Conciencia social, estructura industrial y desarrollo del Anarquismo en Cataluña; Cristopher Ealham

Historia de España siglo XX. Industrialización catalana. Movimientos obreros y anarquistas. Capitalismo. Burguesía

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CONCIENCIA SOCIAL, ESTRUCTURA INDUSTRIAL Y DESARROLLO DEL ANARQUISMO EN CATALUÑA

Christopher Ealham

Hace ya mucho tiempo que el surgimiento y la persistencia del anarquismo en Cataluña es objeto de una discusión histórica importante. Tradicionalmente los historiadores y comentaristas sociales han dado un énfasis enorme a las características etno-psicológicas al explicar la popularidad del anarquismo. El historiador británico Gerald Brenan explicaba el desarrollo del anarquismo en términos de "una gran diferencia natural de clima, cultura y carácter".1

Tiene mucho en común con los pensadores anarquistas quienes, ansiosos por defenderse de las acusaciones oficiales de que su movimiento era poco más que una conspiración criminal, a menudo atribuían su atractivo a la "etnicidad", la "espiritualidad", o el "sentimiento indígeno" de la gente. La Revista Blanca, el buque insignia teórico del anarquismo ibérico, compartía este subjetivismo, situando el atractivo del anarquismo en un "sentimiento racial". Estas suposiciones basadas en las idiosincracias nacionales tendían a acabar en afirmaciones absurdas, como cuando Federica Montseny explicaba el atractivo del anarquismo en términos de "un pueblo sano y vírgen, no domesticado, aventurero, soñador, idealista, dinámico y revolucionario". No conseguía, sin embargo, explicar porque el "espíritu sanamente indisciplinado, alegre", cualidades que sugiere eran características universales que se encontraban en todos los íbericos, no inclinaba a todos los españoles, incluídos los industriales, hacia el anarquismo.2

Otras explicaciones para la evolución del anarquismo catalán se han basado en la temprana llegada del mensaje libertario a la península. Los defensores de este punto de vista enfatizan la breve visita a Cataluña de Giuseppe Fanelli, el emisario de Mijail Bakunin, el decano del anarquismo europeo. Sin embargo, es extraño que una breve visita a España de Fanelli, que no hablaba ni catalán ni castellano, sea invocada para explicar la orientación y trayectoria de un movimiento de masas de centenares de miles de trabajadores en las siguiente siete décadas. Del mismo modo, se plantea la cuestión de porqué, a pesar de su obvia ventaja como castellanoparlante, Paul Lafargue, yerno de Marx y su representante en España, fracasó allí donde Fanelli se supone que tuvo éxito.3

En un intento de dar una explicación más estructural a la popularidad del anarquismo catalán, un destacado historiador norteamericano ha sugerido que fue la ausencia de instituciones liberales representativas lo que dió alas a la evolución del anarquismo.4 Sin embargo, si bien las prácticas antidemocráticas es casi seguro que ayudaron al crecimiento del mensaje anarquista, se debe recordar que España no era la única autocracia monárquica en la Europa del siglo XIX.5 En consecuencia, sin explicar porqué no hubo un movimiento anarquista de igual potencia en la Rusia zarista o en el Imperio Alemán, no nos encontramos más cerca de la explicación de la fuerza del anarquismo en Cataluña.

En un intento por superar las limitaciones de las interpretaciones anteriormente citadas, me centraré en la estructura socio-económica del capitalismo catalán, la correspondiente cultura de clase de la burguesía y el impacto que ésto tuvo en la naturaleza de la protesta social. La premisa inicial para este análisis es el axioma según el cual la formación socio-económica es una determinante fundamental de la protesta social y la conciencia de las masas. Más aún, en un escenario social dado, la conducta de una clase social afectará y dará forma a la orientación y formas de expresión de otras clases sociales6. El desarrollo de la protesta social en Cataluña no fue una excepción a esta regla general y es vital, por lo tanto, valorar el impacto de la estructura de la industria local en la conciencia popular de la clase obrera y su impacto en la evolución del anarquismo catalán.

Como en gran parte del resto de Europa, la industrialización comenzó en Cataluña a finales del siglo XVIII. La industrialización se basaba en gran manera en las industrias textiles: la "Spinning Jenny" fue introducida en 1773, seguida por las primeras fábricas de vapor en la década de 1830. En 1848 se completó el primer enlace ferroviario en Cataluña. El desarrollo desigual de la industria supuso que para principios de este siglo la provincia de Barcelona contase con el 80% de toda las maquinaria textil del estado español. Para el cambio de siglo, Cataluña era una sociedad burguesa, bajo el dominio de lo que el novelista Narcís Oller describió como la "febre d'or". España, mientras tanto, seguía siendo una sociedad de lenta evolución y esencialmente agraria. Tanto es así que en 1910 la proporción de población activa en Cataluña empleada en la industria superaba en dos veces y media la media española.7

Si la industria capitalista separaba a Cataluña del resto de España, la permanencia de industrias tejedoras y modos de producción artesanales implicaba que la economía catalana no se incorporase claramente a la corriente europea. La industria textil, utilizada por muchos comentaristas de aquel tiempo para simbolizar el abismo económico entre Cataluña y España, también subrayaba el atraso relativo de la industria catalana. Pobremente mecanizada y fuertemente dependiente de la importación de maquinaria extranjera, la industria textil se basaba en "migajas industriales", con una productividad muy baja.

El atraso industrial estaba intimamente ligado al modelo de formación de capital en Cataluña. Los primeros barones del textil surgieron del próspero medio agrícola del norte de Cataluña. Esto se tuvo en cuenta para reproducir la masia -el sistema hereditario de tenencia de tierras específico de Cataluña- en la esfera de la producción capitalista industrial. La importancia del capital familiar aseguraba que la industria se viese afectada por los problemas gemelos de sub-capitalización y sub-concentración. El sector textil, basado en una miríada de industrias pequeñas, atomizadas, con niveles de beneficio limitados, resume este proceso.8 Al mismo tiempo, la naturaleza prolongada de la formación del capital hacía que a la industria le faltase el ímpetu para un "segundo nivel" de organización capitalista, asociado con una cartelización ampliamente extendida y la creciente concentración del capital. De hecho, a pesar de la limitada diversificación industrial, el sector textil, con sus connotaciones de las primeras etapas del desarrollo capitalista, siguió siendo la principal ocupación de la burguesía catalana hasta bien entrado el siglo XX.

Aunque estas industrias pobremente competitivas no podían engendrar una dinámica poderosa de desarrollo de las fuerzas productivas, proporcionaban a la burguesía catalana su principal exigencia en Madrid: proteccionismo. Pero el proteccionismo no era una respuesta a largo plazo a los problemas con que se enfrentaba la industria catalana, porque aunque el proteccionismo mantenía la coherencia de la naciente industria local, también garantizaba la supervivencia de industrias ineficientes y no competitivas e inhibía el desarrollo de sectores industriales más avanzados. Bajo estas circunstancias, la concentración industrial se desarrolló muy lentamente; cuando se produjo raramente fue debido a las fuerzas positivas del capitalismo local y fue, más frecuentemente, el resultado de crisis económicas periódicas, que permitían a las compañías más grandes absorber a las unidades productivas más pequeñas y débiles. Así, con el paso de los años, el predominio de pequeñas unidades de capital se extendió a otras esferas de la industria, como la distribución, la construcción e incluso algunos sectores manufactureros, hasta llegar a convertirse en la característica definitoria de la industria catalana.9 Esta situación crónica de dependencia se exacerbó aún más con la perdida de las últimas colonias de España en 1898, puesto que el fin de los mercados externos protegidos supuso que la industria textil catalana, no competitiva internacionalmente, pasase a depender plenamente del bajo, esencialmente estático nivel de demanda generado por el mercado rural español.

Este panorama de desarrollo económico retrasado y tortuoso se interrumpió radicalmente debido a la neutralidad española durante la I Guerra Mundial. La posición privilegiada que asumió la industria catalana como suministradora tanto a las maquinarias de guerra de los Aliados como del Eje generó una revolución industrial menor y facilitó el crecimiento acelerado de nuevas industrias, de forma más notable en los sectores del metal y químico. La expansión económica del periodo bélico fue un estímulo para la concentración del capital, reflejado en el creciente número de societats anònimes. En el sector del metal, por ejemplo, La Maquinista Terrestre y Marítima de Barcelona incrementó sus reservas financieras a 8 millones de pesetas durante la guerra, cuando la capital catalana se estableció como una importante zona para la construcción de locomotoras de ferrocarril y material rodante10. Este veranillo de San Martín" del capitalismo catalán tuvo sin embargo una corta vida y el cese de las hostilidades en 1918 anunció el fin de la efímera supremacía empresarial de la industria catalana. A partir de entonces, la industria se vió refrenada de nuevo por su dependencia respecto a los mercados de lento desarrollo del estado español, mientras el rápido cambio en las fortunas de la burguesía local durante la guerra ocultaba el hecho de que la producción seguía caracterizándose por un alto nivel de desperdicio industrial. De hecho, el crecimiento de la concentración industrial, que se limitaba en gran manera al sector del metal o áreas bajo el control del capital extranjero, demostró ser una excepción más que una regla.

Aunque la guerra había proporcionado una oportunidad a la burguesía industrial para desarrollar su perfil en el escenario mundial, a los capitalistas locales les faltó la visión necesaria para modernizar y reestructurar la industria. Quedó gráficamente ilustrado por la facilidad con que las industrias destrozadas de las naciones beligerantes recuperaron los mercados que la industria catalana había dominado brevemente. Faltos de dinamismo empresarial, los industriales catalanes estaban imbuidos de un pomposo sentido de magnificencia social que, en realidad, podían permitirse a duras penas. A este defecto habría que añadir la ciega búsqueda de la "buena vida" por parte de la burguesía, algo que era especialmente cierto en la agresiva camada de capitalistas nouveaux riches que surgieron durante la guerra. La busca de los símbolos y las galas de la riqueza, así como una afición por la especulación y el juego en los mercados internacionales y en el escenario burgués del casino de Barcelona, supuso que los beneficios obtenidos durante la guerra fuesen dilapidados en lugar de ser invertidos en la renovación de la maquinaria industrial. Muchos industriales se enfrentaron en realidad a la ruina hacia el final de la I Guerra Mundial después de haber invertido fuertemente en el marco alemán. En pocas palabras, los capitalistas catalanes estaban desprovistos del más básico sentido empresarial.11

Fuese cual fuese la fortaleza industrial catalana, se derivaba no de la habilidad o la presteza empresarial de los erróneamente llamados "capitanes de la industria" sino del sudor y el esfuerzo de los trabajadores. El fracaso de la burguesía al reestructurar el capitalismo catalán supuso que la industria siguiese basada en la hiper-explotación de una clase obrera mayoritariamente no especializada, que era mantenida frecuentemente bajo control como lo que Marx llamó "ejército de trabajadores de reserva", un gran grupo de trabajadores parados que se convertían en un obstáculo para la rebelión12. Mientras tanto, la baja competitividad de la industria, y los magros niveles de beneficio que se derivaban de ello, convergieron para establecer una matriz para la burguesía en sus relaciones con sus obreros. Por ejemplo, una reducción en la duración de la semana de trabajo, contemplada en gran parte de Europa como una medida filantrópica necesaria para aumentar el bienestar de la clase obrera, era vista por los patronos catalanes como una amenaza mortal tanto para los niveles de producción como para la competitividad industrial. Este mismo argumento de la competitividad industrial también era invocado para rechazar la viabilidad de cualquier tipo de fondos para la prestación por desempleo, enfermedad o accidente que los patronos en otros países habían establecido a modo de prueba. Tales actitudes no eran contingentes al caracter de los capitalistas catalanes -como sugirieron de hecho algunos anarquistas-, sino que más bien emanaba de la subcapitalizada, atrasada naturaleza de las empresas que proporcionaban niveles relativamente bajos de plusvalía y que generaban una serie de peculariedades en la psicología colectiva de la burguesía. Ésta compartía una idiosincracia, descrita por Antoni Jutglar como "egoísmo de clase", mezclado con un hobbesiano sentido de destino manifiesto que priorizaba la actividad económica y los intereses de la clase capitalista sobre el resto de la población e iba acompañado por el culto resuelto del poder místico de la riqueza y el dinero y la asunción de su concomitancia con la libertad y la cultura13. Por esta razón el Foment del Treball Nacional rechazaba los sindicatos sobre la base de que iban contra las bases de "la civilización moderna".14

Tal filosofía se fundamentaba en la estructura inestable de la producción industrial catalana y proporcionaba una raison d'être a los patronos para reducir los salarios a niveles que a menudo eran físicamente insoportables para los trabajadores. Se reflejaba entre la clase obrera en lo que eran, para los niveles europeos, elevadas tasas de cólera, tuberculosis y otras enfermedades asociadas con pobres condiciones de vida. Los capitalistas estaban convencidos de que los salarios de hambre eran simplemente una respuesta a las necesidades y exigencias de los tiempos y, por tanto, en ningún caso, la fuente de cualquier conflicto legítimo entre patrón y empleado. Al contrario, los patronos reclamaban que los trabajadores les debían una deuda de gratitud puesto que eran ellos quienes no sólo les daban trabajo, sino que también pagaban sus sueldos. En el puesto de trabajo, los capitalistas esperaban ser reverenciados, siendo todas sus instrucciones cumplidas ciegamente por los empleados que tenían la fortuna de trabajar bajo sus órdenes. Desde el punto de vista de León Ignacio, las relaciones sociales catalanas se parecían a "la que es dóna a les colònies entre els negres i la minoria blanca. La burgesia considerava els seus operaris com una raça a part i inferior".15

A pesar del enriquecimiento de los patronos, los niveles de vida del proletariado permanecieron estáticos. Tal como destacó Victor Alba "a comienzos del siglo XX, en una sociedad mucho más próspera, los obreros catalanes viven igual que sus abuelos medio siglo antes"16. En periodos de grave penuria, aparecían noticias de que se podían encontrar bebes muertos o agonizantes por las calles de Barcelona, abandonados por familias rotas por la agobiante pobreza17. Sabedores de las limitaciones de la negociación individual, durante el cambio de siglo los trabajadores bascularon hacia estrategias de presión colectiva sobre los patronos. Los patronos respondieron con su acostumbrada arrogancia, rechazando aceptar cualquier delegación de autoridad a los sindicatos o permitir cualquier mejora en las condiciones de trabajo. Por el contrario, los capitalistas decidieron expurgar a los que consideraban "indeseables" y "provocadores" causantes de problemas en las fábricas: en 1902 después de una huelga en el sector del metal, los patronos incluyeron en una lista negra a 1.500 trabajadores sólo en la ciudad de Barcelona18.

En efecto, la burguesía negaba a los trabajadores el derecho de protestar por las condiciones de trabajo; en algunos sectores industriales los sindicatos no fueron reconocidos hasta la República, e incluso entonces sólo durante breves periodos de tiempo. Esto supuso que en 1930 muchos sectores del proletariado barcelonés no hubiesen conseguido nunca alguna mejora significativa en sus condiciones de trabajo, sino simples acuerdos colectivos de trabajo con sus patronos. Desde el punto de vista de los patronos, sus operarios tenían todas las salvaguardas necesarias reconocidas en la "libertad de contrato": si los empleados no estaban contentos con sus condiciones de trabajo, salarios o patrono, eran libres de buscar un empleo retribuido en cualquier otro sitio, en lugar de alterar la "paz social". Pero en la práctica, esta "libertad" -la única ofrecida por la burguesía- era completamente ficticia: dado el poder económico de los patronos y su capacidad de control sobre el destino del empleo y el desempleo, la "libertad de contrato" era poco más que una hoja de parra para la explotación intensiva de la clase obrera. Obviamente, esto no fue nunca reconocido por los patronos, quienes veían cualquier agitación en favor de una mejora de las condiciones de trabajo como un ataque inaceptable a la harmonía esencial que existía entre capital y trabajo, y orden natural que creían dispuesto por la ley y por Dios.

Tras las pretensiones e ilusiones de la burguesía catalana se encontraba la triste realidad de una clase social que no destacaba ni en los negocios ni en la política. Mientras Barcelona era el eje de la Cataluña industrial, la burguesía servil impedía que la ciudad alcanzase el status que su posición geográfica indicaba que podía conseguir. Por el contrario, el nacionalismo de la burguesía catalana revelaba su contradicción principal: aspiraba a ser una clase nacional pero le faltaba la confianza suficiente para forjar una nación-estado. De hecho, se podría argumentar que la burguesía era la clase menos nacional de todas las existentes en la sociedad catalana.

Tanto la debilidad del capitalismo industrial como la inseguridad social de la burguesía llevó a los industriales catalanes a un pacto con las autoridades centrales españolas. La base inicial para esta alianza fue la necesidad de la burguesía local de una política proteccionista respaldada por el estado, un pre-requisito para la supervivencia de la débil industria catalana. Con el proteccionismo como piedra angular de la política exterior española desde 1870 en adelante, la alianza entre las fuerzas centralistas castellanas que miraban al pasado y la burguesía catalana se consumó plenamente cuando el estado militarista español ofreció un puño de hierro con el que proteger los beneficios industriales frente a los trabajadores locales. La creciente proximidad entre la burguesía catalana y la élite madrileña de base agraria se reflejaba en los nuevos lazos entre la tierra y el capital. Se convirtió en un lugar común para los empresarios catalanes el adoptar títulos aristocráticos como un símbolo de status: podían comparlos o bien adquirirlos mediante acuerdos matrimoniales con miembros de la élite agraria, como en el caso de Eusebi Güell, quien se convirtió en Conde de Güell después de casarse en el seno de la nobleza santanderina.19 Los lazos entre la burguesía y la aristocracia se cimentaron más adelante durante el reinado de Alfonso XIII, un periodo en el que la corona española festejaba abiertamente a los capitalistas y estableció cientos de condes, barones, duques y vizcondes. Los capitalistas que rechazaban los títulos, como Manel Girona, el propietario de una de las mayores metalisterías de Barcelona, quien renunció a la oportunidad de ser Marqués de Barcelona, eran una excepción. No obstante, el gesto de Girona era completamente simbólico: aunque podía renunciar personalmente a un decadente sistema de rangos medieval, él, sin embargo, como la mayor parte de su clase, acogía al estado militarista español como garantía última de sus intereses empresariales.20

La burguesía catalana también se adaptaba a la iglesia feudal española. Públicamente, la burguesía era piadosamente religiosa y la Iglesia respondía apoyando la autoridad de los industriales incondicionalmente. Considerando que los clérigos servirían como asesores espirituales de la clase obrera, los industriales favorecían la influencia de la Iglesia: algunos patronos llegaban a despedir a sus trabajadores por no acudir regularmente a misa. La moralidad era también explotada por los patronos para justificar su frugalidad. Por ejemplo, durante el cambio de siglo la burguesía catalana se oponía a la semana laboral de 6 días, argumentando que iría acompañada por la degradación moral de los trabajadores quienes, según creían, se pasarían el tiempo libre en bares y tabernas bebiendo alcohol. Una lógica similar se invocaba con frecuencia para justificar los méritos de los bajos salarios.21

Bajo estas condiciones, los patronos catalanes se integraron plenamente en la "coalición reaccionaria", la alianza de la Iglesia, el alto mando militar y la aristocracia, quienes se movilizaron para impedir el surgimiento de una política democrática durante la última parte del siglo XIX y buena parte del XX22. Inherentemente antidemocrática, la coalición dominante de intereses empresariales y agrarios, temía el reto planteado al poder establecido y a los privilegios por aquellos que despreciativamente describía como "la plebe". El aislamiento de la "coalición reaccionaria" quedaba subrayado por el hecho de que fuese incapaz de imponer su dominio a nivel político sin recurrir a la falsificación electoral de la monarquía constitucional, un sistema que no era ni constitucional ni democrático pero que sin embargo garantizaba la cohesión del estado español y las empresas de la burguesía catalana.23

La alianza entre el estado militarista español predominantemente agrario y los industriales catalanes se acentuó por la deformación de la formación socio-económica, creando lo que ha sido descrito como "lumpen-burguesía"24. Esta "lumpen-burguesía" aceptaba la autoridad del estado monárquico debido a su favoritismo hacia las oligarquías económicas establecidas y, cuando era necesario, su represión de la clase obrera. Mientras tanto, se rechazaban estrategias de control social de más largo alcance, basadas en la formación de algún tipo de forma de gobierno democrático y flexible que pudiese cooptar al menos algún sector de las clase obrera organizada y mantener las relaciones sociales y económicas existentes por medio del consenso democrático. De forma similar, los industriales catalanes "lumpen" rehusaban reconocer que en ciertas ocasiones, especialmente cuando las masas se enfrentaban a una situación social intolerable, podría redundar en un mayor beneficio de los intereses de los patronos o del estado el intervenir en favor del proletariado. En estas circunstancias una acción benevolente, ya sea por parte del estado o mediante tareas filantrópicas por parte de los patronos, podía desactivar una explosión debida a la presión social acumulada. Al mismo tiempo, el incremento del bienestar podía haber incrementado el prestigio de autoridades aparentemente benignas al obscurecer la naturaleza represiva del estado. El error de la "lumpen-burguesía" en Cataluña al apreciar estas sutilezas no era, sin embargo, un simple error de cálculo: surgía de las inmensas desigualdades de la sociedad catalana que hacían que la cohesión estructural de la sociedad fuese siempre mantenida, en última instancia, por la violencia del estado.

Los industriales catalanes eran, en el sentido más profundo del término, "gente de orden". Como firmes valedores de un "gobierno fuerte", los empresarios catalanes mantenían una filosofía social apocalíptica que rezumaba las numerosas ansiedades de la élite industrial. Según Jordi Casassas Ymbert los capitalistas estaban marcados por "una sensación generalizada de hallarse desprotegida por los poderes públicos."25 Como indicativo del deseo de la burguesía de controlar la clase obrera tanto fuera como dentro del centro de trabajo, en el cambio de siglo Guillermo Graell, secretario del Fomento del Trabajo Nacional, se quejaba de "esa espantosa indisciplina social que impera, del desorden y libertinaje de las costumbres llevado a las mismas calles."26 Estos temores burgueses se basaban en la asunción de que el crimen y la ilegalidad eran privativos del proletariado. Causaban una especial alarma social las bandas callejeras compuestas de "trinxeraires" y niños vagabundos que se habían visto forzados a abandonar su casa debido a la debilidad de la economía familiar o a que se habían rebelado contra una vida familiar autocrática. Otro motivo de preocupación eran las bandas compuestas de jóvenes empobrecidos cuyas condiciones sociales abismales los había expuesto a la tuberculosis, una enfermedad que los inhabilitaba para trabajar a los ojos de muchos patrones.27 La inquietud burguesa tomó un nuevo cariz debido a la superposición entre los jóvenes golfos pandilleros de clase obrera y el movimiento anarquista. Esta confluencia se vio reflejada en las bufonadas de "Els Fills de Puta", una banda de jóvenes anarquistas que vagaban por las rudas, duras calles, bares y cafés del centro de Barcelona.28

Tras el surgimiento del movimiento obrero organizado, los criminólogos y psicólogos burgueses afirmaban que existían conexiones entre la enfermedad física y la degeneración y la "locura" o "cáncer" de la protesta colectiva.29 Los falsos lazos entre militancia proletaria y desviación y enfermedad física vieron la invención de nuevos delitos, como los "crímenes colectivos" de la disidencia organizada. Como prevención, las autoridades se vieron forzadas al internamiento de jóvenes "errantes" en reformatorios con la esperanza de que así no se verían corrompidos por las ideologías perversas, antinacionales. Así, en 1890 las autoridades locales fundaron el Asilo Durán como un lugar en el que el clero podría reeducar a los jóvenes "rebeldes", "desobedientes" e "inconformistas" de Barcelona mediante la terapia del trabajo duro30. Sin embargo, el miedo al "enemigo interno" continuó creciendo, particularmente después de la Semana Trágica de 1909, cuando los trabajadores de Barcelona demostraron por primera vez su capacidad para arrebatar las calles de la ciudad a la policía. Cada vez más, la represión se convirtió en la opción preferida por las clases altas. Joan Maragall, el poeta nacional catalán, escribió sobre la necesidad de "depurar la massa, expulsar la gent dolenta, inutilitzar-la pel mal, vigilar-la, impedir també propagandes criminals."31

A partir de entonces, la Lliga Regionalista, el principal partido político de la burguesía catalana, articuló las inseguridades sociales de la burguesía y priorizó la ley y el orden por encima de muchas otras consideraciones. Enric Prat de la Riba solicitaba periódicamente que las autoridades centrales españolas fortaleciesen la policía de Barcelona. Con el mismo espíritu, la Lliga desarrolló la obsesión por la ley y el orden como su capital, regañando periódicamente a las autoridades de Madrid por ser "blandas" frente al crimen y dejar a las "clases respetables" de Cataluña a merced de la "población delictiva"32. De hecho, una de las razones por las que la Lliga quería un mayor control sobre la política era no tanto el deseo de construir la nación catalana sino como respuesta al espectro de la indisciplina social, la obsesión constante de la burguesía catalana. Sin embargo, en última instancia, el espectro del conflicto social marcaba límites definidos a las aspiraciones regionalistas de la burguesía y en 1917, como después de la I Guerra Mundial, los industriales catalanes no aprovecharon para convertir su recién descubierto poder económico en poder político, prefiriendo en su lugar ver el estado español como su caballero medieval protector.

La búsqueda obsesiva de la harmonía social por parte de la burguesía se reflejaba en diversas esferas de la vida social, incluido el urbanismo. Prat de la Riba tenía una visión de una "Barcelona imperial" que presuponía extinguir la guerra social latente y pacificar al enemigo proletario dentro de los confines de la metrópolis burguesa. Este proyectó se reflejó en el arquitecto de Barcelona más imaginativo, Antoni Gaudí i Cornet, un pensador altamente antidemocrático, quien tenía lazos cercanos con los círculos burgueses. El plan de Gaudí para la Sagrada Familia reflejaba la convicción de que el proletariado sin Dios de Barcelona necesitaba desesperadamente nuevos lugares de culto, simbolizando de este modo las esperanzas burguesas de que la "cristianización" inculcaría urbanidad y responsabilidad cívica en los trabajadores, desmovilizaría al proletariado y ocultaría la desigualdad material imperante en la ciudad.33

La predilección de la burguesía por la represión mejor que por la cooptación se puede ver también en los servicios de asistencia social. En primer lugar, la economía rural española, evolucionando lentamente, y las industrias sub-capitalizadas de Cataluña eran una base insuficiente para recaudar los impuestos necesarios para desarrollar un estado del bienestar, cuyo efecto fue que se ignorasen en gran manera las duras realidades de la vida industrial por parte de las autoridades monárquicas. En segundo lugar, incluso cuando el gobierno promulgaba reformas en favor de las clases más bajas, como en el caso de la restricción del trabajo infantil, esta legislación era a menudo ineficaz puesto que el estado no tenía recursos suficientes con los que imponerla contra una oligarquía económica recalcitrante. En consecuencia, muchas reformas existían únicamente sobre el papel. Por último, la burguesía católica veía que el pensamiento religioso autoritario del clero era un útil instrumento de control social en los sistemas de educación y asistencia social. Así, durante décadas los frailes y monjas proporcionaban el personal a los hospitales de Barcelona, mientras el clero gestionaba también orfanatos, el principal hospital psiquiátrico en la ciudad y las "Cases de treball i feina", los asilos que funcionaban como negocios empresariales para la Iglesia. Incluso durante la Segunda República en los años 30 el estado español representaba una función social restringida en comparación con países como Alemania e Inglaterra. De hecho, aislada en gran manera de la extensión del materialismo secular que en la Europa del siglo XIX llevó a la reforma de los hospitales y asilos bajo el control del estado, la influencia de la Iglesia retrocedía lentamente en España, con el resultado de que las autoridades republicanas laicas pero sin fondos continuaron apoyándose en el clero para llevar a cabo ciertas funciones sociales y de asistencia social que, en la mayor parte de la Europa burguesa, habían vuelto bajo el dominio de las instituciones públicas. La función auxiliar de enfermería representada por las monjas en los años 30 aseguraba por tanto que el pensamiento católico influenciase diversas instituciones de asistencia social, como demuestra el caso de jóvenes prostitutas encarceladas en conventos y casos de bautismo forzado de niños enfermos en hospitales34.

La escala de exclusión social generaba potentes lazos en el seno de la clase obrera y una vibrante cultura proletaria definida en oposición a las prácticas burguesas durante la primera parte de este siglo. Por ejemplo, las conflictivas relaciones entre trabajadores y clero en las instituciones de asistencia social, casas de pobres y hospitales de Barcelona engendraban profundos antagonismos y favorecían profundas percepciones anticlericales viendo a la Iglesia como una fuerza parasitaria, represiva. La nueva oposición al orden establecido se reflejaba en el lenguaje corriente de la gente. Muchos trabajadores preferían la despedida secular "Salut!" o "Fraternitat!" a la de procedencia religiosa "Adeu!". Igualmente, las traiciones repetidas de los políticos y las injusticias diarias cometidas por la burguesía dieron lugar a la popular expresión catalana "no hi ha dret!", indicando tanto una injusticia como la contravención de un acuerdo. Y éstas eran numerosas, porque junto a la ideología de orden a la que se adhería la burguesía, la línea divisoria entre las prácticas empresariales legales e ilegales en Cataluña era quizá más fina que en ninguna otra parte de Europa en el cambio de siglo. Más aún, era una tendencia creciente, particularmente entre aquellos capitalistas enriquecidos durante la I Guerra Mundial, muchos de los cuales actuaban de una forma completamente ilegal; todo el mundo creía que además de ignorar la legislación laboral, muchas compañías mantenían una doble contabilidad, falsificaban sus cuentas frecuentemente y cometían fraude en los pagos de impuestos. Tal como lo reflejaba un observador social de los años 20, "el timo clásico y el negocio turbio siempre han estado a la orden del día".35

Fue la naturaleza injusta del más amplio contexto socio-económico y político frente al proletariado, por tanto, lo que tuvo una capital importancia para condicionar una cultura proletaria de resistencia y dar forma a la naturaleza de la protesta social. Hay que tener en cuenta que esta cultura proletaria no fue exclusivamente una cultura anarquista sino que, por el contrario, era una cultura que rechazaba y contrarrestaba efectivamente la de la burguesía; una cultura que a la vez se articulaba y manaba de la separación y exclusión del proletariado de la sociedad burguesa, y era compartida por el ala revolucionaria del movimiento obrero, ya fuese anarquista, anarco-sindicalista o comunista36. No obstante, la estructura de la industria local aseguraba que el anarquismo tuviese ciertas ventajas sobre otras corrientes en el movimiento obrero37. Por ejemplo, en la red de pequeños talleres en Barcelona hubo siempre un alto grado de contacto personal entre capitalista y trabajador lo que significaba que la "disciplina industrial" y el despido de trabajadores "indeseables" se efectuaba a menudo de una forma extremadamente rápida. La naturaleza inmediata y arbitraria del control industrial en el puesto de trabajo fomentaba la distinción personalista entre "buenos" y "malos" patronos común al anarquismo, más que el análisis más general basado en la clase asociado con el marxismo. De hecho era este retraso de la estructura industrial lo que los comunistas catalanes de este periodo veían como elemento central del retraso político y cultural de las masas, así como su afinidad por lo que Eric Hobsbawm describió de forma controvertida como la "rebeldía primitiva" del anarquismo.38

"Primitivo" o no, el contexto socio-económico implicaba que la rebelión del proletariado catalán estuviese asegurada. Mientras la unión de las masas hacía que los castigos patronales tradicionales como las listas negras de trabajadores "poco fiables" y el "pacto del hambre" fuesen inefectivos, la "brutalidad preventiva" llego a ser más destacada. Este tumbo hacia la represión fue el corolario directo de las medidas preventivas de control social que llegaron a representar una parte cada vez más prominente en la filosofía social de la burguesía catalana a principios de siglo. Escuadrones especializados de la policía, como la policía política, la "Brigada policial especializada en anarquismo y sindicalismo" aparecen ahora para enfrentarse al reto planteado por el movimiento obrero organizado. Los archivos de la policía política sobre los sindicalistas y militantes obreros incluían instrucciones anotadas para los agentes respecto a la "peligrosidad" de los sindicalistas. La policía respondía persiguiendo sin descanso a los militantes obreros, a veces hasta el punto de forzarlos a abandonar la ciudad. La intimidación comenzaba con pequeños actos de acoso, como los registros domiciliarios, que se podían producir a cualquier hora del día o de la noche y eran a menudo simples actos de destrucción. Era habitual que la policía detuviese a los activistas obreros por simple rutina como medio de acoso, incluso haciendo que los trabajadores fuesen despedidos al informar falsamente a los patronos de que el trabajador había cometido un pequeño crimen. Esta última estrategia a veces formaba parte de un plan para reclutar informadores policiales y se hicieron públicos numerosos casos en los que los agentes amenazaban con acusar falsamente a los militantes a menos que trabajasen para las autoridades. Mientras tanto, durante los periodos de agitación real las autoridades recurrían a una forma tosca de deportación interna (la "conducción ordinaria") por la cual los militantes obreros eran detenidos sin juicio y enviados a pie, escoltados por la Guardia Civil a caballo, a una cárcel lejana.39

Negando cualquier espacio al diálogo o el compromiso en el lugar de trabajo, los patronos rechazaban hablar con los representantes de los trabajadores, prefiriendo en su lugar ver las disputas sindicales como asuntos de orden público que podían ser resueltos soltando a la "bofia" contra los militantes obreros. De forma bastante clara, una situación como la de Inglaterra, donde los sindicatos fueron tolerados ampliamente por los patronos desde la década de 1880 y finalmente domesticados, era impensable en Cataluña. En los años 20, las luchas obreras y la protesta social saltaron de manera creciente a las calles de la Cataluña urbana. Como respuesta, los patronos, encabezados por el Foment del Treball Nacional, clamaron por una política de represión estatal contra la clase obrera organizada y ejercieron presión sobre el estado español con este fin.40 Cuando ésta ya no estuvo disponible, la burguesía catalana aumentó las apuestas en la lucha social, organizando sus propias fuerzas policiales privadas, como el somatén. Cuando esta fuerza se mostró inadecuada, el somatén fue aumentado con los Sindicatos Libres, los sindicatos terroristas "amarillos" creados por los patronos para agredir fisicamente, eliminando una generación de militantes sindicales41.

Al imponer al proletariado condiciones sociales miserables y bloquear incluso los intentos de mejora más gradualistas o reformistas, los patronos catalanes fueron apodados "anarcocapitalistas" por un analista social42. De hecho, las medidas de defensa utilizadas por el estado y la burguesía para desmovilizar las luchas obreras generaron una serie de respuestas en lo más profundo de la sociedad que consolidaron la expansión del anarquismo. La obstinación de los patronos frente a las demandas de la clase obrera y la repetida hostilidad de las autoridades llevaron a grandes sectores del proletariado a sentir que la sociedad burguesa imposibilitaba absolutamente cualquier posibilidad de un verdadero avance social. Para muchos, las caracteristicas represivas de la vida social y económica confirmaban la fe anarquista en una "Gran nit revolucionària", la explosión cataclísmica que barrería a un lado las injusticias de la sociedad burguesa de una vez por todas. Mientras tanto, el despliege de instituciones como la Iglesia como arma de control social meramente aumentaron el anti-clericalismo de grandes sectores de la clase obrera. La influencia altamente autoritaria ejercida por la Iglesia en la vida social garantizaba una relación antagónica entre el clero y el proletariado, quien nutría la esperanza popular de un cambio secular que eliminara de la vida social la influencia represiva y obscurantista de la religión.

A causa de su evidente parcialidad hacia las oligarquías económicas el estado monárquico -de hecho el estado per se- era visto por los trabajadores como un puntal inquebrantable para la burguesía. En consecuencia, el estado era percibido como una fuerza totalmente negativa en la vida social, una percepción que los anarquistas, por razones obvias, estaban encantados de popularizar. Al mismo tiempo, la ausencia de un servicio educativo estatal permitió el auge de los ateneos organizados por los anarquistas, clubes obreros que proporcionaban un conjunto de actividades educativas, sociales y culturales para sus miembros proletarios43. Los ateneos, generalmente con un personal pedagógico trabajador y anarquista, representaba una importante función educativa ya que las presiones económicas normalmente forzaban a los niños de clase obrera a trabajar a muy temprana edad, negandoles por tanto hasta los limitados beneficios del rudimentario sistema escolar ofrecido por las autoridades. Muchos futuros líderes obreros fueron o auto-didactas o educados mediante el sistema de ateneo. Por ejemplo, a Joan Peiró, uno de los más importantes organizadores anarco-sindicalistas de los años 30 y director de gran número de periódicos sindicales, le enseñaron a leer a los 16 años unos compañeros de trabajo y no empezó a escribir hasta los 2244. No hace falta decir que esto servía simplemente para subrayar la separación de clase y sostener un universo cultural proletario.

Al examinar el más amplio contexto social podemos ver que el anarquismo catalán surgió en el seno de una sociedad altamente represiva y violenta, en la que tanto las autoridades como las clases propietarias mostraban una total aversión hacia las reformas y concesiones a las masas. Para horror de la "lumpen-burguesía" catalana, y a pesar de su vehemente hostilidad a cualquier gesto de independencia organizativa por parte de los trabajadores, el tenaz espíritu de resistencia de las masas estableció las bases para fuertes tradiciones de asociación política, cultural y sindical durante el primer tercio de este siglo, que traumatizaron a los patronos. Convencidos de la viabilidad de una política de represión contra lo que veían como la plaga eterna de la "indisciplina social", la "lumpen-burguesía" catalana buscaba la asistencia de las autoridades de Madrid en su guerra contra la clase obrera. Esta búsqueda de los patronos catalanes de una "solución final" a la "cuestión industrial" y la creciente amenaza planteada por el movimiento obrero organizado culminó en su apoyo a la "cirugía de hierro" de la dictadura, primero con Primo de Rivera en 1923, después con Franco en los años treinta.45