Carlos V. Felipe II

Historia de España. Monarquía española. Herencia imperial

  • Enviado por: Franco Bindi
  • Idioma: castellano
  • País: España España
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Felipe II (1527-1598), rey de España (1556-1598). Heredero del emperador Carlos V (Carlos I de España), gobernó el vastísimo imperio integrado por Castilla, Aragón, Valencia, Cataluña y Navarra; el Rosellón, el Franco-Condado, los Países Bajos, Sicilia, Cerdeña, Milán, Nápoles, diversas plazas norteafricanas (Orán, Túnez), Portugal y su imperio afroasiático, toda la América descubierta y Filipinas. Sin duda, la unidad territorial más amplia de la época moderna puesta bajo un mismo cetro.

Hijo de Carlos I y de Isabel de Portugal, en su preparación para su cometido regio y de gobierno se instruyó desde muy joven con Juan Martínez Silício y Juan de Zúñiga. Su papel en política interior y su protagonismo internacional fueron destacadísimos durante la segunda mitad del siglo XVI.

Organización política de la Monarquía

Las continuas ausencias centroeuropeas de su padre, en sus funciones imperiales y de defensa de la unidad religiosa, le procuraron una temprana labor de regencia en la dirección de las labores gubernativas desde 1543. Las enfermedades del más poderoso monarca de la cristiandad motivaron su abdicación en Felipe, el segundo con esa titulación tras su abuelo (Felipe I el Hermoso), en 1555-1556. Así, después de viajar por Italia y los Países Bajos y tras ser reconocido como sucesor regio en los estados flamencos y por las Cortes castellanas, aragonesas y navarras, se dedicó plenamente a gobernar desde la corte madrileña con gran actividad y celo.

En el interior peninsular destacan diferentes vertientes. La monarquía personal de Felipe II se apoyaba en un gobierno por medio de consejos y de secretarios reales y en una poderosa administración centralizada. Pese a todo su poder, las bancarrotas, las dificultades hacendísticas y los problemas fiscales (entre otras actuaciones notorias creó el nuevo impuesto 'de Millones') fueron característicos durante todo su reinado. Su recurso al Tribunal de la Inquisición fue frecuente. Políticamente dicho tribunal fue utilizado para acabar con los conatos de protestantismo descubiertos en la Meseta castellana. Así, la unidad religiosa estaba tan presente en todos los aspectos de la vida de Felipe II que con todo rigor se valió de los autos de fe celebrados en Valladolid para afianzar la Contrarreforma católica.

Política exterior

A la vez, los piratas berberiscos asolaban las costas mediterráneas. Aunque la expedición naval de García de Toledo consiguiera la victoria en Malta (1565), el problema morisco estaba en el interior. Los moriscos de las Alpujarras granadinas protagonizaron la principal sublevación, que no terminaría hasta que don Juan de Austria les derrotó (1569-1571).

El secretario Antonio Pérez tuvo una enorme influencia en los negocios públicos hasta su caída en 1579. Además, en 1568 moría el príncipe Carlos, que había sido arrestado debido a sus contactos con los miembros de una presunta conjura sucesoria promovida por parte de la nobleza contra Felipe II. En ambos puntos empezó a afianzarse la 'leyenda negra' antiespañola y buena parte de los problemas internos de su reinado.

Internacionalmente, para mantener y proteger su Imperio, continuamente estuvo inmerso en todos los conflictos europeos. Por esas razones, se multiplicaron las capitulaciones matrimoniales y contrajo sucesivas nupcias con María de Portugal (1543), la reina de Inglaterra (María I Tudor), la francesa Isabel de Valois y Ana de Austria (1570), madre de su sucesor Felipe III. Durante su reinado los conflictos externos se sucedieron en varios frentes. Felipe II actuaría en todos ellos teniendo presentes siempre criterios políticos y religiosos.

Heredero de la guerra contra Francia, a pesar de la Tregua de Vaucelles (1556) y nada más comenzar su reinado, ambas casas reales iniciaron su lucha por el control de Nápoles y el Milanesado. En ese contexto, el duque de Alba defendió las plazas italianas, atacando los Estados Pontificios de Pablo IV para deshacer su alianza con Enrique II de Francia. Mientras tanto, los ejércitos castellanos y fuerzas mercenarias derrotaban a las tropas francesas en su propio territorio (San Quintín y Gravelinas 1557 y 1558), origen de las negociaciones de paz del tan beneficioso para los intereses felipistas Tratado de Cateau-Cambrésis del año siguiente. No obstante, la pugna secular por el control europeo entre ambas monarquías continuó con la intervención a favor de los católicos Guisa en las guerras de Religión francesas, hasta que Enrique de Borbón adjuró del protestantismo, rubricándose en 1598 la Paz de Vervins.

Paralelamente, otro gran problema estratégico, comercial y de unidad de la fe era el peligro de la piratería, el bandidaje y las incursiones berberiscas y turcas en el Mediterráneo. Para conjurar dicha amenaza, constituyó, con Venecia, Génova y el Papado, el bloque principal de la Liga Santa contra el Imperio otomano. La flota al mando de don Juan de Austria —con Requesens, Álvaro de Bazán, Colonna y Doria— obtuvo la renombrada aunque no decisiva victoria naval de Lepanto (1571).

Contra Inglaterra los resultados fueron menos afortunados, debido al control marítimo militar inglés. Muerta su esposa María Tudor, las relaciones con Isabel I se enrarecieron, hasta que chocaron sus contrapuestas políticas religiosa y económica. En su pugna permanente, apoyando a todos los enemigos castellanos, Isabel de Inglaterra acabó con los católicos reyes escoceses, mientras apoyaba la piratería en el Caribe (Francis Drake) y a los rebeldes holandeses. La conclusión militar vino determinada en 1588 por la derrota de la Armada Invencible capitaneada por el duque de Medinasidonia. A partir de entonces, el poderío naval español en el Atlántico comenzaría su declive.

Felipe II tampoco pudo solucionar el conflicto político-religioso generado en los Países Bajos. Ninguno de sus sucesivos gobernadores, desde Margarita de Parma, pudieron conseguir sus objetivos. Tras las victorias del duque de Alba hasta 1573, ejecutando a Egmont y Hornes, ni Luis de Requesens, ni don Juan de Austria, ni Alejandro Farnesio doblegaron la rebelión de los 'mendigos del Mar' calvinistas. Alternando procedimientos suaves con otros métodos muy enérgicos, no consiguieron aplacar la sublevación de los Estados Generales y la definitiva emancipación de Holanda, Zelanda y el resto de las Provincias Unidas.

En cambio, consiguió un gran triunfo político al conseguir la unidad ibérica con la anexión de Portugal y sus dominios, haciendo valer sus derechos sucesorios en 1581 en las Cortes de Tomar.

Carlos I (V del Sacro Imperio Romano) (1500-1558), rey de España (1516-1556) y, como Carlos V, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (1519-1558); hijo de Felipe de Habsburgo (el Hermoso) y de Juana de Castilla (la Loca).

Una herencia imperial

La política matrimonial de sus abuelos, la muerte de su padre, la desaparición prematura de presuntos herederos y la incapacidad de su madre concentraron en su persona las dispares herencias de las cuatro dinastías. De su abuelo Maximiliano heredó los territorios centroeuropeos de Austria y los derechos al Imperio, de su abuela María de Borgoña los Países Bajos, de Fernando el Católico los reinos de la Corona de Aragón, además de Sicilia y Nápoles, y de su abuela Isabel I la Corona de Castilla, Canarias y todo el Nuevo Mundo descubierto y por descubrir.

Carlos vivió y se educó durante los primeros años en la corte flamenca. Huérfano de padre y alejado de su madre, recibió de su preceptor, Adriano de Utrecht, una esmerada educación, una excelente preparación cultural y religiosa, y el gran sentido idealista y caballeresco que aún pervivía en el ambiente borgoñón, aunque le faltó el sentido práctico de un auténtico estadista. En 1515 se hizo cargo del gobierno de los Países Bajos, que debido a su inexperiencia dejó en manos de Guillermo de Croÿ, señor de Chièvres, y a la muerte de su abuelo Fernando (1516), se convirtió en rey de España. En 1519 logró su máxima aspiración de convertirse en emperador, título al que deseaba dar un contenido positivo, sustituyendo el simple vínculo jurídico por un ideal común, al que bajo su dirección cada componente del Imperio aportaría su propia originalidad. Carlos, sin embargo, a lo largo de su vida, tuvo que plegarse a las necesidades y a las circunstancias, algunas imprevistas: de una primera etapa de cruzada, el programa se fue reduciendo hasta cristalizar en la preocupación dinástica, si es que ésta no actuó de forma prioritaria desde el primer momento. Por otra parte, aunque hubiera poseído una idea imperial, nunca contó con un auténtico imperio. Fue rey de reinos y dominios que carecían de unas instituciones y organismos administrativos comunes; en cada territorio subsistían fuerzas centrífugas irreconciliables con intereses comunes, que, dentro de lo posible, fueron respetadas por el monarca.

La llegada a España de Carlos I

El malestar que produjo la llegada de Carlos a España, por su juventud, educación flamenca y consejeros extranjeros, aumentó en 1519 cuando, al descontento producido por su petición a las Cortes castellanas de subsidios para ser nombrado emperador, se unieron una serie de reivindicaciones políticas, dando lugar al levantamiento de las Comunidades (1520-1521). Las principales ciudades castellanas, dominadas por oligarquías nobiliarias y burguesas, se unieron en una revuelta que adquiriría matices tanto sociales como políticos. El memorial de agravios (Constitución de Ávila), dirigido al rey, recogía las aspiraciones de los comuneros. Aunque éstos consiguieron algunos éxitos bélicos, fueron derrotados en la batalla de Villalar (1521) que significó la sumisión de Castilla. En adelante, las Cortes cederían la mayor parte de su antiguas prerrogativas políticas, limitando sus funciones a materia tributaria: los pecheros castellanos tendrían que soportar el peso del Imperio.

Casi simultáneamente, se produjeron en Valencia los alzamientos de las Germanías o hermandades cristianas que reflejaban la protesta contra el poder de la nobleza y sus vasallos moriscos, aunque indirectamente eran también un movimiento de resistencia a la Corona. Su destrucción (1521-1524) constituyó otra victoria del poder del emperador.

España, un vez pacificada, iba a integrarse en los planes de la política imperial, a la que habría de proporcionar además de medios humanos, abundantes recursos.

Los enfrentamientos militares del emperador

Los compromisos carolinos, previstos o impuestos por las circunstancias, fueron tan grandiosos como inasequibles.

Enfrentamiento con Francia

Aunque las raíces arrancaban del deseo francés y aragonés de dominar Italia, el conflicto se endurecerá al sentirse los franceses cercados por los inmensos dominios imperiales, sin olvidar las reivindicaciones territoriales de Francisco I sobre Navarra y el Rosellón y de Carlos sobre Borgoña y Milán, así como la incompatibilidad de una conciencia nacional francesa con cualquier liderazgo europeo supranacional y las rivalidades personales de ambos monarcas.

En el primer choque (1521) Navarra quedó definitivamente para España, y aunque Francisco I ocupó personalmente el Milanesado, al ser derrotado y hecho prisionero en Pavía, se comprometió a entregar Borgoña y retirarse de Milán. No cumplió lo pactado, y se reanudaron las luchas hasta la Paz de Crépy (1544), que confirmó prácticamente las cláusulas de Cambrai (1529), en las que Francisco I reconocía la soberanía de Carlos V sobre Artois y Flandes y retiraba sus pretensiones sobre Milán y Nápoles, mientras que el emperador, por su parte, renunciaba a Borgoña.

El peligro turco

La lucha contra el infiel se centró en el 'turco', enemigo de la cristiandad. Mito, pero también peligro real que presionaba por Europa central y mediterránea donde ponía en peligro el espacio hispano-italiano y las costas levantinas españolas.

Aunque en Centroeuropa se limitó a contener los ataques turcos, sin pasar a la contraofensiva, Carlos se vio obligado a luchar por el Mediterráneo occidental y penetrar en el oriental, no logrando acabar definitivamente con el poder de Solimán, ni de Barbarroja, pues si con la conquista de Túnez (1535) obtuvo un gran triunfo, su fracaso en Argel (1541) afianzó las posiciones berberiscas.

El problema alemán

El fracaso definitivo de la política de Carlos V llegaría de la nueva situación creada en Alemania con la aparición del protestantismo que, además de conectar con las inquietudes espirituales, aglutinó intereses económicos y políticos opuestos a los programas imperiales, reformistas y centralizadores, y dividió el Imperio en dos grupos antagónicos, católicos y reformados.

El diálogo y la concordia empleados en las dietas y conversaciones (Worms, Spira, Augsburgo) para lograr el acercamiento y evitar el enfrentamiento armado, no dieron resultado, por ello el emperador decidió actuar con la fuerza contra los protestantes, que habían formado la Liga de Esmalcalda. Su victoria en la batalla de Mühlberg (1547) no consiguió, sin embargo, ni la unidad política ni la religiosa.

Carlos V, consciente de su fracaso, inició una serie de abdicaciones: aunque conservó el título imperial hasta el 12 de setiembre de 1556, cedió a su hijo Felipe— el futuro Felipe II— los Países Bajos (1555) y España (1556) y se retiró al monasterio de Yuste.

Augsburgo (o Habsburgo), Guerra de la Liga de (1688-1697), también conocida como guerra de la Gran Alianza o de los Nueve Años. En ella, las ambiciones expansionistas de Luis XIV de Francia fueron frenadas por una alianza formada por Gran Bretaña, las Provincias Unidas de los Países Bajos, y los Habsburgo austríacos. El objetivo principal de la Liga de Augsburgo fue mantener el equilibrio de poder entre las dinastías rivales de Habsburgo y Borbón, exacerbado por la incertidumbre sobre el sucesor de Carlos II de España. La guerra también supuso la lucha entre Luis XIV y Guillermo III, príncipe de Orange y rey británico.

La guerra tuvo lugar en el continente europeo, Irlanda y el Mediterráneo, pero también afectó a las colonias de los contendientes: los partidarios de Francia y Gran Bretaña lucharon entre sí en el continente americano (lo que se conoció como la guerra del rey Guillermo) y en la India.

La Liga de Augsburgo se formó en 1686 entre el emperador del Sacro Imperio, los electores de Baviera, Sajonia y el Palatinado, y los reyes de Suecia y España, como oposición a los intentos de Luis XIV de incrementar su influencia entre los príncipes alemanes. En 1688 Francia invadió Renania y la Liga se levantó en armas contra ella. Luis había contado con la ayuda de Jacobo II de Inglaterra, pero a principios de 1689 éste fue destronado debido a su intento de restablecer el catolicismo por el protestante y oponente de Luis, Guillermo de Orange. Entonces, Luis apoyó un intento en Irlanda de restaurar a Jacobo en el trono, pero fracasó cuando Guillermo triunfó en la batalla de Boyne, en 1690.

En 1689 el emperador y las Provincias Unidas firmaron el Tratado de Viena con el propósito de recuperar las anexiones de Luis XIV. Los acuerdos posteriores (a los que se llegó durante los siguientes dieciocho meses) con Gran Bretaña, Brandeburgo, Sajonia, Baviera y España, formaron la esencia de la Gran Alianza contra Francia.

Francia se retiró de Renania, aunque tuvo éxito en sus campañas en el norte de Italia y Cataluña. La guerra en los Países Bajos se estancó al sucederse largos asedios. Guillermo dirigió las fuerzas aliadas en la mayoría de las campañas de Flandes, pero su único éxito fue la reconquista de la ciudad de Namur. Las batallas importantes, como las de Fleurus (1690), Steenkerke (1692) y Neerwinden (1693) fueron escasas y no lo suficientemente decisivas como para llegar a un acuerdo de paz.

La flota francesa tuvo algunos éxitos en el canal de la Mancha; la batalla de Beachy Head (1690) posiblemente fue la victoria naval francesa sobre los británicos más importante, pero no supieron aprovecharla; en 1692 los británicos detuvieron a una fuerza invasora en Barfleur y los franceses fueron derrotados en la batalla naval de La Hogue; a pesar de ello, los corsarios franceses siguieron perjudicando el comercio aliado. En el Mediterráneo, la flota británica intentó detener a la flota francesa pero fracasó.

Aunque Francia tenía recursos para mantener fuerzas poderosas tanto en mar como en tierra su tesorería no estaba preparada para un esfuerzo tan prolongado y extenso, y al final no pudo competir con los recursos combinados de Gran Bretaña y las Provincias Unidas.

En 1695 Luis había comenzado a negociar, en secreto, con los miembros más débiles de la Alianza; al crecer las objeciones internas a los gastos bélicos y aumentar los fracasos militares, los cambios en el equilibrio del poder en Europa se hicieron inminentes y los líderes de la Alianza vieron que era necesario llegar a un acuerdo de paz. Las negociaciones comenzaron en mayo de 1697 y terminaron en septiembre con la Paz de Ryswick, por la que Francia conservó Estrasburgo, pero tuvo que reconocer a Guillermo de Orange como rey británico.

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