Crónica ética de la segunda Guerra Mundial

Siglo XX. Campos concentración. Nazismo. Holocausto. Kamikaze. Ética en la batalla. Causas morales del Conflicto

  • Enviado por: Javier Montenegro
  • Idioma: castellano
  • País: España España
  • 17 páginas
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INTRODUCCION

Hace 50 años que el mundo recobró la paz después de setenta meses de la guerra más mortífera, mas encarnizada y más extensa de su historia. Cincuenta y cinco millones de muertos -más que la población de Francia- tal fue el precio de aquella lucha implacable, en la que se jugó el destino de la humanidad en una increíble serie de destrucciones.

Desde la invasión de Polonia, en septiembre de 1939, hasta la capitulación japonesa, en agosto de 1945, este trabajo no reconstruye la tragedia y sus consecuencias que se abatió sobre nuestro planeta por culpa de la locura de un hombre: Adolfo Hitler.

En vez del estilo tradicional del libro de historia, hemos preferido una fórmula nueva, que presenta un conjunto de textos entresacados de los libros más importantes publicados sobre la Segunda Guerra Mundial, constituyendo una verdadera crónica general de los aspectos éticos y hechos de armas más destacados y de las tragedias que fueron jalonando su curso. Los numerosos personajes extraídos de estos libros hacen así revivir los acontecimientos más importantes que, durante cinco años, hicieron tambalearse al mundo, de Europa al Pacifico, hasta la derrota final del Tercer Reich y de sus aliados.

Sin embargo, este trabajo no es únicamente una antología. Las páginas extraídas de estos libros se enlazan por unos textos inéditos, redactados especialmente para este trabajo que sitúan en su marco histórico los acontecimientos militares y políticos que constituyen la trama de esta inmensa tragedia. Una tabla cronológica del periodo 1939-1945, completa “Crónica Etica de la Segunda Guerra Mundial”, resultado de la lectura de mas de 500 paginas de autores de los dos bandos y del examen de una considerable documentación. Por otra parte, varios fotografías ayudan a reconstruir el escenario de los campos de batalla y del sufrimiento.

Sufrimiento es, sin duda la palabra clave, la expresión más cruelmente familiar que acudía a nuestros labios cuando escogíamos para la confección de este trabajo los documentos de los sombríos años de guerra. ¡Que este trabajo sea dedicado a los que sufrieron, a los que dieron su vida por el triunfo de la causa de las libertades amenazadas y a los tíos-abuelos caídos de un servidor, que aunque lucharon por el III Reich, únicamente obedecían las órdenes de un demente! ¡Y ojalá sirva, por los recuerdos que despierte y las imágenes que evoque, para alentar a los hombres a conservar la paz tan caramente reconquistada!

Mayo 1998

CAUSAS Y ORIGENENES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Europa

Entre los años 1939 y 1945 el mundo vivió la más violenta de las confrontaciones armadas de la historia. Esta guerra rebasó las dimensiones de la de 1914 por su extensión.

En la Segunda Guerra Mundial, políticos e historiadores coinciden, con rara unanimidad, en atribuir la causa de la guerra a la política expansiva nazi y, por tanto, a su responsable último, Hitler. Múltiples documentos prueban que Berlín no buscaba solamente obtener derecho de paso a través del corredor de Danzig sino además otras ambiciones inaceptables para Polonia, y en último término la desmembración de ésta. A pesar de ello no debe olvidarse la responsabilidad en que incurrieron, por pasividad los dirigentes occidentales, pasividad que se convirtió en un estímulo insensato para las apetencias Hitlerianas. En Gran Bretaña, la política de apaciguamiento de Chamberlain fue criticada en su momento por Churchill, más inclinada a la firmeza. En un determinado momento Chamberlain gira cuando, a finales de marzo de 1939, ofrece garantías a Polonia, difíciles de cumplir desde el punto de vista militar.

No resulta claro si en dilucidar si los generales alemanes constituyeron un freno para Hitler o si, por el contrario lo empujaron a empresas exteriores aventuradas. Es casi seguro que el estado mayor era hostil a una nueva aventura como la de 1914, e incluso existió una conspiración para frenar a Hitler, pero su éxito en Checoslovaquia la paralizó.

Se ha sostenido que si no se hubiera exigido la rendición sin condiciones la guerra podría haber terminado mucho antes. Pero si la lucha se presenta en términos morales, como una guerra contra un poder diabólico, contra el mal absoluto es difícil no exigir la rendición en esos términos.

El imperio del sol naciente

El Japón, que vivía estrechamente en un territorio pobre en recursos naturales, tanto alimentos como materias primas, había surgido un duro golpe a raíz de la crisis mundial de 1929. Para alimentar una población que aumentaba continuamente, cerca de un millón de habitantes por año, y para continuar desarrollando su industria, necesitaba urgentemente nuevos mercados y las materias primas indispensables. Pero muchos países, alcanzados también por la crisis, habían levantado serias barreras aduaneras para proteger su economía; así la política comercial de “penetración pacífica” practicada hasta entonces, por el Japón terminó fracasando. En Tokio, en Yokohama, en todos los centros industriales, el paro; las bancarrotas financieras se sucedían, el gobierno liberal, paralizado por la magnitud de la crisis, no soportaba una creciente oposición que pedía una política más eficaz y, sobre todo, más “gloriosa” para el imperio de Mikado. La casta militar, separada del poder por un régimen parlamentario aún no muy firme, trataba de recuperar su influencia tradicional sobre el Estado, o por lo menos orientar la política con arreglo a sus intereses económicos y a sus nostalgias guerreras de los samurais. La opinión pública, muy sensibilizada por la crisis, no podía dejar de escuchar con entusiasmo a los hombres que proponían fáciles conquistas, nuevos mercados y una política “de prestigio”.

China era una presa tentadora para el imperialismo nipón en los años 30. Débil, dividida entre las facciones comunista y nacionalista, no podía, reducida a las fuerzas del mariscal Chiang -kai- Shek, resistir un ataque súbito. Los japoneses pudieron pues, sin consecuencia alguna, apoderarse de un enorme territorio al que le llamaron el nuevo “Imperio del Manchukuo”.

Los japoneses, impaciente por someter a China, y ante la negativa de Chiang-kai- Shek para firmar un tratado que habría convertido a China en una simple colonia japonesa, se decidieron a principios las cosas. El 7 de julio de 1937, y como represalia de que en Pekín habrían tiroteado a unos soldados japoneses, las tropas niponas se apoderaron de la ciudad. Contestando a las protestas internacionales, Tokio quitó importancia al asunto, diciendo que se trataba de un “incidente chino”. Este “incidente iba a durar hasta 1945 y ser el origen de horribles desastres.

IDEAS MORALES

Conceptos fundamentales de Hitler

Lo que en el léxico fascista se denominaba “expansionismo” y que en su estadio supremo se había caracterizado por la voluntad de conquista de un imperio colonial, era aquí, desde el principio, el programa inequívoco de una guerra de aniquilación en el Este con la finalidad de conseguir un imperio mundial autárquico por sí mismo y asegurado durante siglos. Pero el lenguaje de los catedráticos del imperio victorioso sanaba mansamente comparado con las expresiones del dirigente de un pequeño partido, pocos años después de la derrota en una guerra a escala mundial. Formuló su “testamento político” ante todo el mundo de la manera siguiente:

“No hay que permitir jamás la formación de dos potencias continentales en Europa. Ante todo intento de organizar en las fronteras alemanas una segunda potencia militar, aunque sea solamente en la forma de un Estado susceptible de alcanzar ese potencial, no sólo se tendrá el derecho, sino el deber de impedirlo por todos los medio, incluido el de la acción militar. No deberá considerase asegurado el Reich hasta que cada vástago de nuestro pueblo tenga su propio suelo”

Hitler no se cansó hasta 1933 de repetir este íntimo pensamiento suyo en discursos públicos, hasta tal punto que sólo los ingenuos podían clasificarlo como “una tesis propagandista” y considerarlo como tal.

“Nos derrumbaremos si no poseemos la fuerza suficiente para conseguir el suelo y la tierra que necesitamos”

“Nuestros antepasados, que no estaban infestados de pacifismo, resolvieron este problema mediante el envío de colonos a la antigua marca oriental y la conquista de territorios para el pueblo alemán... Este proceso tuvo un brusco final porque el pueblo alemán perdió la fortaleza. Y para conquistar terreno se necesita fortaleza. Esta reside en la unidad.”

La exclusividad con que Hitler se fundamentaba en esta conclusión fue el más importante impulso para el Éxito del nacionalsocialismo. El núcleo de aquella “fe” arrastró primero a decenas y luego a centenares de millones de sus partidarios. Pero aunque pareciera poco realista, no era ni mucho menos una convicción individual, como se comprueba. Lo que el NSDAP era en Alemania, era Hitler en el NSDAP: punto de convergencia y punto de lanza y así es como podía ser, más que cualquier otro político de la extrema derecha, al mismo tiempo oportunista y enigmático: Conocía sus objetivos y los media para conseguirlos.

Sobre este esquema elemental, pero sin cuyo conocimiento resulta imposible cualquier observación, se efectuó el desarrollo del nacionalsocialismo en los años que van hasta 1930, acrecentándose cada

vez más las similitudes en su aspecto exterior con el fascismo italiano, triunfante y en el poder.

IDEAS MORALES EN: ALEMANIA

La auténtica meta: el restablecimiento del “orden natural” nórdico

Los “superiores de la lucha de clases” dividieron el interior de la nación en numerosos sectores racionales insalvables y los que predicaban la comunidad nacional clasificaron a sus adeptos, con metro y compás, en humanos nórdicos, occidentales y orientales, pese a no caberles la menor duda de que el friso nórdico estaba más estrechamente emparentado con el vikingo inglés que con el silesio oriental. Sin embargo siempre que Hitler expuso de una manera precisa sus conceptos, no habló de pueblos y naciones, sino de “núcleos raciales”. Como el partido nacionalsocialista no era así, para él otra cosa que el “núcleo de la raza nórdica”, que se había aglutinado a sí mismo como unos fragmentos imantados, se evidencian con una consecuencia rotunda que su verdadera y eterna realidad no era el pueblo alemán, sino el núcleo humano de raza aria que escuchaba la palabra del pueblo alemán, bien fuera en Alemania o en otros países arios. Encontrar este núcleo, formado de manera adecuada y elevarle hasta un nivel dominante, primero en Alemania y luego en el mundo, para restaurar de esa manera el orden natural alterado desde hacía millones de años, era en definitiva el verdadero sentido de la política social. Igualmente debía considerarse como presupuesto subjetivo de aquella seguridad del “espacio vital”, que era obra de las confianzas en sí mismo a que había ligado la raza y condición precios para la continuación de su existencia.

Si fueran posibles todavía las dudas, quedarían excluidas por la consideración del denominado antisemitismo nacionalsocialista, que no era otra cosa que el aspecto negativo de la política social. Cierto que tenía, como la política social, puntos normales y positivos. Las prestaciones sanitarias del Estado y los brotes de natalidad resultan también ilegítimos a ojos de un liberal y si en la república de Weimar se dieron sentimientos anticatólicos, antiprotestantes, anticapitalistas y antisindicalistas, hubiera resultado curiosa la no existencia de tendencias antijudias.

Cuando los judíos, por causa de sus cualidades sociales, eran considerados como enemigos mortales desde tiempo inmemorial de “los pueblos arios” y origen primero de toda descomposición y toda ruina, sólo existía una solución consecuente: la aniquilación de la sustancia biológica, tal como Hitler había ya evocado en su conversación con Eckar y como exigían algunos sectores que no eran solamente los agrupados en torno al stürmer (periódico antisemita). Y de nuevo este concepto de aniquilación aparece como paralelo exacto a las doctrinas marxistas de la destrucción de la burguesía por la propia historia. Pero en este caso lo que tenía que aniquilarse no era tanto el judaísmo como hecho concreto, sino en grado bastante mayor el “espíritu” del judaísmo, con todas sus consecuencias. Entre otras consecuencias contaban sobre toda la democracia, socialismo, pacifismo y cristianismo; es decir, todas las fuerzas que habían debilitado y dividido la salud guerrera del núcleo social originario con sus predichos de unidad mundial y humanidad.

IDEAS MORALES EN: LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

Así se organizaba la “vida” de los recién llegados a Auschwitz como a Dachau, a Mauthausen o a Treblinka. Hombres y mujeres útiles trabajaban hasta el agotamiento definitivo en las fábricas de productos químicos y de material de guerra. Cierto número servían de cobayas a los médicos de las S.S., que experimentaban con ellos en enfermerías dignas de una películas de terror. Sobre este “ganado” humano se realizaron los experimentos médicos más espantosos: Congelación, castración, inoculación de tifus, de cáncer, experimentación de nuevos medicamentos, vivisección... A los ancianos, los niños y los enfermos se les llevaba a las cámaras de gas, que son la verdadera razón de ser de estos campos. En la primera época de funcionamiento de las cámaras de gas, se observó según testimonio del comandante del campo de Auschwitz, Rudolf Hess, una cierta “fluctuación”. El principal problema, el de la productividad, dependía del gas a emplear para reducir el tiempo de las “hornadas”.

En Auschwitz se llegaron a sacrificar por gas a 600 víctimas diarias. Hess comparó sus métodos con los de sus colegas de otros campos de exterminio y eligió el gas más eficaz con conocimiento de causa. “Me dirigí a Treblinka para ver cómo se efectuaban las operaciones de exterminio. El comandante del campo de Treblinka me dijo que había hecho desaparecer 80.000 detenidos en seis meses. Se ocupaba más especialmente de los judíos del “ghetto” de Varsovia. Utilizaba óxido de carbono. No obstante, sus métodos no me parecieron muy eficaces. De modo que cuando instalé el edificio de exterminación en Auschwitz recayó mi elección en el Cyklon B, ácido prúsico cristalizado que dejábamos caer en la cámara de la muerte por una pequeña abertura. Según las condiciones atmosféricas, había que contar de tres a quince minutos para que el gas hiciese su efecto. Aportamos asimismo otra mejora con relación a Treblinka, construyendo cámaras de gas con capacidad para 2.000 personas a la vez, mientras que en Treblinka cada una de sus diez cámaras sólo tenían una cabida de 200 personas”.

Mejoramos de este modo, gracias a la vigilancia infatigable del comandante de las S.S. las cámaras de gas de Auschwitz funcionaran a pedir de boca. Con increíble refinamiento Hess hizo los edificios agradables a la vista cubriendo sus techos con praderas de césped bordeados con arietes de flores multicolores. A la entrada sólo podía leerse una palabra tranquilizadora: “baños”. Los recién llegados entraban sin desconfianza y eran recibidos por una orquesta de muchachas que ejecutaban aires alegres y estimulantes. Luego se rogaba a los detenidos de ambos sexos que se desnudaran antes de entrar en el “cuarto de duchas”, lo que hacían creyendo que era una operación de desinfección después de su viaje. Ya encerrados en las cámaras, la puerta se cerraba Herméticamente. Encima de ellos sobre las praderas de césped, unos hombres vertían el Cyklon B en las bocas de aireación. Sólo había que esperar a que el gas hubiese hecho su trabajo.

CAUSAS MORALES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Ética y moral en el campo de batalla

En esta guerra desempeñaron un papel decisivo la ciencia y a la técnica, y los estados mayores y los gobiernos comprendieron de una forma inmediata que la suerte de las batallas dependía de la tecnología bélica antes que del número de divisiones en los campos de batalla. Los dirigentes alemanes confiaban en la supremacía de su ciencia, pero hubieron de pagar el tributo de la huida de sus mejores cerebros ante el clima de apresarles para la libre investigación que el estado nazi puso en práctica. Bien diferente fue el clima de colaboración en Gran Bretaña, donde la Royal Society realizó un censo de 7.000 científicos dispuestos a colaborar en el esfuerzo de la guerra.

Se inició la era de los misiles, en la cual se adelantaron los alemanes. En 1944 Werner Von Braun consiguió hacer operativas las primeras armas a distancia, las V1, especie de aviones sin piloto, que fueron lanzadas sobre Londres. Pronto dieron paso a los V2, auténticas bombas lanzadas desde una rampa más exactas y precisas, arrojadas sobre la capital británica en septiembre de 1944 y que se convirtieron en un duro castigo para su población.

A esta guerra ha de atribuirse el horror de un arma nueva y definitiva, la nuclear. Los trabajos pioneros de Fermi y Bohr fueron aplicados en 1938 por el químico berlinés Otto Hohn que descubrió que la fisión del Atomo de uranio desprendía una energía prodigiosa. EE.UU. consiguió la fabricación de la bomba y la utilizó en el verano de 1975, que provocó la inmediata rendición japonesa. El balance que se estableció será de 78.150 muertos, 9.284 heridos graves y 13.938 desaparecidos, la cifra final de víctimas fue superior en 20.000 o 30.000, si se sumaran los calcinados en establecimiento militares. La guerra, por una desviación de la ciencia, que debería ponerse en todo momento al servicio del hombre, había experimentado un salto cualitativo, quedando en descubierto la ética que E.E.U.U. aplicaba en la batalla, casi idéntica a la nazi; que más adelante veremos y que no pensaba más que en ganar sin distinción entre población civil y militar.

En el período de entreguerras algunas teorías, como el general italiano Giulkce Dauhet, habían sugerido que bombardear sobre centros civiles podrían desmoralizar al enemigo. Esta táctica fue utilizada como confesó Goering en el juicio de Nuremberg, por los alemanes en el bombardeo de Guernica en abril de 1937, en la guerra civil española. Cuando se debatió tal posibilidad de guerra ofensiva total, los estrategas británicos formularon algunos escrúpulos, pero al mismo tiempo expresaron su inquietud porque comprendieron que se trataba de un método susceptible de utilizar contra Londres, perdiéndose la ventajosa del carácter insular y el glacis defensivo del canal. De todas formas, los bombardeos destructivos no fueron aplicados en los primeros meses. Los alemanes los ensayarían en el arrasamiento de Coventry y los británicos replicarían, ya en 1945, con la destrucción de Dresden. Las ciudades y sus habitantes se convirtieron en las víctimas de esta nueva forma de lucha que llevaba todos los riesgos de la primera línea a los civiles.

El honor del kamikaze

“Los cañones japoneses habían disminuido al intensidad y la frecuencia de sus disparos. Fueron desembarcados numerosos tanques. Todo el mundo creyó que las fuerzas desembarcadas iban a tener un poco de respiro para organizarse. Durante todo este tiempo, por portaaviones se mantenían a cierta distancia del Sur de Iwo Jima, hacía la que enviaban sus oleadas de aviones, obedeciendo a un ritmo y a una frecuencia previstos. El trayecto de estas formaciones era constantemente seguido en el radar. Hacia las 5 horas de la tarde, aparecieron en las pantallas unas manchas sospechosas, pero entonces se perturbó la recepción. Unos minutos después vino a estrellarse sobre el puente del “Saratoga” el primer avión suicida.”

La idea de los aviones suicidas había germinado en el Japón ya antes de la guerra. No era el resultado de una propaganda reciente. Para todos los japoneses de la casta samurai y para un inmenso número de japoneses plebeyos, no había fin más deseable que la muerte deliberadamente aceptada en servicio de la patria. La gloria aquí abajo y el acceso al paraíso de los antepasados era su recompensa inmediata. El mando japonés pensó en recurrir a la explotación racional de este sentimiento cuando la situación del Japón se hizo difícil.

El eslogan de la propaganda desarrollada a favor del cuerpo especial de aviadores era éste: “Un avión contra un barco”. Un solo avión que se estrellara sobre un buque de guerra norteamericano debía bastar para destruirlo a desmantelarlo. Los norteamericanos se desmoralizarían ante la importancia de sus pérdidas y renunciarían a proseguir la guerra. Los voluntarios para el cuerpo de kamikazes se presentaron en número elevadísimo. Una vez admitidos, eran objeto de privilegios y de honores especiales, cuyo esplendor daba lustre también a su familia. En vida ya eran héroes nacionales. En el momento de su ataque supremo, estaban autorizados a vestir ropajes de ceremonia tradicionales. En cuanto a su formación técnica, una en extremo simplificada, puesto que su misión consistía, aun vez a la vista el objetivo, en precipitarse sobre él hasta estrellarse, sin ocuparse de nada más. Incluso se elegía, entre los voluntarios ya pilotos, a los menos hábiles; a los mejores se les reservaba para misiones más difíciles. De modo que los resultados, sobre todo al principio, antes de que el entrenamiento de los pilotos de aviones- suicidas mejorara, fueron muy inferiores a las esperanzas. Con todo este procedimiento de ataque, como se verá, fue por un momento muy peligroso y muy deprimente para los marinos norteamericanos. Los pilotos de la muerte tenían orden de atacar con preferencia a los portaaviones.

CONSECUENCIAS MORALES DE LOS HECHOS SUCEDIDOS EN LA SEGUNA GUERRA MUNDIAL

Descubrimientos de los campos de concentración

Como ya se ha señalado, los campos de concentración se configuraron como un elemento fundamental del estado nazi, no sólo para la “solución final” del problema judío, sino además para el sometimiento de la población y el castigo de los enemigos políticos. En 1936, el sistema de campos fue colocado bajo la supervisión de las SS y Himmler convertido en su supremo jerarca. Tras el “Anschuss”, las poblaciones Austríacas fueron llevadas a Dachau y Buchenwald, y en 1938 se creó el campo de Mauthausen, cerca de Linz. Con la guerra, el sistema de extendió a toda la Europa ocupada, y con las conquistas de la Wehrmacht se crearon los campos de Auschwitz, Majdonek, Treblinka, Bergen, entre otros.

Para la invasión de la Unión Soviética, Keitel obtuvo la movilización de un millón y medio de trabajadores que era preciso reemplazar. Así surgió el recurso de la mano de obra más barata, los prisioneros de guerra. Goering obtuvo la cesión de 10.000 a 12.000 detenidos para trabajos forzados en una fábrica de caucho sintético cercana a Auschwitz. Pero los campos adquirirían enseguida otra misión más siniestra: el exterminio colectivo.

Los campos adaptaron un régimen de “exterminio por el trabajo”, y en ellos se realizaron abominables experiencias biológicas perpetradas por médicos de las S.S. sobre los detenidos. Con el avance aliados se descubrieron estos centros de horror, aunque en algunos casos vacíos de prisioneros, a los que se obligó a alejarse del frente en auténticas marchas de la muerte. Así ocurrió en Dachau, Auschwitz y Bergen-belsen.

El trágico balance de los campos incrementó la estadística de víctimas de la guerra. Un comité angloestadounidense publicó un estudio, en abril de 1946, con la estimación de un total de 5.721.500 muertos en el holocausto.

La Santa Sede y el nazismo

El descubrimiento de los campos suscitó una cuestión moral en torna al conocimiento que podía de ellos tener el pueblo alemán y sobre las posiciones adoptadas por las autoridades religiosas. En concreto surgió la acusación contra la pasividad de Pío XII, formulada por Rolf Hachhuth en la obra el vicario, que provocó la reacción indignada de los católicos.

No hay duda de la incompatibilidad entre Pío XII y el régimen nazi. La encíclica de 1937 Mit brennender Sorge, condenatoria del totalitarismo, fue redactada, hoy lo sabemos, por entonces secretario del estado, Eugenio Pacelli, sucesor de Pío XI en la sede de Pedro. Pero probablemente sus silencios se debieron a su creencia de que el bolchevismo constituía el enemigo mayor de la civilización cristiana y el máximo peligro para Europa, y así condenó las exacciones de la soldadesca soviética cuando antes había callado ante los atropellos de la Wehrmacht.

En el episcopado alemán se destacaron pronto dos posiciones la condenatoria del nazismo y la de espera paciente para evitar males mayores. Todo sugiere que Pío XII optó por esta segunda.

El caso de Polonia resulta particularmente significativo. El papa estaba informado de cuanto ocurría “nadie estaba más informado que el Papa sobre la situación polaca”, reconoce el cardenal Tisseran, figura destacada de la curia. En cartas privadas a Preysing, obispo de Berlín y uno de los más audaces opositores al régimen, se queja el Papa de que se intenta ahogar la vida religiosa del pueblo polaco, pero cuando se le pidió un gesto público guardó silencio, resistiendo peticiones provenientes de los polacos.

La vergüenza de la derrota japonesa

De Hiroshima sólo quedaban cenizas. La U.R.S.S. comprendió que era el momento de entrar en guerra si quería participar en el reparto del imperio japonés. El 8 de agosto, el ministro de Asuntos Exteriores de la Unión Soviética remitía al embajador japonés el texto de la declaración de la guerra. El 9 la segunda bomba atómica lanzada sobre Nagasaki causaba 75.000 muertos. Unas horas antes del lanzamiento de la bomba, el ejército ruso partía al ataque de las líneas japonesas en Manchuria. El 10 los rusos entraban en Corea. Después de unas horas de resistencia, divisiones enteras se rendían. En los días siguientes, los rusos desembarcaban en el Sur de Sakhalin en las Kuriles. Pero la misma noche del 10 de agosto, después de un nuevo ataque norteamericano sobre Hokkaido el emperador Hiro Hito proponía al Consejo Supremo aceptar las condiciones de capitulación dictadas por los Aliados en Potsdam. Pese a la oposición del Estado Mayor y de los generales, que intentaron dar un golpe de estado en la noche del 14 de agosto, el gobierno japonés aceptaba las condiciones de los Aliados. El 15 de agosto, el emperador, dirigiéndose por radio a su pueblo, anunció el fin de la guerra. Los últimos Kamikazes fueron a arrojarse al mar. Aviadores, oficiales y jefes de la Marina imperial, con el almirante Onishi a la cabeza, se congregaron ante el palacio del emperador y se hicieron el haraquiri.

El 2 de septiembre de 1945, a las 9 horas de la mañana, el ministro de Asuntos Exteriores japonés firmó el acta de capitulación. Seis años y un día después de ataque de Hitler a Polonia, callaban los cañones.

SITUACION ACTUAL

Nada bueno podíamos esperar de la plaga mas destructora y asesina que azota a la humanidad. La guerra por lo general suele perseguir algún tipo de ideal (si es que lo persigue) y, en un mundo donde hay libertad política, así como libertad de expresión, es realmente fácil encontrarte con mucha gente que tiene ideales muy diferentes. ¿Y que pasó durante la Guerra?, pues muy simple, el hombre solo tuvo que dejarse llevar por su instinto, aquel que le dice que debe poseer más y ser mas fuerte que los demás.

Durante la Segunda Guerra Mundial el principal movimiento ideológico fue el nazismo. El nazismo fue expandido por el vergonzoso Adolfo Hitler, y se basaba principalmente en el racismo, en el que se piensa en la superioridad de la raza germana. Al término de la guerra, no todo fue paz, sino que la violencia de unos grupos salvajes, los jóvenes nazis, llamados también cabezas rapadas, provocaban la violencia callejera.

Estos grupos ideológicos, en mi opinión, no persiguen absolutamente nada, simplemente tienen poca, muy poca personalidad, con lo que es fácil convencerles para integrarse en una pandilla callejera, de las que no salen hasta que maduran.

Yo pienso que es una injusticia que cada domingo o lunes veas en el periódico alguna noticia referida a estos “payasos” que se creen que son algo importante por ir pegando por ahí a la gente. A estos individuos habría que encerrarles sin miramientos, sintiéndolo por sus padres, que seguro que tienen poca culpa. Pese a que los cabeza rapada son la mayoría de una ideología venida de la Segunda Guerra mundial tampoco podemos excluir otras “bandas callejeras”.

CONCLUSION

Si de algo estoy seguro, es de que en todo esto no podemos sacar conclusiones positivas, pero no por nada especial que tenga la Segunda Guerra Mundial sino porque de la guerra solo se puede sacar conclusiones negativas. Y es que conozco a poca gente que piense en la guerra como algo positivo y, aunque resulte repetitivo, cierto es que en la guerra no gana nadie, sino que pierden todos. Llegar a esta conclusión es relativamente fácil; únicamente basta con ver el balance de muertos, estoy absolutamente seguro de que no hay ninguna causa en este mundo que justifique los millones de muertos que especialmente hubo en la Segunda Guerra Mundial. Y es que no solo se destroza una vida por cada muerto sino a toda su familia, amigos etc.

Mi opinión personal sobre la guerra es muy sencilla, simplemente pienso que es una lucha entre personas sin ninguna causa, que es una lucha inmoral sobre personas que no les interesa sus verdaderos intereses ni los de los que les rodea, que son el vivir y ser feliz. Pero todo esto de la guerra es muy complicada porque si lo piensas bien, tampoco es cuestión de dejarte sobrepasar por personas que se creen que pueden mirarte por encimo del hombro. Desgraciadamente pienso que en un mundo donde los gustos son tan distantes las guerras son inevitables, y para evitarlas deberíamos ser todos iguales, y, solo en un mundo perfecto no habría ninguna guerra.

ÍNDICE

Introducción---------------------------------------------------------------------------------pag. 1

Causas y origenes de la Segunda Guerra Mundial-------------------------------pag. 2

Ideas morales-------------------------------------------------------------------------------pag. 4

Ideas morales en: Alemania-------------------------------------------------------------pag. 5

Ideas morales en: Los campos de concentración----------------------------------pag. 7

Causas morales de la Segunda Guerra Mundial-----------------------------------pag. 9

Causas morales de los hechos sucedidos en la Segunda

Guerra Mundial------------------------------------------------------------------------------pag. 11

Situación actual------------------------------------------------------------------------------pag. 13

Conclusión------------------------------------------------------------------------------------pag. 14

Referencia en el libro de texto-----------------------------------------------------------pag. 15

Bibliografía------------------------------------------------------------------------------------pag. 16

BIBLIOGRAFÍA

Para la elaboración de este trabajo hemos recurrido a numerosos libros, como ya se dice en la introducción. Son los siguientes:

  • HISTORIA UNIVERSAL PLANETA

  • CRÓNICA DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

  • ETICA DE LA HISTORIA

  • MI GUERRA

  • UN TESTIMONEO VIVO

  • ETICA Y MORAL

  • CONFLICTOS DEL MUNDO

Además de estos títulos hemos consultado numerosas enciclopedias, así como varios videos.

REFERENCIA EN EL LIBRO DE TEXTO

El libro de texto reserva un tema entero a la cuestión de la guerra en general. Sobre la Segunda Guerra Mundial no dedica nada en especial, pero ni falta que hace, ya que primera, segunda, “tercera”, tienen lo mismo en común dentro del tema ético.

Como libro de ética que es no solo en el último tema dedica espacio para la palabra guerra, sino que la nombra bastante debido a que es una palabra muy importante en un curso de ética

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