Don Quijote de la Mancha; Miguel de Cervantes

Literatura Española del Siglo XVI. Siglo de Oro español. Narrativa. Novela renacentista. Novela de caballerías. Aventuras. Hidalgos. Locura de Don Quijote. Amor platónico. Argumento

  • Enviado por: Anne
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 30 páginas
publicidad

PRIMERA PARTE

PRÓLOGO

Deshacer la autoridad de los libros de caballería. Este es el principal propósito de Cervantes al escribir el prólogo y El Quijote mismo. Cervantes realmente parece detestar los libros de caballería, tan de moda en la época, y por ello, para combatir la figura del héroe, tan ideal, que estos muestran, nos presenta al antihéroe, y utilizando como arma la parodia, libra un combate en el que sale victorioso.

Si consideramos a los Elogios (poemas a la parte final del prólogo) parte del texto, también podríamos decir que, como son puro invento de Cervantes, juegan un papel muy destacado en la parodia.

Podría decirse que Cervantes, para justificar lo que hará, para justificar su innovación, nombra todo lo que no va a hacer (los recursos que no utilizará, los personajes de los que no dispone, etc.).

Este es un prólogo no muy común en la época cosa que ya engancha al lector para ver que es lo que ocurrirá en ese nuevo libro.

CAPÍTULO I - “Que trata de la condición y ejercicio del famoso hidalgo Don Quijote de la Mancha”

En un pueblo de la Mancha vivía un hidalgo junto a su ama cuarentona, una sobrina de 20 años y un mozo de campo. Este buen hombre, llamado Alonso Quijano rozaba ya los cincuenta y era más bien alto y delgado.

Durante sus ratos libres, Alonso Quijano leía y releía libros de caballerías. Tal era su afición que olvidaba hacer sus tareas y se pasaba días enteros leyendo y así de poco dormir y menos comer el pobre hombre acabó perdiendo el juicio. De este modo empezó a creer que era un caballero andante y después de auto proporcionarse el atuendo necesario para llevar a cabo sus futuras aventuras, escogió un nombre para parecer más auténtico. El nombre escogido fue Don Quijote de la Mancha. Además se encargó de que su caballo como todos los grandes caballos de los grandes caballeros andantes tuviera un nombre significativo para que se pudiera reconocer, al caballo lo llamó Rocinante. En último lugar, lo que no le podía faltar a un caballero era una dama a la que encomendarse al emprender nuevas aventuras y la suya se llamó Dulcinea del Toboso.

CAPÍTULO VII - “De la segunda salida de nuestro buen caballero Don Quijote de la Mancha”

Había vuelto Don Quijote de su primera salida y este seguía con sus desatinos y locuras. Creyéndose caballero andante, le contaba al cura sus últimas aventuras, el cual, siguiéndole el juego se burlaba de él.

Esa misma noche, el ama quemó todos los libros de la casa para evitar que Don Quijote se los volviese a leer. Todos fueron quemados excepto La Cordea y León de España además, haciendo caso al cura y al barbero, amigos de Don Quijote, tapiaron el aposento de los libros para que así cuando despertara, Don Quijote no encontrara la habitación.

Don Quijote se levantó y lo primero que hizo fue ir a ver sus queridos libros pero no encontró la habitación donde los había dejado. Le preguntó a su ama dónde estaba la habitación de los libros y el ama ya advertida le contestó que el mismo diablo se la había llevado.  Sin embargo, su sobrina, con ganas de burlarse de él le dijo que había sido un encantador y Don Quijote rápidamente supo que había sido su archienemigo, el mago encantador conocido como el Sabio Frestón.

Al cabo de unos pocos días, Don Quijote solicitó a un labrador vecino suyo, un buen hombre pero sin dos dedos de frente, ese era Sancho Panza. Don Quijote lo convenció para que se convirtiera en su escudero a cambio de nombrarlo gobernador de uno de los muchos reinos que iban a conquistar.

Finalmente, Don Quijote y su escudero Sancho Panza salieron de noche para no ser vistos en busca de nuevas aventuras y durante el camino iban haciendo cábalas sobre los reinos, islas, palacios, etc. que iban a conquistar.

CAPÍTULO VIII - “Del buen suceso que el valeroso Don Quijote de la Mancha tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación”

 

Durante su camino, descubrieron unos 30 o 40 molinos de viento en los que Don Quijote convirtió en su mente en desaforados gigantes a los que quería quitarles la vida. Al decírselo a Sancho, este le advirtió de que eso que veía no eran gigantes sino molinos de viento. Pero Don Quijote, haciendo caso omiso a lo que su escudero le decía y encomendándose a su querida Dulcinea, arremetió contra los molinos que con el viento empezaron a mover las aspas y mandaron a Don Quijote unos metros atrás haciéndole la lanza trizas.

Don Quijote excusó su derrota alegando que su peor enemigo, el Sabio Frestón, había convertido los gigantes en molinos de viento.

Don Quijote y Sancho Panza continuaron su camino hacia Puerto Lápice y por el camino Don Quijote se detuvo para poder hacer una nueva lanza y así hacer frente a nuevas y muy próximas aventuras.

Aquella misma noche Don Quijote no podía conciliar el sueño pues pensaba en su amada Doña Dulcinea del Toboso, por el contrario, Sancho durmió profundamente.

A la mañana siguiente, yendo hacia Puerto Lápice, Don Quijote y su escudero encontraron dos frailes y detrás de ellos venía un coche donde viajaba una mujer acompañada por 4 o 5 hombres a caballo.

Al ver esto, Don Quijote se imaginó que eran unos encantadores que habían secuestrado a una princesa. Entonces se puso en medio del camino y dijo a los frailes que eran unos maleantes. Ellos se defendieron como pudieron, pero antes de terminar su excusa, Don Quijote ya arremetía contra el primer fraile que si no llega a tirarse al suelo, Don Quijote ya lo hubiera matado. De mientras, el segundo fraile echaba a correr para no ser alcanzado por el enloquecido Don Quijote.

A la vez, Sancho Panza ejerciendo su labor de escudero, estaba desvistiendo al fraile que había en el suelo. Pero cuando lo hacía, los mozos de la señora del coche, lo atacaron mientras Don Quijote estaba charlando con la señora del carruaje. Don Quijote le contaba quién era y cosas sobre sus querida Dulcinea.

Entonces, uno de los mozos, uno vizcaíno, se acercó a Don Quijote y le dijo que si no les permitía continuar con su camino se las iban a tener. Don Quijote, sin pensarlo, sacó su espada y se lanzó encima del vizcaíno que también sacó la suya con tan mala fortuna que hirió a Don Quijote en el hombro. Esta historia queda en el aire en este capítulo así que tenemos que esperarnos al siguiente.

CAPÍTULO IX - “Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron”

El autor nos cuenta que no cree posible que esta historia de la lucha entre Don Quijote y el vizcaíno quedara sin resolver. Nos relata como un día que estaba paseando por el Alcaná de Toledo, un muchacho se le acercó vendiendo cartapacios y papeles viejos. Tomó uno de los cartapacios y al ver que estaban escritos en árabe, buscó un traductor para que se los leyera. Lo interesante fue cuando el traductor redijo que el texto hablaba de un tal Don Quijote y que era una historia escrita por un historiador árabe llamado Cide Hamete Berengueli. Al oír esto, el autor compró todos los cartapacios y se los hizo traducir al árabe que en poco más de un mes ya los tenía todos traducidos. La traducción decía lo siguiente:

El primero en descargar el golpe fue el colérico vizcaíno, pero la buena suerte hizo que la espada se torciese y sólo desarmase a Don Quijote en lugar de dejarlo medio muerto. Pero el manchego lleno de rabia descargó sobre el vizcaíno y le dio tal golpe, que la nariz, la boca y las orejas de su adversario empezaron a sangrar. Don Quijote muy decidido subió a su caballo y le dijo al vizcaíno que se rindiese. Luego se dirigió a las señoras, que estaban viendo el espectáculo desde dentro el coche, que tenían que prometerle que irían al Toboso a ver a su queridísima Dulcinea. Las señoras, muertas de miedo se lo prometieron y finalmente, todo terminó.

CAPÍTULO XX - “De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo, como la que acabó el valeroso Don Quijote de la Mancha”

Iban Don Quijote y Sancho por su camino buscando algún lugar para mitigar su sed, era ya bien entrada la noche y ellos caminaban en la oscuridad guiándose por el ruido del agua. A la vez, oían grandes estruendos que junto con la oscuridad causaban gran pavor a ambos, pero Don Quijote ejerciendo de buen caballero andante tenía por delante su siguiente aventura, descubrir que eran esos grandes golpes y acabar con ellos. Para ello le dijo a Sancho que tenía que quedarse allí durante tres días y que si él no regresaba tenía que encargarse de ir a ver a Dulcinea para decirle que ha muerto.

Pero Sancho sin conformarse a quedarse sólo en medio de la oscuridad, le dice con gran tristeza a don Quijote que mejor se quede pues si se quede, nadie va a ver que no ha sido valiente como para ir a detener los estruendos. Pero viendo que sus esfuerzos para convencer a don Quijote son en vano, Sancho ata a Rocinante para que no se pueda mover y así Don Quijote tiene que quedarse con él sin más remedio. Entonces Sancho se ofrece a contarle una historia para entretenerle y para que así Don Quijote se pueda dormir. Don Quijote se niega en rotundo y le dice que si alguien tiene que dormir es el pues Don Quijote es el valiente y el encargado de defender y vigilar. Tal era el miedo que sentía Sancho que se abrazó a la pierna de su amo. Don Quijote, aceptando el ofrecimiento anterior, pidió a Sancho que le contase una historia. Sancho intentando no perder la concentración por culpa de los fuertes estruendos, le contó una historia a Don Quijote. La historia trataba de un pastor llamado Lope que estaba enamorado de una pastora y todas las aventuras que juntos pasaron. Mientras Sancho iba relatando su cuento Don Quijote no dejaba de hacer comentarios sobre si lo explicaba demasiado lento, demasiado rápido, hasta que Sancho se cansó de sus pesados comentarios y decidió para de contar la historia, aunque todavía no había terminado. Entonces Sancho volvió a arrimarse a Don Quijote pues tenía mucho miedo. Así que pasó un rato, Sancho tuvo muchas ganas de orinar, y cuando ya se había bajado los pantalones para vaciar su bufeta, notó que tenían que salir cosas mayores, y como no se podía aguantar, lo hizo. Don Quijote, olió que algo no iba como debiera y le pidió a Sancho que se apartase de él pues no era muy agradable. De todas formas, los dos pasaron la larga noche hablando hasta que Sancho vio que ya amanecía y desató a Rocinante para que su amo no notase la trampa. Pero al verse libre Rocinante empezó a moverse bruscamente. Al verlo, Don Quijote decidió que ya era hora de emprender la aventura y se puso en marcha. El ruido aún no había cesado y Sancho acompañaba a su amo a matar o lo que hiciese falta al monstruo que hacía tal estruendo. Después de haber andado un buen rato, encontraron un gran golpe de agua y vieron que aquel ruido era producido por seis mazos de batán. Al verlo, Don Quijote enrojeció y Sancho Panza estaba muerto de risa, pero no osaba reírse en voz alta. Sin embargo, Don Quijote empezó a reírse y Sancho ya no pudo contenerse más. Pero al ver Don Quijote que Sancho se burlaba de él, le dijo que no eso no podía ser, que un escudero debe respetar a su amo y que a partir de entonces deberían tratarse con el respeto que se corresponde entre escuderos y caballeros andantes.

CAPÍTULO XXI - “Que trata de la alta y rica ganancia del yelmo de Membrino, con otras sucedidas a nuestro invencible caballero”

En esto que se puso a llover, pero siguieron su camino. Mientras andaban, descubrieron un hombre a caballo que llevaba en la cabeza algo que deslumbraba. Don Quijote que ya no se acordaba de la anterior “aventura” vio su nueva oportunidad para enseñar al mundo lo que era capaz de hacer. Le dijo a Sancho que aquel hombre que a ellos se acercaba era un ladrón que llevaba en la cabeza el yelmo de Mambrino sobre el cual él había hecho el juramento de caballero andante. Aunque, como siempre, Sancho intentara disuadirle, Don Quijote no le hizo caso y con su lanza en la mano embistió a ese hombre que echó a correr como si le persiguiera una manada de leones hambrientos. Ese pobre hombre al que Don Quijote había confundido con un ladrón, no era más que un barbero que iba al pueblo de al lado para curar a un enfermo y para hacerle la barba a otro. Y aquello que Don Quijote había confundido con un yelmo, no era más que una bacía de barbero. Cuando el pobre barbero había salido corriendo, se le había caído la bacía que llevaba en la cabeza para no mojarse con la lluvia y Don Quijote la recuperó y se la encasquetó en la cabeza.

Al cabo de un rato de charlar, Sancho le preguntó a don Quijote que qué harían con el asno que le barbero se había dejado al salir corriendo. Don Quijote le responde que mejor dejarlo allí pues no lo necesitan y el no tiene por costumbre coger las cosas de sus adversarios derrotados. Aún así, Sancho no se da por vencido e intenta cambiar los jumentos de su asno por el del otro y Don Quijote le da permiso. Y siguieron caminando por allí donde les llevaba la fortuna. Mientras iban por su camino, Sancho rompiendo el mandato que le había impuesto su amo de no hablarle, le dijo que le parecía una pérdida de tiempo llevar a cabo “hazañas de tal calibre” sin que nada ni nadie lo pueda ver ni relatar. Sancho dice a Don Quijote que lo que deberían de hacer es ir a la corte de algún rey y demostrarles todo lo que Quijote es capaz de hacer y fuese remunerado por ello. Don Quijote muy de acuerdo con Sancho empieza a imaginarse todo lo que podría hacer, casarse con la princesa, llevar un caballerizo, etc. No dejaron de hablar de esto durante un buen rato, hasta encontrarse con la siguiente aventura.

CAPÍTULO XXII - “De la libertad que dio Don Quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los llevaban donde no quisieran ir”

Así que Don Quijote y Sancho iban conversando y vieron por el camino que les llevaba que venían doce hombres atados entre ellos con una cadena y que iban acompañados de dos hombres a caballo con una escopeta cada uno y dos hombres más a pie. Sancho le dijo a Don Quijote que eso que venía era una cadena de galeotes, gente forzada por el rey a ir a galeras. Don Quijote al oír que eran hombres que iban en contra de su voluntad, vio clara su oportunidad de demostrar sus habilidades caballerescas y su buena personalidad. Don Quijote le preguntó a uno de los guardas qué habían hecho esos presos para merecer ese castigo. El guarda un poquito enfadado le dijo que no le importaba para nada y que si quería saberlo, que se lo preguntase directamente a los galeotes. Así lo hizo Don Quijote. Empezó por el primero que le dijo que había robado una cesta, el segundo, que no hablaba, dijeron que había confesado su delito, el tercero estaba allí por deudas. Don Quijote fue preguntando hasta llegar al último galeote, este último iba atado diferente de los otros, llevaba cadenas por todo el cuerpo. Don Quijote preguntó al guarda cómo es que ese llevaba más cadenas que los demás y le respondió que era Ginés de Pasamonte, uno muy peligroso. Después de hablar un rato con este tal Ginés, Don Quijote llegó a la resolución que esos hombres merecían ser liberados pues el hecho que ellos estuvieran allí no era su falta sino la de otra gente.

Don Quijote arremetió contra el guarda y lo dejo medio aturdido. Los galeotes empezaron a desatarse y el resto de los guardias, entre parar a Don Quijote y los galeotes, no hicieron ni una cosa ni otra y finalmente se marcharon.

Una vez liberados los presos, Don Quijote les pidió que como agradecimiento a haberlos salvado ellos debieran ir al Toboso y encomendarse a Dulcinea. Ellos le dijeron que no y Don Quijote se enfadó muchísimo y los insultó y amenazó. Ellos no se quedaron cortos y empezaron a tirarles piedras, tanto a Don Quijote como a Sancho y luego se fueron dejando a Don Quijote y a Sancho aún recuperándose del susto de la lluvia de pedruscos.

CAPÍTULO XXV - “Que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros”

Iban Don Quijote y Sancho adentrándose en lo más profundo y áspero de la montaña y Sancho Panza tenía muchas ganas de hablar con Don Quijote, pero este le había impuesto el no hablar si no era imprescindible. Sancho no pudiendo sufrir más ese silencio dijo a Don Quijote que necesitaba hablar pues sino se iría con su mujer y sus hijos con los que al menos si podrá hablar. Escuchando esto, Don Quijote le dio permiso para hablar pero sólo durante el tiempo que caminasen por esas sierras. Sancho muy contento con la respuesta empezó a hacerle preguntas a su amo que este le respondió que no se metiera en asuntos ajeno y que por el amor de dios se callara. Entonces Don Quijote empezó a explicarle cuál sería su siguiente hazaña: imitando al gran Amadís de Gaula que se retiró en una cueva a hacer penitencia, Don Quijote empezó ha fantasear sobre si Dulcinea le había engañado y otras muchas cosas. A Sancho, don Quijote le encomendó la misión de llevar una carta a su amada Dulcinea del Toboso y que volviera con la respuesta de si su engaño era verdad o mentira. Sancho Panza cansado de escuchar siempre las mismas cosas sobre los caballeros andantes y sus amores, explicaba a Don Quijote sus dudas sobre si lo que siempre le decía de las islas y reinos que iba a conquistar era verdad o sólo fantasías suyas.

Don Quijote le volvió a explicar que lo que él no entendía era causado por los cambios que los magos y encantadores hacían para desacreditarlo. Le contó que por ejemplo, el yelmo no era una bacía aunque todo lo el mundo lo viera así, sino que un encantador se había encargado de que a cada persona le pareciera una cosa distinta.

Finalmente llegaron al pie de una montaña, lugar escogido por Don Quijote para hacer su penitencia. Al bajar de Rocinante, Don Quijote se encomendó a Dulcinea y finalmente a los dioses.

Después Don Quijote le dijo a Sancho que se quedase con él durante tres días para que viera qué locuras hacía así cuando se lo contase a Dulcinea sería más creíble. Sancho que ya no sabía qué más locuras podía ver hacer a su amo le preguntó y Don Quijote le respondió que se iba a desnudar, lanzar sus armas y darse golpes contra las paredes. Y aunque Sancho insistió para que no lo hiciera, pues nadie lo vería, Don Quijote convencido de su penitencia, le contó a Sancho que todo eso lo hacía por su amada. Don Quijote empezó a contarle a Sancho quién era Dulcinea y al oír el nombre de Aldonza Lorenzo, Sancho puso en duda una vez más las ideas de su querido dueño. Don Quijote finalmente le leyó la carta a Sancho. En ella le decía que estaba llevando a cabo algo muy peligroso por ella y que ya su escudera le daría detalles de esto cuando la viese. Entonces, Sancho le pidió a Don Quijote que le dejase irse sin ver las necedades que estaba dispuesto a hacer. No obstante, Don Quijote no quería que Sancho se fuese sin que le viera primero en cueros pero el escudero subió encima de Rocinante y se fue. Cuando sólo llevaba unos 12 metros, se volvió y pidió a Don Quijote que le hiciese una demostración de sus locuras. A toda prisa, Don Quijote se desvistió y empezó a dar vueltas y a hacer necedades y tonterías con lo que Sancho ya podía confirmar la locura de su amo.

CAPÍTULO XXXI - “De los sabrosos razonamientos que pasaron entre Don Quijote y Sancho Panza su escudero, con otros sucesos”

Sancho ya había vuelto de su viaje, encomendado por don Quijote, éste muy emocionado le preguntó muchas cosas sobre Dulcinea: qué hacía cuando le dio la carta, qué hizo con la carta cuando se la dio y muchas cosas más. Entonces Sancho prosiguió explicándole a su amo lo que su señora Dulcinea había hecho y dicho.

Sancho empezó contándole que cuando le había entregado la carta, ella estaba trabajando en el corral de su casa y que al ver que Sancho le traía una carta, ésta le dijo que dejase la carta encima de un costal pues en aquel momento no lo podía leer. Don Quijote le interrumpió y le preguntó sobre qué habían conversado y qué le había preguntado su amado sobre él, Don Quijote.

Sancho, sin reparos, le dijo que Dulcinea no le había preguntado nada pero aun así, Sancho le había contado la tan grande hazaña que Don Quijote estaba llevando a cabo en esos montes. Entonces Sancho le dijo a Don Quijote que Dulcinea no había leído la carta pues no sabía ni leer ni escribir i antes la había rasgado puesto que no quería que nadie la leyese y supiese nada sobre sus amores. Ella le dijo a Sancho que le besaba las manos a su merced Don Quijote de la Mancha y que tenía ganas de verle así que se dejase de tonterías y se volviese al Toboso para verla.

Sancho luego le contó que al despedirse sólo le había dado una rebanada de pan y un trozo de queso, nada de ninguna joya, tal y como Don Quijote le había dicho.

Con todo lo que Sancho le contó, Don Quijote sólo hacía que buscar excusas para justificar esos comportamientos y, como siempre, recurre al truco de los encantadores. Luego Don Quijote comenta a Sancho que le parece muy extraño el poco tiempo que había tardado en ir y volver del Toboso pero no le da más importancia.

Don Quijote envuelto en otro de sus desvaríos, pensó que tenía que llevar a cabo una empresa para satisfacer a una princesa que les acompañaba. Primero matará al gigante y luego irá a ver a su querida Dulcinea. Entonces Sancho le presentó el dilema de si prefería ir con Dulcinea antes que salvar a la princesa y poder casarse con ella y así heredar el reino de su padre. Don Quijote le hizo caso y dijo que se iría antes con la princesa que con Dulcinea. Mientras iban discutiendo sobre ese tema, Maese Nicolás les llamó para que se esperasen un poco ya que querían detenerse a beber agua en una fuente.

Estando allí parados, se acercó un muchacho y se abrazó a las piernas de Don Quijote. El chico le dijo que era Andrés, un muchacho al que Don Quijote había desatado de una encina como gesto de buena fe pero que el remedio había sido peor que la enfermedad pues su amo y señor le había dado muchos más latigazos de los que merecía y no le había dado su paga correspondiente.

Finalmente le dijo a Don Quijote que, por favor, si alguna vez más lo viese atado en un árbol o algo peor, que noticiera nada pues sería muchísimo peor. Con eso se puso a correr para que no lo cogiesen después de insultar a Don Quijote.

CAPÍTULO XLIV - “Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta”

Don Quijote estaba gritando y el ventero y el resto de la gente salieron a ver quién tales gritos daba. Maritornes se fue al pajar y desató a Don Quijote de donde estaba atado de manos. La gente le preguntó por qué daba tales voces pero sin contestar se subió a Rocinante y se fue.

Con esto, algunos de los huéspedes preguntaron al ventero si habían visto a un mozo de unos quince años (amante de Doña Clara) al que andaban buscando. Estaba amaneciendo y un hombre de la diligencia encontró al chico que buscaban durmiendo al lado de un mozo de mulas.

El hombre lo cogió por el brazo y le dijo que debía volver a casa. El muchacho vio que el hombre que lo había despertado era un criado de su padre. El chico le preguntó cómo había encontrado dónde estaba y el criado le contó que un estudiante a quien él le había confiado sus intenciones lo había delatado.. el joven le dijo al hombre que él no se iba a marchar.

Con todo, el mozo de mulas que había oído toda la conversación fue a contárselo todo a Don Fernando y a Cardenio. Salía en esto Dorotea de su habitación y tras ella iba Doña Clara. Dorotea, hablando con Cardenio le contó toda la historia de Doña Clara y el músico (Don Luis, el chico del establo). Cardenio le dijo a Dorotea que volviesen a sus aposentos que él le iba a poner remedio a todo.

Mientras, Don Luis estaba rodeado de los cuatro criados que su padre había enviado a buscarle. Con eso, toda la gente, entre ellos Don Quijote, se habían acercado a ver lo que ocurría y en medio de la discusión se oyeron unos gritos. Era el ventero al que estaban pegando dos huéspedes que habían intentando irse sin pagar. La hija del ventero le pidió a Don Quijote que ayudase a su padre y Don Quijote después de pedir licencia a su princesa (Dorotea), fue a la puerta de la venta para socorrer al pobre ventero. Pero, antes de empezar, se detuvo y dijo que él no podía meterse con gente escuderil pero que su escudero Sancho sí que podía. Mientras esto pasaba delante de la venta, Don Luis contaba el porqué de su huida.

Le dijo al padre de Doña Clara, Don Oidar, que se había enamorado de su hija y que se había escapado para seguirla y casarse con ella. El padre de la amada dijo a los criados del muchacho que por el momento no se lo llevasen pues tenía que pensar la respuesta que le iba a dar.

Mientras los dos huéspedes ya habían parado de pegar al ventero persuadidos por Don Quijote y ya había pagado sus deudas, entró a la venta el barbero al que Don Quijote le había robado su bacía (Yelmo de Membrino). Este que enseguida reconoció a Sancho le dijo que le devolviese su bacía y todo lo que le habían robado.

Sancho lo acusó de mentiroso y entonces se acercó Don Quijote a ver que sucedía y el barbero empezó a decir a todo el mundo lo que le habían robado: la bacía, la alabarda, el asno, etc. Don Quijote defendió que el Yelmo de Membrino lo había ganado lícitamente pero que la alabarda era cosa de su escudero. Luego Don Quijote mandó a Sancho que le llevase el Yelmo de Membrino y cuando lo tuvo en las manos, dijo que no se podía negar que aquello era yelmo y no bacía y que él no la había robado.

SEGUNDA PARTE

PRÓLOGO

En este segunda prólogo, podríamos decir que Miguel de Carvantes hace una dura crítica al Quijote falso de Avellaneda publicado en 1914, un año antes de que se publicase la segunda parte real de El Quijote.

En él se defiende de los distintos insultos que Avellaneda le dedicó en el prólogo de su libro. Cervantes utilizando al lector y a través de unos cuentos, “deja verde” y se explaya con Avellaneda a quien le aclara que con este segundo tomo verdadero, Don Quijote va a morir con lo que ya ni él ni nadie más podrán inventar sobre Don Quijote.

En el prólogo Cervantes amenaza a Avellaneda con la edición del Persiles y además le dice que también va a publicar la segunda parte de La Galatea, cosa que nunca hizo.

CAPÍTULO III - “Del ridículo razonamiento que pasó entre Don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco”

Don Quijote esperaba pensativo al bachiller Sansón Carrasco y a su fiel escudero Sancho Panza. No podía dejar de pensar si era posible que alguien hubiese escrito sus más grandes aventuras, lo que no le acababa de convencer era que el posible escritor de sus hazañas fuese moro, un tal Cide no se qué. En eso que llegaron el bachiller y Sancho. El bachiller burlándose de Don Quijote se arrodilló y le besó las manos. Después le dijo que Cide Hamete Berengueli había escrito sus hazañas y que ya estaban impresos más de doce mil libros y se había traducido a muchas lenguas.

Don Quijote le preguntó al bachiller cuales son las hazañas que más habían gustado a la gente. El bachiller le dice que son muchas desde las de los molinos de viento hasta la de la libertad de los galeotes pasando por la de los batanes, los ejércitos que eran en realidad dos manadas de carneros,etc.

Pero así como había contado sus más valientes hazañas, el Cide también había escrito los muchos palos que Don Quijote y Sancho habían recibido. El bachiller les contó que desde niños hasta ancianos gozaban con sus más diversas aventuras y como efecto de eso, mucha gente al ver pasar un caballo flaco exclamaban: “¡Allí va Rocinante!”. Según el bachiller, era el mejor libro de entretenimiento visto hasta entonces. No obstante, Don Quijote no estaba convencido de que el libro que trataba sobre sus aventuras a pocos había acontentado y así se lo dijo al bachiller. Pero el bachiller le volvió a repetir que fueron muchos a los que les gustó el libro y tan era así que muchos habían criticado al autor por algunos fallos en la redacción. Finalmente Sancho se fue y Don Quijote y el bachiller comieron e hicieron la siesta.

CAPÍTULO X - “ Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos”

En este capítulo las necedades de Don Quijote llegan a su máxima locura, una locura inimaginable.

Don Quijote se emboscó en el interior de un encinar junto al Toboso y envió a Sancho a ir a la ciudad y que no volviese sin haber hablado con su señora Dulcinea del Toboso. Sancho se fue y en cuanto había perdido de vista a su amo, este se bajó de su asno y empezó a decirse que no sabía dónde iba a encontrar a Dulcinea, etc. Con eso, Sancho pensó que si Don Quijote estaba loco, se él le dijera que cualquier labradora era Dulcinea, su amo se lo creería. Se pasó toda la tarde debajo de un árbol y justo cuando iba a comunicarles las nuevas a Don quijote, vio pasar a tres labradoras encima de sendos pollinos. Al verlas, Sancho no vio mejor oportunidad para llevar a cabo su estrategia y rápido fue a buscar a Don Quijote. Cuando le dijo a Don Quijote que su querida Dulcinea se acercaba junto a sus doncellas, Don Quijote se emocionó mucho y le prometió a Sancho una recompensa.

Salieron del bosque y descubrieron, cerca, a las tres labradoras. Don Quijote no vio sino a las tres aldeanas y le preguntó a Sancho dónde estaba Dulcinea. Sancho le dijo que delante de él la tenía pero Don Quijote volvió a decirle que allí sólo veía a tres campesinas encima de sus borricos. Para no hacer sospechar a Don Quijote, Sancho se arrodilló delante de las labradoras y empezó a decirles palabras bellas. Don Quijote, al igual que las labradoras, quedó atónito. Con eso, una de las labradoras le dijo a Sancho que se apartase pues tenía prisa. Don Quijote se levantó y lamentándose de su suerte le dijo a Sancho que eso había sido culpa de los encantadores que le habían nublado la vista (a él, Don Quijote) para no dejarle ver a la bella Dulcinea. Así que las aldeanas se disponían a irse, la que era “Dulcinea” se cayó del asno y Don Quijote enseguida la fue a ayudar. Cuando ya se habían ido, Don Quijote se quejó de que los magos además de cambiar la apariencia de Dulcinea también habían cambiado su olor y otras de sus muchas virtudes. Con todo lo ocurrido, Don Quijote no dejó de lamentarse durante un buen rato.

CAPÍTULO XXIII - “De las admirables cosas que el extremado Don Quijote contó que había visto en la cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga por apócrifa”

Una tarde, don Quijote contó a sus oyentes lo que había visto en la cueva de Montesinos donde había hecho su penitencia.

Encontró la cueva cuando él estaba muy cansado, entró y en plena confusión se durmió y al despertar se encontró en medio de un bellísimo prado verde.

Al cabo de un rato vio a lo lejos un castillo que le pareció de cristal y de él salió un anciano con un rosario en la mano que se llegó hasta él y lo primero que hizo fue abrazarlo y decirle que toda la gente que allí habitaba ya hacía tiempo que le esperaban.

El anciano se presentó como Montesinos e hizo entrar a Don Quijote en el castillo de cristal donde había un sepulcro de mármol y tendido sobre éste, un caballero de carne y huesos. Montesinos contó a Don Quijote que se trataba de Durandarte al que había sacado el corazón justo después de morir y se lo había entregado a su amada Belerma. Montesinos le dijo a Don Quijote que el sabio Merlín había encantado a mucha gente entre la que se encontraba un tal Guadiana al que había convertido en río y muchos más.

Luego Durandarte habló y le dijo a Montesinos que le volviera a sacar el corazón pero mientras hablaba pasó una procesión de hermosísimas doncellas, la última de la cuales era Belerma, desmejorada por el sufrimiento y que llevaba el corazón de su querida. Con esto, Sancho interrumpió a Don Quijote y le preguntó cómo era posible que hubiesen pasado tantas cosas si sólo habías estado dentro de la cueva durante una hora. Don Quijote le dijo que él había estado allí tres días con lo que llegaron a la conclusión que se trataba de otro encantamiento. Don Quijote también les explicó que allí debajo la gente no comía y tampoco dormían, entre otras cosas.

Después de decir esto, Sancho le dijo a Don Quijote que no veía nada de lo que le estaba contando y Don Quijote le que allí había visto a Dulcinea encantada, en forma de labradora y que eso no lo podía negar. Sancho, viendo que Don Quijote había perdido enteramente el juicio estaba muerto de risa, pero aún así, le preguntó a Don Quijote que qué le había dicho Dulcinea. El caballero le dijo a su escudero que él le había dirigido la palabra pero que ella se giró y se fue corriendo y al cabo de un rato vino una de sus doncellas y le dijo que Dulcinea le besaba las manos y le pedía media docena de reales. Don Quijote sólo le dio cuatro y ella se fue haciendo cabriolas. Y así es como se acaba la aventura de Don Quijote en la cueva de Montesinos.

CAPÍTULO XXIX - “De la famosa aventura del barco encantado”

Don Quijote y Sancho se encontraban en la ribera del río Ebro y de pronto vieron en la orilla, un barco atado a un tronco. Don Quijote rápidamente se apeó de Rocinante y mandó a Sancho hacer lo mismo. Sancho le preguntó a su amo el porqué de aquel súbito apeamiento y Don Quijote le contó que el barco lo estaba llamando a salvar y dar socorro a algún caballero que había dentro del barco. Sancho, como siempre, le dijo que él no creía que eso era algo fruto de la magia de los encantadores, y como siempre, Don Quijote no le hizo caso. Una vez atados los animales en el tronco de un árbol, Don Quijote y Sancho entraron en el barco y cortaron las amarras que sujetaban el barco a la orilla. Una vez en marcha, Sancho empezó a tener miedo y comenzó a llorar. Don Quijote muy enfadado le explicó a Sancho que ahora era ridículo ponerse a llorar pues ya habían hecho un largo camino y ahora ya les quedaba menos para cruzar la línea equinoccial. Pero mientras iban hablando descubrieron unas grandes aceñas y Don Quijote dijo que aquello era una ciudad donde segura que había algún caballero reina o princesa opreso allí dentro y que era su deber salvarles. Una vez más, Sancho intentó abrirle los ojos a su amo diciéndole que eso que veía no era un castillo sino unas aceñas donde se molía el trigo. Mientras iban acercándose a las aceñas, los molineros que los vieron venir, desesperadamente salieron todos cubiertos de harina y empezaron a gritarles. Don Quijote envuelto de nuevo en sus fantasías les amenazó para que dejasen libre a la persona que tenía presa en ese castillo, sacó su espada y empezó a moverla arriba y abajo. Los molineros con sus varas empujaron el barco para que no llegase a la orilla, pero Don Quijote se lanzó en el agua y se puso a nadar. Una vez fuera del agua, mojados y chorreando, aparecieron los dueños del barco (que estaba destrozado) y después de desnudar Sancho le pidieron a Don Quijote que pagase los desperfectos que su locura había ocasionado en el barco. Don Quijote accedió a pagar pero con la condición de que soltasen a la persona o personas que tenían en el castillo cautivas. Los molineros le dijeron que allí no había nadie oprimido. Don Quijote, confuso, pensó que dos encantadores se habían enfrentado y mientras uno le había puesto el barco para salvar a quien fuera, el otro estaba haciendo lo posible para que no acometiese tal hazaña. Finalmente y en voz alta se disculpó ante las personas a las que no había podido salvar y luego pago a los marineros el dinero por las destrozas del barco. Y así es como acaba la aventura del encantado barco.

CAPÚTULO XLI - “De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura”

Se encontraban Don Quijote y Sancho por la noche en un jardín esperando el caballo Clavileño cuando de pronto llegaron cuatro salvajes que llevaban una máquina con forma de caballo y dijeron a Sancho y Don Quijote que subiesen porque el caballo les llevaría delante mismo del encantador Malambruno quien había hecho crecer barbas a las señoras de la casa. Los salvajes les dijeron que tendrían que ir con los ojos vendados y que hasta no oyeran el relinchar de un caballo no habrían llegado a su destino. Después se fueron.

Sancho se negó a subir al caballo pues tenía miedo pero después se dejó convencer por el duque y las señoras de la casa. Don Quijote un poco acobardado preguntó si podía ver el interior del caballo pues no sería la primera vez que un caballo de madera tría la traición en su interior (se refiere al caballo de Troya). Le dijeron que no se preocupase y que subiese al caballo, una vez arriba del caballo le taparon los ojos y al cabo de un momento subió Sancho también con los ojos cubiertos. Ya bien situados, la gente empezó a gritar para que vigilasen y no se cayeran pues representaba que estaban volando, pero Sancho se preguntaba cómo era posible oírles si tan alto volaban. Don Quijote no le dio más importancia, lo que si le pareció es que no se movían del lugar pero rápidamente las dudas se desvanecieron pues sentía como corría el aire (provocado por unos fuelles) y más tarde sintieron el calor que se siente cuando estás muy arriba en el aire. Mientras estaban encima del caballo Don Quijote y Sancho iban conversando y tanto el duque como la duquesa hacían burla de ello. Finalmente hicieron explotar unos artefactos en la cola del caballo y Sancho y Don Quijote saltaron por los aires medio chamuscados y se quedaron perplejos al ver que volvían a estar en el mismo jardín de donde habían salido. Con eso, vieron una lanza de la que colgaba un pergamino que decía que Don Quijote estaba muerto con lo que el encantador Mambruno ya se daba por satisfecho y anulaba el encantamiento que hacía crecer la barba a las damiselas de casa del duque. El duque leyó el pergamino y se abrazó a Don Quijote diciéndole que era el mejor caballero andante del mundo. Mientras la duquesa le preguntó a Sancho cómo había ido el viaje y Sancho le contó que había visto unas cabras de colores en el cielo, pero nadie le creyó. Al final Don Quijote le dijo que si quería que él se creyera lo que Sancho había visto en el cielo, sancho debía creerse lo que Don Quijote decía que había visto en la cueva de Montesinos.

CAPÍTULO XLVIII - “De lo que sucedió a Don Quijote con Doña Rodríguez, la dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna”

Don Quijote se pasó seis días sin salir a la calle y una noche mientras estaba tumbado y pensativo oyó que alguien entraba en su aposento. Imaginándose que era Dulcinea gritó: “¡No!”. Pero entonces Don Quijote vio que no se trataba de Dulcinea y pensó que aquella persona que había entrado en su habitación (Doña Rodríguez) era una bruja o un fantasma. Don Quijote de pie encima de su cama empezó a gritar y preguntar quién había allí dentro. Doña Rodríguez le dice que no es ningún fantasma y que está allí por que necesita que Don Quijote le solucione un problema que sólo él puede solucionar, luego se marcha. Quedándose solo Don Quijote comienza a pensar en la nueva aventura que se le presenta y empieza a pensar en que a lo mejor es una trampa y puede caer en la tentación y traicionar a su señora Dulcinea. Más tarde volvió Doña Rodríguez y Don Quijote le dijo que le contase aquello que la tenía tan preocupada. Doña Rodríguez comenzó explicándole que ella era hija de una buena familia de Oviedo pero que se había arruinado y sus padres la habían enviado a trabajar a Madrid. En Madrid se casó y tuvo una hija, más tarde quedó viuda. Ahora su hija tenía dieciséis años y de ella se había enamorado el hijo de un labrador riquísimo, ese joven le había prometido matrimonia a su hija, pero no había cumplido su palabra. Doña Rodríguez le dijo a Don Quijote que pese a que se había quejado a su amo, este había hecho oídos sordos. Lo que le pedía Doña Rodríguez a don Quijote era que reparase el agravio que habían hecho contra su hija. En eso que empezó a hablar de su señora pero se paró en seco. Don Quijote insistió para que continuara hablando y ella empezó a decir pestes de su señora y mientras estaban hablando de golpe entró alguien en la habitación. A oscuras, empezó a pegar a Doña Rodríguez y luego pellizcó fuertemente a Don Quijote quien se quedó quieto en su cama sin decir nada.

CAPÍTULO LXII - “Trata de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden dejar de contarse”

Se hospedaban por aquel entonces Don Quijote y Sancho Panza en casa de su buen amigo Antonio Moreno quien se divertía burlándose de su buen amigo, tratándolo como si de un caballero andante se tratara. Después de una comida, Don Antonio se llevó a Don Quijote a una habitación donde había una cabeza de bronce. Después de hacer jurar a Don Quijote que no le contaría a nadie lo que en esa habitación se iba a decir, Don Antonio le dijo a Don Quijote que aquella cabeza de bronce había sido labrada por uno de los encantadores más famosos del mundo, el polaco Escotillo. Escotillo le había dado a esa cabeza la propiedad de contestar a cualquier pregunta que se le hiciese y así mismo Don Quijote se lo creyó. En eso que esa misma tarde, Don Antonio hizo salir a Don Quijote por las calles de la ciudad, encima de un caballo en el que colgó un pergamino que decía: “Este es Don Quijote de la Mancha”. Al pasar la gente, leían lo que en el pergamino ponía y Don Quijote se sorprendió de lo conocido que era en esa ciudad. Pero al final como era tanta la gente que se acercaba y leía el cartel, Don Antonio se lo tuvo que quitar como quien quita otra cosa. Otro día por la noche, Don Antonio quiso probar lo de la cabeza encantada y se llevó esa estancia a Don Quijote, Sancho, su mujer, un par de amigos y un par de amigas de su señora. Les contó a todos la propiedad de la cabeza y el mismo fue el primero en peguntar. La cabeza respondió y todos quedaron atónitos. Así fueron preguntando todos hasta llegar a Don Quijote, el cual le preguntó a la cabeza si lo que él había visto en la cueva de Montesinos era verdad o mentira, entre otras cosas. La cabeza también le respondió, esta vez, sin embargo con respuestas ambiguas pues las preguntas formuladas por Don Quijote lo requerían. El último en preguntar fue Sancho y la cabeza también le contestó. Todo el montaje de la cabeza encantada era una idea de Don Antonio quien junto con su sobrino habían ideado un estratagema para que el sobrino pudiera contestar des del aposento de la planta inferior.

Otro día fueron Sancho y Don Quijote junto con Don Antonio a una imprenta. Allí Don Quijote se puso a hablar con un traductor de “toscazo”. Entonces empezó a rebuscar entre cajones y papeles y encontró un libro que tenía por título: Segunda parte del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

CAPÍTULO LXIV - “Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a Don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido”

Iba una mañana Don Quijote caminando por la playa de Barcelona cuando de pronto se le acercó un caballero que se presentó como el Caballero de la Blanca Luna (en realidad uno de los amigos de Don Quijote disfrazado). Este caballero le dice a Don Quijote que quiere luchar contra él, pero que no lo hará si le dice que Dulcinea es menos hermosa que su amada, así le perdonará la muerte. El Caballero de la Blanca Luna le dijo que si igualmente quería luchar, si él, el Caballero de la Blanca Luna venciera, Don Quijote tendría que irse y volver a su pueblo manchego y retirarse durante un año absteniéndose de luchar y buscar nuevas aventuras. Don Quijote le dijo que lo que había dicho sobre su querida Dulcinea no era verdad en absoluto y aceptó el reto. Empezó a llegar gente a la playa, entre ellos en virrey de la ciudad el cual se puso en medio de los dos caballeros y preguntó las razones por ese comportamiento y la batalla. Ambos le respondieron lo mismo, por el honor de sus queridas doncellas y el virrey finalmente dejo que se celebrase el combate. Ambos caballeros se prepararon y el Caballero de la Blanca Luna fue el más rápido y tiró a Don Quijote del caballo y estando en el suelo con la lanza de su adversario en el cuello, pidió al Caballero de la Blanca Luna que acabase con su vida pues le había quitado la honra. Sin embargo, el Caballero de la Blanca Luna dijo que se contentaba sólo con que Don Quijote se retirase a su pueblo durante el periodo de un año. Don Quijote, sin más remedio aceptó y aquí se acabó la historia del Caballero de la Blanca Luna.

CAPÍTULO LXXIII - “De los agüeros que tuvo Don Quijote al entrar de su aldea, con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia”

Entrando a su pueblo, Don Quijote y Sancho oyeron unos muchachos que se peleaban y uno le decía al otro: “no la verás nunca más en tu vida”. Al oír esto, Don Quijote pensó que era una señal para él que le decía que nunca más podría ver a su querida Dulcinea. Al cabo de un rato le pasó lo mismo con una libre que era perseguida por unos perros (como Dulcinea y los encantadores). Al cabo de un rato se toparon con el cura y el bachiller Carrasco y finalmente se dirigieron hacia la casa de Don Quijote donde les esperaban el ama y su sobrina que ya habían recibido noticias de su llegada por parte de Teresa Panza, la mujer de Sancho que también se encontraba allí junto con su hija Sanchica. Teresa en viendo a su marido, le preguntó cómo había ido el viaje y Sancho le dijo que mejor se fueran a casa donde ya le contaría las aventuras que había vivido con su querido amo Don Quijote de la Mancha. Se fue la familia Panza y Don Quijote se quedó con el ama, su sobrina, el cura y el bachiller Carrasco. Don Quijote se apartó junto con el bachiller y el cura y les contó lo de su vencimiento y que tenía que quedarse un año entero sin salir de su pueblo. Don Quijote entonces les comentó que había pensado hacerse pastor y llamarse Pastor Quijotiz, les comentó que si no tenían mejor que hacer le gustaría que se hicieran pastores como él. Los dos se quedaron atónitos al ver la nueva locura de Don Quijote pero para que no se fuesen otra vez del pueblo y así se pudiera curar, aceptaron el ofrecimiento de Don Quijote de ser pastores. Como buena costumbre de pastores enamorados, Don Quijote escogió como su pastora a Dulcinea del Toboso y de esta misma manera, el bachiller escogió el nombre de la suya. Con esto el cura y el bachiller se fueron, pero el ama y su sobrina, que habían oído su conversación le dijeron que era mucho peor meterse a pastor que a caballero andante y que no estaba el horno para bollos.

CAPÍTULO LXXIV - “De cómo Don Quijote cayó malo, y de testamento que hizo, y su muerte”

Antes de poder empezar su labor de ganadero, Don Quijote cogió fiebre y estuvo seis días reposando en la cama durante el transcurso de los que lo visitaron el cura, el bachiller Carrasco y por supuesto su buen escudero Sancho Panza que procuraban alegrarle para que se olvidara de sus tristezas. Así que llamaron al médico que no les dio buenas noticias, les contó que el cuerpo de Don Quijote estaba muy débil. Al oír eso Don Quijote se sosegó pero los que allí estaban presentes empezaron a llorar como si ya se hubiese muerto. Don Quijote pidió a la gente que se fuera pues quería descansar y durmió unas seis horas seguidas. Al despertar, dando voces, le dijo a su sobrina que por gracia de Dios ya había recobrado el juicio, aunque le pesaba que lo hubiera recobrado tan tarde. Le pidió a su sobrina que llamase a sus buenos amigos el cura, el bachiller Carrasco y el barbero pues se quería confesar y hacer su testamento. Pero en ese mismo instante entraban estos tres en su habitación. Al verles, Don Quijote les dijo que había recobrado el juicio y que ya no era más Don Quijote sino Alonso Quijano y que ya había escarmentado. Cuando oyeron estas palabras salir de la boca de su amigo, los tres pensaban que se trataba de una nueva locura y le dijeron algo sobre Dulcinea y su futuro pastoril. Don Quijote les dijo que se dejasen de burlas y que llamasen a un confesor y un escribano pues quería hacer el testamento. Se quedó el cura dentro para confesarle y al salir confirmó que Don Quijote se estaba muriendo y que volvía a estar cuerdo. En eso llegaron el bachiller con el escribano y Sancho Panza que al ver el ama y la sobrina de Don Quijote se puso a llorar con ellas. En su testamento Don Quijote dejaba algún dinero a Sancho Panza y algunas posesiones al cura y el bachiller Carrasco. A su ama le dejó el dinero que le debía y un poco más. Finalmente a su sobrina le deja toda su hacienda con una condición, que si un día se casa, no lo haga con un hombre que conozca los libros de caballerías y pueda volverse loco como él. Así que terminaron con el testamento Don Quijote se desmayó y esto le pasó bastante a menudo en los siguientes tres días que vivió hasta que finalmente murió como Alonso Quijano.

FIN

RESÚMENES TEMÀTICOS

El Quijote comprende varios temas des del amor hasta la ética y el bien personal pasando por el realismo frente el idealismo, etc.

En primer lugar y de vital importancia encontramos el tema de la ética y el bien personal. Don Quijote como buen caballero andante se suma a el espíritu del bien, como siempre él piensa que el bien triunfa sobre el mal y que por eso debe procurar que se cumpla siempre que tenga ocasión. Por esta razón Don quijote adopta este papel del buen caballero y que busca el bien ajeno y no permite las injusticias. El bien es para Don Quijote algo indiscutible e inviolable. Este tema tan usado durante muchos siglos y aun vigente en nuestra sociedad se reconoce en la mayoría de los capítulos de El Quijote es el tema fundamental.

En segundo lugar encontramos el tema fundamental para tener como protagonista a este personaje tan especial llamado Don quijote y por su puesto a su compañero de aventuras Sancho Panza. Este tema es la confrontación o contraposición entre realismo encarnado por Sancho Panza e idealismo representado por el bueno de Don Quijote de la Mancha. Mientras Don Quijote tiene una visión del mundo des del punto de vista de los libros de caballería lo que hace que vea la realidad distorsionada. Don Quijote se imagina que el mundo se rige por algunas leyes de caballería y todo lo que se encuentra por el camino lo convierte de un modo u otro en algo relacionado con los caballeros andantes. Como contrapartida está Sancho Panza, el fiel escudero de Don Quijote quien pese a las locuras de su amo no se deja llevar (hasta cierto punto) y ve la vida tal y como es, lo que conlleva un poco de pesimismo.

Este tema enlaza con otro que es la apariencia y la realidad mediante el filtro de su imaginación Don Quijote crea su propio mundo ficticio a propósito de vivir una fantasía a la que muchas veces colaboran sus compañeros o amigos. Pero Don Quijote, des de mi punto de vista, no está prisionero sino que él está en control, lo que le dota de libre albedrío. Por esta razón al final del libro y de su vida recobra el juicio. Podríamos hacer muchas teorías sobre el porqué de esta fantasía, por diversión, simplemente locura temporal, pero esto es mejor dejárselo a los que se consideran y son considerados con el suficiente conocimiento para opinar.

Con esta diversidad temática, el Quijote se convierte en uno de los libros más complejos y completos escritos hasta entonces.

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I: En este primer capítulo ya se nos presenta el tema fundamental de la obra que es el idealismo que mueve a Alonso Quijano a convertirse en caballero andante y adoptar nuevo nombre, nueva amada y nuevas tareas y funciones. Por otra parte el tema de que el fin del hombre es hacer el bien y la verdad.

CAPÍTULO VII: En este capítulo como en la mayoría, aparece la contraposición entre el idealismo y el realismo, esta vez ejemplificado con la quema de los libros pues Don Quijote se imagina o se cree que los libros se los ha llevado su enemigo, el encantador, Sabio Frestón.

CAPÍTULO VIII: En este capítulo aun se ve con más claridad esta contraposición entre los dos puntos de vista pues Don Quijote ve unos gigantes en lugar de unos molinos de viento y por otra parte, Sancho Panza no deja de repetir que aquello que ve el caballero no son más que molinos de viento. Además, en este capítulo también encontramos el tema del bien como fin del hombre pues Don Quijote se enfrenta con el vizcaíno porque cree que así hace el bien.

CAPÍTULO IX: Este capítulo es la continuación del anterior por lo que los temas son los mismos, enfocados de la misma forma.

CAPÍTULO XX: Esta vez encontramos el tema de apariencia y realidad pero muy suavizado pues, a mi parecer, esto le podría ocurrir a cualquiera, incluso Sancho participa de este equívoco entre lo que parecía ser y lo que realmente era. Ambos personajes confunden el ruido de unos batanes con el de cualquier otra cosa pero que les ponía el miedo en el cuerpo.

CAPÍTULO XXI: En este capítulo hay otra vez este tema de la apariencia y la realidad, pero esta vez mucho más acentuado pues hay terceras personas que no saben de qué va el tema. Don Quijote confunde la bacía de un barbero con el Yelmo de Mambrino, objeto muy preciado por los caballeros andantes.

CAPÍTULO XXII: En este capítulo se ve claramente la voluntad de don Quijote de hacer el bien y de su ingenuidad pues libera a unos veinte presos condenamos a ir a galeras. Don Quijote se presenta como su libertador pero finalmente se da cuenta de que ha sido engañado, como se da cuenta de eso, vuelve a su mundo y todo lo excusa con los encantadores.

CAPÍTULO XXV: Otra vez aparece aquí el ideal caballeresco pues Don quijote está dispuesto a realizar tales hazañas como las hizo un día el mismísimo Amadís de Gaula. Don Quijote se dispone a hacer penitencia para su querida Dulcinea donde entra aquí el tema del amor, otro de los temas más tratados por Cervantes en el Quijote.

CAPÍTULO XXXI: En este capítulo encontramos con letras mayúsculas esta contraposición entre lo ideal y lo real. Sancho le cuenta a Don Quijote cómo y qué hacía Dulcinea cuando le entregó la carta. Pese a que Sancho cuenta con pelos y señales lo que estaría haciendo cualquier labradora, don Quijote lo oye y lo interpreta como si estuviese hablando de la más bella y delicada princesa que nunca hubiera existido.

CAPÍTULO XLIV: Este capítulo no está tan centrado en don Quijote como los demás. Se centra más en la historia de amor entre Don Luis y Doña Clara, por lo que el tema fundamental de este capítulo es el amor. Sin embargo, el tema de que el hombre debe guiarse por el bien y debe actuar correctamente también lo encontramos cuando don Quijote disuade unos clientes del ventero de irse sin pagar.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO III: Este capítulo es un capítulo que sirve a Cervantes como herramienta para crear la sensación de realismo en la novela pues se habla de que hay un libro editado que habla de las hazañas de don Quijote. Es un capítulo más bien para situar al lector y hacer la lectura más creíble y real.

CAPÍTULO X: En este capítulo Sancho Panza sufre una quijotización y Don Quijote una sanchificación, es decir, hay un intercambio de roles. Sancho Panza se inventa que tres labradores son Dulcinea y sus doncellas y hace todo un montaje para que Don Quijote se lo crea, pero éste no ve más que tres labradoras. No obstante, al final el idealismo de don Quijote se impone y termina pensado que toda esa confusión es obra, como no, de los encantadores.

CAPÍTULO XXIII: Este capítulo es por excelencia donde se ve más claro la “locura” o idealización de Don Quijote. Aquí ya llega al extremo de la confusión entre la verdad y la ficción pues nos cuenta todo lo que vio en la cueva de Montesinos, cosas de las que nadie en su sano juicio se creería una palabra. Aun así, Don Quijote, durante gran parte de esta tercera salida intenta convencer a los que le rodean de que esta historia es verdadera.

CAPÍTULO XXIX: En esta aventura vuelve a intervenir la confusión de la realidad con la ficción, lo que se junta con el ideal del bien. Don Quijote cree que los encantadores le han dejado una barca en la orilla del río para que vaya a salvar a unas personas que están prisioneras en un castillo, lo que en realidad un molino.

CAPÍTULO XLI: En esta aventura, vuelve a aparecer la confusión entre la realidad y la ficción y también el idealismo pero está vez provocados por otras personas. Unos “amigos” de Don Quijote, hacen que él y sancho se suban en un caballo de madera y hagan un supuesto viaje para deshacer un encantamiento que hace que las mujeres de la casa tengan barba. En primer lugar, Don Quijote y su escudero se creen que de verdad están viajando y en segundo lugar, Sancho, el que en principio había dicho que era tan realista empieza a contar todo lo que ha visto mientras estaba viajando lo que permite comprobar esta gradual quijotización. También encontramos aquí el tema del bien por encima de todo, pues el viaje está motivado para realizar una de las hazañas-para-salvar-a-alguien de Don Quijote.

CAPÍTULO XLVIII: En este capítulo vemos cómo Don Quijote ya es famoso y todo el mundo sabe de sus valerosas hazañas pues una mujer se presenta a su habitación en medio de la noche para pedirle un favor. Un favor que correspondería a hacer el bien pues tiene que deshacer un agravio.

CAPÍTULO LXII: En este capítulo se repite por enésima vez el tema de la apariencia versus la realidad pues Don Antonio Moreno, huésped de Don Quijote le hace creer que tiene un busto parlante y se lo demuestra con un pequeño truco previamente preparado.

CAPÍTULO LXIV: En este capítulo se representa el engaño más grande que sufre Don Quijote entre las tres salidas pues es engañado por su “amigos” y le hacen creer que lucha con un caballero, llamado de la Blanca Luna. Se vulva a recurrir a la confusión que se puede crear en la cabeza de Don Quijote que no distingue entre realidad e invención.

CAPÍTULO LXXIII: En este capítulo se trata fundamentalmente el tema de la idealización que “domina” a Don Quijote pues al llegar a su aldea, después de haber prometido al Caballero de la Blanca Luna que durante un año no volvería a ejercer de caballero andante, sin tener tiempo a respirar, Don Quijote ya ha escogido que a partir de entonces será pastor y vuelve a hacer como en el principio.

CAPÍTULO LXXIV: En este capítulo lo que está más presente es la contraposición entre realismo e idealismo pues Don Quijote, después de haber perdido el juicio y haber hecho tantas locuras (idealismo) recobra el juicio y se da cuneta de sus errores (realismo). Podría añadir que este final sí nos presenta el obrar bien, pues don quijote finalmente se da cuenta de que lo que está bien es estar cuerdo y no andar inventando historias fruto de la lectura de libros fantásticos.

25