Del zarismo al socialismo en Rusia

Lenin. Stalin. URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Tercera Internacional. Estalinismo. Economía planificada. Dictadura política

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Tema 7. Del zarismo al socialismo en Rusia

Lectura 16. De Lenin a Stalin

1. Los primeros años de la URSS (1921-1928).

A. La formación de la URSS y la Tercera Internacional.

a. La revolución mundial y la Tercera Internacional o Comintern.

La revolución mundial que justificaba la decisión de Lenin de implantar en Rusia el socialismo no se produjo y eso condenó a la Rusia soviética a sufrir, durante una generación, un aislamiento que acentuó su pobreza y su atraso. Su posibilidad de desarrollo quedó muy limitada. Pero una oleada revolucionaria barrió Europa en 1918-19 y las esperanzas bolchevi­ques no parecían irreales. En enero de 1918, mientras Rusia negociaba la paz con el ejército alemán que avanzaba hacia sus fronteras, Europa central sufrió una oleada de huelgas y manifestaciones antibelicistas que se inició en Viena y llegó a través de Budapest y de los territorios checos hasta Alemania, culminando en la revuelta de la marinería austrohúngara.

En septiembre, los soldados búlgaros regresaron a su país y proclamaron la república, pero fueron desarmados con ayuda alemana. En octubre, se rompió la monarquía Habsburgo, tras las derrotas en Italia, creándose varios Estados nuevos confiados en que los aliados los preferirían al peligro de revolución. La primera reacción occidental ante el llamamiento bolchevique a los pueblos para hacer la paz (y ante su publicación de los tratados secretos en los que los aliados habían decidido el destino de Europa) fueron los Catorce Puntos de Wilson, en los que se jugaba la carta del nacionalismo contra el internacionalismo de Lenin.

Esta revolución que había derribado todos los regímenes entre Vladivostok y el Rin era una revuelta contra la guerra, y la firma de la paz diluyó gran parte de su carga explosiva. Además, su contenido social era vago, excepto en el caso de los soldados campesinos de los imperios austrohúngaro, zarista y turco, y en los pequeños Estados balcánicos. Para calmar su descontento fue preciso adoptar medidas de reforma agraria incluso en países conservadores como Rumania y Finlandia. La creación de nuevos pequeños Estados, aunque no sirvió para acabar con los conflictos nacionalistas en esos países, frenó el avance de la revolución bolchevique. Naturalmente, ésa era la intención de los aliados negociadores de la paz.

Por otra parte, el impacto de la revolución rusa en la Europa de 1918-1919 era tan evidente que alentaba en Moscú la esperanza de extender la revolución. El imperio alemán era un Estado con una gran estabilidad social y política, donde existía un movimiento obrero fuerte, pero moderado. A diferencia de los imperios zarista, austro-húngaro y turco, o de los atrasados pueblos balcánicos, en Alemania no cabía esperar insurrecciones. La mayoría de los soldados, marineros y obreros revolucionarios alemanes eran tan respetuosos con la ley como los retrataban los chistes que contaban los revolucionarios rusos (“si un cartel prohíbe pisar el césped, los alemanes sublevados tendrán buen cuidado de andar por el camino marcado”).

A pesar de ello, a principios de noviembre, marineros y soldados amotinados en Kiel extendieron la revolución por toda Alemania. El emperador abdicó y se proclamó la república, presidida por un socialdemócrata. Fue sólo una ilusión, que posibilitó la parálisis total, aunque momentánea, del ejército, el Estado y la estructura de poder bajo el impacto de la derrota. Pocos días después, el viejo régimen volvía al poder como república, y ya no sería amenazado seriamente por los socialistas, que ni siquiera obtuvieron la mayoría en las primeras elecciones (los moderados lograron el 38% y los independientes, revo­lucionarios, el 7,5%). Menor aún fue la amenaza del recién creado Partido Comunista, cuyos líderes, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, fueron asesinados por pistoleros del ejército.

No obstante, la revolución alemana confirmó las esperanzas bolcheviques, más aún cuando en 1918 se proclamó en Baviera una efímera república socialista y en la primavera de 1919 se estableció una república soviética, de breve duración, en Munich, capital alemana del arte, la contracultura y la cerveza. Esto coincidió con otro intento bolchevique: la creación de la república soviética húngara de marzo-julio de 1919. Ambos intentos fueron sofocados con la brutalidad esperada. Además, el desencanto con los socialdemócratas radicalizó a los trabajadores alemanes, pasando muchos a apoyar a los socialistas independientes y, a partir de 1920, al Partido Comunista, que se convirtió en el principal partido comunista fuera de Rusia. Aunque el año 1919, el de mayor inquietud social en Occidente, vio el fracaso de los únicos intentos de propagar la revolución bolchevique, y a pesar de que en 1920 se inició un rápido reflujo de la marea revolucionaria, los líderes bolcheviques de Moscú no abandonaron, hasta bien entrado 1923, la esperanza de ver una revolución en Alemania.

En 1920 los bolcheviques cometieron lo que hoy parece un grave error: provocaron la división del movimiento obrero mundial al crear la Tercera Internacional o Internacional Comunista (Comintern) según el modelo del partido de vanguardia de Lenin, formado por una élite de “revolucionarios profesionales”. En casi todos los partidos existían amplias corrientes de opinión a favor de la integración en esa nueva Internacional creada para sustituir a la Segunda (1889-1914), desacreditada y desorganizada por la guerra. Los partidos socialistas de Francia, Italia, Austria y Noruega, y los socialistas independientes de Alemania, votaron en ese sentido, dejando en minoría a los contrarios al bolchevismo. Pero lo que quería Lenin no era un movimiento internacional de socialistas simpatizantes con la revolución de octubre, sino un grupo de activistas comprometido y disciplinado: una especie de fuerza de asalto para la conquista revolucionaria. A los partidos que se negaron a adoptar la estructura leninista no se les permitió incorporarse a la nueva Internacional o se les expulsó de ella, porque ésta quedaría debilitada si aceptaba esos partidarios del oportunismo y del reformismo. Dado que la batalla era inminente sólo podían tener cabida los soldados.

En 1920 era evidente que la revolución, asentada en Rusia, no era inminente en Occidente. Cuando se creó la Comintern (1919) parecía posible que el ejército rojo, vencedor en la guerra civil y avanzando hacia Varsovia, propagara la revolución hacia Occidente, como secuela de una breve guerra contra Polonia, provocada por las ambiciones territoriales de ésta. El avance soviético fue acogido con júbilo por mucha gente. Sin embargo, en contra de las expectativas, los obreros polacos no se rebelaron y el ejército rojo fue rechazado a las puertas de Varsovia. A partir de entonces, y a pesar de las apariencias, no habría novedad en el oeste.

Las perspectivas se desplazaron hacia Asia. Entre 1920 y 1927 la revolución china dirigida por el Guomindang, partido nacionalista cuyo líder, Sun Yat-sen, aceptó la ayuda soviética y la colaboración del nuevo Partido Comunista chino. Este movimiento avanzó hacia el norte durante la gran ofensiva de 1925-1927, colocando gran parte de China bajo el control de un solo gobierno por primera vez desde la caída del imperio en 1911, pero en 1927 el principal general del Guomindang, Chiang Kai-shek, se volvió contra los comunistas y los aplastó. Antes incluso de que esto demostrara que tampoco Oriente estaba preparado para un nuevo octubre, la promesa de Asia no pudo ocultar el fracaso en Occidente.

Eso era innegable en 1921. El tercer congreso de la Comintern reconoció implícitamente que la revolución no era posible en Occidente al hacer una llamada en pro de un "frente unido" con los mismos socialistas a los que el segundo congreso había expulsado. Pero ya era demasiado tarde. El movimiento se había dividido para siempre. La mayoría de los socialistas de izquierda se integraron en la socialdemocracia, constituida sobre todo por anticomunistas moderados. Por su parte, los nuevos partidos comunistas pasarían a ser una minoría de la izquierda europea (con alguna excepción, como Alemania, Francia o Finlandia). Esta situación no se modificaría hasta la década de 1930.

b. El problema de las nacionalidades y la estructura federal.

En 1922, terminada la guerra civil y la guerra rusopolaca, se pudo establecer la URSS. Sus primeros miembros fueron la República Socialista Federada Soviética Rusa y las RSS de Ucrania, Bielorrusia y Transcaucasia. La concepción de esta Unión juntaba lo nacional y lo internacional: se reconocían las nacionalidades, dándoles autonomía, y se las integraba en una unión superior y se permitía la incorporación de nuevas naciones. Según la constitución de 1924, la creación de la URSS era “un paso decisivo en el camino que conducía a la unión en una sola República Socialista Soviética Mundial de los trabajadores de todos los países”. Cuando a raíz de la 2ª G.M., la URSS recuperó territorios perdidos en la l' G.M. (Estonia, Letonia y Lituania, Besarabia, Karelia, partes de Bielorrusia y de Ucrania), esos territorios fueron agregados a la Unión como repúblicas en pie de igualdad legal con las antiguas.

En la URSS se hablaban cien lenguas y se reconocían cincuenta nacionalidades. Muchas eran restos fragmentados o aislados de las migraciones milenarias del Asia interior. Muchas eran primitivas, sin conciencia política. Obtuvieron autonomía cultural, derecho a usar su propia lengua, tener sus escuelas y conservar sus tradiciones. Unas cincuenta lenguas adoptaron la forma escrita por primera vez, y el nuevo régimen estimuló el folklore de las diversas nacionalidades. Éstas tenían distinto status administrativo, según extensión, nivel de desarrollo o importancia: “distrito nacional”, “región autónoma”, “república autónoma” y “república soviética federada”. La Constitución de 1936 creó el Soviet de las Nacionalidades, al que cada república federada enviaba 25 delegados, cada república autónoma once, cada región autónoma cinco, y cada distrito nacional uno. En realidad, la RSFS Rusa, con más del 50% de la población y 3/4 del territorio de la URSS, dominaba sobre las demás.

El federalismo confirió, sin duda, dignidad, autorrespeto y un sentido de cooperación a las minorías. Pero sus derechos políticos eran escasos, dada la concentración del poder en manos del gobierno federal y del Partido Comunista, así como el predominio eslavo. La pretensión de que cada república era soberana y tenía derecho a la separación era sólo formal. Durante la 2' G.M. cuatro repúblicas autónomas y una región autónoma fueron disueltas acusadas de separatismo y colaboracionismo. Sin duda, la URSS hizo mucho para mantener unido el Estado multinacional, dando a las nacionalidades cierta autoexpresión política y cultural, a la vez que, en lo fundamental, consolidaba la autoridad y el control central.

c. El Estado y el Partido: la centralización del poder.

El gobierno de la URSS, y el de cada república, seguía un modelo elaborado durante la revolución y recogido en la constitución de 1924 y en la de 1936. De una parte, se hallaba el Estado; de otra, en paralelismo con el Estado, se hallaba el partido.

En el marco del Estado la institución clave era el Soviet. En la constitución de 1924 se especificaba que sólo los “trabajadores” tenían derecho a voto. Los burgueses, “las personas que utilizasen el trabajo de otros para obtener una ganancia” y los sacerdotes estaban excluidos del sufragio. El sistema electoral era indirecto. En cada pueblo o ciudad, los votantes elegían un Soviet local; éste elegía los delegados a un Soviet provincial, que, a su vez, enviaba delegados a un Soviet de la república; los Soviets de las repúblicas enviaban delegados a un Congreso de Soviets de toda la Unión, supremo organismo legislativo del país. Los Soviets de cada nivel elegían a sus funcionarios ejecutivos y el Congreso de los Soviets elegía el Consejo de Comisarios del Pueblo.

Con la constitución de 1936 se pasó a elegir directamente a los miembros de los soviets superiores, se adoptó el voto secreto y ya no se negó el voto a nadie. Se creó un parlamento bicameral, con el Soviet de las Nacionalidades y el Soviet de la Unión (con un delegado por cada 300.000 personas). Este Soviet Supremo bicameral elegía un órgano más reducido, el Presidium, que funcionaba entre reunión y reunión. El presidente del Presidium ocupaba el cargo de “presidente” o jefe de estado de la URSS. El Presidium supervisaba al Consejo de Comisarios del Pueblo, que siguió siendo elegido por el Soviet Supremo.

Pero junto al Estado, en todos los niveles y localidades, estaba el partido comunista, el único permitido. En él la autoridad iba de arriba a abajo. En la cumbre estaba el Comité Central, con un secretariado dirigido por el secretario general, y dos subcomités (el Orgburó y el Politburá) encargados, respectivamente, de la organización y de la política del partido. El Comité Central (su secretario general) decidía sus componentes. También daba órdenes a los miembros del partido en todos sus niveles. Los Congresos del partido se limitaban a aprobar las decisiones ya adoptadas por el Comité Central. En realidad, era el Politburó, unas doce personas, el que dominaba el Comité Central. El poder y la autoridad iban de arriba a abajo, como en un ejército, o como en un órgano gubernamental muy centralizado, con la salvedad de que el partido no estaba sujeto a ningún control exterior. La disciplina se imponía también de forma contundente, contando con la terrible maquinaria de la policía secreta para su uso en casos extremos contra miembros del partido o disidentes de todo tipo.

El número de miembros del partido pasó de unos pocos miles en 1917 a 2 millones en 1930 y 3 millones en 1940. El ideal leninista de un partido pequeño y compacto, formado por trabajadores fieles y dóciles, siguió caracterizando al PCUS. En los primeros años, los viejos bolcheviques ocuparon el Politburó y otros altos cargos del partido. Asegurada la revolución, el problema fue impedir una invasión de “arribistas”, que sólo deseaban pertenecer a la nueva minoría gobernante. Para mantener la unidad del partido se impuso una rigurosa uniformidad. La base del partido se componía de pequeños núcleos o células. En cada fábrica, mina u oficina, en cada universidad o instituto, en cada sindicato, en cada pueblo, unas pocas personas (obreros, mineros, oficinistas, estudiantes, etc.) pertenecían al partido y explicaban los puntos de vista y los objetivos del partido al conjunto.

La función del partido consistía en conducir al pueblo al socialismo y hacer funcionar, día a día, el pesado mecanismo del gobierno. Los Comisarios del Pueblo eran también miembros del Politburó del Comité Central. En el Soviet Supremo eran numerosos los miembros del partido. A medida que se seguía descendiendo, los miembros del partido eran menos. En un pequeño soviet rural era posible que nadie perteneciese al partido, si bien recibían instrucciones o “charlas de estímulo” de miembros itinerantes del partido. A lo largo de toda la estructura, el partido decidía lo que debía hacer el Estado.

El partido en la URSS tenía “vocación de guía”. Incorporaba a quienes estaban dispuestos a trabajar duramente, a dedicarse noche y día a las cuestiones del partido, a asimilar y difundir la “línea” del partido, a ir adonde se les mandase, a asistir y hablar en las reuniones, a percibir y a explicar la significación de los pequeños acontecimientos para el futuro de Rusia o para la revolución mundial, a dominar detalles técnicos de la agricultura, de la industria, o del cuidado de la maquinaria, de modo que la gente recurriese a ellos en busca de consejo. El partido era una élite preparada, cuyos miembros se hallaban en permanente contacto recíproco. Era la savia que, al circular a través de los distintos tejidos de la URSS (repúblicas, soviets, despachos, ejército, empresas industriales y de todo tipo), mantenía todo el complejo organismo unificado, sistematizado, en funcionamiento y vivo.

En la década de 1930 muchos comunistas ya no respondían tanto al tipo de fervientes revolucionarios como al de persona afortunada de cualquier sistema social. Representaban a los satisfechos, no a los insatisfechos. Disfrutaban de privilegios: acceso a mejores trabajos y viviendas, cupones especiales de alimentación o prioridad en los trenes. Trabajaban fuerte por el ascenso en el partido. Se interesaban por obtener ventajas para sus hijos. Se aspiraba a una organización homogénea y monolítica, que presentase un frente sólido a los sin partido, mucho más numerosos. Dentro del partido se toleraban a veces diferencias de opinión y discusión abierta (en realidad, como sólo había un partido, todas las controversias eran disputas internas), pero, al final, todos tenían que estar de acuerdo. El partido favorecía una cierta iniciativa en la acción, y una cierta fecundidad imaginativa en la invención de formas de hacer las cosas, pero sofocaba, la originalidad o la libertad de pensamiento o de acción.

B. De Lenin a Stalin.

a. La Nueva Política Económica (NEP).

Los estragos de los ocho años de guerra mundial, revolución y guerra civil, dejaron al

país en ruinas, y su capacidad productiva con un retraso de decenios. El “comunismo de guerra” había llevado a una grave situación. Al deterioro económico se unía una aguda crisis social que se tradujo en una ola de protestas y levantamientos contra el poder soviético. En marzo de 1921 el descontento llega a su punto más alto con la sublevación de los marinos de Kronstadt, puerto cercano a la capital. El gobierno consideró que no se podía continuar la socialización brutal de los medios de producción sin tener en cuenta los problemas sociales y económicos que acarreaba. Esto, unido a la evidencia de que en Europa no se iba a producir por el momento una revolución, llevará a Lenin a dar marcha atrás, considerando que se iba demasiado deprisa forzados por las circunstancias. “Somos débiles y estúpidos”, decía Lenin en abril de 1921, “hemos adquirido la costumbre de decir que el socialismo es un bien y el capitalismo un mal. Pero el capitalismo sólo es un mal en relación con el socialismo; en relación con la Edad Media, en la que Rusia todavía tiene un pie, el capitalismo es un bien.

La NEP suponía la vuelta a un compromiso entre capitalismo y socialismo, se apoyaba en una mezcla de elementos socialistas y capitalistas en la agricultura, la industria y el comercio. En efecto, con la NEP se desnacionalizaron ciertas empresas, parte del comercio y de la tierra. Se llegó a un compromiso con la pequeña burguesía campesina e industrial a la que se permitió ejercer la pequeña producción y el comercio con beneficios privados.

En la agricultura se abandonaron las requisas obligatorias y abusivas del “comunismo de guerra”. A partir de marzo de 1921 se instauró un impuesto en especie que dejaba al campesino un considerable excedente del que podía disponer libremente, es decir, vender en el mercado. Ese impuesto en especie significaba sólo la mitad de lo que antes se le requisaba. Si antes el campesino no tenía ningún interés por aumentar su producción, al saber que le sería incautado el excedente, con la NEP, al permitirse la comercialización del excedente, se incentiva la producción. Los excedentes agrícolas se venden, al principio, en el mercado local y progresivamente en cualquier localidad, con lo que el mercado se amplía.

Al mismo tiempo, se vuelve a la libre explotación del suelo y se facilita la movilidad de la mano de obra, con lo que algunos campesinos alquilan sus servicios a los propietarios con más tierras (los kulaks) Así, seis millones de campesinos, que habían recibido parcelas demasiado pequeñas, vuelven a convertirse en peones agrícolas asalariados. Son las grandes fincas las que obtienen los mayores excedentes, que, al venderse en el mercado, permiten el enriquecimiento de los kulaks, lo que provoca fuertes tensiones sociales en el campo reapareciendo la lucha de clases. El gobierno alienta también la formación de cooperativas de producción con el fin de acelerar el proceso de concentración del suelo para permitir aumentar los rendimientos. Aparecen así los koljoses (explotaciones colectivas) y los sovjoses (granjas del Estado). Todo ello favoreció el aumento de la producción agrícola.

En la industria y el comercio también hay cambios. En 1921 las empresas con menos de 20 obreros se devuelven a sus propietarios, con lo que se desarrolla la pequeña industria privada. En 1922 ya se habían desnacionalizado 4.000 pequeñas empresas; en 1923 las empresas privadas emplean el 12% de los asalariados y su producción representa el 5% de la industria. En cuando al comercio, se permitió a los intermediarios comprar y vender productos agrícolas y artículos manufacturados a precios de mercado y con ganancias privadas. Se trata del comercio al por menor, donde el sector privado tiene una participación mucho mayor que en la industria, alcanzando el 90% de las unidades y efectuando el 75% del negocio global. En el comercio al por mayor, el sector privado participa en un 20%. En este período, la URSS solicita la ayuda de técnicos extranjeros (muy bien pagados) e incluso permite la entrada de capitales extranjeros para acelerar el desarrollo económico, aunque los capitales no afluyen.

La NEP favoreció el brote de una rica burguesía comercial que hacía dispendiosas comidas en los restaurantes de Moscú, y cuya simple existencia parecía destruir el sueño de una sociedad sin clases. La NEP remedió los peores daños de la guerra y de la revolución, pero el progreso era sólo relativo, porque en 1928 Rusia producía aproximadamente el mismo grano, algodón, ganado, carbón y petróleo que en 1913, y mucho menos de lo que quizá debería producir de no haberse producido la revolución y la guerra civil.

La NEP trajo innegables beneficios al permitir un considerable desarrollo de las fuerzas productivas. La situación general mejoró, pero se produjeron grandes desequilibrios entre la agricultura y la industria. El desarrollo industrial fue más lento que el agrícola y la industria ligera creció más rápidamente que la pesada. A partir del éxito relativo de la NEP, los dirigentes soviéticos tendrán que elegir entre continuar con una experiencia que ha tenido éxito pero se aparta de los principios del marxismo-leninismo, o una nueva orientación más acorde con la construcción del socialismo. Trotsky había considerado siempre la NEP como una capitulación frente al capitalismo, mientras Bujarin, en cambio, apoyaba un camino más lento en la marcha hacia el socialismo y era partidario de continuar con la NEP.

b. La muerte de Lenin y la pugna entre Stalin y Trotsky.

Lenin murió en 1924, a los 54 años, tras varios ataques de apoplejía que le dejaron imposibilitado los dos últimos años de su vida. Petrogrado recibió el nombre de Leningrado y en torno a Lenin se creó un verdadero culto, compartido con el de Marx, mientras todas las tendencias comunistas proclamaban una inquebrantable fidelidad a la tradición leninista. En realidad, los antiguos bolcheviques nunca habían considerado a Lenin como infalible. Muchas veces habían discrepado de él y entre sí. Cuando se estaba muriendo, y después de su muerte, sus antiguos compañeros, que mantenían los hábitos de debate de los tiempos del destierro, luchaban por el control del partido en nombre de Lenin y discutían sobre las intenciones del mismo. ¿Había convertido Lenin la NEP en una política definitiva? En caso contrario, ¿cómo la habría modificado y cuándo? Entre bastidores, como secretario del partido, un miembro hasta entonces relativamente modesto, Stalin, de quien Lenin nunca había tenido una opinión demasiado buena, estaba reuniendo en sus manos todos los hilos de control del partido. De un modo más abierto y ruidoso, Trotsky, como comisario de guerra en los años críticos, había sido tan sobresaliente como el propio Lenin, planteaba las cuestiones básicas de la revolución.

En 1925 y 1926 Trotsky denunciaba enérgicamente el cansancio que experimentaba el socialismo. La NEP, por su tolerancia con los burgueses y los ku1aks, suscitaba su desprecio. Desarrolló su idea de la “revolución permanente” un incesante impulso a los objetivos proletarios en todos los frentes y en todo el mundo. Se erigió en el exponente de la revolución mundial, que muchos estaban empezando a descartar para construir primero el socialismo en un solo país. Denunció la tendencia a la burocratización del partido, y proclamaba la urgencia de un nuevo movimiento de masas para darle vida. Reclamaba un desarrollo más intenso de la industria y la colectivización de la agricultura, que siempre había figurado en los manifiestos comunistas, desde 1848. Sobre todo, exigía la inmediata adopción de un plan general, de un control central y de una organización de toda la vida económica del país.

Trotsky no logró hacerse con el partido. Fue acusado de desviacionismo izquierdista, de maquinar contra el Comité Central y de incitar a la discusión de las cuestiones fuera del partido. En el Congreso de 1927, 854.000 miembros votaron, obedientemente, por Stalin y por el Comité Central, y sólo 4.000 por Trotsky. Trotsky fue enviado primero a Siberia, y después desterrado; vivió primero en Turquía, después en Francia, luego en México, escribiendo y propagando la “revolución permanente” estigmatizando la evolución de la URSS como “estalinismo”, una monstruosa traición al marxismo-leninismo, y organizando una clandestinidad contra Stalin, como en otros tiempos lo había hecho contra el zar. Fue asesinado en México, en 1940, por Ramón Mercader, comunista catalán, por orden de Stalin.

2. El estalinismo: economía planificada y dictadura política.

Stalin, que dirigió la URSS hasta su muerte en 1953, fue un autócrata de una crueldad, una ferocidad y una falta de escrúpulos excepcionales. Pocos hombres han usado el terror a tal escala. Bajo el liderazgo de cualquier otra figura del partido bolchevique, los sufrimientos de los pueblos de la URSS y el número de víctimas habrían sido, sin duda, menores. En las circunstancias de la época, no obstante, cualquier política de modernización acelerada de la URSS habría sido necesariamente despiadada, porque había que imponerla, en buena medida, mediante la coacción, condenando a la mayoría de la población a grandes sacrificios. La economía planificada y de dirección centralizada encargada de llevar a cabo esta ofensiva industrializadora se parecía más a una acción militar que a una operación económica. Y, como tal, la industrialización de los primeros planes quinquenales (1929-1941) ganó apoyo gracias a la “sangre, sudor y lágrimas” que impuso a la gente. Por increíble que parezca, hasta el estalinismo, que convirtió a los campesinos en nuevos siervos de la gleba e hizo que gran parte de la economía dependiera de mano de obra reclusa (entre 4 y 13 millones de personas de los gulags), contó con un apoyo sustancial, aunque no entre el campesinado.

A. La economía “planificada”.

En 1928, apenas expulsado Trotsky, Stalin se apropió de parte de su programa y lanzó el primer Plan Quinquenal, que se proponía una rápida industrialización y la colectivización de la agricultura. La “planificación” de toda la economía de un país por los funcionarios del gobierno, se convertiría en el rasgo distintivo y más influyente del modelo soviético.

Según Engels, dentro de cada empresa reinaban la armonía y el orden; sólo entre las empresas el capitalismo era caótico. En una empresa, la dirección planifica y coordina el producto final de todos los departamentos. A un nivel superior, las grandes empresas y trusts capitalistas, al controlar muchas fábricas, impedían la competencia ciega entre ellas, asigna-ban cuotas a cada una y coordinaban el trabajo de cada fábrica y de cada persona mediante una política general. Con el auge de estas empresas, según Engels, la parte de la economía someti-da a la libre competencia se iba reduciendo y se ampliaba la que se incorporaba a la planifica-ción racional. Para Engels y otros socialistas el paso siguiente lógico era el de tratar toda la actividad económica de un país como una sola fábrica con muchos departamentos, o como un solo gran trust con muchas fábricas, bajo una dirección unificada, sólida y con visión general.

Durante la lª G.M., los países habían adoptado controles centralizados. No por ser socialistas, sino porque, en tiempo de guerra, la gente acepta ceder sus libertades normales y hacer lo que el gobierno diga, y porque todo se subordina a un solo objetivo: la victoria. Por tanto, la “sociedad planificada” hizo su primera aparición (aunque incompleta) en la lª G.M. Fue en parte por la doctrina socialista de Engels, en parte por la experiencia de la guerra, y, sobre todo, por la imperiosa necesidad de resolver los problemas del país aumentando su nivel productivo, por lo que Stalin y el partido desarrollaron en Rusia la idea de una planificación.

a. Planificación imperativa y control burocrático.

El Primer Plan, que se diseñó para cinco años, se inició en 1928. Su objetivo era fortalecer y enriquecer el país, hacerlo autosuficiente en lo militar y lo industrial, asentar las bases para una verdadera sociedad proletaria, y superar la mala fama de país atrasado, Como dijo Stalin en 1929, “estamos convirtiéndonos en un país metalúrgico, en un país de automóviles, en un país de tractores, y cuando hayamos puesto a la URSS en un automóvil y al mujik en un tractor... veremos entonces qué países deben considerarse atrasados y cuáles adelantado”. En 1932 se declaró cumplido el Primer Plan Quinquenal y se lanzó un Segundo Plan, que duró hasta 1937. El Tercero, inaugurado en 1938, fue interrumpido por la guerra con Alemania en 1941. Después de 1945, se introdujeron nuevos planes.

Los Planes fijaban los objetivos económicos a alcanzar. Lo administraba una agencia llamada Gosplan. Siguiendo la política general fijada por el partido, el Gosplan decidía qué cantidad debía producirse de cada artículo, cuánta riqueza nacional debía dedicarse a la formación de capital y cuánta a la producción de artículos de consumo, qué salarios debía percibir cada tipo de obrero, y a qué precios debían venderse los artículos. En cada fábrica, la dirección calculaba sus necesidades en materias primas, maquinaria, obreros especializados, instalaciones y combustible, para entregar en una fecha establecida la cantidad de productos que el plan señalaba. Estos miles de cálculos se elevaban a los diversos escalones superiores de planificación, hasta que llegaban al Gosplan. Éste, analizándolos todos desde arriba, decidía qué cantidad de acero, carbón, etc., debía producirse, y de qué calidad y tipo, cuántos obreros deberían formarse en las escuelas técnicas y en qué especialidades; cuántas máquinas deberían fabricarse y cuántas piezas deberían ahorrarse, cuántos nuevos medios de transporte deberían construirse y qué líneas de vías férreas necesitaban reparación; y cómo, dónde, cuándo y para quién deberían estar disponibles el acero, el carbón, los técnicos, las máquinas y el material móvil. En resumen, el plan se proponía controlar y dirigir la corriente de recursos y de mano de obra que en el capitalismo es regulada por los cambios en la oferta y la demanda, a través de cambios en los precios, niveles de salarios, beneficios, tasas de interés, o renta.

El sistema era muy complejo. No era fácil, por ejemplo, lograr que el número justo de cojinetes de acero llegase al sitio adecuado en el momento justo, en exacta correspondencia con la cantidad de otros materiales o el número de obreros que iban a utilizarlos. A veces se producía de más y a veces de menos. A menudo el plan se corregía sobre la marcha. Eran precisos incontables dictámenes, comprobaciones e informaciones. Nació una numerosa clase de burócratas. El plan logró algunos de sus objetivos, superó unos pocos y no llegó a otros.

El principal objetivo del primer Plan Quinquenal fue levantar la industria pesada sin tener que recurrir a préstamos extranjeros. En 1928 Rusia seguía siendo un país agrícola. Hasta entonces ningún país había pasado de la agricultura a la industria sin capital exterior, Incluso en Gran Bretaña, gran cantidad del capital invertido en el siglo XVIII era holandés (sin olvidar el obtenido por el comercio colonial). Un país agrícola sólo podía industrializarse a costa de la propia agricultura. Mediante el cercado de la tierra, la opresión a los pequeños granjeros, la introducción del cultivo científico y el dominio de unos pocos terratenientes, Gran Bretaña incrementó su producción de alimentos y lanzó a muchos campesinos a la búsqueda de trabajo en la industria. El primer Plan Quinquenal exigía una revolución agrícola similar en Rusia, sin beneficio para los terratenientes y bajo los auspicios del Estado.

b. La colectivización de la agricultura.

Inicialmente, el plan sólo preveía colectivizar una quinta parte del campesinado, pero en el invierno de 1929 se revisó para incluir la colectivización de casi todo el campo. El plan establecía numerosos ko1joses y unos cuantos sovjoses, con un promedio de unos cientos de hectáreas cada uno. Los campesinos tenían que aportar sus tierras y su ganado al koljós. Los kulaks se resistieron a entregarlas y fueron liquidados sin piedad. Grupos de comunistas procedentes de las ciudades empleaban a menudo la violencia; los campesinos pobres atacaron a los ricos; cientos de miles de ku1aks y sus familias fueron asesinados, y muchos más llevados a campos de trabajo en remotas zonas de la URSS. La obstinada oposición del campesinado fue eliminada, y éste se convirtió en una clase más semejante al proletariado, como éste, no poseía capital alguno ni empleaba ningún asalariado, y así podía comprender mejor las ventajas de un Estado proletario. 1929, más que 1917, fue el gran año revolucionario para la mayoría de la población de Rusia.

La colectivización supuso la desaparición de campesinos capaces y una gran pérdida de ganado. Los kulaks mataron sus caballos, vacas, cerdos o gallinas, antes de entregarlos. Incluso los pobres hicieron lo mismo, esperando que el Estado les proporcionaría otros. Esta pérdida fue la peor desgracia no prevista en el primer Plan Quinquenal. El desorden agrícola, junto con dos malos veranos, fue seguido, en 1932, por una hambruna que costó la vida a unos 2 ó 3 millones de personas; el gobierno, mientras tanto, se negaba a reducir las cuotas de exportación, porque las necesitaba para pagar las importaciones industriales. La agricultura siguió siendo, durante mucho tiempo, el sector más débil de la economía soviética.

Al sustituir numerosas parcelas pequeñas por grandes granjas, la colectivización hizo posible la aplicación de capital a la tierra. Anteriormente, el campesino medio había sido demasiado pobre para comprar un tractor, y sus campos demasiado pequeños y dispersos para poder usar uno, así que sólo unos pocos kulaks habían empleado alguna maquinaria. Durante el primer Plan Quinquenal, se organizaron centenares de Estaciones de Tractores y Máquinas. Cada una mantenía una dotación de cosechadoras, tractores, peritos agrónomos, etc., que se enviaban de un koljós a otro, según las necesidades locales. Ello incrementó la productividad. También era mucho más fácil para las autoridades controlar el excedente agrícola (los productos no consumidos por el koljós). Cada koljós se comprometía de antemano a entregar la cuota asignada. Los campesinos podían vender en el mercado libre los productos que excediesen de la cuota; pero el gobierno conocía la cantidad de productos agrícolas con que podía contar, no sólo para alimentar a las ciudades y a otras regiones que no producían sus propios alimentos, sino también para exportar al mercado mundial y pagar las importaciones de maquinaria occidental. En 1939 prácticamente todo el campesinado estaba colectivizado. Aunque no se logró aumentar la producción agrícola, sí se consiguió asegurar el control estatal sobre ella. También posibilitó el éxito de la industrialización, al aumentar la oferta de obreros industriales: 20 millones de personas se trasladaron a la ciudad entre 1926 y 1939.

Fueron los campesinos quienes sufrieron el peso de la colectivización. No obstante, aunque los koljoses presentaban muy distintos grados de prosperidad, es probable que, en 1939, un elevado porcentaje de la población rural dispusiera de mejor vivienda y de mejor alimentación de las que habían tenido antes de la revolución. Los kulaks que podrían haber recordado mejores situaciones no habían sobrevivido.

c. El crecimiento de la industria.

Mientras se colectivizaba la agricultura, la industrialización avanzaba rápidamente. Al principio, fue notable la dependencia de los países capitalistas: ingenieros y técnicos de Europa y EEUU trabajaban en la URSS y se importaba mucha maquinaria. Pero la depresión mundial de los años 1930, al provocar una catastrófica caída de los precios agrícolas, supuso que las máquinas extranjeras se encarecieran en términos de cereales, principal exportación soviética. La situación internacional también empeoraba. Japón y Alemania mostraban una creciente hostilidad hacia la URSS. Desde el comienzo, los planes quinquenales se habían propuesto como uno de sus objetivos la autosuficiencia industrial y militar del país. El 2' plan quinquenal, lanzado en 1933, aunque menos ambicioso que el l' en algunos aspectos, mostraba una decisión todavía mayor de reducir las importaciones y lograr la autosuficiencia nacional, especialmente en la industria pesada, fundamental para la producción de guerra.

Nunca antes ningún país había conocido un ritmo tan alto de crecimiento industrial como la URSS durante los dos primeros planes. En Gran Bretaña, la industrialización había sido gradual; en Alemania y en EEUU había sido más rápida, y en todos ellos había habido décadas en que la producción de carbón o de hierro se había duplicado; pero en la URSS, entre 1928 y 1938, la producción de hierro y de acero se cuadruplicó, y la de carbón se multiplicó por 3'5. En 1938, la URSS, era el mayor productor mundial de tractores agrícolas y de locomotoras. El 80"/o de su producción industrial procedía de las fábricas construidas en los diez años anteriores. Sólo dos plantas, en las nuevas ciudades de Magnitogorsk (Urales) y Stalinsk (1.500 Km. más al este), producían tanto hierro y acero como todo el imperio ruso en 1914. En 1939, sólo EEUU y Alemania superaban a la URSS en producción industrial bruta.

Se produjo un gran desarrollo de la industria al este de los Urales. En el viejo Turkestán y en Siberia, surgían nuevas metrópolis industriales. Se abrían minas de cobre en los Urales y en tomo al lago Balkás, y minas de plomo en el Lejano Oriente y los montes Altai. Se desarrollaron nuevas regiones cerealísticas en Siberia y Kazajstán, desde donde se enviaba el grano a otras zonas de Rusia. Tashkent, capital de Uzbekistán y antes un remoto centro de caravanas, se convirtió en una ciudad de más de 500.000 habitantes, centro de cultivo del algodón, de la minería del cobre y de la industria eléctrica, comunicado con el norte por el recién construido ferrocarril Turksib. Se descubrió que la cuenca de Kuznetsk, a 3.000 Km. del mar, poseía depósitos de carbón de alta calidad, que complementaban el mineral de hierro de los Urales, a 1.500 Km. de distancia. La apertura de todas estas nuevas áreas, que requería el traslado de alimentos a Uzbekistán a cambio del algodón, o del hierro de los Urales a las nuevas ciudades de Kuznetsk, exigía una revolución en el transporte. En 1938, los ferrocarriles transportaban una carga cinco veces mayor que en 1913.

En 1935 un minero llamado Stajanov aumentó notablemente su producción de carbón, mejorando sus métodos de trabajo. También incrementó su salario, pues los obreros cobraban a destajo. Su ejemplo se hizo contagioso: los obreros de todo el país empezaron a batir todo tipo de marcas. El gobierno publicaba los éxitos de esos hombres, les llamaba stajanovistas o “héroes del trabajo” y declaraba que aquel movimiento era “una nueva y superior etapa de competencia socialista”. En occidente aquella tensión por lograr aumentar la producción sería considerada abusiva y los salarios a destajo habían sido condenados desde hacia tiempo por los sindicatos. Tampoco la dirección se libraba de la presión competitiva. Un director de fábrica que no lograba el ingreso neto (el “beneficio”) o la cuota de producción fijados en el plan, podía perder no sólo su trabajo, sino también su posición social e incluso su vida. Una mala dirección se consideraba sabotaje. Un mal uso de los hombres y los recursos asignados a una fábrica se interpretaba como una traición a los obreros soviéticos y como un despilfarro de la riqueza de la nación. La prensa, que, por otra parte, no era libre, denunciaba a industrias enteras o a ejecutivos concretos por sus fracasos en el cumplimiento del plan.

Los observadores extranjeros veían como rasgo distintivo del nuevo sistema este tipo de competencia, esta sensación de que todos se afanaban por crear una patria socialista. Los obreros parecían creer que las nuevas maravillas industriales eran suyas. La gente celebraba cada avance como un triunfo personal. Se convirtió en un pasatiempo nacional ver el ascenso de las estadísticas, el cumplimiento de las cuotas o el acierto en las “dianas”. Los lectores de la prensa prestaban más atención a la información sobre los últimos logros (o fracasos) económicos que a los cómics. Nunca se había disfrutado tanto con el progreso industrial.

d. Balance de la economía planificada.

La economía de los planes quinquenales era, sin duda, un mecanismo rudimentario. Su tarea esencial era la de crear nuevas industrias más que gestionarlas, dando prioridad a las industrias pesadas y a la producción de energía, base de las grandes economías industriales: carbón, hierro y acero, electricidad, petróleo, etc. La gran riqueza de la URSS en materias primas hacía esta elección tan lógica como práctica. Al igual que en una economía de guerra, los objetivos de producción se pueden fijar sin tener en cuenta el coste, ni la relación coste­eficacia, ya que el único criterio es si se cumplen y cuándo. Como en toda lucha a vida o muerte, el método más eficaz para cumplir los objetivos dar órdenes urgentes que produzcan paroxismos de actividad. La crisis es su forma de gestión. La economía soviética se consolidó como una serie de procesos rutinarios interrumpidos de vez en cuando por "esfuerzos de choque" en respuesta a las órdenes de la autoridad superior. Stalin explotó ese método para estimular esfuerzos sobrehumanos, fijando a sabiendas objetivos que no eran realistas.

Además, los objetivos, una vez fijados, tenían que entenderlos y cumplirlos, hasta en las más recónditas avanzadillas del interior de Asia, administradores, técnicos y trabajadores que, por lo menos en la primera generación, carecían de experiencia y formación, y estaban más acostumbrados a manejar arados que máquinas (el caricaturista David Low, que visitó la URSS a principios de los años treinta, hizo un dibujo de una chica de un koljós “intentando por descuido ordeñar un tractor”. Esto eliminaba toda sofisticación, excepto en los niveles más altos, que, por eso mismo, debían asumir una centralización cada vez mayor. Todas las decisiones pasaron a concentrarse cada vez más en la cúpula del sistema soviético. La fuerte centralización compensaba la escasez de gestores. El inconveniente de este proceder era la enorme burocratización del aparato económico, así como del conjunto del sistema.

Mientras la economía se mantuvo a un nivel de semisubsistencia y sólo tuvo que sentar las bases de la industria moderna, este sistema improvisado, desarrollado sobre todo en la década de 1930, funcionó. Incluso llegó a generar cierta flexibilidad, también rudimentaria: fijar una serie de objetivos no interfería necesariamente en la fijación de otros objetivos, como ocurriría en el complejo laberinto de una economía moderna. En realidad, para un país atrasado y primitivo, carente de toda ayuda exterior, la industrialización dirigida, pese a su despilfarro e ineficacia, funcionó notablemente. En pocos años convirtió a la URSS en una economía industrial capaz, a diferencia de la Rusia zarista, de sobrevivir y ganar la guerra contra Alemania, pese a la pérdida temporal de zonas que comprendían un tercio de la población y más de la mitad de las fábricas de muchas industrias.

Al mismo tiempo, no hay que exagerar el nivel de industrialización de la URSS ya que partía de muy poco. Sus niveles cualitativos eran aún bajos. Muchas de las nuevas instalaciones, construidas deprisa, eran de poca calidad y sufrieron una pronta degradación. En cuanto a eficacia, la productividad por obrero era inferior a la de Occidente. También la producción per cápita de ciertos artículos. En 1937 la URSS producía per cápita menos carbón, electricidad, algodón, lana, zapatos de piel o jabón que EEUU, Alemania, Gran Bretaña, Francia o Japón, y menos hierro y acero que cualquiera de ellos, excepto Japón. La producción de papel (necesario en muchas actividades "civilizada?: libros, periódicos, revistas, escuelas, cartas, carteles, mapas, ilustraciones, gráficos, documentos de empresas y de la administración pública, etc.), es reveladora: hacia 1937 EEUU producía 50 Kg. de papel por persona, Alemania e Inglaterra 45 cada una, Francia 25, Japón 8 y la URSS sólo 5.

La industrialización en Rusia, como antes en otros países, supuso un gran sacrificio de la población. No fue sólo que los kulaks perdiesen sus vidas o fuesen enviados a trabajos forzados. Se exigió a todo el mundo que aceptase un programa de austeridad, prescindiendo de los mejores alimentos, viviendas y otros artículos de consumo para poder crear la riqueza y la industria pesada del país. Un tercio del ingreso nacional se reinvirtió anualmente en la industria (dos veces más que en Gran Bretaña en 1914, aunque quizá no más que en 1840). El plan requería trabajo duro y salarios bajos. El pueblo miraba hacia el futuro, cuando, construidas ya las industrias básicas, habría mejores viviendas, alimentos y ropas y más ocio. La moral se sostenía mediante la propaganda. Una de las más importantes funciones de los miembros del partido consistía en explicar por qué eran necesarios los sacrificios.

En pocos regímenes la gente hubiera podido o querido soportar los sacrificios del esfuerzo soviético en la década de 1930 (o durante la 2ª G.M.). Pero, a cambio de un nivel de consumo muy bajo, el sistema garantizaba a la población un mínimo social. Les daba trabajo, comida, ropa y vivienda conforme a precios y salarios controlados (esto es, subvencionados), pensiones, atención sanitaria y cierto igualitarismo. También proporcionaba, mucho más generosamente, educación. La transformación de un país en gran parte analfabeto en la moderna URSS fue un logro gigantesco. Y para los millones de aldeanos para quienes, incluso en los momentos más difíciles, el desarrollo soviético representó la apertura de nuevos horizontes, una escapatoria del oscurantismo y la ignorancia hacia la ciudad, la luz y el progreso, por no hablar de la promoción personal, los argumentos en favor de la nueva sociedad resultaban convincentes. Por otra parte, tampoco conocían otra. A finales de los años 1930, la vida comenzaba a ser más fácil: en 1935 se abolió el racionamiento alimenticio, y empezaban a aparecer en las tiendas algunos productos más de consumo, como platos y estilográficas. Los niveles de vida estaban, por lo menos, tan altos como los de 1927, y con mejores perspectivas de crecimiento. Pero los preparativos de guerra, cuando el mundo se acercaba de nuevo al caos, aplazaron otra vez la llegada de la Tierra Prometida.

Como hemos visto, la industrialización se hizo a costa de la explotación del campesinado. Éste no sólo pertenecía a una categoría legal y política inferior (al menos hasta la Constitución de 1936) y tenía que pagar más impuestos a cambio de menos protección, sino que la colectivización forzosa de la tierra fue entonces, y siguió siéndolo después, un desastre. Su efecto inmediato fue el descenso de la producción de cereales y la reducción de la cabaña ganadera a la mitad, lo que provocó una terrible hambruna en 1932-33. La colectivización hizo disminuir la ya de por sí baja productividad de la agricultura rusa, que no recuperó el nivel de la NEP hasta 1940. La colosal mecanización que intentó compensar estas carencias fue también colosalmente ineficaz. En resumen, la URSS cambió una agricultura campesina ineficiente por una agricultura colectivista ineficiente a un precio enorme.

Otro aspecto negativo del desarrollo soviético es la enorme e inflada burocratización engendrada por la centralización estatal, con la que no pudo ni siquiera Stalin. Se ha sugerido incluso que el gran terror de la segunda mitad de la década de 1930 fue un método desesperado de Stalin para tratar de vencer a la maraña burocrática, capaz de eludir la mayor parte de controles y órdenes del gobierno. Todo intento de hacer más flexible y eficaz la administración no hacía más que hincharla y hacerla aún más indispensable. A finales de los años treinta, había crecido dos veces y media más que el empleo en su conjunto. Poco antes de la guerra había ya más de un administrador por cada dos trabajadores manuales.

El tercer inconveniente del sistema, y el que acabó por hundirlo, era su inflexibilidad. Estaba concebido para generar un aumento constante de la producción de bienes de una clase y calidad predeterminadas, pero no tenía ningún mecanismo externo para variar la cantidad (salvo para aumentarla) ni la calidad, ni para innovar. El sistema no sabía qué hacer con los inventos y no los utilizaba en la economía civil, aunque sí en el complejo militar-industrial. Los consumidores, no contaban ni con un mercado, que habría indicado sus preferencias, ni con un trato de favor en el sistema económico ni, como veremos, en el político; al contrario, la maquinaria planificadora tendía una y otra vez hacia un incremento de los bienes de equipo. A pesar de ello, conforme la economía se fue desarrollando, produjo más artículos de consumo. De todos modos, el sistema de distribución era tan malo y, sobre todo, el sistema de organización de los servicios era tan deficiente, que el aumento del nivel de vida en la URSS sólo pudo lograrse con la ayuda de una extensa economía “paralela” o “sumergida”.

En resumen, el modelo soviético estaba ideado para industrializar lo más rápidamente posible un país atrasado y subdesarrollado, aceptando que la población se conformaría con un nivel de vida que garantizaba un mínimo social y se situaba algo por encima del de subsisten­cia, si bien su nivel exacto dependía de lo que sobrara en una economía organizada para una continua industrialización. Por más ineficiente y derrochador que fuera el sistema, logró cumplir esos objetivos. En 1913, el imperio zarista, con el 9,4% de la población mundial, generaba el 6% del total de la renta mundial y el 3,6% de la producción industrial. En 1986 la URSS, con menos del 6% de la población mundial, generaba el 14% de la renta y el 14,6% de la producción industrial. Rusia se había transformado en una gran potencia industrial, base de su condición de superpotencia. Sin embargo, y contra lo que esperaban los comunistas, el motor del desarrollo económico soviético estaba diseñado de tal modo, que frenaba en lugar de acelerar cuando, después de que el vehículo había avanzado cierta distancia, el conductor apretaba el acelerador. Su dinamismo contenía el mecanismo de su propio agotamiento.

B. La dictadura política.

a. El modelo leninista y el rechazo a la democracia.

La revolución soviética también desarrolló un sistema político muy peculiar. Los movimientos socialistas de masas surgidos en Europa a finales del siglo XIX eran profunda-mente democráticos tanto en su estructura interna como en sus aspiraciones políticas. En los países sin sufragio universal, estaban entre las fuerzas que luchaban con más ahínco por ello. El sistema político de la URSS rompió abruptamente con esa vertiente democrática, aunque siguió en teoría apoyándola (la Constitución soviética de 1936, redactada en gran parte por Bujarin, un viejo revolucionario marxista de los de antes de 1917, tenía, sobre el papel, tanta cabida para la democracia pluripartidista como la de EEUU). Y fue mucho más allá de la herencia jacobina, que, pese a su empeño por el rigor revolucionario y la acción despiadada, no era favorable a las dictaduras personales. En resumen, del mismo modo que la economía soviética era una economía dirigida, la política soviética era también una política dirigida.

Esta evolución reflejaba la historia del Partido Bolchevique, las crisis y las prioridades urgentes del joven régimen soviético y también las peculiaridades de Stalin (1879-1953), el ex seminarista de Georgia que se convirtió en el "hombre de acero", dictador de la URSS. El modelo leninista de «partido de vanguardia», una organización disciplinada y eficiente de revolucionarios profesionales, con la misión de realizar las tareas que les asignase la dirección central, era en potencia autoritario, como señalaron desde el principio muchos marxistas rusos revolucionarios. ¿Qué podría frenar la tendencia a sustituir las masas por el partido, sus militantes (o mejor, los congresos donde expresaban sus puntos de vista) por los comités (elegidos), el comité central por el dirigente único (en teoría elegido) que acabase reemplazándolos a todos?. El peligro no desaparecía por el hecho de que Lenin no quisiera ni pudiera ser un dictador, ni porque el Partido Bolchevique, como todas las organizaciones de izquierda, no actuase como un estado mayor militar sino como un grupo de discusión permanente. Y el peligro se hizo mayor después de la revolución de octubre, cuando los bolcheviques pasaron de ser un grupo de unos miles de activistas clandestinos a ser un partido de masas de cientos de miles, y, al final, de millones de activistas profesionales, administradores, ejecutivos y supervisores, que se tragó a la “vieja guardia” y a los demás socialistas de antes de 1917 que se les habían unido, como Trotsky. Esa gente no compartía la vieja cultura política de la izquierda. Todo lo que sabían era que el partido tenía razón y que las decisiones de la autoridad superior debían cumplirse si se quería salvar la revolución.

Fuese cual fuese la actitud prerrevolucionaria de los bolcheviques, las circunstancias de 1917-1921 impusieron un tipo de gobierno cada vez más autoritario, dedicado a realizar cuanto fuese necesario para mantener el frágil y amenazado poder de los soviets. Al principio no fue un gobierno monocolor ni excluyó a la oposición, pero ganó la guerra civil como una dictadura de partido único, con un poderoso aparato de seguridad, que usaba métodos terroris-tas contra los opositores. El partido también abandonó la democracia interna, al prohibirse (en 1921) la discusión colectiva de políticas alternativas. El “centralismo democrático” se convir-tió en centralismo a secas, y el partido dejó de respetar sus propios estatutos. Las reuniones anuales del congreso del partido fueron cada vez más irregulares, hasta que, con Stalin, su convocatoria se hizo imprevisible y esporádica. Los años de la NEP relajaron la atmósfera, pero no la sensación de que el partido era una minoría amenazada que quizá tuviese la historia a su favor, pero que actuaba a contrapelo del pueblo ruso y del presente. La decisión de iniciar la industrialización desde arriba obligó al sistema a imponer su autoridad, con mayor dureza aún que durante la guerra civil, porque su maquinaria de poder era ahora mucho mayor.

Fue entonces cuando la dirección política unificada del partido concentró el poder absoluto en sus manos, subordinando todo lo demás. Fue entonces cuando el sistema, bajo la dirección de Stalin se convirtió en una autocracia que intentaba imponer su dominio sobre todos los aspectos de la vida y sobre el pensamiento de los ciudadanos, subordinando toda su existencia al logro de los objetivos del sistema, definidos y especificados por la autoridad suprema. No había lugar para el escepticismo, la divergencia de pensamiento, o cualquier critica que debilitase la voluntad de triunfo. Como durante el zarismo, nadie podía abandonar el país sin autorización. Sólo había un partido, nada de sindicatos libres, ni prensa libre, ni libertad de asociación. El arte, la literatura e incluso la ciencia se convirtieron en vehículos de propaganda política. El materialismo dialéctico era la filosofía oficial. No era esto, por supuesto, lo que habían planeado Marx y Engels, ni lo que había surgido en la Segunda Internacional ni en la mayoría de sus partidos. A ningún dirigente socialista antes de 1917 le habría cabido en la cabeza la idea de que un Estado socialista obligara a todos los ciudadanos a pensar igual, ni menos aún la idea de otorgar al colectivo dirigente (era impensable que alguien ejerciese esas funciones en solitario) algo semejante a la infalibilidad papal.

Podía decirse, a lo sumo, que el socialismo era para sus seguidores un compromiso personal apasionado, un sistema de fe y esperanza con rasgos de religión secular (aunque no más que otros grupos activistas no socialistas), y que las sutilezas teóricas se redujeron, al convertirse en movimiento de masas, a un catecismo o, en el peor de los casos, a un símbolo de identidad y lealtad, como una bandera que había que saludar. Estos movimientos de masas, como habían observado algunos socialistas centroeuropeos, tendían a admirar a sus dirigentes, si bien la conocida afición a la polémica y a la rivalidad solía mantener controlada esa tendencia. El mausoleo de Lenin en la Plaza Roja, con el cuerpo embalsamado del gran líder expuesto permanentemente ante los fieles, no derivaba de la tradición revolucionaria rusa, sino que era una intento de utilizar en favor del régimen soviético la atracción que ejercían los santos cristianos y sus reliquias sobre un campesinado primitivo.

También podría decirse que en el partido bolchevique la ortodoxia y la intolerancia se implantaron más por razones prácticas que como valores en sí mismos. Como buen estratega, Lenin no quería discusiones que frenasen la eficacia. En teoría era un marxista ortodoxo, casi fundamentalista, pues tenía claro que jugar con el texto de una teoría cuya esencia era la revolución podía dar ánimos a pactistas y reformistas. En la práctica, no dudó en modificar las opiniones de Marx con añadidos propios, proclamando siempre su lealtad al maestro. Dado que hasta 1917 Lenin fue el dirigente de una minoría a la defensiva en el seno de la izquierda rusa, ganó fama de intolerante con los disidentes, pero no dudaba en aceptarlos cuando cambiaba la situación, e incluso después de la revolución de octubre nunca se apoyó en su autoridad, sino siempre en la discusión. De haber vivido, no cabe duda de que Lenin habría seguido denunciando a sus contrincantes y, al igual que durante la guerra civil, habría mostrado una ilimitada intolerancia pragmática. Pero nada prueba que hubiese concebido, o tolerado, esa especie de versión de una religión de estado, universal y obligatoria que surgió a su muerte. Quizá Stalin se limitase a seguir la corriente a la Rusia primitiva y campesina, con sus tradiciones autocráticas y ortodoxas. Pero sin él quizá no hubiese aparecido ese culto.

No obstante,. la posibilidad de una dictadura está implícita en cualquier régimen basado en un partido único, organizado sobre una base jerárquica centralizada, como los bolcheviques de Lenin. Éstos aducían que un régimen burgués podía contemplar con tranquilidad la perspectiva de la derrota de una administración conservadora y su sucesión por una liberal, ya que eso no alteraría el carácter burgués de la sociedad, pero no toleraría un régimen comunista por la misma razón por la que un régimen comunista no podía tolerar ser derrocado por fuerza alguna que desease restaurar el orden anterior. Los revolucionarios no son demócratas en el sentido electoral, por más sinceramente convencidos que estén de actuar en interés “del pueblo”. No obstante, aunque un régimen soviético democrático era algo tan improbable como una Iglesia católica democrática, ello no implicaba la dictadura personal. Fue Stalin quien convirtió los sistemas políticos comunistas en monarquías no hereditarias.

b. Las purgas de Stalin y el terror.

Stalin, bajito (significativamente, todas sus filmaciones y fotografías disimulaban el hecho de que sólo medía 160 cm.), cauteloso, inseguro, cruel e infinitamente suspicaz, fue conciliador y maniobrero cuando hizo falta, hasta que llegó a la cumbre. Convertido en jefe indiscutible del partido y, de hecho, del Estado, le faltaba el sentido del destino personal, el carisma y la autoconfianza que hicieron de Hitler el jefe acatado de su partido y le granjearon la lealtad de sus allegados sin necesidad de coacciones. Stalin gobernó su partido, como todo lo que estaba al alcance de su poder personal, por medio del terror y del miedo.

Convertido en una especie de zar, defensor de la fe ortodoxa secular, Stalin demostró un agudo sentido de las relaciones públicas. Para una mezcla de pueblos campesinos con mentalidad medieval, ésta era quizá la forma más eficaz de imponer la legitimidad del nuevo régimen, así como los catecismos simples a los que Stalin redujo el «marxismo-leninismo» eran perfectos para comunicar ideas a la primera generación de personas que sabían leer y escribir. Su terror tampoco era la simple afirmación del poder personal ilimitado del tirano. Stalin, sin duda, disfrutaba con el poder, el miedo que inspiraba, su capacidad de dar la vida o la muerte (no le interesaban, sin embargo, las compensaciones materiales). Pero, al margen de sus peculiaridades psicológicas, el terror estalinista era un instrumento táctico tan racional como su cautela cuando no controlaba las cosas. Ambos se basaban en el principio de evitar riesgos, que, a su vez, reflejaba falta de confianza en su capacidad de analizar las situaciones.

Todo lo que consiguieron los bolcheviques con la revolución de octubre fue el poder. Ésa era la única herramienta que tenían para cambiar la sociedad, tarea en la que surgían constantes dificultades. Sólo la determinación de usar el poder de forma despiadada para eliminar todo posible obstáculo podía garantizar el éxito final.

Stalin creía ser el único que sabía cuál era el buen camino y estaba decidido a seguirlo. Muchos políticos y generales se creen también indispensables, pero sólo quienes tienen un poder absoluto pueden obligar a los demás a compartir esa creencia. Era natural que las complejas operaciones de los planes quinquenales produjesen divergencias de opinión entre los dirigentes. A la derecha había un grupo, capitaneado por Bujarin, que defendía una colectivización más gradual. Más importante era el grupo izquierdista. Su aglutinante era el desterrado Trotsky. Quizá había algún tipo de maquinaria trotskista secreta dentro de la URSS y del partido, aunque no se ha probado que algunos trotskistas hubieran conspirado con los alemanes y otros extranjeros para derrocar a Stalin. En todo caso, las grandes purgas de los años treinta, dirigidas sobre todo contra la propia dirección del partido, empezaron después de que muchos viejos bolcheviques, incluso los que habían apoyado a Stalin frente a sus contrincantes en los años veinte y defendido sinceramente la colectivización y el primer plan quinquenal, llegaron a la conclusión de que no estaban dispuestos a aceptar la crueldad y los sacrificios que imponía. Sin duda, muchos de ellos recordaban la negativa de Lenin a apoyar a Stalin como sucesor suyo por su brutalidad excesiva.

Ya en 1933 el partido sufrió una drástica purga, con la expulsión de un tercio de sus miembros. Incluso leales colaboradores de Stalin se asustaron ante su creciente crueldad. Kirov, un viejo amigo y compañero revolucionario de Stalin desde 1909, miembro importante del secretariado del partido, capitaneaba quizá a los desafectos; en 1934, fue asesinado en su despacho, seguramente por un agente estalinista. Stalin utilizó el asesinato para eliminar a sus adversarios, imaginarios o reales, mediante una resurrección del terror, ejecutando a más de cien personas e iniciando las extraordinarias “purgas” de los años 1930.

En 1936, fueron procesados dieciséis viejos bolcheviques. Algunos, como Zinoviev y Kamenev, habían sido expulsados del partido en 1927 por apoyar a Trotsky y, tras retractarse, habían sido readmitidos. Ahora se les acusó del asesinato de Kirov, de conspirar para asesinar a Stalin y de haber organizado, en 1932, bajo la inspiración de Trotsky, un grupo secreto para desorganizar el Comité Central. Para asombro del mundo, los acusados confesaron los delitos que se les imputaban, en juicio público y se autocriticaron como indignos delincuentes. Todos fueron condenados a muerte. En 1937, tras unos procesos similares, otros diecisiete viejos bolcheviques sufrieron la misma suerte o fueron condenados a largas penas de prisión; y, en 1938, Bujarin y otros, acusados de querer restablecer el capitalismo y de conspirar con Trotsky para traicionar a la URSS, fueron ejecutados. En casi todos los casos se produjeron las mismas autoinculpaciones, sin que se aportasen más pruebas. Cómo se obtenían aquellas confesiones en juicio publico, de unos hombres que al parecer se hallaban en plena posesión de sus facultades y sin señales de daño físico, sigue siendo un cierto misterio. Ulteriores revelaciones de tortura psicológica y de malos tratos físicos que quebrantaban su voluntad y destruían sus facultades de raciocinio arrojan alguna luz acerca de las técnicas utilizadas.

Además de aquellos procesos públicos, hubo miles de arrestos, investigaciones y ejecuciones. En 1937, en un tribunal militar secreto, el mariscal Tujachevski y otros siete generales fueron acusados de trotskismo y de conspirar con los alemanes y con los japoneses, y fueron fusilados. Las purgas no sólo alcanzaban a hombres que habían ostentado los más altos puestos en el partido, el gobierno y los círculos militares, sino también a los escalones inferiores de esos colectivos. Antes de que las purgas hubieran terminado, a finales de 1938, un número indeterminado de personas, pero sin duda millones, fueron ejecutadas o enviadas a los campos de trabajo. Años después, se estableció la inocencia de muchas de las víctimas de las sospechas casi paranoicas de Stalin, y se rehabilitó póstumamente su reputación.

Mediante aquellas famosas “purgas”, se reforzó la dictadura de Stalin y la disciplina del partido. Stalin se desembarazó de todos sus posibles rivales. Se liberó del entorpecimiento de tener a su lado a unos hombres que pudieran recordar los viejos tiempos, citar a Lenin como a un antiguo amigo, o empequeñecer la realidad de 1937 recordando los sueños de 1917. Nunca sabremos si la nutrida oposición a Stalin detectada en el XVII Congreso del PCUS en 1934 constituía realmente una amenaza a su poder, porque entre 1934 y 1939 unos cinco millones de miembros del partido y de funcionarios fueron arrestados, unos 500.000 fueron ejecutados, y en el XVIII Congreso del PCUS, en la primavera de 1939, apenas había 37 supervivientes de los 1.827 delegados presentes en el de 1934. Ya no quedaban viejos bolcheviques. Un grupo más joven, producto del nuevo orden, afortunados hombres de acción, prácticos, constructivos, intolerantes con los “agitadores” y sumisos a la dictadura de Stalin, estaban manejando lo que ya era un sistema establecido.

Lo que confirió a este terror una inhumanidad sin precedentes fue que no tenía límites. No era sólo la idea de que un gran fin justifica todos los medios, ni que los sacrificios impuestos a la generación actual, por grandes que sean, no son nada comparados con los inmensos beneficios que obtendrán las generaciones venideras, sino la aplicación constante del principio de guerra total. En las democracias, donde rige el imperio de la ley y hay libertad de prensa, existen algunos contrapesos; en un sistema de poder absoluto, no (aunque pueden acabar apareciendo algunos límites, por mera razón de supervivencia y porque el uso del poder absoluto puede ser contraproducente). La paranoia es su resultado final lógico.

Quizá nunca se podrá calcular con exactitud el coste humano del estalinismo, pues incluso las estadísticas de ejecuciones y de presos en los gulags no cubren todas las pérdidas, y las estimaciones varían mucho según quien las haga. La supresión del censo de 1937 añade dificultades casi insalvables. Sea como fuere, el número de víctimas debe medirse en cifras de ocho, más que de siete, dígitos. En estas circunstancias no importa demasiado optar por una estimación «conservadora», más cerca de los 10 que de los 20 millones, o por una cifra mayor: cualquiera es una vergüenza sin paliativos y sin justificación posible. Añadiré, sin comentarios, que en 1937 la URSS tenía, al parecer, 164 millones de habitantes, o sea, 16,7 millones menos que las previsiones demográficas del segundo plan quinquenal (1933-1938).

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Hª Contemporánea Universal (hasta 1945) - Lectura 16

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