El sonido de los Beatles

Geoff Emerick. Memorias sobre aspectos técnicos de la música de The Beatles

  • Enviado por: Elisenda Hernández Janés
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 2 páginas
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El sonido de los Beatles

Por  Elisenda Hernández Janés.

¿Se imaginan que su trabajo consistiera en grabar a los Beatles? ¿Despertarse por la mañana y, tras un café y una ducha, encerrarse en un estudio con John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Star a capturar el legado con el que revolucionaron el mundo, reinventaron la música pop y se convirtieron en el mejor grupo de la historia?

Eso fue exactamente lo que hizo gran parte de su vida el ingeniero de sonido Geoff Emerick, autor de unas muy interesantes memorias que publica Urano bajo el título algo rudimentario El sonido de los Beatles (traducción completamente arbitraria del original en inglés Here, there and everywhere. My life recording the music of The Beatles).

Desde sus tiempos como aprendiz en las sesiones iniciales de los de Liverpool (asistió, de hecho, a la primerísima en la que Ringo se sentó a la batería)  hasta las de Revolver, Sgt. Pepper's y  Abbey Road en las que trabajó como ingeniero principal, Emerick fue testigo en primera persona de la progresiva consolidación de su sonido y del fenómeno que trajo consigo. Sus recuerdos son por tanto de gran valor y ofrecen al lector la oportunidad de tomar asiento junto a él, mano a mano con George Martin, tras la mesa de mezclas de los estudios Abbey Road. Tantas grabaciones esconden cientos de anécdotas, tanto personales como musicales, ilustrando a la perfección estas últimas unos métodos muy poco ortodoxos en los que la imaginación y la astucia compensaban la falta de tecnología de la época.

Y es que la actitud de Emerick en el estudio, así como la de George Martin y, por supuesto, la de los Beatles, se caracterizó siempre por la innovación: todo era válido para conseguir el resultado que tenían en sus cabezas (que Paul describía mediante instrumentos y efectos concretos y  John a través de sensaciones y metáforas, hecho que siempre me ha parecido muy revelador de sus caracteres, el primero práctico y realista, el segundo disperso y poético). Muy a menudo, esta búsqueda incesante de efectos requería de medidas que incumplían las estrictas reglas de grabación de Emi y ponían en riesgo el puesto de trabajo del autor. Fueron precisamente estas técnicas revolucionarias las que desempeñaron un papel clave en la creación de muchas de las obras maestras que conocemos hoy en día y le valieron a Emerick dos grammys por su trabajo en Sgt Peppers y Abbey Road.

Pero la experimentación había empezado ya años atrás, en los tiempos del Revolver, en  unas sesiones hoy míticas entre las que cabe destacar aquella en la que Lennon le pidió  a Emerick que para Tomorrow never knows quería que su voz sonara como “la del Dalai Lama cantando desde la cima de una montaña”. La grabación de esa canción fue la primera en la historia que utilizó como técnica la superposición de loops (muestras de sonidos exactos que son grabados en secuencia dando una sensación de continuidad), base de la música electrónica y de muchos otros estilos actuales. ¡Los inventaron entonces, en los sesenta, en aquellas frías oficinas de Abbey Road!

Otras innovaciones curiosas que se llevaron a cabo durante Revolver fueron el uso de un altavoz a modo de micrófono para el bajo de Paperback writer, las pistas grabadas al revés en Rain o los cantos a través de un micrófono sumergido en agua en  Yellow Submarine.

El fin de las giras en el 66 les permitió ir más allá e incluir en Sgt Pepper's efectos que en aquella época habrían sido imposibles de interpretar en directo. En unas sesiones larguísimas que solían empezar a medianoche y durar hasta avanzadas horas de la madrugada, mediante la superposición de capas y capas de sonido, fueron capaces de crear canciones cada vez más complejas, dando cabida a elaboradas orquestaciones, arreglos de music hall, instrumentos hindúes y hasta voces de animales.

Igual o más interesante que los trucos en el estudio resulta adentrarse en la personalidad de los cuatro Beatles. Los rasgos generales de cada uno los conocemos ya, probablemente. Los recuerdos de Emerick perfilan a un Paul McCartney perfeccionista y musicalmente impecable y polifacético, capaz de tocar todos los instrumentos habidos y por haber (el sitar dejémoselo a George, eso sí, al que, a mi parecer, el autor trata con bastante dureza en determinadas ocasiones), siempre vitalista y de buen humor, educado y amable aún cuando las circunstancias le fueran adversas. Él es sin duda el que sale más beneficiado de estas páginas y es que, al fin y al cabo, McCartney y Emerick continuaron siendo amigos y compañeros de estudio muchos años después de la disolución de los Beatles. (Paul fue el padrino de boda de Emerick, quien a su vez fue el productor de Band on the run y de muchos otros trabajos de Paul y The Wings).

John Lennon se nos presenta como un tipo brillante e ingenioso pero con un carácter extremadamente cambiante e impredecible: encantador un segundo y odioso al siguiente. Se nos habla también de sus inseguridades (siempre insistiendo en disfrazar su voz y dudando de la calidad de sus interpretaciones) y su impaciencia por obtener resultados en el estudio así como de sus dificultades para verbalizar sus ideas.

Tal y como comentaba, George no sale muy bien parado en estas memorias. Emerick no solo lo describe como un tipo frío y arisco, incapaz de llegar al listón compositivo de Lennon / McCartney (¿quién puede recriminárselo, al fin y al cabo?) sino que se atreve incluso a cuestionar su técnica como guitarrista, al menos en las primeras etapas del grupo. Y, curiosamente, en contraposición con la imagen payasil que suele proyectarse de Ringo, en estas memorias aparece como un chico introvertido y callado, una sombra silenciosa que leía cómics o jugaba a las damas en las grabaciones en las que no se precisaba de su batería.

A lo largo de la narración uno no puede evitar entristecerse al constatar el deterioro que sufre la relación que mantienen entre ellos. Desde los inicios y hasta bien avanzada la Beatlemanía, el ingeniero narra divertidas sesiones que transcurren entre bromas y chistes, con unos Beatles que desprenden desparpajo y una complicidad carismática y arrebatadora. A medida que pasan los años, sin embargo, las sonrisas empiezan a torcerse y las diferencias a sonar por encima de las canciones. Son los tiempos del White Album, tras el desengaño en la India (de todos menos de George) y la creación de Apple (su propio sello discográfico, cuya ─mala─ gestión les valió incontables enfrentamientos), un periodo de crispación general que llevó a Emerick a abandonar la grabación y a renunciar a participar en el legendario disco.

Por lo que respecta a George Martin, su figura varía a lo largo de la narración. Si en un principio se nos muestra como un personaje clave con las ideas muy claras cuya voluntad se escucha y se respeta, el relato de Emerick nos describe al George Martin de las últimas épocas como un simple peón sin voz ni voto en manos de las cuatro archiestrellas más rentables de la historia. Probablemente solo así pueden explicarse excentricidades como Revolution 9 (que dio lugar a una gran discusión entre John y Paul, ya que el segundo  afirmaba −y no le faltaba razón−   que “aquella no era música de los Beatles”) o la instalación de una cama en el estudio durante la grabación de Abbey Road para que Yoko, que se estaba recuperando de un accidente automovilístico, pudiera presenciar el proceso. Y es que, como no podía ser de otra manera, anécdotas de Yoko hay varias, algunas bastante divertidas (o tristes, según se mire): sobre sus silencios enigmáticos, su presencia en camisón recibiendo visitas en plena grabación o su encontronazo con George Harrison por comerse una de sus galletas.

Uno de los episodios más emocionantes del libro es probablemente aquél en que se narra el reencuentro en Abbey Road en los 90 para el lanzamiento del Beatles Anthology, la descripción de ese momento en que Emerick, Martin, Paul, George y Ringo escuchan las grabaciones inacabadas de Lennon y su familiar voz nasal arrastrándose por el estudio hace que lo sientan tan cerca y a la vez tan lejos. 

Y el lector, partícipe del intenso pasado en común que encierran esas cuatro paredes, se pone nostálgico también e imagina el torbellino de emociones que debió de sacudirles entonces. Tal vez recordaran los ataques de risa tras los porros compartidos,  las narices de payaso en A day in the life o las tostadas y tazas de té en la madrugada mientras la ciudad dormía. O tal vez recordaran la grabación de She Loves you con el estudio abarrotado de fans histéricas, o la primera vez que John les cantó Strawberry Fields acompañado tan solo de su guitarra y su voz soñadora y lejana.  Recordarían la magia y los buenos momentos y tal vez se maravillarían, como sigue haciéndolo el mundo, al redescubrir la grandeza inigualable de unas canciones que estarán aquí para siempre.