Efectos psicológicos de la Religión

Religión. Creencias. Psicología. Providencia. Logoterapia. Psicoterapia

  • Enviado por: Anjito
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 35 páginas
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ÍNDICE ANALÍTICO

  • Introducción……………………………………………………………………..3

  • Providencia………………………………………………………………………5

  • Aspecto Psicológico……..………………………………………………………10

  • Logoterapia………………………………………………………………...…...12

  • Dios es nuestro principio y fin…………………………………….……………14

  • Verdadero amor de Dios……………………………...……………………...…17

      • Amor de Dios a nosotros……...........…...……………………………...17

      • Amor de nosotros a Dios…….…….............……………………...……25

  • Conclusión…………………………………………………………………...…31

  • Apéndice (Reflexión)…………………………………………………………..33

  • “Señor, perdona lo que soy, por lo que amo.

    Y si no supiese, entonces ámame Tú, perdonando lo que soy,

    ¡por lo que me dejo amar!”

    P. Miguel Esparza

    |INTRODUCCIÓN

    Cualquier persona que decida estudiar la sociedad moderna no podrá dejar de notar, entre otros temas, una actitud generalizada en sus habitantes: la tendencia a renegar de Dios y a erigirse como señores del mundo por sus propias fuerzas.

    Esto sería comprensible en un mundo que no ha podido tener acceso a la Revelación, y sin embargo, hoy, se vive y piensa igual (o peor) que hace 3000 años: el hombre puede, por sí sólo, conseguir su propia felicidad.

    El hombre moderno, desde Descartes hasta Marx, se empeña en negar cualquier tipo de dependencia de un Ser superior porque teme perder su “libertad” sin comprender que lo único que logra es alejarse más y más de lo que quiere conseguir.

    El aceptar que uno no vale en virtud de sí mismo es un signo de debilidad a los ojos de un moderno. Es algo imposible; incompatible con la idea de hombre todopoderoso, de hombre señor.

    Parecería que no resta más que esperar el fracaso de esta absurda idea y luego, por lógica, el hombre se daría cuenta de su error y volvería a Dios. Sin embargo, vemos que no es esto lo que ha pasado.

    Podemos observar con claridad que el hombre no es feliz, que siempre busca algo más, que siempre está insatisfecho. ¿Se puede esperar algo más de alguien que pretende llenar el deseo del Todo con la parte? Claro que no. He ahí el fracaso de esta “ideología” moderna, y sin embargo la gente aún lo cree, aún opta por este modo de vida, ¿Cómo se explica?

    Creemos que, aún cuando la salida fue dada hace ya 2000 años, los hombres la han olvidado, se han negado a creerla por ser tan magnífica, tan grande, tan incomprensiblemente generosa. Con tristeza, admitimos que aún dentro de la Iglesia la gente no conoce los alcances del Amor de Dios, de su divina Providencia. Los hombres nos rehusamos a creer que Él puede amarnos sin medida, y rechazamos así uno de los mayores dones que se nos ofrecen: la guía, el consejo y la dirección divinas.

    Intentaremos con este trabajo describir, concientes de nuestras limitaciones, cómo es el Amor de Dios por nosotros y cómo nuestra respuesta al mismo puede ayudarnos de modo significativo a equilibrar nuestro amor por nosotros mismos.

    Para esto dedicaremos un primer capítulo a estudiar los escritos de Santo Tomás de Aquino sobre la Providencia divina, porque el Amor de Dios no es sólo creador sino, además, providente.

    Revisaremos, de modo general, los sentimientos que produce en una persona la depresión y veremos cómo la experiencia del Amor de Dios puede ayudar a contrarrestarlos.

    Más adelante expondremos el pensamiento de Víctor Frankl sobre la Logoterapia y nos apoyaremos en sus observaciones sobre el sentido de la existencia para probar luego que el mejor fin que podemos encontrar para nuestra vida es el de dejarnos amar por Dios.

    Dedicaremos el capítulo final a mostrar cómo es el Amor de Dios por los hombres y cómo en nuestra respuesta está la posibilidad de la felicidad.

    Usaremos como guía escritos de Santo Tomás de Aquino, el Padre Miguel Esparza, el Padre Abelardo Lobato, Armando Segura, Eudaldo Forment y Víctor Frankl.

    CAPITULO I

    PROVIDENCIA

    Surgió alrededor del siglo XVIII una postura teológica conocida como deísmo. Ésta sostenía que Dios, después de crearnos, nos abandonaba a nuestra suerte y no se ocupaba ya de nosotros. ¿De qué serviría saber que nos crea por amor si pensamos que luego de un tiempo nos deja solos?

    Apoyándonos en lo expuesto por Santo Tomás vemos que Dios no sólo es creador sino que es, además, providente; y para poder estudiar profundamente las características del Amor divino y los efectos que produce en la persona su conocimiento y experiencia, necesitamos, primero, entender qué es la providencia, cómo actúa y qué implica el hecho de que exista, tanto para los hombres como para el mundo.

    Podemos constatar su existencia y propiedades siguiendo el camino planteado por Sto. Tomás en la Suma Teológica.

    En su exposición, el Santo se dedica a desarrollar y probar 3 puntos: La existencia de la Providencia, su naturaleza y sus propiedades. Seguiremos el mismo esquema.

  • EXISTENCIA:

  • Lo que en Dios se llama providencia es “la razón del orden de las cosas a sus fines”, es decir, que las cosas se ordenan a sus respectivos fines porque la Providencia divina así lo dispone.

    Siendo que Dios es causa primera del ser y por tanto, de toda perfección y bondad que hay en las creaturas, no lo es sólo en cuanto a la bondad entitativa de las mismas sino también de la que se encierra en su actividad, en el logro de sus respectivos fines y en el orden que guardan entre sí y con respecto al universo. Es necesario que haya providencia en Dios, ya que es causa última de todas las cosas por su entendimiento. Debe preexistir necesariamente en Él la razón de que las cosas se ordenen a sus respectivos fines.

    Por esto deducimos que el ejercicio de la Providencia divina es “mover a las criaturas a sus operaciones y respectivos fines y hacerlas entrar en relación de dependencia y causalidad, haciéndolas unidad de un orden superior”.

  • NATURALEZA:

  • Para hablar de la Naturaleza de la providencia en general, debemos distinguir dos momentos o elementos: Ésta, bien puede ser analizada desde el punto de vista de la concepción y el planeamiento de la obra, a lo que podemos llamar “propósito de realización”, y luego desde lo que se refiere a la ejecución y realización de la obra planeada.

    En la presente investigación sólo la consideraremos bajo el primer aspecto, es decir, desde el punto de vista de la concepción y el planeamiento de la obra a realizar. Vista de este modo, vemos que la Providencia reside exclusivamente en Dios como su Sujeto y no en las creaturas, ya que ellas comienzan a tomar parte en ella en el momento en que el plan de Dios se realiza (ejecución).

    La Providencia en Dios, por ser parte de la prudencia, que es una virtud intelectual, reside en el entendimiento divino, en el acto del imperio, pero presupone una voluntad que quiera el fin (intentio), porque nadie manda hacer cosas para conseguir un bien que no quiere. Cabe aclarar que del hecho de que la providencia incluya por igual a la voluntad y al entendimiento divinos no puede deducirse que Dios no sea simple, ya que, claro está, en Él estas nociones se identifican.

  • PROPIEDADES:

    • UNIVERSALIDAD: Todas las cosas están bajo la providencia divina.

    Podemos probar esta afirmación exponiendo el pensamiento de Santo Tomás:

    Se debe decir que todos los seres están sujetos a la providencia divina, no sólo en conjunto, sino, también, cada uno de modo particular.

    Observamos que, ya que todo agente obra por un fin, “la ordenación de los efectos al fin se extiende hasta donde se extienda la causalidad del primer agente.” Si consideramos a Dios como agente primero por excelencia, Su causalidad se extiende necesariamente a todas las creaturas, por lo cual deducimos que todo lo que participa del ser está ordenado por Dios a un fin y está, por tanto, sujeto necesariamente a su divina Providencia; ya que si, como hemos dicho, la providencia es la razón del orden de las cosas a sus fines, es necesario que en la misma medida en que las cosas participan del ser, estén sujetas a la providencia divina.

    En relación con lo que llamamos suerte, decimos que se considera fortuito un efecto cuando no responde al orden previsto por la causa, pero, si todo es ordenado por Dios como Causa Primera, luego, es cierto, nada es fortuito respecto a Él, aún cuando lo sea respecto de una causa particular. Ej.: Si a Ana que camina por la calle se le cae la billetera, podemos decir que la caída es fortuita respecto de ella, pero no del Creador, Él, si bien no provocó la caída, ya la había provisto.

    Muchos podrán objetar que la idea de un Dios Providente, que nos ama, que controla todo lo que ocurre en el mundo, es incompatible con el hecho de que los hombres debamos soportar tantos males a lo largo de nuestra vida. Podemos responder que el provisor de lo particular evita, siempre que puede, el mal de las cosas puestas a su cargo, pero el universal permite que en algunos de sus particulares haya defectos, para de este modo favorecer el bien de la colectividad. Como dijo San Agustín: “El Dios omnipotente no habría permitido que hubiese mal en sus obras si no fuese tan omnipotente y bueno que consiga hacer bien del propio mal”. Ej.: Yo, como padre de mi hijo intento evitar que se lastime, pero si por un accidente se le infecta una pierna y hay que cortarla, pues permitiré que el médico lo haga para no perder a mi hijo. Importa más el niño que su pierna, importa más el todo que la parte.

    Cuando hablamos de Providencia, muchas veces no logramos entender cómo puede ser que seamos libres si hay un Dios que es causa nuestra y de nuestro obrar. Respondemos que la providencia dispone que las cosas sucedan de modo necesario o de modo contingente, y así, suceden de modo infalible y necesario las cosas que Dios dispone que así sucedan, y de modo contingente cuando Él dispone que así sea. Las cosas provistas por Dios suceden como Él las provee, necesaria o contingentemente. No nos apartamos de la providencia de Dios cuando elegimos pecar, ya que Él ha provisto que elijamos, y en el hecho de que podamos hacerlo se manifiesta su providencia que provió que obráramos de modo contingente y no necesario. La posibilidad de elegir la tengo provista por Dios, en la elección actúo libremente y elijo lo que mejor me parece.

      • INMEDIACIÓN:

    Decimos que la providencia es inmediata en cuanto al planeamiento y concepción de la obra. Pero respecto de la ejecución es inmediata cuando por sí misma realiza el plan concebido y mediata cuando, para difundir su bondad dándole a sus subordinados no sólo la perfección del ser sino además la del obrar, se sirve de ellos para llevar a cabo lo planeado.

      • SUAVIDAD Y ATEMPERACIÓN:

    La providencia sólo impone necesidad a las cosas que deben ser necesarias, por esto podemos decir que Él respeta nuestra libertad ya que provee nuestras decisiones para que se realicen de modo contingente.

    CAPÍTULO II

    ASPECTO PSICOLÓGICO.

    Si queremos probar que el conocimiento y la experiencia de que Dios nos ama y nos cuida nos lleva a alcanzar la felicidad debemos describir los síntomas de las personas que piensan que su vida ya no vale la pena, aquellas para quienes la felicidad no es más que una utopía.

    Víctor Frankl trata en su libro “El hombre en busca de sentido” lo que él llama vacío existencial, que es un sentimiento básico en desórdenes como el alcoholismo, la drogadicción, la depresión, la delincuencia juvenil, los desórdenes alimenticios, etc. Muchas veces estos se dan como consecuencia de que la persona lleve adelante una existencia sin fundamento y sin motivación.

    Esta sensación de vacío es cada vez más común y su crecimiento se ve favorecido, si no es que impulsado, por una fuerte tendencia del hombre contemporáneo a menospreciar todo aquello que pueda llamarse “tradicional”. El hombre carece, por ser libre, de un instinto que le diga qué hacer y ya no tiene tradiciones que le indiquen lo que debe hacer; hasta que en ocasiones no sabe ni siquiera lo que le gustaría hacer.

    Es natural al hombre el querer encontrar un sentido a su vida… y le es incluso más natural el percibir que ese fin no se agota en este mundo, pero esto no quita que descubrirlo sea difícil, mucho más aún si vivimos inmersos en una sociedad que no nos ayuda.

    Las personas que atraviesan crisis de depresión u otras enfermedades que menoscaban su seguridad, experimentan sentimientos de inutilidad, odio a sí mismos, culpa injustificada o desmedida, pensamientos recurrentes de muerte o suicidio, sentimientos de desesperanza y abandono.

    Si somos personas creyentes, para darnos una buena idea de lo que atraviesa una persona con esta sintomatología podemos decir que la desesperación es la esencia de lo que siente un condenado en el Infierno. Es la anticipación de la no-plenitud. Esta persona se niega a sí misma la posibilidad de alcanzar aquello para lo que sabe que está hecha. Se da cuenta de que su vida debe tener un fin, un sentido, pero se cree tan poca cosa que no piensa poder alcanzarlo: se niega a sí misma la posibilidad de ser feliz.

    Lo terrible de este estado es que nuestro anhelo de plenitud, como nos pertenece por esencia, es tan indestructible como nosotros mismos, esta persona pelea todos los días contra sí misma para “hacerse entender” que la felicidad no ha sido hecha para ella, que no podrá alcanzarla.

    Todos estos síntomas son comunes a muchos trastornos y como veremos más adelante, muchos podrían evitarse si la persona tuviera un equilibrado amor de sí misma, es decir, si se aceptara y se quisiera tal cómo es, y uno de los mejores modos de lograrlo es a través de la experiencia del Amor de Dios.

    No sostenemos que el promover la educación de una sana autovaloración erradicará la depresión de la faz de la Tierra, pero sí creemos que puede, en muchos casos, ayudar a prevenirla o bien que, si la persona ya está enferma, la experiencia del Amor de Dios puede ayudarla a volver a valorarse a sí misma y a su propia existencia.

    CAPÍTULO III

    LOGOTERAPIA.

    La Logoterapia es una forma de terapia que se centra en ayudar al paciente a través del análisis de su existencia, impulsándolo a encontrarle un sentido a la misma.

    Nos apoyaremos en su experiencia para estudiar los efectos que produce en una persona el no tener una idea clara de su fin.

    Según Viktor Frankl las personas con depresión experimentan una existencia sin futuro, sin ninguna meta. Olvidan que las situaciones externas difíciles son precisamente las que le dan al hombre la oportunidad de crecer... En vez de aceptar sus dificultades como una herramienta para probar su fuerza interior, no toman su vida en serio y la desdeñan como algo inconsecuente. Para estas personas la vida no tiene ningún sentido.

    Frente a este tipo de sensación quedan dos opciones: o bien, la persona toma las riendas de su vida y enfrenta su realidad como una oportunidad y un desafío, o puede limitarse a sobrevivir, vegetar y esperar a que todo empeore -no porque necesariamente vaya a empeorar sino porque es eso lo que ella espera que pase-

    Cuando nos habla de su experiencia en los campos de concentración llega a sostener que “cualquier tentativa para combatir la influencia psicopatológica que el campo ejerce sobre el prisionero mediante la psicoterapia debe alcanzar el objetivo de darle a la persona fortaleza interior, señalándole una meta futura hacia la cual volverse.”

    Tras sobrevivir a la aterradora experiencia de ser prisionero Frankl crea la escuela de psicología de la Logoterapia en la que rescata el valor de tener una meta clara para ayudar a las personas a sobrellevar e incluso a aprovechar las situaciones difíciles por las que debían atravesar para fortalecerse y realizarse.

    La mayoría de las veces, el que las personas se decidan a buscar un sentido para sus vidas, nace de una tensión interna y no de un equilibrio interno. Pero resulta ser que esa tensión es un requisito indispensable para la salud mental. La tensión existente entre lo que ya se ha logrado y lo que todavía no se ha conseguido es inherente al se humano y por tanto, necesaria al bienestar mental. Lo que el hombre necesita no es vivir sin tensiones, sino esforzarse por conseguir una meta que valga la pena. .

    Apoyados en sus observaciones, vemos que en las situaciones más duras que puede atravesar un hombre, aquellas en las que llega a perder el propio instinto de supervivencia, en las que el dolor de su espíritu es tan fuerte, tan profundo que ya no quiere luchar, ya no quiere vivir, sino simplemente dejarse llevar, el único modo de empezar a curarse es querer hacerlo, para lo que es indispensable tener una meta, un fin para su vida.

    “Los que conocen la estrecha relación que existe entre el estado de ánimo de una persona y la capacidad de su cuerpo para conservarse inmune, saben también que si repentinamente pierde la esperanza y el valor, ello puede ocasionarle la muerte”. La persona no puede vivir sin un sentido, sin un por qué, sin una meta, está impreso en nuestra naturaleza. Como dijo Nietzche: “Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”

    CAPITULO IV

    DIOS ES NUESTRO PRINCIPIO Y FIN

    Toda persona necesita encontrar un motivo para vivir, y vamos viendo, a través de la experiencia, que éste termina siendo un motivo distinto de la persona misma. Los que pasan por distintos tipos de problemas que los obligan a replantearse su función o misión en esta vida, comienzan a darse cuenta de que si bien son únicos e irrepetibles y casi todas las veces necesarios para alguien, no son imprescindibles. El pensamiento de “el mundo puede girar sin mí” resulta abrumador para el que lo razona por primera vez.

    Las personas que atraviesan por crisis profundas necesitan encontrar alguien o algo distinto de sí mismas para vivir: tal vez un hijo pequeño, una obra literaria que deben terminar, algún asunto pendiente... Pero la mejor y más fuerte razón que podrán encontrar tales personas es Dios.

    Afirmamos esto porque cualquier razón material, por el simple hecho de serlo, es transitoria y en cuanto desaparezca, si la persona no la ha usado para crecer, no ha logrado ver más allá de ella y encontrar un sentido más profundo y trascendente para su vida, volverá a caer en el estado que la llevó a aferrarse a ella en primer lugar.

    Pueden, al principio de una recuperación, encontrarse muchas razones para vivir: un jardín que espera ser cultivado, una puesta de sol que espera ser vista, un enfermo que espera ser curado, una ser querido que espera nuestro cariño… Todos estos motivos son válidos para ayudarnos a elegir vivir, y podemos pasar muchos años viviendo por ellos. Esto es posible, porque, si lo analizamos de modo profundo, todos son reflejos de Dios y de Su Amor.

    Pero al final, sólo comprendiendo que hay alguien que nos ama tal como somos, podremos encontrar un verdadero sentido a nuestra existencia. Sin el convencimiento de ser amados incondicionalmente, se originan toda clase de problemas: pretenderemos muchas veces encontrar en el amor humano aquello que sólo Dios puede dar, o bien, tal vez queramos llenar el vacío que sentimos con distintas cosas, no necesariamente malas, pero al final, sabemos que ninguna creatura llenará jamás el ansia que sentimos de Dios.

    Si tendemos a hacernos valer, es porque, implícita o explícitamente, buscamos que nos quieran: Nuestra mayor necesidad es ser necesitados. La solución que proponemos en este trabajo al problema de la baja autovaloración que se da o bien entre las causas, o bien entre las consecuencias de muchísimas enfermedades psicológicas como la depresión, el alcoholismo, la drogadicción, en las víctimas de abusos, en las personas con bulimia, anorexia y demás desórdenes alimenticios e incluso en las personas cuya poca autoestima no llega a ser patológica pero puede afectar su modo de vida; es que, si supiésemos lo que nos quiere Dios, ya no necesitaríamos mendigar aprecio o estima y podríamos no sólo aceptarnos, sino querernos tal cual somos para poder iniciar el cambio hacia una vida mejor, más feliz y equilibrada.

    El mejor modo de alcanzar un sano amor de sí mismo es aprendiendo a valorarnos como Dios nos ve y valora... Consideremos que comparados con Él, apenas valemos algo, pero siendo tan preciosos ante sus ojos, lo valemos todo.

    Cuando se nos hace patente el amor de una persona, tenemos la impresión de que aumenta nuestra dignidad, pensamos que si nos quiere será por algo bueno que hay en nosotros, nos hace ver que valemos la pena y hasta nos hace sentir importantes. Cuando nos vemos amados nuestra confianza en nosotros mismos aumenta y esto es un avance importantísimo en la recuperación de aquellos que tienden a infravalorarse.

    Vemos así que el amor humano, por ser reflejo del Amor de Dios, puede muchas veces ayudar a las personas a sobrellevar sus problemas, pero que a la larga sólo la experiencia de un amor verdaderamente incondicional y eterno, podrá darle sentido a nuestra vida y, más importante, al sufrimiento que la misma conlleva.

    CAPÍTULO V

    VERDADERO AMOR DE DIOS

    AMOR DE DIOS A NOSOTROS

    Consideramos que la solución a los problemas procedentes de la falta de amor propio pasa por el conocimiento de alguien que nos ame incondicionalmente. Como dice Cardona: “El gozo humilde de saberse amado por Dios, no porque yo lo merezca sino porque Dios es bueno, porque es todo amor; el saberse amado singularmente, como alguien único, como una excepción, constituye la fuerza más radical del hombre”

    El amor del amante convierte a la persona amada en lo más preciado que existe. El Amor de Dios por nosotros nos convierte en los más preciado. Claro que habrá gente que Dios quiera más que a mí, pero yo seré todo lo querido que puedo ser, recibiré todo el amor que puedo recibir. Por esto decimos que la mejor elección que podemos hacer en la vida es la de dejarnos amar, ya que es propio del amor el hacer, de algún modo, al amante dependiente del amado, por eso, aunque Dios se basta a Sí mismo, podemos decir que Su Amor por cada hombre le hace de algún modo dependiente de la respuesta humana. Carlos Cardona escribe que “es propio de todo amor, también del divino, querer correspondencia”. La diferencia es que nosotros necesitamos esa correspondencia para perfeccionarnos, mientras que Dios “quiere de nosotros correspondencia a Su Amor para que haya entre Él y nosotros verdadera unión de amistad (por nuestro bien)”

    El Amor de Dios por nosotros es el que conocemos como amor de benevolencia que es, según Santo Tomás, “cuando de tal manera amamos a alguien que queremos para él un bien” y se distingue del amor de concupiscencia que se da “si para lo amado no queremos su bien, sino que apetecemos su bien en orden a nosotros, como cuando decimos que nos gusta el vino o un caballo”. Éste es el tipo de amor que tenemos los humanos por las cosas, las queremos porque nos reportan algún beneficio, en el fondo, es amor de sí. En cambio, el amor de Dios no es interesado porque sólo busca el bien de la persona amada.

    Existe en este mundo un tipo de felicidad, esa felicidad capaz de soportar todo: la llamada “alegría del cristiano” que permanece aún después de haber pasado por las peores pruebas, es el impulso y confianza de lo mártires, la sonrisa de los santos, es la paz que puede verse en una persona que, aún cuando lo ha perdido todo en este mundo, puede ser feliz porque sabe que hay algo más, que su vida tiene un sentido, que todo su sufrimiento es conocido por alguien que sólo lo permite para su propio bien.

    Los hombres necesitamos de esta felicidad sin condiciones de futuro, de base, que no desaparezca, y sólo podremos conseguirla si conocemos y vivimos el Amor de Dios.

    Pero surge entonces un lícito cuestionamiento: “Sabiendo que existe un Dios todopoderoso que me ama y que se compadece de mí, ¿cómo es posible que aún me preocupe o que me intranquilice?”

    Comprobamos que, aún después de meditar la verdad e inmensidad del Amor de Dios, no se da siempre en nosotros un cambio radical. Según el padre Miguel Esparza podemos encontrar dos causas: demasiado amor propio o poco amor a Dios. Las dos posturas generan miedo por exceso de confianza en nosotros mismos, que tan poco podemos, y por falta de confianza en Aquél que todo lo puede. Hablamos de tres puntos a tenerse en cuenta en el momento de analizar el cambio que este nuevo conocimiento debiera producir en nosotros:

  • No es fácil cambiar pronto de esquemas.

  • No podemos cambiar súbitamente nuestro modo de pensar cuando hemos vivido muchos años siguiendo un mismo esquema. Cuando no conocemos nuestra dignidad ante Dios, nos acostumbramos a jugar un papel de comedia, tanto ante nosotros mismos como ante los demás. En vez de asumirnos como somos nos pasamos años viviendo como alguien distinto, como aquél que nos gustaría ser. Como cuanto más seguros estamos del amor de alguien, más naturales somos frente a él, cuanto más conozcamos el Amor de Dios por nosotros, más nos asumiremos como somos, más naturales seremos con nosotros mismos.

    Se puede decir que cada persona presenta tres modos de ser: como es en realidad, como cree que es y como se muestra a los demás. El comprender el Amor de Dios hará que dejemos de interpretar esta “mala comedia” y nos conozcamos, aceptemos y mostremos tal cual somos, pues estaremos orgullosos de nuestro modo único y particular de ser que es el que el Rey de Reyes ama en mí.

    Resulta también comprensible el hecho de que algunas personas tal vez no deseen cambiar... Todo cambio exige esfuerzo, y el de dejar un modo de vida en el que nos sentimos seguros para abandonarnos a las manos de un Dios que nos pide no sólo conocernos y aceptarnos, sino también mostrarnos como somos lo exige de modo especial. Por eso las situaciones de conflicto, como las enfermedades, nos resultan de muchísima ayuda para impulsarnos a iniciar este cambio radical en nuestro modo de encarar la vida.

    Podemos decir, a modo de aliento, que Dios es omnipotente, y que por tanto conoce desde siempre todas nuestras falencias y que aún conociendo lo peor de nosotros nos ama sin medida: no hay modo ni necesidad de “engañarlo”. Lo único que no puede amar en nosotros es nuestra mala voluntad.

  • No terminamos de apreciar todas las pruebas que Dios nos da de Su Amor.

  • Si no cambiamos radicalmente es porque quizá el conocimiento del Amor de Dios que tenemos es algo meramente teórico y no forma parte de nuestra vida. “Si no amamos suficientemente a Dios es seguramente porque no conocemos bien su Amor por nosotros”. Es un círculo vicioso porque si no le amamos a Él, de poco sirve que nos digan que Él nos ama, a nadie le importa que lo quiera una persona que le resulta indiferente.

    Como Dios es insondable, resulta claro que no podemos hablar de Su Amor sin empequeñecerlo, humanizarlo y hasta malentenderlo. Por eso, para las personas cristianas resulta de mucha utilidad estudiarlo a través de lo que Él mismo nos mostró al hacerse hombre: a través de Cristo.

    La Encarnación es, en este sentido sumamente de agradecer. Es, en palabras del padre Esparza, como si Dios hubiese hecho una copia reducida, a nuestra medida, de Su Amor infinito.

    Sabemos que Dios es sumamente perfecto y feliz y que en sentido estricto no nos necesita para nada, pero haciéndose Hombre ha querido necesitarnos. Que Dios no nos necesite para su propia perfección no significa que sea indiferente a nuestra respuesta. Querer correspondencia es propio de todo amor, y siendo el de Dios infinito, podríamos decir que Él está “infinitamente interesado” en nuestra correspondencia. Podemos decir entonces que aún cuando Dios no es vulnerable en sí mismo, sí lo es en cada hombre que rechaza Su Amor.

    El contemplar el Sacrificio Redentor nos deja impresionados. Sabemos que Cristo murió por todos los hombres, y esto puede hacernos pensar que no murió verdaderamente por cada uno de nosotros particularmente, sino por el conjunto. Pero sabemos, primero, que como Su Amor es infinito por mucho que se divida continuará siendo infinito y, segundo, que Cristo hubiera muerto del mismo modo si cada uno de nosotros fuese la única persona por amar. Cada uno de nosotros vale toda la sangre de Cristo.

    Por último hay otra cosa que puede ayudarnos a penetrar en Su amor: su capacidad de perdón. Dios mismo nos dice, a través del profeta Óseas, tras la traición de Israel (que es figura de la humanidad): “¿Cómo te podré abandonar, Oh Efraím, cómo podré entregarte, Israel?... Se conmueve mi corazón dentro de Mí, a la par que se inflama mi compasión. No haré según el furor de mi ira, no volveré a destruir Efraím; porque yo soy Dios y no hombre, soy el Santo en medio de ti; no vendré en ira” (Os XI, 8-9).

    “El amor apasionado de Dios por el hombre, es a la vez un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra su justicia. Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre Él mismo, lo acompaña incluso a la muerte y de este modo, reconcilia la justicia y el amor”. La única condición que impone para perdonarnos es que estemos verdaderamente arrepentidos.

    Para entender la hondura del perdón divino tendríamos que entender mejor la hondura del amor divino. Cuanto más perfecto se es, más se ama, y cuanto más se ama, mayor alegría produce el poder perdonar y sabemos que Cristo no nos perdona de buen grado una sola vez, sino que, si nuestra contrición es verdadera, nos perdona con el mismo gozo una y mil veces. La conciencia de que no importa lo que hayamos hecho para el Amor de Dios, no puede sino liberarnos de un enorme peso: nuestro amante es realmente incondicional.

  • Ventajas de la propia flaqueza ante un amante perfecto

  • Falta aún analizar un motivo más que Dios nos da para ayudarnos a aceptarnos con nuestras flaquezas: Él las ama.

    Como hombres no podemos llegar a un sano amor de nosotros mismos si no encontramos razones que lo justifiquen dentro de nuestra condición humana. Con lo dicho probablemente llegaremos a estar muy orgullosos de Cristo que nos quiere tanto, pero no de nosotros mismos. Es necesario que encontremos algo en nosotros que justifique ese amor.

    Si pensásemos: “Soy un miserable, pero afortunadamente he encontrado a Alguien que no se lo toma a mal” no habríamos entendido todavía la hondura del Amor misericordioso de Cristo.

    Amarse a sí mismo conlleva un legítimo orgullo sobre la manera propia de ser: es no querer cambiarse por nadie. La persona con poca autovaloración mejora cuando descubre su propia dignidad objetiva, o sea, que el amor que el Amante tiene por ella no es sólo debido a lo bueno que es Él, sino también, a que ella misma es amable (querible).

    Si aplicamos esto a Dios, podríamos decir que en Él hay dos “momentos amatorios”: El momento en que nos crea y por Su Amor nos hace amables y luego, cuando una vez creados ve nuestras flaquezas y vuelve a amarnos. Es evidente que el amor que Dios nos tiene no radica en que lo podamos atraer, lo cual no significa que no haya nada objetivo en nosotros que haga posible Su amor, puesto que no ama del mismo modo a una planta que a un hombre. Además, como ya vimos, el hecho de amarnos, si bien no se origina a través de una atracción por nuestra parte, le lleva a hacerse de algún modo dependiente de nuestra libre respuesta a sus requerimientos amorosos. Apenas valemos algo, pero Su amor por nosotros le lleva a “necesitar” ese poco que podemos ofrecerle.

    ¿Qué puede ser ese “algo” en nosotros que justifique ese sano orgullo de sí mismo? Podríamos responder que son nuestras cualidades buenas, pero sabemos que la mayor parte de ellas no las tenemos por mérito propio, y aún si así fuera, no bastarían para justificar de modo pleno nuestro amor por nosotros mismos porque muchas veces al lado de estos aspectos positivos aparecen otros negativos que los igualan o hasta superan… Decimos entonces que no podremos alcanzar un humilde amor de sí mientras no aprendamos a amar también nuestros defectos. El proceso que proponemos se trata de entender que nuestra flaqueza puede suponer una gran ventaja de cara a alguien que nos ama de verdad porque cuanto más perfecto sea el amor del amante más nos querrá tal como somos.

    Afirmamos que amar a alguien no sólo “a pesar de” sino también “con ocasión de” sus defectos es algo de lo que, de modo absoluto, sólo Dios es capaz. Sólo el amor misericordioso de Cristo es capaz de hacernos amar nuestros defectos involuntarios ya que nos hacen humildes y aptos para recibir la ayuda divina.

    Es evidente que amar los defectos propios y los de los demás no significa no corregirlos. No exigirnos esto es un sentimentalismo que nada tiene que ver con el verdadero amor.

    Nos damos cuenta así que la misericordia divina hace no sólo que Dios se compadezca de nosotros y esté siempre dispuesto a perdonarnos, sino que misericordia también significa amor preferencial respecto de la flaqueza de la persona amada. No se trata entonces, de amarnos “a pesar de” las propias limitaciones, sino “con” ellas y en cierto sentido “gracias a” ellas. Podemos decir que amamos nuestras flaquezas porque nos hacen necesitar a Dios: nuestra nada nos ata a Cristo porque cuanto menos somos, menos podemos por nosotros mismos y más lo necesitamos.

    Se podría decir que Cristo tiene un “flaqueza” (en el sentido de amor preferencial) por nuestras flaquezas, basta abrir el Evangelio en cualquier página para comprobarlo: “Así os digo, habrá gozo en el cielo, más por un solo pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse.” (Lc XV, 7)

    AMOR DE NOSTROS A DIOS

    Para evitar malentendidos y para asegurar la lógica de lo que estamos exponiendo, es preciso detenernos en dos condiciones que son indispensables para que la paz que nos da el conocimiento del Amor divino no se transforme en conformismo: es necesario que amemos a Dios y que no nos falte buena voluntad para mejorar la calidad de nuestro amor.

    Dios no quiere sólo amarnos, sino que lo amemos en respuesta; Él quiere amor de amistad, o más propiamente hablando, de caridad (hablaremos de éste más adelante) y éste exige bilateralidad. Las dos partes deben quererse entre sí; no basta que sólo ame una de ellas, ni que la otra sólo se contente en dejarse querer. Siempre se precisa la correspondencia, aunque el grado de amor nunca llegue a ser el mismo y haya muchísima desnivelación.

    La cualidad de reciprocidad perfecciona el amor de benevolencia y por esto éste es mejor, aún cuando pareciera ser lo contrario, porque es superior amar sin esperar recibir nada a cambio que amar con recompensa. Sin embargo esta jerarquía se mantiene “ya que el motivo del amor de benevolencia correspondido (amistad) no es esta correspondencia, como si ésta fuese el precio esperado por la donación del propio amor, sino únicamente el bien del otro”

    Pero la benevolencia recíproca no basta para la amistad, se requiere también una tercera cualidad esencial: la unión afectuosa, una comunión afectiva. La unión que se alcanza con el verdadero amor de amistad logra que “el sujeto de la amistad no se ordene al objeto como a otro distinto de sí, sino como a sí mismo. Afectivamente la persona se transforma en el amigo, aunque real y efectivamente continúa conservando su propio ser. Cada amigo tiene la unidad propia de su ser, pero en cuanto amigos mantienen una unión afectiva, que es compatible con la del ser. El amor de amistad hace que el amante sea, por el afecto, la cosa misma amada.” “La naturaleza del amor de amistad es, por tanto, esta unión afectiva, de manera que la amistad es una comunicación afectuosa de una persona a otra.”

    El amor de amistad con Dios se llama propiamente caridad y es más pleno porque añade sobre éste una cierta perfección: la del objeto. Podemos empezar amándole por los beneficios esperados, recibidos o prometidos, o por el temor de las penas de las que sólo Él puede librarnos, pero el mejor modo es hacerlo en virtud de Él mismo.

    La unidad que se consigue con Dios mediante el amor teologal de caridad, es mucho más profunda que la unión de amistad, porque “el primer amor con que Dios ama a los hombres es el mismo con que estos pueden amar a Dios; puesto que el amor de Dios, que es creador, crea en el hombre la vida divina, que es la que le permite amar a Dios”. Dice Santo Tomás “En cuanto a cierta unión espiritual el hombre de alguna manera se transforma en aquél fin último; lo cual hace la caridad”. Según Boffil la caridad “si busca la unión con Dios, realiza esta unión no por una asimilación de Dios al hombre, sino por cierta transformación del hombre que lo asimila al último fin, por una divinización del hombre”

    Tras estudiar lo magnificente del amor de Dios podríamos pensar que si lo amamos como se debe ya “no nos quedará” amor para nosotros mismos. Pero negarnos a nosotros mismos para amarlo a Él no quiere decir ir contra nuestra persona. Humilde amor de sí y amor a Dios son nociones interdependientes. Debemos amarnos tal cuál somos, como Él nos ama; pero vemos que somos seres imperfectos, flacos, con debilidades.

    Por un lado, no nos es posible amar algo que es en sí negativo como la propia flaqueza, mientras no descubramos lo que tiene de positivo de cara a alguien que nos ama; y por otro lado, no podremos amar nuestra flaqueza mientras no amemos a quien la ama. Sin verdadero amor a Dios nos será muy difícil experimentar un verdadero consuelo al enterarnos que ama nuestra indigencia.

    Sin embargo hemos visto que la paz que conseguimos al entender que nos quiere a pesar de todo es falsa si falta de nuestra parte buena voluntad; si interpretamos Su misericordia como una excusa para no combatir nuestros defectos, entonces no habríamos entendido la lógica de Su Amor.

    Efectivamente, si el “orgullo de nuestra flaqueza” se desprende de nuestro amor por Aquel que la ama, no sería verdad que le amamos si no intentamos enmendarnos, sería como abusar de su bondad. Dios puede amar todo en nosotros menos la falta de buena voluntad; y que lo que Él desea es unirse amorosamente con cada uno de nosotros, y la unión de amor no es posible si no viene de los dos amantes. En conclusión, el humilde orgullo de la propia flaqueza no es excusa para el quietismo físico ni espiritual.

    Si a través de la experiencia del Amor de Dios descubrimos nuestra propia dignidad ya no sentimos la necesidad de llegar a ser personas excepcionales; intentamos mejorar, pero no para ser aceptados o por un deseo de auto confirmación personal, sino para devolver el amor del que nos sabemos objeto. Experimentamos una gran libertad interior. Ya no necesitamos a los demás para que confirmen nuestra valía, sino más bien para hacerles felices. Pueden herir nuestro corazón, pero no nuestro orgullo. Ya no nos sentimos definidos por lo que puedan pensar los demás de nosotros.

    En la medida en que somos concientes de nuestra dignidad de hijos predilectos de Dios, desaparece en nosotros la posesividad del corazón y, por consiguiente, perdemos por fin el miedo a entregarnos verdaderamente a los demás. Ahora, si necesitamos que nos necesiten, es sobre todo para poder dar a los demás nuestro amor.

    Si tomamos conciencia de nuestra propia dignidad gracias a nuestra flaqueza, entonces nos sentimos ante Dios como “a su altura”, en el sentido de que nosotros también tenemos algo que ofrecer. Claro que Él puede darnos infinitamente más que nosotros a Él, pero nosotros tenemos algo que es valiosísimo ante sus ojos: nuestras limitaciones. Es como cuando alguien se enamora de nosotros: basta aceptar ese amor para procurarle gran felicidad.

    Para comprender mejor Su amor preferencial por los débiles podemos remitirnos a estudiar la dinámica del amor. Existen dos modos de amar: generosamente (dando) y dejándonos amar humildemente en vistas a la felicidad del amante (tomando) porque sabemos que el amante se siente feliz cuando sabe que su amor ha sido aceptado.

    En Cristo se dan los dos modos: Él se dejó amar al hacerse hombre, como “tomando” nuestro amor, pero lo que más desea, dada nuestra indigencia, es poder amarnos “dando”, contribuyendo con su entrega a nuestra felicidad. En Él sólo hay deseo de donación y de unión en vistas a la mutua felicidad. ¿Qué podría atraerle en nosotros más que nuestras flaquezas? Ellas son las que nos hacen necesitarlo, por ellas Él puede donarse.

    Lo único que Él necesita para que esta relación de amor se dé, es nuestra libre respuesta; por eso es importante que reconozcamos nuestra debilidad, porque de otro modo no nos dejaremos amar en ella. En este sentido, recibir su amor ya es darle algo: la posibilidad de sanar nuestra flaqueza. Se trata de entender que a través de nuestra debilidad podemos hacer feliz al amante perfecto. Nuestro recibir es un recibir amoroso, por eso no es egoísta, al recibir nos brindamos y correspondemos a Sus “requisitos amatorios”.

    Podríamos pensar que es más meritorio dar que recibir, pero no es verdad. Para recibir necesitamos una profunda humildad para reconocer nuestra indigencia y superar esa soberbia que nos conduce a creernos autosuficientes; y el trabajo que necesitamos para alcanzarla ya es una excelente donación de nuestra parte a Dios. No olvidemos, además, que Cristo es igualmente feliz cuando recibe algo de nosotros que cuando le permitimos darnos algo. Santa Teresa de Lisieux decía “si en nuestras caídas no ofendiéramos frecuentemente al Señor, entonces casi lo haríamos para poder seguir siendo humildes”. “Se podría, entonces, definir la santidad cristiana como una activa receptividad”

    Si la intención y finalidad de nuestra vida es agradar a la persona que amamos, entonces es motivo de gran alegría el percatarnos de que se lo podemos agradar tanto con la generosidad como con una verdadera contrición de amor, aceptando nuestra debilidad y ofreciéndosela. Descubrimos así el verdadero camino a la contrición perfecta: por amor, tan diferente de la que se hace por temor.

    Podríamos parafrasear todo lo anterior elevando a Dios, junto con Lope de Vega, una oración: “Señor, perdona lo que soy, por lo que amo” a lo que se podría añadir “y si no supiese, entonces ámame Tú, perdonando lo que soy, ¡por lo que me dejo amar!”

    CONCLUSIÓN

    Fuimos creados por amor, por amor vivimos, y hacia el Amor vamos.

    Consideramos que entender la profundidad de este conocimiento es esencial para llevar adelante una vida plena y feliz en la Tierra. Somos seres humanos, de cuerpo y alma, estamos unidos a la materia por naturaleza: debemos ser felices en este mundo.

    Es cierto, la vida es un camino, pero eso no le quita valor. Somos hoy y ahora y nuestra existencia no debe ser una triste espera, Cristo nos quiere felices desde hoy hasta siempre, no solamente después de la muerte.

    Nuestra vida merece vivirse porque Él la quiere. Además es la única oportunidad que tenemos de devolverle todo el amor que nos ha dado, deberíamos aprovechar cada nuevo día como una oportunidad para agradecerle, conscientes de que no alcanzarían mil vidas para lograrlo.

    ¿Qué mejor modo de agradarle que cumpliendo con Su voluntad, que haciendo lo que Él quiere que hagamos, que siendo cómo Él quiere que seamos? ¡Felices!

    Lo que Él espera de nosotros es lo que in facto es mejor para nosotros. No nos pide que le sirvamos, alabemos y demos gloria a perjuicio nuestro, sino a beneficio nuestro.

    El ayudar a las personas a que desarrollen una verdadera noción de su propia dignidad, un equilibrado conocimiento de su propia valía para ayudarlas a ser felices, consideramos, es una tarea importantísima para favorecer la salvación de las almas, porque al amarnos y respetarnos Lo amamos y respetamos y viceversa: Cuanto más Lo amamos más nos amamos.

    Podríamos llegar a hablar de una verdadera “Cristoterapia” que no sería otra cosa que ayudar a la persona a entender cuánto la ama Dios y cómo se lo demuestra a través de la persona de Cristo y cómo esta verdad es lo suficientemente grande como para ayudarnos a superar cualquier tipo de prueba que nos toque vivir. Y ésta sería sin lugar a dudas la terapia más connatural a nuestra esencia humana.

    Éste, creemos, sería un excelente modo de combatir la desesperación, el vacío, el laicismo, y muchos otros males que aquejan a la época y sociedad en que vivimos.

    Anjito

    Octubre 2006

    APÉNDICE

    REFLEXIÓN

    Nos ama; de hecho, somos en Su amor.

    El saber esta verdad, el entenderla, el experimentarla, es la raíz de la alegría del cristiano. Su conocimiento no puede producir otra sensación más que una paz profunda y duradera. A cada momento, con cada cosa, es como si Él nos dijera:

    - Yo, que cuido a mis pajaritos, que no me alaban ni glorifican queriendo hacerlo, que no me eligen cada día por propia voluntad, que no pueden amarme; si cuido de ellos y los mantengo y me aseguro de que tengan todo lo necesario para vivir, ¿Cómo puedes estar preocupado por nimiedades como son la comida y el vestido?

    Yo te he hecho de cuerpo y alma, si me ocupo de tu alma, ¿Qué te hace pensar que no me ocuparé de tu cuerpo?

    Tú, que no podrías añadir, ni aunque quisieras, un codo a tu estatura (Mt 6, 26-27), tú, que no puedes existir sin que Yo así lo quiera, ¿Cómo puedes creer que el conseguir lo que necesitas depende de ti? Pide y se te dará (Mt 7, 7). Y no te aflijas si no te concedo lo que me pides, pues el médico sabe mejor que el enfermo lo que a éste le conviene (San Agustín, sentencia 212).

    No temas. Yo te amo, ¿Qué otra certeza necesitas para ser feliz?

    Si me ocupo de lo que hoy es, y mañana no será, como mis flores y mis pajarillos,

    ¿Cómo no me ocuparé de ti que serás eternamente? ¿Cómo puedes sentir que me olvido de ti? Te digo, que hasta los cabellos de tu cabeza todos están contados. (Lc 12, 7).

    Yo sólo quiero tu amor.

    Deja que el hombre fuerte tenga como modelo mártires magnánimos, deja que se llene de alegría imitándolos. Tú, temeroso y débil, tómame a Mí como modelo. Agárrate al borde de mi vestido, y sentirás fluir de él un poder que hará tu ánimo más alegre, sobre todo cuando recuerdes que sigues muy de cerca Mis pasos. Porque los sufrimientos de aquí abajo no son comparables con la gloria futura que se manifestará en ti. Arroja el cansancio y el miedo, el abatimiento y la tristeza, como si sólo fueran vanos espectros. Yo dirigiré tu causa y te apoyaré hasta que seas proclamado vencedor. (Santo Tomás Moro, “La agonía de Cristo”)

    No temas. Yo siempre estaré contigo.

    ÍNDICE BIBLIOGRÁFICO

    • ESPARZA, Miguel, “Estudio de la Humildad”, Inédito, Lovaina, 1994.

    • FRANKL, Viktor. “El Hombre en Busca de Sentido”, Ed. Herder, Barcelona, 1986.

    • LOBATO, Abelardo, O.P., SEGURA, Armando, FORMENT, Eudaldo, “El Pensamiento de Santo Tomás de Aquino para el Hombre de Hoy”, Tomo I “El Hombre en Cuerpo y Alma”, Ed. Edicep, México, 1995.

    • MUÑIZ, Francisco, O.P., Introducción a la “Suma Teológica. Santo Tomás de Aquino”, Ed. Seminario Diocesano Santa María Madre de Dios, San Rafael, 1994.

    • PIEPER, Joseph, “Las Virtudes Fundamentales”, Ed. Rialp S.A., Madrid, 1988.

    • S.S. BENEDICTO XVI, “I Encíclica: Deus Caritas Est”, Ed. San Pablo, Buenos Aires, 2006.

    • STRAUBINGER, Juan . “La Santa Biblia”, Tomo II “Antiguo Testamento y Nuevo Testamento”, Ed. Club de Lectores, Buenos Aires, 1948.

    • SUAREZ, Raimundo, O.P., “Suma Teológica. Santo Tomás de Aquino”, Ed. Seminario Diocesano Santa María Madre de Dios, San Rafael, 1994.

    SUAREZ, Raimundo, o.p. “Suma Teológica. Santo Tomás de Aquino”. Ed. Seminario Diocesano Santa María Madre de Dios, San Rafael, 1994. I, q.22, a.1

    Cfr. MUÑIZ, Francisco, o.p. Introducción a la “Suma Teológica. Santo Tomás de Aquino” Ed. Seminario Diocesano Santa María Madre de Dios, San Rafael, 1994. I, q.22, introd. págs. 759 - 763

    Ibidem

    Ibidem, pág. 760

    Ibidem, pág. 762

    Ibidem, pág. 760

    Cfr. MUÑIZ, Francisco, o.p. Op. Cit. págs. 760-761

    SUAREZ, Raimundo, o.p. Op. Cit. I, q.22, a.2

    Cfr. SUAREZ, Raimundo, o.p. Op. Cit. I, q.22, a.2

    Ibidem, I, q.22, a.2, ad.1

    Cfr. SUAREZ, Raimundo, O.P. Op. Cit. I, q.22, a.2, ad.2

    SAN AGUSTÍN, “Enchirid”. C.11: ML 40, 236. Citado por Santo Tomás de Aquino en la “Suma Teológica”. I, q.22, a.2, ad.2

    Cfr. SUAREZ, Raimundo, O.P. Op. Cit. I, q.22, a.2, ad.3

    Cfr. MUÑIZ, Francisco, o.p. Introducción a la “Suma Teológica. Santo Tomás de Aquino”. I, q.22, introd. pág. 762

    Cfr. SUAREZ, Raimundo, o.p. Op. cit. I, q.22, a.4, ad.1

    Cfr. FRANKL, Viktor. “El Hombre en Busca de Sentido”. Ed. Herder, Barcelona, 1986, pag. 106.

    Ibidem

    Httm: \ www.medlineplusenciclopediamédica/depresión.htm. Consultado el 14 de Octubre de 2006

    Cfr. PIEPER, Joseph. “Las Virtudes Fundamentales”, Ed. Rialp S.A, Madrid, 1988. Págs. 391 y ss.

    Ibidem

    FRANKL, Viktor, Op. Cit., Pág. 74.

    Viktor Frankl nos comparte en esta obra su experiencia en distintos campos de concentración de la 2° guerra mundial como prisionero. Describe allí el vacío existencial por el que atravesaron él y sus compañeros. Los efectos psicológicos citados están referidos a estas personas, pero pueden extenderse, a cualquiera que atraviese una crisis que le quite las ganas y el fundamento de vivir.

    FRANKL, Viktor. Op. Cit. Pag. 75.

    Cfr. FRANKL, Viktor. Op. Cit. Pag. 104.

    FRANKL, Viktor. Op. Cit. Pág. 77

    NIETZCHE, Friedrich (citado por FRANKL, Viktor. Op. Cit. Pág. 104)

    ESPARZA, Miguel, “Estudio de la Humildad”, Inédito, Lovaina, 1994, p.41

    Cfr. ESPARZA, Miguel, Op. Cit., p.44

    CARDONA, Carlos, “Metafísica del Bien y del Mal”, Ed. EUNSA, Pamplona, 1987, p.130. (citado por ESPARZA, Miguel, o.d., “ Estudio de la Humildad”, Inédito, Lovaina, 1994, p.40)

    Cfr. ESPARZA, Miguel, Op. Cit., p.43

    CARDONA, Carlos, Op. Cit., p.125

    Ibidem

    AQUINO, Tomás de, “Suma Teológica”, 2-2, q23, a.1, (citado por LOBATO, Abelardo, o.p., SEGURA, Armando, FORMENT, Eudaldo, “El Pensamiento de Santo Tomás de Aquino para el Hombre de Hoy”, Tomo I “El Hombre en Cuerpo y Alma”, Tratado III: La persona humana por FORMENT, Eudaldo, Ed. Edicep, México, 1995. Pág. 841).

    Ibidem

    HERMANS, T., “Gebedenboekje”, Ed. Fontein, Baarn, 1989, p.29 (citado por ESPARZA, Miguel, Op. Cit., p.44)

    Cfr. ESPARZA, Miguel, Op. Cit., p.44

    ESPARZA, Miguel, Op. Cit., p.45

    Cfr. Ibidem, p.46

    Cfr. ESPARZA, Miguel, Op. Cit., p.47.

    Carlos Cardona dice en su “Metafísica del Bien y del Mal” que a Dios le ofende nuestro pecado sólo porque nos ama. Si no nos amase todos nuestros actos le serían indiferentes (de hecho ni siquiera existirían), pero como sí nos ama se ha identificado intencionalmente con nosotros y nuestro mal se hace Suyo en nosotros, de modo que podemos decir con propiedad que Dios “se duele” con nuestro pecado. Nuestros pecados no afectan la inmutabilidad esencial de Dios pero sí esa “mutabilidad electiva”, ese vulnerabilidad que el amor comporta. Dios al amarnos se ha hecho “vulnerables en nosotros”. (CARDONA, Carlos, Op. Cit., p.125)

    STRAUBINGER, Juan. “La Santa Biblia”, Tomo II, Ed. Club de Lectores, Buenos Aires, 1948. Pág. 1159

    S.S. BENEDICTO XVI, “I Encíclica: Deus Caritas Est”, Ed. San Pablo, Buenos Aires, 2006. Pág. 23

    Cfr. ESPARZA, Miguel, Op. Cit., p.49.

    STRAUBINGER, Juan. Op. Cit. Pág. 100

    Cfr. LOBATO, Abelardo, o.p., SEGURA, Armando, FORMENT, Eudaldo, Op. Cit., pág.843-860

    Ibidem

    LOBATO, Abelardo, o.p., SEGURA, Armando, FORMENT, Eudaldo, Op. Cit., pág. 843-847

    Ibidem

    Ibidem

    Ibidem

    AQUINO, Tomás de, “Suma Teológica”, 1-2, q 62, a.3 (citado por LOBATO, Abelardo, o.p., SEGURA, Armando, FORMENT, Eudaldo, Op. Cit., pág. 857)

    BOFFIL, J., “La Escala de los Seres”, Ed. Cristiandad, Barcelona, 1950, pág. 185-186 (citado por LOBATO, Abelardo, o.p., SEGURA, Armando, FORMENT, Eudaldo, Op. Cit., pág. 857)

    Cfr. ESPARZA, Miguel, Op. Cit., p.56 y ss.

    Cfr. ESPARZA, Miguel, Op. Cit., p.56 y ss.

    Cfr. ESPARZA, Miguel, Op. Cit., p.56 y ss.

    Ibidem

    ESPARZA, Miguel, Op. Cit., p.63

    DE SILVA, Álvaro. “La agonía de Cristo. Santo Tomás Moro”, Ed.Rialp, Madrid, 1991. 4º edicion, p.27

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