Cristianismo

Religión. Creencias. Evangelio. Moral. Jesucristo. Iglesia Católica. Catolicismo

  • Enviado por: Majapa
  • Idioma: castellano
  • País: Chile Chile
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TRABAJO DE

INICIACIÓN A LA FE.

“Manifestación de Fe

en el Nuevo Testamento”

INTRODUCCIÓN.

La fe en el Nuevo Testamento, a diferencia del Antiguo, se centra en Jesucristo como único salvador del mundo, quien ofreció un perfecto sacrificio cruento que deja obsoleto los sacrificios practicados con animales, ofreciéndose Él mismo como sacerdote, víctima y altar. Esta fe causa gran escándalo entre los judíos desde ese tiempo hasta la actualidad.

Los escritos del Nuevo Testamento, fueron inspirados por el Espíritu Santo y redactados por los Apóstoles para proclamar las enseñanzas del Cristo que había pasado por la tierra, haciéndose semejante al Hombre menos en el pecado y así transmitir el mensaje del Padre celestial y la promesa de vida eterna, haciendo de su vida un ejemplo de fe.

Los Apóstoles después de Pentecostés, recobraron fuerzas y ánimos para anunciar la Buena Nueva, arriesgando incluso su vida; recordemos que los cristianos fueron cruelmente perseguidos por los sacerdotes judíos de la época, y en la mayoría de los casos fueron martirizados por quienes consideraban el cristianismo una blasfemia.

El Nazareno no vino a cambiar las leyes, sino a perfeccionarlas. Poner en marcha entre su pueblo el plan salvífico del Padre y hacerlo cada vez mas latente en la actualidad de aquel entonces e incluso hasta nuestros días.

La Fe es una actitud de la totalidad del ser, también la voluntad y el intelecto. La fe es ante todo una experiencia; no es creer en algo, sino en alguien, en el Dios revelado en y por Jesús. Por eso quien cree en Jesús, cree en Dios. Esta fe comporta ciertamente creer en los valores que vivió Jesús y en los ideales que predicó, pero también se debe establecer una relación con Jesús. Por tanto la fe es una repuesta humana y voluntaria que consiste en entablar una relación de amistad con Jesús que te conducirá a un encuentro con Dios y los demás y que se expresa en la comunidad cristiana, en la oración, la celebración y el estilo de vivir y compromiso. Comprende una adhesión de la inteligencia y voluntad a la revelación que Dios ha hecho de si mismo mediante sus actos y palabras. Los teólogos cristianos modernos, resaltan el carácter existencial absoluto de la fe, para distinguirla así del concepto popular que la identifica con creencia por oposición a conocimiento.

 

La Idea De La Fe En El Nuevo Testamento.

 Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hb.11,1).

Para los autores del Nuevo Testamento, la fe ha encontrado su centro en la relación de los creyentes con Jesucristo. Pero la idea de fe en el Nuevo Testamento va más allá de la expuesta en los libros sagrados hebreos porque añade el concepto de "creer en" o "creer que". Por lo tanto, la teología cristiana ha distinguido de forma tradicional entre el elemento subjetivo de la fe, que implica la acción sobrenatural de Dios sobre el alma humana, y el componente objetivo de la fe, que se caracteriza por reunir un conjunto de verdades encontrado en los credos, en las definiciones de los concilios de la Iglesia y, en especial, en la Biblia.

 

Durante la edad media, los teólogos católicos distinguieron dos tipos de verdades religiosas separadas pero en última instancia compatibles: aquellas que son accesibles a la razón humana sin ninguna otra ayuda, como la creencia en la existencia de Dios y aquellas que requieran de la fe para poder ser aprehendidas, como la creencia en la resurrección después de la muerte. Desde una perspectiva histórica, la Iglesia católica apostólica romana ha definido la fe como, la total aceptación de la doctrina y de la autoridad absoluta de Dios en lo que revela o promete revelar.

No todos lo cristianos han creído que las exigencias de la fe son compatibles con las de la razón. Muchos de los primeros cristianos, entre ellos San Pablo y el teólogo del siglo II Tertuliano, insistieron en que la fe parece un disparate a los ojos que no han sido abiertos por la gracia de Dios. En un n sentido similar, el teólogo y filósofo Danés del siglo XIX Sören Kierkegaard sentía que un abismo separaba la razón humana de la fe y que el supuesto creyente tenía que dar “un salto de fe” sobre ese abismo para encontrar la salvación. En general, los teólogos protestante modernos han subrayado, al igual que lo hizo Kierkegaard, el aspecto subjetivo o individualista de la fe y se han centrado en el riesgo y el sacrificio moral que implica intentar llevar en el orden cotidiano una vida cristiana, en vez de aceptar de aceptar los credos como una expresión de la fe.

El Nuevo Testamento presenta a Cristo como el intercesor, que desempeña las funciones del sumo sacerdote el día de la expiación. El entra una sola vez en el santuario celestial para interceder ante Dios en favor nuestro. Es sacerdote y al mismo tiempo “victima de propiciación”, por los pecados de todo el mundo.

Jesús, como el gran intercesor que expía por nosotros, se revelará plenamente al final de nuestra vida, cuando se manifieste con el ofrecimiento de misericordia, pero también con el juicio inevitable para quien rechaza el amor y el perdón del Padre.

Todo el antiguo testamento es una profecía del nuevo, esto quiere decir acerca del Cristo. El apóstol Mateo Dijo: “Por que todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan” (Mt. 11:13); todo esto es porque, hasta Juan el Bautista todo era profecía y desde Jesús en adelante, ha llegado la realidad. Lucas nos, dice: “La ley y los profetas eran hasta Juan; entonces el reino de Dios es anunciado y todos se esfuerzan en entrar en él” (Lc. 16:16). Todo lo que pasa en el Nuevo Testamento, tan solo es la profecía que se venia anunciando desde el Antiguo Testamento.

En los orígenes de la Iglesia, la regla de fe se encontraba en la enseñanza oral de los Apóstoles y de los primeros evangelizadores. Por lo que nos debiera quedar en claro que el testimonio principal de la vida y doctrina de la palabra hecha carne, nuestro salvador, se encuentra impreso en los versículos que componen los evangelios, los hechos de los apóstoles, epístolas y cartas católicas.

Cabe además destacar, tal como lo hace desde siempre la iglesia, que los cuatro evangelios son de origen apostólico, pues predicaron por mandato de Jesucristo e inspirados por el espíritu Santo, fueron ellos mismos quienes ayudados por otros de su generación escribieron los cuatro evangelios, para ser posteriormente el “Gran Fundamento de nuestra Fe”. La Iglesia afirma sin dudar la historicidad de estos cuatro evangelios, debido a que transmiten fielmente lo que Jesús, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente hasta el día de su gloriosa Ascensión, para la eterna salvación de los mismos.

Los Apóstoles, después de la Ascensión del Señor, comunicaron a sus oyentes los dichos y hechos que protagonizó el Mesías con la mayor comprensión que les daban los acontecimientos Gloriosos de Cristo e iluminados por la enseñanza del Espíritu Santo. Estos “acontecimientos Gloriosos” están constituidos principalmente por dos acontecimientos:

  • La resurrección del Señor, pues les proyectó la luz de su muerte en cruz y también sobre todo lo que había hecho y proclamado antes de su pasión, lo que les permitió creer definitivamente en Él al haber sido testigos de los sucedido el domingo de pascua.

  • Y por otro lado la venida del Espíritu Santo en Pentecostés, que les dio la valentía de proclamar las enseñanzas de Jesús (“Vayan por todo el mundo y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”... Mt.28, 19ss) y fueron iluminados por este Espíritu de Verdad que los llevó a la redacción de los libros sagrados.

Los autores sagrados compusieron los cuatro Evangelios, escogiendo datos de la tradición oral o escrita, reduciéndolos a síntesis, adaptándolos a la situación de las diversas iglesias, conservando el estilo de proclamación; así nos transmitieron siempre datos auténticos y genuinos acerca de Jesús para que conozcamos la verdad de lo que nos enseñaba, sacándolo de su memoria o del testimonio de los que asistieron desde el principio y fueron testigos de la palabra. En cuanto a los libros restantes del Nuevo testamento, según el plan de Dios, confirman la realidad de Cristo, nos explican su auténtica doctrina, proclaman la fuerza salvadora de la obra de Cristo, cuentan los comienzos y la difusión de la Iglesia, predicen su consumación gloriosa. Lo más relevante es la presencia de Jesús y su Espíritu en estos libros para introducirnos en la novedad revelada, es decir, la Buena Noticia, el camino que nos lleva a la plenitud de la verdad de la divina Revelación.

Para una concepción más completa de la fe, podemos decir que, creer de modo cristiano es aceptar la auto-revelación de Dios en Jesucristo, que constituye el contenido esencial del Nuevo Testamento. El concilio vaticano II nos dice que “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros llena de gracia y de verdad. Cristo estableció en la tierra el reino de Dios, se manifestó a Sí mismo y a su Padre con obras y palabras. Llevó a cabo su obra muriendo, resucitando y enviando al Espíritu Santo. Levantado de la tierra, atrae a todos hacia si, pues es el único que posee palabras de vida eterna”

De todo esto es de los que dan testimonio los escritos del Nuevo Testamento. Y por los mismo es que constituyen un particular apoyo para nuestra fe.

Hay cristianos que buscan en los evangelios lo que estos no les pueden dar. Leen en ellos y les hacen decir lo que ni ponen ni dicen. Los evangelios son catequesis sobre Jesucristo, anuncios de su persona, que interpela a los oyentes. Hoy también, son una palabra viva que invita a comprometerse con Cristo, a seguir sus pasos y a permanecer en su amor. En una palabra, a ser sus discípulos. Cuando se “proclama” el evangelio no se puede permanecer neutral. O con Cristo o contra Él.

Sobre todo, es necesario, es necesario interpretar la vida y enseñanzas de Cristo desde la fe. Esto no es falsear su perspectiva, ni vaciarlas de contenido histórico, sino todo lo contrario. La realidad tiene distintos niveles de profundidad, pero no todos se alcanzan por procedimientos meramente humanos. Negar por sistema que Dios actúa en el Hombre para que este pueda conocer mas allá de lo que alcanzan sus sentidos y su razón, es condenarse a no conocer las cosas y los acontecimientos como realmente son. Este es el problema y el misterio de la fe: penetrar en el sentido más hondo de la vida de Cristo es un don gratuito de Dios, un fruto de la acción del Espíritu Santo en el hombre. Y esa gracia de la fe es lo que permite descubrir, en la realidad de la vida humana de Jesús y de su muerte, lo que en ellas hay de mas real. La fe no lleva al conocimiento de mitos, sino al de realidades. Sólo ella descubre en algunos acontecimientos su verdadera y real dimensión salvífica y toda su importancia para el futuro. Los evangelistas no se contentaron con que Jesús dijo e hizo tal y tal cosa. Inspirados por el soplo de Dios han escrito la única historia de Jesús digna de ese nombre. Con ella manifestaron el verdadero sentido de su vida y de su enseñanza.

En el Nuevo Testamento se nos presenta a Jesús, el cordero de dios que ofreció su propia sangre de una vez y para siempre; y a base de la misma, Dios perdonó los pecados hasta de los creyentes del Antiguo Testamento.

Justificar en el Nuevo testamento significa hacer recto o justo y considerar, declarar o mostrar que se es justo. Un hombre queda justificado ante Dios cuando Dios le considera justo, es decir, cuando Dios no solo ha perdonado sus pecados sino que pone en su cuenta toda justicia. El que cree es justificado de todos sus pecados en el momento en que cree. No solo son apartados todos sus pecados de la presencia de Dios, sino que en la cuenta de dios es puesta en el haber de tal la propia justicia de Dios en Jesucristo. Cuando Jesucristo murió en la Cruz del calvario, tomo nuestro lugar y en el momento en que creemos en él, nos ponemos en su lugar y Dios se complace en nosotros como en el mismo Jesucristo.

¡Todos pueden creer!. Hay abundante prueba de que la Biblia en la palabra de dios y que Jesucristo es el hijo de Dios, prueba suficiente para convencer a todo aquel que realmente desea conocer la verdad y seguirla.

Estas cosas son escritas para que creas que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios., y para que creyendo tengan vida en su nombre. Vemos aquí que la vida viene como resultado de creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y que el creer que Jesús es el Cristo el Hijo de Dios, viene como resultado de estudiar lo que esta escrito.

Sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11, 6). Si yo tuviera un hijo que no creyera en mí, nada de lo que hiciera me podría agradar.

Ignora que las narraciones de Mateo, Marcos, Lucas y Juan no tienen por propósito darnos ejemplo de casos de conversión bajo el evangelio de Cristo, sino para darnos evidencias para producir fe en Jesús de Nazaret, quien es Dios venido en la carne (Juan 20:30,31). El libro del Nuevo testamento que Dios diseño como libros de ejemplos de casos de conversión es HECHOS, el quinto libro del Nuevo Testamento.

Predicación y martirio de los apóstoles

Después de Pentecostés, los apóstoles se dispersaron por la tierra para anunciar el Evangelio a todos los pueblos. “Vallan por todo el mundo y anuncien la buena nueva” (Mt. 2819. ss)

Antes de separarse compusieron el Credo, que es una fórmula que contiene un resumen de las principales verdades de la religión cristiana. Llevando todos un mismo Credo, todos predicarían las mismas verdades a todos los hombres. Se le conoce también como “El Símbolo de los Apóstoles.”

San Pedro, cabeza de los apóstoles, al principio, escogió la ciudad de Antioquia como su centro de jurisdicción apostólica; pero en el año 42 de nuestra era cristiana, cambió su sede a Roma, capital del mundo antiguo cristiano. Allí formó una comunidad de cristianos y la religión de Cristo penetró rápidamente en todas las clases de la sociedad romana. San pedro fue el primer obispo de la comunidad y desde Roma gobernaba a toda la iglesia. Al cabo de cinco años fue exiliado por un edicto del emperador. Entonces se fue a Jerusalén donde presidió el primer concilio. Cinco años después volvió a Roma, de donde nunca más salió. Desde allí Pedro continuó la suprema autoridad, como pastor y pontífice de la Iglesia y envió misioneros que predicaran el evangelio por toda Italia, Francia, España e Inglaterra.

San Marcos fundó la Iglesia de Alejandría, en Egipto y desde allí se extendió la fe por todo el norte de África, donde se formaron florecientes comunidades. San Marcos por orden de San Pedro, y bajo la inspiración del Espíritu Santo, escribió el Evangelio que lleva su nombre.

La tradición dice que en el tiempo del emperador Nerón, que perseguía en forma muy cruel a los cristianos, San Pedro recibió la corona del martirio, el 29 de junio del año 67. En la colina Vaticana murió crucificado, pero, con la cabeza hacia abajo como lo él lo pidió, ya que no se consideraba digno morir como su Señor. También se dice que ese mismo día San pablo murió decapitado en un lugar llamado Aguas Salvianas.

Los otros apóstoles:

San Andrés, hermano de San Pedro, predicó el evangelio en Escitia, Egipto y Tracia, después siguió a la ciudad de Patras donde fue crucificado.

San Felipe, llevó la doctrina de Jesús a la parte alta de Asia y Frigia. Fue crucificado y apedreado, en la ciudad de Hierápolis.

San Bartolomé, predicó el evangelio en la India, en Asia Menor, Liconia y Armenia. También sufrió el martirio, en el año 71 en una ciudad de Albania, donde fue desollado vivo y después decapitado.

Santo Tomás, anunció la buena nueva en Persia, en Etiopia y en la India. Allí fue muerto con una lanza, en la ciudad de Salamina, cerca de Madrás.

San Mateo, evangelizo en Etiopía y Persia, después de haber escrito el evangelio que lleva su nombre. Fue martirizado en Persia.

San Judas Tadeo, enseñó la doctrina cristiana en la Judea, Galilea y Samaria; después en Arabia, Siria, Mesopotamia y Persia. Murió martirizado en Fenicia.

San Simón, evangelizó la Mesopotamia y la Idumea, murió crucificado en Persia, el mismo día que San Judas Tadeo.

Santiago el Mayor evangelizó en la Judea y España. Recibió la corona del martirio en Jerusalén donde Herodes Agripa lo hizo degollar.

Santiago el Menor fue el primer obispo de Jerusalén. Sufrió el martirio en el año 63, cuando fue apedreado y arrojado desde lo alto del templo.

San Matías, que fue el sucesor de Judas Iscariote, ejerció su apostolado primero en la Judea, después recorrió Capadocia y llego hasta las orillas del Mar Caspio. Fue crucificado en Etiopia (Abisinia).

San Juan, evangelizo principalmente en los pueblos de Asia Menor y estableció su residencia en Efeso. También el fue perseguido y llevado a Roma, donde el emperador Domiciano lo hizo arrojar en una caldera de aceite hirviendo, pero fue salvado milagrosamente. Al ver este milagro, el emperador lo desterró a la Isla de Patmos. Allí escribió el evangelio que lleva su nombre, y el libro del Apocalipsis, que anuncia la ruina del paganismo y la victoria final de la Iglesia de Jesucristo. Después, san Juan volvió a Efeso donde se dice que murió pasados los 100 años de edad.

Jesús y la Mujer samaritana

1 Cuando, pues, el Señor entendió que los fariseos habían oído decir: Jesús hace y bautiza más discípulos que Juan 2 (aunque Jesús no bautizaba, sino sus discípulos), 3 salió de Judea, y se fue otra vez a Galilea. 4 Y le era necesario pasar por Samaria. 5 Vino, pues, a una ciudad de Samaria llamada Sicar, junto a la heredad que Jacob dio a su hijo José. 6 Y estaba allí el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta.
7 Vino una mujer de Samaria a sacar agua; y Jesús le dijo: Dame de beber. 8 Pues sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar de comer. 9 La mujer samaritana le dijo: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no se tratan entre sí. 10 Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. 11 La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva? 12 ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados? 13 Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; 14 mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. 15 La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.
16 Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. 17 Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; 18 porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad. 19 Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. 20 Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. 21 Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. 22 Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. 23 Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. 24 Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren. 25 Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas. 26 Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo.
27 En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella? 28 Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: 29 Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo? 30 Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.
31 Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come. 32 El les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis. 33 Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de comer? 34 Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra. 35 ¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos para la siega.

36 Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna, para que el que siembra goce juntamente con el que siega. 37 Porque en esto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega. 38 Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis entrado en sus labores.
39 Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he hecho. 40 Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con ellos; y se quedó allí dos días. 41 Y creyeron muchos más por la palabra de él, 42 y decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo.

Durante su ministerio, Jesús reconoció al templo en Jerusalén como el lugar de adoración designado por Dios y es por ello que enseñó en las cortes de aquél templo y echó a los comerciantes y cambistas que encontró aprovechándose de los gentiles, llamando además al templo: “la casa de mi Padre”.

El majestuoso templo de Jerusalén, era la gloria del Israel antiguo. También, por mil años, era el centro de la vida religiosa judía, desde su construcción bajo el rey Salomón hasta su destrucción final por el imperio romano en el año 70 D.C.

Respecto de este templo, los judíos y los samaritanos no estaban de acuerdo en que su ubicación correcta fuese Jerusalén; está claro que Jesús estuvo de acuerdo con los judíos en esta disputa, ya que Jesús dice: “Nosotros los judíos adoramos lo que conocemos” y por lo demás se refiere al templo en Jerusalén como “la casa de mi Padre”.

Los judíos eran el pueblo elegido por Dios, por medio del cual el Señor reveló, en forma única, su plan de redención. Su sistema de adoración que consistía principalmente en sacrificios, formaba parte central en la revelación de este plan y aunque los samaritanos adoraban al único Dios verdadero, rechazaron elementos importantes de su revelación escrita, y es ahí cuando Jesús anuncia que su adoración es falsa pues adoran lo que no conocen (Jn.4,22).