Crisis de 1929 y la Gran Depresión

Impacto social. Reacciones. Consecuencias. Capitalismo. Fascismo

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Tema 8 Sociedad de masas y crisis económica

Lectura 18. La crisis de 1929 y la Gran Depresión

La crisis económica mundial de los años treinta tuvo profundas consecuencias en la historia del siglo XX. De no haberse producido, no habría exis­tido Hitler ni quizá tampoco Roosevelt. Además, difí­cilmente el sistema soviético habría sido considerado como un antagonista del capitalismo y una alternativa al mismo. Las conse­cuencias de la crisis en el mundo no occidental fueron también dramáticas. Dicho en pocas palabras, la segunda mitad del si­glo no puede entenderse sin tener en cuenta el impacto de esta catástrofe econó­mica.

El funcionamiento de la economía capitalista no es uniforme y las fluctuaciones, a menudo muy fuertes, son parte esencial de esta forma de organizar la actividad económica. El ciclo de expansión y depresión era algo con lo que ya estaban familiarizados los hombres de negocios desde el siglo XIX. Su repetición se preveía en períodos de entre sie­te y once años. A finales del siglo XIX se empezó a prestar atención a una periodicidad más larga, al analizar el curso de los acontecimientos en las décadas anterio­res. A una fase de prosperidad mundial sin precedentes entre 1850 y 1873 habían seguido 23 años de incertidum­bre económica (muchos hablaban de una Gran Depresión) y luego otro período de gran expansión. A comienzos de los años 1920, un economista ruso, Kondratiev, formuló que el desarrollo económico desde finales del siglo XVIII se había ajustado a una serie de “ondas largas” de una duración aproximada de entre 50 y 60 años, si bien ni él ni nadie pudo explicar satisfactoriamente esos ciclos (d­esde entonces se conocen con su nombre). Por cierto, Kondratiev afirmaba que en ese momento la onda larga de la economía mundial iba a comenzar su fase descendente. Estaba en lo cierto.

No fue una sorpresa para nadie que la economía mundial atravesara por nue­vas dificultades a finales de los años veinte. Lo que nadie esperaba, sin embargo fue la enorme­ generalización y profundidad de la crisis que se inició con el crack de la Bolsa de Nueva York el 29 de octubre de 1929. Fue un hecho de extraordinaria magnitud, que supuso poco menos que el colapso de la economía capitalista mundial­. Ya hemos visto la debilidad de la restauración económica en la posguerra, pero las conmociones de la guerra y la posguerra y los proble­mas políticos europeos sólo explican en parte la gravedad del hundimiento de la economía en el período de entreguerras. El análisis debe centrarse en dos aspectos.

El primero, la existencia de un desequilibrio notable y creciente en la economía mundial, fruto de la asimetría existente entre el nivel de desarrollo de EEUU y el del resto del mundo. El siste­ma mundial no funcionaba correctamente porque a diferencia de Gran Bretaña, que había sido su centro neurálgico hasta 1914, EEUU no necesitaba al resto del mundo. Así, mientras Gran Breta­ña, consciente de que el sistema financiero mundial se apoyaba en la libra esterlina, velaba por su estabilidad, EEUU no asumió una función estabilizadora de la economía mundial. EEUU no dependía del resto del mundo porque desde el final de la guerra nece­sitaba importar menos capital, mano de obra y nuevas mercancías, excepto algunas materias primas. En cuanto a sus exportaciones, aunque tenían importancia en el comercio mundial, tenían mucha menos trascendencia para la renta nacional que en cualquier otro país industrial. Puede discutirse el alcance real de las consecuencias de ese aislamiento de EEUU respecto a la economía mundial, pero es indudable que esta explicación de la crisis influyó en los economistas y políticos de EEUU­ en los años cuarenta y contribuyó a convencer a Washington de que debía responsabilizarse de la estabilidad de la economía mundial después de 1945.

El segundo aspecto a destacar es la incapacidad de la economía mundial para generar una demanda suficiente que pudiera susten­tar una expansión duradera. Como ya hemos visto, las bases de la prosperi­dad de los años veinte no eran firmes, ni siquiera en EEUU, don­de la agricultura estaba ya en una situación deprimida y los salarios no subían mucho, e incluso se estancaron en los últimos años desquiciados de euforia económica. Como tantas veces ocurre en las economías de libre mercado durante las épocas de pros­peridad, al estancarse los salarios, los beneficios aumentaron de manera des­proporcionada y el sector acomodado de la población fue el más favorecido. Pero al no haber equilibrio entre la demanda y la productividad del siste­ma industrial, en rápido incremento, el resultado fue la sobreproducción y la especulación. A su vez, éstas provocaron el colapso. Sean cuales fueren los argumentos de historiadores y economistas, que siguen debatiendo la cuestión, la debilidad de la demanda impresionó profundamente a los contemporáneos que seguían con gran interés la actuación política del gobierno.

1. La crisis de 1929

A. El crack de Wall Street y la crisis económica en EEUU.

El crack bursátil de Nueva York, a finales de octubre de 1929, puso fin brutalmente a un extraordinario boom especulativo. Iniciada en 1925-1926 en el sector inmobiliario en Florida, la especulación se orientó pronto hacia Wall Street, atraí­da por los sustanciales beneficios que allí se podían obtener. De 1925 a septiembre de 1929, el precio de las acciones se multiplicó por cuatro; un número cada vez mayor de personas, con la esperanza de obtener rápi­das plusvalías sin aparentes riesgos, se empezó a volcar sobre la Bolsa. Se podían comprar títulos a crédito, entregando el 20-25% de su valor; los préstamos a la vista eran amplia­mente consentidos por los agentes de cambio: su interés era muy alto (9% de media; a lo largo del verano de 1929 llegaron a alcanzar el 12-15%) y atraía a muchos capitales volantes del mercado de Londres, que ofrecía menores beneficios, mien­tras que en Wall Street era prácticamente imposible obtener présta­mos para fines productivos; el más pequeño accionista, el más insignifican­te inversor en bolsa, no tenía miedo alguno a acogerse a este tipo de préstamos a corto plazo, ya que estaba convencido de que el aumento de capital que lograría en la Bolsa, le aseguraría con cre­ces su devolución.

El alza llamaba al alza, el crédito sostenía la escalada de las cotizacio­nes, con lo que la Bolsa se desvinculó rápidamente de la realidad económica­; se puede fechar a principios de 1928 este despegue de las cotizaciones respecto a los beneficios reales. A pesar de unos primeros síntomas: fuertes caídas de Wall Street en junio de 1928 y principios de 1929, crack de Londres en septiembre del mismo año, se permitió que la maquinaria cogiera velocidad. Se constituyeron sociedades de inversión, con el único fin de sacar al mercado los títulos y valores, cada vez más numerosos, de otras sociedades; especulando ellas mismas con los títulos emitidos, favorecían directamen­te el alza de las cotizaciones. Las empresas industriales y comerciales, por su parte, comprometían más allá de toda prudencia sus reservas y sus fon­dos en circulación con préstamos a los brookers (corredores de bolsa). Estos préstamos, por un total de 2.230 millones $ el 31 de diciembre de 1924, se incrementaron desmesuradamente hasta alcanzar los 8.525 millones el 4 de octubre de 1929. De esta suma, menos de 1.900 millones procedían de los bancos, y el resto tenía su origen en sociedades industriales o comerciales, o bien particulares.

En esas condiciones la catástrofe era inevitable. En septiembre de 1929 la Bolsa, hasta entonces alcista, parecía vacilar; en la última semana de octubre estalló el pánico: el 24 (el “jueves negro”) se pusieron a la venta casi 13 millones de acciones, mientras que la demanda era insignificante. La in­tervención de los grandes banqueros e industriales del mercado de New York logró frenar de momento la caída, pero el lunes 28 y, sobre todo, el martes 29 de octubre, el hundimiento de las cotizaciones ya era irreme­diable: 33 millones de títulos se pusieron a la venta. Fenómeno incom­prensible para los contemporáneos, el descenso siguió varios años y alcanzó mínimos inimaginables: la media del Dow Jones, que había alcanzado los 125,43 $ en 1929, se hundió hasta los 95,64 en 1930; 55,47 en 1931, y 26,82 en 1932.

La primera causa del crack de 1929 de Nueva York radica, pues, en la política de crédito demasiado fácil y en la actitud de la dirección de la Reserva Federal, que sólo intervino demasiado tarde y con demasiada timidez, a pesar de la conciencia que debía (y podía) haber tenido de los peligros de la situación. Sin duda, la política monetaria facilitó, y quizá inició, el fenómeno especulativo; pero para tomar la medida al crack de 1929, hay que estudiar antes los factores estructurales, y en pri­mer lugar los que conciernen a los bancos.

La estructura bancaria de EEUU estaba muy fragmentada: había­ unos 24.000 pequeños bancos, que cubrían un territorio restringido (la ley les prohibía operar ­en más de un Estado) y cuya fuerza o debilidad dependía estrechamente de la coyuntura, y sobre todo de las fluctuaciones de los precios agrícolas, pues los depósitos bancarios procedían en gran medida de los granjeros. La fragmentación, la ausencia de jerarquización, los errores de especialización en las diferentes ope­raciones financieras, hicieron que esta multitud de bancos, poco asesorados por la Reserva Federal, tomasen medidas de precaución exageradas. En la incertidum­bre en que se encontraban por la situación económica y financiera del país, privados de toda visión de conjunto, no podían hacer otra cosa que reducir sus créditos a particulares, industriales, comer­ciantes y agricultores, y retirar los depósitos que ellos mismos habían rea­lizado en otros bancos. Aunque este fenómeno se efectuó con discreción, para no alarmar al público y desencadenar un pánico generalizado, era un hecho irreversible; provocó y movió a la venta a muchos inversores en va­lores bursátiles.

¿Cómo se transformó la crisis bursátil en crisis económica? Por un lado, a pesar de la política de salarios altos practicada por algunos in­dustriales (especialmente en el sector del automóvil), muy pocos eran los que disfrutaban de medios suficientes para mantener un consumo elevado e invertir de forma regular. Con la crisis bursátil, el consumo de productos de lujo se redujo, al tiempo que descendían bruscamente las inversiones, comprometiendo el futuro.

Por otro lado, la brutal contracción del crédito provocó un bajón generalizado de la producción: primero, por la quiebra de las industrias y comercios más débiles (casi 23.000 en 1929, más de 30.000 en 1932), y, sobre todo, por la caída de los precios, que llegó al 30% entre 1929 y 1932. Esta caída tiene fácil ex­plicación: muchos consumidores, afectados por la crisis, decidieron aplazar sus compras; los stocks se acumularon; los industriales, para vender, bajaron sus precios, y esta tendencia a la baja constituyó, para los consumidores, un nuevo motivo para posponer las com­pras lo más posible. Por otra parte, los productores, al no poder hacer frente a sus gastos, reducían personal, que pasaba a engrosar el paro, lo que disminuía el consumo potencial. Por último, EEUU no podía recurrir a­ aumentar las exportaciones: ya contaba con una balanza co­mercial muy positiva, y la salida al extranjero de los excedentes de produc­ción sólo podía concebirse mediante una ampliación de los créditos, cuando la realidad reflejaba, por el contrario, que se había visto obligado a reducirlos notablemente.

Que los industriales redujesen su producción era comprensible, ya que esperaban, al disminuir la oferta, frenar el descenso de los precios. De esta forma, la producción industrial se redujo en más de un 50% entre agosto de 1929 y agosto de 1932, sobre todo en el sector de bienes de equipo (que cayó un 75%). Las inversiones se hundieron: del 15,4% del producto nacional bruto en 1929 al 1,5% en 1932. Por su parte, las quiebras bancarias, que superaron las 5.000, provocadas sobre todo por el hundimien­to de los precios agrícolas y las dificultades financieras de los campesinos, frenaron cualquier posibilidad de contrarrestar la caída de las inversiones.

B. La extensión de la crisis al resto del mundo.

La “ex­portación” de la crisis se explica por el peso de EEUU en la economía mun­dial. Desde antes del crack, la especulación bursátil en Nueva York había acaparado la mayoría de los capitales disponibles, y las inversiones y préstamos al ex­terior se habían reducido notablemente. Como es natural, desde el inicio de la crisis, las entradas de capital cesaron poco a poco (en dirección a Alemania, y también hacia ­América Latina), privando a muchos países de sus habituales medios de pago e impidiéndoles comprar productos europeos y de EEUU; además, los bancos y particulares se esforzaron por repatriar sus capitales. Privados del maná que recibían desde hacía unos diez años, los países deudores de EEUU tuvieron que reducir masivamente sus importaciones y aún más su consumo. En todo el mundo, los productores, si no querían perder su clientela, tuvieron que equipa­rar sus precios a los de EEUU, que sufrieron, como se ha visto, un des­censo medio del 30% entre 1929 y 1932: ¡incitación extraordinaria a reducir la producción!.

La brutal contracción de la economía de EEUU se contagió ­con gran rapidez al resto del mundo a través de los in­tercambios internacionales. En 1929, las importaciones que hacía EEUU repre­sentaban 1/8 del total mundial; un frenazo brutal de dichas compras fue suficiente para orientar los precios a la baja, sobre todo en los mercados de materias primas. Los productores de éstas, ya afectados por el freno de las inversiones ex­tranjeras, sufrieron una brutal caída de sus exportaciones e ingresos; el hun­dimiento de precios fue espectacular: el precio del quintal de trigo de Ca­nadá bajó a la mitad entre 1929 y 1931 (los ingresos netos de los agricultores canadienses bajaron de 1.500 millones $ en 1928, a 500 millones en 1931); los precios del té y del café cayeron en dos tercios, y ocurrió lo mismo con la seda en bruto, la lana, la carne bovina y ovina­. Esto supuso el hundimiento, según un informe de la SDN en 1931, de Argentina, Australia, Bolivia, Brasil, Canadá, Colombia, Cuba, Chile, Ecuador, Egipto, Finlandia, Hungría, India, las Indias Holandesas, Malasia, México, Nueva Zelanda, Países Bajos, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela, cuyo comercio exterior dependía de unos pocos productos primarios. Todos estos países jóvenes restringieron, pues, considerablemen­te sus pedidos de productos manufacturados, con lo que Europa se resentirá de la crisis de EEUU. En definitiva, ese fenómeno transformó la Depresión en un acontecimiento literalmente mundial.

Por último, los fenómenos monetarios internacionales contribuyeron de forma notable a acentuar la depresión. El movi­miento de los capitales flotantes, en busca de inversiones seguras, com­prometía peligrosamente, por su gran amplitud, la cobertura de los bancos y fondos de valores de los institutos de emisión, dificultando así los intercambios comerciales. Pero, sobre todo, el hun­dimiento del sistema monetario internacional, consecuencia directa del crack de 1929, paralizó el comercio mundial, y por tanto, en muchos países, las industrias orientadas a la exportación. Al aban­donarse el Gold Exchange Standard (el patrón-cambio-oro tan penosamente puesto en marcha en 1922) en septiembre de 1931, justo tras el hundimiento de las monedas de Europa Central, por parte del Reino Unido, que acababa de provocar la fluctuación de la libra, se privó a los intercambios del instrumento estable y seguro que se había utilizado durante decenios. Tras esta ruptura del mercado internacional se crearon blo­ques monetarios, se firmaron acuerdos comerciales bilaterales, instituyéndose a veces un control de cambios, y reinando siempre una fragmenta­ción económica claramente perjudicial para el comercio y la industria mun­diales: la adopción por los diversos países de tarifas prohibitivas constitu­yó un “proceso acumulativo de depresión”.

La caída de la producción industrial mundial fue espectacular: en ju­nio de 1932 alcanzó su nivel más bajo, un tercio de la de junio de 1929. También disminuyeron los intercambios mundiales: un 25% en volumen y un 60% en valor, dada la caída de los precios. La crisis fue, pues, brutal en los países muy industrializados. La situación relativamente favorable del Reino Unid­o se debió a que la devaluación de la libra (1931) relanzó sus exportaciones; en cuanto a Francia, su posición media se explica por el carácter poco especializado de su industria. En todo caso, jamás se había prod­ucido semejante hundimiento, ni siquiera durante la guerra. El sector más afectado fue el de los bienes de equipo. Los bienes de consumo sufrieron una caída ­más atenuada, alrededor del 20%, pero al estar su industria más sujeta a la competencia, sus precios bajaron bastante más.

C. El impacto social de la crisis.

En EEUU­ la gran caída de los precios agrícolas (57% entre junio de 1929 y diciembre de 1932), unida a la ne­cesidad de reducir al maximo los gastos, incitó a los agricultores a volver a una economía de subsistencia. Aun despidiendo a sus asalariados, posponiendo reparaciones y mantenimiento del material, y dejando de comprar ­productos manufacturados, los campesinos tuvieron ­que pedir a menudo nuevos créditos para hacer frente a sus deudas. Los bancos se fueron apode­rando poco a poco de las tierras de sus deudores en quiebra: muchos se convirtieron en aparceros de las tierras que antes poseían, y otros se vieron expulsados cuando los bancos empezaron a reagru­par sus propiedades para rentabilizarlas.

Para los que trabajaban a cambio de un salario, la principal consecuencia de la Depresión fue el desempleo en una escala inimaginada y sin precedentes, y por mucho más tiempo del que nadie pudiera haber previsto. En 1929 ya eran 10 millones; en 1932 su número se acercaba a los 30 millones (quizá 40 si se cuentan los parados parciales y el paro in­visible). Unos 13 millones en EEUU; 5,2 en Alema­nia; 2,4 en Gran Bretaña. En los momentos peores de la crisis (1932-1933), los índices de paro se situaron en el 22-23% en Gran Bretaña y Bélgica, el 24% en Suecia, el 27% en EEUU, el 29% en Austria, el 31% en Noruega, el 32% en Dinamarca y en no menos del 44% en Alemania. Además, la recuperación iniciada en 1933 no logró reducir la tasa de paro por debajo del 16% en Gran Bretaña y Suecia, y del 20% en el resto de Escandinavia, en Austria y en EEUU. El úni­co país occidental que consiguió acabar con el paro fue la Alemania nazi entre 1933 y 1938. Nadie podía recordar una catástrofe económica de tal magnitud en la vida de los trabajadores. El ham­bre (o el miedo a tenerla) resurgió en sociedades que ya hablaban de abundancia. Muchas “marchas del hambre” se hicieron en los países industrializados.

Lo que hizo aún más dramática la situación fue que los sistemas de seguridad social no existían (caso de EEUU) o eran muy insuficientes, sobre todo para los parados de lar­ga duración. Esta es la razón por la que la seguridad ha sido siempre una preocupa­ción básica de la clase trabajadora: protección contra las temidas incer­tidumbres del empleo, la enfermedad o los accidentes y contra la temida certidumbre de una vejez sin ingresos. Eso explica tam­bién que los trabajadores sueñen con ver a sus hijos en un puesto de trabajo modestamente pagado pero seguro y con derecho a jubi­lación. Incluso en Gran Bretaña, donde los sistemas de seguros de paro estaban más desarrollados antes de la Depresión, no llegaban siquiera al 60% de la población trabajadora, y ello porque desde 1920 Gran Bretaña se había visto obligada a tomar medidas contra un desempleo generalizado. En los demás países de Europa (excepto en Alemania, donde más del 40% tenía derecho a percibir el paro), el porcentaje de trabajadores protegidos no llegaba al 25%. Quienes se habían acostumbrado a trabajar de forma esporádica o a atravesar por épocas de paro cíclico empeza­ron a sentirse desesperados cuando, una vez gastados sus pequeños ahorros y agotado el crédito en las tiendas de alimentos, veían imposible encontrar un trabajo.

De ahí el impacto traumático que tuvo en la política de los países indus­trializados el paro generalizado, principal fruto de la Gran Depresión para la mayoría de la población. Poco les podía importar que los historiadores puedan demostrar que la mayoría de los que lograron tener un empleo mejoraron su posición, ya que los precios bajaron durante todo el período de entreguerras e incluso en los años más duros de la Depresión los precios de los alimentos cayeron más ­que los de los demás productos. La imagen dominante en la época era la de los comedores de beneficencia y la de los ejércitos de para­dos que desde los centros fabriles donde el acero y los barcos habían dejado de fabricarse convergían hacia las capitales para denunciar a los que creían responsables de la situación. Por su parte, los políticos eran conscientes de que el 85% de los afiliados del Partido Comunista alemán (que duran­te la Depresión, en los meses anteriores a la subida de Hitler al poder, creció casi tan deprisa como el partido nazi) eran parados.

2. La Gran Depresión: reacciones y consecuencias

A. Las reacciones ante la Gran Depresión.

a. Deflación y proteccionismo: el ocaso del capitalismo liberal.

La inexistencia de soluciones en el marco de la vieja economía liberal hacía dramática la situa­ción para los responsables económicos. A su juicio, las medidas para hacer frente a corto plazo a la crisis socavaban a largo plazo las bases de una economía mundial próspera. En unos años en que el comercio mundial disminuyó el 60% (1929-­1932), los países empezaron a levantar barreras mayores para pro­teger sus mercados y sus monedas frente a los ciclones económi­cos, aun sabedores de que eso significaba desmantelar el sistema de comercio multilateral en el que, según creían, debía sustentarse la prosperidad del mundo. La piedra angular de ese sistema, la “cláusu­la de nación más favorecida”, desapareció de casi el 60% de los 510 acuerdos comerciales que se firmaron entre 1931 y 1939. ¿Cómo acabaría todo? ¿Sería posible salir de ese círculo vicioso?

La Gran Depresión desterró el liberalismo económico durante medio siglo. Ante la gravedad y dureza de la crisis, en todos los países se produjo una intervención estatal (pedida por los mismos que antes se de­claraban partidarios del liberalismo) de dimensiones hasta entonces desconocidas. El dirigismo económico tendió a consolidar el ca­pitalismo más que a reducirlo y nunca se lle­gó a poner en duda la propiedad privada o la estructura social.

Los gobiernos, inicialmente, impusieron aranceles proteccionistas fuertes. En junio de 1930, EEUU instauró la tarifa Hawley-Smoot. El ejemplo fue pronto seguido por todos los países­, incluso el Reino Unido, patria del libre comercio, que mediante el Import Duties Act (1932) gravó las importaciones con un 10% (excepto materias primas y alimentos): en la práctica los derechos aduaneros británicos subieron un 20% o más. Era éste un impuesto muy habitual en esos años: en Francia las tarifas pasaron del 17,8 al 29,4% entre 1932 y 1935; en Alemania subieron del 8% en 1929 hasta el 29% en 1937; en Italia crecieron del 12 al 19,4%. Pero la caída de los precios, así como la competencia cada vez más fuerte, hacía insuficientes estas medidas aduaneras; los países tuvieron que recurrir cada vez más al sistema de cupos (que limita la importación de ciertos productos), e incluso a la pura y simple prohibición.

Algunos países ricos, como EEUU, Reino Unido o Fran­cia (entre los tres poseían en 1937 el 80% del stock mundial de oro), pudieron controlar la situación con medidas moderadas. Otros, como Japón, Alemania o Italia, se orientaron hacia la autarquía, desarrollando al máximo su producción nacional (ante la imposibilidad de pagar importaciones) y regulando estrechamente su comercio exterior. Alemania puso el acento en el cen­teno (ante la falta de trigo), el cáñamo y el lino (ante la falta de algodón), y la ganadería; explotó de nuevo gran can­tidad de minas cerradas por su poca rentabilidad y multiplicó los esfuerzos para encontrar productos alternativos (­de la hulla, textiles y caucho sintético). Firmó además acuer­dos compensatorios con pequeños países que pronto iban a constituir ver­daderas zonas de influencia econó­mica: Bulgaria, Grecia, Hungría, Yugoslavia y Turquía. El control total de su comercio exterior aseguraba al gobierno alemán una posición extre­madamente fuerte para negociar con ellos, ya que tenía la posibi­lidad de comprar la totalidad de la producción de un país. Por esto mismo, el gobierno alemán disfrutaba de una privilegiada situación en Amé­rica latina (Brasil, Chile, ­Perú, Bolivia, Venezuela, etc.).

La mayoría de los países industrializados era consciente ­del peligro de la autarquía: la subida de los aranceles no servía de nada si todos hacían lo mismo. Eso impulsó la firma de acuerdos regionales preferenciales: la Convención de Oslo (1930) acercó Bélgica, Holanda, Luxemburgo y los países escandinavos. Los acuerdos de Ottawa (1932) entre Gran Bretaña y la Commonwealth crearon el sistema de “preferencia imperial” y relanzaron los intercambios entre ellos. Convencidos de los males del nacionalismo económico y de la compartimentación comercial, las principales naciones convocaron una Conferencia ­en Londres (1933), pero no lograron establecer­ una “tregua aduanera” o reducción general de aranceles.

Los gobiernos también intervinieron ­apoyando a empresas industriales en dificultades. Se intentó­ hacer bajar los precios de costo mediante la clásica política deflacionista. Se suponía que la reducción de los medios de pago, los salarios y todo tipo de créditos, sanearía la si­tuación, provocando el cierre de las empresas no rentables y la li­quidación de stocks. Al mismo tiempo, el Estado se impuso un ri­guroso equilibrio presupuestario, reduciendo el gasto público y subiendo los impuestos. En la práctica, ningún gobierno logró rea­lizar tal política. Dado el alto­ porcentaje de gastos generales (y la importancia del ca­pital fijo), las empresas no pudieron reducir todo lo de­seable sus costos. En cuanto al Estado, la disminución de ingresos a causa de la crisis, unida al aumento de los gastos (subsidio de paro, subvenciones para impulsar la producción), hacía ilusorio cualquier intento de equilibrio presupuestario.

El abandono del patrón-oro y la devaluación monetaria­ fue el remedio último­. Los primeros en devaluar, en 1929, fueron Australia, Argentina, Brasil y Uruguay. En 1931-32, EEUU, Gran Bretaña, Canadá y los países escandinavos abandonaron el patrón oro, y en 1936 se sumaron incluso los más fervientes partidarios del mismo Bélgica, Países Bajos y Francia.

b. Medidas sociales e intervencionistas.

La Gran Depresión obligó a los gobiernos a dar prioridad a las consideraciones sociales en la formulación de sus políticas. El peligro que extrañaba no hacerlo así (la radicalización de la izquierda y, como se demostró en Alemania y en otros países, de la derecha) era demasiado amenazador. Los gobiernos no se limitaron a proteger la agricultura elevando aranceles frente a la competencia extranjera. También subvencionaron la actividad agraria garantizando precios al productor, comprando excedentes o pagando a los agricultores para que no produjeran, como ocurrió en EEUU desde 1933 (el origen de la paradójica "política agra­ria común" de la Unión Europea, como se ve, se remonta a la Gran Depresión).

Para resolver, al menos en parte, el tema del paro, se recurrió al empleo público. En 1933-1934, el 60% del presupuesto federal de EEUU se­ dedicó a construir carreteras, autopistas, puertos y grandes presas. En Gran Bretaña se hizo un esfuerzo especial en el sec­tor de la vivienda. En Italia y, sobre todo, en Alemania, la industria ar­mamentista relanzó la actividad económica a partir de 1935-1936. En 1945 el "pleno empleo" pasaría a ser el objetivo básico de la política económica en los países donde se instauró un capitalismo democrático reformado, cuyo máximo defensor fue el economista británico John M. Keynes. La doctrina keynesiana proponía eliminar el paro generalizado por razones tanto económicas como políticas. Los keynesianos sostenían que la demanda que generan los salarios de los obreros estimu­laría las economías deprimidas. Sin embargo, la razón por la que se dio la máxima prioridad a esa forma de estimular la demanda (el gobierno británico asumió ese objetivo antes incluso de 1939) fue la consideración de que el paro genera­lizado era social y políticamente explosivo, tal como había demos­trado la Gran Depresión.

Otra medida profiláctica que se adoptó a raíz de la Gran Depresión fue la creación de amplios sistemas de seguridad social, como el aprobado en EEUU en 1935. Acostumbrados a la generalización de ambi­ciosos sistemas sociales en los países desarrollados­ (con excepciones como Japón, Suiza y EEUU) que olvidamos cuál era la situación antes de la 20 G.M. Incluso los países escandinavos estaban tan sólo comenzando a implantarlos entonces. De hecho, la expresión “Estado del bienestar” no comenzó a utili­zarse hasta los años cuarenta.

Un hecho resaltaba el trauma derivado de la Gran Depresión: el único país que había rechazado el capitalismo, la URSS, parecía inmune a la crisis y se industrializaba a marchas forzadas gracias a sus planes quinquenales­. Entre 1929 y 1940, su producción industrial se triplicó y su participación en la producción mundial pasó del 5% en 1929 al 18% en 1938, mientras que la cuo­ta conjunta de EEUU, Gran Bretaña y Francia bajó del 59 al 52%. Además, en la URSS no había paro. Esos logros impresionaron a los observadores y visitantes extranjeros de todas las ideologías entre 1930 y 1935 más que la tosquedad de la economía soviética y la crueldad de la colectivización y la represión de Stalin. Lo que les preocupaba realmente era el hundimiento de su propio sistema económico, la profundidad de la crisis del capitalismo occidental. ¿Cuál era el secreto del sistema soviético? ¿Podía extraerse algu­na enseñanza de su funcionamiento?

Los políticos empezaron a hablar de “plan” y “planificación”. Los partidos social-demócratas comenzaron a aplicar “planes”, por ejemplo, en Bélgica y Noruega. Sir Arthur Salter, un alto funcionario británico, escribió un libro para demostrar que para escapar del círculo vicioso de la Gran Depresión era esencial construir una sociedad planificada. Otros crearon un grupo de reflexión llamado Political and Economic Planing. Algunos políticos conservadores jóvenes, como el futuro primer ministro Harold Macmi­llan, pasaron a defender la “planificación”. Incluso los nazis copiaron la idea al iniciar Hitler un “plan cuadrienal”.

En todos los países la economía fue sujeta a una mayor reglamentación: control estricto del mercado financiero (como en EEUU, ­respecto a la composición del capital o las operaciones bancarias); fijación de precios mínimos para ciertos productos; restricción de zonas de cultivo o de superficies industriales. En muchos países se instauró una política de créditos y subvenciones para ayudar a las empresas. En EEUU se creó en 1932 una institución para conceder créditos a Bancos y Cajas de Ahorro. En Francia, el Estado sacó a flote a grandes empresas de transporte y garantizó los depósitos de diver­sos bancos en dificultades. En Italia, donde, como en Alemania, esta po­lítica era más acentuada, se creó el IRI (Instituto per la Ricons­truzione Industriale).

Se desarrolló el sector público y las nacionalizaciones, al tiempo que el Estado entraba a participar en numero­sas empresas mixtas, como la BBC o la London Passeng­er Transport Board. En Francia, el Estado fundó la Compagnie Générale du Rhóne (1933) y la SNCF (1937). En un afán de rentabilización y eficacia, los gobiernos in­citaron a las empresas a una mayor concen­tración y “cartelización”­. En Japón, por ejemplo, las firmas Mitsui (petróleo, hierro, plomo, productos químicos) y Mitsubishi (astilleros, cristal, estaños, alcohol) tenían un dominio aplastante. También en Gran Bretaña­ fue espectacular la concentración financiera e industrial: la nueva British Iron and Steel Federation controlaba 2.000 empresas y el 67% del sector del acero; las Imperial Chemical Industries o Unilever tam­bién testimonian el vigor de este movimiento. En EEUU­ todas las ramas de la industria (el acero, el cobre, los textiles), ya muy reagrupadas, todavía se concentraron más. Los tres grandes del au­tomóvil (Ford, General Motors, Chrysler) controlaban, en 1938, el 90% de la producción nacional, frente al 71% de 1920 y el 83% de 1930.

c. El New Deal de Franklin D. Roosevelt.

En EEUU, donde el crack de 1929 había precipitado el gran colapso económico, tuvieron lugar profun­dos cambios. En 1932 el PNB había descendido a menos de la mitad del de 1929; de 12 a 14 millones de personas estaban en paro. El presidente Herbert Hoover, elegido en 1928, en la pleamar de la prosperidad, era identificado por la opinión pública con los tiempos difíciles. Hoover no veía con buenos ojos ninguna intervención gubernamental a gran escala, convencido de que el ciclo de los negocios que había traído la depresión traería, en su momento, la prosperi­dad, y que, una vez restablecida la confianza en los negocios, comenzaría la recuperación. Al fin, su gobierno tuvo que actuar, proponiendo para la economía mundial un año de suspensión de pagos de todas las deudas entre los países, y, en el interior, concediendo ayuda financiera a bancos y ferrocarriles, ampliando las facilidades de crédito, ayudando a liberar las hipotecas de algunos granjeros y pequeños propietarios de casas y lanzando, aunque demasiado tarde, un programa de grandes obras que se limitaba a intentar coordinar las iniciativas que tomaran los Estados o los ayuntamientos. Pero Hoover no fue más allá; se opuso a la ayuda federal directa a los parados; los veteranos que pretendían que se les pagasen sus bonificaciones de la época de la guerra para superar los malos tiempos fueron expulsados de Washington en 1932; el paro, las quiebras de las empresas y las ejecuciones de las hipotecas sobre las granjas continuaban.

En 1932 los millones de obreros parados, de desesperados miembros de las clases medias y bajas de las ciudades, y de granjeros arruinados pusie­ron fin a la administración republicana y eligieron al primer presidente demócrata desde Woodrow Wilson. El nuevo presidente era Franklin D. Roosevelt. La combinación de recuperación, ayuda y legislación reformista que inició se conoce como el New Deal. El nuevo presidente se aventuró en un programa de improvisación y de experimentación, pero con tal decisión y energía, que pronto engendró un vivo entusiasmo. Poco tiempo después, el Congreso aprobaba un impresionante conjunto de leyes. El programa de ayuda a los granjeros, a los pequeños propietarios de casas y a la industria, iniciado por Hoover, se amplió hasta una escala irreconocible.

1. La primeras medidas de recuperación y reforma.

El gobierno facilitó ayuda financiera y fomentó un amplio programa de obras públicas para reducir el paro, primero mediante préstamos a los Estados para construir viviendas, carreteras, puentes y escuelas, y luego mediante un programa federal de obras. Para hacer frente a la crisis financiera, se cerraron temporalmente los bancos para volverse a abrir bajo una rigurosa supervisión. El dólar fue separado del patrón oro y devaluado, principal­mente para ayudar a los granjeros a competir en los mercados exteriores. En la agricultura, el gobierno concedió ayudas a los granjeros dispuestos a reducir su producción, subvencionando incluso la destrucción de cosechas y de ganado, a fin de eliminar los excedentes. Era paradójico, desde luego, que el gobierno redujese la extensión cultivada y destruyese los productos agrícolas, mientras las ciudades tenían necesidad de ellos. Pero la administración trataba de afrontar, no sólo la situación inmediata, sino la crisis agrícola más profunda, que era anterior a la depresión. Posteriormente, los granjeros recibieron subsidios para dedicar una parte de su tierra a cosechas que conservaran el suelo. Un Cuerpo Civil de Conserva­ción fomentó también la repoblación forestal, y remedió el paro dando trabajo a casi 3 millones de jóvenes. En cuanto a la industria, una Ley de Recuperación Nacional (la NRA) estimuló a las empresas a la implantación voluntaria de unos “códigos de competencia honrada” que ayudasen a regular los precios y la producción.

Todas esas medidas pretendían recuperar el achaco­so sistema capitalista, mediante la mejora del poder adquisitivo y el estímulo de la actividad industrial. La novedad más importante fue el recurso al déficit público. Aunque sin seguir una filosofía económica consecuente, el New Deal reflejaba indirec­tamente las teorías del economista inglés Keynes. En obras anteriores y en La teoría general del empleo, del interés y del dinero (1936), Keynes sostenía que, si la inversión privada se retraía, debían emplearse los fon­dos públicos para estimular la actividad económica e incrementar el poder adquisitivo hasta que el capital privado comenzase a fluir de nuevo. Para poner el dinero en circulación y “cebar la bomba” de la producción industrial, el gobierno emprendió un gran programa de préstamos y de gastos. Por heterodoxo que fuese una déficit público, parecía entonces (y también después, hasta la década de 1980) el único método de impedir el colapso económico en un sistema capitalista. En tales actividades de recuperación y reforma, el gobierno ejercía un papel que, hasta entonces, sólo había desempeñado en tiempo de guerra. Las agencias de colocación proliferaron; la nómina federal aumentó; la deuda pública se duplicó entre 1932 y 1940.

Además de las medidas de recuperación, se adoptaron ciertas reformas de mayor alcance. Para impedir una superespeculación y la repetición de una bancarrota como la de 1929, se creó una Comisión de Valores y de Cambios que regulaba la emisión de acciones y supervisaba las operaciones del cambio de valores. Los depósitos bancarios estaban garantizados por el seguro federal, de modo que los depositantes nunca volverían a perder los ahorros de toda su vida. Una Autoridad del Valle del Tennessee (TVA) sirvió de programa piloto para las obras de defensa contra las inundaciones, para el desarrollo económico regional, y para la producción barata de energía pública, un criterio, según se dijo, para las compañías de utilidad privada.

En 1935 todavía había 5 millones de parados. Los empresarios, que al principio habían estado de acuerdo con el gobierno, ahora se oponían a que regulase las finanzas y la industria. El Tribunal Supremo declaró inconstitucionales la NRA y otras medidas del New Deal.

2. Reformas sociales y “Estado del bienestar”.

Después de 1935 nuevas leyes trataron de mejorar la situación de los obreros y atenuar la inseguridad del ciudadano medio. Una Ley de Seguridad Social nacional (1935), preveía el seguro de desempleo, de vejez y de incapacidad. La Ley de Normas Justas de Trabajo establecía las cuarenta horas como un máximo de trabajo normal a la semana, y fijaba un mínimo de salario por hora; quedaba abolido el trabajo de los niños. Una tercera medida, la Ley de Relaciones Laborales (o Ley Wagner), transformó el escenario industrial de EEUU.

Por primera vez, los sindicatos tenían al gobierno federal y a la ley a su lado en su lucha por mejorar las condiciones laborales. La nueva ley garantizaba el derecho de los obreros a la negociación colectiva a través de. los sindicatos, declaraba ilegales los sindicatos de empresa y prohibía a los empresarios interferir en la vida sindical o discriminar­ a los afiliados. Gracias a ello, se revitali­zó la antigua Federación Americana del Trabajo (AFL), y surgió una nueva y vigorosa organización, el Congreso de Organizaciones Industriales (CIO), que organizaba a los obreros por sectores industriales y llegaba a los obreros no cualificados en industrias como las del acero, automóvil, textil, construcción naval y caucho. Millones de trabajos que nunca habían estado organizados, entre los que se incluian mujeres y obreros negros, formaban parte ahora de poderosos sindicatos con recursos cada vez mayores. El total de trabaja­dores sindicados se elevó de unos 4 millones en 1929 a 9 millones en 1940. Militantes y conscientes de su nueva fuerza, pero poco influidos por ideologías revolucionarias, los obreros de EEUU decidieron no crear un tercer partido, sino actuar dentro del tradicional sistema de dos partidos.

Otro proyecto de ley pretendía reformar el sistema fiscal, con impuestos progresivos­ y dificultando la evasión de impuestos. El New Deal trató también de invertir la tendencia hacia la concentración económica, que él mismo había estimulado antes, mediante una investigación sobre las prácticas monopolistas, y una campaña contra los trusts. Un programa de mejora de los barrios bajos y de casas baratas constituyó el primer paso para disponer de viviendas adecuadas. Se concedieron ayudas al arrenda­tario y al aparcero. Se pretendía auxiliar a los que el Presidente, en 1937, describió como “un tercio de un pueblo mal alimentado, mal vestido, mal alojado”. Si bien el New Deal no los alimentó, ni los vistió, ni les dio casa, ni atacó las raíces más profundas de la pobreza, de la marginación urbana y de la discriminación racial en EEUU, puso de manifiesto, al menos, el enorme potencial de la acción del Estado en todos esos ámbitos.

El gasto público y la renovada confianza en la salud de las instituciones crearon una lenta, gradual y parcial recuperación. A mediados de 1937, sin embargo, se produjo una recesión: la actividad de los negocios retrocedió y el gasto público disminuyó; la recesión no terminó has­ta 1938, al reanudarse el gasto público. La renta nacional llegó a 71.000 millones $ en 1939, doble de lo que. había sido en el momento más bajo de la depresión, pero todavía inferior a 1929. A pesar del avance sustancial, la actividad en los negocios no recobraba el nivel máximo de 1929. La resistencia de los propios empresarios puede haber influido. La creciente deuda pública, las declaraciones antiempresariales del gobierno, los mayores impuestos para las empresas y las rentas altas, y las muchas concesiones a los obreros ahuyentaban las inversiones y condujeron a una “huelga de brazos caídos” del capital. Algunos aseguraban que los salarios habían subido demasiado bruscamente, aumentando los costes de producción, y, por consiguiente, desalentando la expansión de los negocios.

El New Deal contribuyó notable­mente a la recuperación económica, pero no acabó con la depresión. La recuperación completa, la eliminación del paro, el pleno uso (y expan­sión) de la capacidad productiva habían de esperar hasta los grandes gastos de guerra, en comparación con los cuales habían de parecer exiguos los gastos de la depresión. Hacia 1938 el New Deal llegó a su término; la administración desplazó su atención desde la reforma interior hacia la tempestad que se avecinaba en Europa y en el Lejano Oriente.

Los cambios aportados por la llamada “revo­lución Roosevelt” fueron notables. Siguiendo un proceso que se remontaba, por lo menos, a la época de Theodore Roosevelt, pero ampliando la función del gobierno federal más que ninguna otra administración anterior, el New Deal transformó el Estado no intervencionista en un Estado del bienestar. El gobierno impuso controles a las empresas, tomó parte incluso en algunas (como en la TVA), utilizó su poder para redistri­buir la riqueza, y estableció un amplio sistema de seguridad social. La influencia política de los trabajadores aumentó. Quedó clara­mente establecido que el gobierno era responsable del bienes­tar social y económico del pueblo. Tal vez ahí radicaba la verdadera esen­cia del New Deal. El partido republicano, cuando volvió al poder después de la 20 G.M., mantuvo e incluso extendió las reformas del New Deal, reconoci­endo así implícitamente que, a pesar de las críticas que se le habían hecho en su momento, el New Deal no pretendió destruir el capitalismo, sino rehabilitarlo y fortalecerlo mediante la reglamentación y la reforma.

Roosevelt, de familia rica, denunció a los “monárqui­cos económicos2 y él, a su vez, fue calificado de “traidor a su clase”. Cuan­do el Tribunal Supremo declaró inconstitucionales las medidas del New Deal, Roosevelt pensó en reorganizar y ampliar el tribunal, lo que suscitó más hostilidad política. A pesar de la ruidosa oposición, Roosevelt, en las elecciones de 1936, ganó en casi todos los Estados y después fue reelegido en 1940 y en 1944 (cada vez con mayorías más pequeñas), siendo, por tanto, elegido cuatro veces consecutivas, circunstancia sin precedentes (esta posibilidad fue luego excluida mediante una enmienda constitucional de 1951).

Nadie podía ser neutral respecto a Roosevelt. Algunos decían que había creado una burocracia enorme, reglamentista, costosa e incó­moda, una auténtica amenaza a la libertad y a la seguridad del ciudadano individual. Pero, a pesar de su despilfarro y de sus incongruen­cias, de su costosa y poco ortodoxa política financiera, de su ampliación­ del poder ejecutivo y de la expansión de la burocracia gubernamental, el New Deal representó una audaz y humanitaria forma de afrontar la mayor crisis que EEUU hubiera sufrido nunca, al margen de las guerras; preservó y reafirmó la fe de los ciudadanos en su sistema democrático, y eso en un momento en que la democracia estaba sucumbien­do en otras partes.

B. Las consecuencias políticas de la Gran Depresión.

Los efectos de la Gran Depresión sobre la política y la opinión pública fueron grandes e inmediatos. Desafortunado el gobierno que estaba en el poder cuando se produjo el cataclismo, ya fuera de derechas, como el de Hoover (1928-1932) en EEUU, o de izquierdas, como los gobiernos laboristas de Gran Bretaña y Australia. Hacia 1934­ eran pocos los países donde la política no se hubie­ra modificado sustancialmente respecto al período anterior a la Gran Depresión. En Japón y en Europa se produjo un fuerte giro hacia la derecha, excepto en Escandi-navia, donde Suecia inició en 1932 un largo período de gobierno socialdemócrata, y en España, donde la monarquía dejó paso a una malhadada y efímera república en 1931. Pero la consecuencia política más importante y siniestra de la Gran Depresión fue el triunfo casi simultáneo de un régimen nacionalista, belicis­ta y agresivo en dos importantes potencias militares, Japón (1931) y Ale­mania (1933). Las puertas que daban paso a la 2ª G.M. se abrieron en 1931.

El espectacular retroceso de la izquierda revolucionaria contribuyó a fortalec­er a la derecha radical, al menos en los años más duros de la Depresión. Lejos de iniciar un nuevo proceso revolucionario, como creía la Internacional Comunista, la Depresión dejó el movimiento comunista in­ternacional fuera de la URSS en una situación de debilidad sin precedentes. Es cierto que en ello influyó la política suicida de la Comintern, que no sólo subestimó el peligro que entrañaba el nazismo en Alemania, sino que adoptó una política de aislamiento sectario, al decidir que su principal enemigo era el movimiento obrero de masas organizado de los partidos socialdemócratas y laboristas (calificados de socialfascistas). En 1934, una vez que Hitler eliminó el Partido Comunista alemán, en el que Moscú había depositado la esperanza de la revolución mundial y que aún era la sección más poderosa de la Internacional (los comunistas chinos no eran aún más que una caravana acosada en su Larga Marcha), poco quedaba ya del movimiento revolucionario internacional. En la Europa de 1934, sólo el Partido Comunista francés tenía aún una presencia importante. En la Italia fascista, a los diez años de la “marcha sobre Roma” y en plena Depresión internacional, Mussolini se sintió lo suficientemente confiado en sus fuerzas como para liberar a algunos comunistas para celebrar este aniversario. Esa situación cambiaría en unos pocos años. De todos modos, la con­clusión es que, en Europa, el resultado inmediato de la Depresión fue justamente el contrario del que preveían los revolucionarios sociales.

El retroceso de la izquierda no se limitó al declive de los comunistas, pues con la victoria de Hitler desapareció prácticamente el Par­tido Socialdemócrata alemán y en 1934 la socialdemocracia aus­tríaca conoció el mismo destino tras una breve resistencia armada. El Partido Laborista británico ya había sido en 1931 víctima de la Depresión, y sus sindicatos, que desde 1920 habían perdido a la mitad de sus afiliados, eran más débi­les que en 1913. La mayoría del socialismo europeo se encontraba entre la espada y la pared.

L­a Depresión fue una catástrofe que acabó con tod­a esperanza de restablecer la economía y la sociedad del siglo XIX. Los acontecimientos de 1929-1933 hicieron imposible, e impensable, un retorno a la situación de 1913. El viejo liberalismo estaba muerto o parecía condenado a desaparecer. Tres opciones competían por la hegemonía políti­co-intelectual. La primera era el comunismo marxista. Después de todo, las predicciones de Marx parecían cumplirse, como tuvo que oír inclu­so la Asociación Económica Norteamericana en 1938, y además (eso era más impresionante aún) la URSS parecía inmune a la catástrofe.

La segunda opción era un capitalismo que abandonara su fe en los principios del mercado libre y fuera reformado mediante una especie de maridaje infor­mal con la socialdemocracia moderada de los movimientos obreros no comu­nistas. Después de 1945 demostraría ser la opción más eficaz. Sin embargo, al principio no fue tanto un programa consciente o una alternativa política como la convicción de que era necesario evitar que se produjera una crisis como la que se acababa de superar y, en el mejor de los casos, una dis­posición a experimentar otras fórmulas, estimulada por el fracaso del libera­lismo clásico. Hasta la 20 G.M. y después, no se formularía una práctica de gobierno alternativa: la dirección y gestión macroeconómica de la economía basada en la contabilidad de la renta nacional, aunque, tal vez por influencia de la URSS, en los años treinta los gobiernos y otras instancias publicas comenzaron ya a contemplar las economías nacionales como un todo y a estimar la cuantía de su producto o renta total.

La tercera opción era el fascismo, que la Depresión convirtió en un mo­vimiento mundial o, más exactamente, en un peligro mundial. La versión alemana (el nazismo) se benefició tanto de la tradi­ción intelectual alemana, que había rechazado las teorías neoclásicas del liberalismo económico que constituían la orto­doxia internacional desde la década de 1880, como de la existencia de un gobierno implacable decidido a terminar con el paro a cualquier pre­cio. Hay que reconocer que afrontó la Gran Depresión rápidamente y con más éxito que ningún otro gobierno (los logros del fascismo italiano son mucho menos espectaculares). Sin embargo, no era ése su mayor atractivo en una Europa que había perdido el rumbo. A medida que la Gran Depresión forta­leció la marea del fascismo, empezó a hacerse cada vez más patente que no sólo la paz, la estabilidad social y la economía, sino también las instituciones políticas y los valores intelectuales de la socie­dad burguesa liberal del siglo XIX estaban retrocediendo o derrumbándose.

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Hª Contemporánea Universal (hasta 1945) - Lectura 18

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