El llano en llamas; Juan Rulfo

Literatura hispanoamericana contemporánea. Siglo XX. Narrativa (cuento) vanguardista. Novela mexicana. Narración. Cuentos. Realismo. Argumento

  • Enviado por: Falle Alcala
  • Idioma: castellano
  • País: México México
  • 37 páginas
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NOS HAN DADO LA TIERRA

Habla del problema agrario, la tierra dada a los campesinos es un llano desierto en dónde no se da nada y la lluvia consiste en apenas unas escasas gotas. Llegan al pueblo que está del otro lado y que representa la vida como contraparte a la tierra que les han dado, ya que representa la muerte por su infertilidad.

Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de un árbol, se oye el ladrar de los perros.

Hay un pueblo. Se oye el ladrar de los perros y se siente en el aire el humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza.

Alguien se asoma al cielo, asoma los ojos hacia donde esta colgado el sol y dice: -son como las cuatro de la tarde. Ese alguien es Meliton. Junto con el, vamos Faustino, Esteban y yo, somos cuatro. Hace un rato como a las once éramos veintitantos.

Hace tiempo que se nos quitaron las ganas de hablar, se nos acabaron con el calor. Pero así son las cosas aquí.

Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra. Cae sola nosotros esperábamos que fueran mas, no llueve.

Vuelvo los ojos hacia el llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Pero notros, cuando tengamos que trabajar aquí, ¿que haremos para enfriarnos del sol, he? porque a nosotros nos dieron esta costra de tepetate para que la sembremos.

Nos dijeron: -del pueblo para acá es de ustedes.

Nosotros nos preguntamos:-¿el llano?

Si el llano todo el llano grande.-pero no hay ni una gota de agua .ni siquiera para hacer un buche de agua.

Conforme bajamos la tierra se va haciendo buena. por encima del rió vuelan parvadas de chachalacas verdes. Ahora los ladridos de los perros se oyen aquí.

-¡Por aquí arriendo yo!, nos dice Esteban.

Nosotros seguimos adelante, mas adentro del pueblo.

La tierra que nos han dado esta allá arriba.

LA CUESTA DE LAS COMADRES.

La cuesta de las comadres. Los Torricos son dueños del pueblo del que todo el mundo empieza a emigrar. Un día aparece muerto Odilón Torrico y sus hermanos investigan quién lo mató. Los asesinos, al parecer, son los Alcaraces con quien el narrador recuerda haber presenciado una fuerte riña.

Los difuntos Torricos siempre fueron buenos amigos míos. Tal vez en Zapotlán no los quisieran, pero lo que es de mi, siempre fueron buenos amigos hasta tantito antes de morirse. Ahora eso de que no lo quieran en Zapotlán no tiene ninguna importancia, porque a mi tampoco me querían allí, y tengo entendido que a nadie de los que vivíamos en a cuesta de las comadres nos pudieron ver con buenos ojos los de Zapotlán. Ellos eran allí los dueños de la tierra y de la cosas que estaban encima de la tierra y con todo y que cuando el reparto, la mayor parte de la cuesta de las comadres nos había tocado por igual a los sesenta que ahí vivíamos, y a ellos, a los Torricos, nada más un pedazo del monte con una mezcalera nada más pero donde estaban desperdigadas casi todas las casas, a pesar de todo eso la cuesta de las comadres era de los Torricos. El coaimil que yo trabajaba era también de ellos. De Odilón y Remigio Torrico.

El coaimil que yo sembraba todos los años, un tantito de maíz para tener elotes, y un tantito de frijol quedaba por el lado de arriba, allí donde la ladera baja hasta esa barranca que le dicen Cabeza de Toro. Así siguieron las cosas después de que murieron los Torricos. Antes desde aquí, donde estoy sentado veía claramente Zapotlán. Pero ahora las jarillas han crecido muy tupido y no dejan ver nada.

De ese modo supe que cosas iban a espiar todas las tardes los Torricos, sentamos junto a mi casa en la cuesta de las comadres.

A Remigio Torrico yo lo mate.

Así que, cuando yo maté a Remigio Torrico ya estaban bien vacías de gente la cuesta de las comadres y las lomas de los al rededores, eso se dio como en octubre. Ha de haber andado borracho. Se me pudo de frente y se bamboleaba de un lado para otro, tapándome y destapándome la luz. Ir ladereando no es bueno, me dijo, a mi me gustan las cosas derechas y si a ti no te gustan, ahí te lo haiga - me dijo, porque yo he venido a enderezarlas, yo seguí remendado mi costal seguro por eso creyó que yo no me preocupaba de lo que me decía: - a ti te estoy hablando- me grito - bien sabes a lo que he venido - se me seca la boca al estarte hablando después de lo que hiciste - me dijo, pero era tan amigo mío, mi hermano como tu y por eso vine a verte, a ver como sacas en claro la muerte de Odilón. Supe como me echaba la culpa de haber matado a su hermano. Pudo ser que te haya querido golpear y tu le madrugaste.

Yo sacudía cabeza para decirle que no, que yo no tenia nada que ver. Sábete de una vez por todas que pienso pagarme lo que le hicieron a Odilón y yo se quien fue.

¿De modo que fui yo? Le pregunté, - ¿y quien más? - me dijo, lo vi que se movía en dirección de un tejocote y que agarraba el guango y luego vi que regresaba con este en la mano, pero al quitarse él de frente la luna hizo brillar la aguja de arria, que yo había clavado en el costal, desenterré la aguja y sin pensar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde cupo. Por un momento pareció como si se iba a enderezar para darme un machetazo con el guango; pero seguro se arrepintió o no supo ya que hacer, por eso aproveche para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí allí lo tenia, pues dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto.

Le dije - mira Remigio, me has de dispensar pero yo no maté a Odilón. Fueron los Alcaraces, yo andaba por allí cuando se murió, pero me acue4rdo bien de que yo no lo maté. Y ¿sabes por que? Odilón no debía haber ido a Zapotlán, eso tu lo sabes y tampoco los Alcaraces lo querían “fue cosa de un de repente. Yo acababa de comprarme zarape y ya iba de salida cuando tu hermano le escupió un trago de mezcal en la cara a uno de los Alcaraces y de pronto se le echaron encima, sacaron sus cuchillos y se le apeñuscaron y lo aporrearon hasta no dejar de Odilon cosa que sirviera. De eso murió.”

“Como vez no fui yo quien lo mató. Quisiera que te dieras cabal cuenta de que yo no me entrometí para nada. Eso le dije al difunto Remigio.

Me acuerdo que eran las fiestas de Zapotlán, porque en Zapotlán estaban quemando cuetes, mientras que por el rumbo donde tire a Remigio solevantaba una gran parvada de zopilotes a cada tronido que daban los cuetes.

De eso me acuerdo.

ES QUE SOMOS MUY POBRES

Es que somos muy pobres trata la historia de una familia muy humilde por la que pasan todas las desgracias y la que más acapara la atención es que la vaca de Tacha, que le regalara su padre al cumplir los doce años, se la ha llevado el río. Esta vaca representa para los padres de la niña, el mejor camino para evitar que Tacha, imitando a sus dos hermanas mayores, se convirtiera en prostituta: "La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención"

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasadas murió mi tía Jacinta, y el sábado cuando ya la habíamos enterrado ya bajarse nos la tristeza, comenzó a llover como nunca. Yo estaba muy dolido, sin embargo el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brincote la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa, cuando me levante, la mañana estaba llena de nublazones y pareciera que había seguido lloviendo sin parar. A la hora que me fui a asomar el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la tambora. La tambora iba y venia caminado por lo que era ya un pedazo del río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.

Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirara aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente por eso nos subimos por la barranca, donde hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a Serpentino, la vaca esa que ara de mi hermana Tacha.

La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada, porque mi papá con mucho esfuerzo había conseguido a la serpentina, desde que era una vaquilla para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las, más grandes.

Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote, crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá, mirándole río desde la barranca y sin dejar de llorar y la abrazo tratando de consolarla. Pero ella no entiende llora con más ganas, el sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba a bajo sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para comenzar a trabajar por su perdición.

EL HOMBRE

Un hombre huye de las autoridades y se interna en las montañas por haber dado muerte a la familia Urquidi constituye la historia de El hombre. Un borreguero lo encuentra y sin saber la historia verdadera de aquel hombre, le ofrece de comer y platica con él.

Los pies del hombre se hundieron en la arena dejando una huella sin forma, como si fuera la pezuña de algún animal. Treparon sobre las piedras, engarruñándose al sentir la inclinación de la subida; luego caminaron hacia arriba, buscando el horizonte.

      

“Pies planos —dijo el que lo seguía—. Y un dedo de menos. Le falta el dedo gordo en el pie izquierdo. No abundan fulanos con estas señas. Así que será fácil.”

  

“Subió por aquí, rastrillando el monte —dijo el que lo perseguía—.

Mascó un gargajo mugroso y lo arrojó a la tierra con coraje. Se chupó los dientes y volvió a escupir. Golpeaba con ansia los matojos con el machete: “Se amellará con este trabajito, más te vale dejar en paz las cosas”.


“Lo señaló su propio coraje —dijo el perseguidor—. Él ha dicho quién es, ahora sólo falta saber dónde está. Y donde yo me detenga, allí estará. Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca... Eso sucederá cuando yo te encuentre.”

El que lo perseguía dijo: “Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los despertó. Debió llegar a eso de la una, cuando el sueño es más pesado; después del `Descansen en paz',


        “No debí matarlos a todos —dijo el hombre—. ”Al menos no a todos”.

Soltó el machete que llevaba. Lo dejó allí, entre las espigas secas. El hombre bajó buscando el río, abriendo una nueva brecha entre el monte.


        “Se sentó en la arena de la playa —eso dijo el que lo perseguía—. Se sentó aquí y no se movió por un largo rato. Me acuerdo. Fue el domingo aquel en que se me murió el recién nacido y fuimos a enterrarlo.

        “No debí haberme salido de la vereda —pensó el hombre. Por allá hubiera llegado. Pero es peligroso caminar por donde todos caminan, sobre todo llevando este peso que yo llevo. Este peso se ha de ver por cualquier ojo que me mire; se ha de ver como si fuera una hinchazón rara. Yo así lo siento. Cuando sentí que me había cortado un dedo, la gente lo vio y yo no, hasta después. Así ahora, aunque no quiera, tengo que tener alguna señal. Así lo siento, por el peso, o tal vez el esfuerzo me cansó”. Luego añadió: “No debí matarlos a todos; me hubiera conformado con el que tenía que matar; pero estaba oscuro y los bultos eran iguales... Después de todo, así de a muchos les costará menos el entierro.”


“Este no es el lugar —dijo el hombre al ver el río—. “Lo cruzaré aquí y luego más allá y quizá salga a la misma orilla. Tengo que estar al otro lado, donde no me conocen, donde nunca he estado y nadie sabe de mí; luego caminaré derecho, hasta llegar. De allí nadie me sacará nunca”.


        “Caminaré más abajo. Aquí el se hace un enredijo y puede devolverme a donde no quiero regresar.”


        “Estás atrapado —dijo el que iba detrás de él, Mañana estarás muerto, o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días. No importa el tiempo. Tengo paciencia.”


        El hombre vio que el río se encajonaba entre altas paredes y se detuvo. “Tendré que regresar”, dijo.


        “Hijo —dijo el que estaba sentado esperando—: no tiene caso que te diga que el que te mató está muerto desde ahora”. ¿Acaso yo ganaré algo con eso? La cosa es que yo no estuve contigo. ¿De qué sirve explicar nada? No estaba contigo. Eso es todo. Ni con ella. Ni con él. “No estaba con nadie; porque el recién nacido no me dejó ninguna señal de recuerdo.”


        Lo vi desde que se zambulló en el río. Apechugó el cuerpo y luego se dejó ir corriente abajo, sin manotear, como si caminara pisando el fondo. “¿Qué traerá este hombre?”, me pregunté.


        Ya lo decía yo que era un juilón. Con sólo verle la cara. Pero no soy adivino, señor licenciado. Sólo soy un cuidador de borregos y hasta sí usted quiere algo miedoso cuando da la ocasión. Aunque, como usted dice, lo pude muy bien agarrar desprevenido y una pedrada bien dada en la cabeza lo hubiera dejado allí bien tieso. Usted ni quien se lo quite que tiene la razón.


        Eso que me cuenta de todas las muertes que debía y que acababa de efectuar, no me lo perdono. Me gusta matar matones, créame usted. No es la costumbre; pero se ha de sentir sabroso ayudarle a Dios a acabar con esos hijos del mal. La cosa es que no todo quedó allí. Lo vi venir de nueva cuenta al día siguiente.

Pero yo todavía no sabía nada. ¡De haberlo sabido!


        Se me arrimó y me dijo: “¿Son tuyas esas borregas?” Y yo le dije que no. “Son de quien las parió”, eso le dije.


        ¿Dice usted que mató a toditita la familia de los Urquidi? De haberlo sabido lo atajo a puros leñazos.


        ¿De modo que ahora que vengo a decirle lo que sé, yo salgo encubridor? Pos ahora sí. ¿Y dice usted que me va a meter a la cárcel por esconder a ese individuo?


Créame usted, señor licenciado. ¿Pero yo qué sabía? Yo no soy adivino. Y ahora se ha muerto. Primero creí que se había doblado al empinarse sobre el río hasta que le vi la sangre coagulada que le salía por la boca y la nuca repleta de agujeros como si lo hubieran taladrado.


Sólo vengo a decirle lo que pasó, sin quitar ni poner nada. Soy borreguero y no sé de otras cosas.

EN LA MADRUGADA


San Gabriel es el pueblo en donde se desarrolla el cuento de En la madrugada, y fue a esa hora cuando Esteban mata a su patrón Don Justo cuando éste llega a detenerlo de la golpiza que Esteban le está dando a un becerro que mama de una vaca. Esteban es encarcelado y alega no recordar haber dado muerte a Don Justo.

        San Gabriel sale de la niebla húmedo de rocío. Las nubes de la noche durmieron sobre el pueblo buscando el calor de la gente. Ahora está por salir el sol y la niebla se levanta. Y detrás de él aparece el humo negro de las cocinas, oloroso a encino quemado, cubriendo el cielo de cenizas.

Por el camino de Jiquilpan, bordeado de camichines, el viejo Esteban viene montado en el lomo de una vaca, arreando el ganado de la ordeña.

La mañana está aclarando. Oye las campanadas del alba en San Gabriel y se baja de la vaca, arrodillándose en el suelo y haciendo la señal de la cruz con los brazos extendidos.

“Una, dos, diez”, cuenta las vacas al estar pasando el guardaganado”.


Están dando la última campanada del alba.

Llegué al zaguán del corral y no me abrieron. Entonces creí que mi patrón don Justo se había quedado dormido. Busqué donde estuviera bajita la barda y por allí me trepé y caí al otro lado, entre los becerros. Y ya estaba yo quitando la tranca del zaguán cuando vi al patrón don Justo que salía de donde estaba el tapanco, con la niña Margarita dormida en sus brazos y que atravesaba el corral sin verme.

El viejo Esteban dejó entrar las vacas una por una, mientras las ordeñaba. “Por última vez —le dijo—; míralo y lengüetéalo; míralo como si fuera a morir. Estás ya por parir y todavía te encariñas con este grandulón.”

¿Qué pasó luego? Yo no lo supe. No volví a trabajar con él. Ni yo ni nadie, porque ese mismo día se murió. ¿No lo sabía usted?. Y que dizque yo lo había matado, dijeron los díceres. Pero desde el momento que me tienen aquí en la cárcel por algo ha de ser ¿no cree usted? Aunque, mire, yo bien que me acuerdo de hasta el momento que le pegué al becerro y de cuando el patrón se me vino encima, hasta allí que cuando desperté estaba en mi catre, dije, ¿cómo no iba a acordarme de que había matado a un hombre? Y, sin embargo, dicen que maté a don Justo. ¿Con qué dicen que lo maté? ¿Que dizque con una piedra, verdad?

Justo Brambila abandonó el cuarto, en silencio. Eran las seis de la mañana.

Se dirigió al corral para abrirle el zaguán al viejo Esteban. Corrió y agarró al viejo por el cuello y lo tiró contra las piedras, dándole de puntapiés y gritándole

         El viejo Esteban se levantó ya alto el sol. Se fue caminando a tientas, quejándose. No se supo cómo abrió la puerta y se echó a la calle.


         Serían las once de la mañana cuando entró Margarita en el corral, buscando a Justo Brambila, llorando porque su madre le había dicho después de mucho sermonearla que era una prostituta.

        

Encontró a Justo Brambila muerto.

Y ahora ya ve usted, me tienen detenido en la cárcel y que me van a juzgar la semana que entra porque criminé a don Justo.

Los vidrios de colores de la iglesia estuvieron encendidos hasta el amanecer con la luz de los cirios, mientras velaban el cuerpo del difunto.

TALPA

  Talpa alberga a la milagrosa virgen del Rosario y Tanilo Santos desea ir a curarse de las llagas que atormentan su cuerpo. Natalia, su mujer, y el hermano de Tanilo planean llevarlo con el fin de que Tanilo muera en el camino a causa de su enfermedad y la fatiga del camino. Este cuento narra los contratiempos y experiencias de los peregrinos y de ellos mismos como tales. Llegan a Talpa y finalmente muere Tanilo Santos. Natalia, arrepentida, llora en los brazos de su madre.

  Natalia se metió entre los brazos de su madre y lloró largamente allí con un llanto quedito. Era un llanto aguantado por muchos días, guardado hasta ahora que regresamos a Zenzontla y vio a su madre y comenzó a sentirse con ganas de consuelo.

Entre los trabajos de tantos días difíciles, cuando tuvimos que enterrar a Tanilo en un pozo de la tierra de Talpa, sin que nadie nos ayudara, cuando ella y yo, los dos solos, juntamos nuestras fuerzas y nos pusimos a escarbar la sepultura desenterrando los terrones con nuestras manos —dándonos prisa para esconder pronto a Tanilo dentro del pozo y que no siguiera espantando ya a nadie con el olor de su aire lleno de muerte—, entonces no lloró.
    

    Ni después, al regreso, cuando nos vinimos caminando de noche sin conocer el sosiego, andando a tientas como dormidos y pisando con pasos que parecían golpes sobre la sepultura de Tanilo.

        Porque la cosa es que a Tanilo Santos entre Natalia y yo lo matamos.


        La idea de ir a Talpa salió de mi hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde aquel día en que amaneció con unas ampollas moradas repartidas en los brazos y las piernas.

        Y de eso nos agarramos Natalia y yo para llevarlo. Yo tenía que acompañar a Tanilo porque era mi hermano. Natalia tendría que ir también, de todos modos, porque era su mujer.

        Yo sé ahora que Natalia está arrepentida de lo que pasó. Y yo también lo estoy; entonces mis manos iban detrás de ella; iban y venían por encima de ese como rescoldo que era ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si quisieran exprimirle la sangre. Así una y otra vez, eso hacíamos Natalia y yo a un lado del camino de Talpa

Ya puedo estar contigo, Natalia. Ayúdame a estar contigo", dizque eso le dijo.

Ahora estamos los dos en Zenzontla. Hemos vuelto sin él. Y la madre de Natalia no me ha preguntado nada; ni que hice con mi hermano Tanilo, ni nada.

Quizá hasta empecemos a tenernos miedo uno al otro. Esa cosa de no decirnos nada desde que salimos de Talpa tal vez quiera decir eso.

Quizá nos acordemos aquí más seguido: de aquel Tanilo que nosotros enterramos en el camposanto de Talpa; al que Natalia y yo echamos tierra y piedras encima para que no lo fueran a desenterrar los animales del cerro.

MACARIO

Macario es un joven que al que su madrina, la señora que lo alberga en su casa, obliga a exterminar cuanta rana salga de la alcantarilla, ya que ella no puede dormir por el griterío que hacen estos animales. Por esta razón su madrina le ha dado un palo a Macario para no permitir que las ranas canten, con la consigna de que si no lo cumple, lo dejará sin comer, y lo maldecirá para que se pudra en el infierno. Y mientras, Macario espera pacientemente a que salgan las ranas para cumplir con su misión, nos cuenta su historia, nos habla del paso del tiempo donde vive, de sus deseos, anhelos, desesperanzas y angustias. De su amor por Felipa y del sabor a flores del obelisco que tiene la leche que bebe de ella.

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos... Felipa no quiere que yo perjudique a las ranas. Yo quiero más a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre. Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo no lo he oído. Mi madrina no me deja salir solo a la calle. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de su rebozo. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es muy buena conmigo. Por eso la quiero... Felipa antes iba todas las noches al cuarto donde yo duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito. Luego me gusta darme mis buenos sustos con eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Uno da de topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; primero despacito, después más recio y aquello suena como un tambor. Pero lo que yo quiero es oír el tambor. Eso es lo que ella debería saber. Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque, eso sí, no se parece al sabor de la leche de Felipa... Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún brazo se mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente en seguida el ardor del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una nalga. Yo le unté saliva. De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente. Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infierno. Ahora estoy junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, puede suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no le llegará por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje. Y entonces le pedirá a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su cuarto, que mande a los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la condenación eterna, derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo no podré ver entonces ni a mi papá ni a mi mamá mejor seguiré platicando... La leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las flores del obelisco...

EL LLANO EN LLAMAS

El llano en llamas es el cuento que le da nombre al libro, aquí la lucha armada revolucionaria se hace presente entre los federales que son la gente de Petronilo Flores y el movimiento rebelde con Pedro Zamora a la cabeza. Esta historia es narrada por el Pichón, uno de los hombres de Zamora que termina en la cárcel, pero no por haber participado con los rebeldes, ya que de eso las autoridades no se enteran, sino por su afición a robar mujeres.

Ya mataron a la perra,
pero quedan los perritos...

(Corrido popular)

        “¡Viva Petronilo Flores!”


        El grito se vino rebotando por los paredones de la barranca y subió hasta donde estábamos nosotros. Luego se deshizo.


En seguida, saliendo de allá mismo, otro grito torció por el recodo de la barranca, volvió a rebotar en los paredones y llegó todavía con fuerza junto a nosotros:


       “¡Viva mi general Petronilo Flores!”


        La Perra se levantó despacio, quitó el cartucho a la carga de su carabina y se lo guardó en la bolsa de la camisa. Después se arrimó a donde estaban Los cuatro y les dijo: “Síganme, muchachos, vamos a ver qué toritos toreamos!” Los cuatro hermanos Benavides se fueron detrás de él, agachados; solamente la Perra iba bien tieso, asomando la mitad de su cuerpo flaco por encima de la cerca.

Ellos, la Perra y los Cuatro, iban también culebreando como si fueran los pies trabados.

        De repente sonó un tiro.

        — ¿Qué fue? —preguntó Pedro Zamora, todavía medio amodorrado por la siesta.
        

        Cuando menos acordamos aquí estaban ya, mero enfrente de nosotros.

         Llegó la señal. Se oyó un chiflido largo y comenzó la tracatera allá lejos, por donde se había ido la Perra.


        Para la siguiente descarga tuvimos que esperar.


        Alguno de nosotros gritó: “¡Viva Pedro Zamora!”


        Del otro lado respondieron, casi en secreto: “¡Sálvame patroncito! ¡Sálvame! ¡Santo Niño de Atocha, socórreme!”


        La tercera descarga nos llegó por detrás, nos dejamos descolgar por allí como si nos despeñáramos.


                “¡Viva mi general Petronilo Flores, hijos de la tal por cual!”, nos gritaron otra vez.

Pedro Zamora nos seguía mirando. Nos contaba de uno en uno. Sabía ya cuántos éramos los que estábamos allí. Faltaban algunos: once o doce, sin contar a la Perra y al Chihuila.


         Los Joseses, los dos hijos de la Perra, fueron los primeros en levantar la cabeza, luego el cuerpo, les gritó a los Joseses:


        “¡Ya sé que falta su padre, pero aguántense, aguántense tantito! Iremos por él


        Los Joseses volvieron al lugar de antes y se acuclillaron en silencio.
        

Cuando empezó a bajar la noche llegó el Chihuila acompañado de uno de “los Cuatro”.

        — ¡Epa tú, Pichón! —me dijo Pedro Zamora—. Te voy a dar la encomienda de que vayas con los Joseses hasta Piedra Lisa y vean a ver qué le pasó a la Perra.


        Los coyotes se oían más cerquita cuando llegamos al corral donde habíamos encerrado la caballada.

         Nos pusimos a buscar a la Perra; a no hacer caso de ningún otro sino de encontrar a la mentada Perra.


         Pocos días después, en el Armería, al ir pasando el río, nos volvimos a encontrar con Petronilo Flores. Pedro Zamora pasó por delante haciendo galopar aquel macho barcino y chaparrito que era el mejor animal que yo había conocido. Y detrás de él, nosotros. De todos modos la matazón fue grande. Aquél fue el último agarre que tuvimos con las fuerzas de Petronilo Flores. Y acabamos por ser unos grupitos tan ralos que ya nadie nos tenía miedo. Ya nadie corría gritando: “¡Allí vienen los de Zamora!”


        Había vuelto la paz al Llano Grande.


        Hacía cosa de ocho meses que estábamos escondidos en el escondrijo del Cañón del Tozín,

Eramos cinco, casi cuatro, porque a uno de los Joseses se le había gangrenado una pierna por el balazo que le dieron abajito de la nalga.


Y de no saber que nos colgarían a todos, hubiéramos ido a pacificarnos.


        Pero en eso apareció un tal Armancio Alcalá, que era el que le hacía los recados y las cartas a Pedro Zamora.


         Y ya estaba para salir el sol, cuando el tal Alcalá se dejó ver asomándose por entre los sabinos. Traía terciadas dos carrilleras con cartuchos del “44” y en las ancas de su caballo venía atravesado un montón de rifles como si fuera una maleta.


Nos repartió las carabinas y volvió a hacer la maleta con las que le sobraban.


        —Si no tienen nada urgente que hacer de hoy a mañana, pónganse listos para salir a San Buenaventura. Allí los está aguardando Pedro Zamora. En mientras, yo voy un poquito más abajo a buscar a los Zanates. Luego volveré.


        Al día siguiente volvió, ya de atardecida. Y sí, con él venían los Zanates. Se les veía la cara prieta entre el pardear de la tarde. También venían otros tres que no conocíamos.


        —En el camino conseguiremos caballos

Más atrás venían Pedro Zamora y mucha gente a caballo. Mucha más gente que nunca. Nos dio gusto.


Le prendimos fuego y luego la emprendimos rumbo al Petacal. Era la época en que el maíz ya estaba por pizcarse y las milpas se veían secas y dobladas por los ventarrones que soplan por este tiempo sobre el Llano. Así que se veía muy bonito ver caminar el fuego en los potreros; ver hecho una pura brasa casi todo el Llano en la quemazón aquella, con el humo ondulado por arriba; aquel humo oloroso a carrizo y a miel, porque la lumbre había llegado también a los cañaverales.

Y de entre el humo íbamos saliendo nosotros, como espantajos, con la cara tiznada, arreando ganado de aquí y de allá para juntarlo en algún lugar y quitarle el pellejo.


        Dijo Pedro Zamora:”Esta revolución la vamos a hacer con el dinero de los ricos. Ellos pagarán las armas y los gastos que cueste esta revolución que estamos haciendo. Y aunque no tenemos por ahorita ninguna bandera por qué pelear, debemos apurarnos a amontonar dinero, para que cuando vengan las tropas del gobierno vean que somos poderosos.“

        Y es que ya no se trataba de aquella gente del general Urbano, que nos habían echado al principio y que se asustaban a puros gritos y sombre­razos; ahora era un tal Olachea, con gente aguantadora y entrona; con alteños traídos desde Teocaltiche, revueltos con indios tepehuanes: unos indios mechudos,

    Y así, mientras en las faldas del volcán se estaban quemando los ranchos del jazmín, otros bajábamos de repente sobre los destacamentos, arrastrando ramas de huizache y haciendo creer a la gente que éramos muchos, escondidos entre la polvareda y la gritería que armábamos.
  

      Desde aquí veíamos arder día y noche, pueblos más grandes, como Tuzamilpa y Zapotitlán, que iluminaban la noche. Y los hombres de Olachea salían para allá.

        Quemamos al Cuastecomate y jugamos allí a los toros. A Pedro Zamora le gustaba mucho este juego del toro.


        Los federales se habían ido por el rumbo de Autlán, en busca de un lugar que le dicen La Purificación, donde según ellos estaba la nidada de bandidos de donde habíamos salido nosotros.

Se fueron y nos dejaron solos en el Cuastecomate.


        Por ese tiempo casi todos éramos “abajeños”, desde Pedro Zamora para abajo; después se nos juntó gente de otras partes: los indios güeros de Zaco­alco, zanconzotes y con caras como de requesón. Y aquellos otros de la tierra fría, que se decían de Mazamitla.

Pedro Zamora los mandó a cuidar el puerto de los volcanes, allá arriba, donde no había sino pura arena y rocas lavadas por el viento. Pero los indios güeros pronto se encariñaron con Pedro Zamora y no se quisieron separar de él. A veces hasta se robaban las mejores muchachas que había en los pueblos para que él se encargara de ellas.


   Pero la cosa se descompuso por completo desde el descarrilamiento del tren en la cuesta de Sayula. De no haber sucedido eso, quizá todavía estu­viera vivo Pedro Zamora y el Chino Arias y el Chihuila y tantos otros, y la revuelta hubiera seguido por el buen camino. Pero Pedro Zamora le picó la cresta al gobierno con el descarrilamiento del tren de Sayula.


         La madrugada estaba comenzando a dar luz a las cosas. Pasaron frente a nosotros todavía medio ensombrecidos por la noche, pero pudimos ver que eran soldados con sus galletas. Esperamos. El tren no se detuvo.


        De haber querido lo hubiéramos tiroteado.


        Cuando los vivos comenzaron a salir de entre las astillas de los carros, nosotros nos retiramos de allí, acalambrados de miedo.


        Estuvimos escondidos varios días; pero los federales nos fueron a sacar de nuestro escondite.


        Corrimos los que pudimos. En el Camino de Dios se quedó el Chihuila, Algunos ganamos para el Cerro Grande y arrastrándonos como víboras pasábamos el tiempo mirando hacia el llano, hacia aquella tierra de allá abajo donde habíamos nacido y vivido y donde ahora nos estaban aguardando para matarnos. A veces hasta nos asustaba la sombra de las nubes.


“No queremos verlos; pero si los vemos los matamos”, nos mandaron decir.

        Con Pedro Zamora anduve cosa de cinco años. Días buenos, días malos, se ajustaron cinco años. Después ya no lo volví a ver. Dicen que se fue a México detrás de una mujer y que por allá lo mataron. Uno que estuvo conmigo en la cárcel me contó eso de que lo habían matado.


        Yo salí de la cárcel hace tres años. Me castigaron allí por muchos delitos; pero no porque hubiera andado con Pedro Zamora.

Casi estaba seguro de que su padre era aquel viejo al que le dimos su aplaque cuando ya íbamos de salida; al que alguno de nosotros le descerrajó un tiro en la cabeza mientras yo me echaba a su hija sobre la silla del caballo y le daba unos cuantos coscorrones para que se calmara y no me siguiera mordiendo.


        —Tengo un hijo tuyo —me dijo después—. Allí está.


        Y apuntó con el dedo a un muchacho largo con los ojos azorados:


        — ¡Quítate el sombrero, para que te vea tu padre!

        —También a él le dicen el Pichón —volvió a decir la mujer, aquella que ahora es mi mujer—. Pero él no es ningún bandido ni ningún asesino. Él es gente buena.
        Yo agaché la cabeza.

¡DILES QUE NO ME MATEN!

Juvencio Nava es el narrador y personaje principal de ¡Diles que no me maten!, quien pide a Justino que por caridad vaya a pedirles que lo perdonen. El viejo asunto de la muerte de Don Lupe, a quien Juvencio mató por venganza, pues Don Lupe había matado a su vez a un novillo de Juvencio que entró a tomar agua a las tierras de Don Lupe. Don Lupe ya había amenazado de muerte a Juvencio, por lo que años más tarde, uno de los hijos de Don Lupe, ahora coronel, pidió que fusilaran a Juvencio: "No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!".

        — ¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles.

Diles que lo hagan por caridad.


        —No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti.


        —Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues.


        —No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también.

        Justino apretó los dientes y movió la cabeza diciendo:


        —No.


        Justino se levantó. Luego se dio vuelta para decir:


        —Voy, pues. Pero si de perdida me afusilan a mí también, ¿quién cuidará de mi mujer y de los hijos?


        —La Providencia, Justino.

        Lo habían traído de madrugada. Quién le iba a decir que volvería aquel asunto tan viejo, tan rancio, tan enterrado como creía que estaba. Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe.


        Don Lupe Terreros, el dueño de la Puerta de Piedra, por más señas su compadre. Al que él, Juvencio Nava, tuvo que matar por eso; por ser el dueño de la Puerta de Piedra y que, siendo también su compadre, le negó el pasto para sus animales.


        Primero se aguantó por puro compromiso.

        Y él, y don Lupe alegaban y volvían a alegar sin llegar a ponerse de acuerdo.


        —Mira, Juvencio, otro animal más que metas al potrero y te lo mato.
        
        —Mire, don Lupe, yo no tengo la culpa de que los animales busquen su acomodo. Ellos son inocentes. Ahí se lo haiga si me los mata.


        “Y me mató un novillo.


        “Esto pasó hace treinta y cinco años, por marzo, porque ya en abril andaba yo en el monte, corriendo del exhorto. No me valieron ni las diez vacas que le di al juez, ni el embargo de mi casa para pagarle la salida de la cárcel.

        “Pero los demás se atuvieron a que yo andaba exhortado.

“Al menos esto —pensó— conseguiré con estar viejo. Me dejarán en paz”.

Sesenta años de vivir sobre de ella, de encerrarla entre sus manos, de haberla probado como se prueba el sabor de la carne.

 —Yo nunca le he hecho daño a nadie —eso dijo. Pero nada cambió.

Dejó caer otra vez los brazos y entró en las primeras casas del pueblo en medio


        —Mi coronel, aquí está el hombre.


— ¿Cuál hombre? —preguntaron.

     

   —El de Palo de Venado, mi coronel. El que usted nos mandó a traer.


       — ¡Ey, tú! ¿Que si has habitado en Alima? —repitió la pregunta el sargento que estaba frente a él.


        —Sí. Dile al coronel que de allá mismo soy. Y que allí he vivido hasta hace poco.


        —Pregúntale que si conoció a Guadalupe Terreros.


        —Que dizque si conociste a Guadalupe Terreros.


        — ¿A don Lupe? Sí. Dile que sí lo conocí. Ya murió.


        Entonces la voz de allá adentro cambió de tono:


        —Ya sé que murió —dijo. Y siguió hablando como si platicara con alguien allá, al otro lado de la pared de carrizos:


        —Guadalupe Terreros era mi padre. Cuando crecí y lo busqué me dijeron que estaba muerto.


        “Luego supe que lo habían matado a machetazos, clavándole después una pica de buey en el estómago.

“Esto, con el tiempo, parece olvidarse. Uno trata de olvidarlo. No podría perdonar a ése, aunque no lo conozco. No puedo perdonarle que siga viviendo. No debía haber nacido nunca”.


        Desde acá, desde fuera, se oyó bien claro cuando dijo. Después ordenó:


        — ¡Llévenselo y amárrenlo un rato, para que padezca, y luego fusílenlo!


        — ¡Mírame, coronel! —pidió él—. Ya no valgo nada. No tardaré en morirme solito, derrengado de viejo. ¡No me mates...!


        — ¡Llévenselo! —volvió a decir la voz de adentro.

 —...Ya he pagado, coronel. He pagado muchas veces. Todo me lo quitaron. No merezco morir así, coronel. Déjame que, al menos, el Señor me perdone. ¡No me mates! ¡Diles que no me maten!

—Amárrenlo y denle algo de beber hasta que se emborrache para que no le duelan los tiros.

Arrinconado al pie del horcón. Había venido su hijo Justino y su hijo Justino se había ido y había vuelto y ahora otra vez venía.

Le metió su cabeza dentro de un costal para que no diera mala impresión. Y luego le hizo pelos al burro y se fueron, arrebiatados, de prisa, para llegar a Palo de Venado todavía con tiempo para arreglar el velorio del difunto.


LUVINA

Luvina es tal vez el cuento más poético de esta serie, por su magnífica descripción de un pueblo casi fantasmal, deshabitado y seco: "Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde donde descansar los ojos… aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de muerto". Luvina nos recuerda así, el ambiente de Cómala descrito en Pedro Páramo. Un profesor que se va del pueblo le cuenta a otro, el cual lo va a sustituir, la vida en Luvina, se lo cuenta bebiendo hasta caerse de borracho.

        De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda.

Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita.


    El hombre aquel que hablaba se quedó callado un rato, mirando hacia afuera.


    Hasta ellos llegaba el sonido del río pasando sus crecidas aguas por las ramas de los camichines,


      Y afuera seguía avanzando la noche.


     — ¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más! —volvió a decir el hombre.

Los gritos de los niños se acercaron hasta meterse dentro de la tienda. Eso hizo que el hombre se levantara, y fuera hacia la puerta y les dijera: “¡Váyanse más lejos! ¡No interrumpan! Sigan jugando, pero sin armar alboroto.”


   Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió diciendo:


    —Por cualquier lado que se le mire. Luvina es un lugar muy triste.


   “...Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina,

”Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita.

Ahora venía diciendo:


         —Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá viví. Allá deje la vida... Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá... Cuando yo llegué por primera vez a Luvina... ¿Pero me permite antes que me tome su cerveza? En cuanto nos puso en el suelo, se dio media vuelta:


         “—Yo me vuelvo— nos dijo.


         “Espera, No vas a dejar sestear a tus animales Están muy aporreados.


         “—Aquí se fregarían más— nos dijo— mejor me vuelvo.


         “Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos

         “Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos.


         “Entonces yo le pregunté a mi mujer:


         “— ¿En qué país estamos, Agripina?


         “Y ella se alzó de hombros.


         “—Bueno. Si no te importa, ve a buscar a dónde comer y dónde pasar la noche. Aquí te aguardamos —le dije.


         “Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue. Pero no regresó.


  Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta que la encontramos metida en la iglesia: sentada mero en medio de aquella iglesia solitaria, con el niño dormido entre sus piernas.

“Allí no había a quién rezarle.

“—Sí, allí enfrente... unas mujeres... Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran...

         “— ¿Porqué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.


         “—Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.


         “— ¿Qué país éste, Agripina?


         “Y ella volvió a alzarse de hombros.


         “Aquella noche nos acomodamos para dormir en un rincón de la iglesia.


         “Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos.


“Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena.

Vamonos de aquí! —les dije—. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El gobierno nos ayudará.

        

         “Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina.

         “—Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad.

         “Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya.

Él acabará con ustedes.


         “—Dura lo que debe de durar. Es el mandato de Dios —me contestaron—.

         “Ya no volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.


         “San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre.

Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo.
        

Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso interrumpe mucho la plática.

El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa y se quedó dormido.

LA NOCHE QUE LO DEJARON SOLO

La noche que lo dejaron solo cuenta como en el marco de la revolución cristera, Feliciano Ruelas camina en la madrugada huyendo junto con sus dos compañeros, a los que matan en una emboscada. Feliciano logra cruzar el río y escaparse. A manera de recordatorio se cuenta la historia de Urbano Gómez en Acuérdate. Urbano Gómez, hijo de Don Urbano y nieto de Dimas, fue expulsado de la escuela por encontrarse jugando al marido y mujer con su prima detrás de los lavaderos de la escuela. Don Fidencio, padre de la muchacha y tío de Urbano, le da una paliza que por poco lo mata, lo que provoca que Urbano se vaya del pueblo de puro coraje. Regresa tiempo después convertido en policía y odiando al pueblo que lo expulsó.

        — ¿Por qué van tan despacio? —Les preguntó Feliciano Ruelas a los de adelante—. Así acabaremos por dormirnos. ¿Acaso no les urge llegar pronto?


        —Llegaremos mañana amaneciendo —le contestaron.


        Fue lo último que les oyó decir. Sus últimas palabras. Pero de eso se acordaría después, al día siguiente.


        Allí iban los tres, con la mirada en el suelo, tratando de aprovechar la poca claridad de la noche.


        “Es mejor que esté oscuro. Así no nos verán.”


        Mientras el terreno estuvo parejo, caminó deprisa. Al comenzar la subida, se retrasó; otros pasaron junto a él.

“De la Magdalena para allá, la primera noche; después de allá para acá, la segunda, y ésta es la tercera. No serían muchas —pensó—, si al menos hubiéramos dormido de día”. Pero ellos no quisieron: Nos pueden agarrar dormidos —dijeron—. Y eso sería lo peor.


“Váyanse, pues. ¡Váyanse!”


  Se recostó en el tronco de un árbol. Allí estaban la tierra fría y el sudor convertido en agua fría.


       Lo despertó el frío de la madrugada. La humedad del rocío.


        Abrió los ojos.

        Los arrieros pasaron junto a él, mirándolo. Lo saludaron: “Buenos días”, le dijeron. Pero él no contestó.


        Se acordó de lo que tenía que hacer. Era ya de día. Y él debía de haber atravesado la sierra por la noche para evitar a los vigías. Este paso era el más resguardado. Se lo habían dicho.

Llegó al borde de las barrancas. Miró allá lejos la gran llanura gris.


        “Ellos deben estar allá. Descansando al sol, ya sin ningún pendiente”, pensó.


        Y se dejó caer barranca abajo.

De pronto se quedó quieto.


        “¡Cristo!”, dijo. Y ya iba a gritar: “¡Viva Cristo Rey!”, pero se contuvo. Sacó la pistola de la costadilla y se la acomodó por dentro, debajo de la camisa, para sentirla cerquita de su carne. Eso le dio valor.


        Llegó hasta las bardas del corral y pudo verlos mejor; reconocerles la cara: eran ellos, su tío Tanis y su tío Librado. Mientras los soldados daban vuelta alrededor de la lumbre, ellos se mecían, colgados de un mezquite, en mitad del corral. No parecían ya darse cuenta del humo que subía de las fogatas, que les nublaba los ojos vidriosos y les ennegrecía la cara.


        Arriba de él, oyó que alguien decía:


        — ¿Qué esperan para descolgar a ésos?


        —Estamos esperando que llegue el otro. Dicen que eran tres, así que tienen que ser tres. Dicen que el que falta es un muchachito; pero muchachito y todo, fue el que le tendió la emboscada a mi teniente Parra y le acabó su gente.


        — ¿Y por qué no salimos mejor a buscarlo? Así hasta se nos quitaría un poco lo aburrido.


        —No hace falta. Tiene que venir. Todos están arrendando para la Sierra de Comanja a juntarse con los cristeros del Catorce.

Feliciano Ruelas esperó todavía un rato a que se le calmara el bullicio que sentía cosquillearle el estómago.

Cuando llegó al reliz del arroyo, enderezó la cabeza y se echó a correr, abriéndose paso entre los pajonales. No miró para atrás ni paró en su carrera hasta que sintió que el arroyo se disolvía en la llanura.


        Entonces se detuvo. Respiró fuerte y temblorosamente.

PASO DEL NORTE

Paso del norte, trata la historia de un muchacho que va a hablar con su padre para pedirle se haga cargo de su familia, ya que el irá en busca de mejores oportunidades al país del norte. El papá, de mala gana, acepta argumentando que él no tiene ninguna responsabilidad con ellos porque ya bastante hizo con el muchacho y su hermana que en paz descanse. El muchacho regresa contándole a su padre que no pudo cruzar porque mataron a su amigo y él logró huir de regreso. Al preguntar por su familia el padre del muchacho le cuenta a éste que su mujer se fue con otro hombre y entonces él decide ir a buscarla.

        —Me voy lejos, padre; por eso vengo a darle el aviso.


        — ¿Y pa ónde te vas, si se puede saber?


        —Me voy pal Norte.


— ¿Y qué diablos vas a hacer al Norte?


        —Pos a ganar dinero. Ya ve usté, el Carmelo volvió rico,


        — ¿Y ónde vas a guardar a tu mujer con los muchachos?


        —Pos por eso vengo a darle el aviso, paque usté se encargue de ellos.


        — ¿Y quién crees que soy yo, tu pilmama?

De hoy en adelante no quiero tener compromisos. .


        —Y a mí qué diablos me va o me viene. ¿Pa qué te casaste? Te fuiste de la casa y ni siquiera me pediste el permiso.


        —Eso lo hice porque a usté nunca le pareció buena la Tránsito. Me la malorió siempre que se la truje y, recuérdeselo, ni siquiera voltió a verla la primera vez que vino: “Mire, papá, ésta es la muchachita con la que me voy a coyuntar.” Usté se soltó hablando en verso y que dizque la conocía de íntimo, como si ella fuera una mujer de la calle. Y dijo una bola de cosas que ni yo se las entendí. Por eso ni se la volví a traer. Así que por eso no me debe usté guardar rencor. Ora sólo quiero que me la cuide, porque me voy en serio. Aquí no hay ya ni qué hacer, ni de qué modo buscarle.


        —Eso son rumores. Trabajando se come y comiendo se vive. Apréndete mi sabiduría. Yo estoy viejo y ni me quejo. De muchacho ya ni se diga; tenía hasta pa conseguir mujeres de a rato. El trabajo da pa todo y contimás pa las urgencias del cuerpo. Lo que pasa es que eres tonto. Y no me digas que eso yo te lo enseñé.

Y el día que se lo pedí me dijo: “Anda a mercar güevos, eso deja más.” Y me voy entristecido, padre, aunque usté no lo quiera creer, porque yo quiero a mis muchachos, no como usté que nomás los crió y los corrió.”


      —Me vienes a buscar en la necesidá. Si estuvieras tranquilo te olvidarías de mí. Desde que tu madre murió me sentí solo; cuando murió tu hermana, más solo;


        — ¿Entonces no me los cuidará?


        —Ahi déjalos, nadie se muere de hambre.


        —Dígame si me guarda el encargo, no quiero irme sin estar seguro.


        — ¿Cuántos son?


        —Pos nomás tres niños y dos niñas y la nuera que está re joven.


        —Rejodida, dirás.


        —Yo fui su primer marido. Era nueva. Es buena. Quiérala, padre.


        — ¿Y cuándo volverás?


        —Pronto, padre.

—Padre, nos mataron Allá, en el Paso del Norte,

Me devolví porque él me dijo: “Sácame de aquí, paisano, no me dejes.”


        —”Ey, tú, ¿qué haces aquí?


     ¿De dónde eres? No debías de haber salido de allá. ¿Tienes dinero?


        “Le quité al muerto este tantito. A ver si me ajusta.


        Tengo ahi una partida pa los repatriados.

¡Ándale. Vete!


        “—Yo me vine y aquí estoy, padre, pa contárselo a usté.”


        —Eso te ganaste por creido y por tarugo. Y ya verás cuando te asomes por tu casa.


        —Se te fue la Tránsito con un arriero.

¿Por qué rumbo dice usté que arrendó el arriero con la Tránsito?


        —Pos por ahi. No me fijé.


        —Entonces orita vengo, voy por ella.


        — ¿Y por ónde vas?


        —Pos por ahí, padre, por onde usté dice que se fue.

ACUÉRDATE

A manera de recordatorio se cuenta la historia de Urbano Gómez en Acuérdate. Urbano Gómez, hijo de Don Urbano y nieto de Dimas, fue expulsado de la escuela por encontrarse jugando al marido y mujer con su prima detrás de los lavaderos de la escuela. Don Fidencio, padre de la muchacha y tío de Urbano, le da una paliza que por poco lo mata, lo que provoca que Urbano se vaya del pueblo de puro coraje. Regresa tiempo después convertido en policía y odiando al pueblo que lo expulsó.

        Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquél que dirigía las pastorelas y que murió recitando el “rezonga ángel maldito”. Acuérdate que le decíamos el Abuelo por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación.


        Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba meti­da en líos y de cada lío salía con un muchacho.


        Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad. Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió tonto.


        Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepeche que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero.


        Quizá entonces se vio malo, o quizá ya era de nacimiento.


        Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer.


        Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso.


        Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas.


        Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.


        Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.

NO OYES LADRAR A LOS PERROS

Mata a su cuñado Nachito y muere ahorcado en un árbol que él mismo escogió. Ignacio, agonizante, es llevado a cuestas por su padre para salvarlo en No oyes ladrar los perros, frase que significa la vida, la población y en casos como éste la salvación están cerca, aunque su llegada a Tonaya sea demasiado tarde para ellos.       

 —Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.


        —No se ve nada.


        —Pobre de ti, Ignacio.


        —Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte.

        —Sí, pero no veo rastro de nada.

"Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco."


        — ¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.


        Y el otro se quedaba callado.

Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?


        —Bájame, padre.


        — ¿Te sientes mal?


        —Sí

        —Quiero acostarme un rato.


        —Duérmete allí arriba.

        —Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre.


        Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.


Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente...


        —Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.


        Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.


        Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.


        — ¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella.


        Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.


        Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.


        — ¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

EL DÍA DEL DERRUMBE

El día del derrumbe, es una de las historias más divertidas, la cual nos cuenta el día en que el presidente visitó el pueblo de Tuxcacuexco recientemente afectado por un temblor. La reunión para planear estrategias de apoyo a los afectados acabó en borrachera y balazos. Así, el presidente se retiró dando la orden de encargarse del borracho que inició el tiroteo y quedó dormido a causa de un botellazo.

       —Esto pasó en septiembre. No en el septiembre de este año sino en el del año pasado.

¿O fue el antepasado, Melitón?


        — Sí, si yo me acordaba bien. Fue en septiembre del año pasado, por el día veintiuno.

      —Tienes razón. Yo por esos días andaba en Tuzcacuexco. Hasta vi cuando se derrumbaban las casas como si estuviera m echas de melcocha.


        —No la hay. Allí no quedan más que unas paredes cuarteadas que dicen fue la iglesia hace algo así como doscientos años.


        —Entonces fue allí ni más ni menos donde me agarró el temblor .


        —Bueno, como les estaba diciendo, en septiembre del año pasado, un poquito después de los temblores cayó por aquí el gobernador para ver como nos había tratado el terremoto. Traía geólogo y gente conocedora, no crean ustedes que venía solo. Oye, Melitón, ¿como cuánto dinero nos costó darles de comer a los acompañantes del gobernador?


        —Algo así como cuatro mil pesos.


        —Y eso que nomás estuvieron un día. Oye, Melitón ¿cuál fue la canción esa que estuvieron repite y repite como disco rayado?


        —Fue una que decía: “No sabes del alma las horas de luto.”


        —Eres bueno para eso de la memoria Melitón. Y a la hora de los discursos se paró uno de sus acompañantes. Hablo de Juárez, que nosotros teníamos levantado en la plaza, y hasta entonces supimos que era la estatua de Juárez. Siempre creímos que podía ser Hidalgo o Morelos Venustiano Carranza. ¡Y las cosas que dijo! , ¿No es verdad, Melitón?


        “La cosa es que aquello, en lugar de ser una visita a los dolientes y a los que habían perdido sus casas, se convirtió en una borrachera de las buenas. `No importa que esta recepción nos cueste lo que nos cueste que para algo ha de servir el dinero', y luego tú, Melitón, que por ese tiempo eras presidente municipal, y que hasta te desconocí cuando dijiste: `Que se chorrié el ponche, una visita de éstas no se desmerece.'


        “Lo grande estuvo cuando él comenzó a hablar. Se nos enchinó; el pellejo a todos de la pura emoción.


        — Allí hubo aplausos, ¿o no, Melitón?


        —Si muchos aplausos. Después siguió:


        —Allí también hubo aplausos, ¿verdad, Melitón?


        —No, allí volvió a oírse el gritón de antes: “¡Exacto, señor gobernador! Usted lo ha dicho.”

Y luego otro de más acá que dijo: “¡Callen a ese borracho!”


        —Es muy cierto, Melitón. Aquello estuvo de haberse visto. Con eso les digo todo. Y es que el mismo sujeto de la comitiva se puso a gritar otra vez: “¡Exacto! ¡Exacto!”, con un chillidos que se oían hasta la calle. Y cuando lo quisieron callar saco la la pistola y comenzó a darle de chacamotas por encima de su cabeza mientras la descargaba contra el techo. Y la gente que estaba allí de mirona echó a correr a la hora de los balazos.

        “Quién sabe quién fue a decirle a los músicos que tocaran algo, lo cierto es que se soltaron tocando el Himno Nacional con todas sus fuerzas. El borrachito del “exacto” estaba dormido; le habían atinado un botellazo y se había quedado todo despatarrado tirado en el suelo. El gobernador se arrimó entonces al fulano aquel y le quitó la pistola que tenía todavía agarrada en una de sus manos agarrotadas por el desmayo. Se la dio a otro y le dijo: “Encárgate de él y toma nota de que queda desautorizado a portar armas.” Y el otro contestó: “Sí, mi general.”


        “Ora me estoy acordando que sí fue por el veintiuno de septiembre el borlote, porque mi mujer tuvo ese día a nuestro hijo Terencio.

LA HERENCIA DE MATILDE ARCÁNGEL

En el Corazón de María se desarrolla el cuento La herencia de Matilde Arcángel. En dicho pueblo habitaban padre e hijo. Euremio Cedillo grande y chico. Por todos era sabido el odio de Euremio padre a su hijo, por considerarlo el asesino de Matilde, madre del muchacho, ya que el día del bautizo del recién nacido, Matilde se cayó del caballo y por proteger al bebé que llevaba en brazos, murió. Desde ese momento el padre se encarga de destruir psicológicamente a su hijo, a quien juzga como el asesino de Matilde. La historia es contada por el padrino del niño, quien fue el prometido de Matilde antes de que ella conociera y se casara con Euremio Cedillo. Describe la imagen casi celestial de Matilde y cómo se ofreció a bautizar al niño sólo por estar cerca de ella. Euremio chico, toca la flauta, misma que interpreta al final del relato con la mano izquierda y con la derecha sostiene, el cuerpo de su padre muerto.


         En Corazón de María vivían, no hace mucho tiempo, un padre y un hijo conocidos como los Eremites; Uno, Euremio Cedillo; otro, Euremio Cedillo también.


         Lo colmado estaba en lo alto y garrudo Euremio grande. En cambio al chico lo había hecho todo alrevesado, y válido es decirlo, su desventura fue la de haber nacido.


         Quien más lo aborrecía era su padre, por más cierto mi compadre; porque yo le bauticé al muchacho.


         Euremio grande tenía un rancho apodado Las Ánimas, venido a menos por muchos trastornos, aunque el mayor de todos fue el descuido.


         Y es que nunca quiso dejarle esa herencia al hijo que, como ya les dije, era mi ahijado. Se la bebió entera a tragos de “bingarrote”, que conseguía vendiendo pedazo tras pedazo de rancho y con el único fin de que el muchacho no encontrara cuando creciera de dónde agarrarse para vivir. Y casi lo logró. La madre se llamó Matilde Arcángel. Ella no era de Corazón de María, sino de un lugar más arriba que se nombra Chupaderos, al cual nunca llegó a ir el tal Cedillo y que si acaso lo conoció fue por referencias. Por ese tiempo ella estaba comprometida conmigo; pero uno nunca sabe lo que se trae entre manos, así que cuando fui a presentarle a la muchacha, un poco por presumirla y otro poco para que él se decidiera a apadrinarnos la boda, no me imaginé que a ella se le agotara de pronto el sentimiento que decía sentir por mí, ni que comenzaran a enfriársele los suspiros, y que su corazón se lo hubiera agenciado otro. Lo supe después.


Habrá que decirles antes quién y qué cosa era Matilde Arcángel.


         Ella era hija de una tal doña Sinesia, dueña de la fonda de Chupaderos, Matilde era una muchachita que se filtraba como el agua entre todos nosotros.



         Está bien que uno no esté para merecer. Ustedes saben, uno es arriero. Se la apropió el Euremio.


         Al volver de uno de mis recorridos, supe que ya estaba casada con el dueño de Las Ánimas. Después engordó. Tuvo un hijo. Luego murió. La mató un caballo desbocado.


         Veníamos de bautizar a la criatura. Ella lo traía en sus brazos. Sólo me acuerdo que era un animal rociíllo. La Matilde Arcángel se había quedado atrás, sembrada no muy lejos de allí y con la cara metida en un charco de agua.   

     

Pero ya para, era propiedad de Euremio Cedillo.


         Con todo, no me resigné a no verla. Me acomedí a bautizarle al muchacho, con tal de seguir cerca de ella.        

A mí me tocó cerrarle los ojos llenos de agua; y enderezarle la boca torcida por la angustia


         “Todavía viviría, se puso a decir él, si el muchacho no hubiera tenido la culpa.” Y contaba que “al niño se le había ocurrido dar un berrido, cuando el caballo en que venían era muy asustón.” Así que, contando unas con otras, toda la culpa es del muchacho. Y yo para qué voy a quererlo. Él de nada me sirve. La otra podía haberme dado más y todos los hijos que yo quisiera; pero éste no me dejó ni siquiera saborearla.”


         Lo que sí se supo siempre fue el odio que le tuvo al hijo.


                 Ya para esto habían pasado muchos años. Euremio chico creció. En cambio el padre iba para abajo con el paso del tiempo.


         Yo los procuraba poco. Un día; quieto, de esos que abundan mucho en estos pueblos, llegaron unos revoltosos a Corazón de María… Lo cierto, y esto también me lo contaron, fue que, a pocos días, pasaron también sin detenerse, tropas del gobierno. Y que en esa ocasión Euremio el viejo, que a esas alturas ya estaba un tanto achacoso, les pidió que lo llevaran. Parece que contó que tenía cuentas pendientes con uno de aquellos bandidos que iban a perseguir. Y vi un montón de desarrapados montados en caballos flacos; unos estilando sangre, y otros seguramente dormidos porque cabeceaban. Se siguieron de largo.


         Cuando ya parecía que había terminado el desfile de figuras oscuras que apenas si se distinguía de la noche, comenzó a oírse, primero apenitas y después más clara, la música de una flauta. Y a poco rato, vi venir a mi ahijado Euremio montado en el caballo de mi compadre Euremio Cedillo. Venía en ancas, con la mano izquierda dándole duro a su flauta, mientras que con la derecha sostenía, atravesado sobre la silla, el cuerpo de su padre muerto.

ANACLETO MORONES

Un grupo de mujeres provenientes de Amula va en busca de Lucas Lucatero para tratar de convencerlo de ir con ellas al pueblo a testimoniar a favor Anacleto Morones, a quien creían un santo e intentan canonizar. Lucas Lucatero trabajó con él y además se casó con su hija. Lucas Lucatero, después de mucho rodeo, confiesa a las mujeres que el niño Anacleto, a quienes todos creían un santo, era un impostor y cómo él mismo presenció el día en que el pueblo, confundido por un malentendido, empezó a venerarlo. Sin ni siquiera sospechar que el cuerpo de Anacleto Morones está enterrado en casa de Lucas, Pancha ayuda a Anacleto a acomodar las piedras encima de donde está enterrado el "santo cadáver".[Author ID0: at ]

[Author ID1: at Sun Mar 11 20:04:00 2007]

        ¡Viejas, hijas del demonio! Las vi venir a todas juntas, en procesión. Negras todas ellas. Venían por el camino de Amula, cantando entre rezos, entre el calor, con sus negros escapularios grandotes y renegridos, sobre los que caía en goterones el sudor de su cara.


        Las vi llegar y me escondí. Sabía lo que andaban haciendo y a quién buscaban. Entraron y dieron conmigo. Dijeron: “¡Ave María Purísima!”


       Solamente sentado allí con los pantalones caídos, para que ellas me vieran así y no se me arrimaran. Pero sólo dijeron: “¡Ave María Purísima!”

Y se fueron acercando más.


        —Te venimos a ver a ti, Lucas Lucatero. Desde Amula venimos, sólo por verte. Creímos que habías entrado a darle de comer a las gallinas, por eso nos metimos. Venimos a verte.


        ¡Esas viejas! ¡Viejas y feas como pasmadas de burro!


        — ¡Dígame qué quieren! —les dije, mientras me fajaba los pantalones y ellas se tapaban los ojos para no ver.


        —Traemos un encargo. Yo ya sabía de dónde eran y quiénes eran; podía hasta haberles recitado sus nombres, pero me hice el desentendido.


        —Pues si Lucas Lucatero, al fin te hemos encontrado, gracias a Dios.


¿Tú me conoces, verdad, Lucas Lucatero? —me preguntó una de ellas.


        —Algo—le dije — Me parece haberte visto en alguna parte. ¿No eres, por casualidad, Pancha Fregoso, la que se dejó robar por Homobono Ramos?


        —Soy, si, pero no me robó nadie.

        Diez mujeres, sentadas en hilera, con sus negros vestidos puercos de tierra. Las hijas de Ponciano, de Emiliano, de Crescenciano, de Toribio el de la taberna y de Anastasio el peluquero.


               Sabía que me andaban buscando desde enero, poquito después de la desaparición de Anacleto Morones. No faltó alguien que me avisara que las viejas de la Congregación de Amula andaban tras de mí. Eran las únicas que podían tener algún interés en Anacleto Morones.

Le pregunté a una de ellas:


        — ¿Y tu marido qué dice?


        —Yo no tengo marido, Lucas. ¿No te acuerdas que fui tu novia? Te esperé y te esperé y me quedé esperando. Luego supe que te habías casado. Ya a esas alturas nadie me quería.
        — ¿Y luego yo? Lo que pasó fue que se me atravesaron otros pendientes que me tuvieron muy ocupado; pero todavía es tiempo.


        —Pero si eres casado, Lucas, y nada menos que con la hija del Santo Niño. ¿Para qué me alborotas otra vez? Yo ya hasta me olvidé de ti.


        —Pero yo no. ¿Cómo dices que te llamabas?


        —Nieves... Me sigo llamando Nieves. Nieves García.


        Y me fui otra vez al corral a cortar arrayanes allí me entretuve lo más que pude, mientras se le bajaba el mal humor a la mujer aquella. Cuando regresé ya se había ido.


        — ¿Se fue?


        —Si, se fue. La hiciste llorar.


       ¿Y qué me cuentan de Edelmiro, todavía tiene cerrada su botica?


        —Edelmiro murió. Hizo bien en morirse, aunque me está mal el decirlo; pero era otro maldoso.

Fue de los que le echaron infamias al Niño Anacleto.


        —Lo mismo que a Lirio López, el juez, que se puso de su parte y mandó al Santo Niño a la cárcel.


        — ¿Quieres ir con nosotras?


        — ¿A dónde?


        —A Amula. Por eso venimos. Para llevarte.


               — ¿Y qué diantre Voy a hacer yo a Amula?


       Hemos abierto, todos los congregantes del Niño Anacleto, un novenario de rogaciones para pedir que nos lo canonicen. Tú eres su yerno y te necesitamos para que sirvas de testimonio.
        ¡Viejas carambas! Haberlo dicho antes.


        —No puedo ir —les dije —. No tengo quien me cuide la casa.


        —Aquí se van a quedar dos muchachas para eso, lo hemos prevenido. Además está tu mujer.


        —Ya no tengo mujer.


        — ¿Luego la tuya? ¿La hija del Niño Anacleto?


        —Ya se me fue. La corrí.


        —Pero eso no puede ser. Lucas Lucatero.

        —No la metí en ninguna parte. La corrí. Debe de andar por esos rumbos, desfajando pantalones.


               —Entonces sale sobrando que yo vaya a Amula.


        —Te confiesas primero y todo queda arreglado. ¿Desde cuándo no te confiesas?


        —¡Uh!, desde hace como quince años.

        —Por algo fui ayudante de Anacleto Morones. Él sí que era el vivo demonio.


        —No blasfemes.


        —Es que ustedes no lo conocieron.


        —Lo conocimos como santo.


        —Pero no como santero.


        —¿Qué cosas dices, Lucas?


        —Eso ustedes no lo saben; pero él antes vendía santos. En las ferias. En la puerta de las iglesias. Y yo le cargaba el tambache.

        “Un día encontramos a unos peregrinos. Anacleto estaba arrodillado encima de un hormiguero, enseñándome cómo mordiéndose la lengua no pican las hormigas. Entonces pasaron los peregrinos. Lo vieron. Se pararon a ver la curiosidad aquella. Preguntaron: `¿Cómo puedes estar encima del hormiguero sin que te piquen las hormigas?'


        “Entonces él puso los brazos en cruz y comenzó a decir que acababa de llegar de Roma, de donde traía un mensaje y era portador de una astilla de la Santa Cruz donde Cristo fue crucificado.
        “Ellos lo levantaron de allí en sus brazos. Lo llevaron en andas hasta Amula. Y allí fue el acabóse; la gente se postraba frente a él y le pedía milagros.


        “Ese fue el comienzo. Y yo nomás me vivía con la boca abierta, mirándolo engatusar al montón de peregrinos que iban a verlo.”


         —Hasta eso, le agradezco que me haya matado el hambre, pero eso no quita que él fuera el vivo diablo. Lo sigue siendo, en cualquier lugar donde esté.


         —Yo sabía que estaba en la cárcel.


        —Eso fue hace mucho. De allí se fugó. Desapareció sin dejar rastro.


        Eran las tres de la tarde.


        Aproveché ese ratito para meterme en la cocina y comerme unos tacos de frijoles. Cuando salí

ya sólo quedaban cinco mujeres.


        — ¿Qué se hicieron las otras? —les pregunté.


        Y la Pancha, moviendo los cuatro pelos que tenía en sus bigotes, me dijo:


        —Se fueron. No quieren tener tratos contigo.


        —Mejor. Entre menos burros más olotes.

Te tenemos que llevar a Amula a como dé lugar. Eres el único que puede dar fe de la santidad del Santo Niño. El te ha de ablandar el alma. Ya hemos puesto su imagen en la iglesia y no sería justo echarlo a la calle por tu culpa.


        —Busquen a otro. Yo no quiero tener vela en este entierro.


        —Tú fuiste casi su hijo. Heredaste el fruto de su santidad. En ti puso él sus ojos para perpetuarse. Te dio a su hija.


        —Sí, pero me la dio ya perpetuada.


        —Así fue, me la dio cargada como de cuatro meses cuando menos.

    —Pero olía a santidad.


        —Olía a pura pestilencia.


        —Impío. No está en ti decir esas cosas. Te vamos a regalar un escapulario para que eches fuera al demonio.


        — ¡Monsergas!


        — ¿Qué dices?


        —Adentro de la hija de Anacleto Morones estaba el hijo de Anacleto Morones.



        —¿Sí? Y qué me dicen de las demás. Dejó sin virgenes esta parte del mundo. A él le gustaban tiernas; que se les quebraran los guesitos; oír que tronaran como si fueran cáscaras de cacahuate.


        —Eres un maldito ateo, Lucas Lucatero. Uno de los peores.


        Ahora estaba hablando la Huérfana.


        —No tienes, pues, por qué llorar —le dije.


        —Es que se han muerto mis padres. Y me han dejado sola. Huérfana a esta edad en que es tan dificil encontrar apoyo. La única noche feliz la pasé con el Niño Anacleto, entre sus consoladores brazos. Y ahora tú hablas mal de él.


        —Era un santo.


        —Un bueno de bondad.


        —Esperábamos que tú siguieras su obra. Lo heredaste todo.


        —Me heredó un costal de vicios de los mil judas. Una vieja loca.


        —¡Hereje! Inventas puras herejías.


        Ya para entonces quedaban solamente dos viejas.


        —No me has de negar que el Niño Anacleto era milagroso —dijo la hija de Anastasio —. Eso sí que no me lo has de negar.

        —Hacer hijos no es ningún milagro. Ese era su fuerte.


        —Soy soltera, pero tengo marido. Una cosa es ser señorita y otra cosa es ser soltera. Tú lo sabes. Y yo no soy senorita, pero soy soltera.


        —A tus años haciendo eso, Micaela.


        —Tuve que hacerlo. Qué me ganaba con vivir de senorita. Soy mujer. Y una nace para dar lo que le dan a una.


        —Hablas con las mismas palabras de Anacleto Morones.


            —Tú no has hecho ningún milagro. El curó a mi marido. A mí me consta. ¿Acaso tú has curado a alguien de la sífilis?


        —No, ni la conozco.


        —Es algo así como la gangrena.

        —Ha de haber tenido sarampión. A mí también me lo curaron con saliva cuando era chiquito.


        —Lo que yo decía antes. Eres un condenado ateo.


        —Me queda el consuelo de que Anacleto Morones era peor que yo.


Me voy. ¿Tú te quedas, Pancha?

—Me quedaré otro rato. Haré la última lucha yo sola.


        —Bueno, me quedaré contigo; pero nomás hasta que amanezca. Y eso si me prometes que llegaremos juntos a Amula, para yo decirles que me pasé la noche ruéguete y ruéguete. Si no, ¿cómo le hago?


        Ni se las malició que allí estaba enterrado Anacleto Morones. Ni que se había muerto el mismo

día que se fugó de la cárcel y vino aquía reclamarme que le devolviera sus propiedades.


    
        —Echale más piedras, Pancha. Amontónalas en este rincón, no me gusta ver pedregoso mi corral.


        Después ella me dijo, ya de madrugada:


        —Eres una calamidad, Lucas Lucatero. No eres nada cariñoso. ¿Sabes quién sí era amoroso

con una?


        —¿Quién?


        —El Niño Anacleto. El sí que sabía hacer el amor.