Carta a una señorita en París; Julio Cortázar

Literatura hispanoamericana contemporánea del siglo XX. Narrativa. Novela argentina. Boom literario. Género literario: Cuento. Simbología

  • Enviado por: Plomerita
  • Idioma: castellano
  • País: Argentina Argentina
  • 6 páginas

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Análisis de “Carta a una señorita en París”

Julio Cortázar nació en Bruselas (Bélgica) en el año 1914. Era una época muy conflictiva en Europa ya que había comenzado la Primera Guerra Mundial, y Bruselas estaba tomada por los alemanes. Dos años después su familia se instaló en Suiza esperando el fin de la guerra, y hacia 1918 volvieron a la Argentina. El padre de Julio abandonó a su madre cuando él tenía tan sólo seis años, y nunca más regresó. Se puede decir entonces que el escritor tuvo una infancia muy dura y repleta de dificultades. Asimismo, a la edad de 34 años, obtuvo el título de traductor público de inglés y francés, tras cursar en nueve meses estudios que normalmente llevan tres años. Este gran esfuerzo le provocó síntomas neuróticos, pero uno de ellos (la búsqueda de cucarachas en la comida) se le curó tras escribir el cuento Circe, y otro de ellos tras este cuento, Carta a una señorita en París. Según Juan José Barrientos, quien en su ensayo titulado “Las palabras mágicas de Cortázar” analizó, entre otros, el cuento Carta a una señorita en París, la escritura del cuento “coincidió con una etapa de neurosis bastante aguda en su vida, pero al escribirlo se curó...”. Luego de ser publicado su libro Bestiario, que incluía los dos cuentos ya citados, además de Casa tomada, en 1951 (que por cierto pasó inadvertido, salvo para un puñado de lectores), Cortázar decidió irse a París aceptando una beca de la UNESCO para desempeñarse como traductor. En esta ciudad continuó escribiendo cuentos, los cuales lo llevaron a formar parte de un fenómeno literario ocurrido en la década del ´60, conocido con el nombre de “Boom de la Literatura Hispanoamericana”, junto a otros autores latinoamericanos de renombre internacional de la talla de Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa. Su corriente literaria puede definirse como experimentalismo, porque va más allá de los planteamientos vigentes y añade innovaciones. Otro escritor de esta corriente es el cubano Cabrera Infante.

En Bestiario, obra que reúne cuentos como Casa tomada, Circe o Carta a una señorita en París, hay una peculiaridad que se repite en casi todos los cuentos: en ellos hay pocos personajes, los cuales están poco descritos. Generalmente, se narra un hecho único “vertical”, con una introducción, un nudo y un desenlace. La temática de estos cuentos es producto de la materia onírica (de los sueños), por lo tanto muchos de ellos son fantásticos. Al igual que en Casa tomada, en este cuento nuevamente el comienzo es verosímil pero en el momento en el que el personaje siente que va a vomitar un conejo, nos damos cuenta del tipo de cuento que es. Esa súbita introducción del elemento fantástico en un cuento que hasta aquel momento no lo es (ya que resulta creíble y realista) es otra de las características de estos cuentos de Julio Cortázar.

Otra característica en común que poseen algunos de los cuentos de Bestiario es que en ellos aparecen animales (de ahí el nombre del libro). En Carta a una señorita en París es el caso del conejo, pero indudablemente es mucho más que un simple animal; Según Barrientos, el conejo está relacionado con la enfermedad; si no personifica al sufrimiento mismo, entonces encarna alguno de sus síntomas. Entonces, él explica que el cuento se basa en una enfermedad personal. Ya que se ha establecido que el acto de vomitar conejos está asociado a la producción de escritura (“el conejo recíén nacido es como un poema en sus primeros minutos”, según Cortázar en su cuento Bestiario), y si el acto de escribir funciona como una cura o catarsis (el mismo autor se cura de síntomas neuróticos al escribir Circe o Carta...), entonces el vomitar conejos puede representar algún tipo de tratamiento contra alguna enfermedad. Esta enfermedad no tiene por qué ser física, puede ser una enfermedad de la modernidad, en la cual los conejos actúan como cura. El comportamiento de estos animales pretende liberar al protagonista de este trastorno, pero se ve que él no acepta la forma de cura que su propio cuerpo propone: la resiste, y finalmente termina muriendo.

Ya desde el principio de la obra nos damos cuenta de que el personaje está en cierto conflicto: “yo no quería venirme a vivir a su departamento...”, pero en las páginas siguientes revela que había ido a la casa para descansar. Los síntomas de su conflicto, de su crisis, de su enfermedad moderna serían entonces: el cambio constante (cuando expresa que ha cerrado muchas maletas en su vida, y se ha pasado horas haciendo equipajes); la presión de su trabajo y todo lo que hacía en su tiempo libre (leer historia argentina por ejemplo), y a su vez, la mudanza (“esta mudanza me alteró por dentro”) a un ambiente ajeno, propiedad de una persona ausente y lejana (no sólo lejana físicamente, sino lejana en el sentido de que ella -Andrée - era de una clase social más alta, refinada y de cierto modo, inalcanzable). Asimismo, todas las cosas y objetos de la casa que él no puede tocar lo oprimen de alguna forma: “Y yo no puedo acercar los dedos a un libro...destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafío me pase por los ojos como un bando de gorriones”.

El personaje no puede hacerlo, pero los conejos sí. El conflicto interno que tiene el personaje le provoca una reacción corporal, que es la de vomitar el primer conejo en el ascensor para poder subir e instalarse en el departamento; según él, este acto es “un anuncio de lo que sería mi vida en su casa” (por la casa de Andrée). Recordemos que él expresa en el comienzo del cuento que no quería ir a vivir al departamento porque “le duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire...”. De este modo, los conejos parecen una especie de vacuna contra el orden que tanto molesta al personaje dentro del departamento (“Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia”). Se van multiplicando cada vez más para “atacar” al orden que resultaba nocivo para el personaje: juegan entre los objetos que él no puede tocar y que pertenecen a esa clase más alta que resulta inaccesible para él mismo (el cuadro de Miguel de Unamuno, los libros del anaquel -que son roídos por los conejos-, etc). Se puede decir entonces que los conejos quiebran o alteran el orden del departamento y del mundo; también corrompen el tiempo, cambiando el día por la noche. Crean un nuevo mundo, su mundo interior, bajo la luz del “triple sol” de la lámpara que también roen. Juegan y hasta destruyen los objetos que marcan la cultura (libros, etc), por lo cual el protagonista no tiene ni siquiera tiempo para ocuparse de sus cosas, ya que debe arreglar lo que los animales han dejado roto, como por ejemplo la lámpara con el vientre lleno de mariposas y caballeros antiguos cuyo trizado debe recomponer con el cemento especial comprado en la casa inglesa. En conclusión, el personaje se termina integrando a la vida de los conejos (inconscientemente, o no): se queda con ellos, se adapta a sus horarios, los alimenta de trébol, los cuida y vigila. El personaje, quien anteriormente se siente molesto por el orden, luego termina por imponer un ritmo en su vida: “las costumbres son formas concretas de ritmo, son la cuota de ritmo que nos ayuda a vivir”. O sea, su vomitar de conejos en forma mensual puede significar el fin de su ritmo de vida urbana (el trabajo), y la aparición de otro ritmo, otro orden de vida. Todo esto, sumado al miedo que lo dominaba -les tiene miedo desde que vomita el primer conejo: "En seguida tuve miedo (¿ o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso)..."-, hace que el tratamiento de los conejos no funcione y el conflicto interno del personaje se acreciente. Finalmente se tira del balcón...

Los conejos no logran entonces curar al protagonista, pero puede ser que lo salven al llevarlo a una muerte alegre y renovadora. Posiblemente en la muerte él haya encontrado la paz que deseaba, pues en ella existe la posibilidad de salvación.

Otros símbolos, como la tacita (que se repite constantemente en las primeras hojas del cuento), los libros del anaquel o la lámpara, son objetos que demuestran la clase alta de Andrée, pero que resultan inalcanzables para el protagonista, quien no es capaz ni siquiera de tocarlos. Los conejos, en cambio, sí pueden hacerlo; por lo tanto, estos símbolos representan esa “riqueza cultural” que el personaje no tiene, que no puede alcanzar, y esto (sumado al orden de la casa que resultaba nocivo al protagonista) obviamente le provoca un conflicto interno tan serio, que ni los pobres conejos pueden curar. En mi opinión, es por esto que el personaje muere: no logra adaptarse a ese cambio de orden moderno que los conejos proponen.

Este cuento de Cortázar en forma de carta está fragmentado en cuatro bloques, cuyas principales características se resaltan a continuación:

Bloque 1: ya desde el principio sabemos que esta carta va dirigida a Andrée, la señorita que se encuentra en París, en cuya casa vive el autor de la misma. El personaje presenta muy pocas características suyas (ninguna física), las cuales tienen que ver con sus sentimientos, actitudes, formas de pensar e ideas (como cuando da su propia definición de las costumbres: “son formas concretas del ritmo, son la cuota de ritmo que nos ayuda a vivir”). Expresa que le gusta escribir cartas, que está todo el tiempo haciendo valijas y yendo de un lado a otro. Se introduce sorpresivamente el elemento fantástico (“sentí que iba a vomitar un conejo”), y luego describe la forma en la cual lo hace (“me pongo dos dedos en la boca...”). A continuación, narra cómo cuidaba a los conejos, los alimentaba con trébol, etc.; es decir, describe la vida y las costumbres de los conejitos, y cómo él se va integrando de a poco a ellas. Decide matar a un conejo, pero luego comprende que no podía hacerlo; es allí cuando comienza a vomitar más ejemplares del animal mencionado.

Bloque 2: describe principalmente más detalles de la vida de los conejos: el lugar que el personaje les encuentra para vivir (el armario), cómo cambian el sentido del tiempo (de día duermen, de noche salen) y cómo cansa al protagonista la ardua tarea de cuidarlos (“No sé cómo resisto, Andrée.”). Muestra claramente que el personaje ya se ha adaptado e integrado totalmente al cambio de tiempo que proponen los conejos (“Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos”), y que los animales han comenzado a roer los elementos del cuarto (la lámpara, entre otros), cuya reparación está a cargo del personaje. Esta tarea resulta agobiante, pero como no puede dejar que nadie se entere de su secreto, tiene que actuar como si nada hubiese pasado. La mucama de Andrée, Sara, es descrita por el personaje como una persona honrada y hasta en cierta forma desconfiada.

Bloque 3: la separación entre este bloque y el anterior existe pues el autor ha interrumpido su carta y en este bloque la continúa. Ya el protagonista (quien ha asistido a una tarea de comisiones) no se encuentra calmo como antes, lo cual es importante porque significa que ha perdido su paciencia con los conejos. El final es inminente...

Bloque 4: es el final de la carta, sus últimos dos párrafos. Aquí el autor se resta culpas del destrozo que los conejos han realizado en la casa (rompieron las cortinas, los libros, los sillones, etc.), y argumenta que él hizo todo lo posible para salvar la casa, pero que sus esfuerzos fueron en vano. Su paciencia ha llegado al fin: el suicidio aparece como la única solución a su terrible conflicto interno.

Entre los principales recursos de estilo se destacan las metáforas, las comparaciones, las constantes repeticiones, las personificaciones, además de alguna imagen, una enumeración, una anáfora y una pregunta retórica, además de varias acotaciones a lo largo del cuento. Algunos ejemplos de estos recursos son:

  • METÁFORaS: “Un mes es un conejo, hace de veras a un conejo”. “El armario es una noche diurna solamente para ellos”.

  • COMPARACIONES: “El conejito es ... pequeño como un conejto de chocolate pero blanco”. “Cuando yo veo correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota...”.

  • REPETICIONES: “De día duermen. Hay diez. De día duermen.”.

  • PERSONIFICACIONES: “...hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá...”. “ese amanecer sordo...”.

  • IMAGEN: “oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.” (en este caso se encuentran una imagen táctil y una olfativa)

  • ENUMERACIÓN: “Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.” Este uso excesivo del nexo “y” (llamado polisíndeton), causa un efecto de cansancio, que es precisamente lo que nos quiere transmitir el autor, porque eso es lo que le provoca llevar a cabo la tarea de cuidar los conejos.

  • ANÁFORA: “Es casi extraño que no me importe Sara. Es casi extraño que no me importe...”.

  • PREGUNTA RETÓRICA: es una interrogación que no espera respuesta. Ej: “En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza?...”.

  • ACOTACIONES: son empleadas a lo largo de todo el cuento en reiteradas ocasiones por parte del autor, al igual que en Casa tomada, para aclarar conceptos, aunque también la utiliza para hacerse la pregunta retórica previa por ejemplo.

Cuando Cortázar escribió Carta a una señorita en París padecía síntomas neuróticos, uno de los cuales se le fue tras escribir el cuento. Sin embargo, no creo que este cuento haya sido producto de la locura, y bien podría haberlo sido, ya que vomitar conejos es al parecer algo sin sentido y totalmente alocado. No es tan así. El vomitar conejos (como ya he dicho antes) está asociado con la producción de escritura, y al escribir este cuento, Cortázar se cura de su neurosis, entonces el vomitar conejos bien puede ser una cura, un tratamiento de algún trastorno o enfermedad. El personaje del cuento sufría de un conflicto interno, que necesita una cura; entonces aparecen los conejos. Esto al parecer pondrá fin al problema del personaje, pero con el transcurrir del cuento nos damos cuenta que no es así. Es más, él mismo se va integrando a los tiempos de los conejos, quienes no logran su propósito inicial de curar al personaje. Cuando éste se harta de esta forma de vida (que incluía reparar los daños que hacían los animales), su calma y paciencia se agota, entonces decide suicidarse.

Asimismo, mientras que los conejos no logran salvar al protagonista de su conflicto, la escritura de este cuento sí logra que Cortázar deje sus síntomas neuróticos. Entonces, se presenta un contraste entre lo que pasa en su vida y lo que pasa en el cuento.