El hombre que confundió a su mujer con un sombrero; Oliver Sacks

Literatura científica. Narrativa extranjera. Novela de psicología. Esquizofrenia. Autismo. Enfermedades y trastornos psicológicos. Capítulos

  • Enviado por: Silvia Pujalte
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 28 páginas

publicidad

PSICOLOGÍA

“EL HOMBRE QUE CONFUNDIÓ A SU MUJER CON UN SOMBRERO”

Cap.1: “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”

Empieza contando la historia de un gran músico, y actualmente profesor de música, llamado Dr. P; este señor no sabía diferenciar muy bien las caras, hablaba con los muebles. Pasados tres años se le detectó diabetes por lo cual tuvo que ir al oftalmólogo, que le recomendó que visitase a un neurólogo porque los problemas venían de las zonas visuales del cerebro.

La primera visita al Dr. Sacks fue un tanto rara porque el Dr. P no parecía tener nada en la vista, sólo veía algo raro en él y era que no veía las cosas en su conjunto sino que analizaba detalle por detalle, el Dr. Sacks abandonó un momento la sala para hablar con la esposa del Dr. P y cuando regresó vio al Dr. P mirando por la ventana, lo interesante era que él no veía muy bien pero por los sonidos sabía todo lo que estaba pasando ahí fuera. Después de esto, el Dr. Sacks le hizo unas cuantas pruebas (para los reflejos, le enseñó unas revistas…); tras hacer las pruebas descubrió que el Dr. P no veía muy bien por el ojo izquierdo y sólo se guiaba por el oído; al final de la visita sucedió algo realmente interesante, ciando el Dr. P fue a ponerse su sombrero, en vez de ello, cogió a su mujer e intentaba ponérsela como si ella fuese el sombrero.

Al cabo de unos días, el Dr. Sacks fue a casa del Dr. P para ver como se desenvolvía; siguió haciéndole unas cuantas pruebas, esta vez le enseñó unos cubos, la baraja, un libro de caricaturas, el Dr. P reconocía todo por cualquier rasgo que caracterizaba a esa persona; más tarde, puso una película sin sonido y el Dr. P no fue capaz ni de identificar el sexo de los personajes. La siguiente prueba consistía en enseñarle unas fotos que él tenía colgadas por la casa, sólo reconoció a Paúl (su hermano) porque tenía una mandíbula y unos dientes distintos a los demás. Más tarde, le dio una flor roja y al Dr. P le costó mucho identificarla hasta que el Dr. Sacks le dijo que la oliese y entonces ya dijo muy seguro que era una flor. La última prueba consistía en enseñarle un guante, el Dr. P lo describió como una superficie plegada sobre sí misma y que era un recipiente, pero en ningún momento sabía que era un guante.

El Dr. P era como una especie de ordenador, no reconocía las cosas visualmente, construía un mundo mediante rasgos distintivos y relaciones esquemáticas. Después jugaron al ajedrez y el Dr. P veía muy bien el tablero e incluso ganó al Dr. Sacks.

Se sentaron en la mesa para tomar café y galletas, el Dr. Sacks fue a la cocina con la esposa del Dr. P para hablar con ella y le preguntó que como se vestía, comía…ella contestó que eso lo tenía que hacer canturreando sino perdía el hilo, vio unos cuadros que había pintado el Dr. P y se dio cuenta que conforme pasaba el tiempo los cuadros pasaban de ser naturalistas y realistas a ser abstractos, geométricos y cubistas. Finalmente regresaron y el Dr. P le preguntó que qué era lo que él tenía, y el Dr. Sacks se lo explicó.

A la conclusión a la que llegó el Dr. Sacks era que el Dr. P sólo vivía para la música, por eso tenía tan desarrollado el oído.

Cap.2: “El marinero perdido (1)”

Cuenta la historia de un señor llamado Jimmie que sólo recordaba de su vida hasta acabar la época de la Marina, contaba su historia como si estuviese sucediendo en el mismo momento, en el presente, el Dr. Sacks salió un momento y cuando regresó Jimmie no le reconocía. El Dr. Sacks procedió a hacerle una serie de pruebas, jugaron a las cartas y Jimmie le ganó, pero al ajedrez no le pudo ganar porque eran movimientos muy lentos y no se acordaba ni de lo que estaba haciendo, le enseñó unas revistas y Jimmie se quedó asombrado por lo que ponían quedaba totalmente claro que Jimmie todavía vivía en el pasado, el Dr. Sacks le vio muy cansado y dio por terminada la sesión. El Dr. Sacks buscó información sobre el pasado de Jimmie, y recibió una carta de dos hospitales en los que Jimmie había estado y una de su hermano (el cuál Jimmie afirmaba que estaba estudiando contabilidad y que salía con una chica de Oregón) pues este señor dijo que él ya se había casado e incluso ya era abuelo, y que llevaba 30 años trabajando como contable, también dijo que su hermano empezó a beber cuando terminó la Marina y que se habían distanciado mucho. Jimmie fue visto por la psiquiatra para que liberase recuerdos reprimidos, pero no consiguió nada. El Dr. Sacks estaba convencido de que Jimmie padecía el síndrome de Korsakov y pidió ayuda a Luria, éste le contestó “un hombre no es sólo memoria. Tiene sentimientos, voluntad, sensibilidad, yo moral…Es ahí, donde puede usted conmoverlo y producir un cambio profundo” esas mismas palabras las recordó Sacks cuando estaba en la Capilla observando a Jimmie que estaba comulgando, y vio que hay había un sentimiento de Jimmie hacia la religión. Entonces comprendió lo que Luria quería decir, en la Capilla era donde Jimmie se encontraba a sí mismo, desde entonces Jimmie trabaja en el jardín del hospital y se ha familiarizado muchos con todo lo que está situado en el jardín, ahora ya no se siente agitado, inquieto, aburrido, perdido, él ahora siente “amor” por el arte, por la comunión…

Cap.3: “La dama desencarnada”

Nos informa de lo que hizo un señor llamado Sherrington, éste señor dio lugar a la propiocepción que quiere decir “lo que pasa dentro de nuestro cuerpo” (más o menos). Wittgenstein afirmó que el ser humano no es capaz de percibir lo que tiene delante porque ya está “acostumbrado” a esas cosas, en su libro empezó a cuestionarse sobre lo que pasaba dentro de nosotros, si el individuo puede dudar de su propio cuerpo.

La lectura sigue con la historia de una chica llamada Christina a la que le gusta mucho el deporte pero una vez se le detectaron unas piedras en la vesícula y decidió operarse.

El día antes de operarse, Christina tuvo un sueño en el que no se podía mantener en pie ni coger nada, pero el psiquiatra dijo que era normal, pero el sueño se hizo realidad aunque el psiquiatra dijo que eso era “histeria de angustia” y que también era normal. Llegó el día de la operación y Christina no se sentía mejor, se sentía desencarnada. El Dr. Sacks y su equipo le hicieron unas pruebas, no se podían imaginar lo que allí estaba pasando así que llamaron al fisiatra, éste dijo que Christina había perdido el sentido de propiocepción y él tampoco lo había visto nunca. Se aplazó la operación, y Christina preguntó que era lo que le estaba pasando y el Dr. Sacks le explicó todo lo que hasta ahora había averiguado, Christina lo entendió todo, a partir de ahora ella tenía que ser los ojos de su cuerpo. Christina está aterrorizada por las dudas (¿Cómo iba a ser su vida?), pero empezó a moverse, cuando quería mover una parte del cuerpo tenía que fijar la mirada en ella, más tarde, empezó a hacer movimiento más naturales. Al principio Christina se mantuvo casi muda porque no tenía postura vocal natural y lo mismo con la cara. Christina empezó a caminar de nuevo y a hacer las cosas que hacía antes (más o menos) pero su vida no era normal tenía que hacer muchos esfuerzo. A pesar de esto, se seguía sintiendo desencarnada; ahora la sociedad le trata como a una farsante. A veces se pone histérica y grita, no sabe como ha podido llegar hasta esa situación. El Dr. Sacks leyó algo acerca de un tal George Dedlow, que parecía sentir lo mismo que Christina, ósea no tener “yo”. A Christina le gusta mucho pasear en coches descapotables porque es en el único sitio que recuerda que tiene brazos y cara (porque siente el aire). Su situación es “wittgensteiniana”, no ha recuperado la propiocepción, como Wittgenstein habría dicho: “Christina ha triunfado pero también ha fracasado. Ha conseguido el obrar pero no el ser. Ha mejorado mucho porque ha conseguido derrotar obstáculos y dificultades inconcebibles y ha sobrevivido, pero no ha conseguido quitar esas sustituciones y esas compensaciones del Sistema Nervioso, sigue estando enferma y derrotada”. (Christina fue la primera con esta “enfermedad” pero hoy en día hay muchas personas que también han perdido la propiocepción y la mayoría ha ingerido vitamina B6 o lo que es lo mismo piridoxina).

Cap.4: “El hombre que se cayó de la cama”

Narra la historia de un joven, al que acababan de ingresar en un hospital, una enfermera llamó al Dr. Sacks y le explico que el joven parecía muy normal pero cuando se adormeció un momento y despertó empezó a chillar y no paraba de mirar la pierna izquierda, el Dr. Sacks fue a verle y estuvo ablando con él, éste chico se empeñó en que aquella pierna tan “horrenda” no era suya, y le dijo al Dr. Sacks que se había caído cuando intentó sacar esa pierna de la cama, y que no sabía cómo al tirar la pierna se había ido él también. Estaba convencido de que aquello debía de de ser una broma que le había gastado alguna enfermera, lo único que él tenía claro es que esa no era su pierna. El Dr. Sacks le preguntó que si esa no era su pierna, que dónde estaba su pierna realmente, el joven dijo que no la encontraba, que se había perdido. (Después de esto el Dr. Sacks recibió una carta de un neurólogo llamado Michael Kremer en la que le contaba un caso parecido que él había atendido).

Cap.5: “Manos”

Madeleine J. ingreso en el St. Benedit` Hospital, cerca de Nueva York en 1980. Tenia 60 años, ceguera congénita con parálisis celebrar y su familia le había cuidado en casa durante toda su vida. Tenía movimientos involuntarios de ambas manos, a lo que se añadía un fallo en el desarrollo de la vista Sacks esperaba hallarla en un estado de retraso y regresión.

Pero no fue así, más bien lo contrario. Era una mujer animosa de cultura e inteligencia excepcional.

El Dr. Sacks le preguntó si había leído porque sabía demasiado y ella le contestó que no, que a ella releían. La señora Madeleine decía que sus manos eran unas masas miserables e inútiles de pasta y que no las sentía como parte de ella.

Aunque la parálisis cerebral no suele afectar a las manos las de la señorita J. eran ligeramente atetósicas y espasmódicas, la señora J. identificó de inmediato y correctamente el dolor, la temperatura… No había ningún trastorno en la sensación elemental, pero había un profundísimo trastorno de la percepción. No era capaz de reconocer o identificar nada: El Dr. Sacks le puso en las manos muchos objetos, no podía identificar y no exploraba, sus manos eran, tan inactivas, tan inertes, tan inútiles, como bien decía la señora J. masas de pan.

El Dr. Sacks no veía la explicación. Pensó que eso se debía a que no las había utilizado nunca porque había estado mimada, cuidada y protegida desde su nacimiento, si era así pero ¿podría aprender ahora la señora J. a usarlas?

Se había descrito, o intentado, algo así alguna vez? No sabía si había pasado alguna vez algo así y se acordó del libro Leont'ev y Zaporozhets, en el caso de Madeleine el fenómeno era idéntico (inutilidad, falta de vida, alienación) necesitaba recuperar las manos, descubrirlas por primera vez ¿Era esto posible?
Madeline preguntaba que como iba a poder hacer cosas con las manos

También hay siempre algo súbito: un primer paso, un primer movimiento, una primera percepción, un primer impulso, total, donde antes no había nada o nada con sentido. En el principio es el impulso pero no podían decirle ¡hazlo! y ella hacerlo. El Dr. Sacks pidió que la comida se le pusiese más lejos y un día pasó Madeleine estiró un brazo, tanteó, cogió una rosca de pan y se la llevó a la boca. Tras esto el progreso fue rápido ahora espoleada por un hambre nueva, se lanzaba a explorar, a tocar, el mundo entero. La rosca de pan la identificó como un pan redondo con un agujero en medio; un tenedor como un objeto plano alargado con varios dientes agudos. Pero luego este análisis dio paso a una intuición inmediata, y fue reconociendo los objetos instantáneamente como lo que eran, como inmediatamente familiares por su carácter fue reconociéndolos inmediatamente como únicos. Y ese tipo de reconocimiento, no analítico sino sintético e inmediato, vino acompañado de un gozo intenso y de la sensación de que estaba descubriendo un mundo lleno de magia, de misterio, de belleza. Cada vez Madelaine tenía más ganas de tocar cosas nuevas, hizo figuras con barro…. Empezó a mostrar interés por la figura humana, Madelaine era una gran artista ciega, ahora se dedica a hacer esculturas. Esta historia dejó asombrados a todos e incluso a ella misma.

Cap.6: “Fantasmas”

Empieza con la distinción de varios tipos de fantasmas que hizo el señor Weir Mitchell; éste dijo que habían muchísimos tipos y citó los más importantes como: espectros sensoriales, unos que eran muy reales, dolorosos, también habían indolorosos, otros que parecían replicas de lo perdido…. Más tarde cuenta algunas historias que han sucedido y que contienen en ellas “objetos fantasmas” como la del dedo (un marinero perdió un dedo y su dedo le persiguió muchos años hasta que a este paciente contrajo una neuropatía diabética sensorial grave y perdió la sensación de poseer dedos n ese momento el dedo fantasma desapareció), fantasmas posicionales (cuenta la historia de Charles D. que se caía muy a menudo porque sentía que su pierna (bueno la que le habían puesto) cada vez era más larga y luego corta, delgada y luego ancha y sino fijaba la vista en los pies se caía) y contó muchas historias de pacientes a los que le sucedían cosas con sus miembros fantasmas.

Cap.7: “A nivel”

Cuenta que un señor llamado MacGregor se inclinaba hacia el lado izquierdo pero él no se daba cuenta, este señor fue a la clínica St. Dunstan's y fue atendido por el Dr. Sacks, entre los dos vieron el problema y hablaron sobre el nivel que tiene el cerebro, del que carecía el Sr. MacGregor porque tenía parkinson y esta enfermedad afectó a dicho nivel, a este señor se le ocurrió ponerse un nivel fuera del cuerpo y cerca de la vista para poder ver cuando se inclinaba y corregirlo, y él y el Dr. Sacks se pusieron a trabajar en esas “gafas con nivel”, el experimento funcionó perfectamente, al principio era algo incómodo pero luego ya miraba el nivel automáticamente. Más tarde, muchos otros pacientes que tenían parkinson las usaban.

Cap.8: “¡Vista a la derecha!”

Trata de la señora S. que no sentía el lado izquierdo de su cuerpo ni de su rostro, ella sólo comía la mitad del plato de comida o sólo se maquillaba la mitad derecha de su cara (padecía de hemidesatención) pero esto se acabó cuando a la señora S. se le ocurrió ponerse una silla de ruedas giratoria y dar vueltas hasta encontrar la parte izquierda, después el Dr. Sacks le puso una cámara de video para que viese el lado izquierdo de su cara como si fuese el lado derecho pero no resultó porque era muy incómodo debido a que la señora S. no sentía nada en su lado izquierdo.

Cap.9: “El discurso del presidente”

Un buen día, el presidente fue a dar un discurso en la clínica donde estaban todos los afásicos (personas que sufren trastornos en el lóbulo temporal izquierdo), éstos no paraban de reírse, y es que a una persona que padece de afasia no se le puede mentir con palabras porque no las entienden, ellos se fían de lo gestos, del tono de voz… para entender lo que se les está diciendo, y el presidente mentía tanto con sus palabras (ya que es muy fácil) pero con los gestos no les podía mentir (porque resulta muy difícil ya que salen sin ser “pensados”). En el libro hace la comparación entre un perro y un afásico, dice que en este caso los dos son muy parecidos porque ninguno entiende de palabras y se guían por los gestos. Más tarde nos habla de lo pacientes con agnosia total (pacientes (tienen trastornado el lóbulo temporal derecho) totalmente opuestos a los que padecen afasia porque carecen del sentido de la expresión y del <<tono>>, pero que conservan la capacidad de entender las palabras) que en el discurso sólo podían fijarse en los movimientos del presidente, y aquí el caso de Emily D. que estaba perdiendo la vista muy rápidamente y no podía concentrarse tanto como antes en los movimientos, ella propuso que los que hablasen con ella lo hiciesen en prosa, el presidente no hablaba en prosa, por tanto, no convenció a Emily. A todos los seres humanos se nos puede engañar con las palabras mientras que a los afásicos o a las personas con agnosia total no se les puede engañar ni conmover tan fácilmente.

Cap.10: “Ray. El ticqueur ingenioso”

El síndrome de Tourette, descubierto en 1885, se caracteriza por un exceso de energía nerviosa y una gran abundancia y profusión de ideas y movimientos extraños (tics, espasmos, muecas, etc…); este síndrome en sus formas “superiores” afecta a todos los aspectos de la vida instintiva, imaginativa y en sus formas “inferiores” afecta la impulsividad y movimientos anormales.

Para Guilles de la Tourette, el inventor de este síndrome, y para sus amigos el síndrome constituía una posesión del individuo por instintos e impulsos primitivos. En esos años surgieron muchas personas con este síndrome, para unos era benigno y para otros malignos porque quedaban poseídos. Siempre había sido muy amplia (unía lo orgánico y lo psíquico) pero cuando cambiaron de siglo pasó a ser una neurología sin alma y una psicología sin cuerpo, con ello desapareció la posibilidad de aclarar el síndrome de Tourette y también dicho síndrome, la gente ya casi lo nombraba, algunos médicos decían que era mítico y otros ni sabían de su existencia.

También se olvidó la enfermedad del sueño, ambos tenían en común la rareza de los actos de aquellos individuos que lo padecían. La enfermedad del sueño adopta a veces unas formas hipercinéticas o frenéticas se trata de que los pacientes solían manifestar, al principio de la enfermedad, una agitación creciente de la mente y el cuerpo, movimientos violentos, tics…después, e apoderaba de ellos un sino contrario, un “sueño” similar al trance que lo abarcaba todo.

Cuarenta años más tarde el Dr. Sacks administró L-Dopa a los pacientes con la enfermedad del sueño o postencefalitis. La L-Dopa los trasformó: primero los “despertó” haciendo pasar del estupor a la salud, luego se vieron empujados hacia el otro extremo, los tics y el frenesí.

En 1971, el Washington Post habló con el Dr. Sacks sobre esos pacientes y el Dr. Sacks le dijo que tenían tics, esto hizo que publicasen un artículo donde hablaban de los tics, y este artículo hizo que al Dr. Sacks le llegasen muchas cartas de pacientes con tics pero sólo aceptó Ray.

El Dr. Sacks vio un día después a tres personas por las calles de Nueva York con este síndrome. Al día siguiente vio a dos más, este hecho le hizo pensar que la enfermedad era bastante común. En 1974 e formó la Asociación del Síndrome de Tourette con cincuenta miembros y en tan sólo siete años después ya eran varios millares de miembros, este aumento se debió a que los pacientes, los parientes y los médicos “divulgaron” la noticia, se estudió el lenguaje corporal, la gramática, la estructura lingüística de los tics…

Todo lo descubierto en los últimos diez años es una confirmación de las intuiciones de Guilles de la Tourette. Él decía que el síndrome tiene realmente una base neurológica orgánica. El “ello” del síndrome de Tourette, del parkinsonismo y de la corea es un reflejo de lo que Pavlov llamó “la fuerza ciega del subcórtex”, un trastorno de esas partes primitivas del cerebro que gobiernan la “marcha” y la “dirección”. El paciente de síndrome de Tourette constituye una especie de “eslabón perdido” entre cuerpo y mente, parece ser que tienen en el cerebro un exceso de transmisores excitantes. A los pacientes frenéticos y tourétticos se les tenía que reducir su dopamina mediante la droga Haloperidol (Haldol).

En el cerebro de la víctima del síndrome de Tourette hay cambios como un trastorno que puede alterar la personalidad. El Haldol podría ser la solución para este síndrome pero ni él ni ninguna droga puede ser la solución. Cuando un paciente del síndrome de Tourette canta, juega o actúa se libera de su síndrome, en esto el “yo” triunfa y reina sobre el “ello”.

El Dr. Sacks le mandó una carta a Luria contándole de qué trataba la enfermedad y éste le dijo que este síndrome era de tremenda importancia.

Un día llegó Ray a la consulta, padecía el síndrome de Tourette desde que tenía cuatro años y ahora tenía veinticuatro años, había ido al colegio, a la universidad, estaba casado, tenía amigos. Sus múltiples tics de extrema videncia hicieron que le despidiesen de varios trabajos y había puesto en peligro su matrimonio. Ray tenía mucha sensibilidad musical. El síndrome constituía una ventaja en diversos juegos, él se sentía libre cuando cantaba, cuando nadaba…

El Dr. Sacks le recetó un cuarto de miligramo de Haldol tres veces al día. Ray volvió a la semana con el ojo morado y la nariz rota, el Haldol lo había desequilibrado por completo, alterando su velocidad, su ritmo, sus reflejos increíblemente rápidos. Muchos de sus tics, lejos de desaparecer, se habían hecho simplemente lentos, y enormemente prolongados. Ray estaba decepcionado y le dijo al Dr. Sacks que si él le quitaba lo tics que quedaría de él ya que solo está formado por esos tics, hablaba de él en tercera persona como Ray el ticqueur ingenioso, no sabía si los tics eran un don o una maldición, y que no podía concebir la vida sin el tourettismo. El Dr. Sacks recordó a otros pacientes y le propuso que se viesen una vez por semana durante tres meses. En ese tiempo intentaron imaginar la vida sin tourettismo, investigaron lo que la vida le podía ofrecer sin las atenciones y atracciones del síndrome, examinaron el papel y la importancia de la económica que tenía para él el síndrome y cómo podría arreglárselas sin él, después probaron el Haldol y Ray se vio libre de tics y sin efectos secundarios durante nueve años.

Ray no se sentí preparado para vivir sin esos tics, pero esos tres meses le sirvieron de mucho.

Él ahora disfruta d una amplitud y una libertad que jamás habría creído posibles, su matrimonio es feliz y estable, es padre, tiene buenas amistades, desempeña un papel importante en su comunidad local y ostenta un puesto de responsabilidad en el trabajo, aunque tiene problemas que son inevitables teniendo tourettismo y administrándose Haldol. Ya no disfruta con lo juegos de antes porque ahora es más lento y parsimonioso en sus movimientos, es menos competitivo, menos travieso y retozón; ha perdido el impulso, o la gracia, de los movimientos súbitos “frívolos” que cogen a todo el mundo por sorpresa. Ha perdido sus obscenidades, su descaro grosero, su chispa, ha llegado a creer que está perdiendo algo. Ray decidió que el Haldol sólo lo tomaría la semana laboral y los fines de semana no lo tomaría. De esta manera habían dos Rays, uno sobrio, cavilador y pausado de lunes a viernes, y otro frívolo, frenético e inspirado los fines de semana.

Ray dice que los que padecen Tourette no son libres, porque cuando padeces este síndrome es como ir borracho todos los días y si tomas Haldol pues es ir erio siempre. Él dice que las personas “normales” tenemos un equilibrio natural, y ellos han de sacar el máximo partido de un equilibrio artificial.

Cap.12: “Una cuestión de identidad”

El señor William Thomson estaba en la consulta, confundió al Dr. Sacks con Ton Pitkins, luego con Hymie y después con Manners, hasta que al final se dio cuenta que estaba en una consulta y no en su tienda como había creído hasta ahora; le preguntó al Dr. Sacks si estaba loco y qué hacia allí. El Dr. Sacks le dijo que tenía un pequeño trastorno en la memoria y dificultades para recordar e identificar a la gente y él le dijo que era cierto porque confundía a personas con otras. El Sr. Thomson identificaba a mucha gente en poco tiempo para intentar acertar, no tenía inseguridad en sí mismo. Solía estar desorientado porque pasados unos segundos ya no se acordaba dónde ni con quién estaba. Experimentaba un sueño de situaciones, imágenes y gentes en perpetuo cambio, transformación y mutación continuas. William vivía en un mundo fático, estable, plenamente normal. Cuando William hizo un viaje subió a un tren y el taxista dijo que era sorprendente hablar con él que le contó muchas historias y se notaba que había estado en muchos sitios pero pronto le aclaramos que no era así, que no era exactamente una sola vida, que era una cuestión de identidad.

Jimmie G., otro paciente con el síndrome de Korsakov, hacia mucho que se había aliviado de su enfermedad, en cambio William no se recuperaba. Él salió del hospital en ebullición, todavía se mantenía en un delirio confabulatorio casi frenético, creando un mundo y un yo para substituir al olvidado y perdido. El Sr. Thomson debía de hacerse a sí mismo a cada instante (dicho literalmente) porque nosotros, a diferencia de él, tenemos una historia biográfica, cuya continuidad y sentido es nuestra vida, todos nosotros edificamos y vivimos una “narración”” y esta narración es nosotros, nuestra identidad, en cambio el Sr. Thomson no podía seguir esa historia porque no la tenía el a cada instante tenía que construir una nueva porque no recordaba la anterior. El Sr. Thomson necesita esa narración para mantener su identidad, su yo. Esta necesidad es la clave de la fantasía desesperada del Sr. Thomson, de su verbosidad; como él no tiene esa continuidad ni narración interior continua se ve empujado a una especie de frenesí narrativo y de ahí sus historias incesantes, su mitomanía, sus fabulaciones.

William vive en otra realidad en la que tampoco se siente muy a gusto según el Dr. Sacks. Lo que brota en su confabulación inacable tiene una cualidad de indeferencia, como si no le importase en realidad lo que dijese o lo que cualquier otro hiciese o dijese, como si ya nada importase en realidad.

Una tarde William farfullado por unos individuos que iba inventándose sobre la marcha dijo: “mi hermano pequeño, Bob, pasa por el ventanal” y al cabo de un minuto entró un hombre por la puerta y dijo que era el hermano pequeño de William y que él le había visto cuando pasó por la ventana. William hablaba de su hermano en el mismo tono que cuando hablaba de li irreal, todo lo contrario que en el caso de Jimmie que al estar con su hermano ya no se sentía perdido. William empezó a hablar de George, su hermano mayor, utilizando el presente de indicativo que usaba siempre, Bob le dijo que George había muerto hace diecinueve años aunque William no hizo caso del comentario.

El Dr. Sacks le preguntó a las monjas si William tenía alma, al igual que hizo con Jimmie aunque la cara de las monjas no era la misma, éstas le dijeron que tenía un alma inmortal en el sentido teológico.

El don de William era su perdición, sólo si callase un momento podía penetrar la realidad en él. William está tan condenado que no sabe que está condenado, porque lo dañado no es simplemente una facultad sino la ciudadela misma, el yo, el alma.

El Sr. Thomson vaga muchas veces por el jardín, y en esa tranquilidad que dan las flores encuentra la suya, la presencia de otras personas le excita y le inquieta, esa presencia hace que busque y elabore una identidad rápidamente; estar en el jardín solo le ofrece una comunión muda y profunda con la propia naturaleza y también la sensación renovada de estar en el mundo, de ser real.

Cap.13: “Sí, padre-hermana”

La señora B., antigua química, había experimentado un cambio de personalidad, se volvió chistosa, impulsiva y “superficial”, su amiga decía que ya no se preocupaba por nada.

Al principio creían que era hipomaníaca pero luego se dieron cuenta que tenía un tumor cerebral. La Sra. B. tenía un carcinoma inmenso que afectaba a los sectores orbitofrontales de los dos lados frontales.

La primera impresión que tuvo el Dr. Sacks de ella fue que era una chica muy alegre y divertida.

La Sra. B. le dijo al Dr. Sacks que parecía un cura (padre) por la barba, una hermana por la bata blanca y un médico por el estetoscopio, el Dr. Sacks se quedó muy extrañado con eso y le preguntó si lo miraba a él en absoluto y ella contestó que no. Conocía la diferencia entre padre/hermana/médico y también entre izquierda/derecha pero decía que no significaba nada para ella, el Dr. Sacks le preguntó que si ese “no significar nada…” le molestaba y ella le contestó que no.

En el rostro de la Sra. B. no se reflejaba ninguna expresión de ayuda; su mundo estaba vacío de sentido y de significado; nada resultaba ya “real” (o “irreal”); todo era “equivalente”o “igual”; todo el mundo había quedado reducido a una insignificancia jocosa. Esto le parecía muy raro al Dr. Sacks y también a las amigas de la Sra. B., pero ella se mostraba indiferente, despreocupada. La señora B. no estaba presente como persona.

Posdata:

El Dr. Sacks trataba al año a muchos pacientes con fenomenología similar pero con las etiologías más diversas. Una vez se acordó de un paciente que examinó en 1981, este paciente hablaba muy rápido, se contradecía…

La esquizofrenia la «boba-feliz» es la más maligna y a su vez la más increíble, nadie se recupera y regresa para contar cómo es y cómo se vive con ella.

En todos los casos de esos pacientes hay un caos, deja de haber un «centro» de la mente…

Cap.14: “Los poseídos”

En el capítulo diez el Dr. Sacks hablaba del síndrome de Tourette qie tenía Ray, en ese capítulo nos decía que algunas personas pueden estar hasta poseídos por este síndrome, estas personas apenas serían capaces de integrar una identidad real en medio de la presión y el caos tremendos de los impulsos tourétticos. En este capítulo vamos a hablar del síndrome de Tourette pero en una forma más avanzada, más fuerte, es el síndrome de supertourette.

Esta forma del síndrome cuando posee a una persona desintegra su personalidad y la conduce a una forma extraña, fantasmagórica, pantonímica y con frecuencia imitativa de «psicosis» o frenesí. Esta forma del síndrome es muy rara, no se da tanto como la forma base/original de este síndrome. Se distingue en su fenomenología y su psicología subyacente, y exclusiva. Guarda afinidades con las psicosis motoras frenéticas que a veces provocan la L-Dopa y con los frenesís confabulatorios de la psicosis de Kornakov. Todos estos trastornos pueden casi aplastar a una persona.

Por la calle el Dr. Sacks vio a más de una persona que no sólo tenía tics y convulsiones del movimiento (tourette) sino tics y convulsiones de la percepción, la imaginación, las pasiones…de toda la personalidad (supertourette).

A estas personas no se les podía ver en una clínica porque allí no se podía observar un trastorno que, aunque de origen orgánico, se expresa en impulso, imitación, personificación, reacción, interacción, llevados a un extremo y a un grado casi increíbles; la clínica es adecuada para una neurología sistemática y científica, reducida a tareas y pruebas fijadas. Se les tiene que observar en la calle.

La «neurología de la calle» tiene antecedentes respetables. En la calle fue donde James Parkinson descubrió la enfermedad que ahora lleva su apellido, ésta se debe de observar en la calle.

Al tratar a Ray, el Dr. Sacks veía a mucha gente por las calles de Nueva York, gente que padecía lo mismo que Ray. Pronto recordó a una viejecilla que parecía ser el centro de un alboroto, esta anciana tenía unas convulsiones increíbles. El Dr. Sacks se acercó, aquella anciana estaba imitando a todos los transeúntes, captaba a todas las personas y las caricaturizaba, adoptaba y asimilaba las características y las remedaba. Aquella mujer que imitaba a todos los que pasaban por la calle perdía su yo, se convertía en nadie. La anciana se fue a una calle donde apenas pasaba gente y allí vomitó las identidades engullidas de las últimas cincuenta personas que le habían poseído en tan solo diez segundos, al Dr. Sacks le sorprendió bastante, nunca había vivido algo parecido y este hecho le fue de gran ayuda.

Una persona que padece tourettismo percibe su desdicha con una agudeza aplastante y quizás irónica, aunque puede que sea incapaz de hacer algo al respecto, a esta persona la arrastra el impulso extravagante, se ve arrastrado a una situación ambigua con su trastorno.

El ego de una persona que padece Tourette se halla sometido a un bombardeo que dura toda la vida por no tener un yo. Se ve seducido, asaltado, por impulsos que vienen de dentro y de fuera, estos impulsos son orgánicos, convulsiones, pseudopersonales y seductores. Aunque esa persona logre mantenerse completa y soberana, aunque se vea arrebatada, poseída y desposeída por todos los impulsos y las necesidades primordiales, tiene una presión fisiológica, existencial, casi teológica, que pesa sobre el alma de la víctima del tourettismo.

Para Hume la identidad personal es una ficción: no existimos, no somos más que una sucesión de sensaciones o percepciones, esto no se cumple en una persona normal porque éste posee sus propias percepciones pero si es aplicable a un ser tan inestable como el que padece supertourettismo, cuya vida es una sucesión de movimientos y percepciones convulsivos o imprevisibles, una agitación fantasmagórica sin centro ni sentido alguno. En ese aspecto el paciente del síndrome de Tourette es un ser «humeano» más que humano, es decir, un ser insensato, absurdo que es lo que significa humeano.

La víctima del supertourettismo se ve obligada a luchar para sobrevivir…para convertirse en un individuo, y sobrevivir como tal, frente a un impulso constante. En la mayoría de los casos la víctima lo consigue… pues la capacidad de supervivencia, la voluntad de sobrevivir es la más fuerte de nuestro yo. La salud, la salud militante, es la que finalmente triunfa.

Cap.15: “Reminiscencia”

A la señora O'C., un poco sorda pero con lo demás en perfecto estado, una noche le pasó algo muy extraño, en enero de 1979, soñó clara y nostálgicamente con su infancia en Irlanda, con las canciones que allí cantaban y con la música que bailaban, cuando despertó seguí escuchando la música y creyó que alguien se había dejado alguna radio encendida pero después de comprobar todas las radios se dio cuenta de que no había ninguna encendida, después pensó que eran los empastes porque había oído rumores de que los empastes emitían sonidos, se quejó a la enfermera y ésta le dijo que a sus empastes no les pasaba nada, más tarde pensó que qué radio iba a poner las canciones que a ella le gustaban y nada más y se preguntó si la radio estaría en su cabeza. Estaba desconcertada, su última esperanza era su ENT, el otólogo, así que aquella mañana fue a visitarle y él le dijo que no eran los oídos y que quizás debería de ir al psiquiatra, la señora O'C. fue y éste la mandó al neurólogo, a ver a Sacks.

Cuando le visitó, la conversación no fue fácil porque la música apenas le dejaba escuchar lo que decía el doctor, sólo le podía oír cuando sonaban las más débiles. El Dr. Sacks no pudo localizar ningún problema neurológico, pero sospechaba que la música era «neurológica». El Dr. Sacks se preguntaba qué podría haberle sucedido a la señora O'C. para llegar a aquella situación, ella tenía ochenta y ocho años, buena salud, y no le administraban ningún medicamento, y el día anterior estaba normal.

La señora O'C. le preguntó si era algún ataque y él le dijo que podría ser pero que no corría peligro y que mantenga la calma, a lo que ella contestó que no era fácil cuando tenía en su cabeza un océano de sonidos.

El Dr. Sacks quiso hacer un electroencefalograma para prestar atención a los lóbulos temporales del cerebro, todavía no podía hacerlo, en el periodo de espera se atenuó la música, disminuyó de intensidad, y era menos persistente. Cuando puede hacer el electroencefalograma sólo oía fragmentos breves y esporádicos. Le instalaron y le aplicaron los electrodos en la cabeza y el Dr. Sacks le pidió que levantase el dedo índice de la mano derecha cada vez que la oyese. En dos horas levantó el dedo tres veces y cada vez que lo hacía las plumas del electroencefalograma resonaban y transcribían picos y olas agudas en los lóbulos temporales del cerebro. Esto confirmó que tenía ataques, los cuales son la base invariable de la «reminiscencia» y de las alucinaciones experimentales. El doctor realizó una exploración cerebral y mostró que había tenido una pequeña trombosis o infartación en una parte del lóbulo temporal derecho, las canciones eran consecuencia de un ataque y lo mismo que remitió éste, «remitieron» las canciones. A mediados de abril habían desaparecido y el Dr. Sacks le preguntó que qué pensaba de todo esto y si echaba de menos las canciones, ella dijo que era un gran alivio pero que sí que las echaba de menos porque

ahora no era capaz de recordarlas y aquello era como haber vuelto a su infancia. El término que el Dr. Sacks utilizaba para esto era «nostalgia incontinente». El Dr. Sacks no trató ningún caso similar hasta junio del año pasado en que examinó a la señora O'M. que había estado ingresada en las misma institución, tenía ochentaitantos años, estaba un poco sorda, era inteligente y despierta. Oía música dentro de la cabeza y a veces un zumbido, también voces que hablaban aunque no entendía lo que decían. Todo comenzó un día que estaba ella en la cocina y empezó a escuchar una canción pensó lo mismo que la señora O'C. que se habían dejado una radio encendida, los miró todos y observó que estaban apagados; esto sucedió en 1979 pero la música continúa hasta cuatro años después, la señora O'M. tenía la preocupación de si estaba loca, pero la monja le contó que ya había pasado antes y se tranquilizó, y todavía más después de hablar con el Dr. Sacks.

Al principio sólo oía tres canciones, el Dr. Sacks le preguntó si esas canciones le gustaban o tenían algún significado, ella contestó que no, que no le gustaban y que no tenían ningún significado, hasta llegó a odiarlas. Después la música se hizo compleja y variada. La señora O'M. tenía una cierta sordera en el oído interno, dificultad para percibir y distinguir los tonos, los neurólogos lo denominan amusia, que está correlacionada con una deficiencia de función en los lóbulos auditivos (o temporales) del cerebro. Comentó que su música interior era más vivida cuando se despertaba y menos cuando se acumulaban otras impresiones sensoriales. Le hicieron un electroencefalograma que indicó excitabilidad y un voltaje elevado en ambos lóbulos temporales. Cuando la señora O'M. oía algo, las hondas de alto voltaje se hacían agudas, como picos, y convulsivas, esto confirmaba que padecía una epilepsia musical asociada con un trastorno de los lóbulos temporales. El Dr. Sacks no sabía que les pasaba porque la música está llena de sentimiento y de sentido, y la epilepsia sugiere lo contrario (sin sentimiento ni sentido).

La señora O'M. oía y veía al Dr. Sacks con dificultad en sus alucinaciones y la señora O'C. también.

Las alucinaciones o sueños epilépticos que sentían no son fantasía, según demostró Penfield eran recuerdos acompañados de las emociones que sentían en ese momento. Su carácter extraordinario y coherentemente detallado indicó a Penfield que el cerebro mantenía un registro casi perfecto de toda la experiencia vital y por ello podía evocarse o provocarse siempre. La variedad de estas escenas y recuerdos convulsivos hicieron pensar a Penfield que esta reminiscencia carecía de sentido y que era imprevisible. A Penfield le impresionaba la frecuencia de los ataques musicales y a menudo divertidos, en el libro nos cuenta varios casos de pacientes como estas dos señoras. ¿Hay alguna razón por la que canciones concretas sean «seleccionadas» por pacientes concretos? Penfield cree que

no hay ninguna razón y que la selección realizada no tiene ningún significado, él llega a la conclusión de que la selección se realiza «completamente al azar, salvo que haya alguna evidencia de condicionamiento cortical».

Muchos dicen que la señora O'M. era propensa a tararear esas canciones inconscientemente mucho antes de los ataques alucinatorios, esto indica que ya estaban «seleccionadas».

Sacks comenta un artículo que salió en el New York Times titulado « ¿Tenía Shostakovich un secreto? »; el «secreto» de Shostakovich se decía que era la presencia de una esquirla metálica en su cerebro, él se mostraba muy reacio a que se la quitasen, decía que cuando inclinaba la cabeza hacía un lado podía oía música, tenía la cabeza llena de melodías que luego componía. El Dr. Sacks le dio el artículo a la señora O'M., su reacción fue vigorosa y clara, decía que ella no era Shostakovich, que no podía utilizar esas canciones, que si para él eran un don para ella era un fastidio, él no quería tratamiento y ella sí. El Dr. Sacks le aplicó un tratamiento con anticonvulsivos y dejó de tener convulsiones musicales. Cuenta que hace poco la volvió a ver y le preguntó que si las echaba de menos, ella contestó que no, que estaba mejor sin ellas.

En el caso de la señora O'C. la epilepsia era diferente desde el principio. En las primeras 72 horas hubo un ataque o «status» de ataque abrumador. Había una sensación abrumadora de ser de nuevo una niña, en su hogar, en los brazos y en la presencia de su madre. Puede ser que estos ataques tengan un origen filosófico y personal al mismo tiempo. En el caso de la señora O'C. la necesidad nostálgica era más crónica y profunda, puesto que se quedó huérfana antes de los 5 años, la llevaron a América a vivir con su tía (una señora soltera y muy odiosa), la señora O'C. no tenía ningún recuerdo de su infancia. Había intentado muchas veces recuperar los recuerdos perdidos y olvidados pero no lo había conseguido, ahora los recuperaba gracias al trastorno cerebral, decía que era como abrir una puerta…una puerta que había permanecido cerrada toda su vida.

Esther Salaman dice que todos somos «exiliados de nuestro pasado» y como tales necesitamos recuperarlo.

A diferencia de la señora O'M., a quien los ataques le resultaban agotadores y tediosos, a la señora O'V. le perecían un alivio para el espíritu. Le proporcionaban el sentido elemental que ella había perdido (haber tenido hogar, haber sido mimada, amada y cuidada). La señora O'C. rechazó los anticonvulsivos, decía que necesitaba esos recuerdos, que siguiesen… aunque fuesen a acabar muy pronto. Ella conocía en sus ataques, una felicidad extraordinaria, sentía su enfermedad como salud, como curación. Cuando su enfermedad mejoró decía que ya se habían cerrado las puertas, que estaba perdiendo esos recuerdos otra vez. En su caso la «reminiscencia» epiléptica se centró en algo inconsciente, en

experiencias desvanecidas o desterradas de la conciencia, y las restauró, sacándolas a la conciencia y al recuerdo pleno. Aunque la puerta se cerró, la experiencia en sí no se olvidó. Ella la apreció como una experiencia significativa y salutífera, decía que se alegraba de que sucediese, que había sido la experiencia más saludable y feliz de su vida. Los ataques de la señora O'C. aportaron un centro a una vida que carecía de él, le devolvieron la infancia que había perdido…y con ella una serenidad no experimentada hasta entonces y que persistió el resto de su vida.

Cap.16: “Nostalgia incontinente”

El doctor Sacks llegó a calificar a la L-Dopa como “una especie de máquina del tiempo extraña y personal”. El Dr. Sacks se puso a escribir la historia de una paciente que se llamaba Rose R. y pensó menos en términos de “reminiscencia” y más en términos de “obstrucción” esta señora no había pasado nunca del año 1926; pronto se acordó en los términos que escribía Harold Pinter describiendo a “Deborah” en A Kind of Alaska, que contaba lo siguiente:

«Uno de los efectos de la L-Dopa administrada en los pacientes posten_

cefalíticos, es la reactivación de síntomas y pautas de conducta presentes en una etapa muy anterior a la enfermedad, pero “perdidas” después. Hemos comprobado el retorno y la reactivación de recuerdos, sueños “olvidados”» después ponía el ejemplo de una señora mayor, de sesenta y tres años, que tenía parkinsonismo postencefalítico progresivo desde los dieciocho años, llevaba hospitalizada desde los veinticuatro años en un estado de “trance” oculogírico casi continuo. La L-Dopa produjo en ella un alivio logírico, permitiendo que el movimiento y el habla fuesen casi normales. Pronto siguió una agitación psicomotora con potenciación de la libido. Este período se caracterizó por nostalgia. Esta señora pidió una grabadora y grabó innumerables canciones obscenas, chistes, versos “picantes”…. Estos estaban animados con alusiones repetidas a acontecimientos de la época, evocaban un mundo del pasado. La paciente decía: «es increíble; no puedo entenderlo; hace más de cuarenta años que no oía esas cosas ni pensaba en ellas; pero ahora recorren sin cesar mi pensamiento». El aumento de la agitación les obligó a reducir la dosis de L-Dopa, y con ello la paciente,

“olvidó” instantáneamente estos recuerdos lejanos y nunca volvió a ser capaz de recordar un solo verso de aquellas canciones que había grabado.

La reminiscencia forzada es bastante común en los ataques de jaqueca y de epilepsia, en los estados psicóticos e hipnóticos y como reacción al potente estímulo mnemónico.

Penfield y Perot han podido evocar recuerdos estereotipados estimulando puntos epileptogénicos del córtex, y han deducido de ello que los ataques que se producen de modo natural en esos pacientes, o los inducidos artificialmente, activan “secuencias de recuerdos fosilizada” en el cerebro.

Pero Harold Pinter y sus compañeros creen que su paciente tiene almacenado un número casi infinito de rastros de memoria “latentes”, algunos pueden reactivarse en condiciones especiales. Creen que estos rastros están grabados indeleblemente en el sistema nervioso y pueden subsistir indefinidamente en estado de suspensión debido a la falta de estímulo o bien debido a una inhibición positiva. En cambio, dudan de que pueda decirse en rigor que los recuerdos de su paciente hubiesen estado

simplemente “reprimidos” durante su enfermedad, y se “desreprimiesen”

luego debido a la L-Dopa.

La reminiscencia forzada parecía ser una excitación, mientras que la reminiscencia incontinentemente nostálgica de la vejez y a veces de la embriaguez, parece más próxima a una desinhibición y un descubrimiento de estros arcaicos. Estos estados pueden “liberar” recuerdo, y todos ellos pueden conducir a una re-experimentación y una re-presentación del pasado.

Cap.17: “Un pasaje a la India”

Bhagawhandi P., una muchacha india de diecinueve años, tiene un tumor (un astrocitoma) maligno en el cerebro. El tumor se había manifestado cuando tenía siete años pero era de escasa malignidad y estaba bien delimitado, eso permitió una resección y una recuperación completa y que Bhagawhandi hiciese vida normal.

Esta tregua duró diez años, ella sabía que tenía una “bomba de tiempo” en la cabeza.

El tumor volvió a aparecer a los dieciocho años pero más expansivo y más maligno. No era posible extirparlo. Se efectuó una descompresión para permitir que se expandiera, ingresó en la clínica con debilidad y parálisis del lado izquierdo, con ataques esporádicos y otros problemas. Ella parecía aceptar el destino que le esperaba, aún así quería relacionarse, disfrutar y experimentar mientras pudiese. El tumor iba creciendo y avanzando hacia el lóbulo temporal; le administraron esteroides para reducir el edema cerebral, los ataques se hicieron más frecuentes y más extraños.

Los primero ataques habían sido convulsiones de grand mal; los nuevos tenían un carácter diferente, no perdía la conciencia, sino que parecía como “ensoñando”, había pasado a tener ataques del lóbulo frontal frecuentes, que se caracterizaban por “estados de ensoñación” y “reminiscencia” involuntaria.

Esta ensoñación adquirió un carácter más definido, más concreto y más visionario; adquirió la forma de visiones de la India, eran lugares en los que la muchacha había estado y había amado de niña. El Dr. Sacks le preguntó que si le molestaban esos “sueños” y ella contestó que no, que era como volver a su país, a su casa.

En un principio parecían ataques del lóbulo frontal, pero luego lo dudaron porque esos ataques suelen tener un formato bastante fijado (una sola escena o canción que se repite), en cambio, los sueños de Bhagawhandi no tenían ese carácter fijo, desplegaban panoramas en cambio constante y paisajes que se disolvían ante sus ojos. ¿Estaba Bhagawhandi intoxicada y alucinaba debido a las enormes dosis de esteroides que estaba recibiendo? parecía posible pero no le podían reducir la dosis porque sino moriría en cuestión de días.

Una “psicosis de esteroides” suele ser desorganizada y agitada, mientras que Bhagawhandi estaba siempre lúcida, tranquila y serena. Había una especie de fantasmagoría, los fantasmas eran recuerdos. Se producían con conciencia y juicio normales, no estaban “hipercateterizados” o cargados de impulsos apasionados.

Los sueños, las visiones, se hicieron más frecuentes, más profundos. Ocupaban la mayor parte del día, la veían arrebatada pero siempre con una sonrisa dulce y misteriosa. Si alguien le preguntaba algo, ella respondía inmediatamente, con lucidez y cortesía, pero las enfermeras de allí tenían la sensación de que estaba en otro mundo. El Dr. Sacks también opinaba lo mismo, pero no quería indagar aunque sentía mucha curiosidad.

Una vez el Dr. Sacks le preguntó:

«¿qué pasa, Bhagawhandi?»

Y ella le dijo:

«me estoy muriendo. Me voy a casa. Regreso al lugar del que vine…sí, podríamos decir que es mi regreso».

Pasó una semana y dejó de reaccionar a los estímulos externos, parecía completamente encerrada en un mundo propio y aún seguía presente en su rostro aquella sonrisa serena y feliz.

El personal decía que estaba haciendo su viaje de regreso y que pronto llegaría. A los tres días Bhagawhandi murió, o mejor dicho llegó, después de completar su viaje a la India.

Cap.18: “El perro bajo la piel”

Stephen D. un chico de veintidós años que estudia medicina y consume drogas, un día soñó que era un perro y que estaba en un mundo increíblemente rico y significativo en olores. Al despertar, se encontró en un mundo así, con esas cualidades, él decía que era como si hasta ahora hubiese estado ciego a todos los colores y ahora se encontraba en un mundo lleno de color, se había potenciado la visión cromática y también la percepción visual eidética y de la memoria. Pero lo que realmente se había transformado en este nuevo mundo fue la exaltación del olfato, Stephen contó que él había soñado que era un perro y que cuando despertó se encontró en un mundo infinitamente fragante, también dijo que entró en una tienda de perfumes y que cada uno le parecía único, evocador, en definitiva, cada perfume era un mundo. Stephen podía distinguir a todas sus amistades y a los pacientes por su fragancia, por su olor; entraban en la clínica, olfateaba como los perros y podía identificar a los veinte pacientes que había allí. Podía oler las emociones de los demás, identificar las calles, las tiendas, y todo ello por el olor. Experimentaba un impulso de olerlo y tocarlo todo y eso a los testigos les parecía impropio. El pensamiento, la abstracción y la categorización pasaron a resultarle difíciles e irreales, dada la inmediatez perentoria de cada experiencia.

Después de tres semanas, cesó esa extraña transformación, sus sentido volvieron a la normalidad, Stephen se alegraba de haber vuelto pero también decía que era una pérdida tremenda, ahora ve a lo que los seres humanos hemos renunciado por ser civilizados y humanos, dice que necesitamos lo “primitivo”, a veces, siente nostalgia por aquel mundo de olor, aquel mundo fragante, tan vívido, tan real, dice que era como una visita a otro mundo, a un mundo de percepción pura, rico, vivo, autosuficiente, pleno, quiere volver de vez en cuando.

Freíd escribió que el sentido del olfato del hombre era una “baja”, algo reprimido en el desarrollo y la civilización. Lo que el Dr. Sacks constata es la universalidad de la inhibición, incluso a nivel perceptivo más elemental: la necesidad de inhibir lo que Head consideraba primordial y lleno de tono-sentimiento, y que llamaba “protopático”. Head dice que quizás deberíamos de ser hombres y no perros, en cambio la experiencia de Stephen D. recuerda al Sr. Sacks el poema de “el canto de Quoodle” que es que a veces necesitamos ser perros y no hombres.

Posdata:

Un hombre, sufrió una lesión en la cabeza y perdió el sentido del olfato. Este señor decía que uno no se da cuenta de hasta qué punto el “sabor” es olor, su mundo, según él, se empobreció radicalmente, tenía una sensación de anhelo, un deseo de recordar el mundo de olores al que no había prestado ninguna atención consciente. Una vez, el café, que se había hecho “insípido”, empezó a recuperar el sabor y con la pipa captó una chispa del rico aroma que amaba. Muy emocionado fue al médico pero él le dijo que no había recuperado el sentido del olfato, que todavía padecía anosmia total y que era curioso que “oliese” la pipa y el café, le dijo que se ha desarrollado una imaginería olfativa, al tomar el café o encender la pipa puede evocar o re-evocar esas sensaciones inconscientemente, y con tal intensidad como para pensar que son “reales”. Ahora olfatea y “huele” la primavera, puede engañarse a sí mismo y engañar a los demás haciendo creer que huele de verdad.

Cap.19: “Asesinato”

Donald mató a su novia estando bajo la influencia del PCP. No tenía ningún recuerdo del hecho. Los detalles del asesinato, expuestos en el informe forense, fueron ocultados al público y al propio Donald. No queda ningún recuerdo y puede que no hubiese ninguna intención de violencia, a los que los cometen no se les considera ni responsables ni culpables pero no por ello comprometen menos su propia seguridad y la ajena.

Estuvo cuatro años en un hospital psiquiátrico, tenía dudas de si era delincuente o loco, él decía, con tristeza, que no estaba en condiciones de vivir en sociedad. Le interesaban las plantas desde siempre, por tanto, se hizo cargo de un terreno olvidado y desatendido y creó jardines de flores, de plantas aromáticas y de todo tipo. Con ello, perecía que había encontrado una especie de austero equilibrio. Las relaciones humanas y las pasiones humanas habían sido reemplazadas por una calma extraña. Tras cinco años empezó a salir bajo palabra, se compró una bici, por la cual precipitó el segundo acto de su extraña historia.

Bajaba pedaleando por una cuesta bastante inclinada, cuando surgió un coche mal conducido, en dirección contraria; Donald intentó desviarse para evitar el golpe, pero perdió el control y acabó precipitándose violentamente, de cabeza, contra el firme de la carretera.

Sufrió una grave herida en la cabeza y contusión grave en ambos lóbulos frontales, entró en coma, hemipléjico, y así permaneció durante dos semanas, luego empezó a recuperarse y empezaron las “pesadillas”. El regreso de la conciencia vino acompañado de una vorágine y una agitación desagradables, al aclararse la conciencia, se aclaró con ella un recuerdo que ahora resultaba terrible. El asesinato, antes perdido para la memoria, se alcanzaba ahora ante él con gran intensidad, Donald veía continuamente el asesinato. Se trataba de “reminiscencia” auténtica e incontrolable, ahora conocía los detalles del asesinato revelados por el informe pero que no se habían revelado en el juicio ni tampoco a él. Todo lo perdido u olvidado era recuperado e insoportable. Donald intentó suicidarse tres veces. Los recuerdos tenían una carga psicótica, provocaban en Donald ideas continuas de suicidio. Ninguno de los médicos había oído o leído nada parecido hasta entonces. Él no era impulsivo, grosero e indiscriminado pero los recuerdos y los sentimientos del asesinato lo obsesionaban y lo atormentaban. Con los electroencefalogramas se comprobó que tenía una agitación incesante, una epilepia profunda, en ambos lóbulos temporales. La mayoría de las experiencias o reminiscencias que describía Penfield eran de un tipo más bien pasivo. Ninguno de los médicos habían tenido noticias de un paciente que reexperimentase un hecho, y esto era al parecer lo que le pasaba a Donald. No se llegó a una decisión clara.

Con el paso del tiempo, las funciones del lóbulo frontal son ya casi

normales, los nuevos anticonvulsivos han permitido un control de la agitación del lóbulo temporal.

Donald ha vuelto a la jardinería, siente paz trabajando en el jardín, allí no surgen conflictos porque las plantas no tienen ego, no pueden herir sus sentimientos. La terapia definitiva de Freíd es trabajo y amor. Donald no ha olvidado nada del asesinato pero ya no está obsesionado, ha alcanzado un equilibrio fisiológico y moral.

Cap.20: “Las visiones de Hildegard”

Hilderag de Bingen, una moja, experimentó innumerables “visiones” desde pequeña hasta el final de su vida, ha dejado imágenes y relatos de dichas visiones en los Scivias y Liber divinorum operum, son jequecosos e ilustran variedades del aura visual. Hilger selecciones los fenómenos más característicos como un punto o un grupo de puntos de luz que chispean y se mueven y suelen considerarse estrellas; y figuras circulares con formas de fortificación definidas que irradian en algunos casos de un área coloreada. Hildegard escribió que las visiones las contempla despierta, alerta y con los ojos del espíritu y los oídos interiores, las percibe abiertamente y de acuerdo con la voluntad de Dios. En una visión las estrellas caen y se apagan en el océano y esto para ella significa “la caída de los ángeles” ella lo comenta así: «una multitud innumerable de estrellas fugaces siguen hacia el sur, y de pronto fueron arrojadas al abismo asique no pude verlas más» ésta es la interpretación alegórica de Hildegard. La interpretación de los médicos es que experimentó un chaparrón de fosfenos que cruzaron el campo visual, tras lo cual se produjo un escotoma negativo. Dice que la luz que ve no está localizada, por ello la llama “la nube de la luz viva” los escritos, las palabras, las virtudes y las obras de los hombres brillan en ella ante Hildegard, a veces ve dentro de esa luz otra a la que llama “la nube de la luz viva en sí” cuando la contempla se borran de su memoria todas las tristezas y los pesares.

Un acontecimiento fisiológico, banal, desagradable o intrascendente para la inmensa mayoría de las personas, puede convertirse, para una conciencia privilegiada, en el substrato de una suprema inspiración extática.

Hildegard dice que hay momentos en que sientes la presencia de la armonía eterna, si ese estado durase más de cinco segundos, el alma no podría soportarlo y tendría que desaparecer; durante esos cinco segundos ella vive una existencia humana completa y por eso podría dar su vida eterna sin pensar que estuviese pagando demasiado...

Cap. 21: “Rebeca”

Rebeca, una chica de diecinueve años, según su abuela sigue siendo una niña en algunos sentidos, ella no es capaz de dar una vuelta a la manzana, de abrir una puerta con la llave, a veces se pone mal la ropa, en fin, no parece tener ningún sentido del espacio, se mostraba torpe y mal coordinada en todo sus movimientos, en el uniforme que le hicieron decía que era una “subnormal motriz”, pero cuando Rebeca bailaba desaparecía toda esa torpeza.

Rebeca tenía una fisura palatina parcial, los dedos cortos y gruesos, y una miopía degenerativa grave, era muy tímida y retraída, ella tenía la sensación de tener una imagen ridícula. Sentía un profundo amor hacia su abuela, le gustaba la naturaleza, los cuentos, los relatos y la poesía aunque no sabía leer, pero su abuela se los leía ya que a ella le encantaba leer. Su abuela decía que Rebeca tiene hambre de cuentos y relatos. La naturaleza es hermosa pero muda, por ello, Rebeca necesitaba que le re-presentasen el mundo en imágenes verbales, en lenguaje. No tiene dificultad para seguir las metáforas y los símbolos. El lenguaje del sentimiento, de lo concreto, de la imagen y el símbolo forma un mundo que ella ama y en el que puede entrar. Rebeca es una especie de poeta natural, que utiliza metáforas, comparaciones, símiles sorprendentes y de forma natural. Todo esto le encanta. Era una “retrasada” con una capacidad poética inesperada y conmovedora. Superficialmente era una masa de deficiencias e incapacidades (ella misma tenía la sensación de ser una lisiada mental; en otro nivel, algo más profundo, no había ningún sentimiento de deficiencia o incapacidad, sino una sensación de calma y plenitud. Rebeca intelectualmente se sentía lisiada pero espiritualmente se sentía un ser plano y completo.

La primera vez que la vio el Dr. Sacks podía determinar y analizar en ella una multitud de apraxias y agnosias, una masa de defectos, deficiencias sensoriomotrices, limitaciones de conceptos y esquemas intelectuales similares a los de un niño de ocho años.

Otra vez, la vio sentada en un banco mientras él paseaba, Rebeca contemplaba tranquilamente el follaje abrileño, con mucha satisfacción, al Dr. Sacks le recordó a una joven heroína de Chejov. Rebeca podría haber sido una joven cualquiera disfrutando del paisaje, ésta era la visión que tenía el Dr. Sacks como persona, no como neurólogo.

Cuando el Dr. Sacks se acercó, ella le dijo: “primavera”, “nacimiento”, “crecimiento”, “animación”, “brotar a la vida”, “estaciones”, “todo tiene su tiempo” y pronto el Dr. Sacks pensó en un Eclesiastés: “para todo hay una estación, y una época para cada objetivo bajo el cielo. Una época para nacer y una época para morir; una época para plantar y una época…”. En esta frase se unían, chocaban y se fundían las dos visiones que tenía el Dr. Sacks de Rebeca. Ella se había desenvuelto mal en la prueba pero ahora estaba “integrada” y equilibrada. Las pruebas no habían dado ningún indicio de las capacidades positivas de Rebeca, de su aptitud para percibir el mundo real, de su mundo interior que era integrado y coherente y no un problema o una tarea.

Rebeca era completa y estaba intacta como ser “narrativo” y eso era muy importante porque permitía ver su potencial y también a ella de un modo distinto al impuesto por la forma esquemática. En noviembre, falleció su abuela y la luz y la alegría que Rebeca tenía en abril pasaron a ser oscuridad y aflicción, estaba destrozada pero se comportaba con dignidad. El Dr. Sacks la visitó y ella le recibió gran dignidad pero paralizada por el dolor. Su expresión oral volvía a ser espasmódica; dijo: “lloro por mí, no por ella”, “la abuelita está perfectamente. Se ha ido a su Casa Grande”, “tengo mucho frío”, “no está fuera, el invierno está dentro. Frío como muerte”, “ella era parte de mí. Parte de mí murió con ella”. A la media hora se desbloqueó y recuperó parte de su calor y su animación y entonces dijo: “es invierno. Me siento muerta. Pero sé que vendrá de nuevo la primavera” la casa estaba vacía pero pronto se fue a vivir con ella una tía abuela suya. El Dr. Sacks la recuerda en el lúgubre cementerio de Queens, rezando el Qaddish ante la tumba de su abuela (las oraciones y los relatos bíblicos la habían atraído siempre y en el Qaddish hallaba las únicas palabras adecuadas de aflicción y consuelo).

Rebeca se vio obligada a participar en unos talleres y clases. Dicha campaña fue ineficaz en el caso de Rebeca porque los neurólogos se interesaban demasiado por la “defectología” y muy poco en la “narratología”. Rebeca mostraba claramente las dos formas de pensamiento y de inteligencia totalmente distintas, la “paradigmática” y la “narrativa”.

En Rebeca las facultades emotivas, narrativas y simbólicas pueden desplegarse vigorosa y exuberantemente, y pueden producir una especie de poetisa natural; mientras que las potencias paradigmáticas o conceptuales, manifiestamente débiles, se desarrollan muy lenta y laboriosamente. Rebeca comprendía esto perfectamente. Cuando murió su abuela adoptó una actitud clara y terminante, no quería más clases ni más talleres porque no le servían para integrarse. Después clavó la mirada en la alfombra y dijo “yo soy como una especie de alfombra viva. Necesito una pauta, un dibujo, como el que hay en esa alfombra. Me derrumbo, me descompongo, si no hay un dibujo”, Rebeca con su falta de estructura esquemática (la urdimbre y la trama, el tejido de la alfombra), podría descomponerse realmente sin un dibujo (la estructura escénica o narrativa de la alfombra).

Rebeca dijo que a ella lo que le gustaba era el teatro así que el Dr. Sacks la sacó de donde estaba y la metió en un grupo de teatro especial, éste le encantó consiguió integrarla.

Ahora Rebeca se convertía, con cada papel, en una persona completa, equilibrada, desenvuelta, con estilo, si una persona viese ahora a Rebeca en el escenario no llegaría nunca a imaginar que se trata de una deficiente mental.

Cap. 22: “Un Grove ambulante”

Martin A., un hombre de sesenta y un años, ingresó a finales de 1983 tras contraer parkinsonismo y no poder cuidarse por sí mismo. En la infancia había tenido una meningitis casi mortal y eso le produjo retraso mental, impulsividad, ataques y cierto espasmodismo en un lado del cuerpo. Martin vivió con sus padres hasta que ellos fallecieron, después trabajó donde pudo porque en poco tiempo que estuviese trabajando lo despedían por su lentitud, su tendencia a la ensoñación o su incompetencia habría tenido una vida mucho más dura de no ser por su sensibilidad musical y su notables dotes musicales, no hubiese tenido alegría. Poseía una memoria musical asombrosa, siempre había dependido de su oído aunque su voz no estaba al mismo nivel. Era una voz melodiosa pero ronca, con cierta disfonía espasmódica. Su padre no sólo le transmitió sus genes musicales sino también su gran amor a la música. Martin, lento y torpe, gozaba del amor de su padre y le quería a su vez con pasión este amor estaba cimentado por su amor compartido a la música.

Martin quería haber podido llegar a ser como su padre, un hombre cantante muy famoso de oratorios y de ópera, aunque esto no era una obsesión; Martin hallaba mucho placer con lo que él podía hacer que era ayudar a muchos famosos. Gozaba de una modesta fama como “enciclopedia ambulante” porque sabía la música de dos mil óperas, los cantantes que habían interpretado los papeles en innumerables representaciones, los vestuarios, los decorados… Así pues, Martin era un fanático de la ópera y algo así como un “sabio idiota”. El verdadero gozo era participar personalmente en sesiones musicales, cantando en los coros de las iglesias locales. En esas ocasiones, cuando se entregaba a la música, Martin olvidaba que era un “retardado”, y olvidaba toda la tristeza y la amargura de su vida, sentía como si lo envolviese una gran plenitud, se sentía un verdadero hombre e hijo de Dios.

Su memoria eidética no formaba por sí misma un “mundo” ni transmitía ningún sentido con él. Carecía de unidad, de sentimiento, de relación con él mismo. Era fisiológica, daba esa sensación, como un núcleo mnemotécnico o un banco de memoria, pero no formaba parte de un yo vivo real y personal.

Se sabía de memoria el Diccionario de música y músicos de Grove, la inmensa edición en nueve volúmenes publicada en 1954, era un “Grove ambulante”. Cuando su padre enfermó estaba siempre en casa, Martin le acompañaba mientras él le leía en voz ata dicho diccionario que tenía seis mil páginas, escuchaban la colección de discos de su padre, repasaban y cantaban las partituras, todo lo que le leyó le quedó impreso en su memoria así que cuando el “oía” el Grove en la voz de su padre lo recordaba con emoción.

Estas hipertrofias prodigiosas de la memoria eidética parecen desalojar a veces al yo real, o competir con él, e impiden su desarrollo. Su mundo era pequeño, mísero, desagradable y lúgubre, era el mundo de un retardado al que habían marginado desde niño y del que se habían burlado, el mundo de alguien que raras veces se había sentido un hombre y que lo consideraban un niño.

Era con frecuencia infantil, tenía el lenguaje de un niño, era sucio, se limpiaba los mocos en la manga… estas características infantiles hacían que gozase de pocas simpatías, dentro de la residencia se hizo antipático y muchos le rehuían. Martin estaba empeorando mucho y nadie sabía qué hacer. Tenía dificultades de adaptación, su hermana dijo que había algo que le corroía y que le estaba destruyendo.

En enero, el Dr. Sacks fue a verlo y se encontró con un hombre muy distinto, claramente apesadumbrado, víctima de un dolor espiritual y físico. Decía que tenía que cantar, que sin ello no podía rezar, después añadió que nunca había pasado un domingo

sin ir a la Iglesia, sin cantar en el coro, que fue con su padre y no dejó de ir aún habiendo fallecido su padre, que tenía que ir sino moriría, el Dr. Sacks le dijo que no sabía que echase de menos ir a la Iglesia y que había una muy cerca de la residencia. Martin volvió a ir y allí lo recibieron muy bien. Ya podía cantar, podía rendir culto todos los domingos con música de Bach, podía disfrutar de la tranquila autoridad que se le otorgaba.

Le dijo al Dr. Sacks que eran la única Iglesia de la Diócesis que disponía de un coro y una Iglesia como es debido, la única donde se cantan habitualmente todas las obras vocales de Bach. Al Dr. Sacks le pareció muy curioso y conmovedor que Martina, un retardado, sintiese una pasión tan grande por Bach. A pesar de todas sus limitaciones intelectuales, la inteligencia musical de Martin era plenamente capaz de apreciar gran parte de la complejidad técnica de Bach, el Dr. Sacks se dio cuenta de que no se trataba en absoluto de una cuestión de inteligencia, Bach vivía para él y él para Bach.

Martin tenía dotes musicales “raras” si se las desplazaba de su marco justo y natural. Lo fundamental para Martin había sido siempre el espíritu de la música, sobre todo religiosa. Martin se convirtió en un hombre distinto, se recuperó a sí mismo, se integró, volvió a hacerse real, el niño rencoroso y el retardado estigmatizado desaparecieron al igual que el eidético impersonal, sin emociones, irritante. Reapareció la persona real, un hombre digno y decente, respetado y estimado ahora por todos.

La maravilla era ver a Martin cuando estaba cantando porque en esas ocasiones quedaba totalmente transformado. Todo lo que era deficiente o patológico se desprendía de él y veías sólo atención y animación, totalidad y salud.