Edad Media

Ciudad Medieval. Artesanos y Gremios. Feudalismo. Burguesía. Crisis de la Baja Edad Media

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LA CIUDAD MEDIEVAL

EXPANSIÓN AGRARIA Y APARICIÓN DE LAS CIUDADES.

La expansión territorial, las innovaciones en la agricultura y el desarrollo de las ciudades y el comercio, trajeron consigo una rápida transformación económica de la Europa medieval. Los cambios de disponibilidad y consumo de bienes materiales y de distribución demográfica alteraron radicalmente las relaciones sociales y la organización política en Europa. Estos cambios dieron origen a clases nuevas y más independientes que competían entre sí y se equilibraban de forma que ninguno de los grupos llegase a ostentar el poder absoluto.

La migración y la expansión de las fronteras ampliaron los límites de los países europeos en el Mediterráneo, en Europa oriental y en la península Ibérica.

La tala de bosques para pastos y las nuevas técnicas agrícolas se tradujeron en una mayor producción de alimentos, un aumento de la población y mayor libertad económica. Los útiles agrícolas, como el arado pesado, unidos a los nuevos métodos de aprovechamiento de la fuerza animal, como el arreo de collar para los caballos, permitieron a los agricultores cultivar con menor esfuerzo la tierra fértil y densa de la Europa septentrional. La utilización del arado normando, más pesado que el viejo arado romano, permitía hacer los surcos más profundos y airear mejor la tierra, con lo que aumentaba su fertilidad.

El sistema de rotación triple sustituyó a la alternancia de la cosecha doble, permitiendo a los agricultores cultivar simultáneamente dos terceras partes, en lugar de la mitad de sus tierras, y dejando un tercio en barbecho para regenerar los nutrientes.

En el siglo XII los dispositivos generadores de fuerza como el molino de viento y la noria de agua para moler el grano contribuyeron también a aumentar la producción. El molino era una máquina que transformaba el viento en energía aprovechable. Esta energía provenía de la acción de la fuerza del viento sobre unas aspas oblicuas unidas a un eje común. El eje giratorio se puede conectar a varios tipos de maquinaria para moler grano o bombear agua. Los molinos movidos por el viento tienen un origen remoto. En el siglo VII d.C. ya se utilizaban molinos elementales en Persia (hoy, Irán) para el riego y para moler el grano. En estos primeros molinos, la rueda que sujetaba las aspas era horizontal y estaba soportada sobre un eje vertical. Estas máquinas no resultaban demasiado eficaces, pero aún así se extendieron por China y el Oriente Próximo.

En Europa los primeros molinos aparecieron en el siglo XII en Francia e Inglaterra y se distribuyeron por el continente. Eran unas estructuras de madera, conocidas como torres de molino, que se hacían girar a mano alrededor de un poste central para levantar sus aspas al viento. El molino de torre se desarrolló en Francia a lo largo del siglo XIV. Consistía en una torre de piedra coronada por una estructura rotativa de madera que soportaba el eje del molino y la maquinaria superior del mismo. Estos primeros ejemplares tenían una serie de características comunes. De la parte superior del molino sobresalía un eje horizontal. De este eje partían de cuatro a ocho aspas, con una longitud entre 3 y 9 metros. Las vigas de madera se cubrían con telas o planchas de madera. La energía generada por el giro del eje se transmitía, a través de un sistema de engranajes, a la maquinaria del molino emplazada en la base de la estructura.

Como consecuencia, los europeos comenzaron a alimentarse mejor, vivían más tiempo y aumentaron en número. Una mejor dieta con legumbres ricas en hierro prolongó la vida media de las mujeres y aumentó su supervivencia tras los alumbramientos. La población de Europa prácticamente se duplicó entre los siglos XI y XIV, llegando en algunas regiones a triplicarse. El excedente de alimentos y de población se tradujo en que un mayor número de individuos podía dedicar sus esfuerzos a nuevos oficios y al comercio, en vez de a la agricultura de subsistencia.

LAS CIUDADES Y LA BURGUESÍA.

El aumento de productividad entre los siglos XI y XIV dio lugar a la urbanización o crecimiento de los pueblos y ciudades de mercado donde los ciudadanos compraban alimentos y materias primas procedentes de zonas rurales y vendían objetos fabricados por artesanos locales así como artículos importados de otras regiones.

Las ciudades y los ciudadanos se independizaron de la aristocracia terrateniente y pudieron regir sus propios negocios mediante cédulas concedidas por los monarcas. La moneda se convirtió en un medio habitual de transacción y nació la economía basada en el dinero, con sus correspondientes actividades de banca, inversión y préstamo.

Los comerciantes y los inversores europeos crearon redes comerciales competidoras. Los mercaderes de las antiguas ciudades-estado italianas, como Génova, Venecia y Pisa, importaban artículos de lujo de Oriente y de los puertos del norte de África a cambio de materias primas europeas. Entre los siglos XII y XIII, una serie de ciudades del norte de Alemania constituyeron la Liga Hanseática que controlaba las rutas comerciales que transportaban materias primas como maderas, pieles y metales por el mar Báltico, el mar del Norte y las grandes vías fluviales, quedando de esta forma vinculados Alemania, Inglaterra, los Países Bajos, Escandinavia y los países de la Europa oriental.

Aunque la mayor parte de los europeos continuaban viviendo en zonas rurales, las ciudades cada vez dominaban más el panorama general.

En la antigüedad, el transporte de mercancías a larga distancia era caro y arriesgado. Por lo tanto, el comercio se realizaba, generalmente, en mercados locales, siendo los bienes comercializados, fundamentalmente, alimentos y vestidos. Casi todo el mundo gastaba la mayor parte de sus recursos en alimentos, y lo que no producían ellos mismos lo obtenían comerciando. Lo mismo ocurría con los vestidos: la ropa se hacía en casa o se compraba. Además de alimentos, ropa y cobijo, los grupos más ricos empleaban sus ingresos en atuendos vistosos, joyas y obras de arte, lo que provocó un importante comercio de bienes de lujo.

Las ferias eran encuentros periódicos o esporádicos entre compradores y vendedores para mostrar las más diversas mercancías. Debido a las dificultades para viajar, era imposible que los consumidores adquirieran los bienes que deseaban y que los productores dieran salida a todos los productos en oferta. Por ello, se fueron desarrollando poco a poco ferias que se celebraban, en un principio, en festividades religiosas anuales, lo que permitía a los productores mostrar sus productos acumulados y facilitaba la asistencia de muchos compradores potenciales. Se fueron instituyendo como acontecimientos anuales en toda Europa y Oriente Próximo, donde alcanzaron una trascendencia especial en la ciudad santa de La Meca. Las ferias eran tan importantes para promocionar la actividad comercial que las autoridades religiosas y seglares concedieron privilegios especiales para apoyar a los comerciantes: por ejemplo, el poder dirimir las disputas entre ellos durante su celebración. Durante la edad media, sobre todo en los siglos XIII y XIV, se celebraron numerosas ferias en Europa. Las más famosas eran las de Champaña-Ardenas. Más tarde, la feria de Ginebra resultó muy importante. Otras que gozaron de gran prestigio fueron las organizadas en Pavía y Milán (Italia), Frankfurt del Main y Leipzig (creada el año 1507), en Alemania, y Stourbridge (1211) y Londres en Inglaterra. En Castilla destacó por su importancia la feria de Medina del Campo (Valladolid). El primer documento que la menciona data de 1421.

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Aunque se ofertaban todo tipo de productos, fue un destacado centro de contratación lanera y un mercado de capitales, al aprovechar su situación como centro donde confluían las rutas procedentes de Burgos, Portugal y Toledo. En sus cercanías se desarrollaron otras ferias en Valladolid, Villalón y Medina de Rioseco. En total, todas ellas duraban unos cien días al año, divididos en dos periodos. Algunas se crearon para la venta de productos concretos (ganado, caballos y tejidos); otras eran muestras en las que se ofrecían todo tipo de bienes; en muchas ferias además se contrataban trabajadores. En otras ocasiones, coincidiendo con una feria comercial se organizaba un mercado del ocio; algunas ferias terminaron por perder su faceta comercial y se convirtieron en ferias del entretenimiento.

Tras la recesión que siguió a la caída del Imperio romano, el comercio empezó a crecer paulatinamente en Europa durante la edad media, especialmente a partir de los siglos XII y XIII. El comercio a larga distancia fue menos peligroso a medida que los comerciantes creaban asociaciones para protegerse durante los largos viajes. Las principales rutas comerciales de larga distancia ponían en contacto el Báltico y el Mediterráneo oriental con el centro y el norte de Europa. De los bosques del Báltico provenían materias primas: madera, alquitrán y pieles. Del este provenían bienes de lujo: especias, joyas y productos textiles. A cambio de estos bienes, Europa occidental

exportaba materias primas y bienes manufacturados. Los ingleses vendían prendas de lana, los holandeses arenques salados, en España se producía lana, Francia exportaba sal; el sur de Europa también destacaba por sus vinos, sus frutas y su aceite. Las ciudades italianas y alemanas que cubrían estas rutas promovían y financiaban el comercio. No obstante, durante la edad media, el comercio entre Europa y Asia era escaso, porque el transporte terrestre era caro y los bienes de Europa no tenían valor suficiente para exportarlos al Este.

En un principio el término burguesía servía para designar a los habitantes libres de las ciudades europeas durante la edad media. Más tarde, el término se convirtió en sinónimo de clase media-alta. En sentido etimológico proviene del latín burgus y del alemán brug, designando a aldeas pequeñas que dependen de otra ciudad. La burguesía designaría, pues, a quienes habitaban los burgos. Este término  se aplicó por primera vez a los habitantes de las ciudades medievales francesas que no eran siervos ni pertenecían a la nobleza; se extendió con gran rapidez a otros países. Estas personas eran por lo general comerciantes y artesanos, y en épocas posteriores banqueros y empresarios. Con el desarrollo de las ciudades como centros comerciales, la burguesía empezó a cobrar importancia como clase socioeconómica. Solían agruparse en corporaciones y gremios para defender sus intereses mutuos ante los grandes propietarios y terratenientes.

El final de la edad media estuvo protagonizado por la aparición de Estados nacionales en Europa occidental, concentrándose el poder en manos de los monarcas. La burguesía apoyó la monarquía como modo de enfrentarse al orden feudal, aumentando su propia influencia en los recién creados Estados.

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ARTESANOS Y GREMIOS

Los cambios económicos provocados por el desarrollo del comercio y la aparición de las ciudades crearon nuevas tensiones en la sociedad medieval que traspasaron los límites de clases, sexos, etnias y religiones. La interacción entre las clases rurales y las clases urbanas produjo el establecimiento de nuevas organizaciones políticas y leyes diseñadas para equilibrar las exigencias de las clases enfrentadas.

Con la aparición de las ciudades, las nuevas clases sociales, como comerciantes y artesanos, alteraron los esquemas sociales establecidos por la sociedad medieval. Según el enfoque tradicional, había tres órdenes que actuaban conjuntamente en la comunidad rural: la aristocracia guerrera o las personas que se dedicaban a luchar, el paisanaje o las personas que se dedicaban a trabajar, y el clero o las personas dedicadas a la oración. Estas comunidades tradicionales estaban organizadas jerárquicamente y vinculadas entre sí como una familia, en la que los nobles actuaban como un padre que vela por su familia y los habitantes del poblado.

Los ciudadanos, que se ganaban la vida como artesanos o comerciantes, rompieron con estas servidumbres rurales y estos lazos familiares creando nuevas redes sociales a través de los gremios, que eran asociaciones de personas que pertenecen a un mismo oficio, negocio o profesión, cuyo objetivo consiste en obtener protección y ayuda mutuas. El término se aplica con carácter específico a dos tipos de asociaciones que se extendieron por toda Europa durante la edad media: los gremios de comerciantes y los gremios de artesanos.

Los gremios de los comerciantes velaban por los intereses de la ciudad, regulando el comercio con los extranjeros y procurando ciertos beneficios para sus miembros. Aparecieron en Europa durante el siglo XI como consecuencia del crecimiento del comercio y de los centros urbanos durante dicha centuria.

Los comerciantes tenían que viajar por diversos países, de feria en feria, por lo que, para protegerse, los miembros de un mismo centro urbano se asociaban para crear una caravana. Los miembros de ésta elegían un jefe que dictaba normas de obligado cumplimiento. Además de establecer la obligación de defenderse conjuntamente ante un ataque, las normas obligaban al apoyo mutuo en caso de disputas legales. Estas caravanas recibían el nombre de gilda o hansa en los países de habla germana, y se denominaban caritas o fraternitas en los países latinos. Lo más frecuente era que los miembros de una hansa o fraternitas mantuvieran el trato cuando regresaban a su ciudad de origen. El gremio empezó a ejercer ciertos derechos y poderes sobre el comercio en sus propias ciudades que les eran conferidos por el señor feudal y más tarde, en las ciudades libres, preservaron y ampliaron su poder.

Con el tiempo, los gremios de comerciantes monopolizaron el comercio de la ciudad y controlaban los oficios, la venta, la distribución y la producción de todos los bienes de la ciudad. A veces permitían comerciar a mercaderes no integrados en el gremio, pero sólo a gran escala, no permitiéndoseles realizar transacciones concretas, que eran exclusivas de los miembros del gremio. Así, los comerciantes que no pertenecían al gremio tenían que pagar tasas especiales al señor feudal, a la ciudad, o al propio gremio, mientras que éste pagaba cada año estas tasas, por lo que estaban exentos de otras cargas municipales. Al gremio de comerciantes pertenecían los más ricos y poderosos, que obtuvieron una importante influencia política, logrando acceder a altos cargos en la administración de la ciudad. A veces, el gremio admitía a comerciantes de otras ciudades, incrementaban su poder y su influencia, llegando a monopolizar el comercio de varios centros urbanos al mismo tiempo.

Algunos calificaron a los comerciantes de mundanos y materialistas al no realizar ninguna labor propia y beneficiarse del trabajo de terceras personas en su actividad de compra y venta de artículos. Para contrarrestar esta opinión, los gremios distribuyeron su riqueza dando limosna a los pobres y construyendo iglesias para demostrar de forma patente el fervor colectivo de sus miembros.

Los gremios mercantiles fueron perdiendo importancia con el paso del tiempo. Comenzaron a transformarse a partir del siglo XIV a causa de la aparición de los gremios de artesanos, agrupados por oficios, que terminaron monopolizando la producción y venta de los productos que fabricaban. A medida que los artesanos de cada oficio se iban agrupando para defender sus intereses, los comerciantes de la ciudad perdían el control de la distribución de ese producto, reduciendo aún más el poder del gremio de comerciantes, hasta que perdieron por completo el control del comercio. En aquellos casos en los cuales los comerciantes habían conseguido hacerse con el poder municipal, su sistema perdió fuerza al aparecer el Estado moderno, con gobiernos centrales que disputaban el poder de las corporaciones locales. Todo ello llevó a la desaparición definitiva, a finales de la edad media, de este tipo de asociaciones.

Los gremios de artesanos organizados por curtidores, carniceros y tejedores establecieron un control sobre salarios y precios y fijaron reglas para realizar el aprendizaje y para el ingreso como miembro. Conocidos en Francia como corporation de métier, arte en Italia, y Zünft o Innung en Alemania, surgieron a principios del siglo XII. En general, este tipo de gremios apareció cuando un grupo de artesanos pertenecientes a un mismo oficio se agrupó para defender sus intereses, imitando el ejemplo de los comerciantes de la ciudad. En algunos casos la asociación tuvo en su origen una motivación religiosa, como la creación de cofradías para venerar a un santo patrón, pero al comprobar que todos sus miembros tenían el mismo oficio, empezó a preocuparse más por las necesidades económicas de los miembros que por sus objetivos religiosos. A mediados del siglo XII existían gremios de artesanos en toda Europa occidental. En algunas ciudades la pertenencia al gremio era voluntaria, pero en otras el gremio ejercía un poder absoluto, y quien quisiera ejercer ese oficio tenía que integrarse en la asociación.

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Los miembros se dividían en tres clases: maestros, oficiales y aprendices. El maestro era un pequeño propietario: poseía las materias primas y las herramientas necesarias, y vendía los productos en su tienda para su propio beneficio. Los oficiales y aprendices vivían en la casa del maestro. Los aprendices, que estaban iniciándose en la profesión, aprendían con el maestro y recibían por su trabajo tan sólo comida y alojamiento. Cuando un aprendiz había concluido su aprendizaje se convertía en oficial y pasaba a recibir un salario. Con el tiempo, el oficial podía convertirse, a su vez, en maestro tras realizar un trabajo concreto que le servía para superar el examen que los maestros le proponían y demostrar su capacidad. Este trabajo se denominaba obra maestra. Pero los maestros preferían no aumentar la competencia, por lo que las condiciones para convertirse en maestro eran cada vez más difíciles de conseguir, reduciéndose el ingreso a miembros de determinadas familias. A partir del siglo XIV las condiciones se hicieron tan estrictas que era casi imposible acceder al rango de maestro. Entre los siglos XIV y XVI los oficiales se fueron asociando para exigir mayores sueldos y mejores condiciones laborales. Lograron obtener ciertas mejoras, a veces declarándose en huelga. Las asociaciones de oficiales se consideran precursoras de los actuales sindicatos, debido a su defensa de los derechos de los trabajadores.

Los gremios de artesanos desempeñaron un importante papel en la vida económica de las ciudades medievales, influyendo en el bienestar económico de menestrales y consumidores. Ayudaron a mejorar las condiciones de los artesanos de dos formas: protegiéndolos de la rivalidad de otras ciudades y de la competencia de sus conciudadanos, que comerciaban con los bienes que ellos producían. Su primer objetivo lo lograron monopolizando las actividades comerciales de su ciudad, por lo que los bienes producidos en otras ciudades no podían acceder a su mercado. El segundo objetivo lo alcanzaron imponiendo horarios comerciales y salarios iguales para todos los artesanos de un mismo oficio. Para evitar que un maestro pudiese beneficiarse, el gremio establecía el número de personas que podían trabajar al mando de un mismo maestro, la cantidad de herramientas que se podían utilizar, el número de horas por jornada laboral, la cantidad de productos a elaborar y el precio de los bienes finales.

El gremio controlaba de forma férrea el cumplimiento de sus normas. Ningún maestro podía anunciar sus productos. Se prohibía la utilización de cualquier mejora técnica del proceso de producción que pudiese beneficiar a un maestro al permitirle producir más bienes con menores costes. El objetivo principal consistía en igualar las condiciones laborales de los miembros de los gremios, cualquiera que fuese la clase a la que pertenecieran. Los consumidores se vieron beneficiados por una parte, porque la existencia de los gremios garantizaba una alta calidad de los productos; pero por otra parte se vieron perjudicados, al no poder beneficiarse de mejoras técnicas que hubieran reducido los precios, ni de la competencia entre artesanos.

Estos gremios representaron una importante fuerza económica en la Europa de los siglos XII a XV. En Francia y en los Países Bajos, durante los siglos XII y XIII amenazaron con conquistar el poder municipal. Para debilitarlos, algunos municipios suprimieron sus privilegios, e incluso les prohibieron ejercer el control de su industria. Sin embargo, en el siglo XIV los artesanos empezaron a competir con los comerciantes para lograr el poder político. En algunas ciudades lo consiguieron. Por ejemplo, en la ciudad de Lieja, el consejo municipal estaba formado en 1384, por representantes de los 32 gremios artesanales de la ciudad.

LA CIUDAD MEDIEVAL

La ciudad medieval se encontraba rodeada de murallas. Dentro de este recinto amurallado estaban las viviendas con sus huertos y edificios como: la iglesia, el ayuntamiento, la universidad, el hospital, el palacio que algunas veces el mismo monarca se hacía construir porque prefería vivir en la misma ciudad, la catedral y las calles de los artesanos alrededor del mercado.

Las calles eran estrechas y a menudo sucias, con los animales andando por ellas. La higiene escaseaba, por eso las enfermedades se propagaban con mucha facilidad y con consecuencias nefastas para la población, como ocurrió con la peste negra en el S. XIV.

Dentro de la burguesía que vivía en las ciudades había dos tipos: la alta burguesía formada por comerciantes y banqueros y la baja burguesía formada por artesanos y comerciantes.

Otros habitantes de estas ciudades eran los oficiales y los aprendices de los gremios, los criados y los judíos. Estos últimos vivían en barrios separados que se cerraban por las noches.

Al principio en las ciudades se formaron comunas o asambleas de todos los vecinos, para una mejor organización, dirigidos por un alcalde, a la que el señor feudal o soberano otorgaba una carta de privilegios concediéndoles ciertos derechos de autogobierno y la posibilidad de crear un municipio. Las comunas medievales existieron en Francia, Inglaterra e Italia, y en países en los que florecía el feudalismo.

El ayuntamiento era el edificio donde se reunía el alcalde con los regidores y donde se guardaban los documentos importantes de la ciudad. Más tarde este poder de gobierno pasó a manos de las familias ricas, que formaron el patriciado urbano.

EL AFIANZAMIENTO DEL PODER REAL.

En medio del crecimiento económico y la agitación social, la alta edad media presenció la estabilización de las fronteras políticas de Europa y la expansión de los gobiernos centralizados por todo el continente. Basados en la fortaleza económica de las ciudades y el comercio, los diferentes gobernantes europeos crearon burocracias competentes para regentar sus dominios, como resulta evidente de la creciente utilización de documentos legales escritos. El poder de estos nuevos dirigentes estaba limitado, sin embargo, por la presión ejercida por los grupos sociales y las organizaciones políticas rivales, tales como la aristocracia, la ciudadanía y la Iglesia.

Desde el siglo XI hasta el XIII las comunidades en expansión en Europa desarrollaron una identidad política estable, generalmente bajo un gobernante central. El control regio se extendió en Inglaterra con los Angevinos (Plantagenet), en Francia con los Capetos y en Alemania bajo el Sacro Imperio Romano Germánico. Entre tanto fueron surgiendo reinos cristianos recién unificados en la península Ibérica, como los reinos de Castilla y León (que formaron la denominada Corona de Castilla) y Portugal; en Escandinavia, como los de Dinamarca, Noruega y Suecia; y en Europa oriental, como el reino de Hungría ocupado por los magiares, la dinastía Piast en Polonia y la Rusia de Kíev. Los pueblos eslavos de Europa oriental recibían influencias tanto de Europa occidental como del Imperio bizantino y así, por ejemplo, la población eslava de Rusia se convirtió al cristianismo bizantino u ortodoxo oriental bajo la dinastía de Kíev fundada por los escandinavos en el siglo X, constituyendo una sólida cultura cristiana eslava que sobrevivió incluso a la conquista mongol del siglo XIII.

Los gobernantes medievales carecían de poder absoluto; su fuerza radicaba más bien en el establecimiento de relaciones estratégicas con la aristocracia, las ciudades y la Iglesia. Incluso al tiempo que los reyes iban centralizando su poder, las nuevas asambleas representativas en el Parlamento de Inglaterra y los Estados Generales de Francia durante la edad media fueron sentando las bases de un gobierno de consenso popular. Por ejemplo, Enrique I de Inglaterra, que reinó de 1100 a 1135, creó un eficaz sistema de control del gobierno mediante el Exchequer (administración de Finanzas), el órgano encargado de recaudar e invertir el erario público. Su nieto, Enrique II, que reinó de 1154 a 1189, contribuyó al desarrollo del derecho común que unificó el reino. Pero el rey Juan Sin Tierra, que ocupó el trono entre 1199 y 1216, se vio obligado por los barones a firmar la Carta Magna en 1215, un antecedente de la monarquía constitucional en Inglaterra.

A menudo, los conflictos entre estos centros rivales de poder dieron lugar a nuevas teorías políticas y leyes. Por ejemplo, durante la el siglo XI, cuando comenzó la llamada Querella de las Investiduras, los papas y los gobernantes laicos debatieron el derecho a la investidura o nombramiento de los obispos. Al tiempo que los dirigentes religiosos europeos iban adquiriendo una autoridad más sistemática sobre sus iglesias, los reformadores procuraban liberar las iglesias locales del control de los aristócratas y monarcas laicos. Sin embargo, los reyes europeos estaban acostumbrados a nombrar sus propios arzobispos y obispos, ya que estas personas, por lo general pertenecientes a familias aristocráticas, actuaban como administradores reales. Cuando Gregorio VII, papa entre 1073 y 1085, rechazó el nombramiento de un obispo realizado por el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Enrique IV, se desencadenó un dilatado conflicto que enturbió las relaciones entre Iglesia y Estado. Los siguientes papas, tales como el dinámico Inocencio III, cuyo pontificado duró de 1198 a 1216, utilizaron el mismo mecanismo burocrático que solían usar los gobernantes seglares para desarrollar teorías legales que liberasen a la Iglesia de la influencia laica. Aunque finalmente infructuosos, los argumentos aducidos por ambas partes del conflicto contribuyeron a definir los límites de la autoridad política tanto para la autonomía eclesiástica como para el gobierno seglar.

El feudalismo se caracterizó por la concesión de feudos (casi siempre en forma de tierras y trabajo) a cambio de una prestación política y militar, contrato sellado por un juramento de homenaje y fidelidad. Pero tanto el señor como el vasallo eran hombres libres. Los reyes dieron apoyo a los burgueses y les concedieron cartas de privilegios con lo cual ya no estaban sometidos a ningún señor feudal a cambio de estos privilegios las ciudades facilitaron a los reyes el dinero necesario para sus luchas continuas contra los nobles.

La burguesía exigió a los príncipes que mantuvieran la libertad y el orden necesarios para el desarrollo de la actividad comercial. Esa población urbana también demandó un papel en el gobierno de las ciudades para mantener su riqueza. En Italia se organizaron comunidades que arrebataron el control del país a la nobleza feudal que incluso fue forzada a residir en algunas de las urbes. Las ciudades situadas al norte de los Alpes enviaron representantes a los consejos reales y desarrollaron instituciones parlamentarias para conseguir voz en las cuestiones de gobierno, al igual que la nobleza feudal. Con los impuestos que obtuvieron de las ciudades, los príncipes pudieron contratar sirvientes civiles y soldados profesionales. De este modo pudieron imponer su voluntad sobre el feudo y hacerse más independientes del servicio de sus vasallos.

A partir del S.XII los monarcas convocan las Cortes o Parlamentos que son asambleas políticas en las que participaban los diferentes estamentos (grupos sociales diferenciados por su respectiva función social) de los distintos territorios y cuya existencia tuvo lugar hasta los últimos años del siglo XVIII. Su origen se encuentra en la Curia Regia, organismo de tipo consultivo integrado por los grandes magnates, altos dignatarios eclesiásticos y oficiales de la casa del rey. La transformación en Cortes se produjo en el momento en que a las reuniones extraordinarias de la Curia Regia se sumaron los representantes de las villas y ciudades.

La presencia del estado (estamento) ciudadano en la Curia pone de relieve la pujanza social y económica de las ciudades, lo que motivó su incorporación a los órganos de gobierno del reino. Las causas concretas que influyeron en el paso de la Curia plena a las Cortes estuvieron relacionadas con las necesidades financieras de los reyes y con el interés de la burguesía en llegar a un acuerdo con los monarcas para regular las acuñaciones monetarias. De hecho, el principal cometido de las Cortes, además de la presentación de agravios y peticiones al rey, era el otorgamiento de servicios y tributos extraordinarios, por lo que se puede decir que su función más destacada fue la relacionada con la Hacienda.

La convocatoria y la presidencia de Cortes fue siempre una prerrogativa de los reyes. A las reuniones acudían los tres estamentos de la sociedad, aunque en el reino de Aragón el brazo nobiliario se dividía en dos, el de los ricos hombres por un lado y el de los caballeros por otro. El rey era el que abría las Cortes en una sesión inaugural, en la que dirigía a los asistentes un discurso llamado `proposición' o `razonamiento', con los asuntos que debían ser estudiados. A continuación, los estamentos se reunían a deliberar por separado.

Aunque se ha hablado del carácter democrático de las Cortes, se trataba básicamente de una representación estamental. Los nobles y eclesiásticos habían acudido siempre a la Curia en virtud de su deber de consejo; la gran novedad fue la asistencia de los representantes de las villas y ciudades, llamados procuradores, los cuales, generalmente, pertenecían a la aristocracia urbana.

La representación se correspondía, por tanto, con los grupos privilegiados de la sociedad. Teóricamente, toda la población estaba representada en las Cortes; en la práctica, el campesinado y las capas populares urbanas quedaban al margen.

El empeño de algunos monarcas por reforzar su poder dio lugar a numerosos enfrentamientos entre distintas monarquías europeas. El conflicto más grave fue la llamada Guerra de los Cien Años ,  nombre por el que es conocido el conjunto de conflictos bélicos que, interrumpido por treguas y tratados de paz, dio comienzo en 1337 y finalizó en 1453, y en el cual se enfrentaron las dos grandes potencias europeas de la época: Inglaterra y Francia.

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El pretexto inmediato para la ruptura de hostilidades fue la pretensión del rey inglés Eduardo III de ocupar el trono francés. Dicho monarca, perteneciente a la dinastía Plantagenet, alegó ser el heredero legal al trono de Francia, dado que su madre, Isabel de Francia, era hermana del último soberano francés de la dinastía de los Capetos, Carlos IV, que había muerto en 1328 sin dejar un descendiente varón. La respuesta francesa mantuvo que la corona no podía heredarse por línea femenina, por lo que el trono fue ocupado por Felipe VI, primo del rey fallecido y primer monarca de la dinastía Valois.

En realidad, el motivo de la disputa residía en el hecho de que los reyes de Inglaterra, desde Guillermo I el Conquistador (1066-1087), controlaban grandes zonas de Francia en calidad de feudos, lo que suponía una amenaza a la monarquía francesa. A lo largo de los siglos XII y XIII, los soberanos franceses intentaron, con creciente éxito, restablecer su autoridad sobre esos territorios. Eduardo III temió que la monarquía francesa, que ejercía gran autoridad sobre los señores feudales de Francia, le privara del ducado de Guyena (Aquitania), territorio que los reyes ingleses mantenían en calidad de feudo desde mediados del siglo XII.

Aunque se habían producido crisis previas, en general se considera la fecha del 24 de mayo de 1337 como la del inicio de la guerra de los Cien Años: ese día Felipe VI arrebató Guyena a los ingleses. La animosidad de Eduardo III hacia el monarca francés se intensificó cuando Francia ayudó ese mismo año a Escocia en las guerras que la monarquía inglesa había iniciado contra los reyes escoceses para ocupar el trono de ese país. La rivalidad entre Inglaterra y Francia por dominar el comercio con Flandes es considerada asimismo una causa determinante del origen del conflicto.

En 1338, Eduardo III se proclamó rey de Francia e invadió desde el norte el país. Ninguno de los dos bandos obtuvo una victoria decisiva en tierra, si bien la flota inglesa derrotó en 1340 a la francesa frente a la ciudad de Sluis (en la actual provincia de Zelanda, en los Países Bajos), tras lo cual Inglaterra controló durante años el canal de la Mancha. Los dos reinos firmaron una tregua en 1343, pero Eduardo III invadió de nuevo Francia tres años después. El 26 de agosto de 1346 condujo a su ejército a una gran victoria sobre los franceses en la batalla de Crécy, y en 1347 conquistó la ciudad de Calais después de un duro asedio. Una serie de treguas fueron acordadas desde entonces, mas en 1355, Eduardo el Príncipe Negro, hijo del rey Eduardo III, tomó Burdeos. Los ingleses, usando como base esa ciudad, realizaron incursiones sobre gran parte del sur de Francia, arrasando ese territorio. En septiembre de 1356 el ejército inglés al mando del Príncipe Negro obtuvo una nueva gran victoria en Poitiers (centro oeste de Francia). En esa batalla fue capturado el rey francés Juan II, sucesor de Felipe VI desde 1350.

La Paz de Brétigny puso en 1360 fin a esa fase del primer periodo de la guerra. Los términos del tratado fueron, en general, favorables a Inglaterra, que se quedó en posesión de amplias zonas del territorio francés. En 1369, el monarca francés Carlos V, que había ejercido la regencia durante la cautividad de su padre, Juan II, y sucedido a éste cinco años antes, reinició la guerra. Una fuerza naval de la Corona de Castilla, aliada ésta con Francia, destruyó en 1372 una flota inglesa en el golfo de Vizcaya. Las tropas francesas, que, bajo las órdenes del condestable Bertrand du Guesclin, evitaron enfrentarse a campo abierto con los ingleses, se dedicaron a hostigarles y a cortar sus suministros.

Inglaterra pasó a combatir bajo una serie de circunstancias adversas: perdió a su mejor jefe militar al morir el Príncipe Negro en 1376; además, en 1377 falleció a su vez Eduardo III y fue sucedido por su nieto, Ricardo II, que tan sólo contaba con diez años de edad. El poderío bélico de Inglaterra quedó tan debilitado por la falta de un fuerte liderazgo que la táctica de guerrillas empleada por Du Guesclin devolvió a Francia gran parte del territorio entregado a Inglaterra por la Paz de Brétigny. Los enfrentamientos de este primer periodo acabaron en 1386, pero no se firmó una tregua hasta diez años más tarde.

Esta nueva tregua debía durar 30 años, pero en 1414, el rey inglés Enrique V, segundo monarca de la Casa de Lancaster, aprovechándose de la virulencia de la guerra civil que sufría Francia en ese momento, reiteró la pretensión de la monarquía inglesa al trono francés. El soberano inglés inauguró una nueva etapa en la guerra al invadir el territorio francés en 1415. Francia, debilitada por el conflicto entre los duques de Borgoña y de Orleans, que se disputaban el control de la regencia que gobernaba el país en nombre del enfermo rey Carlos VI, fue derrotada en Harfleur (cerca de la actual ciudad portuaria de El Havre) y el 25 de octubre de ese año en la decisiva batalla de Agincourt. Enrique V, aliado con los duques de Borgoña, conquistó todo el territorio francés al norte del río Loira, incluida la ciudad de París.

El 20 de mayo de 1420 se firmó el Tratado de Troyes, por medio del cual el rey francés Carlos VI se vio obligado a casar a su hija, Catalina de Valois, con Enrique V, de forma que el monarca inglés pasaba a ser su heredero además de regente de Francia. Asimismo, el soberano francés hubo de declarar ilegítimo a su hijo Carlos, el hasta entonces delfín (futuro Carlos VII), y a repudiarle como heredero. Éste rehusó someterse al acuerdo y continuó la guerra contra Inglaterra, cuyo ejército arrojó a sus tropas más allá del Loira e invadió el sur de Francia.

En 1422 murieron el rey inglés Enrique V y el monarca francés Carlos VI. Tras el fallecimiento de este último, su hijo fue proclamado rey de Francia con el nombre de Carlos VII, pero los ingleses reclamaron el trono francés para Enrique VI, el sucesor de Enrique V, que entonces ni siquiera contaba con un año de edad, por lo que su tío, Juan de Lancaster, duque de Bedford, actuaba como su regente en suelo francés. Carlos VII fue reconocido como rey de Francia en los territorios al sur del Loira mientras que Enrique VI controlaba el área situada al norte de este río.

Durante la invasión de la mitad meridional de Francia, que dio comienzo en 1428, el ejército inglés puso sitio a la ciudad de Orleans, última plaza fuerte que poseían los franceses. El punto de inflexión de toda la guerra de los Cien Años se produjo en 1429, cuando las tropas francesas, al mando de Juana de Arco, levantaron el asedio de Orleans, derrotaron a los ingleses en la batalla de Patay y les expulsaron hacia el norte. En julio de ese año, Carlos VII fue coronado rey de Francia en la catedral de Reims. Éste reforzó su posición en el trono francés al firmar en 1435 el Tratado de Arras, que no era sino una paz acordada por separado con el duque de Borgoña, Felipe III, aliado de Inglaterra hasta entonces. Al año siguiente, Carlos VII conquistó París a los ingleses.

Desde 1436 hasta 1449 no hubo acción militar alguna. En ese último año, los franceses atacaron a los ingleses en Normandía y en Guyena y recuperaron el primer territorio en 1450 y el segundo al año siguiente. Aunque nunca se firmó un tratado que pusiera fin de forma oficial a la guerra, la contienda cesó por fin en 1453, cuando Inglaterra sólo poseía Calais y algunas pequeñas zonas adyacentes, territorios que conservaría hasta que en 1558 la reina María I Tudor se vio obligada a combatir junto a su esposo, el rey español Felipe II, contra el monarca francés Enrique II. La victoria francesa permitió a éste recuperar la última posesión inglesa en Francia. La guerra de los Cien Años supuso miles de pérdidas humanas en ambos bandos además de una enorme devastación de los territorios y propiedades en Francia. Tuvo importantes consecuencias políticas y sociales para este país: ayudó a establecer la idea de pertenencia a una nación, acabó con todas las pretensiones inglesas sobre territorios franceses, salvo el mencionado caso de Calais, e hizo posible la creación de unas instituciones de gobierno centralizadas que anunciarían la aparición del absolutismo monárquico.

A su vez, no se puede olvidar que todo este proceso bélico estuvo vinculado con otras cuestiones relativas a las relaciones internacionales de Europa, tales como la guerra de las Dos Rosas, que a partir de 1455 sumiría a Inglaterra en una serie de guerras civiles; la lucha interna que finalizó en 1369 con el acceso al trono castellano de Enrique II; o las confrontaciones que, desde principios del siglo XV, tuvieron lugar en Sicilia entre los monarcas franceses y la Corona de Aragón.

LA CRISIS DE LA BAJA EDAD MEDIA

Tras la aparición catastrófica de la Peste Negra, en la década de 1340, que acabó con la vida de una cuarta parte de la población europea, bandas de penitentes, flagelantes y de seguidores de nuevos mesías recorrieron toda Europa, preparándose para la llegada de la nueva época apostólica.

'Edad Media'
La Peste negra fue una  epidemia  que devastó Europa a mediados del siglo XIV. El brote alcanzó Europa desde China en 1348 y se expandió a gran velocidad por la mayoría de los países. Sus resultados fueron desastrosos. Hay tres variantes de la enfermedad, dependiendo de su gravedad. La más extendida es la peste bubónica, que afecta a los ganglios linfáticos y provoca la inflamación (forúnculos, bubones) de aquellos situados en la garganta, en las axilas y, especialmente, en las ingles. Este tipo fue muy habitual en la baja edad media europea.

'Edad Media'
Es posible que los portadores de la enfermedad fueran los mercaderes que viajaban desde las regiones afectadas empleando las habituales rutas de comercio desde Oriente Próximo y el Mediterráneo. Alcanzó Constantinopla en 1347, y París y la costa sur de Inglaterra en el verano de 1348. Más tarde se expandió al resto de Europa. El hecho de que continuara en los meses de invierno así como en el verano sugiere que las formas neumónica y bubónica coexistieron, debido a que la primera aparecía en condiciones de hacinamiento, por ejemplo, cuando la gente se agrupaba para calentarse. La velocidad con la que la enfermedad se extendió en una sociedad rural en su mayoría y con baja densidad de población según las pautas modernas, el corto intervalo entre la aparición de la infección y la muerte y la alta incidencia de mortalidad apuntan hacia un tipo muy virulento de enfermedad. La epidemia cruzaba las fronteras con facilidad, no sólo entre diferentes países sino también entre animales y seres humanos. Los observadores notaban la muerte de los animales domésticos, de los animales de granja e incluso de los pájaros, afectados por la peste humana en brotes posteriores. No hay duda de la violencia y del impacto dramático de la peste entre 1348 y 1350. Muchos observadores contemporáneos, incluso con formación y bien documentados, quedaron impresionados ante la devastación humana causada por la enfermedad; fueron testigos de que, en muchos lugares, casi todos los habitantes sucumbieron, y sólo sobrevivieron unos pocos. Boccaccio, en la introducción a la Primera Jornada del Decamerón, calcula que murieron 100.000 personas, entre marzo y julio de 1348, en su Florencia natal, cifra que quizá representara la totalidad de la población de la ciudad. En aquel entonces se pensaba que la mortalidad alcanzaba incluso un 90%, pero dichos cálculos se han visto reducidos por las investigaciones modernas; pese a ello, las cifras aceptadas hoy por los historiadores siguen siendo elevadas. Se calcula que a finales de 1350 había muerto un tercio, o más, de toda la población europea y está demostrado que en las áreas más afectadas de Europa, más de la mitad de la población pereció. Allí donde se dispone de datos fiables, como en las ciudades italianas, resulta evidente que las tasas de mortalidad fueron con frecuencia diez veces más altas de lo habitual, con cientos de habitantes que morían a diario en las grandes urbes. En otras áreas de Europa el impacto fue mucho menor aunque los brotes tardíos de la enfermedad fueron más dañinos. Por ejemplo, se piensa que en los territorios que ocupan los actuales Países Bajos la peste negra pasó de largo, pero tuvieron que sufrirla más tarde.

Los coetáneos quedaron desconcertados por la enfermedad a medida que aumentaba su impacto. Pero hasta comienzos del siglo XX no se entendió en su integridad ni se dispuso de un tratamiento efectivo. Se especuló mucho sobre la causa del brote. Algunos creían que se debía a la corrupción del aire, con un invisible pero mortal miasma procedente del suelo, y apuntaban que los recientes terremotos habían liberado vapores insalubres desde las grandes profundidades. Pero las pestilencias eran comunes en la vida medieval y las viviendas insalubres, los mataderos de los carniceros y las zanjas —que siempre preocupaban a las autoridades— eran ya muy impopulares. Los cuerpos en descomposición de las víctimas, así como sus pertenencias y vestimentas, eran especialmente temidos. En un temprano episodio de guerra bacteriológica, un ejército de apestados intentó capturar la fortaleza enemiga catapultando los cadáveres dentro de la ciudad para infectar a los sitiados. En las áreas urbanas pudientes, los magistrados desarrollaron formas de enfrentarse con la enfermedad, a pesar de la falta de conocimiento sobre sus verdaderas causas. Al igual que las normas para mejorar la higiene y el saneamiento, se ordenaron restricciones al movimiento de la gente y de las mercancías, el aislamiento de los infectados, o su retirada a hospitales periféricos (`casas de apestados'), enterramientos improvisados de las víctimas en cementerios extramuros sobrecargados y la quema de sus vestimentas. Como se creía que el aire infectado era nocivo, se utilizaban remedios populares como ramilletes de aromas dulces y la quema de especias e inciensos en los interiores. En toda Europa, la Iglesia y los moralistas en general creyeron que la peste negra era un castigo de Dios por los pecados cometidos por la humanidad, y reclamaron una regeneración moral de la sociedad. Fueron condenados los excesos en la comida y la bebida, el comportamiento sexual inmoral, los atuendos insinuantes y, con motivo de la peste, las congregaciones se inclinaron hacia la espiritualidad más exacerbada. En muchos sitios el ánimo de penitencia fue llevado al extremo. El movimiento flagelante creció en popularidad: los hombres, con los torsos desnudos, se fustigaban con látigos en señal evidente de humildad frente al juicio divino. Debido a que el movimiento ganó adeptos y a que funcionaba al margen de la iglesia establecida, fue desautorizado por el Papado. La respuesta a esta corriente de algunos coetáneos, enfrentados a esta enfermedad impredecible e indiscriminada, donde los virtuosos no eran más inmunes a la muerte repentina que los impíos, fue vivir la vida, o lo que quedaba de ella, al límite. Así se refleja en el Decamerón de Boccaccio, una serie de historias contadas por supervivientes exiliados de la peste en Florencia, cuyos brillantes e impúdicos contenidos son un antídoto al miedo a la muerte inminente. Para aquellos que buscaban una explicación fácil de la expansión de la enfermedad, los culpables eran los habituales proscritos de la sociedad. En muchas zonas, los mendigos y pobres fueron acusados de contaminar al pueblo llano. En aquellas partes de Europa donde los judíos eran tolerados la violencia popular se volvió contra ellos. En diversas zonas del Sacro Imperio Romano Germánico y algunas ciudades suizas hubo masacres de judíos, acusados de envenenar los pozos, crimen que muchos confesaron bajo tortura. Es probable que justo antes del brote y tras un largo periodo de crecimiento, la población medieval de Europa hubiera alcanzado su punto más alto, y una dramática caída en casi todas las regiones tuviera un impacto inmediato. Los excedentes agrícolas desaparecieron, algunas poblaciones disminuyeron hasta desaparecer y varias ciudades perdieron su importancia, mientras que la mayor parte de las tierras marginales permanecieron sin cultivar. En las décadas siguientes (hubo más brotes devastadores en 1361 y en años posteriores, a intervalos irregulares, entre los siglos XV y XVI) los salarios se elevaron y los propietarios de la tierra disminuyeron, señal de la dificultad de encontrar arrendatarios y trabajadores cuando la población se redujo. Para quienes sobrevivieron a esta desastrosa crisis de mortalidad, los salarios fueron más altos y los precios de los alimentos bajaron, en el siglo posterior a la peste negra, como nunca antes de 1348. Los supervivientes se beneficiaron durante un tiempo de las muertes masivas. Esta situación de agitación e innovación espiritual desembocaría en la Reforma protestante; las nuevas identidades políticas conducirían al triunfo del Estado nacional moderno y la continua expansión económica y mercantil puso las bases para la transformación revolucionaria de la economía europea. De este modo las raíces de la edad moderna pueden localizarse en medio de la disolución del mundo medieval, en medio de su crisis social y cultural.

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