Chile en los siglos XVII y XVIII

Historia de América. Educación. Arte chileno. Religión chilena

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La Cultura en el Reino de Chile

s. XVII y XVIII

Siglo XVII

Iniciado el nuevo siglo y transcurridos ya 50 años desde el comienzo de la guerra de Arauco, se puede decir que Chile era otro territorio incorporado a la Corona.

En el Chile del siglo XVII no solo hubo invasores y defensores como en el siglo anterior, sino que además encontramos en él los primeros indicios de una sociedad mestiza, racial y culturalmente, con un sello hispánico muchísimo más marcado y una desafortunada tendencia a subvalorar el aporte autóctono.

  • Religión

Una profunda fe en Dios, en el dogma católico, en la Virgen María y la corte celestial alumbró el mundo espiritual del conquistador y el criollo.

Las creaciones espirituales y culturales reposaron también en una acendrada fidelidad al magisterio de la iglesia, que constituyó la fuente inspiradora de toda la vida intelectual y religiosa. La estrecha unión de ésta con el Estado confundió los fines de ambos que aparecieron, por así decirlo, actuando en un solo sentido.

El saber tuvo una clara orientación religiosa, debía revelar la sabiduría humana para conducir el entendimiento a la fuente originaria de donde emanaba. El arte, en fin, encontró en esta temática su mejor medio de expresión y logró permanecer casi invariable en un corto período de tiempo.

IGLESIA

La iglesia estuvo presente en Chile desde los primeros momentos de la fundación del país.

El papel fundamental de la iglesia en América estuvo centrado en la evangelización de los naturales, tarea a la que se dedicó con fervor. Se trataba así no sólo de cristianizar al natural, sino también de defenderlo frente al abuso, crueldad y prepotencia de españoles y criollos. Las crónicas y relatos de religiosos constituyen una rica vertiente para el conocimiento de las culturas precolombinas.

Llegaron al país distintas congregaciones de clérigos como la mercedaria, los franciscanos, los dominicos, los agustinos y los jesuitas. De todas, fue la Compañía de Jesús la que rápidamente tomó el liderazgo en todos los aspectos, tanto confesionales como económicos y educacionales, llegando a convertirse en los propietarios más importantes de tierras en Chile. Van a destacar por sus métodos eficaces y audaces, Luis de Valdivia y Diego de Rosales.

Los jesuitas se preocuparon de aprender la lengua indígena e incluso editaron gramáticas y catecismos en el idioma nativo, como lo hizo el padre Luis de Valdivia. Los conventos tenían sus propias bibliotecas, destacándose las de los agustinos y jesuitas, que llegaron a tener 20 mil volúmenes.

Las fiestas religiosas se hacen familiares, el santoral cada vez se tiene más presente, las festividades son cada vez más coloreadas, constituyendo un símbolo de la fusión de lo hispánico y lo aborigen. Los milagros y poderes de los santos se hacen ampliamente conocidos; cada familia, cada individuo tenía uno o más de su devoción. Se les rendía un homenaje en las procesiones; éstas eran numerosas y como toda institución, tenían un carácter mixto donde sus finalidades abarcaban el ámbito civil y religioso.

La cultura y toda la vida misma de cada habitante de este país va a ser en este siglo, en cierto modo, el fruto de la acción evangelizadora. La evangelización tocó las raíces profundas de los chilenos, y podemos decir que a fines de siglo la Iglesia Católica se había hecho presente hasta en las zonas más inhóspitas del país. Logró entablar contacto con los mapuches más violentos y asumió el papel de intermediaria entre los dos bandos en guerra.

  • Educación

Durante el transcurso del siglo XVII, la educación alcanzó un verdadero

desarrollo, los estudios se podían dividir en tres clases: la escuela de primeras letras, las escuelas de gramática y las universidades pontificias.

Las primeras se multiplicaron por todo el país y los maestros laicos continúan teniendo importancia. Los permisos los otorgaba el respectivo cabildo y las escuelas con más de 100 alumnos funcionaban en la casa del propio maestro. El texto en el cual se enseñaba a leer era la cartilla, impresa en Lima por el Hospital de Nuestra Señora de Atocha. Se usaban también planchas de metal sostenidas por un mango, con las letras del alfabeto grabadas. La enseñanza consistía en adiestrar para leer y escribir, contar y el catecismo. El Cabildo, regulador de la vida ciudadana, había desarrollado un verdadero reglamento para las escuelas de primeras letras (vigilando las escuelas, la idoneidad de los maestros, la disciplina y el nivel de estudio). Mañana y tarde, concurrían los niños a la escuela donde se les tomaba la lección, los días viernes debían concurrir al convento de los jesuitas a escuchar la doctrina cristiana. Llegaban hasta la Compañía en grandes procesiones y cantando letanías; por último, el sábado, aprendían a ayudar en la misa. Ese era el programa semanal de los estudiantes de primeras letras.

Pero la enseñanza no se reducía sólo a entregar conocimiento, era más importante enseñar principios morales y cívicos. Diversas prohibiciones tenían los estudiantes, así debían andar quietos en las calles (sin correr) y debían saludar a sus mayores con corrección. No debían, so pena de azotes, echar maldiciones, mentir, jurar o decir palabras deshonestas. Junto con ello, tenían la obligación de rezar antes de acostarse, de quitarse el sombrero frente a los mayores y repetir palabras de buena educación frente al estornudo de los demás.

Al lado de las escuelas laicas, funcionaban las conventuales de primeras letras; mercedarios, franciscanos, dominicos y jesuitas las tenían.

La educación de las mujeres se hizo en los conventos de monjas, ya desde el siglo XVI. En ellos se educaban las “señoritas principales”.

En estos colegios conventuales se enseñaba a leer, escribir y contar, aunque en forma muy imperfecta. A ello se agregaban algunos ramos de adorno, destinados a preparar para la vida social y la vida del hogar, tales como “algo de baile, un poco de música, saber hilar, coser, tejer, cortar un vestido y hacer cuanto puede ocurrir en una casa bien gobernada”.

La mujer del pueblo no recibía ningún tipo de enseñanza.

Las escuelas de gramática están casi enteramente reservadas a las ordenes religiosas, que preparaban a sus novicios para los estudios superiores; a ellas también podían concurrir los seglares que lo desearan. Se enseñaba, además de los estudios de gramática o humanidades, cursos especiales de teología y filosofía moral.

En las escuelas de gramática se aprendía el latín por el texto de Nebrija, geografía y geometría, estudios de retórica y métrica (a modo de complementación); filosofía abstracta y metafísica, que los dominicos enseñaron según Santo Tomás y los jesuitas según Luis de Molina.

En estas escuelas, equivalentes a estudios de actual enseñanza media, se difundieron por el Reino. Los jesuitas abrieron las suyas en Concepción y La Serena y los dominicos en Concepción.

El origen de los estudios superiores en Chile, radica en los cursos especiales que las escuelas especiales dictaban a sus novicios. En 1608 en el Colegio Máximo de San Miguel los jesuitas agregaron una serie de clases a fin de que sus novicios pudieran ordenarse, pero los estudios superiores no se podían terminar en el país. Los dominicos trataron por todos los medios de establecer una universidad pontificia. En 1619, Paulo V les concedió el privilegio, que también pidieron y alcanzaron en 1621 los jesuitas. Los alumnos de estas universidades, luego de terminar sus estudios, podían optar a los grados de bachiller, licenciado, maestro y doctor en facultades de arte y teología, el grado era conferido por el obispo.

Los jesuitas tuvieron durante el siglo XVII en tal alto prestigio sus universidades que el Obispo de Santiago les concedió la educación de los alumnos del seminario eclesiástico. Lamentablemente, estas universidades carecían de cátedras de cánones y leyes; matemáticas y medicina; los chilenos debían continuar yendo a otros países a graduarse en derecho, ingeniería y medicina (debían ir a la universidad de San Marcos de Lima), que desde 1551, fecha de su fundación, era el centro indiscutido de la vida intelectual de la América meridional).

EL OFICIO DE LAS LETRAS

La crónica, mejor que ningún otro género literario, continuó expresando la sensibilidad literaria del reino: en ellas se recogen como en un gran mosaico las inquietudes y anhelos de los hijos de la tierra.

Acá señalaremos a cuatro grandes escritores del siglo. Dos españoles, Alonso González de Nájera y Diego de Rosales. Y dos criollos, Alonso de Ovalle y Francisco Núñez de Pineda y Bascuñan.

González de Nájera fue un militar de destacada actuación en la guerra de Arauco, lo que le permitió recoger sus impresiones en un extenso memorial titulado “Desengaño y reparo de la guerra de Chile”, en el que criticó duramente la forma en que se había llevado a la contienda y propuso diversos medios para concluirla.

Diego de Rosales fue un sacerdote jesuita que llegó muy joven a Chile. Recorrió gran parte del territorio y se enamoró del paisaje y de su gente. El fruto de sus observaciones fue la “Historia General del Reino de Chile”, “Flandes Indiano”, en la que no sólo hizo un cuadro acabado de la vida chilena de su tiempo, sino que describió también el mundo origen y natural, al que dio particular realce.

Ovalle, fue destinado por su orden a Roma. Allí lejos de su medio y con una gran nostalgia por la patria creó su “Histórica relación del reino de Chile”, que tuvo como propósito dar a conocer al país. El libro fue publicado en 1646 en la Ciudad Eterna y todo él es un elogio entusiasta a la vida del autor, que pareciera ser un nievo paraíso destinado a la felicidad de los humanos. Fue designado por la Real Academia Española en su diccionario de autoridades maestro del idioma castellano.

Núñez de Pineda y Bascuñan, militar de profesión, fue el autor de “El cautiverio feliz y razón individual de las guerras dilatadas del reino de Chile”, extensa novela que cuenta sus experiencias entre los indios, para dar luego origen a una dura crítica contra el gobierno, los abusos y fraudes, la postergación que sufrían los criollos y las crueldades que se cometían contra los indígenas.

  • Arte

A las incipientes expresiones artísticas del siglo XVI siguió un desarrollo mucho más significativo durante el siglo XVII. El espíritu de la nueva corriente artística del barroco comenzó a hacerse presente desde fines de la centuria pasada.

El arte barroco, definido como la expresión estética de la Contrarreforma, iluminó al siglo. Su dramatismo característico, manifestado en el claroscuro de impresionantes efectos y la libertad de movimiento que dio a sus modelos, tuvo rápida resonancia en América, donde al amparo de nuevos paisajes y antiguas culturas pudo crear una síntesis feliz que reflejó tanto la herencia como la indígena.

La necesidad de difundir y afianzar el sentimiento católico, facilitó la expansión de un arte fuertemente expresivo, que causase impresión en el espíritu de todos.

Su temática fue esencialmente religiosa: las artes plásticas estaban al servicio de Dios y debían enseñar a los fieles los misterios del culto.

Las grandes creaciones artísticas se concentraban en las iglesias, que eran verdaderos museos de la historia humana y divina.

Incluso en Chile se alzaron espléndidos templos, de los que sólo a perdurado el de San Francisco de Santiago, cuya construcción se inició en el siglo XVI. Merecen recordarse, aunque hayan sido arrasados por incendios o catástrofes naturales, el de los agustinos, dominicos y jesuitas, particularmente este último, que, al igual que todas las clásicas iglesias de la Compañía, se inspiraba en cánones repetidos, pero a la vez originales.

Tanto en las iglesias como en sus claustros se cobijaron notables colecciones de pintura que representaban generalmente la vida de algún santo. En Chile tuvo particular importancia la corriente pictórica que vino del Cuzco, ciudad en la que había surgido una escuela artística plena de expresión y dramatismo. De allí vino un grupo de artistas a decorar los patios de San Francisco, pintando una notable serie sobre la vida del santo. Dentro de estos maestros sobresalió Juan Zapaca Inga, el único de entre ellos que firmó algunas de las obras.

Quito fue otro centro importante de actividad artística, que no sólo produjo pintura, sino también una imaginería policromada de espléndida factura y gran calidad.

En el país, la pobreza dl medio impidió la existencia de grandes escuelas. Los pocos artistas locales siguieron las corrientes que emanaban de los lugares nombrados, que aspiraron, por lo demás, en estas materias a todo el continente ya fuera por importación directa de obras de arte o porques éstas de alguna forma servían de modelo a creaciones regionales.

Otras expresiones artísticas destacables fueron los trabajos en madera, trabajos en platería, herrería y objetos de cuero; siempre asociados a la arquitectura religiosa y al culto, que aún hoy continúan deslumbrando por su calidad y belleza.

REPRESENTACIÓN TEATRAL

La más antigua representación teatral se realizó en Santiago, en cumplimiento de una orden real (1616), que mandaba que se celebrara el misterio de la Concepción de María. En la capital de Chile hubo diálogos sobre el misterio de la eucaristía.

El gobernador Lazo de la Vega, con motivo de la mejoría de sus dolencias, celebró una fiesta pública, en ella “se representó una famosa mascarada, compuesta de gigantes y enanos; fuego, agua y tierra y las cuatro estaciones. Otro día se representaron once comedias, por capitanes y sargentos y nobles del Reino.

A mediados del siglo se representan auto sacramentales; los más conocidos fueron: Las Tres Marías, El Juicio, La Epifanía, La Danza de la Muerte.

También se generalizó la representación de verdadera piezas teatrales: Algunas hazañas de Don García Hurtado de Mendoza, El diablo predicador, Arauco domado, Los españoles en Chile, El hércules chileno (Caupolicán).

Siglo XVIII

En el transcurso de la época colonial, el siglo XVIII tiene caracteres propios que le dan especial relieve y una fisonomía completamente distinta a la de etapas anteriores.

Los cambios que en él ocurren son la consecuencia de dos fenómenos paralelos y contrarios. Por un lado, el sistema político de la monarquía absoluta alcanzó su mayor apogeo; y, por otro, dentro de aquella misma sociedad se gestó un movimiento cultural, que desarrolló una crítica profunda a sus propios fundamentos e instituciones. El desarrollo de las corrientes racionalistas del pensamiento favoreció a la monarquía, modernizándola y haciéndola aún más efectiva. Al mismo tiempo, aquello dio origen al movimiento cultural conocido como ilustración que en el curso del siglo se transformó en el motor impulsor de la serie de cambios profundos que puso término al antiguo régimen monárquico.

  • Religión

El sentimiento religioso, tal como se le conoció en el siglo anterior, expresado en fiestas y devociones, va a tender a decaer. La aristocracia y los grupos ilustrados se alejan de las prácticas festivas. El pueblo sencillo sigue apegado a sus viejas tradiciones religiosas, expresadas en fiestas, mandas, y otras.

La fe se empieza a concebir más como una concepción centrada en la razón y la idea dl progreso que como una idea centrada en la tradición y en la fe. Se va a dar una primacía a la ética, se pretende una pureza evangélica. Por esto, se deja de lado el esteticismo más propio el barroco. Todas estas características influirán en la Iglesia, ya sea en su predica, en la docencia, como en la perspectiva pastoral que se tenga.

IGLESIA

El fuerte impulso que la iglesia había experimentado en los siglos anteriores incluso en éste, va a sufrir su más serio revés con la expulsión de los jesuitas. Este va a ser el más doloroso suceso para la acción cultural del país. Se puede afirmar, sin exagerar, que la cultura tambaleó en ese momento.

Institucionalmente, la iglesia, continuó estrechamente ligada al trono. Desde este punto de vista, era, en verdad, una rama más de las funciones que cumplía el estado. El embate de las nuevas concepciones políticas del Despotismo Ilustrado la concibieron como completamente subordinada a sus intereses. Esta corriente reforzó el concepto de patronato, que de ser entendido como una concesión hecha por el Papa a los monarcas, pasó a considerarse como una regalía inherente a la corona. De esta manera el regalismo, fue la actitud política del siglo.

La iglesia no sólo cumplía funciones religiosas, sino también era un instrumento más al servicio de la monarquía.

Administrativamente Chile estaba dividido en dos obispados, Santiago y Concepción. El primero era cabecera del reino y como tal tenía prioridad jerárquica. Cada uno a su vez estaba dividido en parroquias.

Especial preocupación de la iglesia chilena fue la evangelización indígena. La tarea evangelizadora siguió el impulso que había logrado el siglo anterior.

Los jesuitas impusieron su sello característico, su celo apostólico y su altura intelectual en esta tarea, especialmente en las zonas de Valdivia, Chiloé y la Araucanía. Al ser expulsada la Compañía, la tarea evangelizadora sufre un deterioro enorme, en muchos casos la obra de los jesuitas fue tan grande que pudieron sobrevivir gracias a la organización que ellos se habían dado. Los franciscanos tomaron a su cargo las tareas que la Compañía de Jesús debió abandonar. Este celo, sin embargo, tuvo escaso éxito y la verdadera acción apostólica se centró en las zonas españolas, donde se preocuparon de cuestiones evangélicas, también jugaron un papel importantísimo en la enseñanza y en general, en todas las manifestaciones de la cultura.

Los pastores de la iglesia chilena fueron en este siglo, por lo general, varones probos y doctos. Destacándose Don Manuel de Alday y Aspee, que gobernó durante varios años la diócesis santiaguina. También destacan Don José Antonio Martínez de Aldunate, de gran figuración en la independencia nacional, y Don Pedro de Tula Bazán.

El gran contingente de la iglesia se encontraba en el clero regular: franciscanos, dominicos, mercedarios, agustinos y jesuitas. Estos últimos fueron durante este siglo, hasta su expulsión (1767), un poder religioso, económico, intelectual, social y político que superaba, excepto al poder real, a todas las otras fuerzas espirituales en unidad.

La decisión del rey Carlos III, de expulsar a los jesuitas, (que le tocó cumplir al gobernador Guill y Gonzaga), aunque las razones se dieron a conocer, obedeció a un conjunto de motivos, entre los cuales estuvo el gran poder alcanzado por la orden en América. Por otro lado la concepción política de los jesuitas reconocía en el pueblo al depositario del poder monárquico, doctrina que se oponía a la sustentada por el Despotismo Ilustrado, al sostener que el poder político venía de Dios y pasaba directamente la soberano, sin que el pueblo tuviera intervención alguna. La riqueza de los jesuitas pasó al poder de la Corona. La salida de la orden significó una lamentable pérdida en todo sentido, el perjuicio en materia educacional y cultural fue enorme. Toda labor artística iniciada por los artesanos alemanes se interrumpió. Connotadas figuras del circulo científico y teológico, como el abate Ignacio Molina, el Padre Manuel Lacunza y Pedro de Torres debieron abandonar el país. Los más importantes centros de enseñanza fueron cerrados y la calidad de la educación bajó considerablemente. Finalmente, el impacto en el campo económico fue remediable; el manejo eficiente de sus haciendas, el conocimiento técnico y su iniciativa industrial no pudieron ser reemplazados.

  • Educación

La educación pública durante el último siglo del coloniaje experimentó un notable incremento. Las escuelas de primeras letras siguieron proliferando en gran número y en ellas se continuaba capacitando, en forma precaria, a los alumnos pata leer y escribir, las cuatro operaciones aritméticas, el catecismo, rudimentos de gramática latina y otras disciplinas.

Con la expulsión de los jesuitas, los estudios medios recibieron un severo golpe, se cerró el más importante centro de enseñanza que existía, el Convictorio San Francisco Javier, que aunque fue reemplazado por el Convictorio Carolino no alcanzó la notoriedad del primero.

Un carácter intermedio entre la enseñanza secundaria y universitaria, lo tuvieron los seminarios de Santiago y Concepción, destinados a formar sacerdotes.

La enseñanza universitaria, hasta entonces reducida a las llamadas universidades pontificias que funcionaban en algunos conventos, era una vieja aspiración de los criollos que deseaban que la formación superior estuviese al alcance de los estudiantes laicos.

En 1738 se obtuvo una Real Cédula de Felipe V, que autorizó la erección en Santiago de la Universidad de San Felipe cuyos gastos debían ser atendidos por el cabildo de Santiago, institución que había también preconizado su creación. En la práctica, la Real Universidad, comenzó a funcionar únicamente en 1747. y hasta 1756, no tenía cursos, limitándose a tomar los exámenes, a conceder los grados. En este último año, el gobernador Amat nombró los primeros profesores: tres de filosofía y teología, cuatro de derecho, uno de medicina y uno de lengua y uno de matemáticas.

La Universidad fue estructurada a la manera de los antiguos centros españoles, que tenían por modelo a la de Salamanca y respondían a una concepción medieval de la vida, carácter que de alguna manera se mantuvo en Chile.

Los contenidos de la docencia universitaria se ajustaban a la vieja escolástica y no daban gran lugar a la entrada de nuevos conocimientos o nuevas ideas. Esta situación motivó muchas veces la crítica de hombres alertas a las novedades intelectuales.

Las nuevas tendencias educacionales que auspiciaban el aprendizaje de técnicas útiles y necesarias para el desarrollo económico, tuvieron cabida en la Academia de San Luis, fundada por Don Manuel de Salas, benefactor y alma de ella. Abrió sus puertas el año 1797, la financiaban el Cabildo y el Consulado. Los ramos que se enseñaban fueron matemáticas, geometría, aritmética, dibujo, primeras letras, gramática y ensaye de metales. Pese a la modestia del establecimiento, la iniciativa fue valiosa al orientar hacia nuevos campos en materias educacionales y ser un clero ejemplo del propósito de algunos criollos ilustrados de levantar los niveles de vida de sus compatriotas y de propender, al mismo tiempo, al desenvolvimiento económico mediante una preparación adecuada.

Existía también la enseñanza especial, en el Colegio de Chillán, para los naturales, que primero regentaron los jesuitas y que luego, en manos de los franciscanos, tuvo un importante papel político cultural.

BIBLIOTECAS

Durante los siglos XVI y XVII se formaron el Chile algunas bibliotecas importantes tanto particulares como en los conventos.

En el siglo XVIII aparecen verdaderamente las grandes bibliotecas, siendo la más famosa de todas la de los jesuitas, que a la fecha de su expulsión sobrepasaba los 15.028 volúmenes, repartidos n sus distintos colegios. La de los dominicos llegó a tener 5 mil volúmenes y la de los franciscanos, 3 mil volúmenes.

Los particulares llegaron a tener famosas y notables bibliotecas, como la de José Antonio de Rojas, la de los Cruz, la del obispo Manuel Alday (2.500 libros) y la de Don José Valeriano de Ahumada (1.500 volúmenes).

A esta fecha las obras religiosas, que seguían siendo importantes, no cubrían todos los estantes. También las obras literarias habían penetrado en la sociedad chilena y los Calderón, Morteo, Rojas, Zorrilla, Góngora y otros, estaban entre las preferencias. Obras de carácter jurídico son importantes y los clásicos de la antigüedad no le van en zaga.

A fines de la colonia las bibliotecas pequeñas se habían multiplicado y cualquier persona poseía en su casa algunos libros.

EL DESARROLLO INTELECTUAL DEL SIGLO XVIII

La maduración de Chile se hizo sentir también en el plano de la producción y como resultado de ella la producción historiográfica adquirió una mayor complejidad, lo propio ocurrió en otras áreas del saber, como eran las ciencias naturales, la teología y la poesía.

La primera de las obras dignas de mencionar en la historiografía del siglo XVIII, es la “Historia de Chile”, del Capitán Pedro Córdoba de Figueroa, que va desde el Descubrimiento de Chile hasta 1717. Se usaron en ella todos los trabajos anteriores que el autor tuvo a su alcance y documentos valiosos que hoy se hayan perdido, como las actas del cabildo de Concepción, del cual fue alcalde.

Pero los escritores chilenos más importantes de todo el siglo serán los jesuitas Juan Ignacio Molina y González y el padre Miguel de Lacunza y Díaz. El primero es un naturalista, un zoólogo y un botánico; recogió información sobre lo que le interesaba y en su destierro boloñés dio cima a una de sus obras “Compendio della storia geográfica naturale e civile del Regno de Chili”. En esta obra hay importantes descripciones del territorio, sus plantas, animales y minas y a los aborígenes y sus costumbres. Su éxito fue inmediato, por lo que escribió una segunda obre “Ensayo de la historia natural de Chile”, dividida en cuatro libros.

Lacunza compuso una obra de teología “La venida del Mesías en Gloria y Majestad”. Llegó a crear una escuela teológica mesiánica, el lacunzianismo, fue condenada por la iglesia. El es único americano que a sido capaz de crear una teología de importancia.

Chile contó, aparte de escritores, con poetas como el padre Fray Miguel de Oteiza, la Madre Teresa García de la Huerta, Lorenzo Mujica y con algunos cultores como el alférez Antonio de Espinosa.

  • Arte

El desarrollo del arte tuvo dos momentos bien marcados en el transcurso de este siglo. Durante la primera mitad fue notoria y predominante la influencia del Barroco y de las escuelas de pintura cuzqueñas y quiteñas.

Durante el siglo XVIII las artes descubren nuevos rumbos, tal vez influenciadas por la gran venida de extranjeros a Chile, que a partir de los franceses condujeron al comercio a las costas del Pacífico. A esta influencia de los franceses se unió otra mucha más importante, la llegada del padre jesuita Carlos Haymhausen y sus cuarenta artesanos, que era plateros, relojeros, fundidores, pintores, escultores, ebanistas, carpinteros y otros, todos de origen alemán. Su llegada produjo profundos trastornos en las artes del país; instalados en Calera de Tango, constituyeron talleres industriales montados con las más modernas técnicas; se realizaron muebles de lujo, grandes estanterías, relojes públicos, el notable cáliz de oro que se conserva en la Catedral (en él están grabadas las escenas de la Pasión), etc. con la expulsión de los jesuitas acabó este importante arte.

Después de la expulsión de la Compañía vino un segundo periodo, que corresponde al neoclasicismo en Chile. Este nuevo estilo, a diferencia del barroco era simple y de líneas rectas, estilo sobrio y mesurado, esencialmente racional.

Su gran representante en Chile fue el arquitecto romano Joaquín Toesca y Ricci. Construyó notables edificios, entre ellos La Casa de Moneda, los tajamares, iglesias y palacios. Creó escuela y sus discípulos lo siguieron en la preciosidad de sus líneas neoclásicas.

En las postrimerías del periodo colonial llegó a Chile el peruano José Gil de Castro, que si bien fue partícipe del espíritu del siglo, no dejó de lado la vieja tradición pictórica de los antiguos maestros; fue retratista y pintó el rostro de centenares de personajes.

REPRESENTACIÓN TEATRAL

Las representaciones teatrales continuaron y el aficionado quiso tener un teatro permanente. En 1774, el empresario José Rubio, obtuvo la autorización para dar representaciones, dio variadas funciones de las obras: El desdén con el desdén, El dómine Lucas.

En 1799, José Cos Iriberry pudo construir y mantener por diez años “un teatro capaz, decente, cómodo y seguro...”. Luego en el propio Palacio de gobierno se estrenaron obras como El amor vence al deber, de Juan Egaña y otras de Bernardo de Vera y Pintado.

LA MÚSICA

Durante el siglo XVIII, se desarrolló con notable influencia francesa, la música en Chile. Se comenzaron a introducir en el país clavicordios, violines, arpas, panderetas andaluzas, etc.

Las damas chilenas se hicieron expertas en la guitarra, la espineta, las castañuelas y las panderetas. En el pueblo, el arpa y la guitarra era ejecutados con soltura y maestría.

A fines del siglo, llegaron los primeros pianos fortes. Luego Agustín y Eyzaguirre adquirió el primer piano.

En las tertulias se cantaba y ejecutaba, también había grandes vocalistas. En el pueblo, también se desarrolló el gusto por la música, el canto y el baile.

Introducción

El ordenamiento del suceder histórico en Chile durante el siglo XVII nos presenta, la etapa más cruda en la permanente lucha que el español hubo de mantener en este país contra la naturaleza y contra un enemigo irreconciliable. Las catástrofes de variada índole se suceden, y el ascendiente del conquistador tiene que comenzar una y otra vez la tarea de resucitar una civilización aniquilada: el Desastre de Curalaba, atroces terremotos del siglo, grandes sublevaciones, pestes...

Mientras tanto, la corte entregaba el mando a los jesuitas, que pretendían hacer en Chile una abierta lucha con una sociedad ya formada y hostil a esta idea. Los elementos étnicos puestos en contacto en el siglo XVI se funden en el XVII. A estabilizarse la Guerra de Arauco, el germen de sociedad se convierte en un verdadero pueblo. Se multiplica la población española, las exportaciones la actividad económica se independiza y el nivel de vida ya es muy distante al del punto de partida.

La exagerada separación de las clases sociales que produjo el natural mestizaje había de reflejarse, como es lógico, en su respectiva cultura. Pero la evolución histórica que otorgó al mestizo la mayor conquista de la civilización, el hábito del trabajo, había disminuido considerablemente aquellas diferencias en el curso de los siglos coloniales, equilibrio que se manifiesta no sólo al ascender las clases inferiores.

En el ascenso de los primeros hubo una participación feliz y constante de los jesuitas. Como factores paralelos en la tarea deben señalarse además, la tregua en la lucha contra la naturaleza y las influencias beneficiosas de la Ilustración, encabezada en Chile por el ilustre Manuel de Salas. Los esfuerzos de la corte de los borbones son, en este sentido, permanentes y prácticos, tanto en su empeño en difundir las obras científicas y artísticas españolas, como por las extranjeras traducidas, fenómeno general a toda América que debía reflejarse en Chile.

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