El demonio y la señorita Prym; Paulo Coelho

Literatura hispanoamericana contemporánea del siglo XX. Narrativa (novela) existencial. Naturaleza humana. Bien moral. Argumento

  • Enviado por: Alejandro Ea
  • Idioma: castellano
  • País: Colombia Colombia
  • 12 páginas
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EL DEMONIO Y LA SEÑORITA PRYM

Después de 15 años de salir diariamente a la puerta, sentarse a observar, meditar y hablar de como era todo en su juventud, la señora Berta presenció la llegada a su pueblo del que sin duda alguna sería el demonio.

El forastero se registró en el hotel como un ciudadano procedente de Buenos Aires, Argentina y se atrevió hasta indicar el nombre de la calle en donde vivía (Colombia). En menos de dos horas los 281 habitantes de Viscos conocían la presencia del forastero en el pueblo, su procedencia y hasta su nombre (Carlos). Al día siguiente el visitante se presentó con una chica de nombre Chantal a quien le enseñó los 11 lingotes de oro, le contó que los datos del registro eran falsos y le prometió la riqueza de ella y todos lo habitantes de Viscos si alguien se atrevía a matar a otro sin importar a quién.

Los habitantes de Viscos se familiarizaron con los acostumbrados paseos que el extranjero realizaba en las mañanas, por las montañas y en las tardes alrededor del pueblo, sabían que era el primer cliente en llegar a hotel y que no escatimaba gastos en los relacionado con su alimentación y las bebidas. También consiguió admiradores especialmente en el bar en donde acostumbraba a pedir licor por su cuenta para todos los allí presentes y porque contaba historias, verdaderas o falsas que descrestaban a sus oyentes; aunque no tanto a Chantal que por el contrario sentía rabia por sus coterráneos que estúpidamente se creían inferiores a todo forastero que decía venir de las grandes ciudades, sin darse cuenta de su importancia, de que gracias a los alimentos que ellos producían con su esmerado y honrado trabajo los ciudadanos de todo el mundo podían alimentarse.

Todos se sentían entusiasmados con las historias del forastero y en especial como Da Vinci pintó el cuadro de la última cena de Jesús.

Chantal seguía muy inquieta por la propuesta que el hizo el extranjero cuando le enseñó los lingotes de oro y en las noches le costaba mucho trabajo conciliar el sueño enfrentando las posibilidades de robarse un lingote, para tener todo lo necesario por el resto de su vida sin tener que trabajar o seguir viviendo pobre y en libertad como todos los habitantes de su ciudad. Recordaba la historia de san Sabino y el bandido árabe llamado Ahab.

Definitivamente Chantal no podía dormir en paz desde que la seductora mano del mal le acaricio su rostro. Para ello tanto el como el bien tenían el mismo rostro, solo dependían de la época en que se cruzaban en el ser humano. El hecho de ser la única del pueblo en saber todo lo que le había dicho y mostrado el forastero le generaría un gran cambio en su existencia. Sentía que no era la misma.

En su recorrido por el pueblo o sus alrededores meditaba constantemente sobre su situación actual; se sentía abandonada por todos y hasta maldecía a su madre por haberla abandonado a la hora de su nacimiento y contra su abuela porque le había enseñado ser buena y honesta.

Hizo una pausa y se sentó junto a la puerta de la señora Berta para atender su invitación, y allí hablaron un rato del estado del tiempo del extranjero, de la caza, del aullido del lobo la noche anterior y hasta escuchó por enésima vez de labios de la viuda como había ocurrido el accidente en donde su esposo perdió la vida.

La señora Berta, a pesar de su soledad, conocía, o mejor “veía” todo y a todos lo que se movían a su alrededor. Conocía con tanta precisión a Viscos y a sus habitantes que muchos de estos comentaban que era una bruja y que las brujerías las había aprendido del mismo demonio durante el año que permaneció encerrada en su casa, después de la muerte de su esposo. Otras personas opinaban que las había aprendido de un druita celta, cuando en realidad su manera de “ver” lo aprendió de tanto permanecer sentada en la silla frente a su casa, observando, conversando mentalmente con su difunto esposo y hablando con las personas que se le acercaban.

Aquella noche cuando Chantal cobró al extranjero la cuenta de la acostumbrada ronda que pedía para todos los presentes, recibió junto con el dinero un papelito que guardo en su bolsillo y a pesar del forastero la interrogaba con su mirada, ella sólo lo leyó cuando llegó a su casa. Se trataba de una cita privada en el lugar en donde se habían conocido, rompió el papel y lo echó por la taza del sanitario, se sintió feliz de tener controlado a su enemigo y se acostó, se quedó profundamente dormida, cosa que no lograba desde cuando se conoció con el extranjero.

Al día siguiente cuando el extranjero llegó al lugar de la cita la señorita Prym ya estaba allí y bien empapada porque estaba lloviendo. Esta le pidió al recién llegado no hablar del tiempo pues era claro que estaba lloviendo, lo invitó para conversar en un lugar más tranquilo, se levantó y llevó consigo una bolsa en donde portaba una escopeta.

El extranjero le preguntó si querría matarlo y ella respondió que sí, pero que no sabía si sería capaz de hacerlo. Sin embargo el motivo principal por el cual llevaba la escopeta era la de matar el lobo maldito que la noche anterior había estado rondando por ahí.

Después de discutir mucho acerca del famoso lobo, del día que jamás llega y del lingote de oro, Chantal sacó la escopeta de la chuspa, la cargó y apuntó directamente al extranjero dispuesta a matarlo. Pero no pudo hacerlo y bajando el arma se la entregó a su enemigo para que este la matara, él la recibió y apuntó firmemente con ella a Chantal quien desconcertada por la habilidad y firmeza con que era amenazada estaba a punto de pedirle perdón por haberlo desafiado, pero en ese momento el extranjero dejó de apuntarle, le hizo saber que se dio cuenta del mucho miedo que ella sintió y le contó de como él había sido un gran comerciante de armas y de cómo le habían secuestrado a su esposa y sus dos hijas quienes habían muerto junto con los secuestradores en la operación de rescate.

Lo más triste es que su familia había sido ejecutada con las mismas armas de su propia fábrica. También quería que ella le robara el lingote de oro porque, según él así aprendería a distinguir entre el Bien y el Mal y por que era un hombre que caminaba por la tierra en compañía de un demonio para alejarlo a aceptarlo de una vez por todas, necesitaba encontrar la respuesta a algunas preguntas.

El viernes en la noche y cuando el bar estaba totalmente lleno, la Srta. Prym hizo sonar un vaso de vidrio golpeándolo con un tenedor, para llamar la atención de los presentes y pedirles silencio porque les iba a contar dos historias; una que todos los habitantes de Viscos conocían, pero no el extranjero y otra que conocía el extranjero, pero ninguno de las habitantes del pueblo.

La primera se trataba de cómo Ahab hizo construir en la plaza del pueblo una horca con todo lo necesario para realizar ejecuciones y de cómo el día de su inauguración pronunció unas leyes que defendían a los campesinos, estimulaban la crianza de ganado, la monta de nuevos negocios y exigía el trabajo honrado, de lo contrario deberían marcharse del pueblo.

No mencionó ni una sola vez el “monumento” que acababa de inaugurar. Ahab no creía en amenazas.

Después de diez años y sin que se haya ejecutado a alguien, la horca fue desmontada y con la madera de esta se construyó la enorme cruz que hoy se encuentra en la plaza.

La segunda historia, la que el pueblo no conocía y para cuya ejecución sólo tenían tres días de plazo, fue la propuesta que el extranjero el pidió a Chantal que le hiciera saber a los habitantes de Viscos y que tenía relación con la comisión de un asesinato a cambio de los diez lingotes de oro para que el pueblo saliera de la pobreza en que se hallaba y pudiera vivir cómodamente, por lo menos, durante los próximos treinta años.

Los asistentes al bar se quedaron desconcertados, porque se les informó que el registro dado por el extranjero en el hotel era falso, no sabían quién era, de dónde venía, ni qué se proponía y más aún, por la oferta del oro a cambio de la muerte de un inocente.

Los ocupantes de bar fueron abandonando en silencio el lugar, primero los más jóvenes, luego los de mayor edad. Al cabo de un rato sólo quedaban Chantal y es extranjero quien después de hacer varios comentarios sobre lo acontecido esa noche, la felicitó por haber contado su historia, luego se despidieron y ella se fue a su casa llorando y sintiendo sobre ella las miradas ocultas de quienes vivían en esa calle, pensando que sin querer estaba involucrada en todo este rollo, pero la tranquilizaba el hecho de saber que quienes la miraban no podían darse cuanta de su llanto.

Una vez en su habitación, el extranjero abrió la ventana de su habitación con el deseo de que el demonio que llevaba dentro se tranquilizase ya que lo sentía muy inquieto por lo que la chica había pronosticado con respecto a que Viscos de todos modos se quedaría con el oro como premio a que no cometería ningún asesinato.

Por primera vez en su vida sintió que el demonio estaba debilitado y que por momentos se alejaba de él para regresar luego con su temperamento habitual. El extranjero permaneció frente a la ventana y a pesar del frío continuó sumergido en la conversación interna que sostenía con el demonio, la cual trataba como de una lucha constante entre el bien y el mal y sobre todo del mal que el demonio quería imponer al extranjero, de cómo las distintas religiones del mundo tenían un lugar de castigo a donde se dirigía el alma inmortal que había cometido ciertos crímenes contra la sociedad, de los terrores que sienten las personas contra todo lo que puede sucederles, como el terror al juicio de Dios, al castigo, a perder, a los comentarios de los demás, y temor de amar y ser rechazado, entre otros muchos. De cómo los chinos eran los únicos que explicaban el origen de los demonios

Hasta el demonio sentía terror porque el extranjero blasfemaba contra Dios y justificaba sus actos y esto era una mala señal.

Es una buena señal, pensó Chantal, cuando oyó la bocina de la furgoneta que traía el pan, la gente se reunió en torno al vendedor pero este extrañó el silencio de sus clientes y le preguntó si pasaba algo que el desconociese, pero nadie le comentó absolutamente nada de lo que Chantal les había informado el día anterior en el bar. Esta esperaba con ansiedad la partida del extranjero (lunes), para contarles a los habitantes de Viscos que se habían ganado la apuesta que ella hizo con el extranjero y eran ricos, sin necesidad de cometer ningún crimen.

Chantal fue acusada de traición por parte de algunos habitantes pero la dueña del hotel impidió que la hostigaban y cuando todos se dispersaron y ella se disponía a ir a las montañas doña Berta le pidió el favor que se sentara a su lado y después de aconsejarla y contarle la historia del hombre su caballo y su perro a quienes había fulminado un rayo la despidió para que se fuera a escuchar la naturaleza, además Berta necesitaba escuchar a su marido que hacía rato le estaba enviando señales de que no aconsejara tanto a la chica por nadie sabia el final de esa historia y quería que Berta hiciera alguna cosa porque si el mal vence aunque sea en una aldea olvidada podía contagiar al mundo entero.

Viscos únicamente contaba con 281 habitantes de los cuales la más joven era Chantal, la más vieja Berta y estaba controlado por seis personas, la dueña del hotel, el sacerdote, el alcalde, la esposa del alcalde, el herrero y el terrateniente. Estos eran los más preocupados por la presencia del extranjero debido a la propuesta que por intermedio de Chantal le había hecho al pueblo, pensaban en entregarlo a la policía pero no tenían pruebas contra él, lo único sería encontrar el oro, pero calculaban que 100 hombres tardarían 100 años en encontrarlo, el sacerdote, que lo único que conocía era su iglesia, dijo que el sacrificio de un hombre había salvado toda la humanidad. Como lo que más le interesaba al terrateniente eran las tierras y mirando a través de a de las ventanas de la sacristía, en donde estaban reunidos, propuso al cura cambiar el lote en donde estaba el cementerio por otro solar un poco más retirado pero mayor y divagando sobre este punto terminaron la reunión citando, desde luego, para la próxima el sábado en la tarde muy seguramente después de la misa.

Chantal se dirigió se dirigió a las montañas en busca de de la Y n donde esperaba encontrar el oro, tomarlo, regresar a su casa por el dinero que tenía ahorrado y largarse de aquella aldea, no tanto por robo, si no por algo mejor la venganza contra aquella gente cobarde que la acusaba de traición.

Cuando encontró el oro y se disponía a tomarlo apareció el lobo maldito dispuesto atacarla y enseguida el extranjero, quien acudió en su defensa, logrando ahuyentar el animal. Una vez liberados del animal tocaron diferentes temas tales como que, el oro pertenecía a ¿quién? y del ¿por qué?, de las injusticias de Dios para con ellos y de ellos para con Dios, de las costumbres de los aldeanos, de la posibilidad de escapar con todo el oro y como se debatían los demonios de ambos al ver que empezaban a perder la batalla.

El sacerdote sabía que, por culpa de tantas leyendas traídas al pueblo por los antepasados, sus gentes no eran muy religiosos pero ese día todos estaban dentro de la iglesia con excepción de la señorita Prym, tal vez avergonzada por las historias que había contado la noche anterior, en el bar.

El cura pidió a todos que se acomodasen y dio inicio a la celebración de la misa. En el sermón recordó la apuesta que el demonio y Dios hicieron respecto a su siervo Job. Apuesta que en definitiva ganó el Diablo, por cuando que Dios le quitó a Job todo lo que poseía, éste blasfemó contra Él. Basado en esta apuesta en la que se comprobó que nadie es bueno, el cura incitó a los fieles para que dejaran el orgullo de creerse buenos y justos como Job y que aceptaran sus pecados y si fuese preciso aceptar la apuesta del Demonio, habría que hacerlo.

Chantal insinuó al extranjero que cada uno tomara su oro y se marcharan de una vez por todas, pero el extranjero se negó y decidió volver solo a Viscos, Chantal tomó de nuevo el lingote, lo limpio con su vestido pero sintió pánico, lo devolvió a su lugar y salió apresurada con su antorcha en busca del extranjero a quien no pudo encontrar. Una vez en el pueblo se encontró con las miradas de toda la gente que salían de misa, pero las sostuvo porque ella no era la culpable de lo que sucedía, entró a su habitación y después de observar un rato a través de la ventana se acostó, se durmió, escuchó lo que debía escuchar y entendió lo que debía entender.

En la tarde de ese sábado, las seis personalidades del pueblo, volvieron a reunirse para continuar con el tema de la oferta en oro, que el extranjero les había ofrecido a través de la señorita Prym, y sin pérdida de tiempo divagaron sobre la posible víctima que ofrecerían en “sacrificio”, no era un “crimen”, porque se hacía para salvar a la aldea, igual que en la religión católica Jesús había sido muerto para salvar a la humanidad. Iniciaron por la señorita Prym, pero la descartaron porque seguramente era la única que sabía en dónde estaba el oro, continuaron con el cura porque algo que dijo les dio a entender que él podía ser el sacrificado, pero al final decidieron que debería seleccionarse a la señora Berta, ya que era la más vieja, no trabajaba y seguramente estaría feliz de reunirse con su difunto esposo. Además como ella decía que cuidaba al pueblo, fue quien dejo entrar el mal, entonces debería echarlo. Ahora sólo faltaba como realizar el sacrificio.

El cura pidió al señor alcalde que tratara de reunir a todo el pueblo en la plaza, a las nueve de la noche y fueron encargadas las dos mujeres presentes para que se acercaran a la casa de doña Berta con el fin de que no se enterara de la asamblea y menos de lo tratado en ella.

Chantal llegó al bar a la hora de siempre dispuesta a cumplir con su trabajo, pero no había un solo cliente. La dueña le contó sobre la asamblea que se realizaría a las nueve de la noche y de una vez le hizo saber que era únicamente para hombres. Chantal le confirmó que si existía el oro pero que era mejor decirle al extranjero que lo trajera, no fuera que una vez cumplido su pedido desapareciera.

Así lo hizo la dueña del hotel y el extranjero se comprometió a traerlo al día siguiente.

El sacerdote, cumpliendo lo programado en la reunión, estaba en la iglesia esperando al señor alcalde, para preparar el discurso que este le diría al pueblo durante la asamblea. Mientras llegaba el alcalde, el sacerdote tuvo tiempo de meditar en su vida sacerdotal, en como había llegado a esa aldea y sobre los fracasos que enfrentaba después de 20 años sin lograr que la gente asistiera a misa. Tan solo ese día la iglesia, por primera vez se vio atestada de feligreses y eso porque ya no era solo el Bien el que los asistía si no porque en sus almas estaba entrando el Mal.

En cuanto el alcalde llegó, el cura le pidió que le dejara hablar a él en la asamblea, pero el alcalde consideró que siendo la primera autoridad no podía permitir al cura, quien ni siquiera conocía todas las historias de Viscos y tampoco había nacido allí, fuera el vocero de un evento tan importante por lo que le dijo que prefería hacerlo él.

El sacerdote estuvo de acuerdo, pero en forma astuta le dijo “mejor así”, porque podría salir algo mal y no quiero que la iglesia se vea involucrada en ello. Te explicaré mi plan” pensándolo bien dijo el alcalde, si el plan es suyo es más honesto dejar que usted lo comparta con todos.

Para dominar a un hombre basta con meterle miedo en el cuerpo, pensó el sacerdote.

La dueña del hotel y la esposa del alcalde llegaron hasta la casa de doña Berta poco antes de las nueve, hora de la asamblea, y la encontraron tejiendo. Ella las invitó a entrar y durante un buen tiempo dialogaron sobre las cosas extrañas que Berta consideraba estaba pasando en el pueblo, y sobre la muerte.

Berta hablaba como con tanta propiedad de la muerte, que las dos señoras llegaron a pensar, si era que alguien le había contado sus planes o que en realidad era una bruja. Pero de regreso a su casa se tranquilizaron entre sí, analizando las palabras de doña Berta y llagando a la conclusión de que no estaba enterada de nada.

En la asamblea, el sacerdote explicó a los presentes el motivo de esta reunión y después de hacerles decir en voz alta que si estaban de acuerdo con la víctima escogida y la forma equitativa como se repartiría la riqueza, paso a explicarles el plan para llevar a cabo el sacrificio sin que nadie pudiera sentirse culpable. Este fue planeado para el día siguiente a la misma hora de la asamblea. Una vez terminada la asamblea el cura retornó a la iglesia y pasó toda la noche en oración.

El alcalde se sentía temeroso de estar perdiendo su autoridad frente al sacerdote, pero era este quien planeaba en detalle todo lo que deberían hacer para lograr que todo saliera bien y sin culpables. Es así como exigió que todos los hombres llevasen sus escopetas a la sacristía cargadas con un solo cartucho. Allí se le pondría un tiro de salvas a una, sin que nadie supiera cual era y en el momento del sacrificio todos pensarían que la suya no tenía municiones. También escogió tres hombres fuertes que deberán acompañarlo para ir por la víctima a su casa cuando se llegara la hora del sacrificio.

Llegada la hora, el cura y sus tres hombres visitaron a la señora Berta y luego de cruzar algunas palabras con el cura éste la obligó a tomar unas pastillas para que se quedara dormida y no sintiera dolor, de tal modo que cuando despertara lo hiciera en el paraíso al lado de Dios y de su esposo. Ya en el sitio del sacrificio (un monolito celta) y cuando con las escopetas apuntaban sobre el cuerpo de la víctima, Chantal se apresuró a preguntar si todos habían visto el oro, por lo que el extranjero se salió del círculo formado por las 281 personas y sacando de su bolsa los lingotes los depositó en el suelo, pero Chantal no contenta con esto se situó frente a la línea de fuego y pidió a nueve mujeres más para que examinarán el metal y comprobaran que no era plomo convertido en oro al estilo alquimista. Una de las participantes en el examen del oro fue la esposa del alcalde que tomo la vocería para confirmar que si era oro legitimo, que además tenía la fecha de fundición, un número de serie y el sello del gobierno.

El alcalde impaciente por acabar rápido con aquella situación y por miedo a que alguien de otra aldea los descubriera le pidió a la señorita Prym que se retirara de la línea de fuego para poder ordenar la ejecución. Pero ésta mando callar en dos veces al alcalde y empezó el análisis de cómo podrían cambiar el oro por dinero, ya que este como tal no les serviría para nada. Aprovecho para contarles la historia del rey Midas que terminó muriéndose de hambre porque todo lo que tocaba se convertía en oro.

Cuando Chantal terminó de hablar, el alcalde quiso dar la orden de fuego pero ya los hombres habían bajado sus armas, sólo quedaban el alcalde y el cura, uno apuntando a Berta y el otro apuntando a Chantal. El herrero les arrebató las armas y todo el mundo se retiró lentamente del lugar hasta cuando solo quedaron el extranjero, Chantal y doña Berta. Allí permanecieron hasta cuando esta estuvo en condiciones de caminar y pudieron regresar a su casa. El extranjero y Chantal llevaron los lingotes de oro al banco de la ciudad los cambiaron por dinero en efectivo, abrieron una cuenta a nombre de ella, regresó al pueblo, conversó con doña Berta, no le comento a nadie que abandonaba a Viscos, le dio un beso y se marchó para siempre de su pueblo.

El alcalde cumplió la promesa del cura a Berta de levantar en el parque una fuente en su memoria.

Paulo Coelho

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