El orador; Marco Tulio Cicerón

Filosofía. Retórica. Literato romano. De oratore. Arte de hablar bien

  • Enviado por: Almu
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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“EL ORADOR” de CICERÓN

El orador es un libro que pretende trazar las directrices de cómo debe ser el orador prefecto. Publicada por primera vez en el año 46 a.C. con el nombre De oratore, nos explicita adecuadamente en qué consiste el arte de hablar bien

Cicerón comienza explicándonos el porqué de ésta obra: solución a los continuos ruegos de Brutus, y en definitiva se acabará concluyendo que no hay un estilo oratorio perfecto, que valga por sí sólo en todo momento, a veces será elevado, otras tenue y otras medio; el estilo perfecto es el que se ajusta al decorum, a lo conveniente en todo momento, circunstancia y personas. Así la búsqueda del mejor estilo oratorio se hace desde distintos puntos de vista, definición del orador perfecto en lo referente a los tres estilos narratorios, al género oratorio, a las funciones del orador, a sus conocimientos y finalmente al uso de la propia rítmica

De este modo comienza a dibujar las líneas de ese perfecto orador:

  • No debe sobresalir en ningún estilo:

  • Los grandilocuentes: profundidad de pensamiento, elegancia de palabra, vehementes, variados, abundantes, serios, competentes y preparados para mover los ánimos.

  • Los sencillos: personajes agudos que lo demostraban todo y lo exponían con claridad, no con amplitud, estilo sobrio y apretado.

  • Estilo intermedio: moderados que no recurren ni a la agudeza de los sencillos, ni a la amplitud de los primeros, es un punto medio entre ambos. Fluye al hablar en un curso continuo, aportando facilidad y uniformidad, distingue figuras de palabra y de pensamiento.

    • Debe sobresalir en los tres estilos. Debe tener decorum para saber en que momento emplear éstos estilos, por ello debe dominar los tres.

    • Su oratoria debe ser judicial pero con gran parte de recursos demostrativos. Ha de nutrirse de la abundancia de palabras, donde su construcción y ritmo gozan de la mayor libertad, combinación simétrica de frases, agrupación ingeniosa de palabras en periodos fijos y delimitados, buscados por voluntad; las palabras deben responderse una a otras, como si estuvieran medidas y en paralelo, producción del mismo sonido.

    El construido de la palabras ha de ser un arte, en la medida de lo posible redondo, donde todo se sustente con todo.

    • El orador perfecto aparece sobre todo en la elocución. Para ello debe ser hábil con la invención, encontrar y decidir lo que va a decir, se apartará de la discusión, si ello es posible de las circunstancias particulares del tiempo y las personas, intentará tocar temas amplios y generales para poder extenderse con mayor amplitud; procurará recorrer todos los lugares del tema a tratar, los sopesará y escogerá, ( no hay nada más fértil que la mente, sobre todo si ha sido cultivada en los estudios.

    Será igualmente hábil con la disposición de las ideas: introducción digna, acceso claro a la causa, atracción de los ánimos de los oyentes, y finalmente confirmación de los argumentos favorables y rechazo y debilitación de los argumentos contrarios. Los argumentos más sólidos los colocará unos al comienzo y otros a l final, intercalando los débiles.

    El orador perfecto aparece ante a elocución, porque los dos anteriores puntos, aunque necesarios no necesitan ni técnica ni esfuerzo. Una vez se haya encontrado qué decir, y en qué orden, lo más importante es ver de qué modo.

    La lengua es maleable, flexible, toma la forma que se la quiera dar, y el temperamento que se quiera, es importante pues que el gran elocuente utilice adecuadamente para dar fecundidad todas las artes y variedades del acto de habla, según el énfasis y fin que quiera conseguir.

    • En cuanto a la acción y el movimiento del orador debe ser determinado según en qué tiempo, en primer lugar, como se ha dejado entrever en las líneas anteriores los cambios de voz han de ser provocados según el tipo de sentimiento que quiera producir ( pronunciación de tono agudo en las partes violentas, tono bajo en las calmadas, tonos grave con los tonos profundos y patético con inflexiones de voz )

    Los movimientos de su cuerpo no serán exagerados, debe tener un porte derecho y erguido, dar pocos pasos y cortos, desplazamientos moderados y escasos. Será importante, igualmente que no tenga ninguna malformación en el rostro, que sea expresivo y que lleve a la interpretación de los sentimientos que quiere producir el orador.

    En resumen el orador debe sobresalir fundamentalmente en la elocución, debe dominar la invención, la actuación y la expresión. Debe producir sentimientos en el auditorio, con temas excitantes, debe ser y parecer libre, persuadir, deleitar; no ha de fijarse en historiadores o poetas, debe ser decoros, agradable, convincente, deberá saber probar y argumentar, deleitar y conmover o convencer; y lo más importante discernir qué es lo conveniente en cada caso. Con lo cual la base de un buen orador es el buen criterio o el buen sentido, en cuanto ideas, palabras, auditorio, tonos, etc. Ha de adaptarse a las circunstancias que en cada caso convengan. En resumen debe ser ático, pero en el sentido tradicional.

    REFLEXIÓN PERSONAL

    Ya establecidas, escuetamente, las directrices de lo que según Cicerón sería un buen orador, no queda otro lugar, si no es el de la crítica.

    Principalmente, y como se menta en la obra recurrentemente, Cicerón establece esta basta descripción de perfecto orador por petición expresa de Bruto. Hasta ahí bien, el problema es que deja patente que ha sido contra-natura, en contra de su voluntad. Y cito textualmente:

    Me he atrevido a escribir esta obra ante tus ruegos y en contra de mi voluntad. Quiero, pues, que compartas conmigo las críticas, de manera que si yo no puedo estar a la altura de un tema como éste, seas tú el culpable por haberme impuesto una carga superior a mis fuerzas, y yo sólo por haberla aceptado...”

    De esta forma Cicerón, ni mucho menos elegantemente se “ lava las manos”, poniendo sobre la espalda de Bruto las críticas negativas a la obra, si es que así fueran éstas. Cobardía que por otro lado no dejo de encontrar contradictoria y poco justificada.

    “DE ORATORE”

    CICERÓN

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