Drogodependencia en cárceles

Criminología. Psicología delictiva. Farmacodependencia. Drogodependencias. Prisiones venezolanas

  • Enviado por: Guaicaipuro López Cornejo
  • Idioma: castellano
  • País: Venezuela Venezuela
  • 3 páginas
publicidad
publicidad

ADICCIÓN Y CARCELES

Todos los días en los Estados Unidos, se ponen en libertad más de 31.000 criminales recalcitrantes que han cometido delitos menores y son devueltos de nuevo a sus comunidades. En menos de un año casi el 80% de estos hombres y mujeres habrán cometido diez o veinte crímenes más antes que se les detenga de nuevo y sean devueltos a las cárceles. Las cifras hablan por si solas. Este elevado porcentaje de reincidencia es una burla a los actuales métodos de orientación y rehabilitación, lo que demuestra que en cuanto a las intenciones y propósitos, en realidad no existe la rehabilitación de los presos. Un informe publicado por el Consejo Nacional Sobre El Crimen y La Delincuencia en los Estados Unidos esta de acuerdo en afirmar que “Hay pocas pruebas de que los programas institucionales o los esfuerzos no institucionales por rehabilitar delincuentes representan alguna diferencia apreciable.”

La conexión entre el abuso de drogas y el crimen es bien conocida, se pueden mencionar a grandes rasgos 3 tipos de delitos que relacionan directamente al fármaco-dependiente:

1ro. El de la posesión ó venta de drogas (Jíbaros).

2do. Los directamente relacionados con el consumo.

(Ej: El robo de dinero para consumir)

3ro. Los relacionados con el estilo de vida, que predispone al

fármaco-dependiente a realizar alguna actividad ilegal.

(Ej: La asociación con otros delincuentes ó con mercados ilícitos.)

En el 2003, casi 6.9 millones de personas se vieron involucradas en el sistema penal estadounidense, incluyendo 4.8 millones que estaban bajo supervisión por suspensión del pedimento a prueba (“Probation”), o por libertad condicional (“Parole”); en su encuesta de 1997, La oficina de Estadísticas de Justicia (BJS, siglas en ingles), encontró que el 70% de los prisioneros estadales y el 65% de los prisioneros federales eran asiduos consumidores de drogas (fármaco-dependientes), antes de entrar a prisión, otro estudio; (Karberg & James, 2005), demostró que el 67% de la población carcelaria femenina y el 58% de la población carcelaria masculina, cumplía con los criterios de dependencia de alcohol y drogas. A nivel juvenil las cifras según estudios no son menos alentadoras, en el 2000, en el momento de ser arrestados el 52% de los varones y el 46% de las niñas resultaron positivas en las pruebas para detectar uso de drogas (Toxicológicos), esto según el Instituto Nacional de Justicia (USA).

Si giramos la brújula y nos vamos a Europa, nos encontramos, que en España, en un estudio reciente (a principios del 2006), donde estuvo involucrado la UNAD (unión de asociaciones y entidades de atención al drogodependiente), el cual titulan “La Situación De Las Personas Con Problemas De Drogodependencia En Prisión”, dadas las entrevistas a los internos, especialistas y funcionarios de prisión, allí no solo se concluyo que de los 60.000 reclusos, entre 70% y el 80% eran fármaco-dependientes, sino que determinaron que no se estaban haciendo uso suficiente de las alternativas a prisión de tipo terapéuticos existente en la legislación Española específicamente en el articulo 25.2 de la Constitución Española; este estudio estuvo patrocinado por el “Plan nacional Sobre Drogas y La Dirección de Instituciones penitenciarias”, entre sus principales conclusiones nos tropezamos con que “La cárcel no solo se convierte en un destino para muchas personas drogodependientes, sino en una gran barrera para superar su adicción”, no es posible trabajar con los fármaco-dependientes en prisión ni mucho menos obtener resultados, cuando no se tienen ni los recursos, ni los instrumentos necesarios, sean materiales, sociales ó jurídicos, concluye la UNAD. Vale la pena mencionar que según estudios recientes en Estados Unidos, por cada dólar que se invierte en programas para tratar al fármaco-dependiente, hay una reducción de costos de entre 4 y 7 dólares, por delitos relacionados con las drogas.

Reflexionando un poco sobre estos datos, podemos afirmar que en Venezuela donde existe un atraso de “décadas” en la cuestión carcelaria, que podríamos describir en hacinamientos, cárceles exageradamente súper pobladas, retardos procesales, mala alimentación, penales llenos de ocio, la corrupción en las instituciones y personas encargadas del resguardo y protección en las cárceles, la inexistencia de políticas de atención al fármaco-dependiente dentro del sistema penal venezolano, etc, para hablar con un poco más de precisión revisamos un estudio realizado por la facultad de Medicina de la U.C.V,(Universidad Central de Venezuela), el cual titularon “DETECCIÓN DE DROGAS DE ABUSO EN CENTROS PENITENCIARIOS VENEZOLANOS” , que se dio a conocer en julio del 2003 a través de la revista de dicha facultad; la investigación estuvo centrada en 3 penales venezolanos, En el Centro Penitenciario de Occidente, en el estado Lara; la Penitenciaria General de Venezuela, en el estado Guarico y el Internado Judicial de Monagas, en el Estado Monagas, quedando representada así la zona occidental, central y oriental del país; Allí se tomaron muestras de orina, y se hicieron entrevistas a un numero determinado de internos, donde quedo demostrado científicamente que más del 50% de las muestras dio positivo a la búsqueda de Marihuana y Cocaína, no es de extrañarnos pues, entre las conclusiones de dicho estudio coordinado por los profesores Díaz tremaria y A. Posada, leemos “La estancia en las cárceles no cambia el patrón de consumo y en muchos casos, es factor de inicio en el consumo”, es importante acotar que casi todos los sujetos entrevistado negaron el consumo, (característica de la enfermedad).

La situación de “alarma” en nuestro país se podría multiplicar con respecto a la situación que hemos observado en los sistemas estadounidenses y españoles. Es necesario y con carácter de urgencia desarrollar planes a nivel institucional y no institucional para atender la problemática del fármaco-dependiente dentro del sistema judicial-penal venezolano, también es vital legislar en la materia para adecuar las leyes de manera que facilite y comprometa a las instituciones competentes, estamos convencidos de que con una política acertada que permita ofrecerle al recluso, la oportunidad de que identifique la enfermedad que padece, que con la aplicación de un programa de recuperación y la sola voluntad, de él, sobre la aplicación del programa puede ser suficiente para vivir una vida totalmente diferente, que le facilite el difícil tránsito hacia la reinserción social, así podríamos empezar a dar pasos hacia la disminución de los delitos, dentro y fuera de las cárceles venezolanas. No hay que hacer estudios muy profundos para determinar que si a un adicto se le brinda la ayuda desde que esta recluido en prisión, él la acepta, y empieza un proceso recuperación, al llegar el momento, de que el sistema lo devuelva de nuevo a la sociedad, éste tendrá una nueva concepción de enfrentar la vida y las maneras de resolver los problemas “normales” de subsistencia de cualquier persona dentro de una sociedad, es decir se “disminuye la posibilidad de que sea a través del delito que se gane la vida”.

Adentrándonos un poco más en la realidad del adicto en prisión, nos podemos encontrar con que cuando se cierra una reja para individuo por primera vez, privándolo de su libertad, comienzan una serie de vivencias que marcan un hito, en el que hay un antes y después en su vida. Es un mundo nuevo, con sus normas, códigos, lenguaje y estructuras de poder, que exige un esfuerzo de adaptación muy grande en un momento en donde reina la confusión. Se sabe que detrás de las rejas existe una ley implacable, que podríamos determinar como la primitiva “LEY DEL TALION”; las jerarquías entre los reclusos se impone por el tipo de delito, siendo los que entran por robo a mano armada los que marcan la pauta, también tienen mucho poder los que manejan el trafico de drogas, y tienen capacidad económica para comprar lo que se le antoje, sobre todo en las prisiones venezolanas, donde se pueden encontrar prisioneros con cualquier variedad de armas, celulares, televisores, etc; si el “nuevo” no es conocido y no se dan referencias de él, se le hacen pruebas, tales como quitarle sus pertenencias a ver que grado de resistencia opone, los débiles son tratados con desprecio, los que tiene un nivel cultural y sobre todo social mas elevado, en muchos casos, las familias tienen que cubrir las necesidades de varios internos del pabellón (los que dominan), para obtener protección, indudablemente la situación de encarcelamiento devuelve al hombre ó la mujer una situación primaria de dependencia absoluta. Para la mente enferma de un adicto puede ser el hallazgo de una situación temida y deseado a la vez, momentos de fuertes vivencias de indefensión que se entrelazan con las de alta peligrosidad.

Planteamos atacar el problema del adicto en prisión con el modelo “Bio-Psico-Socio-Espiritual”, abordarlo integralmente desde todo los flancos, para ir abonando el terreno para su regreso a la sociedad, pensamos enfocar la acción en aquellos penados que relativamente estén por salir, les falten meses o incluso hasta un año; pero sin pecar de ser excluyentes, brindándole la ayuda a todo el que la solicite, y se identifique con nuestros planteamientos. Se debe estructurar un programa adaptado a la realidad del preso, donde pueden encajar perfectamente, charlas, reuniones de Narcóticos Anónimos, consultas psiquiátricas y psicológicas, el programa ambulatorio de la Fundación José Félix Ribas y de Hogares Crea con las modificaciones que haya que realizar; el trabajo con la familia no debe pasar desapercibido siendo esta, un punto de apoyo importante en el proceso de recuperación de un adicto. En resumidas cuentas creemos que se puede “fabricar” una especie de “holding” terapéutico dirigido especialmente al adicto recluido en prisión. De acuerdo sea el caso y previo estudio legal, se puede plantear la posibilidad de que el individuo termine de saldar su deuda con la sociedad en una comunidad terapéutica. En pocas palabras, hay mucho que hacer en pro de la salud del adicto e indirectamente por el bienestar de la sociedad.