Descartes y la búsqueda del primer principio: el cogito

Ciencia. Saber. Método matemático. Indudabilidad. Duda metódica. Alma. Existencia

  • Enviado por: Listillo
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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  •     Descartes y la búsqueda del primer principio: el cogito.

  • De acuerdo con el espíritu de la época, en la que las matemáticas aplicadas a la ciencia están produciendo una revolución científica, Descartes va a intentar aplicar el método matemático a todos los campos del saber, incluida la filosofía.

    La cuestión así planteada va a centrarse en encontrar alguna verdad, o verdades, que siendo indudables sirvan de principio para poder deducir a partir de ellas todas las demás verdades que el espíritu humano es capaz de conocer.

    La característica esencial de lo buscado es su indudabilidad. Cualquier conocimiento que tengamos, en tanto que su verdad dependa de otro conocimiento, o sea conocimiento dudoso, no podrá ser principio del conocimiento humano.

    Si en verdad existen proposiciones primeras que fundamentan todo el resto del conocimiento humano, éstas tendrán que ser certezas cuya verdad no dependa de otras proposiciones sino cuya verdad se garantice por sí misma.

    Por ello, y de manera metodológica, comenzará poniendo en duda todos los supuestos conocimientos mantenidos hasta el momento. A este proceso se le denomina duda metódica, y su objetivo no es llegar al escepticismo, al contrario, se trata de llegar a un género de verdades que se encuentren más allá de toda duda posible, que podamos afirmar, sin ninguna duda, que son ciertos; y a partir de encontrar esas verdades primeras deducir desde ellas las demás.

    Revisando las distintas clases de conocimiento que usualmente se tienen se da cuenta que aquellas presuntas verdades que se suponen tales por la autoridad de los maestros y del saber antiguo son dudosas, es decir podrían ser falsas, luego de acuerdo al procedimiento de la duda metódica deben desestimarse.

    No se desestiman porque Descartes considere que son falsas, esas proposiciones podrían ser verdaderas, sino porque no puede demostrar que lo sean.

    Las personas podemos creer en la verdad de lo que nos dice un amigo, un familiar o un maestro, y además ser cierto que lo creído era verdad. Pero una cosa es creer y otra saber, y de lo que se trata aquí no es de en qué cosas que he creído ciertas he acertado en creerlas, sino de qué , con absoluta seguridad, que sea verdad.

    También deben descartarse todas las supuestas verdades que tienen su origen en los órganos sensoriales, y esto por tres motivos. El primero porque los sentidos a veces engañan, y por tanto podrían engañarme ahora, cuando percibimos.

    Es corriente la experiencia de haber tenido ilusiones perceptivas o incluso alucinaciones. Cuando tenemos una experiencia de ese tipo, por ejemplo cuando percibimos un palo semisumerguido y nos parece doblado, resulta ser contradictorio con nuestra experiencia del palo, que parece recto, una vez sacado completamente del agua. Luego de ahí se sigue que nuestro conocimiento, basado en la experiencia, puede ponerse en duda, y que si salimos de la duda tendrá que ser por algo que no es conocimiento de experiencia y que nos diga qué experiencia es la buena y cuál la mala.

    El segundo porque durante el sueño nos parece que percibimos cosas, y no podemos estar completamente seguros, seguros más allá de toda duda, que cuando creemos estar percibiendo no estemos en realidad soñando.

    Descartes no afirma que estemos soñando ahora, y más bien él cree que no lo estamos haciendo. Pero la cuestión no es, de nuevo, lo que creemos o dejamos de creer, sino lo que sabemos y dejamos de saber.

    ¿Sabemos con completa seguridad, no meramente creemos, que no estamos soñando ahora? Durante la mayoría de los sueños que tenemos creemos estar despiertos, creemos que las cosas que nos suceden son reales, y por eso nos dan miedo o alegría…, sin embargo, tras despertarnos, nos damos cuenta que nuestra creencia de que estábamos despiertos era falsa. Es decir, que creer que estamos despiertos no es lo mismo que saber que estamos despiertos; y por tanto ¿sabemos ahora, y no sólo creemos, que estamos despiertos? Descartes considera que no, aunque personalmente pueda creer -no saber- que está despierto.

    En el tercer argumento Descartes habla de la posibilidad de imaginar que exista un Genio Maligno, con un poder semejante al de Dios, que utilizara su poder para engañarme y hacerme creer que son ciertas cosas que no lo son.

    "Así pues, supondré que hay, no un verdadero Dios, -que es fuente suprema de verdad-, sino cierto genio maligno, no menos artero y engañador que poderoso, el cual ha usado de toda su industria para engañarme. Pensaré que el cielo, el aire, la tierra, los colores, las figuras, los sonidos y las demás cosas exteriores, no son sino ilusiones y ensueños, de los que él se sirve para atrapar mi credulidad. Me consideraré a mi mismo como sin manos, sin ojos, sin carne, sin sangre, sin sentido alguno, y creyendo falsamente que tengo todo eso." (Descartes, 1a Meditación, Meditaciones Metafísicas.

    Descartes no afirma que tal Genio exista realmente. Lo que Descartes sugiere es que, mientras no seamos capaces de demostrar que tal Genio no existe, entonces es que su existencia es posible -aunque sea todo lo improbable que se quiera- y si su existencia es posible entonces no sabemos que lo que nos parece estar percibiendo no sea más que una ilusión formada por el Genio, aunque creamos firmemente que no es así; pero de nuevo, una cosa es creer y otra saber; y de lo que aquí se trata es de si sabemos que lo que la experiencia nos muestra es real.

    La hipótesis del Genio Maligno no sólo alcanza en su duda a aquellas proposiciones cuya verdad se funda en la experiencia, sino que extiende su validez a aquellas proposiciones de la matemática que se establecen cuando operamos, y también a aquellas otras verdades de la lógica que establecemos tras un proceso deductivo.

    Cuando realizamos una suma matemática, por ejemplo la de 26+15, operamos por etapas, en la primera sumamos 6+5, obtenemos 11, escribimos un 1 y recordamos que nos llevamos una unidad; a continuación sumamos el 2 y el 1, obtenemos 3, y recordamos que nos llevábamos una de la suma anterior, y la añadimos, dando como resultado 4. Ahora bien ¿no podría el Genio Maligno engañar nuestra memoria para que cuando nos parece que nos había llevado 1 no fueran realmente 2?, o ¿no podría el Genio Maligno cambiar lo escrito en la primera operación -el 1- por otro número distinto para engañarnos en el resultado final de 41? Es decir, siempre que el proceso de conocimiento siga una serie de pasos, como cuando sumamos o cuando deducimos en lógica, es posible que el Genio Maligno altere nuestra memoria, o altere la información escrita, de manera que nunca tenemos la completa seguridad de que nuestras operaciones sean ciertas, al menos mientras exista la posibilidad de que un Genio tal nos engañe. Y de hecho, y sin tener que recurrir al Genio Maligno, Descartes señala que en ocasiones nos equivocamos al deducir o al sumar, luego no la verdad de esas operaciones no está sujeta a infabilidad.

    Pues bien, en ese estado de duda, que ya no sólo afecta a nuestro conocimiento de la experiencia, sino que alcanza a la matemática y a la lógica, cuando Descartes descubre su primera verdad.

    Descartes se encuentra dudando de todo, ahora bien, para dudar o incluso para poder ser engañado por el Genio Maligno es necesario que el sujeto que va a ser engañado exista; será necesario que el propio Descartes exista.

    Lo que Descartes está indicando es que si él no existe no puede ser engañado por el Genio Maligno, luego tiene que existir. Supongamos que el Genio Maligno quiere engañar a Descartes para que él piense que existe; no podría, porque para poder engañarle tiene, previamente, que existir; luego sólo si Descartes existe puede ser engañado, luego Descartes existe.

    O también, no es posible que Descartes dude de su existencia si él mismo no existe. Porque para dudar hace falta que alguien dude, y si Descartes duda de que existe, es que Descartes necesariamente existe, ya que duda y para dudar es necesario previamente ser.

    Para expresar esa primera verdad que ha hallado, Descartes, que está escribiendo en latín, afirma “cogito ergo sum”, que en general se traduce por “pienso luego existo”. Sin embargo, la palabra “cogito” no tiene una buena traducción al castellano. “Cogito”, no sólo hace referencia al pensamiento en sentido estricto, sino a cualquiera de los distintos actos psíquicos que puede realizar el sujeto, como amar, creer, imaginar, odiar…

    "Con el nombre de pensamiento, comprendo todo lo que está en nosotros de modo tal, que somos inmediatamente conscientes de ello. Así, son pensamientos todas las operaciones de la voluntad, del entendimiento, de la imaginación y de los sentidos. Mas he añadido inmediatamente, a fin de excluir las cosas que dependen y son consecuencias de nuestros pensamientos: por ejemplo, el movimiento voluntario cuenta con la voluntad, desde luego, como principio suyo, pero él mismo no es un pensamiento". Descartes, Meditaciones metafísicas. (Madrid, Alfaguara, 1978).

    Por tanto, la forma de “cogito ergo sum”, lo que afirma es que si hay un acto de conciencia -lo que Descartes denomina “pensamiento”- entonces el sujeto existe, ya que el acto de pensar exige un pensador que lo realice, o donde el pensamiento se dé.

    De igual manera que Aristóteles consideraba que los accidentes no podían existir por sí mismos, sino que necesitaban una sustancia física en la que darse, Descartes considera que los distintos actos de conciencia no pueden existir por sí mismos, y exigen la existencia de un yo -una especie de sustancia mental- en la que darse.

    Pues bien, la existencia del alma es tomada por Descartes como la primera verdad indubitable de su edificio[1]. Su originalidad no está en enunciar el cogito[2], sino en tomarlo como primer principio para deducir a partir de él el resto del conocimiento.

    Lo que Descartes ha demostrado que existe no es el cuerpo de la persona, ni nada semejante, es el sujeto pensante, luego ese "yo" del cogito queda reconocido como sustancia pensante independiente de cualquier cosa material, ya que para afirmarla no necesita, ni además podría afirmar, la existencia de algo material. Ese sujeto que existe —el alma— es distinto del cuerpo y autónomo respecto a él.