Crisis del Antiguo Régimen

Historia contemporánea de España. Guerra de la independencia española. Revolución Política. Afrancesados. Absolutismo. Liberalismo español. Cortes de Cádiz. Liberalismo

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LA CRISIS DEL ANTIGUO REGIMEN

Guerra de Independencia y Revolución política.

La situación del país en vísperas de la crisis

A finales de 1807 la situación económica y social del país era muy grave. Desde hacía quince años, las guerras sucesivas, el hambre causada por la escasez de las cosechas y las epidemias habían provocado una importante mortandad. Los precios se habían disparado. El comercio con las colonias estaba colapsado desde la guerra de 1796-1797, y desde 1806 el bloqueo impuesto por Napoleón contra Gran Bretaña se agravó aún más la situación.

A todo esto se sumaba la banca rota del Estado. Las guerras continuas habían provocado un endeudamiento creciente, que ni los vales reales ni la tímida desamortización de 1798 habían conseguido aliviar. En 1808 la deuda alcanzaba diez veces la cantidad que se ingresaba cada año.

La indignación de todos los grupos sociales se dirigía contra Godoy, pero también contra los reyes, por mantenerle al frente del Gobierno. Se le acusaba de las derrotas militares y se le hacía responsable del hundimiento económico. Los privilegiados, además arremetían contra él por su origen plebeyo, su política contra la Iglesia y porque protegía a los Ilustrados.

La oposición se fue concretando en torno al príncipe Fernando, apartado del gobierno por Godoy, al que odiaba. Sus partidarios entre los cuales estaban algunos aristócratas y miembros del clero, supieron propagar una imagen del príncipe positiva y presentarle ante el pueblo como el único salvador posible del país y de la dinastía.

En octubre de 1807 fue descubierta una primera conspiración de Fernando, que acabó obteniendo el perdón de sus padres en el llamado proceso de El Escorial, tras delatar a sus propios partidarios.

El Tratado de Fontainebleau y el motín de Aranjuez

El bloqueo continental decretado por Napoleón en 1806 contra el comercio británico fue respaldado por la mayoría de Estado europeos. Pero los portugueses, viejos aliados de Inglaterra, se negaban a cumplirlo, y en el verano de 1807 Napoleón decidió invadir Portugal. Para ello, firmó con el Gobierno español el tratado de Fontainebleau (29 de octubre). Por el que se autorizaba al ejército francés a atravesar España camino de Portugal. En pocos días, las tropas francesas acabaron con la resistencia portuguesa y tomaron Lisboa.

No se sabe con seguridad cuando tomó Napoleón la decisión de invadir España. Hacía tiempo que el emperador tenía una opinión bastante negativa tanto de la familia reinante y de su gobierno como del propio país. Los informes que recibía pintaban un país atrasado y con un ejército incapaz de oponer resistencia a la apisonadora militar francesa. Además, se sabía que numerosos puertos españoles violaban el bloqueo, y que las mercancías británicas entraban en la península cada vez en mayor cantidad.

Lo cierto es que entre noviembre y febrero entraron en España cuerpos de ejercito, más de los pactados en Fontainebleau. Se acuartelaron en varias ciudades alejadas de la ruta hacia Portugal. En febrero Napoleón puso a su cuñado, el general Murat, al frente de los ejércitos en España.

Para entonces, los españoles habían pasado de la inicial simpatía y curiosidad a la alarma y el descontento. Empezaron a producirse incidentes entre la población y los soldados franceses. Quienes apoyaban a Fernando aprovecharon la ocasión para dar el golpe definitivo. En la noche del 17 al 18 de marzo de 1808 se produjo el llamado motín de Aranjuez, cuando los partidarios de Fernando tomaron al asalto el palacio. A la mañana siguiente, Godoy fue depuesto y detenido, acusado de querer huir con los reyes a América. Carlos IV se vio obligado a abdicar, cediendo la Corona a su hijo.

Las abdicaciones de Bayona y el estallido del conflicto.

Tras una entrada triunfal en Madrid, Fernando VII se encontró en manos de Murat, instalado ya en la capital. La tensión iba en aumento en al ciudad, pese a las llamadas a la calma del propio monarca. Pronto se precipitaron los acontecimientos: Napoleón invitó a Fernando a dirigirse hacia el norte para tener una entrevista con él.

En Bayona (ya en territorio francés) tuvieron lugar unas negociaciones vergonzosas. Napoleón había hecho llevar hasta allí al depuesto Carlos, a María Luisa y a Godoy. Exigió la renuncia al trono de la familia al completo, cuyos miembros llegaron a insultarse en presencia del emperador. El 7 de mayo Fernando abdicó a favor de sus padres, y estos lo hicieron a favor de Napoleón. Carlos IV solo se preocupó de que se garantizara la unidad de las posesiones de la Corona y el exclusivismo de la religión católica; a cambio él y su hijo recibieron varios castillos en Francia y enormes rentas con las que empezaron un “exilio dorado”. Napoleón decidió entregar el reino a su hermano José.

El levantamiento del 2 de mayo en Madrid se produjo por la alarma que había causado la salida de la capital de los miembros de la familia real. Por la mañana se produjo un enfrentamiento en las puertas del palacio. A partir de ahí se generalizó la lucha callejera contra los franceses, una lucha desigual que terminó con el aplastamiento de la resistencia popular. El ejército español se mantuvo al margen, y sólo algunos oficiales desobedecieron y sublevaron el cuartel de artillería de Monteleón.

Las tropas francesas convergieron sobre la ciudad y, al anochecer, la resistencia había cesado. Murat dictó un bando en el que proclamó su autoridad absoluta en todo el territorio y decretó la pena de muerte para los resistentes. Un centenar de prisioneros fueron fusilados aquella misma noche en la montaña de Príncipe Pío y en el Pardo.

Las clases privilegiadas y las instituciones del Antiguo Régimen acataron la autoridad francesa. Peron la reacción popular fue distinta: la renuncia de Fernando VII “el Deseado”, se interpretó como impuesta por la fuerza y, por tanto, rechazable. En la misma tarde del día 2 el alcalde de Mostoles dictaba su famoso bando llamando a las armas contra los franceses. Otras autoridades hicieron lo mismo, y en los días siguientes la rebelión se extendió por todas las ciudades del país.

Las Consecuencias de la Guerra.

La guerra supuso un enorme colapso demográfico. Se calcula que hubo medio millón de muertos, una cifra considerable para una población total de unos 11 millones en 1807. A las bajas producidas en combate hay que añadir las debidas a las epidemias y a las hambrunas, como la terrible que asoló Madrid en 1812, sin olvidar el exilio de miles de afrancesados; españoles que habían colaborado con el gobierno de José I y que debieron atravesar la frontera junto con las tropas francesas al término de las guerra.

Los daños materiales no fueron menores. Ciudades como Zaragoza, Gerona o San Sebastián quedaron totalmente arrasadas. En otras muchas fueron destruidas edificios y monumentos artísticos. Además, los franceses también llevaron a cabo un importante expolio de obras artísticas, sólo parcialmente devueltas tras la guerra.

Respecto a los daños económicos, la industria textil catalana perdió no solo el ritmo de progresión de los años de preguerra, sino también numerosas fábricas en acciones de guerra y, lo que es más grave, el mercado colonial.

Pero fueron los campesinos quienes soportaron el peso principal: alistamientos masivos y campos arrasados dejaron un país agotado en su principal fuente de riqueza. La guerra arruinó definitivamente la Hacienda española.

En cuanto a la repercusión internacional, la guerra española fue decisiva para la derrota napoleónica. El bloque contra Inglaterra quedó roto. Bailén reavivó la resistencia europea, al demostrar que los ejércitos del emperador eran vulnerables. Además los franceses se vieron obligados a mantener grandes contingentes en la Península.

Por otro lado, la guerra activó el proceso de independencia de la América española. Ante el vacío de poder creado, los grupos criollos optaron por negarse a acatar la nueva monarquía francesa. Sustituyeron las viejas autoridades, organizaron sus propias Juntas y establecieron un régimen de autogobierno que llevó al inicio del proceso de emancipación de las colonias.

Fases de la Guerra de la Independencia.

Inicialmente la relación de fuerzas era dramática frente a un ejército francés hasta entonces invencible y que contaba con sus mejores unidades entre las tropas enviadas a la península se encontraba el ejército español, compuesto por unos 100.000 hombres, que estaba en clara inferioridad de condiciones. Sin embargo, las tropas españolas demostraron una capacidad de lucha superior a la esperada. Además el Estado Mayor francés no pudo prever el surgimiento de la guerrilla como forma de lucha ni el daño que produjo sobre las tropas francesas. Por otro lado, la intervención de los soldados ingleses y de los restos del ejército portugués reforzó considerablemente la eficacia de la resistencia española.

El nivel de rendimiento del ejercito francés tampoco fue tan alto como en otros conflictos, aunque si bien es cierto que el contingente llegó a contar con unos 300.000 soldados cuando Napoleón se trasladó a la península con al Grand Armee en octubre de 1808 pero durante la mayor parte de la guerra la cifra fue bastante inferior y en general eran fuerzas de segunda fila reclutadas recientemente y sin experiencia en el combate, también influyó que la mayoría de ellos eran soldados extranjeros enrolados a la fuerza.

El alto mando francés nunca pensó que la invasión española iba a traer consigo tantos problemas debidos sobretodo a la resistencia popular y a la acción guerrillera. A esto hay que añadir las disputas y la descoordinación entre los generales franceses que acabaron actuando por su cuenta e incluso desobedeciendo las instrucciones de Napoleón y de su hermano José Bonaparte.

Podemos distinguir 4 fases:

  • 1ª Fase:

Abarca los meses iniciales de la guerra. Los primeros movimientos franceses se encaminaron a sofocar los levantamientos urbanos surgidos por todo el país. Zaragoza es asediada por el general Palafox que había asumido el mando, pero el curso de la guerra sufre un vuelco importante cuando el 19 de julio las tropas del general Dupont sufren una humillante derrota en Bailén (era la primera vez que un ejercito napoleónico era derrotado en campo abierto por lo que el impacto internacional fue enorme). Se hicieron 19.000 prisioneros y el 14 de agosto se vieron obligados a levantar el sitio de Zaragoza, a la vez en Lisboa las tropas francesas son derrotadas por un cuerpo expedicionario inglés. Sin embargo, el ejército español no pudo sacar todo el provecho a la victoria pues al estar desorganizado aún no consiguió el suficiente avance hacia el norte y la contrariedad vino sobre todo porque el emperador enterado de los hechos decidió trasladar 250.000 veteranos a Bayona y preparar a conciencia la campaña española.

  • 2ª Fase

Napoleón estudio con precisión su estrategia y el 10 de noviembre los franceses ocupaban Burgos sometiéndola a un espantoso saqueo que no hizo, sino avivar el odio de la población a los franceses. Días después Napoleón emprendió la marcha hacia Madrid y pese a la resistencia de los españoles en Somosierra consiguieron continuar su avance y tras una lucha desesperada Madrid se rindió el 4 de diciembre.

Napoleón intentó evitar nuevas humillaciones al pueblo de Madrid y además prometió que no habría ningún atentado ni contra sus vidas ni contra sus bienes y aseguró la exclusividad de la religión católica. Posteriormente prosiguió su campaña hacia el norte para interceptar al ejército inglés consiguiendo derrotarlo y hacerle reembarcar hacia Portugal. Mientras tanto se organizaba un segundo asedio en Zaragoza cayendo en manos de los franceses y siendo prácticamente arrasada.

Pese a sus éxitos el emperador no había terminado la conquista pues la mayor parte del territorio no estaba dominado ni el ejército español estaba desecho e incluso la misma dispersión de los soldados que había sido decisiva para la derrota en campo abierto iba a suponer a partir de ahora una ventaja para combatir desde la resistencia.

  • 3ª Fase.

Desde 1809 en adelante la guerra entra en una fase de desgaste caracterizada por la imposibilidad de dominar el territorio peninsular y por la hostilidad continua de la guerrilla, una forma de lucha nueva e imprevista y que sirvió para darle la victoria final al ejercito español. Las partidas guerrilleras aparecen en 1808 como unidades de paisanos armados con el objetivo de mantener en jaque a los franceses. No obstante su generalización se produce a partir de la campaña de Napoleón como forma típica de resistencia civil compuesta al principio por unas decenas de hombres que van creciendo aceleradamente al sumarse a ellas no sólo civiles sino numerosos delincuentes y también soldados de unidades del ejercito dispersadas. Estas unidades de soldados se van organizando y en la mayoría de los casos asumen el mando los oficiales españoles que habían desertado del ejército napoleónico y al final consiguen organizar unidades de hasta 3.500 hombres como la organizada por el general Espoz y Mina en Navarra.

La importancia de la guerrilla radica en su peculiar táctica donde el guerrillero rehuye la batalla frontal y opta por golpear repentinamente mediante emboscadas contra fuerzas reducidas del ejercito enemigo, cuando tienen garantías de éxito atacan y cuando no, se esconden. Viven sobre el terreno pero cuentan con el apoyo de la población que le suministra víveres, información y escondites lo que hace muy difícil a los franceses capturarles. Sus objetivos son las líneas de comunicación, los abastecimientos y los convoyes de armas. Su efecto sobre el ejercito francés es doble: por un lado mina la moral de los soldados que viven en tensión permanente ante la imprevisibilidad de los ataques guerrilleros y por otro lado obliga a mantener un elevado número de hombres dedicados a misiones de escolta, vigilancia y control de la retaguardia lo cual merma considerablemente las tropas que participan en campañas de guerra convencional. Además los guerrilleros colaboran desde 1808 con las unidades del ejército español desertoras del francés.

  • 4ª Fase

Aquí se puede considerar que comienza el declive francés. En 1811 abandonan Portugal. A la imposibilidad de tomar Cádiz convertida en símbolo de la resistencia se unió el desgate de las tropas. Además Napoleón tomó la decisión de retirar 50.000 hombres para enviarles a la campaña de Rusia, hecho que fue decisivo pues debido al desastre de esta campaña Napoleón volvió a retirar otros 100.000 hombres para asegurar la defensa de Francia. En estos momentos dejan en España 100.000 contra los casi 250.000 del ejercito hispano-inglés.

En 1815 Wellington emprendió la ofensiva final y días después José Bonaparte (Pepe Botella) abandonó definitivamente Madrid. Los ejércitos españoles avanzaban en todos los frentes y los soldados franceses iniciaron una retirada ordenada. El 11 de diciembre Napoleón firmaba el tratado de Valençay por el que el emperador restituía la corona de España a su legítimo propietario: Fernando VII

Simultáneamente las tropas españolas e inglesas contribuían a terminar con el imperio napoleónico en Francia. Fernando vuelve de regreso a España y el 8 de abril se firma el armisticio, con lo cual la Guerra de la Independencia se da por finalizada.

El gobierno de José Bonaparte.

Los afrancesados.

Tras recibir la corona. José Bonaparte se enfrentó a la difícil tarea de dirigir el país. Pero su posición fue débil, en parte porque la mayoría de la población se resistía a aceptar su autoridad, y en parte porque los propios generales franceses actuaban en sus zonas al margen del Gobierno. Además, Napoleón le desautorizaba, interviniendo de forma continua en el gobierno de España. Comenzó por imponer el Estatuto Real de Bayona, una carta otorgada que hizo aprobar a un centenar de eclesiásticos, nobles, militares y próceres españoles que aceptaron prestarse a ello. Se trataba de dar una imagen de legalidad y modernidad a la nueva monarquía, con el fin de ganarse el apoyo de los sectores más progresistas del país.

Siguieron una serie de medidas de modernización, entre ellas la supresión de secretarias y Consejos y su sustitución por Ministros; la abolición de la jurisdicción señorial y la eliminación de las barreras aduaneras interiores. Para reducir el poder de la Iglesia se decretó la disolución de la Inquisición, la reducción del número de conventos (pues solamente aquellos con más de 12 miembros podían seguir ejerciendo su labor) la exclaustración de clérigos regulares y la expropiación de sus bienes de parte de los de los grandes de España. También se ordenó la venta de esos bienes para amortizar la deuda.

La injerencia de Napoleón culminó en 1812 con la práctica anexión a Francia de todo el territorio situado al norte del Ebro.

Con José Bonaparte colaboraron los llamados afrancesados. La mayoría de ellos creía que José I conseguiría evitar la disgregación y conservaría la integridad nacional y la independencia económica, y que contaría con el apoyo financiero de Napoleón. El fracaso de estas aspiraciones les supondría, al final de la guerra, su exilio y el de sus familias.

La revolución política

Mientras, que en general, las instituciones y máximas autoridades del Antiguo Régimen aceptaban las abdicaciones de Bayona, la mayoría del país rechazó sus propios órganos de gobierno. Se trataba de una autentica revolución, porque significaba asumir la soberanía nacional y romper con el régimen absoluto. Primero surgieron Juntas Locales, luego Provinciales, y en septiembre se formo en Aranjuez la Junta Suprema Central, que se convirtió en el gobierno de la resistencia. A pesar de su carácter revolucionario, las distintas juntas estuvieron formadas casi siempre por miembros de las clases dirigentes, como nobles, clérigos, intendentes, generales o burgueses ilustrados, a los que el pueblo estaba acostumbrado a obedecer.

Todos los miembros de la Junta eran conscientes de la necesidad de reformar el Antiguo Régimen partiendo de esa coincidencia se llegó al acuerdo de convocar Cortes para que estas decidieran las reformas que había que emprender. Se decidió que estas Cortes debían ser Constituyentes peor se enfrentaron sobre el sistema de sufragio y sobretodo si estas debían ser unicamerales o bicamerales. Por fin se optó por el sufragio universal de varones de más de 25 años y unas Cortes bicamerales. Sin embargo, al final las Cortes fueron unicamerales debido a las dificultades que los diputados tenias para llegar a Cádiz.

Además de dirigir la guerra, la Junta asumió la tarea de reformar las instituciones del Antiguo Régimen. Tras largas discusiones, se llegó a la conclusión de que sólo las Cortes del reino elegidas mediante sufragio universal podrían aprobar, en nombre del país, las reformas necesarias.

Mientras la junta, asediada en Cádiz, daba paso a un Consejo de Regencia, se celebraron las elecciones en medio de muchas dificultades. En septiembre de 1810 se inauguraron las sesiones. Ese mismo día, el Consejo de Regencia entregaba toda la autoridad a las Cortes, consumando así el proceso revolucionario.

LAS CORTES DE CÁDIZ Y LA CONSTITUCIÓN DE 1812

La composición de las Cortes. El liberalismo español

La composición de las Cortes fue variando con el tiempo. Muchos de los diputados sufrieron mil penalidades para poder llegar a Cádiz, y se adoptó la solución de que fueran sustituidos aquellos que no pudieron atravesar las líneas francesas. La mayoría procedía de las capas medias urbanas: funcionarios, abogados, comerciantes y profesionales. También un centenar de eclesiásticos y unos cincuenta miembros de la aristocracia.

En general, predominaban las opiniones liberales, sobre todo al principio, puesto que entre los refugiados en Cádiz abundaban los partidarios de las reformas.

El liberalismo había penetrado en España procedente de Francia a partir del estallido de la revolución y pese a la censura oficial. Pero fue muy minoritario hasta que la guerra brindó la oportunidad a quienes lo defendían de poderlo propagar. El ambiente revolucionario y patriótico de Cádiz, la ciudad más cosmopolita del país y símbolo de la resistencia, permitió que el ideario liberal pudiera concretarse en la Constitución de 1812.

Los liberales exigían un régimen político libre, parlamentario, en oposición al absolutismo monárquico. Como la sociedad se organiza en función de las diferentes capacidades de los individuos, los liberales defienden el derecho preferente de los más ricos -quienes tienen algo que defender- y de los más notables - o, como se les llamaba en el lenguaje liberal español, las capacidades- a intervenir en al vida política. Tal preferencia se concreta, en su ideario, en la restricción del derecho al voto y de la posibilidad de ser elegido, mediante el sufragio censitario.

La Constitución de 1812

Ya en la sesión inaugural, los diputados proclamaron que representaban la soberanía nacional, afirmaron el carácter constituyente de las Cortes y emprendieron la elaboración de una Constitución como tarea fundamental. Tras año y medio de debates, el 19 de marzo de 1812 quedaba aprobada la primera Carta Magna de la historia de España.

La Constitución de 1812 es un texto de gran extensión, con 384 artículos, y minucioso, porque los diputados eran conscientes del cambio trascendental que suponía y temieron que las leyes posteriores anularan la eficacia de los cambios. Especial cuidados pusieron en la formulación de los derechos del individuo, capitulo esencial de la ideología liberal y principal ruptura con el Antiguo Régimen.

Tras afirmar su base en la tradición medieval española, en el preámbulo, se empieza por afirmar que la soberanía “reside esencialmente en la Nación”. Se establece la división de poderes y se declara el Estado como “una monarquía moderna hereditaria”

El poder ejecutivo lo ejerce el rey, que nombra libremente a sus secretarios. Estos responden en teoría ante las cortes, pero no pueden ser cesados por ellas. No hay, pues, control parlamentario del Gobierno. No obstante, en un largo artículo se recogían hasta doce limitaciones de la autoridad real: el monarca no podía suspender o disolver las Cortes, abdicar o abandonar el país sin el permiso de ellas, llevar una política exterior no supervisada por la cámara, contraer matrimonio sin su permiso o imponer tributos.

El poder legislativo reside en “las Cortes con el Rey”. Las leyes las hacen las Cortes, y el rey las promulga y sanciona, pero también dispone de veto: puede suspender las leyes por dos veces como máximo en un periodo de tres años. Se establece que las Cortes sean unicamerales y elegidas por sufragio universal indirecto de los varones mayores de 25 años. Solo pueden ser diputados quienes tributen a la Hacienda una cierta cantidad. Las Cortes se reúnen automáticamente durante un mínimo de 3 meses al año a partir del 1 de marzo de 1810. Los diputados tienen un mandato de dos años y gozan de inviolabilidad en el ejército de su cargo.

En cuanto al poder judicial, corresponde a los tribunales y se reconocen dos fueros especiales: el militar y el eclesiástico.

La Constitución reconocía expresamente la confesionalidad del Estado y la exclusividad de la religión católica. Se establecía también un ejército permanente cuyos efectivos, ordenanzas y dotaciones estarán bajo la autoridad de las Cortes, en cuanto depender del erario público, junto a este se crea también una milicia nacional, organizada en provincias con los objetivos de reforzar al ejército en caso de guerra y de servir de cuerpo de defensa del Estado liberal. Depende directamente del rey y de las Cortes, no de la cadena de mando militar.

Respecto a la administración del Estado, el país se divide en provincias, y se establece la elección popular de los alcaldes.

La Constitución tuvo tres periodos de vigencia: de marzo de 1812 a marzo del 14, de enero de 1820 a noviembre de 1823, y de agosto de 1836 a junio de 1837

Otras medidas de las Cortes de Cádiz

Además de la Constitución, los diputados de Cádiz llevaron adelante una importante legislación ordinaria, que complementó las decisiones incluidas en el texto constitucional. En agosto de 1811 se decretó la abolición del régimen jurisdiccional. No obstante, al no definirse con claridad qué pagos quedaban eliminados, los señores siguieron cobrando las rentas, y las tierras se convirtieron en la práctica, en propiedad privada de los nobles. También quedó extinguida la Mesta.

Se decretó también la eliminación del mayorazgo y se declaró la libre propiedad. Fueron suprimidos los gremios, al tiempo que se establecía la libertad de trabajo, de producción de contratación y de comercio, todos ellos principios acordes con el liberalismo económico. En realidad, también se eliminaban así las garantías que en el Antiguo Régimen había para los trabajadores urbanos.

Se estableció la libertad de imprenta, al servicio de la opinión pública, aunque se excluían las cuestiones religiosas, que permanecían bajo control de la censura eclesiástica.

Las Cortes aprobaron una abundante legislación religiosa. Se iniciaba así una larga trayectoria de intervención del Estado. Las medidas buscaban una reforma de la Iglesia que permitiera un reparto más justo de sus rentas, mejorar la instrucción del clero y hacer más eficaz la administración eclesial. Entre otras medidas, se expropiaron bienes de obras pías y ordenes militares y se eliminó la Inquisición. Hubo también conflictos con el clero reaccionario, que llevaron a dejar vacantes algunas sedes episcopales e incluso a expulsar al Nuncio de Su Santidad, que había intentado convocar un sínodo de obispos para enfrentarlos a las Cortes.

Por último, se puso en marcha la desamortización de bienes de propios y baldíos, con el fin de amortizar la deuda y recompensar a los militares retirados.

Pero la mayor parte de estas disposiciones fue derogada en 1814, al restablecerse el absolutismo.

FERNANDO VII: ABSOLUTISMO Y LIBERALISMO

Sexenio Absolutista (1814-20)

Aunque por el tratado de Valencia (diciembre de 1813) Napoleón devolvía la corona española a Fernando VII, el rey no regresó hasta marzo de 1814. Las Cortes habían dictado ordenes confidenciales con el fin de garantizar su viaje directo a Madrid para jurar la Constitución peor las instrucciones de las Cortes fueron desobedecidas.

Desde el principio se vieron cuales eran las verdaderas intenciones de Fernando VII. El 4 de mayo es recibido en Valencia y en ese mismo momento dictó un Real Decreto por el que suprimía las Cortes, declaraba nula y sin ningún valor toda su actuación y por consiguiente abolía la Constitución y toda la legislación realizada para la Cámara. Paralelamente el general Eguía era enviado a Madrid con orden de tomar las Cortes y proceder a detener a regentes, ministros y diputados. El 10de mayo entraba el Rey en Madrid aclamado por una multitud que seguía viendo en él un autentico salvador.

El golpe de Estado habría sido posible gracias al apoyo de parte de Ejército, de la nobleza y del clero reaccionario.

El apoyo de la nobleza y el clero absolutista se expresó en el documento que habían entregado al Rey conocido como el “Manifiesto de los Persas” en donde se reivindicaba el carácter ilimitado del poder del rey, elevado por encima de sus súbditos como una persona intocable y sacralizada. Se defendía la alianzar del altar y el trono lo cual significaba la unidad entre los estamentos privilegiados y la corona para detener cualquier cambio en el sistema social y político.

Las primeras medidas del rey se encaminaron a satisfacer las reclamaciones de quienes apoyaron el golpe. Se eliminó la soberanía nacional y las Cortes constitucionales, también quedaron derogadas la Constitución de Cádiz y toda la legislación ordinaria “Como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen del medio del tiempo”. Así se anularon las medidas desamortizadoras, los inicios de reforma fiscal a la libertad de imprenta. Se restituyeron los privilegios de la nobleza y de la Iglesia: jurisdicciones, tierras, edificios, derechos. Se reestableció la Inquisición y la Mesta.

Incluso se permite el retorno de la cia. De Jesús. Tan solo se prohibió la tortura en el procedimiento judicial lo cual no impidió que en la práctica se siguiera utilizando.

El golpe de Estado de mayo del 14 no es un hecho asilado en Europa, sino que se inscriben en un proceso general de restauración del Antiguo Régimen en todas las monarquías europeas. Los imperios vencedores de Napoleón impusieron el restablecimiento en Francia de la monarquía borbónica y firmaron tras el congreso de Viena la “Santa Alianza” que era un acuerdo para preservar a Europa de movimientos liberales o revolucionarios. Mediante este acuerdo periódicamente los representantes de Austria, Prusia, Rusia e Inglaterra (Cuádruple Alianza) se reunían para estudiar la situación europea y combatir las posibles rupturas de equilibrio que pudieran producirse. Tras 1818 se admitió en el grupo Francia. En este contexto es en el que se inscribe la involución política de España en 1814.

La consecuencia inmediata del golpe de Estado fue la represión a la que fueron sometidos tanto los liberales como los afrancesados acusados de conspiración y traición al rey. Fue el propio Rey el que dictó sentencia de destierro y confiscación de propiedades para los ministros, consejeros, militares y funcionarios que habían colaborado con José I, 1818 Fernando VII atenuó las medidas contra los afrancesados la persecución de los liberales se mantuvo hasta 1820. Sin embargo, el trato recibido por los afrancesados fue diferente en función de su implicación en el gobierno de José I. Quienes justificaron su apoyo a los franceses por la imposibilidad de la victoria enviaron cartas pidiendo perdón a Fernando VII, peor no fueron atendidos aunque mucho menos lo fueron los políticos y militares que de forma expresa habían aceptado el gobierno de José I. Diferente fue el trato que recibieron los funcionarios que habían jurado fidelidad al nuevo rey para mantener sus empleos porque estos no fueron objeto de las medidas represivas de Fernando VII.

En consonancia con el Antiguo Régimen Fernando VII gobernó mediante sucesivos ministerios en permanente inestabilidad política. Hay que señalar que el anterior gobierno en la sombra lo constituía una camarilla formada por hombres de confianza del Rey: clérigos, aristócratas, consejeros que impedían cualquier cambio. El resultado fueron 6 años caóticos en los que los problemas se fueron agravando hasta provocar el triunfo militar de 1820.

La situación económica era desastrosa. Tras el largo periodo de guerras en toda Europa se produjo una caída de los precios gracias a una racha de buenas cosechas, lo que acabó perjudicando a los campesinos. Además el país estaba devastado, la producción industrial estaba hundida y el comercio paralizado por la pérdida del mercado colonial.

Pero el problema más grave era la quiebra financiera del Estado. Cada año se gastaba más de lo que se ingresaba, y los intereses de la enorme deuda acumulada iban en aumento. El envío de tropas a América para sofocar el movimiento independentista agravó el problema, e hizo imposible acometer los gastos necesarios para reconstruir el país tras la guerra.

Sucesivos ministros fracasaron en su intento de resolver el problema. Eran conscientes de que la causa estribaba en que los propietarios de la mayor parte de las tierras del país no pagaban impuestos. Pero ni los privilegiados ni el rey estaban dispuestos a cambiar la situación.

La situación de los campesinos se agravó por las medidas tomadas en 1814. La restitución de sus bienes y privilegios a la nobleza, y sus consecuencias, hicieron subir la tensión en las zonas agrarias, hasta desencadenar sucesivos movimientos de protesta.

El descontento no se limitó al campo. Se extendió también paulatinamente en las ciudades. La represión, el hundimiento del comercio colonial y el paro afectaban a los grupos burgueses y al naciente proletariado urbano.

El ejército se vio también perjudicado. Fernando VII se negó a integrar en él a los jefes guerrilleros. El retraso en el pago de soldadas, las míseras condiciones de vida en los cuarteles y, sobretodo, el envío de tropas a América para intentar sofocar la rebelión independentista multiplicaron el malestar.

Poco a poco se reorganizó el movimiento clandestino liberal. Surgieron círculos secretos y sociedades masónicas en las principales ciudades, sobretodo entre los oficiales jóvenes formados durante la guerra empapados de ideas revolucionarias y románticas. Establecieron contactos con los exiliados y empezaron a organizar conspiraciones. Entre 1814 y 1819 se sucedieron hasta siete pronunciamientos por parte de mandos militares, la mayor parte de los cuales pagaron el fracaso con su vida.

El trienio Constitucional (1820-23): características políticas

Finalmente, el 1 de enero de 1820, el comandante Riego, jefe de las tropas expedicionarias acantonadas en Cabezas de San Juan para ser envidas a América, se pronuncio con éxito a favor de la Constitución. Durante dos meses Riego recorrió buena parte de Andalucía sin obtener demasiado respaldo, hasta que el apoyo de guarniciones de otras regiones y, sobre todo los levantamientos campesinos, que expresaban su descontento por la situación económica, obligaron a Fernando VII a restablecer la Constitución de Cádiz. Semanas más tarde se celebraron elecciones a Cortes, mientras los liberales retornaban del exilio.

El periodo del Trienio Constitucional (marzo de 1820 - octubre del 23) se caracteriza por la agitación política permanente, debida a diferentes causas. En primer lugar, la propia división entre los liberales. Por un lado estaban los moderados, partidarios de un gobierno fuerte, de una libertad de prensa limitadas, del sufragio censatario, de la defensa de la propiedad y del orden social. Representaban a la burguesía urbana de negocios y sus diputados procedían del exilio, habían sido “doceañistas” y ahora eran más conservadores. En las Cortes eran minoría.

Por otro lado estaban los radicales. Eran partidarios de una aplicación avanzada de la Constitución: control parlamentario del Gobierno, sufragio universal, libertad de opinión, menor énfasis en la defensa del orden y la propiedad, anticlericalismo, etc. Se apoyaban en las capas populares urbanas, y actuaban en los clubes y Sociedades Patrióticas, en las que conspiraban abiertamente para forzar a las Cortes y al Gobierno a una política más revolucionaria. Eran abogados jóvenes, intelectuales y militares exaltados. Mayoría en las Cortes, pasaron a controlar el gobierno tras el fracaso del golpe contrarrevolucionario de julio de 1822.

Una segunda fuente de inestabilidad la constituyó la actitud involucionista del rey. Mantuvo a su lado a ministros absolutistas, se enfrentó a las Cortes, vetó leyes y manifestó su desconfianza hacia los ministros liberales. Al cabo de pocos meses comenzó a pedir secretamente una intervención extranjera que le restaurara en su poder absoluto.

Las reformas del Trienio.

A largo de estos tres años las Cortes aprobaron una nueva legislación reformista. En primer lugar se adoptaron medidas de reforma agraria, como los decretos de supresión de vinculaciones, de desamortización de propios y baldíos y de tierras de la Iglesia, la reducción de los diezmos y la libre circulación de productos agrarios. Pero la mayor parte de ellas beneficiaron más a los propietarios, que aumentaron sus rentas, que a los campesinos, quienes acabaron decepcionados con el régimen liberal y enfrentado a él.

La política religiosa de las Cortes estuvo marcada por el anticlericalismo y la defensa de la autoridad del Estado. Se exigió a los clérigos que juraran la Constitución, que se estudiara en las escuelas (en manos de la iglesia y que se explicara desde los púlpitos, medidas que fueron rechazadas por los obispos. Volvieron a suprimirse la Inquisición y la Compañía de Jesús. Pero la medida más dura fue la Ley de Supresión de Monacales, por la que se disolvían los conventos y se desamortizaban sus bienes para venderlos y amortizar la deuda. El resultado fue que la Iglesia pasó a enfrentarse abiertamente con el régimen liberal y a apoyar la contrarrevolución.

Las Cortes también abordaron la reforma militar, para mejorar la instrucción, los salarios y el sistema de ascensos, así como para garantizar el sometimiento del ejército al poder civil y al orden constitucional. Igualmente se restableció la Milicia Nacional. De todo ello la consecuencia más significativa fue la legitimación de la participación del ejecito en la vida política que traería consecuencias funestas en la Historia de España.

La reforma educativa se concretó en la secularización de la enseñanza, su extensión gradual y su ordenación en tres niveles (primaria, secundaria y superior). Esta reforma se abordó a través del “Reglamento General de Instrucción Pública” que establecían como principio la centralización del proceso educativo.

Por último, los gobiernos del Trienio intentaron abordar el problema de la Hacienda. Se devaluó la moneda, se recortaron gastos y se pidieron créditos al extranjero. Las Cortes empezaron a estudiar una reforma fiscal, que debía entrar en vigor en 1823, pero no hubo tiempo de ponerla en marcha. También en este terreno se decepcionó a los campesinos, a los que se obligó a seguir pagando parte de los diezmos, después de que muchos hubieran dejado de pagarlos de forma espontánea.

La contrarrevolución y la caída del Gobierno liberal

El fin de la experiencia liberal se precipitó por la acción contrarrevolucionaria y por la intervención exterior.

En julio de 1822 se produjo un intento de insurrección contrarrevolucionaria, cuando cuatro regimientos de la Guardia Real se sublevaron. Fue sofocado por el ejército regular y la Guardia Nacional. Se formó entonces un gobierno radical, que pasó a vigilar estrechamente al rey, de quien desconfiaba.

Por su parte, desde 1821 actuaron en el norte partidas guerrilleras organizadas por la aristocracia y el clero absolutistas. En la primavera de 1822 tropas realistas tomaron Urgel, donde se instaló una regencia que resistió, varios meses al ejército constitucional.

Pero, para entonces, las potencias europeas ya habían decidido, en el Congreso de Verona (1822), una intervención militar para acabar con el experimento revolucionario español.

Se encomendó a Francia la operación militar. Un ejército (los Cien mil Hijos de san Luis), con el refuerzo de 35000 voluntarios realistas españoles, entró en España en abril de 1823 y recorrió la península sin apenas oposición. En octubre “liberaba” al rey en Cádiz, devolviéndole su poder absoluto.

La Década Ominosa (1823-33) Represión y Reacción

La llamada por los liberales década ominosa se caracteriza por el retorno del absolutismo, la represión y el terror contra los liberales, la inoperancia económica y las presiones de los ultra reaccionarios. Estos últimos formarán un movimiento a la derecha del propio Fernando VII que acabará cristalizando en el carlismo.

Tras la caída de Cádiz. Fernando publicó un decreto por el que quedó anulada toda la legislación del Trienio, al tiempo que se restablecían todas las instituciones y autoridades del absolutismo. También se reanudó a la represión. Todos los oficiales que habían ocupado puestos importantes durante el trienio fueron juzgados, más de un centenar de ejecutados (Riego entre ellos) y muchos, más enviados a prisión. El resultado fue el desmantelamiento del cuerpo de oficiales, lo que obligó a Fernando VII a pedir al ejército francés que permaneciera en España.

Se emprendió una autentica caza de brujas que condenó a muerte y a la cárcel a miles de personas, entre ellas muchos funcionarios y profesores de tendencia liberal. Muchos pudieron escapar a tiempo rumbo al exilio. Unos y otros vieron expropiados sus bienes. El país se convirtió en una gigantesca censura para evitar que pudieran difundirse o publicarse opiniones liberales.

Además de estas medidas, se creó el Voluntariado Realista, formado por partidarios del absolutismo más rígido, que sustituyó a la Milicia Nacional y actuó aplicando la represión por su cuenta en una oleada de “ajustes de cuentas” que recorrió todo el país.

Hasta 1825 la represión fue durísima. Si se atenuó algo en los años finales de la década fue porque la persecución estaba dejando a la administración sin personal cualificado.

La vuelta del absolutismo no fue, sin embargo, idéntica a la de 1814. Era ya evidente que había que introducir cambios si se quería mantener el Antiguo Régimen. Se empezó por crear el Consejo de Ministros en noviembre de 1823. Se recortaron los gastos y se introdujo un presupuesto formal para intentar controlar la Hacienda. Se mantuvo la definitiva abolición de la Inquisición y, en conjunto, Fernando VII intentó mantenerse alejado de los absolutistas más radicales, contando incluso con algunos ministros reformistas.

Esta tímida moderación provocó la aparición de los llamados realistas. Partidarios del absolutismo más cerril, criticaban el talante del rey, a su juicio demasiado blando, y el hecho de que se mantuviera en altos cargos a ministros sospechosos de moderantismo. Poco a poco fueron radicalizando sus posturas y comenzaron a apoyar la candidatura al trono de don Carlos, el hermano del rey, que conspiraba abiertamente por la Corona.

En 1827 los realistas organizaron una insurrección en el Pirineo catalán, que derivó en la llamada “guerra de los agraviados”. Los sublevados que reclamaban ya abiertamente que el trono pasara a don Carlos, fueron vencidos, y Fernando ordenó ejecutar a sus dirigentes. Pero la ruptura era inevitable; era el comienzo del carlismo.

La agonía del absolutismo y la crisis sucesoria.

Entretanto, el país continuó sumido en el caos económico tanto en el campo, donde persistía la depresión, como en la producción artesanal. Sólo la industria textil catalana apuntó un ligero crecimiento, al reorientar sus exportaciones sus exportaciones al mercado europeo hacia el interior.

A partir de 1830 vuelven a producirse conspiraciones liberales, animadas en parte por el triunfo de la revolución liberal en Francia. Las intentonas son abortadas, tanto la de Espoz y Mina en el norte como la del general Torrijos en Málaga.

En ese contexto se desencadenó la crisis sucesoria. Fernando VII no había tenido descendencia en sus tres primeros matrimonios. Pero en 1829 contrajo matrimonio con su sobrina María Cristina, que a los pocos meses quedó embarazada, lo que planteó abiertamente el problema sucesorio.

Fernando VII quiso garantizar la descendencia en su futuro hijo o hija. En marzo de 1830 publicó la Pragmática Sanción que eliminaba la Ley Sálica y restablecía la línea sucesoria de las Partidas, favorable a la sucesión femenina. Se trataba en realidad de poner en vigor una decisión que habían aprobado las Cortes de 1789, lo que, si bien era jurídicamente correcto, no dejaba de ser una medida polémica, teniendo en cuenta los años transcurridos. Los carlista protestaron airadamente, y don Carlos consideró que la medida era ilegal y atentaba contra sus derechos al trono.

El conflicto quedó abierto cuando en octubre nació la princesa Isabel. Frente a los carlistas se formó un sector de absolutistas moderados, con apoyos liberales, partidario de introducir ciertas reformas políticas y económicas, que se apoyó en la reina, en quien veían la única posibilidad de cambio, y que pasaron a defender los derechos de la princesa.

En 1832 se desencadenaron los llamados sucesos de la Granja, cuando diversas intrigas palaciegas, ante el lecho del rey agonizante, consiguieron que Fernando, firmara la supresión de la Pragmática. Pero, sorprendentemente, el rey se restableció y volvió a ponerla en vigor. Inmediatamente sustituyó a los principales ministros carlistas y puso a Cea Bermúdez, absolutista moderado, al frente del gobierno, al tiempo que la reina Maria Cristina era autorizada a presidir el Consejo.

Cea decretó una amnistía general que liberó a los presos políticos y permitió la vuelta de algunos exiliados. Los capitanes generales más intransigentes fueron sustituidos por mandos fieles a Fernando VII, y en abril Carlos abandonó la Corte y se trasladó a Portugal, antes de que su hermano le comunicara oficialmente el destierro.

El 29 de septiembre de 1833 moría Fernando, y se iniciaba la regencia de María Cristina.