El capitán Alatriste; Arturo Pérez-Reverte

Literatura española contemporánea. Narrativa actual. Novela histórica. Contexto social y político. Tribunal de la Inquisición. Espadachines

  • Enviado por: Artagan
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 7 páginas

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El Siglo de Oro, la época de sacrificio estéril, gloriosas derrotas, corrupción, picaresca, miseria y poca vergüenza, escondida tras los cuadros de Velázquez, los versos de Lope o de Calderón y los sonetos de Quevedo. La situación social en aquella época era adversa, el oro y la plata de las Indias se perdían en manos de la aristocracia, funcionariado, clero, perezosos, mareados e improductivos y se derrochaban en vanas empresas para mantener la reanudada guerra en Flandes. Por otra parte los holandeses les vendían sus productos manufacturados, y tenían arreglos comerciales con el mismísimo Cádiz, para hacerse con los metales preciosos que traían los barcos españoles tras esquivar a los piratas desde Poniente.

Los aragoneses y portugueses se escudaban en sus fueros. Portugal seguía sujeto con alfileres, el comercio estaba en manos de los extranjeros, las finanzas eran de los banqueros genoveses, y nadie trabajaba a excepción de los pobres campesinos, esquilmados por los recaudadores de la aristocracia y del rey. Al mismo tiempo se produce la reanudación de hostilidades en los Países Bajos, ya que expiraba la tregua de doce meses que el difunto y pacífico rey Don Felipe Tercero, padre del actual monarca, había firmado con los holandeses, cuando todavía se oían los ecos de la batalla de Nieuport.

Los altos cargos gozaban de privilegios como la posesión de carrozas sólidas, negras forradas de cuero, y terciopelo negro, en las que el cochero no iba en el pescante arreando el tiro de dos mulas sino que cabalgaba una de ellas. Esto era habitual en propietarios que gozaban de buena posición social pero no tenían derecho de mostrarse en exceso, comerciantes ricos, altos funcionarios que desempeñaban puestos poderosos en la corte... Con ellas “hacían la rua”, que consistía en un paseo tradicional bien en carroza, en caballo o a pie, por la carretera de la calle Mayor, entre Santa María de la Almudena, las gradas de San Felipe y la puerta del Sol o hasta el monasterio de los Jerónimos y el Prado del mismo nombre. La calle Mayor era vía de tránsito obligada desde el centro de la villa al Alcázar Real, y también lugar de plateros, joyeros y tiendas elegantes; por eso al caer la tarde se llenaba de damas en carrozas, y caballos, luciéndose ante ellas. En cuanto al prado de San Jerónimo, grato en días de sol invernal y en tardes de verano, era lugar arbolado y verde, con veintitrés fuentes, muchas tapias de huertas y una alameda por donde circulaban carruajes y paseantes en amena conversación.

El Rey Felipe Cuarto, reinante en aquella época, también llamado el Grande, era joven, simpático, mujeriego, fatal para los pobres de las Españas y piadoso. Gobernó durante cincuenta años. Y entre sus innumerables delegados que dependían de la Corte se encontraba Emilio Bocanegra, presidente del Santo Tribunal de la Inquisición que tanta censura supuso para aquellos habitantes. En esta sociedad en la que la diversión era parte fundamental, había una taberna para cada ciento setenta y cinco individuos que eran casi tan frecuentadas cómo las iglesias.

Los toros, eran la fiesta favorita de Madrid y de no pocos lugares de España; del propio rey y de la reina Isabel, hija del gran Enrique IV, el Bearnés, y por tanto francesa, solían ser muy aficionados. Felipe Cuarto galán, jinete, buen tirador, y aficionado a la caza y los caballos, una vez perdió uno de ellos matando en una sola jornada tres jabalíes con su propia mano, como lo inmortalizó Velázquez en sus lienzos, igual que en verso lo hicieron Lope de Vega, Francisco de Quevedo o Pedro Calderón de la Barca. Ello es una muestra de la aplicación de todo lo relacionado con lo social a la literatura, tan propio en el estilo de los autores de este siglo.

Si Felipe Cuarto se hubiera puesto al frente de los viejos y gloriosos tercios y hubiera recobrado Holanda, vencido a Luis XIII de Francia y a su ministro Richelieu, limpiado el Atlántico de piratas y el mediterráneo de turcos, invadido Inglaterra, izado la cruz de San Andrés en la Torre de Londres y en la sublime Puerta no despertarían tanto entusiasmo sus actividades sociales. Poco tendría que ver con el Felipe Cuarto que viudo y con hijos muertos o enclenques y degenerados, en comitiva por la España desierta, devastada por las guerras, con hambre, y miseria, tibiamente vitoreado por unos pocos infelices campesinos . Envejecido, cabizbajo, que iba rumbo al Bidasoa para entregar a su hija en matrimonio a un rey francés. Y olvidarse de una España a la que había llevado al desastre gastando el oro y la plata de América en festejos vanos, en enriquecer a funcionarios, clérigos, nobles y validos corruptos y en llenar con tumbas de hombres valientes los campos de batalla de media Europa.

Otro de los entretenimientos de la España de Felipe Cuarto fue el teatro a quién amó con locura. Las comedias que se ofrecían tenían tres jornadas o actos, eran todas en verso, y con diferentes metros y rimas. Sus autores consagrados, eran queridos y respetados por la gente; y la popularidad de los actores y actrices era inmensa. Cada estreno o reposición de una obra famosa congregaba al pueblo y la corte, teniéndoles en suspense, admirados, las casi tres horas que duraba cada representación; que en aquel tiempo solía desarrollarse a la luz del día, por la tarde después de comer en locales al aire libre conocidos como corrales. Dos había en Madrid: el del Príncipe, también llamado de La Pacheca, y el de la Cruz. Lope gustaba de estrenar en este último, que era también el favorito del rey, amante del teatro como su esposa Isabel de Borbón. Así lo hizo en su representación de la obra El Arenal de Sevilla, levantando como es propio, gran expectación.

Era frecuente encontrar versos satíricos o anónimos que recorrían la corte, poniendo como sotana de domine al válido, a la monarquía y al lucero del alba. También hace lo propio con Jorge Villiers, marqués de Buckinghan, gran almirante de Inglaterra, que fue considerado una influencia cerca de Rey Jacobo. Apuesto, ambicioso , inteligente, estaba a punto de recibir el titulo ducal. Por el contrario, Carlos Estuardo, príncipe de Gales y futuro rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda mantenía negociaciones matrimoniales con la infanta doña María hermana del rey Felipe.

La joven rubia y con los labios tan característicos de los Austrias, en caso de contraer matrimonio, abriría pacíficamente a Inglaterra el comercio con las Indias Occidentales, resolviendo según los intereses británicos, el Palatinado. La boda era complicada, en ella terciaban embajadores, ministros, gobiernos extranjeros, y hasta su Santidad el Papa , ya que el heredero era de convicciones anglicanas, y no podría casarse de no convertirse al catolicismo. En caso de celebrarse el matrimonio pondría fin a la vieja enemistad entre las dos naciones, es necesario recordar que hacía apenas treinta años de la Armada Invencible. Pero numerosos países como Francia, Saboya y Venecia, seguían dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de impedir la boda, ya que supondría la alianza de España e Inglaterra, lo cual les afectaría notablemente.

Otro de los personajes que se menciona es Angélica de Alquézar, que en aquella época tenía once o doce años y que en 1635 posaría para el famoso cuadro de Velázquez “Las Meninas”. Quién en aquella época era un pintor joven sevillano de veinticuatro años ,simpático, con mucho acento andaluz, llamado Diego de Silva, que con el tiempo adoptaría el apellido de su madre, para ser recordado con el nombre que todos conocemos. Se mencionan otros pintores como Tiziano, del que se muestra un cuadro en el que Dafne está a punto de ser fecundada por Zeus en forma de lluvia de oro...

De entre los autores noveles de la época resaltan: Francisco de Quevedo, escritor de ideas inamovibles, que se empeñaba en batirse con Cristo y en resolver sus innumerables conflictos con su espada. Era un poeta cojitranco, valentón, corto de vista, caballero de Santiago, tan rápido de ingenio como de lengua y de espada, famoso en la corte por sus buenos versos y su mal humor. Acostumbrado a ir de destierro en destierro y de prisión en prisión ya que al rey y al conde Olivares les gustaban sus versos pero no protagonizarlos. Cuando aparecía algún soneto o quintilla anónimos y se reconocía la mano del poeta, los aguaciles y corchetes se dejaban caer por la taberna o por su domicilio para ajustar cuentas, pero testarudo y orgulloso no escarmentaba. Y así al salir de una de las numerosas veces en las que había estado en la cárcel, tras quitarle la orden de arresto, exigía una pensión de 4.000 escudos por haber participado en Venecia como espía, ya que como consecuencia de su vida bohemia andaba escaso de recursos. A Luis de Góngora, su más odiado adversario en la república de las letras, al que acusaba de sodomita, perro y judío, de vez en cuando solía dedicarle algún que otro verso , como por ejemplo:

“yo te untaré mis versos con tocino

porque no me muerdas, Gongorilla...”

De este modo ridiculizaba a Luis de Góngora. Ambos mantenían pequeñas peleas que no superaban las descalificaciones, pero no sólo con él mantenía malas relaciones ya que con Luis Pacheco de Narvaéz le ocurría lo mismo con la diferencia de que a este le dedicó la obra la” Vida del buscón llamado Pablos “, en la no apuntaba precisamente sus virtudes.

También circulaban otra clase de versos suyos por las ciudades, como:

”Tú, en cuyas venas laten alatristes

a quienes ennoblece tu cuchilla..”

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“Aquí yace Mister de la Florida

y dicen que le hizo buen provecho, a Satanás de vida.

Ningún codo le vio jamás arrecho.

de Heródes fue enemigo y de sus gentes,

no porque, degolló los inocentes,

mas porque, siendo niños y tan bellos,

los mandó degollar y no jodellos.”

Lope de Vega era un hombre de continente sexagenario y grave, solía vestir de negro, con el rostro enjuto, cabellos cortos, bigote gris, sonrisa cordial y algo ausente. Que al igual que de Quevedo era frecuente encontrar versos de Lope circulando por las calles, como el siguiente:

“ Aún no ha venido el villano

que me prometió venir

a ser honrado en morir

de mi hidalga y noble mano..”

De Pedro Calderón de la Barca: O anónimos:

“Por la mañana estaré "Cuerpo a cuerpo he de matalle

en la iglesia a que acudís donde Sevilla lo ve

por la tarde, si salís en la plaza o en la calle;

en la Carretera os veré; que al que mata y no pelea nadie puede diculpalle;

al anochecer iré y gana más el que muere

al Prado, al coche arrimado; a traición que el que mata.”

luego, en la calle embozado:

ved si advierte bien mi amor

horas de calle Mayor

misa, reja, coche y Prado.”

A menudo en las poesías se podían encontrar notas o frases en latín. LLamadas latinismos. Como símbolo de no querer perder la cultura clásica, ni su lenguaje característico, el latín. Un ejemplo son las siguientes acotaciones : “Bella gerant alii. Aio te vincere posse.”, “Longa manus calami.”, “Patientia lenietur Princeps”.

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