Divorcio en la República Dominicana

Sociología. Disolución del matrimonio. Causas. Problemas emocionales. Felicidad familiar y de la pareja

  • Enviado por: Laura Maritza Díaz Montoya
  • Idioma: castellano
  • País: República Dominicana República Dominicana
  • 19 páginas
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Centro Educativo De Creatividad Y Desarrollo Humano EDUCREATIVIDAD

Trabajo Correspondiente al primer semestre del año escolar lectivo 2002-2003

Laura Maritza Díaz Montoya

#11

2do Bach

Damaris Urbáez

Moral Y Cívica

El Divorcio

Martes/04/02/03

Presentación…….…………..…………………………………………………………………………………1

Índice………………………..………………………………………………………………………………2

Introducción………………………………………………………………………………………………3

El Divorcio……………..………….……………………………………………………………………………4

Las causas más comunes del divorcio en RD……………….…………………………………………….4

Divorcio, cada vez más divorcios…………………………..…………………………………………………7

La pareja, la familia y el divorcio……………………………………………………………………………8

De los problemas a la neurosis……………………………..………………………………………………8

¿Supervivencia o felicidad?.................................................................................................................9

Pareja con problemas……………………………………………………………………………………….10

Conclusión………………………..……………………………………………………………………..18

Bibliografía……………………….……………………………………………………………………………19

Suponemos todos nosotros que sabemos lo que es la familia por el prosaico y simple hecho de que pertenecemos a una. Suponemos lo que es un matrimonio por el simple y no tan prosaico hecho de que formamos parte de una pareja humana: la parte femenina obviamente si somos mujeres, y la parte masculina, esperamos que obviamente, si son varones. Nuestra sabiduría, sobre todo aquella de la cual nos creemos poseedores innatos, es asombrosa cuando nunca la hemos puesto en duda o... puesto a prueba.

Una familia, para esa nuestra innata sabiduría, es simplemente un conjunto, o mejor dicho un grupo, de personas que viven juntas durante un período de tiempo más o menos largos y que están unidas por lazos de parentesco estrecho sea en términos de afinidad o de consanguinidad. Y un matrimonio, en términos de esa misma sabiduría, viene a ser un grupo humano formado por una pareja, hombre y mujer, que decidió en un momento de cordura (o de locura) unirse por lazos de profundo (o superficial) afecto, en términos legales y religiosos, para compartir amor, esperanzas, ilusiones, fracasos, bienes y deudas y para contribuir, consciente (o inconscientemente al aumento de la explosión demográfica. Esa, nuestra sabiduría innata, nos permite equivocarnos con soltura y elegancia y también nos permite ver la verdad a medias con la limitación no confesada del miope que no admite serlo y que logra percibir sombras con las que disfraza, consuetudinariamente, la realidad que le circunda.

Pero cuando la familia comienza a deteriorarse por diferentes causas se produce el divorcio en la mayoría de los casos. El divorcio es la separación tanto canónica como civil de una pareja. Las principales causas del divorcio en la RD son la falta de madurez, la falta de comunicación, tolerancia, comprensión y amor.

El divorcio es la disolución, a efectos civiles, del matrimonio, tanto canónico como civil. La mayor parte de las causas de divorcio se deben al cese efectivo de la convivencia conyugal durante cierto tiempo, cese que ha de ser efectivo e ininterrumpido, y cuyo cómputo se iniciará a partir de la sentencia de separación o sin necesidad de que se dicte dicha sentencia. Cualquiera de los cónyuges puede interponer la demanda de divorcio, o ambos de forma conjunta, siempre que concurra alguna de las causas que exige la ley: además de la falta de convivencia y de las que sean causa de separación, la condena de un cónyuge por atentar contra la vida de otro de sus familiares. La presentación de la demanda puede ser de mutuo acuerdo o de no existir tal acuerdo entre los cónyuges el procedimiento se convierte en contencioso. En cuanto a los efectos de la sentencia de divorcio, pueden concretarse en los siguientes: 1) Queda disuelto el matrimonio, los que eran cónyuges pasan a ser divorciados y pueden contraer nuevo matrimonio civil, incluso pueden volver a contraer nuevo matrimonio entre sí. 2) Queda disuelto el régimen económico del matrimonio. 3) La sentencia del divorcio no afectará a terceros de buena fe (que han podido o pueden contratar con los cónyuges), sino a partir de la fecha de su inscripción en el Registro Civil, a partir de cuyo momento puede ser conocida por cualquiera.


Falta De Madurez, De Comunicación Y De Amor, Inadecuada Relación Sexual E Interferencia Familiar.

Miguel y Paola vivían juntos, pero incomunicados. Se escuchaban a medias y sin interés. Cuando estaban juntos, por lo menos ocho o diez horas cada día, se congelaban en un silencio que convivía en medio de palabras y de uno que otro gesto que intentaba transmitir algo, alguna cosa, algún sentimiento, pero que nunca lograba romper las barreras que los aislaba y amurallaba.

El estaba cada vez más envuelto en sus faenas de un ejecutivo de éxito, y ella cumplía cada mañana una jornada de secretaria bilingüe y las horas de la tarde las pasaba junto a su hijita Verónica, de casi dos años.

Paola estaba muy extrañada y ansiosa por lo que estaba ocurriendo, porque ella misma pensaba que había sido un cambio muy drástico y sorprendente en Miguel un hombre joven y comunicativo, locuaz en ocasiones y muy espontáneo en la expresión de sus sentimientos. Cuando ambos tenían amores tenían una comunicación permanente y azucarada, incluso tórrida en ocasiones.

Cuando se casaron uno y otro compartían sus vivencias en el trabajo, sus nuevas experiencias, comentaban las ocurrencias más importantes dentro de sus respectivas familias y de su mundo de amigos, dando cada uno sus opiniones sobre cada cosa. Entonces sentían que vivían en una misma atmósfera, con intereses que cada vez se hacían más comunes.

Pero de pronto todo comenzó a cambiar. Miguel empezó a hablar poco y Paola advertía que algunos gestos que ella interpretaba dentro del código que les era común ya no emitían los mismos mensajes... El, por su lado, alegaba que su mujer era muy insulsa, que hablaba por hablar y que su mundo de intereses y de afectos de achicaba o se congelaba.

Con el tiempo Paola y Miguel se fueron haciendo seres extraños entre ellos. Hablar, la forma más elemental de transmitir mensajes, les daba trabajo. Los problemas -mayores y menores- se acumulaban y su incapacidad para llevar juntos los compromisos del matrimonio se hizo grande como una montaña. A los tres años de casados Paola y Miguel sentían que arrastraban su unión como una yunta de bueyes que hala una pesada carreta, sin goce, sin alegría.

La incomunicación que llevó a esta pareja hasta el divorcio es la misma causa que está llevando a la mayoría de los matrimonios dominicanos a la separación. Hombres y mujeres de casi todas las clases sociales se quejan del mismo mal: cada vez hay menos posibilidades de comunicación entre los cónyuges.

Los estudios más recientes que se han hecho en el país para determinar las causas de los muchos divorcios que se registran a diario, han determinado que tanto los hombres como las mujeres se quejan de la falta de comunicación en el seno de la pareja.

Las estadísticas frías y mudas sólo indican que el 73 por ciento de los divorcios de los últimos años fueron concebidos bajo el alegato de incompatibilidad de caracteres, una expresión-comodín y ancha donde parecen esconderse los factores esenciales que provocan las rupturas de las uniones.

"En los estudios que hemos hecho la relación de las parejas se deteriora por su incapacidad para comunicarse", comenta el psiquiatra y terapista matrimonial Rafael García Álvarez.

El especialista dice que las parejas no hablan o uno de los cónyuges quiere hablar y el otro muestra resistencia o dice "tú siempre vienes con la misma cosa" o "ya me tienes harto" o "nosotros siempre vivimos hablando disparates".

Dos investigaciones de tesis realizadas por igual número de estudiantes de Psicología de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña encontraron que la incomunicación figura entre las principales causas de divorcio alegados por hombres y mujeres. Los estudios fueron hechos sobre la base de una muestra administrada a 150 hombres y a 150 mujeres divorciadas.

Ochenta de las mujeres entrevistadas pertenecen a la clase media, 26 a la clase media alta, 21 a los estratos sociales más altos y el resto a los sectores bajos de la población.

La mayoría de estas mujeres, 48 de cada cien, contrajeron matrimonio cuando tenían entre 15 y 19 años de edad. Otro grupo significativo, el 37 por ciento de las encuestadas tenían un rango de edades que iba de los 20 a los 24 años.

La muestra ofreció informaciones importantes para comprender los valores que priman en la sociedad dominicana en referencia al matrimonio: 81 de cada cien mujeres fueron vírgenes al matrimonio, todas disponían de por lo menos un trabajo, y en la mitad de los casos fue el hombre quien tomó la decisión de casarse.

La investigación de Daisy Rodríguez Ascuasiati encontró que más de la mitad de los matrimonios de sus 150 encuestadas específicamente el 52 por ciento, quedaron disueltos por el divorcio legal antes de cumplir los cuatro años.

Otra proporción importante, 28 de cada cien, sólo duró hasta los ocho días.

En base a esas verificaciones empíricas o de campo la licenciada Rodríguez Ascuasiati observó que en la República Dominicana el divorcio ocurre, generalmente, antes de los cinco años de casados.

Además, los matrimonios concertados dentro de una situación forzada, como cuando ocurre un embarazo, terminan casi siempre en separación.

"Existe una relación entre la edad en que la esposa va al matrimonio y la duración del mismo, encontrando que las mujeres que van al matrimonio con menos de veinte años de edad por lo general se divorcian antes de los cinco años de matrimonio", señaló la autora del estudio.

Las cuatro principales causas que incidieron en la disolución de los matrimonios estudiados son, en orden de importancia, la falta de madurez, la falta de comunicación y problemas con la familia del cónyuge -en un mismo lugar-, la falta de amor y la incompatibilidad sexual.

Tanto en el estudio de la joven Rodríguez Ascuasiati como en el realizado por Alba Santana Pepén en una población de 150 hombres divorciados se encontró que la mayoría de los entrevistados contrajo matrimonio antes de los veinte años de edad. Este hecho está ligado al señalamiento de falta de madurez en la relación conyugal como un factor de separación.

El especialista García Álvarez dijo que falta de madurez en la unión quiere decir un hombre y una mujer que no son capaces de llegar a un diálogo constructivo, que son individuos que van a reaccionar con patrones, el aguijón de la insatisfacción y la añoranza de la plenitud perdida. Resignarse y padecerlo equivale a endurecer las paredes que nos rodean hasta hacerlas volverse una cárcel de las cuales imposible escapar.

Otras causas menores de divorcios, pero que en algunas parejas fueron determinantes, son la separación -sobre todo alejamiento del marido-, por problemas económicos y diferencias sociales.

En las respuestas que las divorciadas dieron a las preguntas que buscan conocer sus opiniones sobre las cuestiones que entendían más relevantes en su separación, las mujeres citaron el adulterio, la falta de madurez, la falta de comunicación y el alcoholismo.

Otros señalamientos fueron los maltratos físicos y de palabras, la incompatibilidad sexual, la falta de amor y las diferencias profesionales y culturales.

A la pregunta general que busca precisiones especializadas de por qué se divorcia tanto el dominicano, la sicóloga Zelided Alma de Ruiz reacciona con cautela y observa que es necesario evaluar, ver los numeritos y ver el fenómeno dentro de un contexto social, histórico y con complicaciones socioculturales de transformación.

La profesional habla con extrema cautela, como si quisiera sugerir y no decir, insinuar y no afirmar. Recuerda que en 1960 la mujer tenía muy pocas opciones para independizarse con la garantía de que sus hijos no sufrirían económicamente. Entonces, la mujer no estaba tan incorporada al mercado del trabajo como lo está hoy, aunque todavía no en el nivel necesario y justo, acota.

La situación es distinta y ello ha hecho que la mujer no le tenga tanto miedo al divorcio. Ahora muchas parejas trabajan, sobre todo las de clases medias. Las mujeres suelen entrar al matrimonio con una coparticipación en el aspecto económico. Ese es -apunta silenciosamente- un aspecto importante.

La licenciada Alma de Ruiz llama la atención sobre ese cambio en el registro del fenómeno del divorcio, porque el mismo permitirá una mejor evaluación y comprensión del mismo.

El psiquiatra García Álvarez anda por el mismo camino. Para éste el divorcio es un evento resultante del mismo progreso del país. "Antes las tasas de divorcios eran muy bajas, pero era básicamente porque teníamos una educación dirigida a que la mujer debe aguantar, resistir, sobre todo por sus hijos".

Con las estadísticas a la vista, el profesional especializado en Londres refiere que en 1950 el país sólo registró 824 divorcios, más o menos el seis por ciento de los matrimonios de ese año. Con el tiempo las cifras han crecido de manera vertiginosa, escandalosa. En 1960 el divorcio ronda el nueve por ciento, diez años después el 22 por ciento y en 1980 arribó a un muy alto 39 por ciento, siempre en relación al número de bodas de cada año.

Sin embargo, el doctor García Álvarez dice -para esperanza de los que están preocupados por el divorcismo- que los estudiosos del fenómeno esperan que las separaciones no sigan aumentando, sino todo lo contrario, que esperan un descenso como está ocurriendo en otras latitudes al tenor de los cambios que se están observando en la sociedad.

"La mujer no está dispuesta a aguantar", insiste para añadir que "nuestras madres estaban preocupadas por el mantenimiento de los hijos. Ahora la mujer se integra al tren productivo y muchas veces aporta hasta más que el hombre a la economía del hogar, o igual, o menor, pero es un aporte importante. Incluso, para muchas familias ese ingreso es el que permite comprar un carro, una casa, y cosas así".

Según las informaciones ofrecidas por el censo de población y familia de 1981, el 29 por ciento de la población económicamente activa del país está compuesto por mujeres, en total 554 mil 279. De estas están trabajando más de 444 mil, principalmente es los centros urbanos.

Muchas de esas mujeres están dedicadas a actividades profesionales y técnicas -38 mil 374- hay más de cuatro mil que ocupan puestos gerenciales y de administración en empresas industriales y de servicios, públicos y privadas, más de 43 mil están en posiciones de oficinas y unas 36 mil están consagradas a labores de comercio.

Otra muestra de la incorporación de la mujer al mercado de trabajo y a la educación es su acceso a la educación universitaria. La matrícula de la educación superior en 1981 superó los ciento tres mil estudiantes, de los cuales 49 mil, exactamente el 48 por ciento, eran mujeres.

Las cifras y las tendencias no dejan dudas; la República Dominicana es una nación pequeña y pródiga en divorcios. Sean los divorcios al vapor, sean los concertados convenientemente para facilitar viaje al exterior, sobre todo a los Estados Unidos, sea por un nuevo contexto o por el "progreso" de los últimos años, hay estadísticas que hablan de muchos divorcios, de demasiadas separaciones.

Los matrimonios dominicanos de 1975 fueron el doble de los concertados en 1960, pero los divorcios se multiplicaron por diez. Cuando la década de los sesenta comenzó hubo menos de una separación por cada cien enlaces, pero en 1975 los divorciados fueron a razón de cinco por cada cien "os declaro marido y mujer..."

En toda la década de los años sesenta, los años de la transición de la dictadura a la democracia formal, los divorcios sumaron 17 mil 599. Pero entre 1980 y 1984, las separaciones legales totalizaron 54 mil 215.

Es un hecho paradójico que siendo el grupo familia (y considerando la pareja humana como el grupo familiar básico) la institución más antigua de la humanidad, no haya sido considerada como tema digno de una investigación científica y sistemática sino en época muy reciente. Al igual que cualquier mito que entra a formar parte de la mitología social, de la cual se apodera vorazmente nuestra tan mentada "sabiduría innata", a la familia se la ha visto y percibido a través de lentes de variados colores y variadas formas: ha sido el núcleo idealmente romántico, el nido de amor imperecedero, la nube que nos transporta a paraísos indescriptibles o el centro de todas las maldades y el comienzo de todas las opresiones.

Pero cuando este singular y primario grupo humano ha sido tomado en serio, los sociólogos lo han diseccionado y catalogado, los sicólogos los han considerado como matriz de rasgos y complejos, los antropólogos lo han palpado como entidad viviente, y así emerge la familia y por ende la pareja humano como un problema digno de tomarse en serio. Un problema con raíces que crecen, que se entrecruzan y que pueden llegar a formar verdaderas marañas infranqueables.

Así nacen los patrones de convivencia, dinámicos o inamovibles, que permiten o no la supervivencia de ese núcleo primigenio. Y así la familia viene a ser una surte de estructura relativamente invisible pero al mismo tiempo muy real en la que están insertos los individuos que la componen. Una pareja, en esos términos puede constituir un grupo familiar completo con su propia dinamia y su propia estructura. Así como hay familias que funcionan mal, también hay, y muchas, parejas que funcionan mal, y esa invisibilidad presente empieza a hacerse tangible a medida que el malestar avanza y sus hilos comienzan a entretejerse entre la trama de la estructura familiar hasta casi transformarla y constituirse en especie de superestructura poderosa de la cual es difícil liberarse.

Así también, empiezan a funcionar neuróticas familias y parejas. Son las familias y parejas en crisis que pueden subsistir a expensas de la salud mental de sus miembros y con cierta perdurabilidad. En la misma forma que tomamos conciencia de que existe la salud orgánica cuando la perdemos y enfermamos, así ese malestar familiar sirve, a veces en mejor medida que el bienestar, para advertir a los miembros que componen la familia, que forman parte de una particular constelación humana y que se ha transformado en una poderosa red que los oprime y rodea y que no los deja respirar libremente. Podemos, felizmente, percibir esa constelación cuando es positiva como un lugar en el mundo: nuestro, íntimo, que nos permite ser puros, ingenuos, auténticos y amados.

De todas maneras, cada familia y cada pareja va entrando, con su propia dinamia a formar parte de lo que se podría llamar un patrón de interacción familiar. Aquí cabe mencionar al doctor Jan Ehrenwald, uno de los importantes iniciadores de la psicología y Psiquiatría moderna, que ha elaborado una clasificación, a partir de sus investigaciones, de lo que él llama patrones de interacción familiar. Menciona cinco patrones como los más significativos. Al primero lo denomina patrón de coparticipación, que es el que forman familias y parejas en las cuales hay un predominio de afecto, protección, capacidad de dar y recibir, capacidad de apoyo, de control normativo y no autoritario. En esos términos sería este el "patrón sano" de vida familiar.

Otras familias se relacionan principalmente a través de actitudes sobre protectoras y de control autoritario y rígido. Este es el patrón de contagio, que supone que los miembros de la familia o pareja neurótica o perturbadas de alguna manera. Una tercera forma de interacción familiar se basa en aquellas relaciones simbióticas que suponen complementariedad y el patrón de comportamiento se llama precisamente patrón complementario. Son las familias y especialmente las parejas sadomasoquistas; dominante—dominado; imposición—sumisión; control—obediencia, y este patrón se basa en una forma enferma de supervivencia que es la más extendida en nuestras parejas y en nuestras familias.

El patrón rebelión—resistencia es una cuarta forma de relación familiar y vendría a ser el concomitante del patrón de contagio. La rebelión y la resistencia se darían en la pareja o en la familia frente a la actitud de uno o de unos de los miembros que tienden a ejercer o de hecho ejercen control autoritario y de dominio o de sobreprotección, la cual en definitiva tiene el mismo equivalente. La sobreprotección es quizá la forma de dominio más tiránica ya que a través de su sutileza fomenta la invalidez y la dependencia. Este patrón de rebelión y resistencia describe a las conductas oposicionistas, a los conflictos generacionales y a los enfrentamientos esposo—esposa.

El quinto y último patrón es aquel que supone en forma más evidente la desorganización y el quebrantamiento de la familia y de la pareja y es el llamado patrón de incompatibilidad, que equivale, en términos de convivencia, a la ausencia práctica de relaciones interpersonales positivas y aceptables entre los miembros del grupo: padres e hijos, marido y mujer.

Estos cinco patrones de interacción familiar no se dan en forma pura, por así decirlo, en la dinámica de la familia, ni agotan tampoco toda la infinita gama de posibilidades de relación que pueden encontrarse cuando dos o más seres humanos confrontan sus individualidades y sus particulares formas de ser. De esta gama de patrones, el único saludable es el patrón de coparticipación que supone madurez de la pareja y de la familia y que fomenta su solidez y mantenimiento. Los cuatro restantes suponen una supervivencia precaria, enferma, en suma, patológica sea del grupo familiar, o de la pareja en sí y de los miembros individualmente considerados. Y muchos de esos grupos familiares subsisten a pesar de su enfermedad, sea por presiones socio-económicas, sea por obstáculos legales o por consideraciones religiosas y también, en ocasiones y en mayor medida, por el recurso aparentemente generoso y altruista de "seguir unidos por el bienestar de los hijos", a los que prefieren enfermar psíquicamente antes que convertirlos en portadores del estigma de "hijos de divorciados".

El divorcio puede ser considerado como una situación psico-social catalogada y, aún en nuestros días, como una situación deshonrosa, producto de un fracaso y con la cual se puede medir el malestar de una sociedad entera. Se empieza a suspirar con la cara vuelta hacia el pasado y con la visión opaca y fraudulenta de los "tiempos idos y mejores" envidiando la supuesta solidez del matrimonio de nuestros antecesores, sin ponerse a meditar sobre el enorme precio, en términos de salud mental, que debían pagar las parejas y los hijos, mártires inmolados en el mito de la perdurabilidad conyugal juzgada en términos de sobrevivencia y no de felicidad.

Algunos estudiosos del problema se han percatado de que el porcentaje de divorcios aumenta, aunque parezca contradictorio, en proporción directa con la mejor educación y preparación de la mujer. Los factores que convergen en el planteamiento de un divorcio estarían más involucrados con la condición de la mujer en el esquema de la sociedad patriarcal, dadas sus particulares características. Y las mujeres serían las que más solicitan el divorcio, en porcentaje alto, ante los atónitos rostros de sus desconcertados maridos.

Existe un tipo de divorcio que en dinámica familiar se llama divorcio emocional, que equivaldría, en mayor o menor medida, a los cuatro patrones descritos anteriormente. Las parejas "divorciadas emocionalmente" siguen compartiendo sudores y lágrimas, bajo un mismo techo y amparados por una misma ley y bajo el influjo de una común creencia religiosa, y así vegetan por muchos y largos años. Pero la verdadera pareja, la del respeto, amor y comprensión mutuas ha dejado de existir casi desde el inicio de la convivencia. Las parejas en divorcio emocional no son vitales: arrastran un pesado cadáver cuyo peso invisible cargado a sus espaldas les sofoca día a día y les impide respirar. Y los hijos comparten ese sofocamiento cotidiano de largo plazo.

Romper una relación de esa naturaleza mediante el divorcio legal viene a ser, no la situación patológica que se cree es, sino un acto de higiene mental, si caben los términos. La Sicología ofrece el recurso del tratamiento terapéutico a aquellas parejas que creen que su unión vale el esfuerzo que ese recurso supone. Es un camino largo y difícil pero válido. Sin embargo, acudir a ese recurso de salud supone una previa toma de conciencia de la enfermedad de la pareja en términos de relación lo que a su vez supone la no aceptación de un patrón de interacción patológico juzgado como "saludable", sea por inercia, sea por temor, sea porque el ser humano tiene miedo al cambio y en ocasiones prefiere sacrificar su integridad ante un ídolo pétreo e inmutable, que permitirse el atrevimiento de enfrentar la incertidumbre de lo nuevo.

De todas maneras, la familia como forma de convivencia, el matrimonio como institución, la pareja humana como relación vital y enriquecedoras, a pesar de la frecuencia de sus desórdenes y patologías, tienden a prevalecer aún en contra de los profetas de la desgracia que predicen su caída. El ser humano está constantemente levantándose de sus cenizas.

Criticar a las instituciones se ha hecho un hábito entre nosotros. En cambio, con la misma frecuencia e intensidad no se suele dar reconocimiento a aquellas experiencias exitosas de las que hay muchas en nuestro país. Una de ellas es la Casa Municipal de la Mujer, situada en el Boulevard de Catia y de la que he hablado en otras oportunidades: cuando se inauguró, en mayo de este año, y para anunciar sus programas. Esta vez, dedicaré el mayor espacio posible de Séptimo Día para dar a conocer, porque creo que lo merece, el valioso trabajo que está desarrollando el equipo a través de sus talleres sabatinos para promover la comunicación positiva entre las parejas.

Los talleres de comunicación de parejas, de todos modos, ponen el mayor énfasis en las áreas preventivas; es decir; están dirigidos a orientar a las parejas jóvenes, a todos aquellos que se quieren iniciar en la relación de dos.

A ellos se les reúne para que aprendan a valorar la importancia de la comunicación; para que hablen de los proyectos y metas que se forman cuando ambos están imbuidos de la esperanza de la reciprocidad de los sentimientos.

No se les enseña, como si se tratara de recetas, a vivir en el matrimonio; pero sí se les entrena como personas a reconocer cuáles son los límites que hay en las parejas y que nacen de las falsas expectativas que los unos se forman de los otros. Por supuesto que estas situaciones ocurren en todas las relaciones humanas; pero en el caso de la vida conyugal, las implicaciones y los riesgos de esos equívocos generan mayor suma de sufrimientos, provocan dolor en los afectados e incluso involucran a hijos y demás familiares.

La psicóloga Beatriz Rodríguez explica que en estos talleres, cada futuro cónyuge puede hablar libremente de sus expectativas, de lo que espera del otro y casi siempre tanto el hombre como la mujer coinciden en pedir lo mismo:

—La gente espera que le den afecto; alcanzar la estabilidad emocional y que ese estado de fascinación les dure toda la vida.

"Pero también hay que hacerles comprender que tras cada pareja hay un individuo y en el período del conocimiento y de la novedad, todo resulta atractivo. Uno ve en el otro sólo las facetas más agradables de la personalidad. Nadie se encuentra fallas. A veces estas parejas van al matrimonio como un par de desconocidos. Cada uno se encargó de mostrar sólo lo que sabía que gustaba al otro. En el noviazgo, durante los preparativos, suelen acumularse muchos equívocos que más tarde, la vida en común hará evidentes y saldrán las imprecaciones: "Yo no sabía que tú eras así". "Ella me ha desencantado".

—Para eso, dice la psicóloga, en estos grupos que formamos, insistimos en la prioridad de la comunicación. Les ayudamos a compartir proyectos, a decirse todo lo que una pareja debe poner de su parte para que la relación pueda marchar. Y como parte de este trabajo, nos hemos propuesto hacer un seguimiento a estos grupos para verificar si vale la pena seguir en este esfuerzo.

Sólo a manera de ensayo, a petición de algunas usuarias del sector, el equipo de la Casa Municipal de la Mujer hizo uno de esos talleres con parejas en conflicto.

—Es otro tipo de trabajo. Resultó fascinante y a la vez nos ha impulsado hacia otras iniciativas. Vamos a promover charlas, a incrementar los grupos porque hay una verdadera necesidad de ayuda y editaremos un boletín de orientación popular. Con parejas enfermas, el trabajo —como señala Beatriz— fue más complejo. Toda la orientación se centró en la problemática encontrada. En lo que la gente planteó y quiso que le resolvieran.

Hay tres factores claves que forman como un denominador común en todos los conflictos de las parejas. Estos son: el alcoholismo, la falta de cooperación del compañero y la presencia de otra mujer.

Casi siempre, las mujeres son las primeras en exponer la problemática y empiezan por plantear la agresividad; otras veces, las exigencias sexuales y la sospecha del engaño referido a otra mujer.

Ellos, en estas consultas, siempre niegan que haya una relación paralela. La psicóloga, a través de su trabajo y con las técnicas adecuadas, conduce estas sesiones, que no tienen otra finalidad que ayudar a esas parejas a comunicarse mejor, a clarificar sus conflictos y a facilitar que los resuelvan.

Señala Beatriz que también es interesante esa ayuda que se ofrece a las personas para desinhibirse. Allí, con los grupos que han reunido, lo han logrado. Ya empezaron a recoger documentos sobre conducta humana de la vida en común, que formará parte de los nuevos archivos y de la bibliografía de la Casa. Hay mucha experiencia, y si se expone, resulta que son de los casos más comunes. Ellos, por ejemplo, cuando rechazan las versiones de sus mujeres, alegan que quieren y necesitan estar solos; que están cargados de problemas sin resolver; que andan con los amigos para distraerse. Pero, generalmente, eso es falso. Nadie —sostiene la psicóloga— querrá estar siempre solo y menos cuando tiene problemas; el ser humano es gregario y la evasión es el recurso al que apelan muchos para apartarse de los problemas y no solucionarlos. Van a lo gratificante, a lo estimulante; y, a veces, ambas cosas lo representa otra mujer o el alcohol.

—Precisamente, para evitar esta clase de conflictos, hemos planificado una tarea de prevención con parejas y en eso estamos.

Pero hay más. La casa emprendió una encuesta piloto con la cooperación de los pasantes de las escuelas de Psicología, de Trabajo Social y de Educación de la UCV. En esas encuestas saldrán propuestas de la comunidad para otros trabajos con temas específicos como la ayuda que pueden proporcionar los padres a los hijos con dificultades y con los maestros municipales para que modifiquen ciertas actitudes en clase. Hay mucho por hacer pero esta pequeña Casa de la Mujer tal vez no pueda abarcarlo todo. Se necesitan muchas más. Como esa. Con equipos como los que tiene y hay que crearlas y multiplicarlas por todo el país.

Al matrimonio asisten muchas personas inmaduras. Personas con niveles bajos de autorización y plenitud humanas. Estos son seres humanos bien intencionados generalmente. Pero sólo han alcanzado la mayoría de edad, en lo biológico-cronológico, en lo social y legal. Son psicológicamente infantes. Están retrasados emocionalmente en su proceso de desarrollo.

De hecho, las áreas psicológicas y afectivas (emocionales) del desarrollo humano, se quedan por debajo en los niveles del crecimiento. Sobre todo, en culturas con poca apertura y flexibilidad como las nuestras (latinoamericanas).

Y entonces, esa área de la personalidad, que es la afectividad, tan importante para el manejo adecuado y afectivo de las relaciones interpersonales, se mantiene atrofiada, por debajo de sus capacidades, en relación a lo biológico o fisiológico.

Una persona que tenga serios y significativos retrasos en esta área de su personalidad, de seguro que tendrá dificultades mayores en sus interacciones sociales, como las amistosas, relaciones paternas, de trabajo, de diversiones, pero especialmente en esta relación e interacción de tanto significado y profundidad como es la matrimonial.

Se han estudiado las relaciones causales y correlaciones, entre el matrimonio y la edad en que se asiste al mismo.

No hay lugar a dudas: la tasa más alta de disolución matrimonial, está entre los matrimonios contraídos por adolescentes.

Otras variables estudiadas son: las diferencias de edad entre los cónyuges, las diferencias educacionales, la pertenencia a clases y grupos sociales, a grupos étnicos o raciales, a confesiones religiosas, etc.

Pero debido a la dificultad que esto entraña, se ha investigado muy poco, la influencia de la inmadurez psicológica y emocional, en las dificultades graves en la vida matrimonial. Pero este factor tiene una trascendencia fundamental, en las maneras como la pareja afronta sus conflictividades conyugales.

El convertirse en persona es un proceso. Y existen una diversidad de factores que lo facilitan o lo dificultan. Algunos seres humanos lo logran, otros no. Entre los factores que influyen positivamente o negativamente en este proceso de realización y plenitud humanos, están:

Factores Hereditarios. Estos se encuentran en el código o dotación genética del individuo. Muchas de las características que nos definen están dadas en el código genético que nos legan nuestros padres. Algunas modificables, otras no.

Factores Socioculturales. Son éstos los que inclinan la balanza. Porque en definitiva, es la cultura la que hace a los seres humanos. Aspectos como los familiares, los educativos, las oportunidades sociales, las alternativas permitidas, las maneras como se realiza el proceso de socialización, los grupos de referencia, las afiliaciones a clases sociales, a los grupos religiosos, a instituciones culturales y de servicios, etc., tienen y ejercen una influencia básica y determinante, para que un ser humano se convierta en una persona madura emocionalmente.

Factores de Personalidad. Se enmarcan aquí, todas esas características personales, rasgos sobresalientes en nuestros comportamientos, que son la suma de lo heredado y lo adquirido por aprendizaje social.

De ahí, que una persona inmadura emocionalmente, es un ser humano con niveles bajos de aceptación de si mismo. Esta persona tiene problemas en su autoestima (auto imagen). Su concepto de si mismo es pobre. Depende en demasía del campo (de las apreciaciones y juicios valorativos del otro). Es alguien inseguro, inestable. Su desequilibrio y desajuste emocionales, son evidentes en las relaciones interpersonales que establece.

Es claro que esta persona tendrá dificultades más o menos serias, en la convivencia matrimonial.

Si las reglas básicas del matrimonio son las de compartir y ceder, en el proceso del amor, esta persona es incapaz de salirse de sí mismo, y por tanto, de dar al otro. Tal y como sucede con un niño: todo lo quiere para sí.

Una persona inmadura emocionalmente, tiene conflictos personales no resueltos. Es ésta una de las raíces de la sensación de falta de implenitud y de falta de realización que agobia a la persona inmadura emocionalmente. Y en la relación matrimonial, todos los defectos están en el otro.

Una persona inmadura emocionalmente, le es difícil establecer una relación, basada en la comunicación-diálogo. El diálogo necesita de la consideración y el respeto para la otra persona. La comunicación-diálogo no impone, y mucho menos violenta el espacio del otro. Ella acepta al otro de manera total. Lo promociona en todos los aspectos de la relación, a su categoría humana, a su sitial de persona. A la inmadurez psicológica, le faltan elementos humanizantes en las interacciones humanas.

Una persona inmadura, tiene dificultad para establecer relación de comprensión empática con el otro. Al ser poco expandido emocionalmente, e inflexible en la manera como percibe la realidad, ponerse en el lugar del otro en determinados momentos y circunstancias, es una meta inalcanzable para él. Es un niño psicológicamente y sólo ve el mundo desde su óptica. Utilizando los conceptos de Freud, acerca de la estructura de la personalidad, esta persona vive en los niveles del id o ello; el principio del placer.

La respuesta es si y definitiva. La posibilidad humana para cambiar, para modificar su comportamiento y sus actitudes sociales, es una de las virtudes de los seres humanos. La flexibilidad de la naturaleza humana es única. Y para armonizar en la vida matrimonial es indispensable crecer emocionalmente todos los días.

Una persona inmadura emocionalmente, tiene dificultad para aceptar al otro tal como es. De manera continua, está viendo en la otra persona su imagen deformada. Su falta de plenitud. Su neurosis obsesiva-compulsiva será la de cambiar a la otra persona. La expresión inconsciente de su necesidad personal de cambio.

Como pueden observar con una análisis sencillo a partir de lo que hemos dicho, la vida matrimonial con una persona inmadura en su área afectiva, esencial en el ajuste de la personalidad sana, se dificulta en grados superlativos.

¿Cómo vivir armónicamente con alguien que no se acepte a sí mismo y que le resulta incómoda aceptar al otro tal y como es?

A veces, esta persona inmadura, incompleta, han logrado muchas metas personales: académicas, profesionales, de negocios, y para el público aparecen personas exitosas, triunfadoras, pero para ellas mismas, y para quienes las conocen bien, lo que sale afuera no armoniza con lo que está dentro.

Los datos estadísticos muestran que, de acuerdo al Censo del año 70, hay un 18% de personas separadas o anuladas del total de población con más de 12 años de edad. Este dato está abultado, ya que el rango de edad de la muestra es demasiado amplio.

El 31% de esta muestra corresponde a hombres separados y el 60% a mujeres. El mayor número de mujeres podría significar que éstas contraen matrimonio nuevamente, en menor número.

A pesar de no haber datos precisos que den cuenta de la separación en RD, los estudios hechos muestran un aumento sostenido entre los años 64 y 80. 1.137 casos en Santo Domingo, en 1964; 1.829 casos en 1970; 2.160 casos en 1972; y 3.072 en 1980. Estos datos tampoco son muy significativos ya que se refieren a las nulidades, sin tomar en cuenta el alto número de parejas separadas que no llegan a la nulidad.

La separación modifica la situación general de las personas. Este cambio tiene efectos efectivos, económicos, legales, sociales y personales. Cada uno de estos factores entra a jugar un rol en la decisión de las personas, ya sea que éstas busquen la separación o permanezcan casadas.

Los aspectos legales, sociales y financieros son importantes, pero el impacto mayor se da en los planos individual y familiar.

El matrimonio es la relación íntima más significativa, es un lazo entre los esposos sea ésta una relación positiva, beneficiosa o no. Por ello, la mayor parte de las personas que se separan, viven un duelo en su separación; no dependiendo este sufrimiento de la felicidad o gratificación que hayan sentido antes. La pérdida es más global —se relaciona con las esperanzas, las expectativas, lo que se pudo haber hecho, lo que se dejó de hacer—. Es el dolor propio de la muerte en que surge incertidumbre, ansiedad, temor, sentimientos de soledad y vacío.

Para los cónyuges, el rol de esposos les ha dado a sus vidas estructura, sentido y a menudo identidad. El matrimonio influye en la imagen personal, en los hábitos diarios, en las actividades, en las relaciones con amigos y familiares.

La separación es un duelo, y muy pocas personas lo sufren sin dolor. La separación es la otra cara de lo esperado, del ideal que cada persona se forjó al contraer matrimonio. Ellos deseaban sustentar, estructurar un lazo sólido, asumir un status de adulto, obtener y dar seguridad, establecer vínculos con hijos, tener a alguien a quien cuidar y ser cuidado.

Hay una tendencia a coincidir en que los sucesos involucrados en el proceso de separación daña a los niños y sería éste un factor central en la generación de una serie de conductas desadaptativas en ellos. Entre los síntomas más corrientes, se encuentra el "síndrome de stress agudo" que pasa por tres fases: la primera, ansiedad aguda con alteración del rendimiento, pánico nocturno, pesadillas, regresiones a conductas infantiles, etc.; la segunda, apatía o depresión caracterizada por: baja de ánimo, dolores de cabeza, aislamiento, etc., y finalmente, la tercera fase, pérdida de interés en los padres o adaptación a la nueva situación.

Si se ha llegado a la conclusión de una separación, es importante que ésta se produzca con la menor destrucción de las imágenes de los padres. Desvalorizar a la madre o al padre impide una completación de las etapas de desarrollo, diferenciación y adquisición de identidad, requisitos necesarios para una buena elección de pareja y del desarrollo de la capacidad de amar.

Cuando todos los adultos cercanos al niño saben ser sinceros unos con otros, y asumir la responsabilidad de lo que piensan o sienten, el niño se beneficia de esta honestidad y tiene mayor libertad para elegir porque a su vez puede ser honesto.

No se puede esperar que los padres que estuvieron casados anteriormente sigan amándose, pero sí pueden ser sinceros y que no carguen a los hijos con sus problemas.

Sin los padres separados son personas maduras, resolverán juntos las dificultades. Desgraciadamente la mayoría de los casos no son así.

Para empezar es importante recordar, que son los adultos los que se casan. Los hijos tienen que seguir les gusto o no. Por consiguiente, es necesario se les permita un lugar, y se les ayude a encontrar la forma de aceptar al nuevo miembro. Esto toma tiempo y paciencia. El padre que llega es un extraño, que se le puede ver como intruso, sin que esto tenga que ver con la bondad de él o con el que se le quiera o no.

Quizás el problema más serio que tengan que enfrentar estas familias es el no tener la libertad de querer a quien se les antoje. Existe un hecho paradojal, todos intentan obligar a quererse y esto es un imposible y trae problemas.

Basta con saber que se goza de libertad para querer o no, lo que no impide que exista sinceridad y respeto.

Las sombras del pasado son muy reales y deben ser confrontadas por la pareja de recién casados. Los hijos no están fuera de estas sombras, formaron parte de los embrollos anteriores, toman uno y otro partido.

Las lealtades se ponen en conflicto. Las edades de los niños tienen que ver con las dificultades del segundo matrimonio. Si son pequeños menores de dos o tres años es menor la influencia anterior. Si son mayores las situaciones varían desde que el hecho resulte irrelevante hasta constituir una verdadera catástrofe, especialmente si los hijos y el padre nuevo rivalizan; por inmadurez del padrastro o madrastra. No por el hecho que ambos se amen sabrán lo que respecta a los hijos del otro. No se debe esperar ocupar el rol de padre ya que lo que se necesita para entrar en una nueva situación es tiempo.

Una pregunta que se repite una y otra vez es ¿qué hago con estos niños o niñas tan mal criados/as? Si viven juntos acordar con el padre las modalidades de la relación y que estas sean conversadas, abiertamente, y en conjunto. No esperar enmendar la plana en un día sin comprender que son extraños y que no fueron elegidos por los hijos.

Si son hijos que se visitan, es importante tomarlos como tales y no buscar el papel de mamá o papá con ellos. Lo general es ver que se quiere desempeñar este papel en el ejercicio de la autoridad y el control, pero no en el aspecto afectivo.

En los casos en que la mujer o el hombre no tienen hijos y se casan con alguien que sí los tiene es fundamental que esa situación se viva en forma real; que se sepa que los fines de semana, los feriados tendrán, habitualmente, que ser compartidos con los hijos. La falta de sinceridad, la no expresión de los temores, las molestias y el rechazo, en el momento oportuno, lleva a muchos problemas y en muchas ocasiones a una nueva separación.

A pesar del número creciente de separaciones hay un porcentaje alto de personas que miran hacia el matrimonio como la situación ideal. Vivir con su pareja y tener una familia aparece como la meta de vida de la mayoría de las personas. Las estadísticas muestran que dos tercios de las mujeres separadas vuelven a casarse y las tres cuartas partes de los hombres también reinciden.

En conclusión el divorcio en estos tiempos es algo muy normal no obstante no deja de ser dañino tanto para la pareja, como para las familias de estas y si hay niños de por medio aún más dañina puede resultar la separación de una pareja, ya que estos son los que resultan más perjudicados. Cuando una pareja se separa los niños sufren mucho tanto psicológicamente como físicamente ya que hay veces que los padres desquitan sus frustraciones sentimentales en sus hijos sin saber las consecuencias o el daño tan grande que les están causando a sus hijos.

Se podría aconsejar que antes de contraer matrimonio la pareja debe pensar muy bien el paso tan grande que va a dar ya que el matrimonio no es un jueguito de niños

  • Enciclopedia Encarta 2002

  • Internet

  • Opinión Personal

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