Filosofía y Ciencia


Desarrollo del conocimiento


DESARROLLO DEL CONOCIMIENTO

En América latina por mucho tiempo se ha venido desarrollando una tendencia a bajar la calidad de la educación de esta, pero ¿porque ocurre esto?, Tal vez seguimos la tendencia de hacer de la educación algo aburrido y sin propósito, por esto la educación en Latinoamérica no esta en el nivel que pudiéramos desear.

El desarrollo del conocimiento en un individuo va desde edades muy tempranas hasta su muerte:

1. Exploración:

En esta etapa de desarrollo podemos ver que el niño entre 3 a 24 meses empieza a explorar su entorno; lo recorre, lo analiza y lo conoce, esto permite que el niño tenga mas seguridad en sus movimientos y un aprendizaje por medio de experiencias puesto que por algo que le suceda al niño mientras recorre el espacio, el tendrá esa experiencia buena o mala y será mas cuidadosos en sus actos.

2. Contacto:

El niño ya tiene definido su entorno, en esta etapa os padres ya pueden estimular al niño a que reconozca cosas simples de la casa por sus nombres, también es adecuado comprarle al niño libros de dibujo puesto que con ellos el niño posteriormente tendrá afinidad con las labores en el colegio y desarrollara su capacidad motriz en el sostenimiento de un lápiz.

3. Colegio:

a. Etapa:

Aquí el niño entra a su grado de colegio inicial de aprendizaje en el cual aparte de tener contacto con más niños de su edad, explorara y aprenderá cosas nuevas a las que no tenia oportunidad en su casa.

En esta etapa es muy importante que los padres estimules a sus niños por ejemplo:

Cuando un niño haga algo bien lo feliciten y estimules, y cuando algo le salga mal, lo induzcan a corregir sus errores para que después lo pueda realizar bien.

b. Etapa:

El individuo deja de tomar las cosas como un juego y se empieza a preocupar mas por sus labore, le pone mas responsabilidad a las cosas que hace y se espera que siga con esta actitud por siempre.

4. Universidad:

El individuo ya esta completamente desarrollado en sus perspectivas y planea una carrera para posteriormente ocuparse laboralmente. El individuo deja el conocimiento general y se centra en el estudio de algo específico.

5. Experiencias:

Esta etapa es perdurable desde que se nace hasta la muerte ya que aquí se acogen todas las experiencias vividas en la vida de las que siempre se aprendió algo.

Para Piaget nos son 5 etapas como lo planteo sino 4:

'Desarrollo del conocimiento'

Piaget basa sus teorías sobre el supuesto de que desde el nacimiento los seres humanos aprenden activamente, aún sin incentivos exteriores. Durante todo ese aprendizaje el desarrollo cognitivo pasa por cuatro etapas bien diferenciadas en función del tipo de operaciones lógicas que se puedan o no realizar:

En la primera etapa, la de la inteligencia sensomotriz (del nacimiento a los 2 años aproximadamente), el niño pasa de realizar movimientos reflejos inconexos al comportamiento coordinado, pero aún carece de la formación de ideas o de la capacidad para operar con símbolos.

En la segunda etapa, del pensamiento preoperacional (de los 2 a los 7 años aproximadamente), el niño es capaz ya de formar y manejar símbolos, pero aún fracasa en el intento de operar lógicamente con ellos, como probó Piaget mediante una serie de experimentos.

En la tercera etapa, la de las operaciones intelectuales concretas (de los 7 a los 11 años aproximadamente), comienza a ser capaz de manejar las operaciones lógicas esenciales, pero siempre que los elementos con los que se realicen sean referentes concretos (no símbolos de segundo orden, entidades abstractas como las algebraicas, carentes de una secuencia directa con el objeto).

Por último, en la etapa de las operaciones formales o abstractas (desde los 12 años en adelante, aunque, como Piaget determinó, la escolarización puede adelantar este momento hasta los 10 años incluso), el sujeto se caracteriza por su capacidad de desarrollar hipótesis y deducir nuevos conceptos, manejando representaciones simbólicas abstractas sin referentes reales, con las que realiza correctamente operaciones lógicas.

Teorías de desarrollo:

Una teoría del desarrollo debe reflejar el intento de relacionar los cambios en el comportamiento con la edad cronológica del sujeto; es decir, las distintas características conductuales deben estar relacionadas con las etapas específicas del crecimiento.

La teoría de Freud sostiene que una personalidad sana requiere satisfacer sus necesidades instintivas, a lo que se oponen el principio de realidad y la conciencia moral, representados desde una perspectiva estructural por las tres instancias de la personalidad: el ello (fuente de los impulsos instintivos), el yo (instancia intermedia, que trata de controlar las demandas del ello y las del superyó adaptándolas a la realidad) y el superyó (representación de las reglas sociales incorporadas por el sujeto, especie de conciencia moral).

El centro fisiológico de los impulsos instintivos se modifica con la edad, y los periodos de los diferentes centros se denominan etapas. El `ello' de los recién nacidos, por ejemplo, alcanza la máxima satisfacción al mamar, actitud que define la etapa oral, primera etapa de las cuatro que permiten llegar a la sexualidad adulta. Freud integró así en su teoría las variables biológicas y las ambientales.

Desarrollo Infantil:

Los diversos aspectos del desarrollo del niño abarcan el crecimiento físico, los cambios psicológicos y emocionales, y la adaptación social. Muchos determinantes condicionan las pautas de desarrollo y sus diferentes ritmos de implantación.

Ambiente del individuo

Todos están de acuerdo en que las pautas del desarrollo del niño están determinadas conjuntamente por condiciones genéticas y circunstancias ambientales, aunque subsisten vehementes discrepancias sobre la importancia relativa de las predisposiciones genéticas de un individuo. La investigación de este problema ha sido abordada varias veces a través del estudio comparativo de las semejanzas y diferencias entre gemelos monocigóticos (univitelinos), que crecen en ambientes distintos, y gemelos que han crecido juntos.

La hipótesis subyacente a estos estudios es que si la carga genética es determinante, los gemelos que han sido separados serán tan similares en la mayoría de los aspectos medidos como los que han vivido juntos. Esta hipótesis asume la existencia de una clara diferencia entre los ambientes de los gemelos separados, algo que parece bastante cuestionable. Excepto en algún caso en el que el entorno sea especialmente hostil, las pautas y las medidas del desarrollo físico y motor parecen estar genéticamente controladas, pero las investigaciones también indican que ambas variables, genéticas y ambientales, contribuyen al comportamiento intelectual.

También existe un componente genético en los caracteres de la personalidad como la introversión/extroversión, nivel de actividad o predisposición a las psicosis. Con relación a este último aspecto, debemos señalar que, aunque se ha avanzado bastante en la identificación de las causas genéticas de las enfermedades mentales, aún es necesaria una mayor investigación para comprender mejor cómo actúan los condicionantes genéticos en los niños normales.

Actividad motora

Entre el nacimiento y los 2 años tienen lugar los cambios más drásticos en este terreno. El niño pasa de los movimientos descoordinados del recién nacido, en el que predomina la actividad refleja, (por ejemplo, el reflejo de prensión, que si se roza provoca el cierre involuntario de los dedos de la mano formando un puño), a la coordinación motora del adulto a través de una serie de pautas de desarrollo complejas. Por ejemplo, el caminar, que suele dominarse entre los 13 y los 15 primeros meses, surge de una secuencia de catorce etapas previas.

La investigación muestra que la velocidad de adquisición de las capacidades motoras es determinada de forma congénita, y que en su aprendizaje no influye la práctica. No obstante, si el sujeto es sometido a restricciones motoras severas, se alterarán tanto la secuencia como la velocidad de este proceso.

Después de adquirir las capacidades motoras básicas, el niño aprende a integrar sus movimientos con otras capacidades perceptivas, especialmente la espacial. Ello es crucial para lograr la coordinación ojo/mano, así como para lograr el alto nivel de destreza que muchas actividades deportivas requieren.

Formación de la personalidad

Las teorías de la personalidad intentan describir cómo se comportan las personas para satisfacer sus necesidades físicas y fisiológicas. La incapacidad para satisfacer tales necesidades crea conflictos personales. En la formación de la personalidad los niños aprenden a evitar estos conflictos y a manejarlos cuando inevitablemente ocurren. Los padres excesivamente estrictos o permisivos limitan las posibilidades de los niños al evitar o controlar esos conflictos.

Una respuesta normal para las situaciones conflictivas es recurrir a los mecanismos de defensa, como la racionalización o la negación (por ejemplo, rechazando haber tenido alguna vez una meta u objetivo específico, aunque sea obvio que se tuvo). Aunque todos hemos empleado mecanismos de defensa, debemos evitar convertirlos en el único medio de enfrentarnos a los conflictos. Un niño con una personalidad equilibrada, integrada, se siente aceptado y querido, lo que le permite aprender una serie de mecanismos apropiados para manejarse en situaciones conflictivas.

Inteligencia y aprendizaje

Debido a que el aprendizaje escolar depende, al parecer, de la capacidad de razonamiento verbal, el contenido de tests de inteligencia es muy apropiado, como demuestra la relación que hay entre los resultados de los tests de inteligencia y el éxito escolar. Sin embargo, las predicciones basadas exclusivamente en los tests de este tipo resultan imperfectas, porque no miden la motivación y el conocimiento sobre las capacidades necesarias para el éxito escolar es incompleto. Por otro lado, se ha cuestionado que los tests de inteligencia sean apropiados para niños de minorías étnicas, que pueden no responder adecuadamente a ciertos ítems debido a diferencias culturales o a la falta de comprensión del lenguaje empleado, más que por una deficiencia intelectual. Por ello, los tests de inteligencia deben interpretarse con sumo cuidado, dentro de un proceso de evaluación psicológica completo y profesional, y nunca de forma aislada, con capacidad explicativa y/o predictiva absoluta.

Relaciones familiares

Las actitudes, valores y conducta de los padres influyen sin duda en el desarrollo de los hijos, al igual que las características específicas de éstos influyen en el comportamiento y actitud de los padres.

Numerosas investigaciones han llegado a la conclusión de que el comportamiento y actitudes de los padres hacia los hijos es muy variada, y abarca desde la educación más estricta hasta la extrema permisividad, de la calidez a la hostilidad, o de la implicación ansiosa a la más serena despreocupación. Estas variaciones en las actitudes originan muy distintos tipos de relaciones familiares. La hostilidad paterna o la total permisividad, por ejemplo, suelen relacionarse con niños muy agresivos y rebeldes, mientras que una actitud cálida y restrictiva por parte de los padres suele motivar en los hijos un comportamiento educado y obediente. Los sistemas de castigo también influyen en el comportamiento. Por ejemplo, los padres que abusan del castigo físico tienden a generar hijos que se exceden en el uso de la agresión física, ya que precisamente uno de los modos más frecuentes de adquisición de pautas de comportamiento es por imitación de las pautas paternas (aprendizaje por modelado).

Relaciones sociales

Las escuelas de enseñanza primaria dedican todos los días cierto tiempo a jugar en el patio. Los educadores opinan que jugar es fundamental en todos los aspectos del desarrollo del niño.

Las relaciones sociales infantiles suponen interacción y coordinación de los intereses mutuos, en las que el niño adquiere pautas de comportamiento social a través de los juegos, especialmente dentro de lo que se conoce como su `grupo de pares' (niños de la misma edad y aproximadamente el mismo estatus social, con los que comparte tiempo, espacio físico y actividades comunes). De esta manera pasan, desde los años previos a su escolarización hasta su adolescencia, por sistemas sociales progresivamente más sofisticados que influirán en sus valores y en su comportamiento futuro. La transición hacia el mundo social adulto es apoyada por los fenómenos de liderazgo dentro del grupo de iguales, donde se atribuyen roles distintos a los diferentes miembros en función de su fuerza o debilidad. Además, el niño aprende a sentir la necesidad de comportarse de forma cooperativa, a conseguir objetivos colectivos y a resolver conflictos entre individuos. La conformidad (acatamiento de las normas del grupo social) con este grupo de pares alcanzará su cota máxima cuando el niño llegue a la pubertad, a los 12 años aproximadamente, y nunca desaparecerá del comportamiento social del individuo, aunque sus manifestaciones entre los adultos sean menos obvias.

Los miembros de los grupos de pares cambian con la edad, tendiendo a ser homogéneos (del mismo sexo, de la misma zona) antes de la adolescencia. Después pasan a depender más de las relaciones de intereses y valores compartidos, formándose grupos más heterogéneos.

Socialización

El proceso mediante el cual los niños aprenden a diferenciar lo aceptable (positivo) de lo inaceptable (negativo) en su comportamiento se llama socialización. Se espera que los niños aprendan, por ejemplo, que las agresiones físicas, el robo y el engaño son negativos, y que la cooperación, la honestidad y el compartir son positivos. Algunas teorías sugieren que la socialización sólo se aprende a través de la imitación o a través de un proceso de premios y castigos. Sin embargo, las teorías más recientes destacan el papel de las variables cognitivas y perceptivas, del pensamiento y el conocimiento, y sostienen que la madurez social exige la comprensión explícita o implícita de las reglas del comportamiento social aplicadas en las diferentes situaciones tipo.

Ahora se puede esperar que un individuo que siga todas estas etapas bien será a futuro un persona con un pensamiento desarrollado y conocimientos necesarios para ejercer el cargo de su interés.

El conocimiento (Epistemología)

Rama de la filosofía que trata de los problemas filosóficos que rodean la teoría del conocimiento. La epistemología se ocupa de la definición del saber y de los conceptos relacionados, de las fuentes, los criterios, los tipos de conocimiento posible y el grado con el que cada uno resulta cierto; así como la relación exacta entre el que conoce y el objeto conocido.

Los tres niveles de conocimiento:

'Desarrollo del conocimiento'

El ser humano puede captar un objeto en tres diferentes niveles, sensible, conceptual y holístico. El conocimiento sensible consiste en captar un objeto por medio de los sentidos; tal es el caso de las imágenes captadas por medio de la vista. Gracias a ella podemos almacenar en nuestra mente las imágenes de las cosas, con color, figura y dimensiones. Los ojos y los oídos son los principales sentidos utilizados por el ser humano. Los animales han desarrollado poderosamente el olfato y el tacto.

En segundo lugar, tenemos el conocimiento conceptual, que consiste en representaciones invisibles, inmateriales, pero universales y esenciales. La principal diferencia entre el nivel sensible y el conceptual reside en la singularidad y universalidad que caracteriza, respectivamente, a estos dos tipos de conocimiento. El conocimiento sensible es singular y el conceptual universal. Por ejemplo, puedo ver y mantener la imagen de mi padre; esto es conocimiento sensible, singular. Pero además, puedo tener el concepto de padre, que abarca a todos los padres; es universal. El concepto de padre ya no tiene color o dimensiones; es abstracto. La imagen de padre es singular, y representa a una persona con dimensiones y figura concretas. En cambio el concepto de padre es universal (padre es el ser que da vida a otro ser). La imagen de padre sólo se aplica al que tengo en frente. En cambio, el concepto de padre se aplica a todos los padres. Por esto decimos que la imagen es singular y el concepto es universal.

En tercer lugar tenemos el conocimiento holístico (también llamado intuitivo, con el riesgo de muchas confusiones, dado que la palabra intuición se ha utilizado hasta para hablar de premoniciones y corazonadas). En este nivel tampoco hay colores, dimensiones ni estructuras universales como es el caso del conocimiento conceptual. Intuir un objeto significa captarlo dentro de un amplio contexto, como elemento de una totalidad, sin estructuras ni límites definidos con claridad. La palabra holístico se refiere a esta totalidad percibida en el momento de la intuición (holos significa totalidad en griego). La principal diferencia entre el conocimiento holístico y conceptual reside en las estructuras. El primero carece de estructuras, o por lo menos, tiende a prescindir de ellas. El concepto, en cambio, es un conocimiento estructurado. Debido a esto, lo percibido a nivel intuitivo no se puede definir, (definir es delimitar), se capta como un elemento de una totalidad, se tiene una vivencia de una presencia, pero sin poder expresarla adecuadamente. Aquí está también la raíz de la dificultad para dar ejemplos concretos de este conocimiento. Intuir un valor, por ejemplo, es tener la vivencia o presencia de ese valor y apreciarlo como tal, pero con una escasa probabilidad de poder expresarla y comunicarla a los demás.

Un ejemplo de conocimiento holístico o intuitivo es el caso de un descubrimiento en el terreno de la ciencia. Cuando un científico dislumbra una hipótesis explicativa de los fenómenos que estudia, podemos decir que ese momento tiene un conocimiento holístico, es decir, capta al objeto estudiado en un contexto amplio en donde se relaciona con otros objetos y se explica el fenómeno, sus relaciones, sus cambios y sus características. El trabajo posterior del científico, una vez que ha vislumbrado una hipótesis, consiste en traducir en términos estructurados ( conceptos) la visión que ha captado en el conocimiento holístico, gracias a un momento de inspiración.

La captación de valores nos ofrece el mejor ejemplo de conocimiento holístico. Podemos ver a un ser humano enfrente de nosotros (esto es un conocimiento sensible o de primer nivel). Podemos captar el concepto de hombre y definirlo (esto es un conocimiento conceptual o de segundo nivel). Pero además, podemos vislumbrar el valor de este hombre en concreto dentro de su familia. Percibimos su valor y lo apreciamos. Esto es un conocimiento holístico o de tercer nivel.

La experiencia estética nos proporciona otro ejemplo de conocimiento holístico. Percibir la belleza de una obra de arte significa captar ese objeto sin estructuras, sin conceptos, simplemente deteniéndose en la armonía, congruencias y afinidades con el propio sujeto. Debido a esto, la experiencia estética se puede denominar también conocimiento por connaturalidad.

Posibilidades del conocimiento:

1.- El dogmatismo.

Para el, resulta comprensible el que el sujeto, la conciencia cognoscente, aprehenda su objeto, esta actitud se fundamenta en una confianza total en la razón humana, confianza que aún no es debilitada por la duda.

El dogmatismo supone absolutamente la posibilidad y realidad del contacto entre el sujeto y el objeto.

Para Kant el dogmatismo es la actitud de quien estudia la metafísica sin haber determinado con anterioridad cuál es la capacidad de la razón humana para tal estudio.

 2.-El escepticismo.

El dogmatismo frecuentemente se transforma en su opuesto, en el escepticismo. Mientras que el dogmatismo considera que la posibilidad de un contacto entre el sujeto y el objeto es comprensible en sí misma, el escepticismo niega tal posibilidad. El sujeto no puede aprehender al objeto, afirma el escepticismo. Por tanto, el conocimiento, considerado como la aprehensión real de un objeto, es imposible. Según esto, no podemos externar ningún juicio, y debemos abstenernos totalmente de juzgar.

Mientras que el dogmatismo en cierta forma ignora al sujeto, el escepticismo desconoce al objeto.

El escepticismo se puede hallar, principalmente, en la antigüedad. Su fundador fue Pirrón de Elis ( 360 a 270 ) . El afirma que no puede lograrse un contacto entre el sujeto y el objeto. La conciencia y cognoscente esta imposibilitada para aprehender su objeto. 

3.- El subjetivismo y el relativismo.

El escepticismo sostiene que no hay verdad alguna. El subjetivismo y el relativismo no son tan radicales. Con ellos se afirma que si existe una verdad; sin embargo, tal verdad tiene una validez limitada. El subjetivismo, como su nombre lo indica, limita la validez de la verdad al sujeto que conoce y juzga. El relativismo afirma que no existe alguna verdad, alguna verdad absolutamente universal.

El subjetivismo y el relativismo son análogos, en su contenido, al escepticismo. En efecto, ambos niegan la verdad; no en forma directa como el escepticismo, pero sí en forma indirecta al dudar de su validez universal.

4.- El pragmatismo.

El escepticismo presenta una actitud esencialmente negativa. Formula la negación de la posibilidad del conocimiento. El escepticismo adquiere un cariz positivo en el pragmatismo moderno. El pragmatismo, al igual que el escepticismo, desecha el concepto de la verdad considerado como concordancia.

El pragmatismo cambia el concepto de la verdad en cuanto que es originado por una peculiar concepción de lo que es el ser humano. Dentro de tal concepción el hombre no es primordialmente un ser especulativo y pensante, sino un ser práctico, un ser volitivo.

 

5.- El criticismo.

Existe una tercer postura que resolvería la antitesis en una síntesis. Esta postura intermedia entre el dogmatismo y el escepticismo recibe el nombre de criticismo. Al igual que el dogmatismo, el criticismo admite una confianza fundamental en la razón humana. El criticismo está convencido de que es posible el conocimiento de que existe la verdad. Pero mientras que tal confianza conduce al dogmatismo, a la aceptación candorosa, para decirlo en alguna forma, de todas las aseveraciones de la razón humana y al no fijar límites al poder del conocimiento humano, el criticismo pone, junto a la confianza general en el conocimiento humano, una desconfianza hacia cada conocimiento particular, acercándose al escepticismo por esto.

El criticismo examina todas y cada una de las aseveraciones de la razón humana y nada acepta con indiferencia.

 

Posición de algunos filósofos frente al conocimiento:

Para algunos autores, el fundamento de la posibilidad del conocimiento es la realidad, bien la sensible (como han defendido los filósofos de orientación empirista), bien la inteligible (como aquellos racionalistas que han defendido el carácter realmente existente de las entidades conceptuales o nociones generales).

El primer gran filósofo que abordó el estudio del conocimiento fué el francés René Descartes, en el siglo XVII. Descartes intentó descubrir un fundamento del conocimiento que fuera independiente de límites y supuestos. Para él, conocer es partir de una proposición evidente, que se apoya en una intuición primaria. Descartes formuló tal proposición en su célebre sentencia: "pienso, luego existo".

Kant negó que la realidad pudiera ser explicada mediante los solos conceptos y se propuso conseguir el mismo objetivo, pero intentando determinar los límites y capacidades de la razón. Si bien existen, efectivamente, juicios sintéticos apriori, que son la condición necesaria de toda comprehensión de la naturaleza (trascendentales), el ámbito del conocimiento de limita, sin embargo en el pensamiento de Kant, al reino de la experiencia.

Según el británico John Locke, representante moderado del empirismo, las impresiones de la sensibilidad sólo formaban la base primaria del conocimiento. El también británico David Hume y algunos autores neopositivistas posteriores consideraron, por el contrario, que las nociones de las ciencias formales no son empíricas ni conceptuales, sino formales y, por lo tanto, vacías de conocimiento.

De acuerdo con determinadas formas de empirismo existen otras experiencias además de la sensible, como la experiencia histórica, la experiencia intelectual, etc. En estas posiciones, a algunos de cuyos precursores - los alemanes Friedrich Nietzsche y Wilhelm Dilthey- difícilmente se les puede considerar como empiristas, el término experiencia se entiende en un sentido más amplio. Los autores más representativos de estas posiciones son el alemán Martin Heidegger y el francés Jean- Paul- Sartre, que defendieron posturas existencialistas; los estadounidenses John Dewey y William James, de orientación pragmatista; y el español José Ortega y Gasset, que mantuvo la postura que él llamó raciovitalismo, en la que vida y razón constituían los dos polos de su concepción del mundo.

Epistemología en el siglo XX

A principios del siglo XX los problemas epistemológicos fueron discutidos a fondo y sutiles matices de diferencia empezaron a dividir a las distintas escuelas de pensamiento rivales. Se prestó especial atención a la relación entre el acto de percibir algo, el objeto percibido de una forma directa y la cosa que se puede decir que se conoce como resultado de la propia percepción. Los autores fenomenológicos afirmaron que los objetos de conocimiento son los mismos que los objetos percibidos. Los neorealistas sostuvieron que se tienen percepciones directas de los objetos físicos o partes de los objetos físicos en vez de los estados mentales personales de cada uno. Los realistas críticos adoptaron una posición intermedia, manteniendo que aunque se perciben sólo datos sensoriales, como los colores y los sonidos, éstos representan objetos físicos sobre los cuales aportan conocimiento.

Un método para enfrentarse al problema de clarificar la relación entre el acto de conocer y el objeto conocido fue elaborado por el filósofo alemán Edmund Husserl. Perfiló un procedimiento elaborado, al que llamó fenomenología, por medio del cual se puede distinguir cómo son las cosas a partir de cómo uno piensa que son en realidad, alcanzando así una comprensión más precisa de las bases conceptuales del conocimiento.

Durante el segundo cuarto del siglo XX surgieron dos escuelas de pensamiento, ambas deudoras del filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein. Por una parte, la escuela del empirismo o positivismo lógico, tuvo su origen en Viena, Austria, pero pronto se extendió por todo el mundo. Los empiristas lógicos hicieron hincapié en que sólo hay una clase de conocimiento: el conocimiento científico; que cualquier conocimiento válido tiene que ser verificable en la experiencia; y, por lo tanto, que mucho de lo que había sido dado por bueno por la filosofía no era ni verdadero ni falso, sino carente de sentido. A la postre, siguiendo a Hume y a Kant, se tenía que establecer una clara distinción entre enunciados analíticos y sintéticos. El llamado criterio de verificabilidad del significado ha sufrido cambios como consecuencia de las discusiones entre los propios empiristas lógicos, así como entre sus críticos, pero no ha sido descartado.

La última de estas recientes escuelas de pensamiento, englobadas en el campo del análisis lingüístico (véase Filosofía analítica) o en la filosofía del lenguaje corriente, parece romper con la epistemología tradicional. Los analistas lingüísticos se han propuesto estudiar el modo real en que se usan los términos epistemológicos claves —términos como conocimiento, percepción y probabilidad— y formular reglas definitivas para su uso con objeto de evitar confusiones verbales. El filósofo británico John Langshaw Austin afirmó, por ejemplo, que decir que un enunciado es verdadero no añade nada al enunciado excepto una promesa por parte del que habla o escrib e. Austin no considera la verdad como una cualidad o propiedad de los enunciados o elocuciones.

 Si la epistemología - el estudio del conocimiento- constituye, por su propia naturaleza, una de las partes esenciales de la filosofía, la creciente importancia en la ciencia y la consiguiente necesidad de dotarla de sólidos fundamentos teóricos ha acrecentado aún más el interés por la misma en el moderno pensamiento filosófico.

 'Desarrollo del conocimiento'

Educación latinoamericana

'Desarrollo del conocimiento'

La educación y la filosofía en América latina necesitan estar mas ligadas para que los educandos comprendan la relación entre las dos, la enseñanza debe impartirse con filosofía.

No hay que confundir, sin embargo, el saber científico acerca de la educación con un saber particular, al distinguir la Ética de la prudencia, aunque toda ciencia práctica sea un saber ordenado a la acción, tiene como acto propio un conocimiento de dicho orden por sus causas; por eso es especulativo-práctico. Por el contrario, el saber práctico particular está ordenado a una acción concreta a realizar hic et nunc, aquí y ahora; de ahí que sea práctico-práctico. El teórico de la educación puede no saber enseñar a un grupo de niños de cinco años, ante el que se desenvuelve con perfecta soltura un maestro de aquilatada experiencia; de nuevo hay que recordar que el mejor conocimiento práctico es el más cercano a la acción, esto es, a lo particular.

Siendo, pues, práctico este saber científico acerca de la educación, y en base a lo ya explicado, deberemos atender ahora al fin de educar, dado que él constituirá el objeto formal de dichas ciencias.

Y lo que busca la educación es la adquisición de la virtud: “No tiende la naturaleza sólo a su generación [de la prole], sino también a su conducción y promoción hasta el estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud”.Mas es una adquisición que viene exigida por una indigencia, la de aquel que precisa ayuda para su perfeccionamiento y al que llamamos educando. Cuando esta indigencia desaparece entonces la educación pierde su razón de ser, siendo sustituida por el esfuerzo personal del que ya se vale por sí mismo. A esta necesidad de ayuda en aras a la consecución de la virtud la denominamos educabilidad y es el objeto formal bajo el que se estudia la acción educativa.

El nombre con que se suele denominar a esta ciencia de lo educable es el de Pedagogía (de paiz, paidos, , niño, y agein , conducir), pues estudia cómo llevar de la mano al niño por el camino de la enseñanza, hasta que aquél crezca y pueda ya ir por su propio pie.Se habla también de la Ciencia de la educación, nombre perfectamente válido al tratarse como hemos visto de una ciencia práctica interesada por las causas del quehacer educativo; el de Filosofía de la educación también es muy legítimo, pues dicha ciencia es de alcance filosófico al trabajar bajo la formalidad de lo perfectivo del hombre, de la virtud.

 La educación de sub. divide en ciencias, esto hace de la educación una forma practica de la pedagogía que se entrelaza con la experiencia y logra un mayor desarrollo de las capacidades de una educando.

Hay que advertir, sin embargo, que virtud se dice en varios sentidos. En efecto, la virtud propiamente dicha es la moral, siendo la intelectual virtud relativamente. Y si esto sucede con la virtud, también con la educación, que existe en función de aquélla; así será más educación ayudar al educando a formarse moral que intelectualmente. Educación es, por tanto, un concepto análogo fundamentado en los diferentes sentidos de virtud, siendo el primer analogado el que significa la formación moral.

En la educación distintos niveles de finalidad: la virtud moral, la virtud especulativa y la virtud artística. Sucede como en los diversos grados de captación formal propios de las ciencias teóricas; de ahí que podamos hablar asimismo de diferentes ciencias de la educación, las cuales no son especies particulares dentro de un género común, sino que se constituyen en función de su ordenación a una finalidad más o menos perfecta. Así, la ciencia que estudie la educación en su acepción más propia será una Pedagogía moral; deberá pertenecer, por tanto, a la Filosofía moral, al pretender ayudar a ordenar los actos de la voluntad. Le seguirá la Pedagogía especulativa, que tendrá como fin la virtud intelectual especulativa; al promover la ordenación de los actos cognoscitivos podremos decir que se integra en la Lógica. Por último tendremos la Pedagogía técnica, claramente ubicada en el ámbito de las mismas Artes a las que sirve.

Esta diversificación no quita valor a los nombres dados anteriormente para todas estas ciencias en común, aunque habrá que entenderlos entonces como términos análogos, igual que los de ciencia o de filosofía. De este modo, el de Filosofía de la educación convendrá sobre todo a la Pedagogía moral, que se da en el ámbito de la asimismo llamada Filosofía moral, lo que no impide que también se use para la Pedagogía especulativa y la técnica. A la hora, entonces, de escoger una expresión para referirnos habitualmente al saber sobre la educación lo haremos tomando la más rica y sugerente, pues "la denominación se toma de lo mejor";y ésta será la de Filosofía de la educación.

El reconocimiento de una Filosofía de la educación, así como la diferenciación jerarquizada entre una Pedagogía moral, otra especulativa y otra artística, nos parece una cuestión de suma importancia. El actual descrédito generalizado de la Filosofía en general y la hegemonía del positivismo científico han ocasionado, sin embargo, que la Pedagogía pierda raigambre filosófica, con lo que ello supone de ordenación a la virtud y a la perfección del hombre; en su lugar dicho saber se ha visto reducido al de una ciencia de lo cuantificable o de lo observable en el proceso educativo.

La pedagogía y su relación filosófica

Tras integrar las diversas ciencias pedagógicas en la Filosofía moral, en la Lógica y en el conjunto de las Artes, respectivamente, parece necesario hacer nuevas precisiones. En primer lugar en referencia a la relación entre Filosofía de la educación y Ética. Esta última es la ciencia de los actos voluntarios según su ordenación al bien; y como el bien máximo del hombre es su felicidad, éste se constituye en el fin último buscado por dicho saber. La Filosofía de la educación también pretende que los actos voluntarios estén ordenados al bien, pero de un modo particular. De entrada, la atención del saber pedagógico no se dirige hacia cualquier acto voluntario, sino hacia los del educador, por los que se ayuda al educando a crecer moralmente. La materialidad del objeto de estudio de ambas ciencias no es, pues, la misma: una se ocupa de todo acto voluntario, la otra exclusivamente de los actos del educador y del educando -los cuales, por supuesto, son voluntarios-.

La delimitación más particular del objeto material de la Filosofía de la educación permitiría hacer de ésta una mera parte subjetiva de la Ética, cuyo objeto material es más genérico; sucedería como cuando hablamos de una Ética familiar, profesional o política. Mas hay que decir que también difieren en lo formal. La Ética trata, en efecto, de los actos voluntarios en su moralidad u ordenación al bien. La Filosofía de la educación lo hace, por el contrario, en su educabilidad u ordenación a satisfacer una determinada necesidad, la de llegar a ser capaz de obrar virtuosamente. Por ello no se pretende en este caso la felicidad, sino una mayoría de edad moral en la que estar bien dispuesto para ir a la zaga de aquélla.

Esta subordinación de la educabilidad a la moralidad, en la que halla sentido, permite entender sin embargo que ambas formalidades no son del todo distintas. No es, en efecto, una subordinación extrínseca, tal que la educabilidad se ordene indirectamente a lo moral. Eso sucedería si la educación fuera una mera técnica; y no es así, como luego veremos con detenimiento. Por el contrario, todo acto educativo encuentra su calificación moral en su misma finalidad, en tanto que educativo, y no sólo en cuanto que acto voluntario; y es que no se dice que alguien eduque si enseña correctamente a robar, por ejemplo. La subordinación de la educación a la vida moral es, en consecuencia, intrínseca; decir entonces que educar es, en cuanto tal, una acción moral implica en el término una analogía de proporcionalidad propia, y no de atribución extrínseca.

Por todo ello, afirmamos que el saber pedagógico no es una parte subjetiva de la Ética, pues difieren en el grado de formalidad, pero tampoco una parte potencial, al convenir proporcionalmente ambas formalidades. Dicho saber no queda de este modo fuera de la Filosofía moral, sino que es una de sus partes integrales. Éstas son, según define el Aquinate, "aquellos elementos necesarios para el acto perfecto de la misma";y la educación es ciertamente imprescindible para la vida moral, pues "en las cosas que caen bajo el ámbito de la prudencia, nadie se basta a sí mismo".Por eso Santo Tomás considera que es parte integral de la prudencia la virtud educativa del maestro: "La prudencia, que es preceptiva, parece propia más bien de los maestros, llamados también preceptores".Y también la docilidad del discípulo: "Se da también, como hemos probado, en los súbditos a cuya prudencia corresponde la docilidad".De la misma manera, pues, concluimos que podemos considerar a la Filosofía de la educación como una parte integral de la Ética. Tal es la importancia del saber pedagógico, sin el cual la ciencia moral adolece de uno de sus auxiliares principales, aquel que inicia al hombre en su caminar hacia la felicidad.

 La pedagogía y su relación con la lógica:

Con todo lo anterior tenemos ya mucho ganado para nuestra reflexión sobre la relación de la Filosofía de la educación y la Lógica. Cuando el fin de la educación no es la virtud moral sino la intelectual especulativa, entonces dijimos que el saber pedagógico pasa a integrarse en la llamada por Santo Tomás Filosofía racional, esto es, en la Lógica. Ésta ordena los actos cognoscitivos en aras a conocer la verdad; por ello, aun siendo un arte dado su carácter práctico productivo, es por su finalidad teorética un arte especulativo o liberal.

La Pedagogía especulativa trata de ordenar los actos del educador para ayudar al educando, nuevamente, en su indigencia. En la medida en que no sea capaz de aprender por sí mismo -inventio-, se hace necesario recibir el auxilio -disciplina- del maestro. Nos volvemos a encontrar con un saber subordinado a otro, necesario el primero para la perfecta realización del segundo. Y la formalidad bajo la que ordenan los conocimientos no es exactamente la misma, pues dirigir la razón hasta el conocimiento de la verdad difiere del prepararla hasta poder buscar por sí misma aquella verdad. Mas no son tampoco del todo diferentes, y así no se dice que enseñe quien conduce a otro por el error, del mismo modo que no es virtud intelectual el conocimiento falso. Se trata, de nuevo, de una parte integral, no subjetiva ni potencial, del arte especulativo de la Lógica.

Y es por ello que el arte de enseñar la verdad encuentra su fundamento en el arte de descubrir la verdad, como tan acertadamente afirma el Aquinate: "El que enseña lleva a otro al conocimiento de lo que ignora siguiendo un proceso similar al que uno emplea para descubrir por sí mismo lo que ignora".La Lógica de la investigación se convierte, pues, en el modelo de la Lógica de la enseñanza, aunque ésta sea luego ayuda firme para quien inicia la andadura de la ciencia y aún no se ve capaz de descubrir la verdad por sí mismo. Educar en la verdad es, así, un ejercicio de Lógica en su acepción más rica. 

La pedagogía y su relación con las artes.

Cuando el fin de la educación es la virtud artística entonces, según ya afirmamos, la Filosofía de la educación deberá pertenecer a las artes. Estudiemos ahora la relación entre ambos saberes. Las artes ordenan los actos exteriores para la producción de unas determinadas obras, que son su fin. Dada la total dependencia de los actos exteriores a la razón, podemos entonces decir que las artes ordenan en realidad los actos cognoscitivos de aquel que va a realizar una obra. La virtud artística, ciertamente, no es virtud moral, sino intelectual. Este saber técnico puede adquirirse, igual que el especulativo, ya por uno mismo -inventio-, ya mediante la ayuda de un maestro -disciplina-. La Filosofía de la educación propia de este ámbito busca, precisamente, ordenar los actos del que enseña una determinada técnica, hasta conseguir que el aprendiz adquiera suficiente destreza como para valerse ya por sí mismo.

Del mismo modo que nos sucedió con anterioridad, nos encontramos ante un saber que se subordina a otro y que se requiere para la perfecta realización del segundo. Y tampoco dirigir la razón hasta la producción de una obra es lo mismo que perfecccionarla hasta la autonomía en la virtud artística; el arte y la Pedagogía técnica no trabajan bajo la misma formalidad. Ésta, no obstante, no es del todo diferente; en efecto, no enseña a conducir quien asegura a su alumno que debe cambiar de marcha sin pisar el embrague, pero sí, volviendo a un ejemplo anterior, enseña a robar adiestrando en la técnica del hurto -aunque no lo esté educando-.

Tenemos, entonces, que este saber pedagógico es parte integral, no subjetiva ni potencial, de las artes y, en concreto, del arte al que propiamente se ordene; así habrá una Pedagogía para la Medicina, otra para la Arquitectura, etc. Es muy diferente, claro está, el modo en que hay que enseñar a curar a un enfermo o a construir un edificio. De ahí, por ejemplo, que los antiguos gremios constituyeran sus propios mecanismos de formación, adaptados a sus características; el maestro preparaba al aprendiz en su particular oficio hasta que fuera capaz de trabajar por sí mismo -oficial- e, incluso, de enseñar a otros -maestro-.

Paulo freire un gestor de la nueva pedagogía en América Latina

Paulo Reglus Neves Freire nació en Brasil el 19 de septiembre de 1921 en la ciudad de Recife, capital del estado de Pernambuco. Este estado forma parte de la zona del Nordeste, región que hasta hoy se reconoce como la más pobre y la de peores condiciones de vida de todo el país. Así, podemos asegurar que Freire vio de cerca la miseria, marginación y explotación de los desposeídos brasileños y, seguramente, ése fue el origen de su incansable lucha en contra de la injusticia social, misma que se reflejó en el desarrollo de sus estrategias pedagógicas.

¿Por qué y para qué aprendemos?

Para Freire, aprender y enseñar son actos simultáneos: sólo se puede enseñar aprendiendo y cuando aprendemos también enseñamos. Una cosa no existe sin la otra. Lo anterior se debe, según la explicación freiriana, a que:

[...] fue aprendiendo socialmente como, históricamente, mujeres y hombres descubrieron que era posible enseñar. Fue así, aprendiendo socialmente, como en el transcurso de los tiempos mujeres y hombres percibieron que era posible -después, preciso- trabajar maneras, caminos, métodos de enseñar. Aprender precedió a enseñar [...].

Así, si aprender fue primero que enseñar, el educador no es tal si no está dispuesto a aprender con y de sus educandos, pues “nadie educa a nadie. Nadie se educa solo. Los hombres se educan juntos en la transformación del mundo”.

Por otro lado, no hay que olvidar que el ser humano, a diferencia del animal, tiene una relación activa con el espacio y con el tiempo, pues tiene la capacidad de transformarlos. En contraste, el animal se adapta a su medio sin otro móvil que su nato instinto (que no conciencia) de sobrevivencia, es un ser cerrado en sí mismo que no toma decisiones, no tiene finalidades, no es capaz de darle sentido al mundo, es ahistórico.

Por su parte, el hombre es un ser abierto que se integra al mundo creativamente, posee una captación reflexiva de lo que lo rodea, toma decisiones y responde a los desafíos que le son impuestos, por eso su vida es “existencia histórica”. En una interpretación muy personal del Génesis de la Biblia católica, me parece que comer del fruto del árbol prohibido, el árbol de la sabiduría, es una representación de esa transición del hombre de un ser ahistórico, de un animal, a un ser que se da cuenta de que su existencia es finita y que su relación con el mundo está ubicada en un tiempo y espacios específicos. Así, este nuevo ser pierde el “paraíso”, o sea, la comodidad de pertenecer a un mundo cuyas leyes son incuestionables e inmodificables y de las cuales él no es responsable. En cambio, podemos decir que nuestra especie se caracteriza por su capacidad de hacer conciencia de sí mismo y del mundo, conciencia que le permite no solamente estar “en” el mundo, sino estar “con” el mundo.

De esta manera, el hombre aprehende el mundo y aprende del mundo. Pero éste no es un aprendizaje solitario, es, como afirma nuestro autor, aprendizaje colectivo. Sólo después de que juntos mujeres y hombres tomaron conciencia de que aprendían del mundo, fue que descubrieron la posibilidad de enseñar.

'Desarrollo del conocimiento'

Escuela primaria itinerante Dandara, campamento Coqueiros do Sul, Rio Grande del Sur, Brasil.

Asimismo, es posible afirmar que el hombre no sólo tiene contacto con el mundo, sino que construye una relación con éste, relación que puede ser transformada ad infinitum. Por esta razón, Paulo Freire nos recuerda que somos seres inacabados, es decir, en constante formación y transformación. Nuestro eterno “estar siendo” nos convierte en seres con vocación, y es aquí donde Freire fundamenta su pedagogía para la liberación, pues afirma que nuestra vocación es, precisamente, la libertad.

Así, fundada en la libertad, la pedagogía de Paulo Freire se convirtió en un bastión fundamental de la educación popular, cuyo objetivo principal era (y sigue siendo) la superación de la opresión en la que viven las clases bajas de los países latinoamericanos y, en general, de los que forman parte del llamado Tercer Mundo. Entre las características más generales de la propuesta pedagógica del brasileño podemos mencionar que ésta se destaca por señalar la necesidad de la construcción de nuevas relaciones entre los sujetos y entre éstos y el saber. Por otro lado, Freire nos recordará, una y otra vez, que no podemos separar la práctica de la teoría. La práctica es para Freire la reflexión que deviene acción, y es sólo la acción la que nos puede llevar a la transformación social que la pedagogía liberadora busca.

Reseña de la educación en Latinoamérica

Desde finales del siglo XIX la escuela parecía atravesar por una crisis,4 se tenía la impresión de que algo no funcionaba, y peor, se pensaba que la escuela dificultaba más que facilitar el aprendizaje. A raíz de ello, surgieron varias corrientes que cuestionaban la escuela tradicional, es decir, una escuela con relaciones y métodos autoritarios, cuya realidad estaba al margen de la vida, fundamentada en la disciplina y el castigo y, entre otras cosas, con un método basado en el orden y la programación, donde el maestro tenía el papel principal, mientras los alumnos “debían acostumbrarse a hacer la voluntad más de otras personas que la suya propia”. Entre los críticos de esta escuela hay muchos nombres conocidos: Freud, Marx y Engels, Makarenko, Gramsci, Althusser, Bourdieu y Paulo Freire, entre otros.

En este contexto y desde América Latina, Freire lanzaba su crítica a la escuela tradicional. La escuela latinoamericana no sólo poseía todas las características arriba mencionadas, además estaba marcada por la colonización, pues apoyaba desde entonces la idea del pueblo como un objeto, una masa ignorante, y no como un sujeto.
En ese sentido, el pedagogo brasileño cree que la escuela debe dejar de responder a los intereses de los poderosos para ponerse a disposición de las clases populares, ayudar en el desarrollo de una conciencia crítica y formar parte de la lucha por la dignidad.

Así, la educación no constituía tan solo la “ambición de conducir al alumno al contacto con las mayores realizaciones de la humanidad” a través de la simple observación e imitación, educar debía significar:

Hemos señalado más arriba que Freire se preocupó por dejar claro que la realidad es modificable, pues, para el brasileño, un educando es el sujeto de la producción del saber (y no depósito de conocimientos), cuyo fin es ser sujeto de su propia historia, es decir, constructor de su propio proyecto histórico, ya que, explica, “mi presencia en el mundo no es la de quien se adapta a él, sino la de quien se inserta en él. Es la posición de quien lucha para no ser tan sólo objeto, sino también sujeto de la historia”.

Por todo lo anterior, podemos decir que Freire se muestra en contra de la ideología fatalista, es decir, en contra de la tendencia a pensar que el orden mundial en el que vivimos es natural e inevitable, en otras palabras, que es inmodificable.

La idea de Fukuyama sobre el “fin de la historia” es parte de esa corriente fatalista. Para él la derrota del socialismo real en 1989 significó el triunfo definitivo e incuestionable del capitalismo y de la universalización de la democracia liberal. Y no es que esto sea una desgracia completa, el problema es que proclamar al capitalismo como el mejor sistema mundial posible, sus vicios y defectos se vuelven también incuestionables, son los “males necesarios”. Ante esta perspectiva, no nos queda más que, como dice Eduardo Galeano, padecer la historia, y con ello, padecer la injusticia social, la pésima distribución de los ingresos, la cultura de consumo, etcétera.

De este modo, pensar que el capitalismo, o cualquier otro sistema económico-social, es imperfectible contradice la naturaleza inacabada del ser humano y su eterno “estar siendo”. En ese contexto el aprendizaje sería imposible, pues ¿qué se puede aprender de un mundo en el que ya se ha dicho todo, un mundo inflexible y hermético? ¿Acaso nos tendríamos que conformar con repetir lo que se ha dicho e imitar lo que se ha establecido como lo “mejor”? Freire no lo piensa así, no cree en el fin de la historia, no acepta el punto final que los poderosos le han puesto a una realidad que los favorece sólo a ellos. 

El constructivismo freiriano

'Desarrollo del conocimiento'

Haciendo un resumen somero, podemos decir que la pedagogía propuesta por Paulo Freire comprende, más o menos, las siguientes premisas:
a) Todos pueden aprender.
b) Todos saben algo.
c) El sujeto es responsable de la construcción de conocimiento y de darle un nuevo significado a lo que aprende.
d) Se aprende cuando el educando posee un proyecto de vida donde ese conocimiento es significativo.

En este tenor, educar y educarse se convierte en un acto político, en un acto creador, pues significa aprender a hacer una lectura crítica del mundo y, sobre todo, la capacidad de pasar de la inmersión en la realidad hacia el distanciamiento que nos permita la concientización, acción que precede a la transformación social. Hay que recordar que Freire pretende (y no lo insinúa, lo dice literalmente) el desarrollo de una pedagogía del oprimido, de la educación de y para los social y económicamente marginados. En esta línea, la concientización significa el reconocimiento de que se pertenece a una sociedad de opresores y oprimidos, y la posibilidad de desentrañar el tejido social que hace que ese tipo de socialización sea hegemónico, así como analizar y cuestionar el discurso bajo el cual los opresores legitiman su poder. Reflejo de esta visión es el sistema de alfabetización de adultos propuesto por Freire, cuya ejecución debe estar acompañada de:

1. Investigación temática. Se refiere a la elaboración de una biografía propia a través de un tema generador. El tema generador depende del momento específico que se vive y a través de él se pretende establecer un diálogo con el mundo que mediatiza al educando. Este paso significa, según Freire, el ingreso al universo temático del pueblo.

2. Tematización o decodificación de los temas que integran la realidad social y la vida de cada educando. Aquí, el educador identifica el universo de temas que los educandos exponen. Se trata también de hacer interactuar a los alumnos a través de la discusión sobre lo que han identificado como su visión de la realidad social.

3. Problematización o visión crítica de la realidad social del educando. En esta fase es donde se aspira a incentivar la acción hacia la libertad, ya que, a través de esta visión crítica “el hombre deja de estar atado a lo que es y percibe la necesidad de la lucha por lo que puede ser.”

Entonces, no sólo se trata de aprender a leer y escribir, la escuela debe ser un espacio donde analizo el entorno social en el cual me desenvuelvo, es un espacio donde hombres y mujeres aprenden a dialogar sobre sus experiencias de vida, pues, si no es para compartir mi experiencia y mi visión del mundo, ¿qué sentido tiene aprender a leer y escribir?, ¿leer y escribir sobre qué?, ¿para qué?

La idea anterior nos permite decir que la relación hombre-mundo está forzosamente acompañada de la relación hombre-hombre, cuya correspondencia está marcada por la comunicación, esto es, por la palabra. El lenguaje surgió ante la necesidad de dialogar con el otro, de pronunciar el mundo que percibíamos y cotejarlo con el mundo de los otros. Para Freire, la palabra es el vehículo necesario entre reflexión y acción, la palabra es praxis, es la posibilidad de, a través del diálogo que ella genera, transformar al mundo.

De esa premisa surge la teoría de la comunicación pedagógica de Freire, cuya proposición esencial es que la educación es diálogo, es el encuentro entre dos o más sujetos cuyo objetivo es la búsqueda colectiva de los significados sociales. Por ello, la educación no puede ser vista como una mera transmisión de conocimientos de un sujeto que sabe a otro ignorante (recordemos que todos sabemos algo), sino la coparticipación en el acto de comprender. En palabras llanas, la comunicación pedagógica de Freire recuerda que la educación es un acto comunicativo en el que los signos lingüísticos de educandos y educadores deben compartir un mismo universo. Esta comunicación es bilateral y sólo es posible con la comprensión de los condicionamientos socioculturales del educando. Educar no es invasión cultural, no es mesianismo, no es subestimación, es un proceso en el cual se respeta al alumno, es concientizar sin violentar la conciencia del otro.

Romper con las dicotomías tradicionales es romper con los métodos autoritarios. Nos referimos a los binomios que aseguran que el maestro educa mientras el educando aprende, el primero sabe, habla, disciplina y escoge los contenidos programáticos y el segundo ignora, escucha, se disciplina y se adapta a los contenidos. En cambio, la educación para la liberación niega la unilateralidad del aprendizaje entre educador y educando, despierta la creatividad y la reflexión, busca la comunión y la solidaridad, busca una relación horizontal entre profesor y alumno, pues no se puede aprender a ser democrático a través de métodos autoritarios.

Educación y movilización social: Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra

Según Sydney Tarrow, politólogo norteamericano, los movimientos sociales como hoy los conocemos se configuraron con el surgimiento del Estado Moderno hacia finales del siglo XVIII. En términos generales, este nuevo estado, si bien fundó el concepto de ciudadanía con el fin de desarrollar diferentes perfiles de individuos que sirvieran al Estado (soldados, pagadores de impuestos, obreros, etc.), el despliegue de los medios de comunicación y, junto con ello, la movilización de la opinión pública, devino en la organización de fuertes movilizaciones sociales. Lo que interesa resaltar aquí es la importancia de la difusión de la alfabetización durante este periodo que, junto con la difusión de los medios impresos, constituyó un elemento fundamental en la construcción de lazos entre comunidades alejadas, creando, como lo denomina Tarrow, “comunidades invisibles de discurso” o, lo que es lo mismo, “comunidades invisibles de lectores”, es decir, miles de hombres y mujeres que accedían a la misma información el mismo día. Por otra parte, los medios impresos no sólo conectaban a los miembros de la comunidad entre sí, sino que acortaban la distancia entre éstos y los gobernantes, pues se referían a estos últimos y a sus actividades en lenguaje común, además de conferir críticas y burlas acerca de su desempeño.

Asimismo, Tarrow señala las consecuencias que la posibilidad de leer trajo en términos de organización y política popular; al respecto afirma:

En resumen, podemos decir que ya la simple posibilidad de leer permite la entrada al mundo de la información y, por lo tanto, la oportunidad de dar nuestro punto de vista. Posteriormente, de esa capacidad de dar nuestro punto de vista sobre la realidad que nos rodea, surge lo que hoy se denomina opinión pública, base del ejercicio efectivo de la democracia.

En este sentido, tal como ocurriera durante la formación del Estado Nacional en el siglo XVIII, actualmente la capacidad de leer todavía es considerada por algunos movimientos sociales como una oportunidad para acceder a la información, a lo nuevo, al cambio y a la liberación.

Ejemplo claro de lo anterior es el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (mst) que, guiado por la pedagogía de Freire, acompaña su lucha por la reforma agraria en Brasil con un proyecto de educación popular. Así, mientras acampan a la orilla de las carreteras esperando localizar una tierra donde asentarse definitivamente y hacer lo que mejor saben hacer: sembrar la tierra, montan pequeñas escuelas que atienden las necesidades educativas de los hijos de los campesinos movilizados. Por ello, para muchos de los alumnos y monitores de las escuelas del mst, ser parte de los programas educacionales del movimiento.

De este modo, podemos decir que para el mst la escuela se convirtió en un apéndice necesario de la lucha por la tierra, esto es, se pasó de la conquista de la tierra a la conquista de la palabra. Leer y escribir, además de posibilitar la firma de los documentos del incra (Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria) y la lectura de los rótulos de los productos utilizados en la agricultura, significó la inclusión en el mundo letrado y con ello, la capacidad de demandar con la propia voz los derechos que hasta entonces se les habían negado.

En pocas palabras, revisar las ideas de Freire nos hace recordar el poder transformador que tiene la educación. Bajo su influencia las aulas pueden convertirse en trincheras en las cuales se pongan a prueba conceptos como ciudadanía, democracia, representación política y participación, y donde se desarrollen valores como la autonomía, la igualdad y la justicia.

En síntesis, podemos decir que la educación popular en general y en especial la inspirada en los ideales de Paulo Freire representa el paso de una escuela pública “atribuida” (por el Estado-nación) a una escuela pública “reclamada”. O, como lo dice Stephen Store (participante constante del Foro Mundial de Educación), el tránsito de lo que Touraine denominara “escuela de la sociedad” a una escuela construida por los actores sociales sobre la base de sus propias opiniones.

Problemas de la educación en Latinoamérica:

Particularmente en las últimas cinco

Décadas, ingentes recursos públicos han sido gastados en la provisión de la

Educación básica para niños, jóvenes y adultos; los años de escolaridad obligatoria

Han sido extendidos significativamente; se proveyó educación inicial y preescolar

A una gama cada vez más amplia de familias, especialmente de pocos recursos;

se ha facilitado el acceso de niños con deficiencias en el aprendizaje o minusválidos

a las aulas de América Latina; y se ha mejorado substancialmente la

igualdad de oportunidades educativas para los pobres, inmigrantes, niñas y mujeres,

así como para los indígenas. Sin duda el siglo veinte está marcado también

por la feminización de las matrículas educativas.

Junto con esta expansión de las oportunidades educativas, renovados esfuerzos

estatales se han llevado a cabo en la capacidad de retención de estudiantes en

los niveles inferiores y medios del sistema, y en la capacidad de promoverlos para

que continúen avanzando en el sistema escolar, llegando eventualmente al nivel

de estudios post-secundarios y completándolos cada vez en mayor cantidad

de casos. De igual modo, el tema de la calidad y relevancia de la educación ha sido

una preocupación secular de pensadores, intelectuales públicos, maestros y

maestras, sindicalistas educativos y miembros de las burocracias gubernamentales,

haciéndose eco de las necesidades expresadas cotidianamente en patios y aulas

escolares así como en foros públicos por padres y madres de familia, preocupados

por la educación de sus hijos.

La población latinoamericana aceptó el argumento de la Ilustración, ampliamente

diseminado por los estados liberales en el mundo entero, de que la educación

constituye una palanca para el progreso y un bien en sí mismo. Esta premisa

modernista se refuerza con los desarrollos teóricos de la economía de la educación,

cuyas repercusiones en América Latina serán revisadas más adelante en

este artículo. Pero lo central del mensaje es que no hay grandes probabilidades de

avance social sin mayores y mejores niveles educativos. Esto es, la educación

aparece no sólo como consumo sino como una inversión de enorme rentabilidad,

individual y social, con altas tasas de retorno, que varían según los niveles educativos.

Se concluye en este análisis que una población más educada será una población

con mayores niveles de tolerancia social y convivialidad, más productiva

y competitiva en los mercados nacionales e internacionales. En fin, para decirlo

en la jerga sociológica, a mayor educación mejor sociedad, compuesta por individuos

más plenos, responsables y productivos.

Esta expansión, diversificación y ampliación mundial de las oportunidades

educativas se ha visto también como una condición sine qua non para la expansión

de los imperativos categóricos kantianos de la justicia social y la responsabilidad

individual en la sociedad en su conjunto, especialmente en las distintas

versiones de los estados de bienestar social. La expansión y universalización de

la educación aparece así como un signo de la modernidad, un signo de mayor racionalidad

de la acción social, pero paradójicamente, también como una precondición

para que éstas se den.

Sin embargo, la equidad, la calidad (incluyendo efectividad, igualdad y eficiencia

en la gestión educativa de los sistemas) y la relevancia de la educación

continúan siendo cuestiones críticas de la educación. Especialmente hacia el fin

del siglo, los estados latinoamericanos, prisioneros de las contradicciones del desarrollo

latinoamericano y de sus propias lógicas del actuar burocrático, todavía

relamiéndose las heridas de la doble crisis de la deuda externa y el déficit fiscal

que se arrastra desde los ochenta1 como un yugo aparentemente imposible de superar,

encuentran cada vez más dificultades para atacar los problemas existentes.

en el mundo de la educación, fundamentalmente por las dificultades del financiamiento

educativo, pero como señalaremos más adelante, también en función de

filosofías políticas y agendas educativas que postulan una privatización de la educación

y el abandono de las responsabilidades estatales en la educación pública.

En este contexto, los logros de la expansión, diversificación y mejoramiento

de los sistemas educativos -lo que nos gustaría denominar, retóricamente, las

grandezas de la educación- son obscurecidos por las miserias perversas de la educación

latinoamericana. La educación elemental y secundaria de la región continúa

siendo segregada por clases sociales: los pobres estudian en la escuela pública,

y los sectores medios y altos florecen educativamente en instituciones privadas.

Con pocas excepciones en los países de la región, la educación inicial y

preescolar, decisiva en la constitución cognoscitiva de los niños y niñas, si bien

ha sido expandida notablemente en comparación con el principio del siglo, cuando

era privilegio de los sectores pudientes, no está al alcance de la mayoría de los

sectores pobres del continente. El analfabetismo continúa siendo un problema de

dimensiones, como una medusa de múltiples cabezas, en el que la desventaja de

las mujeres y los sectores indígenas con respecto de la distribución del resto de la

sociedad se agiganta. La educación bilingüe, si bien avanzó notablemente en las

ultimas tres décadas, no se encuentra siquiera a la altura de las necesidades de las

poblaciones indígenas. Lamentablemente, la educación de adultos, que había sido

central en las preocupaciones retóricas de ciertas alianzas gobernantes y movimientos

sociales en los sesenta y los setenta, se ha convertido en un área marginal

en los ochenta, a pesar de la demanda y envergadura del problema, languideciendo

prácticamente hacia el fin del siglo. En cierto sentido el analfabetismo

continúa siendo un problema con dimensiones mucho más complejas dadas las

demandas del alfabetismo cibernético y los avances de la comunicación. Así el

analfabetismo funcional, cibernético y computacional constituye un problema

educativo tan o más drastico de lo que fuera el analfabetismo funcional hacia

principios del siglo veinte. Como una tragedia griega del eterno retorno, y a pesar

de los avances en la escolaridad, volvemos a contemplar una crisis de la educación

de adultos de envergadura al internarnos en el nuevo siglo. La formación

docente, y especialmente el salario del magisterio, continúan siendo uno de los

nudos gordianos de la política educativa, mucho más acuciante frente a las transformaciones.

de la política estatal neoliberal. Las cuestiones de política curricular

para promover la formación científica y humanista de la población enfrentan desafíos

inusitados con los avances tecnológicos y la explosión del conocimiento en

un mundo progresivamente globalizado y segmentado por clases, distinciones raciales

y de género, con crecientes mercados regionales cada vez más alejados de

las dinámicas de la globalización, quedando literalmente ajeno a los circuitos de

producción, circulación y consumo del sistema mundial, con las repercusiones

educativas, sociales, políticas y económicas que esto implica. Las vinculaciones

entre educación y trabajo, con la caída en los mercados de trabajo y empleo, así

como con los crecientes niveles de pobreza, especialmente de los habitantes menos

educados de la región, constituyen otro tema acuciante de la política pública.

Nos despedimos del siglo con innumerables conflictos en la educación superior

latinoamericana: con estudiantes universitarios chilenos tomando las calles para

demandar más presupuestos; con las universidades públicas brasileñas recuperándose

después de varios meses de huelga sin conseguir la mayoría de los objetivos;

con la universidad de Buenos Aires amenazada por un recorte presupuestario

inusitado, frente a las demandas del FMI, a punto de cerrar sus puertas si el

ajuste económico se lleva a cabo al 1ro de octubre de 1999; y con la UNAM, al

momento que escribo este capítulo, en una huelga que ha durado ya diez semanas,

con paralización de labores y toma de las instalaciones por parte de un movimiento

social estudiantil que ha convocado en sus movilizaciones masivas a

más de un cuarto de millón de personas en las calles. Estas y muchas otras situaciones

similares en extensión y envergadura por la cuales han pasado los universitarios

de la región en los últimos años, muestran que la universidad pública latinoamericana

continúa su lucha por la identidad al confrontar el nuevo siglo, debatiéndose

entre su honrosa tradición reformista y las complejidades de negociar

con regímenes políticos cada vez menos adeptos a fortalecer la universidad pública,

y teniendo que entender y manejar las típicas presiones de la globalización

(y su repercusión en la política local) para la gestión universitaria.

Las grandezas de la educación pública de este siglo corren el gran riesgo de

ser obnubiladas por las miserias de políticas públicas que renuncian a su tradición

democrático-liberal, con el consabido daño en la formación de los ciudadanos,

una de las tareas centrales del estado en la educación. Este artículo busca presentar

evidencia empírica y argumentaciones normativas y analíticas, mostrando los

avances y retrocesos, las grandezas y las miserias de la educación latinoamericana;

realzando aquellas ideas que han dado frutos significativos y que contribuyeron

a crear tradiciones educativas de distinción; y señalando, en sus tramos finales,

algunos de los principales desafíos para la educación al internarnos en el nuevo

siglo. El riesgo que confrontamos, ostensiblemente, es que la ruptura del compromiso

por la educación pública pueda significar y anticipar la ruptura del pacto

democrático en las sociedades latinoamericanas.

Teorías de la educación en América Latina

Doy por una metáfora todos los silogismos, con sus ergos correspondientes

que le puedan garrapiñar en la garrafa escolástica; la metáfora: me enseña más,

me alumbra más y, sobre todo, encuentro calor debajo de ella, pues la imaginación

sólo a fuego trabaja.

Es conveniente, al principio del siglo XXI, hacer una reseña ilustrativa (que

dados los condicionantes de espacio de este artículo no puede ser exhaustiva) de

las ideas que animaron la formulación de política educativa y su crítica, o que tuvieron

impacto, de alguna manera, en la práctica y el pensamiento pedagógico latinoamericano.

Incluso corriendo el riesgo de hacer una economía de análisis que

violente la realidad más allá de lo aceptable en el trabajo académico, he preferido

s i n t e t i z a r, sin hacer justicia a estas ideas y tradiciones, el debate pedagógico en términos de grandes líneas de pensamiento. Tradiciones que en ocasiones se intersectan,

en ocasiones se oponen, en ocasiones gestan un sincretismo y un eclecticismo

tal en las políticas y el pensamiento de individuos e instituciones que permite que

los paradigmas toman prestados conceptos pedagógicos unos de otros, de manera

muy libertaria, en ocasiones sin método o rigor epistemológico alguno.

Pero ésta es justamente la naturaleza de la realidad, o por lo menos como la

podemos percibir a nivel de piel. Lo caótico, lo confuso, lo intenso y apasionado,

lo normativo, coexiste íntimamente con lo sistemático y metódico, lo ordenado,

lo sintético y analítico. Lo que sigue es un intento de formalizar brevemente los

trazos distintivos de cada tradición, sin pretender exhaustividad alguna.

Del positivismo pedagógico, el espiritualismo, el humanismo y el

normalismo a la economía de la educación y el capital humano

Los sistemas escolares de América Latina reflejan una mezcla extraordinariamente

ecléctica de pensamientos filosóficos y pedagógicos que, en compleja

amalgama, orientaron las discusiones en educación, especialmente al menos desde

la generación del ochenta hasta la aparición del modelo de la Escuela Nueva

en América Latina.

Una mezcla increíblemente interesante es el espiritualismo pedagógico, en

ocasiones vinculado a la educación católica, incluso de tono conservador, y la lógica

del positivismo pedagógico. Como señala Moacir Gadotti (1998), estas

orientaciones se nutren de los principios pedagógicos liberales, desde Rousseau,

pasando por Pestalozzi, Herbart, y las premisas educativas que emanaban de la

revolución francesa.

Es imposible dar cuenta en pocas páginas de la historia de las ideas pedagógicas

en América Latina. Quizá sea un quehacer imposible, a pesar de interesantes

intentos por sintetizar estos procesos desde una mirada histórica (En gran parte, esta tradición se mezcla con la práctica

del normalismo, la imagen sarmientina del maestro, o mejor dicho la maestra

como constructora desde sus aulas de la nación, forjadora de mentes y almas,

verdadera misionera de la Ilustración. Curiosamente, sobre los fundamentos positivistas

de la lógica del normalismo, luego de la transición cientificista de la

educación con la aparición a fines de los sesenta de la economía política de la

educación, las nuevas versiones del planeamiento educativo se apoyaron en principios

epistemológicos que tenían larga data en la región y los aggiornaron, terminando,

curiosamente, en una vuelta perversa de la historia, en las teorías del

capital humano. El normalismo buscaba un sistema homogéneo (ignorando en

gran medida las diferencias en los sujetos pedagógicos), un sistema donde hubiera

un gran nivel de control, y por tanto aceptaba un sistema de administración escolar

altamente centralizado y basado en las premisas del federalismo. Con un

gran sentido de optimismo en la tarea civilizadora de la escuela, principalmente,

y sin cuestionar los fundamentos oligárquicos de los regímenes conservadores

que animaron la fundación de la escuela moderna latinoamericana, el normalismo

adoptó, con las diferencias del caso y la lectura específica del liberalismo

adaptado a las necesidades conservadoras criollas, un modelo de cuño y orienta-

ción positivista para combatir las tendencias del curriculum tradicional humanista

o espiritualista que tuvo una vigencia histórica mucho más allá de sus posibilidades

heurísticas (Puiggros, 1990).

El positivismo responde a un conjunto de proposiciones científicas acerca de

cómo se lleva a cabo el trabajo científico. El conocimiento, por ejemplo, existe

en tres niveles distintos de abstracción, y por lo tanto de generalización: el nivel

de las observaciones particulares, el nivel de las leyes y generalizaciones empíricas,

y el nivel de las definiciones teóricas. En términos generales, las explicaciones

están basadas en la posibilidad de establecer regularidades, o un patrón de

uniformidades que pueden ser diferenciadas de las generalizaciones accidentales

o las leyes. En la medida que las explicaciones positivistas emanan de las ciencias

naturales y no de las ciencias sociales, la epistemología del positivismo se

confronta con el principio de la ambigüedad de las ciencias sociales. En las ciencias

naturales, un evento que no se conforma a una regla de universalidad invalida

la regla; en las ciencias sociales, éste es virtualmente el caso de cada evento,

en la medida que la realidad social es abierta, y cada evento es, potencialmente,

de naturaleza idiosincrásica.

Esto invita al positivismo a considerar nociones de modelos de probabilidad

estadística más que generalizaciones a partir de leyes. Estas leyes, a su vez, deben

ser diferentes que la generalización de observaciones empíricas, lo cual coloca sobre

el tapete el intrincado tema de cómo moverse del nivel de las observaciones

empíricas a las definiciones de causalidad sin tener que basarse en interpretaciones,

lo cual sería basarse en un modelo metafísico, algo inaceptable para los positivistas.

De aquí surgen los modelos hipotéticos deductivos, donde la realidad se

convierte en un conjunto de construcciones lógicas (o matemáticas, usando un lenguaje

diferente) más que en un conjunto de entidades reales. El problema, por momentos

indisoluble para el positivismo, es cómo diferenciar una observación de

una teoría, y de igual manera, cómo puede diferenciarse un juicio de valor de un

juicio empírico, otro de los temas de difícil tratamiento. Finalmente, para terminar

este breve r a n d e v o u z epistemológico, el positivismo tiene serias dificultades para

entender la transformación de eventos no lineales o la discontinuidad profunda de

los fenómenos de la vida real. De igual manera, la singularidad del investigador es

dejada de lado en función de una noción omnicomprensiva de objetividad social.

Pensadores pedagógicos positivistas argumentan que hay un orden social fundamental

motivando la dinámica de transformación de la realidad educativa. Este orden

es discernible con la aplicación rigurosa y objetiva del método específico de

las ciencias sociales. Este método, obviamente, refleja las premisas de todos los

métodos científicos vinculados al modelo de las ciencias naturales, esto es, un método

basado en el fundacionalismo, la objetividad, la búsqueda del control y la manipulación

de las variables, el experimentalismo (o mejor dicho, dada la historicidad

de los procesos sociales y las dificultades éticas de trabajar con sujetos humanos,

cuasi experimentalismo), la universalidad y la racionalidad.

La culminación de este proceso, que indefectiblemente tenía que liquidar los

sesgos espiritualistas del pensamiento pedagógico latinoamericano, y que afectaba

radicalmente la experiencia del normalismo, fue la teoría del capital humano.

Este modelo está basado en las teorías económicas neoclásicas que postulan

la benevolencia del auto-interés. Es decir, que los individuos son racionales, que

toman sus decisiones siempre en función de un cálculo económico deliberado

(aún cuando las decisiones que tomen sean equivocadas), y que la persecución de

intereses totalmente autocentrados resultará, en ultima instancia, en un beneficio

para la sociedad en su conjunto (The Economist, 1998: p. 80; Pescador, 1994: p.

167). Antes de ser una teoría sobre la inversión y el retorno de la educación, esta

teoría trataba de explicar que la tasa de expansión de la educación en el mundo

desarrollado ha sido el resultado de satisfacer la demanda creciente por trabajadores

con mayores y mejores habilidades y destrezas en un mercado de trabajo en

expansión y crecientemente diferenciado por especializaciones (Torres, Pannu y

Bacchus, 1993: 3-32). Como señala Pescador, “La definición tradicional del capital

humano comprende las habilidades, el talento y los conocimientos de un individuo,

y desde tiempo atrás los economistas identificaron varios procesos comunes

por medio de los cuales se lo adquiere, como son la educación formal, el

entrenamiento para el trabajo y la experiencia laboral. En vista de que es difícil

medir las habilidades y el talento de la persona, los economistas han identificado

al capital humano analizando solamente sus fuentes de inversión y particularmente

la educación. En gran medida, la bibliografía identifica la educación como un

capital humano antes que como una fuente del mismo” (1994: 161).

La teoría del capital humano considera que el gasto en educación de un individuo

consiste en dos componentes, uno de consumo y otro de inversión En última instancia, todo se basa en una teoría de la elección (rational

choice) y la maximización de las utilidades bajo ciertas restricciones. De

aquí surge entonces el poderoso concepto de las tasas de retorno a la inversión en

la educación, que desde que se diseminaron en los ambientes burocráticos-educativos

de América Latina han constituido una referencia ineludible en las tomas de

decisiones educativas.

Las tasas de retorno o tasas de rentabilidad permiten calcular los resultados

económicos a partir de los costos en que incurrimos en la educación tanto de los

individuos (tasa de retorno privada) como de la sociedad (tasa de retorno social).

Uno de los resultados más interesantes de este modelo es que:

a) no todos los niveles educativos tienen el mismo tipo de rentabilidad en la inversión (bajo la premisa

de la utilidad marginal en el resultado posible al invertir una unidad más de

un producto específico; en este caso, se mide aproximadamente la utilidad marginal

de un individuo al decidir tener un año adicional de educación);

b) “el costo de oportunidad tiende a disminuir en la medida en que se va extendiendo cada

nivel de educación”

c) hay un fuerte sesgo en los modelos de inversión donde se considera que virtualmente todos los ingresos “constituyen

exclusivamente rendimientos de la inversión en alguna forma de capital humano”

En los modelos de distribución del ingreso, la teoría del capital humano argumenta

que “Los ingresos de las personas constituyen así el rendimiento de sus

inversiones en capital humano, por lo que su distribución depende de la distribución

de la inversión de capital humano y de su tasa de rendimiento correspondiente”

La Escuela Nueva

Como señala acertadamente Moacir Gadotti, el movimiento de la “Escuela

Nueva” que tiene en el filósofo y pedagogo norteamericano John Dewey a uno de

sus pensadores señeros, pero proviene de una distinguida tradición a la cual se

puede vincular a intelectuales de la talla de Adolphe Ferrière, Édouard Claparède,

Jean Piaget y Willian Heard Kilpatrick, representa el movimiento más vigoroso

de renovación de la educación después de la creación de la escuela pública

burguesa .Gestando una pedagogía directivista sui gene -

ris centrada en el niño y no en la tarea directivista e instruccional del maestro, la

filosofía de la Escuela Nueva proponía que la educación fuera la propulsora del

cambio social valorando la autoformación y la actividad espontánea de los niños.

Este modelo hace de la experiencia y la actividad los dos pilares pedagógicos.

Se aprende haciendo, podría ser la máxima de Dewey, quien, basado en una

postura pragmática, buscaba aumentar el rendimiento del niño a partir de su experiencia

y de seguir los propios intereses vitales del mismo. Los principios de

iniciativa, originalidad y cooperación pretendían liberar las potencialidades del

individuo y de esta manera cambiar el orden social, tratando de que la educación

reformulara la democracia (Dewey, 1981). Obviamente, el impacto de este pensamiento

en los ambientes pedagógicos latinoamericanos todavía resuena con

enorme fuerza. Por ejemplo, es poco conocido el hecho de que Dewey fue consultado

inmediatamente después de la Revolución Mexicana acerca de cómo

adaptar los principios de la Escuela Nueva a los principios educativos de la revolución.

Es mucho más conocido, sin embargo, el impacto que tuvo la Escuela

Nueva en Brasil con la gestión de Anixio Texeira, asociado con la modernización

de la educación brasileña, llegando incluso a reverberar en algunas de las posiciones

que luego tomaría Paulo Freire4.

Dusell y Caruso señalan que a pesar del impacto que en última instancia tuvo

la noción de Escuela Nueva, en las primeras décadas del siglo pasado fue un

pensamiento marginal. “No es sorpresa que durante las primeras décadas de este

siglo la difusión de las ideas de Dewey fueron lideradas por pedagogos liberales

y radicales quienes, de distintas maneras, confrontaron el status quo. Muchos de

ellos consideraban el sistema educativo norteamericano y las pedagogías provenientes

de Estados Unidos como un modelo ejemplar para reformar un país donde

la oligarquía dueña de la tierra gobernaba una democracia fraudulenta. Industrialismo

y participación popular eran las luces de la ciudad para ellos. Sin embargo,

su admiración global los llevaba a no considerar las diferencias y las luchas

que habían dado forma al curriculum norteamericano” (Dussell and Caruso,

Luego de la segunda guerra mundial se dio una renovada incorporación de

Dewey en el panorama pedagógico latinoamericano, como filósofo pragmático,

pero sin socavar definitivamente las posiciones del espiritualismo y del humanis-

mo, todavía enclaustradas en la educación, especialmente del Cono Sur (Dussell

and Caruso, 1997). La aparición de los modelos de educación popular y de Paulo

Freire en las álgidas décadas de los sesenta y setenta alteró radicalmente las

propuestas educativas. Sin embargo, es claro que tanto las propuestas espiritualistas

autoritarias como las humanistas continúan reapareciendo en los ambientes

pedagógicos latinoamericanos, especialmente las primeras asociadas a experiencias

dictatoriales.

Freire y su pedagogía popular.

La Educación Popular nace de modelos radicales de educación, muchos de

ellos vinculados a las experiencias de Paulo Freire en Brasil en los sesenta. Las

características comunes de la educación popular han sido discutidas por distintos

analistas y sintetizadas en otros lugares (Gadotti and Torres, 1993; Torres,

1995[a]; Torres, 1995[b]).

La Educación Popular surge de un análisis político y social de las condiciones

de vida de los pobres y de sus problemas más visibles (malnutrición, desempleo,

enfermedades), e intenta gestar el esclarecimiento, a nivel de la conciencia

individual y colectiva, de estas condiciones. Basa sus prácticas educativas en experiencias

colectivas e individuales, tomando muy en serio el conocimiento previo

adquirido por las poblaciones, y trabaja en grupos más que sobre una base individual.

El concepto de educación que estos proyectos ofrecen está íntimamente

relacionado con habilidades o calificaciones concretas que se intenta enseñar a

los pobres (por ejemplo la lectoescritura y la aritmética). Se busca inspirar en los

participantes un sentido de orgullo, dignidad y confianza en sí mismos para que

alcancen un nivel político y social de autonomía. Finalmente, estos proyectos

pueden ser originados por gobiernos con relación a proyectos de desarrollo rural

integrado, como en Colombia y la República Dominicana (Torres, 1995[b]); como

la experiencia misma de Paulo Freire al frente de la Secretaría Municipal de

Educación de São Paulo 1989/1991 durante la administración del Partido Dos

Trabalhadores (PT) lo demuestra (O'Cadiz, Wong and Torres, 1998); como en Nicaragua

con colectivos de educación popular (Arnove, 1986). Pueden dirigirse

tanto a adultos como a niños.

Para el enfoque que tiene en Paulo Freire y la pedagogía del oprimido un emblema

pedagógico (Torres, 1995[c]; Gadotti, 1989; Rodrigues Brandão, 1981),

los principales problemas de la educación no son metodológicos o pedagógicos,

sino políticos. Los programas educativos que se diseñan inspirados por este modelo,

con fuerte presencia histórica en el campo de la educación de adultos y la

alfabetización, tratan de constituirse en instrumentos o mecanismos de colaboración

político-pedagógica con los sectores socialmente subordinados. Es una pedagogía

para la transición social, y por lo tanto define su actividad educativa como una “acción cultural” cuyo objetivo central puede resumirse en el término

“concientización.” En su versión más radical, la especificidad de la concientización

reside en el desarrollo de la conciencia crítica como conocimiento y práctica

de clase, es decir, aparece como parte de las `condiciones subjetivas'del proceso

de transformación social. En términos estrictamente educativos, su intención

es una pedagogía no autoritaria. Docentes y estudiantes son a la vez estudiantes

y docentes, con status similar, y están vinculados por un diálogo pedagógico caracterizado

por una relación horizontal. El programa educativo puede llevarse a

cabo tanto en un aula como en un “círculo de cultura”, y la transmisión de ideas

y conocimientos sucede a partir de compartir “el conocimiento del conocimiento

anterior” de los educandos. Entre las principales características de este enfoque

se encuentra su resistencia histórica, atemperada en alguna que otra ocasión, a la

vinculación con el aparato del estado capitalista y a la organización burocrática

de la práctica educativa. En la medida en que el estado y la escuela representan

lugares donde se cancelan relaciones de dominación, esta pedagogía aboga por la

creación de alternativas no académicas pudiendo llegar en ocasiones, como lamentó

Freire en una conversación conmigo, al “basismo”, o la celebración acrítica

del conocimiento popular como única fuente del trabajo pedagógico (Torres,

1994[c]) y de alternativas no-estatales insertas en el corazón de la sociedad civil.

En consecuencia, muchos de sus representantes trabajan política y profesionalmente

cerca de partidos políticos, universidades y centros de investigación, así

como en organizaciones de base de las iglesias. Esta pedagogía, personalizada en

la figura del filósofo de la educación y pedagogo Paulo Reglus Neves Freire, fue

desarrollada inicialmente en Brasil y en Chile, difundiéndose con vigor en el Cono

Sur y llegando a México, Estados Unidos y Canadá, pero influyendo en innumerables

programas educativos en todo el planeta; basta citar sólo algunos, como

las campañas de alfabetización en Guinea-Bissau, São Tome Principe, Granada,

Nicaragua y México, o los programas de educación de adultos en Tanzania y Sudáfrica.

Claramente, este ideario pedagógico, vinculado a la noción de la revolución

cultural de los sesenta, es un modelo diametralmente opuesto a la agenda predominante

neoliberal en la educación latinoamericana, la cual constituye, paradójicamente,

la culminación de las posturas más conservadoras y capitalistas en el

mundo entero, y una flagrante contradicción con la tradición liberal y el espíritu

de la educación pública, obligatoria y gratuita que predominó en el continente en

este siglo5.

Valga señalar, a su vez, como precaución, que si bien ésta es una agenda íntimamente

vinculada a los principios económicos neoclásicos que prevalecen en

diversas instituciones regulatorias del capitalismo como el Banco Mundial, el

Fondo Monetario Internacional y diversas fundaciones del mundo capitalista industrial

avanzado y organismos de ayuda bilateral, tiene una “afinidad electiva”,

para usar un lenguaje weberiano, con las posturas de los gobiernos neoliberales

de la región, la mayoría de los cuales adoptaron los grandes lineamientos de esta

agenda, o como en el caso de una tradición liberal distinguida como la mexicana

de la post-revolución. El neoliberalismo desde el gobierno de Salinas de Gortari

condicionó fuertemente los límites y posibilidades de la transformación educativa

en el país.

Tabla de Contenido

I. Desarrollo del Conocimiento

1. Etapas de desarrollo según Piaget.

2. Teorías de desarrollo

3. Desarrollo infantil

4. Ambiente del individuo

5. Actividad motora

6. Formación de la personalidad

7. Ambiente y aprendizaje

8. Relaciones Familiares

9. Relaciones Sociales

10. Socialización

II. El Conocimiento (Epistemología)

1. Niveles del conocimiento

2. Posibilidades del Conocimiento

3. Posición de algunos filósofos frente al conocimiento

4. Epistemología en el siglo XX

III. Educación latinoamericana

1. La pedagogía y su relación filosófica

2. La pedagogía y su relación con la lógica

3. La pedagogía y su relación con las Artes

4. Paulo freire un gestor de la nueva pedagogía en América Latina

5. Reseña de la educación en Latinoamérica

6. El constructivismo Freiriano

7. Educación y Movilización Social

8. Problemas de la educación en Latinoamérica.

Prologo

La calidad de la educación en Latinoamérica no es la que debería ser puesto que algunos educadores no practican una buena filosofía al enseñar, por esto hacen de la educación una practica aburridora y en la cual muy pocos están interesados.

Las personas que tiene la posibilidad de estudiar deben interesarse más en ello, porque en nuestro país hay muchas personas que no pueden estudiar por diferentes causas.

Que los educandos no estén interesados en el saber, hace que nuestro país siga siendo un país mediocre dirigido por líderes mediocres; Que no se interesan en la educación y en la cultura sino en el deporte y el entretenimiento mediocre.

Conclusiones

1. Para que nuestra situación actual mejore debemos interesarnos más por el saber y por nuestro conocimiento.

2. Paulo Freire hizo de la educación algo mas atractivo para los jóvenes latinoamericanos.

3. Para tener unos buenos lideres hay que fomentar al los niños para que lean y aprendan mas sobre su país.

Objetivos

1. Comprender las etapas del desarrollo de un individuo en relación con su conocimiento.

2. Analizar el por que de las problemáticas en América latina.

3. Entender la pedagogía de Paulo Freire para mejorara la instrucción actual hacia los educandos.

Introducción

La educación en una fuente importante de saber, con la cual el individuo puede planear y construir su vida, según el filosofo Paulo Freire el individuo es responsable de su conocimiento, esto quiere decir que aunque algunas personas no tengan los recursos para educarse esto no impide que incrementen sus conocimientos puesto que el interés mismo del individuo hace que este aprenda.

Aquí podemos ver que todo individuo tiene un pensamiento y que lo puede utilizar en la forma que el quiera, el conocimiento en una forma de filosofía que se va desarrollando desde el nacimiento y nunca termina.

Christian camilo sanchez gomez

chacrisco@hotmail.com


LA EDUCACIÓN Y LA FILOSOFÍA LATINOAMERICANA

Bibliografía




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Enviado por:Kmilo
Idioma: castellano
País: Colombia

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