El Greco

Arte renacentista del siglo XVI. Manierismo. Domennikos Theottokopulus. Biografía. El Martirio de San Mauricio. Vista de Toledo

  • Enviado por: Sara Sanchez
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 8 páginas
publicidad

BIOGRAFÍA DEL GRECO

Domennikos Theottokopulus a quien sus contemporáneos llamaban “Greco” nació en Candia, capital de la isla griega de Creta, en 1541. La isla se hallaba bajo el protectorado de Venecia. Lo más normal era que el Greco quisiera probar fortuna en la Metrópoli, completando allí su educación pictórica con el trato y la enseñanza de los grandes pintores venecianos. La mayor parte de los biógrafos sitúan este viaje en 1560, rozando sus veinte años.

Había en Venecia una cupiosa colonia de griegos agrupados alrededor de la iglesia de San Jorge de los Griegos, donde en 1562 estaba trabajando Veronés, como trabajó Tizziano y como trabajará Tintoretto.

Se le atribuyen al Greco iconos en los que no deja ver sus cualidades coloristas o sus de formaciones de compositor. Por ello no es posible atribuir con certeza al Greco ninguno de los cuadros bizantinos, aunque su aprendizaje en este estilo sea indudable, tanto por su mocedad en Creta, como por las cualidades estilísticas que asoman a sus cuadros.

De los posibles cuadros de su juventud destaca el magnífico Tríptico Estense, compuesto de tres tablas pintadas al temple por el anverso y por el reverso,

Los caracteres bizantinos del estilo del Greco se desvelan en su desdén del ilusionismo espacial propio del Renacimiento italiano, tanto en las líneas de fuga, como en la degradación sutil del colorido. Sus fondos no tratan de crear la impresión de un vacío, sino que son simplemente un modo de recortar y subrayar a los personajes. Estos son sobre todo en imágenes de busto, suelen aparecer de frente, fijando en al espectador la vaga pero no intensa mirada de sus grandes ojos.

El Greco toma de la tradición bizantina el origen abstracto de las formas, que no parten de la observación de la realidad externa, sino de un ideal preconcebido; el carácter ritual de sus composiciones, su cromatismo sin intervención de la luz.

A ellos se combinan los que aprende con Tzziano: la pintura tonal (esto es, la variación de cada color de acuerdo con los efectos luminosos), el dramatismo en los esquemas (relación de tema y composición), el volumen y movimiento de los cuerpos, y el valor expresivo de la pincelada, suelta y como inacabada. La influencia de la gran pintura veneciana sobre el joven no se hace esperar, el Greco fue ayudante de Tizziano, del cual aprendió, no solo la fragmentación y libertad de pincelada, la belleza de la entonación de ciertos cuadros (como el sueño de Felipe II, de dominantes doradas, los efectos de brusca iluminación en los nocturnos, sino incluso ciertos esquemas de composición; por ejemplo, para la Asunción o para la Oración del Huerto.

Aunque el Greco se presente como alumno de Tizziano, justo es reconocer otras influencias, las de los pintores venecianos Tintoretto, Veronés y Basado.

Todos estos artistas pueden considerarse manieristas” y que significa la tendencia dominante en toda Europa a mediados del siglo XVI, (la técnica manierista suele ser fría), el color de los manieristas es tabicado por zonas, como un esmalte, (los verdaderos manieristas estudian las obras de otros artistas).

De Veronés ha tomado el Greco algunos colores ácidos y exquisitos (verdes y amarillos) y algunos “trucos” técnicos el de inundar de lagrimas un ojo con una simple pincelada blanca dada verticalmente sobre la pupila, de los Bassanos imito la composición agrupada en torna al Niño en la Adoración de los pastores, iluminada por el resplandor que sale del recién nacido; y de Tintoreto, el dramatismo rítmico del dibujo, en el Laocoonte, la composición dividida en zonas o estancias, la afición a los tonos dramáticos, purpúreos y negros, rasgados por enormes pinceladas de blanco puro, aprendió a modelar un rostro con sueltas pinceladas y a concentrar en él todo el interés de un retrato, dejando el resto en sombra.

En 1570 comienza su nuevo viaje a Roma debido a su admiración hacia Miguel Ángel.

El Greco parte hacia España al ver que tampoco en la Roma devota de Miguel Ángel podía hacer carrera, éste mismo artista al parecer le causó la misma impresión de asombro y decepción que a otros muchos amantes de los puros valores pictóricos a la manera veneciana. Pero, quizá, lo que más irritaba al joven Greco era que, pese a todo no podía evitar la influencia de ese genio tormentoso, innegable de las obras que pintó en Roma, como la pequeña Piedad o las dos versiones de La Expulsión de los Mercaderes, en la segunda de las cuales incluye, en primer término, a la derecha, los bustos de Tiziano, Miguel Ángel y Clovio.

A parte del malestar interno o externo que pudiera sentir en Roma, el Greco tenía posiblemente para marchar a España dos razones: la de su esperanza de entrar a trabajar en el nuevo monasterio de El Escorial, y la de un excelente encargo de la catedral de Toledo, la restauración de la iglesia. En 1575, fecha en la que el Greco se anima a venir a nuestro país.

Hacia 1575-1576 sale el Greco para España y al llegar a nuestra península. se dirige a Madrid. Allí conoció a Doña Jerónima de las Cuevas, su esposa, con quien se suele identificar con la bella Dama del Armiño

La estancia del Greco en Madrid dura solamente unos meses. A finales de 1576 o principios de 1577 se haya ya en Toledo, donde trabaja en dos encargos por intervención de Don Diego de Castilla: Santo Domingo el Antiguo y el de un lienzo para el vestuario de canónigos de la sacristía de la catedral Primada.

De los lienzos de Santo Domingo sólo tres quedan en al lugar, los mejores han emigrado: la soberana Asunción y la Trinidad, donde la “terribilita” y los colores por zonas miguelangelistas adquieren un sabor nuevo con una iluminación clarísima, a la veneciana.

Todavía más bello es El Expolio, (Cristo en el calvario despojado de sus vestiduras), la composición se centra con un rombo carmesí, la túnica de Jesús que se leva a ser arrancada. Cristo, con la mano en el pecho y los ojos arrasados, ofrece al Padre su sacrificio. Lo rodean el centurión Longinos, vestido con una armadura moderna, soldados y chusma. A sus pies, un operario de coleto amarillo agujerea la cruz en una postura que el Greco repetirá más tarde en las versiones nuevas de la Expulsión de los Mercaderes; al lado opuesto están la Virgen, la Magdalena y un personaje idéntico a la coetánea Verónica pintada para la iglesia de Santo Domingo, las tres de media figura, cortadas por el marco del cuadro, con lo que el artista consigue un espacio abierto.

Sus esperanzas apuntaban hacia la corte, y sobre todo, a El Escorial, como presentación para su majestad Felipe II, el Greco pinte el conocido Sueño de Felipe II en 1579. Un cuadro bastante ticianesco por sus gamas calientes y su factura suelta pero cuidada agradó al rey, que le encargó un gran lienzo para la iglesia de El Escorial.

El tema asignado era El Martirio de San Mauricio, jefe de la legión tebana ejecutado por orden de Maximiano en III. El cuadro no le contentó al monarca, aunque admitió ser de mucho arte. No hay duda de que ésta fue la razón principal de que Felipe II no quisiera que El San Mauricio del Greco se pusiera en la iglesia del Monasterio.

El Greco no olvidará jamás la lección de su antecesor el Mudo de que los santos pintados han de inspirar devoción. Pero era un artista orgulloso en una época que serlo provocaba una situación conflictiva, así pues, se retiró a Toledo para siempre.

El Greco alquiló, en 1585, una mansión lujosa en las llamadas “Casas principales” del marqués de Villena

Se dedica a pintar muchos retratos de la ilustrada sociedad de amigos y admiradores suyos como el licenciado Cevallos, el doctor Gregorio de Angulo, el doctor De la Fuente. En esos cuadros el pintor concentra todo el interés en la faz del personaje, como vio hacer en Venecia a Tintoretto y Bassano, pero con una técnica de plena libertad. Cabe destacar los ojos del caballero canosa del Prado ejemplo de nobleza y desengaño en su clara mirada.

En 1586 recibe un encargo por Andrés Nuñez, Entierro del Conde de Orgaz, lienzo que cabría calificar como retrato colectivo. El cura de Santo Tomé quiso así perpetuar la leyenda de cierto piadoso caballero del siglo XIV, don Gonzalo Ruiz, señor de Orgaz.

El célebre lienzo, medio apuntado, parece dividido en dos partes por una línea horizontal de cabezas de caballeros y clérigos, contemporáneos del Greco. Arriba, el Cielo y abajo, la Tierra. , pero cada uno de esos espacios trasciende y penetra en al contrario.

Verticalmente, la composición queda dividida por una línea torsa, a manera de línea salomónica, que va desde el difunto hasta llegar a Jesús.

A este mismo ambiente de humanidad transcendida pertenece un cuadro muy atractivo, aunque no de tan alta calidad: El retrato del capitán Julián Romero. Rezando de rodillas, envuelto en su blanca capa santiaguesa.

El Greco insiste en pintar armaduras toledanas contemporáneas.

De una inspiración semejante es el magnífico Crucifijo entre dos orantes, lienzo de hacia 1585-1590, en el que el fondo se limita a ser un simple y magistral fondo de nubes, como las que tan gloriosamente suelen coronar Toledo.

Su primer Apostolado es contemporáneo del Entierro del conde de Orgaz. Sigue hacia 1600 El Apostolado de Almadrones, luego en del convento de San Pelayo, y por fin los dos magníficos de la catedral y del museo del Greco.

La afición del pintor por el canon alargado de sus figuras da a sus santos de cuerpo entero la majestad monumental de torres. Por su altura como por la belleza de esta familia de gigantes, cabe destacar: San Pedro y San Ildefonso, San Juan Bautista, y Santiago y San Agustín.

En 1603, el Greco se compromete a realizar un retablo, tallado y dorado, para el Hospital de la Caridad. En ese retablo habrán de figurar cuatro lienzos: una Virgen de Misericordia, la Coronación, la Anunciación y la Natividad de Jesús.

A ellos agregó, para decorar el claustro la imagen de San Ildefonso. Pictóricamente este cuadro es uno de los mejores del artista, aquí el Greco no se dedica a buscar iconografías modernas, pinta las más tradicionales, pero transformándolas profundamente.

Las innovaciones son de fondo, no de superficie. En la Virgen de Misericordia da nueva vida a un esquema añejo, el de Nuestra Señora amparando a sus devotos con el manto, en esa composición introduce recuerdos del Expolio (el rombo carmesí de la túnica de Cristo) y del entierro del Conde de Orgaz (la bipartición cielo-tierra). Los amplios pliegues de la túnica y el manto de al Virgen le dan un aspecto flotante y glorioso, paradójicamente dinámico y estático, luminoso y ligero como las nubes que le sirven de dosel..

Una nueva versión del esquema de la Navidad la dará en su Adoración de los pastores de sus últimos años, destinada a servir de decoración a su tumba en Santo Domingo el Antiguo. Como un verdadero bizantino, el Greco insiste, no solo en iconografías y en esquemas compositivos, sino incluso en personajes y detalles que conbina a lo largo de sus obras (repeticiones de sus tipos de ángeles).

Hay también un retrato de anciano, de más segura atribución, que se cree es un autorretrato del Greco. No deja de ser curioso y revelador del carácter independiente del artista lo poco que sabemos de su familia, ni siquiera si llego a casarse.

Tampoco sabemos gran cosa de su taller, “tuvo pocos discípulos, porque no quisieron seguir su doctrina por ser tan caprichosa y extravagante que sólo para él fue buena”. Sabemos del taller del Greco por la visita que les hizo Francisco Pacheco, que vio allí una alacena de modelos de barro de su mano para valerse de ellos en sus obras, pequeños maniquíes, como los que usaba Tintoretto para ensayar los pliegues de las túnicas y mantos de sus personajes, pero igualmente puede tratarse de auténticas esculturas de algunos de esos tipos de personajes, sobre todo angélicos, que el pintor emplea repetidas veces en combinaciones y colocaciones diversas.

El Greco se adelanta a su tiempo en lo que pudiéramos llamar coquetería de lo inacabado, que apenas comienza a apreciarse medio siglo después, aunque ya sentaran sus bases, en Venecia, Tiziano y Tintoretto; pero, con esos “crueles borrones”, manchas y líneas de negro puro, trata de aguzar los colores y hacerlos brillar como en los plomos de una vidriera. El Greco tiene el sistema, de hacer montar el negro o los colores unos sobre otros, para exacerbar su contraste y para que el dibujo no los separe. En realidad, dibuja con el color.

En sus últimos años pinta poco, a pesar de sufrir, como siempre, apuros económicos, reconoce deber a su amigo el doctor Angulo 5.859 reales..

En 1.612 el Greco pintará la más bella versión de la Adoración de los pastores.

De su único cuadro mitológico, el Laocoonte, sacerdote de Neptuno, advirtió a los troyanos que no debían dejar entrar en la ciudad el funesto caballo de madera, que había de ser causa de su ruina; fue castigado por Apolo a morir, él y sus hijos, de la mordedura de dos serpientes. Un tema que está en la raiz del manierismo, a cuya eclosión contribuyó desde que, en 1.506, se descubrió en una viña romana el famoso grupo escultórico; un tema con desnudos, serpientes, cultura libresca, sentimiento sublime. Al atacar este tema, el Greco parece hacer un resumen de su vida: educación helenística, aprendizaje veneciano, estatuas romanas, aunque estremecidas por un pálido fuego que les da una realidad fantasmagórica, y para finalizar, un enorme paisaje de Toledo, ante cuya Puerta de Visagra espera el caballo de Troya.

En 1.607 ha firmado un contrato que le obliga a terminar las pinturas de la capilla de Isabel de Oballe, en la iglesia de San Vicente; en 1.608 suscribe otro contrato con el Hospital Tavera para la ejecución de tres altares.

En 1.614, cuando apenas ha concluido dos cuadros para la iglesia de San Vicente y todavía le queda mucho para acabar los de Tavera, le sorprende la muerte..

De los cuadros pintados para el Hospital Tavera, queda in situ un bautismo de Cristo que repite, desequilibrándolo, haciéndolo palpitar, chisporrotear, el esquema del pintado diez años antes para el colegio de doña María de Aragón. Se cree que el más extraño cuadro del Greco, aunque también uno de los más bellos, el llamado Apocalipsis, perteneciera a ese conjunto, incluso al fallecer el artista.

ANÁLISIS Y COMENTARIO DE: “EL MARTIRIO DE SAN MAURICIO

ANÁLISIS

Descripción:

Se trata de un lienzo de enormes dimensiones, en el que se representan tres momentos sucesivos en la misma superficie, sin independencia unas de otras.

En primer plano tenemos a San Mauricio y sus legionarios que deciden desafiar al emperador, y arrostrar el martirio; abajo, en ángulo izquierdo tiene lugar su ejecución. Y al fondo Mauricio y sus soldados rehusan a obedecer a los enviados imperiales.

Elementos formales:


El autor utiliza una pincelada larga y prieta, requerido por las dimensiones del cuadro.

Es una textura lisa y brillante

La línea es de gran importancia porque, aunque es muy fina, señala todos los contornos de las figuras.

El volumen se consigue mediante la gradación del color y de la luz, jugando con luces y sombras de una manera bastante violenta.

La luz procede del cielo y no está igualmente repartida por toda la superficie, sino que ilumina las zonas más importantes en las que el autor quiere que el autor quiere atraer la atención del espectador.

Contribuye a la creación de volumen de las figuras.

Respecto al color matizado destacan los amarillos, azules y rojos. Son colores muy expresivos, que ayudan al espectador a seguir el juego de las tres escenas. Es un color brillante y frío, dominado por el acorde entre el azul y amarillo.

Aunque la perspectiva es muy manierista, destaca una perspectiva aérea, y además juega con la proporción de las figuras, (más pequeñas cuanto más alejadas) Su rasgo más manierista radica en que no hay espacio suficiente que pueda explicar la enorme lejanía del último plano, cuyas figuras son mucho más pequeñas.

Destaca las figuras de espaldas del primer plano casi en el centro del cuadro, consigue producir escorzos maravillosos como los ángeles del cielo. En general son posturas muy clásicas como los contrapostos.

El paisaje es diminuto y magistral, verde oscuro y blanco.

Se trata de una composición bastante compleja, primero por dividirlo en tres zonas, correspondientes a cada acción, y después porque los personajes principales no están en el centro.

Se puede seguir una línea curvilínea que dirige la acción en forma de “S” invertida, que va desde la escena del cielo hasta llegar al primer plano pasando por todas las etapas de la acción.

Son escenas de gran dinamismo, que a la vez están muy ordenadas, sin que ese movimiento genere un caos general.

Ese dinamismo lo consigue con recursos tales como la inclinación de los mástiles de las banderas más el propio movimiento de las figuras.

Es el segundo plano, la ejecución del martirio, la que demuestra mayor dinamismo, marcado por una diagonal del cuerpo decapitado.

Formas de expresión:

Se trata de una pintura muy idealizada, casi todas las figuras responden a un estereotipo muy parecido; son monumentales, muy musculosas, lo que produce que las figuras celestiales sean muy inestables y parezcan que se vayan a caer de un momento a otro.

Los pliegues de las ropas son prácticamente inexistentes, porque son ropas muy ceñidas al cuerpo y que permiten mostrar su musculatura.

COMENTARIO

Clasificación de la obra:

Se trata del Martirio de San Mauricio, pintado por el Greco en 1582 por encargo de Felipe I, para El Escorial, perteneciente a su segunda época toledana.

Contenido y función:


Es una pintura de tema religioso que representa un martirio. Característicos de sus cuadros de

esta época es representar tres acciones consecutivas en una misma superficie.

El artista minimiza el tema del martirio situándolo en un ángulo del lienzo y de menores dimensiones.

En la parte alta del cuadro, representa la glorificación del martirio: los ángeles, las palmas y las coronas de laurel, mostrando la integración del cielo y la tierra.

La obra:

Este lienzo fue un encargo de Felipe II para decorar la iglesia del Escorial, pero al monarca no le gustó nada el alejamiento de la iconografía central. Este fracaso hizo limitar las ambiciones del pintor a la villa de Toledo.

Semejante a éste y de la misma época aparece el Entierro del conde de Orgaz ,en 1586, que se encuentra en la iglesia de Santo Tomé en Toledo.

En la obra del Martirio de San Mauricio destaca una gran influencia de Veronés, en la gloria triangular, aunque en este caso esté colocada asimétricamente para compensar la asimetría del primer grupo.

Destaca, también, la extremada altura de los personajes, como estaba de moda en todo Europa en la segunda mitad del siglo XVI.

ANÁLISIS Y COMENTARIO DE: VISTA DE TOLEDO

ANÁLISIS

Descripción:

Es un óleo sobre lienzo de 121x108 cm de superficie que refleja una visión subjetiva de una ciudad.

Elementos formales:

Se trata de una pincelada suelta y acabada, aunque no se puede apreciar bien en la lámina.

La línea señala los contornos de los edificios

La consecución del volumen de las figuras se consigue mediante la gradación de la luz y los colores.

Se trata de una luz natural muy violenta, con mucho contraste entre luces y sombras, quedando prácticamente en penumbra los planos más alejados, de esta manera es contribuye a la creación de volumen y apoya a la perspectiva.

Es un color claramente subjetivo y poco que ver con la realidad, son colores fríos (verdes, azules y blancos). Destaca el juego, tanto de color como de luces y sombras, de las nubes que anuncian tormenta de fondo. En esta obra el color vivo es protagonista absoluto, siendo lo que más resalta y llama la atención.

Utiliza una perspectiva aérea, con una variedad de planos bien marcados por la incidencia de la luz. Aunque sea un paisaje se recrea cierto movimiento, destaca sobretodo en las nubes, pero además en las hojas de los árboles .

Es una composición poco sencilla, muy marcada por la diagonal del barranco a la mitad del cuadro, y por la línea que marca el curso del río en vertical. Además la ciudad divide en dos el cuadro de una forma horizontal, separando el cielo de la tierra, pero a la vez interrelaccionándolos.

Formas de expresión:

Es una pintura figurativa naturalista, es una visión idealizada y nada realista de una ciudad, posiblemente en la que vivía el autor.

COMENTARIO

Clasificación:

Se trata de la particular Vista de Toledo que el Greco pinta durante su época de plenitud entre 1595-1600.

Contenido y función:


Este retrato paisajístico representa todo un alarde de modernidad en la manera de pintar del Greco,
destaca el movimiento, el uso arbitrario de los colores, poco realistas, la deformación de los edificios y los árboles.

Reflejan una ciudad toledana nada melancólica ni ruinosa, sino más bien una ciudad con fuerza y brío.

E esta ciudad se refiere en numerosos cuadros, como el Plano y Vista de Toledo, de época posterior y que desconcierta por su modernidad, en el ciertas zonas del cielo parecen inacabadas

Por cuadros como éstos será despreciado en épocas neoclásicas, pero volverá a tener mucha importancia durante el impresionismo y expresionismo.

VALORACIÓN PERSONAL DE LA

EXPOSICIÓN

Aunque personalmente la pintura del Greco no me llame la atención, debido a la tristeza de sus rostros y al alargamiento de sus figuras, desproporcionadas, en la exposición me gustó ver juntos cuadros de diferentes épocas que reflejaban los mismos temas, de esa manera se podían observar claramente las variaciones y la trayectoria del autor en su pintura.

Llama mucho la atención los colores que utilizaba, tan vivos y llamativos que tomaban protagonismo por sí mismos.

Fue una pena que no dispusiéramos de las condiciones necesarias para poder analizar las características del Greco, además, al ser salas pequeñas y la multitud de gente provocaban un mal general.