El hombre mediocre; José Ingenieros

Filosofía positivista. Psicología social. Desigualdad humana. Mediocridad intelectual. Valores morales. Envidia. Idealistas. Situación social

  • Enviado por: Ana María
  • Idioma: castellano
  • País: Colombia Colombia
  • 15 páginas

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EL HOMBRE MEDIOCRE

PRESENTADO A:

PRESENTADO POR:

GRADO: Décimo

COLEGIO ADVENTISTA EMMANUEL

FILOSOFIA

03/29/01

INTRODUCCIÓN

A través de este trabajo voy a ser un resumen del libro el hombre mediocre, en el cual voy a incluir la biografía de su autor para así conocer el entorno en que se escribió el libro y lograr entenderlo mejor para sacarle el provecho necesario y aprender lo que mas se pueda.

TABLA DE CONTENIDO

INTRODUCCIÓN

Biografía de José Ingenieros.

La moral de lo idealistas.

El hombre mediocre.

La mediocridad intelectual.

Los valores morales.

Los caracteres mediocres.

La envidia.

La vejez niveladora.

La mediocridad.

Los forjadores de ideales.

CONCLUSIONES

Personales.

Sociales.

Bíblicas.

Filosóficas.

BIBLIOGRAFÍA.

GLOSARIO.

CONCLUSIONES

PERSONALES: Al leer el libro El hombre mediocre me di cuenta de que no todas las personas son como uno cree, a veces pensamos que hay muchas personas excelentes pero según el libro son muy pocas las que llegan a esta excelencia, por que?. Por que la mayoría de las personas hacemos las cosas por hacerlas, muchas veces no le ponemos empeño a lo que nos piden y hacemos estrictamente lo necesario y no vamos mas allá de nuestras habilidades para poder llegar a ser verdaderos hombres y mujeres que le sirven de manera total a la sociedad.

SOCIALES: En este libro se habla muy claramente a la sociedad actual, ya que de esta tienden a salir hombres sin saber para que estan en la vida, para que sirven, son personas mediocres que no le sirven a una sociedad que requiere con urgencia sabios, que en esta epoca son muy escasos ya que la mayoría son mediocres y esto es lo que trata de evitar Jose Ingenieros en este libro.

BÍBLICAS: En la biblia encontramos varios ejemplos de animales que no son ´´mediocres´´, entre estos encontramos el ejemplo de la abeja y la hormiga. Al ver la vida de una abeja podemos admirar como es que vive y trabaja, su instinto las lleva a trabajar sin cesar, con perseverancia, diligencia y una productividad asombrante. Ellas tiene una vida muy corta pero esto no les impide para alcanzar a producir varios gramos de miel siendo ella tan pequeña y su vida tan corta. Al lado de la abeja encontramos el zangano, este no se mata trabajando como la abeja, este es el símbolo del hombre mediocre, vive del trabajo ajena, del trabajo de los excelentes, delos sabios, de los que le verdaderamente le sirven a la sociedad. Cuanto mas progreso y felicidad habria en esta sociedad, sino existieran los mediocres y sí muchos sabios. Salomón en Proverbios nos da el segundo ejemplo que es muy claro, “ve a la hormiga , oh perezoso, mira sus caminos, y se sabio” (Prov. 6:6). Dios bendice a quienes son diligentes en el cumplimiento de su deber.

FILOSOFICAS: El autor nos muestra en este libro, la clara imagen del hombre moderno moldeado por el medio, la sociedad en que vive, sin ideales ni individualidad, nos muestra esto para evitar que caigamos en este error para que mundo salga de la indiosincracia en que se encuentra y pueda llegar a ser prospero social, cultural, y económicamente.

BIOGRAFIA JOSE INGENIEROS

Ingenieros, José (1877-1925), filósofo argentino. Nació en Buenos Aires y ejerció una gran influencia en el pensamiento de su tiempo. Tras haber estudiado medicina, fue uno de los introductores de la sicología en su país, participando del positivismo imperante en la época quizá como la última gran figura de ese pensamiento tan enraizado en el siglo XIX. Escribió, entre otras muchas obras, La simulación en la lucha por la vida (1903), su tesis doctoral, adscrita a la intensa corriente darwinista en la Argentina de aquella época, Sicología genética (1911) y El hombre mediocre (1913), su obra más importante de sicología social, en la que describía al hombre moldeado por el medio, sin ideales ni individualidad. En una de sus obras más originales (Proposiciones relativas al porvenir de la filosofía, 1918) Ingenieros desarrolló una versión particular del positivismo que hacía posible la metafísica. Afirmaba que es posible reconocer, en toda forma de experiencia, un "residuo experiencial" que no es incognoscible, aunque no tenga un carácter trascendental. Este residuo, que resulta accesible al conocimiento y la experiencia humana, es el objeto de una nueva metafísica, distinta a la ciencia positiva. Fue miembro del Partido Socialista, fundado por Juan B. Justo, y defendía la idea de que la lucha de clases era una de las manifestaciones de la lucha por la vida. Durante algún tiempo defendió cierto tipo de biologismo social.

LA MORAL DE LOS IDEALISTAS.

Los seres cuya imaginación se llena de ideales y su sentimiento atrae hacia ellos la personalidad entera son los IDEALISTAS. El ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección. Los filósofos del futuro irán poniendo la experiencia como fundamento de toda hipótesis legitima, no es arriesgado pensar que en la ética venidera florecerá un idealismo moral. Un ideal no es una formula muerta, sino una hipótesis perfectible; la evolución humana es un esfuerzo continuo del hombre para adaptarse a la naturaleza, que evoluciona a su vez. Un ideal es un punto y un momento entre todo lo posible que puebla el espacio y el tiempo, evolucionar es variar. En la evolución humana varia incesantemente el pensamiento. La vida tiende naturalmente a perfeccionarse. A medida que la experiencia humana se amplia, observando la realidad, los ideales son modificados por la imaginación, que es plástica y no reposa jamás. Los ideales son, por ende, reconstrucciones imaginativas de la realidad que deviene. Un ideal colectivo es la coincidencia de muchos individuos en un mismo afán de perfección. Todo ideal es una fe en la posibilidad misma de la perfección. Hay tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como hombres aptos para concebir perfecciones y capaces de vivir hacia ellas. La experiencia, solo ella, decide sobre la legitimidad delos ideales, en cada tiempo y lugar. Sin ideales seria inexplicable la evolución humana. Los hubo y los habrá siempre. Seres desiguales no pueden pensar de igual manera. Los espíritus afiebrados por algún ideal son adversarios de la mediocridad: soñadores contra los utilitarios, entusiastas contra los apáticos, generosos contra los calculistas, indisciplinados contra los dogmáticos. Todo idealista es un hombre cualitativo: posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir entre lo bueno y lo malo que observa, y lo mejor que imagina, sin ideales seria inconcebible el progreso. Todo porvenir ha sido una creación de los hombres capaces de presentirlo, concretándolo en infinita sucesión de ideales. Los idealistas aspiran a conjugar en su mente la aspiración y la sabiduría; todo idealismo es, por eso, un afán de cultura intensa: cuenta entre sus enemigos mas audaces a la ignorancia, madrastra de obstinadas rutinas. Los idealistas suelen ser esquivos o rebeldes a los dogmatismos sociales que lo oprimen. Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y debe ser cálido su idioma, como si desbordara la personalidad sobre lo impersonal. Se distinguen dos tipos de idealistas, según predomine en ellos el corazón o el cerebro. El idealismo sentimental es romántico: la imaginación no es inhibida por la critica y los ideales viven de sentimiento. En el idealismo experimental los ritmos afectivos son encarrilados por la experiencia y la critica coordina la imaginación: los ideales tórnense reflexivos y serenos. Corresponde el uno a la juventud y el otro a la madurez, el primero es adolescente, crece, puja y lucha; el segundo es adulto, se fija, resiste, vence. Los idealistas románticos son exagerados por que son insaciables. El hombre incapaz de alentar nobles pasiones esquiva el amor como si fuera un abismo; ignora que el pone en manifiesto todas las virtudes y es el mas eficaz de los moralistas. Vive y muere sin haber aprendido amar. En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su orientación varia con los tiempos y con las inclinaciones. En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su orientación varia con los tiempos y con las inclinaciones. Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia. Los romanticismos no resisten a la experiencia critica: si duran hasta pasados los limites de la juventud, su ardor no equivale a su eficiencia. El idealista estoico mantienese hostil a su medio, lo mismo que el romántico. Su actitud es de abierta resistencia a la mediocridad organizada, resignación desdeñosa o renunciamiento altivo sin compromisos.

EL HOMBRE MEDIOCRE.

La desigualdad humana no es un descubrimiento moderno. Hay hombres mentalmente inferiores al termino medio de su raza, de su tiempo y de su clase social; también los hay superiores. Entre unos y otros fluctúan una gran masa imposible de caracterizar por inferioridades o excelencias. Su existencia es, sin embargo, natural y necesaria. En todo lo que ofrece grados hay mediocridad; en la escala de la inteligencia humana ella representa el claroscuro entre el talento y la estulticia. Las personas tienden a confundir el sentido común con el buen sentido. El sentido común es colectivo, eminentemente retrogrado y dogmatista; el buen sentido es individual, siempre innovador y libertario. La personalidad individual comienza en el punto preciso donde cada uno se diferencia de los demás; en muchos hombres ese punto es simplemente imaginario. Por ese motivo al clasificar los caracteres humanos se ha comprendido la necesidad de separar a los que carecen de rasgos característicos: productos adventicios del medio, de las circunstancias de la educación que se les suministra, de las personas que los tutelan, de las cosas que los rodean. Muchos nacen; pocos viven. Los hombres sin personalidad son innumerables y vegetan moldeados por el medio, como cera fundida en el cuño social. Si hubiera de tenerse en cuenta la buena opinión que todos los hombres tienen de si mismos, seria imposible discurrir de los que ese caracterizan por la ausencia de personalidad. Lo habitual no es el genio ni el idiota, no es el talento ni el imbecil. El hombre que nos rodea a millares, el que prospera y se reproduce en el silencio y en la tiniebla, es el mediocre. Con diversas denominaciones y desde puntos de vista heterogéneos, se ha intentado algunas veces definir el hombre sin personalidad. En este sentido, hombre normal no seria sinónimo de hombre equilibrado, sino de hombre domesticado; la pasividad no es un equilibrio, no es complicada resultante de energías, sino su ausencia. El hombre sin personalidad no es un modelo, sino una sombra. ¿cuál es el hombre normal?, “Buen apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado a sus costumbres, misoneísta, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal domestico”. Ningún hombre es excepcional en todas sus aptitudes; pero no podría afirmarse que son mediocres a carta cabal. No obstante las infinitas diferencias individuales, existen grupos de hombres que pueden englobarse dentro de tipos comunes; si observamos cualquier sociedad humana, el valor de sus componentes resulata siempre relativo al conjunto: el hombre es un valor social. Considerando a cada individuo con relación a su medio, tres elementos concurren a formar su personalidad: la herencia biológica, la imitación social y la variación individual.

El hombre inferior es un animal humano; en su mentalidad enseñoreanse las tendencias instintivas condensadas por la herencia y que constituyen el “alma de la especie”. El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y esta perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad. El hombre superior es un accidente provechoso para la evolución humana. Es original e imaginativo, desadaptandose del medio sicila en la medida de su propia variación. Todo lo que existe es necesario. Cada hombre posee un valor de contraste, si no lo tiene de afirmación. El mediocre representa un progreso, comparado con el imbecil, aunque ocupa su rango si lo comparamos con el genio. Todos los hombres de personalidad firme y de mente creadora, son hostiles a la mediocridad. Ante la moral social, los mediocres encuentran una justificación. Si los hábitos resumen la experiencia pasada de pueblos y de hombres, dándoles unidad, los ideales orientan su experiencia venidera y marcan su probable destino. Los idealistas y los rutinarios son factores igualmente indispensables, aunque los unos recelen de los otros. La sicología de los hombres. La sicología de los hombres mediocres caracterizase por un riesgo común la incapacidad de concebir una perfección de, de formarse un ideal. Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter a las domesticidades convencionales.

Son incapaces de virtud; no la conciben o les exige demasiado esfuerzo. No vibran a las tensiones mas altas de la energía; son fríos, apáticos, nunca equilibrados. No saben estremecerse de escalofrío bajo una tierna caricia, ni abalanzarse de indignación ante una ofensa.

Aunque aislados no merezcan atención, en conjunto constituyen un régimen, representan un sistema especial de intereses inconmovibles. La vulgaridad es el agua fuerte de la mediocridad. En la ostentación de lo mediocre reside la sicología de lo vulgar; basta insistir en los rasgos suaves de la acuarela para tener el aguafuerte, los vulgares son mediocres de razas primitivas: habrían sido perfectamente adaptados en sociedades salvajes, pero carecen de la domesticación que los confundirían con sus contemporáneos. Repudian las cosas líricas porque obligan a pensamientos muy altos y a gestos demasiados dignos. Su amistad es una complacencia servil o una adulación provechosa. Admiran al utilitarismo egoísta, inmediato, menudo, al contado. El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un comercio, de la filosofia un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo. El progreso humano es la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y energias propulsoras.

LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL

La rutina no es hija de la experiencia; es su caricatura. En su orbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido que lo bueno por conocer. Su impotencia para asimilar ideas nuevas los constriñe a frecuentar las antiguas. La Rutina, es el habito de renunciar a pensar. Los prejuicios son creencias anteriores a la observación; los juicios, exactos o erróneos, son consecutivos a ella. Es mas contagiosa la mediocridad que el talento. Los rutinarios razonas con la lógica de los demás. Ignoran que el hombre vale por su saber; niegan por la cultura es la mas honda fuente de la virtud. No intentan estudiar; todos los rutinarios son intolerantes; los condena a serlo. Los hombre s rutinarios desconfían de su imaginación. En toda idea nueva presienten un peligro; si les dijeran que su prejuicios son ideas nuevas, llegarían a creerlos peligrosos. En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los rutinarios carecen de opinión. El hombre rutinario no puede razonar por si mismo, viven de una vida que no es vivir. En esos hombres, inmunes a la pasión

de la verdad, supremo ideal a que sacrifican su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de perfección. En el verdadero hombre mediocre la cabeza es un simple adorno del cuerpo. Son modestos, por principios. Tal modestia es un simple respeto de si mismo y de los demás. Adoran el sentido común, sin saber de seguro en que consiste; lo confunden con el buen sentido, que es su síntesis. El temor de comprometerse les lleva a simpatizar con un precavido escepticismo. La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, indeciso y obtuso. Pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres que escalan los videntes y asomarse a los precipicios que sondan los elegidos. Vive entre los engranajes de la rutina. Los mediocres, lo mismo que los imbeciles, serian acreedores a esa amable tolerancia mientras se mantuvieran a la capa; detestan a los que no pueden igualar, como si con solo existir los ofendieran. Los mediocres, mas inclinados a la hipocresía que al odio, prefieren la maledicencia sorda a la calumnia violenta. Sin cobardía no hay maledicencia. El que puede gritar cara a cara una injuria, el que denuncia a voces un vicio ajeno, al que acepta los riesgos de sus decires, no es un maldiciente. La ironía es la perfección del ingenio, una convergencia de intención y de sonrisa, aguda en la oportunidad y justa en la medida; es un cronometro, no anda mucho sino con precisión. Eso lo ignora el mediocre. El escritor mediocre es peor por su estilo que por su moral. El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo. Diriase que empañan la reputación ajena para disminuir el contraste con la propia. La vanidad empuja al hombre vulgar a perseguir un empleo expectable en la administración del Estado, indignadamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. Mirar de frente al éxito, es asomarse al precipicio: se retrocede a tiempo o se cae en el para siempre. Los grandes cerebros ascienden por la senda exclusiva del merito; o por ninguna. El éxito les parece un simple reconocimiento de su derecho, un impuesto de admiración que se les paga en vida. El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la estimula. La popularidad y la fama suelen dar transitoriamente la ilusión de la gloria. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al caer en la orfandad. Para estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su error debería ser el ultimo de la vida. Compartiendo las ruinas y las debilidades de la mediocridad ambiente, fácil es convertirse en arqueotipos de la masa y ser prohombres entre sus iguales, pero quien así culmina, muere con ellos. La integridad moral y la excelencia de carácter sin virtudes estériles en los ambientes rebajados, mas asequibles a los apetitos del domestico que a las altiveces del digno.

LOS VALORES MORALES

La hipocresía es le arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer los escrúpulos en los hombres incapaces de resistir la tentación del mal. Es falta de virtud para renunciar a este y de coraje para asumir su responsabilidad. Ninguna fe impulsa a los hipócritas; esquivan la responsabilidad de sus acciones son audaces en la traición y tímidos en la lealtad. En su anhelo simulan las aptitudes y cualidades que consideran ventajosas para acrecentar la sombra que proyecta en su escenario. El hipócrita suele aventajarse de su virtud fingida, mucho mas que el verdadero virtuoso. La hipocresía tiene matices. Si el mediocre moral se aviene a vegetar en la penumbra, no cabe baje el escalpelo del psicólogo. El odio es loable si lo comparamos con la hipocresía. La juventud tiene entre sus preciosos atributos la incapacidad de dramatizar largo tiempo las pasiones malignas; el hombre que ha perdido la aptitud de borrar sus odios esta ya viejo, irreparablemente. Sus heridos son tan imborrables como sus canas. Y como estas, puede teñirse el odio: la hipocresía es la tintura de esas canas morales. El hipócrita esta constreñido a guardar las apariencias, con tanto afán como pone el virtuoso en cuidar sus ideales. Así como la pereza es la clave de la rutina y la avidez es móvil del servilismo, la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresía. El que miente es traidor: sus victimas le escuchan suponiendo que buscan la verdad. En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte e individualista. Faltándole la osadía de practicar el mal, a que esta inclinado, contentase con sugerir que oculta que oculta sus virtudes por modestia; pero jamás consigue usar con desenvoltura el antifaz. El hipócrita entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su ambigüedad recalcitrante. Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle a complicidad indignas. Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive desconfiado de todos, hasta caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror ansioso la acoquina frente a los hombres sinceros, creyendo escuchar en cada palabra un reproche merecido; no hay en ello dignidad, sino remordimiento. En vano pretendería engañarse a si mismo, confundiendo la susceptibilidad con la delicadeza; aquella nace del miedo y esta es hija del orgullo. Las deudas contraídas por vanidad o por vicio obligan a fingir y engañar; el que las acumula renuncia a toda dignidad. Hay otras consecuencias del tartufism. El hombre dúctil a la intriga se priva del cariño ingenuo. Suele tener cómplices, pero no tiene amigos; la hipocresía no ata por el corazón, sino por el interés. Los hipócritas forzosamente utilitarios y oportunistas, están siempre dispuestos a traicionar sus principios en homenaje a un beneficio inmediato; eso les veda la amistad con espíritus superiores. Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato. Invierte las formulas del reconocimiento: aspira a la divulgación de los favores que hace, sin ser por ello sensible a los que recibe. Multiplica por mil lo que da y divide por un millón lo que acepta. El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral. La mediocridad moral es impotencia para la virtud cobardía para el vicio. Si hay mentes que parecen maniquíes articulados con rutinas, abundan corazones semejantes a mongolfieras infladas de prejuicios. El hombre honesto puede temer el crimen sin admirar la santidad: es incapaz de iniciativa para entrambos. Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas del hombre virtuoso: prefieren al honesto y lo encumbran como ejemplo. Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: solo pueden mirar al sol de frente los que osan clavar su pupila sin temer la ceguera. Los corazones menguados no cosechan rosas en su huerto, por temor a las espinas; los virtuosos saben que es necesario exponerse a ellas para recoger las flores mejor perfumadas. La sociedad predica no hagas mal y serás honesto. El talento moral tiene otras exigencias: persigue una perfección y serás virtuoso. La honestidad esta al alcance de todos; la virtud es de pocos elegidos. El hombre honesto aguanta el yugo a que le uncen sus cómplices; el hombre virtuoso se eleva sobre ellos con un golpe de ala. No hay virtud cuando los actos desmienten las palabras, ni cabe nobleza donde la intención se arrastra. Por eso la mediocridad moral es mas nociva en los hombres conspicuos y en las clases privilegiadas. La nobleza que no esta en nuestro afán de perfección es inútil que perdure en ridículos abolengos y pergaminos; noble es el que revela en sus actos un respeto por su rango y no el que alega su alcurnia para justificar actos innobles. Por la virtud, nunca por la honestidad, se miden los valores de la aristocracia moral. Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, el invalido moral se refugia en la tiniebla. Comparado con el invalido moral, el hombre honesto parece una alhaja. Los delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta a la moralidad media de la sociedad en que viven. Son inferiores; tienen el alma de la especie , pero no adquieren el alma social. Divergen de la mediocridad, pero en sentido opuesto a los hombres excelentes, cuyas variaciones originales determinan una desadaptacion evolutiva en el sentido de la perfección. Estos inadaptables son moralmente inferiores al hombre mediocre. Los insectos dañinos en la naturaleza. Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de su inferioridad biológica y social , encontramos una pincelada común en todos los hombres que bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud constante para adaptarse a las condiciones que, en cada colectividad humana, limitan la lucha por la vida. Carecen de la aptitud que permite al hombre mediocre imitar los prejuicios y las hipocresías de la sociedad en que vegeta. No es el hombre moralmente mediocre - el honesto - quien determina las transformaciones de la moral. Son los virtuosos y los santos, inconfundibles con el. Precursores, apóstoles, mártires, inventan formas superiores del bien, las enseñan, las predican, las imponen. Toda moral futura es un producto de esfuerzos individuales, obra de caracteres excelentes que conciben y practican perfecciones inaccesibles al hombre común. El progreso ético es lento, pero seguro. La virtud arrastra y enseña; los honestos se resignan a imitar alguna parte de las excelencias que practican los virtuosos. Cada uno de los sentimientos útiles para la vida humana engendra una virtud, una norma de talento moral. El hombre mediocre ignora esas virtudes; se limita a cumplir las leyes por temor a las penas que amenazan a quien las viola, guardando la honra por no arrastrar las consecuencias de perderla.

Enseñemos a perdonar; pero enseñemos con el ejemplo, no ofendiendo. Admitamos que la primera vez se ofende por ignorancia; pero creamos que la segunda suele ser por villanía. Mientras los hipócritas recetan la austeridad, reservando la indulgencia para si mismos, los pequeños virtuosos prefieren la practica del bien y su predica; evitan los sermones y enaltecen su propia conducta. Su corazón es sensible a las pulsaciones de los demás, abriéndose a toda hora para adulcir las penas de un desventurado y previniendo sus necesidades para ahorrarles la humillación de pedir ayuda; hacen siempre todo lo que pueden, poniendo en ello tal afán que trasluce el deseo el deseo de haber hecho mas y mejor. Esas pequeñas virtudes son usuales, de aplicación frecuente, cotidiana; sirven para distinguir al bueno del mediocre y difieren tanto de la honestidad como el buen difieren del sentido común. La moralidad es tan importante como la inteligencia en la composición global del carácter. Ambas formas de talento, aunque distintas y cada una multiforme, son igualmente necesarias y merecen el mismo homenaje. Si un hombre encarrila en absoluto su vida hacia un ideal, eludiendo o constatando todas las contingencias materiales que contra el conspiran, ese hombre se eleva sobre el nivel mismo de las mas altas virtudes. Entra en la santidad. La santidad existe: los genios morales son los santos de la humanidad. Algunos legislan y fundan religiones como Moisés, Buda y Confucio, en civilizaciones primitivas, cuando los Estados son teocracias; otros predican y viven su moral, como Sócrates, Zenón o Cristo, confiando la suerte de sus nuevos valores a la eficacia del ejemplo; sea cual fuere el juicio que a la posteridad merezcan sus enseñanza, todos ellos son inventores, fuerzas originales en la evolución del bien y del mal, en la metamorfosis de las virtudes. Son siempre hombres de excepción, genios, los que la enseñan. La santidad esta en la sabiduría. Los ideales éticos no son exclusivos del sentimiento religioso; no lo es la virtud; ni la santidad. Sobre cada sentimiento pueden ellos florecer. Cada época tiene sus ideales y sus santos: héroes, apóstoles o sabios. Si es difícil mirar un instante la cara de la muerte que amenaza paralizar nuestro brazo, lo es mas resentir toda una vida los principios y rutinas que amenazan asfixiar nuestra inteligencia. Orientadas por la exigua constelación de visionarios, las generaciones remontan desde la rutina hacia Verdades cada vez menos inexactas y desde el prejuicio hacia las Virtudes cada vez menos imperfectas. Todos los caminos de la santidad conducen hacia el punto infinito que marca su imaginaria convergencia.

LOS CARACTERES MEDIOCRES

Viven de los demás y para los demás: sombras de una grey, carecen de luz, de arrojo, de fuego, de emoción. Los caracteres excelentes ascienden a la propia dignidad nadando contra la corriente. Nunca se obstinan en el error, ni traicionan jamás la verdad. Su fisonomía es la propia y no puede ser nadie mas; son inconfundibles. Por ellos la humanidad vive y progresa. Las creencias son el soporte del carácter; el hombre que las posee firmes y elevadas, lo tienen excelente. Las sombras no creen. Las creencias son los móviles de toda actividad humana. No necesitan verdades: creemos con anterioridad a todo racionamiento y cada nueva noción es adquirida a través de creencias ya preformadas. El ingenio y la cultura corrigen las fáciles ilusiones primitivas y las rutinas impuestas por la sociedad al individuo: la amplitud de saber permite a los hombres formarse ideas propias. Sin unidad no se concibe un carácter. La unidad de las creencias permite a los hombres obrar de acuerdo con el propio pasado. Creencias firmes, conducta firme. Ese es el criterio para apreciar el carácter las obras. Mientras los hombres resisten las tentaciones, las sombras resbalan por la pendiente; los caracteres excelentes son indomesticables: tiene su norte puesto en su ideal. Su “firmeza” los sostiene; su “luz” los guía. Las sombras en cambio, degeneran. En ciertos sujetos, sin carácter desde el cáliz materno hasta la tumba, la conducta no puede seguir normas constantes.

El trabajo, creando el habito del esfuerzo, seria la mejor escuela del carácter; esos degenerados son indomesticables. En los mundos minados por la hipocresía todo conspira contra las virtudes civiles: los hombres se corrompen los unos a los otros, los mediocres no saben evitarla; los hombres sin ideales son incapaces de resistir las acechanzas de hartazgos materiales sembrados en su camino.

El hombre es. La sombra parece. El hombre pone su honor en el merito propio y es juez supremo de si mismo; hay una moral del honor y otra de su caricatura: ser o parecer.

Del amor propio nacen las dos: hermanas por su origen. Como Caín y Abel. Y mas enemigos que ellos, irreconciliables. Son formas de amor propio. Siguen caminos diferentes. La una florece sobre el orgullo, celo escrupuloso puesto en el respeto de si mismo; la otra nace de la soberbia, apetito de culminación ante los demás. En los dignos el propio juicio se antepone a la aprobación ajena; en los mediocres se postergan los meritos y se cultiva a la sombra. Los primeros viven para si; los segundos vegetan para otros.

LA ENVIDIA

La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del merito por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastra los fracasos. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. Sorprende que los sicólogos la olviden en sus estudios sobre las pasiones, limitándose a mencionarla como un caso particular de los celos. Es pasión traidora y propicia a las hipocresías. Se puede odiar a las cosas y a los animales; solo se puede envidiar a los hombres. El odio que injuria y ofende es temible; la envidia que calla y conspiran es repugnante. El odio puede hervir en los grandes corazones; puede ser justo y santo; lo es muchas veces, cuando quieren borrar la tiranía, la infamia, la indignidad. La envidia es de corazones pequeños; el hombre que se siente superior no puede envidiar, ni envidia nunca el loco feliz que vive con delirio de grandeza. Se envidia lo que otros ya tienen y se desearía tener, sintiendo que el propio es un deseo sin esperanza: se cela lo que ya se posee y se teme perder; se emula en pos de algo que otros también anhelan, teniendo la posibilidad de alcanzarlo.

La emulación es siempre noble: el odio mismo puede serlo algunas veces. La envidia es una cobardía propia de los débiles, un odio impotente, una incapacidad manifiesta de competir o de odiar. La emulación presume un afán de equivalencia, implica la posibilidad de un nivelamiento; siendo la envidia un culto involuntario del merito, los envidiosos son, a pesar suyo, sus naturales sacerdotes. El envidioso cree marchar al calvario cuando observa que otros escalan la cumbre. Lo que es para otros causas de felicidad, puede ser objeto de envidia. Envidiar es una forma aberrante de rendir homenaje a la superioridad. La que ha nacido -y la belleza para ser completada requiere, entre otros dones, la gracia, la pasión y la inteligencia- tiene asegurado el culto de la envidia.

El talento es el tesoro mas envidiado entre los hombres. Todo el que siente capaz de crearse un destino con su talento y con su esfuerzo esta inclinado a admirar el esfuerzo esta inclinado a admirar el esfuerzo y el talento en los demás; pero aceptar no es amar. Resignarse no es admirar. Todo escritor mediocre es candidato a criticastro. La incapacidad de crear le empuja a destruir. Las mujeres feas demostraran que la belleza es repulsiva y las viejas sostendrán que la juventud es insensata; vengaran su desgracia en el amor diciendo que la castida es suprema entre todas las virtudes, cuando ya en vano se harían viltroteras para ofrecer la propia a los transeúntes. El que no admira lo mejor, no puede mejorar. El castigo de los envidiosos estaría en cubrirlos de favores, para hacerles sentir que su envidia es recibida como un homenaje y no como un estiletazo. El envidioso es la única victima de su propio veneno. Los únicos gananciosos son los envidiados; es grato sentirse adorar de rodillas. La mayor satisfacción del hombre excelente esta en evocar la envidia, no ser envidiado es una garantía inequívoca de mediocridad.

LA VEJEZ NIVELADORA

La vejez mediocriza a todo hombre superior; mas tarde, la decrepitud inferioriza al viejo ya mediocre. Quien se pone a mirar si lo que tiene le bastara para que todo su porvenir posible, ya no es joven; cuando opina que es preferible tener de mas a tener de menos, esta viejo; cuando su afán de poseer excede su posibilidad de vivir, ya esta moralmente decrepito. La avaricia es una exaltación de los sentimientos egoístas propios de la vejez.

La personalidad individual se constituye por sobre posiciones sucesivas de la experiencia. Inferior, mediocre o superior, todo hombre adulto atraviesa un periodo estacionario durante el cual se perfeccionan las aptitudes. La longevidad mortal es un accidente; no es la regla. La vejez inequívoca es la pone mas arrugas en el espíritu que en la frente. La juventud no es simple cuestión de estado civil y puede sobrevivir a alguna cana: es un don de vida intensa, expresiva y optimista. La vejez comienza por hacer de todo individuo un hombre mediocre.

Los que solo habían logrado adquirir un reflejo de la mentalidad social., poco tienen que perder en esta inevitable bancarrota: es el empobrecimiento de un pobre.

El viejo tiende a la inercia, busca el menor esfuerzo; así como la pereza de una vejez anticipada. La vejez es una pereza que llega fatalmente en cierta hora de la vida. A medida que envejece, tornase el hombre infantil, tanto por su ineptitud creadora como por su achicamiento moral. La sicología de la vejez denuncia ideas obsesivas absorbentes . todo viejo cree que los jóvenes le desprecian y desean su muerte para suplantarle. A los veinte años cada individuo ha anunciándolo que de el puede esperarse ningún alma oscura hasta esa edad se ha vuelto luminosa después. Casi todas las grandes acciones de la historia han sido realizadas antes de los treinta años.

Los viejos olvidan que fueron jóvenes y estos parecen ignorar que seran viejos.

El diablo no sabe mas por viejo que por diablo. Si se arrepiente no es por santidad; sino por impotencia.

LA MEDIOCRACIA

En raros momentos la pasión caldea la historia y los idealismos se exaltan: cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan. Platón, sin quererlo, al decir de la democracia:” es el peor de los buenos gobiernos, pero es el mejor entre los malos” definió la mediocracia. Políticos sin vergüenza hubo en todos los tiempos y bajo todos los regímenes; pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales. Siempre hay mediocres. Son perennes. Lo que varia es su prestigio y su influencia. En las épocas de exaltación renovadora muéstrense humildes, son tolerados; nadie los nota , no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza a contar con ellos. Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo representan. Florecen legisladores, pululan archivistas, cuentéense los funcionarios por legiones: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su eficacia. En vez de héroes, genios o santos, se reclama discretos administradores. Pero el estadista, el filosofo, el poeta, los que realizan, predican y cantan alguna parte de un ideal están ausentes. Nada tiene que hacer. Cuando falta esa comunidad de esperanzas, no hay patria, no puede haberla: hay que tener ensueños comunes, anhelar juntos grandes cosas y sentirse decididos a realizarlas, con la seguridad de que al marchar todos en pos de un ideal, ninguno se quedara en mitad de camino contando sus talegas. No hay manera mas baja de amar a la patria que odiando a las patrias de los otros hombres, como si todas no fueran igualmente dignas de engendrar en sus hijos iguales sentimientos. La exigua capacidad de ideales impide a los espíritus bastos ver en el patrimonio un alto ideal; los trafugas de la moral, ajenos a la sociedad en que viven, no pueden concebirlo; los esclavos y los siervos tiene, apenas, un país natal. Solo el hombre digno y libre puede tener una patria. Cuando las miserias morales asolan a un país, culpa es de todos los que por falta de cultura y de ideal han sabido amarlo como patria: de todos los que vivieron de ella sin trabajar para ella. Nadie piensa donde todos lucran; nadie sueña donde todos tragan. Es de ilusos creer que el merito abre las puertas de los parlamentos envilecidos. Los partidos -o el gobierno en su nombre- operan una selección entre sus miembros, a expensas del merito o a favor de la intriga. Un soberano cuantitativo y sin ideales prefiere candidatos que tengan su misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia. Los complices, grandes o pequeños, aspiran a convertirse en funcionarios. Ese afán de vivir a expensas del estado rebaja la dignidad. El merito queda excluido en absoluto; basta la influencia. Con ella se asciende por caminos equívocos. Halagar a los ignorantes y merecer su aplauso, hablándoles sin cesar de sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento la propia dignidad. Tener un ideales crimen que no perdonan las mediocracias. Quien vive para un ideal no puede servir para ninguna mediocracia. La aristocracia del merito es el régimen ideal, frente a las dos mediocrecias que ensombrecen la historia. Tiene la formula absoluta: “la justicia en la desigualdad”.

LOS FORJADORES DE IDEALES

Todo lo que vive es incesantemente desigual. Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo, encuentran el momento adecuado para llegar a ser lo que son. Ese es el secreto de su gloria: coincidir con la oportunidad que necesita de el.

La obra de genio no es fruto exclusivo de la inspiración individual, otorgar ese titulo a cuantos descuellan por determinada aptitud significa mirar como idénticos a todos los que se elevan sobre la medianía. Ninguna clasificación es justa por que la genialidad no se clasifica. Un libro es mas que una intención: es un gesto. La adaptación es mediocrizadora.

El genio se abstrae; el alienado se distrae. Por eso, con frecuencia, toda superioridad es un destierro. Son inquietos: la gloria y el reposo nunca fueron compatibles.

Solo esta vencido el que confiesa estarlo. El genio por su definición, no fracasa nunca. Por eso los hombres excepcionales merecen la admiración que se les profesa. Si su aptitud es un don de la naturaleza, desarrollarla implica un esfuerzo ejemplar.

Los mas bellos dones requieren ser cultivados como las tierras mas fértiles necesitan ararse.

La memoria no hace al genio, aunque no le estorba; pero ella, y el razonamiento a sus datos, no crean nada superior a lo real que percibimos.

Mientras existan corazones que alienten un afán de perfección, serán conmovidos por todo lo que revela la fe en un ideal: por el canto de los poetas, por el gesto de los héroes, por la virtud de los santos, por la doctrina de los sabios, por la filosofía de los pensadores.

BIBLIOGRAFÍA

  • EL HOMBRE MEDIOCRE, José Ingenieros, ediciones universales, Bogota.

  • Encarta 98.

GLOSARIO

Hipótesis: suposición

Ostentación : mostrar o hacer patente una cosa.

Escepticismo: incredulidad o duda acerca de una cosa.

Alhaja : joya.

Legislar: dar y establecer leyes.