre por la noticia. Nicolás entró al cuarto de Doña Antonia y esta se alegró mucho de verle. Al caer la noche, Doña Antonia falleció. Para Pilar fue un golpe muy fuerte, pues Doña Antonia había sido su segunda madre y protectora. Los bienes de Doña Antonia pasaron al estado y Nicolás le propuso matrimonio a Pilar para celebrar la boda en cuanto termine su luto. La vida en Yautepec regresó a la normalidad y todas las tardes Nicolás visitaba a Pilar. Durante la época en que los bandidos eran dueños impunes de la Tierra Caliente, se suscitaba la guerra de Reforma en contra del clero. Manuela fantaseaba sobre aventuras peligrosas e intrépidas al lado del Zarco, que en lugar de asustarla, le causaban emociones punzantes; confiaba en que su amado no sería capturado, pues los militares no se enfrentaban ante un grupo de bandidos tan grande y bien organizado. La noche de la fuga, los bandidos y Manuela se refugiaron en una cabaña en Atlihuayan. fue allí donde Manuela escribió la carta para su madre. Al día siguiente, poco antes de mediodía, arribaron a las ruinas de Xochimancas, la madriguera de los plateados. La realidad era muy distinta a lo que Manuela se había imaginado, había muchos hombres groseros y embriagados, que al ver a la muchacha entrar, comenzaron a hacerle piropos. El Zarco no frenaba a sus compañeros y Manuela se sentía intimidada y humillada por el comportamiento de su amado, no estaba acostumbrada a ver semejantes escenarios y pensó que Nicolás, aquel indio al que tanto despreció, la hubiera defendido al instante de esos truhanes. En ese instante, surgió el gusano del desprecio por el Zarco en el corazón de Manuela. Todos los bandidos estaban bien armados, con modales cínicos y brutales. El lugar era sucio y con olor a comida pesada y orines, era el hogar de todos los bandidos y sus mujerzuelas desarrapadas y sucias, encargadas de cocinar. El Zarco dejó a Manuelita en un rincón, diciéndole que, por ahora, esto era lo único que podía ofrecerle, pero algún día mejoraría su situación. La joven se sintió aterrada y desamparada al escuchar las voces agudas de las mujeres, las risotadas y blasfemias de los bandidos ebrios y al aspirar aquella atmósfera pesada, pestilente como la de una cárcel; no pudo menos que pensar en el terrible error que había cometido. De 1861 a 1862, Xochimancas sirvió de cuartel general de los temibles plateados. Era una hacienda en ruinas, una finca de campo con buenos terrenos propios para el cultivo de la caña de azúcar o del maíz. Al parecer, perteneció a los españoles durante la colonia. Xochimancas era una hacienda de la Municipalidad de Tlaltizapan en el Distrito de Cuernavaca. En la tradición azteca se conocía al xochimanqui (de donde proviene el nombre de la hacienda) como el encargado del cultivo de flores. Por tanto, este lugar fue un jardín lleno de huertos y flores en la antigüedad azteca. Después de la conquista, Xochimancas se transformó, de ciudad de jardines en hacienda, posteriormente en ruinas y guarida de fieras y reptiles y finalmente en madriguera de ladrones. Manuela estaba habituada a su vida sencilla, educada y honrada. Como estaba enamorada del joven bandido, había poetizado aquella vida de aventuras clandestinas, pero la realidad era mucho más dura y solitaria de lo que ella podría haberse imaginado, estaba en una cárcel al lado de mujeres ebrias y haraposas, bandidos osados que no respetaban a las queridas de sus compañeros. Quizá esto último era lo que más le molestaba del Zarco por su actitud pasiva y tolerante. Manuela estaba llena de remordimientos, especialmente al recordar a su pobre anciana madre, a quien habría enfermado por su mal sano amor. Manuela se percató de la dura realidad, pese a los constantes cuidados de su amado, quien ordenó a las mujeres que la cuidaran y entretuvieran y le regaló todos sus tesoros. Los bandidos temían que el rapto de Mnauelita pusiera en peligro su seguridad, así que redoblaron las guardias durante la noche. No obstante, como es bien sabido, la cobardía del comandante impidió que Nicolás, temido por los bandidos por su resolución, bravura y valentía, fuese a buscar a Manuela en Xochimancas. Manuela no tuvo más remedio que familiarizarse a la vida que había escogido. Entabló amistad con una mujer que también provenía de Yautepec y conocía bien a su gente, en especial a Nicolás. Esta mujer le dijo a Maneula que había cometido un grave error al escoger al Zarco, pues Nicolás la hubiera cuidado y amado bien, mientras que el Zarco era de mal genio y podría incluso golpearla algún día si no cambiaba su actitud apática, despreciativa y triste. Todas estas razones entraron en la mente de Manuela, y el Zarco se desvirtuaba completamente mientras que nacía un enorme amor por aquel indio al que tanto habría despreciado. No obstante el recuerdo de Pilar y el amor oculto que sentía por Nicolás, atormentaban la mente de Manuela. Una tarde, el Zarco le entregó a Manuela 100 onzas de oro por el secuestro de un francés. Ella, en lugar de sentir emoción, las observó con horror y le rogó al Zarco que pusiera al hombre en libertad. Éste se negó rotundamente y se enfadó con ella porque siempre despreciaba a sus amigos, constantemente era infeliz y ella le había prometido que se adaptaría a esta vida. El Zarco dijo que todo  lo que robaba lo hacía por ella con tal de que en un futuro pudieran irse a Zacatecas, donde nadie lo conocía, para establecerse y vivir como gente honrada. Un par de bandidos embriagados interrumpieron la discusión y anunciaron que comenzaría el baile y deseaban bailar con su mujer. El Zarco le advirtió a Manuela que debía bailar con sus amigos y dejar de despreciarlos, o de lo contrario se enfadaría mucho. Mientras se preparaba para el baile, Manuela hizo llamar a su confidente para preguntarle acerca del francés. Ella le dijo que el Zarco la podría llevar al sótano en donde se encuentran los demás rehenes. Así lo hizo y al ver a los hombres secuestrados, en calidad de cadáveres, Manuela se horrorizó e insistió en que los dejaran ir, pero el Zarco se enfadó más y le dijo que ella sabía que él era un bandido y que si hubiera preferido la honestidad, se hubiera casado con Nicolás. El baile comenzó y el Tigre, uno de los líderes, abrazó fuertemente a Manuela y le dijo que estaba enamorado de ella y estaría dispuesto a matar al Zarco para que ella se quedase con él. Manuela se espantó mucho y se fue a sentar. El Zarco, más enfadado que nunca, riñó con Manuela porque una de las mujeres le dijo que ella no estaba contenta con su decisión, era desdichada y quería a Nicolás. Antes de que pudiera tomar represalias en contra de Manuela, un grupo de bandidos irrumpió para avisar que Miguel Sánchez había atrapado algunos bandidos y los había colgado y que la madre de Manuela acababa de ser enterrada. Manuela sintió una gran pena y se soltó a llorar desconsoladamente. No obstante, tenían que empacar para huir de Xochimancas. Martín Sánchez era un hombre de 50 años, estatura pequeña, cabeza redonda, de ojos verdosos y vivos,, nariz aguileña, cara morena, boca delgada y labios fruncidos. No era un hombre desconocido en Xochimancas, pues tiempo atrás, los Plateados fueron a su rancho para saquearlo y asesinaron a su padre anciano y a uno de sus hijos cuando él se encontraba en México con su esposa. La mujer de Martín estuvo enloquecida por el dolor y el miedo al encontrar un rancho en cenizas y lleno de cadáveres. Martín Sánchez llevó a su familia al pueblo Ayacapixtla, donde esperaban estar más seguros. Entonces vendió lo poco que le quedaba y con el dinero, compró armas y caballos, juntó un grupo de gente que también estaba cansada de los plateados y los equipó. El prefecto de Morelos le ofreció los auxilios que estaban  en su poder y lo autorizó para perseguir ladrones en calidad de jefe de seguridad pública, siempre y cuando los entregara al Gobierno para aplicar la justicia. Así fue como, huyendo y caminando de noche, pagando emisarios y realizando jornadas fabulosas, poco a poco fue derrotando algunas partidas de bandoleros y proveyéndose de armas, municiones y caballos. Martín Sánchez fue un personaje histórico que ayudó, en gran medida, a capturar a los bandidos del Sur del Estado de México; asimismo, se convirtió en el representante del pueblo honrado y desamparado, rústico y feroz, también implacable. Era la indignación social hecha hombre. La Calavera era una venta del antiguo camino carretero de México a Cuautla. Allí se encontraban Martín Sánchez y cuarenta hombres bien uniformados de negro y sin adornos -en protesta a los plateados que iban cargados de adornos-, con caballos fuertes y bien armados. Habían pasado tres meses desde los últimos acontecimientos y estaban esperando a Nicolás, quien regresaría de México tras invertir su dinero en los preparativos de su boda con Pilar. Martín dejó un grupo de 10 hombres para esperar a Nicolás, y fue a patrullar el resto del camino. Después de media hora, escucharon tiros y un arriero exclamó que los plateados estaban asaltando el cargamento. Martín a la cabeza caía sobre los bandidos que lo recibieron con una lluvia de balas. Los jinetes negros hacían prodigios de valor mismo que su jefe. No obstante, Martín fue herido y de pronto un socorro inesperado, encabezado por Nicolás y 20 hombres más, vino a salvarlo. El Zarco y el Tigre rodearon a Martín, pero al ver a Nicolás retrocedieron e intentaron huir, sin embargo Nicolás alcanzó al Zarco cuando éste se acercó al grupo de mujeres de los bandidos a caballo, y de un sablazo, le abrió la cabeza, dejándolo tendido en el suelo del bosque. Manuela gritó, pero Nicolás no la escuchó y ésta se quedó tendida al lado del Zarco, pues si regresaba con el grupo de mujeres y los bandidos, sería presa fácil del Tigre. La pelea duró poco, pues los bandidos huyeron despavoridos dejando libre el cargamento. Entre tanto, los soldados que buscaban más bandidos encontraron a Manuela y al Zarco. Martín Sánchez se estremeció de gozo al saber que el Zarco estaba en sus manos. Iba a colgarlo tan pronto amaneciera, pero a la madrugada llegó la autoridad de Morelos con la fuerza y las camillas. Martín tuvo que entregar a los bandidos prisioneros y heridos junto con Manuela, quien se cubrió el rostro con el rebozo por la vergüenza que sentía. Así marcharon a Morelos, Martín y sus soldados, para curarse de sus graves heridas, y Nicolás a Yautepec, para preparar su matrimonio. Martín Sánchez estaba indignado porque los bandidos salieron libres y seguían embistiendo impunemente. Pues eran protegidos por emisarios y gobernantes corruptos que aceptaban sobornos. El Zarco se recuperó de sus heridas y cuando iban a trasladarlo a Cuernavaca, la comitiva fue asaltada por los plateados. Martín Sánchez tomó la resolución de hablar con el Presidente para obtener las facultades de fusilar a los bandidos. En aquella época, pese al triunfo de la Guerra de Reforma, la lucha continuaba contra miles de adversarios y peligros, como la Independencia Nacional. Juárez se hallaba entre los días de mayor conflicto, sin embargo el presidente escuchó con atención a Martín, quien le dio un informe detallado, denunció algunos empleados del gobierno que estaban en complicidad con el Zarco y su grupo, solicitó 100 armas y pidió que le diera la facultad legal para colgar a todos los bandidos y hacer verdadera justicia. Juárez accedió, siempre y cuando los fusilamientos se hicieran con justicia. Era la ley de la salud pública armando a la honradez con el rayo de la muerte. Pocos días después de la entrevista, Nicolás y Pilar festejaron su matrimonio. Al efecto, se dispuso una cabalgata que debía de servir de cortejo al guayín, con los esposos, el cura y los amigos. Pero poco antes de llegar al lugar donde cantaba al búho cuando pasaba el Zarco, fueron interceptados por Martín Sánchez y sus soldados. Martín no deseaba faltarle el respeto a Nicolás, pero acababan de atrapar al Zarco y al Tigre, que venían a raptar a Pilar y cobrar venganza contra Nicolás el día de su boda. De pronto Manuela se abrió paso entre las filas del jinete y le rogó a Nicolás y Pilar que no mataran al Zarco, éste pidió que no lo hicieran, pero Martín estaba resuelto. Pilar entró en llanto y la pareja intentó llevarse a Manuela, pero ella prefirió quedarse a morir con el Zarco. Pilar y Nicolás continuaron su cortejo y Martín Sánchez se disponía a matar al Zarco y al Tigre. Éste último estaba desconcertado porque había delatado el plan, pero Martín no se compadeció y colgó al Zarco del árbol donde se postraba el búho de mal agüero. Manuela pareció despertar de un sueño, se levantó y sin ver el cadáver de su amante soltó un grito y cayó al suelo. Dos soldados fueron a levantarla, pero al ver que arrojaba sangre de su boca y su cuerpo estaba rígido, supieron que ya estaba muerta.

Índice

Portada............................................................................................................................1

Resumen..................................................................................................................... 2-8

Índice...............................................................................................................................9