Conceptos filosóficos

Principios filosóficos. Felicidad. Sentido de la vida. Acciones lúdicas. Nihilismo. Carpe diem. Destino. Fatalismo. Bienestar

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La felicidad y el sentido de la vida

Contenido:

1. 1 . LA FELICIDAD: PLANTEAMIENTO

1.2. LOS ELEMENTOS DE LA VIDA BUENA

1.3. LA FELICIDAD COMO VIVENCIA Y EXPECTATIVA

1.4. LA VIDA COMO TAREA

1.5. EL SENTIDO DE LA VIDA

1.6. LAS ACCIONES LÚDICAS

1.7. LA FELICIDAD Y EL DESTINO

1.8. DISTINTOS MODELOS DE FELICIDAD

1.8.1. EL NIHILISMO

1.8.2. El Carpe diem!

1.8.3. La postura pragmática: el interés

1.8.4. La postura contemporánea: el bienestar

1.8.5. El poder del dinero

1.8.6. El afán de poder y la ley del más fuerte

1. 1 . LA FELICIDAD: PLANTEAMIENTO

La manera más sencilla de definir la felicidad es decir que es aquello a lo que todos aspiramos, aun sin saberlo, por el mero hecho de vivir. Ocurre así sencillamente porque “la felicidad es a las personas lo que la perfección es a los entes” (Leibniz). Felicidad significa para el hombre plenitud, perfección.

Por eso toda pretensión humana es «pretensión de felicidad», todo proyecto vital, búsqueda de ella, todo sueño, aspiración a encontrarla. A fin de esclarecer este complejo y sugestivo tema, adoptaremos ya desde el principio una doble perspectiva: una exterior y objetiva, viendo las cosas «desde fuera», y otra más experimental y subjetiva, metiéndonos dentro de nosotros mismos. Ambas se complementan mutuamente.

Respecto de la primera perspectiva, la vida lograda, felicidad o autorrealización exige la plenitud de desarrollo de todas las dimensiones

humanas, la armonía del alma, y que ésta, considerada desde fuera, se consigue si hay un fin, un objetivo (skopós) que unifique los afanes, tendencias y amores de la persona, y que dé unidad y dirección a su conducta. Los clásicos acostumbraron a decir que la felicidad es ese fin, el bien último y máximo al que todos aspiramos, y que todos los demás fines, bienes y valores los elegimos por él. La felicidad sería, pues, el bien incondicionado, el que dirige todas nuestras acciones y colma todos nuestros deseos. Ese bien incondicionado no sería, evidentemente, medio para conseguir ningún otro, pues los contendría a

todos y alcanzarlo supondría tener una vida lograda. Los clásicos nunca

vacilaron en decir que un bien semejante sólo podía ser el Bien Absoluto, es decir, Dios.

Según esta consideración «objetiva», la felicidad consiste en la posesión de un conjunto de bienes que significan para el hombre plenitud y perfección. Es un planteamiento que busca responder a esta pregunta: ¿qué bienes hacen feliz al hombre? Se trataría de aquellos que constituyen una vida lograda, una vida plena, o, como decían los clásicos, una vida buena.

Sin embargo, para hacerse cargo de todo el alcance de la cuestión de la

felicidad es preciso ver las cosas «desde dentro» de nosotros mismos, de una manera más vital y práctica, más «interior»: ¿Cómo vivo y siento yo mi felicidad? ¿Qué significa para mí tener una vida lograda, ser feliz? ¿Lo soy realmente? ¿Acaso lo puedo ser?

Vivir es ejercer la capacidad de forjar proyectos y después llevarlos a cabo.

Cada uno hacemos nuestra propia vida de un modo biográfico, y por eso tiene tanta importancia la pretensión vital de cada uno, aquello que cada uno fe pide a la vida y procura por todos los medios conseguir.

Somos felices en la medida en que alcanzamos aquello a lo que aspiramos. El problema es que muchas veces eso no se consigue, porque queremos quizá demasiadas cosas. Por eso, «la felicidad consiste en la realización de la pretensión... pero como la pretensión es compleja y múltiple, su realización es siempre insuficiente. Así aparece el carácter bifronte de la felicidad: es algo que constituye el móvil de todos nuestros actos, pero nunca terminamos de alcanzarla del todo, puesto que siempre hemos de renunciar a algo. Parece como si la felicidad fuese una necesidad ineludible e irrenunciable, que sin embargo muchas veces parece imposible de satisfacer.

Por eso, para estudiar la felicidad desde esta segunda perspectiva, hemos de fijarnos sobre todo en las pretensiones que tenemos, en nuestros proyectos e ideales, y en el modo en que los realizamos. Es una perspectiva de la felicidad que mira hacia el futuro, pues es en él donde están los bienes que buscamos. Se trata de contestar a la pregunta: ¿cómo ser feliz?. Este modo de enfocar la cuestión permite que surjan las preguntas acerca del sentido de la vida: ¿Qué vida merece la pena vivir? ¿Es que en general merece la pena vivir? ¿Qué sentido tiene la vida (si es que tiene alguno) ? ¿Qué sentido tiene mi vida, lo que hago cada día?

Evidentemente, la primera forma de ser feliz es no ser un desgraciado o un miserable, pues «la miseria se opone a la felicidad». En la vida humana, y también en la felicidad, lo más alto no se sostiene sin lo más bajo: hay unas condiciones mínimas que tienen que cumplirse. De lo contrario esa felicidad sería una farsa. Esas condiciones son las que se recogen en la palabra bienestar.

La desgracia es el advenimiento del mal y el dolor a la vida humana. Esta última contiene una dualidad, un tránsito, desde el advenimiento del mal hasta el logro del bien, desde la infelicidad hasta la alegría. No se puede olvidar este amplio contexto de la cuestión de la felicidad: ésta consiste, radicalmente en la liberación del mal. Por eso, es preciso advertir que la limitación natural del hombre, temporal, física, moral, es el punto de partida para considerar la felicidad, la cual tiene cierto carácter de meta o fin, a alcanzar desde la inevitable experiencia de la limitación y de la finitud que toda vida humana tiene, y cuya serena aceptación es la primera condición para no echar a perder la dicha que dentro de ella puede conseguirse.

Sin embargo, aquí vamos a tratar de la felicidad, no tanto como liberación del mal y de la desgracia, sino como alcanzamiento y celebración del bien. La primera cuestión pertenece a la experiencia de los límites de la vida humana, dentro del contexto de su destino, lo cual será tratado más adelante. Ahora, por tanto, no vamos a fijarnos principalmente en los mínimos de la felicidad, sino en la respuesta a las preguntas planteadas.

Aunque en los primeros epígrafes de este capítulo trataremos de dar una respuesta realista y seria a todas ellas, no podemos olvidar que hay mucha que no cree en la felicidad, que la considera una ilusión, un imposible. Asimismo hay otra mucha gente que entiende por una vida buena algo muy diferente a lo que aquí se va a sostener. Todas esas posturas merecen ser caracterizadas y presentadas aquí, puesto que son soluciones al problema de la felicidad y el sentido de la vida que de hecho nos encontramos con frecuencia junto a nosotros.

Se trata de analizar las ideas más normales y pragmáticas acerca de la

felicidad, según las cuales ésta reside en el bienestar y la evitación del

dolor, en la búsqueda del propio interés, en la consecución de placeres rápidos e inocuos, e incluso en la acumulación de poder, influencia y riquezas.

1.2. LOS ELEMENTOS DE LA VIDA BUENA

La vida buena (que no la buena vida) era para los clásicos la que contiene y posee los bienes más preciados: la familia y los hijos en el hogar una moderada cantidad de riquezas, los buenos amigos, una moderada buena suerte o fortuna que aleje de nosotros la desgracia, la fama, el honor la buena salud, y, sobre todo, una vida nutrida en la contemplación de la verdad y la práctica de la virtud.

Hoy todavía se puede mantener que la posesión pacífica de todos estos bienes constituye el tipo de vida que puede hacernos felices.

La vida buena incluye en primer lugar el bienestar, es decir, unas condiciones materiales que permitan «estar bien», y en consecuencia tener «desahogo», «holgura» suficiente para pensar en bienes más altos: son las condiciones mínimas antes mencionadas, que permiten salir de la miseria. La forma actual de entender el bienestar se puede resumir en la expresión calidad de vida, que se presta desde luego a cienos equívocos. En ella podemos incluir en primer lugar la salud física y psíquica, el cuidado del cuerpo y de la mente, y la armonía del alma. En segundo lugar, la satisfacción de las diferentes necesidades

humanas, tanto primordiales como derivadas. En tercer lugar se ha de contar con las adecuadas condiciones naturales y técnicas en nuestro entorno, de modo que sean sanos y saludables, y tengan las comodidades normales de las que hoy nadie pensaría en prescindir.

La adecuada instalación y conservación de la persona en estas circunstancias corporales, anímicas, naturales y técnicas constituyen la calidad de vida necesaria para la felicidad. Sin embargo, hoy en día tiene especial importancia insistir en que los bienes que hacen feliz al hombre no son sólo los útiles, los que dan el bienestar, sino aquellos otros que son dignos de ser amados por sí mismos, porque son de por sí valiosos y bellos, y enriquecen al hombre en un sentido más alto que el puramente material.

En primer lugar, hay que señalar el saber y la virtud, puesto que ambos son posesiones humanas, de conocimientos y hábitos, más altos y enriquecedores que lo puramente técnico y corporal. Hay que recordar que el saber y la virtud son algo que transforma al propio hombre, lo cual nos hace ver que la felicidad no está en el orden del tener sino en el del ser, lo cual es una verdad que no por ser muy repetida es menos verdadera'". Esta es la enseñanza básica de Sócrates:

lo que hay que hacer para ser feliz es practicar las virtudes y, hacerse así virtuoso; esta es la mejor sabiduría". Ser virtuoso es el modo de crecer y llegar a la plenitud humana.

El modo de ser acorde con la persona es ser con otros, y el modo más intenso de vivir lo común es el amor, mediante el cual nuestra intimidad no es sólo conocida y amada, sino también amante y dadora. Luego buena parte de la felicidad radica en tener a quien amar y amarle efectivamente, hasta hacerle feliz, realizando los actos propios del amor, sobre todo en el hogar: la felicidad de una persona se mide por el hogar que tiene. «La felicidad está condicionada en su máxima parte por las relaciones personales», «lo decisivo son las formas de presencia y de trato» con los demás. La felicidad exige poner en juego mediante esas relaciones las dimensiones más profundas del hombre. Este es el cómo más profundo de la felicidad: la vida humana no merece la pena ser

vivida si queda inédita o truncada la radical capacidad de amar que el hombre tiene, pues en aquélla hay tanto de felicidad como haya de amor.

Por último, hay que añadir que lo más profundo y lo más elevado del hombre está en su interior. En vano se buscará la felicidad en lo exterior si no se halla dentro de nosotros mismos: la plenitud humana lleva consigo riqueza de espíritu, paz y armonía del alma, serenidad. El camino de la felicidad está dentro de nosotros: es un camino interior. Es ahí donde encontramos el espíritu, y la profundidad de la libertad; el adecuado despliegue de ésta es lo que constituye la felicidad. Y así llegamos a la perspectiva «interior» y biográfica antes mencionada, y que ahora corresponde desarrollar.

1.3. LA FELICIDAD COMO VIVENCIA Y EXPECTATIVA

Es imposible entender la felicidad si se olvida que el hombre, por su condición biográfica y temporal, es alguien instalado en el tiempo, y en una situación concreta, y simultáneamente es también un ser volcado hacia el futuro, que vive una continua anticipación de lo que va a ser y hacer. Y así, respecto de nuestra felicidad hemos de considerar nuestra instalación en ella y nuestra expectativa de ella: lo que estamos siendo y viviendo, y lo que vamos a ser y hacer.

En primer lugar, «la felicidad afecta primariamente al futuro», puesto que el hombre es un ser futurizo, abierto hacia adelante. «Ser feliz quiere decir primariamente ir a ser feliz -si ya se es, que se va a seguir siéndolo-. Es más importante la anticipación que la felicidad actual: si soy feliz, pero veo que voy a dejar de serlo, estoy más lejos de la felicidad que si no soy feliz pero siento que voy a serlo». En efecto, «llevamos muy bien el estar mal, si mañana vamos a estar muy bien». Por el contrario, «alguien que está seguro de que va a estar mal, acaba estándolo». Uno es feliz cuando disfruta con lo que tiene, y sobre todo con lo que aún no tiene, pero tendrá: la expectativa de lo bueno es

la forma más genuina de felicidad, sobre todo en los niños, puesto que entonces se vive por anticipado ese disfrute, nace la alegría, la esperanza y la preparación. A veces vale casi más la expectativa que la misma realización de lo deseado.

Por eso la felicidad es la ausencia de males futuros, mirar hacia adelante y estar seguros, y regocijarnos con la expectativa de disfrutar o seguir

disfrutando los bienes anhelados o ya poseídos.

Si ser feliz consiste en realizar lo que pretendemos, para lograrlo es preciso tener imaginación, y después atrevimiento para querer y soñar. En efecto, los proyectos vitales que uno se hace dependen en primer lugar de la voluntad: para lograr grandes bienes antes es preciso desearlos. Pero en segundo lugar, esos proyectos dependen también de la imaginación creadora, que es la encargada de diseñarlos: «la imaginación funciona como un bosquejo de la felicidad». Por eso,

«los principales obstáculos para la felicidad son el temor y la falta de

imaginación.

Y ambas cosas son frecuentes». El primero nos hace presentes los males futuros, y la segunda lleva a tener proyectos vitales estereotipados y poco personales, vulgares en definitiva: nos acogemos entonces a modelos que en el fondo no deseamos, pero que están vigentes a nuestro alrededor, y olvidamos que la felicidad sólo nace cuando nuestro proyecto vital es algo de veras personal.

Si la felicidad es la realización de la pretensión, de los proyectos vitales que uno ha hecho verdaderamente suyos, de aquellas pretensiones que a uno verdaderamente le importan, en la medida en que éstas se realizan uno llega a ser el que realmente quiere ser. «Si, en condiciones objetivamente favorables, no nos sentimos identificados con aquello que estamos siendo, no somos justamente aquello que estamos haciendo, que estamos viviendo, no podemos decir que somos felices». La felicidad es algo radical, que afecta a la persona en lo más profundo, en su propio ser, en su propia vida. La felicidad no es un sentimiento, ni un placer ni un estado, ni un hábito, sino una condición de la persona misma, de toda ella, es decir, está en el orden del ser, y no del tener.

Precisamente por eso, «se puede ser feliz en medio de bastante sufrimiento, y a la inversa, se puede ser infeliz en medio del bienestar, de los placeres, de lo favorable. Hay el peligro de no ver -de no vivir- la felicidad por tener malestares, inconvenientes, sufrimientos reales, que no impiden ser feliz; y a la inversa, se buscan placeres, éxitos, bienestar, dejando en hueco el fondo de la vida, y entonces la felicidad se escapa». La felicidad nace de la conformidad íntima entre lo que se quiere y lo que se vive. Aunque dependa de factores externos, que a ella contribuyen favorable o desfavorablemente, para que surja se necesita sobre todo no tener en hueco el fondo de la vida, sino poseer esa conformidad íntima de uno consigo mismo, que es la que muchas veces permite afrontar las dificultades sin sentirse infelices. En tales casos «esa felicidad mana y se difunde, aun en situaciones tremendamente penosas; en la guerra, en la cárcel, en un campo de concentración, en la miseria, se tiene dolor, sufrimiento y a última hora infelicidad; pero si hay un punto por el cual la felicidad penetra en ese mundo, ejercerá su poder transfigurador y se podrá tener una felicidad precaria, difícil, combatida, pero felicidad a pesar de todo».

Y es que existe «una irradiación de la felicidad o su contrario sobre la vida entera». En efecto, «hacemos mil cosas triviales y que no tienen que ver con la felicidad, pero si somos felices, esas ocupaciones quedan transfiguradas y adquieren una especie de aureola». La conformidad íntima que nos hace ser felices se refleja en nuestro talante y nuestras acciones, pero también en el entono inmediato, en lo que podríamos llamar cotidianidad: «una cotidianidad profunda es la fórmula más probable de felicidad. Hacer todos los días ciertas cosas, ver a unas personas, contar con ellas, si esto es realmente profundo, es lo que se parece a la felicidad».

Es la pacífica instalación, interior y exterior, en el disfrute de la vida

cotidiana, del hogar y del entorno, que posibilita el ocio, la compañía amorosa, las tareas comunes y el afecto que todo ello conlleva.

1.4. LA VIDA COMO TAREA

El proyecto vital se perfila cuando se encuentra la verdad que va a inspirar los propios ideales. Corresponde más propiamente a la juventud el diseño de ese proyecto. Por eso es el tiempo de la esperanza y las expectativas. La madurez consiste en conocen asumir y recorrer la distancia que separa el ideal de su realización. En la madurez cabe: renunciar al ideal, porque está demasiado lejos de la realidad asequible, o seguir realizándolo, sin que la distancia que siempre hay de cualquier ideal a su puesta en práctica nos haga renunciar. Según se haga una cosa u otra se adoptará una postura pesimista y pasiva, u otra ptimista y constructiva.

Un buen proyecto vital y una vida bien planteada son aquellos que se articulan desde convicciones que articulan la conducta a largo plazo, con vistas al fin que se pretende, y que orientan la dirección de la vida, dándole sentido. Las convicciones crecen en el humus de la propia experiencia de trato con las cosas, el mundo y las personas. Son como el depósito de esa experiencia, una coherencia y constancia de propósitos en el modo de encarar la realidad y decidir la conducta. Las convicciones contienen las verdades inspiradoras de mi proyecto

vital. Con ellas se perfecciona el arte de vivir, que tiene carácter moral.

La realización de las pretensiones y de los proyectos vitales que nos harán

felices asume la forma de una tarea o trabajo que hay que realizar. La propia

vida humana puede concebirse como la tarea de alcanzar la felicidad. Tiene la estructura de la esperanza, pues ésta se funda en la expectativa de alcanzar en el futuro el bien amado arduo. El sentido de la vida aparece entonces como la tarea que hay que realizar para alcanzar ese bien. En esa tarea se distinguen varios elementos fundamentales:

1) El primer elemento es la ilusión, que podemos definir como la realización anticipada de nuestros deseos y proyectos. La ilusión proporciona optimismo, y nos impulsa hacia adelante. Su ausencia provoca pesimismo y parálisis en la acción, pues suprime la esperanza de alcanzar lo que se busca al declarar que no es posible, que no hay nada que hacer. Por el contrario, la ilusión produce alegría: nos induce a querer ser más de lo que somos, es el requisito para el verdadero crecimiento humano. La ilusión se nutre de esperanza y gozo, da

vitalidad, energía o «ganas» para emprender la acción. Es una motivación para actuar. La motivación se nutre de la ilusión, y nos da una percepción positiva, activa y gustosa del futuro inmediato que nos espera.

2) Toda tarea necesita un encargo inicial, una petición de que la llevemos a cabo, una orden que nos ponga en marcha, una misión que nos sea encomendada. En realidad quien encarga es la verdad encontrada, puesta en boca de aquel que la tiene. Cuando nadie encarga, no hay ninguna tarea ni misión que llevar a cabo:

faltan los objetivos y viene la desorientación. Pocas veces sucede que el hombre se autoencarga la tarea y la misión que le corresponde en la vida: otras muchas aparece como oportunidad ofrecida. Los proyectos vitales son muchas veces fruto de una llamada que alguien nos hace para que los asumamos, puesto que la vida humana no se construye en solitario. En el inicio de toda tarea se da una ayuda originaria, que es el acto de asignamos esa tarea, algo propio de la autoridad política. De ella depende la organización del trabajo y la puesta en marcha hacia los fines del grupo o de la persona que recibe esa asignación. La ayuda

originaria o misión responde a la pregunta: ¿qué tenemos que hacer?

3) La ayuda originaria suele ir acompañada de la entrega de recursos, casi siempre insuficientes, para llevar a cabo lo encargado. La realización de los ideales es trabajosa y esforzada. Exige una creatividad, una inventiva para encontrar el camino. Partimos de los recursos iniciales, pero necesitamos más.

Los recursos siempre resultan escasos para la tarea que queremos llevar a cabo.

Esto es una constante en la vida humana: hay que administrarlos bien, y atender con buena economía a su conservación e incremento.

Surge así la necesidad de una ayuda acompañante que proporcione nuevos recursos para atender a las necesidades que van surgiendo al llevar adelante la tarea. Se trata de evitar que se paralice. La ayuda acompañante adviene en forma de amistad y compañía en el camino, de enseñanza y orientación acerca de cómo superar determinados obstáculos y así ganar tiempo, de diálogo que nos sostiene en los momentos duros, de préstamos de instrumentos necesarios, de subvenciones y dotaciones económicas, etc.

4) Toda tarea humana encuentra dificultades y conlleva riesgos. La libertad misma es arriesgada. Lo más normal es que encuentre adversarios, es decir, personas que se oponen a ella, o que de hecho la paralizan o dificultan, aun sin proponérselo. Las dificultades de la tarea son connaturales a ella: hay que contar con eso, porque casi todas provienen de la escasez de los recursos y de las propias limitaciones. Toda tarea humana concita amores y odios. Cuanto más alta es la empresa que estamos llevando a cabo, mayores son esas reacciones.

Sabemos que hay muchas formas de rechazar la verdad, y aquí se experimentan.

5) Arrostrar todas las dificultades, eludir a los adversarios y perseverar en el esfuerzo se justifica porque el bien futuro que pretendo no es para mí sólo. El fin de la tarea es llegar adonde queríamos, conseguir el fruto, el resultado. Pero la esperanza es incompatible con la soledad: en toda tarea hay un beneficiario, una persona, distinta al sujeto que la realiza, que recibe los beneficios que produce. A él se le otorga el fruto de nuestros esfuerzos. Alguien sale ganando. Si no hay un beneficiario, alguien a quien dar, la tarea se vuelve insolidaria y, a la postre, aburrida y sin sentido. La plenitud de la tarea es que su fruto repercuta en otros, que mi esfuerzo se perpetúe en forma de don y beneficio para los demás, para las instituciones y la sociedad.

La vida humana tiene de ordinario los elementos que se acaban de describir: es, básicamente, el trabajo de realizar una tarea. Cuando falta alguno de esos ingredientes, se vuelve incompleta; entonces el sentido de la vida disminuye, e incluso se pierde, y con él la felicidad. Si no hay un encargo inicial, no sabemos qué hacer, y la determinación de «por donde tirar» nos lleva un tiempo grande, hay vacilaciones, cambios de dirección, actitudes de perplejidad, etc., en especial cuando falta ilusión. Sin encargo inicial el proyecto y la ilusión por él no se consolidan. Si no hay ayuda, la tarea naufraga por falta de recursos, por dificultades y por ataques de los adversarios. Si no hay beneficiarios, ni siquiera tiene sentido empezar y arrostrar el esfuerzo de llevarla a cabo: es mejor quedarse en casa cómodamente y ser uno mismo el único beneficiario. Es lo que tiene menos riesgo, pero es lo que menos multiplica la

riqueza.

La estructura que se acaba de explicar puede reconocerse en tareas grandes, como la conquista de México por Hernán Cortés o el primer viaje de Colón, o en tareas normales, como entrar a trabajar como enfermera en un hospital, ingresar en una orquesta o hacer una tesis doctoral. Los ejemplos pueden multiplicarse cuanto se quiera. La vida es una tarea, un conjunto de tareas con estos ingredientes.

Importa mucho captarlo. La felicidad aparece ya al inicio, cuando hay ilusión y una labor por delante que da sentido al futuro.- hay que construirlo. Pero también aparece después, a lo largo de ella, y en especial cuando la hemos concluido. Nada más feliz que ¡por fin! haber terminado, llegar a casa, poder descansar después del esfuerzo. Entonces surge una nueva forma de felicidad.

1.5. EL SENTIDO DE LA VIDA

Apenas hemos dicho nada hasta ahora del sentido de la vida. Podemos describirlo como la percepción de la trayectoria satisfactoria o insatisfactoria de nuestra vida. Descubrir el sentido de la propia vida es, pues, alcanzar a ver a dónde lleva, tener una percepción de su orientación general y de su destino final. Si se ven las cosas a largo plazo, lo importante es el final, el destino. Pero normalmente, como se ha dicho antes, la vida tiene sentido cuando tenemos una tarea que cumplir en ella. Eso es lo que, al despertarnos, introduce un elemento

de estabilidad, de ilusión, de expectativa concreta, y por tanto de una cierta felicidad para el día que comienza.

«Cuando hay felicidad se despierta al día, que puede no ser muy grato, con un previo sí. Si uno se despierta con un sí a la vida, con el deseo de que siga, de que pueda continuar indefinidamente, eso es la felicidad. En cambio, si esa cotidianidad se ha roto o se ha perdido, si uno despierta a la infelicidad que está esperando al pie de la cama, no hay más remedio que intentar recomponerla, buscarle un sentido a ese día que va a empezar, ver si puede esperar de él algo que valga la pena, que justifique seguir viviendo». Esto quiere decir que el sentido a la vida «no se identifica con la felicidad, pero es condición de ella», pues cuando falta, cuando los proyectos se han roto, o no han llegado a

existir nunca, comienza la penosa tarea de encontrar un motivo para afrontar la dura tarea de vivir.

Por tanto, la pregunta por el sentido de la vida y del mundo surge cuando se ha perdido el sentido de orientación y de uso de la propia libertad, cuando no se tiene una idea clara de adonde conducen las tareas que la vida a todos nos impone, y sobre todo cuando disminuye el nivel medio de felicidad de una sociedad.

Hoy ese sentido aparece muchas veces como algo problemático y de ninguna manera evidente, pues hay una fuerte crisis de los proyectos vitales, de los ideales y valores: faltan convicciones, no hay verdades grandes ni valores fuertes en los que inspirarse de una manera natural, sobreviene la falta de motivación y la desgana, no se percibe ninguna orientación definida, decae la magnanimidad en los fines, el proyecto vital está constantemente en revisión, los ideales no son suficientemente valiosos para justificar el aguantar las dificultades que

conlleva ponerlos en práctica, etc. La ausencia de motivación y de ilusión es el comienzo de la pérdida del sentido de la vida. Puede llegar a constituir una patología psíquica, y ocasionar sentimientos de inutilidad, de vacío, frustraciones e incluso depresiones.

Cuando no se encuentra el sentido del propio vivir, sólo hay dos soluciones:

«una posibilidad es la atomización de la vida, la equivalencia, siempre

fraudulenta, de los placeres o los éxitos con la felicidad; y esto conduce a la inautenticidad, a la vida en hueco; la persona que no encuentra sentido a su vida y la llena de placeres o de éxitos como equivalentes, hace trampa y deja introducirse la falsedad en su vida». Es lo que veremos enseguida. La otra posibilidad es reconocer con sinceridad la pérdida de sentido: esto es el nihilismo.

Responder de una manera convincente a la pregunta por el sentido de la vida exige dos cosas: tener una tarea que nos ilusione y enfrentarse con las verdades grandes, con los grandes interrogantes de nuestra existencia. Quien sabe responderlos, encuentra una dirección satisfactoria para su vivir e incrementa tremendamente su expectativa de felicidad en la realización de sus tareas ordinarias, pues sabe lo que verdaderamente le importa, lo que se toma en sedo:

«¿ qué me importa de verdad? es el camino para la pregunta por el sentido de la vida». Dicho de otro modo: saber cuáles son los valores verdaderamente importantes para mí es lo que hace posible emprender la tarea de realizarlos. Dicho crudamente: se es hombre cuando se tiene saber teórico y capacidad práctica para responder a estas tres preguntas: ¿ Por qué estoy aquí? ¿ Por qué existo? ¿Qué debo hacer? Encontrar la respuesta es uno de los empeños de este estudio.

1.6. LAS ACCIONES LÚDICAS

La felicidad consiste en alcanzar la plenitud, la cual está en el fin, que es lo primero que se desea y lo último que se consigue. Todo llegar es feliz. Lo más feliz es llegar a un lugar largamente deseado, y no tener que ir a ningún otro: entonces se puede descansar, porque no hay tareas pendientes. Esto ocurre muchas veces en el hogar.

La felicidad se alcanza en la medida en que la terminación de la tarea (el

cultivo de la ciencia, de la técnica, el trabajo, la construcción del mundo

humano, la práctica esforzada de las virtudes, etc.) se continúa en el acceso a la región de tiempo que viene después. Los clásicos lo llamaban ocio. Para nosotros este término tiene un cierto matiz peyorativo, pues lo entendemos como un «no hacer nada». En la concepción clásica, sin embargo, es algo bien diferente: el ocio es un tiempo dedicado a tos placeres de apreciación, a fa contemplación, al uso de la inteligencia para saborear mediante la sabiduría los bienes más altos, es decir los que no son útiles, sino hermosos: los bienes que

amamos, la verdad y la belleza. Desde este punto de vista, la felicidad sería la contemplación amorosa de lo que amamos.

Sin embargo, el hombre no contempla de una manera estática, como quedándose paralizado por la belleza del ser amado. Más bien, celebra la plenitud. A la contemplación amorosa del ser amado es preciso añadirle algo: hay que romper a

cantar. Las acciones que celebran haber llegado, poco o mucho, a la felicidad y a la plenitud reciben aquí un nombre especial: acciones lúdicas. Equivalen a lo que los clásicos llamaban ocio, y no son simplemente «entretenerse jugando» o «divertirse, cuando no hay nada que hacer», sino algo mucho más rico, que, como se ha dicho, significa celebrar la plenitud alcanzada. Son la celebración de la felicidad. Estas acciones tienen unos rasgos especiales: 1) Las acciones lúdicas pertenecen a aquellas que contienen el fin dentro de sí mismas. Por eso proceden de lo inmaterial que hay en el hombre. Por ejemplo, cantar, bailar y tocar música, no sirven para otra cosa: esta es su diferencia

esencial con las acciones técnicas, con el trabajo, que siempre está ordenado a lo posterior. Las acciones lúdicas tienen sentido y valor por sí mismas, y expresan y provocan sentimientos que tienen que ver con la felicidad: por ejemplo, el honor, la celebración de la excelencia. Son acciones que hacemos porque nos gustan.

2) La acción lúdica tiene lugar en un tiempo distinto al ordinario, dentro de la fiesta o de un tiempo destinado al juego, como ya se ha dicho: son oportunas entonces, pero no en otro momento. El tiempo de las acciones lúdicas está separado del tiempo normal: uno puede llegar a olvidarse de este último por meterse por completo en el juego o en la fiesta de que se trate (por ejemplo, cuando vemos una película estamos «transportados» «dentro» de lo que vemos, nos olvidamos de dónde estamos, desearíamos que no terminase). Ese tiempo puede llamarse simplemente ocio, pero sobre todo fiesta.

La felicidad tiene carácter festivo, y no se puede vivir más que de modo

festivo. Si fuera imposible celebrar fiestas, el hombre no podría ser feliz. La fiesta es el momento para la acción lúdica (15. lo), y ni antes ni después resulta oportuna, o adecuada, sino ridícula y grotesca. Nadie va a clase disfrazado, pero hay fiestas en las cuales lo que hay que hacer es disfrazarse. Vestirse de fiesta es disfrazarse un poco.

3) Las acciones lúdicas incluyen todas las que tienen que ver con la risa, la alegría, la broma y lo cómico. Reírse es ser feliz por un momento. La

extraordinaria y singular capacidad humana de tomarse las cosas a broma se ejercita cuando se ha ingresado, de algún modo, en la región de lo lúdico, en la cual somos felices por haber alcanzado el fin y la plenitud, aunque sólo sea relativamente. Por eso nos reímos y nos divertimos.

En la vida humana no todo es seriedad, ni puede serlo. Es necesario reírse: «todas las cosas buenas ríen»34. El que no sabe reírse es un desesperado, y el que siempre está serio termina siendo ridículo. Lo serio necesita un poco de broma para atenuarse: la broma relativiza la seriedad, parece que la da por terminada. En suma: ser feliz implica reírse, no estar serio. Cuando reímos nos instalamos en la región de lo lúdico.

4) Lo más característico de las acciones lúdicas se pueden resumir en una palabra: jugar. El hombre, para ser feliz, necesita jugar. Por eso los niños son más felices que los mayores, porque no necesitan trabajar para vivir, están casi siempre jugando. Una partida de mus es una felicidad provisional, una ocupación felicitaria (J. Marías), y mientras la estamos jugando podemos afirmar con rotundidad que somos más o menos felices, porque lo pasamos bien. No hay por qué quitarle mérito a estas «felicidades pequeñas» propias de las acciones lúdicas:

gastar una broma, cantar una canción, jugar un partido de tenis, ver una película, etc.

Aquí no vamos a detenernos más en estas acciones, ni a señalar su lugar egregio en la vida humana. Baste lo dicho para resaltar algo por otra parte muy evidente: forman parte de la felicidad y se llevan a cabo cuando se ha terminado la tarea (o quizá en un descanso de ella, para distraerse y coger ánimos y fuerzas para volver a emprenderla).

1.7. LA FELICIDAD Y EL DESTINO

Darse a uno mismo es el modo más intenso de amar, según se dijo, y esto forma parte irrenunciable de una vida feliz. Es obvio que ese darse, como todo dar, exige un destinatario: alguien que reciba el don, sobre todo si el don soy yo mismo. Desde esta perspectiva se puede ver que el destino de la persona es otra persona. Darse por completo sólo puede hacerse respecto de una persona. Ser feliz, entonces, es destinarse a la persona amada: «Lo que se necesita para conseguir la felicidad, no es una vida cómoda, sino un corazón enamorado».

El destino del hombre no puede ser la nada, ni una piedra, porque entonces quedaría sin ejercer la máxima capacidad humana de dar, que es destinarse uno mismo a alguien. El hombre es entonces dueño de su destino, porque se destina a quien quiere. Sin embargo, si la felicidad es destinarse a la persona amada, ¿lo más alto que le cabe al hombre es hacerlo respecto de alguien como él? Salta enseguida a la vista que la muerte señala la barrera que termina con ese destinarse mutuo de las personas humanas: uno sigue viviendo después de que muera la persona amada. ¿No hay otro destino que ése, el que me cabe elegir

antes de morir, destinándome a otro como yo?.

Así aparece de nuevo una pretensión humana sin la cual el problema de la felicidad quedaría en último término sin resolver: la pretensión de

inmortalidad. El hombre desea dejar atrás el tiempo e ir más allá de él, hacia una región donde el amor y la felicidad no se trunquen, donde queden a salvo de cualquier eventualidad y se hagan definitivos, y a la postre inmortales. Esta pretensión demuestra la condición inmortal de la persona humana, y será estudiada más adelante cuando se hable del destino y del más allá de la muerte.

Por otra parte, el destinarse a la persona amada nos hace ver que una persona humana no es suficiente para colmar las capacidades potencialmente infinitas del hombre". Si el hombre tiene una apertura irrestricta, lo que se corresponde con su libertad fundamental no es esta o aquella persona humana, sino el Ser Absoluto. De nuevo volvemos al planteamiento clásico: Dios es la suprema felicidad del hombre. Dicho de otra manera, Dios es el amigo que nunca falla:

toda persona humana puede hacerlo, aun sin querer. Sólo con Dios queda asegurado el destino del hombre al tú, porque cualquier otro tú es falible, inseguro y mortal: sólo El está por encima de todo avatar. La respuesta que se dé al problema de la felicidad y el sentido de la vida está, en último término, intensamente condicionada por la cuestión del destino.

1.8. DISTINTOS MODELOS DE FELICIDAD

Todo lo dicho hasta aquí dista de parecerse a lo que suele decirse acerca de fa felicidad. Es por eso obligado aludir a las respuestas y modelos más corrientes que se han solido y suelen dar sobre ella. Nos interesan principalmente no tanto las teorías sobre la felicidad, como las actitudes prácticas, nacidas de ideales determinados. Se pueden agrupar en varias tendencias, que se describirán brevemente a continuación. Es importante tener en cuenta que en las personas singulares estas actitudes no se dan en estado puro, como aquí se describen, sino mezcladas unas con otras, combinadas.

1.8.1. El nihilismo

Por nihilismo vamos a entender aquí un tipo de nihilismo práctico que afirma que la vida carece de sentido. Esto implica que las preguntas por ese sentido y por el valor de la justicia y la felicidad no tienen respuesta. Para los nihilistas la felicidad no es posible, no existe; es inútil buscarla, porque nunca se encuentra. La intensidad y modo con que esta postura puede mantenerse son muy diferentes, y generan muy distintas actitudes; de hecho la familia de los nihilistas es tan numerosa y variada que a veces parece llenar el mundo de desencanto y enfriar todas las ilusiones.

Llamamos nihilismo a la negación del sentido de la vida porque lleva consigo, de una forma más o menos intensa, la vivencia de la nada. La nada es, desde el punto de vista de la voluntad, la vivencia de que no hay nadie que sea término de mi manifestación, interlocutor de mi diálogo y receptor de mi don. La voluntad es afirmación del otro o intención o inclinación hacia otro. Cuando el otro desaparece de mi vista, la persona no tiene nadie a quien dirigirse: no hay otro, y por tanto lo que me rodea es la nada, y estoy radicalmente solo. El nihilismo, por tanto, es la pérdida del otro y el hundimiento en la soledad. Cuando el destino del hombre es él mismo, la nada o el todo cósmico impersonal, la persona busca anularse a sí misma y a sus deseos, amores e inclinaciones. Por eso, hay que añadir ahora: el sentido de la vida es el tú, la persona a quien quiero, los otros. Si no hay un tú al que dirigirnos, es que estamos solos, nadie nos espera. Esto es la desesperación y el nihilismo, cuyas variantes vamos

ahora a enumerar:

a) La desesperación

Es el grado extremo de nihilismo práctico. Es una postura que induce a la conmiseración, porque quienes la adoptan tienen una indigestión de dolor: es como si la vida les hubiera sentado mal. El des-esperado es el que ha dejado de esperar, aquel para quien el futuro no depara bien alguno, porque ha sido víctima de la soledad, la indiferencia o el desengaño. Lo que necesita es ayuda.

Hay muchas formas de desesperación, y algunas de ellas conducen a la locura: los desequilibrados, los depresivos, los desgraciados y en general, los profundamente infelices forman parte de la familia de los desesperados y de aquellos que tratan de eludir la vida misma, porque vivir es una verdad que no soportan. Cuando la vida es insoportable, el suicidio aparece como una solución.

Ningún animal se suicida, porque ninguno es capaz de caer en la desesperación. Sólo un rostro amable, un tú, puede sacar a alguien de ella.

b) El fatalismo

Para el fatalista el hombre no es dueño de su destino. En la Antigüedad clásica esta postura fue la más frecuente, especialmente entre los estoicos, pero hoy se sigue repitiendo con frecuencia. El fatalismo se caracteriza por la creencia de que el universo alberga dentro de sí un elemento irracional, llamado Destino o Azar, que es una fortuna o casualidad que mueve la rueda del cosmos y da a cada uno la felicidad o la desgracia de una manera aleatoria, pero necesaria: la libertad queda deprimida ante lo irracional, que es una necesidad ciega e ineludible, frente a la cual yo no soy dueño de destinarme a nadie. Más bien es

ese destino impersonal y ciego quien decide por mí de una forma mecánica e inexorable.

En el fatalismo el único recurso es que cada uno se contente con la sueñe que le ha tocado. Por tanto, esto significa resignarse con el dolor y adoptar una actitud pesimista, pues las cosas no pueden cambiar: son inevitables. Es ésta una resignación que termina siendo trágica y fatal; adusta, pero elegante: no vale la pena apasionarse por nada. La tragedia griega está penetrada por esta actitud. El fatalismo incluye como única aspiración la de tratar de disminuir el dolor. Por lo que respecta a la felicidad, le concede un lugar bastante discreto

en la vida humana: es una doctrina triste, incapaz de alegría, porque para ella el mundo no tiene nada que merezca celebración, sino más bien al contrario. Para el fatalismo todo amor está preñado de dolor.

c) El absurdo El absurdo es la vivencia del sinsentido. Cuando nos sentimos obligados a realizar acciones que no sentimos como nuestras, porque no las hemos decidido, ni tienen relevancia para nosotros, aparece el absurdo, para el cual la vida es una representación teatral en buena parte hipócrita y falsa, sin lógica, pues el sistema social obliga al hombre a comportarse de una manera determinada, para él absurda, incluso cómica o trágica. El siglo XX ha tenido artistas, escritores y representantes del absurdo en mucha mayor medida que los siglos anteriores, porque en esta época el hombre se ha sentido prisionero de la técnica, de los sistemas políticos, de la masificación, y se ha visto a sí mismo como un pigmeo dominado por un gigantesco aparato que

carece de toda medida y finalidad humanas. La aceptación del absurdo entraña cieno fatalismo pesimista: el hombre es un muñeco en manos de fuerzas impersonales.

d) El cinismo

El cínico finge interesarse de verdad por una persona, y en realidad sólo busca veladamente obtener de ella una utilidad. Hace como que le importa algo, cuando en realidad no es así: el cínico no cree en lo que dice o hace, pero lo aparenta, porque le da igual una cosa que otra. El cinismo es una degeneración del interés, y se convierte en hipocresía.

El cinismo puede llegar a convertirse en una postura radical ante la vida, y entonces se vuelve escepticismo burlón: no cree en la verdad, y se toma a broma todas ellas. El cínico auténtico, en el fondo, es trágico y nihilista, y acepta el absurdo, pero hacia fuera y de momento «juega» el papel que le corresponde en cada caso, pero lo hace como una ficción que en el fondo no es real, y por tanto carece de sentido. El cínico es, en el fondo, el que no se toma nada en serio, ni siquiera lo que es serio. El sentido de la vida no existe, pero nos queda la risa: esto es el cinismo. Para el cínico la vida no es más que un teatro; en ella todo es máscara; el semblante de la persona no pasa de ser lo que originalmente significó el concepto de ésta: la careta del actor. No hay

rostros, sino máscaras; cuando éstas caen, no hay interioridad, no hay nadie detrás. El cinismo es nihilismo: el hombre está vacío, todo es una burla.

El cínico desconoce la autenticidad, pues ésta consiste en manifestar en la conducta la verdadera interioridad. Pero el cínico carece de interioridad: está todo él en su mueca y vacío por dentro. Una de las tareas más difíciles para la libertad consiste en distinguir lo serio de la broma: el cínico identifica ambas cosas. La consecuencia sobreviene enseguida: si nada es serio, todo es serio. La comicidad cínica termina en la tragedia y la desesperación. Por eso la risa cínica acompaña a la violencia que destruye: es el adorno de la maldad.

e) El pesimismo o escepticismo práctico

Una forma de nihilismo es la negación del sentido a mediana escala. Es el nihilismo «light», que se manifiesta de varios modos: el pesimismo postula que el esfuerzo por conseguir bienes arduos se salda siempre con el fracaso, y por tanto no merece la pena; es preferible resignarse. El desengaño es una forma más profunda de nihilismo, pues produce la convicción de que la falsedad se alberga en el propio interior de la verdad: lo que parece verdadero, en realidad está hueco. El desengañado pierde toda ilusión y confianza: no cree en nada, como el

cínico, pero por distintos motivos, como fruto de una mala experiencia. La amargura, por último, es un desengaño resentido, ofendido.

El modo intelectualmente más lúcido de pesimismo, corriente sobre todo entre intelectuales, es su mezcla con una dosis moderada de fatalismo, que lleva a dudar de que el individuo deba desear y pueda llevar a cabo tareas verdaderamente relevantes y transformadoras de la sociedad y el destino universal de cada época. El pesimista, en sentido estricto, es el que piensa que el fracaso acompaña necesariamente la vida de la persona individual. El pesimismo es un poco fatalista porque piensa que el destino de lo finito es fracasar, pasar. Por ser esto inevitable, es preferible resignarse, no hacerse ilusiones de las que después nos habremos de desengañar: «el camino de la imaginación a la perfección pasa por la decepción». Los rasgos optimistas y pesimistas están presentes, como puede suponerse, en todos los hombres, y marcan

una diferente actitud hacia los ideales y su realización.

f) Contrapunto.- la afirmación eufórica de la vida y la ebriedad

Todos los escépticos son de algún modo nihilistas. El nihilismo es una

experiencia amarga, en la que el hombre es profundamente infeliz, y de laque trata de escapar, aunque sólo sea por un rato. El carácter cíclico de la vida afecta también a los nihilistas. Para salir de la postración anímica se busca entonces un estado de euforia que compense el sentimiento negativo. Se trata de una afirmación eufórica de la vida, del placer pujante y esplendoroso.

Cuando el hombre se embebe de golpe y en exceso en el embrujo que posee la fuerza de la vida puede sobrevenir un estado de euforia excesiva que llamamos ebriedad, que es un procedimiento de exaltación y estimulación dionisíaca, en el cual el hombre se pone, por así decir, en un cierto «trance» de explosión vitalista, mediante algún estimulante que le proporcione el optimismo que él no termina de sentir. Es como darle «marcha» a las fuerzas irracionales de la vida que uno lleva dentro, liberarlas, y que ellas se encarguen de transportamos a un

«éxtasis» en el que estamos por un tiempo en sus manos, olvidados del feo rostro de lo cotidiano. La ebriedad es abandonarse por un tiempo en manos de fuerzas vitales que no controlamos, porque son irracionales. Se trata, simplemente, de olvidar la vida propia, o de sumirse en experiencias un poco «salvajes».

Es un procedimiento casi tan antiguo como la humanidad. El modo más ordinario de estar ebrio es embriagarse con la bebida, pero hay otros estimulantes más fuertes, como las drogas. El sexo puede vivirse también como algo embriagador.

Al embriagarse uno pierde la cabeza, se deja invadir por sensaciones nuevas, fuertes, placenteras, que le «transportan» a un «viaje alucinante», que tapa un poco el asco que produce la vida cotidiana.

Podría parecer que la ebriedad no tiene nada que ver con el nihilismo, pero en realidad es su contrapunto necesario, pues en el nihilismo constante no se puede vivir, porque es insoportable. Quienes viven en el aburrimiento y el pesimismo a veces pueden pensar que la ebriedad es lo que pone un poco de sal en la vida y dota de la «chispa» de inspiración necesaria para crear algo que valga la pena.

En realidad, viene a ser un sustituto de las acciones lúdicas y del diálogo: el ebrio tiene debilitada la libertad, porque sufre una dependencias y es muy vulnerable; sustituye el ápice de la vida humana por una situación irreal.

Parece obvio decir que la ebriedad es un procedimiento de buscar la felicidad que tiene inconvenientes físicos, psicológicos y morales, pues se basa en la renuncia temporal a conducirse desde la razón, la voluntad y la libertad.

También parece innecesario señalar que muchas veces no se concibe la diversión sin ebriedad.

La ebriedad tiene dos caras. Al principio nos llama: «para no sentir el horrible peso del Tiempo que rompe vuestras espaldas y os inclina hacia la Tierra, necesitáis embriagaros sin cesar. ¿Pero de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero embriagaos» (Ch. Baudelaire). Se pone en práctica entonces el consejo de A. Rimbaud: «lanzarse al fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa?/ al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo». Pero una vez lanzados, sobreviene «el desarreglo de todos los sentidos», el descontrol, la

violencia, y finalmente el letargo. Reaparece el feo rostro de lo cotidiano, imposible de aceptar. Y se repite el ciclo. La ebriedad pasa factura, tiene «efectos secundarios»: con frecuencia acentúa el rechazo de la realidad que nos ha tocado vivir. No hay domingo sin lunes.

1.8.2. El Carpe diem!

Carpe diem! significa «aprovecha el momento», «disfruta el día», y es una expresión de Horacio en la cual se hace una apuesta por el presente: lo que quieras ser, vívelo ya, antes de que se te pase la oportunidad. Se nos invita así a vivir el presente lo más intensamente que podamos, a coger los sabrosos frutos que la vida, generosamente, nos pone delante. Se trata de una forma de afirmación vitalista inmediata y directa. Lo que suele suceder cuando se adopta esta postura es que se identifica la felicidad y el sentido de la vida con el

placer. Se trata de una exaltación del gozo presente, que trata de exprimirlo antes de que sea demasiado tarde. La intensidad con que esta postura puede ser mantenida es muy variable, pero el conjunto de sus rasgos es bastante constante:

1) La virtud y el placer se presentan como opuestos. Para los partidarios de la primera, «todo lo placentero es pecado y lo que no está prohibido es obligatorio». La bondad moral significa entonces aburrimiento, y la verdadera libertad terminar con los tabúes que nos impiden disfrutar de las cosas buenas: «la vida es un manantial del placer» decía Nietzsche.

2) Se afirma, con Rousseau, que la naturaleza humana es buena de por sí: «ya nada malo saldrá de ti de ahora en adelante», dice también Nietzsche. Por tanto, hay que dar libre curso a la fuerza natural de la vida que uno lleva dentro, porque no tiene nada de malo, es de por sí inocente y buena. El hombre es naturalmente bueno. La virtud y la bondad moral significarían una represión de las fuerzas de la vida, y por eso son algo antinatural. La cultura y la vida social tendrían demasiadas formas de represión de las fuerzas vitales. Por eso, la ebriedad puede ser bienvenida, porque es una forma de vivir la vida con intensidad, y de liberarse de los tabúes y convencionalismos que nos impone la

sociedad en la que vivimos.

3) Lo hegemónico en el hombre es entonces el cuerpo: «cuerpo soy, del todo y por completo». El espíritu se difumina. En consecuencia, todo lo que se refiere al cuerpo se conviene en extraordinariamente importante: la dieta, la forma física, el «funcionamiento» de mis órganos sexuales (instrumentos del que es quizá el rey de los placeres), el aspecto de mi piel, etc. Lo decisivo es la biología, lo corporal.

4) Que la vida sea un manantial de placer significa que debo aprovecharla: el futuro no me interesa, porque me traerá omplicaciones, trabajo, vejez, escasez de dinero, enfermedades y muerte. Debo disfrutar ahora, y todo lo que pueda. Hay que estar volcados en el presente: Carpe diem! Esto significa una primacía de la

gratificación instantánea, a la que ya se aludió, y un rechazo del compromiso que suponen las tareas arduas. Comprometerse significa que cuenten con uno, y esto es una complicación que no se acepta.

5) Lo que se necesita es un buen cálculo de los placeres asequibles, tal que permita eludir los dolores consiguientes. Por este cálculo el Carpe diem! ha solido llamarse hedonismo (hedoné es placer) : se identifican felicidad y placer.

Los puntos flacos de este planteamiento son fáciles de adivinar:

a) Confundir la felicidad con el placer es un craso y peligroso error. El placer «tiene dos caracteres : por una parte es momentáneo, por otra admite la repetición. Además, es siempre parcial, en el sentido de que afecta nada más a una dimensión de la vida, pero desde ella puede «llenarla» momentáneamente.

Puede tener una gran vivacidad y energía, pero a la vez se lo siente como constitutivamente insuficiente». La razón de su insuficiencia está en esas tres características: porque es algo pasajero y parcial, afecta a la vida psíquica, más que al núcleo de la persona misma. Y sobre todo, su excesiva repetición provoca una dependencia de ellos no del todo voluntaria, y al final el hastío.

La felicidad, en cambio, es algo muy diferente: en primer lugar no es algo parcial ni momentáneo, sino permanente, que afecta a la totalidad de la persona, y está por tanto a un nivel más profundo. En segundo lugar, la intensificación de la felicidad no provoca hastío, sino todo lo contrario, un deseo de que se haga aún más intensa y honda. Cuando se cifra la felicidad en el placer sobreviene lo que antes se llamó la atomización de la vida: la sustitución de la felicidad por la gratificación instantánea, por el éxito, por el placer, mientras queda en hueco la totalidad de la vida.

b) Apostar por la felicidad en presente destruye la expectativa de los bienes futuros. En el Carpe diem! hay una traición secreta al valor de la espera. Hay más felicidad en esperar bienes futuros que en tenerlos todos ya. Cuando no hay expectativas, sino sólo goces, del futuro ya no se espera nada; comienza entonces la expectativa de la infelicidad. Hay más felicidad en el futuro que en el presente. La felicidad consiste en aprender a esperar.

Por otro lado, el Carpe diem! no es aplicable a la vida profesional, donde

impera la lógica de lo serio y de las tareas a largo plazo, con su estructura propia. Es, por tanto, un planteamiento incompleto de la vida, pues tampoco atiende al esfuerzo, al dolor, a la limitación y la enfermedad humanas, ante los que está amenazado de fatalismo. Se queda sólo con el tiempo libre, y lo convierte todo en diversión. Es la lógica de los inmaduros y los irresponsables.

En el fondo se trata de una postura muy poco solidaria y más bien egoísta. Por eso, su crítica detallada debe hacerse desde un punto de vista ético.

1.8.3. La postura pragmática: el interés

Una de las posturas más frecuentes frente a la felicidad consiste en decir que el hombre puede conseguir poca, y que toda la que consiga será a base de cuidar de sus propios intereses. Esta actitud no se deja llevar por excesivas ilusiones, es realista, pragmática, buena conocedora de los hombres, no aspira a cambiar el mundo ni tiene otro ideal que un afán moderado de asegurarse una existencia lo más cómoda, tranquila y segura posible, sin sobresaltos ni riesgos: «más vale pájaro en mano que ciento volando».

El afán de seguridad es necesario para la vida humana. Sin embargo, cuando se exagera, se cae en esta postura, eminentemente conservadora y poco amiga de los riesgos, que hace depender la felicidad del propio esfuerzo por asegurarse los recursos. Lo característico de esta mentalidad es la moderación de los objetivos

y el predominio del interés por el propio bienestar. Estamos entonces ante un modo de ver la vida que pone como fin y valor primero yo mismo y mis intereses.

La felicidad interesada es ajena a los idealismos: a lo más que suele aspirar es a realizar sus propios intereses. No se plantea teorías: «tú, vete a lo tuyo», parece decir. Aspira a que en el reparto le vaya lo mejor posible; comparte poco, pues desconfía de lo público. Ama el dinero y opina que «un hombre vale lo que valen sus recursos», y sólo coopera para evitar verse perjudicada. Está convencida de que la mayoría de las acciones humanas son fruto del interés, y que los ideales son «idealismos» y pérdida de tiempo, es decir, un modo de eludir la dura realidad de la vida-La felicidad interesada suscribiría, quizá

con algunos matices de duda, pero con acuerdo básico, las afirmaciones de Hobbes señaladas más atrás, o esta otra: «todos los actos voluntarios del hombre tienen como fin algún bien para él». En conclusión: el hombre tiene un solo fin, que es él mismo. Todas sus acciones son interesadas porque se supeditan a ese objetivo.

No se trata tanto de un egoísmo puro y duro, como de buscar sólo lo conveniente y útil para mí, evitando aquellos gastos de tiempo y esfuerzo en pos de valores e ideales desinteresados que nada me van a reportar.

Esta es una actitud antigua y eficaz, pero sumamente discutible, con reparos de tipo moral, y una serie de consecuencias en el modo de concebir la vida social, resumidas en la palabra individualismo. En los últimos tiempos ha ido evolucionando hasta convenirse en algo ligeramente distinto, que se tratará a continuación.

1.8.4. La postura contemporánea: el bienestar

«La mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo no son muy felices; tampoco se sienten desgraciados -y no lo son-; sino más bien se mueven en una zona gris». ¿Por qué? Porque han identificado la felicidad con lo que es sólo su requisito previo: el bienestar. «La identificación de la felicidad con el bienestar ha ido adquiriendo un desarrollo, difusión y vigencia en nuestra época, sin proporción con la calidad intelectual de esa interpretación; en todo caso, ese esencial para comprender la época en que vivimos».

¿Cómo se ha producido esto? Se trata de la extensión de una mentalidad que encaja muy bien con el desarrollo tecnológico y material, y que de hecho lo ha acompañado: «hay que buscar la felicidad del mayor número, la mayor cantidad de placer y el mínimo de dolor y que los dolores sean transitorios y pasen pronto.

Esto es lo que aproximadamente opina el mundo actual»". Esta mentalidad tiene dos rasgos: 1) identifica la felicidad, no tanto con el placer, como con la ausencia de dolor; 2) identifica lo bueno con lo útil, y así la utilidad pasa a ser el valor que define las cosas, y en consecuencia incluso las personas. Se trata, como es evidente, de una idea que complementa muy bien de lo que se llamó cientifismo y tecnocracia y que desde luego se inscribe con facilidad en la óptica del materialismo. La combinación de todas estas posturas, en grados

diversos, constituye la mentalidad contemporánea, como a lo largo de este libro se ve.

Por lo que se refiere a la felicidad, el mundo actual ha creído que se

realizaría cuando se alcanzaran para todos unas determinadas condiciones de bienestar material, un cieno nivel de vida y de seguridad en la evitación de riesgos y males. Ese ideal consiste en el intento de hacer desaparecer la miseria, el dolor y el esfuerzo mediante el desarrollo económico y los adelantos y comodidades de la tecnología. Son unos objetivos completamente loables, pero no pertenecen a nadie en panicular, no son proyectos personales, sino generales, y corren fundamentalmente por cuenta del estado y de las empresas, que los

llevan a cabo mediante una adecuada planificación y desarrollo económico y tecnológico. Y así lo que sucede es que se pierde de vista el carácter personal de la felicidad: «¿Por qué? Porque la felicidad pierde su contenido propio: resulta equivalente a sus condiciones; es decir, dadas ciertas condiciones hay bienestar, y por tanto felicidad. Pero felicidad ¿de quién? De cualquiera, de todo el mundo».

Así se desliza en el mundo contemporáneo una gran variación respecto de la felicidad: se sustituye el proyecto personal de vida por la adquisición de unas determinadas condiciones materiales de bienestar y de seguridad. «Al hombre medio de nuestra época la inseguridad le parece infelicidad», soporta mal los riesgos y necesita «seguros» y garantías continuos. Así la felicidad pasa a depender de los objetos y los procedimientos técnicos, se despersonaliza y se vuelve objeto de planificación: depende del estado, o de que me toque la lotería. Con ello, disminuye el espíritu de aventura respecto de la propia vida:

la novedad se compra y se utiliza según un manual de instrucciones, pero no se encuentra de una manera personal; la felicidad se conviene en objeto de consumo, está «en oferta».

El ideal contemporáneo del bienestar ha evolucionado últimamente hacia formas de calidad de vida en las cuales la comodidad y la diversión se han convertido en elementos centrales y acaso excesivos, puesto que se concede una importancia enorme al estado de salud, al cuidado del cuerpo, a la evitación de molestias de todo tipo, a formas de ocio y de trabajo donde prima la comodidad, la rapidez y las sensaciones fuertes, al disfrute de adelantos tecnológicos y de novedades gratificantes y placenteras, al tener en definitiva. Y así, se entiende por calidad de vida la supresión de todo esfuerzo que no se dirija a aumentarla a ella misma, aunque después no se sepa exactamente qué es un proyecto de vida verdaderamente personal y enriquecedor.

Como veremos más adelante, un ideal de felicidad que no tenga en cuenta el dolor está incompleto y genera insatisfacción: acostumbrarse a no sufrir nos hace más débiles. Pero es que además, es un ideal de vida que da poca felicidad, y en el cual influyen enormemente el individualismo y el interés pragmático por uno mismo. La consecuencia es que mucha gente tilda los tiempos en que vivimos de amorfos, pasivos, poco interesantes, y, a la hora de la verdad, llenos de

intereses egoístas, de un materialismo bastante insolidario, y sin valores

morales verdaderamente profundos. Es una queja hoy universal: hay como un vacío.

«Esa pregunta fundamental que el hombre se hace de vez en cuando, si es feliz, ha dejado de hacerse, y la razón es que se da por supuesto que la felicidad consiste en que se cumplan ciertas condiciones»~~. Pero a pesar de ello, lo cierto es que «el bienestar por sí mismo no produce la felicidad; es simplemente un requisito de ella... La felicidad no consiste simplemente en estar bien, sino en estar haciendo algo que llene la vida». Esto es lo que hoy muchas veces se olvida, y sin embargo es lo más verdadero que se puede decir sobre la felicidad.

Pero la gracia está en que la búsqueda de la felicidad corre por cuenta de cada uno, porque es la realización de un proyecto personal.

1.8.5. El poder del dinero

Existe un ideal de felicidad que es el más adecuado para los ambiciosos: el poder. Es una opción tan antigua como la humanidad. En la época moderna, el ideal burgués también ha hecho suyo este valor al decir que al hombre se le mide por sus recursos. Poder significa potencia, capacidad, fuerza. Cifrar la felicidad en él significa apostar por uno mismo, no sólo en cuanto centro de todos los intereses, sino sobre todo como dominador de lo que le rodea.

Hoy en día el poder más evidente y directo es el dinero, pues el uso que se hace de él es mucho más amplio, flexible, técnico y sofisticado que en épocas anteriores. Por eso no es de extrañar que un cierto número de gente viva según aquello de que dinero es poder y felicidad es poder. Lo que se busca entonces es tener suficiente dinero para poder hacer lo que se quiera. Esta mentalidad actúa como si la felicidad y los hombres mismos se rindieran al hechizo implacable del poder financiero. El lujo aparece entonces como signo y ostentación de poder y el dinero se utiliza para demostrar fuerza y distinción: se tiene el mejor coche, el perfume de las mujeres más elegantes, etc.

Poner la felicidad en el dinero es muy tentador: con dinero, se puede conseguir casi todo, desde costosísimos tratamientos médicos, hasta viajar a todos los lugares, etc. Hay pocas cosas, en apariencia, que no se postren a nuestros pies cuando se dispone de todo el dinero que uno quiera gastar.

Los puntos débiles de esta postura se agrandan a medida que se exagera. Si esto no se hace, puede parecer casi definitivamente convincente, y por eso es necesario analizar más adelante la cuestión del dinero. De todos modos, en lo dicho hasta ahora hay argumentos que muestran su debilidad.

Además, basta apelar a la experiencia: decir que el dinero no da la felicidad parece uno de los tópicos más repetidos, pero no deja de ser una gran verdad. También lo es añadir a continuación que, aunque no la dé, contribuye muy decisivamente a ella, lo cual es obvio, pues dentro de la vida buena está también el bienestar. Sin embargo, el principal inconveniente del dinero es éste: no se puede compartir, sino sólo repartir, puesto que es de uno, y de nadie más. Por eso, donde hay dinero hay discordia, y en la discordia nadie puede ser feliz. Además, la excesiva preocupación por el dinero materializa la vida humana hasta hacerla miserable.

Sin embargo, la tentación del poder no aparece sólo referida al dinero, sino al dominio efectivo de cuanto tengo a mi alrededor. Es lo que veremos a continuación.

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1.8.6. El afán de poder y la ley del más fuerte

Hay bastante gente que en su conducta demuestra un gran afán de poder. Se mueven por el afán de tenerlo y conquistarlo, aunque sea en una dosis miserable. Cuando se les pregunte sobre ello, negarán que en eso cifren la felicidad, pero de hecho se comportarán como si así fuera, como si sólo pudiesen descansar una vez que hayan levantado una trinchera en tomo a su territorio y hayan dicho: «¡ Esto es mío y sólo mío ! ¡ Aquí mando yo !». El hombre tiene una tendencia, secreta o

manifiesta, a dominar a otros y a no dejarse dominar por ellos: los clásicos la llamaban hybris, que aproximadamente quiere decir orgullo, deseo de sobresalir.

Por tanto, la voluntad de poder no es sólo una teoría filosófica de Nietzsche, sino el afán continuo que el hombre tiene de dominar a los demás y someterlos a sus dictados, aunque sólo sea dentro del hogar. Este afán suele aparecer como autoridad despótica (6.9), que consiste en no querer súbditos, sino esclavos. Es un uso de la voluntad que incurre en una confusión lamentable: olvida que a los hombres no se les domina, ni se les desea o se les elige, como si fueran platos de comida, sino que se les respeta, se les aprueba o rechaza, y se les ama.

Sin embargo, exaltar la voluntad de poder y aplicarla a nuestros semejantes es una postura que tiene más sentido del que a primera vista puede parecer. El argumento más eficaz consiste en decir que en la vida los que triunfan son los fuertes, y que para triunfar hay que imponerse a los demás. Lo que triunfa es la fuerza, no la justicia. Es más, la justicia no es otra cosa que el nombre que se le pone a lo que me conviene, a aquel estado de cosas que favorece mis intereses

y mi poder. La justicia es la ley que el más fuerte impone al más débil. El hombre, para ser feliz, necesita ser ganador.

Desde esta postura, a la pregunta ¿merece la pena ser justo? hay que contestar: ¡NO! ¿Por qué? Porque cuando tratas de ser justo lo que sale perdiendo son tus intereses personales frente a los de los demás: te conviertes en perdedor. Pensar que compensa ser justo (no robar, no mentir, no aprovecharte del prójimo cuando puedes hacerlo, etc.) es, según esta mentalidad, una ingenuidad, porque si tú no dominas a los demás, ellos te dominarán a ti. No compensa ser justo, porque es hacer el idiota y quedarse con la peor parte.

Debajo de la justificación práctica de la voluntad de poder entendida de este modo está, como se ve, la convicción de que no existen acciones desinteresadas y de que las relaciones entre los hombres son siempre de dominio de unos sobre otros. Sin embargo, lo específico de la justificación práctica de la voluntad de poder es que desprecia la justicia que la mentalidad burguesa y el individualismo todavía aceptan como un valor. Para este modo de ver la vida, tú puedes delinquir siempre que no te castiguen, porque no te descubren, o porque eres demasiado poderoso para que se atrevan a acusarte públicamente. Por tanto,

no tiene sentido ser justo, sino dominar a los demás: la justicia no es otra cosa que la ley del más fuerte. Quien ha expresado teóricamente esta postura con frases más rotundas es Maquiavelo.

La lógica de esta postura es, pues, la ley del más fuerte: éste debe dominar sobre el débil, que es despreciable e inferior. La voluntad de poder pone a su propio servicio todos los medios de que dispone. Uno de ellos, hoy quizá el más importante, es el dinero. Cuando éste se hace instrumento de esa voluntad, se utiliza para abrir todas las puertas, suavizar todas las voluntades y comprar todas las libertades, sin detenerse en «prejuicios» de tipo moral. Cuando rige esta ley, la moralidad es ridícula, y el espacio social se divide en esferas de

influencia, dentro de las cuales hay una ley férrea de tipo mafioso, en la que rige una justicia consistente en que el que está arriba es todopoderoso, dentro de su esfera de dominio, para premiar, castigar, e incluso matar. Esta postura considera la ley como un instrumento más de dominio, pues ya se dijo que no cree en la justicia.

La voluntad de poder conduce rápidamente a la infelicidad y a veces a la cárcel: 1) no respeta a las personas como fines en sí mismas; 2) incurre en las peores formas de tiranía; 3) lanza a unas personas contra otras, porque instaura la ley del más fuerte; 4) destruye la seguridad, el derecho, el respeto a la ley y a la justicia dentro de una comunidad, y con frecuencia conduce a la guerra; 5) envilece la con- vivencia, porque justifica todas las mentiras, aumenta el rechazo sistemático contra la verdad y genera un espíritu de resentimiento y de desquite; 6) destruye los restantes valores morales y, en consecuencia, la misma sociedad.

Se trata, por tanto, de un planteamiento extremadamente degenerado y pernicioso, aunque pueda explicarse su sorprendente aceptación y puesta en práctica por el hecho de que algunos siguen, y probablemente seguirán, sucumbiendo a la tentación de tratar de dominar a los demás a su antojo. Esta es la causa principal de la mala situación política que desde hace tiempo padecemos y de los numerosos conflictos que asolar la vida social.

Después de analizar estas alternativas o ideales de felicidad, reaparece una verdad muy clara: no está asegurado que el hombre llegue a ser feliz. El camino no parece otro que tener una adecuada comprensión y puesta en práctica de lo que el hombre es y del tipo de acciones y hábitos que le perfeccionan. De lo que no cabe duda es de que, si el hombre no se eleva por encima de sus intereses exclusivamente personales, no será feliz. Esto nos lleva de nuevo a la consideración de la dimensión social humana como algo completamente irrenunciable: la persona no puede llegar a la felicidad si no ejerce el tipo de actos que tienen como destinatarios a los demás. Por eso hemos de hablar ahora

con más detenimiento de la dimensión social del hombre.