Economía globalizada

Liberalización economías. Barreras arancelarias. Mundialización económica. Comercio internacional. Multinacionales

  • Enviado por: Lula Balula
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 17 páginas
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Globalización, concepto que pretende describir la realidad inmediata como una sociedad planetaria, más allá de fronteras, barreras arancelarias, diferencias étnicas, credos religiosos, ideologías políticas y condiciones socio-económicas o culturales. Surge como consecuencia de la internacionalización cada vez más acentuada de los procesos económicos, los conflictos sociales y los fenómenos político-culturales.

En sus inicios, el concepto de globalización se ha venido utilizando para describir los cambios en las economías nacionales, cada vez más integradas en sistemas sociales abiertos e interdependientes, sujetas a los efectos de la libertad de los mercados, las fluctuaciones monetarias y los movimientos especulativos de capital. Los ámbitos de la realidad en los que mejor se refleja la globalización son la economía, la innovación tecnológica y el ocio.

La caída del Muro de Berlín y la desaparición del bloque comunista ha impuesto una acusada mundialización de nuevas ideologías, planteamientos políticos de "tercera vía", apuestas por la superación de los antagonismos tradicionales, como "izquierda-derecha", e incluso un claro deseo de internacionalización de la justicia.

En todos los países crece un movimiento en favor de la creación de un tribunal internacional, validado para juzgar los delitos contra los derechos humanos, como el genocidio, el terrorismo y la persecución política, religiosa, étnica o social.

1. INTRODUCCIÓN  Protestas de 1968, conjunto de movimientos sociales representados por el denominado Mayo francés y por la influencia de éste en otros contextos universitarios (como los casos de California, en Estados Unidos, o México), así como las vicisitudes checoslovacas plasmadas en la conocida como primavera de Praga, que tuvieron lugar a partir del segundo trimestre de 1968.

2. LA GEOGRAFÍA REVOLUCIONARIA DE 1968  
Más allá del emblemático significado del Mayo francés, la crisis de 1968 fue ante todo un fenómeno de dimensiones planetarias en la dispersión de sus focos y en la difusión de las ideas y las actitudes que animaron la agitación social, ilustrando el creciente proceso de globalización y la complejidad y peculiaridades con que se manifestó en las diferentes realidades sociales.

La geografía revolucionaria de 1968 disemina sus focos no sólo en las sociedades desarrolladas capitalistas, como puede desprenderse de las protestas estudiantiles en las universidades estadounidenses (en especial la de Columbia, en Nueva York), donde el desencadenante fue la reacción a la guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles, en el año de la muerte de Martin Luther King y de Robert Kennedy, y de las manifestaciones juveniles en la República Federal de Alemania, la huelga general en Roma, el mítico Mayo francés o las tímidas protestas estudiantiles en la España gobernada por el general Francisco Franco; sino también, al otro lado del telón de acero, a tenor de los sucesos de la primavera de Praga, o en las sociedades en vías de desarrollo, como las manifestaciones en Argentina contra la dictadura del presidente Juan Carlos Onganía (el llamado Cordobazo) o el trágico desenlace de las protestas estudiantiles en México con los sucesos de Tlatelolco del 2 de octubre. “En 1968 —escribió uno de los grandes protagonistas de las jornadas revolucionarias en París, Daniel Cohn-Bendit— el planeta se inflamó. Parecía que surgía una consigna universal. Tanto en París como en Berlín, en Roma o en Turín, la calle y los adoquines se convirtieron en símbolos de una generación rebelde”.


Los acontecimientos de 1968 transcurrieron en el marco histórico determinado por los dos ejes de tensión que han caracterizado la política internacional tras la II Guerra Mundial: la dialéctica bipolar de la Guerra fría, cuya confrontación entre los bloques, a pesar de los avances en la distensión y la irrupción de vías disidentes en el seno de los mismos, seguiría manifestándose en distintos escenarios mundiales y cuyo paradigma en la época sería la guerra de Vietnam; y la tensión Norte-Sur, que emergería al compás de la descolonización y el despertar del Tercer Mundo, a lo largo de las décadas de 1950 y 1960.

En el plano económico, el final de ese último decenio presentó en el mundo capitalista evidentes síntomas de agotamiento en el ciclo expansivo de posguerra, erosionando los cimientos del Estado de bienestar. La onda de crecimiento económico había favorecido un nuevo aumento demográfico y la extensión de las prestaciones educativas, entre ellas las del ámbito universitario, posibilitando el incremento y la concentración de la masa estudiantil y estimulando su toma de conciencia como grupo social. Asimismo, la fisionomía del mundo entró en un profundo proceso de globalización a raíz de la revolución tecnológica, especialmente en los ámbitos de la comunicación y la información. A todo ello habría que añadir otros factores como la efervescencia intelectual e ideológica de propuestas renovadoras de las formas vigentes de gestión del poder, que adquieren diversas formulaciones tanto en el Tercer Mundo, en clave antiimperialista, como en el seno de los países del socialismo real (los de la órbita política de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), mediante la búsqueda de vías propias hacia el socialismo, y en las sociedades de consumo occidentales, a la estela de los planteamientos de la “nueva izquierda” y de las propuestas de la contracultura, entre otras alternativas.


La dispersión de las protestas confirió innumerables notas singulares a cada uno de los focos de agitación, pero todos presentaron, en mayor o menor medida, ciertas analogías en virtud de su magnitud internacional, los actores sociales, la naturaleza de las protestas y las formas en que éstas se manifestaron. La dimensión planetaria de la revuelta ilustra el proceso de globalización de las ideas y de actitudes que, en alguna medida, revisten un carácter generacional en sus actores más representativos, cuyo componente internacionalista en modo alguno puede desvincularse de la incidencia de las nuevas tecnologías de la información.

Los acontecimientos de 1968 elevaron a la posición de protagonista a un nuevo grupo social: los estudiantes. Éstos, y en especial los universitarios, constituyen un colectivo especial en la medida en que disfrutan de importantes privilegios pero no disponen del trato dispensado a los adultos. Conforman un grupo social que tiene poder sin responsabilidad, que puede ejercer sus derechos de ciudadanía pero cuya opinión tradicionalmente ha tenido muy poco peso específico y se siente poco representado, tanto en la sociedad civil como en el mundo universitario. Son sintomáticas, en este sentido, las palabras pronunciadas por el presidente francés Charles de Gaulle en el aeropuerto de Orly el 24 de mayo, tras su retorno de un viaje a los países del Este de Europa, refiriéndose a los manifestantes en los siguientes términos: “El recreo ha terminado”. El aumento del número de estudiantes y la mayor concentración favorecerá su mejor organización y un salto cualitativo en sus exigencias. La incidencia del activismo estudiantil es un factor de gran relevancia social en la medida en que configuran una parte esencial de la cantera de los grupos dirigentes en sus respectivas sociedades.

3. CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LAS PROTESTAS DE 1968  
La naturaleza de las protestas estudiantiles, o de aquellas en las que los estudiantes desempeñaron un papel muy activo, descansó en algunos pilares comunes. Entre éstos, la reacción o la militancia no tanto contra la propiedad, como había sido el móvil de los revolucionarios clásicos, sino contra su gestión, a menudo en manos de anquilosadas maquinarias burocráticas o en manos de una gerontocracia muy lejana a la sensibilidad de las nuevas generaciones, como bien podría desprenderse del hecho de que en 1960 el presidente estadounidense Dwight David Eisenhower tenía 77 años, la misma edad que De Gaulle. Se trataba, en suma, de una toma de conciencia ética más que política y, en consecuencia, de una revolución moralista más que política. Un activismo cuyo énfasis, en opinión del escritor mexicano Octavio Paz, no radicaba en una definición del hombre “como ser que trabaja, sino como un ser que desea”.

Todo ello, con los matices propios de cada caso, se tradujo, con especial representatividad en el Mayo francés, en una extraordinaria notoriedad de la palabra por encima de los propios hechos. El nuevo discurso emanado de la crisis de 1968, en los graffitis, los eslóganes y los panfletos estudiantiles reflejan la capacidad imaginativa e innovadora del movimiento. Un discurso definido por el pensador francés Jean-Paul Sartre como la “expansión de lo posible” e identificado con una voluntad de cuestionar el discurso dominante sobre lo real y lo posible, implícito en eslóganes tan sugerentes, y luego reiterados, como “seamos realistas, pidamos lo imposible” o “queda estrictamente prohibido prohibir”. La resonancia y la instantaneidad que aquellos acontecimientos adquirieron estuvieron ligadas a un medio de difusión, cada vez más socializado y determinante, la televisión, junto a otros ya tradicionales como el cartelismo, la fotografía o el panfleto.

Por último, las manifestaciones del proceso revolucionario de 1968 han llevado a algunos especialistas a establecer algunos paralelismos formales con los movimientos fascistas en su irracionalismo antiliberal y la exaltación de aspectos como el activismo o la juventud, aunque su rechazo a la autoridad y a la jerarquía define una diferencia esencial respecto a éstos últimos.

El efímero canto de cisne de las protestas y de los propósitos revolucionarios tras la represión y la derrota política no sería baldío. Efectivamente, a pesar del rechazo de las vías reformistas en las jornadas revolucionarias, se abriría un nuevo periodo de cambios, asumidos y plasmados en la realidad social en diferentes ritmos e intensidades. En definitiva, “Mayo del 68 —en palabras del sociólogo español Jesús Ibáñez— triunfó mediante su fracaso. Fracasada como revolución, triunfó como reforma”.

En lo que se refiere al movimiento checoslovaco de ese año (la denominada primavera de Praga), producido en un contexto bien distinto al enunciado hasta ahora, su fracaso supuso la pérdida de una oportunidad para el cambio político que sólo fue revivida en la década de 1980, cuando se produjo la caída final del comunismo en los países satélites de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

1. INTRODUCCIÓN  Protestas de 1968, conjunto de movimientos sociales representados por el denominado Mayo francés y por la influencia de éste en otros contextos universitarios (como los casos de California, en Estados Unidos, o México), así como las vicisitudes checoslovacas plasmadas en la conocida como primavera de Praga, que tuvieron lugar a partir del segundo trimestre de 1968.

2. LA GEOGRAFÍA REVOLUCIONARIA DE 1968  
Más allá del emblemático significado del Mayo francés, la crisis de 1968 fue ante todo un fenómeno de dimensiones planetarias en la dispersión de sus focos y en la difusión de las ideas y las actitudes que animaron la agitación social, ilustrando el creciente proceso de globalización y la complejidad y peculiaridades con que se manifestó en las diferentes realidades sociales.

La geografía revolucionaria de 1968 disemina sus focos no sólo en las sociedades desarrolladas capitalistas, como puede desprenderse de las protestas estudiantiles en las universidades estadounidenses (en especial la de Columbia, en Nueva York), donde el desencadenante fue la reacción a la guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles, en el año de la muerte de Martin Luther King y de Robert Kennedy, y de las manifestaciones juveniles en la República Federal de Alemania, la huelga general en Roma, el mítico Mayo francés o las tímidas protestas estudiantiles en la España gobernada por el general Francisco Franco; sino también, al otro lado del telón de acero, a tenor de los sucesos de la primavera de Praga, o en las sociedades en vías de desarrollo, como las manifestaciones en Argentina contra la dictadura del presidente Juan Carlos Onganía (el llamado Cordobazo) o el trágico desenlace de las protestas estudiantiles en México con los sucesos de Tlatelolco del 2 de octubre. “En 1968 —escribió uno de los grandes protagonistas de las jornadas revolucionarias en París, Daniel Cohn-Bendit— el planeta se inflamó. Parecía que surgía una consigna universal. Tanto en París como en Berlín, en Roma o en Turín, la calle y los adoquines se convirtieron en símbolos de una generación rebelde”.


Los acontecimientos de 1968 transcurrieron en el marco histórico determinado por los dos ejes de tensión que han caracterizado la política internacional tras la II Guerra Mundial: la dialéctica bipolar de la Guerra fría, cuya confrontación entre los bloques, a pesar de los avances en la distensión y la irrupción de vías disidentes en el seno de los mismos, seguiría manifestándose en distintos escenarios mundiales y cuyo paradigma en la época sería la guerra de Vietnam; y la tensión Norte-Sur, que emergería al compás de la descolonización y el despertar del Tercer Mundo, a lo largo de las décadas de 1950 y 1960.

En el plano económico, el final de ese último decenio presentó en el mundo capitalista evidentes síntomas de agotamiento en el ciclo expansivo de posguerra, erosionando los cimientos del Estado de bienestar. La onda de crecimiento económico había favorecido un nuevo aumento demográfico y la extensión de las prestaciones educativas, entre ellas las del ámbito universitario, posibilitando el incremento y la concentración de la masa estudiantil y estimulando su toma de conciencia como grupo social. Asimismo, la fisionomía del mundo entró en un profundo proceso de globalización a raíz de la revolución tecnológica, especialmente en los ámbitos de la comunicación y la información. A todo ello habría que añadir otros factores como la efervescencia intelectual e ideológica de propuestas renovadoras de las formas vigentes de gestión del poder, que adquieren diversas formulaciones tanto en el Tercer Mundo, en clave antiimperialista, como en el seno de los países del socialismo real (los de la órbita política de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), mediante la búsqueda de vías propias hacia el socialismo, y en las sociedades de consumo occidentales, a la estela de los planteamientos de la “nueva izquierda” y de las propuestas de la contracultura, entre otras alternativas.


La dispersión de las protestas confirió innumerables notas singulares a cada uno de los focos de agitación, pero todos presentaron, en mayor o menor medida, ciertas analogías en virtud de su magnitud internacional, los actores sociales, la naturaleza de las protestas y las formas en que éstas se manifestaron. La dimensión planetaria de la revuelta ilustra el proceso de globalización de las ideas y de actitudes que, en alguna medida, revisten un carácter generacional en sus actores más representativos, cuyo componente internacionalista en modo alguno puede desvincularse de la incidencia de las nuevas tecnologías de la información.

Los acontecimientos de 1968 elevaron a la posición de protagonista a un nuevo grupo social: los estudiantes. Éstos, y en especial los universitarios, constituyen un colectivo especial en la medida en que disfrutan de importantes privilegios pero no disponen del trato dispensado a los adultos. Conforman un grupo social que tiene poder sin responsabilidad, que puede ejercer sus derechos de ciudadanía pero cuya opinión tradicionalmente ha tenido muy poco peso específico y se siente poco representado, tanto en la sociedad civil como en el mundo universitario. Son sintomáticas, en este sentido, las palabras pronunciadas por el presidente francés Charles de Gaulle en el aeropuerto de Orly el 24 de mayo, tras su retorno de un viaje a los países del Este de Europa, refiriéndose a los manifestantes en los siguientes términos: “El recreo ha terminado”. El aumento del número de estudiantes y la mayor concentración favorecerá su mejor organización y un salto cualitativo en sus exigencias. La incidencia del activismo estudiantil es un factor de gran relevancia social en la medida en que configuran una parte esencial de la cantera de los grupos dirigentes en sus respectivas sociedades.

3. CARACTERÍSTICAS GENERALES DE LAS PROTESTAS DE 1968  
La naturaleza de las protestas estudiantiles, o de aquellas en las que los estudiantes desempeñaron un papel muy activo, descansó en algunos pilares comunes. Entre éstos, la reacción o la militancia no tanto contra la propiedad, como había sido el móvil de los revolucionarios clásicos, sino contra su gestión, a menudo en manos de anquilosadas maquinarias burocráticas o en manos de una gerontocracia muy lejana a la sensibilidad de las nuevas generaciones, como bien podría desprenderse del hecho de que en 1960 el presidente estadounidense Dwight David Eisenhower tenía 77 años, la misma edad que De Gaulle. Se trataba, en suma, de una toma de conciencia ética más que política y, en consecuencia, de una revolución moralista más que política. Un activismo cuyo énfasis, en opinión del escritor mexicano Octavio Paz, no radicaba en una definición del hombre “como ser que trabaja, sino como un ser que desea”.

Todo ello, con los matices propios de cada caso, se tradujo, con especial representatividad en el Mayo francés, en una extraordinaria notoriedad de la palabra por encima de los propios hechos. El nuevo discurso emanado de la crisis de 1968, en los graffitis, los eslóganes y los panfletos estudiantiles reflejan la capacidad imaginativa e innovadora del movimiento. Un discurso definido por el pensador francés Jean-Paul Sartre como la “expansión de lo posible” e identificado con una voluntad de cuestionar el discurso dominante sobre lo real y lo posible, implícito en eslóganes tan sugerentes, y luego reiterados, como “seamos realistas, pidamos lo imposible” o “queda estrictamente prohibido prohibir”. La resonancia y la instantaneidad que aquellos acontecimientos adquirieron estuvieron ligadas a un medio de difusión, cada vez más socializado y determinante, la televisión, junto a otros ya tradicionales como el cartelismo, la fotografía o el panfleto.

Por último, las manifestaciones del proceso revolucionario de 1968 han llevado a algunos especialistas a establecer algunos paralelismos formales con los movimientos fascistas en su irracionalismo antiliberal y la exaltación de aspectos como el activismo o la juventud, aunque su rechazo a la autoridad y a la jerarquía define una diferencia esencial respecto a éstos últimos.

El efímero canto de cisne de las protestas y de los propósitos revolucionarios tras la represión y la derrota política no sería baldío. Efectivamente, a pesar del rechazo de las vías reformistas en las jornadas revolucionarias, se abriría un nuevo periodo de cambios, asumidos y plasmados en la realidad social en diferentes ritmos e intensidades. En definitiva, “Mayo del 68 —en palabras del sociólogo español Jesús Ibáñez— triunfó mediante su fracaso. Fracasada como revolución, triunfó como reforma”.

En lo que se refiere al movimiento checoslovaco de ese año (la denominada primavera de Praga), producido en un contexto bien distinto al enunciado hasta ahora, su fracaso supuso la pérdida de una oportunidad para el cambio político que sólo fue revivida en la década de 1980, cuando se produjo la caída final del comunismo en los países satélites de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

1. INTRODUCCIÓN  Economía mundial, conjunto de actividades económicas que se llevan a cabo en todo el mundo. Hoy en día, la forma de ganar dinero en un país, de obtener ingresos y gastarlos o ahorrarlos para obtener riqueza, depende de cómo se gane dinero, se gaste y se ahorre en el resto de los países. Estos vínculos internacionales han existido desde hace mucho tiempo pero, debido al cambio de naturaleza de estos vínculos, a su intensificación y ampliación, la economía mundial actual es muy distinta a la economía internacional anterior.


En el feudalismo un granjero podía sentirse parte íntegra de una economía local muy delimitada y distinta de la del pueblo de al lado, porque casi todo lo que consumía y lo que utilizaba se había fabricado en su pueblo y pagaba la renta a un terrateniente local; era una economía de carácter local, aunque se comerciara con otros pueblos e incluso con otros países; durante el siglo XIX el desarrollo del capitalismo, de los nuevos estados nacionales como Alemania e Italia, y de los nuevos conceptos de identidad nacional, como en Japón durante la etapa Meiji, hicieron que predominara la economía nacional sobre la mundial. Una de las ideas que más caracterizaban este dominio, era que la situación económica de los ciudadanos de un país quedaba reflejada en las actividades que se desarrollaban en él, y eran las importaciones y exportaciones las que mostraban la fortaleza o debilidad de un país. El predominio de la economía nacional tuvo su máxima vigencia en el periodo transcurrido entre 1945 y mediados de la década de los setenta, debido a los principios del keynesianismo, que impulsaron a los gobiernos a intentar alcanzar objetivos económicos precisos, como la búsqueda del pleno empleo de los recursos mediante medidas de política económica. Pero para alcanzar estos objetivos tenían que tener en cuenta el contexto internacional y el conjunto de instituciones económicas como el Fondo Monetario Internacional (FMI), que intentaba fortalecer la capacidad de cada país para alcanzar sus propios objetivos económicos. La idea de economía nacional sigue existiendo, pero en la actualidad la economía de cada país (y de cada provincia, región, ciudad o pueblo del país) se enmarca en el contexto de la economía mundial, donde las condiciones económicas existentes en una región afectan a las de otras, predominando la idea de economía global sobre la de economía local.


Por lo tanto, cuando se habla de economía mundial no sólo se está hablando de los vínculos internacionales, que han existido desde el nacimiento del comercio, sino que se afirma que la producción, el consumo, la inversión, las finanzas y cualquier otra actividad económica se organizan a escala mundial, por lo que las condiciones mundiales determinan las condiciones locales. Esto implica que las instituciones nacionales tienen mucho menos poder para influir sobre su propia actividad económica. Los gobiernos tienen un escaso margen de maniobra para variar el nivel de empleo o cambiar el saldo de la balanza de pagos por medio de su política fiscal o su política monetaria. Tienen que cooperar con otros gobiernos o, en el caso de los países con economías débiles, ajustarse al entorno económico mundial con las condiciones impuestas por las instituciones internacionales, concretamente el Fondo Monetario Internacional y el Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (BIRD). Las empresas nacionales han sido sustituidas por grandes multinacionales. Los sistemas bancarios nacionales han quedado subordinados a las empresas financieras internacionales que operan en los distintos mercados de valores del mundo.

En la economía mundial moderna, las relaciones entre las personas, las regiones y los países no son ni accidentales ni pasivas, sino que son mecanismos de integración activos que intensifican y cambian la vida económica internacional. Existen tres importantes mecanismos que integran la economía mundial: el comercio, la producción y las finanzas.

2. COMERCIO  El comercio internacional se mide con las exportaciones e importaciones de bienes y servicios. Al crecimiento de la producción y la renta mundial se ha unido un crecimiento del comercio internacional desde principios del siglo XIX, por lo que se considera que el comercio internacional es un motor de crecimiento económico, ya sea como causa de este crecimiento o como factor favorecedor del mismo. La relación entre comercio y crecimiento se descubre al analizar los modernos ciclos económicos. En todo el mundo capitalista la producción y la renta cayeron de forma drástica durante la Gran Depresión de la década de 1930, al igual que el volumen de bienes comercializados a escala internacional. En los últimos decenios, desde finales de la II Guerra Mundial en el año 1945, se ha producido un rápido crecimiento económico con el consiguiente aumento del comercio internacional en todo el mundo. De hecho, el comercio ha crecido a tasas más altas que la producción, sobre todo desde 1983, por lo que el porcentaje de bienes y servicios exportados por cada país ha experimentado un aumento paulatino.

Uno de los aspectos básicos del comercio internacional es que los países se especializan en producir determinados bienes y servicios, exportan aquellos en los que están especializados e importan los demás de otros países. Pero hay que matizar este afirmación cuando se analiza a fondo el complejo comercio internacional. La explicación clásica del comercio internacional se basa en la teoría de la ventaja comparativa, que afirma que los países se especializarán en aquellos bienes y servicios en los que tengan mayores ventajas en costes, es decir, que puedan producirlos con costes relativamente menores que en los demás países. En la primera formulación de esta teoría, realizada por David Ricardo, las diferencias en los costes relativos que existen en cada país para producir determinados bienes se deben a que cada país dispone de tecnologías distintas. En el siglo XX existe una explicación diferente de la ventaja comparativa. Ahora se dice que ésta se debe a las distintas dotaciones de trabajo y capital (factores de producción). Un país que tenga mucha mano de obra pero poco capital, como la mayoría de los países en vías de desarrollo, se especializará en productos que necesiten mucha mano de obra o, en términos económicos, intensivos en trabajo, mientras que los países que tengan una menor dotación de factor trabajo en relación con la cantidad de capital disponible, como los Estados Unidos, se especializarán en bienes intensivos en capital. Las dos versiones de la teoría de la ventaja comparativa defienden que, en general, todos los países mejorarán si se especializan y comercian con otros países. Aunque las dos versiones explican por qué existe el comercio internacional, son demasiado simples para aclarar la compleja evidencia empírica existente.


Uno de los problemas que no puede esclarecer ninguna teoría de la ventaja comparativa es por qué gran parte del crecimiento del comercio internacional desde 1945, se ha producido entre países que tienen dotaciones de capital y trabajo parecidas y disponen de las mismas tecnologías. Por ejemplo, el crecimiento del comercio entre los países de Europa occidental ha sido enorme. En 1980 las dos terceras partes de las importaciones de las economías de mercado desarrolladas provenían de otros países industrializados; en 1992 el porcentaje era del 75 por ciento.

Un problema relacionado con el anterior es que un gran porcentaje del comercio internacional es comercio intra-industrial. Los países no se especializan en productos distintos que intercambian gracias al comercio, sino que producen bienes muy parecidos, que sólo se diferencian en la marca, y se los intercambian. Un país puede importar una marca de coches del país vecino cuando, a su vez, está exportando su propia marca de coches a ese mismo país. La teoría de la ventaja comparativa basada en las distintas dotaciones de recursos o en distintas tecnologías no puede explicar estos fenómenos. Sin embargo, desde la década de 1970 se han desarrollado nuevas teorías sobre el comercio internacional que explican estos intercambios por la existencia de economías de escala y por el comportamiento competitivo de las grandes corporaciones monopólicas; la competencia imperfecta que destaca el papel de la diferenciación de productos en una industria.

Si hay algo por lo que destaca el comercio internacional es por su dinamismo. Aunque el crecimiento de este tipo de comercio ha creado una nueva economía mundial, los patrones de comercio y los bienes intercambiados se han modificado mucho a lo largo del tiempo. Desde la década de 1970 se ha producido un cambio importante en la cantidad de bienes manufacturados provenientes de los países del Sureste asiático: Japón y los nuevos países industrializados de Asia. Las exportaciones de esa región representaban en 1992, el 13% del comercio mundial, lo que significa que casi duplicaron su participación desde 1980. Los denominados `cuatro dragones', Taiwan, Corea del Sur, Singapur y Hong Kong, además de China y los `nuevos dragones' como Tailandia, Malaysia y Vietnam, constituyen lo que se considera va a ser el futuro centro del poder económico mundial. Estos nuevos países industrializados demuestran que lo que se entendía por países menos industrializados, del Tercer Mundo o del Sur ya no depende tanto de las exportaciones de productos básicos o primarios, sino que cada vez más exportan bienes manufacturados o industriales. En 1950 sólo el 5% de las exportaciones del sur al norte eran productos industriales; en 1989 los bienes manufacturados representaban el 53% de las exportaciones de estos países.

El dinamismo del comercio es un elemento esencial del crecimiento económico; la nueva teoría del crecimiento formulada en la década de 1980, subraya el papel de este cambio industrial sobre el comercio, y muestra que los efectos de este cambio se multiplican gracias al comercio internacional. Pero puesto que este crecimiento y este comercio implican cambios en la estructura económica, habrá quien gane y quien pierda ya que, incluso si es cierto que existen ganancias netas a largo plazo derivadas del comercio, los procesos de ajuste pueden ser muy duros y perjudicar a algunos países, regiones, empresas o personas. Por ejemplo, se puede demostrar, gracias a la evidencia empírica, que el crecimiento de las exportaciones de bienes manufacturados por parte de los países del sur ha supuesto una especialización de estos países en la producción de bienes manufacturados que requieren una mano de obra poco cualificada, y que los países del norte se han especializado en productos que requieren la utilización de mano de obra altamente cualificada, lo que ha producido una caída relativa de los salarios que cobran los trabajadores poco cualificados en el norte. El abandono de las viejas industrias en el norte, debido a la creciente competencia ejercida por los nuevos países industrializados del sur, puede ser beneficioso para todos a largo plazo, pero a corto plazo puede crear desempleo o reducir los salarios de los trabajadores de estas industrias en el norte. De igual forma, no todos los países del sur se han visto beneficiados por la mayor integración de la economía mundial; a medida que se liberalizaban sus economías algunas industrias desaparecían a causa de la competencia exterior sin que se estuvieran creando nuevas industrias que compensaran esta pérdida. Además, aunque el comercio internacional permite obtener ganancias netas a largo plazo, algunos países han conseguido crecer e industrializarse protegiendo sus economías del exterior y han limitado las importaciones.


La principal característica del actual comercio internacional es su multilateralidad, que contrasta con los acuerdos bilaterales entre países. Esta característica es la que confiere al comercio internacional su carácter de fenómeno global. El comercio multilateral requiere la eliminación de los acuerdos bilaterales entre países. El periodo transcurrido desde 1945 se ha caracterizado por los intentos para eliminar estos acuerdos y las restricciones comerciales. La institución clave en el proceso de creación de un librecambio multilateral a escala mundial ha sido el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT) que permitía que los países negociaran reducciones arancelarias y la eliminación de las barreras no arancelarias al comercio. La ronda de negociaciones iniciada en 1986, la llamada Ronda Uruguay, finalizó en 1993. Una de las decisiones que se tomaron en esta ronda de negociaciones fue la creación de una nueva institución internacional, la Organización Mundial del Comercio (OMC), encargada de vigilar el cumplimiento de los acuerdos alcanzados en materia de comercio internacional. A raíz de la firma de estos acuerdos el comercio internacional creció en 1994 un 12%, cuando alcanzó la cifra récord de cuatro billones de dólares, lo que representa el mayor crecimiento de las dos últimas décadas.

3. PRODUCCIÓN  Es frecuente pensar que el comercio internacional se reduce al intercambio de bienes finales, pero lo cierto es que un porcentaje elevado de las transacciones se produce intercambiando bienes producidos en varios países y ensamblados en otro, que a su vez, exportará el bien final a otros. Este proceso refleja la globalización del proceso de producción, y se debe a la planificación de ésta por parte de las grandes corporaciones multinacionales que producen cada componente del bien final en el país que mejores condiciones reúne para su fabricación.

Esta división de la producción empezó a tener importancia en la década de 1970 y se ha generalizado desde entonces, al implantar un nuevo sistema productivo mundial que constituye la base de la economía. Su relevancia y alcance puede entenderse mejor comparando las modernas fábricas de automóviles, que ensamblan distintos componentes fabricados en varios países, con las fábricas integrales, relacionadas con Henry Ford y el fordismo que, hasta la década de 1970, fabricaban todas las piezas del coche, desde la carrocería hasta los asientos pasando por la tapicería. Otro ejemplo relevante es el de la industria textil, reestructurada durante las últimas décadas, de forma que un proceso se realiza en un país, el siguiente en otro distinto y el vestido final se cose en un tercero. Esta división productiva ha sido un motor importante de los cambios producidos en la división internacional del trabajo, ya que la mano de obra de cada país, se ha especializado en la realización de componentes y piezas de un determinado producto.

La globalización de la producción se ha conseguido gracias a la inversión en otros países (inversión extranjera directa) realizada por las multinacionales que poseen y gestionan fábricas e instalaciones productivas en varios países. Estas multinacionales (o corporaciones transnacionales) constituyen la empresa-tipo de la actual economía mundial. Como producen a escala internacional, venden productos en todo el mundo, e invierten en muchos países, se puede decir que no tienen país de origen, sino que pertenecen a la economía mundial; el hecho de que su residencia fiscal esté en un país u otro es un mero formalismo.


Las empresas multinacionales propietarias de instalaciones productivas en varios países existen desde hace mucho tiempo. Durante el siglo XIX (y durante la segunda mitad del siglo XX) las inversiones extranjeras directas de las empresas europeas y estadounidenses eran muy numerosas. Sin embargo, la característica distintiva de las multinacionales a partir de la década de 1970 es precisamente la división productiva a escala internacional. En lugar de crear fábricas en otros países, las multinacionales han creado redes de fábricas especializadas en una parte del proceso de producción como subdivisiones o departamentos del proceso organizado a escala mundial. Otro cambio importante es que antes las multinacionales tenían su domicilio fiscal en Estados Unidos o en un país de Europa occidental, y ahora muchas son japonesas o coreanas, y cada vez más aparecen domiciliadas en países poco industrializados.

4. FINANZAS  
Las finanzas son con seguridad la fuerza vinculante más poderosa de la economía mundial, pero también la más volátil, ya que los flujos financieros se desplazan y varían más rápido que los bienes manufacturados o las instalaciones productivas. La operación financiera internacional más sencilla es la compraventa de divisas, que se estima implica un intercambio de un billón de dólares diarios. Este movimiento de divisas es mucho mayor que el generado por los importadores y exportadores de todo el mundo. La mayor parte de estas transacciones las realizan los bancos, las grandes corporaciones y las personas que intercambian activos financieros en unidades monetarias de un país para comprar activos de otro, en función de los tipos de interés esperados y de los distintos tipos de cambio. Una alta proporción de estas transacciones constituyen un arbitraje, un control y una evaluación del funcionamiento de las economías nacionales, ya que los inversores financieros mueven grandes sumas de dinero de un país a otro para aprovechar la más mínima diferencia entre precios o tipos de interés.

Los inversores cambian divisas para comprar y vender depósitos bancarios, letras de cambio y otros títulos valores a corto plazo, bonos y participaciones de empresas en distintos países, así como activos no financieros del tipo de los bienes raíces. Por ello, existe una tendencia a que los tipos de interés o los precios de los títulos valores, bonos y participaciones de un país, dependan de los precios y tipos de interés del resto de los países; es decir, los tipos de interés de un país ya no dependen sólo de las condiciones económicas que imperan en ese país, sino de la confrontación de todas las fuerzas económicas que determina la economía mundial. Este arbitraje tiende a reducir las diferencias entre los distintos tipos de interés y precios vigentes en cada país y en cada mercado.

En las últimas décadas los gobiernos han ido eliminando los controles y restricciones a los movimientos de capital entre países, liberalizando los mercados financieros mundiales. En la década de 1970, cuando todavía existían muchas restricciones a los movimientos de capital, surgió un nuevo mercado internacional, sin ninguna restricción, para depósitos bancarios y bonos en eurodólares (es decir, que eran depósitos —o bonos— en dólares pero no depositados en Estados Unidos), y en otras euromonedas. Estos mercados constituyen el primer mercado financiero internacional, pero, desde finales de la década de 1970, y sobre todo desde mediados de la década de 1980, los países han ido desmantelando sus controles sobre los movimientos financieros, aunque este proceso no es total.

La creación de un mercado financiero mundial desde principios de la década de 1970 se ha visto acompañada de una mayor volatilidad de los tipos de cambio, de los tipos de interés y de los precios de los activos financieros. En algunos casos las fluctuaciones financieras en un mercado han contagiado al resto de los mercados, subrayando el carácter internacional de los mismos. Por ejemplo, la caída en la Bolsa de Nueva York, conocida como el lunes negro de octubre de 1987, repercutió en todos los mercados financieros del resto del mundo. En menor medida, la rápida caída de precios en el Mercado de Valores de México a principios de 1995 provocó un descenso en los mercados emergentes del resto de Latinoamérica y de algunos países asiáticos.

A medida que crecen los mercados financieros internacionales aparecen nuevos tipos de contratos que, a su vez, se intercambian en los mercados internacionales. Los mercados de productos financieros derivados incluyen los mercados de opciones, de futuros, de créditos swap (también llamados créditos de dobles: los que se conceden los bancos centrales entre sí para solucionar una falta de liquidez transitoria de divisas), u otros productos derivados del activo original. El activo financiero original puede consistir en una cantidad de divisas, un instrumento financiero a corto plazo, bonos, acciones de empresas, o materias primas, y el volumen de negocios del mercado de derivados puede afectar a los precios internacionales de los activos originales. Los mercados de derivados permiten a los inversores reducir el riesgo de la inversión debido a la volatilidad del mercado, pero también permiten la proliferación de operaciones especulativas, lo que aumenta los riesgos de todo el sistema financiero internacional, como se demostró en 1995 con la quiebra del Barings, un banco comercial londinense.

Aunque existen muchos argumentos para defender que el crecimiento de las finanzas internacionales igualará los tipos de interés y los precios de los activos financieros de muchos países, la complejidad de los mecanismos financieros ha impedido que se creen relaciones estables, por lo que algunos consideran que los mercados financieros internacionales actúan de forma irracional.

5. LA ECONOMÍA MUNDIAL  
Las condiciones económicas que predominan en cada país dependen en gran medida de lo que ocurra en la economía mundial. Ésta se materializa en el comercio internacional, la producción global y las finanzas internacionales. Otros vínculos que hacen que las economías de los distintos países se integren en una única economía mundial son las migraciones y la difusión internacional de la tecnología. Aunque todas estas fuerzas vinculan sus economías con una economía mundial, el resultado no es homogéneo, como lo demuestra el desigual crecimiento económico de los distintos países, al permitir que algunos crezcan muy deprisa, mientras que otros se empobrecen.

"Globalización," Enciclopedia Microsoft® Encarta® 2000. © 1993-1999 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.

"Protestas de 1968," Enciclopedia Microsoft® Encarta® 2000. © 1993-1999 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.

"Protestas de 1968," Enciclopedia Microsoft® Encarta® 2000. © 1993-1999 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.

"Economía mundial," Enciclopedia Microsoft® Encarta® 2000. © 1993-1999 Microsoft Corporation. Reservados todos los derechos.