Culturas de la España medieval

Edad Media española. Historia de España. Península Ibérica. Hispania Romana. Visigodos. Islam. Al Andalus. Ciudades. Juderías. Reinos cristianos. Repoblación. Románico. Reconquista. Cruzadas

  • Enviado por: Armando Casitas
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 9 páginas
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PLURALIDAD DE CULTURAS EN LA ESPAÑA MEDIEVAL

1.-INTRODUCCIÓN

Desde ciertas tribunas, palcos, escaños y púlpitos se pretenda acabar con las llamadas “humanidades” por desempeñar una función superflua e incluso contraproducente en la formación y adiestramiento de piezas que encajen sin problemas en el sistema. Pero los acontecimientos, presentes y pasados, nos muestran tozudamente que el conocimiento de la historia reciente e incluso remota es imprescindible para entender “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”, condición necesaria para ser un ciudadano, y no un mero instrumento.

Por ello, echando una mirada siquiera superficial sobre la historia de la Península Ibérica, especialmente a la época medieval, no puedo sino preguntarme ¿cómo es posible que alguien reclame en España la pureza de la raza como fundamento de la identidad, cuando vemos el rostro de un judío, de un musulmán, de un prerromano, en cada vecino, cada amigo, cada hermano?¿Cómo es posible reivindicar una entidad nacional de matices metafísicos- tanto desde Madrid como desde Bilbao- cuando la historia de la península nos muestra que cada nación se formó a sangre y fuego, mediante la imposición militar, religiosa y lingüística? La respuesta la hallo en un tópico que, para el caso del estado español es casi una definición: “aquellos que desconocen su historia, están a condenados a repetirla”. Pues todavía hay algunos que no se dan por enterados de esta obviedad y quieren condenar a las generaciones venideras (y aun a la mía)a vivir sin memoria.

2.-EL FIN DE LA HISPANIA ROMANA

Cuando los romanos llegaron a la península no hallaron sino un conjunto de pueblos dispersos con un desarrollo técnico y militar muy inferior al de la potencia en expansión que constituía Roma en aquellos momentos. Pese a que hubo resistencia por parte de algunas tribus, la aceptación del nuevo modo de organización y de vida fue generalizada- salvo los focos de resistencia de la cornisa cantábrica que, pese a ser sometidos militar y económicamente por los romanos, conservaron en parte su modo de vida-. Dos ejemplos de la profunda romanización de la Península son, por un lado, la participación de la población autóctona en las guerras civiles del Imperio y, por otro, las notables figuras de la política y las artes que dio al mundo(Séneca, Trajano).

Así pues, cuando el Imperio Romano entra en crisis y los visigodos, procedentes del Danubio, invaden la península, primero solapadamente, tras el pacto con el emperador Honorio, y luego abiertamente, se encuentran con una población hispano romana que comienza a abandonar las ciudades, debido a la drástica disminución del intercambio comercial.

Esta disminución del comercio y la vuelta a la autarquía se debió a la fuerte depreciación de la moneda y a la poca seguridad de las rutas, extinta ya la Pax Romana.

De este modo, la minoría visigoda, tras vencer a los otros pueblos germánicos, se hizo rápidamente con el control de todo el territorio peninsular, ante la pasividad de la población autóctona.

El retraso cultural, económico y urbanístico fue notable durante los doscientos años de hegemonía visigoda (del siglo V al VIII). No obstante, hay que tener en cuenta que tomaron la provincia romana en un momento de profunda decadencia del Imperio, lo que significa que no hicieron sino continuar ese proceso degenerativo, iniciado tiempo atrás.

Instauraron una monarquía electiva que se mostró muy inestable, como lo prueban los constantes levantamientos de la nobleza y el clero cristiano.

Precisamente fue uno de esos levantamientos nobiliarios el que propició la entrada de los árabes en la Península. Entrada que, de todos modos, se hubiera producido tarde o temprano, dada la extensión y el poder del floreciente Imperio Islámico en aquel momento. El levantamiento tuvo su origen en el testamento del rey Witiza que legaba la corona a sus dos hijos. A esto se opuso gran parte de la nobleza, que apoyaba a un tal Rodrigo quien, finalmente, fue elegido monarca. Los partidarios de los hijos de Witiza llamaron en su ayuda a los árabes recién llegados al norte de África que, una vez vencido Rodrigo en la batalla de Guadalete (711), ocuparon poco a poco todo el territorio.

3.-LA ENTRADA DEL ISLAM EN LA PENÍNSULA IBÉRICA

La conquista del vasto territorio peninsular por parte de las tropas musulmanas del norte de África, compuestas por una mayoría de beréberes liderada por árabes, fue pacífica en casi todos los casos. Esto fue debido, sobre todo, al carácter tolerante de la religión predicada por Mahoma y que los invasores trajeron consigo. Mahoma consideraba que existía un único Dios que se había revelado de maneras distintas a Moisés, a Cristo y a él mismo, por lo que las diferencias religiosas eran entendidas por el Islam poco menos que como peculiaridades culturales.

Esta idea de Mahoma explica el escaso interés por parte de los conquistadores en convertir por la fuerza a la población sometida, a la que se le permitió conservar su fe a condición de pagar un impuesto especial. No obstante, la mayoría de la población autóctona se convirtió, animada, por un lado, por la situación de la Iglesia visigoda, más preocupada por asuntos terrenales que por la conducción de almas, y por otro, porque suponía la equiparación legal con los invasores.

A pesar de todo ello, hubo zonas, como la comarca de Toledo, donde se conservó la religión cristiana, lo cual no supuso inconveniente para firmar acuerdos de paz con los árabes que les permitieron preservar su fe a cambio de un pacto de no-agresión y del pago de impuestos. También existió un foco de resistencia, esta vez militar y no sólo religioso o cultural, en la Cordillera Cantábrica. Allí se refugiaron los partidarios de Rodrigo, que lograron unificar a las tribus astures prerromanas y formar una pequeña monarquía que resistió a los árabes, en parte por el poco interés que despertaban aquellas tierras montañosas e inhóspitas en Córdoba.

Pero en general, la fusión étnica, cultural y religiosa entre conquistadores y conquistados fue total.

4.- AL-ANDALUS

La fundación del Emirato independiente de Córdoba por Abderramán I en el 756 supuso la instauración plena en la Península de un nuevo orden administrativo, jurídico, técnico, religioso y económico.

Aparte de introducir nuevos cultivos (arroz, algodón) y técnicas agrícolas (regadío, abonado) que desarrollaron la producción, su nueva “pax” islámica garantizó el intercambio comercial, mucho más fluido que el de la zona cristiana.

Las ciudades

El impulso del comercio fue paralelo al experimentado por las ciudades, nudos de las rutas comerciales, que fueron rehabilitadas. Las ciudades eran entendidas por el Islam como comunidades religiosas, por lo que los conflictos municipales se resolvían, en general, de modo espontáneo. Tan sólo había una autoridad urbana, el almotacén, que intervenía en cuestiones morales y de seguridad pública, en la recaudación de impuestos. De esta relativa ausencia de autoridad municipal deriva la desordenada distribución de las construcciones urbanas árabes.

La desmembración del Emirato Andalusí en los reinos de taifas y las invasiones de almorávides (s. XI) y almohades (s. XII) no afectó especialmente a la vida en las ciudades que fue respetada en general, para no obstaculizar el comercio.

El centro urbano lo constituía la medina, con una mezquita amurallada. A su alrededor iban surgiendo más o menos caóticamente los barrios en los que los habitantes solían agruparse según su raza o su oficio. Había un mercado principal, ubicado en las calles más importantes, pero los barrios solían tener sus propios zocos. Destaca en estas ciudades la presencia de baños públicos. Éstos, construidos por motivos religiosos- el Corán exige la purificación antes de orar-, constituían los principales centros de convivencia ciudadana.

Otra peculiaridad de las ciudades musulmanas son las juderías. La situación de las colonias hebreas, cuyo establecimiento en las Península se remonta a la época del Imperio Romano, se hizo muy delicada con el triunfo del Cristianismo. Los visigodos endurecieron la intolerancia cristiana, confinándolos en barrios, haciéndoles pagar impuestos especiales e inhabilitándolos para desempeñar cargos públicos. Finalmente, en el s. VII, tras el IV Concilio de Toledo, sólo se les ofrecieron dos opciones: la conversión o la expulsión.

Con la llegada de los árabes la situación cambió favorablemente para las comunidades judías: no sólo fueron respetadas sus tradiciones y creencias, sino que alcanzaron altos cargos como políticos, médicos, astrónomos...

Así pues, durante la época del Califato de Córdoba los judíos contaron con barrios bastante autónomos, con leyes y administración propias y también con sinagogas. Una construcción característica de las juderías fue la corrala: un conjunto de casas orientadas hacia un patio interior aislado de la calle, como forma de defensa ante las persecuciones ocasionadas por el fanatismo religioso, tanto cristiano como musulmán.

Fuera del perímetro defensivo se hallaban los arrabales, donde estaban ubicadas las fincas de recreo, en ocasiones muy lujosas, y también los cementerios. Estos cementerios solían estar al pie de los caminos y en ellos se enterraba con la misma sencillez, en tumbas señalizadas con lápidas, tanto a personajes importantes como a plebeyos. Sólo se construían monumentos funerarios para los hombres destacados por su piedad y sabiduría.

La estructura de la vivienda hispano musulmana no se diferenciaba mucho de la griega o la romana: un conjunto de habitaciones alrededor de un patio central, que permitía reducir los efectos del calor en verano. Esto en lo que se refiere a las villas de los hombres pudientes. El pueblo llano se hacinaba en viviendas de un solo habitáculo.

La higiene en las ciudades musulmanas no era muy buena: el agua potable se contaminaba con frecuencia y la basura se amontonaba en las calles. No obstante, las ciudades andalusíes eran de las más salubres de su época, sobre todo comparadas con las cristianas: al menos los musulmanes se lavaban regularmente, usaban letrinas y tenían buenos médicos.

La fortificación de estas ciudades era muy superior a la de las cristianas, ya que usaron técnicas de construcción bizantina desconocidas para éstos. Las ciudades tenían, según su importancia, dos o tres murallas jalonadas de torreones y un castillo o alcázar. Usaban, además, otras técnicas de construcción defensiva, como la puerta doble y el recorrido en forma de “L” en las entradas de las murallas, que servían para frenar a la caballería enemiga.

5.- LOS REINOS CRISTIANOS

El foco visigodo del que más tarde surgirían los reinos cristianos tuvo su origen en la persona de Pelayo, un noble visigodo partidario de Rodrigo que se refugió en las montañas asturianas. Pese a que la zona fue invadida por los musulmanes, Pelayo logró rechazarlos al mando de las tribus astures en la batalla de Covadonga. Este pequeño revés para las tropas andalusíes unido a su interés por conquistar la Galia, permitió a Pelayo organizar una pequeña monarquía unificando a las tribus. Esta monarquía se fue extendiendo por toda la franja cantábrica, sumándose a ella el resto de las tribus prerromanas que habían resistido al Imperio Romano y después al árabe.

La agricultura, la ganadería, el comercio (casi inexistente) y la religión eran bastante primitivas en esta precaria monarquía.

Las escasas tierras de labranza y las malas técnicas utilizadas daban lugar a un rendimiento paupérrimo de la agricultura.

Pese a que la minoría visigoda dirigente era cristiana, las tribus se convirtieron muy lentamente, manteniendo en muchos casos los ritos animistas apenas matizados por la liturgia cristiana.

La vivienda era rudimentaria y hecha de piedras. Apenas había asentamientos que pudieran denominarse ciudades.

La expansión cristiana mediante la repoblación

En el s. IX, el rey Alfonso II decidió repoblar Galicia, la cabecera del Ebro y el Duero, con el fin de crear allí núcleos de población que permitieran el ataque a zonas fronterizas de Al-Andalus.

La repoblación fue dirigida por monjes, que construyeron monasterios en las tierras otorgadas por el rey. Junto a ellos partieron hombres libres que, sin embargo, acabaron convertidos en siervos de los monasterios, que concentraron desde el principio el mayor número de tierras y recursos.

Poco a poco se fueron ocupando también las urbes, que estaban prácticamente intactas, como León, ocupada hacia el 845 y que se transformó en capital del Reino Astur en el 915. Desde aquí se inició la repoblación de las provincias de Valladolid y Zamora, para lo que se recurrió incluso a colonos europeos.

De este modo, en la franja antes desocupada se crearon verdaderas ciudades que, no obstante, no se acercaron siquiera a las andalusíes en tamaño y esplendor, y mucho menos en higiene. Estas ciudades, en contraposición a las árabes, sí que tenían un código de leyes municipales, ratificado por el rey. En una época tan temprana como el s. XII ya se evidenciaba la tensión entre los habitantes de estas ciudades (burgueses), comerciantes en su mayoría, y el poder eclesial, ya que los primeros eran vasallos de los monasterios.

6.-EL ROMÁNICO Y LA SUPREMACÍA DE LOS REINOS CRISTIANOS

Pese a la superioridad bélica, urbanística, organizativa y cultural del Islam hispánico sobre los reinos cristianos de la península, éstos fueron imponiéndose y ganando poco a poco territorios. Una de las razones de este avance fue la estrategia de repoblación iniciada por los reyes cristianos y que les permitieron crecer en población- y, por tanto, en potencial bélico- y en producción.

Otro factor a tener en cuenta es el declive del imperio Islámico, que afectó también al emirato de Córdoba. Además, las sucesivas invasiones de almorávides y almohades minaron la estabilidad del reino andalusí, que acabó fragmentándose en los reinos de taifas.

Esta división en distintos reinos constituye el punto de inflexión en el desarrollo histórico de la península: ahora son los reinos cristianos los que imponen sus condiciones a los musulmanes, obligándoles a pagar tributos.

Estos tributos van a constituir un excedente de ingresos en los reinos cristianos que se van a invertir en levantar iglesias románicas.

El Románico no significó simplemente un nuevo estilo arquitectónico. Su condición de posibilidad la constituyeron los ingentes ingresos que obtenían los monasterios. Estos ingresos se gestionaban independientemente en cada monasterio hasta que Guillermo de Aquitania fundó en Cluny una orden monacal seguidora de la Regla de San Benito de Nursia. Esta orden se declaró dependiente del papado con lo que, al extenderse con rapidez por los monasterios, logró centralizar el nombramiento de los abades- que se decidía ahora en Roma- y poner a disposición del Papa los ingresos de los monasterios.

Hacia el s. XI Alfonso VI introdujo la orden cluniacense en España, lo que provocó tensiones con los obispos locales, que veían disminuido su poder. Su introducción sirvió también para eliminar las peculiaridades religiosas que el cristianismo peninsular había poseído desde sus orígenes, unificando el culto y la liturgia.

El Románico supuso además la apertura de los reinos cristianos peninsulares a Europa, la integración de éstos en la Cristiandad. En este sentido, el descubrimiento de un mausoleo en Galicia que fue identificado con el del apóstol Santiago por Teodomiro, obispo de Iria Flavia, en el 813, fue un hecho fundamental. Este sepulcro se convirtió en el lugar de peregrinación de la Cristiandad, al ser imposible el viaje a Jerusalén, en poder de persas y musulmanes sucesivamente. El mayor auge de la peregrinación hacia Santiago de Compostela se produjo a partir del s. XI, cuando la presión de las tropas musulmanas empezó a decaer en el norte. La gran afluencia de fieles a la península potenció el intercambio cultural y económico y el desarrollo de los núcleos urbanos.

7.- Conclusiones: el concepto de Reconquista

Sólo quería señalar brevemente en esta conclusión que la utilización del término Reconquista me parece poco menos que una aberración histórica. Porque, si nos fijamos en el origen y desarrollo de los reinos peninsulares, sobre todo en el caso de los cristianos, podemos observar claramente que no se da una verdadera continuidad entre la Hispania romana y la España de los Reyes Católicos, por señalar dos hitos cronológicos. Primero, los romanos invaden un territorio ocupado por tribus desorganizadas y sin ninguna conciencia de unidad y le dan la forma de una provincia romana, imprimiendo en sus habitantes el modo de vida romano. Más tarde, llegan hasta la península varios pueblos germánicos que conquistan rápidamente un territorio del desmembrado imperio, instaurando una monarquía compuesta exclusivamente por elementos visigodos y no autóctonos. Después, los árabes hacen retroceder a esta oligarquía visigoda hasta Asturias, mezclándose con una población que no opuso resistencia y cuyas costumbres fueron respetadas. Finalmente, la oligarquía visigoda, unificando a las tribus cantábricas que, irónicamente, no habían sido romanizadas ni cristianizadas, emprende la Reconquista.

Pues bien. De todo ello podemos concluir que la idea de Reconquista, de lucha contra el infiel, no es más que un constructo cultural creado por el interés de las monarquías cristianas del norte en ensanchar sus territorios y aumentar su poder, constructo que era apoyado por la Cristiandad y el Papado en su lucha por el control de las grandes rutas comerciales del Oriente Próximo y que inspiraba también el espíritu de las Cruzadas. Bueno, de hecho la Reconquista era ambas cosas: la recuperación de las tierras “arrebatadas” por los árabes y la conversión o expulsión del infiel.

El emperador Honorio trajo al pueblo visigodo desde el Danubio en el 415 para tratar de frenar los excesos de suevos, vándalos y alanos, que se habían instalado en la Península.

La persecución del pueblo hebreo se justificaba por el hecho de que habían sido los responsables de la muerte de Cristo. No obstante, Cristo también era judío circuncidado. En todo caso, hay que tener en cuenta que la persecución judía en los reinos cristianos no fue sólo una cuestión de fanatismo religioso: por un lado, la uniformidad de lengua, religión y administración que impusieron los reyes cristianos fue fundamental para lograr un reino estable; por otro lado, los judíos de la península fueron los principales dinamizadores del comercio, acumulando al mismo tiempo grandes capitales, lo que propiciaba aún más el odio fanático.

De hecho, hasta el s. XI por lo menos, los cristianos no lograron asaltar ninguna fortaleza árabe y se dedicaban tan sólo a arrasar los arrabales y a perpetrar ataques por sorpresa.

Los vascos, por ejemplo, no fueron totalmente cristianizados hasta el s. XV, cuando la conquista castellana acabó imponiendo su religión.

Como estilo arquitectónico, surgió de la necesidad de sustituir la techumbre de madera de las iglesias cristianas que, debido a ello, se quemaban a menudo.

Que era de origen oriental.

Algunos investigadores creen que perteneció a Prisciliano, un hereje ajusticiado hacia el 383; otros, a un comerciante judío. En todo caso, lo fundamental es que Alfonso II de Asturias apoyó la versión de Teodomiro no sólo con palabras, sino con tres iglesias que mandó construir alrededor del sepulcro, con lo que se dotó de un instrumento de apoyo religioso-moral en su lucha contra “el infiel”.