El alquimista; Paulo Coelho

Literatura hispanoamericana contemporánea del siglo XX. Narrativa. Novela. Auto-ayuda. Argumento

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EL ALQUIMISTA

Resumen.

El muchacho se llamaba Santiago. Comenzaba a oscurecer cuando llegó con su rebaño frente a una vieja iglesia abandonada. Decidió pasar la noche allí. Cubrió el suelo con su chaqueta y se acostó, usando como almohada el libro que acababa de leer.

Aún estaba oscuro cuando despertó. Miró hacia arriba y vio que las estrellas brillaban a través del techo semidestruido.

“Quería dormir un poco más”, pensó. Había tenido el mismo sueño que la semana pasada y otra vez se había despertado antes del final.

Se levantó y tomó un trago devino. Después cogió el cayado y empezó a despertar a las ovejas que aún dormían. Siempre había creído que las ovejas eran capaces de entender lo que él les hablaba. Por eso acostumbraba a veces a leerles los trechos de los libros que le habían gustado.

En los dos últimos días, no obstante, su tema había sido prácticamente uno solo: la niña, hija del comerciante, que vivía en la ciudad a donde llegarían dentro de cuatro días. Sólo había estado una vez allí, el año anterior. El comerciante era dueño de una tienda de tejidos y le gustaba ver siempre a las ovejas esquiladas en su presencia, para evitar falsificaciones. Un amigo le había indicado la tienda, y el pastor había llevado sus ovejas allí.

“Necesito vender lana”, le dijo al comerciante.

La tienda de hombre estaba llena, y el comerciante pidió al pastor que esperase hasta el atardecer. Él se sentó en la acera frente a la tienda y sacó un libro de su alforja.

-No sabía que los pastores fueran capaces de leer libros -dijo una voz femenina a su lado.

Era una joven típica de la región de Andalucía, con sus cabellos negros lisos y ojos que recordaban vagamente a los antiguos conquistadores moros.

Se quedaron conversando durante más de dos horas. Ella le contó que era hija del comerciante y habló de la vida en la aldea, donde cada día era igual al otro. El pastor le habló sobre los campos de Andalucía y sobre las últimas novedades que había visto en las ciudades que visitó. Estaba contento por no tener que conversar siempre con las ovejas.

-¿Cómo aprendiste a leer? -le preguntó la moza, en cierto momento.

-Como todo el mundo -respondió el chico-. En la escuela.

-¿Y si sabes leer, por qué eres sólo un pastor?

El muchacho dio una disculpa cualquiera para no responder aquella pregunta. A medida que el tiempo fue pasando, el muchacho comenzó a desear que aquel día no acabase nunca, que el padre de la joven siguiera ocupado mucho tiempo y que le mandase a esperar tres días. Se dio cuenta de que estaba sintiendo algo que nunca había sentido antes: las ganas de quedarse viviendo en una ciudad para siempre. Con la niña de cabellos negros, los días nunca sería iguales.

Pero el comerciante finalmente llegó y le mandó esquilar cuatro ovejas. Después le pagó lo estipulado y le pidió que volviera al año siguiente.

Ahora faltaban apenas cuatro días para llegar nuevamente a la misma aldea.

En dos años de recorrido por las planicies de Andalucía, él ya se conocía de memoria todas las ciudades de la región, y ésta era la gran razón de su vida: viajar. Estaba pensando en explicar esta vez a la chica por qué un simple pastor sabe leer: había estado hasta los dieciséis años en un seminario. Sus padres querían que él fuese cura, motivo de orgullo para una simple familia campesina que trabaja apenas para comida y agua, como sus ovejas. Estudió latín, español y teología. Pero desde niño soñaba con conocer el mundo, y esto era mucho más importante que conocer a Dios, y los pecados de los hombres. Cierta tarde, al visitar a su familia, había tomado coraje y había dicho a su padre que no quería ser cura. Quería viajar.

-Hombres de todo el mundo ya pasaron por esta aldea, hijo -dijo el padre-. Vienen en busca de cosas nuevas, pero continúan siendo las misas personas. Van hasta la colina para conocer el castillo y creen que el pasado era mejor que el presente. Pueden tener los cabellos rubios o la piel oscura, pero son iguales a los hombres de nuestra aldea.

-Pero no conozco los castillos de las tierras de donde vienen -replico el muchacho.

-Estos hombres, cuando conocen nuestros campos y a nuestras mujeres, dice que les gustaría vivir siempre aquí -continuó el padre.

-Quiero conocer a las mujeres y a las tierras de donde ellos vienen -dijo el chico- porque ellos nunca se quedaron aquí.

-Los hombres traen el bolso lleno de dinero -dijo otra vez el padre-. Entre nosotros, sólo los pastores viajan.

-Entonces seré pastor.

El padre no dijo nada más. Al día siguiente, le dio una bolsa con tres antiguas monedas de oro españolas.

-Las encontré un día en el campo. Iban a ser tu dote para la Iglesia. Compra tu rebaño y recorre el mundo hasta aprender que nuestro castillo es el más importante y que nuestras mujeres son las más bellas.

Y lo bendijo. En los ojos del padre él leyó también el deseo de recorrer el mundo. Un deseo que aún persistía, a pesar de las decenas de años que había intentado sepultarlo con agua, comida y el mismo lugar para dormir todas las noches.

El horizonte se tiñó de rojo, y después apareció el sol. El muchacho recordó la conversación con el padre y se sintió alegre; ya había conocido muchos castillos y muchas mujeres (aunque ninguna igual a aquella que lo esperaba dentro de dos días). Lo más importante, sin embargo, era que cada día realizaba el gran sueño de su vida: viajar. Cuando se cansara de los campos de Andalucía podía vender sus ovejas y hacerse marinero. Cuando se cansara del mar, habría conocido muchas ciudades, muchas mujeres y muchas oportunidades de ser feliz.

“No entiendo cómo buscan a Dios en el seminario”, pensó, mientras miraba al sol que nacía. Siempre que le era posible buscaba un camino diferente para recorrer. Miró al cielo y calculó que llegaría a Tarifa antes de la hora del almuerzo. Allí podría cambiar su libro por otro más voluminoso, llenar su bota de vino y afeitarse y cortarse el pelo; tenía que estar bien para encontrar a la chica y no quería pensar en la posibilidad de que otro pastor hubiera llegado antes que él, con más ovejas, para pedir su mano.

“Es justamente la posibilidad de realizar un sueño lo que torna la vida interesante”, reflexionó, mientras miraba nuevamente al cielo y apretaba el paso. Acababa de acordarse de que en Tarifa vivía una vieja capaz de interpretar los sueños. Y él había tenido un sueño repetido aquella noche.

La vieja condujo al muchacho hasta un cuarto en el fondo de la casa, separado de la sala por una cortina hecha con tiras de plástico de varios colores. Dentro de él había una mesa, una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y dos sillas.

La vieja se sentó y le pidió que hiciese lo mismo. Después le cogió las manos y empezó a rezar en voz baja.

Parecía un rezo gitano. La gente decía que su vida consistía siempre en engañar a los demás; también decían que tenían pacto don los demonios, y que raptaban criaturas para tenerlas como esclavas en sus misteriosos campamentos.

“Pero tiene la imagen de Sagrado Corazón de Jesús”, pensó, procurando calmarse. No quería que sus manos empezaran a temblar y la vieja percibiese su miedo. Rezó un padrenuestro en silencio.

-Qué interesante -dijo la vieja, sin quitar los ojos de la mano del muchacho. Y se volvió a quedar callada.

-No vine aquí para leer las manos -dijo, ya arrepentido de haber entrado en aquella casa. Pensó por un momento que era mejor pagar la consulta e irse de allí sin saber nada. Le estaba dando demasiada importancia a un sueño repetido.

-Viniste a saber de sueños -respondió la vieja-. Y los sueños son el lenguaje de Dios. Cuando Él habla el lenguaje del mundo, yo puedo interpretarlo. Pero si habla el lenguaje de tu alma, solo tú mismo podrás entenderlo. Y te voy a cobrar la consulta de cualquier manera.

“Otro truco”, pensó el muchacho. Sin embargo, decidió arriesgarse. Un pastor corre siempre el riesgo: de los lobos o de la sequía, y esto es lo que hace más excitante la profesión de pastor.

-Tuve el mismo sueño dos veces seguidas -dijo-. Soñé que estaba en un prado con mis ovejas cuando aparecía un niño y empezaba a jugar con los animales. No me gusta que se metan con mis ovejas, porque se asustan de los extraños. Pero los niños siempre consiguen tocar a los animales sin que ellos se asusten. No sé por qué. No sé cómo los animales pueden saber la edad de los seres humanos.

-El niño seguía jugando con las ovejas durante algún tiempo -continuó el muchacho, un poco presionado- y de repente me cogía de la mano y me llevaba hasta las Pirámides de Egipto.

El chico esperó un poco para ver si la vieja sabía lo que eran las Pirámides de Egipto. Pero la vieja continuó callada.

-Entonces, en las Pirámides de Egipto -él pronunció las tres últimas palabras lentamente, para que la vieja pudiera entender bien- el niño me decía : “Si vienes hasta aquí encontrarás un tesoro escondido”. Y cuando iba a mostrarme el lugar exacto, me desperté. Las dos veces.

-No voy a cobrarte nada ahora -dijo la vieja-. Pero quiero una décima parte del tesoro si lo encuentras.

El muchacho rió, feliz. ¡Iba a ahorrar el poco dinero que tenía por causa de un sueño que hablaba de tesoros escondidos!

-Entonces interpreta el sueño -le pidió.

-Antes jura. Júrame que me vas a dar la décima parte de tu tesoro a cambio de lo que voy a decirte.

El chico juró.

-Es un sueño del Lenguaje del Mundo -dijo ella-. Puedo interpretarlo, aunque es una interpretación muy difícil. Por eso creo que merezco mi parte en tu hallazgo. He aquí la interpretación: tienes que ir hasta las Pirámides de Egipto. Nunca oí hablar de ellas, pero si fue un niño el que te las mostró es porque existen. Allí encontrarás un tesoro que te hará rico.

El muchacho quedó sorprendido y después irritado. No necesitaba haber buscado a la vieja para esto. Finalmente recordó que no iba a pagar nada.

-Para esto no necesitaba haber perdido mi tiempo -dijo.

-Por esto te dije que tu sueño era difícil. Las cosas simples son las más extraordinarias, y sólo los sabios consiguen verlas. Ya que no soy una sabia, tengo que conocer otras artes, como la lectura de las manos.

-¿Y cómo voy a llegar hasta Egipto?

-Yo sólo interpreto los sueños. No sé transformarlos en realidad. Por eso tengo que vivir de lo que mis hijas de dan.

-¿Y si no llego hasta Egipto?

-Me quedo sin cobrar. No será la primera vez.

Y la vieja no dijo nada más. Le pidió al muchacho que se fuera, porque ya había perdido mucho tiempo con él.

El muchacho salió decepcionado y decidido a nunca más creer en sueños. Se acordó que tenía varias cosas que hacer: fue al colmado a comprar algo de comida, cambió su libro por otro más grueso, y se sentó en un banco de la plaza para saborear el nuevo vino que había comprado. Las ovejas estaban en la entrada de la ciudad, en el establo de un nuevo amigo suyo. Conocía a mucha gente por aquellas zonas, y por eso le gustaba viajar. Uno siempre acaba haciendo amigos nuevos y no es necesario quedarse con ellos día tras día. Cuando vemos siempre a las mismas personas (y esto pasaba en el seminario) terminamos haciendo que pasen a formar parte de nuestras vidas. Y como ellas forman parte de las nuestras vidas, pasan también a querer modificar nuestras vidas. Y si no somos como ellas esperan que seamos, se molestan. Porque todas las personas saben exactamente cómo debemos vivir nuestra vida.

Y nunca tienen idea de cómo debe vivir sus propias vidas.

Empezó a leer el libro que había conseguido con el cura de Tarifa. Era un libro grande, que hablaba de un entierro ya desde la primera página. Además, los nombres de los personajes eran complicadísimos.

Cuando consiguió concentrarse un poco en la lectura un viejo se sentó a su lado y empezó a buscar conversación.

-¿Qué están haciendo? -preguntó el viejo, señalando a las personas de la plaza.

-Trabajando -respondió el muchacho secamente, y volvió a fingir que estaba concentrado en la lectura. Y volvió a fingir que estaba concentrado en la lectura. En verdad estaba pensando en esquilar las ovejas ante la hija del comerciante, para que ella viera cómo era capaz de hacer cosas interesantes.

El viejo sin embargo, insistió. Explicó que estaba cansado, con sed, y le pidió un trago de vino. El muchacho le ofreció su botella; quizás así se callaría.

Pero el viejo quería conversar de cualquier manera. Le preguntó qué libro estaba leyendo. Él pensó en ser descortés y cambiarse de banco, pero su padre le había enseñado a respetar a los ancianos. Entonces ofreció el libro al viejo por dos razones: la primera es que no sabía pronunciar el título; y la segunda que, si el viejo no supiera leer, sería él quien se cambiaría de banco para no sentirse humillado.

-Humm... -dijo el viejo, inspeccionando el volumen por todos lados, como si fuese un objeto extraño-. Es un libro importante, pero es muy aburrido.

El muchacho quedó sorprendido. El viejo también leía, y además ya había leído aquel libro. Y si era aburrido, como él decía, aún tendría tiempo de cambiarlo por otro.

-Es un libro que habla de lo que casi todos los libros hablan -continuó el viejo-. De la incapacidad que las personas tienen de escoger su propio destino. Y terminan haciendo que todo el mundo crea la mayor mentira del mundo.

-¿Cuál es la mayor mentira del mundo? -indagó, sorprendido, el muchacho.

-Es ésta: en un determinado momento de nuestra existencia, perdemos el control de nuestras vidas, y ellas pasan a ser gobernadas por el destino. Ésta es la mayor mentira dl mundo.

-Conmigo no sucedió esto -dijo el muchacho-. Querían que yo fuese cura, pero yo decidí ser pastor.

-Así es mejor -dijo el viejo- porque te gusta viajar.

“Ha adivinado mi pensamiento”, reflexionó el chico. El viejo, mientras tanto, hojeaba el grueso libro sin la menor intención de devolverlo. El muchacho notó que él vestía una ropa extraña; parecía un árabe, lo que no es raro en aquella región. África quedaba a pocas horas de Tarifa; sólo había que cruzar el pequeño estrecho en un barco. Muchas veces aparecían árabes en la ciudad, haciendo compras y rezando oraciones extrañas varias veces al día.

-¿De dónde es usted? -preguntó.

-De muchas partes.

-Nadie puede ser de muchas partes -dijo el muchacho-. Yo soy un pastor y estoy en muchas partes pero soy de un único lugar, de una ciudad cercana a un castillo antiguo.

-Entonces podemos decir que yo nací en Salem.

El muchacho no sabía dónde estaba Salem, pero no quiso preguntarlos para no sentirse humillado con la propia ignorancia.

-¿Cómo está Salem? -preguntó, buscando alguna pista.

-Como siempre.

-¿Y qué hace usted en Salem? -insistió.

-¿Que qué hago en Salem? -el viejo por primera vez soltó una buena carcajada.

-¡Vamos! ¡Yo soy el rey de Salem!

La gente dice muchas cosas raras, pensó el muchacho. A veces es mejor estar con las ovejas, que son calladas y se limitan a buscar alimento y agua.

-Mi nombre es Melquisedec -dijo el viejo-. ¿Cuántas ovejas tienes?

-Las suficientes -respondió el muchacho. El viejo estaba queriendo saber demasiado sobre su vida.

-Entonces estamos ante un problema. No puedo ayudarte mientras tú encuentras que tienes las ovejas suficientes.

El muchacho se irritó. No había pedido ayuda. Era el viejo quien había pedido vino, conversación y el libro.

-Devuélvame el libro -dijo-. Tengo que ir a buscar mis ovejas y seguir adelante.

-Dame un décimo de tus ovejas -dijo el viejo- y yo te enseñaré cómo llegar hasta el tesoro escondido.

El chico volvió entonces a acordarse del sueño y de repente todo se hizo claro. La vieja no le había cobrado nada pero el viejo -que quizá fuese su marido- iba a conseguir arrancarle mucho más dinero a cambio de una información inexistente. El viejo debía ser gitano también.

Antes de que el muchacho dijese nada, sin embargo, el viejo se inclinó, cogió una rama, y comenzó a escribir en la arena de la plaza. Cuando se inclinaba, se vio alguna cosa brillar dentro de su pecho, con tanta intensidad que casi cegó al muchacho. Pero en un movimiento excesivamente rápido para alguien de su edad, volvió a cubrir el brillo con el manto. Los ojos del muchacho recobraron su normalidad y pudo ver lo que el viejo estaba escribiendo.

En la arena de la plaza principal de la pequeña ciudad, él leyó el nombre de su padre y de su madre. Leyó la historia de su vida hasta aquel momento, los juegos de u infancia, las noches frías del seminario. Leyó el nombre de la hija del comerciante, que ignoraba. Leyó cosas que jamás había contado a nadie, como el día en que robó el arma de su padre para matar venados, o su primera y solitaria experiencia sexual.

“Soy el rey de Salem”, había dicho el viejo.

-¿Por qué un viejo rey conversa con un pastor? -preguntó el muchacho, avergonzado y admiradísimo.

-Existen varias razones. Pero la más importante es que tú has sido capaz de cumplir tu Leyenda Personal.

El muchacho no sabía lo que era la Leyenda Personal.

-Es aquello que siempre deseaste hacer. Todas las personas, al comienzo de su juventud, saben cuál es su Leyenda Personal. En ese momento de la juventud todo es claro, todo es posible, y ellas no tienen miedo de soñar y desear todo aquello que les gustaría hacer en sus vidas. No obstante, a medida que el tiempo va pasando, una misteriosa fuerza trata de convencerlas de que es imposible realizar la Leyenda Personal.

Lo que el viejo estaba diciendo no tenía mucho sentido para el muchacho, pero él quería saber lo que eran esas “fuerzas misteriosas”; la hija del comerciante se quedaría boquiabierta con esto.

-Son fuerzas que parecen malas, pero en verdad te están enseñando cómo realizar tu Leyenda Personal. Están preparando tu espíritu y tu voluntad, porque existe una gran verdad en este planeta; seas quien seas o hagas lo que hagas, cuando deseas con firmeza alguna cosa, es porque este deseo nació en el alma del Universo. Es tu misión en la Tierra.

-¿Aunque sólo sea viajar? ¿O casarse con la hija de un comerciante de tejidos?

-O buscar un tesoro, El Alma del Mundo es alimentada por la felicidad de las personas. O por la infelicidad, la envidia, los celos. Cumplir su leyenda personal es la única obligación de los hombres. Todo es una sola cosa. Y cuando quieres alguna cosa, todo el Universo conspira para que realices tu deseo.

Durante algún tiempo permanecieron silenciosos, contemplando la plaza y la gente. Fue el viejo quien habló primero.

-¿Por qué cuidas ovejas?

-Porque me gusta viajar.

Él señaló a un vendedor de palomitas de maíz que, con su carrito rojo, estaba en un lado de la plaza.

-Aquel vendedor también deseó viajar, cuando era niño: pero prefirió comprar un carrito para vender sus palomitas y así juntar dinero durante años. Cuando sea viejo, proyecta parar un mes en África. Jamás entendió que la gente siempre está en condiciones de realizar lo que sueña.

-Debía haber elegido ser pastor -pensó en voz alta el muchacho.

-Lo pensó -dijo el viejo-. Pero los vendedores de palomitas de maíz son más importantes que los pastores. Tienen una casa, mientras que los pastores duermen a la intemperie.

-En fin, que lo que las personas piensan sobre vendedores de palomitas y pastores pasa a ser más importante para ellas que la Leyenda Personal.

-¿Por qué hablas de todo esto conmigo?

-Porque tú intentas vivir tu Leyenda Personal. Y estás a punto de desistir de ella.

-¿Y tú apareces siempre a estas horas?

-No siempre de esta forma, pero jamás dejé de aparecer. A veces aparezco bajo la forma de una buena salida, de una buena idea. Otras veces, en un momento crucial, hago que todo se vuelva más fácil. Y cosas así. Pero la mayor parte de la gente no se da cuanta.

El viejo le contó que la semana pasada había tenido que aparecer ante un “garimpeiro” (buscador de oro y piedras preciosas) bajo la forma de una piedra. El garimpeiro había dejado todo par partir en busca de esmeraldas. Durante cinco años trabajó en un río, y había partido 999,999 piedras en busca de una esmeralda. En ese momento el garimpeiro pensó en desistir, y sólo le faltaba un piedra, solamente UNA PIEDRA para descubrir su esmeralda. Como él había sido un hombre que había apostado por su Leyenda Personal, el viejo decidió intervenir. Se transformo en una piedra, que rodó sobre el pie del garimpeiro. Éste, con la rabia y la frustración de los cinco años perdidos, arrojó la piedra lejos. Pero la arrojó con tanta fuerza que se golpeó contra otra y se rompió, mostrando la esmeralda más bella del mundo.

-Las personas aprenden muy pronto su razón de vivir -dijo el viejo, con una cierta amargura en los ojos-. Tal vez sea por eso que desisten tan pronto también. Pero así es el mundo.

Entonces el muchacho se acordó de que aquella conversación había empezado con el tesoro escondido.

-Los tesoros son levantados de la tierra por los torrentes de agua, y enterrados también por ellos -dijo el viejo-. Si quieres saber sobre tu tesoro, tendrás que cederme la décima parte de tus ovejas.

-¿Y no sirve una décima parte del tesoro?

El viejo se decepcionó:

-Si empiezas por prometer lo que aún no tienes perderás tu voluntad para conseguirlo.

El muchacho le contó que había prometido un décimo a la gitana.

-Los gitanos son muy pillos -suspiró el viejo-. De cualquier manera, es bueno que aprendas que todo en la vida tiene un precio. Y esto es lo que los Guerreros de la Luz intentan enseñar.

El viejo devolvió el libro al muchacho.

-Mañana, a esta misma hora, me traes aquí una décima parte de tus ovejas. Y yo te enseñaré cómo conseguir el tesoro escondido. Buenas tardes.

Y desapareció por una de las esquinas de la plaza.

Decidió volver al establo de su amigo por el camino más largo. La ciudad también tenía un castillo, y él resolvió subir la rampa de piedra y sentarse en una de sus murallas. Desde allí arriba se podía ver África. Alguien le había explicado cierta vez que por allí llegaron los moros, que ocuparon durante tantos años casi toda España. El muchacho detestaba a los moros. Eran ellos los que habían traído a los gitanos.

Desde allí podía ver también casi toda la ciudad, inclusive la plaza donde había conversado con el viejo.

Un viento comenzó a soplar. Él conocía aquel viento: las personas lo llamaban Levante, porque con este viento llegaron también las hordas de infieles.

El Levante comenzó a soplar más fuerte. “Estoy entre las ovejas y el tesoro”, pensaba el muchacho. Tenía que decidirse entre una cosa a al que se le había acostumbrado y una cosa que le gustaría tener. Estaba la hija del comerciante, pero ella no era tan importante como las ovejas, porque no dependía de él. Hasta era posible que ni se acordara de él.

“Yo abandoné a mi padre, a mi madre y al castillo de mi ciudad. Ellos se acostumbraron y yo me acostumbré. Las ovejas también se acostumbrarán a mi ausencia”, pensó el muchacho.

El muchacho comenzó a envidiar la libertad del viento, y percibió que podría ser como él. Nada se lo impedía, excepto él mismo. Las ovejas, la hija del comerciante, los campos de Andalucía, eran apenas los pasos de su Leyenda Personal.

Al día siguiente, el muchacho se encontró con el viejo, al mediodía. Traía seis ovejas consigo.

-Estoy sorprendido -dijo-. Mi amigo compró inmediatamente las ovejas. Dijo que toda su vida había soñado con ser pastor, y que esto era una buena señal.

-Es siempre así -dijo el viejo-. Le llamamos le Principio Favorable. Si vas a jugar a las cartas por primera vez, verás que casi con seguridad ganarás. Es suerte de principiante.

-¿Y por qué?

-porque la vida quiere que tú vivas tu Leyenda Personal.

Después comenzó a examinar a las seis ovejas y descubrió que una de ellas cojeaba. El muchacho le explicó que esto no tenía importancia porque era la más inteligente, y producía bastante lana.

-¿Dónde está el tesoro? -preguntó.

-El tesoro está en Egipto, cerca de las Pirámides.

El muchacho se asustó. La vieja había dicho lo mismo, pero no había cobrado nada.

-Para llegar hasta él, tendrás que seguir las señales.

Dios escribió en el mundo el camino que cada hombre debe seguir. Sólo hay que leer lo que Él escribió para ti.

Antes de que el muchacho dijera nada, una mariposa comenzó a revolotear entre él y el viejo. Se acordó de su abuelo: cuando era pequeño, su abuelo le había dicho que las mariposas son señal de buena suerte.

-Esto -dijo el viejo, que era capaz de leer sus pensamientos-. Exactamente como tu abuelo te enseñó, Éstas son las señales.

Después el viejo abrió el manto que le cubría el pecho. El muchacho quedó impresionado con lo que vio, y recordó el brillo que había notado el día anterior. El viejo tenía un pectoral de oro macizo, cubierto de piedras preciosas.

Era realmente un rey. Debía de ir disfrazado así para huir de los asaltantes.

-Toma -dijo el viejo, sacando una piedra blanca y una piedra negra que estaban sujetas en el centro del pectoral de oro-. Se llaman Urim y Tumim. La negra quiere decir “sí” y la blanca quiere decir “no”. Cuando tengas dificultad para percibir las señales, te serán de utilidad. Hazles siempre una pregunta objetiva. Pero en general procura tomar tú las decisiones. El tesoro está en las Pirámides y esto tú ya lo sabías; pero tuviste que pagar seis ovejas porque yo te ayudé a tomar una decisión.

El muchacho se guardó las piedras en la alforja. De ahora en adelante, tomaría sus propias decisiones.

-No te olvides de que todo es una sola cosa. Y sobre todo, no te olvides de llegar hasta el fin de tu Leyenda Personal.

El viejo miró al muchacho y con las dos manos extendidas hizo algunos gestos extraños sobre su cabeza. Después, cogió las ovejas y siguió su camino.

Melquisedec contempló al pequeño barco que estaba zarpando del puerto. Nunca más volvería a ver al muchacho, del mismo modo que jamás volvió a ver a Abraham, después de haberle cobrado el diezmo. No obstante, ésta era su obra.

Los dioses no deben tener deseos, porque los dioses no tienen Leyenda Personal. Sin embargo, el Rey de Salem deseó íntimamente que el muchacho tuviera éxito.

“¡Qué extraña es África!”, pensó el muchacho.

Estaba sentado en una especia de bar igual a otros bares que había encontrado en las callejuelas estrechas de la ciudad. Algunas personas fumaban una pipa gigante, que era pasada de boca en boca. En pocas horas había visto a hombres cogidos de la mano, mujeres con el rostro cubierto y sacerdotes que subían a altas torres y comenzaban a cantar, mientras todos a su alrededor se arrodillaban y golpeaban la cabeza contra el suelo.

Además de eso, con las prisas de viajar, se había olvidado de un detalle, un único detalle que podía alejarlo de su tesoro por mucho tiempo: en aquel país todos hablaban árabe.

El dueño del bar se aproximó y el muchacho le señaló una bebida que había sido servida en otra mesa.

La venta de las ovejas lo había dejado con bastante dinero en el bolso, y el muchacho sabía que el dinero era mágico: con él jamás nadie está solo. Dentro de poco, quizás en algunos días, estaría junto a las Pirámides. Un viejo con todo aquel oro en el pecho no tenía necesidad de mentir para obtener seis ovejas.

El viejo le había hablado de señales. Mientras atravesaba el mar, había estado pensando en las señales. Sí, sabía a qué se refería: durante el tiempo en que estuvo en los campos de Andalucía se había acostumbrado a leer en la tierra y en los cielos las condiciones del camino que debía seguir.

“Si Dios conduce tan bien a las ovejas, también conducirá al hombre”, reflexionó, y se quedó más tranquilo.

-¿Quién eres? -oyó que le preguntaba una voz en español.

El muchacho se sintió inmensamente aliviado. Estaba pensando en señales y alguien había aparecido.

-¿Cómo es que hablas español? -preguntó.

El recién llegado era un hombre joven vestido a la manera de los occidentales, pero el color de su piel indicaba que debía de ser de aquella ciudad. Tendría más o menos su misma altura y edad.

-Casi todo el mundo aquí habla español. Estamos sólo a dos horas de España.

-Siéntate y pide algo por mi cuenta -dijo el muchacho-. Y pide un vino para mí.

-No hay vino en este país -dijo el recién llegado-. La religión no lo permite.

El muchacho le explicó entonces que tenía que llegar a las Pirámides. Estuvo a punto de hablarle del tesoro, pero decidió callarse.

-Me gustaría que me llevaras hasta allí, si es posible. Puedo pagarte como guía.

-¿Tú tienes alguna idea de cómo llegar?

-Hay que atravesar todo el desierto del Sahara -dijo el recién llegado- y para eso se necesite dinero. Quiero saber si tienes el dinero suficiente.

El muchacho encontró extraña la pregunta. Pero confiaba en el viejo, y el viejo le había dicho que cuando se quiere alguna cosa, el Universo siempre conspira a favor.

Sacó su dinero del bolsillo y se lo mostró al recién llegado. El dueño del bar se acercó y miró también. Los dos intercambiaron algunas palabras en árabe. El dueño del bar parecía irritado.

-Podemos llegar mañana a las Pirámides -dijo el otro, cogiendo el dinero-. Pero necesito comprar dos camellos.

Salieron andando por las estrechas calles de Tánger. En todas las esquinas habían puestos de cosas para vender. Llegaron por fin al medio de una gran plaza, donde funcionaba el mercado. Pero el muchacho no sacaba los ojos de su nuevo amigo. Al fin y al cabo, tenía todo su dinero en las manos. Pensó en pedir que se lo devolviera, pero temió ser descortés. Él no conocía las costumbres de las tierras extrañas que estaban pisando.

“Es suficiente con vigilarlo”, se dijo a sí mismo.

De repente, en medio de toda aquella confusión, apareció la espada más hermosa que jamás viera en su vida: la vaina era plateada y el cabo negro, con piedras incrustadas.

-Pregunta al dueño cuánto cuesta -pidió al amigo. Pero se dio cuenta de que se había quedado dos segundos distraído, mirándola.

Sintió el corazón comprimido, como si todo se pecho se hubiera encogido de repente. Tuvo miedo de mirar a su lado, porque sabía lo que iba a encontrar. Sus ojos continuaron fijos en la hermosa espada algunos momentos más hasta que tomó el valor suficiente y se dio vuelta.

A su alrededor, el mercado, las personas yendo y viniendo, gritando y comprando, las alfombras mezcladas con avellanas, las lechugas junto a monedas de cobre, los hombres cogidos de la mano por las calles, las mujeres con velo, el olor a comida extraña, pero en ninguna parte, absoluta y definitivamente en ninguna parte, el rostro de su compañero.

El muchacho aún quiso pensar que se habían perdido momentáneamente. Resolvió quedarse allí mismo, esperando a que el otro volviera. Poco tiempo después, un individuo subió a una de aquellas torres y comenzó a cantar; todos se arrodillaron, golpearon sus cabezas contra el suelo y cantaron también. Después, como un ejercito de hormigas trabajadores, deshicieron los puestos de venta y se marcharon.

Le daba vergüenza llorar. Jamás había llorado delante de sus propias ovejas. Peor el mercado estaba vacío y él estaba lejos de la patria.

El muchacho lloró. Lloró porque Dios era injusto, y retribuía de esta forma a las personas que creían en sus propios sueños. “Cuando yo estaba con las ovejas era feliz, e irradiaba siempre de felicidad a mi alrededor. Las personas me veían llegar y me recibían bien. Pero ahora estoy triste e infeliz. ¿Qué haré? Voy a ser más duro y no confiaré más en las personas, porque una de ellas me traicionó. Voy a odiar a los que encontraron tesoros escondidos, porque yo no encontré el mío. Y siempre procuraré conservar lo poco que tengo porque soy demasiado pequeño para abarcar al mundo”.

Ahora también entendía la desesperación del dueño del bar; estaba intentando avisarle que no confiara en aquel hombre. “Soy como todas las personas: veo el mundo tal como desearía que sucedieran las cosas, y no como realmente suceden”.

Estaba allí en un mercado vacío, sin un centavo en el bolsillo y sin ovejas para guardar aquella noche. Pero las piedras eral la prueba de que había encontrado a un rey, un rey que sabía su historia, sabía acerca del arma de su padre y de su primera experiencia sexual.

“Las piedras sirven para la adivinación. Se llaman Urim y Tumim”. El muchacho colocó de nuevo las piedras dentro del saco y decidió hacer la prueba. El viejo le había dicho que formulara preguntas claras, porque las piedras sólo servía para quien sabe lo que quiere.

El muchacho preguntó entonces si la bendición del viejo continuaba aún con él.

Sacó una de las piedras. Era “sí”.

-¿Voy a encontrar mi tesoro?

Metió la mano en el saco para coger una piedra cuando ambas se escurrieron por un agujero en la tela. El muchacho nunca se había dado cuenta de que su alforja estuviera rota. Se inclinó para recoger a Urim y Tumim y colocarlas otra vez dentro del saco. Al verlas en el suelo, sin embargo, otra frase surgió en su cabeza.

“Aprende a respetar y a seguir las señales”, le había dicho el viejo rey.

Una señal, el chico se rió. Después recogió las dos piedras del suelo y las volvió a colocar en la alforja. No pensaba cocer el agujero: las piedras podrían escaparse por allí siempre que quisieran. Él había entendido que no se deben preguntar ciertas cosas para no huir del propio destino. “Prometí tomar mis propias decisiones”, se dijo a sí mismo. Sintió de repente que él podía contemplar el mundo como la pobre víctima de un ladrón o como un aventurero en busca de un tesoro.

“Soy un aventurero en busca de un tesoro”, pensó, antes de que un inmenso cansancio lo hiciese caer dormido.

Lo despertó un hombre golpeándolo con el codo. Se había dormido en medio del mercado y la vida de aquella plaza estaba a punto de recomenzar.

Comenzó a andar sin prisa por la plaza. Los comerciantes levantaban sus tenderetes; ayudó a un pastelero a montar el suyo. Había una sonrisa diferente en el rostro de aquel pastelero: estaba alegre, despierto ante la vida, listo para comenzar un buen día de trabajo.

“Este pastelero no está haciendo dulces porque quiera viajar, o porque se quiera casar con la hija de un comerciante. Este pastelero hace dulces porque le gusta hacerlos”, pensó el muchacho, y notó que podía hacer lo mismo que el viejo: saber si una persona está próxima o distante de su Leyenda Personal, sólo con mirarla. “Es fácil, yo nunca me había dado cuenta de esto”.

Cuando acabaron de montar en tenderete, el pastelero le ofreció el primer dulce que había hecho. El muchacho lo comió, lo agradeció y siguió su camino. Cuando ya estaba un poco alejado, se acordó de que el puesto había sido montado por una persona que habla árabe y otra español. Y se habían entendido perfectamente.

“Existe un lenguaje que va más allá de las palabras -pensó el muchacho-. Ya sentí esto con mis ovejas, y ahora lo estoy practicando con los hombres”.

El mercader de cristales vio nacer el día sintió la misma angustia que experimentaba todas las mañanas. Llevaba casi treinta años en aquel mismo lugar, una tienda en lo alto de una ladera, donde raramente pasaba un comprador. Ahora era tarde para cambiar nada: lo único que sabía hacer en la vida era comprar y vender cristales. Hubo un tiempo en que mucha gente conocía su tienda: mercaderes árabes, geólogos franceses e ingleses, soldados alemanes, siempre con dinero en el bolsillo. En aquella época era una gran aventura vender cristales y él pensaba que se haría rico, y tendría hermosas mujeres en su vejez.

Pero después el tiempo fue pasando, y la ciudad también. Ceuta creció más que Tánger y el comercio cambió de rumbo. Los vecinos se mudaron, y en la ladera quedaron muy pocas tiendas. Y nadie iba a subir una ladera por causa de unas pocas tiendas.

Durante toda la mañana se pasó mirando el movimiento de la calle. Hacía aquello desde años atrás, y ya conocía el horario de cada persona, cuando faltaban algunos minutos para el almuerzo, un muchacho extranjero se paró delante de su vitrina. Iba vestido normalmente, pero los ojos experimentados del Mercader de Cristales concluyeron que no tenía dinero. Aún así decidió esperar unos momentos, hasta que el muchacho se fuera.

Había un cartel en la puerta diciendo que allí se hablaban varias lenguas. El muchacho vio a un hombre aparecer tras el mostrador.

-Puedo limpiar estos jarros, si usted quiere -dijo el chico-. Tal como están ahora, nadie va a querer comprarlos.

El hombre lo miró sin decir nada.

-A cambio, usted me paga un plato de comida.

El hombre continuó en silencio, y el chico sintió que tenia que tomar una decisión. Dentro de su alforja tenia la chaqueta, que no iba a necesitar más en el desierto. La sacó y comenz6 a limpiar los jarros. Durante media hora limpió todos los jarros de la vitrina; en ese intervalo entraron dos clientes y compraron algunas piezas al dueño.

Cuando acabó de limpiar todo, pidió al hombre un plato de comida.

-Vamos a comer -le dijo el Mercader de Cristales.

Puso un cartel en la puerta y fueron hasta un minúsculo bar, situado en lo alto de la ladera. En cuanto se sentaron en la única mesa existente, el Mercader de Cristales sonrió:

-No era necesario limpiar nada -dijo-. La ley del Corán obliga a dar de comer a quien tiene hambre.

-¿Entonces por qué me dej6 hacer esto? -preguntó el muchacho.

-Porque los cristales estaban sucios. Y tanto tú como yo necesitábamos limpiar las cabezas de malos pensamientos.

Cuando acabaron de comer, el Mercader se dirigió al muchacho:

-Me gustaría que trabajases en mi tienda. Hoy entraron dos clientes mientras limpiabas los jarros, y esto es buena señal.

"Las personas hablan mucho de señales -pens6 el pastor- pero no se dan cuenta de lo que están diciendo

-¿Quieres trabajar para mí? -insisti6 el Mercader.

-Puedo trabajar el resto del día -respondi6 el muchacho-. Limpiar hasta la madrugada todos los cristales de la tienda. A cambio, necesito dinero para estar mañana en Egipto.

El hombre rió de nuevo:

-Aunque limpiases mis cristales durante un año entero, aunque ganases una buena comisión de venta en cada uno de ellos, aún tendrías que conseguir dinero prestado para ir a Egipto. Hay miles de kil6metros de desierto entre Tánger y las Pirámides.

Hubo un momento de silencio tan grande que la ciudad parecía haberse dormido. Ya no existían los bazares, las discusiones de los mercaderes, los hombres que subían a los alminares y cantaban, las bellas espadas con sus puños de piedras incrustadas. Ya se hablan terminado la esperanza y la aventura, los viejos reyes y las Leyendas Personales, el tesoro y las Pirámides. Era como si todo el mundo permaneciese inmóvil, porque el alma del muchacho estaba en silencio. No había ni dolor ni sufrimiento, ni decepción; sólo una mirada vacía a través de la pequeña puerta del bar, y unas tremendas ganas de morir, de que todo se acabase para siempre en aquel instante.

El Mercader miró al muchacho, asustado. Era como si toda la alegría que había visto en él aquella mañana hubiese desaparecido de repente.

-Puedo darte dinero para que vuelvas a tu tierra, hijo mío -le dijo.

El muchacho continuó en silencio. Después se levant6, se arregló la ropa y cogió la alforja.

-Trabajaré con usted -dijo.

Y después de otro largo silencio, añadió:

-Necesito dinero para comprar algunas ovejas.

El muchacho llevaba casi un mes trabajando para el Mercader de Cristales, y no era exactamente el tipo de empleo que lo hacia feliz. El Mercader pasaba el día entero refunfuñando detrás del mostrador, pidiéndole que tuviera cuidado con las piezas, que no fuera a romper nada.

Pero continuaba en el empleo porque el Mercader era un viejo cascarrabias pero no era injusto; el muchacho recibía una buena comisión por cada pieza vendida, y ya había conseguido juntar algún dinero. Aquella mañana había hecho ciertos cálculos: si continuase trabajando todos los días a ese ritmo, necesitaría una año entero para poder comprar algunas ovejas.

El Mercader atendió a un cliente que deseaba tres jarras de cristal. Estaba vendiendo mejor que nunca, como si hubieran vuelto las buenas épocas en que la calle era una de las principales atracciones de Tánger.

-El movimiento ya mejoró bastante -dijo al muchacho cuando el cliente se fue-. E1 dinero permite que yo viva mejor y te devolverá a las ovejas en poco tiempo. ¿Para qué exigir más de la vida?

-Porque tenemos que seguir las seriales -respondió el muchacho, casi sin querer; y se arrepintió de lo que había dicho, porque el Mercader nunca había encontrado un rey.

"Se llama Principio Favorable, suerte de principiante. Porque la vida quiere que tú vivas tu Leyenda Personal", había dicho el viejo.

-¿Por qué querías conocer las Pirámides? -preguntó, para cambiar el tema de la estantería.

-Porque siempre me han hablado de ellas -dijo el chico, sin mencionar su sueño. Ahora el tesoro era un recuerdo siempre doloroso y él trataba en lo posible de evitarlo.

Pasaron más de dos meses y la estantería atrajo a muchos clientes a la tienda de los cristales. El muchacho calculó que con seis meses más de trabajo ya podría volver a España, comprar sesenta ovejas y aún otras sesenta más. En menos de un año habría duplicado su rebaño, y podría negociar con los árabes, porque ya había conseguido hablar aquella lengua extraña. Desde aquella mañana en el mercado no había vuelto a utilizar a Urim y a Tumim, porque Egipto pasó a ser un sueño tan distante para él como lo era la ciudad de La Meca para el Mercader. Sin embargo, el muchacho estaba ahora contento con su trabajo y pensaba siempre en el momento en que desembarcaría en Tarifa como un vencedor.

"Acuérdate de saber siempre lo que quieres", le había dicho el viejo rey. El chico lo sabía, y trabajaba para lograrlo. Quizá su tesoro había sido llegar a esa tierra extraña, encontrar a un ladrón y doblar el número de su rebaño sin haber gastado siquiera un céntimo.

Estaba orgulloso de si mismo. Había aprendido cosas importantes, como el comercio de cristales, el lenguaje sin palabras y las señales.

El muchacho se despertó antes de que saliera el sol. Habían pasado once meses y nueve días desde que él pisara por primera vez el continente africano.

Se vistió con su ropa árabe, de lino blanco, comprada especialmente para aquel día. Se colocó el pañuelo en la cabeza, fijado por un anillo hecho de piel de camello. Se calzó las sandalias nuevas y bajó sin hacer ruido.

La ciudad aún dormía. Se hizo un sándwich de sésamo y bebió té caliente en una jarra de cristal. Después se sentó en el dintel de la puerta, fumando solo el narguilé.

Fumó en silencio, sin pensar en nada, escuchando apenas el ruido siempre constante del viento que soplaba trayendo el olor del desierto. Cuando acabó de fumar, metió la mano en uno de los bolsillos del traje y se quedó algunos instantes contemplando Io que había retirado de allí.

Habla un gran mazo de billetes. El dinero suficiente para comprar ciento veinte ovejas, un pasaje de regreso y una licencia de comercio entre su país y el país donde estaba.

Esperó pacientemente a que el viejo se levantara y abriera la tienda. Los dos entonces fueron juntos a tomar más té.

-Me voy hoy -dijo el muchacho-. Tengo dinero para comprar mis ovejas. Usted tiene dinero para ira La Meca.

El viejo no dijo nada.

-Pido su bendición -insistió el muchacho-. Usted me ayudó.

El viejo continuó preparando el té en silencio. Después de algún tiempo, no obstante, se dirigió al muchacho.

-Estoy orgulloso de ti -dijo-. Tú trajiste el alma a mi tienda de cristales. Pero sabes que yo no voy a La Meca. Como sabes que no volverás a comprar ovejas.

-¿Quién le dijo esto? -preguntó el muchacho, asustado.

-Maktub (“está escrito”) -dijo simplemente el viejo Mercader de Cristales.

Y lo bendijo.