El proceso: Caminar hacia el abismo; Franz Kafka

Literatura universal contemporánea. Siglo XX. Narrativa kafkiana. Novela. Crimen. Justicia. Ley. Existencialismo. Argumento

  • Enviado por: Oscar Marcelo Lazo J
  • Idioma: castellano
  • País: Estados Unidos Estados Unidos
  • 6 páginas
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El Proceso.

Todo comienza cuando, una mañana cualquiera, Joseph K. siente que la mujer que le lleva el desayuno se tarda demasiado. Entonces, sale de su habitación para ver qué sucede y se encuentra con dos hombres que le esperaban en la sala para informarle de su sometimiento a proceso. Ante la obvia pregunta de K. referente a los cargos, se identifican como funcionarios que no saben ni pueden hacerle saber nada. Ningún intento de soborno o intimidación con influencias amedrenta a los dos sujetos quienes, sin embargo, le aconsejan que no pierda su tiempo preocupándose por evitar lo inevitable, que aún tiene toda una vida de procesado por delante para hacerse todas las preguntas que quiera.

Sin saber cómo ni por qué, y de un día a otro, K. se convierte en procesado de una justicia invisible que no es capaz de comprender salvo en algunos aspectos muy concretos. Al hacer una primera vista de su causa, es citado a declarar a las oficinas judiciales, cuya ubicación lo confunde sobremanera. Caminando por calles cargadas de gente, que parecía de una especie totalmente distinta a K., es conducido por su caminar inconsciente hasta un edificio casi en ruinas. De inmediato comprende, por alguna razón que ni el mismo se molesta en questionar, que es allí donde se ubican las oficinas. Como no sabe cual es el piso ni el apartamento, opta por preguntar por un personaje ficticio, para poder asomarse y encontrar las oficinas. “¿Está el carpintero Lantz?”, pregunta en cada puerta con un cinismo que le caracteriza, y todo el mundo le contesta que no. Por última vez, golpea una puerta y dice a la mujer que lo atiende “Buen día, ¿está el carpintero Lantz?”. Ante la sorpresa de K, la mujer contesta “Sí, pase”, a lo que no es capaz de negarse. Sin embargo, no es con el carpintero con quien se encuentra adentro, sino con una gran audiencia que espera su declaración, agradeciendo, además, que haya llegado justo a tiempo.

K. comienza a sentirse preocupado por este proceso del que no comprende nada, no se atreve a preguntar nuevamente la causa del sometimiento pues confía en esta ley que no se equivoca, además de sentir que, muy probablemente, en algún momento debió infringir alguna ley hasta ahora desconocida. Sin embargo, contrata un abogado para que se haga cargo de su causa y así dedicarse completamente a su trabajo en el banco.

A pesar de todo, las cosas no avanzan en absoluto a su favor, y aún más, su capacidad de cumplir con las exigencias del trabajo se ve fuertemente desmedrada por lo que a menudo tiene fuertes enfrentamientos con su jefe. Al mismo tiempo, entran a su vida una serie de personajes involucrados en el proceso, como, por ejemplo, Leni, con quien K. sostiene una relación medianamente amorosa, que vive en casa del abogado y le cuida durante la larga enfermedad que lo mantiene postrado en cama aún desde antes de que K. contratara sus servicios; o el pintor, con el que K. mantiene una extraña relación basada en la incertidumbre. Otras tantas personas hacen breves apariciones en la vida de K., como el sacerdote, que intenta hacer que K. comprenda algo sobre su proceso contándole una historia sobre la capacidad intrínseca del hombre de “entrar en la ley”, que este mismo se niega a utilizar; o el comerciante Block, un hombre deprimido por las circunstancias, procesado al igual que K., con mucho miedo y desesperanza, como si la horrible enfermedad del proceso estuviera en él en una etapa terminal.

El proceso sigue avanzando.

Finalmente, la desesperanza comienza a apoderarse también de K., mandando todo su trabajo, sus responsabilidades, sus relaciones con otros y su propia vida al tacho de la basura. Comienza a dedicarse completamente a su proceso y, aún así, ve todos sus esfuerzos como infructuosos. Su proceso avanza más y más rápido y no es posible detenerle.

Un día cualquiera, igual que el día cualquiera en que aparecieron los funcionarios de la justicia en casa de Joseph K., el protagonista camina encadenado a las miradas de dos funcionarios. No tiene miedo, a éstas alturas sólo desea que todo termine, camina voluntariamente con ellos hasta que llegan al lugar elegido. En medio de la oscuridad que antecede a la condena, K. pregunta por última vez la razón de su proceso,a lo que los funcionarios se declaran incapaces de contestar. Finalmente, dan muerte a K. y el proceso se cierra para siempre.

Joseph K.

Si hay alguien con el que me identifico, probablemente igual que Franz Kafka lo hizo al relatar la historia de este proceso, es con el protagonista, Joseph K., un hombre silencioso, metódico, con un profundo sentido del orden y de la lógica, y que, sin embargo, nada puede hacer contra estas circunstancias que lo empujan hasta el borde del abismo. Y es que K. es el hombre atípico para una situación típica, un hombre que asume responsablemente las consecuencias de haber nacido en este mundo y de haber hecho lo que sea que hubiere hecho; un tipo que hace todo lo que tiene que hacer, que pasa por muchas cosas y que, a pesar de todo, se encuentra al borde del abismo.

Conviene en este punto detenernos a analizar el concepto de “abismo”.

En éste caso el “abismo” es el final abrupto al que el destino empuja a cada hombre y es, por lo tanto, para cada individuo totalmente distinto. La vida consiste en empujar y ser empujado hacia el propio y particular fin de nuestra vida, como en una máquina que nos mueve y se mueve gracias a nosotros.

El abismo de K., representa el mal término de su proceso. Él, como hombre correcto que es, hace todo lo posible para el buen fin de su proceso; parece que intentara hacer cambiar su destino que empuja lo inalienable hacia el abismo, pero en realidad lo que hace es asumir la realidad tal cual es, e incluso pareciera que cuida de su causa unicamente porque éso es lo que hay que hacer. De hecho, nunca K. se preocupa de algo tan fundamental como amar y ser amado, es más, su propia relación con Leni es puramente circunstancial, y se basa, sobre todo, en que Leni ejerce una gran influencia sobre el abogado.

Me identifica la soledad de K., esa vida de hombre exitoso con el alma completamente a solas, esa impenetrabilidad de su coraza, la imposibilidad de ser conocido en su fuero interno por otros; ésa total autonomía, la certidumbre constante de que el peso de una invisible cadena se cierne sobre su cabeza (pues el proceso es ya en sí mismo una condena), lo sombrío de su vida. Me identifica su silencio y su depresión intrínsecos, casi tanto como la sensación de que el mundo está delimitado por esta reja procesal merecida, deprimente, que transforma lentamente en un ente sin poder sobre la humanidad que lo empuja haca el abismo y que, sin embargo, conserva la esperanza ilógica de la redención.

El comerciante Block.

Block es un desesperanzado innato, alguien para el que el inicio del proceso es sinónimo de condena. Es un tipo que pone todo sus medios en salir del proceso porque teme a su abismo, no comprende que va hacia allá y, mientras pueda evitar der un paso en su camino, lo hará con tal de no llegar jamás.

Por éso K. lo desprecia, a pesar de su experiencia de procesado con más años en el asunto, por su incapacidad de enfrentarse a su destino y de hacer lo correcto, por su falta de vida propia sino en función de su causa, por el miedo constante en el que vive.

Block es un hombre débil, con poca confianza en sí mismo y sin fe en el destino, no parece creer en los finales felices y siempre teme a los reveses de la existencia.

Su ser me repugna, igual que a K., igual que a Kafka que no terminó el capítulo que le corres...

Franz Kafka, “El Proceso”:

“Caminar hacia el abismo”

Curso: III ½ B

Fecha: 2 de Diciembre de 1999

Asignatura: Castellano

“Caminar hacia el Abismo”.


Cada hombre camina hacia su propio abismo. Su vida, de hecho, está marcada por un constante empujar y ser empujado por la humanidad. Sin embargo, siempre existe la posibilidad de “entrar en la ley” y tomar el control de nuestro caminar por la inquietante ruta de la vida.


Que vivamos caminando hacia el abismo suena horrible, tal vez demasiado fatalista, depresivo o pesimista, lo que va absolutamente en contra de nuestra constante búsqueda por ser más y más felices. Para Franz Kafka, sin embargo, este dolor ante la vida es totalmente natural y, es más, propio de un mundo que mutuamente se empuja hacia sus propios abismos, hacia sus propias condenas que la sociedad les ha impuesto. Pese a todo ésto, Kafka nos abre la puerta de un secreta esperanza, nos muestra, en un parpadeo de lucidez, la única forma de abstraernos de nuestro rumbo al abismo: EL ÚNICO MODO DE DEJAR DE SER “PROCESADOS” ES ENTRAR EN LA LEY.

En la metáfora que esconde “El Proceso”, de Kafka, cada hombre, vive su propio proceso, en el que una justicia invisible e inevitable nos somete al inconsciente cuestionamiento de nuestros actos -como cuando K. decide no seguirse preguntando la razón de su causa, dado que, de todos modos, debió haber infringido alguna ley-, cuestionamiento que, por último, decidimos abandonar puesto que sabemos que en algún momento quebrantamos nuestra débil coherencia. Y es que nuestra coherencia está constantemente siendo puesta a prueba por la sociedad, un reino oscuro y corrupto que nos insta al “doble standard”, al “hacerse el leso”, al individualismo, al egoísmo y a vivir en torno a verdades aparentes. Datos que respaldan indudablemente esta verdad y este estado de la sociedad que nos hace tender hacia el delito moral, que nos hace ser procesados por nuestra justiciera conciencia, son, por ejemplo, los altos índices de corrupción, la alta competitividad (expresada en el alza de los casos de patologías psiquiátricas producidas por el stress) o, en el caso de Kafka, esta tendencia ultranacionalista de su patria (austro-húngaro, habitante de la Alemania nazi) que producía en la gente la necesidad de la autoprotección y el ensimismamiento para luchar por la propia supervivencia. Pero todo esto tiene la misma fuente, una sociedad relativista para la que el bien es algo que depende absolutamente del punto de vista personal, donde no hay valores fundamentales y donde cada uno está merced de la propia conciencia -por éso es que se dan opciones de vida tan diversas como las de K., la del comerciante Block, la del abogado, el pintor y, a pesar de todo, ninguno de ellos es capaz de entender el origen de su proceso o la distinta velocidad con la que éste avanza, dado que en cada caso la justicia parece comportarse en forma diferente-, justicia de la que no hay escapatoria.

Según ésto último, todos deberían estar siendo sometidos a proceso, mas no todos lo están. Ésto responde a dos posibilidades. Primero, han logrado mantenerse en plena coherencia con sus valores; o, segundo, silencian su conciencia y hacen caso omiso a “los funcionarios que, un día cualquiera, aparecen sentados en la sala de su casa”. Sin embargo, la mayoría de las veces en que ya se ha caído en el delito al que el mundo nos incita, no es posible huir de la justicia y comienza este proceso, que es ya en sí mismo una condena, esta participación en el empujar y ser empujados hacia el abismo, hacia el fin, en que nos encontramos cara a cara con nuestra culpa -como aquel día cualquiera en que K. fue llevado hacia su abismo sin oponer resistencia-.

Sabemos que el resultado del proceso de K. es adverso, pero esto no implica que su historia no haya sido capaz de arrojar ciertas luces sobre nuestros propios procesos. Es más, en el capítulo titulado “En la catedral”, un sacerdote le cuenta una historia que indica claramente que cada hombre tiene la posibilidad de “entrar en la ley”, única forma de convertirse en conductor de la “situación judicial” que le atañe. Esto significa, a fin de cuentas, que el hombre sí tiene la posibilidad cierta de tomar las riendas de su vida y simplemente no caminar hacia el abismo que el mundo le ha preparado.

La historia trata de un hombre que llega ante la puerta de la ley donde se encuentra con un guardia que le recomienda no entrar, aunque no se lo impide en forma manifiesta, e incluso le dice que, a pesar de lo poco recomendable que es entrar, si quiere hacerlo que lo haga. El hombre le pide permiso y el guardia se lo niega. Muchas veces, durante muchos años, el hombre sigue intentando e incluso trata de sobornar al guardia, mas la respuesta de éste es siempre la misma. Finalmente, cuando el hombre va a morir le pregunta, como última cosa, por qué si todo el mundo aspira a entrar en la ley, sólo él había estado allí todo este tiempo. El guardia le contesta: “Esta entrada estaba destinada sólo para tí, ahora me voy y la cierro”.

Aquí hay varios elementos que nos permiten apoyar lo anterior. Por ejemplo, el hecho de que todo el mundo aspira a entrar en la ley, puesto que sólo dentro de ella se garantiza que la conducción del proceso de la vida está en las propias manos. Por otro lado, está también el hecho de que existe una entrada particular para cada individuo, lo que pone en evidencia la particularidad de cada proceso. Sin embargo, siempre hay algo que aparentemente nos evita entrar en la ley -el guardia-, pero atención que es sólo una apariencia, dado que el guardia jamás le impide en forma manifiesta la entrada, solamente le señala que es “poco recomendable”, en realidad, tan poco recomendable como es asumir el enorme peso de la responsabilidad de una vida que, para colmo, es la propia.

La posibilidad existe, es posible no caminar hacia la condena, hacia el abismo; no ser llevado por los funcionarios sin oponer resistencia, sino tomar las riendas de la vida haciendonos libres e independientes de la circunstancias; pero esto sólo es posible cuando somos capaces de vencer el miedo, la poca recomendabilidad, de asumir la horrorosa (ya lo señalaba Nietzsche), pero libre, tarea de conducirnos la vida.

En definitiva, la humanidad camina, hombre por hombre, hacia un abismo personal que parece inalienable, que es impuesto por la propia forma en que la sociedad malcria a sus hijos, y en el que, por qué no decirlo, la mayor parte de los indecentes homínidos que habitan esta gris esfera de agua caen. Sin embargo, para cada hombre existe también una puerta a la conducción independiente de su vida, para la que debe sortear el terror a la responsabilidad, pero que garantiza una construcción inesperada de camino nuevo o, al menos, de un abismo desconocido que, de todos modos, no puede ser peor que el antiguo.

...y yo

Hasta justo antes de comenzar, no tenía idea de lo que iba a escribir, debo reconocerlo. Por alguna gracia divina, ayer disfruté de una obra de teatro que hablaba precisamente del asunto de “caminar inevitablemente hacia el abismo”, claro que, más bien, ponía el énfasis en el hecho de que el hombre es sólo su destino. Un hombre que habíase dado cuenta de que la humanidad lo empujaba hacia su propio abismo, decidió alejarse de todo. Sin embargo, el destino lo golpeó con mano fiera en el rostro y comprendió que en realidad había sido empujado al abismo definitivo de la soledad.

Ahora, el silencio me invade como antes me invadió el ruido de las ideas aún no redactadas. Ahora mi mente se ha quedado callada, inerte, como una nube totalmente exprimida por la tormenta.

De modo que sólo escribiré sensaciones, ruidos de mi inconsciente que son traducidos en imágenes en vez de ridículas onomatopeyas (alguien se ha preguntado alguna vez lo ridículas que son) .

Sucede que, mientras el sol se empeña en alargar las sombras contra la vereda Este, de entre la niebla mental de las tardes de primavera -esa niebla de mentiras que es un poco por el sueño, un poco por la alergia- sale una saeta que surca el infinito universo de la calle que se cierra en sí misma, allá en el fondo del horizonte.

Recuerdo entonces cuando todo era así, cuando todo era saetas, todo sombras veloces surcando el espacio, siluetas, rayos, raudas flechas que asustaban a los niños más pequeños que no comprendían la velocidad a la que avanzaba nuestra vida entera.

Son sólo recuerdos fugaces. Es que fue todo tan rápido.

Todo tan ciego e inconsciente. Jamás supe siquiera cómo llegué aquí, al borde donde todo se acaba, donde se cierra la farsa del tiempo y de la vida.

Nada más, sólo sé que ya es bastante tarde. El tiempo vuela a la hora del atardecer, demasiado breve como para alcanzar a llegar a casa.

Ya es ocaso, todo se vuelve arreboles en extinción.

Y se extingue la luz y la energía.

Fugaz, se me ha pasado la vida entre saetas.

Ahora todo es silencio, la noche se apodera del tiempo.

Mientras, mi cuarpo cae inerte, produciendo un ruido sordo allá en el fondo, donde el cuento termina.

Éso es todo.