Desequilibrios y exclusiones en la agricultura mundial

Revolución. Transportes. Comercio. Competitividad. Mercado. Cultivo

  • Enviado por: Paco
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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TEMA 3.

DESEQUILIBRIOS Y EXCLUSIONES EN LA AGRICULTURA MUNDIAL.

A partir de la revolución de los transportes y de la liberación del comercio la competitividad de las agriculturas más capitalizadas del mundo, representa un bloqueo sin comparación para el desarrollo de las economías campesinas menos potentes de los países subdesarrollados, que se caracterizan por tener una menor productividad, una tendencia de los precios a la baja, unos beneficios cada vez menores, una disposición escasa de equipos, una degradación progresiva del ecosistema cultivado, una deuda externa asfixiante, migraciones masivas hacia los centros urbanos, etc… Esta extendida crisis agraria explica gran parte de las actuales dificultades socioconómicas y financieras de los países subdesarrollados.

A partir de la primera mitad del siglo XX se produjo un inmenso cambio que transformó de forma radical la agricultura del conjunto de los países desarrollados. Este cambio se aceleró después del final de la II Guerra Mundial, concretamente a partir de los años 50. Esta transformación se ha apoyado en el desarrollo de los medios de producción surgidos de la segunda revolución industrial, es decir, la motorización, la gran mecanización y el impulso de la química agrícola. También estos cambios se han apoyado en la sección de variedades de plantas y razas de animales domésticos de alto rendimiento que se adaptaban a estos medios de producción y tenían una gran capacidad para ser rentabilizados.

En la agricultura cerealista por ejemplo, los mejores rendimientos por hectárea se han multiplicado prácticamente por diez gracias a los abonos y a la selección, mientras que la superficie cultivable por un solo hombre se ha multiplicado por más de diez gracias a la mecanización agraria. Como consecuencia de esto, la producción máxima de grano, o cereal, de un trabajador agrícola se ha centuplicado y la productividad del trabajo se ha multiplicado por cincuenta. Estos grandes procesos han tenido como consecuencia una importante disminución de los campesinos en la población activa, así como una fuerte rebaja de los precios reales de los productos agrícolas, sobre todo de los cereales.

En Estados Unidos, desde principios de siglo, el precio real del trigo se ha dividido prácticamente por cuatro, mientras que el maiz y el arroz lo han hecho por dos en cincuenta años. Sin embargo, a pesar de los miles de millones gastados en potenciar este modelo agrícola, lo cierto es que sólo se ha extendido en sectores muy limitados de los países desarrollados, ya que más de tres cuartas partes de los agricultores africanos y más de la mitad de los de Asia y América Latina, continuan trabajando con herramientas manuales y sólo entre el 30% y el 15% dispone de tracción animal.

A finales del siglo XX los agricultores mejor equipados de los países desarrollados y de algunos sectores muy reducidos de la agricultura de los países en vías de desarrollo pueden alcanzar una productividad neta de unos 5000 quintales (un quital son 100 kilos) de cereal por trabajador. Al mismo tiempo, en los países subdesarrollados, la gran masa de cultivadores sigue produciendo del orden de 10 quintales, es decir, existe una clara relación de 1 a 500. Este formidable avance de cierta forma de agricultura moderna no tiene en sí mismo ninguna razón para contribuir al desarrollo de otras agriculturas y no tendría porque ser censurado por ello. Sin embargo, la revolución de los transportes ha ido progresivamente poniendo en competencia a todas las agriculturas del mundo de forma que los menos productivos se han visto enfrentados a los bajos precios de los cereales y de otras materias primas básicas procedentes de los países ricos. Con el paso del tiempo y debido a que no están suficientemente protegidos, las agriculturas subdesarrolladas también se han visto sometidas a la fuerte baja tendencial de los precios agrícolas reales.

Esta tendencia a la baja no ha afectado sólo a los cereales sino también a los cultivos tropicales de exportación en competencia, bien por los cultivos mecanizados de los países desarrollados (remolacha contra caña de azucar, soja contra cacahuete y otros oleajinosos, algodón del sur de Estados Unidos contra el algodón del tercer mundo, etc...), bien por los productos industriales de recambio (caucho sintético contra hevea cultivada, textiles sintéticos frente al algodón, etc...). El precio real del azucar, por ejemplo, ha tendido a dividirse por tres en un siglo, mientras que el del caucho lo ha hecho por diez. Para algunos cultivos tropicales de exportación, como la banana o la piña, se han puesto en marcha nuevos medios de producción que han sido adoptados por una gran mayoría de grandes explotaciones capitalistas o estatales y por explotaciones de campesinos comodados. Incluso en estos casos han bajado los precios agrícolas reales como consecuencia de los gastos de producción. Así, a razón de 2.500 pesetas el quintal de grano, un cereagricultor bien equipado de Europa, produciendo él sólo 8.000 quintales por año (100 hectáreas por 80 quintales cada una), obtiene un producto bruto de 20 millones de pesetas. Después de deducir el valor de las amortizaciones y de los bienes y servicios utilizados, le quedan entre 10 y 12 millones de pesetas. Esta suma debe ser compartida por el propietario de la tierra si el agricultor es un arrendatario o aparcelo, con el baquero si está endeudado y con el fisco si está sometido a impuestos. Como media le quedarán entre 2 y 6 millones de pesetas por año para pagar su propio trabajo y para invertir.

Pagado de la misma manera (2.500 pesetas por quintal), un agricultor manual, indio, sudanés o andino, que produzca diez quintales netos al año, recibiría 2.500 pesetas si vendiera toda su producción, pero debe guardar siete quintales para alimentarse él y su familia.. Sus ganancias no pueden sobrepasar las 7.500 pesetas al año y eso a condición de que no pague arrendo ni intereses de préstamo, ni impuestos. En estas condiciones necesitaría toda una vida de trabajo, es decir, 33 años para comprar un par de bueyes y algún material de cultivo que le costaría unas 250.000 pesetas, suponiendo que pudiera dedicar todas sus ganancias a esta compra. Para comprar un tractor de 2.500.000 de pesetas necesitaría 300 años y 3.000 años para conseguir equipo completo de motomecanización por valor de 20.000.000 de pesetas y similar al de un agricultor norteamericano o europeo.

La unificación del mercado y la baja tendencial de los precios agrícolas reales no parece que vayan a llegar a los agricultores manuales por el camino de las inversiones productivas y de las ganancias. En productividad y rendimientos cada vez son menos capaces de invertir en la adquisición de un material competitivo e incluso de comprar semillas seleccionadas, fertilizantes o productos fitosanitarios. Estos campesinos empobrecidos se ven obligados a hacer grandes sacrificios para renovar mínimamente las herramientas indispensables, además han tenido que extender lo más posible los cultivos destinados a la venta e incluso como la superficie que podían cultivar con sus débiles herramientas, estaba limitada, no les quedó otro remedio que reducir la superficie dedicada a cultivos de subsistencia. Dicho de otra manera, el bloqueo de su desarrollo y la baja generalizada de los precios agrícolas se combinan para llevar al campesino mal equipado a una crisis que se manifiesta por la descapitalización, el subconsumo y la subalimentación. Estos campesinos tienen capacidad de trabajo reducida porque están mal equipados y alimentados por lo tanto concentran sus esfuerzos en las tareas mas inmediatamente necesarias para subsistir (preparar tierra, sembrar y recolectar), dejando de lado los trabajos de mantenimiento a medio o largo plazo del ecosistema cultivado. Por eso en ciertas zonas subdesarrolladas se degradan los acondicionamientos hidráulicos. En otras, para reducir dificultades de los desmontes, los campesinos roturan sectores cada vez más jóvenes lo que acelera la deforestación y la degradación de la fertilidad del suelo. No faltan lugares en los que la reducción del ganado vivo conlleva, lógicamente, a una disminución del abandono de las tierras de cultivo.

La degradación del ecosistema cultivado y el debilitamiento de la fuerza de trabajo también conduce a los campesinos a simplificar sus sistemas de cultivo en deprimiento de la diversidad y la calidad de los abonos utilizados. Este encadenamiento de causas y efectos junto con la casi desaparición de los productos animales, aumenta las carencias alimentarias en proteinas, minerales y vitaminas. Al explotar un medio cada vez más degradado, estos campesinos se ven obligados, más tarde o mas temprano, a endeudarse para poder subsistir durante los meses de descanso que preceden a la siguiente recolección. Muy a menudo, después de cobrar, apenas les queda para comer durante algunos meses. Entonces se ven obligados a endeudarse de nuevo pero con una mayor carga. Sus posibilidades de reembolso se reducen y llega un momento que no encuentran quien les preste. Ante esta situación no les queda más remedio que enviar a los miembros todavía válidos de sus familias a la búsqueda de ganancias exteriores. Si estas ganancias no bastan, no queda más que una salida: el éxodo hacia los suburbios urbanos, a menos que puedan dedicarse a los cultivos ilegales como la dormidera, el opio o la coca, por ejemplo. Y todo eso a condición de no verse condenado al hambre a causa de cualquier accidente climático (inundación, ola de frío, sequía...), biológico (enfermedades de las plantas, de los animales o de los hombres, invasión de predadores, plagas...), económico (mala venta de los productos, fructuaciones de los precios a la baja...) o políticos (guerra civil, paso de tropas, etc...).

En los países desarrollados, las decenas de millones de campesinos excluidos de la agricultura desde comienzos del siglo XX han sido, salvo en los periodos de crisis de los años 30 y posteriormente en 1975, progresivamente absorbidos por la industria y los servicios sin que por ello disminuyera la capacidad de producción de una agricultura cada vez más eficaz. Por el contrario, en la mayor parte de los países subdesarrollados este éxodo masivo se ha visto compensado por un aumento de la productividad agraria y las inversiones llegadas del mundo entero no han sido suficientes para absorver el flujo ininterrumpido de campesinos en busca de un nuevo medio de subsistencia.

Estas migraciones han tenido como consecuencia, durante las últimas décadas, un crecimiento desmesurado de las grandes urbes de América latina, África y Ásia, mientras que esas ciudades no disponían de las infraestructuras necesarias para acoger a los recien llegados ni tampoco industrias y servicios capaces de emplearles. Desde entonces la inmensa mayoría se ha visto abocada al paro o a los empleos precarios de las empresas del sector llamado informal o bien a los pequeños oficios producidos por la abundancia y la subdivisión hasta el infinito de las actividades de servicios. Y todo ello sin hablar de la prostitución, la delincuencia o la mendicidad.

En este contexto el salario diario de un temporero agrícola es apenas superior al precio de su alimentación cotidiana. El salario anual de un trabajador no cualificado se acerca al valor de una decena de quintales de cereales, unas 2.500 pesetas al mes. Lógicamente con eso es muy difícil alimentar a una familia de 4 o 5 personas. Esta es la razón de que el salario base pagado por una empresa nacional o extranjera, aunque sea la más moderna del mundo, no tenga relación con la productividad del trabajo en esta empresa, el salario se marca sobre el precio del mercado, de la mano de obra local, y se establece a menos de 18 por día, 30 o 40 veces menos que en los países desarrollados. Por otro lado, el bajo precio de la mano de obra poco cualificada reduce fuertemente los costes de producción, así como los precios de los bienes y servicios productivos y consumidos localmente. Consecuencia de ello es que también se mueven a la baja los salarios de otras categorías de empleados, por eso a cualificación y trabajo iguales, el empleado originario de un país subdesarrollado y que trabaje en su propio país para una firma u organización internacional 10 horas menos que se homologo en un país desarrollado.

En definitiva, hace falta decenas de años de trabajo de un campesino o de un asalariado de un país subdesarrollado para comprar el producto de un año de trabajo de un país desarrollado, o incluso, siguiendo con las comparaciones, también se puede indicar que sólo algunos días de trabajo de un asalariado o agricultor de un país rico, bastan para comprar el producto de un año de trabajo de un país en vías de desarrollo.

Dejando a parte los escasos países desarrollados ya industrializados a comienzos del siglo XX y a un pequeño grupo de países en vías de desarrollo provistos de actividades agrícolas relativamente productivas o de rentas comerciales o petrolíferas importantes, la gran mayoría de los países del mundo sólo han heredado un sector agrícola muy débil equipado e incapaz de financiar una modernización costosa, importada de los países desarrollados. Estos países están integrados en un sistema internacional de intercambio que les pone en concordancia con países que disponen de una agricultura mucho más productiva y de hecho se han convertido en países agrícolas empobrecidos poco o nada industrializado que producen poco, que disponen de débiles ayudas públicas y de pocos ingresos en divisas. Se trata de países endeudados que no tienen los medios para acumular un capital capaz de impulsar desarrollo real. Tampoco disponen de los medios para modernizar de forma suficiente sus infraestructuras y así atraer los capitales exteriores. En estos países, la crísis está presente desde hace tiempo y no son raros ni el hambre, ni las guerras en ellos, y la importancia y el desmoronamiento del estado son cada vez más manifiestos.

En estas condiciones la liberación de los intercambios comerciales impide cualquier política agrícola nacional que permita salir de la pobreza. Para dar a estos países empobrecidos una posibilidad de acumular algún capital y desarrollarse es necesario romper con un sistema mundial en que los precios agrícolas tienden a uniformarse y a bajar en términos reales reduciendo sus beneficios, a la medida de la indigencia de su herencia agraria. Por supuesto habría que promover un modelo más equitativo en el que los precios serían aumentados y diferenciados de forma que pudieran compensar los grandes obstáculos que representan la baja productividad y los deficientes equipos que sufren los países del sur.

Geografía Rural. Tema 3. Página 4