El anarquismo andaluz; Jacques Maurice

Historia universal contemporánea. Ideología política. Pensamiento social y político revolucionario. Sociedades secretas. Movimientos obreros. Campesinos. Sindicalistas

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El anarquismo andaluz

Campesinos y sindicalistas 1868-1936

Jacques Maurice

Jaques Maurice es un investigador de los temas sociales de la historia contemporánea española de origen francés. En junio de 1985 leyó su tesis doctoral en la Universidad del Franco Condado (Besaçon). Las investigaciones fueron iniciadas por sugerencia de Pierre Vilar y, Noël Salomon (fallecido en 1977) y Albert Dérozier fueron los encargados de dirigirlas. La monografía que nos disponemos a reseñar es una versión abreviada de la citada tesis. No nos es posible dar una visión acerca de la biografía/bibliografía del autor debido a que la información encontrada en internet no se corresponde con el autor o, en caso de hacerlo, se encuentra en francés con la dificultad (o imposibilidad) de lectura y comprensión que ello supone para quien escribe estas líneas. Pasemos por tanto a reseñar el libro.

El anarquismo, tuvo en España 2 focos principales en su origen y desarrollo: por un lado, encontramos la zona compuesta por Cataluña, Aragón y levante; región donde el anarcosindicalismo ibérico se nutrió de sus más famosos apóstoles: Peiró, Ángel Pestaña, Buenaventura Durrti, Fernando Ascaso, Juan García Oliver, Diego Abad de Santillán, el Noi de Sucre… y, por otro lado, Andalucía, región agraria donde el campesinado desprovisto de tierras y herramientas vio en el anarquismo la única posibilidad de alcanzar la tan ansiada reforma agraria.

Muchos son los autores que se han dedicado a historiar el anarquismo español tanto desde una perspectiva militante, como es el caso de José Pierats (en “la CNT en la revolución española”), Gastón Leval (“Colectividades en la España revolucionaria”), Abad de Santillán (“¿Por qué perdimos la guerra?”) y un largo etcétera de militantes libertarios que han dedicado parte de sus vidas a plasmar sobre el papel sus vivencias en los años rojos del trienio bolchevique, durante la guerra y revolución española… por otro lado, nos encontramos con aquellos que se han dedicado a la historia del anarquismo español desde una perspectiva más científica y académica: Jacques Maurice es solo el ejemplo que nos ocupa; sin embargo muchos más son los académicos que se han acercado a la historia del anarquismo español (Frank Mintz…)

Aun así, a pesar de la abundancia de monografías referentes al anarquismo español y a sus apóstoles, esta suele limitarse a la región catalano-aragonesa y, en particular a la Guerra Civil Española y a los logros que los anarquistas consiguieron después del 18 de julio de 1936 (nos estamos refiriendo a las colectividades encuadradas dentro del marco revolucionario que los militares contribuyeron a crear con su golpe de estado del día anterior.). Sin embargo, la historia del anarquismo español se ha encontrado “coja” al no haber suficientes obras de calidad que se dediquen a él en otros lugares y en otros momentos. Por tanto, entiendo que la obra de Jacques Maurice es de vital importancia por venir a llenar parte del vacío que tanto los militantes como los profesionales de la historia han dejado en la reconstrucción de la memoria de un ideal y unos hombres que han distinguido al movimiento obrero español del de los demás países europeos (donde la mayoría de los obreros conscientes de su condición de clase optaron por el marxismo).

Por otra parte, hay que hablar del CNTcentrismo que ha limitado tradicionalmente la historiografía del anarquismo español y que, en consecuencia, ha llevado a ignorar la existencia de otras organizaciones de carácter libertario que han surgido a lo largo de la historia de España y que no están suficientemente estudiadas debido a la importancia que la central anarcosindicalista ha tenido en la historia contemporánea de España.

En cualquier caso, remarcar la importancia de la obra que nos ocupa por dedicarse a una región y a unos hombres que tradicionalmente han sido ignorados en la historia del movimiento obrero del estado español.

La introducción de El Anarquismo español está referida fundamentalmente al origen y las causas del arraigo del ideal libertario en las tierras andaluzas. Para ello, el autor utiliza mayormente la ya clásica obra de Díaz del Moral “Historia de las agitaciones campesinas andaluza. Córdoba (antecedentes para una reforma agraria)” y, en él contrapone las teorías de Maurín y Vicens Vives, (para quienes el arraigo del anarquismo en el pueblo andaluz es consecuencia de ser este un pueblo fundamentalmente analfabeto y campesino y que, este, al emigrar a Cataluña y convertirse en obrero fabril llevó consigo el ideal anarquista. Para Maurín “el anarquismo en España, lo ha producido sobre todo el campesino andaluz” (pag. 5)) (para Gerald Brenan y Eric Hobsbawn, el arraigo del anarquismo en Andalucía es causa del milenarismo característico de esta ideología unido al tradicional milenarismo cristiano que durante siglos había pervivido en las consciencias del campesino andaluz) con las de Temma Kaplan, para quien el “anarquismo andaluz fue una respuesta racional y, no milenarista, a una configuración social específica”. Antonio María Calero pone en tela de juicio que la utopía fuese connatural de los anarquistas.

En cualquier caso, para el autor, el anarquismo andaluz es la respuesta de un pueblo que se vio desprovisto de tierras y medios de producción a causa de las desamortizaciones y que, en consecuencia, aspiraban a una reforma agraria que se las devolviera. En este sentido, es de destacar que el anarquismo, a pesar de tener otros objetivos, no contrarió esta aspiración de los obreros agrícolas andaluces y que, su fuerza, radico en la simpleza de sus teorías y en su ambigüedad sobre la reorganización social que sucedería a la revolución social. Ello, unido al temperamento y sentimentalidad de un pueblo sometido, aunque sensible a las injusticias, hizo que el anarquismo (y su propaganda) enraizaran en el pueblo andaluz frente al leguaje seco y metódico del socialismo marxista. Y, todas estas causas, por tanto, resumen a ojos del autor (y de Díaz del Moral) las causas del arraigo del anarquismo en la Andalucía agraria que vieron en él el instrumento con el que lograr tierras que cultivar y un nuevo modelo de organización social sin explotadores ni explotados.

El primer capítulo del libro, titulado La organización anarquista en Andalucía, se inicia con una aproximación cuantitativa en la que se analiza la evolución cuantitativa de la organización de masas anarquista así como su implantación (ya fuera duradera o intermitente) en las zonas de la geografía andaluza para determinar la importancia que esta tuvo en el conjunto de movimientos sociales que tuvieron lugar en la región andaluza entre los años 1868-1936. Para iniciar la aproximación cuantitativa, Jacques Maurice compara la implantación de las organizaciones libertarias en Cataluña y Andalucía saliendo ganando en número de efectivos federados la primera en el congreso de 1919 (61% de 700000 militantes en todo el estado español donde la federación andaluza contaba con unos 50000 efectivos). Sin embargo, afirma Maurice que “esta situación es excepcional en la historia del anarquismo español. En un principio, con unos efectivos totales 12 veces menores, los afiliados andaluces eran 3 veces más numerosos, pues la clase obrera catalana se mantenía en su mayor parte al margen del apoliticismo anarquista.” (pág. 23) después de la dictadura de Primo de rivera, en Cataluña, la cifra de afiliados desciende a unos 300000, sin embargo, la federación andaluza ve aumentar sus efectivos llegando a convertirse en la más numerosa en las vísperas a la sublevación militar con 150000 militantes.

En cuanto al número de secciones locales, la regional catalana aparece más fuerte al reducirse el número de secciones solo en una quinta parte desde el momento de mayor implantación en 1882 hasta 1936 (193 frente a 156). Por su parte, Andalucía, en 1882 contaba con 358 secciones y, en 1936 se cuentan unas 200 secciones locales.

La baja Andalucía es la Andalucía anarquista siendo la provincia de Cádiz donde el anarquismo presenta los cimientos más sólidos y la distribución geográfica más uniforme. Cádiz y Sevilla se distinguen de Córdoba y Málaga estando el ideal libertario mucho más arraigado en las 2 primeras; En estas, la organización ácrata está presente en todos los partidos judiciales y, cuando desparece en alguno, lo hace momentáneamente y por circunstancias excepcionales.

Según el autor, la implantación del anarquismo en la baja Andalucía, se debe en gran parte en su rápida penetración en los principales núcleos urbanos: Sevilla y Málaga. Sin embargo, a pesar de la importancia del componente urbano, este solo fue preponderante raras veces. En el medio rural, por tanto, el anarquismo entró por los centros urbanos (Sevilla, Málaga, Jerez de la Frontera o Sanlúcar de Barrameda) desde donde la organización irradia hacia las campiñas circundantes y las tierras altas del interior. La mayor parte de los afiliados rurales eran campesinos asalariados a pesar de la existencia de algunos afiliados minifundistas (sobre todo hortelanos y viticultores).

La organización ácrata andaluza, menos ramificada que la catalana, también estaba mucho menos estructurada alrededor de un centro. La preponderancia Sevillana no tenía nada que ver con la de Barcelona, lo que limitó el campo de acción de la organización. En este sentido, hay que entender que el número de militantes rurales no dejó de crecer y que, en numerosas ocasiones la UGT fue preponderante en ciertos momentos y lugares. Por tanto, es de constatar la existencia de una vanguardia libertaria que, aún siendo capaz de movilizar a miles de obreros en ciertos momentos no pudo encuadrarlos en la anarcosindical de forma constante y a escala de la región.

El segundo capítulo, está dedicado a las bases materiales de la Andalucía libertaría y, en este sentido, se examinan la población, la sociedad y la producción. Así define como principal rasgo básico de la organización ácrata andaluza, por un lado, la importancia de los núcleos urbanos sevillano y malagueño, y, por el otro, la importancia del componente rural. Con ello, se pone en tela de juicio tanto las tesis de Díaz del Moral como las del geógrafo López Ontiveros, para quienes, existe correlación entre la implantación del anarquismo y una superpoblación relativa propia de las poblaciones de campiña. Sin embargo, el autor defiende que, aún siendo estas tesis válidas para el campo cordobés durante el trienio bolchevique, la realidad en el conjunto de la Andalucía libertaria es bien distinta (Teniendo las plazas fuertes del anarquismo andaluz en el periodo anteriormente mencionado una densidad de población menor a la de la media andaluza: Arcos, Jerez, etc.) Así, según palabras del autor: “ La concentración de trabajadores agrícolas en un espacio homogéneo como los campos cordobeses, y su masiva adhesión durante el <<trienio bolchevista>> al anarcosindicalismo, son, probablemente, dos fenómenos indisociables. Sin embargo, se trata de un fenómeno excepcional.” (pág. 61)

A continuación da datos demográficos relativos a las provincias de Córdoba y Jaén, que, durante el periodo que se engloba en la monografía, mantuvieron un crecimiento demográfico más o menos sostenido, y, las de Cádiz y Sevilla, con crecimientos demográficos más desiguales. En cuanto a Málaga, consiguió mantener una población de prácticamente el mismo tamaño que Sevilla, aún siendo esta última mayor en todos los casos, la mayor diferencia de población se dio en la década de los 20 del s XX con tan solo 72. 996 habitantes de más para la provincia sevillana (teniendo la capital el mayor índice de crecimiento poblacional).

En cuanto a la forma de tenencia y explotación de la tierra, se sugiere un tipo de causalidad simple entre distribución territorial de la población y régimen de propiedad: vínculo entre el estancamiento poblacional y la crisis del latifundismo durante finales del XIX, durante la Guerra Mundial, el freno en las migraciones ultramarinas contribuyó a un crecimiento demográfico lento pero indudable. En la década de los 20, el crecimiento parece responder a motivos migratorios y, en la tercera década del s. XX la situación es mucho más amplia en la globalidad del campo andaluz.

El monocultivo no es característico del conjunto de la Andalucía Anarquista (únicamente lo es en las zonas cordobesas y jiennenses el olivar se fue imponiendo en la década de los 20). Lo más habitual era una economía basada en el cultivo de cereal complementada con viñedos u olivares. Lo que sí era común en toda la Andalucía libertaria, era la tendencia al monopolio de la tierra.

La situación de los jornaleros era lamentable: Víctima del paro estacional, solo trabajaba unas pocas semanas al año, además tenía que competir con jornaleros llegados de otras provincias o de Portugal que trabajaban a destajo; tenía que vivir en el “tajo” mientras le durara el trabajo y, solo a finales del XIX consiguió permisos cada x días para ir a su casa a cambiarse de ropa; no cobraba hasta haber finalizado los días de trabajo (a veces no le pagaban lo convenido y, la comida era restada del salario)… al mismo tiempo, cualquier intento de protesta o de intento de mejora de las condiciones de vida, era duramente reprimido por las autoridades, ya fueran estas monárquicas o republicanas. Condiciones de vida estas que muy fácilmente pueden fomentar la creación de una conciencia de clase y ser el germen de una cultura antisistema que aspire a una transformación radical de la sociedad como es el caso del anarquismo. Esta es la realidad rebelde del pueblo andaluz de finales del s. XIX y principios del s. XX.

El capítulo número 3 denominado El problema de la tierra y las luchas por la democracia, nos introduce en el principal problema del campesinado andaluz de la contemporaneidad (y, que, como se ha dicho más arriba, permanece aún en nuestros días. Prueba de ello, son las ocupaciones de tierra que aún hoy siguen protagonizando los jornaleros del Sindicato de Obreros del Campo), es decir, la reforma agraria que de la tierra a quien la trabaja (ya sea de manera individual o colectiva… de eso, se hablará más adelante) que fue legislada durante el primer periodo de la segunda república y que nunca sería puesta en práctica y que sirvió para asegurar durante unos años que la salida no iba a ser revolucionaria… después de que el Frente popular ganase las elecciones y los militares se sublevaran, los obreros agrícolas que quedaron en zona republicana pusieron en marcha su propia “reforma agraria” (o directamente revolución)… hizo falta una verdadera masacre para mantener el problema del campo andaluz adormecido durante 40 años…

En el campo andaluz, aparece un movimiento pendular del que se beneficiaban las organizaciones socialistas o republicanas cuando la organización ácrata desaparece. Así, el proletariado rural, aún manteniéndose fiel al abstencionismo libertario, se movilizaba electoralmente cada vez que había perspectivas de cambio (a pesar del despliegue militar que caracterizó los comicios electorales); el autor menciona que la causa de ello es que la fuerte polaridad social en torno al problema de la tierra impidió a la burguesía y a los terratenientes mantener la situación mediante cauces democráticos. Sin embargo, en ningún momento menciona el sistema de cacicazgo que distinguió Andalucía durante la época estudiada y, que, sin lugar a dudas, logró mantener la monarquía restaurada desde 1873 hasta 1931. Lo que sí menciona es la regularidad en el falseamiento de los resultados electorales que se daba en cada comicio.

A continuación se examina el republicanismo y su posible influencia en las masas del proletariado agrícola andaluz y, se mantiene que aún teniendo cierto arraigo, el republicanismo solo fue para la Andalucía anarquista un referente en cuanto a que, después de la revolución antimonárquica, los campesinos esperaban de la república un reparto de tierras (de momento optaban por la propiedad privada) que nunca llegó (hasta ahora nos estamos refiriendo al primer periodo republicano de nuestra historia, sin embargo, esta tesis podría sostenerse también en el segundo cuando, a pesar de la legislación que regulaba la reforma agraria, esta nunca se puso en práctica).

Más adelante, se examinan los grados de organización que tenían los campesinos andaluces cuando las instituciones de la monarquía restaurada acudieron en ayuda de los terratenientes: en 1882-1883, 1892 y 1903.

Durante 1882-1883, poco antes de los procesos contra la mano negra la FTRE, estructurada en los pueblos de la Andalucía anarquista, tenía intención de iniciar una lucha por la abolición del trabajo a destajo. El estado respondió con un proceso espectacular contra los proletarios rurales ácratas y mandando al ejército a segar. Los motivos del proceso fueron pues políticos (se buscaba amedrentar a las masas libertarias) y económicos (evitar las pérdidas que hubiera supuesto que no se recogiera la cosecha).

En la madrugada del 8 al 9 de enero de 1892, de 400 a 600 personas entraron en Jerez armados con navajas, palos y pistolas, y, al grito de ¡¡viva la anarquía, mueran los burgueses!! Se dividieron en 2 grupos y uno fue a la cárcel y el otro al cuartel. Fueron rápidamente reducidos por la policía y el ejército. El Asalto campesino a Jerez se saldó con tres muertos. Uno de ellos era hermano de un concejal y “lo mataron por llevar guantes”. A partir de aquí, se detiene a los presuntos cabecillas, se despliega a la caballería por la comarca, se hacen redadas, aparecen testigos inculpadores que prestan testimonio con la cara tapada e, incluso, responsabilizan a Salvochea que, en esos momentos se encuentra encarcelado en Cádiz. Se forjó la hipótesis de un golpe meticulosamente preparado para que los libertarios hiciesen de Jerez un cantón durante unas horas demostrando sus fuerzas con ello. La prensa se cebó con el tema. Sin embargo, la realidad es que las autoridades jerezanas estaban prevenidas por razón de los frecuentes paros de los jornaleros en lucha por una mejora salarial y más descansos. Los días anteriores al Asalto Campesino, Jerez estaba literalmente tomada por patrullas de policías y las tropas estaban acuarteladas. El día 7 de mayo se registraron una serie de detenciones de trabajadores <<forasteros>> y, ello actuó como detonante de la rabia popular. Los amotinados, como se ha dicho más arriba, se dirigían a la cárcel para liberar a los detenidos. Con lo que la provocación policial podría ser el detonante y en ningún caso, se puede hablar de premeditación en las masas libertarias. Los amotinados fueron juzgados por lo militar a causa de que habían instado a los militares acuartelados a unírseles. Los cuatro juzgados fueron posteriormente agarrotados. 2 meses después, el mal tiempo interrumpió las faenas del campo y un grupo de 2000 o 3000 hambrientos fueron a Jerez a pedir ayuda. Los propietarios repartieron comida y, con ello, trataron de inculcar la idea de que “vinisteis como fieras contra la sociedad y la sociedad os trató como fieras, venid como hermanos y la sociedad os tratará como hermanos”. (pág. 127)

En 1903, en Alcalá del Valle, durante una huelga de solidaridad, se produce una reyerta entre los campesinos y la Guardia Civil. Fruto del éxito de los primeros, estos van al ayuntamiento y queman los archivos. Le sucede a este hecho una campaña contra los obreros que dio un respiro a los propietarios que estaban viendo multiplicarse las huelgas desde 1901. Sin embargo, en estos hechos destaca un mayor nivel organizativo: la huelga de solidaridad fue lanzada desde Barcelona y promulgada por las organizaciones locales que, además contaban ya con escuelas racionalistas.

Es rasgo fundamental de la política española de estos tiempos la no existencia de un partido u otro tipo de organización que defendiera los intereses de los explotadores del proletariado agrícola andaluz, tan solo las Cámaras Agrícolas parecían aspirar a tal menester; sin embargo, ni la oleada revolucionaria de 1928-1921 instó a los terratenientes a organizarse.

En cuanto al naciente andalucismo georgista de Blas Infante, sus postulados van en contra del latifundismo, para acabar con tal mal, Infante propone un impuesto que gravaría a los propietarios en función del <<valor social>> de sus tierras; es decir, una nacionalización indirecta de las tierras que afectaría solo a los rentistas. En el plano inmediato, los andalucistas buscaban asegurar a los asalariados agrícolas una posesión continuada de la tierra para, en un futuro, crear una amplia clase media. Es de destacar que infante buscaba una unión interclasista (entre capitalistas y trabajadores contra latifundistas) que asegurase una salida al problema agrario no revolucionaria, y, en esto, encontró como aliados circunstanciales a los militantes socialistas aunque, estos, a raíz de la Revolución Rusa y de la admiración que esta suscitó entre el proletariado agrícola andaluz, mostró una doble cara. Por una parte cambió a un discurso más maximalista que aspiraba a la socialización de la tierra y a la implantación de un sistema comunista (congreso campesino de UGT en Jaén en 1920). Por otra parte, la intelectualidad socialdemócrata y parlamentaria construyó una plataforma que aspiraba a “convencer a los pequeños campesinos del del respeto a la propiedad privada e intervención tutelar de los poderes públicos” (pág. 136). Después de 1931, el PSOE no quería una reforma agraria de tipo georgista y el andalucismo se centró en la lucha por el estatuto de autonomía.

El capítulo siguiente está dedicado a las grandes figuras del movimiento libertario andaluz (a los que nos referiremos solo de pasada y, sin entrar demasiado en sus biografías) y a la construcción de la regional andaluza.

El perfil sociológico del militante libertario Andaluz es el de hombre rebelde y maximalista en sus ideas hasta el punto de poner en peligro a la revolución. Sin embargo, destacan personajes que, tanto a nivel ideológico como en lo organizativo, destacan en la Andalucía ácrata. Estos hombres son Fermín Salvochea, Sánchez Rosa, Vallina (quien se vio en un asunto a raíz del fracaso de una huelga de campesinos sevillanos, por la que fue expulsado de la anarcosindical) Mendiola y Ballester.

La construcción de la Regional Andaluza tiene un carácter tardío y, solo responde al desarrollo del anarcosindicalismo respecto al modelo sindical de los años 70 y 80 del s. XIX. El anarcosindicalismo, pretendía una doble federación: la de oficios y la territorial, que después de la revolución sustituirían al estado burgués. Sin embargo, se desarrollaron menos las estructuras corporativas que las territoriales. Durante mucho tiempo el anarquismo se mantuvo aislado en lo local, cerrándose a acciones colectivas y emprendiendo acciones poco seguras que camuflaba como podía. El modelo organizativo anarquista no podía ser viable en España a finales del XIX. En 1900 se pone en marcha una federación de sociedades obreras. En 1911, en el primer congreso ordinario de la CNT, solo estaban representadas 13 localidades andaluzas sin ninguna federación local y, no fue hasta 1918 cuando la CNT y su anarcosindicalismo pudieron entrar en Andalucía y fue tanto por la 1ª Guerra Mundial como por la evolución de la propia central sindical que, por estos años, optó por el modelo de Sindicato Único que juntaba en uno solo todos los sindicatos de oficios y, con ello, eliminaba las federaciones de oficio y, con ellas a la federación campesina. Estos factores son los que alumbran a la Regional Andaluza alrededor de Sevilla. En la década de los 20 se crea la FAI para la salvaguarda de los principios ideológicos en el seno de la CNT (ante las continuadas insinuaciones de unificación de UGT y CNT).

Como se dijo al principio los militantes andaluces eran más que los catalanes sin embargo, los primeros entendieron que el aparato regional debía ser la punta de lanza de la revolución, así, reafirmando una y otra vez el ideal revolucionario restaban miembros a la regional y, esta, es la causa del fracaso en la construcción del órgano federal andaluz.

El siguiente capítulo está dedicado a las continuas intentonas de creación de una federación campesina de carácter libertario cuyo culmen sería la Federación Nacional de Obreros Agricultores (FNOA) que, terminaría integrándose en la central anarcosindicalista en 1919 y que tuvo escasamente 6 años de duración. Posteriormente, la CNT, no se ocupó de la cuestión agraria de una forma eficaz, y los campesinos llegaron a la Guerra Civil sin una federación propia capaz de unificar luchas y conseguir de ellas resultados válidos para el conjunto del estado español.

La primera intentona fue la Unión de Trabajadores del Campo (UTC) y duró desde 1872 hasta 1887. En el seno de la Federación de la Región Española, la sección bakuninista, cada vez que la legalidad se lo permitía, auspiciaba la creación de uniones de oficios (1872-73 y 1881-82) y, es de esta iniciativa de donde salió la UTC, que pretendió unificar en su seno a los trabajadores de la agricultura, la ganadería y la silvicultura. En una primera etapa, la UTC tuvo poca implantación en Andalucía: en el congreso celebrado en 1873 en Barcelona, la casi totalidad de las 41 localidades representadas pertenecían a las comarcas de la Cataluña litoral frente a las 4 andaluzas que, por otra parte, practicaban una agricultora cerealera y vitivinícola frente a la agricultura intensiva que se practicaba en levante. En adelante, los dirigentes de la UTC, con su conocimiento exclusivo de la agricultura levantina dificultaron la integración de los agricultores andaluces por no darles soluciones adecuadas a sus realidades. Y, tras varios fracasos, se optó por la independencia de acción local que imponía la clandestinidad alcanzada con el restablecimiento de la monarquía borbónica. Las organizaciones campesinas locales no tuvieron ocasión de volver a intentar federarse hasta la formación del primer gobierno liberal.

En 1881-1882, con la transformación de la FRE en FTRE, la UTC fue una de las primeras Uniones de Oficio en aparecer. Se estableció un consejo provisional en Ubrique en noviembre de 1881 y, el crecimiento de la UTC fue tal que en septiembre de 1882 tenía 20000 afiliados pertenecientes en su casi totalidad a la región andaluza y no a Cataluña como había ocurrido en la primera etapa.

Entretanto, desde el primer periodo, los anarquistas españoles habían discutido largamente, tanto en el plano nacional como en el internacional, acerca de la cuestión de la tierra, la controversia entre los que querían colectivizar la tierra y los que pretendían municipalizarla, se saldaría con la victoria de los primeros que creían que la revolución debía empezar por la insurrección y toma de poder a nivel local y la explotación colectiva de la tierra (municipalizada) compatible con la existencia de pequeños propietarios.

Tras la victoria de Sagasta, la UTC y, por tanto, la FTRE, optaron por la vuelta al tradeunionismo. Tal propuesta, buscaba mantener la influencia en Andalucía mediante uniones corporativas que buscaran únicamente la mejora de las condiciones de trabajo. Para ello, destacan iniciativas como la del contrato de aparcería que duraría 10 años siendo sus titulares las Sociedades Obreras (junio de 1883) sin embargo, estas propuestas no fueron tomadas en cuente en el seno de la UTC que, en su congreso de Valencia de octubre de 1883 se limitó a aconsejar a los trabajadores de la tierra que no aceptasen contratos de aparcería al menos que fuese colectivamente. (En este congreso solo había 5 de 152 delegados campesinos). El siguiente congreso de la UTC se decidió dejar para el siguiente la decisión en cuanto al contrato de aparcería y empezaron las discusiones entre partidarios y detractores del citado contrato. En el congreso celebrado en Montellano en abril de 1884, se optó finalmente por el contrato de aparcería para las sociedades obreras.

En septiembre de 1884, la FTRE dotó de total autonomía a sus secciones. Este fue el principio del fin de la UTC que se mantuvo inactiva hasta que en 1888 un grupo jerezano y otro de Alcalá (no se sabe cual) se propusieron reorganizarla. Ello se quedó solo en propuesta y, ni unos ni otros participaron en el siguiente intento reorganizador que tendría lugar tres años más tarde, cuando se reunieron en Córdoba una veintena de localidades andaluzas (a excepción de Córdoba) que, a pesar de la intención de unificar las luchas de los agricultores constituyó un fracaso y, con el tiempo, el fin de la UTC.

La siguiente intentona de organización campesina lo constituye la FNOA que se mantuvo activa desde su creación en 1913 hasta su integración definitiva en la CNT en 1919. Durante estos años, los campesinos buscaron crear una plataforma coherente de lucha. Pero la discordia acerca de la unificación salarial y el cambio de principios que supuso la no integración de este punto sembró la discordia entre los agricultores catalanes y andaluces. La disolución de la FNOA y su integración en la CNT supuso que los campesinos perdieran la posibilidad de unir luchas que se mantuvo hasta 1936.

Después de la dictadura de Primo de Rivera, en los congresos de la CNT se discutieron (aunque muchas veces de pasada) los temas de la agricultura (aunque es de destacar que los delegados agricultores se reunían por separado para discutir sus asuntos). Sin embargo, la importancia de ciertos temas (la lucha de poder entre treintistas y faistas, etc.) relegaron a un segundo plano la cuestión agraria. Aún así, se decidió formalizar una Federación Nacional Campesina (lo que, por otra parte, resultaba extraño en el seno de la CNT, que desde 1918, había optado por la creación de sindicatos únicos y de oficios varios que unían a todos los trabajadores de una localidad independientemente de su oficio y, en consecuencia, hacía innecesarias las federaciones de oficio), con sede en el tradicional bastión jerezano, que, como iba siendo habitual, quedó en suspenso y, se decidió crear una regional campesina andaluza que correría la misma suerte que sus integrantes tras la sublevación militar del 18 de julio.

En el último capítulo, por lo demás el más interesante, se trata en profundidad la evolución de los modelos de lucha efectuados por el campesinado andaluz en defensa de su dignidad.

El capítulo se inicia analizando la ocupación de tierras por los trabajadores que pretendían con ello poner en evidencia la existencia de grandes tierras inexplotadas en zonas donde había trabajadores rurales en paro (y que padecían unas condiciones de vida de las que ya hemos hablado). A continuación, el autor desmitifica el incendio provocado como acción de protesta y defiende que, aún existiendo incendios provocados en el campo andaluz, estos constituyen una realidad circunstancial y en ningún momento estructural dentro de los métodos de lucha de los campesinos ácratas que, por otra parte, si utilizaron la huelga en numerosísimas ocasiones. No haré una exposición pormenorizada de los periodos estudiados en la monografía por razones de espacio y pasaré en consecuencia a enumerar las conclusiones del autor del estudio:

  • El anarquismo andaluz aparece como expresión organizada del pequeño campesinado andaluz empobrecido por la penetración del capital en el agro andaluz y por la gran propiedad.

  • La permanencia de las estructuras arcaicas de la propiedad de la tierra (propiciadas por la unión de la nobleza terrateniente y la naciente burguesía agraria, que veía en esta unión una forma de ascenso social) favoreció el germen revolucionario en el campo andaluz, por otra parte decepcionado con los republicanos después del fracaso de su primera intentona antimonárquica.

  • La evolución es más compleja en las comarcas del Guadalquivir medio. Donde el anarquismo solo penetra cuando pasa de una actitud defensiva a la ofensiva de acción directa. Aquí, la organización anarquista es menos masiva que en la baja Andalucía y está más localizada en los pueblos en los que la nobleza terrateniente conservaba posiciones importantes.

  • El anarquismo andaluz encuentra pronto competencia en el socialismo y, más tarde en el comunismo.

  • La permanencia de un desarrollo fundamentado en la agricultura, las contradicciones entre los obreros del campo y de la ciudad se acentúan. Ello, tuvo efectos negativos en la solidaridad de los obreros industriales y los agrícolas. Y, ello, es causa de la tendencia a desgajarse que tuvo el anarquismo andaluz del extremismo urbano tendiendo el primero a encauzar sus prácticas hacia soluciones consttructivas.

  • No siempre el campesino anarquista tenía confianza ciega en sus dirigentes (hubo algunos que se vieron relegados de sus cargos con la agudización revolucionaria). Son raros los casos en los que los trabajadores del campo unen sus esfuerzos en los movimientos insurreccionales lanzados por el anarquismo urbano.

  • Al inscribirse en la estrategia a largo plazo, los dirigentes campesinos andaluces se opusieron a las corrientes más extremistas del anarquismo español y, ello fue causa del fracaso en la estructuración realmente eficaz de las luchas campesinas.

  • El proletariado agrícola andaluz oscila entre el marxismo y el anarquismo después de la victoria del Frente Popular.

  • En resumen; nos encontramos ante una obra de síntesis en la que se observa la evolución del movimiento libertario andaluz desde 1868 hasta 1936.

    Con El anarquismo andaluz, Jacques Maurice hace una aportación fundamental en la historia de Andalucía en la Edad Contemporánea, ya que el ideal libertario influyó de una manera determinante en las conciencias de un pueblo sometido que vio en él la solución definitiva al hambre de pan y tierra que acarreaba. Y, en este sentido, emprendió desde muy pronto una doble lucha:

    Por una parte, el proletariado anarquista andaluz, buscaba mejorar sus condiciones de trabajo mientras durase el sistema capitalista.

    Pero, si por una parte, se movió en el reformismo que desprende esa idea, por la otra, el anarquismo andaluz optó por soluciones constructivas en el sentido revolucionario del término hasta el punto de llegar a intentar tomar el poder en Casas Viejas en Enero de 1933 o de poner en marcha la socialización de la tierra después de la sublevación de 1936.

    En otro orden de cosas, hay que decir que con su libro, Jacques Maurice contribuye de una manera determinante a ampliar lo que sabemos de la Historia del movimiento obrero español, ya que, como se ha dicho antes, en cuanto a la historia del movimiento libertario, existe una tendencia hacia el catalanocentrismo que hace que sean pocos los historiadores que se hayan dedicado al otro bastión de la España libertaria.

    Por tanto, tendría que acabar diciendo que la obra de Jaques Maurice constituye un elemento importante para todo aquel que busque adentrarse en la historia social de Andalucía y, sobre todo en la historia del movimiento obrero español que, hasta ahora ha olvidado que en las regiones no industrializadas también hubo obreros que buscaron emanciparse mediante la organización.