Clases trabajadoras

Condición obrera. Diversidad. Conciencia de clase. Movimiento obrero. Partidos socialistas

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Lectura 8. Las clases trabajadoras

1. La nueva condición obrera.

La nueva organización social que trajo el capitalismo forzó un profundo cambio: la “humanidad trabajadora” se convirtió en “fuerza de trabajo”. La racionalización de la producción, con la aplicación de maquinaria y fuerza motriz, se unió a la racionalización del trabajo, sincronizando y organizando los esfuerzos de los obreros. Esto supuso un complejo proceso de fijación de estos a un espacio productivo, la fábrica, y a un espacio vital, la ciudad; la aplicación de un nuevo concepto y reparto del tiempo, presidido por un horario riguroso; la formulación e imposición de nuevas costumbres; la disciplina en el trabajo: y la modificación de las condiciones de vida obrera dada la necesidad de contar con una mano de obra abundante y producir de forma masiva en el menor tiempo y al más bajo costo posible.

Los nuevos proletarios no sólo se vieron forzados a cambiar sus ritmos de vida, sino que se les introdujo en espacios de trabajo (la fábrica) y de sociabilidad (la ciudad) diferentes. Ese paso conformó unas condiciones de vida que, ya en el primer tercio del siglo XIX en Inglaterra, dieron lugar a un fuerte debate teórico sobre su naturaleza.

En 1926, cuando el conservador sir John Clapham rebatió a Arnold Toynbee, se inició una larga y dura polémica historiográfica, que enfrenta a “optimistas” y a “pesimistas”: los que relativizan lo negativo del proceso y concluyen que los trabajadores mejoraron su nivel de vida durante la revolución industrial frente a los que consideran que, si esto se produjo, no fue patente hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX. Entre los “optimistas” podemos señalar a autores como Clapham, Ashton o Hartwell; entre los “pesimistas”, a la tradición whig y de izquierdas que va desde los Hamm­ond y los Webb hasta nuestros contemporáneos Thompson y Hobsbawm, pasando por Marx y Engels, Robert Owen y el ya citado Toynbee.

Este debate ha dado lugar a un aluvión estadístico con el que, en un sentido u otro, se ha pretendido corregir la tendencia “sentimental” que caracterizó a los primeros “pesimistas”, pero sin lograr aún que los estudios lleguen a mostrar otra cosa que lo que queremos ver. Actualmente, sin haberse cerrado el debate, hay una tendencia “a tratar los sentimientos y reacciones de aquellos que experimentaron los cambios sin mostrar ni indiferencia hacia el sufrimiento en nombre del mayor bienestar a largo plazo, ni una indignación excesiva según las expectativas y los valores actuales” (John Rule). En todo caso, no puede generalizarse sobre las condiciones de vida de los obreros, ya que variaban mucho según oficios, empresas, regiones, sexos o edades, por lo que es imposible hablar de un obrero tipo.

A. Los procesos de proletarización y la batalla por la disciplina.

La formación de una masa numerosa de gente cuya única riqueza radicaba en vender su fuerza de trabajo fue un proceso largo. Antes de la industrialización ya había núcleos de asalariados, pero la mayoría de los trabajadores se vinculaba a la producción mediante lazos no salariales: campesinos ligados a las tierras de sus señores u ocupados en propiedades comunales o eclesiásticas, artesanos o trabajadores a domicilio, criados, etc. Los nuevos asalariados procedieron de dos grupos: los campesinos expulsados de sus viejos dominios; y los trabajadores domésticos y artesanos sometidos a un proceso de proletarización.

La “revolución agrícola”, surgida inicialmente en Inglaterra y Países Bajos, propició un aumento notable de la productividad de la tierra y de la ganadería. Este cambio fue posible por la aplicación de avances técnicos (nuevos sistemas de rotación de cultivos, mejora en las herramientas tradicionales e incorporación de nuevas, y mejoras en la selección de semillas y cruce de ganado) y por importantes transformaciones en el sistema de propiedad de la tierra y explotación de los campos. La tónica general fue el paso a un sistema de privatización, tanto de tierras como de cualquier tipo de bienes productivos. Este paso se manifestó en procesos diversos: desahucios y cercamientos de tierras comunales (enclosures) en Gran Bretaña, desamortización de bienes eclesiásticos y de comunales en España o expulsión de pueblos con sistemas de propiedad colectiva (los indios) en EEUU. El procedimiento siempre fue el mismo: desvincular la propiedad de la tierra, transfiriéndola a propietarios individuales.

El nuevo propietario privado, cuyo objetivo era obtener el mayor beneficio, quedó libre para modificar los sistemas de trabajo y explotación de la tierra. La consecuencia directa para el campesino fue su desplazamiento hacia la ciudad: el aumento de la productividad hizo menos necesario el concurso de su mano de obra; la eliminación de los sistemas de protección comunitaria (propiedad comunal, usos de recogida de los frutos de la tierra después de la cosecha o de pasto de los rebaños en el barbecho, mecanismos de caridad, etc.) les privó de los mínimos de subsistencia; la reducción de los plazos en los arriendos les dejó a merced de sus señores; el propio atractivo de la vida urbana les atrajo hacia las ciudades.

En el caso de los artesanos, su paso a la condición de trabajadores asalariados, su proletarización, se debió también a su desplazamiento del sistema productivo tradicional y, en suma y sobre todo, a su pérdida progresiva de independencia económica.

El sistema de trabajo a domicilio (putting out system) consiguió emplear a una mano de obra masiva, desplazada de la actividad agraria, en la manufactura. El sistema permitía utilizar esa mano de obra excedente, así como alternar esa actividad manufacturera con los trabajos en el campo en el caso de familias aún no desplazadas. El trabajo a domicilio suponía ya un trabajo asalariado y una cierta proletarización. Además, tal forma de trabajo repercutía en la proletarización de los artesanos, que poco a poco se vieron metidos en el sistema si no eran capaces -y no lo eran, en su mayoría- de convertirse en empresarios independientes. Esta primera etapa, anterior a la generalización de la máquina de vapor, coincidió con normas liberalizadoras que eliminaron el anterior monopolio del trabajo de los gremios. Finalmente, la introducción de la maquinaria descualificó algunos oficios, para los que hasta entonces se requería una probada pericia. La conclusión fue esa pérdida de independencia, sufrida también por los trabajadores del sector manufacturero, y su consiguiente proletarización.

Esa gran masa de población no se hizo proletaria de la noche a la mañana. La expulsión de los campesinos de la tierra “liberó” un contingente humano, inicialmente errante, que hubo de ser contenido de alguna forma. La falta de recursos los convirtió en desocupados, y de ahí no medió sino un paso para que fueran considerados como delincuentes y peligrosos.

El primer procedimiento para someterlos a una disciplina se aplicó en Inglaterra, con las workbouses y una legislación de pobres (poor laws) que se remonta al siglo XVI. Con ellas se obligaba a los menesterosos a trabajar a cambio de una gratificación que se entendía como beneficencia. Las casas de pobres acabaron convertidas en centros de reclusión, desde donde se controlaban sus movimientos, se les sometía a una actividad poco retribuida y se les tenía dispuestos para cuando se hiciese necesario liberar mano de obra para la industria.

En otros países la consecuencia de esta movilización forzosa de la población fue la aparición de masas errantes que generaron una psicosis de miedo a delincuentes y miserables, figuras éstas que a los ojos de los bien pensantes iban indisolublemente unidas. La literatura del siglo XIX (Los miserables de Víctor Hugo, por ejemplo) está llena de referencias a un orden social que condenaba a importantes colectivos sociales a una vida errante. Por su parte, las estadísticas urbanas revelan la presencia de numerosos desocupados, vagabundos, pobres “de solemnidad”, recluidos en hospicios o casas de misericordia, prostitutas, delincuentes, etc. En Berlín, por ejemplo, en la década de 1840, con una población de 400.000 habitantes, se contabilizaban 10.000 prostitutas, 6.000 socorridos, 4.000 mendigos y 10.000 presos. No es casual que por entonces se desarrollaran espacios represivos como cárceles y cuarteles.

Si el control de la población fue un problema, no fue menor el de introducir la disciplina fabril, esto es, el sometimiento de los nuevos trabajadores a normas que hicieran rentable la coordinación de su trabajo individual en el marco complejo de la fábrica. Racionalizar la producción y, sobre todo, el trabajo, de forma articulada y coordinada, exigió un esfuerzo de varias generaciones que se suele simbolizar en Richard Arkwright, un barbero inglés metido a empresario. A él se le atribuye la primera fábrica de la historia y Marx lo citó en El Capítal, como el ingeniero de esa articulación del esfuerzo humano de los trabajadores.

La mecanización y la producción en fábrica exigieron la subordinación de los obreros a una disciplina a la que se mostraban absolutamente remisos, toda vez que en muchos casos era ajena a sus costumbres. El proceso fue largo e incluyó diversas medidas coercitivas (las multas, los castigos y sanciones, la amenaza del despido), pero también de estímulo (premios a la disciplina, extensión de una cultura del trabajo diferente a la anterior, etc).

En este contexto disciplinario, la adaptación a un nuevo concepto del tiempo fue uno de los retos más difíciles. El nuevo proletario, hasta hace poco campesino, debía trocar sus ritmos irregulares de trabajo o la alternancia flexible de ocupación, descanso y ocio por una disciplina con una concepción rigurosa del tiempo, dada esa constante necesidad de coordinar los esfuerzos de cuantos se empleaban en la fábrica, de ahorrar tiempo y de incrementar la productividad. En el siglo XIX los relojes, que proliferan en plazas y lugares públicos son un símbolo de la importancia que había adquirido el control del tiempo.

B. Las condiciones de trabajo, salud y vivienda.

La vida en talleres y fábricas en los inicios de la industrialización fue muy dura. Informes públicos y privados, así como numerosas obras literarias, han dejado constancia de ello, lo que contribuyó a que los coetáneos tomaran conciencia del problema y se adoptaran medidas para mejorar la situación, como la pionera legislación fabril inglesa en la década de 1840. Con todo, el trabajo se desarrolló en condiciones muy difíciles en cuanto a horarios, salubridad, siniestralidad, condiciones medioambientales o desgaste físico.

El horario de trabajo suponía a menudo jornadas inacabables, seis o siete días a la semana. En sectores como el hilado o el tejido del algodón, la máquina y el aumento de la oferta de trabajo y la consiguiente caída de las tarifas obligaron a los trabajadores a realizar jornadas que podían llegar a las 18 horas. Las condiciones de seguridad e higiene eran otro factor importante. Informes de comisiones parlamentarias o de médicos higienistas describen los males que se sufrían en el taller. Los locales solían ser húmedos, sucios, reducidos, poco ventilados e iluminados, con temperaturas extremas. No había normas de seguridad. Andamios en mal estado y maquinaria no protegida solían ser causa de desgracias constantes. La minería y la metalurgia parecen ser los sectores de mayor siniestralidad laboral, seguidas del transporte, la industria química y la construcción.

Otro aspecto es la enfermedad profesional. Adam Smith hablaba de que cada oficio tenía su “dolencia particular”. Así, la silicosis del mine­ro o del picapedrero, el carbunco de los curtidores, el saturnismo de los impresores y de quienes trabajaban en contacto con el plomo, o los enfriamien­tos y pulmonías de los vidrieros. También había otras dolencias menos definidas provocadas por la postura en el trabajo (deformaciones de la columna, por ejemplo), o el esfuerzo a que se sometía a un órgano (la vista, por ejemplo, entre las costureras o relojeros) o a un músculo (la inflamación de las articulaciones en codos, rodillas, etc).

Junto a estas enfermedades, las míseras condiciones de vida y las nuevas costumbres causaron entre las clases populares una alta mortalidad y morbilidad. Las condiciones de las ciudades, junto a la penosa actividad laboral, incrementaron la mortalidad urbana muy por encima de la rural: irse a la ciudad significaba una vida más corta. En 1840, en Manchester, el 57% de los hijos de clase obrera morían antes de cumplir los cinco años, contra el 32% de los distritos rurales. En Inglaterra y Gales, la relación de mortalidad urbana y rural era de 124/100 en la década de 1860 y sólo en la de 1890 se redujo al 114/100.

Las clases populares fueron presa fácil de epidemias, como la viruela o el cólera. A partir de mediados de siglo, las mejoras en infraestructura urbana (saneamiento, agua potable, alcantarillado, derri­bo de barrios insalubres, etc.) y la popularización de las vacunas y de las reglas de higiene contribuyeron a reducir el nivel de mortalidad, si bien los avances tardaron décadas en llegar a las clases populares. Algunas enfermedades endémicas o sociales hicieron estragos. Entre ellas destaca la tuberculosis, una enfermedad infecciosa que se manifiesta afectando a los pulmones y, a veces, a los intestinos, a las meninges y a otras partes del cuerpo. Otras enfermedades, epidémicas o endémicas, que cobraron notoriedad en ese tiempo fueron la gripe o el sarampión, la difteria y la escarlatina, de penosos efectos entre los niños.

Caso aparte es el de las defunciones o los perniciosos efectos que para la salud tuvo una enfermedad social muy desarrollada entonces, el alcoholismo. Su difusión tuvo que ver, sobre todo, con el cambio de pautas de vida y de comportamientos privados y colectivos. Junto con la sífilis y la tuberculosis, representaba los “grandes azotes” del siglo XIX.

Si vino y cerveza eran bebidas propias de una sociabilidad tradicional mesurada y producidas en el mismo ámbito de consumo, licores de mayor graduación, como la ginebra, eran capitalistas: su elaboración vinculaba la producción de grano con formas más complejas de destilación y distribución, e incluso su producción y consumo se asociaba al interés recaudatorio del Estado por el impuesto que lo gravaba. El consumo popular de alcohol traspasó los límites tolerables y se introdujo demoledoramente en las familias. El bebedor fue estigmatizado tanto por la moral de las clases altas, que veían en el alcohol una incitación a la subversión social, como por las bajas, que veían en sus efectos la degradación humana.

Las condiciones de la vivienda obrera no eran mejores que las del taller o la fábrica. Era de reducido tamaño, con una habitación principal que servía para las tareas domésticas (cocinar, lavar, etc.), comer y reunir a la familia en los momentos de descanso, e incluso para dormitorio de los hijos menores. Esa habitación estaba presidida por un gran arcón o cómoda con cajones, sobre el que se colocaban retratos, estampas y objetos de significación familiar, religiosa o política. Los dormitorios se disponían a lo largo del pasillo; y las habitaciones no solían tener ventanas. Si había retrete, solía ser externo, común a varias viviendas. Había, no obstante, una gran diversidad de casos. Era muy común, por ejemplo, alquilar una habitación y muchas casas ocupadas por varias fa­milias eran anteriores viviendas burguesas, arrenda­das tras ser subdivididas lo más posible. Algunos vivían, aún peor, en sótanos o semisótanos.

El barrio, la calle, era el escenario principal de so­ciabilidad, dado que la casa no ofrecía ninguna comodidad ni atractivo. Las malas condiciones de esos barrios dañaban la salud pública. En Liverpool, por ejemplo, hacia 1850 un miembro de la gentry (pequeña nobleza rural) tenía una esperanza de vida de 35 años, un artesano de 22 y un obrero de 15. En Halifax, un centro textil del Yorkshire, los obreros morían con una edad media de 22 años, los tenderos con 24, y la gentry y los industriales con 55. La causa más importante de esa disparidad en las edades de fallecimiento era la condición de la vivienda de una y otra clase.

C. El consumo familiar y el ocio.

La cuantía de los ingresos familiares variaba mucho, dependiendo del oficio del trabajador varón adulto. Normalmente, las ocupaciones no descualificadas por la introducción de la máquina estaban mejor remuneradas. Algunos oficios de la construcción (canteros), el textil (hiladores y tejedores de la seda), la imprenta o el mueble (barnizadores, tallistas, etc), por señalar unos ejemplos, podían cobrar salarios dos o tres veces superiores a los de trabajadores fabriles sin especialización o a los de los simples jornaleros sin oficio.

La mujer y los niños también aportaban a menudo ingresos. Los niños ya trabajaban antes, tanto en las tareas tradicionales del campo (cuidar ganado, por ejemplo) como en el domestic system textil. La pérdida de valor de la fuerza física en el trabajo y la necesidad de rebajar costos, facilitaron su incorporación al mercado laboral. Así, a mediados del siglo XIX, según las estadísticas oficiales, en Inglaterra 1/3 de los menores de quince años trabajaba. El campo seguía siendo el sector mayoritario, con más de un 25% de empleados, proporción similar a la que ocupaban la industria y la minería. En este último sector, el 12% de los trabajadores tenía menos de trece años, pero en la industria del algodón, el 60% no había cumplido veinte. Si la mujer cobraba menos que el varón, al considerarse su salario una ayuda al ingreso familiar, menos aún cobraban los niños. Además, su condición era ambigua, entre la de “chico para todo” y la de aprendiz (si bien el proceso de aprendizaje no existía como tal): podía ser empleado en jornadas más prolongadas que los mayores, e incluso, en algún sector, no se le pagaba el primer año o simplemente se le mantenía con pagos en especie.

Los ingresos de la familia obrera se dirigían a satisfacer los gastos de su sostén diario. Al igual que los ingresos salariales eran diversos según el lugar o la condición personal de los trabajadores, otro tanto ocurría con los gastos. Pero hay un dato claro, a saber, el inestable equilibrio entre salarios familiares y precios. Para poder comparar se ha intentado calcular el salario real o el presupuesto familiar. El primero pone en relación los salarios nominales con el costo de la vida en un determinado lugar. Así, en Gran Bretaña, los salarios nominales estuvieron estancados durante la primera mitad del siglo XIX, pero los reales subieron.

Los presupuestos familiares suelen coincidir en que los ingresos son menores que los gastos. Casi todos los datos hablan de la penuria o la tragedia que se abate sobre las familias obreras cuando la enfermedad o el paro reducen algún ingreso. No obstante, no hay que pensar que su economía fuera siempre deficitaria, pues las familias tenían ingresos añadidos o podían restringir gastos milagrosamente. Incluso en las ciudades es bastante frecuente que la familia tenga un minihuerto, u otros sueldos que escapan a cualquier estadística. La forma más común de reducir gastos era estar subalimentado. En Inglaterra, hacia 1850, un trabajador industrial no consumía más de 2.200 calorías, y un trabajador agrícola, poco más de 2.700 (hoy, para un trabajo de actividad moderada, se prescriben entre 2.800 y 3.000 calorías).

Como consumidor, el trabajador tuvo que enfrentarse a situaciones diversas, negativas en general. Una de ellas fue el cambio de hábitos alimenticios, debido tanto a su incapacidad económica como a variaciones en la disponibilidad de los mercados. Productos como la patata pasaron a ocupar el puesto del pan cuando éste escaseaba y, en situaciones de crisis incluso las patatas eran sustituidas por los nabos. El consumo de productos como la carne era indicador de calidad de vida, y lo mismo puede decirse de otros como el té, la cerveza o el vino. El pan siguió siendo, sin cambios, la base alimenticia con la que cubrir otras carencias.

A veces, más que de cambios en los hábitos de consumo hay que hablar de cambios en la calidad de los productos. Las economías obreras debieron lidiar con el problema de la adulteración deliberada y, a menudo, peligrosa de los alimentos. Las posibilidades de adulteración eran muchas. Los productos se coloreaban: el coñac con tinte de madera, el pan con alumbre. Otros se “engordaban”: el azúcar con polvo de arroz o de jabón, el cacao con tierra molida, el vino de Oporto con alcohol y tinte (Inglaterra consumía así más Oporto que el producido en Portugal). Quien pagaba estas falsificaciones era el pueblo, pues las clases pudientes podían elegir los mercados de compra y esquivar en lo posible las adulteraciones.

Los impuestos sobre el consumo de productos de primera necesidad jugaron un papel importante en las economías obreras. Dado que los sectores populares estaban marginados del poder, poco pudieron hacer para que las cargas no recayeran en tales productos. De ahí que los productos de lujo pagasen menos impuestos en proporción que los de consumo básico. La imposición indirecta reforzó la posición de las economías saneadas, cuya riqueza escapaba en gran medida a las cargas fiscales. La oposición a los “consumos” constituyó en varios países un motivo central en los motines que tuvieron lugar hasta muy entrado el siglo XX.

El control sobre el trabajador, lejos de limitarse al espacio ­de la fábrica, se ampliaba al ámbito de la compra. La cantina o el truck system, típicos de esa época, supusieron para el obrero una continuación de su de­pendencia respecto del empleador, mediante el pago del trabajo en especie: va­les que se canjeaban por productos o servicios (vi­vienda) controlados por los dueños de la empre­sa o, en la mayoría de los casos, por capataces de la misma. En sectores como las minas, el procedimiento llegó a ser tan usual que los mineros, en lugar de preguntar si había trabajo, preguntaban al capataz si les podía proporcionar una cama.

Otro carácter tuvieron las cooperativas de consumo, creadas por algunas empresas para beneficio de sus trabajadores, que accedían así a la compra de productos a menor precio­. La intención del empresario, aunque contradictoria, repercutió favorablemente en los obreros. Por un lado, el paternalismo empresarial trataba de velar por el bien de “sus” obreros. En ese sentido, también se levantaron viviendas obreras, se crearon sociedades de socorros con soporte empresarial, etc, sin perder en ningún caso una intención paralela de control de los obreros. Por otro lado, en economías relativamente cerradas, una compra a precios más bajos hacía que los obreros planteasen menos demandas salariales. Los economatos resultaban, por tanto, un beneficio para el empresario ya que su costo podía verse debidamente compensado al tener una plantilla que planteaba menos reivindicaciones económicas.

La condición obrera se caracterizaba por la inestabilidad. La enfermedad, la incapacidad prolongada, el accidente, el paro forzoso (estacional o sectorial), la huelga, la vejez o la muerte, eran contingencias a las que debía de enfrentarse sin ningún respaldo. La sociedad tradicional ­desarrolló mecanismos de protección que iban desde la ayuda de la familia extensa hasta la solidari­dad gremial o de vecindad, pasando por formas de caridad­. Sin idealizar ese mundo anterior, la libertad de movimientos que trajo la nueva sociedad aparejó una individualización creciente, una ruptu­ra de los vínculos sociales y familiares tradicionales y, en definitiva, la caracterización de un sujeto a la vez tan libre como desprotegido.

No es de extrañar, entonces, que desde muy pronto los trabajadores ideasen fórmulas con las que dotarse de cierto amparo ante la desgracia. A ello respondió el fenómeno asociativo obrero más extendido en los inicios de la industrialización: el mutualismo. En 1870, mientras los potentes sindicatos (trade unions) británicos contaban con 500.000 afiliados, los miembros de sociedades de socorro mutuo llegaban a cuatro millones. Con estas “mutuas” el socio (obrero asalariado, artesano o incluso pequeño propietario) aseguraba su futuro pagando una cuota que, en caso de infortunio, daba lugar al disfrute de un subsidio.

En ese mundo, la taberna es una institución singular. A pesar de la mala prensa que tenía, a la taberna o “salón del obrero” acudían éstos para descansar, charlar, evadirse de la realidad o tomar contac­to con ella mediante el debate o la conspiración política y social, generar y reproducir referentes culturales (canciones, estereotipos, etc), etc. La taberna no sólo era el lugar donde se bebía o se jugaba. El tabernero podía servir de prestamista, de contratista de empleo, de amigo e, incluso, de cómplice político (no era extraño que dirigentes expulsados de las fábricas abrieran tabernas obreras). En la taberna se celebraba casi todo: los ritos de paso, el cobro de la paga, las alegrías y las penas, las reuniones políticas.

La taberna, vedada a las mujeres, no fue el único escenario del ocio obrero, aunque sí el más habitual. También se desarrollaron, por ejemplo, las salas de billar. Pero el espacio alternativo fue el casino, centro, club, ateneo, casa del pueblo o como se llamase en cada país la entidad asociativa, más o menos formal, que permitió a los obreros pasar menos horas en la taberna. Centros vinculados a actividades o identificaciones políticas, sindicales, sociales, a aficiones o instrucciones que en muchos casos acababan por desdibujarse en su intención original para quedar simplemente como cómodos espacios de sociabilidad en los que se charlaba, jugaba, discutía, cantaba y, aún todavía, también se bebía.

El mayor conflicto en cuanto al ocio fue el que enfrentó a los partidarios de un “ocio racional” con los de la diversión tradicional. Para los primeros, la tradición festiva venía marcada por aspectos negativos como la brutalidad, el caos, el alboroto, la desobedien­cia a los cánones del orden social y el desprecio por la frontera que separaba el tiempo de trabajo del de descanso. El “ocio racionalizado”, por el contrario, suponía abrir espacios y actividades dedicadas a la observación (excursiones), la lectura (los gabinetes) o el debate instructivo. En ese sentido, el afán por lograr una respetabilidad unió en sus objetivos a la moral burguesa y a la moral del proletariado militante. Para los primeros, acabar con la desordenada tradición festiva era una contribución más a la domesticación de los comportamientos obreros, como el que éstos acataran la disciplina industrial. Para los militantes obreristas, el salvajismo de la fiesta tradicional era tan degradante como el alcoholismo.

2. Las clases trabajadoras: diversidad y conciencia de clase.

A. El crecimiento de las clases trabajadoras.

a. Su relación con el desarrollo industrial y capitalista.

Conforme la ola industrializadora se extendía por Occidente, el proletariado era la clase cuyos efectivos se incrementaban de forma más visible, cuya presencia se hacía cada vez más evidente y cuya conciencia de clase parecía amenazar de forma más directa el sistema social, económico y político de las sociedades modernas.

El número de los que se ganaban la vida mediante el trabajo manual asalariado crecía en todos los países afectados por el capitalismo, desde los ranchos de la Patagonia y las minas de nitrato de Chile hasta las heladas minas de oro del noreste de Siberia. Se les veía en las ciudades, que requerían obras de construcción o servicios (agua, alcantarillado, gas, etc.), y allí por donde se extendía la red de puertos, ferrocarriles y telégrafos que mantenía unido el planeta. Las minas también se hallaban en lugares remotos: en 1914 se explotaban, por ejemplo, pozos de petróleo en América del Norte y Central, el Este de Europa, el sureste de Asia y el Oriente Medio. Incluso en países agrícolas los mercados urbanos se abastecían de alimentos y productos texti­les manufacturados en algún taller por una mano de obra barata. Donde el número de trabajadores asalariados se multiplicó más espectacularmente, formando una clase obrera específica, fue en los países que se habían industrializado: Europa, América del Norte, Japón y algunas zonas de ultramar de masiva colonización blanca.

b. La procedencia campesina y artesanal.

Sus filas se engrosaron a partir, sobre todo, de las dos grandes reservas de mano de obra preindustrial, el artesanado y el campo, que aún ocupaban a la mayoría de la población. Los hombres huían del campo porque la agricultura daba pocas oportunidades de trabajo. Por un lado, las modernas explotaciones agrícolas requerían menos mano de obra que antes, si bien empleaban mano de obra migratoria estacional, a menudo procedente de lugares lejanos (polacos en Alemania, italianos en Argentina, mejicanos en EEUU), y de la que, al terminar la estación, los empresarios se desentendían. El progreso agrícola implicaba disminución de mano de obra. Por otro, la agricultura tradi­cional de las regiones atrasadas no podía seguir dando tierra a toda la población campesina. La mayoría tuvo que emigrar, aunque no querían terminar su vida como jornaleros, sino “hacer las Américas”: ganar lo suficiente para comprar alguna propiedad y conseguir el respeto de sus vecinos como hombres ricos (“indiano”) en su pueblo de origen. Sólo una minoría regresó, la mayoría tuvo que quedarse engrosando las cuadrillas de la construcción, las minas, las acerías y otras actividades que requerían un trabajo duro y poco más (mientras sus hijas y esposas trabajaban en el servicio doméstico).

El desarrollo de la producción con máquinas y en fábricas dificultó la situación de los artesanos, que seguían elaborando en las ciudades la mayoría de los bienes de consumo familiar (vestido, calzado, muebles, etc.) con métodos artesanales (desde los del orgulloso maestro hasta los de las costure­ras de los áticos). Aunque su número absoluto no sufrió una caída nota­ble, sí cayó respecto al total de los trabajadores. La manufactura preindustrial constituía, pues, una reserva pequeña pero no desdeñable, para reclutar nuevos proletarios.

En los sectores en los que la industria todavía crecía combinando la destreza manual con la tecnología del vapor o no había cambiado básicamente sus métodos, como la construcción, la demanda se centraba en los viejos artesanos especializados u otros artesanos que se adaptaban a las nuevas industrias de fabricación de maquinaria, como herreros o cerrajeros. Estos artesanos especializa­dos constituyeron muchas veces el núcleo más activo, culto y seguro de sí de la nueva clase proletaria: el líder del partido socialdemócrata alemán fue un ebanista (August Bebel) y el del PSOE un tipógrafo (Pablo Iglesias).

c. El auge del trabajo no cualificado.

Al aumentar la producción de los sectores donde el trabajo no estaba mecanizado ni requería una destreza particular, se multiplicó el número de obreros no cualificados. Sirvan dos ejemplos: la construcción, que levantó la infraestructura de la industria y del transporte, así como las grandes ciudades, y la minería, que aportó la energía básica de la época (el vapor), empleaban cuentos de miles­ de obreros. En Alemania, la construcción pasó de 500.000 en 1875 a 1,7 millones en 1907: de un 10% al 16% de la población activa. En 1913, 1.250.000 hombres en el Reino Unido y 800.000 en Alemania extraían el carbón que hacía funcionar­ las economías de todo el mundo. Por otra parte, la mecanización, que sustituía la destreza ­manual y la experiencia por procesos o máquinas especializadas, con una mano de obra poco o nada cualificada, acogió de buen grado a trabajadores sin experiencia, baratos y desesperados, sobre todo en EEUU, donde los artesanos especializados no abundaban.

Las ciudades se convirtieron en centros industriales. Hacia 1900 aproximadamente 2/3 de la población activa en las ciudades de más de 100.000 habitantes trabajaba en la industria. La típica ciudad industrial (entre 50.000 y 300.000 habitantes) solía asociarse a una sola actividad o, a lo sumo, dos o tres relacionadas entre sí: textil en Roubaix (Fran­cia), Lodz (Polonia), Dundee (Escocia) o Lowell (EEUU), carbón, hierro y acero en Essen (Alemania) o Middlesbrough (Inglaterra), armamento y construcción naval en Jarrow y Barrow (Inglaterra), productos químicos en Ludwigshafen (Alemania) o Widnes (Inglaterra). En este sentido diferían de las megalópolis de varios millo­nes de habitantes: aunque algunas de ellas también eran centros industriales importantes (Berlín, San Petersburgo, Budapest), por lo general no ocupaban una posición central en el tejido industrial de su país.

B. La heterogeneidad del proletariado.

Casi todos los observadores de la realidad obrera estaban de acuerdo en que el “proleta­riado” no era ni mucho menos una masa homogénea, ni siquiera dentro de cada país. De hecho, se hablaba normalmente de “las clases trabajadoras”, en plural más que en singular.

a. Diferencias laborales y de nacionalidad, lengua o religión.

El proletariado de la fábrica industrial moderna era muy diferente de la mayoría de los obreros que trabajaban en pequeños talleres, casas rurales, habitaciones urbanas o al aire libre. Las industrias, oficios y demás ocupaciones, a menudo muy localizadas y con un horizonte geográfico muy restringido, no creían que su situación y sus problemas fueran los mismos. )Qué tenían en común, por ejemplo, los caldereros, un oficio masculino, y las tejedo­ras, mayoritariamente mujeres, o los trabajadores especializados de los astilleros, los estibadores, los obreros de la construcción y los de la confección en una ciudad portuaria cualquiera?

Esas divisiones eran también entre artesanos y obreros, entre trabajos “respetables” (que se respetaban a sí mismos y eran respetados) y los demás, entre la “aristocracia obrera”, el “lumpenproletariado” y los estratos intermedios, entre las diferentes categorías de oficios (el tipógrafo, por ejemplo, miraba por encima del hombro al albañil y éste al pintor de brocha gorda). Había también rivalidades entre grupos equivalentes, cada uno intentan­do controlar un tipo de trabajo: rivalida­des agudizadas por el desarrollo tecnológico que transforma­ba los viejos procesos, creaba otros nuevos, hacía perder importancia a viejas habilidades y disolvía la nítida definició­n tradiciona­l de las funciones que “en justicia” correspondían a cada cual­.

Las diferencias de nacionalidad, lengua y religión, que aparecían porque la industria reclutaba sus trabajadores en todos los rincones del país y del extranjero, también dividían a la clase obrera. De ahí que el internacionalismo socialista (los traba­jado­res, había dicho Marx, no tienen patria) atrajera al movimien­to obrero como ideal y como requisito indispensable,a menudo, para su actuación. Las llamadas al interna­cionalismo no fueron ineficaces, por lo general. Esas dife­rencias no imposi­bilitaron la formación de una concien­cia de clase unida, especialmen­te si los grupos “nacionales” de trabajado­res no competían entre sí, por tener ya cada uno su lugar en el mercado de trabajo­. Sólo plantearon dificul­tades cuando reflejaban­­ profundos conflictos de grupo que hacían desaparecer las líneas de clase, o diferencias que parecían incompatibles con la unidad de todos los obreros. Los trabajado­res checos, por ejemplo, er­an suspicaces ante los alemanes, no como trabajado­res, sino como miembros de una nación que trataba a los checos como inferio­res. Los trabajadores católicos del Ulster (Irlanda del Norte), por su parte, no podían sentirse atraí­dos por el llama­miento a la unidad de clase cuando veían cómo entre 1870 y 1914 eran excluidos cada vez más de los puestos cualificados en la indus­tria, virtual monopolio de los trabajadores protestantes.

b. La diversidad de la estructura industrial.

A estos factores que dificultaban la organización y la conciencia de clase de los obreros cabe añadir la estructura heterogénea de la propia industria tal como se desarrolló. En este punto el Reino Unido fue una excepción, pues existía ya un fuerte sentimiento no político de clase y una organización de la clase obrera; en todas las grandes industrias del país (algo­dón, minería, metalurgia, construcción de maquinaria y naval) había echado raíces un primer sindicalismo por oficios, capaz de transformar­se en un sindicalismo de masas; entre 1867 y 1875 los sindicatos británicos consiguieron un status legal y unos privilegios tan importantes que los empresa­rios, los gobiernos conservadores y los jueces no consiguieron reducirlos o abolirlos hasta la década de 1980 (con los gobiernos de Margaret Thatcher).

La situación era muy diferente en los otros países. En general, sólo exis­tían sindicatos eficaces en los talleres y en las empresas de tamaño pequeño y medio. La organización podía ser, en teoría, nacional, pero en la práctica se hallaba muy localizada y descentralizada. En las grandes fábricas los sindicatos tenían una presencia desdeñable. En Alemania la fuerza de la socialdemocracia y sus sindicatos no radicaba en las indus­trias pesadas de Renania y el Ruhr. En EEUU el sindicalismo fue práctica­mente eliminado de las grandes industrias en la década de 1890 y sobrevivió en la pequeña industria y en la construcción. Lo que predominaba era la movilización ocasional de obreros en huelgas intermitentes, aunque básicamente locales.

c. La importancia del sector minero y del transporte.

Hubo excepciones notables, como los mineros. Esas masas de hombres fornidos, que trabajaban en la oscuridad y vivían con sus familias a menudo en comunidades separadas, tan lúgubres y duras como sus pozos (véase, por ejemplo, Qué verde era mi valle, de J. Ford, Odio en las entrañas, de M. Ritt, o Germinal, de C. Berri), mostraron una fuerte tendencia a partici­par en la lucha colecti­va: incluso en Francia y EEUU los mineros forma­ron sindicatos poderosos, al menos de forma intermitente. Dado el elevado número de mineros y su marcada concentración regio­nal, su papel en el movimiento obrero podía ser de gran impor­tan­cia.

Otro sector fue el transporte. La sindicalización del ferrocarril, a menudo propie­dad del estado, se retrasó notablemente ya que a los empleados públicos no se les permitía sindicarse. Incluso los ferrocarriles privados resultaron difíciles de organizar; las compañías ferrovia­rias eran las mayores del país y su organización requería actuar a escala nacional: en la década de 1890, por ejemplo, la London and Northwestern tenía 65.000 trabajadores en una red de 7.000 Km. y 800 estaciones. En cuanto al transporte por mar, estaba muy localizado en los puertos y su entorno, sobre los que pivotaba toda la economía. Por ello, una huelga en los muelles tendía a convertirse en una huelga del transporte y podía desem­bocar en una huelga general. Las huelgas generales que se multiplicaron en los primeros años del siglo XX) fueron sobre todo huelgas portuarias: Trieste, Marsella, Génova, Barcelona, Amsterdam.

El transporte ferroviario y el marítimo eran cruciales para las economías naciona­les, que podían paralizarse si se interrumpían esos servi­cios. Los gobiernos fueron conscientes de ese potencial estran­gulamiento y tomaron contramedidas: el gobierno francés, por ejemplo, decidió romper una huelga general ferroviaria en 1910 militarizando a 150.000 trabajadores. Los empresarios privados también comprendían el papel estratégico del transporte: la ofensiva patronal contra la oleada de sindicalización británica en 1889-90 comenzó con una batalla contra los ferroviarios escoceses y contra la sindicalización de los grandes puertos marítimos. Por su parte, la ofensiva obrera planeada en vísperas de la 1ª G.M. basaba su fuerza estratégica en la «triple alianza» de los mineros del carbón, los ferroviarios y los portuarios. El trans­porte era considerado como un elemento fundamental en la lucha de clases.

C. Elementos de cohesión de la clase obrera.

En definitiva, las clases trabajadoras no eran homogéneas ni fáciles de unir en un solo grupo social coherente. Ahora bien, lo cierto es que fueron unificadas. ¿Cómo fue posible?

a. La organización y la transmisión ideológica.

Un arma poderosa fue la ideología transmitida por grupos organizados. Socialistas y anarquistas llevaron su evangelio a unas masas olvidadas hasta entonces por casi todas las instituciones, excepto sus explotadores y quienes les decían que permanecieran calladas y obedientes (la escuela y las iglesias). Los socialistas fueron los primeros en acercárseles y, en condiciones favorables, lograron imprimir en grupos variados de obreros (desde cualificados o vanguardias militantes hasta comunida­des enteras de mineros o de trabajadores del exterior) una identidad unitaria, la de “proletario”. Agitadores y propagandistas llevaron ese mensaje de unidad de todos los trabajadores a los puntos más remotos de cada país.

También llevaron consigo una organización, esa acción colectiva estructurada sin la cual la clase obrera no podía existir como tal. Consiguieron así unos portavoces que supieron articular los sentimientos y esperanzas de unas gentes que no podían expresarse por sí solas. La vieja sabiduría (proverbios, canciones) que formulaba la “visión del mundo” de los obreros preindustriales ya no servía: eran una nueva realidad social, que exigía una nueva reflexión. Ésta empezó cuando comprendieron el mensaje de sus nuevos portavoces: “sois una clase y debéis mostrar que lo sois”. Los militantes de los nuevos movimientos unieron así a los que estaban dispuestos a reconocer esa verdad por encima de las diferencias que había entre ellos.

b. El aislamiento social de los trabajadores.

La gente estaba dispuesta a reconocer esa verdad porque cada vez era mayor el abismo que separaba a los obreros de los demás, porque el mundo de la clase obrera estaba cada vez más aislado y porque el conflicto entre quienes pagaban los salarios y quienes vivían de ellos era una realidad que se imponía cada vez más en la vida cotidiana.

Esto ocurría en las ciudades que la indus­tria hizo surgir como hongos en la segunda mitad del siglo XIX, como Bochum (4.200 habitantes en 1842, 120.000 en 1907, de los que 78% eran trabajadores) o Middlesbrough (6.000 en 1841, 105.000 en 1911). Los obreros de esas ciudades apenas veían a los miembros de las clases que, de alguna manera, les mandaban (el empresa­rio, el gerente, el funcio­nario, el maestro, el cura), excepto a los pequeños artesanos (sombrere­ro, peletero, costurera, lavandera, etc), tenderos (panadero, carnicero, cervece­ro) y taberneros que proveían sus modestas necesidades y que, como dependían de su clientela, se adaptaban al ambiente proletario (ya se ha señalado el papel de las tabernas).

Incluso en la gran ciudad, con servicios cada vez más variados ­y mayor diversidad social, la especialización funcional (reforzada por la planificación urbana) separaba a las diferentes clases, excepto en lugares neutrales como estaciones de ferrocarril, parques y lugares de esparcimiento. La nueva segregación social hizo decaer el viejo “barrio popular” céntrico, a la vez que ­predominaban los nuevos y grises barrios obreros, alejados del centro, y aparecían también barrios diferenciados de las clases media y media baja.

Todos los obreros tenían buenas razones para convencerse de la injusticia del orden social, pero lo que condicionaba su experiencia vital era su relación con los empresarios. El nuevo movimiento obrero socialista surgió unido al descontento existente en los lugares de trabajo, se expresara o no a través de huelgas o de sindicatos organizados. La aparición de una sección socialista local dependió casi siempre de la existencia de un grupo de obreros con un papel destacado en la localidad y cuya movilización el partido desencadenaba o reflejaba.

Tradicionalmente, trabajadores y productores (obreros, artesanos, tenderos, burgueses) habían formado un frente común contra el “privilegio” y los ociosos, es decir, los que creían en el progreso contra la “reacción”. Pero esa alianza, base de la fuerza inicial del liberalismo se rompió porque con la democratización salió a la luz la divergencia de intereses entre sus miembros y porque se hizo cada vez más evidente que la clase empresarial, caracterizada por un tamaño y una concentración crecientes (la “gran” industria, la “gran” patronal, etc.), se integró en el mundo de la riqueza, del poder estatal y del privi­legio, se unió a la “plutocracia”.

El obrero manual quedó también cada vez más aislado de los estratos superiores debido al crecimiento del sector terciario, que generó un grupo de personas que trabajaban sin ensuciarse las manos. Esta nueva clase media baja separaba a los obreros de la burguesía, aunque sólo fuera porque su modesta situación económica (no mucho mejor que la de los obreros mejor pagados) les llevaba a hacer hincapié precisamente en lo que les separaba del obrero manual y en lo que creían que tenían en común con sus superiores en la escala social.

c. La economía “nacional” y el creciente papel del Estado.

Si la evolución económica y social favoreció la formación de una conciencia de clase de los trabajadores manuales, un tercer factor prácticamente les obligó a unirse: la economía “nacional” y la nación-Estado, cada vez más interconectadas. La nación-Estado no sólo estable­cía el marco de vida de los ciudadanos y determinaba los límites geográficos de las luchas de los trabajadores, sino que sus decisiones políticas, legales y administrativas afectaban cada vez más a la clase obrera. La economía funcionaba como un sistema cada vez más integrado: un sindicato ya no podía seguir funcionando como una suma de unidades locales débilmente vinculadas entre sí y preocupadas casi sólo por las condiciones locales, sino que se vio obligado a adoptar una perspectiva nacio­nal, al menos dentro de su sector industrial. La “industria” ya no es sólo una categoría teórica para estadísticos y economistas, sino también un concepto estratégico de alcance nacional, el marco económico de la lucha sindical. En Gran Bretaña los primeros conflictos organizados a escala nacional se produjeron en la década de 1890 y las primeras huelgas nacionales del trans­porte y el carbón en la de 1900. En conexión con ello, la nego­ciación de convenios colectivos nacionales, descono­cidos antes de 1889, se había convertido ya en una práctica habitual en la industria en 1910.

La democratización del Estado también impulsó la unidad de la clase obrera. La lucha por ampliar los derechos ciudadanos adquirió una dimensión clasista, pues la cuestión clave era el derecho de voto del ciudadano sin propiedades. La exigencia de ser propietario excluía a muchos obreros. Los partidos obreros, donde aún no se había generalizado el derecho de voto, se convirtieron en los grandes adalides del sufra­gio univer­sal, organizando para lograrlo huelgas genera­les (Bélgica en 1893 -véase Daens, de S. Coninx- y dos veces más en años posteriores, Suecia en 1902, Finlandia en 1905), lo que mostraba, a la vez que ­reforzaba, el poder de movili­zación de las masas obreras. Y la actividad electoral, en la que participa­ron decidi­damente los partidos socialistas (para escándalo de los anar­quistas, que conside­raban que eso apartaba al movimien­to de la revolución), necesariamente tenía que servir para dar a la clase obrera una dimensión nacional unitaria, por dividida que estuviera en otros aspectos.

El Estado también contribuyó a unir a la clase obrera, pues cada vez más los grupos sociales tenían que tratar de conseguir sus objetivos políticos presionando sobre el gobierno nacional, en favor o en contra de la legislación y administración de las leyes nacionales. Ninguna otra clase necesita­ba de forma más continua la acción positiva del Estado en asuntos económicos y sociales para compensar las deficiencias de su aislada acción colectiva, y cuanto más numeroso era el proletariado nacional más sensibles (no sin reticencia) se mostraban los políticos a las exigencias de un cuerpo de votantes tan amplio y peligroso.

La agitación exigiendo que la jornada de ocho horas se fijara por ley (y no por convenios) originó la que quizá es la institución más emotiva y movilizadora del­ internacionalismo obrero: las manifestaciones del Primero de Mayo, iniciadas en 1890. Pero, al mismo tiempo, la fuerza de la unificación­ de la clase obrera en el marco nacional reemplazó inevitablemente las esperan­zas y la profesión teórica del internaciona­lismo, con la excepción de una digna minoría de militantes. Como demostró el comporta­miento de la clase obrera en agosto de 1914 en la mayoría de los países, el marco efectivo de su conciencia de clase era, salvo en breves intervalos revoluciona­rios, el Estado y la nación definidos políticamente.

3. Movimiento obrero y partidos socialistas.

A. El movimiento obrero antes de 1848.

Desde mediados del siglo XVIII, las profundas transformaciones económicas y sociales que sufrían varios países de Europa occidental, como Gran Bretaña y Francia, estaban originado, con notables desfases cronológicos, nuevos tipos de conflicto social.

Durante casi un siglo, los conflictos sociales que se produjeron, tanto en el campo como en la ciudad, siguieron las mismas pautas del período anterior: motines de subsistencia (las “revueltas del hambre”) e insurrecciones violentas fueron frecuentes hasta la década de 1840. Paralelamente, aparecía un nuevo fenómeno que en el futuro alcanzaría un importante desarrollo: la reivindicación laboral y la huelga obrera. Los nuevos tipos de conflicto se fueron integrando con las viejas tradiciones de lucha popular. La revolución francesa y el radicalismo inglés de finales del siglo XVIII jugaron un importante papel en esta transición. Según G. Rude, ambos fenómenos introdujeron en las luchas populares un contenido político que influyeron en la gestación del nuevo movimiento obrero, a partir de la década de 1830.

Hasta entonces hubo una simbiosis entre las luchas de los obreros industriales y el movimiento radical que surgió en toda Europa como consecuencia, en parte, de la revolución francesa. Fueron los años de auge de las sociedades patrióticas, basadas en juramentos y rituales secretos; de las peticiones al Parlamento; de una esperanza de democratización. En ese marco histórico emergía la nueva cultura obrera, cada vez más madura y con más ansias de independencia. Fueron los años de aparición de las primeras formas de organización obrera y de lucha industrial -huelgas, sabotajes, destrucción de maquinaria- y en los que se prefiguraban unas corrientes ideológicas -el socialismo utópico- alternativas al liberalismo burgués y al nuevo modelo de sociedad que imponía el capitalismo.

El avance de la industrialización y la transformación de la sociedad a raíz de las revoluciones liberales provocaron una toma de conciencia sobre los efectos más visibles de estos cambios: injusticia social y, sobre todo, pobreza, lo que dio lugar a una tradición de estudio del pauperismo y sus causas. Las primeras manifestaciones de esta atención social ya estaban presentes entre los revolucionarios franceses, en diversas sociedades inglesas y en los primeros defensores de la igualdad social, como Babeuf en la Revolución Francesa. Pero estas doctrinas sociales no comienzan a ser sistematizadas hasta 1820 y 1830. La palabra empleada para designar esta denuncia de las injusticias provocadas por la sociedad industrial y por el avance del capitalismo fue la de “socialismo”, que comienza a ser usado en esta época para contraponerla al término “individualismo”.

Las primeras teorías socialistas llamaban la atención sobre los efectos del capitalismo más que sobre las causas que provocaban la situación de miseria. Sus propuestas se centraban en acciones filantrópicas o caritativas. Es la época de los socialistas utópicos. En general, éstos aceptan las novedades introducidas por la revolución industrial, e incluso aspiran a convertirse en los dirigentes de la nueva sociedad industrial. Un ejemplo es el noble francés Saint-Simon, cuyos discípulos fundan el monasterio de Ménilmontant, donde cada miembro trabajaba según su capacidad, pero donde además se pretendía formar a los nuevos directivos de la industria. La fundación de comu­nidades agrícolas autosuficientes, como el “falansterio” de Charles Fourier fue una de las doctrinas más utópicas, vinculada al deseo de recuperar una Arcadia rural, espacio de igualdad y de libertad. Por su parte, el inglés Robert Owen creó una ciu­dad denominada “Nueva Armonía”. Estas propuestas tenían en común la preocupación por la igualdad social, aspiración que podría alcanzarse mediante un nuevo reparto de los frutos del trabajo, realizado en forma colectiva. Aunque fueron, en general, experiencias que no tuvieron continui­dad, ponen de relieve que estaba naciendo una poderosa corriente ideológica que buscaba alternativas al nacimiento de la sociedad ca­pitalista.

En Inglaterra, durante las décadas de 1810 y 1830 tienen lugar dos movimientos sociales conocidos por el nombre de sus dos supuestos líderes: Ludd y Swing. Los luditas, seguidores de un tejedor lla­mado Ludd, eran trabajadores textiles que lograron destruir entre 1811 y 1816 muchos te­lares mecánicos en el centro de Inglaterra. En 1830, los seguidores del “capitán” Swing lograron destruir una gran cantidad de trilladoras recién introducidas en la agricultura inglesa. Ambas manifestaciones se sitúan entre la revuelta rural de tradición medieval y la acción colectiva de la sociedad indus­trial. Los luditas enviaban cartas con amenazas a los patronos y dirigían peticiones al Parlamento, lo que Hobsbawm ha definido como una suerte de “negociación colectiva” a través del motín y la revuelta. Pero su acción no era una simple reacción contra la in­troducción de máquinas. Anhelaban una estabilidad que el avance del maquinismo ponía en peligro y reclamaban mejoras en sus condiciones laborales y salariales. Estas formas de lucha contra los efectos de las primeras fases del in­dustrialismo surgen también en otros lugares del continen­te. Algunas de estas revueltas, como la de los tejedores de Silesia en 1844, merecieron el apoyo de intelectuales (Los tejedores, de Heine).

El movimiento obrero era una organización de autodefensa, protesta y lucha. Y para el trabajador pobre era algo más: una forma de vida diferente, colectiva, combativa e idealista. La solidaridad inquebrantable era su única arma: no ser esquirol era la primera norma de su moral. El mito burgués de que las uniones las formaban toscos trabajadores instigados por agitadores sin escrúpulos era falso: eran los obreros más inteligentes y competentes los que más la defendían. Ejemplos de comunidades obreras se hallan en las viejas industrias domésticas, como los sederos de Lyon (los canuts que se rebelaron en 1831) o los tejedores de lino escoceses. Este proceso ­también se reflejó en la unión de los mineros de Durham y Northumber­land, en las numerosas sociedades de ayuda mutua en las zonas industriales, o en los miles de personas que participaban en las manifestaciones cartistas del Lancashire.

Esta experiencia de lucha por la emancipación obrera ter­mina con las revoluciones de 1848. En varias capitales europeas (París, Viena, Berlín) los obreros participaron activamente en la lucha revolucionaria. En Francia, el socialista Louis Blanc, miembro del gobierno revolucionario, consigue crear los Talle­res nacionales, institución que aspiraba a organizar el trabajo en for­ma de cooperativas gestionadas directamente por los obreros, aunque en su creación debería participar el Estado, si bien la experiencia duró sólo unos meses.

Viendo aquel período, hay una gran distancia entre el “fantasma del comunismo” que obsesionaba a los ricos y la fuerza real de los trabajadores. Su protesta era un “movimiento” más que una organización. Lo que unía incluso a su expresión más amplia, el cartismo (1838-48), era poco más que unas consignas tradicionales y radicales, unos pocos oradores, como Feargus O'Connor, y algún periódico. El intento más ambicioso, la unión general de 1834-35, fracasó lamentablemente. Lo que mantenía el movimiento era el hambre, la desgracia, el odio y la esperanza. Y lo que lo derrotó, tanto en la Inglaterra cartista como en las revoluciones de 1848, fue que los pobres, numerosos, hambrientos y desesperados, carecían de la organización y madurez necesarias para hacer de su rebelión algo más que un momentáneo peligro del orden social. A pesar de estos fracasos, el movimiento obrero salió consolidado. En Gran Bretaña, los obreros consiguieron arrancar del gobierno la concesión de diversas medidas, entre las que destaca la ley de 1847, que limitaba la jornada laboral a diez horas. Marx dijo que esta conquista había sido la primera gran victoria de los obreros sobre la burguesía.

B. En torno a la Asociación Internacional de Trabajadores (1864-1872).

A partir de 1860 el proletariado volvió a escena con una rapidez inesperada. Fue una mezcla de acción política y económica, de diversos radicalismos (desde el democrático hasta el anarquista), de luchas y alianzas de clases, y de concesiones gubernativas o empresariales. Pero, sobre todo, era internacional: surgió en varios países y fue inseparable de la solidaridad internacional. Cuajó en torno a la Asociación Internacional de Trabajadores o Primera Internacional. En Gran Bretaña surgió de una renovada inquietud por la reforma electoral, unida a campañas de solidaridad con Abraham Lincoln y el Norte en la guerra civil de EEUU (1861-65), con los derrotados polacos en 1863, con Garibaldi y la izquierda italiana en 1864.

La AIT se fundó en Londres y acogió a sindicalistas británicos de tendencia liberal-radical y revolucionarios continentales con opiniones cada vez más variadas e incompatibles. El papel decisivo le correspondió a Marx, redactor del manifiesto fundacional y de los estatutos, en los que se insistía en el carácter central que para la clase obrera tenía la conquista del poder político como medio para lograr su emancipa­ción económica y social. La AIT se organizó en federaciones naciona­les que actuaban como secciones en cada país y un consejo gene­ral, que pretendía coordinar la actividad de la AIT y era elegido en congresos anuales.

El marxismo contiene las posiciones ideológicas elaboradas por Marx y Engels y reco­gidas en obras de propaganda, como el Manifiesto comunista (1848), análisis profundos como El capital (desde 1867) o textos más breves como la Contribución a la crítica de la economía política (1859). De su amplia aportación teórica­ cabe destacar aquí dos puntos.

El primero es la con­cepción de la sociedad capitalista como un enfrentamiento entre clase burguesa y clase obrera, y de que, por tanto, ésta­ sólo podrá derrocar a aquélla mediante la conquista del poder político. Esta posición, cada vez más fortalecida en el seno del movimiento obre­ro, desembocará en la creación de partidos políticos obreros y en la defensa de una sociedad comunista futura, alternativa a la sociedad capitalis­ta burguesa.

El segundo es su crítica de la economía capitalista, lo que le permite identificar las causas de la miseria del proletariado. Éstas se hallan en la apropiación por el capi­talista de un “plus” producido por el trabajo del obrero. Es la plusvalía que los propietarios de los medios de producción logran de quienes sólo disponen de su fuerza de trabajo. De aquí deriva otra conclusión importante: la superación de la opresión de la clase obrera sólo puede lograrse mediante la supresión de la propiedad privada de los medios de producción y su conversión en propiedad colectiva. Para conseguir este objetivo será precisa una revolución social, previa al establecimiento de una sociedad sin clases, en la que se debe conquistar el poder político del Estado e implantar, temporalmente, una dic­tadura del proletariado.

Por su parte, el anarquismo tuvo entonces sus creadores políticos: Proudhon y Bakunin. Proudhon contribuyó con dos ideas: la confianza en pequeños grupos de productores que se apoyaran mutuamente (“mutualismo”) frente a la deshumanización de las fábricas, y el odio a todo gobierno. Estas ideas interesaron mucho a los pequeños artesanos independien­tes, a los trabajadores especializados ­que resistían al auge del proletariado, a la población urbana de reciente origen rural, y a las regiones marginales de la industriali­zación.

Bakunin añadió una gran pasión revolucionaria, un gran entusiasmo por el potencial revolucionario de los marginados sociales y un sentido real del campesinado. Más que un pensador, fue un profeta, un agitador y un formidable organizador de conspiradores, creador de todo un movimiento anarquista. Hacia 1870 éste había establecido ya algunas bases en Francia y la Suiza francesa, algunos núcleos de influencia en Italia y, sobre todo, había hecho progresos notables en España, tanto en Cataluña como en Andalucía. El anarquismo se basa menos en la organiza­ción del partido obrero y más en la capacidad del individuo para lograr su libertad y una relación igualitaria con sus semejantes. Su recha­zo de la autoridad desemboca en la negación del Estado como forma política y en la abolición de la propiedad privada, considerada como un robo. Odia con ardor la religión y las Iglesias, y aclama la causa del progreso (incluidas la ciencia y la tecnología), de la razón y de la educación.

La evolución de la AIT estuvo llena de problemas, dado el enfrentamiento sobre la intervención en política, defendida por los seguidores de Marx y rechazada, primero, por los proudhonianos y, desde el Congreso de Basilea (1869), por los anarquistas de Bakunin.

Aunque la AIT no dio origen a partidos obreros importantes (la Asociación General de Trabajadores Alemanes, fundada por Lasalle en 1863, y el partido fundado por Liebknecht y Bebel en 1869, que se fusionarían en 1875 dando lugar al Partido Socialdemócrata Alemán, no estaban afiliados a ella), en varios países favoreció un masivo movimiento sindical. En 1868 las huelgas paralizaron Alemania y Francia, en 1869 Bélgica, poco después Austria-Hungría y San Petersburgo, llegando a España e Italia en 1871 (donde alcanzaron su apogeo en 1872-74); en Gran Bretaña la ola huelguística alcanzó su máximo en 1871-73. Surgieron nuevos sindicatos que se integraron en la AIT. Sus afiliados no eran muchos, pero representaron un gran poder de movilización y asustaron a los gobiernos, sobre todo en 1871, cuando el atractivo popular de la AIT coincidió con la Comuna de París.

A pesar del terror que inspiraba, la AIT no planeaba la revolución. Marx se contentaba con que en los países donde era legalmente posible, se organizaran movimientos obreros cuyo objetivo fuera el poder político, y emancipados tanto de la influencia del radicalismo liberal como de la ideología “antipolítica” (mutualismo, anarquismo, etc.). Tampoco creía que el capitalismo se hallara en peligro de derribo; confiaba simplemente en iniciar la organiza­ción de los ejércitos que librarían la larga batalla contra el bien atrincherado enemigo.

La Comuna de París fue más impresionante como símbolo que como realidad. Fue heroica y trágica, pero breve: un gobierno insurrecto de los trabajadores de una sola ciudad, que duró menos de dos meses. El pánico y la histeria rodearon su vida y su muerte, sobre todo en la prensa internacional, que la acusó de instalar el comunismo, expropiar a los ricos y compartir sus esposas, ­matar en masa, provocar el caos, la anarquía y todas las pesadillas de las clases respetables, todo ello maquinado por la AIT­. Los gobiernos, nerviosos, sintieron la necesidad de actuar conjuntamente contra tal amenaza al orden y a la civiliza­ción.

Los 36.000 “comuneros” detenidos eran una muestra del París obrero popular: 8% oficinistas, 7% funcionarios, 10% pequeños tenderos y similares, y el resto obreros de la construcción, del metal, peones, artesanos tradicionales (tipografía, artículos de lujo, muebles, ropas) y los siempre radicales zapateros. Su ideal era aún el de 1848: unidades de productores, manteniendo la pretensión de una intervención radical y sistemática del gobierno.

La Comuna fue un régimen acosado, fruto de la guerra y del sitio de París. El avance prusiano en 1870 había destrozado el imperio de Napoleón III. Los republicanos moderados abandonaron la guerra al entender que la única resistencia posible implicaba una movilización revolucionaria de las masas. En París, ciudad asediada y abandonada por el gobierno, el poder cayó en manos de los alcaldes de barrio y de la Guardia Nacional, en la práctica, de las clases populares y obreras. El intento de desarmar la Guardia Nacional tras la capitulación provocó la revolución, que adoptó la forma de la organización municipal de París: la Comuna. Ésta fue pronto sitiada por el gobierno nacional (instalado en Versalles), mientras que el victorioso ejército alemán no intervenía. Los dos meses de la Comuna fueron una guerra continua contra las fuerzas de Versalles: el 18 de marzo, apenas 15 días tras su proclamación, había perdido ya la iniciativa. El 21 de mayo el enemigo entraba en París y la semana final demostró la crueldad de la represión. Los de Versalles perdieron 1.100 personas, más unos 100 rehenes ejecutados por la Comuna. No se sabe cuántos comuneros murieron durante la lucha. Después los mataron a miles: los de Versalles dijeron 17.000, pero fueron quizá el doble. Más de 43.000 fueron hechos prisioneros, 10.000 fueron condenados: casi la mitad enviados a Nueva Caledonia y los demás, encarcelados. Era la venganza del pueblo respetable.

En la década de 1870 parecía fracasado el movimiento obrero. La clase obrera británica seguía a remolque de los liberales, incapaz siquiera de exigir una representa­ción parlamentaria significativa para su decisiva fuerza electoral. El movimiento francés yacía arruinado por la derrota de la Comuna. El gran brote de desórdenes obreros cesó en 1873-75. La AIT terminó su actividad en Europa en 1872, aunque pervivió en EEUU hasta 1876. En su disolución final intervienen varios factores. Además del fuerte enfrentamiento entre marxistas y bakuninistas, la derrota de la Comuna de París (1871) y, sobre todo, la represión que en casi todos los países europeos se desata sobre las organizaciones obreras acabaron por debilitar al movimiento. Como principal legado quedó la división entre anarquismo y socialismo. Habrá que esperar unos años para que surjan movimientos obreros de masas, socialistas, políticos, independientes y organizados, que formarán un frente común en la 2ª Internacional (1889).

C. Los partidos obreros y socialistas en torno a la Segunda Internacional.

Para los contemporáneos las masas obreras eran extensas, estaban creci­en­do y amenazaban el orden estable­cido: ¿qué ocurriría si se organizaban políticamente como clase? De hecho, donde la política liberal lo permitía, comenza­ron a aparecer y a crecer partidos de masas basados en la clase obrera, inspirados en una ideología socialista revoluciona­ria (todo socialismo era, por definición, revolucionario) y dirigidos por hombres que creían en ella.

En 1880 apenas había partidos de masas socialistas, excepto el SPD (Partido Social­demócrata alemán). En 1906 eran un hecho normal. Poco antes de 1914 tenían peso electoral en muchos países. Ciertamente eran minoritarios, aunque en Alemania y Escandinavia eran ya los más votados (25-40%). Tenían, además, muchos miembros: 276.000 el Partido Obrero belga en 1911, más de un millón el SPD. Y los sindicatos y cooperativas vinculados a ellos eran aún más masivos. Incluso donde los partidos obreros eran simples grupos de activistas ocasionales o militantes locales, había que tenerlos en cuenta en la política nacional. Así, el partido francés, con sólo 76.000 miembros en 1914, y desunidos, logró 103 diputados, gracias a sus 1.400.000 votos. El partido italiano, con 50.000 afiliados, obtuvo casi 1.000.000 votos.

Los partidos obreros veían crecer sus filas a un ritmo maravilloso o alarmante, según quien lo analizara. Sus líderes extrapolaban con optimismo las curvas de crecimiento: el proletariado se afiliaba a sus partidos y sólo era cuestión de tiempo superar la cifra mágica del 51% de los votos, lo que, en una democracia, supondría una inflexión decisivo. Como decía el himno socialista mundial: La Internacional será el género humano. Es lógico que el extraordinario desarrollo de los partidos obreros y socialistas provocara en sus seguidores un sentimiento de emoción y de esperan­za ante la inevitabilidad histórica de su triunfo. Nunca hasta entonces habían vivido una esperanza similar los trabajadores manuales.

El poder de estos partidos radicaba en la sencillez de sus planteamientos políticos. Eran los partidos de los obreros manuales asalariados y los represen­taban en sus luchas contra los capitalis­tas y sus Estados. Su meta era crear una nueva sociedad que liberaría a los obreros y a toda la humanidad. La doctrina marxista­, formulada como tal entre la muerte de Marx (1883) y finales de siglo, dominó estos parti­dos, porque la claridad de sus enunciados le prestó un gran poder de penetra­ción política. Bastaba saber que todos los obreros tenían que apoyar o integrarse en esos partidos, ya que la historia aseguraba su victoria futura.

La formación de las clases trabajadoras como grupos conscien­tes y organizados tuvo un primer gran avance en 1889, con el establecimiento de la 20 Internacional Socialista y ­la cele­bración del 11 de Mayo (1890), símbolo de la esperanza y la confianza de la clase obrera. El segundo avance se produjo entre la revolución rusa de 1905 y 1914. El progreso electoral de los partidos obreros se reforzó con la ampliación del derecho de voto­. Al mismo tiempo, diversas oleadas de agitación laboral produjeron un notable refuerzo del sindicalismo.

La formación de una conciencia de clase no consistió sólo en el desarrollo de partidos y sindicatos con los que los obreros se identificaban. Más a menudo surgió una identifi­cación de clase de carácter no político, la concien­cia de pertenecer a un mundo distinto, el de los traba­jadores, basado en una experiencia cotidiana peculiar, una forma y estilo de vida que se manifestaban en algunas­ actividades sociales compartidas (por ejemplo, el music-hall o el fútbol, identificado con el proleta­riado en Inglaterra desde la década de 1880) e incluso el uso de prendas específicas (la gorra de visera). Sin embar­go, sin la aparición del movimiento obrero y socialista, estas expresiones no habrían sido completas ni plenamente imagina­bles, pues fue gracias a él como las clases obreras se fusionaron en una única clase obrera.

La mayoría de los partidos obreros perseguían un cambio fundamental en la sociedad. Tal vez la razón principal por la que tantos partidos socialis­tas adoptaron el marxismo fue que Marx decía cosas que parecían plausibles y alentadoras: ninguna mejora previsible dentro del sistema cambiaría la “explotación” básica de los trabajadores; la naturaleza del desarrollo capitalista hacía problemática la sustitución de la sociedad establecida por otra nueva y mejor; y la clase trabajadora, organi­zada en partidos de clase, sería la constructora y beneficiaria de ese futuro glorioso. Marx dio a los trabajadores la seguridad, similar a la aportada antaño por la religión, de que la ciencia demostraba la inevitabilidad histórica de su triunfo final.

Tanto los ideólogos de estos partidos como sus adversarios daban por sentado que los partidos socialistas querían una revolución social. Pero, ¿qué significa­ba exactamente la revolución social, aparte de que el paso del capita­lismo al socialismo, de una sociedad basada en la propiedad y la empresa privada a otra basada en “la propiedad común de los medios de producción, distri­bución e intercambio”, revolucionaría la vida? En realidad, la naturaleza y el conteni­do exacto del futuro socialista apenas se discutió ni se aclaró.

Según la tradición izquierdista que se remon­taba a 1789, las revoluciones pretendían un cambio social radical mediante la toma súbita, violenta e insurreccio­nal del poder. Pero a finales del siglo XIX la idea de un colapso inminente del capitalismo parecía totalmente inverosímil. De ahí que figuras del ala derecha, como Eduard Bernstein, recomendaran centrarse en las reformas que la clase obrera pudiera arrancar de gobiernos y empresarios. Sólo una mínima izquierda radical (algo más numerosa a partir de 1905), formada por sindicalistas de raíz popular, disidentes intelectuales y anarquistas, criticaba a los partidos obreros de masas, a los que consideraban reformistas y burocratizados, y prefería apoyarse en la acción proletaria directa que culminaría en una huelga general revolucionaria.

Los movimientos obreros y socialistas nacidos en la Europa central y occi­dental se consideraban continuadores de esa tradición. Ahora bien, la revolución social estaba allí en rápido retroceso. En cierto sentido, ese retroceso se vio acelerado por el mismo surgimiento de parti­dos de clase masivos organizados y, sobre todo, disciplinados. Las manifes­tacio­nes y los mítines de masas cuidadosa­mente organizados y las campañas electo­rales sustituyeron, más que prepararon, la insurrección. Los dirigentes de los países desarrollados vieron la aparición de partidos “rojos” como algo preocupante, pero muy pocos creían que fuera a instalarse la guillotina en sus ciudades y, más bien, reconocían a esos partidos como una oposición radical dentro de un sistema que tenía cabida para la mejora y la conciliación.

Lo que hacía que los nuevos partidos siguieran siendo fieles, al menos en teoría, a la idea de la revolución social, no era la incapacidad del capitalismo para introducir mejoras en su situación, sino el hecho de que (como creía la mayoría de los obreros) cualquier mejora signifi­cativa se debía fundamentalmente a su actuación y organización como clase. Si se mostraban orgullosos y esperanzados era porque tenían fe en el movimiento. Sin duda, eso no era revolucionario en el sentido insurreccional. Pero en Europa meridional y oriental existía una amplia franja de pobreza y agitación en la que se veía la posibilidad de la revolución y en la que, al menos en parte, llegó a hacerse realidad. Era una zona que se extendía desde España, a través de amplias regiones de Italia y la península balcánica, hasta el imperio ruso.

Lograda una base de masas, los partidos socialistas no limitaron su atención a la clase obrera. Ello podía justificarse de varias formas: el cálculo electo­ral, algunas considera­ciones revolucionarias, incluso una teoría general (“la socialdemo­cracia es el partido del proletaria­do, pero también un partido de progreso social, que persigue el paso de toda la sociedad de la actual fase capitalista a una forma más eleva­da”). No era baladí tal plantea­mien­to, pues la clase obrera podía ser superada en votos, aislada e incluso reprimida por la unión de otras clases en casi todos los países. Al encontrar seguido­res en ámbitos alejados del proletaria­do, era fácil que los partidos socialistas se integra­ran, en circunstancias favorables, en gobiernos “burgue­ses”, como ocurrió después de 1918. Esto suponía abandonar la condi­ción de revolucionario o de oposición radical, algo no impensable, pero sí públicamente inadmisible antes de 1914­. El primer socialista que formó parte de un gobier­no, el francés Millerand en 1899 (con la excusa de la unión en defensa de la Repú­blica contra la amenaza de la reacción), fue solemnemente expulsado del movi­miento socialista nacional e inter­nacional. Hasta 1914 ningún político socia­lista serio fue tan imprudente como para cometer ese error.

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Hª Contemporánea Universal (hasta 1945) - Lectura 8

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