El deseo según Gilles Deleuze; Maite Larrawri

Filosofía contemporánea del siglo XX. Filosofía francesa. Postestructuralismo. Ensayo filosófico. Filosofía vitalista. Lógica del ser

  • Enviado por: Javier
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 4 páginas
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  • EL DESEO, según Gilles Deleuze

  • CAPÍTULO I: “Un huracán avaza alegremente”

    Deleuze era profesor de la Universidad de Vicanes hasta que se mudo a un barrio de la periferia de su ciudad done daba clases en un barracón prefabricado a un público de lo más diverso, apenas había gente entendida en filosofía. Según Deleuze, aprender filosofía no era transmitir conocimientos, sino inspirar las mentes de sus alumnos para que pudieran pensar por ellos mismos. Entendía la filosofía como la ciencia que crea relaciones nuevas con el mundo y trata de expresarlas, cuyo fin es emocionarnos y elevar nuestro conocimiento acerca de la vida. Enuncia que es para profanos, personas que no se someten a dogmas, gente que mira por sus propias vidas. También la entiende como una filosofía vitalista, en la que hay que desear y amar par experimentar el goce por la vida, aunque asegura que nuestras vidas no suelen ser gozosas.

    CAPÍTULO II: “Los hombres son hierba”

    Nuestro lenguaje nos obliga a pensar en sujetos y no en predicados. Se entienden sujetos como los seres o cosas (soportes) que predican, es decir, desarrollan acciones. Deleuze entiende esto como la lógica del ser. Nos muestra dos silogismos, que demuestran su teoría: “Todos los hombres son mortales, Sócrates es hombre, Sócrates es mortal” y “La hierba es mortal, los hombres son mortales, los hombres son hierba”. Ambos requieren sujetos y establecen relaciones entre ellos. También cuando enmarcamos a un personaje lo relacionamos con sujetos: blanco, occidental… no por su devenir. Por el contrario, Bateson no se apoya en sujetos, sino en las acciones que estos desempeñan (predicados). También el arte expresa las acciones de los sujetos no a ellos. Ésta es la lógica del devenir.

    CAPÍTULO III: “Adiós, me voy y siempre llevaré en mi corazón”

    Debemos de terminar con el juicio de Dios. Debemos dejar de pensar en una vida posterior más perfecta y centrarnos en nuestra propia vida. Para orientarnos en nuestra vida debemos juzgarla de mediante el juicio terrenal. Ponemos un ejemplo poblando el universo de diferentes criaturas. Deberíamos de juzgarlas respecto a las cualidades de cada ser, su potencia, es decir lo que ha hecho un ser a lo largo de su vida. Si comparásemos a un caballo de tiro y a uno de carreras, veríamos que poco tienen que ver sus potencias, en cambio su potencia es más parecida a la de un buey. Podemos entender la potencia como el territorio en el que se mueve un individuo, que siempre tiende a ampliarlo mientras no está delimitado por la violencia de “otros”. La música actúa como vector del territorio, cuando nos separamos del territorio, cuando volvemos y cuando anexionamos nuevos territorios. Este juicio inherente a nuestras vidas consiste en descubrir que es lo que le conviene a nuestra potencia para expandirse.

    CAPÍTULO IV: “¿Qué hacía la pantera rosa?”

    La literatura libera la vida mediante la creación de personajes, fruto de la imaginación de los escritores. Una de las funciones de la filosofía es resistir a la vulgaridad. Para liberarse del lenguaje del ser y de los juicios transcendentales hay que experimentar tres acciones: borrarse, experimentar y hacer rizoma. Borrarse y experimentar se resumen en hacer rizoma: no echar raíces en nuestra identidad, hacernos mundo buscando las conexiones que nos convienen. Para que nuestra identidad devenga debemos abandonar nuestro territorio y buscar territorios nuevos, es decir, ser nómadas. Un ejemplo es la pantera rosa, que pintaba la pared de rosa y pasaba inadvertida (se borraba), así conseguía un territorio fuera del alcance del lenguaje del ser y juicios transcendentales.

    CAPÍTULO V: “Como la orquídea y la avispa”

    Si definimos un cuerpo por los afectos a los que es capaz, su potencia y su territorio, deberemos esperar a la experiencia para saber de qué es capaz este individuo, aunque hay acontecimientos fatales (predestinados e irrevocables) que seguramente ocurrirán. Para prepararnos a la experimentación debemos orientarnos. No debemos juzgarles ni enmarcarles en categorías generales. Tenemos que probar si aportan fuerzas vitales que ampliarán nuestra potencia.

    Lo que nos conviene puede ser reconocido por el crecimiento y la alegría. El amor es devenir, es la composición de un cuerpo con otro. Un ejemplo es la orquídea y la avispa. La orquídea se contagia por los colores y formas de la avispa, ésta deviene orquídea, se siente atraída por la orquídea. Por lo que el amor y la amistad constituyen la percepción de signos que nos atraen. Todos somos diferentes, tenemos distinto grado de potencia, sin embargo, nuestra identidad nos hace aspirar a unas misma potencia, ideas y devenires. Hay que tener cuidado con el devenir, ser nómada, pero no salirse del mapa.

    CAPÍTULO VI: “Él no planta patatas, él no planta algodón”

    El mundo vegetal se divide en dos clases de plantas: los árboles, de crecimiento vertical y los rizomas, de crecimiento horizontal. Podemos equiparar la cultura arborescente a la cultura del ser, ya que las raíces impiden su movimiento y su territorio permanece fijo, siempre es el mismo terreno. Sin embargo, en la cultura rizomática, el rizoma se expande hasta donde su potencia le permite, conquista nuevos territorios que contagia y le contagian nuevas sensaciones. El deseo se mueve mediante empujes exteriores y conexiones productivas. Esto no quiere decir que el que más viaje tenga más vitalidad, sino que para conectar nuevos territorios, nuevas sensaciones no hace falta viajar. Deleuze califica los viajes como aparentes desterritorializaciones, y propone `el gran viaje', que consiste en la búsqueda de algo que deseemos, como un color o un aroma. El árbol en nuestra cultura, representa una genealogía, la raíz de enfermedades hereditarias, el origen de lo que somos… mientras que el rizoma representa lo antigenealógico, comprende las gripes que enfermamos y las pasiones rizomáticas.

    CAPÍTULO VII: “Dilo o te doy una bofetada”

    El psicoanálisis puede ser bueno o malo, según la persona. Deleuze lo rechaza por ser un discurso único y Friedrich Nietzsche lo calificó como cuento de curas. El discurso implícito del psicoanálisis quiere decir `fuera de mí no hay salvación'. La vida queda reducida a uno mismo y su familia. Aquellos que apoyan el psicoanálisis lo defienden ferozmente y se complacen de los fallecimientos de sus opositores. El psicoanálisis según Deleuze no es la única teoría que nos permite relacionarnos con nosotros mismos. Se trata de una teoría arborescente, que busca su pasado familiar, saber quién fue cada uno. Sin embargo, el rizoma es una teoría mucho más gozosa, ya que vas descubriendo quién eres con el paso del tiempo, y no te enteras de una sola vez. Un ejemplo es el de Mèlanie Klein: explicaba a un niño su vida mediante un sistema de trenes a los que nombraba con el nombre de sus familiares. Sin embargo, este niño sueña con viajar y vivir más allá de su familia, pero Mèlanie le limita su círculo a la familia. En conclusión, debemos saber que cada uno se relaciona según el límite que le ponga su potencia.

    CAPÍTULO VIII: “C'est toujours avec des mondes que l'on fait l'amour”

    Deleuze y Guattari se proponen establecer un nuevo concepto de deseo. La idea actual, condicionada por nuestro lenguaje y cultura consiste en `un movimiento hacia algo que no tenemos', por lo que un feliz, sería aquel que lo tiene todo y no desea nada. Los clasificamos por buenos o malos según la naturaleza del objeto. Deleuze afirma que lo que deseamos no es un simple objeto, sino el conjunto de encuentros, sensaciones y elementos que acompañan al objeto. La publicidad se encarga de presentarnos los productos dentro de un mundo, ese mundo que deseamos. Por lo que los deseos no son espontáneos, los creamos, creamos ese mundo ideal para nosotros, esa serie de elementos conectados rizomáticamente. Según Deleuze, lo difícil no es conseguir lo que deseamos, sino desear, saber que mundo nos producirá esas sensaciones que buscamos, qué mundo aumentará nuestra potencia.

    CAPÍTULO IX: “Y… y… y…”

    Somos cuerpos organizados, sabemos lo que somos, lo que está bien y mal, que podemos desear… esto nos bloquea la vida por lo que dicen que somos. Liberar la vida tiene como fin desorganizar el cuerpo, conseguir un `cuerpo sin órganos'. Por ejemplo un bebe, que es voluntad de su potencia. El cuerpo sin órganos es el límite que debemos alcanzar si queremos que fluya la vida, para alcanzarlo podemos ayudarnos de aliados. Son sustancias alucinógenas, música, euforias… elementos que nos “sacan” de nuestra propia identidad. Estos cuerpos sin órganos buscan aumentar su potencia, se guían por la lógica rizomática del `et' (`y' en español). Contagian el deseo a aquellos que les rodean. Deleuze - nos cuenta - cuando tenía catorce años era un completo idiota hasta que se topó con un profesor alocado que iba al borde del mar a leer a grito pelao. Éste le contagio su deseo, Deleuze dejó de ser un idiota y comprendió que la enseñanza es un lugar de contagio de deseo. Deleuze considera que la invasión política de los DDHH es una debilidad. Rechaza la hegemonía de los DDHH a ser el único discurso a combatir. Los DDHH son el ideal de justicia ya que dicen que son buenos y justos. Afirma que el devenir revolucionario es inventar derecho, no reclamar su falta. Los cuerpos sin órganos se encuentran en continuo combate interior y exterior. Un ejemplo son las discusiones entre cónyuges, que te obligan a organizar tu cuerpo, alcanzar el cuerpo sin órganos para solucionarlas.

    VALORACIÓN PERSONAL

    Me parece que está bien este libro ya que nos habla del pensamiento de un gran filósofo como Gilles Deleuze pero de un modo comprensible para aquellos que no somos entendidos en filosofía. Y nos enseña conceptos filosóficos como la lógica del ser, que nos hace ver que pertenecemos a identidades que en cierto modo `predestinan' nuestro futuro. Creo que algo que he aprendido de este libro es a empezar a ver la función de las cosas y pensar por mí mismo, no categorizar a nada y a nadie.