El maestro de esgrima; Arturo Pérez-Reverte

Literatura española contemporánea. Narrativa actual. Novela social-histórica. Biografía. Argumento y personajes. Contexto histórico e instituciones

  • Enviado por: Francisco González Cuenca
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 15 páginas

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VIDA Y OBRA

DE ARTURO PEREZ-REVERTE

El maestro de esgrima; Arturo Pérez-Reverte

Arturo Pérez Reverte (Cartagena 1951) empezó a escribir siendo muy joven en el diario "El Pueblo". Con una mochila y una cámara de fotos se adentraba en los países africanos en conflicto para volver a España repleto de noticias y aventuras. Los primeros años de su carrera los pasó en allí, a medio camino entre los países inmersos en conflictos bélicos y entre las antiguas colonias Españolas (Sahara y Guinea Ecuatorial). Más tarde cambió la pluma por un micrófono y pasó a ser corresponsal de guerra para Televisión Española. Por estos años empezó a escribir buenas novelas gracias al conocimiento que de la naturaleza humana adquirió en los escenarios bélicos en los que realizaba su trabajo como reportero de televisión. Gracias al éxito que tuvieron sus novelas se pudo permitir el lujo de colgar el micrófono y el chaleco antibalas para convertirse en el escritor Español de más tirada. Los ejemplares de las ediciones de sus libros se cuentan por cientos de miles, que en un país como España, tan dado a las revistas del corazón y a los reality-shows, no esta exento de mérito.

Podría enumerar sus obras por orden cronológico pero prefiero pasar revista en el mismo orden con el que yo las descubrí. Tratare de no contar demasiado acerca del argumento para no destripar la historia por aquellas personas que deseen leer alguna de las novelas.

Las novelas de Arturo se caracterizan precisamente por una faceta, las novelas convencionales cuentan una historia, un relato, unos hechos. Lo importante en estas novelas es la acción. Y los personajes son "títeres" en manos de la acción. En cambio las novelas de Arturo relatan "personas" siendo sus acciones lo de menos. Las acciones no son más que otra forma de reafirmar la personalidad que trata de describir el autor. Muchas de sus obras han sido llevadas a la televisión por conocidos directores y actores.

Este autor ha escrito multitud de libros y artículos. De sus obras, estas “Las aventuras del capitán alatriste”

“La tabla de Flandes” obra de misterios relacionada con cuadros y los misterios que encierran. Una de las obras adaptadas al cine.

“La piel del tambor” una novela en la que mejor se refleja la mala sangre que puede llegar a tener los personajes que actúan con mala fe.

“La pasajera del San Carlos”

“Un asunto de honor” Adaptada al cine igual que la anterior

“El Húsar” una novela que habla sobre los años de ocupación napoleónica

“El vuelo del águila” una excepción en la obra de Arturo al tratarse de una comedia.

“Territorio comanche” historia basada en las vivencias reales de Reverte cuando era corresponsal de guerra

RESUMEN DEL LIBRO

El argumento de esta obra de Perez-Reverte “El maestro de esgrima”, nos narra la vida de Don Jaime Astarloa, un eminente maestro de armas

que se ve involucrado sin saberlo en una oscura trama política que pondra en peligro su vida y en la que están introducidas también las personas en las que este tenía mas confianza.

Todo empieza un día como otro cualquiera en el cual, Don Jaime y el marques de Ayala, un conocido político retirado conocido por todos por sus continuos enamoramientos practicaban la esgrima. Tras terminar la lucha, Jaime Astarloa recibe una carta en la que una tal Adela de Otero, requiere de sus servicios y desea concertar una cita.

Cuando Astarloa aparece en la casa de la mujer, preparado para aceptar a otro alumno más en su escuela privada, se entera, para su sorpresa, de que es la propia señora la que quiere recibir sus clases. Al principio se niega rotundamente, pero los encantos de ella no son pocos y llegan incluso a romper el muro de costumbres que el viejo maestro se había creado, convenciéndolo así para que le impartiera algunas lecciones.

Don Jaime le da clases durante varios días y disfruta mucho al averiguar que Adela de Otero no era ni mucho menos una principiante.

Ella aparte de pedirle que le enseñe el “golpe de los doscientos escudos”, de la creación del propio maestro, le pide también el favor de presentarle al marques de Ayala.

Don Jaime acepta ambas peticiones enseñándole su golpe más famoso y presentándole al marques. A partir de recibir sus honorarios no volvió a saber de ella, y el marques acudía cada vez menos a sus visitas semanales. Don Jaime quedó algo deprimido ya que se había hecho algunas ilusiones acerca de su relación con su alumna, pero estaba preparado para algo como esto así que continuo con su vida normal, solitaria como de costumbre, pero ahora, por alguna razón, a él le parecía más solitaria que nunca.

Un día, sin esperarlo, se presentó en su casa el marques, que le contó una historia acerca de unos papeles, que le entrego, ya que el viejo maestro era la persona en que más confiaba el ex politico y el mismo no podía guardarlos. Le pidió que no los abriera bajo ninguna circunstancia, pero sabía de antemano que Don Jaime, siendo un caballero y una persona de honor, preferiría morir antes de abrir esos papeles secretos.

Poco tiempo después el marques apareció muerto. Esto entristeció a nuestro maestro de esgrima. Un inspector de policía apareció de inmediato en su vida haciéndole preguntas y buscando pruebas.

Don Jaime no entrego los papeles a la policía, ni dio información interesante ya que de todas maneras el no tenía ni idea de quien podría haberle querido matar. Con su antiguo compañero muerto ahora , Jaime penso que tal vez esos papeles podían estar relacionados con el asesinato. Tardo un buen rato, ya que le sabia mal hacerlo pero al final abrió el sobre que contenía los papeles y los leyó detenidamente. Allí vio reflejadas noticias y hechos políticos, y nombres de personas de las cuales solamente conocía a unas pocas.

Decidido a averiguar más decidió hacer una visita a un compañero de tertulias en un viejo café. Agapito Cárceles, un periodista que conocía de poco pero que estaba siempre metido en asuntos de política. Lo llevó a su casa y le enseño los documentos. Este pareció sorprenderse y afirmó que en esos papeles estaba la clave de un escandallo sin precedentes. Mientras lo leían la policía llamo a la puerta de Jaime y le pidieron que les acompañara. Dejando a Cárceles el cuidado de los papeles, Don Jaime acompaño al inspector que le había interrogado días antes hasta el deposito de cadáveres con la intención de reconocer un cuerpo. El inspector enseñó el cuerpo desnudo y destrozado de una mujer morena que Jaime pensó reconocer como el de la señora que le había contratado. Esto se ponía muy feo. Tras recuperarse del impacto, volvió a su casa sólo para encontrarse que el señor Cárceles había optado por marcharse, olvidando dejar los papeles en su sitio.

En su lugar había una nota en la que animaba a Don Jaime a no preocuparse. Este enfadado de verdad fue por la noche a buscarlo a su casa donde lo encontró, tras forzar una ventana, atado en la cama de pies y manos y sangrando abundantemente por muchas heridas abiertas en su piel. Allí mismo tuvo que luchar contra dos matones armados con pistolas usando su baston-estoque que siempre llevaba con él, haciéndoles poner pies en polvorosa. Acto seguido llamó a la policía que tras ver el espectáculo le dieron la enhorabuena a Don Jaime por seguir vivo, ya que según ellos, había sido como ganar la lotería, ya que tenia todas las papeletas para haber resultado herido por los desconocidos sicarios de alguien que deseaba esos papeles y que consiguió lo que buscaba.

La policía insta a Jaime a que se metiera en su casa y vigilara sus espaldas en todo momento y que estaba marcado que él era el siguiente implicado. Pero si alguien venía con malas intenciones, Don Jaime Astarloa estaría preparado para defenderse. Pistola y baston-espada al alcance de la mano, sentó en su escritorio y espero, y espero, acompañado por el único y leve sonido de las patas de un ratoncillo arrastrándose por su complejo de corredores y galerías personales en el techo de la casa. Don Jaime se sintió un poco mejor por no haber conseguido cazarlo días antes, cuando lo descubrió mientras realizaba una incursión a la despensa, lejos de la seguridad de su pequeña fortaleza. Alguien entro en la casa. Jaime se puso tenso. Alguien llego a la puerta del estudio. Jaime se puso más tenso. Alguien entro en la habitación y Jaime descubrió que se trataba de la difunta Adela de Otero, y como no era supersticioso ni creía en los fantasmas, pidió a Adela de Otero tan viva como siempre para regocijo de nuestro maestro, que le explicara con detalle que era lo que estaba pasando. Esta procedió a contarle toda su vida desde que era pequeña hasta el momento y ha desvelarle todas las claves del misterio y de las muertes quitándose su disfraz de educada alumna de esgrima y dejando ver su personalidad de experimentada asesina implicada en un complot para acabar con la vida del marques de Ayala. También le explico que estaba muy apenada por tener que matarle también a el igual que hizo con el marques y al igual que hizo con su criada (el cuerpo del deposito). Tras esto, tomaron un estoque cada uno y se enzarzaron en una singular lucha a muerte que acabo con la victoria de Don Jaime.

La vida de Jaime siguió de nuevo su cauce natural a partir de entonces dejando atrás las oscuras redes de la políticas y las penurias sentimentales, concentrado en la búsqueda de su único y verdadero sueño, encontrar la estocada perfecta.

LOS PERSONAJES:

Don Jaime Astarloa:

Es el protagonista del libro. Un hombre de delgadez extrema que le da un aspecto de fragilidad, pero que a pesar de su edad, es capaz de moverse como en su juventud largas y nudosas extremidades y una habilidad innata para manejar el estoque. A sus cincuenta y nueve años, era conocido por sus educados modales de renombrado caballero, maestro de armas más importante de Madrid y tranquilo y paciente contertulio en un viejo café llamado “El Progreso” y en el cual oía cada tarde la charla de sus compañeros de tertulia y sus discusiones sobre política.

Su vida ha sido muy monótona desde que se asentó en Madrid como maestro de armas, y su caudal siempre es el justo para llegar a fin de mes, aunque de vez en cuando se permite algún que otro capricho.

De joven su vida estaba inclinada hacia el ejercito, como se explica en la pagina 63. Tenía plaza segura en él, ya que era huérfano de héroe de guerra, pero un amor apasionado le llevó a batirse en duelo contra otro galante rival. Al derrotarlo tuvo que huir de allí y desde entonces su vida cambio para siempre. Su huida le llevó a París, lugar donde conoció al que sería su maestro por medio de un conocido, Lucien de Montespan.

Este, pronto descubrió las ocultas habilidades que Jaime Astarloa poseía para la esgrima. Le enseñó todo lo que podía enseñarle y le permitió acompañarlo por los viajes que hacía frecuentemente por toda Europa. Pero al pasar por Roma, decidieron establecerse allí. Jaime se hizo famoso por su habilidad y por sus clases, ya que su maestro le pasaba los alumnos más novatos para que este les iniciara en las nociones básicas de la esgrima. Volvió a enamorarse apasionadamente en Roma, pero esta vez el amor se marchó de forma natural. Sin embargo también se vio obligado a luchar para defender el nombre de su maestro, obteniendo más victorias y más fama.

Montespan empezó a notar los síntomas de la enfermedad que lo mataría años después y decidió viajar a Madrid. Su fiel discípulo lo acompañó una vez mas y se quedo junto a el hasta el día de su muerte.

Poco antes de morir este , Jaime tuvo que enfrentarse al que sería su contrincante mas temido, un zurdo que impartía clases sin pertenecer a la academia legalmente, al contrario que Jaime que se había hecho socio tiempo atrás y poseía su propio título. La academia le mando a él para arreglar el asunto. Y lo arregló con creces. Desde la muerte días después de Montean su vida se quedó allí en Madrid, buscando un sueño, la estocada imparable, la perfecta, aunque no lo conseguía llegó a crear un golpe muy efectivo al que llamó “el de los doscientos escudos” por el precio que ponía a todo aquel que deseara conocerlo.

Sus nociones sobre política son bastante pobres como se demuestra cuando caen en sus manos unos documentos de alto secreto del estado y no es capaz de reconocer más que unos pocos nombres. Además, según afirma el autor en la página 35 “A Jaime Astarloa le aburrían soberanamente las disputas sobre política que realizaban sus contertulios”

Adela de Otero:

Esta mujer aparece en el libro tras mandar una carta a Jaime de Astarloa citándolo en su casa para charlar sobre las clases de esgrima que ella deseaba recibir alegando que deseaba aprender “el golpe de los doscientos escudos” y el cual, el maestro dejaba bien claro no quería enseñarle, como se ve en la página 48

donde ella intenta convencerle con éxito. “A una mujer nunca...”

“Soy demasiado viejo para cambiar los hábitos”. “Los tiempos cambian señor mío” “ Demasiado rápido para mi gusto”.

A pesar de todo al final Adela de Otero acaba aprendiendo el golpe.

Pero esta misteriosa mujer de esbelta y delgada figura, complexión firme, paso decidido y decididos ojos violeta, no tenía por única intención sacarle el golpe a Don Jaime, también deseaba algo más del buen maestro. Según cuenta en la pagina 246, un desengaño amoroso le hizo desear el suicidio siendo todavía muy joven, pero otro hombre entro en su vida, un hombre que impulsado sólo por un sentimiento de piedad y sin pedir nada a cambio, cuidó a la niña, cerro sus heridas y se convirtió en el padre que nunca había conocido, en el hermano que jamas tuvo, en el esposo que ya nunca tendría. Durante dos años el hombre se encargo de educar a esta niña para convertirla en una verdadera mujer El hombre no reparo en gastos para educarla. Maestros de baile, esgrima, equitación. Un día, él se vio obligado a volver a su país, con su mujer y sus hijos, pero la dejo a ella en una casa preciosa donde podría vivir una vida libre y tranquila. Durante siete años y a distancia, este hombre se encargo de que nada le faltase. Ella, que se sentía atada por una enorme deuda que había contraído a costa del favor le dijo según la pagina 247: ”Si alguna vez me necesitas, llámame, aunque sea para bajar a los infiernos”. Un día, ese hombre se metió en un problema relacionado con política y cometió un terrible error, el de financiar uno de los intentos revolucionarios de Prim. Pero al fracasar este movimiento y ser descubierto él como financiador del mismo, tuvo que traicionar a sus aliados para salvarse. De esto tenían noticia tres personas, dos de ellas murieron de muerte natural, pero la tercera seguía con vida. El marques de los Alumbres, que decidió aprovecharse de la situación para sacar dinero. Para ello se apoderó de unos documentos que explicaban la situación y extorsionó al hombre que había cuidado de Adela durante la mayor parte de su vida. Esta recibió el encargo de acabar con la vida del marques.

Y usaron a Jaime Astarloa como medio para lograrlo. Al final del libro Adela le ofrece a Jaime un pacto por el cual el no hablaría sobre lo que había averiguado tras tan larga serie de acontecimientos y ella no solamente lo dejaría con vida sino que también se ofrecería ella misma como parte del trato. Pero Jaime aleja su deseo más inmediato y se niega a ocultar el nombre de un asesino. Adela comprende que no conseguirá convencerlo y triste por ello intenta matarlo. Pero es ella la que es derrotada por Don Jaime de Astarloa.

LUIS DE AYALA

MARQUES DE LOS
ALUMBRES:

Este hombre de fuerte complexión, risa poderosa y simpática locura, es uno de los pocos que mantienen una relación más o menos estrecha con Jaime Astarloa. Tenía el cabello abundante y crespo, y rebosaba vitalidad, propenso al gesto ampuloso y a los arrebatos de pasión y de alegre camaradería. A sus cuarenta años, poseía una notable fortuna según afirmaban. Soltero y apuesto era un jugador arriesgado e impenitente mujeriego, el marques era el prototipo de aristócrata calavera que no había leído un libro en su vida pero que podía recitar de memoria la genealogía de cualquier caballo del los hipódromos de Londres, París, o Viena. Así lo describe Perez-Reverte en la página 18. Era el objeto de las murmuraciones de medio Madrid, y se contaban de él todo tipo de historias, aunque no todas ciertas. De su vida política se murmuraba poco ya que había sido fugaz, pero sus historias de faldas corrían en leguas por la ciudad, rumoreándose que algunos encumbrados esposos tenían sobrados motivos para pedirle satisfacción, pero que lo hicieran, eso era ya otra cosa. Cuatro o cinco le habían mandado sus padrinos, más por el que dirán que por otra cosa, y eso, aparte del madrugón, les había costado invariablemente apamanecer desangrándose sobre la hierba. Incluso afirmaban las lenguas de doble filo que en la lista de esos esposos se encontraba el mismísimo rey consorte. Tenía por costumbre enamorarse varias veces al mes y era un gran conocedor de los placeres de la vida.

Ocupó durante una corta época el puesto de ministro junto a su tío Vallespin. Fue ahí donde tuvo contacto con los oscuros asuntos que rodean a la política y ganó el acceso a los archivos del ministerio, de donde sacó cierta información que perjudicaba a cierto hombre. Él marques uso estos documentos para extorsionarle y sacar una buena tajada.

Varios años después, su acción sumada a la facilidad con que se entregaba a las mujeres le hicieron caer en manos de Adela de Otero, la cual durante una cena en su apartamento, intento sustraerle una especie de confesión y al no conseguirla lo mató con un estoque en su propia casa, en su propio salón, sin que el enorme corpachón de Luis de Ayala pudiese reaccionar de forma defensiva ya que estaba algo embriagado por el buen sabor del vino y los extraños juegos de su estupenda acompañante, que sería la última que conocería.

EN EL CAFÉ “EL PROGRESO”

Era un oasis de frescor en medio de la canícula madrileña en verano, dice el autor en la pagina 30, en invierno, olía constantemente a humedad y grandes manchas amarilleaban las paredes y techos.

Allí se reunía asiduamente un grupo singular para tratar diversos temas que acababan siempre en disputas entre ellos por razones de política

Agapito Cárceles tiene pinta de cura exclaustrado, y es uno de los primeros miembros del grupo y el que participa mas activamente en la obra. Este hombre malvivía dando sablazos a los conocidos y escribiendo artículos a periódicos casi desconocidos con el seudónimo, “El patriota embozado” nombre que hacia reír al grupo.

Se autoproclamaba republicano y antifederalista relatando sonetos antimonárquicos compuestos por el mismo por medio de varios ripios.

Don Lucas Rioseco es un hombre tranquilo, un caballero de buena familia venido a menos, misántropo, frisando los sesenta y cuya mayor afición era la de sacar de quicio al señor Cárceles, pues eran de diferentes ideologías políticas. Era viudo, sin hijos ni fortuna y era sabido por todos el que vivía por la caridad de sus buenas vecinas.

También estaba Marcelino Romero, que era profesor de piano en una escuela de señoritas, tísico, sensible y melancólico. Su mayor deseo era granjearse un nombre en el campo de la música profesional. También Antonio Carreño, que era funcionario de abastos. Pelirrojo y flaco, con barba cobriza muy curtida, semblante adusto y amigo de pocas palabras

Todos ellos son descritos de esta forma en las paginas 32 y 33.El más importante de todos ellos en la novela re Perez-Reverte es sin duda Agapito Cárceles ya que es el elegido por Jaime Astarloa durante la obra para descifrar el verdadero contenido de los documentos que se le entregaron. Al descubrir los secretos de estos papeles y viendo marcharse a Don Jaime, cogió los papeles para sí. Pero al igual que al maques de los alumbres, la avaricia rompió su saco, y fue asesinado en su propia casa por dos maleantes contratados para encontrar uno de los papeles, uno que Agapito Cárceles no tenía consigo.

UN POCO DE HISTORIA

El argumento del libro se desarrolla en el año 1868. Para comprender mejor los sucesos políticos de dicho año, conviene explicar algunos asuntos de años anteriores, partiendo de la regencia de Isabel II y de Espartero.

Regencias de María Cristina y de Espartero

Durante los treinta y cinco años del reinado de Isabel II , se consolidó el difícil tránsito en España de un estado absolutista a otro liberal-burgués con una serie de cambios que afectaron al régimen político y al sistema económico y social. Su reinado se inició con la semi-concesión liberal de una carta otorgada, el Estatuto Real (1834). El definitivo impulso liberal se abrió en 1836 tras el golpe de Estado de los sargentos de La Granja.

Tres son las medidas principales que se pusieron en marcha de manos del presidente de gobierno Juan Álvarez Mendizábal: la desamortización de bienes de la Iglesia, la creación de un Ejército capaz de doblegar al carlismo y la institucionalización del régimen. Pero la medida más importante fue, en este arranque del reinado de Isabel II, la elaboración de una constitución acorde con la ideología triunfante. Oficialmente se hizo una adaptación de la idealizada Constitución de Cádiz de 1812, pero el resultado real fue una nueva Constitución (1837), mucho más ceñida a la realidad social. El progresismo, que además lograba un relativo éxito contra el carlismo (Convenio de Vergara, 1840), alcanzó su momento culminante de la mano del militar que capitalizó la victoria, el general Espartero. Entre 1840 y 1843 Espartero llegó incluso a desplazar de la regencia a la misma reina madre, con una línea de gobierno claramente autoritaria que provocó el rechazo de una parte del progresismo, lo que acabó por abrir las puertas al conservadurismo.

La 'década moderada'

De la mano del Partido Moderado, a partir de 1844 y durante una década, se consolidó un liberalismo muy restrictivo (sólo una minoría de ciudadanos tenía derechos políticos). El caciquismo, en buena medida, empezó a tejer sus redes a partir de 1844. El nuevo sistema se plasmó en la ciertamente conservadora Constitución de 1845. El hombre fuerte del periodo, el general Ramón María Narváez, consiguió evitar en 1848 la oleada revolucionaria extendida por gran parte de Europa, en buena medida, más por la falta de una estructura social afín que por las medidas de dureza adoptadas. Esta fase se cerró con el 'tecnócrata' Juan Bravo Murillo, quien llevó a cabo una amplia labor administrativa y hacendística.

El 'bienio progresista'

Entre 1854 y 1856 de nuevo el Partido Progresista se volvió a hacer con el poder —toda vez que el sistema político adoptado le excluía en la realidad— mediante un acto de fuerza, el pronunciamiento de Vicálvaro (la denominada Vicalvarada de 1854). El principal dirigente progresista, Espartero, volvía así al primer plano. De este periodo lo más trascendente resultó, sin duda, la desamortización civil llevada a cabo por el ministro Pascual Madoz.

La supremacía de la Unión Liberal

Narváez volvió a conseguir el poder durante un bienio más (1856-1858); sin embargo, los cambios sociales terminaron por abrir el camino a un sistema más templado, el de la Unión Liberal (1858-1863), en torno a otro militar, el general Leopoldo O'Donnell. Un periodo de relativa estabilidad social, durante el cual O'Donnell jugó un activo papel en el exterior, hasta el punto de poder hablarse de una etapa neo-imperialista: guerra en Marruecos (Paz de Wad-Ras, 1860), intervención en México (junto a franceses e ingleses), en Indochina, en Annam (con los franceses), anexión de Santo Domingo y presencia activa en el Pacífico (bombardeo del puerto de El Callao).

Crisis definitiva

La última etapa del reinado de Isabel II (1864-1868) fue de clara descomposición política. Junto a la crisis económica, aparecieron reiteradas sequías y problemas de adaptación de una economía que no había comenzado su desarrollo verdadero. Los nuevos grupos sociales en ascenso (clases medias y obrerismo) exigían un cambio en profundidad. La respuesta del régimen no fue otra que resistir mediante la fuerza. En el último momento, con Luis González Bravo, el régimen rozó el sistema dictatorial. El final llegó con la incruenta batalla de Alcolea (1868), que abrió las puertas de la Revolución de 1868, la cual supuso el destronamiento definitivo de Isabel II, quien en 1870 abdicó en su hijo Alfonso XII para favorecer la vuelta de la monarquía Borbónica a España. Isabel II murió en 1904 en París, ciudad donde vivió desde su derrocamiento.

”INSTITUCIONES ESPAÑOLAS DEL SIGLO XIX QUE APARECEN EN “EL MAESTRO DE ESGRIMA”

Congreso de los Diputados, denominación de la cámara baja del Parlamento español. El origen del término se remonta al Título IV de la Constitución española de 1837, promulgada durante la minoría de edad de la reina Isabel II por decreto de su madre, la regente María Cristina de Borbón. Su precedente inmediato fue el estamento de procuradores de 1834. Más remoto es el de las Cortes estamentales de los diversos reinos de España.

Las Cortes surgieron cuando los representantes elegidos por los municipios fueron admitidos en las deliberaciones sobre ciertas materias de la Curia Regis, en concreto cuando la Corona necesitaba una ayuda económica superior a la proporcionada según la tradición y por falta de un derecho legal a imponer gravámenes adicionales sin la aprobación de los municipios. El Congreso de los Diputados se compone de un número variable de miembros que, en todo caso, no puede ser inferior a 300 ni superior a 400, elegidos por sufragio universal, libre, igual, directo y secreto. La Ley de Régimen Electoral de 1985 fija su número en 350.

Las funciones y objetivos asignados al Congreso de los Diputados se cumplimentan a través de los siguientes órganos: la presidencia, la mesa, la junta de portavoces, las comisiones, la diputación permanente, los grupos parlamentarios y la secretaría general.

El 24 de julio de 1834 las Cortes Generales del Reino se congregaron por vez primera en el emplazamiento en que ahora tiene su sede el Congreso, reconstruida tras el violento incendio sobrevenido cuando sirvió de residencia al duque de Angulema en 1823, que restauró el absolutismo al frente de los Cien Mil Hijos de San Luis. Correspondía entonces al convento e iglesia de padres clérigos menores del Espíritu Santo, fundado por Jacobo de Gratis (Caballero de Gracia).

En mayo de 1841 el Congreso de los Diputados inauguró las sesiones en su sede provisional del Salón del Teatro de Oriente.

El 10 de octubre de 1843 Isabel II colocó la primera piedra del nuevo edificio sobre el sitio mismo que ocupaba el antiguo. La construcción, bajo la dirección y planos del arquitecto Narciso Pascual y Colomer, quedó concluida en 1850 y el 3 de noviembre se celebró la solemne apertura de Cortes. Luego se le incorporarían los famosos leones, fundidos con el bronce de los cañones capturados a las tropas de Marruecos en la guerra de 1859.

LAS CORTES DE CADIZ

Tras las abdicaciones de Bayona de Carlos IV y Fernando VII, España mantuvo entre 1808 y 1814 una dualidad de poderes donde convivieron traumáticamente los partidarios de la solución oficial encabezada por el rey José I, hermano de Napoleón Bonaparte, y un pueblo alzado en armas contra el invasor francés. El contexto bélico de la guerra de la Independencia y la tenue reforma política inherente al Estatuto de Bayona de 1808, no impidieron que una minoría de españoles intentara aprovechar la delicadeza del momento para, en lugar de reclamar el retorno de Fernando VII y del Antiguo Régimen, acabar de una vez con él y dar auténtica réplica constitucional a la aludida Carta otorgada napoleónica.

Estos doceañistas, y de manera especial Agustín de Argüelles, fueron los responsables de la redacción y puesta a punto del texto aprobado por las Cortes de Cádiz el 19 de marzo de 1812, mítico arranque del constitucionalismo en España. Frente a la representación orgánica consustancial al viejo ordenamiento, allí se defendió por vez primera y siguiendo los postulados liberales de E. Joseph Sieyès el carácter inorgánico proporcional a la población, que identificaba a los diputados a Cortes con los intereses generales y no con los de un estamento concreto. La proclamación del sufragio universal para los varones mayores de 25 años con vistas a la elección del Parlamento unicameral, aunque se reguló mediante un sistema indirecto a cuatro grados (electores de parroquia, de partido, de provincia y diputados) que desvirtuaba en parte la generalidad del proceso, supuso un vuelco transcendental con el pasado. Lo mismo ocurría con el reconocimiento de principios políticos tales como la soberanía nacional y la división de poderes en la terna ejecutivo, legislativo y judicial, sin ningún tipo de interferencias (incompatibilidad entre el cargo de diputado y el de secretario de Despacho, equivalente a ministro), junto a otras novedades que configuran este abultado corpus (384 artículos) de gran calado constitucional y que, de forma intencionada, preveía su propia reforma de manera muy rígida, en aras de su estabilidad.

A pesar de las precauciones aducidas, la realidad del país discurrirá por otros derroteros. La monarquía limitada derivada de esta regulación nada tendrá que ver con el absolutismo imperante en España tras el retorno de Fernando VII en 1814. Hasta su fallecimiento acaecido en 1833 y salvo el breve paréntesis del Trienio Liberal (1820-1823), la Constitución gaditana no gozó de aplicación práctica alguna y sus más significados valedores sufrieron los rigores de la represión y el exilio. Durante la minoría de edad de Isabel II y ante la preocupante situación del país en plena conflagración civil (primera Guerra Carlista), la regente María Cristina de Borbón sancionó en abril de 1834 el Estatuto Real, una Carta otorgada a la vieja usanza y no propiamente una Constitución mediante la cual la Corona se desprendía de algunas atribuciones en un alarde altruista impelido por la adversidad circundante. Estos 50 artículos se limitaron a regular de manera escueta los requisitos para la convocatoria a Cortes, su estructura bicameral (Cámara de Próceres y de Procuradores) y funcionamiento, sin abordar compromisos políticos de mayor envergadura por expresa voluntad regia fielmente asumida por Martínez de la Rosa y Javier de Burgos, sus principales inspiradores.

Fase de consolidación del régimen liberal (segundo tercio del siglo XIX)

La inoportunidad del momento en que surgió el constitucionalismo en España resulta evidente, en plena invasión francesa, donde todo lo proveniente del otro lado de los Pirineos era tachado a nivel popular de antiespañol, incluyendo en dicho lote tanto a las personas físicas como a su propia ideología, sintetizada en el liberalismo político. La monarquía absoluta de Fernando VII se encargó de apuntalar este proceso involucionista, de ahí que su muerte sobrevenida en 1833 simbolice el final del Antiguo Régimen y el advenimiento del nuevo orden liberal bajo la disputada Corona de Isabel II. Dentro del reinado isabelino, que se prorroga hasta la revolución de 1868, recibieron su aprobación las constituciones de 1837, 1845 y 1856, si bien esta última careció del margen suficiente para su puesta en vigor, de ahí su histórico apodo de nonata.

El motín filoliberal de los sargentos en La Granja (Segovia, verano de 1836) desembocó de forma un tanto accidentada en la nueva Constitución de 1837, redactada por el veterano Argüelles y por Salustiano de Olózaga, joven valor del Partido Progresista. Su contenido denotaba un carácter transaccional visible en la combinación de elementos progresistas (soberanía nacional, división de poderes, determinados derechos y libertades), junto con rasgos sustanciales del moderantismo político (Parlamento bicameral, fortalecimiento del poder real). Esta intencionada versatilidad de cara a las dos facciones liberales (progresistas y moderados), en unos momentos difíciles con la Guerra Carlista al fondo, se unió a su flexibilidad en el procedimiento de reforma, clave para entender el nacimiento pacífico y excepcional en la España de la época del texto constitucional de 1845, circunscrito estrictamente en su gestación a los trámites legales previstos en la normativa anterior.

La Constitución promulgada el 23 de mayo de 1845, una de las más estables del panorama nacional al dilatar su vigencia hasta 1868, salvo un pequeño corte intermedio (1854-1856), recogía en su interior los postulados políticos del moderantismo en el poder, la tendencia dominante en la vida pública española durante el segundo tercio del siglo XIX (la llamada Década Moderada y el gobierno de la Unión Liberal). Entre sus principios básicos cabe destacar la soberanía conjunta Rey-Cortes, que reforzaba el papel ejecutivo del monarca y le añadía competencias legislativas de cariz decisorio (veto absoluto, disolución de las Cortes, nombramiento y separación de los ministros), así como el carácter conservador del Senado (ilimitado, vitalicio y designado por el rey) y la restricción de las libertades ciudadanas perceptible, entre otros indicadores, en un mayor recorte del sufragio.

En este sentido, el texto nonato de 1856, de signo progresista y fraguado a raíz del pronunciamiento de Vicálvaro (la Vicalvarada), contrario al liderazgo conservador, intentará por primera vez aunque de manera infructuosa ensayar una tímida libertad de conciencia frente a la confesionalidad del Estado y una composición electiva del Senado en términos similares a la Cámara de los diputados. La escasa duración del Bienio Progresista (1854-1856), clausurado militarmente por Leopoldo O'Donnell en el verano de 1856, impidió la plasmación práctica de estas novedosas medidas y del restante articulado constitucional.

En la España isabelina los levantamientos militares fueron el principal detonante de los cambios constitucionales, que giraron siempre en torno a las dos opciones liberales en liza y con un neto protagonismo del sector moderado. A la paz social de la época coadyuvaron otros instrumentos de signo coactivo (creación de la Guardia Civil en 1844), o de influencia más sutil (Concordato de 1851, símbolo de la reconciliación entre la Iglesia y el Estado), cómplices valiosos en el mantenimiento de la tranquilidad ciudadana. Ahora bien, garantizar el orden público resultaba menos complejo que lograr una estabilidad política en un país donde la participación popular brillaba por su ausencia, en virtud del sufragio censitario (derecho al voto sólo para determinados propietarios) defendido por moderados y progresistas con ligeras variantes en el cómputo de exigencias, y donde no existía un sistema de partidos ya que el juego político discurría al compás de los avatares domésticos de unos grupos de notables, liderados por militares (Narváez, O'Donnell, Espartero) y carentes de cuadros técnicos, bases sociales y arraigo popular. Esta manifiesta endeblez del sistema político es una de las lacras de la España del siglo XIX, hipotecada por las interferencias entre el poder civil, militar y religioso, y resistente a todo conato sólido de modernización.

Primer intento de acceder a un Estado democrático (1868-1874)

El pronunciamiento encabezado por el almirante Juan Bautista Topete en Cádiz a mediados de septiembre de 1868 consiguió, en pocos días y con el inestimable apoyo de Juan Prim, enviar al exilio a la reina Isabel II e introducir al país por una sinuosa senda regeneracionista. Durante el Sexenio Democrático comprendido entre 1868 y 1874, se vivió una intensa etapa de cambios políticos donde tuvieron cabida nuevas fórmulas democráticas de índole monárquica (Amadeo de Saboya) y republicana (I República), junto a ópticas territoriales del Estado de cuño descentralizador, federal, cantonal y, una vez más, fuertemente unitario. Militares como Manuel Pavía y Martínez Campos, autores materiales de los levantamientos consumados en enero y diciembre de 1874, junto al político conservador Antonio Cánovas del Castillo, serán los responsables del doble retorno en 1875 a la forma de gobierno monárquica y a la dinastía borbónica de la mano de Alfonso XII, hijo de la destronada Isabel II.

Todas estas instituciones son nombradas varias veces durante las charlas que mantenia Don Jaime de Astarloa con sus contertulios en ”el progreso”. Allí, se contaban las últimas noticias acerca de la guerra que se veia venir por motivo de la subida al trono. España estaba dividida y eso traería consecuencias que definirían el camino que iba a tomar la historia. Los avances de Prim, la preocupación de Narváez por los avances de Prim, las noticias de un inminente ataque por parte de este que estaba tomando posiciones para entrar en el país. Todo ello tiene su referencia en el libro en los capítulos en que aparece Jaime y sus compañeros en su café preferido. Por ejemplo: 25,26,27, donde se menciona que Prim y sus compañeros están en el destierro, lo que preocupa a muchos, ya que también se dice que prepara un movimiento llamado “la España con honra” y las dos partes especulaban decantándose una por la inminente abdicación de Isabel II y la otra parte formada por los liberales que se inclinaban mas hacia la llegada del sueño republicano. Luego se menciona algo en las páginas 100,101 y 102 donde los conversantes caballeros siguen especulando sobre la persona que reinara España cuando ya no lo haga Isabel II. En la 104 siguen opinando que Isabel dejara pronto su puesto actual, ya que sólo posee el apoyo de los moderados ahora y que Prim esta a punto de llegar al país. En estos textos y en muchos otros fragmentos que les siguen se habla del cambio que se esta efectuando en las opiniones de todos. En las páginas 151 y 152, triunfalmente Carreño anuncia la llegada de los lideres que tomaran partido en la guerra al país, afirmando “Es hora de elegir sitio en las barricadas”

Luego, la trama del libro descubre los documentos que Luis de Ayala dejó a su amigo Jaime de Astarloa. En ellos salen a relucir las intrigas políticas de Vallespín Andréu y Narváez, implicados en un asunto referente a las minas de plata de Cartagena. Por último, esta la carta que encuentra Jaime en su casa y que era el objetivo de Adela de Otero y de quien la mando. En ella se descubre el nombre de Cazorla Longo implicado en el asunto de las minas y agente infiltrado en las filas liberales a favor de Narváez y Vallespín. Toda esta historia terminara pronto, pues la revolución esta a la vista, como diría nuestro amigo Cárceles cuando aún podía.

PERSONAJES HISTORICOS QUE APARECEN EN “EL MAESTRO DE ESGRIMA”.

Narváez, Ramón María (1800-1868), político y militar español, presidente de gobierno en repetidas ocasiones desde 1844 hasta 1866, representante del Partido Moderado y una de las figuras claves durante el reinado de Isabel II.

Nació en 1800 en Loja (Granada). Durante el Trienio Liberal (1820-1823), participó en la neutralización de la sublevación absolutista de la Guardia Real, en 1822. Muerto el rey Fernando VII, participó en la primera Guerra Carlista, durante la cual se enemistó con el progresista Baldomero Espartero. Vivió exiliado en París durante la regencia de éste (1840-1843) y contribuyó a formar la Orden Militar Española, que promovía la sublevación contra el regente.

En mayo de 1844, declarada mayor de edad la reina Isabel II, fue nombrado presidente del Consejo de Ministros. Promovió la elaboración de una nueva Constitución, la moderada de 1845. Narváez fue siempre fiel a la reina y al sistema moderado. En su primer gobierno figuraron hombres como Alejandro Mon, ministro de Hacienda y promotor de una reforma fiscal que suprimió algunos tributos de carácter local; o Luis Mayans, que preparó el Concordato con la Santa Sede de 1851, en el que se llegó a un acuerdo respecto a la desamortización.

La obra del gobierno moderado de Narváez se aprecia en la racionalización administrativa, basada sobre todo en la centralización. En este sentido, es fundamental la ley de 8 de enero de 1845, relativa a la administración provincial y local. Para mantener el orden público, fue creada la Guardia Civil en 1844.

En 1851, después de su cuarto gobierno (1849-1851), Narváez fue sustituido por Juan Bravo Murillo. No participó en la revolución de 1854 ni en el gobierno del Bienio Progresista. Con el regreso de los moderados al poder presidió otros tres gabinetes (1856-1857;1864-1865 y 1866-1868), caracterizados por llevar a cabo una política represiva de cualquier movimiento revolucionario.

Murió en mayo de 1868 en Madrid, dejando al Partido Moderado sin su hombre fuerte y a la reina sin su principal valedor. Unos meses después, la denominada Revolución de 1868, articulada por progresistas y demócratas, provocaría la caída de Isabel II.

Prim y Prats, Juan (1814-1870), militar y político español, presidente del gobierno (1869-1870). Participó en varios pronunciamientos y encarnó la figura del militar liberal conspirador. Nacido en Reus (Tarragona) en una familia liberal, su fama de hábil militar se fraguó en la primera Guerra Carlista. Después de esta, fue elegido diputado progresista por Tarragona (1841), identificándose con Baldomero Espartero, contra quien se levantó en armas en 1843. La caída de éste propició su nombramiento como gobernador militar de Barcelona y la represión contra los radicales le otorgó fama de moderado. Después de ejercer de capitán general de Puerto Rico (1847-1848), se reincorporó a la vida parlamentaria y defendió el proteccionismo de la industria catalana. Fue nombrado capitán general de Granada durante el Bienio Progresista (1855-1856). Próximo a la Unión Liberal, en 1856 ascendió a teniente general y fue nombrado senador. Durante la guerra de Marruecos (1859-1860) intervino en las batallas de Castillejos y Tetuán, que le valieron el título de grande de España y el marquesado de Castillejos. En 1861 dirigió la participación española de la expedición europea a México. En 1862 abandonó la Unión Liberal e ingresó en el Partido Progresista. A partir de su destierro a Oviedo (1864) rompió con Ramón María Narváez y con Leopoldo O'Donnell y se dedicó a conspirar. Propugnó el Pacto de Ostende (1866) con los demócratas para derribar a la reina Isabel II. El 19 de septiembre de 1868, después de proclamar el manifiesto España con honra apoyado por Práxedes Mateo Sagasta y Manuel Ruiz Zorrilla, con la ayuda de Francisco Serrano Bedoya y Juan BautistaTopete, desembarcó en Cádiz. Mientras una parte del Ejército se dirigía a Madrid Prim conseguía las adhesiones de las ciudades de Andalucía, Cataluña y Levante. El gobierno provisional, presidido por Francisco Serrano, duque de la Torre, le encargó el Ministerio de Guerra. En junio de 1869 Prim asumió la presidencia del gobierno, sin abandonar el Ministerio. Defendió la monarquía constitucional e hizo gestiones para encontrar un rey. Presentó la candidatura de Amadeo de Saboya, que las Cortes aceptaron (noviembre de 1870). No pudo asistir a su llegada, ya que el 27 de diciembre de 1870 sufrió un atentado del que moriría.

González Bravo, Luis (1811-1871), político español, presidente del gobierno (1843-1844; 1868). Nació en Cádiz, progresista en su juventud, escribió en El Guirigay (1837-1838), desde el que atacó con saña al Partido Moderado y a la regente María Cristina de Borbón. Participó en la Revolución de 1840 pero se distanció de Baldomero Espartero, contribuyendo al movimiento que provocó su caída en 1843. Ya entonces había virado hacia el moderantismo y, con el apoyo de Ramón María Narváez, presidió el gobierno español entre diciembre de 1843 y mayo de 1844. Ejerció el poder de forma autoritaria, encarcelando a las oposiciones y desarmando a la Milicia Nacional. Creó también la Guardia Civil. En la última etapa de Isabel II dirigió el ministerio de Gobernación con métodos expeditivos (Noche de San Daniel, 1865) y, fallecido Narváez, asumió la presidencia del gobierno en abril de 1868 impulsando una política de ciega represión que no logró sino unir toda la oposición al régimen.

Serrano Bedoya, Francisco (1813-1882), militar y político español. Nacido en Quesada (Jaén), combatió en la I Guerra Carlista junto a Baldomero Espartero, de quien fue estrecho colaborador durante su regencia (1841-1843). Al caer Espartero, se exilió y conspiró contra los gobiernos moderados. Regresó a España en 1849 y, después de la revolución de 1854, fue diputado y ascendió a mariscal de campo. En 1855 fue nombrado gobernador militar de Madrid. Con los gobiernos de la Unión Liberal ocupó distintas capitanías generales. El gobierno conservador de Luis González Bravo lo confinó a Canarias en julio de 1868, pero escapó y se trasladó a Cádiz para participar en la Revolución de 1868. Durante el Sexenio Democrático (1868-1874) fue primero, nuevamente, director general de la Guardia Civil (cargo que ya había ocupado desde finales de 1865 hasta junio de 1866) y, más adelante, ministro de Guerra. Acabó aceptando la monarquía de Alfonso XII, quien lo nombró senador vitalicio. Falleció en 1882 en Madrid.

Espartero, Baldomero Fernández (1793-1879), militar y político español, regente del reino (1840-1843) y presidente de gobierno (1837; 1840-1841; 1854-1856). Hijo de un carretero de La Mancha, nació en Granátula (Ciudad Real) y estudió en el Seminario de Almagro. Militar con la guerra de la Independencia (1808), se hizo ingeniero en Cádiz (1810). Marchó posteriormente a luchar contra la independencia colonial americana (1815-1824). De regreso a España, se casó con una rica heredera de Logroño, María Jacinta Martínez, y ocupó varios destinos militares.

De ideas liberales, luchó contra los carlistas en la primera Guerra Carlista. Nombrado general en jefe del Ejército del Norte, dirigió el levantamiento del sitio de Bilbao (victoria de Luchana), por lo que la reina le recompensó con el título de conde de Luchana. Desde agosto a octubre de 1837 presidió un fugaz gabinete gubernamental. Fomentó hábilmente las divisiones entre los mandos carlistas, atrajo a Rafael Maroto hacia conversaciones de paz que terminaron en el Convenio de Vergara (31 de julio de 1839), que puso fin a la primera Guerra Carlista. Por este triunfo recibió el título de duque de la Victoria. Pacificó después el Maestrazgo, derrotando a Ramón Cabrera (1840).

Desde ese momento utilizó su prestigio y popularidad al servicio del progresismo. Nombrado presidente de gobierno en septiembre de 1840 (Ministerio-Regencia), con lo que sustituía a María Cristina de Borbón como regente; desde mayo del año siguiente, tras ser elegido por las Cortes, pasó a desempeñar la regencia hasta la segunda mitad de 1843. Buen militar, pero carente de talento político, reprimió duramente conspiraciones moderadas y republicanas. Expulsado del poder, vivió en Londres y en Logroño. Reapareció en la vida política junto a Leopoldo O'Donnell, con quien compartió el liderazgo político durante el Bienio Progresista (1854-1856), años en los cuales no en vano fue presidente del gobierno (desde julio de 1854 hasta julio de 1856).

Desde su retiro en Logroño fue un espectador pasivo de los acontecimientos, respetado por todos. Contempló el destronamiento de Isabel II (1868) y rechazó ocupar el trono de España ante el ofrecimiento de Juan Prim. El rey Amadeo I le concedió el título de príncipe de Vergara. La I República le respetó sus títulos. Restaurada la monarquía Borbónica, Alfonso XII le visitó en Logroño a su vuelta de las campañas victoriosas contra los carlistas del norte durante la tercera Guerra Carlista.

Isabel II (1830-1904), reina de España (1833-1868). Hija de Fernando VII y de su cuarta esposa, María Cristina de Borbón. Su nacimiento provocó problemas dinásticos, ya que hasta entonces el heredero era el hermano de Fernando VII, Carlos María Isidro, que no aceptó el nombramiento de Isabel como princesa de Asturias y heredera del trono, pese a que el rey hubiera derogado la prohibición de reinar a las mujeres (Ley Sálica).

Durante su minoría de edad fueron regentes su madre María Cristina, reina gobernadora hasta 1840, que se apoyó en los liberales para hacer frente al carlismo (primera Guerra Carlista, 1833-1839, provocada por el mencionado conflicto sucesorio), y el general Baldomero Espartero hasta 1843. A los trece años fue declarada mayor de edad. A los 16, después de numerosas conversaciones con potencias extranjeras, se la casó, contra su deseo, con su primo Francisco de Asís. Tuvo nueve hijos, algunos de los cuales murieron al nacer.

Olózaga, Salustiano de (1805-1873), político y abogado español, presidente de gobierno (1843). Nació en Oyón (Logroño). Perteneció a la Milicia Nacional de Madrid durante el Trienio Liberal (1820-1823). En 1834 fue nombrado jefe político (gobernador civil) de Madrid. Militó dentro del Partido Progresista. Diputado en varias ocasiones, participó en la elaboración de la Constitución de 1837. Embajador en París en 1840 y 1854. En 1843 fue presidente de Congreso y luego presidente de gobierno, cargo en el que duró unos días (desde el 20 de noviembre hasta el 5 de diciembre de 1843), acusado de coaccionar a la reina niña, Isabel II, para disolver las Cortes (Parlamento). Conspirador nato, estuvo detenido y desterrado en varias ocasiones. Su radicalismo democrático se acentuó a partir de 1855. Tras la Revolución de 1868, elegido diputado, presidió la comisión encargada de redactar la Constitución de 1869. De nuevo embajador en París, lugar donde murió.

Napoleón III (1808-1873), emperador de los franceses (1852-1870), creador del II Imperio Francés a mediados del siglo XIX, que gobernó hasta su derrota en la Guerra Franco-prusiana.

Carlos Luis Napoleón Bonaparte nació en París el 20 de abril de 1808. Era el menor de los tres hijos de Luis Bonaparte (rey de Holanda) y Hortensia Beauharnais, y sobrino de Napoleón I Bonaparte. Su familia había sido desterrada de Francia después de la caída de su tío, por lo que el joven se educó en Suiza y Baviera. Su madre le instruyó en la gloria de la leyenda napoleónica y orientó su camino para que restableciera el poder de los Bonaparte. El joven Luis escribió ensayos y tratados con el propósito de adquirir popularidad y exponer su programa político, en el que se presentaba como un reformador social de talante liberal, un militar con experiencia y un firme promotor del desarrollo agrícola e industrial. Encabezó entonces dos rebeliones destinadas a derrocar el régimen del rey Luis Felipe I de Orleans en 1836 y 1840. Fue condenado a cadena perpetua tras ser capturado en la última revuelta, pero consiguió escapar de prisión en 1846, atrayendo nuevamente la atención del pueblo sobre su persona.

Estos personajes participaron activamente en la historia de España configurándola de la forma que ya conocemos. Sus nombres aparecen en “El maestro de esgrima” en distintas ocasiones ya que conforman el trasfondo histórico de una novela con un argumento de misterio y asesinatos relacionado estrechamente con dicho trasfondo, que va absorbiendo a los personajes inventados por Arturo Perez-Reverte -->[Author:PG]llevándolos hacia al desenlace de la novela de forma imparable.