Civilización griega

Grecia. Atenas. Esparta. Estado ateniense. Políticas arcaicas. Cilón. Dracón. Reformas de Solón. Tiranía de Pisístrato. Democracia de Clístenes. Espartano. Constitución de Licurgo. Poesía de Tirteo. Sistema social de Lacedomonio

  • Enviado por: Lariosman
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TEMA VII. ATENAS Y ESPARTA (SIGLOS IX-VI a.C.)

  • LOS ORÍGENES DEL ESTADO ATENIENSE.

  • Como señala el profesor Finley, geográficamente la comarca del Ática, de unos 1600 kilómetros cuadrados en total, es típicamente griega, no tan fértil como la mejor, como Mesenia, pero con cantidad de extensas y buenas llanuras. Los montes Parnes y Citerón forman los límites naturales que la separan de Beocia, y el monte Cerata la limita con la Megáride.

    En palabras de la profesora Hidalgo de la Vega, los antiguos dividieron este territorio en tres zonas: la Diacria, zona montañosa y árida situada al norte; el Pedión, zona fértil y rica en arcilla formada por diversas llanuras de aluvión: la del Pedión, de la que toma el nombre la región, la llanura eleusina, la del Maratón, y la del Mesogeo; y, por último, la Paralia, zona costera meridional proyectada hacia la pesca y el comercio marítimo.

    Este territorio articulado fue sede de diversos núcleos de población, predispuestos a la formación de poderes locales y distintos: Salamina y Eleusis, centro religioso; la llanura del Maratón con su tetrápolis: Maratón, Enoe, Tricórito y Probalinto; en la llanura de Mesogeo se asentaban las comunidades de Palene, Peana y Fila. Sin embargo, la ciudad por excelencia era Atenas, situada en el golfo de Egina, entre colinas.

    Según el historiador Tucídides, el Ática primitiva estaba formada por varias comunidades dispersas y autónomas, poleis, con sus propios órganos de gobierno: pritaneos, bouleuterios y magistrados. Plutarco, por su parte, habla de demos y gene, es decir, de aldeas rurales y agrupamientos gentilicios. Para Teofrasto, antes de la unificación del Ática existían doce comunidades separadas.

    Basándonos en la tradición legendaria, estas comunidades fueron hechas por Cécrope, primer rey ateniense. Se conocen algunas de época histórica, como la tetrápolis de Maratón, Atenas y Eleusis, que se incorporaría muy tarde a la unificación. Es decir, eran comunidades autónomas que se fueron unificando alrededor de un núcleo urbano para formar una ciudad-estado.

    Este proceso comenzaría en “época de los reyes”, según la tradición, y terminaría con la constitución de la polis. A pesar de las variantes fue más o menos similar en todo el mundo griego y se convirtió para los griegos en algo natural, que se reproducía automáticamente, llegando a constituir la forma estatal perfecta.

    Según la profesora López Melero, lo ignoramos casi todo sobre el proceso que condujo a la unificación territorial del Ática. La tradición la atribuía al hijo del rey Egeo, Teseo, un héroe anterior a la guerra de Troya, presuponiendo que la Atenas arcaica era una continuación de un reino de la época micénica. Sin embargo, se considera modernamente que la leyenda que hace de Teseo el salvador de Atenas y el artífice de la primera constitución ateniense es una creación tardía, destinada a fomentar la conciencia de unidad ancestral entre los atenienses por referencia a una figura del marco de la epopeya. No parece casual que se presente a Teseo como amigo y compañero de Heracles en muchas de sus hazañas y que su leyenda tenga tantos paralelismos con la del héroe de quien pretendían descender los dorios.

    El carácter gradual del sinecismo (el nombre que recibe, en palabras del profesor Gómez Espelosín, el proceso de reunificación de las diferentes comunidades que componían el Ática bajo la dirección de Atenas) del Ática no sólo se deduce de la información del Catálogo de las Naves (canto II de la Ilíada), elemento considerado como reciente en la composición del primer poema homérico y, por lo tanto, sincronizable con el proceso de unificación, sino que cuenta también con otro tipo de evidencia. Un gran edificio de Eleusis, destruido a comienzos del siglo VII a.C. y sustituido un siglo después por una pequeña cámara con un altar, ha hecho pensar que la incorporación del área de Eleusis al territorio ateniense tuvo un carácter conflictivo y hubo de pasar por el derrocamiento de una familia reinante en esa área, cuyos descendientes se habrían tenido que contentar más tarde con la erección de un modesto santuario para sus cultos ancestrales.

    Por lo que respecta al sector oriental, cabe pensar que la integración de esa zona en el estado se produjo hacia la primera mitad del siglo VII a.C. Se considera que fue ésa la época en que tuvo lugar el sinecismo final con el resultado de la unificación total del Ática.

    Es importante también tener en cuenta que, en la medida en que la anexión de esos sectores no se hizo por vía de conquista sino de sinecismo, las aristocracias locales no fueron desplazadas sino integradas, de modo que la aristocracia ateniense resultante estaba en realidad dispersa por todo el territorio y mantenía bajo su control a los grupos de población local.

    Tucídides describe el hecho como una unificación política, con permanencia de los elementos implicados en sus moradas ancestrales. Sympoliteia, no synoikismós (término atribuido por el propio Tucídides a la unificación del Ática), según apunta Hignett, sería el vocablo adecuado para designar el tipo de unificación que experimentó el Ática.

  • SOCIEDAD E INSTITUCIONES POLÍTICAS.

  • Como apunta la profesora López Melero, la sociedad del estado ateniense estaba estructurada en una serie de organizaciones familiares, parafamiliares y suprafamiliares, que constituían una tupida red piramidal de vínculos y dependencias. Sin embargo, la estructura de esta sociedad en sus fases arcaica y primitiva están mal documentadas porque carecen casi por completo de fuentes contemporáneas.

    El primer problema que se plantea es el de la interpretación de una división de la sociedad, documentada por los autores antiguos, que no es propiamente la de las organizaciones de tipo familiar, pero que está necesariamente relacionada con ella.

    Plutarco, en sus Vidas Paralelas, dice que Teseo, al unificar el Ática, dividió a los ciudadanos en tres clases: Eupatridai, Geomoroi y Demiourgoi, concediendo a los primeros la posibilidad de ser elegidos como arcontes y la autoridad en las leyes y en el ámbito religioso. Añade asimismo que los Geomoroi sobresalían por su utilidad y los Demiourgoi en el número.

    No hay duda de que los Eupátridas constituyen un sector social prominente, que tuvo una pervivencia, aunque políticamente irrelevante, en la Atenas democrática. Pero se desconoce cuándo se consolidó y cuál era su entidad en el conjunto de la nobleza arcaica, aunque los historiadores modernos tienden a identificarlo con la misma. De acuerdo con las fuentes (Vidas Paralelas, Constitución de los Atenienses), la denominación de Eupátridas habría nacido en el momento de producirse la unificación del Ática para designar a aquellas familias que quedaban integradas en la aristocracia oficial del nuevo estado, a efectos del monopolio de los privilegios políticos, religiosos y judiciales. Se puede considerar que, en general, se trataba de las familias que a la sazón constituían las aristocracias locales de las distintas áreas del Ática, de modo que en realidad esta nobleza sería heredera de la anterior, aunque más poderosa y englobada en una denominación común.

    Sin embargo, como hoy día se tiene constancia de que la unificación del Ática fue más reciente de lo que creían los antiguos, algunos piensan que los Eupátridas constituían la aristocracia de la ciudad de Atenas y su área territorial dependiente antes de constituirse el estado ático. Al producirse la unificación, el sector aristocrático ateniense se habría ampliado, integrándose en él las familias más ricas de las otras zonas, y en ese conjunto los Eupátridas habrían permanecido como una superaristocracia, marcada por unos pocos privilegios religiosos y ceremoniales.

    Los otros dos órdenes son aún más difíciles de explicar. Geomoroi podría ser denominativo de los pequeños propietarios, los dueños de un kleros o hacienda familiar. La denominación correspondiente al tercer orden es un vocablo que en griego clásico corresponde a todo el que ejerce un oficio o profesión, por oposición al agricultor y al rentista, pero su valor primario es muy amplio e inconcreto: en la Atenas clásica los Demiourgoi constituyen el colectivo de los artesanos, pero demiourgos se denomina asimismo al primer magistrado de los estados dorios en general.

    Por otra parte, la tradición ateniense atribuye a la población antigua del Ática una división en cuatro tribus (phylaí), denominadas Geléontes, Hopletes, Argadéis y Aigikoréis. Aunque estas tribus se suelen denominar jónicas, parece probado que existieron en el Ática antes de la colonización jonia. Además, habría que mencionar que su estructura tribal se nos aparece como el resultado de un proceso aglutinante en el que puede haber elementos autóctonos, por lo que respecta al tránsito de la Época Micénica a la Edad Oscura, y no sólo puede sino que debe haber también elementos foráneos.

    Cada tribu estaba encabezada por un phylobasiléus (“rey de tribu”), que quedó integrado en las instituciones públicas, aunque sus funciones fueran ya muy restringidas.

    La inmediata división de la tribu es la phratría (según Andrewes, la fratría habría surgido en el siglo VIII a.C. con la finalidad de organizar los grupos de seguidores de la nobleza; sería, pues, una unidad de clientela aristocrática, que habría adoptado secundariamente un ancestro común y una serie de rasgos convencionales que la harían aparecer como genuina). Todos los ciudadanos atenienses eran miembros de una tribu y de una fratría, y ello con carácter hereditario. La ley de Dracón sobre el homicidio otorgaba a la fratría, representada por diez de sus miembros aristócratas, el derecho a perdonar al homicida involuntario en defecto de los parientes más próximos de la víctima; de donde parece deducirse que la fratría englobaba a aristócratas y a quienes no lo eran, y también que en una etapa anterior había tenido competencias judiciales.

    Al alcanzar la mayoría de edad los atenienses eran admitidos solemnemente como miembros de las fratrías de sus padres, mediante la prueba de la filiación; y, si se llegaba a cuestionar su derecho de inclusión en la lista del demo (unidad administrativa de carácter local) correspondiente, es decir, su derecho a la ciudadanía, podían resolver el caso a su favor presentando testigos de su admisión en la fratría.

    Anualmente las fratrías celebraban una gran fiesta, los Apatouria, dedicada a Zeus Phratrios, Atenea Phratria y Dioniso Melánaigis, durante la cual tenía lugar por votación la admisión de los hijos de sus miembros. Cada fratría tenía su propio lugar de culto, integrado por un santuario con un dominio agrícola explotable, sus propios estatutos, un sacerdote y una cabeza rectora, el phratríarchos. Hay razones para suponer también que sus miembros residían en una misma zona, aunque el cambio de residencia no conllevaba el cambio de fratría.

    De acuerdo con la Atthís o historia ateniense oficial, cada una de las cuatro tribus se dividía en tres fratrías (hoy se sabe, sin embargo, que su número debía ser bastante más elevado que doce) y, a su vez, cada fratría, en treinta gene integrados respectivamente por treinta miembros, lo que daría un número total de diez mil ochocientos ciudadanos.

    Según Meyer, los gene fueron originariamente asociaciones de familias, relacionadas o no entre sí, que habían consolidado sustanciosas propiedades fondiarias en la época de las migraciones y compartían una comunidad de intereses frente a los demás elementos sociales, llegados después o simplemente marginados. Su pretendida ascendencia divina los habría llevado a autodenominarse Eupatridai, y, a la caída de la monarquía, lograron asumir el monopolio de las funciones políticas y religiosas, que habría durado hasta las reformas de Solón. Las demás unidades familiares de las fratrías se habrían organizado, a su vez, en thíasoi, los derechos políticos de cuyos miembros habrían resultado homologados a los de los gennetai (“miembros de los gene”) por Solón o por Clístenes.

    Por último, en la Constitución de los Atenienses, Aristóteles establece que cada una de las cuatro tribus áticas estaba dividida en tres trittyes y doce naukrariai, y que al frente de estas últimas se encontraba la magistratura del náukraros, “establecida para las contribuciones y los gastos que eventualmente tengan lugar”. La función de las naukrariai parece haber sido la de preparar una flota para la guerra cuando las circunstancias lo requirieran, en una etapa en la que no existía con carácter permanente y oficial. En cuanto a la trittys, se ignora cuándo fue creada esta subdivisión tribal y a qué efectos.

    Por lo que respecta a las instituciones políticas, la primera constitución ateniense tenía nueve magistraturas principales de relevo anual, cuyos titulares recibían el nombre genérico de árchontes. Esa denominación, en singular, correspondía también al magistrado más importante de los nueve, que daba su nombre al año; el arconte epónimo o simplemente el arconte, tenía funciones judiciales y poderes ejecutivos dentro de la órbita civil. El arconte rey (basileus) administraba los cultos ancestrales de la ciudad que no estaban confiados a familias particulares y juzgaba los casos relacionados con ellos. El arconte polemarco (polémarchos) comandaba el ejército de ciudadanos, organizado por tribus, y tenía competencias judiciales en esa esfera. En fin, los seis arcontes tesmotetas (thesmothetai) eran magistrados específicamente judiciales, según sugiere su nombre.

    La tradición ática recordaba una lista de reyes de Atenas, que comenzaba con Cécrope I y englobaba dos dinastías. La primera de ellas puede considerarse como mítica, mientras que la segunda contenía ya personajes históricos, el primero de los cuales, Acasto, cuarto rey de esta dinastía, sería el hijo del ancestro epónimo de la familia de los Medóntidas (única familia real ateniense que tiene una consistencia histórica), Medón.

    Parece ser que en un momento dado los nobles consiguen crear una figura política, el arconte, que asumiría la parte más importante de los poderes del rey; en la medida en que esa institución no era hereditaria, sino electiva, y, además, coexistente con la real, se podía considerar ya como una magistratura. Se ha supuesto que desde un principio fuera anual, lo que garantizaría la rotación del poder entre las distintas familias de la elite política.

    Con posterioridad, se habría creado la magistratura de polemarco y, en un siguiente paso, se eliminó el carácter vitalicio de la institución real, homologándola a las otras dos magistraturas, en cuanto a duración y a forma de designación. Esta innovación habría acabado con el privilegio de los Medóntidas de monopolizar el poder real y habría desvirtuado por completo la realeza, al convertirla en una magistratura; el nombre de “rey”, conservado por ese magistrado, sería en adelante la única reliquia de la antigua realeza. De ese modo, la aristocracia lograba su objetivo de ejercer conjuntamente los poderes políticos supremos del estado.

    Por otra parte, Aristóteles, en su Constitución de los Atenienses, adscribe al estado aristocrático el Consejo del Areópago al oeste de la Acrópolis, indicando que estaba integrado por exarcontes y que la pertenencia al mismo era vitalicia.

    El primitivo consejo real probablemente era un Consejo de Ancianos, integrado por los miembros más viejos de los grupos familiares de mayor raigambre; una institución ancestral, cuyo poder había remitido ante la prepotencia de la realeza, que tenía como función el proporcionar asesoramiento al rey por iniciativa de éste, o el hacerle llegar humildemente las inquietudes de la comunidad. La creación de las magistraturas, que, por principio, implicaba una división del poder, requería de algún modo la existencia de un órgano soberano, capaz de coordinar las funciones diversificadas y de imponer su autoridad sobre quienes las desempeñaban.

    Como afirma la profesora Hidalgo de la Vega, jugaba un papel esencial en la vida política de Atenas con una autoridad indiscutible y con un voto decisivo en la elección de los arcontes.

    Por último, dentro de las instancias políticas, habría que analizar la Ekklesia, la asamblea de ciudadanos. Puede asegurarse que los atenienses tuvieron siempre una Ekklesia, es decir, una capacidad de constituirse en asamblea y que, al crearse la ciudad-estado, esa Ekklesia era una asamblea de ciudadanos. No obstante, no desempeñaba un papel relevante en la época arcaica y asistían a ella los que tenían tierras y pertenecían a una fratría. El intento de ampliar las fratrías fue un modo de encuadrar a un mayor número de personas de la comunidad.

  • CILÓN Y DRACÓN.

  • Como afirma la profesora Hidalgo de la Vega, el acontecimiento más antiguo que se conoce y que es una primera manifestación de la stasis en la ciudad de Atenas lo configura el intento de Cilón de establecer una tiranía hacia el 632 a.C. Según Tucídides, este personaje pertenecía a una poderosa familia aristocrática de la ciudad y fue vencedor en alguna prueba olímpica (y por tanto, Olimpiónico), con lo que tendría los elementos necesarios que le posibilitaron obtener los mecanismos de control. Para la profesora López Melero, el hecho de que Teágenes lo hubiera casado con su hija, es decir, que Cilón hubiera emparentado con un tirano y, además de Megara, estado rival del ateniense, no podría contribuir desde luego a reforzar su posición en el elenco político de Atenas sino más bien lo contrario, aunque sí resultaría favorable de cara a una iniciativa de tomar el poder por la fuerza. Los vecinos estados del Istmo ya habían conocido por entonces la sustitución de la aristocracia por la tiranía, de modo que no resulta extraño que se intentara llevar a cabo en Atenas.

    Así las cosas, atendiendo a las fuentes, con la colaboración de unos cuantos partidarios atenienses (que pertenecían a la aristocracia prepotente de la región y no a un sector local marginado) y con la ayuda militar proporcionada por su suegro, Cilón se apoderó de la Acrópolis. La reacción no se hizo esperar y todos “los de los campos” acudieron a oponerse al intento de instaurar una tiranía y a tomar parte en el asedio. Cilón huyó y sus partidarios se rindieron, buscando asilo junto al altar de Atenea. Sin embargo, la poderosa familia ateniense de los Alcmeónidas dio muerte a los “golpistas” (el asedio y la ejecución fueron dirigidos por el arconte epónimo, miembro de esta familia), una vez habían abandonado el lugar sagrado, cuyo asilo invocaran, bajo promesa pública de que respetarían sus vidas, por lo que sus ejecutores, en palabras del profesor Domínguez Monedero, incurrieron en sacrilegio. Este hecho fue utilizado por sus enemigos políticos como arma arrojadiza contra el genos para conseguir con éxito el destierro de sus miembros en sucesivas ocasiones. A pesar de ello, los Alcmeónidas consiguieron desempeñar un papel destacado en la historia ateniense de los dos siglos siguientes y tuvieron la suficiente influencia como para manipular el recuerdo de sus primeras actuaciones en la vida pública, a fin de rehabilitar su imagen ante las generaciones posteriores.

    La conjuración de Cilón aparece como un episodio de las rivalidades que se darían entre familias aristocráticas por conseguir el poder personal frente a la solidaridad entre ellas. Pero la ayuda que recibe Cilón de Teágenes (y que nos es conocida por Tucídides, ya que Herodoto no menciona el supuesto matrimonio de aquél con la hija del tirano de Megara) introduce a Cilón en el escenario exterior panhelénico, en donde se reproducían las prácticas heroicas de la aristocracia, por las que la hospitalidad entre familias podía llegar a ponerse por encima de los enfrentamientos bélicos. Sus métodos son los de la aristocracia, aunque para conseguir sus objetivos tuviera que apoyarse y controlar a grupos marginales.

    Sin embargo, al margen de estas cuestiones, el fracaso de la conjura expresa que el campesinado ático no sólo no apoyó sino que se opuso activamente a este intento ciloniano, relacionado posiblemente con los desarrollos que se producían en el ámbito urbano. El campesinado no fue capaz de percibir las ventajas que esta situación podría proporcionarle.

    Por otra parte, según nos cuenta el profesor Gómez Espelosín, hacia el 621-620 a.C. irrumpirá en escena el legislador Dracón, quien intentó poner término a la cadena de matanzas partidistas que siguió a la rendición de Cilón por medio de la promulgación de un código de leyes, escrito “más con sangre que con tinta”, según el testimonio de Plutarco.

    Según nos informa Aristóteles en su Constitución de los Atenienses, ya bastante tiempo antes de Dracón existían en Atenas seis tesmotetas cuya función parece haber sido transcribir y custodiar las sentencias emitidas por los jueces (thesmia), lo que indica ya una preocupación anterior por crear un embrión de jurisprudencia. Sin embargo, el affaire ciloniano debió de parecer lo suficientemente peligroso a los Eupátridas áticos como para encargar una verdadera recopilación legislativa. Lamentablemente, de toda la labor legislativa de Dracón lo único que se conoce con cierta seguridad son sus normas sobre homicidio, que no fueron abolidas por la legislación de Solón, si bien todos los tratadistas antiguos eran unánimes al considerar de una severidad desmesurada las leyes de Dracón, su ley de homicidio no parece serlo tanto y de hecho, en comparación con las normas consuetudinarias en vigor previamente, no lo serían; ciertamente, es de destacar en la misma el interés por convertir en competencia del estado todo lo relativo al castigo por homicidio, evitando en lo posible la práctica de la venganza por parte de los deudos de la víctima.

    Ha sido también considerablemente estudiado el método de publicación de la legislación de Dracón, en axones y kyrbeis, acerca de cuyo verdadero carácter ha habido infinidad de discusiones. Para Stroud los axones serían largos pivotes de madera, con cuatro lados planos, montados horizontalmente en un bastidor, mientras que los kyrbeis serían estelas de bronce o piedra, de tres o cuatro lados y con remate piramidal.

  • LAS REFORMAS DE SOLÓN.

  • Como señala el profesor Domínguez Monedero, a lo largo del siglo VI a.C. Atenas desarrolló un cuadro conflictivo marcado por el enfrentamiento entre una aristocracia compuesta por unas pocas familias, los Eupátridas, y el resto del pueblo. En lo político, la aristocracia monopolizaba el poder a través del colegio de los nueve arcontes, los magistrados principales, copados todos ellos por los Eupátridas, y del Areópago, el órgano decisorio principal, un consejo de ex-arcontes, pues todo arconte al terminar su año de mandato entraba a formar parte de él de manera vitalicia. En el plano económico y social, los Eupátridas se habían enriquecido progresivamente a costa de los pequeños campesinos que habían sido reducidos en buena parte a la condición de arrendatarios dependientes (eran los hectémoros, literalmente “los de la sexta parte”) o a la misma esclavitud. Frente a la aristocracia, los sectores más acomodados del pueblo reclamaban una apertura del régimen político, mientras que los más empobrecidos reivindicaban la mejora de su situación social y económica. Esta grave tensión llevó a la elección, en el 594, de Solón, un aristócrata, como arconte y mediador (diallaktes) con poderes para modificar las leyes.

    Según la profesora López Melero, sobre la vida de Solón, el gran legislador ateniense, sabían muchas cosas los antiguos. Plutarco dice que se le consideraba comúnmente como perteneciente a una familia que pretendía descender del rey Codro; Aristóteles lo incluye también entre los nobles, atribuyéndole ambos una fortuna mediana, lo que, trasladado a la época arcaica, puede significar que no se contaba entre los nobles ricos. Era, pues, un eupátrida, que, por razones económicas, o por afán de saber, a decir de Plutarco, se había dedicado desde su juventud al comercio marítimo (pertenecía a la familia aristocrática de los Medóntidas, que se dedicaba posiblemente a actividades comerciales). Además se destaca por su decisiva intervención en la reanudación, aparentemente exitosa, de la lucha de los atenienses contra los megareos por la posesión de Salamina y, según alguna tradición, por haber dirigido personalmente la guerra. Este hecho le permitiría gozar de un auditorio cada vez más amplio al que exponer sus ideas, centradas, sobre todo, en una crítica a la ambición desmedida de los “jefes del pueblo” causantes en su opinión de los males que aquejan a la ciudad. Aparece, asimismo, como el más ilustre de los Siete Sabios de Grecia y escribió numerosos poemas líricos, de los que se han conservado la famosa Elegía a las Musas y una serie de fragmentos que son de gran ayuda para comprender su personalidad y su obra política.

    Habiendo accedido al arcontado (gracias al apoyo tanto de los partidarios del mantenimiento del régimen aristocrático como de los más radicales propugnadores de un reparto general de tierras, de la abolición de las deudas y de la emancipación de las tierras y de sus cultivadores), Solón empieza a tomar medidas que solucionen radicalmente la situación de los hectémoros: por un lado, la llamada seisáchtheia o “descarga”, consistente en la abolición y cancelación de todas aquellas deudas que ligaban a los campesinos áticos a sus acreedores y la consiguiente liberalización de las tierras, simbolizada en el arrancamiento de los horoi o hitos que las señalizaban. Del mismo modo, prohibió que en lo sucesivo se realizaran préstamos con garantía sobre las personas lo que, definitivamente, acabó con la existencia de los hectémoros. Sin duda, todos estos individuos que se convirtieron en hombres libres, muchos de ellos con tierras propias que cultivar, terminarían constituyendo la espina dorsal del nuevo sistema social y político diseñado por Solón.

    Superado, posiblemente no sin traumas, el acuciante problema de las deudas, a su vez relacionado con el del status jurídico de los ciudadanos, Solón procede a una reestructuración general del marco político. De entre sus medidas en este terreno la más destacable es la referida al reparto, de acuerdo con sus bienes e ingresos, de la ciudadanía en cuatro grupos. La adscripción a uno u otro grupo se hacía, como se ha dicho, conforme al censo, evaluado en medimnos (medida aproximadamente equivalente a 51´80 litros) para los áridos (cereales) y en metretes (unos 39´39 litros) para los líquidos (vino, aceite).

    Tanto Aristóteles como Plutarco concuerdan en que el primero de los grupos sería el de los pentacosiomedimnos (los de quinientos medimnos), que englobaría a quienes reuniesen, a partir de sus propias tierras, quinientas medidas (metra) entre áridos y líquidos; el segundo estaría formado por los hippeis o caballeros, que eran los que obtenían unos beneficios de trescientas medidas, lo que implicaría la disponibilidad de tierras y recursos suficientes como para poder criar caballos; en el tercero se englobaba a los zeugitas (los que disponían de una yunta de bueyes), que debían producir doscientas medidas, y, por fin, los thetes, que retenían el viejo nombre que los peones y los braceros tenían, al menos, desde la época homérica y de cuyo grupo o telos formaba parte todo aquél que quedaba por debajo de los requisitos de los zeugitas.

    A partir de ahora un nuevo criterio, la fortuna, venía a sustituir al nacimiento y al parentesco aristocrático que hasta entonces había predominado en la vida política. Según fuera el nivel de ingresos de cada individuo así era su participación en el régimen político. A los pentacosiomedimnos y a los hippeis se les reserva el arcontado y el Areópago. Las tres primeras clases, excluyendo a los thetes, podían acceder al Consejo de los Cuatrocientos, cien por cada una de las cuatro tribus y cuya creación se atribuye a Solón. Finalmente, los thetes no participan de las magistraturas y sólo lo hacen de la Asamblea o ekklesia y de los tribunales. Además de esta vertiente política, está también la militar. En efecto, como indica la profesora Hidalgo de la Vega, esta división sirvió también de base para distribuir las obligaciones militares entre los ciudadanos. Los de la primera clase debían proporcionar todo tipo de suministros en tiempo de guerra, pero no se les conoce atribuciones específicas. Los de la segunda clase prestaban sus servicios en la caballería. Los de la tercera, zeugitas, formaban la infantería pesada, los hoplitas, y debían ir a la guerra con armamento completo costeado por ellos. Los thetes servían en la infantería ligera, gimnetes, y en la flota.

    En cuanto a los órganos políticos nos encontramos, en primer lugar, con el Areópago, el cual siguió conservando su carácter de tribunal supremo en los asuntos criminales más importantes, y ejercía un control general sobre los demás órganos de gobierno; pero se modificaría su acceso, ya que podían entrar ciudadanos no Eupátridas. Las funciones administrativas pasaron a la Ekklesia y a la Boulé.

    La Boulé o consejo fue un órgano político establecido por Solón. Estaba formado por cuatrocientos miembros, en representación de cada una de las viejas tribus jónicas. Este consejo estaba integrado por los miembros de la ciudadanía activa, los hoplitas o zeugitas. Sus funciones eran independientes del arcontado o el Areópago. Preparaba los asuntos que debían tratarse en la Ekklesia, frenando así sus pretensiones excesivas; y restaba poder al Areópago.

    La Heliaia, cuya creación también se pone en relación con Solón, era un tribunal popular abierto a la plena participación ciudadana, igual que la ekklesia. Las funciones que tenían eran de carácter legislativo y judicial respectivamente. Ambos órganos cobraron en este período un fuerte impulso, que tendrá su mayor trascendencia posteriormente como instrumento político del demos.

    En cuanto a la política legislativa de Solón, por medio de sus reformas la ciudad de Atenas va avanzando en la creación de un cuerpo cívico bien estructurado. Esta estructura necesita de un marco jurídico que regulara las actividades ciudadanas. Además era necesario elaborar nuevas leyes para garantizar el ideal defendido por Solón de la eunomia o el buen gobierno, el cual lo deja todo en buen orden y equilibrio, alisa las asperezas y los conflictos y todos los asuntos humanos. Su sentido de la eunomia estaba sustentado en el respeto a la ley, nomos, y en la ideología de la medida, el ton meson.

    Sin entrar con detalle en todas las normas que, con cierto grado de seguridad, pueden adscribirse a Solón, sí puede decirse que abordaban problemas de casi todo tipo: delitos y faltas y sus castigos; derecho procesal; derecho familiar; normas relativas al campo, sus límites, derechos de vecindad, etc; leyes suntuarias; derecho político, derecho religioso. Además, una ley que prohibía modificar todo el corpus legislativo durante cien años. Estas leyes fueron publicadas en axones y kyrbeis.

    Además de las mencionadas, a Solón se le atribuye todo un conjunto más amplio de medidas destacándose, dentro de éstas, la cuestión de los pesos y medidas; hasta la época Atenas utilizaba el sistema monetario de la cercana isla de Egina. Solón va a adoptar un sistema propio más cercano al utilizado por la isla de Eubea. De esta forma, Atenas se libraba de la influencia de Egina y con el nuevo sistema se abrían más posibilidades de desarrollo comercial de los atenienses. Asimismo, en política agraria dispuso unas medidas muy cuestionadas. Se trata de unas leyes que implicarían un mayor desarrollo en la sociedad soloniana del que realmente existía. Una de ellas hacía referencia a la prohibición de exportar fuera del Ática cereales y a fomentar la exportación de aceite. Estas medidas expresaban un cambio de los cultivos cerealísticos por los arbustivos. Esta situación implicaba la existencia de una moneda de cambio para pagar los cereales, la cual no aparecerá en Atenas hasta el 575 a.C., utilizándose hasta entonces una moneda premonetal.

    A pesar de la importancia y del significado en cuanto a la consolidación del censo de bienes y de la territorialidad como principios básicos de organización estatal, estas reformas no satisficieron a ninguno de los sectores sociales implicados en la stasis. Los Eupátridas no aceptaban la pérdida de privilegios y de grandes sumas de dinero que tales medidas les acarrearían. Deseaban una vuelta a la situación presoloniana. El campesinado exigía un reparto de tierras. Los sectores no aristocráticos pero con un nivel suficiente de renta para formar parte de la segunda clase no se resignaban a que los aristoi siguieran conservando una influencia política por el arcontado. Esta situación llevó a que el éste último se convirtiera en los años siguientes en un elemento de la lucha política ateniense y que la stasis entre los grupos sociales se desarrollara cada vez con más virulencia. A pesar de todo, la legislación y las medidas dictadas por Solón fueron acatadas porque, como ya antes se mencionó, una de las leyes prohibía la modificación de todo el conjunto. Para tener la seguridad de que sus leyes se iban a respetar hizo que sus compatriotas se comprometieran a ello mediante un juramento cuya violación acarrearía graves penas al infractor.

  • LA TIRANÍA DE PISÍSTRATO.

  • La obra de Solón no duró lo suficiente para garantizar la paz social en Atenas. Sus medidas habían aliviado las condiciones de vida de los pequeños campesinos, pero sus condiciones económicas seguían siendo lo bastante precarias como para generar amplio descontento. Como no había tenido lugar ninguna redistribución de tierras, muchos de los que habían regresado a la ciudad tras su liberación como esclavos carecían por completo de recursos. El dominio de la elite aristocrática permanecía casi intacto y cada vez se enconaban más los conflictos y rivalidades internas, sacando el máximo partido de este descontento generalizado. Algunos nobles ambiciosos, conscientes de esta situación explosiva, supieron jugar con habilidad sus bazas y trataron de atraerse de su lado a la mayoría de la población.

    Éste fue el caso de Pisístrato, perteneciente al genos de los Filaidas (que se remontaba a Codro, rey de Atenas), que supo aprovechar su prestigio como polemarco tras su victoria sobre los megarenses y la recuperación de Salamina para sacar partido de las disensiones y enfrentamientos regionales entre los miembros de la elite. En Atenas había al parecer en esos momentos dos grandes grupos que se oponían entre sí: “los de la llanura”, que agrupaban sobre todo a los grandes propietarios de tierras, y “los de la costa”, compuesto especialmente por pequeños propietarios y gentes con intereses en los intercambios comerciales por mar. Pisístrato creó una nueva facción a la que denominó huperákrioi (los que vivían más allá de las colinas), compuesta sobre todo por pequeños campesinos que habían sido víctimas de la seisáchtheia y artesanos. Gentes en definitiva que servían como hoplitas, muy cercanas por condición y aspiraciones a las que gravitaban en torno a la facción de los Alcmeónidas, “los de la costa”, encabezados ahora por Megacles. Aristóteles calificó a Pisístrato como demotikótatos (el más próximo a los ciudadanos) y resumió su ejercicio en el poder de la siguiente forma: “gobernó la ciudad con moderación y más como ciudadano que como tirano”.

    Tras varias tentativas fallidas de hacerse con el poder, finalmente lo consiguió con el apoyo de los tebanos, los argivos y el tirano Lígdamis de Naxos hacia el año 545 a.C. Tras la instauración efectiva de la tiranía en Atenas, se adoptó una serie de medidas que no siempre es posible atribuir con seguridad a Pisístrato o a Hipias e Hiparco, sus hijos e inmediatos sucesores. A pesar de su imposición por la fuerza, parece que respetó en lo esencial el cuadro institucional preexistente (asegurándose un control prácticamente permanente del voto de la Ekklesia, lo cual le permitiría colocar a sus partidarios en las magistraturas e ir transformando el Areópago en un consejo cada vez más fiel a su persona) y sólo adoptó algunas medidas de carácter moderado que implicaban la política, la justicia y la religión. Sus objetivos principales parecen haber sido debilitar las prerrogativas tradicionales de la oposición aristocrática y atenuar las injusticias flagrantes que sufría una parte considerable de la población.

    Así, para resolver la situación por la que atravesaba la ciudad encaminó su política en el interior a ampliar la base social en la que poder apoyarse. Para ello tomará una serie de medidas.

    En primer lugar, desarrolló unas medidas agrarias: aunque no tenemos noticias claras sobre posibles repartos de tierras realizadas por Pisístrato, sí sabemos que llevó a cabo una política de préstamos que beneficiaban a los agricultores y les permitía mantener el ritmo de la explotación aliviando así las condiciones económicas del campesinado. Esta medida implicaría una cierta emancipación del campesinado, al que se le evitaba incurrir en deudas con los terratenientes. Con estas medidas, también, se evitaban las grandes concentraciones de tierras a costa del pequeño propietario. Por lo que el apoyo popular lo tenía garantizado. Al tiempo, la prosperidad del campesinado tenía también un componente fiscal, puesto que de lo obtenido, Pisístrato recibía un beneficio del 10% o del 5%, que salía de la producción agrícola utilizado para la financiación de los préstamos. El impuesto era popular en el sentido de que incidía sobre los ciudadanos en proporción a su riqueza y, posiblemente el tirano concediese inmunidad fiscal a las tierras de menor rendimiento. Desde el punto de vista político, instituyó también los jueces de los demos y aldeas, que impartirían justicia en los mismos, posiblemente sustrayendo su competencia al control ejercido por los notables locales, de forma itinerante.

    La protección de la artesanía y el comercio fueron otras de las medidas llevadas a cabo. A partir del 560 a.C. empiezan a trabajar en Atenas muchos ceramistas y pintores (Lido, Amasis, Exequias) que llevan el estilo cerámico de las “figuras negras” a las cotas más elevadas de estilo y se propagan los talleres artesanales de todo tipo. Además a partir del 530 a.C., aún en el período tiránico, empiezan a aparecer las primeras cerámicas en la nueva técnica de “Figuras Rojas”. También es interesante destacar que a través de la cerámica pintada, muchos ámbitos mediterráneos eran frecuentados por los comerciantes que empleaban, como medio de intercambio, esas producciones alfareras. Todo demuestra cómo Atenas se ha introducido en una tupida red de intercambios comerciales que la tienen a ella como punto importante de referencia. Atenas es punto de llegada de mercaderías de orígenes diversos, que empiezan a configurarla como uno de los centros redistribuidores del momento. A esta posición no serían ajenos los intereses de Pisístrato en establecer su dominio en puntos estratégicos del Egeo, como Naxos, o recuperar posiciones en Sigeo y el Quersoneso Tracio.

    También parece corresponder a la época de Pisístrato la introducción de la primera moneda ateniense, primero en la forma de las didracmas llamadas Wappenmünzen, o “monedas heráldicas”, por llevar como símbolos figuras que se hallan representadas en los escudos de guerreros que aparecen en las cerámicas áticas contemporáneas, seguidas un tiempo después por las primeras “lechuzas”, que emplearán el que se convertirá en sello oficial de Atenas, el símbolo de su divinidad epónima. En ambos casos parece que son las minas de Tracia quienes propiciaron las acuñaciones. Las fechas exactas de emisiones oscilan entre 575 y 540, aunque tal vez más próximas a esta última, pero si algo ha quedado descartado es la posibilidad de que en época de Solón existieran monedas.

    Las minas de plata de Laurión, en el Ática, y las de Tracia, donde el tirano tenía propiedades, se convertirán en su apoyo económico más importante. Esta política favorecerá los intercambios comerciales de Atenas, como ya antes se mencionó. Estas medidas también favorecen a metecos y libertos, dedicados principalmente a estas actividades, y no serían ajenas a su política exterior.

    En lo que respecta a la política de obras públicas, Pisístrato desarrolla una vasta política de embellecimiento de la ciudad, con diversas construcciones, por medio de las que la ciudad adquirió un gran auge como centro cultural y religioso. Esta política será continuada por sus hijos. La arqueología ha demostrado que en época tiránica se inicia la construcción del Templo de Atenea Polias en la Acrópolis, para el que se importó mármol de Paros; la del Olimpeion (Templo de Zeus Olímpico); el altar de los Doce Dioses en el ágora; un sistema de alimentación de agua que llegaba hasta la fuente de los nueve caños, así como una red de caminos en el Ática, etc. Esto es lo que contribuye a la conversión de Atenas en un centro monumental o, si se prefiere, los nuevos edificios subrayan el carácter “político” que asume la ciudad, máxime si tenemos en cuenta que buena parte de las construcciones son de carácter religioso.

    Pisístrato llevó a cabo medidas de carácter religioso y cultural. Se trasladó a la ciudad el culto de Ártemis Brauronia y los festivales rurales y el culto de Dioniso. Con ello se consiguió dar cohesión a toda la población dispersa del Ática, estableciendo unos cultos generales para toda la población. Estas medidas iban en contra de la influencia que tenían los cultos privados de los gene aristocráticos en la vida religiosa de Atenas. Por otra parte en las fiestas dionisíacas se celebraban festivales dramáticos de los que surgiría la tragedia. Las Fiestas Panatenaicas adquieren un nuevo vigor, sobre todo con sus hijos Hipias e Hiparco. Se establecieron recitales públicos de los poemas homéricos e incluso se llevó a cabo la primera redacción del texto de los poemas.

    En lo que respecta a su política exterior, la posición de Atenas fuera de sus fronteras se fue afianzando. Se consolidó la situación en el Helesponto y Tracia. Se apoderó de la ciudad de Sigeo en Asia Menor, donde colocó a su hijo como gobernador. En Tracia poseía las minas del Pangeo. Milcíades se apoderó del Quersoneso tracio. El dominio de estos centros en la entrada al Mar Negro aseguraba, para Atenas, sus relaciones comerciales con las costas de este mar, sobre todo con las septentrionales, de donde empezaron a importar trigo.

    Por otra parte, consiguió que Atenas consiguiera una situación de superioridad entre los jonios, apoderándose de Naxos e hizo purificar el santuario de Apolo en la isla de Delos, centro religioso de los jonios.

    Con las demás ciudades griegas mantuvo relaciones de amistad: con Tesalia, Macedonia, y Corinto. Con Tebas y Esparta las relaciones no eran muy estrechas, sobre todo con Esparta, considerada como beligerante con la tiranía.

    A la muerte de Pisístrato (en torno al año 528-527 a.C.) el poder fue ocupado por sus hijos legítimos Hipias e Hiparco y los ilegítimos Iofonte y Hegesístrato. El endurecimiento del gobierno de Hipias (quien mantuvo el poder efectivo por ser el mayor) a causa del asesinato de su hermano Hiparco (que mantenía una cierta autoridad y fue considerado como un mecenas cultural de la ciudad), que estuvo motivado al parecer por un asunto de celos, fue un factor determinante. Sin embargo, el final de la tiranía en Atenas fue el resultado directo de la intervención espartana que en un segundo intento, en el año 510 a.C., bajo el mando del rey Cleómenes, puso fin al gobierno de los Pisistrátidas. La tradición ateniense atribuye una gran parte del mérito en la caída definitiva de la tiranía a dos jóvenes aristócratas, llamados Harmodios y Aristogitón, autores del asesinato de Hiparco, que fueron encumbrados a la posición de héroes y a quienes se erigió una estatua en medio del ágora. Hipias acabaría refugiándose en la corte del rey persa y en el 490 a.C. regresará en un vano intento de recuperar su posición en Atenas.

    Para terminar, podemos referir que la labor de los Pisistrátidas en Atenas había acabado por configurar a Atenas como una verdadera polis y ello sobre dos de los puntales básicos que caracterizaban al sistema, la obligación de respetar una legislación y el garantizar a aquellos grupos no aristocráticos de Atenas un espacio económico y político incuestionable.

  • CLÍSTENES Y LA DEMOCRACIA.

  • Los acontecimientos subsiguientes a la partida de Hipias, tal y como los describe Herodoto son complicados y vuelven a evidenciar la difícil posición de salida de los Alcmeónidas en el tablero político ateniense. A la caída de la tiranía regresaron del exilio los atenienses desterrados y volvieron a recrudecerse las rivalidades entre los miembros de la aristocracia. Por un lado Iságoras (sería nombrado arconte para el año 508-507 a.C.), al que Aristóteles considera amigo de los tiranos; aparece como el heredero de Pisístrato, y Clístenes, de los Alcmeónidas, familia que defendía la democracia y se oponía a la tiranía.

    Según Herodoto, la lucha entre ambos discurre de la siguiente forma. Viéndose inferior a Clístenes, Iságoras recabó de Cleómenes la exigencia de su exilio y del de otros descendientes de los que antaño habían dado muerte a los seguidores de Cilón. Partieron todos ellos, y Cleómenes acudió a Atenas con una tropa y expulsó de la ciudad a setecientas familias vinculadas a los Alcmeónidas por relaciones clientelares, además de Clístenes, señaladas por Iságoras, e intentó disolver el consejo, encomendando las magistraturas a trescientos partidarios de Iságoras. Sin embargo, el Consejo opuso resistencia y Cleómenes, Iságoras y sus partidarios tomaron la Acrópolis. Los restantes atenienses la sitiaron durante dos días, y Cleómenes depuso su actitud a cambio de un salvoconducto para él y sus partidarios los lacedemonios, incluido para Iságoras, los demás fueron hechos prisioneros y ejecutados. Los exiliados fueron autorizados a volver de inmediato, y Clístenes, temiendo que la Liga Peloponesia se proponía establecer a Iságoras como tirano, envió una embajada al rey Darío de Persia, que formalizó la entrega de Atenas a Persia por el rito de tierra y agua. Poco después, Cleómenes empeñado en colocar a Iságoras emprendió la invasión del Ática por Oeste; los Beocios por el Norte y los Calcidios de Eubea lo hicieron por el Nordeste. Tras este intento y el fracaso de colocar a Hipias en el trono nuevamente van a llevar a que cesaran las ingerencias espartanas en Atenas, y Clístenes se vio libre de su rival Iságoras. Los atenienses lo reclamaron como protates o presidente del demos, y como hegemon, que expresan que el demos se había hecho dueño de la situación.

    El relato de Herodoto puede tener diversas lecturas, pero, en cualquier caso, todo parece indicar que fueron los propios errores de Iságoras los que propiciaron su caída. El liderazgo de Clístenes sobre el pueblo le permitió poner en marcha sus reformas. La aprobación de las reformas se había llevado a cabo antes de la intervención de Cleómenes a favor de Iságoras. El objetivo de la reforma era desarticular el poder de la aristocracia y dar al demos un papel preponderante en la vida política.

    Las medidas abarcan un amplio abanico, yendo desde la propia estructuración local del territorio, hasta la organización de la polis en su conjunto, pasando por la reforma o la creación de nuevos órganos que garantizasen la unidad que quería dársele al estado:

    De entre las medidas tomadas por Clístenes quizá la más importante que adoptase fue la que replanteó la reestructuración territorial del Ática, sobre la base de la definitiva integración de las diferentes partes y de sus habitantes. La piedra angular de su organización viene constituida por los demos. Su labor debió de consistir en establecer los límites de cada demo que respetarían loa antiguos territorios de las aldeas y poblaciones que constituían el territorio ateniense. El demos era la unidad territorial donde se agrupaba la población campesina y se liberaba de las dependencias gentilicias, con lo que los que antes no estaban encuadrados en el sistema gentilicio, tuvieron por primera vez acceso a la administración. Cada demos elegía a su jefe, el demarco, poseía tierras comunales, tenía sus ingresos locales y su tesoro y promulgaba sus propias disposiciones. Tenía que llevar el registro de los ciudadanos: el estar inscrito en el demos conlleva el derecho de ciudadanía. Con respecto a los extranjeros y metecos, al quedar incluidos en el demos, se les garantizaba el estatuto de meteco como medida de protección frente al desarrollo de los esclavos. Clístenes establecería la igualdad de derechos Así, dividida la chora en un número de demos (100-139), procede a agruparlos de acuerdo con el lugar del país en que se hallaban, siguiendo la vieja distinción de ciudad, costa e interior. Determinados los límites de las regiones, agrupó los demos de cada una de ellas en diez unidades superiores, a las cuales llamó Trittyes, conformando un total de treinta trittyes. El último paso fue la creación de diez nuevas tribus (en las que se encuadran toda la población) que sustituirían a las cuatro tribus jónicas, que no son suprimidas, pero dejan de ser operativas. En definitiva, cada tribu estaría compuesta por tres trittyes y a su vez por demos: diez, según Herodoto. Por último señalar que las nuevas tribus serán la base del reclutamiento del nuevo ejército ciudadano, a cuyo frente habrá diez generales o estrategos, uno por tribu.

    Aunque la nueva división se basaba en el principio territorial, las tribus y las trittyes no ocupaban territorios continuos, sino que cada una de las trittyes de una tribu estaba situada en cada una de las tres regiones áticas: en la ciudad de Atenas y sus cercanías; en las zonas marítimas y en el interior.

    Por otra parte, la nueva organización tribal modificó también la composición de la vieja soloniana, que pasó a tener quinientos miembros, cincuenta de cada tribu. La nueva Boulé tuvo una articulación más efectiva y funcionaba por medio de comisiones, pritanías, asignadas, por riguroso turno, a los representantes de cada una de las diez tribus. La introducción del sorteo evitaba la corrupción, además ningún ciudadano podía ser miembro de él más de dos veces en su vida. Sus funciones eran más amplias y se convirtió en el órgano administrativo superior, desplazando en cierto modo al colegio de los arcontes.

    Se supone que a una Boulé tan activa le correspondería una Ekkesia fuerte y numerosa, a la que se le daría información para tomar las decisiones que eran de su competencia, como el órgano de decisión más importante, máxime después de que el sorteo presidiera casi todos los nombramientos del estado, salvo los de los generales. En este sentido sería considerada como un órgano de representación de la Ekklesia. La Heliaia o Ekklesia aumentó su importancia como tribunal de jurados y sus miembros fueron elegidos por sorteo entre los ciudadanos.

    El Areópago conservó su función judicial en los asuntos criminales. Los delitos de alta traición pasaron a ser competencia de la Heliea.

    Asimismo, se formó un colegio de diez apodectas para regular las finanzas; los estrategos eran los únicos escogidos por elección. A partir de 501-501 a.C. se eligieron diez estrategos, uno por tribu, que formaban un colegio de carácter militar encabezado por el estratego polemarco; finalmente cada tribu proporcionaba un regimiento de infantería y un escuadrón de caballería, mandados por oficiales elegidos por sorteo en la Ekklesia: taxiarcas e hiparcas.

    Otra de las reformas de Clístenes fue la reforma del calendario. El sistema decimal, base de la reforma tribal, fue utilizado para una reforma del calendario político. Se conservó para la vida religiosa el antiguo calendario lunar, pero para la administración del Estado se dividió el año en diez períodos de 36 o 37 días, denominadas pritanías. Cada tribu ejercía la presidencia del Consejo de los Quinientos durante cada pritanía.

    Por último, el ostracismo. A Clístenes se le atribuye otra medida tendente a librar a la ciudad de aquellos individuos que pareciesen aspirar a la tiranía, o resultasen sospechosos para el conjunto del demos, es decir, para eliminar el peligro de una nueva tiranía. Esta institución consistía en enviar al destierro a las personas sospechosas de querer hacerse con el poder. El procedimiento era como sigue: en la reunión principal de la sexta pritanía, que coincidía con el comienzo del año, se decidía si durante el año en curso se quería realizar algún ostracismo; en caso afirmativo, tenía lugar algunos meses después, en la octava pritanía, una votación popular en la Ekklesia con esa finalidad para la que parece que se necesitaba un alto quórum de 6000 votos para que a votación fuese válida. El primer ostracismo se produciría en el año 487 a.C. el ciudadano que lo recibiese la mayoría de votos, en los fragmentos de cerámica conocidos como ostraka (empleadas para votar), en su contra era expulsado de Atenas durante diez años, pero sin perder sus derechos políticos o sus propiedades. Sean cuales sean las causas últimas de este procedimiento lo que parece cierto es que Clístenes ha introducido un método para racionalizar la vida política ateniense, fomentando la persecución política, intentando evitar nuevas stasis en una ciudad que había sufrido un gran número.

    A pesar de todo, las reformas de Clístenes no solucionaron todos los problemas ni servirían para resolver los nuevos. Se llegará a formas más radicales de democracia, pero su triunfo tendrá como base esta constitución. En definitiva, el régimen aristocrático fue eliminado y sustituido por un sistema democrático.

  • LA FORMACIÓN DEL ESTADO ESPARTANO.

  • La región de Laconia o Lacedemonia constituye el territorio en el que surge Esparta. Se encuentra situada en un valle muy fértil, irrigado por el río Eurotas y rodeada por cadenas montañosas, las cordilleras del Taigeto, al oeste, y la del Parnón, al este. Ambas montañas terminan en dos largas penínsulas, entre las que se sitúa el golfo de Laconia.

    El valle del Eurotas limita al norte con la Arcadia, al oeste con la llanura de Mesenia y al noreste con la Argólide. A raíz de la conquista de Mesenia en el siglo VII a.C., esparta ocupó la parte meridional del Peloponeso y fijó sus fronteras como estado.

    El nacimiento de la ciudad de Esparta se produce a principios del siglo VIII con el sinecismo o concentración de las cuatro aldeas primitivas (obais), establecidas en torno a la pequeña colina que formaba la Acrópolis: Pitana al oeste; Mesoa al sur; Cinosura o Conjura al sudeste y Limnas al este, en una sola entidad política. Una quinta y más alejada aldea, Amiclas, fue incorporada posteriormente, no sin resistencia, por el rey Teleclo a mediados de siglo, por tanto, se integraría más tarde al sinecismo original, posiblemente por su mayor lejanía geográfica, pero su control era imprescindible para la expansión espartana hacia el sur de Laconia y la incorporación se realizó otorgando plenos derechos de ciudadanía a la población.

    La cuestión de la unidad política de estos núcleos, es decir el origen de la polis de Esparta, esta relacionada con el problema de la diarquía, debido a que Amiclas pudo conservar su propia basileia. No podemos establecer con seguridad la secuencia de estos asentamientos, como tampoco la gestación de su unidad política, lograda posiblemente en el s. VIII a.C.

    La unificación política no trajo el amurallamiento de la ciudad, que no se produjo hasta el siglo III. Este sistema de unificación y centralización de las aldeas estaría relacionado con las necesidades militares para la ocupación del territorio y la dominación de la población anterior.

    De forma paralela a su configuración política e institucional como polis, Esparta se lanza al proyecto de dominación de toda la región sudoriental del Peloponeso, un proceso que en la segunda mitad del siglo VIII conducirá a la cristalización de un estado unificado bajo su égida, Lacedemonia o Laconia. Ya en el segundo cuarto del siglo VIII, los reyes Arquéalo y Carilo conducieron a los espartanos a la conquista y esclavización de la Egítide (noroeste de Laconia). Pero este tiempo Esparta alcanzó también el control sobre Escirítide (nordeste de Laconia, fronteriza con Arcadia).

    Bajo el reinado del sucesor de Carilo, Teleclo, son sometidas comunidades del sur de Laconia como Faris y Gerontras, además de Amiclas. Poseídas a la sazón por los Aqueos; mientras su hijo, Alcámenes conquistaría a continuación la también aquea ciudad de Helos, próxima al mar, después de vencer a sus habitantes, apoyados por los Argivos, en una batalla. Por las mismas razones que Helos, Gitio era un excelente puerto natural en la costa occidental del golfo laconio, era fundamental para los planes espartanos de imponer su supremacía en el sudeste del Peloponeso, por lo que pronto cayó en su esfera de influencia.

    Junto a la conquista militar, esparta llevó a cabo la fundación de asentamientos dentro del modelo de colonización que conlleva una estrecha o total dependencia política respecto de la ciudad madre. Esta práctica fue aplicada en las zonas fronterizas de Laconia, como por ejemplo: Equeas, Traigo, Poesa, Turia, Etea y Feras. Cabe la posibilidad de que Esparta empleara otros medios para hacerse con la hegemonía de la región, tal vez mediante pactos o acuerdos con comunidades independientes fundamentados en la necesidad de unión.

    Durante el reinado siguiente, el de Polidoro y Teopompo, Pausanias nos muestra la guerra que como consecuencia tuvo la incorporación de Mesenia. Esta guerra había sido precedida, durante el reinado de Teleclo, por asentamientos coloniales en Mesenia, que provocaron el rechazo de los mesenios y la muerte de este rey, Teleclo. Cuando las fuentes históricas hablan de la I Guerra Mesenia, esta región se encuentra asolada por las luchas internas entre las comunidades y no existía aún una unidad política. Debido a las campañas del rey Teopompo, a finales del s. VIII a.C., una parte del territorio mesenio se incorporó al estado espartano y sus habitantes se convirtieron en hilotas. Consecuencia también de esta guerra fue la fundación de Taras, actual Tarento, en el sur de la península itálica, en un excelente emplazamiento geográfico dotado de puerto natural. Taras será junto a Heraclea, las únicas colonias fundadas por Esparta.

    La expansión territorial de esparta constituía una amenaza para Argos, el estado vecino del Noroeste. El enriquecimiento que la conquista mesenia proporcionó a Esparta levantó recelos en Argos, que por entonces controlaba el borde oriental del Peloponeso y parte del Egeo, produciéndose un enfrentamiento entre ambas ciudades aunque sin graves consecuencias, debido a las ayudas ineficaces prestadas a Helos; acciones en Asine, principal causa del enfrentamiento entre Argos y Esparta. Esparta se concentraba en la conquista del Norte de Mesenia, con la incorporación de la llanura de Esteníclaro. En esta primera etapa el dominio espartano no fue más allá del monte Ítome donde se produjo la resistencia de mesenios y, posteriormente, la sumisión voluntaria de comunidades que alcanzaron el status de periecos y quedaron excluidas de la formación de la comunidad política. Es posible incluso que las ciudades del bajo Pamiso se mantuvieran independientes.

    Lo importante es que la anexión de Mesenia en esas condiciones dejó establecido el modelo socioeconómico del estado espartano. La tierra constituía para los ciudadanos espartanos una fuente de riqueza más que suficiente, al menos en una primera época, y ello hacía innecesario el desarrollo de la industria y el comercio. Por tanto, la supervivencia espartana dependía del mantenimiento de la sumisión de Mesenia, que sólo sería posible si esparta conservaba una situación preponderante en el Peloponeso; de modo que la estructura económica espartana obligaba a sus beneficiarios a emplear sus energías en la órbita militar.

    Es muy posible que esa tendencia a la exaltación de los valores castrenses haya operado a partir de la llamada II Guerra Mesenia; en un momento en el que Esparta, vencida por Argos, vivió el riesgo, a continuación, de perder esas ricas tierras mesenias que le proporcionaban sus recursos.

    La II Guerra Mesenia está inmersa en una compleja problemática que inspira a algunos historiadores modernos una interpretación sobre la I Guerra Mesenia y la conquista de Laconia. Las cuestiones que suscitan la controversia son dos: la incertidumbre cronológica y la poca fiabilidad de las fuentes relativas a la II Guerra Mesenia. Nos encontramos con diferentes opiniones de Eforo, Calístenes, etc. La evidencia más fiable sobre las Guerras Mesenias es la contenida en los poemas de Tirteo, que tomó parte en ellas. Su datación es problemática, pero tendría lugar a mediados del siglo VII a.C. (la lucha por la Tireátide, puede ayudarnos a establecer una fecha más concreta, ya que en el 669 tuvo lugar el enfrentamiento entre Argos y Esparta, siendo derrotado el ejército espartano; por tanto se podría fechar la II Guerra Mesenia por los años 650-640 a.C.) y estaría provocada por la rebelión que se produjo por parte de los mesenios conquistados. Tirteo en sus poemas exhorta a los soldados a combatir a los mesenios, poniendo de manifiesto que el ejército en el que están encuadrados responde a la estructura de la falange política frente al antiguo ejército tribal.

    La conquista final de Mesenia estaba ya lograda hacia el año 600 a.C. y significó la fijación definitiva en el territorio de Esparta hasta el siglo IV a.C. y la configuración de un sistema constitucional determinado.

  • LA “CONSTITUCIÓN” DE LICURGO Y LA POESÍA DE TIRTEO.

  • Uno de los mitos forjados en la Antigüedad en relación con Esparta es el de su legislador, Licurgo. A él se atribuía la constitución de los Lacemodonios, la división de la tierra en lotes iguales, crearía las unidades tácticas del ejército, el conjunto de instituciones que regulaban la educación o la agogé y la vida social de los espartanos y, en definitiva, todo el orden del estado y de la sociedad. Licurgo incorporaba a un tiempo la figura del fundador y la del reformador.

    Nos encontramos con dificultad a la hora de llegar a un acuerdo sobre su datación. A su vez, entre los historiadores ha cundido el escepticismo sobre la historicidad de Licurgo, puesto que prácticamente no contamos con noticias suyas anteriores al siglo V a.C.; un silencio que resulta flagrante en el caso de Tirteo. Licurgo no se puede incluir con propiedad entre los legisladores griegos porque no había producido leyes escritas, según Plutarco; y tampoco se puede atribuir a una persona el aparato institucional de una sociedad, que debe ser el resultado de un proceso de transformación y adaptación de unos arquetipos ancestrales. Estas dos apreciaciones, además de la que ha tendido a presentarlo como un dios o como un héroe legendario al que se le atribuiría los cambios experimentados por su régimen. Por todo ello, toma cuerpo, la idea de que Licurgo fue una invención de la Esparta clásica y helenística para legitimar la imagen de un ordenamiento constitucional ante la incuria del tiempo cuando éste en realidad era fruto de un largo proceso de evolución interna.

    Desde un punto de vista estructural, Licurgo cumple en Esparta el papel que corresponde a los legisladores en los estados griegos. De un modo u otro se le puede relacionar con una reforma creativa y profunda de las instituciones que configuró la polis de los espartanos. La infraestructura constitucional era atribuida por la tradición a Licurgo. Su autoridad tenía una doble procedencia divina: por un lado, las Leyes de Licurgo se relacionan con las míticas leyes cretenses elaboradas por Zeus; por otro lado, Licurgo había recibido la constitución espartana del Oráculo de Delfos. Tanto la Gran Rhetra como su receptor aparecen investidos por el poder divino, pues en primer lugar este favor divino queda reflejado también en el culto que se atribuyó a Licurgo en su templo de Esparta, una vez elevado a oikostés o héroe fundador.

    Un rasgo más de Licurgo que remite al ámbito heroico y legendario es su monoftalmia, producto de la acción impetuosa e iracunda del joven Alcandro, que después fue educado y perdonado por Licurgo. Se trataba con ello de garantizar la permanencia, la inmutabilidad y el mandato de obediencia proyectados sobre la legislación instituida por Licurgo.

    La verdadera peculiaridad de Esparta frente a Atenas reside en la aceptación del origen divino de las leyes, que se traduce en una resistencia a establecer cambios en ella.

    Según indica Plutarco, Licurgo dio a sus disposiciones el nombre de Rhetrai; y una de sus prohibiciones habría sido la de no hacer unas leyes escritas. El texto de la Gran Rhetra plantea múltiples e intrincados problemas de interpretación, insolubles en su mayoría y que parten de su misma designación como rhetra: palabra que procede de la raíz del verbo eiro (decir), por lo que vendría a significar “lo dicho”, “cosa dicha”, tanto en un sentido oracular como jurídico. Por extensión rhétra expresa algún tipo de acuerdo entre individuos o estados, o bien una decisión comunitaria o acuerdo político en el seno de una comunidad, que daría sentido a la traducción de “Constitución”. Contrato, convenio, acuerdo, oráculo o acto de la Asamblea en el texto aparecen los pilares del edificio institucional lacedemonio. Las leyes de Licurgo presentan una singularidad más con respecto a las Constituciones emanadas de otros legisladores ya que carecen de una consignación por escrito, lo que favorece la atribución al mítico personaje. Si en la Grecia antigua las distintas manifestaciones culturales descansando sobre la base de la oralidad, Esparta se alza como estandarte de esta pervivencia de tradición oral.

    Se ha llegado a pensar, incluso, que la Rhetra hubiera sido una completa falsificación de fecha avanzada, que no reflejara el mecanismo de la constitución espartana desde comienzos de la Época Arcaica.

    Con todo, las dificultades subsisten en lo que respecta a su posible origen oracular sino también, en la interpretación de su contenido constitucional.

    La Gran Rhetra aparece unida al mítico personaje de Licurgo con el que comparte los mismos problemas de historicidad y datación, pero con la dificultad añadida de su críptico lenguaje, acorde con la forma oracular bajo la que se presenta. Resulta imposible dar cabida en estas páginas a todas las hipótesis y teorías forjadas entre la comunidad científica moderna y este controvertido documento y sus trasmisores.

    Con respecto a la datación de la Gran Rhetra, se han mantenido actitudes diferentes. La primera acepta la tradición antigua, que data la reforma de Licurgo entre los siglos XI-VIII a.C. Eratóstenes y Apolodoro la fijan en el año 885. Tucídides la fecha a finales del siglo IX; la historiografía moderna ha respetado en algunos casos el peso de esta tradición; fundamentada en la autoridad de Tucídides, pero otras veces se ha adelantado la fecha de edición. No parece probable defender una cronología posterior a mediados del siglo VII a.C., período de florecimiento de Tirteo, que acoge en su poema la esencia de la Gran Rhetra. El lenguaje nebuloso y enigmático del texto, que nombra las instituciones del poder pero no establece ni regula las claves de su funcionamiento ni el ámbito de su actuación, es otro indicio de su antigüedad.

    Cartledge asigna el contexto del documento al período de mediados del siglo VII a.C. basándose en tres aspectos: severa derrota sufrida en Hisias ante los argivos en 669-668 a.C.; el establecimiento de regímenes autocráticos en Sición, Megara y Teágenes y la revuelta hilota. Otro conocedor de la historia de Esparta, Forrest, defiende una fecha en el reinado de Teopompo y Polidoro basándose en la paternidad que sobre la Gran Rhetra concede a estos monarcas un poema de Tirteo. Forrest señala como fecha el 676. Jones, aboga por el segundo cuarto del siglo del siglo VII al entender que la promulgación de la Gran Rhetra sólo fue posible con la extensión de la reforma política al conjunto de la ciudadanía espartana. Tampoco parece descabellado asignar a la Gran Rhetra una datación en la segunda mitad del siglo VIII, asociándola al sinecismo del estado lacedemonio.

    Dejando a lado la fecha de promulgación, la Gran Rhetra constituye un instrumento legislativo fundamental que dota al estado espartano de un notable equilibrio interno.

    La Rhetra trasmitida por Plutarco en su Vida de Licurgo y atribuida a este último, es la constitución política griega escrita más antigua que se conserva. En ella se contemplan varios fenómenos organizativos como la distribución de la población en tribus y obai; la institución de la Gerousía o Consejo de Ancianos; la confirmación de los reyes y la organización de la Asamblea o Apella. Tirteo define las funciones de cada institución.

    Plutarco añade que los reyes Polidoro y Teopompo le añadieron una “cláusula adicional”, por las que las decisiones del pueblo quedaban sometidas a la aprobación de los ancianos y de los reyes, que podían disolver la asamblea si sus medidas eran erradas. Unos versos de Tirteo, citados por el propio Plutarco, presentan un contenido similar y aluden al sometimiento de la oligarquía a las decisiones de los reyes y de los ancianos.

    Asimismo la Rhetra contemplaba el problema de la tierra, el sistema militar, eunomitiai, y las comidas en común, syssitia. El resultado de todo ello sería el establecimiento en Esparta de la eunomia, el buen gobierno, y sus ciudadanos se denominarían homoioi, “iguales”.

    La realidad es que, a pesar del enorme esfuerzo desarrollado por la historiografía moderna para explicar el conjunto de la Rhetra, el documento resulta inaccesible, y todas las explicaciones que se han ofrecido sobre el mismo comportan recursos dialécticos abusivos.

    Los versos de Tirteo tampoco sirven para resolver el problema. Tirteo en sus pasajes, da un origen délfico a la constitución espartana y evoca su mecanismo básico en dos fases. La cita de Diodoro es más completa. Primero se producirá la decisión de los reyes y los ancianos, es decir la Gerousía. Después los hombres del Pueblo, tras un debate, dirán lo adecuado y actuarán con toda justicia; prevalecerá la decisión del Pueblo. Por tanto es la Asamblea la que toma las decisiones, tras haber deliberado sobre las propuestas confeccionadas por el Consejo, todo lo cual constituye de hecho una posible lectura de la Rhetra.

    En resumidas cuentas, parece inevitable la conclusión de que la evidencia relativa a la Rhetra es incoherente y está demasiado contaminada para poder aplicarle un tratamiento crítico satisfactorio. Detrás de esas fuentes hay sin duda una elaboración constitucional histórica y genuina, pero a duras penas podemos esbozar sus líneas generales; los detalles permanecen definitivamente inciertos. En principio, la fuente más fidedigna es Tirteo, cuya información resulta, por otra parte, coherente y verosímil. La única salvedad es el tanto de reserva que se debe mantener siempre frente a la tradición indirecta; y más en este caso, en que el contenido se presta especialmente a la manipulación.

  • LA ORGANIZACIÓN POLÍTICA.

  • La realeza heredera del mundo homérico no desaparece, como en la mayor parte del mundo griego, sino que es preservada con notables limitaciones a su poder dentro de la transformación experimentada por Esparta desde monarquía tribal a polis. Se trata de una diarquía o monarquía colegiada, bastante insólita en Grecia y hereditaria dentro de dos familias reales (heredaba el primer hijo varón nacido después de la designación como rey o un hijo varón tenido con anterioridad a este hecho; si había varios, el mayor. En el supuesto de que no dejase hijo varón, el trono pasaba al pariente masculino más próximo: hermano, primo, nieto): los Agíadas y los Euripóntidas. La principal atribución de los dos diarcas era el mando supremo del ejército en tiempos de guerra, función que ejercerían de manera conjunta hasta el año 506 a.C. También desempeñaban funciones religiosas, entre las que cabe destacar el sacerdocio de Zeus; la consumación de todos los sacrificios públicos y la consulta del oráculo de Delfos a través de dos pitios elegidos por ellos mismos. Disfrutaban de la potestad de sancionar las adopciones de los hijos y los matrimonios de las “epícleras”, ambos de enorme trascendencia para la propiedad de la tierra y para el status socioeconómico de las familias afectadas. Eran ante todo, honoríficos, por lo que recibían doble ración de comidas en las sisitías o el de que en su presencia, excepto los éforos, todos debían permanecer de pie. El poder real estaba sometido al control de la Asamblea y sobre todo de los éforos, representantes del pueblo, que recogían la promesa de los reyes de someterse a las leyes de la ciudad.

    La Gerousía o Consejo de Ancianos estaba constituida por veintiocho miembros vitalicios mayores de sesenta años (gérontes) elegidos de entre las mejores familias, más los dos diarcas, que la presidían en calidad de archegétai. La Gran Rhetra regularía su funcionamiento y tal vez el número de componentes de este órgano de enorme prestigio y autoridad al que se compara con el Senado Romano. De hecho el Consejo era la institución oligárquica por excelencia, lo que ha dado pie a que se hablara de gerontocracia espartana. El Consejo ejercía una función probouléutica, es decir, discutía las propuestas en primer término que posteriormente eran sometidas a la Asamblea para su aprobación, sin que ésta tuviera derecho de iniciativa o de hacer contrapropuestas. Actuaba también como corte suprema de justicia, competente en: delitos de mayor gravedad; pena de muerte, pérdida de derechos de ciudadanía; exilio, etc. Además el Consejo tenía funciones de consejo militar, pero sólo con carácter consultivo. Los encargados de hacerlas cumplir eran los éforos.

    La Asamblea reunía a los hómoioi o ciudadanos de pleno derecho, es decir, a los espartiatas varones mayores de treinta años, con un kleros a su cargo, que hubieran superado los diferentes estadios de la agogé y que no hubieran sufrido merma alguna en sus derechos civiles y políticos. La Asamblea pasa por ser la depositaria de la soberanía del estado lacedemonio “en el sentido de que su consentimiento era necesario para emprender cualquier acción”. La Asamblea se nos presenta como un mero instrumento para hacer públicas las decisiones previamente adoptadas por otras instancias del aparato estatal lacedemonio, cuyo papel se limitaba a aprobar o rechazar las mociones planteadas por la Gerousía. Las decisiones de la Apella eran adoptadas no por votación, sino por aclamación, lo que se presta a la manipulación

    Llama la atención que la Gran Rhetra no mencione a la Eforía, lo que hace pensar en un origen, si no posterior, más oscuro y humilde de lo que se podría presagiar por el peso que esta importante magistratura tendrá en el estado espartano de época clásica. Los Éforos (vigilantes) salen del conjunto del demos espartiata, no de un reducido círculo de familias como los gérontes, y en un principio defienden los intereses del pueblo ante posibles arbitrariedades de reyes y consejeros. Este carácter popular de los éforos los hacía venales y fácilmente sobornables. Hoy día existe un consenso entre los especialistas en considerar que era la Asamblea de ciudadanos la que los elegía por el procedimiento de aclamación practicado con los miembros del Consejo. La elección y la toma de posesión de la magistratura tenían lugar en el equinoccio de otoño. Otros dicen que su elección se hacía mediante sorteo de entre un grupo de ciudadanos preseleccionados con anterioridad. Los éforos se convirtieron en un brazo más del entramado oligárquico, el encargado del poder ejecutivo de poner en efecto las decisiones adoptadas por la Asamblea a instancias del Consejo. La euforía era una magistratura colegiada, integrada por cinco miembros, de los cuales el de mayor edad era epónimo, con lo que daba nombre al año y los actos oficiales que acontecían al mismo. Adoptaban las decisiones por mayoría simple. Las competencias de los éforos eran amplias: convocaban y presidían la Asamblea; recibían a los embajadores en primera instancia y decidían si podían hablar ante el Consejo o la Asamblea; proclamaban la leva militar; supervisaban la política exterior; desarrollaban las labores de inspección en materia financiera; tenían competencias judiciales que alcanzaban incluso a los reyes; funciones policiales y de orden público y poseían, en general, un gran poder de iniciativa y de interpretación de las leyes, de las que se consideraban guardianes. Una facultad más de los éforos era la de observar los cielos cada nueve años en busca de una estrella fugaz, que señalizaba que alguno de los reyes, o ambos, había ofendido a los dioses y, por consiguiente quedaba al criterio del manipulable oráculo délfico si debía ser depuesto. Entre los éforos conocidos en Esparta destaca la figura de Quilón.

    10. EL “SISTEMA SOCIAL” LACEDEMONIO.

    Los rasgos peculiares de la sociedad espartana están relacionados con su propio desarrollo histórico. La población de Lacedemonia estaba dividida socialmente en tres grandes grupos: los espartiatas, minoría que gozaba de todos los derechos políticos; los hilotas, población campesina sometida y unida a la tierra en una dependencia de tipo tributario; y los periecos, que vivían en comunidades autónomas, pero excluidos de la comunidad política.

    Los Hómoioi (iguales o semejantes) son los espartiatas varones de más de treinta años que disfrutan de plenos derechos políticos y civiles, es decir, los que constituyen el cuerpo cívico del Estado. Se presentan como el grupo dominante, selecto, minoritario, cohesionado y sin fisuras aparentes, frente a unos grupos dependientes sobre los que ejerce una presión física e ideológica.

    La condición de espartiata acompañaba al nacimiento del individuo pero la ciudadanía plena se alcanzaba cuando éste superaba la agogé o sistema educacional, se integraba en el ejército y accedía a un lote de tierra. No se trataba de un privilegio intocable ni de por vida, sino que podía perderse: en caso de alienar el kleros, mostrar cobardía en combate o no satisfacer las contribuciones a las comidas en común (syssitíai), faltas con las que el hómoioi descendía de categoría social. El número de “iguales” fue descendiendo desde el siglo VIII, fenómeno que se conoce con el nombre de oliganthropía (peligro constante para la supervivencia del Estado), debido a la alta mortandad debido a las guerras, seísmos; la homosexualidad muy extendida, matrimonios tardíos…; diferencias económicas entre los miembros de esta clase dirigente. Para paliar este fenómeno, el estado promulgó unas leyes que otorgaban privilegios a los espartiatas que tuvieran al menos tres hijos, que venían a complementar la obligación de contraer matrimonio y una cierta permisividad con las relaciones extraconyugales. Todas estas medidas fueron insuficientes ya que el número no dejó de descender.

    Con el disfrute de los espartiatas de un lote de tierra o kleros y sus respectivos hilotas adscritos al mismo en régimen de usufructo se garantizaba el sustento económico de cada hómoios, proporcionándole un tiempo libre necesario para dedicarse a los asuntos públicos y a la guerra.

    Los espartiatas debían vestir con sobriedad y modestia, sin adornos o signos de distinción, sólo manteniendo un perfecto estado físico. Se caracterizaban por su larga cabellera, frente al pelo muy corto de las mujeres y de los muchachos inmersos en la agogé. También era costumbre llevar una barba larga, no así el bigote.

    En el campo de batalla se distinguen por sus capas púrpuras, que infundían miedo a los enemigos. En el ritual previo al combate, se untaban por el cuerpo aceite, se lustraban las armas y ,además, peinaban y embellecían su cabellera.

    A pesar de esta representación idealizada de la clase privilegiada, la realidad histórica impone que sólo fue una fachada tras la que se ocultaban las diferencias sociales y económicas, entre los “iguales”.

    En cuanto al patrimonio personal y familiar sabemos que los habitantes del estado espartano vivían en una economía agrícola. Después de un largo siglo de análisis e interpretaciones de una evidencia muy problemática, no cabe sino reconocer que la cuestión de la tierra es uno de los aspectos más elusivos dentro del conjunto institucional espartano. Dentro de este apartado debemos mencionar la imposibilidad manifiesta de que el número de lotes de tierra coincida con el de miembros de la comunidad política, además de que todos los ciudadanos posesores disfrutaran de una parcela de tierra pública igual en extensión. Aristóteles nos habla de grandes diferencias entre unos espartiatas y otros en este apartado. Esta diferenciación vendría marcada por la propia localización del dominio territorial de cada una de las familias espartiatas.

    Esparta conoció la propiedad privada de la tierra e incluso los latifundios pertenecientes a poderosos terratenientes, entre los cuales se encontrarían los propios reyes. Es posible, que junto a la tierra enajenable, la mayor parte, quedaran algunos lotes sobre los que sí pesaría la prohibición de venta.

    Al margen de la compraventa, la división de la propiedad por herencia y donación, que en muchos casos no eran sino ventas encubiertas, formaban parte de la realidad espartana mucho antes de la primera mitad del siglo IV a.C. En Esparta se aplicaba un sistema de herencia, según el cual las propiedades se repartían entre todos los hijos, incluidas las mujeres, quienes recibirían la mitad de la tierra que sus hermanos, sin que exista por tanto un derecho de primogenitura. Conforme trascurría el tiempo, el acceso de la mujer a la tierra no cesó de incrementarse, de forma paralela al notable descenso en el número de ciudadanos. Este desarrollo, junto al afán de los ricos por acaparar cada vez más fondos por medio de legados, adopciones o alianzas matrimoniales, explica la creciente desigualdad en la propiedad de la tierra. El previsible resultado será la consolidación del proceso de concentración de la tierra y de una elite socioeconómica dentro de la elite sociojurídica espartiata.

    La disparidad económica dentro de la clase dirigente espartana se traduce en que algunos mostraran una mayor disponibilidad de recursos en su contribución a la sisitía; en cualquier caso con el afán de ganar prestigio social. Asimismo, se habla también del gusto de ciertos espartiatas por la cría de caballos, privilegio exclusivo de aristócratas, y por competir en carreras de carros, buscando con todo ello un afán de prominencia sobre los demás.

    Con todo lo expuesto se observa que “al final, los iguales se veían inmersos en un complejo de desigualdades”, lo que sin duda entrañaba conflictos y tensiones permanentes. La evolución de la Esparta clásica tendió a acrecentar esas diferencias sociales y a favorecer la concentración de riqueza entre determinados sectores de la sociedad lacedemonia.

    En cuanto a los periecos, como indica la propia palabra, son los “habitantes de alrededor” de Esparta, distribuidos en aldeas y pequeñas ciudades tanto en Laconia como en Mesenia. Vivían en comunidades autónomas en el litoral marítimo de la cordillera del Parnón y en la parte septentrional del valle del Eurotas. El número de aldeas debió de pasar el centenar En origen el estatuto de perieco fuera concedido a las comunidades que aceptasen incorporarse al estado lacedemonio sin ofrecer resistencia; también a las colonias fundadas con carácter estratégico como parte del proceso de definición territorial efectuado por dicha polis. Este estrato incluía a la población doria y predoria.

    Las comunidades periecas contaban con su propia organización interna e instituciones locales, pero eran dependientes política y militarmente de Esparta.

    Más que una clase social, los periecos conforman una categoría jurídica que social y económicamente presenta gran heterogeneidad. En general poseen y trabajan tierras menos fértiles y productivas que las de los espartiatas; incluso otros se dedican a la ganadería o a la explotación de los recursos minerales y marítimos que prodigaba el territorio perieco. También se dedicaban a las actividades prohibidas por Licurgo a los hómoioi como son las manufacturas y el comercio. Posiblemente esta diferenciación entre terratenientes, ganaderos y artesanos esté la base de los desequilibrios socioeconómicos dentro de los periecos.

    Pese a que en ocasiones se hace notar la visión de fatigas de los periecos se observan ciertas ventajas con respecto a los hilotas como: a diferencia de los periecos, los hilotas no eran propietarios de la tierra que trabajaban y tampoco tenían el derecho de libertad individual. Se podría hablar de una elite perieca, poseedora de las mejores tierras, capaz de costearse su propia panoplia política y de participar en el ejército lacedemonio, lo que procuraba un medio de promoción social y de adquisición de riqueza.

    La primera mención de los hoplitas periecos la tenemos en el relato de Herodoto sobre la batalla de Platea (479), pero seguramente se incorporaran en la segunda mitad del siglo VI. La aportación perieca al ejército se fue incrementando conforme el número de espartiatas decrecía. Además de las funciones militares ayudaban a mantener las propiedades, las tierras reales y las del culto; y tenían que proporcionar a los reyes un témenos de las tierras que cultivaban.

    A diferencia de los hilotas, los periecos no suponían un peligro para la estabilidad del estado y sólo tenemos noticia de una única y restringida participación en una revuelta contra la clase dirigente espartiata. En general, los periecos se aliaban con los espartiatas para combatir al adversario, tal y como ocurrió en el episodio de las Guerras Médicas.

    Por último, los hilotas. Constituían el tipo más conocido de esclavitud comunitaria o colectiva. La mayoría de los hilotas tenía un origen mesenio consecuencia de la conquista espartana mediante las armas de su territorio, aunque también existieron hilotas laconios. La amenaza hilota no era más que una desesperada lucha por recobrar la libertad perdida que culminaría con el desastre espartano en Leuctra. A falta de evidencia arqueológica algunos autores suponen que los hilotas serían arrancados de sus lugares de procedencia y dispersados por las tierras de sus dueños con el fin de reducir las posibilidades de insurrección.

    En lo relativo al régimen de propiedad, el hilota aparece ligado a la tierra que trabaja, al de su amo espartiata, quien lo vigila, castiga e incluso puede venderlo. El hilota debía presentarse con su cabeza afeitada y vestido con una tosca prenda de cuero, y contaban con un elemento distintivo, la kyne o gorro de piel de perro, una indumentaria que debían de conservar si no querían ser condenados a muerte y sus dueños multados por ello. El trato recibido era humillante: azotes, se les embriagaba en las fiestas para que su conducta sirviera de ejemplo didáctico a los jóvenes espartiatas, etc. Otras fuentes hablan de que los hilotas gozaban de un margen de libertad en la administración económica de la propiedad. Así, según Plutarco, cada kleros debía producir una cantidad fija que se destinaba al sostenimiento del espartiata, quedando el resto en manos del hilota. Con ello podía darse el caso de que el hilota pudiese comprar su libertad. Esta dualidad de la naturaleza de los testimonios ha dado pie a forjar teorías muy diversas en cuanto a la realidad de su situación socioeconómica.

    En fin, lo cierto es que para la minoritaria clase dominante espartiata era una prioridad de su política interna el controlar a la enorme masa de población hilota como forma de garantizar la continuidad y la eficacia de su modo de producción socioeconómico. Para ello se realizaba la represión, a menudo, encubierta y silenciosa. Se establecieron una serie de medidas para reprimir a los hilotas: las Krypteiai, llevadas a cabo con cierta regularidad y durante las cuales los guerreros espartanos se dispersaban por el campo y atacaban de noche las aldeas de los hilotas para eliminar a los más peligrosos. Los éforos, al tomar posesión de su cargo, declaraban solemnemente la guerra a los hilotas. A pesar de estas medidas crueles, los hilotas no dejaron de sublevarse y, en ocasiones, tuvieron tanta importancia que los espartiatas necesitaron de la ayuda de otras ciudades del Peloponeso aliadas.

    De otro lado nos encontramos que la sociedad presenta también una vertiente integradora con respecto a los hilotas, como se observa en la progresiva incorporación de los hilotas al ejército, de modo que el servicio militar llegó a convertirse en un medio de ascenso social y jurídico para éstos, en un camino hacia la liberación, si bien nunca de una manera masiva. En un principio los hilotas acompañaban a sus dueños hoplitas como servidores personales, pero ya durante las Guerras Médicas esta función parece combinarse con el empleo de los hilotas como tropas con armamento ligero. La Guerra del Peloponeso supone un paso más hacia delante con el nacimiento de unos hilotas liberados para prestar servicio como hoplitas en el ejército lacedemonio.

    Además de estos tres conjuntos sociales, encontramos en Esparta una gran variedad de grupos cuyo estatuto es difícil de precisar, ya que aunque carecen de la plena ciudadanía y tienen una procedencia servil, disfrutan de la condición de libre y de ciertos derechos. Podemos distinguir los siguientes:

    -Hypomeíones (inferiores): eran los espartiatas que no habían sido capaces de aportar a las comidas en común los alimentos en las cantidades estipuladas.

    -Móthakes o móthones: hacen referencia a hijos bastardos nacidos tanto de relaciones adúlteras entre espartiatas, como de uniones mixtas entre espartiatas e hilotas.

    -Trésantes (temblorosos): eran aquellos espartiatas que habían sido culpados de atimía, y en consecuencia privados de la ciudadanía plena y de la condición de hómoios, a causa de haber demostrado cobardía o desobediencia durante una campaña militar.

    -Neodamódeis: serían los “recién llegados al demos”, término que no tiene por qué implicar la concesión de la ciudadanía plena; posición de inferioridad con respecto a los hómoioi. De origen hilota, se habrían integrado con ciertas restricciones en el cuerpo cívico a finales de la guerra arquidámica, cuando el desastre de Esfacteria hizo necesario incorporar hoplitas al ejército lacedemonio.

    -Brasideíoi o veteranos de Brasidas: subgrupo de los neodamodes. Se trata de 700 hilotas que habían participado como hoplitas en la campaña tracia de Brasidas, tras la cual, en reconocimiento a su lealtad, se concedió la libertad a los que habían sobrevivido.

    -Desposionáutai: equivalente en la flota lacedemonia de los neodamodes y brasideos del ejército político; hilotas manumitidos antes o después de servir como remeros.

    -Epeunactoí: primer caso de liberación de hilotas, debido a las elevadas pérdidas humanas durante la guerra de Mesenia forzaron a los espartanos a conceder la libertad y la ciudadanía a un cierto número de hilotas mediante un extraño rito.

    -Finalmente, no podemos dejar de mencionar aquí la marginación parcial que padecían los adultos varones que no habían contraído matrimonio y que, por tanto, no podían tener descendencia legal.

    Por otra parte, habría que analizar también la educación, la Agogé o educación espartana, que iba dirigida a crear buenos guerreros. Si no se pasaban con éxito los diferentes estadios de la agogé era imposible alcanzar la ciudadanía plena. Esta institución era percibida como la piedra angular de la entidad política lacedemonia, puesto que a través de ella las nuevas generaciones de espartiatas se convertirían en soldados aguerridos y disciplinados, así como en ciudadanos virtuosos y acatadores de las leyes inmutables del estado. Para ello la vida de todos los ciudadanos estaba sometida, desde que nacían, a una disciplina rígida bajo el control directo del Estado. Esta educación se basaba sobre todo en ejercicios gimnásticos y militares, y a una serie de ejercicios para probar la resistencia física de los niños; si bien el aprendizaje de las letras y la música eran totalmente desdeñadas.

    Este modelo educacional era considerado distintivo de los espartiatas, el signo más palpable de su identidad y de su gloria, pasada o presente. Su misión era inculcar en los jóvenes espartiatas la idea de que el bienestar de la comunidad se sitúa por encima de todo, a él se debe encomendarse todo esfuerzo y no al beneficio ni a la gloria personal. Como sistema educativo promovía la disciplina, la seguridad en sí mismos, la cohesión social, la lealtad, la obediencia y la uniformidad.

    Las diferentes etapas de la agogé eran las siguientes: cuando se producía un nacimiento de un varón dentro de la clase espartiata, su padre lo presentaba a los ancianos de la tribu, quienes comprobaban que estuviera sano y bien formado, requisito indispensable para su aceptación en la comunidad. Si era rechazado se arrojaba por una sima (desde lo alto del monte Taigeto). Desde los siete años el estado se hacía cargo de la educación del niño y aparentemente se rompía todo vínculo con la familia natural. Los niños eran distribuidos en agélai (rebaños), bajo el cuidado de aquellos a los que se consideraba más capacitados en cuanto a inteligencia y fuerza física para imponer respeto. En una primera etapa, hasta los doce años, endurecían su cuerpo y carácter con juegos y pruebas que realizaban descalzos y desnudos; también aprendían a leer, escribir, aritmética elemental, música, danza, etc. A los doce años comenzaba el segundo estadio de la agogé, durante el cual los paídes, dentro de las agélai, eran divididos en ílai (compañías) conforme a clases de edad. Se les asignaba entre los adultos más distinguidos y respetados un instructor (paidonómos), responsable último de su educación. Los muchachos permanecían en grupo en todo momento. Vestían únicamente un manto para todo el año y las raciones de comida eran escasas en demasía, animándoles al hurto. En el tercer estadio de la agogé, entre los catorce y los dieciséis años el país pasa a ser paidískos (adolescente).

    Este sistema educacional, sustentado en la profunda separación de sexos y en la permanente convivencia masculina desde la infancia, propició la ausencia de relaciones afectivas con mujeres hasta el matrimonio, de ahí el alto índice de homosexualidad.

    Los jóvenes comenzaban a los veinte años su instrucción militar en el ejército lacedemonio en calidad de irenes, excepto los 300 que, en virtud de sus cualidades, eran seleccionados por los hipágretas para formar parte del cuerpo de hippeís o guardia real que comandaban. Con todo, la ciudadanía plena se alcanzaba a los treinta años cuando se permitía al nuevo hómoios participar en la Asamblea, incorporándose definitivamente en las filas políticas del ejército y concurrir a las distintas magistraturas del estado. En el ámbito privado, podía ya casarse y explotar el kleros.

    Por ultimo, el militarismo espartano. El ejército espartano estaba dividido en cinco agrupaciones, lochoi, relacionadas con las aldeas. Cada agrupación se componía de varios destacamentos, llamados enomotías, y sus miembros hacían vida en común, formando una especie de fraternidades con comidas comunes, las syssitias, que era la comida comunitaria que diariamente, siempre al anochecer, reunía a los hómoioi o espartiatas de pleno derecho con la finalidad de estrechar y reforzar los vínculos de unión que hacían posible su predominio sociopolítico. Es muy posible, dejando al margen su atribución a Licurgo, que la syssitia naciera en el seno del ejército. Durante las campañas militares la comida en común constituía una parte fundamental de la convivencia diaria de los espartanos, permitiendo crear lazos de unión y camaradería que hacían tomar conciencia de la necesaria protección mutua entre los compañeros de la mesa. La dieta de estos banquetes, según Polibio, se caracterizaba por su frugalidad. Pese a la voluntad igualitaria que animaba las comidas, las diferencias socioeconómicas entre los hómoioi son evidentes en el detalle de que algunos comensales se permitían el lujo de contribuir a la mesa con pan de trigo en lugar de cebada. En este tipo de comidas no acababan ebrios, haciendo honor a la fama de moderados bebedores que tenían los espartanos, a diferencia de los hilotas que ingerían vino en abundancia.

    Sabemos también que además de los jóvenes, para que completaran su educación, se permitió la entrada a estos eventos a extranjeros.

    La syssitia cumplía otra importante función sociopolítica, determinaba la pertenencia a la clase dirigente en la medida en que si un hómoios no aportaba los productos en las cantidades estipulados, perdía sus derechos políticos y se le despojaba de su condición de “igual”, siendo relegado a la de hypomeíon. La asistencia al syssítion era obligatoria para todos los espartiatas y sólo se excusaba si uno se encontraba cazando o realizando un sacrificio, en cuyo caso debían enviarse a la mesa común parte de las capturas obtenidas en la caza o bien las primicias del sacrificio. Un derecho potestativo del rey lacedemonio consistía en participar de la syssitía sin asistir al syssítion, de modo que en su hogar recibía dos quénives de harina de cebada y un cótilo de vino; si decidía acudir a la comida comunal, se le ofrecía doble ración de todos los alimentos.

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