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Salud. Psicología. El hombre mediocre. Dediocridad intelectual. Valores morales. Carácteres mediocres. Envidia. Forjadores de ideales

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CAPITULO I
EL HOMBRE MEDIOCRE
  1. Aurea mediocritas”.

El pastor ingenuo es una persona común como todas las personas pero no tenía ningún conocimiento intelectual. El se sentaba en una piedra que estaba en el camino y observar las estrellas, conversaba sobre misteriosos temas. Él es, apenas, un objeto en el cuadro, una pincelada; un accidente en la penumbra. Para él todas las cosas han sido siempre así y seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa hasta el rebaño que apacienta. Casi todos los hombres piensan como pensaba el pastor, el no entendería nada de lo que le explicaran de algún misterio de la vida, la evolución de todo lo que existe.

Para tener un buen conocimiento se debe tener cierto nivel ético y es indispensable alguna educación intelectual. Sin ello puede tenerse fanatismos. Estas persona siempre estarán sujetas a dogmas o creencias que otros le impongan y sus prejuicios son invariables. Plutarco escribió, ha siglos, que "los animales de una misma especie difieren menos entre si que unos hombres de otros". Otra frase importante de montaigne "Hay más distancia entre tal y tal hombre, que entre tal hombre y tal bestia.

  1. Los hombres sin personalidad

La personalidad es el punto donde uno comienza a diferenciarse de las demás personas; por ese motivo, al clasificar los caracteres humanos, por eso se deben de separar a los que carecen de rasgos característicos: Productos adventicios del medio, de las circunstancias, de la educación que se les suministra, de las personas que los tutelan, de las cosas que los rodean. Los hombres sin personalidad son innumerables y vegetan moldeados por el medio, como cera fundida en el cuño social. Su moralidad de catecismo y su inteligencia cuadriculada los constriñen a una perpetua disciplina del pensar y de la conducta; su existencia es negativa como unidades sociales.

El hombre de fino carácter es capaz de mostrar encrespamientos sublimes, como el océano; en los temperamentos domesticados todo parece quieta superficie, como en las ciénagas. La falta de personalidad hace, a éstos, incapaces de iniciativa y de resistencia. Desfilan inadvertidos, sin aprender ni enseñar, diluyendo en tedio su insipidez, vegetando en la sociedad que ignora su existencia: ceros a la izquierda que nada califican y para nada cuentan.

Si es de tener en cuenta la opinión de todos los hombres tienen de si mismo, seria imposible discurrir de lo que se caracterizan por la falta de personalidad.

  1. Entorno del hombre mediocre

El hombre normal no existe; no puede existir. La humanidad, como todas las especies vivientes, evoluciona sin cesar; sus cambios opérense desigualmente en numerosos agregados sociales, distintos entre sí. El hombre normal en una sociedad no lo es en otra; el de ha mil años no lo sería hoy, ni en el porvenir.

El hombre decimos ahora es un animal que evoluciona en las más recientes edades geológicas del planeta; no fue perfecto en su origen, ni consiste su perfección en volver a las formas ancestrales, surgidas de la animalidad simiesca.

No incurriremos en el yerro de admitir que los hombres mediocres pueden reconocerse por atributos físicos o morales que representen un término medio de los observados en la especie humana. En ese sentido sería un producto abstracto, sin corresponder a ningún individuo de existencia real. Él se derrumba siempre, en seguida, precisamente porque es un equilibrista y no lleva en sí las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa equilibrado. Ése es el prejuicio más grave, del hombre mediocre equilibrado y del genio desequilibrado".

  1. Concepto social de la mediocridad

Ninguna de las personas son iguales a sus aptitudes, pero tampoco se puede decir que son mediocres. Cada individuo es el producto de dos factores: la herencia y la educación. La primera tiende a proveerle de los órganos y las funciones mentales que le transmiten las generaciones precedentes; la segunda es el resultado de las múltiples influencias del medio social en que el individuo está obligado a vivir. Esta acción educativa es, por consiguiente, una adaptación de las tendencias hereditarias a la mentalidad colectiva: una continua aclimatación del individuo en la sociedad.

El niño desarróllese como un animal de la especie humana, hasta que empieza a distinguir las cosas inertes de los seres vivos y a reconocer entre éstos a sus semejantes. Los comienzos de su educación son, entonces, dirigidos por las personas que le rodean, tornándose cada vez más decisiva la influencia del medio; desde que ésta predomina, evoluciona como un miembro de su sociedad y sus hábitos se organizan mediante la imitación. Más tarde, las variaciones adquiridas en el curso de su experiencia individual pueden hacer que el hombre se caracterice como una persona diferenciada dentro de la sociedad en que vive.El hombre inferior es un animal humano; en su mentalidad enseñoréanse las tendencias instintivas condensadas por la herencia y que constituyen el "alma de la especie". Su ineptitud para la imitación le impide adaptarse al medio social en que vive; su personalidad no se desarrolla hasta el nivel corriente, viviendo por debajo de la moral o de la cultura dominante, y en muchos casos fuera de la legalidad. Esa insuficiente adaptación determina su incapacidad para pensar como los demás y compartir las rutinas comunes.

  1. El espíritu conservador.

La infamia nos induce a respetar la virtud; la miel no sería dulce si el acíbar no enseñara a paladear la amargura; admiramos el vuelo del águila porque conocemos el arrastramiento de la oruga; encanta más el gorjeo del ruiseñor cuando se ha escuchado el silbido de la serpiente. El mediocre representa un progreso, comparado con el imbécil, aunque ocupa su rango si lo comparamos con el genio: sus idiosincrasias sociales son relativas al medio y al momento en que actúa.

Todos los hombres de personalidad firme y de mente creadora, sea cual fuere su escuela filosófica o su credo literario, son hostiles a la mediocridad. Toda creación es un esfuerzo original; la historia conserva el nombre de pocos iniciadores y olvida a innúmeros secuaces que los imitan. Los visionarios de verdades nuevas, los apóstoles de moral, los innovadores de belleza desde Renán y Hugo hasta Guyau y Flaubert, la miran como un obstáculo con que el pasado obstruye el advenimiento de su labor renovadora.

  1. Peligros sociales de la mediocridad

La psicología de los hombres mediocres caracterizase por un riesgo común: la incapacidad de concebir una perfección, de formarse un ideal.

Están fuera de su órbita el ingenio, la virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes; sufren de ellos y los desdeñan. Son ciegos para las auroras; ignoran la quimera del artista, el ensueño del sabio y la pasión del apóstol. Condenados a vegetar, no sospechan que exista el infinito más allá de sus horizontes.

Son incapaces de virtud; no la conciben o les exige demasiado esfuerzo. No saben estremecerse de escalofrío bajo una tierna caricia, ni abalanzarse de indignación ante una ofensa. No viven su vida para sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en la opinión de sus similares.Cuando se arrebañan son peligrosos. La fuerza del número suple a la febledad individual: acomúnanse por millares para oprimir a cuantos desdeñan encadenar su mente con los eslabones de la rutina. Substraídos a la curiosidad del sabio por la coraza de su insignificancia, fortifícanse en la cohesión del total; por eso la mediocridad es moralmente peligrosa.

  1. La vulgaridad

La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. En la ostentación de lo mediocre reside la psicología de lo vulgar; basta insistir en los rasgos suaves de la acuarela para tener el aguafuerte.

La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos de su mediocridad; la custodian como al tesoro el avaro. Ponen su mayor jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla inoportuna en la palabra o en el gesto, rompe en un solo segundo el encanto preparado en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosión luminosa del espíritu. Incolora, sorda, ciega, insensible, nos rodea y nos acecha; deléitese en lo grotesco, vive en lo turbio, se agita en las tinieblas. Es a la mente lo que son al cuerpo los defectos físicos, la cojera o el estrabismo: es incapacidad de pensar y de amar, incomprensión de lo bello, desperdicio de la vida, toda la sordidez. La conducta, en sí misma, no es distinguida ni vulgar; la intención ennoblece los actos, los eleva, los idealiza y, en otros casos, determina su vulgaridad.

El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva a la ostentación. a la avaricia, a la falsedad, a la avidez, a la simulación; detrás del hombre mediocre asoma el antepasado salvaje que conspira en su interior acosado por el hambre de atávicos instintos y sin otra aspiración que el hartazgo.

CAPITULO II

LA DEDIOCRIDAD INTELECTUAL

  1. El hombre rutinario

La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten a la carcoma de los siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y engendra verdades; estéril la otra y las mata.

Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por el deseo ajeno, encalónanse en su casillero social y se catalogan como reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles a la presión del conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata como un inflexible laminador. Reducidos a vanas sombras, viven del juicio ajeno; se ignoran a sí mismos, limitándose a creerse como los creen los demás. Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión ajena en la justa proporción en que respetan la propia, siempre más severa, o la de sus iguales.

Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si no presumieran de razonables, su absurdidad enternecería. Oyéndoles hablar una hora parece que ésta tuviese mil minutos. La ignorancia es su verdugo, como lo fue otrora del siervo y lo es aún del salvaje; ella los hace instrumentos de todos los fanatismos, dispuestos a la domesticidad, incapaces de gestos dignos. Enviarían en comisión a un lobo y un cordero, sorprendiéndose sinceramente si el lobo volviera solo. Carecen de buen gusto y de aptitud para adquirirlo. Si el humilde guía de museo no los detiene con insistencia, pasan indiferentes junto a una madona del Angélico o un retrato de Rembrandt; a la salida se asombran ante cualquier escaparate donde haya oleografías de toreros españoles o generales americanos.

  1. Los estigmas de la mediocridad intelectual

Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin él no podemos concebirlo" (Pensées; XXIII). Si de esto dedujéramos que quien no piensa no existe, la conclusión le desternillaría de risa. Nacido sin esprit de fineses, desesperaríase en vano por adquirirlo. Carece de perspicacia adivinadora; está condenado a no adentrarse en las cosas o en las personas. Las mediocracias exigen de sus actores cierta seriedad convencional, que da importancia en la fantasmagoría colectiva.

Las únicas víctimas de esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreñidos a no pestañear mientras los envidiosos empañan su gloria. Para los tontos nada más fáciles que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable; los más inflados lo fingen por cálculo, considerando que esa actitud es el complemento necesario de la solemnidad y deja sospechar la existencia de méritos pudibundos. Heine dijo: "Los charlatanes de la modestia son los peores de todos". Y Goethe sentenció: "Solamente los bribones son modestos".

  1. La maledicencia

Los mediocres, más inclinados a la hipocresía que al odio, prefieren la maledicencia sorda a la calumnia violenta. Sabiendo que ésta es criminal y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. El calumniador desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se aparta de la mediocridad, es antisocial, tiene el valor de ser delincuente; el otro es cobarde y se encubre con la complicidad de sus iguales, manteniéndose en la penumbra.

Los mediocres, lo mismo que los imbéciles, serían acreedores a esa amable tolerancia mientras se mantuvieran a la capa; cuando renuncian a imponer sus rutinas son sencillos ejemplares del rebaño humano, siempre dispuestos a ofrecer su lana a los pastores. Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden tocar la zampoña, con la irrisoria pretensión de sus desafinamientos.

Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede gritar cara a cara una injuria, el que denuncia a voces un vicio ajeno, el que acepta los riesgos de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester temblar ante la idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras menos sospechosas. Los peores son los que maldicen elogiando: templan su aplauso con arremangadas reservas, más graves que las peores imputaciones. Tal bajeza en el pensar es una insidiosa manera de practicar el mal, de efectuar lo potencialmente. sin el valor de la acción rectilínea.

  1. El sendero de la gloria

La gloria depende de ellos mimos. El éxito les parece un simple reconocimiento de su derecho, un impuesto de admiración que se les paga en vida. Taine conoció en su juventud el goce del maestro que ve concurrir a sus lecciones un tropel de alumnos; Mozart ha narrado las delicias del compositor cuyas melodías vuelven a los labios del transeúnte que silba para darse valor al atravesar de noche una encrucijada solitaria; Musset confiesa que fue una de sus grandes voluptuosidades oír sus versos recitados por mujeres bellas; Castelar comentó la emoción del orador que escucha el aplauso frenético tributado por miles de hombres. El fenómeno es común, sin ser nuevo. Julio César, al historiar sus campañas, trasunta la ebriedad salvaje del que conquista pueblos y aniquila hordas; los biógrafos de Beethoven narran su impresión profunda cuando se volvió a contemplar las ovaciones que su sordera le impedía oír, al estrenar la Novena sinfonía; Stendhal ha dicho, con su ática gracia original, las fruiciones del amador afortunado que ve sucesivamente a sus pies, temblorosas de fiebre y ansiedad, a cien mujeres.

El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la estimula. Tiene otra virtud: destierra la envidia, ponzoña incurable en los espíritus mediocres. Triunfar a tiempo, merecidamente, es el más favorable rocío para cualquier germen de superioridad moral.

CAPITULO III

LOS VALORES MORALES

  1. La moral de tartufo

La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer los escrúpulos en los hombres incapaces de resistir la tentación del mal. Es falta de virtud para renunciar a éste y de coraje para asumir su responsabilidad.

Los hombres rebajados por la hipocresía viven sin ensueño, ocultando sus intenciones, enmascarando sus sentimientos, dando saltos como el eslizón; tienen la certidumbre íntima, aunque inconfesa, de que sus actos son indignos, vergonzosos, nocivos, arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente su moral: implica siempre una simulación.

El hipócrita suele aventajarse de su virtud fingida, mucho más que el verdadero virtuoso. Pululan hombres respetados en fuerza de no descubrírseles bajo el disfraz; bastaría penetrar en la intimidad de sus sentimientos, un solo minuto, para advertir su doblez y trocar en desprecio la estimación.

  1. El hombre honesto

Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas del hombre virtuoso: prefieren al honesto y lo encumbran como ejemplo. Hay en ello implícito un error, o mentira, que conviene disipar. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se puede ser honesto sin sentir un afán de perfección; sobra para ello con no ostentar el mal, lo que no basta para ser virtuoso. Entre el vicio, que es una acra, y la virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad.

Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas del hombre virtuoso: prefieren al honesto y lo encumbran como ejemplo. Hay en ello implícito un error, o mentira, que conviene disipar. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se puede ser honesto sin sentir un afán de perfección; sobra para ello con no ostentar el mal, lo que no basta para ser virtuoso. Entre el vicio, que es una acra, y la virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad.

El hombre honesto puede practicar acciones cuya indignidad sospecha, toda vez que a ello se sienta constreñido por la fuerza de los prejuicios, que son obstáculos con que los hábitos adquiridos estorban a las variaciones nuevas. Los actos que ya son malos en el juicio original de los virtuosos, pueden seguir siendo buenos ante la opinión colectiva.

El hombre superior practica la virtud tal como la juzga, eludiendo los prejuicios que acoyundan a la masa honesta; el mediocre sigue llamando bien a lo que ya ha dejado de serlo, por incapacidad de entrever el bien del porvenir. Sentir con el corazón de los demás equivale a pensar con cabeza ajena.

  1. Los tránsfugas de la honestidad

Los tránsfugas de la moral son rebeldes a la domesticación; desprecian la prudente cobardía de Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben simular, agreden los principios consagrados; y como la sociedad no puede tolerarlos sin comprometer su propia existencia, ellos tienden sus guerrillas contra ese mismo orden de cosas cuya custodia obsesiona a los mediocres. Los honestos se esfuerzan por merecer el purgatorio; los delincuentes se han decidido por el infierno embistiendo sin escrúpulos ni remordimientos contra la armazón de prejuicios y leyes que la sociedad les opone.

Los delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta a la moralidad media de la sociedad en que viven. Son inferiores; tienen el "alma de la especie", pero no adquieren el "alma social". Diver gen de la mediocridad, pero en sentido opuesto a los hombres excelentes, cuyas variaciones originales determinan una desadaptación evolutiva en el sentido de la perfección.

Su débil sentido moral les impide conservar intachable su conducta, sin caer por ello en plena delincuencia: son los imbéciles de la honestidad, distintos del idiota moral que rueda a la cárcel. No son delincuentes.

  1. Función social de la virtud

La honestidad es una irritación; la virtud es una originalidad. Solamente los virtuosos poseen talento moral y es obra suya cualquier ascenso hacia la perfección; el rebaño se limita a seguir sus huellas, incorporando a la honestidad trivial lo que fue antes virtud de pocos. Y siempre rebajándola.

Hemos distinguido al delincuente del honesto. Insistimos en que su honestidad no es la virtud; él se esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda le es inaccesible. La virtud es otra cosa. Es activa; excede infinitamente en variedad, en derechez, en coraje, a las prácticas rutinarias que libran de la infamia o de la cárcel.

No es el hombre moralmente mediocre el honesto quien determina las transformaciones de la moral. Son los virtuosos y los santos, inconfundibles con él. Precursores, apóstoles, mártires, inventan formas superiores del bien, las enseñan, las predican, las imponen. Toda moral futura es un producto de esfuerzos individuales, obra de caracteres excelentes que conciben y practican perfecciones inaccesibles al hombre común.

Los grandes virtuosos, cada uno a su modo, combaten por lo mismo, en la forma que su cultura y su temperamento les sugieren. Aunque por distintos caminos. Y partiendo de premisas racionales antagónicas, todos se proponen mejorar al hombre: son igualmente enemigos de los vicios de su tiempo.

  1. La pequeña virtud y el talento moral

Así como hay una gama de intelectos, cuyos tonos fundamentales son la inferioridad, la mediocridad y el talento aparte del idiotismo y el genio, que ocupan sus extremos, hay también una jerarquía moral representada por términos equivalentes. En el fondo de esas desigualdades hay una profunda heterogeneidad de temperamentos.

Los temperamentos capaces de virtud difieren por su intensidad. El primer germen de perfección moral se manifiesta en una decidida preferencia por el bien: haciéndolo, enseñándolo, admirándolo. La bondad es el primer esfuerzo hacia la virtud; el hombre bueno, esquivo a las condescendencias permitidas por los hipócritas, lleva en sí una partícula de santidad. El "buenismo" es la moral de los pequeños virtuosos; su prédica es plausible, siempre que enseñe a evitar la cobardía, que es su peligro. Algunos excesos de bondad no podrían distinguirse del envilecimiento; hay falta de justicia en la moral del perdón sistemático.

Esas pequeñas virtudes son usuales, de aplicación frecuente, cotidiana; sirven para distinguir al bueno del mediocre y difieren tanto de la honestidad como el buen sentido difiere del sentido común. Importan una elevación sobre la mediocridad; los que saben practicarlas merecen los elogios que tan pródigamente se les tributan.

  1. El genio moral: la santidad

La santidad existe: los genios morales son los santos de la humanidad.

Los talentos morales perfeccionan o practican de manera excelente esas virtudes por ellos creadas; los mediocres morales se concretan a imitarlas tímidamente. Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, obediente, incontrastable: es genio. Se es santo por temperamento y no por cálculo, por corazonadas firmes más que por doctrinarismos racionales: así lo fueron casi todos. La inflexible rigidez del profeta o del apóstol, es simbólica; sin ella no tendríamos la iluminada firmeza del virtuoso ni la obediencia disciplinada del honesto.

La santidad crea o renueva. "La extensión y el desarrollo de los sentimientos sociales y morales dijo Eibot se han producido lentamente y por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados inventores en moral. Esta expresión puede sonar extrañamente a ciertos oídos de gente imbuida de la hipótesis de un conocimiento del bien y del mal innato, universal, distribuido a todos los hombres y en todos los tiempos. Si en cambio se admite una moral que se va haciendo, es necesario que ella sea la creación, el descubrimiento de un individuo o de un grupo.

CAPIULO IV

LOS CARACTERES MEDIOCRES

  1. Hombres y sombra

Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres mediocres son incapaces de volar hasta una cumbre o de batirse contra un rebaño. Su vida es perpetua complicidad con la ajena. Son hueste mercenaria del primer hombre firme que sepa uncirlos a su yugo. Atraviesan el mundo cuidando su sombra e ignorando su personalidad. Nunca llegan a individualizarse: ignoran el placer de exclamar "yo soy", frente a los demás.

Son refractarios a todo gesto digno; le son hostiles. Conquistan honores y alcanzan "dignidades", en plural; han inventado el inconcebible plural del honor y de la dignidad, por definiciones singulares e inflexibles. Viven de los demás y para los demás: sombras de una grey, su existencia es el accesorio de focos que la proyectan. Carecen de luz, de arrojo, de fuego, de emoción. Todo es, en ellos, prestado. Los caracteres excelentes ascienden a la propia dignidad nadando contra todas las corrientes rebajadoras, cuyo reflujo resisten con tesón.

Son respetuosos en la victoria y se dignifican en la derrota como si para ellos la belleza estuviera en la lid y no en su resultado. Siempre, invariablemente, ponen la mirada alto y lejos; tras lo actual fugitivo divisan un Ideal más respetable cuanto más distante. Estos optimates son contados; cada uno vive por un millón. Poseen una firme línea moral que les sirve de esqueleto o armadura.

  1. La domesticación de los hombres

Gil Blas de Santillana es una sombra: su vida entera es un proceso continuo de domesticación social. Si alguna línea propia permitía diferenciarle de su rebaño, todo el estercolero social se vuelca sobre él para borrarla, complicando su insegura unidad en una cifra inmensa.

Mientras los hombres resisten las tentaciones, las sombras resbalan por la pendiente; si alguna partícula de originalidad les estorba, la eliminan para confundirse mejor en los demás. Parecen sólidas y se ablandan, ásperas y se suavizan, ariscas y se amansan, calurosas y se entibian, resplandecientes y se opacan, ardientes y se apaciguan, viriles y se afeminan, erguidas y se achatan.

El buen lenguaje clásico llamaba doméstico a todo hombre que servía. Y era justo. El hábito de la servidumbre trae consigo sentimientos de domesticidad, en los cortesanos lo mismo que en los pueblos.

Gil Blas medra entre los hombres desde que la humanidad existe; han protestado contra él los idealistas de todos los tiempos. Los románticos, envueltos en sublime desdén, han enfestado contra los temperamentos serviles: Musset, por boca de Lorenzaccio, estruja con palabras irrelevantes la cobardía de los pueblos avenidos a la servidumbre.

  1. La vanidad

El hombre es. La sombra parece. El hombre pone su honor en el mérito propio y es juez supremo de sí mismo; asciende a la dignidad.

La sombra pone el suyo en la estimación ajena y renuncia a juzgarse; desciende a la vanidad. Hay una moral del honor y otra de su caricatura: ser o parecer. Cuando un ideal de perfección impulsa a ser mejores, ese culto de los propios méritos consolida en los hombres la dignidad; cuando el afán de parecer arrastra a cualquier abajamiento, el culto de la sombra enciende la vanidad.

La exaltación del amor propio, peligrosa en los espíritus vulgares, es útil al hombre que sirve un Ideal. Éste le cristaliza en dignidad; aquéllos le degeneran en vanidad. El éxito envanece al tonto, nunca al excelente. Esa anticipación de la gloria hipertrofia la personalidad en los hombres superiores: es su condición natural. ¿El atleta no tiene, acaso, bíceps excesivos hasta la deformidad La función hace el órgano.

Su orgullo nunca excede a la vanidad de los imbéciles. La aparente diferencia guarda proporción con el mérito.

  1. La dignidad

La dignidad implica valor moral. Los pusilámines son importantes, como los aturdidos; los unos reflexionan cuándo conviene obrar, y los otros obran sin haber reflexionado. La insuficiencia del esfuerzo equivale a la desorientación del impulso: el mérito de las acciones se mide por el afán que cuestan y no por sus resultados. Sin coraje no hay honor. Todas sus formas implican dignidad y virtud.

El hambriento puede ser rebelde; pero nunca un hombre libre. Enemiga poderosa de la dignidad es la miseria; ella hace trizas los caracteres vacilantes e incuba las peores servidumbres. El que no ha atravesado dignamente una pobreza es un heroico ejemplar de carácter. El pobre no puede vivir su vida, tantos son los compromisos de la indigencia; redimirse de ella es comenzar a vivir.

Los orgullosos tienen el culto de su dignidad: quieren poseerla inmaculada, libre de remordimientos, sin flaquezas que la envilezcan o la rebajen. A ella sacrifican bienes; honores, éxitos: todo lo que es propicio al crecimiento de la sombra. Para conservar la estima propia no vacilan en afrontar la opinión de los mansos y embestir sus prejuicios; pasan por indisciplinados y peligrosos entre los que en vano intentan malear su altivez.

CAPITULO V

LA ENVIDIA

  1. La pasión de los mediocres

Es algo que lo pueden tener ciertas personas, por la mediocridad que llevan y que no quieren salir de ellas. No piensan en alto. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquiera culminación ajena.

Una persona con envidia puede llegar hacer el mal a otro.

Cuando una persona reconoce que es envidioso, se rebaja ante la otra persona, a la vez, se declara inferior al envidiado.

Todo suceso feliz que sienta una persona, entonces el envidioso se siente triste, y esto puede terminar en un odio.En los ímpetus del odio puede palpitar el gesto de la garra que en un desesperado estremecimiento destroza y aniquila; en la subrepticia reptación de la envidia sólo se percibe el arrastramiento tímido del que busca morder el talón.

  1. Psicología de los envidiosos

La envidia es un culto involuntario del merito, los envidiosos son, a pesar de todo lo que son, sus naturales sacerdotes.

Shakespeare trazo una silueta definitiva en su Yago feroz, almacigo de infamias y cobardías, capaz de todas las traiciones y de todas las falsedades.

El envidioso activo posee una elocuencia intrépida, disimulando con niágaras de palabras su estiptiquez de ideas. Pretende sondar los abismos del espíritu ajeno, sin haber podido nunca desenredar el propio. Parece tener mil lenguas, como el clásico monstruo rabelesiano.

El motivo de la envidia se confunde con el de la admiración, siendo ambas dos aspectos de un mismo fenómeno. Solo que la admiración nace en el fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es una forma aberrante de rendir homenaje a la superioridad.

La envía femenina puede ser afiligranada y perversa; la mujer da su arañazo con uña afilada y lustrosa, muerde con dientecillos orificados, estruja con dedos pálidos y finos.

  1. Los roedores de la gloria

Toda aquella persona que se crea capaz de hacer su propia vida con lo que hace y su esfuerzo todo le sale bien; el deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido por el legitimo encumbramiento ajeno.

Las personas que se sientan capaz de crear algo lo único que puede hacer es destruir.Su falta de inspiración le induce a rumiar el talento ajeno, empañándolo con espaciosidades que denuncian su irreparable ultimidad. Los altos ingenios son ecuánimes para criticar a sus iguales, como si reconocieran en ellos una consanguinidad en línea directa; en el émulo no ven nunca un rival.

Son, por definición, prestamistas, parásitos, viven de lo ajeno, pues se limitan a barajar con mano aviesa lo mismo que han aprendido en el libro que desacreditan. Cuando un gran escritor es erudito se lo reprochan como una falta de originalidad; si no lo es, se apresuran a culparlo de ignorancia.

  1. Una escena dantesca: su castigo

Los envidiosos son las únicas personas que suelen ser victima de su propia maldad; la envidia le devora como el cáncer a la visceral ahoga como la hiedra a la encina.

Llevan todos los castigos en su culpa. La persona que esta contenta, al saber que la envidiaba, contesto con acierto: peor para ellos, tendrán que sufrir más que los males que hagan.

La mayor satisfacción del hombre excelente está en provocar la envidia, estimulándola con los propios méritos, acosándola cada día con mayores virtudes, para tener la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una garantía inequívoca de mediocridad.

Siempre le estará doliendo el bien de la otra persona.

CAPITULO VI

LA VEJES NIVELADORA

  1. Las canas

La cana es una señal de vejes, si la persona se quita la primera cana no le sirve de nada ya que este es un signo de madurez y de desgaste. No solamente se le va a colocar blanca su cabellera sino también, su aspecto físico su corazón y su mente.

La evolución no es igual, debido al paso de los años el ser humano tiende a tener desgaste físico y metal.

La decadencia del hombre que envejece está representada por una regresión sistemática de la intelectualidad. Al principio, la vejez mediocrita a todo hombre superior; más tarde, la decrepitud interioriza al viejo ya mediocre.

Cuando una persona tiene el deseo de hacer algo y su cuerpo no puede podemos afirmar que ha comenzado la vejez. También algunos intelectuales no quieren llegar a ser viejos, por que para ellos esto es ser mediocre.

  1. Etapas de decadencia

En sus capas primitivas y fundamentales yacen las inclinaciones recibidas hereditariamente de los antepasados: la "mentalidad de la especie". En las capas medianas encuéntranse las sugestiones educativas de la sociedad: la "mentalidad social". En las capas superiores florecen las variaciones y perfeccionamientos recientes de cada uno, los rasgos personales que no son patrimonio colectivo: la "mentalidad individual".

Cuando los estratos recientemente constituidos van desapareciendo por obra de la vejez, el psicólogo descubre, poco a poco, la mentalidad del mediocre, del niño y del salvaje, cuyas vulgaridades, simplezas y atavismos reaparecen a medida que las canas van reemplazando a los cabellos.

Inferior, mediocre o superior, todo hombre adulto atraviesa un período estacionario, durante el cual perfecciona sus aptitudes adquiridas, pero no adquiere otras nuevas. Más tarde la inteligencia entra en su ocaso. Las funciones del organismo empiezan a decaer a cierta edad. Esas declinaciones corresponden a inevitables procesos de regresión orgánica. Las funciones mentales, lo mismo que las otras, decaen cuando comienzan a enmohecerse los engranajes celulares de nuestros centros nerviosos.

  1. La bancarrota de los ingenios

Es como si una claridad se apagara poco a poco y llegara la oscuridad.

Los que sólo habían logrado adquirir un reflejo de la mentalidad social, poco tienen que perder en esta inevitable bancarrota: es el empobrecimiento de un pobre. Y cuando, en plena senectud, su mentalidad social se reduce a la mentalidad de la especie, inferiorizándose, a nadie sorprende ese pasaje de la pobreza a la miseria.

El hombre superior deja de serlo, se nivela. Sus ideas propias, organizadas en el período del perfeccionamiento, tienden a ser reemplazadas por ideas comunes o inferiores.

El joven Kant, verdaderamente "crítico", había llegado a la convicción de que los tres grandes baluartes del misticismo: Dios, libertad e inmortalidad del alma, eran insostenibles ante la razón pura; el Kant envejecido, "dogmático", encontró, en cambio, que esos tres fantasmas son postulados de la "razón práctica", y, por lo tanto, indispensables.

  1. Psicología de la vejez

El viejo tiende a la inercia, busca el menor esfuerzo; así como la pereza es una vejez anticipada, la vejez es una pereza que llega fatalmente en cierta hora de la vida.

En el cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se alteran las transformaciones químicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo degenerar las células más nobles. Roto el equilibrio de los órganos, no puede subsistir el equilibrio de las funciones: la disolución de la vida intelectual y afectiva sigue ese curso fatal perfectamente estudiado por Ribot en el capítulo final de su psicología de los sentimientos.

La psicología de la vejez denuncia ideas obsesivas absorbentes.

Todo viejo cree que los jóvenes le desprecian y desean su muerte para suplantarle. Traduce tal manía por hostilidad a la juventud, considerándola muy inferior a la de su tiempo, juicio que extiende a las nuevas costumbres cuando ya no puede adaptarse a ellas.

  1. La virtud de la impotencia

Los viejos olvidan que fueron jóvenes y éstos parecen ignorar que serán viejos: el camino a recorrer es siempre el mismo, de la originalidad a la mediocridad, y de ésta a la inferioridad mental.

La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son los términos inviolables de la vida; ella nos dice con voz firme que lo anormal no es nacer ni morir en la plenitud de nuestras funciones. Nacemos para crecer; envejecemos para morir. Todo lo que la Naturaleza nos ofrece para el crecimiento, nos lo substrae preparando la muerte.

Los viejos protestan que no se le respete suficiente mientras que los jóvenes quieren ser viejo para que lo respeten.

Los hombres de carácter elevado no hacen a la vida la injuria de malgastar su juventud, ni confían a la incertidumbre de las canas la iniciación de grandes empresas que sólo pueden concebir las mentes frescas y realizar los brazos viriles.

CAPITULO VII

LA MEDIOCRACIA

  1. El clima de la mediocridad

Es el clima de la mediocridad. Los Estados tórnense mediocres y se arrastran. Conviénese en llamar urbanidad a la hipocresía, distinción al amaneramiento, cultura a la timidez, tolerancia a la complicidad; la mentira proporciona estas denominaciones equívocas. Y los que así mienten son enemigos de sí mismos y de la patria, deshonrando en ella a sus padres y a sus hijos, carcomiendo la dignidad común.

Siempre hay mediocres. Son perennes. Lo que varía es su prestigio y su influencia. En las épocas de exaltación renovadora muéstranse humildes, son tolerados; nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada.

Todo hombre declina su personalidad al convertirse en funcionario: no lleva visible la cadena al pie, como el esclavo, pero la arrastra ocultamente, amarrada en su intestino. Ciudadanos de una patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin la cebada oficial. Cuando todo se sacrifica a ésta, sobreponiendo los apetitos a las aspiraciones, el sentido moral se degrada y la decadencia se aproxima.

  1. La patria

La patria tiene intermitencias: su unidad moral desaparece en ciertas épocas de rebajamiento, cuando se eclipsa todo afán de cultura y se enseñorean viles apetitos de mando y de enriquecimiento. Y el remedio contra esa crisis de chatura no está en el fetichismo del pasado, sino en la siembra del porvenir, concurriendo a crear un nuevo ambiente moral propicio a toda culminación de la virtud, del ingenio y del carácter.

Cuando no hay patria no puede haber sentimiento colectivo de la nacionalidad inconfundible con la mentira patriótica explotada en todos los países por los mercaderes y los militaristas. Sólo es posible en la medida que marca el ritmo unísono de los corazones para un noble perfeccionamiento y nunca para una innoble agresividad que hiera el mismo sentimiento de otras nacionalidades.

No hay manera más baja de amar a la patria que odiando a las patrias de los otros hombres, como si todas no fuesen igualmente dignas de engendrar en sus hijos iguales sentimientos. El patriotismo debe ser emulación colectiva para que la propia nación ascienda a las virtudes de que dan ejemplo otras mejores; nunca debe ser envidia colectiva que haga sufrir de la ajena superioridad y mueva a desear el alejamiento de los otros hasta el propio nivel. Cada Patria es un elemento de la Humanidad; el anhelo de la dignificación nacional debe ser un aspecto de nuestra fe en la dignificación humana.

  1. La política de las piaras

La política se degrada, conviértese en profesión. En los pueblos sin ideales, los espíritus subalternos medran con torpes intrigas de antecámara. En la bajamar sube lo rahez y se acorchan los traficantes.

Se instaura una moral hostil a la firmeza y propicia al relajamiento.El gobierno va a manos de gentualla que abocada el presupuesto. Abájanse los adarves y álzanse los muladares. El lauredal se agosta y los cardizales se multiplican.

Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad de sus espinazos. Lacayos de un grande hombre, o instrumentos ciegos de su piara, no osan discutir la jefatura del uno o las consignas de la otra. No se les pide talento, elocuencia o probidad: basta con la certeza de su panurguismo. Viven de luz ajena, satélites sin color y sin pensamientos, uncidos al carro de su cacique, dispuestos siempre a batir palmas cuando él habla y a ponerse de pie llegada la hora de una votación.

  1. Los arquetipos de la mediocridad

El genio crea las instituciones el bárbaro las viola los mediocres las respetan impotentes para forjar o destruir esquivos a la gloria y rebeldes a la infamia se les reconoce por una circunstancia inequívoca sus cubicularios no osan llamarlos genios por el temos al ridículo y sus adversarios no podrían sentarlos en cancana de imbéciles flagrante injusticia son perfectos en su clima. Las dedocracias niegan a sus arquetipos el derecho de elegir su oportunidad.

Todas las piaras inflan algún ejemplar predestinado a posibles culminaciones. Seleccionan el acabado prototipo entre los que comparten sus pasiones o sus voracidades, sus fanatismos o sus vicios, sus prudencias o sus hipocresías.

Los arquetipos suelen interrumpir sus humillados silencios con innocuas pirotecnias verbales; de tarde en tarde los cómplices pregonan alguna misteriosa lucubración tartamudeada, o no, ante asambleas que ciertamente no la escucharon. Ellos no atinan a sostener la reputación con que los exornan: desertan el Parlamento el día mismo en que los eligen, como si temieran ponerse en descubierto y comprometer a los empresarios de su fama.

  1. La aristocracia del merito

Un pensador eminente gloso esta verdad la mediocracia no tolera las excepciones ilustres si el genio es un soliloquio magnifico una voz de la naturaleza en que habla toda una nación o una raza no es un privilegio excesivo se pregunta que uno ahueque la voz en nombre de todos la democracia reniega de tales soberanos que se encumbran sin plebiscitos y no aducen derechos divinos. Unos y otros tienen su razón de vivir ni prospera el uno en el clima de otro el genio es tan indispensable en su oportunidad como el mediocre en la suya. Prácticamente la democracia ha sido una ficción hasta ahora, es una mentira de algunos que pretenden representar a todos aunque en ella creyeran en su momento ciertos personajes. Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen, suele serlo es respetable el que inicia con sus meritos una alcurnia un abolengo. es evidente la desigualdad humana en cada tiempo en cada lugar hay siempre hombres y sombras y los hombres siempre guian a las sombras, La mediocridad calla impotente su hostilidad tornase feble aunque innumera si tuviera voz rebajaria el merito mismo otorgandolo a raz de tierra de lo util a todos no saben decidir los mas, nunca fue fue el rutinario juez del idealista ni el ignorante del sabio ni el deshonesto del virtuoso ni el servil del digno toda excelencia encuentra su juez en si misma el merito de cada uno se aquilata en la opinión de sus iguales.

FORJADORES DE IDEALES

CAPITULO VIII

1.el clima del genio

La genialidad es una coincidencia surge como chispa luminosa en el punto donde se encuentra la mas excelentes aptitudes de un hombre y la necesidad social de aplicarlas al desempeño de una mision trascendental el hombre extraordinario solo asciende a la genialidad si encuentra el clima propicio la semilla majos necesita de la tierra mas fecunda la funcion reclama el organo, el genio hace actual lo que en su clima es potencial. la obra del genio no es fruto exclusivo de su inspiración ni puede mirarse como un feliz accidente que tuerce el destino de la historia, convergen en ello infinidad de circunstancias y factores externos.

En vida muchos hombres de genio son ignorados proscriptos desestimados o encarnecidos en la lucha por el éxito pueden triunfar los mediocres pues se adaptan mejor a las modas ideológicamente reinantes.

2. sarmiento

Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra de la barbarie americana entreabriendo la vision de cosas futuras pensaba en tan alto estilo que parecia tener como Sócrates algun demonio familiar que alucinara su inspiración. la palabra de sarmiento parece bajar de un sinal proscrito en chile el hombre extraordinario encuadra por entonces su espiritu en el doble marco de la cordillera muda y del mar clamoroso. el genio se encumbra asi para hablar, interprete de la historia sus palabras no admiten rectificación y escapan a la critica.

“Los hombres y los pueblos viven acordandose cuando estan en decadencia de donde vienen los hombres y los pueblos geniales solo piensan a donde van”.

3. ameghino

La vasta obra de ameghino en nuestro continente y en nuestra epoca tiene los caracteres de un fenómeno natural porque un hombre en lujan da por juntar huesos de fosiles y los baraja entre sus dedos como un naipe compuesto con millares de siglos y acaba por pedir a esos mudos testigos la historia de la tierra de la vida del hombre como si obrara por predestinacion o fatalidad. Los hombres excepcionales tienen un valor moral y son algo mas que objetos de curiosidad merecen la admiración que les profesan. Habria ligereza de metodo y de doctrina en no distinguir entre las mentes superiores, a punto de catalogar como genios a muchos hombres de talento y aun a ciertos ingenios desequilibrados que son su caricatura ensayo Nordau una discreta diferenciación de tipos. la obra de ameghino es creadora diferencia una gran variedad paleontologica. Seria absurdo decir que la genialidad es infalible no existiendo verdades imperfectibles cien rectificaciones podran hacerse en la obra de ameghino y muy especialmente en su hipótesis sobre el sitio de el origen de la especie humana.

4.

La moralidad para consigo mismo es la negacion del genio poor ella se descubren los desequilibrados los elitistas y los simuladores el genio ignora las artes del escalamiento y la industria de la prosperidad material en la ciencia busca la verdad tal como la concibe ese afan le basta para vivir. el que predica la verdad y trasinge con la mentira el que predica la justicia y no es justo el que predica la piedad y es crueleso no es un genio esta fuera de la santidad su voz se apaga sin eco no repercutira en el tiempo como si resonara en el vacio. la fe es llama que enciende y el fanatismo es un renunciamiento. la fe es una afirmación individual de alguna verdad propia y el fanatismo es una conjura de huestes para ahogar la verdad de los demas.

Todo homenaje a los hombres de genio que impidieros su vida por la libertad y por la ciencia, es un acto de fe en su porvenir solo en ellos pueden tomarse ejemplos morales que contribuyan al perfeccionamiento de la humanidad. todo hombre de genio es la personificación suprema de un ideal contra la mediocridad que asedia a los espiritus originales.

Los santos de la moral idealista no hacen milagros. realizan magnas obras conciben supremas bellezas investigan profundan verdades. mientras existan corazones que alienten un afan de perfeccion seran conmovidos por todo lo que revela fe en un ideal por canto de los poetas por el gesto de los heroes por la virtud de los santos, por la doctrina de los sabios, por la filosofia de los pensadores.