Caza de brujas

Historia. Siglos XVI y XVII. Brujería. Pacto con el demonio. Aquelarre. Juicios

  • Enviado por: Leonardo Mora
  • Idioma: castellano
  • País: Colombia Colombia
  • 9 páginas

publicidad
cursos destacados
Iníciate en LOGIC PRO 9
Iníciate en LOGIC PRO 9
Vamos a ver de manera muy sencilla y en un breve paseo de poco más de una hora como funciona uno de los...
Ver más información

Iníciate con Ableton Live
Iníciate con Ableton Live
El curso da un repaso general por las órdenes y menús más básicos, para poder generar...
Ver más información


La Brujería en los siglos XVI y XVII: Evolución de un concepto

En todas las sociedades que creen en brujería los magos son considerados como individuos con cierto tipo de poder extraordinario para realizar actos malvados. Las características de estos actos es que son más mágicos que religiosos.

Otra característica es que son nocivos, no benéficos, su objetivo es producir daños, enfermedades, pobreza, o cualquier otro infortunio, por lo tanto, se oponen a los actos de la magia blanca cuyo objetivo es proporcionar bienestar.

Esta distinción es más bien relativa, en especial cuando el mago (o brujo, según el punto de vista) daña a alguien a fin de protegerse o cuando cura a alguna persona traspasando la enfermedad a otra; esto se ve bien reflejado especialmente en la magia amatoria, que puede ser nociva según la circunstancia, si da como resultado una relación adultera es nociva, pero será benéfica cuando reúna a un marido con su esposa.

Un gran historiador de la Inquisición, Henry Charles Lea, separa claramente la hechicería de la brujería: “La brujería es la culminación de la hechicería, y sin embargo no son lo mismo. Ya no se trata de un pacto con el demonio, expreso ni tácito, para obtener ciertos resultados, esperando lavarse el pecado en el confesionario y burlando así al diablo. La bruja ha abandonado el cristianismo, ha renunciado a su bautismo, rinde culto a Satanás como a su dios, se ha entregado a él en cuerpo y alma, y existe ya solo para ser su instrumento de hacer el mal.

Tanto si es maléfica como benéfica la magia se puede situar en escalas, la alta magia es un arte complejo y teórico que requiere un cierto grado de educación, se agrupan aquí, la alquimia, y la adivinación, con sus variantes y métodos como:

  • Astrología

  • Necromancia

  • Escapulomancia

  • Dactilomancia

  • Oneiroscopia

En el otro lado de la escala, la magia baja requiere una casi nula educación formal y se puede aprender por transmisión oral o experimentación individual, adopta generalmente forma de encantamientos y ensalmos sencillos, “casi todos los maleficia atribuidos a las brujas, sobre todo en la Edad Moderna entran dentro de esta categoría, tanto porque la inmensa mayoría de los brujos y brujas procedía de los estratos bajos de la sociedad.

Todos estos elementos teóricos del concepto brujería, se fueron conjugando a través del tiempo en conjunto con otros elementos nacidos en la era medieval, para ir creando hacia comienzos de la Edad Moderna el escenario perfecto para que se produjese el gran acontecimiento en la historia de la brujería: La gran caza de brujas de los siglos XVI y XVII.

Para llegar a esto tuvieron que ocurrir diversos cambios en la mentalidad bajo-medieval, lo que analizaremos como “concepto acumulativo de brujería”

Concepto acumulativo de brujería:

Para comenzar este análisis hay que dejar en claro que a finales del siglo XVI, la mayoría de los europeos cultos creía en las brujas, específicamente creían que ellas pactaban explícita y directamente con el diablo, este pacto no solo les otorgaba el poder de realizar maleficia, sino que las iniciaba además en el servicio al demonio. En esta ceremonia comúnmente se creía que la bruja accedía al rechazo de su fe cristiana, que solía simbolizarse con la acción de pisotear la cruz y a ser rebautizada por el demonio, además, en esta ceremonia se rendía homenaje al diablo inclinándose ante él o besándole el trasero, como signo de su lealtad el demonio grababa en el cuerpo de la bruja una marca distintiva. Luego le daba instrucciones para la realización de actos maléficos, suministrándole si fuese necesario, pociones, ungüentos e imágenes para practicar su arte.

Una segunda creencia generalizada era que las brujas tras haber concluido el pacto, se reunían periódicamente con otras, para realizar una serie de ritos obscenos, blasfemos y atroces. En estas reuniones o aquelarres se acostumbraba a menudo sacrificar niños al diablo y banquetear con los cuerpos de las víctimas; bailar desnudas y mantener trato sexual con el demonio y otras brujas.

Inherente a esta creencia es que las brujas se servían del poder del demonio para volar por el aire y poder llegar a las reuniones a lugares con frecuencia a considerable distancia de sus hogares. Hay que aclarar que estas creencias eran casi exclusivas de las clases letradas y dirigentes y no del pueblo, su formulación efectiva fue obra de teólogos, filósofos y abogados, y las personas que las aceptaron eran jueces, clérigos, magistrados y señores. El pueblo solo obtenía información limitada de las actividades brujeriles a través de la lectura pública de las acusaciones contra ellas en el momento de su ejecución y por los esfuerzos deliberados de las autoridades para instruir a la población en estos asuntos durante una situación de caza de brujas. Una vez expuesta las ideas, el pueblo no tenía reparos en aceptarlas, no obstante, como en su gran mayoría el pueblo era analfabeto, no podían entender del todo las complejas teorías de los demonólogos, su interés por la brujería y su miedo a ella se centraban en la capacidad de la bruja para causar daño por medios ocultos y no en su relación con el demonio, y aunque estas teorías probablemente causaron terror en las clases bajas, su interés primordial siguió refiriéndose a la magia mas que al demonismo de las brujas.

La gran caza de brujas no pudo producirse hasta que los miembros de las elites dirigentes de los países de Europa, en especial los de la maquinaria judicial. Fue necesario que la clase dirigente creyese que el delito “era de la máxima magnitud y se practicaba en gran escala y en forma conspirativa”.

No solo se debía creer que algunas brujas dañaban a sus semejantes por medio mágicos, sino que, lo más importante, el gran numero de ellas rechazaba por completo la fe y menoscababa la civilización cristiana, tenían que pensar que magos y brujas pertenecían a una secta organizada y conspiratoria de adoradores del demonio.

Para entender de donde venían todas estas creencias nos haremos las siguientes preguntas: ¿De dónde provenían las ideas sobre el pacto con el demonio, el aquelarre, y la capacidad para volar?, ¿Cómo se desarrollaron tales ideas, para difundirse luego entre las clases superiores e instruidas de los países europeos?, Y ¿Por qué estas creencias explotaron en esta época?. Intentaremos explicar estas interrogantes a través de algunos conceptos en el tiempo.

El demonio

La concepción misma que se tuvo del diablo cambio visiblemente durante la Edad Media, a lo largo de esta solía recibir el nombre de Satanás, denominación que significa el enemigo y que aparece en la Biblia. En el Antiguo Testamento, Satanás no figura como personaje importante porque al ser el judaísmo una religión monoteísta, se atribuyo el origen de toda la creación y administración del universo al único Dios verdadero, Yavé, cualquier acontecimiento o realidad tanto del bien como el mal era responsabilidad suya.

En el Nuevo Testamento adquirió una preeminencia mucho mayor; no sólo tentó al mismo Cristo en el desierto sino que se convirtió en el poderoso oponente de la cristiandad, incitando a los hombres a alejarse de Dios y rechazar sus doctrinas. Surgió por lo tanto, un conflicto, una lucha titánica entre el reino de Cristo y el de Satanás, conflicto que continuaría hasta el Segundo Advenimiento predicho en el Apocalipsis.

A medida que el cristianismo se propagaba fue natural que los Padres de la Iglesia atribuyesen a Satanás las religiones paganas y judías. Una de las tácticas más eficaces de la Iglesia Cristiana con los conversos que seguían adorando dioses paganos, fue la de demonizarlos, es decir, asegurar que tales dioses eran en realidad demonios o Satanás en persona. Tal fue esta creencia que los cristianos comenzaron a pintar al Demonio tal como los paganos representaban a sus dioses, por ejemplo la barba de chivo, las pezuñas partidas, los cuernos, la piel arrugada, la desnudez y la forma semianimal hace referencia directa al dios grecorromano Pan como a Cernuno, dios Celta, mientras que los senos de mujer de algunas representaciones procedían de la diosa de la fertilidad Diana. Hay que aclarar que estas imágenes de las confesiones de las brujas (en los archivos inquisitoriales), procedían con seguridad de las descripciones que el inquisidor o el juez sugerían durante el tormento, por lo tanto no son para nada objetivas y reflejan la idea cristiana del demonio adorado como dios por la bruja, en la opinión del inquisidor.

Aunque corrientemente se le denominaba Satanás, había otras formas de llamarlo, por ejemplo Lucifer, palabra latina que significa estrella de la mañana y que los escritores patrísticos asignaron al gran arcángel que se rebelo contra Dios y fue expulsado del cielo al infierno; este nombre no aparece en la Biblia, por tanto, paso a ser un nombre que podía utilizarse para designar a Satanás antes de la caída.

Además de otros títulos como Príncipe de las Tinieblas, Príncipe de este Mundo o simplemente demonio, los cristianos de la Edad Media y el mundo moderno creían en la existencia de un gran numero de diablos, demonios o espíritus malvados que ayudaban a Satanás en su obra del mal, tentación o destrucción

A pesar de la gran cantidad de poderes que se le atribuían al diablo (provocar ilusiones, posesión de cuerpos humanos y animales, volar, etc.), según el punto de vista escolástico, no poseía ni remotamente un poder ilimitado sobre el mundo físico. No tenía la facultad de cambiar la sustancia de las cosas o realizar milagros, tampoco podía crear ninguna forma de vida nueva; solo podía operar con el universo creado por Dios: Hiciera lo que hiciese, el demonio obraba por permiso explícito de Dios. Declarar que el Diablo se asemejaba en alguna manera a Dios, era una herejía dualista.

Durante el siglo XV cuando el poder del demonio aprecia ir en aumento y comenzaban los primeros juicios por brujería, la figura del diablo comenzó a experimentar una significativa transformación. A lo largo de la Edad Media, el diablo había sido descrito como el enemigo de Cristo, maestro del odio y del no-amor; ahora se presentaba cada vez mas como la contrafigura de Dios Padre, principio y objeto de idolatría y falsa religión. Una de las fuentes de esta transformación fue la insistencia de los teólogos escolásticos en proponer como fundamento de la ética cristiana los Diez Mandamientos en vez de los Siete Pecados Capitales, es decir, el primero de los Diez Mandamientos prohibe adorar dioses falsos, transgresión no comprendida fácilmente bajo los Siete Pecados Capitales, esto es fundamental ya que la mayor consideración dada entonces a este nuevo tipo de sistema moral, que católicos y protestantes adoptaron en el momento de la Reforma, transformó el delito de Brujería, que cambiaría su consideración de maleficium por la de adoración al demonio. Ejemplo de esto es cuando el teólogo tardomedieval Jean Gerson, fue el principal responsable de la decisión tomada en 1398 por la facultad de teología de la Universidad de París, según la cual todos los magos, tanto benéficos como maléficos eran culpables de idolatría

El Pacto con el Demonio

La idea central del concepto acumulativo de brujería es la creencia de que las brujas establecían pacto con el diablo. Este pacto no solo suministró la base de la definición legal del delito de brujería, sino que sirvió a sí mismo como vinculo principal entre la practica de la magia nociva y el supuesto culto al demonio. “La bruja era, en el sentido mas pleno del termino, una maga nociva y una adoradora del diablo y el pacto era el medio mas claro para relacionar ambas formas de actividad”.

Esta idea puede encontrarse en los escritos de San Agustín, pero no se difundió en Europa hasta el siglo IX, cuando se tradujeron al latín diversas leyendas referidas a estos contratos. Ellos consistían en que la parte humana establecía un acuerdo similar a un contrato legal según el cual el diablo proporcionaba salud o alguna otra forma de poder terrenal a cambio de servicios y por supuesto, de la propiedad del alma del contratante humano tras la muerte.

La condena de este tipo de magia fue obra sobre todo de los teólogos escolásticos. Al condenar tales practicas establecían que el mago impartía ordenes al demonio y que estos no proporcionaban sus servicios sin pedir algo a cambio. La conclusión de la escolástica dedujo que la totalidad de los magos establecía pactos con el diablo y que siempre debía ser condenado porque este pacto ofrecido al diablo le quitaba la obediencia que solo se le debía a Dios: el mago era, por lo tanto, hereje, pues negaba a Dios, y peor aun era un apóstata, pues renunciaba a su fe cristiana al adorar al demonio o servirlo de alguna manera. Lo novedoso de esta postulación fue la insistencia en el pacto como razón de la herejía y la condena general de toda magia ritual por tal motivo; esto trajo una doble consecuencia en el desarrollo de las creencias, por un lado, la condena de cualquier magia ritual como herejía podía extenderse fácilmente a otros tipos de magia que no interesaban a los escolásticos por ejemplo los maleficium simples realizadas por campesinos; según la lógica escolástica, también ellos tendrían que haber pactado con el diablo pues solo él provocaba efectos mágicos, y además los campesinos deberían haberle entregado algo a cambio.

En segundo lugar la calificación de los magos como herejes y apostatas los hizo culpables de todos los cargos atribuidos en la Baja Edad Media a los herejes por su conducta depravada y antihumana: y como ahora los magos eran herejes, podían ser perseguidos como tales por los inquisidores papales.

Una vez que se hubo extendido el concepto a quienes perpetraban simple hechicería, la idea del pacto experimenta un cambio significativo: los pactos que los magos rituales establecían siempre suponían algún tipo de adoración al demonio y por lo tanto la perdida de la integridad intelectual y la fe del mago (según los escolásticos), pero daban también un cierto tipo de poder de los magos sobre el demonio, quien quedaba al servicio de este; la negociación del pacto era en general una operación entre dos partes iguales. No obstante, cuando los cargos de practicar magia y establecer pactos se dirigieron contra campesinos ignorantes, el mago, que se había transformado gradualmente en brujo, paso a ser mas sirviente que señor del demonio, “las brujas son solo siervas y esclavas del diablo; pero los nigromantes son sus señores y dueños

Todavía se establecía un trato, pero el control que la bruja ejercía sobre el diablo quedaba limitado a su capacidad de obligarle a realizar un maleficium, mientras que la reverencia que la bruja prestaba al diablo pasaba a ser mucho más voluntaria, obsequiosa e incondicional: el diablo salía ganado en la transacción colocándose en un lugar que nunca había ocupado al tratar con el mago ritual. La bruja accede servir al diablo a cambio de recompensas muy escasas, y una vez que ya no se hallan en estado de igualdad, se puede convertir en su víctima. Aclarando esto cuando el mago señor se transforma en bruja servil, el sexo cambia de hombre a mujer.

El Aquelarre

Si se había pactado con el demonio, también se le debería rendir un culto colectivo, esta era la idea de donde nació el aquelarre; esta idea no estaba tan extendida como las anteriores y sus expresiones regionales son heterogéneas. Y así como la creencia en el pacto imponía que se persiguiera a las brujas, la creencia en sus reuniones nocturnas impulsó a las autoridades a buscar a sus aliadas.

La creencia en el aquelarre tiene fuentes psicológicas, que son las pesadillas y fantasías referidas a actividades inhumanas e inmorales provocadas en muchas sociedades, estas pesadillas son inherentes a cada cultura, que genera mitos sobre personas dotadas de poderes o características físicas peculiares que amenaza las normas morales y religiosas de cada sociedad y representan una amenaza a la estabilidad, por ejemplo en la Edad Media, la práctica del infanticidio caníbal, considerado como el máximo delito moral formo parte de la totalidad de las pesadillas medievales. La creencia en el aquelarre que implicaba la actividad del infanticidio caníbal es la pesadilla común de finales de la Edad Media y Moderna; al igual que el significado erótico como bailar desnudas y las relaciones carnales con el diablo, que derivan sin duda de la actitud desfavorable de la Iglesia Medieval y Moderna hacia el sexo. Asimismo la parodia de la misa católica que aparece en algunas descripciones del aquelarre refleja el horror de los cristianos hacia la burla de su ceremonia más sagrada.

Existen otros elementos en este concepto acumulativo de brujería, como los vuelos, que necesariamente debían existir para que las brujas pudiesen llegar desde lejanas tierras a los aquelarres; y las metamorfosis, que aunque nunca se integró plenamente en este concepto, la idea de que los seres humanos podían alterar su figura a estado presente desde tiempos inmemoriales, en algunos lugares se juzgo y sentenció como brujas a varios lobos, sin embargo, la metamorfosis no apareció con bastante frecuencia como para llegar a constituir un elemento esencial en el concepto acumulativo de brujería.

El estereotipo de brujería aparecido por primera vez en los juicios de las décadas de 1420 y 1430 duró más de dos siglos, aunque con versiones diferentes, por ejemplo la marca que el diablo grababa en la bruja no surgió con claridad hasta el siglo XVI, y fue desarrollada sobre todo por los demonólogos protestantes; y el aquelarre tomó diversos detalles y descripciones según el país en que se juzgaba a la bruja.

Pero aunque los cargos específicos diferían de un lugar a otro, seguían compartiendo varios rasgos comunes, esto hace, anticristiana e inmoral puede surgir en cualquier lugar y tiempo, esto no es aplicable a todo el conjunto de creencias mantenidas por “pensar seriamente en que las nociones eruditas sobre brujería se transmitieron de región en región y de una generación a la siguiente.

A pesar de que la idea de una sociedad comunitaria los europeos letrados en relación con las brujas; estas ideas se amalgamaron bien diferenciadamente en un producto compuesto que no podía ser creado por ningún juez o inquisidor, este cuerpo de conocimientos tenia que aprenderse y, por lo tanto, transmitirse de un tiempo y un lugar a otro y lo importante es preguntarse como se transmitió un conjunto de nociones eruditas referentes a actividades que nunca se practicaron en la realidad. Esto, según Levack se produce a consecuencia de la interacción entre el proceso judicial, por un lado, y la tradición literaria, por el otro; la mayoría de las creencias en las brujas se desarrolló y fusionó con otras nociones en los enjuiciamientos promovidos efectivamente contra magos o brujas. Su fusión, invariablemente fue obra del juez o inquisidor, quienes combinaron los cargos contra la acusada con sus propias fantasías u obsesiones, que a su vez nacía del conocimiento teológico o demonológico o de los informes de otros casos. Al extraer, habitualmente bajo tortura, las actividades en las que se creía involucrada a la bruja, el inquisidor recibía una confirmación de sus sospechas y sus creencias adquirían por este método validez. Los conocimientos de estos juicios pasaban a otros jueces, primero por rumores y luego a través de los manuales escritos para inquisidores, por esto el conocimiento pudo hacerse acumulativo desde el momento en que el inquisidor, al juzgar una causa sé servía de una información contenida en el manual para formular las preguntas a los testigos y acusados, al mismo tiempo podía también recurrir a su propia imaginación para dar un nuevo sesgo a las acusaciones habituales. La confesión que entonces obtendría, un poco diferente al caso escuchado o mencionado en los manuales, aparte de otros detalles aportados por la imaginación de la propia bruja y sus creencias populares pasaba a incluirse en otro manual y así ser transmitida a otros inquisidores. Todo este sistema de transmisión era fomentado por las universidades, que ponía a la disposición de los futuros jueces un creciente cuerpo de bibliografía demonológica e inquisitorial, incluso en estos manuales se asesoraba a la jurisdicción local sobre la manera de tramitar un caso de brujería. Ejemplo clásico de estos manuales fue el Malleus Maleficarum, primer tratado de gran importancia que hizo accesible a todo el público el concepto acumulativo de brujería; publicado por primera vez en 1486 y reimpreso en treinta ocasiones antes de 1520, fue escrito por dos inquisidores dominicos, Heinrich Kramer y Jacob Sprenger, que se sirvieron de su amplia experiencia para publicar este libro. Este manual fue mucho más que una mera síntesis de una diversidad de opiniones sobre las brujas y su recopilación en un tratado bien estructurado, también proporcionó un soporte teológico a las ideas que proponía y asesoramiento legal sobre como instruir causas por brujería y lo más importante declaró de manera decidida que quienes negaban la realidad de la brujería era herejes.

Considerados en conjunto estos tratados lograron que las clases eruditas tomaran conciencia del problema y se convencieran de su realidad, no obstante, pocas personas sabían leer por lo que las obras se limitaban a una pequeña parte de la población. Para que la caza de brujas pudiese tener éxito fue necesario que las clases populares se hicieran alguna idea de la naturaleza diabólica del delito, porque la detección y procesamiento de las brujas requería el apoyo de toda la comunidad; por lo que las clases dirigentes debieron educar al pueblo de diversas formas con relativo éxito.

Fundamentos Legales de la Caza de Brujas

Esta fue una operación esencialmente judicial, de hecho el procesamiento intensivo de brujas en la Europa Moderna se vio facilitado por ciertas innovaciones legales ocurridas entre los siglos XIII y XVI.

  • Los tribunales eclesiásticos y civiles de Europa adoptaron un nuevo sistema inquisitorial de procedimiento criminal que hizo mucho más sencilla la incoación y enjuiciamiento de casos de brujería.

  • Los tribunales obtuvieron el derecho a torturar personas acusadas de brujería, haciendo así relativamente sencillo extraer confesiones y nombres de supuesto cómplices.

  • Los tribunales civiles consiguieron la jurisdicción sobre la brujería, complementando así y sustituyendo en muchos casos a los tribunales eclesiásticos.

  • Se permitió a los tribunales locales y regionales actuar sin demasiada interferencia del control judicial central o nacional, garantizando así un número relativamente alto de condenas y ejecuciones.

  • Estas causas, ayudadas por las circunstancias intelectuales vistas anteriormente posibilitaron la caza de brujas, de hecho estuvieron estrechamente relacionados, pues la adopción de nuevos procedimientos criminales facilito la síntesis de diversas ideas relativas a las actividades en que supuestamente participaban las brujas; estas innovaciones explican además él porque la caza ocurrió en este determinado momento. La persecución intensiva de brujas solo se inició una vez que muchos tribunales europeos hubieron adoptado el procedimiento inquisitorial y comenzado a emplear la tortura, y no concluyó hasta que los magistrados y jueces advirtieron que estaban condenando personas inocentes e introdujeron, en consecuencia, reformas a las leyes existentes en forma significativa.

    Conclusiones

    Para llegar a la gran caza de brujas de la Edad Moderna tuvieron que ocurrir una gran variedad de fenómenos, los que se comenzaron a gestar varios siglos antes y que detonaron en el siglo XVI, no espontáneamente, sino como una lenta acumulación de conocimientos en el inconsciente colectivo de la población dirigente medieval. Esta acabo convenciéndose de que las brujas realmente realizaban las acciones que se les atribuían.

    Este concepto acumulativo pasó por varias etapas: paganismo, herejía y brujería. En esta exposición examinamos la ultima de las tres

    La brujería es un tema distinto y aparece con frecuencia desde el mundo pagano de la Europa alto medieval. No es un fenómeno “culto”, en el sentido estricto, las brujas no tienen bibliotecas, dice Duby, si bien a partir del siglo XI magia y brujería parecieron eclipsarce ante la herejía. A partir del siglo XIII la situación cambia volviendo a florecer así un nuevo concepto: la magia culta. Entonces nace la creciente perfilación del peligro que representaba para la opinión general estos hijos del demonio que eran los brujos.

    Desbaratada gracias a la propagación de las ordenes mendicantes, el aparato inquisitorial y a los ejércitos cruzados, la crisis del Catarismo tuvo un papel importante en el resurgimiento histórico de la brujería. Por motivos puramente eclesiásticos ya no se podía considerar con tolerancia la subsistencia de antiguas y no integradas supersticiones que la creciente urbanización de los estratos inferiores traía del campo a la ciudad. En las viejas hechiceras y curanderos comienza a vislumbrarse la presencia directa del demonio y del culto rendido a éste. En los antiguos ritos y técnicas terapéuticas comienzan a buscarse las pruebas de una antiiglesia.

    Esto no se debió al capricho de los teólogos sino que la Iglesia “al acumular victorias, había agregado cada vez más adversarios y más personas que se formulaban preguntas y se descubrían llenos de dudas”. La inquisición y toda la represión había acabado con la mayoría de las herejías, pero las críticas y las tendencias a reinterpretar algunos valores eran cada vez más abundantes. El interés creciente por el demonio puede determinarse en parte como consecuencia de la represión de los cátaros; la contrapartida del dios bondadoso era cada vez más importante en la religión culta y popular. Naturalmente el Catarismo no es responsable directo de esto; jamás un cátaro realizó un culto demonológico, sólo se les atribuyó que lo hacían, lo que pesó profundamente en el inconsciente colectivo.

    Es importante hacernos las preguntas que hace Cardini ¿depende la atención que se les presta el hecho de que aparezcan o se reanuden en este preciso instante?, ¿O se trata más bien de lo contrario, es decir, que fueron practicas en realidad no interrumpidas nunca, y que sólo a partir de un determinado momento llamaron la atención de clérigos e inquisidores?.

    Esto sentaría las bases de una interpretación de la brujería como un complejo de ritos y prácticas nunca interrumpidas realmente, aunque escasamente documentadas y descubierta sólo en el curso del siglo XIII por una iglesia decidida a no tolerar manifestaciones inconformistas o masivas, ni siquiera cuando se presentaban como formas sagradas, quería evangelizar completamente todas las doctrinas, incluso las más profanas. Además implicaría que tras la brujería existía toda una práctica litúrgica coherentemente articulada y organizada. Lo que sí está claro es que a partir aproximadamente de la mitad del siglo XII la sombra de la herejía se extiende por sobre viejas y hasta toleradas prácticas brujescas, profundas supersticiones de la Europa rural y pastoril.

    Acerca de esto han existido en la historiografía distintas versiones acerca de la realidad de la brujería:

    • En 1828 Ernst Jarcke sostuvo que la brujería constituyó sobre todo una religión natural que en otras épocas había sido religión de los germano-paganos, luego de la introducción del cristianismo, esta religión sobrevivió con sus ceremonias entre la gente común, la Iglesia la condenó como culto diabólico y aquella concepción fue adoptada por quienes la practicaban.

    • 1839, Franz Josef Mone sostiene que la brujería es un culto que deriva de los tiempos anteriores al cristianismo, pero su origen no se remonta a los germanos, sino a un culto subterráneo y esotérico que practicaban los estratos más bajos de la población (Hecate y Dionisio), esta religión se caracterizaba por la adoración de un dios en forma de cabra, orgías nocturnas y magia, entonces la brujería seria una sociedad altamente organizada, con raíces en tiempos ancestrales y la figura del demonio sería una versión distorsionada de Dionisio.

    • 1862, Jules Michelet, brujería fue una protesta justificada, aunque sin esperanzas, de los siervos medievales contra el orden social que los agobiaba, entonces la brujería seria un desafío ritual contra el orden social existente, encabezado por el dios cristiano y en su centro no estaría el demonio, sino una mujer como sacerdotisa del culto. Michelet sugiere que el sabbat seria un culto a la fertilidad, iniciándose una moda de interpretar todo tipo de rituales mágicos como un culto a la fertilidad.

    • 1921, Margaret Murray, sostiene que hasta el siglo XVII se mantuvo activa en toda Europa occidental una religión mucho más antigua que el cristianismo, la cual contaba con seguidores en todos los estratos sociales, desde la realeza hasta el campesinado. Se centraba en la adoración de un dios con cuernos y rostro doble, conocido entre los romanos como Dianos o Jano.

    Todas estas teorías, entre otras, se encuentran en campo de los argumentos que no se pueden demostrar, según Cohn, no hay una sola prueba digna de atención acerca de la existencia de una secta de adoradores del demonio en ningún lugar de la Europa Medieval, incluso afirma que hay pruebas de lo contrario, muy pocos inquisidores afirmaron haberse topado con los adoradores del Demonio y la mayoría no eran mas que fanáticos, los únicos intentos de una secta demonolátrica, son los intentos de quienes practicaban rituales y ceremonias mágicas para inducir a los demonios a actuar a favor de alguien, como aparecen en el manual de Eymeric.

    Luego de la gran crisis del siglo XIV en la cristiandad occidental, la sociedad tenía la impresión de vivir como en una fortaleza asediada por el demonio; gran responsable de esta preocupación corresponde a la obra sistematizadora y acumulativa del inquisidor general de Aragón, el dominico Nicolás Eymeric, que en su Directorium Inquisitorium negaba que hubiese formas de herejía que pudieran quedar fuera del alcance de la brujería.

    Sin embargo el tema fundamental en el cual se terminó de crear la imagen teológica-jurídica de una brujería fue el pacto con el demonio, entendido no en un sentido contractual sino más bien de sujeción, o una fidelitas, que el hombre juraba al diablo y en cuyo acto le rendía un homenaje. Al hacer esto el brujo traicionaba la base misma de la ley: non habebis deos alienos coram me, no tendrás dioses extraños por sobre mí.

    Este cambio de igualdad a sumisión le corresponde exclusivamente a la mujer como principal objeto de la brujería, las que se vieron mayormente afectadas por la caza de brujas ¿serían estos antiguos elementos misóginos propios de la cultura eclesiástica?. El caso es que la profesión brujeril estaba profundamente vinculada a condiciones profesionales femeninas, como por ejemplo, la comadrona, curandera, mendiga o prostituta.

    La imprenta también aportó a la caza de brujas, al masificar la cantidad de manuales de inquisidores a lo largo de Europa, pasando a poner en nivel público las polémicas teológicas acerca de los poderes del demonio.

    Finalmente, la brujería siempre trata en el ámbito cotidiano, es decir, la clientela del brujo o bruja pertenecía a las más variadas capas sociales, que se homogeneizaban en el hecho de tener necesidades y deseos inconfesables.

    Como agitadora y al mismo tiempo conservadora de las estructuras sociales en que operaba, la brujería fue siempre una actividad conocida y reconocida por el pueblo que desde muchos ángulos necesitaba de ella; la bruja era asesina, destructora de matrimonios, procuradora de abortos, evitaba al mismo tiempo las crisis domésticas e interfamiliares ocultando sus diversas causas, vendía ilusiones, aliviaba a cuantos acudían a ella y los alejaba de la rebeldía. Sólo cuando los teólogos, es decir la cultura literaria, imparte su condena sobre ella es que esta práctica comienza a ser perseguida.

    H.C. Lea, “Historia de la Inquisición Española”, volumen III, Madrid, 1983, p. 38.

    B.P. Levack, “La Caza de Brujas en la Europa Moderna”, Alianza Editorial, Madrid 1995, p. 31.

    B.P.Levack, “La Caza de Brujas en... ”, p. 55.

    B.P. Levack, “La Caza de Brujas en ...”, p. 62

    N. Cohn, “Los Demonios Familiares de Europa”, Alianza Editorial, Madrid 1987, p. 132.

    Vid. n°2, p. 81.

    Franco Cardini, “Magia, Brujería y Superstición en el Occidente Medieval”, Ediciones Península, Barcelona 1982, p. 74.

    2

    Vídeos relacionados