Darwinismo social

Selección natural de las clases sociales. Influencia social y política. Teorías evolucionistas. Conciencia. Motor evolutivo. Lucha social

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Biología

Informe

DARWINISMO SOCIAL: INFLUENCIA SOCIO-POLÍTICA

En el origen de las especies (1859), Darwin solo aludía de pasada al caso particular de la humanidad. En una gran obra sobre el origen del hombre y la selección sexual(1871) explica con toda claridad que el hombre es un mamífero y que desciende de otros mamíferos.

Para comprender al hombre era preciso recurrir a ala teoría de la evolución, sin reparos en cuando ampliarla para que pudiera dar cuenta de las cualidades mentales y morales de los humanos. Darwin decía que es deseable que los hombres se vean “sometidos a una rigurosa lucha” para que los mejor dotados puedan triunfar. Estas afirmaciones han dado razón del llamado Darwinismo social.

Indudablemente hay teorías sociales e históricas que pueden reclamar más legítimamente la paternidad de Darwin. Pero, en primer lugar, hemos de prestar la debida consideración a la única verdadera y legítimamente teoría desarrollada por Darwin: la que desarrollo en El Origen de Las especies y que alcanzó su plena madurez en su Descendencia del Hombre y selección con relación al sexo. Los rasgos esenciales de esta teoría eran claramente visibles en el momento de nacer, y para que nadie los confundiera, Darwin los incorporó formalmente al título de su famoso libro: El Origen de las Especies por Medio de la Selección natural, o la Preservación de las Razas Favorecidas en la Lucha por la Vida. En una u otra parte de este extenso título pueden localizarse las teorías que buscaban la legitimidad en nombre del darwinismo social. Este proceso de legitimación puede ser demostrado en caso de la variedad más común del darwinismo social: la doctrina del laissez-faire.

Como teoría económica -la libre e ilimitada competencia de los individuos- nació al menos tres cuartos de siglo que el libro El Origen de las Especies, el cual debió precisamente su existencia a una de las obras clásicas sobre esta doctrina: Ensayo sobre el Principio de la Población, de Malthus.

Sin embargo, por una curiosa inversión, fue Darwin el llamado a legitimar la teoría del laissez-faire.

Los partidarios del laissez-faire hacían derivar la sanción de su doctrina de aquella parte del darwinismo que consideraba a los miembros individuales de una especie compitiendo entre sí por los recursos disponibles, y como resultado de esa competencia sobrevivían los individuos mas aptos, perpetuaban la especie, y contribuían así a la mejora y evolución de ésta. Pero también estaba en marcha, según Darwin, una lucha entre las especies -una competencia inter-especies, así como una competencia intra-especies. Y mientras que la segunda parecía validar la teoría del laissez-faire, la primera, la competencia inter-especies, sugería una ideología muy distinta, y como se revelo en ocasiones, muy opuesta: la ideología del nacionalismo, el imperialismo y el militarismo.

Darwin confesó en ocasiones hallar esta segunda deducción tan absurda como la primera. Con todo, escribió en una carta un poco antes de su muerte: “Podría demostrar que la lucha en la selección natural ha hecho y hace más por el progreso de la civilización de lo que parecéis inclinados a admitir... Las razas caucásicas han superado con mucho a los turcos en la lucha por la existencia. Considerando el mundo en fecha no muy lejana, ¿qué número inacabable de razas inferiores habrán sido eliminadas por razas más civilizadas en todo el mundo? .

En este sentido, podría formularse una argumentación convincente en favor del darwinismo social: Puede suponerse que el héroe, el superhombre, el führer, han establecido su preeminencia como resultado por la lucha dentro del estado; así el propio estado, bajo su dirección, se librará a una lucha con otros estados para establecer su preeminencia en el mundo.

Cuando Darwin y sus seguidores hablaron del triunfo de las “razas más civilizadas” en esta lucha internacional por la existencia, identificaron, por lo general, raza con nación. Pero aún podía extraerse inferencias raciales y biológicas más precisas de la teoría de Darwin. Una vez más podemos citar a Darwin a ambos bandos de esta cuestión. Por un lado, al negar la posibilidad de las separación de las especies, al mostrar como las especies evolucionaron unas de otras, y en definitiva, como todas derivan de una sola forma primordial, la teoría de la selección natural puso en entre dicho la pureza racial que había sido un ingrediente importante en la mayoría de los credos racistas, y afirmo la hermandad del hombre que ha sido la clásica refutación del racismo. Esta hermandad del hombre era, ciertamente, el mensaje que muchos contemporáneos dedujeron de su obra Sobre el origen de las Especies.

No obstante, otros lograron conciliar dicha obra y el racismo, e incluso lo utilizaron para legitimirlo. Pues aunque Darwin hizo derivar todas las especies, así como todas las razas de un antepasado único, no negó de modo alguno la realidad actual de las especies distintivas. A decir verdad, una finalidad primordial de la teoría de la selección natural fue precisamente tratar de explicar la realidad de las especies y razas, mostrar no sólo como evolucionaron sino que también cómo se estabilizaron y adquirieron fijeza en la forma, en ocasiones a través de muy largos períodos de tiempo.

Similarmente, los defensores de la segregación racial como de la abolición de la segregación podían citar como fundamento de sus ideas a diferentes aspectos del darwinismo. Los antisegregacionistas podían -y así lo hicieron- hacer mención de la obra Sobre el Origen de las especies, en el sentido de que los cruces entre las variedades tienden a incrementar el número, tamaño y vigor de la prole; mientras que los segregacionistas citaron muchos pasajes que, en muchas circunstancias, tal cruce resultaría pernicioso para ambas especies.

Aunque el darwinismo se mantuvo en silencio con respecto a la realidad de las razas o la deseabilidad de la mezcla entre ellas, se pronunció claramente a favor de la lucha de razas y del inevitable y adecuado dominio del débil por el fuerte. Karl Pearson consideró esta lucha racial como un apéndice necesario de la lucha imperialista.

La variedad específica del darwinismo social de Pearson, es intrigante, porque defendió que el darwinismo es una legitimación, no sólo del imperialismo y racismo, sino de lo que él juzgo como socialista. Efectivamente, Pearson leyó en la teoría de Darwin una refutación del laissez-faire. Como consideró importantísima la lucha inter-especies, la lucha internacional, sostuvo que esa lucha podía ser librada efectivamente si se suprimía la lucha intra-especies: la lucha dentro de la nación. Las amplias distinciones sociales y económicas -declaró Pearson- minaban el sentido de una finalidad nacional común.

El socialismo marxista halló también un aliado en el darwinismo. El propio Marx quedo tan maravillado con la citada obra de Marx que propuso dedicarle El Capital. Darwin declinó cortésmente el honor. A decir verdad, Marx considero la repetida obra como base de sus propias opiniones: la lucha de las especies en la naturaleza mostraba un paralelismo con la lucha de clases a través de la historia, y la naturaleza y la historia evolucionaban de la misma forma natural e inevitable.

A principios de siglo, los marxistas se sirvieron también de la teoría de la mutación, sosteniendo que la sociedad no sólo avanza mediante un desarrollo gradual, sino también con cambios súbitos, justificando así el uso de la violencia para originar la revolución social.

Aun hubieron otros socialistas -antiimperialistas y antimarxistas- que utilizaron esta obra de Darwin con un objetivo distinto. Alegaron que puesto que la lucha social y económica por la existencia podía dar como resultado la supervivencia de aquellos que poseyeran las características humanas menos deseables y valiosas, la lección del darwinismo era estimular los instintos de cooperación más que los de competencia. De este modo, se hizo depender la evolución de la sociedad del desarrollo de instituciones cooperadoras y de la mitigación de la lucha de clases.

Otra escuela del pensamiento no socialista - la eugenecista- se propuso intervenir aún más directa y espectacularmente en el proceso evolutivo. Francis Galton, primo de Darwin, dijo que pretendía “alcanzar los fines de la evolución más rápidamente y con menos trastornos que si se dejaran los acontecimientos a su propio curso”, “descubrir y acelerar los cambios que son necesarios para adaptar las circunstancias a las razas y las razas a las circunstancias”. Darwin aprobó, en teoría, la propuesta de Galton de establecer un registro de familias superiores e inferiores, de suerte que la sociedad supiera a quién debe estimularse a engendrar y a quién debe disuadirse de que engendre, o incluso, en ciertos casos, impedir que lo haga.

En este punto todo el edificio del darwinismo social amenaza derrumbarse bajo el peso de la contradicción, complicación y paradoja. Parece que laissez-faire y socialismo, el racismo y el antirracismo, el imperialismo y el antiimperialismo...no pueden reclamar los derechos de descendencia legítima del mismo progenitor. Pero, como el propio árbol evolutivo, con sus múltiples ramas y vástagos están todos relacionados -no directamente entre sí, sino que con la doctrina matriz- y cada uno de ellos deriva de una parte diferente de aquella doctrina, con un linaje y legitimidad propios.

Una antítesis final es convenientemente resumida por dos miembros de la distinguida familia Huxley, hablando con cincuenta años de intervalo, pero sometidas a idénticas influencias. En 1893, T. H. Huxley, uno de los discípulos más leales de Darwin, definió la evolución como aquel “proceso cósmico” mediante el cual el hombre y la naturaleza, avanzando por medio de la lucha, la selección y la supervivencia han llegado a su condición actual. La ética, por otra parte, era lo más opuesto a este proceso cósmico. De modo que lejos de ser un guía para la moralidad, la evolución fue una lección de inmoralidad. Asignó un premio a aquellas cualidades que los moralistas podías tan sólo deplorar: la astucia, la fuerza bruta, la falta de piedad y la ferocidad. El hombre civilizado sólo podía aprender de ella lo que debía evitar y condenar.

Cincuenta años después el nieto de Huxley, el eminente científico Julian Huxley, defendió la tesis opuesta: que la evolución proporcionaba una base objetiva para los valores humanos y el progreso social. “Los hechos de la naturaleza -expresó- como se demuestran en la evolución, nos dan la seguridad de que el conocimiento, el amor, la belleza, la moralidad generosa y una finalidad firme son éticamente buenos”.

Un poco después, en 1954, el propio Julian Huxley expuso la tesis de una ética evolutiva apoyándose en un plano diferente. Comparando la condición actual del hombre con la de nuestros antepasados anfibios hace trescientos millones de años, cuando evolucionaron de una vida confinada al mar hacia las amplias oportunidades de una vida sobre la tierra, Huxley ha llegado a ver al hombre en un estado similar de transición desde el sector biológico al sector psico-social. En su opinión, la evolución avanzará mediante descubrimientos trascendentales hacia nuevas pautas dominantes de organización mental de conocimiento, de ideas y creencias, obteniéndose una organización ideológica, en lugar de la puramente fisiológica o biológica”. Lamentable, Huxley no alcanzó a vivir la era de la informática, donde más que nunca el hombre se encuentra a punto de dar un gran salto hacia un estado socio-cultural totalmente nuevo.

No esta dicha la última palabra sobre el darwinismo social y es posible que estas teorías sigan alimentando nuevas visiones de mundo por venir.

Anexo

EL DARWINISMO EN LA ACTUALIDAD

Ahora, ni Darwin ni sus continuadores nos autorizan a extraer conclusiones sociales de las leyes que gobiernan la selección puesto que la intencionalidad de los agentes de la selección biológica o química difiere de nuestra propia intencionalidad, en tanto seres conscientes. Las intenciones de los genes nos son las mismas que las nuestras. Inclusive, son hasta cierto punto opuestas. Aquí los defensores de la naturaleza opondrán su clamor, pero es así: la naturaleza es nuestra enemiga más que nuestra benefactora. Baste un caso de ejemplo: Los seres humanos están programados por sus genes para hacer copias de sí mismos que transmitan a su vez los genes cuya intencionalidad ya conocemos. Ahora bien, como vehículos de la proliferación en el mundo de los genes, carecemos de todo valor una vez que hemos cumplido con el propósito de nuestros genes. Es decir que una vez que el ser humano se reproduce, carece de toda aptitud evolutiva. Inclusive, es un estorbo y acaso una competencia para las crías que se han independizado. Esto significa que desde el punto de vista de los genes, el interés bien podría ser la destrucción de los organismos que ya han cumplido con su cometido. Es lógico que una especie evolucione hacia la poca supervivencia de los organismos adultos. Existen casos extremos como los animales y plantas que mueren no bien haberse reproducido. Tan cierto es este efecto indeseado de la evolución que recientemente se ha descubierto que parte del conglomerado de procesos al cual se denomina envejecimiento se debe a que así está programado en los genes. El envejecimiento de los seres humanos se debe a la activación de ciertos genes que permanecen inactivos en los primeros años de vida hasta el momento de su liberación y que coincide con la madurez sexual. ¡El ser humano está programado para morir! El hecho de que el humano típico muera a los 75 años no es un accidente o una falla del organismo. ¡Está programado así! Esto debería concientizarnos acerca de la incompatibilidad entre el propósito de los genes y el de los seres humanos, por lo menos aquellos que tenemos el firme propósito de durar unos 500 años por lo menos.

LA CONCIENCIA COMO NUEVO MOTOR EVOLUTIVO

La aparición de la conciencia es un adelanto evolutivo puesto que un animal consciente evita los peligros y sobrevive mejor hasta el momento de reproducirse y posteriormente cuida mejor de su descendencia puesto que extrae energía de mecanismos como el afecto y el altruismo. Ahora ha llegado el momento evolutivo en el cual este adelanto se vuelve en contra de los genes. Toda vez que se defiende la sabiduría de la naturaleza, se defiende el status que previo a la aparición de la conciencia. El Ser Humano es diferente del homo sapiens. El Ser Humano es el ente consciente, aquél que se ha despertado luego de un sueño de millones de años y encuentra su problemática angustiante que lo lleva a preguntarse la razón de su presencia en el mundo. El homo sapiens es el mero animal, vehículo de la pseudo intencionalidad de los genes. Y bien está que el Ser Humano se pregunte la razón de su presencia en el universo, puesto que esta presencia no ha sido programada tal cual sino que es un exceso de una perfomance, la conciencia, que en grado menor hubiera cumplido el propósito de los genes sin comprometer la supervivencia de los mismos, como fue el caso de otras líneas evolutivas tan exitosas como la de los primates. Por ejemplo la de los insectos sociales que no han desarrollado conciencia. Pero esta línea evolutiva que tiene su culminación en el homo sapiens tal vez sea, finalmente, un error de los genes en tanto en el hombre se ha producido un cambio cualitativo en el sujeto de la evolución. El hombre toma conciencia y como Ser Humano pretende proliferar en forma de conciencia. Existe un remanente en la conciencia que obedece hoy aún al dictado de los genes. Los sentimientos xenófobos y racistas se deben exclusivamente a que es el comportamiento que favorece la supervivencia de los ejemplares que tienen menos posibilidades de repartir su energía con ejemplares de distinta líneas de descendencia. Cuando el blanco mata al negro, disminuye la probabilidad de que su propia descendencia deba competir con la descendencia ajena. Sería igualmente beneficioso para un blanco matar a todos los otros blancos que poseen genes diferentes que producirían una línea genética diferente de la propia, pero la matanza de estos blancos competidores implica una dificultad cual es la de poder diferenciarlos claramente de sus propios parientes. Pero en el caso de la matanza de los negros, la certeza visual de la diferente línea genética garantiza el beneficio del comportamiento hostil contra el evidentemente diferente. Cuanto más difiere el hipotético rival de la propia descendencia, más se lo ataca puesto mayor es la certeza de su diferente linaje genético.

Todas las características primariamente tribales y salvajes del homo sapiens están programadas para obedecer la intencionalidad oculta de sus genes. El amor filial, el impulso sexual, el comportamiento agresivo con el diferente, el complejo de Edipo, etc. resultan de la propia programación de los genes del Homo Sapiens. Pero existe un cambio cualitativo puesto que aparece el Ser Humano que como emergente de la conciencia, tiene una intencionalidad diferente de la de los genes. Así aparecen comportamientos altruistas, suicidas, etc. que parecen obrar en contra de la finalidad genética. Y esto es así porque el Ser Humano es un organismo diferente y nuevo. De aquí en más, el motor evolutivo se traslada del gen a la conciencia. Por tanto el Ser Humano pretende no ya la supervivencia de los genes (personalmente nada le debemos a los genes que tienen programada nuestra propia muerte) sino la supervivencia de su conciencia. Esta etapa de transición encuentra al Ser Humano debatiéndose entre la sumisión a sus genes y la obediencia a ese amo nuevo que lo ubica como conciencia frente un universo que se revela hostil, frío, injusto y carente de explicaciones fáciles. El Ser Humano se pregunta por su finalidad y este interrogante lo angustia por cuanto no le halla respuesta. Y no halla porque no la hay tal cual él la pretende. El Ser Humano es el producto por exceso de una estrategia evolutiva, la generación de la conciencia, que devino accidentalmente en un salto de cualitativo capaz de torcer la línea evolutiva genética. No hay pues una trascendencia o una razón al Ser, puesto que el mismo Ser Humano es accidental, contingente, inesperado y si se quiere antinatural, tanto como resultan antinaturales el altruismo, el amor por el diferente, la continencia sexual o el cuidado de los discapacitados.

¿A QUE NOS OBLIGA LA APARICION DE LA CONCIENCIA COMO MOTOR EVOLUTIVO?

Los Seres Humanos que se reconocen a sí mismos como tales son ante todo conscientes de la falta de sentido de su propia existencia. Se reconocen contingentes y al decir de Camus, absurdos. Pero esta absurdidad representa una postura militante hacia el predominio de la conciencia como motor distinto al genético. El Ser Humano porta un destino que es su propia obra. El Ser Humano puede y debe autoprogramarse puesto que es el primer organismo verdaderamente libre. Se ha liberado de la atadura de sus genes. Se ha encontrado solo, accidente del cosmos, producto lateral de una máquina que se dispone a abandonar, libre al fin para elegir su propio destino trascendente. El Ser Humano se vuelve contra sus genes, contra las ataduras que éstos le intentan imponer. El Ser Humano se vuelve contra la naturaleza absurda del cosmos, la modifica para su propia supervivencia como conciencia. El Ser Humano se vuelve contra la moral del homo sapiens pues entiende la moral del mundo como producto de la pseudo intencionalidad génica y reniega entonces de la moral de sus genes. El Ser Humano tiene el deber de sobrevivir, de terminar con las trampas genéticas. Debe prolongar su tiempo de vida y debe encontrar los mecanismos de proliferación de su conciencia.

EL DARWINISMO SOCIAL COMO MECANISMO DE LA PROLIFERACION DE LA CONCIENCIA

La conciencia, en su camino evolutivo, debe cumplir con el precepto de proliferar, adaptándose e imponiéndose sobre las conciencias débiles. La debilidad o la fortaleza de la conciencia de Ser Humano está dada por la capacidad de sobrevivir a la presión genética. El homo Sapiens que odia a los hombres de razas diferentes posee una conciencia humana débil puesto que dedica parte de su actividad consciente al dictado obsoleto de sus genes. El hombre que obra enteramente de acuerdo al dictado de sus genes posee una conciencia extremadamente débil. Esta obediencia génica compite contra la conciencia humana por imponerse en los medios que la cultura humana brinda como campo de batalla. La supervivencia del más apto debe entenderse entonces como el deber de la conciencia humana de imponerse sobre los dictados tradicionales de los genes. El individuo más apto es entonces aquél que mejor se adapte al medio ambiente, pero este medio ambiente ya no es el medio ambiente de los genes, formado por las condiciones climáticas, sino que se trata de un medio ambiente nuevo, un universo carente de sentido, oscuro, terrible, donde el ser humano debe medrar. La conciencia que mejor se adapte a esta existencia, la conciencia absurda, se impondrá finalmente puesto que es más fuerte para soportar el embate del medio ambiente hostil que ha hecho su aparición, irremediablemente simultánea con la aparición de la conciencia humana. La conciencia humana, como motor evolutivo, aparte de crear su propio medio ambiente crea también sus propias leyes de supervivencia. Trasladado a lo social, la supervivencia del más fuerte como el más poderoso o el más rico es un hecho inválido desde el punto de vista humano. El triunfo de los ricos y los poderosos sobre los pobres y los débiles es un hecho que está mucho más de acuerdo con la moral génica que con la nueva moral Humana. Toda vez que se deja morir al débil, al niño o al viejo, se obedece a una regla génica a la cual el Ser Humano debe oponerse. El ser humano debe obedecer las leyes nuevas que emanan de su existencia consciente absurda. Y estas nuevas leyes determinan que se debe obrar contra la naturaleza, contra el principio natural de las cosas inertes. El Ser Humano es un producto del universo cualitativamente diferente de sus leyes. La conciencia humana no reconoce fronteras físicas y es dueña y soberana para contrariar las leyes físicas tanto como las fronteras del tiempo y del espacio. La imaginación del hombre no reconoce la frontera de la velocidad de la luz; y la información que la conciencia crea desobedece flagrantemente al segundo principio de la termodinámica. Hasta tanto la sociedad humana cree la moral humana que inevitablemente está delineando, como regla práctica el ser humano debería desconfiar de toda regla que ostente como fundamento "lo natural". Si es natural, hay que oponérsele puesto que el Ser Humano no es natural. Si es natural hay que oponérsele puesto que natural es la muerte de la gacela entre las garras del león. Si es natural hay que oponérsele puesto que es natural también morir de vejez, odiar al diferente, matar al padre, abandonar al enfermo y desamparar al débil.

El darwinismo social es en fin, la supervivencia de la conciencia humana por sobre la conciencia génica. Ese es el deber del Ser Humano, proliferar por sobre el homo Sapiens.