El sí de las niñas; Leandro Fernández de Moratín

Literatura española del Siglo XVIII. Teatro neoclásico. Género literario: sátira y tragedia. Crítica social. Tema y Argumento. Personajes

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  • País: España España
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1. EL AUTOR Y SU OBRA

Leandro FERNÁNDEZ de MORATÍN, hijo de un famoso escritor Nicolás FERNÁNDEZ de MORATÍN, nació en 1760 en Madrid. Por el ambiente intelectual de su familia se inclinó desde pequeño por las letras, a lo que contribuyó un carácter tímido y retraído. Nunca obtuvo ningún título universitario, por lo que tuvo que depender siempre de los poderosos y pasó verdaderos apuros económicos. Al lado de algunos políticos, viajó por Europa. Gracias a Godoy, obtuvo el cargo de Secretario de Interpretación de Lenguas; más tarde participó en la Reforma de los teatros. Tras la invasión francesa, fue acusado de colaboracionista y afrancesado. Tuvo que abandonar España y, aunque pudo volver más tarde, murió en París en Junio de 1828.

Fue uno de los grandes escritores neoclásicos. Escribió poesía, prosa y teatro. Los principales rasgos de su poesía son el cuidado lenguaje y el sentido de la armonía. Su Elegía a las musas se considera una de las obras más importantes del siglo. Destacan así mismo sus sátiras, como Epístola a Claudio escrita contra los hipócritas y pedantes. Éste es el tema también de su mejor obra en prosa: La derrota de los pedantes, contra los malos escritores. Su producción teatral ha sido la más reconocida por la crítica. Su afán didáctico le llevó a utilizar el teatro como escuela para la sociedad y satirizar, desde el escenario, los vicios que consideraba debían corregirse; El viejo y la niña, El barón, La mojigata, La comedia nueva y El sí de las niñas son sus comedias originales. Defendió el neoclasicismo, cumplió las preceptivas y extrajo los temas de la sociedad que le tocó vivir.

2.EL SÍ DE LAS NIÑAS

Leandro FERNÁNDEZ de MORATÍN, siguiendo una antigua costumbre que era la de someter al juicio de sus amigos las obras que escribía, les leerá por primera vez El sí de las niñas el 12 de julio de 1801, y parece que gustó según anota en su Diario. Vuelve a leerla en diciembre de 1803 y en octubre de 1804, en esta ocasión ante el mismo Godoy, a quien le dedica la primera edición, en 1805. En este mismo año, en noviembre, comienza los preparativos para el estreno por la compañía del Teatro de la Cruz, que tendrá lugar el 24 de enero de 1806. El sí de las niñas obtuvo un clamoroso éxito el primer día, a pesar de la trama que los enemigos del dramaturgo tenían preparada para hacerla fracasar, según relata PÉREZ GALDOS en el “Episodio Nacional” La Corte de Carlos IV. El sí de las niñas se mantuvo 26 días seguido en cartel, y se retiró debido a la finalización de la temporada teatral al llegar la cuaresma. Paralelamente al estreno en Madrid, fue representada por la nobleza de Zaragoza en una casa particular, con gran aplauso. Aún así, los enemigos de MORATÍN no tardaron en difundir la noticia de que la comedia era un plagio, diciendo que MORATÍN había tomado su comedia de una pieza francesa L´oui des conventes. Así mismo, se mencionó El contrato anulado, La escuela de las mujeres, Entre bobas anda el juego, La discreta enamorada, Marta la piadosa, La escuela de las madres. Estas acusaciones junto a las constantes denuncias a la Inquisición, que acabará por prohibir la obra a la llegada de Fernando VII, serán uno de los motivos por los que MORATÍN abandonará definitivamente su labor como dramaturgo original.

Por otra parte, RUIZ de MORCUENDE, apoyándose en un trabajo de patricio de la ESCOSURA, trató de afirmar que la fuente de esta comedia era autobiográfica: MORATÍN enamorado de Paquita Muñoz, convirtió sus experiencias amorosas en trasunto literario, opinión desterrada por críticos como ENTRAMBASAGUAS, ANDIOC o LÁZARO CARRETER. Lo que debió suceder, fue que al elegir el modelo, en la mente de MORATÍN debieron de mezclarse sus preocupaciones personales, sus experiencias vitales y literarias, la situación de la sociedad del momento, su ideología, etc.

El sí de las niñas, además de ser la mejor obra de MORATÍN y suponer la plenitud del teatro neoclásico español, posee una gran importancia en la historia de la dramaturgia española, porque rebasa su época y se mantiene como modelo estructural de la comedia a lo largo de todo el siglo XIX.

El sí de las niñas, lleva implícita la modernidad, al anticiparse con su realismo a obras posteriores. MORATÍN toma de la realidad algunos caracteres, aunque no todos son todos del mismo tipo; mientras que don Diego y doña Irene imitan modelos individuales, otros son modelos observados día a día, como el de Rita.

El realismo se refleja en el ambiente español en que se halla la comedia como se puede apreciar por las descripciones y detalles, aunando así tradición y originalidad.

2.1.CONTENIDO

El argumento de la obra, sintetizadamente, sería: el matrimonio desigual por la diferencia de edad, la educación que los jóvenes, y principalmente las mujeres recibían en la época. Don Diego, de 59 años, ha decidido casarse con Paquita, de 16 años, para lo cual ha viajado junto a la madre de la joven, doña Irene, hasta Guadalajara donde la muchacha estaba siendo educada en un convento. De regreso a Madrid, pasan la noche en una posada de Alcalá de Henares, adonde también ha llegado el joven militar, don Carlos, sobrino de don Diego y amante de doña Paquita. Don Carlos, al conocer la situación, está dispuesto a enfrentarse a su rival, pero al descubrir que se trata de su tío renunciará a la muchacha. La comedia finalizara con la generosa intervención de don Diego quien, prudentemente, une a los amantes.

Todo ello bajo el prisma ilustrado: razonable, sensato y sobre todo útil. En la obra triunfa la virtud y la razón; es decir, el pensamiento ilustrado. MORATÍN no sólo plantea problemas sino que da soluciones.

Se ataca a la obediencia plena de los jóvenes que les impide rebelarse y les obliga a actuar hipócritamente en contra de sus principios y sus sentimientos, se ataca el abuso de la autoridad de algunos padres y tutores egoístas e intransigentes.

MORATÍN se manifiesta, desde los primeros diálogos, partidarios de que los jóvenes puedan elegir cónyuge sin violencia. En le primer acto, después de que don Diego resuelve el equívoco de su criado Simón, éste responde:

“Si está usted bien seguro de que ella le quieres, sino la asusta la diferencia de edad, si su elección es libre...” (Acto primero, escena I).

En estas palabras no se condena la desigualdad en la edad, sino la imposición. Por ello don Diego, que a lo largo de toda la comedia está interesado en conocer si doña Paquita va libre al matrimonio, replica a su fiel servidor:

“Y no pienses tú que, a pesar de tantas seguridades, no aprovecho las ocasiones que se presentan para ir ganando su amistad y su confianza, y lograr que se explique conmigo en absoluta libertad...”

En su primer encuentro con Paquita, en la escena tercera del acto primero, trata infructuosamente, debido a las interrupciones de doña Irene de preguntar a la joven su opinión:

“Sólo falta que la parte interesada tenga la misma satisfacción que manifiestan cuantos la quieren bien...”

Don Diego insistirá en la escena cuarta, cuando Paquita ya se ha retirado a su aposento:

“Quisiera sólo que se explicase libremente acerca de nuestra proyectada unión, y...”

A pesar de las continuas intervenciones de la madre, don Diego no deja en su intento por descubrir los sentimientos de su futura esposa, y así, en la escena quinta del acto segundo, cuando la joven manifiesta que obedecerá lo que su madre le ordene, el protagonista no puede dejar de exclamar:

“Mandar, hija mía...! En estas materias tan delicadas los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan,, proponen, aconsejan; eso sí, todo eso sí, ¡pero mandar!... ¿Y quién ha de evitar después los resultados funestos de lo que mandan?... Pues ¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas, verificadas solamente porque un padre tanto se metió a mandar lo que no debiera?...”

Otra escena significativa sería la octava del acto tercero, en la que doña Francisca, desperada por la marcha de don Carlos, expresa el deseo de obedecer a su madre y de aceptar la mano de don Diego, aunque esto le acarree la infelicidad, el protagonista, en su respuesta, denuncia la educación que en la época se daba a las jóvenes (sería la opinión de MORATÍN reflejada en uno de los personajes de sus comedias):

“Ve aquí los frutos de la educación. Esto es lo que se llama criar bien a una niña: enseñarla a que desmienta y oculte las pasiones más inocentes con una pérfida disimulación. Las juzgan honestas luego que las ven instruidas en el arte de callar y mentir. Se obstinan en que el temperamento, la edad ni el genio no han de tener influencia alguna en sus inclinaciones, o en que su voluntad ha de torcerse al capricho de quien las gobierna. Todo se las permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten a pronunciar, cuando se lo manden un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de una esclavo.”

Por lo tanto, el mensaje de MORATÍN o la solución que él propone es que los jóvenes tengan una libertad controlada o determinada por una prudente educación, y de este modo, su elección coincida con los intereses de los padres. El sí de las niñas, además de ser su comedia más comprometida con los problemas sociales al condenar los métodos educativos de la época reivindica el derecho de las jóvenes al amor y a la felicidad, y en este sentido ofrece, según algunos críticos, un tratamiento neoclásico de un tema romántico.

2.2.ESTRUCTURA

MORATÍN utiliza la tradicional división: exposición, enredo y desenlace, que corresponde a los tres actos. El número de escenas que componen casa acto varían, así se aprecia:

Acto I: nueve escenas.

Acto II: dieciséis escenas.

Acto III: trece escenas.

Las escenas que componen los actos están construidas a base de personajes, éstos con sus entradas y salidas logran que la acción progrese.

El primer acto plantea la trama: don Diego anuncia su boda con Paquita a quien lleva más de treinta años. Paquita reconoce que quiere a un joven y que éste la corresponde. El primer acto sirve también para reconocer el carácter de los personajes, no sólo por sus acciones sino también por lo que otros personajes opinan de ellos.

En el segundo acto se va complicando la acción, y la mayor tensión dramática se alcanza con la reunión de todos los personajes en el mismo lugar. El joven resulta ser el sobrino de don Diego que decide huir al enterarse de que es rival de su tío y tutor.

El acto tercero nos lleva a la resolución del conflicto planteado. Primero se descubre la verdad y don Diego reflexiona como hombre prudente y justo que es y propicia un desenlace feliz para todos, a costa de su propio sacrificio.

2.3.PERSONAJES

Un número pequeño de personajes, siente en total, dan vida al argumento, todos ellos extraídos de la clase media a la que iba dirigido el teatro neoclásico y siempre fácil de identificar.

  • Don Diego: representa al ilustrado. Se muestra prudente, justo, generoso y

razonable.

Para ANDIOC es el verdadero protagonista de la obra, pudiendo ser de ahí que se derive la cuidada caracterización que se observa en este personaje.

Es el hombre ilustrado, algo así como el “alter ego” del propio MORATÍN en la obra, o sea, una manifestación del carácter del propio autor.

Nada más levantarse el telón conoceremos sus propósitos gracias al diálogo que mantienen con Simón, su criado. Don Diego está decidido a contraer matrimonio porque desea una vejez feliz, así como cierto amor a los niños, hacen que se muestre un poco irresponsable, aturdido por la palabrería de doña Irene al afirmar que su esposo de cincuenta y seis años le dio un hermoso niño:

“ver rodeados de hijos a muchos que carecen del talento, de la experiencia y de la virtud que son necesarias para dirigir su educación.” (Acto primero, escena IV)

ayudado también por el odio a las amas:

“Siempre lidiando con amas, que si una es mala, otra es peor, regalonas, entremetidas, habladoras, llenas de histérico, viejas, feas como demonios.” (Acto primero, escena I)

y el creer entender de la economía doméstica, y por esas razones, don Diego para conseguirlo no ha buscado una mujer rica, sino virtuosa:

“Ella es una pobre... Eso sí... Pero yo no he buscado dinero, que dineros tengo; he buscado modestia, recogimiento, virtud.” (Acto primero, escena I)

Algunos sectores de la crítica han identificado en las palabras de don Diego al propio MORATÍN, debido a que él compartía las mismas ideas ingenuas que su personaje sobre las diversiones favoritas de las muchachas respetables de edad núbil, así como el odio a las amas y el creer entender de los arreglos de la casa o el amor, más teórico que práctico, a los niños como escribe en el Epistolario:

“La casa de Arnao es la única que frecuento: sus chiquillos me quieren y allí me paso las horas oyendo música, y hablándoles en su lenguaje pueril”

Pero MORATÍN también sentía horror ante los niños cuando estos no obedecían:

“...los chiquillos, /canalla descreída, /- se queja MORATÍN en un poema jocoso- Me aturden con sus golpes, /Llantos y chillizada”;

y en el mismo lugar confiesa :

“Yo... del matrimonio/ Renuncié las delicias, /Por no verme comido, /de tales sabandijas.”

Las expectativas de futuro de don Diego han causado que éste haya elegido a doña Francisca, educada en un convento de Guadalajara junto a unas tías, lejos de la relajación de las costumbres que existían en la Corte.

A pesar de que don Diego desea casarse con doña Paquita, no es necio; está preocupado por la diferencia de edad que existe entre Paquita (16) y él (59), y , sobre todo, si ella le acepta como marido voluntariamente; así se lo comunica a ella, cuando ésta le dice que obedecerá a cuanto su madre le ordene:

“Mire usted, doña Paquita, yo no soy de aquellos hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que mi figura ni mi edad son para enamorar perdidamente a nadie; pero tampoco he creído imposible que una muchacha de juicio y bien criada llegase a quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece a la amistad y es el único que puede hacer los matrimonios felices. Para conseguirlo no he ido a buscar ninguna hija de familia de estas que viven una decente libertad... Decente, que yo no culpo lo que no se opone al ejercicio de la virtud. Pero ¿cuál sería entre todas ellas la que no estuviese y prevenida a favor de otro amante más apetecible que yo?”

Y continuará tras la intervención de doña Irene:

“...pero si a pesar de todo la imaginación acalorada, las circunstancias imprevistas, la hubiesen hecho elegir sujeto más digno, sepa usted que yo no quiero nada con violencia.” (Acto segundo, escena V)

A pesar que don Diego desea el enlace, no quiere que ninguno de sus conocidos en Alcalá de Henares sepa su proyecto de matrimonio, ni tan siquiera sus familiares más directos, por ello, al encontrarse inesperadamente en la posada con su sobrino Carlos, se enfada con él y le ordena que salga de la ciudad:

“Todos esos motivos no valen de nada... ¡Porque le dio la gana de ver al tío!... Lo que quiere su tío de usted no es verle cada ocho días, sino saber que es hombre de juicio y que cumple con sus obligaciones. Eso es lo que quiere ... Pero (Alza la voz y se pasea con inquietud) yo tomaré mis medidas para que estas locuras no se repitan otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es marcharse inmediatamente.

(...) No hay remedio ... Y ha de se inmediatamente. Usted no ha de dormir aquí.” (Acto segundo, escena XI)

Una vez que don Diego descubre todo en enredo está lleno de dudas:

“¿Y a quién debo culpar? (Apoyándose en el respaldo de una silla) ¿Es ella la delincuente, o su madre, o sus tías, o yo...? ¿Sobre quién..., sobre quién ha de caer esta cólera, que por más que lo procuro no la sé reprimir...” (Acto tercero, escena IV)

A pesar de su descubrimiento, no se deja llevar por la ira y envía a Simón a buscar a Carlos mientras él habla con Paquita que está desesperada por la huída de Carlos y acepta a don Diego. Este hecho provoca que don Diego se sienta culpable:

“Yo bien sé que usted agradece como puede el amor que la tengo... Lo demás todo ha sido... ¿qué sé yo? ..., una equivocación mía, y no otra cosa... Pero usted, ¡inocente!, usted no ha tenido la culpa.” (Acto tercero, escena VIII)

Aún después de haberle manifestado a Paquita su arrepentimiento, cuando se encuentra con don Carlos, su tío, don Diego, se muestra tenso y hace ver a don Carlos que todo está de su lado:

“ Si tú la quieres, yo la quiero también. Su madre y toda su familia aplauden este casamiento. Ella..., y sean las que fueren las promesas que a ti te hizo..., ella misma no ha media hora me ha dicho que está pronta a obedecer a su madre y darme la mano, así que ...” (Acto tercero, escena X)

Pero don Carlos, seguro del amor que doña Francisca siente por él replica a su tío:

“Pero no el corazón

(...) No, eso no... Sería ofenderla... Usted celebrará sus bodas cuando guste; ella se portará siempre como conviene a su honestidad y a su virtud; pero yo he sido el primero, el único objeto de su cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará marido, pero si alguna o muchas veces la sorprende y ve sus ojos hermosos inundados en lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte jamás el motivo de sus melancolías... yo, yo seré la causa... Los suspiros que en vano procurará reprimir serán finezas dirigidas a un amigo ausente.” (Acto tercero, escena X)

El conflicto se resuelve cuando don Diego, de forma voluntaria, renuncia a Paquita y une a los amantes, a la vez que se dirige a doña Irene para transmitirle su decisión:

“Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido com. un sueño... Esto resulta del abuso de autoridad, de la opresión que la juventud padece; éstos son las seguridades que los padres y los tutores, y esto lo que debe fiar en el sí de las niñas... por una casualidad he sabido a tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben tarde.” (Acto tercero, escena XIII)

  • Doña Irene: es una mujer honrada aunque necia, y no carece de cierta

bondad, ni tampoco hay en sus acciones malignidad, pero es egoísta y abusa de su autoridad. Es una madre enérgica que apela continuamente a la obediencia de su hija. Constantemente vemos cómo trata de convencer a Paquita, destacando los beneficios de ese matrimonio basándose en razones puramente económicas. Cuando esta actitud no le proporciona los resultados deseados, echa mano del sentimentalismo más ridículo:

“No es esto reñirte, hija mía; esto es aconsejarte. Porque como tú no tienes conocimiento para considerar el bien que se nos ha entrado por las puertas... Y lo atrasada que me coge, que yo no sé lo que hubiera sido de tu pobre madre... Siempre cayendo y levantando... Médicos, botica...” (Acto segundo, escena II)

MORATÍN intenta dar explicación al egoísmo de doña Irene dejando conocer al espectado la precaria situación económica en la que se encuentran, ya que doña Irene no ha sabido conservar el dinero que sus marido le dejaron al morir y se ha visto obligada a subsistir de la caridad de sus parientes clérigos, de ahí que esa unión sea su futuro sustento. Dispuesta a llevarla a cabo, será capaz de cualquier acto para que nada se interponga en su camino, por ello, cuando don Diego pregunta a Paquita sobre sus sentimientos, ella interrumpe maleducadamente produciendo los pasajes más cómicos de la comedia junto a los momentos en que habla de su parentela y sus partos:

“Sí, Trinidad está muy contenta; y en cuanto a Circuncisión, ya lo ha visto usted. La ha costado mucho despegarse de ella pero na conocido que, siendo para su bienestar, es necesario pasar por todo...

(...) Y le hicieron, según me contaba su merced, para enviárselo a su tío carnal, el padre fray Serapión de San Juan Crisóstomo, electo obispo de Mechoacán....

(...)Y murió en el mar el buen religioso, que fue un quebranto para toda la familia... Hoy es y todavía estamos sintiendo su muerte; particularmente mi primo D. Cucufate, regidor perpetuo de Zamora, no puede oír hablar de su Ilustrísima sin deshacerse en lágrimas.” (Acto primero, escena IV)

Los nombres a todas luces burlescos de las monjas no son una mera chanza, sino que tratan de sugerir que las que los llevan pertenecen aun mundo distinto de doña Francisca o don Carlos, o sea, que ambas son incapaces de comprender que las dos maneras de tomar estado (matrimonio e ingreso en un convento) no obedecen a unas misma reglas; por ello cometen el error, compartido por doña Irene, la cual además ha enviudado varias veces, es decir, que ella también debió de casarse con ancianos, resultando así incapaz de comprender que su hija quiera casarse según criterios distintos.

MORATÍN no hace más que expresar a su manera una opinión difundida entre los ilustrados, según la cual la vida conventual y más generalmente el celibato eclesiástico o seglar, al igual que los casamientos desproporcionados, son social y económicamente estériles. Si recordamos la pertenencia de los demás familiares de doña Irene al sector más conservador de la época, vemos que la niña y la concepción del matrimonio en la que desemboca se ridiculizan por constituir una supervivencia del pasado que no se debe suprimir, pero sí reformar.

Al final los intereses de doña Irene así como los de don diego quedan salvaguardados a pesar de la renuncia de este al enlace. La madre sólo ansiaba la hacienda del fallido marido y al final la consigue casando a su hija, doña Francisca, con el sobrino de don Diego, don Carlos. Por otra parte el anciano quería acabar con la soledad de la vejez que como él dice van a remediar los “frutos del amor” de la joven pareja.

  • Don Carlos y Doña Francisca : son los jóvenes enamorados educados por

sus mayores en la hipocresía y la obediencia ciega, coartando sus propios sentimiento. Al final triunfa el amor y la verdad.

    • Doña Francisca: es el principal personaje femenino, la niña que da

título a la comedia. Antes de salir a escena es caracterizada por don Diego en su diálogo con Simón:

“Es muy linda, muy graciosilla, muy humilde... Y sobre todo, ¡aquel candor, aquella inocencia! Vamos, es de lo que no se encuentra por ahí...” (Acto primero, escena I)

Cuando doña Paquita sale a escena, se comportará tal y como don Diego la había descrito en el diálogo con Simón, ingenua, tierna, delicada; aunque sobre todo, respetuosa y obediente con todo lo que su madre le ordena. Al retirarse doña Paquita a su cuarto, doña Irene y don Diego lo que destacan de paquita al conversar es su naturalidad, además de la educación recibida en el convento, lejos de la artificiosidad de la Corte; aunque una vez en el cuarto, podremos conocer a ala verdadera Francisca. Se va a producir un contraste entre la niña ingenua que actúa ante su madre y su futuro esposo pero cuando habla con Rita es cuando demuestra ser toda una mujer, confesándole todos sus secretos y explicando la actitud infantil anteriormente representada:

“...bien he procurado hasta ahora mostrarme contenta delante de él, que no lo estoy por cierto, y reírme y hablar de niñerías... y todo por dar gusto a mi madre, que si no ...” (Acto primero, escena IX)

Paquita está sumida en un conflicto que la hace sufrir, entre lo que su made quiere: que se case con don Diego, y sus sentimientos: el amor que siente por don Carlos. Su tristeza va a dar paso a la alegría cuando Rita le da la noticia de que don Carlos está en Alcalá.

Cuando don Carlos y doña Paquita se encuentran, cediendo a la desesperación, actitud gravemente reprensible, a pesar de todo, ella se comporta como una buena hija a pesar de que la opresión excesiva de su madre determinó una reacción que la pudo llevar a dar una paso en la zona situada más allá del límite de las conveniencias. Aunque paquita pone toda su confianza en el joven para que él resuelva el problema, la obediencia nunca queda en entredicho, puesto que desea una solución que no disguste a su madre:

“¿Y qué se ha de hacer para que mi pobre madre no la cueste una pesadumbre?...” (Acto segundo, escena VII)

Doña Paquita que había puesto todas sus esperanzas en el militar, se ve defraudada cuando descubre que él se ha ido, incluso después de haber leído la carta en la que Félix (Carlos) le da las razones de su inexplicable marcha. Pero ella a pesar de las explicaciones le hace saber su desconfianza.

El personaje de doña Paquita evolucionará, alcanzando plena madurez y dejándola ver en el diálogo que mantiene con don Diego mientras Simón ha ido a buscar al joven militar. Momento en que ella, desesperada y defraudada acepta casarse con don Diego y haciendo ella misma una crítica a los métodos pedagógicos de la época, tras las palabras de condena del propio don Diego (Acto tercero, escena VIII).

Ante la desesperación, humildad y naturalidad de Paquita, don Diego aprobará el enlace de los jóvenes que ante el sacrificio hecho por el viejo se lo agradecen poniéndose de rodillas.

    • Don Carlos: Aunque no sale al escenario hasta la mitad de la comedia

notamos su presencia desde la primera escena a través de los diálogos entre el resto de los personajes que le conocen. Simón nos muestra sus cualidades físicas y morales cuando piensa que es el joven el que se va a casar:

“...mozo de talento instruido, excelente soldado, amabilísimo por todas las circunstancias...

(...) ¡Valor! ¿Todavía pide más valor a un oficial que en la última guerra con muy pocos que se atrevieron a seguirle, tomó dos baterías, clavó los cañones, hizo algunos prisioneros, y volvió al campo lleno de heridas y cubierto de sangre?...” (Acto primero, escena I)

Don Diego reconoce que está orgulloso de don Carlos, aunque está disgustado con él porque ha tenido noticias de que se ha retrasado en unirse al regimiento y sospecha que está envuelto en amoríos:

“...Amores del señor oficial y devaneos que le traen loco... Por ahí en esas ciudades puede que...” (Acto primero, escena I)

Será gracias al encuentro de los criados Rita y Calamocha mediante los cuales conoceremos que en efecto, don Diego estaba en lo cierto y que el joven abandonó sus deberes de militar ante el amor que siente por doña Paquita:

“Y enamorado más que nunca, celoso, amenazando vidas,... Aventurado a quitar el hipo a cuantos le disputen la posesión de su Currita idolatrada” (Acto primero, escena VIII)

La presentación del joven se completa cuando Rita trata de animar a su señora, citando las cualidades de su enamorado antes de comunicarle que éste está en Alcalá de Henares:

“Quiero decir que aquel caballero que vimos allí con aquella cruz verde, tan galán, tan fino...

(...) bien sabe usted que no vimos en él una acción descompuesta, ni oímos de su boca una palabra indecente ni atrevida” (Acto primero, escena IX)

El concepto de bravucón que nos intenta transmitir calamocha se ve desplazado a un segundo plano cuando su amo sale a escena, comportándose como un hombre moderado, controlando su pasión al encontrarse con doña Paquita.

A pesar de ello, mostrará otra cara más agresiva en el diálogo en el que culpa a la avariciosa doña Irene del matrimonio impuesto y desigual. Sabiendo que doña Irene sólo aspira a la herencia, el joven confía en que su tío le preste su ayuda:

“¡Quitármela (Paseándose inquieto) No..., sea quien fuere, no me la quitará. Ni su madre ha de ser tan imprudente que se obstine en verificar este matrimonio repugnándolo su hija..., mediando yo...¡sesenta años!... Precisamente será muy rico...¡El dinero!... Maldito él sea, que tanto desórdenes origina.” (Acto segundo, escena IX)

Esa contundente decisión desaparece cuando descubre que el rival es precisamente su tío; es más cuando éste le ordena que regrese a Zaragoza, para que no conozca su matrimonio, el joven obedece sin una sola queja, actitud que entre los contemporáneos de MORATÍN fue muy criticada, ya que parecía una contradicción entre el valor que presentaba don Carlos en el campo de batalla y la sumisión que muestra ante su tío, abandonando a Paquita. En realidad, no se trata de cobardía, sino que MORTÍN quiso presentar al público un “hijo” (sobrino en este caso) de familia que sin dejar de experimentar un fuerte amor, encarne el respeto filial tal como lo concebían precisamente los que censuraban los héroes de CALDERÓN como a unos valentones capaces de anteponer la pasión amorosa a cualquier norma social, sacando la espada contra el competidor en incluso contra la justicia, actuando como unos delincuentes, según la moral borbónica, como nobles según la tradición aristocrática. De manera que don Carlos toma su pleno sentido y su valor de modelo de jóvenes “bien criados”. Estas críticas de los contemporáneos de MORATÍN continuaron con LARRA, e incluso en la actualidad. El primero en señalar este error fue CASALDUERO para quien la conducta de don Carlos es la de una galán del siglo de las luces. Para ANDIOC, lo coetáneos de MORATÍN no entendieron este personaje porque estaban acostumbrados a los galanes de las comedias barrocas y las comedias populares del siglo XVIII.

Don Carlos aparece como un joven militar ilustrado, que es capaz de dominar sus pasiones para salvaguardar la autoridad del cabeza de familia; por lo tanto, su partida no es ninguna cobardía, sino un gesto de valor puesto que se ha vencido a si mismo. Pero, a pesar de todo, como hombre de honor y de palabra volverá a explicarle a Paquita la razón de su partida. Pero la carta donde le aclara las cosas no caerá en manos de la joven, sino en las de don Diego, desencadenando, como ya hemos visto, el desenlace.

Cuando don Carlos está ante don Diego ya que este quiere conocer todos los detalles de la relación, el militar contesta humildemente a todas las preguntas formuladas por su tío, hasta que este le hace ver su autoridad, sus derechos a la mano de Paquita, llegando entonces el momento en que el joven militar se rebla ante la autoridad de su tutor.

Su rebelión ofrece las mismas características que la de doña Isabel en El viejo y la niña, es decir, que se contiene en el marco de la legalidad. Al decirle don Diego con sequedad que Francisca, a pesar de su amor hacia él (don Carlos), ha de casarse (con don Diego), don Carlos contesta levantándose “Pero no el corazón” (Acto tercero, escena X), lo que significa que la autoridad h rebasado un límite a partir del cual deja de ser efectiva, y esto cobra el valor de aviso hacia los cabezas de familia. Además Carlos añade que Francisca como buena muchacha, será una esposa perfecta, pero que la verá llorar “serán finezas dirigidas a su amigo ausente” (Acto tercer, escena X); para ANDIOC “se trata de un adulterio platónico, adulterio porque tal es la consecuencia más lógica de la situación; platónico por tener MORATÍN que conciliar las exigencias de su crítica con las de la moral que defiende” (ANDIOC, René, Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, Fundación Juan March. Castalia. Madrid, 1976).

Recobrada la serenidad, Carlos decide partir, no volver a ver a su amada y para eso nada mejor que morir en el campo de batalla. Gracias a la intervención de don Diego, don Carlos no se marcha y la joven pareja consigue permanecer unida.

  • Los criados : representan la fidelidad a sus amos, son sus confidentes y

amigos y en ocasiones dan la nota de humor comparable al teatro barroco. Son tres, pero cada uno desempeña su propio papel.

    • Simón: es el criado de don Diego, hombre de edad y de bien, aconseja

a su amo sobre ciertos asuntos, aportando el sentido común que a ese a veces le falta.

Su intervención más extensa se lleva a cabo en la primera escena del primer acto, y cumple una doble función, por un lado, ser el confidente de don Diego cuando este le cuenta su próximo enlace, a lo que Simón responde de forma negativa; y por otro lado, es el primero que caracteriza a don Carlos, haciéndolo de forma positiva.

A lo largo de toda la comedia se comporta con prudencia y discreción, atento sólo a lo que su señor le ordene. Su lealtad es tan grande que incluso se ve obligado a desempeñar cierto cometido cómico cuando se encuentra inesperadamente en la posada con don Carlos y Calamocha para no desvelar el secreto de don Diego.

    • Rita: es la criada de doña Francisca, es joven y mantiene frescas las

costumbres del pueblo. Se comporta como una amiga de su ama, aunque siempre guardando una prudente distancia.

Su actuación está encaminada a colaborar en todo lo posible para que su señota se case con el hombre al que ama y no con el pretendiente que su madre le ha buscado, por eso no duda en concertar una cita entre los jóvenes, aunque sólo deja que se vean, siempre en su presencia y a una prudente distancia. MORATÍN quería evitar las libertades que se tomaban los amantes de la comedia anterior.

Dotada de un sutil ingenio, pondrá de relieve la ridiculez de doña Irene en varias ocasiones, incluso la entretiene hablándole de sus marido y de sus concuñados y del obispo que murió en el mar (Acto primero, escena IX).

Es el personaje más optimista de toda la obra, este optimismo para CADALSO “trata de contradecir la idea de maldad humana”.

En la escena final abraza alegremente a su señora porque ha conseguido su propósito, la felicidad de doña Paquita al no casarse con don Diego y seguir las relaciones con don Carlos.

    • Calamocha: es el criado de don Carlos. Su intervención es bastante

breve. Como se puede apreciar en el acto segundo, escena IX, le gusta comer, beber y dormir bien, así como la buena vida:

“Pues, señor, (sale por la puerta del foro) tenemos un medio cabrito asado y ... a lo menos parece cabrito. Tenemos una magnífica ensalada de berros, sin anapelos ni otra materia extraña, bien lavada, escurrida y condimentada por estas manos pecadoras, que no ha más que pedir. Pan de Meco, vino de la Tecia... Con que si hemos de cenar y dormir aquí me parece que sería bueno...” (Acto segundo, escena IX)

La glotonería de Calamocha puede hacer que lo relacionemos con el gracioso del Barroco.

Dotado de malicia, trata de descubrir los motivos que tiene Simón para estar en una posada de Alcalá, pero sus intentos chocarán con la prudencia del anciano criado, lo que provocará una discusión entre ellos.

Se podría decir que la actuación de Rita, Calamocha en incluso en ocasiones la de la propia doña Irene sirve de relación ante escenas tensas, tanto de discusiones, como de momentos románticos, etc. Estos personajes con sus gracias (criados) y sus intervenciones inoportunas e impertinentes (doña Irene) da un aire cómico a ciertas escenas.

2.4.PRINCIPIOS DRAMÁTICOS Y ESTILO

En cuanto a los principios dramáticos, la iluminación tiene una gran importancia, nos muestra el paso del tiempo: atardecer, madrugada y aurora, que coincidirán con la exposición, el enredo y el desenlace. Además posee una doble función:

en primer lugar, la dramática, ya que la acción sucede en la oscuridad,

en segundo lugar, simbólica, la razón se va imponiendo y el sol sustituye las dudas, y finalmente el feliz desenlace coincide con el amanecer.

Otro recurso usado es el aparte, es usado de dos modos:

  • un personaje habla sin que nadie le oiga, sólo el espectador.

  • Un personaje conversa con otro sin que ninguno más le oiga.

  • Y también son de gran importancia las acotaciones. Estas acotaciones aportan elementos imprescindible para la acción, como hacernos saber lo que están expresando los personajes mediante gestos, movimientos o entonación.

    2.4.1. Las tres unidades clásicas

    Siguiendo siempre el principio de verosimilitud, la obra presenta una acción posible y probable y su final será feliz y natural. Cumple la preceptiva clásica de las tres unidades:

    • Una sola acción. Como ya hemos visto, MORATIN hace salir a escena a pocos

    personajes para que la comedia tenga un argumento sencillo, sin exceso de enredos que estorben su comprensión.

    Para LUZÁN la unidad de acción consistía en “ser una fábula o sea el argumento compuesto de varias partes dirigidas todas a un mismo fin y a una misma conclusión (...) todas las dichas partes o las varias acciones que componen todo de la fábula, ha de ser según ARISTÓTELES, tan esenciales, tan coherentes y eslabonadas unas de otras, que, quitada cualquiera de ellas, quede imperfecta y mutilada la fábula”.

    • LUZÁN considera tan necesaria la unidad de tiempo como la de acción. Este

    interpreta la unidad de tiempo como “el espacio de tiempo que se supone y se dice haber durado la acción sea uno mismo e igual con el espacio de tiempo que dura la representación de la fábula en el teatro.”

    Esta opinión de LUZÁN está provocada porque se suponía que la dramática era una imitación de las acciones que se ejecutaban en la vida, por lo que cuanto más exacta se la imitación, mejor será la representación. Además por otro lado, LUZÁN veía absurdo que “pasen por otros (actores) 24 horas al tiempo que por él pasan solamente 4 horas de igual medida, así es imposible y absurdo que las personas se finjan estar en acción más tiempo del que pasa el auditorio presente.”

    MORATÍN una vez más respetó la segunda de las unidades fijadas por LUZÁN, ya que la trama empieza a las siete de la tarde y termina a las cinco de la madrugada. Este dato lo señala el propio autor antes de iniciarse la actuación:

    “La acción comienza a las siete de la tarde y acaba a las cinco de la mañana siguiente”

    Son unas diez horas en espacio de tiempo en el que desarrolla la acción, sin agobios, pero sin perder un minuto, la acción va progresando poco a poco para no caer en la inverosimilitud.

    “De la misma razón y de la misma verosimilitud de donde dimana la regla de la unidad de tiempo, se origina también la unidad de lugar, y como es absurdo, inverosímil y contra la naturaleza de la base de la buena imitación que mientras por los oyentes pasan tres o cuatro horas, pasen por los actores meses y años, así mismo es absurdo, inverosímil y contra la buena imitación, que mientras el auditorio no se mueve de un mismo lugar, los representantes se alejen de él y vayan a representar a otros pasajes distantes y no obstante sean vistos y oídos por el auditorio. Consiste, pues, esta unidad en que el lugar donde se finge que están y hablan los actores sea siempre uno y fijo desde el principio del drama hasta el fin”

    Observando una vez más y llevando al extremo la tercera de las unidades que fueron propuestas por LUZÁN, el lugar donde transcurre la acción es sólo una; y MORATÍN lo describirá detalladamente en la acotación que está a continuación de la nómina de personajes:

    “La escena es en una posada de Alcalá de Henares. El teatro representa una sala de paso de cuatro puertas de habitaciones para huéspedes, numeradas todas. Una más grande es el foro, con escalera que conduce al piso bajo de la casa. Ventana de antepecho a un lado. Una mesa en medio, con banco, sillas, etc.”

    Buena parte de la crítica cree acertada la elección de la sala de paso de una posada española del siglo XVIII-XIX, puesto que las características de esta, reducida, sin comodidades, permiten que los personajes no duermen en la noche. Además MORATÍN usado la casualidad para que todo los personajes se encuentren en un mismo lugar y poder respetar las tres unidades propuestas por LUZÁN.

    Otro recurso usado por MORATÍN para no transgredir las unidades es la carta, ya que con la carta de don Carlos tira por la ventana, el dramaturgo simplifica la acción sin preocuparse del tiempo y el lugar, incorpora hechos sucedidos en otros sitios, en tiempos distintos.

    En conclusión, gracias a diversas técnicas MORATÍN logra que se cumplan las tres unidades en El sí de las niñas.

    2.4.2. Lengua y estilo. Ironía y sátira

    El sí de las niñas está escrita en una prosa sencilla, que LAPESA ha calificado como “moderna”, es decir, que mantiene las mimas características que la actual. Otros estudios han puesto de manifiesto ciertas virtudes como su “pureza” o el “tono mesurado”, aunque no hay que olvidar que MORATÍN escoge hablar para y desde la clase media, y su intención es mantener la verosimilitud, de modo que su prosa refleja la clase social a la que pertenecen los personajes y acomodando el lenguaje al carácter de este y en ocasiones a las circunstancias. Por ejemplo, el lenguaje de don Diego es de estilo sentencioso o discursivo.

    En doña Paquita el lenguaje es muy importante, ya que gracias a él representa un doble papel. En las primeras escenas, cuando está con doña Irene y don Diego, da una imagen infantil que contrasta con escenas posteriores cuando expresa sus sentimientos a Rita. Este cambio está apoyado en el lenguaje empleado por la joven.

    Rita también cambia de registro según el personaje con el que dialoga. Cuando habla con doña Irene responde en un estilo medio pero entrecortado, destinado a ridiculizarlo. Por el contrario, cuando charla con doña Paquita lo hace como si fuesen amigas,

    Cuando Rita se encuentra con Calamocha y este la incita con picantes comentarios, ella le replica con mucho humor.

    Igual que el lenguaje, la sintaxis es perfectamente coloquial: son abundantes los descuidos, las faltas de concordancia, los anacolutos, el frasear cortado e interrumpido. Todo ello constituyó algo excepcional en su momento, tanto que fue muy criticado por algunos de los contemporáneos de MORTÍN.

    Por otro lado, para que le mensaje de la obra resulte eficaz, tenía que ridiculizar en escena, aunque moderadamente, a algunos personajes, aunque MORATÍN se guarda de buscar la risa fácil y prescinde de procedimientos para él burdos, como caídas, golpes, etc., por ello utiliza la ironía como base de su estilo formal. Es una sátira amable, no agresiva de las costumbres. El autor va aportando elementos para la puesta en escena que den credibilidad a la historia. Utilizando ese lenguaje equilibrado y armónico, con alguna chispa humorística.