Doce cuentos peregrinos; Gabriel García Márquez

Literatura hispanoamericana contemporánea. Narrativa. Cuentística. Realismo mágico. Temas. Argumentos

  • Enviado por: Barbie
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  • País: Colombia Colombia
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DOCE CUENTOS PEREGRINOS

Doce cuentos peregrinos es una obra con una larga historia. Cinco de los cuentos fueron formas periodísticas y guiones de cine, y uno fue un serial de televisión. Otro está basado en una entrevista grabada que le hicieron hace quince anos.

La primera idea se le ocurrió a principios de la década de los setenta después de un sueño mientras vivía en Barcelona (en el sueño asistía a su propio entierro con sus mejores amigos y a la hora de irse uno de ellos se dijo: «Eres el único que no puede irse. Entonces comprendió que morir es no estar nunca más con los amigos. Después de esto estuvo dos años tomando notas hasta que tuvo 64 temas. Fue en México, 1974, donde se dio cuenta que el libro no debía ser una novela sino una colección de cuentos cortos; quería hacer algo diferente de los otros tres libros de cuentos que había escrito, quería conseguir una unidad interna en el libro. Los dos primeros -El rastro de tu sangre en la nieve y El verano feliz de la señora Forbes- los escribió en 1976. El tercer y cuarto cuento le costó mucho escribirlos ya que se dio cuenta que era tan difícil escribir cuentos como novelas. En el 1978, México, perdió su cuaderno y lo estuvo buscando a fondo pero no lo encontró. Cogió y con mucho esfuerzo intentó escribirlos de nuevo, y evitando los cuentos que no le acababan de convencer obtuvo dieciocho cuentos. Pero no tardó mucho en darse cuenta que ya no los disfrutaba como antes y los archivó. Cuando empezó Crónica de una muerte anunciada, 1979, comprobó que entre libro y libro perdía el hábito de escribir por eso se impuso la tarea, entre 1980 y 1984, de escribir en periódicos de diferentes países hasta que después de muchas reflexiones se dio cuenta que aquello servía para cine y fue así como se hicieron cinco películas y un serial de televisión. Lo que nunca previó, es que le cambiarían las ideas de los cuentos después de la lluvia de ideas de creadores y directores de televisión con los que estuvo, hasta que un año más tarde seis de los dieciocho temas fueron a la papelera, entre ellos el del funeral. Ellos son los doce de este libro. Cuando estuvieron listos para ser impresos, después de sus incesantes peregrinajes de ida y vuelta al cajón de la basura se dio cuenta que las ciudades europeas que había descrito las había descrito de memoria, entonces fue cuando decidió emprender un viaje por Europa para comprobar la fidelidad de sus recuerdos. Ninguna de las ciudades estaba igual, todas habían cambiado y, pues por fin, encontró lo que le faltaba para terminar el libro: una perspectiva en el tiempo.

En el regreso de aquel viaje venturoso, rescribió durante ocho meses febriles, todos los cuentos, hasta el punto de haber escrito el libro de cuentos que siempre había deseado y, a la vez, viviendo grandes experiencias.

el libro se conserva el orden que tenían en su cuaderno de notas:

BUEN VIAJE, SEÑOR PRESIDENTE.

Llevaba el vestido azul oscuro con rayas blancas, el chaleco de brocado y el sombrero duro de los registrados en retiro. Tenía un bigote altivo de mosquetero, el cabello azulado y abundante con ondulaciones románticas, las manos de arpista con la sortija de viudo en el anular izquierdo, y los ojos alegres. A los setenta y tres años seguía siendo de una elegancia principal. Había vuelto a Ginebra después de dos guerras mundiales, en busca de una respuesta terminante para un dolor que los médicos de la Martinica no lograron identificar. Después de largos días de pruebas y exámenes agotadores le dijeron que el dolor se hallaba debajo de la cintura, en la unión de dos vértebras. El presidente debía someterse a una arriesgada e inevitable operación.

Al día siguiente salió a dar una vuelta y a tomar algo como si no hubiese pasado nada. Intranquilo de que un hombre pálido y sin afeitar, con una gorra deportiva y una chaqueta de cordero volteado, le observase, decidió ir a por él. Una vez lo atrapó se puso a hablar con él y resultó ser, el hombre que lo seguía, el chofer de ambulancias del mismo hospital donde trataban al presidente. Homero, el hombre misterioso, le explicó la gran admiración que tenía por él y que hacía un tiempo que lo seguía y se preocupaba por su estado, pero lo que no le desveló es que él, Homero, también trabajaba haciendo arreglos para compañías de seguros y empresas funerarias y aunque no ganaba mucho le ayudaba a subsistir con su mujer y sus dos hijos. Después de la charla Homero lo invitó a comer un día a su casa aunque a su mujer, Lazara Davis una mulata fina de San Juan de Puerto Rico, menuda y maciza, y con unos ojos de perra brava que iban muy bien a su forma de ser, no le hizo mucha gracia cuando se lo contó.

Poco a poco Homero y Lazara se fueron dando cuenta que la muerte del presidente ya no era tan inminente como al principio y que por lo tanto no le podían sacar partido a aquella relación. Después de la comida, que con mucha crispación se celebró, y algún otro factor que observó Homero, se dieron cuenta que aparte de que su muerte no fuese tan inmediata tampoco tenían nada que sacarle al presidente, ya que él pobre no le quedaba ni un mísero centavo. El presidente después de un tiempo instalado en casa de Homero volvió a Martinica donde se dedicó a vivir bien la poca vida que le quedaba, y a tomar de todo, ya que antes no se podía permitir ese lujo a causa de su enfermedad.

Junio 1979.

LA SANTA

La Santa es una anécdota original que conoció García Márquez durante unos días que pasó en Roma.

Según una de sus más memorables notas de prensa, él se encontraba instalado en un cuarto contiguo al del tenor colombiano Rafael Ribero Silva, en una pensión del tranquilo barrio de Parioli, cerca de la Villa Borghese, cuando apareció el supuesto Margarito Duarte, como quien llega en busca de su autor. Margarito Duarte, sin embargo, había llegado desde su lejano pueblo de los Andes colombianos, gracias a una colecta pública, por un motivo más serio: alcanzar la canonización del cuerpo incorrupto de su hija muerta a los siete años. El cónsul de Colombia lo había enviado a donde Ribero Silva para que le buscara alojamiento en su pensión. Ese día Margarito Duarte les contó a los dos la historia del milagro de la santa, como le decía, de las peripecias de su viaje y de sus objetivos en Roma. Lo que nunca sospechó Margarito Duarte es que este viaje lo iba a convertir en un cautivo de Roma por el resto de su vida, empeñado en una labor titánica y dispendiosa, cuya meta final debía terminar en una entrevista personal con el Papa.

Al cabo de veinte años García Márquez se volvió a encontrar con él, era un hombre de cabello blanco y escaso, sigiloso y imprevisible y de una tenacidad de picapedrero, ya que como el cadáver no se descomponía ni tenía ningún cambio él seguía con lo de la entrevista y fue entonces, en ese momento, cuando García Márquez se dio cuenta que el verdadero santo era él, Margarito Duarte.

Agosto 1981.

EL AVIÓN DE LA BELLA DURMIENTE

Trata de como, García Márquez, se quedo magnificado al ver una mujer bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras verdes, cabello liso y negro y largo hasta la espalda vestida con un gusto sutil: Chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de la bugambilias. «Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida», pensó, mientras estaba en el aeropuerto parisino de Charles de Gaulle esperando para embarcar con destino a Nueva York. Más tarde la volvió a ver y una vez subido en el avión, después de algún que otro problema meteorológico, dio la casualidad que su compañera de vuelo era aquella joven tan preciosa.

El resto del cuento explica como la estuvo observando, una y otra vez, mientras dormía durante el vuelo, hasta que una vez el avión llegó, a Nueva York, ella desapareció entre la muchedumbre del aeropuerto.

Junio 1982.

ME ALQUILO PARA SOÑAR

García Márquez había llegado a Europa buscando el cine más que la literatura. Pero era inevitable, porque la literatura iba siempre junto a él: días antes de regresar a Roma, en una taberna de estudiantes latinos, se topó con una mujer a quien rebautizaría mucho después como Frau Roberta (y luego Frau Frida en este cuento), una compatriota andina que era pura literatura en carne y hueso, pues, efectivamente, se ganaba la vida alquilándose para soñar en el seno de una familia vienesa, en la que, poco más tarde de estar allí, todos le hacían caso y todas sus acciones se debían a lo que dijera Frau Frida.

En cualquier caso, Frau Frida tenía una espléndida pechuga de soprano, lánguidas colas de zorro en el abrigo y un anillo egipcio en forma de serpiente, también soñó para él aquel otoño: la última noche en que conversaron caminando junto al Danubio, ella le confesó que su último sueño tenía que ver con él, que sé fuera de Viena enseguida y no volviera antes de cinco años. Él, con sus muchas supersticiones superpuestas de caribe, agarró el primer tren del alba y retornó a Roma, para no volver jamás a la ciudad de El tercer hombre.

Marzo 1980.

«SÓLO VINE A HABLAR POR TELÉFONO»

El relato comienza en un paraje desierto en temporada de lluvia, donde a María de la Luz Cervantes, una joven de 26 años se le avería el carro; tras una hora de fallidos intentos para pedir ayuda, un camión destartalado y viejo se compadece de ella. Inmediatamente sube olvidando que había dejado las llaves del carro rentado dentro del mismo. María le indica al conductor que únicamente necesita un teléfono para llamarle a su novio so darle aviso del percance y del retraso subsecuente. Una mujer que se encuentra sentada cerca del conductor le hace espacio con un gesto de cortesía. María toma responde gentilmente a su muestra de amabilidad y toma asiento junto a ella. Ya encaminado el autobús la señora le ofrece una manta y una toalla a la recién llegada. En este momento ella le cuenta los sucesos, pero la señora le indica que debe acallar un poco, señalándole que había otras pasajeras dormidas en la parte posterior. Entonces María decide recostarse y dejarse llevar por el sonido de la lluvia. Algunas horas después se despierta cuando están a punto de llegar a su destino, puede apreciar un viejo edificio; la señora le indica que ya han llegado; las mujeres bajan del camión y son conducidas por otras mujeres con un atuendo parecido al de las monjas. María intenta decir que ella solamente necesita hablar por teléfono, pero es cruelmente reprimida con argumento que adentro habría un teléfono. Ya en el interior les asignaron a cada una un cuarto; en este momento es cuando María cae en cuenta que se encuentra en un Hospital Psiquiátrico. Intenta salir para hablar por teléfono pero esta vez es detenida por Herculina una cancerbera de magnitudes imponentes, quien le aplicó una poderosa llave. Pasaron los días y la seguían tratando como una interna del manicomnio. Su novio, a quien únicamente conocía como Saturno el Mago se preocupa y desespera al ver que su amada no llegaba; pasaron los días y luego semanas que no supo de ella; hasta llegó a pensar que la puta se había largado con otro. María mientras tanto tuvo que adecuarse a los requerimientos del hospital participando en lo que se negaba al principio. Herculina era homosexual y siempre intentaba insinuársele a María, quien la rechazaba tajantemente. Una vez María pudo llamar a su novio, pero este le contestó: puta! acto seguido le colgó. María tuvo que acceder a las peticiones de Herculina para que esta le mandara una carta Saturno el Mago. A los pocos días Saturno fue al sanatorio para hablar con el Director, explicándole lo sucedido, pero este le hizo creer que María realmente estaba loca (cosa que no podríamos determinar a ciencia cierta), así Saturno la visitó por fin; ella pensó que ya se podían ir, pero él terminó dejándola abandonada en el sanatorio tras las negativas de ella para verlo. Finalmente se casó y mudó a otra ciudad quedándose María sola en el hospital.

Abril 1978.

ESPANTOS DE AGOSTO

Es la historia de una familia que decidió, un día, hacerle una visita a un escritor amigo suyo, Miguel Otero Silva. Llegaron a la ciudad en la que vivía el escritor, Arezzo. Después de preguntar, a todo el mundo, donde estaba el castillo donde vivía, se fueron por un sendero donde encontraron a una pastora de gansos que les indicó el camino, y además, les advirtió que a media noche en aquel castillo había fantasmas. Ellos no le dieron importancia a aquel comentario, pero una vez en el castillo, Miguel les dijo que era cierto y les explicó toda la historia. Se trataba de un hombre, llamado Ludovico, que había vivido allí y que un día en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Les aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche, el espectro de Ludovico, deambulaba por la casa en tinieblas, tratando de conseguir sosiego en su purgatorio de amor.

Estuvieron viendo el castillo, y después de verlo todo, Miguel les enseño la habitación, intacta, de Ludovico, en la que todavía estaba la sangre seca de su amada. Después de la cena, el escritor los invitó a pasar la noche, con la ayuda de los niños, sabiendo que no creían en fantasmas y ellos no tuvieron el valor de negarse y aceptaron.

Al contrario de lo que se temían, durmieron muy bien y se preguntaron como había gente que todavía, en aquellos tiempos, creían en fantasmas. Fue entonces, cuando observó la habitación y se dio cuenta que no estaban en la alcoba de la planta baja donde se habían acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

Octubre de 1980.

MARÍA DOS PRAZERES

Este cuento esta protagonizado por una mulata de setenta y seis años, esbelta y vivaz, de cabello duro y ojos amarillos y encarnizados, y hacía ya mucho tiempo que había perdido la compasión por los hombres y estaba convencida de que se iba a morir antes de Navidad, y aunque todavía era primavera quedó con un hombre de la agencia funeraria.

Una vez llegó el hombre, desplegó un mapa con unas parcelas de colores diversos y numerosas cruces y cifras en cada color. María dos Prazeres, nuestra protagonista, comprendió que era el plano del inmenso panteón de Montjuïc, y de repente se acordó de unas dramáticas imágenes que observó cuando era pequeña y vivía cerca del Amazonas; el Amazonas se desbordó, y miles de ataúdes y cadáveres quedaron flotando en el patio de su casa, ya que tuvo la mala suerte de estar viviendo al lado de un cementerio. Entonces le dijo que quería estar en un sitio donde nunca llegaran las aguas y sin pensárselo dos veces el hombre le indico un sitio y le dijo que allí jamás llegarían las aguas. Acabado esto llegó su perro y después de una mirada de María se puso a llorar mientras el hombre de la funeraria no salía de su asombro y repetía: «¡Pero ha llorado, coño!»; y María le dijo que ella misma le había enseñado ha llorar y que cualquier perro lo podía hacer si se le enseñaba.

Una vez tuvo la parcela reservada, se dedicó, durante todos los domingos a ir al cementerio y a esperar que le sucediese lo mismo que en sus sueños, morir. Después de preparar el más mínimo detalle para no molestar a nadie después de su muerte fue al cementerio y al salir se encontró en medio de una gran lluvia. Los autobuses estaban llenos y los taxis también, pero en medio de la lluvia un lujoso coche paro y le invitó a subir, el chofer. Una vez llegó a la casa el chofer se prestó a acompañarla hasta arriba y aunque un poca molesta aceptó. Cuando se detuvo frente a la puerta del entresuelo, temblando de ansiedad por encontrar las llaves en el bolsillo, oyó los dos portazos sucesivos del automóvil en la calle. Noi, el perro, que se le había adelantado, trató de ladrar. «Cállate», le ordenó con un susurro agónico. Casi enseguida sintió los primeros pasos en los peldaños sueltos de la escalera y temió que se le fuera a reventar el corazón. En una fracción de segundo volvió a examinar por completo el sueño premonitorio que le había cambiado la vida durante tres años, y comprendió el error de su interpretación.

«Dios mío», se dijo asombrada. «¡De modo que no era la muerte!»

Encontró por fin la cerradura, oyendo los pasos contados en la oscuridad, oyendo la respiración creciente de alguien que se acercaba tan asustado como ella en la oscuridad, y entonces comprendió que había valido la pena esperar tantos y tantos años, y haber sufrido tanto en la oscuridad, aunque sólo hubiera sido para vivir aquel instante.

Mayo 1979.

DIECISIETE INGLESES ENVENENADOS

El primer escenario que se nos presenta es la proa de un barco, uno que viajaba con destino a Italia y provenía de Argentina. A bordo iban veteranos de guerra, incluyendo a una señora de 72 años de edad llamada Prudencia Linero; esta anciana mujer se decidió a viajar para conocer al Papa luego de los póstumos momentos de vida que pasó junto a su marido, quien por más de 30 años se encontraba en críticas condiciones de salud. Después de varios días en altamar se aproximaron al pueblo que iban; era mediodía, cuando ya estaban cerca del malecón la señora conoció una desagradable sorpresa: Un hombre ahogado vestido de etiqueta; muchos vieron este cadáver más sin embargo se resignaron a llegar a su destino.

Ahí todos los familiares recibieron a los viajeros gustosos, durante esa estampida de desembarco la señora Prudencia se sentó en un banquillo de madera esperando al embajador, cuyo encargo era recibir a la anciana y encaminarla rumbo a Roma. Pero pasaron las horas y el embajador jamás llegó; el capitán del barco le aconsejó agarrar un taxi que la llevara a un hotel y posiblemente el lunes hacer planes para ver al embajador. Así lo hizo; el taxi la dirigió a un pintoresco edificio donde había varios hoteles. Entró al elevador con el botones y ambos subieron al tercer. Piso; en el momento que las puertas del elevador se abrieron la señora Prudencia tuvo un sobresalto, vio a 17 ingleses sentados en el Lobby del Hotel y se fijó en las rodillas rosadas de cada uno; inmediatamente regresó al elevador y le indicó al joven que la llevara a otro hotel. Subieron hasta el quinto piso donde se encontraba un hotel confortable, limpio pero que carecía de restaurante. Se puso cómoda en su cuarta y cerró muy bien la puerta; se quitó su levita, recostó en la cama y soltó en llanto; era la primera vez que podía llorar sola desde que dejó Argentina

Algún tiempo después la dueña del hotel le indicó que debía bajar a comer antes de que cerraran. Así lo hizo. Ya que este hotel no tenía restaurante propio sino un acuerdo con una fonda cercana tuvo que salir para encontrar el susodicho lugar. Cuando halló el lugar se dio cuenta que estaba casi desierto, solamente había una pareja comiendo a lo lejos y un cura con aspecto miserable; comió una sopa y un pan. Luego de un rato el cura se acercó pidiéndole por caridad que le invitara una taza de café. Conversaron largo rato, contándole la Señora Prudencia lo extraño que le parecía este lugar donde dejan a los muertos en el agua. Ya después regresó a su hotel, pero para su sorpresa había un gran tumulto y pudo apreciar que sacaban a uno por uno a 17 ingleses muertos a causa de envenenamiento por una sopa de ostras.

Abril 1980.

TRAMONTANA

Lo vio una sola vez en Boccacio, el cabaret de moda en Barcelona, pocas horas antes de su mala muerte. Estaba acosado por una pandilla de jóvenes suecos que trataban de llevárselo a las dos de la madrugada para terminar la fiesta en Cadaqués. Eran once, y costaba trabajo distinguirlos, porque los hombres y las mujeres parecían iguales: bellos, de caderas estrechas y largas cabelleras doradas. Él no debía ser mayor de veinte años. Tenía la cabeza cubierta de rizos empavonados, el cutis cetrino y terso de los caribes acostumbrados por sus mamás a caminar por la sombra, y una mirada árabe como para trastornar a las suecas, y tal vez a varios de los suecos. Lo habían sentado en el mostrador como a un muñeco de ventrílocuo, y le cantaban canciones de moda acompañándose con las palmas, para convencerlo de que se fuera con ellos. Él, aterrorizado, les explicaba sus motivos. Pues los motivos del chico eran sagrados. Había vivido en Cadaqués hasta el verano anterior, donde lo contrataron para cantar canciones de las Antillas en una cantina de moda, hasta que lo derrotó la tramontana. Logró escapar al segundo día con la decisión de no volver nunca, con tramontana o sin ella, seguro que si volvía alguna vez lo esperaba la muerte. Era una certidumbre caribe que no podía ser entendida por una banda de nórdicos racionalistas. En primavera y otoño, eran las épocas en que Cadaqués resultaba más deseable, nadie dejaba de pensar con temor la tramontana, un viento de tierra inclemente y tenaz, que según piensan los nativos y algunos escritores escarmentados, lleva consigo los gérmenes de la locura. Sin embargo, no hubo modo de disuadir a los suecos, que terminaron llevándose al chico por la fuerza con la pretensión europea de aplicarle una cura de burro a sus supercherías africanas. Lo metieron pataleando en una camioneta de borrachos, en medio de los aplausos y las rechiflas de la clientela dividida, y emprendieron a esa hora el largo viaje hacia Cadaqués.

La mañana siguiente le despertó el teléfono. Había olvidado cerrar las cortinas al regreso de la fiesta y no tenía la menor idea de la hora, pera la alcoba estaba rebozada por el esplendor del verano. La voz ansiosa en el teléfono, que no alcanzó a reconocer de inmediato, acabó por despertarlo.

-¿Te acuerdas del chico que se llevaron anoche para Cadaqués?

No tuvo que oír más. Sólo que no fue como se lo había imaginado, sino aún más dramático. El chico, despavorido por la inminencia del regreso, aprovechó un descuido de los suecos venáticos y se lanzó al abismo desde la camioneta en marcha, tratando de escapar de una muerte ineluctable.

Enero 1982.

EL VERANO FELIZ DE LA SEÑORA FORBES

Este cuento explica la aventura de dos niños que se quedaron, un verano, a cargo de una institutriz, que no les hacía mucha gracia porque era muy estricta y severa, aunque muy culta e inteligente.

Durante un año entero habían, los niños, esperado con ansiedad aquel verano libre en la isla de Pantelaria, en el extremo meridional de Sicilia, y lo hubo sido en realidad durante el primer mes, en que sus padres estuvieron con ellos. Pero la revelación más deslumbrante para ellos había sido Fulvia Flamínea, la cocinera. Parecía un obispo feliz, y siempre andaba con una ronda de gatos soñolientos que le estorbaban para caminar, pero ella decía que no los soportaba por amor, sino para impedir que se la comieran las ratas. De noche, mientras sus padres veían en la televisión los programas para adultos, Fulvia Flamínea los llevaba con ella a su casa, a menos de cien metros de la suya, y les enseñaba a distinguir las algarabías remotas, las canciones, las ráfagas de llanto de los vientos de Túnez. Su marido era un hombre demasiado joven para ella, que trabajaba durante el verano en los hoteles de turismo, al otro extremo de la isla, y sólo volvía a casa para dormir. Oreste, un amigo veinteañero de los chavales, vivía con sus padres un poco más lejos, y aparecía siempre por la noche con ristras de pescados y canastas de langostas acabadas de pescar, y las colgaba en la cocina para que el marido de Fulvia Flamínea las vendiera al día siguiente en los hoteles. Después se ponía otra vez la linterna de buzo en la frente y los llevaba a cazar las ratas de monte, grandes como conejos, que acechaban los residuos de las cocinas

La decisión de contratar una institutriz alemana sólo podía ocurrírsele al padre de los chicos, que era escritor del Caribe con más ínfulas que talento. La señora Forbes llegó el último sábado de julio en el barquito regular de Palermo, y desde que le vieron por primera vez se dieron cuenta que la fiesta había terminado. Llegó con unas botas de miliciano y un vestido de solapas cruzadas en aquel calor meridional, y con el pelo cortado como el de un hombre bajo el sombrero de fieltro. Desde aquel momento todo se volvió aburrido y todo lo que hacían para divertirse acabo siendo clases de algo.

Sin embargo, muy pronto se dieron cuenta de que la señora Forbes no era tan estricta consigo misma como lo era con ellos, y esa fue la primera grieta de su autoridad. Una madrugada la sorprendieron en la cocina, con el camisón de dormir de colegiala, preparando sus postres espléndidos, con todo el cuerpo embadurnado de harina hasta la cara y tomándose un vaso de oporto con un desorden mental que habría causado el escándalo de la otra señora Forbes. Una noche, mientras oían desde la cama el trajín incesante de la señora Forbes en la casa dormida, el hijo pequeño soltó de golpe toda la carga del rencor que se le estaba pudriendo en el alma.

-La voy a matar -dijo.

Esa misma noche, los niños, cogieron un veneno que había en la casa, para analizar, y lo pusieron en una botella de vino, de la cual solía beber la señora Forbes. Eso fue un viernes, y la botella siguió intacta durante el fin de semana. Pero la noche del martes, la señora Forbes se bebió la mitad mientras veía las películas libertinas de la televisión. Al día siguiente estaba como siempre, no sabían que había pasado.

La madrugada siguiente, volvió a hablar sola por un largo rato, como solía hacer, y culminó con un grito final que ocupó todo el ámbito de la casa.

La mañana siguiente, se hicieron los despistados y se fueron a nadar como si la señora Forbes se hubiera quedado dormida, sin embargo, cuando volvieron a casa, vieron mucha gente en la casa y dos automóviles de la policía frente a la puerta, y entonces tuvieron conciencia por primera vez de lo que habían hecho.

-¡Por el amor de Dios, figlioli, no la vean! -dijo Fulvia Flamínea.

Ya era tarde. Nunca, en el resto de sus vidas, habían de olvidar lo que vieron en aquel instante fugaz. Dos hombres de civil estaban midiendo la distancia de la cama a la pared con una cinta métrica, mientras otro tomaba fotografías de los parques. La señora Forbes no estaba sobre la cama revuelta. Estaba tirada de medio lado en el suelo, desnuda en un charco de sangre seca que había teñido por completo el piso de la habitación, y tenía el cuerpo cribado a puñaladas. Eran veintisiete heridas de muerte.

1976.

LA LUZ COMO EL AGUA

Esta es la historia de dos niños, Totó de nueve años, y Joel, de siete, que siempre pedían a sus padres cosas relacionadas con la mar y estos les decían una y otra vez que no las necesitaban ya que vivían apretujados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana en Madrid.

Pero una vez tuvieron un ansiado bote que lo llevaban pidiendo desde hace mucho empezó lo increíble. La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llegó a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso. Los padres pensaban que era un símbolo de madurez.

El miércoles siguiente, mientras los padres estaban en el cine, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del

Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

Diciembre 1978.

EL RASTRO DE TU SANGRE EN LA NIEVE

Dos jóvenes que se conocieron en un singular encuentro (su primera imagen fue ver desnudo al otro) se casaron tras sostener un tórrido romance y singulares encuentros sexuales los cuales son detallados con cierta explicitez. Para llegar a su luna de miel en un suntuoso hotel de París tuvieron primero que tomar un avión que los ayudara a cruzar el inmenso Atlántico. Cuando desembarcaron los recibió una comitiva conformada por altos funcionarios de aquella ciudad. Asimismo les esperaban sus regalos de bodas: un abrigo de Mink para Nena Daconte y un lujoso convertible para Billy Sánchez. El joven se quedó largo rato admirando y probando su nuevo vehículo mientras los demás se congelaban en esa fría tarde. También le fue dada a Nena un hermoso ramo de rosas con el que se hizo una pequeña herida en el dedo, mas no le dio importancia. Luego del desayuno ambos partieron a su fatídico viaje con destino a París. Pasaron cerca de 10 horas o más y ellos aún no llegaban. Pero una dura tormenta les azotó durante casi toda su travesía haciendo más difícil el trayecto. El dedo de Nena Daconte seguía sangrando incesantemente con un goteo podría decirse irracional. Se manchó su nuevo abrigo y los interiores del vehículo. Fue entonces que decidió quedarse profundamente dormida. Billy no se había percatado de la herida en el dedo, sino hasta que casi llegaban a su destino fue que decidieron buscar una farmacia. No encontraron ninguna. Llegaron a París pero había un terrible congestionamiento vehicular y pasó mucho tiempo antes que pudieran hallar un hospital. Cuando llegaron al hospital un médico con rasgos asiáticos los atendió. Ingresó a Nena Daconte, pero le prohibió el paso a Billy. Él observó que había un hotel a la vuelta, así que ahí se hospedó temporalmente. Al siguiente día se levantó con gran ansía por ver a su esposa. Su sorpresa fue que no le permitían el paso a los familiares sino hasta los días martes (aquel día era miércoles). Tendría que esperar toda una semana. Intentó por diversos medios entrar al hospital pero le fue imposible. Ya el martes de la siguiente semana pudo ver al doctor pero este le indicó que Nena Daconte había muerto el jueves, que se le había tratado de localizar por todos los medios posibles pero que había sido en vano la búsqueda. Ya le habían dado santa sepultura y llevado el cuerpo.