Eduardo Villamizar

Arte. Pintura. Biografía. Colombia. Esculturas

  • Enviado por: Elkin
  • Idioma: castellano
  • País: Colombia Colombia
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Eduardo Ramírez Villamizar.

Oleo de Lorenzo Jaramillo, 1980.

Colección particular, Bogotá.

Escultor y pintor nortesantandereano (Pamplona, 1923). Eduardo Ramírez Villamizar hizo algunos años de arquitectura en la Universidad Nacional de Bogotá, entre 1940 y 1943, aunque desde adolescente se inclinaba por las artes plásticas. A1 dejar la carrera de arquitectura, comenzó a pintar en términos expresionistas, un poco a la manera de Georges Rouault. El paso definitivo al arte abstracto lo dio en París, poco después de su llegada a esa ciudad en 1950. Vinculado al arte geométrico, Ramírez no fue un epígono más, sino que realizó una obra personal, caracterizada por la relación estrecha de unas formas planas que, presididas por la línea recta o la línea curva, por diseño y color se imbrican o se engranan entre sí. A veces la composición está dominada por las curvas, otras veces sólo hay rectas, aunque en la mayoría de los casos aparecen unas y otras en los más diversos acoplamientos. El colorido es variado, pero hay un predominio del rojo, el azul, el verde, casi siempre puros, y de los neutros, el negro, el blanco y los grises. La pintura abstracta de Ramírez fue el preámbulo necesario de su obra de escultor. Es tal la unidad de toda su producción, que algunos cuadros anticipan claramente sus primeros relieves e, incluso, anuncian las formas y los espacios de sus esculturas libres. Entre 1959 y 1964, Ramírez Villamizar realizó numerosos relieves. Los primeros son blancos. Los planos superpuestos, de escaso espesor, prolongan tanto la morfología como las composiciones de las pinturas. Poco a poco los relieves se vuelven más complejos, los elementos se multiplican y sus relaciones se hacen más intrincadas. También aparece el color (el amarillo, el azul, el ocre), aunque el blanco sigue predominando. Los relieves de 1962 fueron dedicados por el artista a la orfebrería precolombina, y aunque estas obras no tienen nada que ver con aquellas piezas, es innegable que Ramírez Villamizar ya era un estudioso del Museo del Oro, en el que aprendió mucho del diseño, la organización de las superficies y los contrastes entre planos lisos y otros muy elaborados de los trabajos prehispánicos. Desde antes de sus primeros relieves, ya el artista había hecho incursiones en el campo de la escultura exenta. En 1963, en medio de su producción de relieves, Ramírez Villamizar trabajó la escultura libre Homenaje al poeta Jorge Gaitán Durán. Esta obra es un doble relieve, a manera de pared, de la que, a uno y otro lado, surgen elementos proyectados y, en especial, una serie de ondas localizada en el centro del rectángulo. Entre 1964 y 1966 Ramírez realizó otras esculturas exentas: Al poeta Eduardo Cote, Saludo al astronauta, Reliquia y otras.

Ramírez Villamizar frecuentó los Estados Unidos desde los primeros años cincuenta. Vivió en Nueva York de 1967 a 1974. Allí comenzó a trabajar láminas de plástico, inclinó los planos que siempre se habían mantenido como paredes, y estableció el espacio dentro de la escultura. De 1967 a 1968 son las Construcciones emergiendo, los Círculos intersectados, las Construcciones suspendidas, las Cámaras en progresión, las Construcciones topológicas y otras. Pese a sus diversas morfologías, todas estas series están íntimamente relacionadas. Todas las formas, las opacas y las vacías, se generan entre sí y cada serie hace germinar la siguiente. En 1971 Ramírez Villamizar realizó cuatro torres en concreto en una autopista de Vermont. A partir de esta obra trabajó Columnata, en Fort Tryon Park de Nueva York, y las 16 torres en los cerros orientales de Bogotá, a la altura del Parque Nacional. Con base en el módulo ortogonal de estas esculturas, Ramírez realizó un múltiple de madera, varios relieves y algunas construcciones. En 1973 hizo otras esculturas públicas en Estados Unidos: Hexágono, en Nueva York, y De Colombia a John Kennedy, en Washington. Esta última obra, inspirada en la espiral del caracol, anticipa sus construcciones de 1975 y 1976. La mayoría de estas esculturas tienen grandes dimensiones y se caracterizan por su disposición horizontal. Construidas en hierro y pintadas de rojo, negro o blanco, constituyen un rico engranaje de segmentos muy inclinados, que decrecen de tamaño hacia el centro de la composición. Cuando el artista regresó al país, en 1974, se instaló en Suba, en una casa con amplio jardín. Allí colecciona, junto a algunas obras precolombinas y modernas, cientos de caracoles. Ese contacto tan cercano con la naturaleza se manifestó de muchas maneras en sus trabajos de fines de los setenta. Por esos años hizo Peines del viento, Insectos policromados camuflándose, Caracol-pájaro, Flor-pájaro-caracol y otros. En estas obras, el artista no confunde su claro sentido de forma y estructura con la "imagen" que representan. A esos años corresponde, también, la enorme escultura pública de Bogotá, Nave espacial, inspirada en la osamenta de un pájaro. A comienzos de los ochenta Ramírez volvió a trabajar esculturas de líneas rectas y realizó algunas piezas de escasa altura, prácticamente extendidas por el piso. Si la naturaleza permeó su obra inmediatamente anterior, la arquitectura volvió a presidir muchos de los trabajos de los ochenta; aunque, algunas veces, se ve una síntesis afortunada de las dos fuentes de inspiración: Insecto-nave espacial, Columna-flor, Arquitectura-insecto.

Desde una pintura como El dorado, de 1957, hasta numerosas construcciones de los ochenta, la obra de Ramírez Villamizar recuerda el arte precolombino. Si después del óleo mencionado, el escultor realizó especialmente relieves con referencias prehispánicas; en los ochenta han sido constantes las construcciones en hierro oxidado relacionadas con el arte precolombino. Una relación que nunca ha sido meramente nominal, pero que tampoco ha sido de transcripciones directas. En los últimos años, el escultor (sobre todo), ha conocido los principales lugares arqueológicos de América Latina y estas vivencias le han ayudado a fortalecer su concepción de las formas y lo han estimulado a desarrollar las más variadas recreaciones de lo precolombino. El viaje a Machu Picchu, a fines de 1983, fue definitivo para la producción iniciada a comienzos del año siguiente, de grandes construcciones plenas de sobriedad y poderío. A la serie Recuerdos de Machu Picchu, que alude a los muros, terrazas, caminos, canales de irrigación de la arquitectura incaica, Ramírez Villamizar ha agregado trabajos como las Piedras cansadas, los Trajes ceremoniales, los Mantos emplumados, las Máscaras rituales, las Deidades agustinianas, los Templos y otros. Desde fines de los setenta, el escultor ha realizado esculturas de hierro oxidado. AI principio las alternó con obras pintadas (Flores para Feliza, Río en la selva), pero después de 1984 sólo ha trabajado el hierro sin pintar, salvo algunas construcciones en madera. Ramírez Villamizar ha dicho que estos trabajos pertenecen a su "fase romántica"; un calificativo que sólo tiene que ver con el acabado diferente al impecable colorido de su producción anterior, porque de resto, las esculturas siguen siendo estrictamente racionalistas. Las construcciones de Ramírez Villamizar están vinculadas a las esculturas de componentes bidimensionales que se han llevado a cabo desde comienzos de siglo. La serie Recuerdos de Machu Picchu se caracteriza por la presencia de grandes planos articulados, que recuerdan los sillares poligonales de la arquitectura incaica. Es, además, una serie de construcciones de disposición frontal que encaran al espectador y que sólo tienen un aspecto anterior y otro posterior. Sin embargo, el artista no ha dejado de trabajar volúmenes (hechos de planos) y espacios intercalados entre aquéllos. Recientemente y al lado de sus "precolombinos", Ramírez Villamizar ha hecho trabajos como Homenaje al cubismo y otros de su vertiente "naturalista". Además de algunos Caracoles, hay que destacar el Espejo de la luna, construcción pública instalada a mediados de 1990 en la calle 100 de Bogotá. De 1991 y 1992 son los Aerolitos (volúmenes romboides que sólo se sostienen enterrados en el piso 0 sostenidos por cables) y los Acoplamientos (construcciones complejas con varios elementos llenos y vacíos). Finalmente, entre 1989 y 1990 el artista adelantó también algunas construcciones en madera, entre las que se destaca la maqueta de El templo de las leyes, un homenaje al general Francisco de Paula Santander