Diseño gráfico

Dibujo. Artes gráficas. Evolución histórica. Situación en España

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DISEÑO GRAFICO

Con anterioridad al invento de la imprenta, los amanuenses españoles se habían destacado por sus cualidades ilustrativas, prueba de las cuales son los Comentarios al Apocalipsis, un extraordinario códice mozárabe realizado por el beato de Liébana. Sin embargo, parece que la única herencia que de ello recogieron los primeros impresores —casi todos ellos alemanes— se manifestó en una experimentada industria de naipes, tradición que se ha conservado intacta hasta nuestros días. Posteriormente, durante el imperio ultramarino gobernado por los Austrias, destacó la labor colonizadora de los calígrafos —Juan de Yciar inventó la letra bastarda española—, difundida por toda la geografía hispana y americana gracias a las órdenes religiosas.

El entronamiento de los Borbones a comienzos del siglo XVIII supuso un cambio radical para la mayoría de la llamadas artes industriales. Durante esta centuria se crearon las fábricas nacionales —tapices, porcelanas, vidrio— y se impulsó decididamente la industria del libro. Para emular las investigaciones que llevaban a cabo en Europa impresores de la importancia de John Baskerville, Giambattista Bodoni y Pierre Didot, Carlos III llamó a la corte madrileña a los mejores especialistas peninsulares: los tipógrafos Josep Eudald Marià Pradell y Jerónimo Antonio Gil, creador de un tipo de letra característico llamado gilismo en su honor; y el impresor real Joaquín Ibarra, inventor de procedimientos de estampación y considerado en su época —un momento histórico decisivo en la evolución de las artes gráficas— uno de los mejores profesionales del mundo.

El siglo XIX significó un importante retroceso para la industria española, incorporada lentamente al proceso de modernización que comenzó a finales del siglo anterior en Inglaterra. La litografía permitió la aparición de numerosas publicaciones periódicas, y entre los mejores grafistas destacaron aquellos que practicaron la caricatura, un género estrechamente vinculado a la caótica situación política decimonónica. Hacia finales de este siglo se extendió por toda Europa un movimiento artístico de carácter renovador, que pretende asumir nuevos principios estéticos asociados a la modernidad. Este movimiento, llamado Art Nouveau en Francia, Jugendstil en Alemania, y asociado a la Sezession vienesa, se introdujo con vigor en Cataluña con el nombre de modernismo, auspiciado por la creciente burguesía nacionalista. Así, al amparo de una pujante industria situada a la altura de los mejores rivales, se introdujo la nueva técnica publicitaria del cartel, en cuyo ámbito se destacaron algunas figuras decisivas para la evolución del diseño gráfico: el pintor Ramón Casas, que consiguió fundir la influencia vanguardista francesa con la inspiración tradicional española; el ilustrador Alexandre de Riquer, máximo representante del estilo modernista catalán; y Josep Triadó, cartelista y dibujante de carácter geometrizante, más influido que sus compatriotas por las corrientes centroeuropeas.

Las primeras décadas del siglo XX profundizaron la distancia entre España y los países industrializados, provocando un enorme distanciamiento del grafismo con respecto a los movimientos artísticos de vanguardia. Tan solo cabe destacar la adhesión de la burguesía acomodada al Art Déco, un estilo inerme en cuyas filas se destacaron personalidades dispersas como los noucentistas catalanes Francesc Galí y Josep Obiols, el ilustrador valenciano José Segrelles, el madrileño Rafael de Penagos o el gallego Federico Ribas, que llegó a ser el director artístico de la perfumería Gal. El advenimiento de la II República produjo una concentración de la intelectualidad española, involucrada en su mayor parte en la modernización del país. Así, el estallido de la Guerra Civil supuso un inesperado y unánime resurgimiento del grafismo propagandístico, encabezado por el valenciano Josep Renau —con sus característicos fotomontajes de influencia expresionista— y seguido por otros cartelistas excepcionales como Antoni Clavé, Arturo y Vicente Ballester o José Morell.

Los primeros años del franquismo —con una economía autárquica cercana a la miseria y los mejores diseñadores en el exilio— suponen de nuevo un momento de penuria creativa, quebrada sólo por la figura marginal de Ricard Giralt-Miracle, que al frente de su taller artesanal desarrolló una línea particular de investigación gráfica. Con el aperturismo iniciado hacia 1955, sin embargo, comenzó un periodo de crecimiento económico que permitió la creación, a finales de los años 1950 y principios de 1960, de dos asociaciones que se convirtieron en la espina dorsal del diseño español: el SEDI —Sociedad de Estudios de Diseño Industrial— en Madrid, heredera del Grupo 13 y encabezada por el arquitecto Carlos de Miguel, en cuyas filas se encontraba ya el grafista José María Cruz Novillo; y el AGD FAD —Agrupación de Diseño Gráfico del Fomento de las Artes Decorativas— en Barcelona, influida por el grafista italo-suizo Sandro Bocola y dirigida por Josep Pla Narbona, máximo representante de la nueva tendencia artística que comenzaba a despuntar en la capital catalana. Poco tiempo después, en 1963, Alianza Editorial lanza una colección de bolsillo diseñada por el joven Daniel Gil, formado en la escuela de Ulm y figura insólita tanto por su ingenio como por su precisión técnica. Sus cubiertas imaginativas y sugerentes, que oscilan entre la obviedad y el hermetismo, se han convertido en un paradigma de la comunicación visual, y junto con los trabajos del catalán Enric Satué han situado al diseño editorial español entre los más destacados del panorama internacional.

Con la recuperación de la democracia y el final de la crisis económica de 1973 se inicia en España un nuevo periodo de consolidación en el campo del diseño, refrendado por la entrada en las instituciones europeas y por el apoyo institucional. Hacia finales de los años setenta comienzan a aparecer las primeras muestras de imágenes corporativas, que se generalizaron durante la década de 1980 de la mano de Ives Zimmermann, José María Cruz Novillo, Josep Maria Trias y Alberto Corazón, antiguo editor independiente dotado de una fuerte personalidad que se ha convertido en el símbolo gráfico de la etapa política socialista. En los últimos años han aparecido una serie de diseñadores de carácter independiente, ligados al mundo de la pintura o la ilustración. Entre ellos destaca la figura del valenciano Javier Mariscal, creador de la mascota para los Juegos olímpicos de Barcelona 1992, así como la del catalán Peret (Pere Torrent) y la del madrileño Óscar Mariné, ligados a una reivindicación vitalista cuya influencia se pierde en las corrientes posmodernas italianas.