Cantar del Mio Cid

Literatura española medieval. Poesía épica. Cantares. Argumento. Personajes. Poetas. Métrica. Elementos cómicos. Guerras. Sociedad. Heroicidad. Rodrigo Díaz de Vivar. Biografía

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Introducción

Con él la literatura española levanta su magnífico pórtico de entrada en los comienzos del siglo XII. El “Cantar de Mío Cid” pertenece a un género literario definido en la Edad Media: es un Cantar de gesta que es una canción de hechos notables. En la alta Edad Media, cuando las lenguas vulgares no se escribían aún, el verso y el canto eran el único medio disponible para difundir noticias sobre los sucesos de actualidad y para conservar memoria de hechos famosos del pasado; esa historia cantada era la única historia nacional posible para un público que era analfabeto en su mayoría. Una canción de gesta nace como noticia de hechos actuales, más o menos emocional y poética; destinada a los contemporáneos, ha de ser bastante fiel, pero conforme el Cantar se repite entre generaciones cada vez más alejadas de los sucesos, va perdiendo veracidad histórica y va adquiriendo caracteres novelescos.

Del “Cantar de Mío Cid” conocemos tan solo una versión, del siglo XII, pero indirectamente conocemos diferentes refundiciones posteriores, prosificadas en las crónicas vulgares de España en los siglos XIII al XV. La obra se conserva en una copia hecha por Per Abad en el mes de mayo del año 1307.

'Cantar del Mio Cid'

Argumento

La narración de este poema se organiza en tres cantos: “Cantar del Destierro”, “Cantar de las Bodas de las Hijas del Cid” y “Cantar de la Afrenta de Corpes”.

  • “Cantar del Destierro”:

Mío Cid, Rodrigo Díaz, es enviado por el Rey Alfonso a cobrar las parias que pagaba el Rey moro de Sevilla, y encuentra allá, como gran enemigo al Conde García Ordóñez, poderoso magnate castellano. El Cid le venció en la Batalla de Cabra, y al hacerle prisionero le afeitó la barba, al realizar esta acción, el Cid sufre una inmediata desgracia. Al volver a Castilla, es acusado por enemigos cortesanos de haber guardado para sí parte de las parias sevillanas, y el Rey Alfonso le destierra. Álvar Fáñez, sobrino del Cid, junto con otros parientes y vasallos del héroe parten con él fuera del reino.

Las acusaciones de los cizañadores eran falsas; cuando el Cid abandona su casa de Vivar para ir al destierro, sale pobre y tiene que detenerse en Burgos para buscar dinero prestado por los judíos Raquel y Vidas. Los vecinos de Burgos compadecen al desterrado, pero no se atreven a hospedarle, porque el Rey lo ha prohibido. El Cid pasa por el Monasterio de Cárdena para despedirse de su mujer Doña Jimena y de sus dos hijas pequeñas que estaban allí refugiadas. Atraviesa el Duero junto a San Esteban de Gormaz y, cuando dúrenme la última noche en la frontera del reino de Castilla, para entrar en la tierra de moros, el ángel Gabriel viene a él en visión para anunciarle lo que le va a suceder todos los días de su vida. Los éxitos del desterrado son al principio penosos y lentos. Se apodera de dos castillos, Castejón en Alcarria y Alcocer sobre el río Jalón; gana abundantes riquezas y envía a Álvar Fáñez a Castilla para llevar al Rey Alfonso 30 caballos del botín cogido a los moros y otros objetos para Doña Jimena y la catedral de Burgos.

El Cid se hace con toda la región de Teruel y de Zaragoza con tierras que estaban bajo la protección del Conde don Ramón Berenguer de Barcelona. Le vence y prende al Conde en el pinar de Tévar, pero le pone en libertad al cabo de tres días.

  • “Cantar de las Bodas de las Hijas del Cid”:

El Cid logra apoderarse de Valencia, donde da un obispado al clérigo Don Jerónimo, venido de Francia. Pero en medio de tanta prosperidad, el dolor del destierro le seguía dañando, incluso físicamente (por tristeza se dejó crecer la barba).

'Cantar del Mio Cid'
Luego el Cid envía a Minaya con un segundo regalo para el Rey Alfonso, cien caballos de las recientes victorias, reconociéndose por vasallo y rogándole que permitiera a Doña Jimena ir a vivir a Valencia. El Rey, da ese permiso alabando las conquistas del Cid. Los trofeos de las victorias del desterrado despiertan en los infantes de Carrión, pertenecientes a la gran familia de los Vani-Gómez, el deseo de casar con las dos hijas del Cid para disfrutar de las riquezas del Campeador; es un deseo vergonzante, porque ellos, hijos de Condes, desprecian la humilde casa de Vivar. Álvar Fáñez lleva a Valencia a Doña Jimena y a sus hijas; el Cid las recibe con alegría y las muestra la gran ciudad con su rica huerta desde lo alto de un alcázar.

Yúcey, Rey de Marruecos, quiere apoderarse de Valencia, pero es derrotado y huye malherido por el Cid. Del inmenso botín de esta batalla, el vencedor envía al Rey Alfonso, doscientos caballos con sillas, con frenos y con sendas espadas colgadas de los arzones. El nuevo regalo es de nuevo llevado por Álvar Fáñez a Valladolid, que es donde se encontraba el Rey; la grandeza del donativo despierta gran admiración en el Rey, a la vez que mortifica la envidia de García Ordóñez y aviva la codicia de los dos infantes de Carrión.

Los dos infantes piden al Rey que les intente casar con las hijas del Campeador, el Rey accede. Para ello propone perdonar el destierro al Cid para tratar el matrimonio. El Cid al oír la propuesta del Rey muestra un gran disgusto y le repugna el orgullo de los infantes; pero al fin consiente el casamiento y acudirá a las bodas.

En Toledo, el Rey perdona al desterrado públicamente y le ruega el matrimonio de sus hijas, Doña Sol y Doña Elvira, con los infantes de Carrión. El Cid le manifiesta que sus hijas no están en edad para casarse pero acepta la voluntad del Rey públicamente. El Campeador se vuelve con los infantes a Valencia sonde se celebran las bodas.

  • “Cantar de la Afrenta de Corpes”:

'Cantar del Mio Cid'
Los infantes de Carrión dan muestras de gran cobardía, sobre todo en la batalla que el Cid tiene contra rey Búcar de Marruecos, venido también a recobrar Valencia, el cual queda vencido y muerto. El Cid, piadosamente engañado por los suyos, se muestra satisfecho porque sus yernos se han estrenado con valentía en la batalla. El Cid se ve en la plenitud de su poder, pero los infantes de Carrión, que no podían sufrir las disimuladas burlas de las que eran objeto por su cobardía, ansían vengarse. Quieren ofender al Cid y le piden permiso para irse con sus hijas a Carrión. El Cid, sin sospechar la maldad, les colma de riquezas dándoles, como ajuar de sus mujeres tres mil marcos y dos preciosas espadas, Colada y Tizón; y hace que su sobrino Félez Muñoz vayan con sus primas a Carrión. Los infantes emprenden su viaje y pasando por Medinaceli. Pero al llegar al Duero, en el espeso robledo de Corpes, maltratan cruelmente a doña Elvira y a doña Sol, dejándolas allí medio muertas. Félez Muñoz recoge a sus primas abandonadas y de Valencia viene Álvar Fañez para llevarlas a su padre. Condolido el Rey, convoca su corte en Toledo. A ella acuden El Cid y los de Carrión, éstos confiados en un poderoso bando de parientes y amigos a cuya cabeza esta el conde García Ordóñez. Allí ante la corte, el Cid expone su agravio, obteniendo de los infantes la devolución de las dos espadas, Colada y Tizón, así como la de los tres mil marcos de ajuar, y por fin exige que la deshonra del robledo de Corpes sea reparada en duelo. Pedro Bernúdoz, Martín Antolinez y Muño Gustioz acusan de traidores a los dos infantes y al hermano de éstos, Asur Gonzáñez. En esto, dos mensajeros entran en la corte a pedir las hijas del Cid para mujeres de los infantes herederos del trono de Navarra y de Aragón. El Rey otorga tan altos matrimonios; y ordena que la lid de los tres retadores se haga en las vegas de Carrión.

Allí, en su misma tierra, los infantes quedan vencidos en duelo. El Cid, vengadas jurídicamente sus hijas, casa a doña Elvira y doña Sol, con la mediación del Rey Alfonso, haciéndolas señoras de Navarra y Aragón.

El Mío Cid como

poesía oral

En el Cantar de Mío Cid, el poeta juglaresco, hace su narración pensando siempre en el público que tiene delante, y al cual se dirige expresamente con un vocativo: "mala cuita es, señores, haber mengua de pan"; o con fórmulas de sugestión intuitiva: "tienen buenos caballos, sabet a su guisa les andan".

Los cambios de escena que en el espectáculo teatral se distinguen por mudanza de decoración y entrada de nuevos personajes los indica el juglar llamando la atención del público: "dirévos de los cavalleros que llevaron el mensaje"; o expresando los personajes que se dejan y los nuevos que se van a tratar: "alabando se iban ifantes de Carrión, más yo vos diré d'aquel Félez Muñoz". El poeta abandona a menudo la objetividad de su narración para tomar en los sucesos que narra una parte afectiva, en compañía de sus oyentes; como cuando los infantes maltratan a sus mujeres, el autor, de se ahoga su indignación y exclama dos veces: "¡cual ventura serie ésta, si ploguiese al criador que asomase esora el Cid!".

La recitación de un Cantar de gesta era larga, y el mío Cid está dividido en sus tres Cantares que equivalen a los tres actos de una obra teatral. Como el poeta dramático busca, al final de un acto, lo que se llama el suspense, así el Mío Cid, al final del segundo Cantar, después de contar las alegres fiestas en las bodas de las hijas del Campeador, finge ignorar la desdicha que esperan a las dos recién casadas, y deja en duda al auditorio, despertando la curiosidad hacia contenido del Cantar tercero:

“¡Plega a Santa María e al padre santo

que s'pague de es'casamiento mío cid o el que lo hobo algo!

Las coplas d'este Cantar aquí s'van acabando;

el criador vos vala con todos los sos santos.”

El arte juglaresco, arte oral y cantado, utiliza fórmulas tradicionales, aceptadas sin reparo por el público, no exigente de novedad, que en ellas se encontraba siempre fresca la natural poesía que las inspira. La descripción del ardor de una batalla se solía hacer mediante una rápida enumeración de varias imágenes encabezados con el adjetivo tanto:

“Veriedes tantas lanzas premer e alzar,

tanta adágara foradar e pasar,

tanta loriga, falsar e desmanchar,

tantos pendones blancos salir vermejos en sangre,

tantos buenos caballos sin sos dueños andar”

La exclamación, tan propia del lenguaje hablado, es muy usada en el Mío Cid para dar valor ponderativo al relato. Va siempre encabezada con el mismo vocativo: "¡Dios, qué bien los sirvió a todo so sabor!".

Dos poetas del Cantar de Mío Cid

La primera impresión que produce la lectura de este poema es la de su perfecta unidad de plan y la de su inspiración nacional. Sin embargo, se ha podido descubrir en él cierto carácter local muy bien definido. Hay en él dos regiones descritas con detalles: San Esteban de Gormaz y Medinaceli, dos municipios que actualmente se encuentran en Soria. En una línea de 20 kilómetros se nombran diez lugares de las cercanías de San Esteban. Y de Medinaceli se nombran cinco lugares y tres de ellos son campos y montes deshabitados. De ninguna otra región de España más importante como Burgos, Valencia o Toledo, describe el poema pormenor alguno. Por lo tanto, está claro que los hechos del Cid aparecen en el Cantar frecuentemente vistos desde San Esteban de Gormaz, unos; y desde Medinacelli, otros. Así que, aunque el “Cantar de Mío Cid” sea de autor anónimo, se pueden vislumbrar la existencia de dos autores.

Esto nos induce a pensar que hubo un poeta de San Esteban de Gormaz muy antiguo, buen conocedor de los tiempos pasados, el cual poetizaba muy cerca de la realidad histórica; y hubo un poeta de Medinacelli, más tardío, muy extraño a los hechos acaecidos, y que por eso poetizaba más libremente. Si lo miramos desde la perspectiva del autor desconocido de San Esteban hablaríamos de una veracidad épica; al contrario que con el autor, también desconocido de Medinacelli, que nos llevaría a una mayor novelación libre del poema.

Métrica

La métrica que se propaga oralmente usa una forma métrica fácil de recordar y muy fácil de reconstruir cuando falla la memoria del recitador. En los Cantares de gesta se usa un verso bimembre de muy desigual número de sílabas, tendiendo a un primer hemistiquio más breve; los tipos que más abundan son 7 +7 sílabas, después 6+7, 7+8, 6+8, etc...

'Cantar del Mio Cid'
La rima es asonante, pero ofrece la extraña particularidad de no usar asonantes agudos, todos son graves, porque el uso de esta rima en los Cantares de gesta procede de un tiempo anterior a la segunda mitad del siglo XI, en que el romance vulgar, lo mismo que el latín, no tenía voces agudas; la -e final latina se conservaba todavía: leone, señore, Cantare, male,... En el siglo XII, ya todas estas palabras se pronunciaban como hoy, sin -e final. Por arcaísmo poético, este uso se mantiene en todos los Cantares de gesta y en los romances hasta el siglo XVI. Esa -e de leone, sole, etc..., se llama -e paragógica, pero no es sino etimológica, salvo en algunos pocos casos en que realmente la -e es una añadidura.

Además la lengua del Mío Cid nos presenta una extraña particularidad dialectal que no aparece en ninguna otra gesta conocida; usa el diptongo románico , conservado en italiano y usado en antiguo francés, en León, en Aragón y entre mozárabes, mientras en Castilla, desde el siglo X, era usada la forma más vulgar . El manuscrito conservado del Mío Cid, en toda su extensión, nos ofrece muchas palabras como Huesca, pueblo, apuesto,..., que la asonancia obliga a leer Huosca, puoblo, apuosto,...

La versificación del Cantar es sencilla, libre y fácil. El “Cantar del destierro” en sus 1086 versos tiene 63 tiradas, que vacilan entre 4 y 109 versos cada una, habiendo contiguas varias tiradas de 4 versos que recuerdan la cuaderna vía. El “Cantar de las bodas”, con 1193 versos, consta de 48 tiradas, de 3 a 146 líneas. El “Cantar de Corpes”, con 1453 versos, tiene sólo 41 tiradas de 5 a 190 versos.

La gradación en que se nos ofrecen estos tres Cantares es muy elocuente, si tenemos en cuenta que los refundidores, en busca de novedad para su versión, operaban por lo común en el desenlace de las tramas épicas más que en la exposición inicial de las mismas, y que toda refundición aumente el número de versos, de modo que los Cantares de gesta crecen por desarrollo interno, dilatando los episodios antiguos y añadiendo episodios nuevos, sobre todo al final. Así el “Cantar de Mío Cid” hoy conservado tiene 3700 versos, pero la refundición conocida por la Primera Crónica General tenía quizás el doble.

En las diversas partes del Mío Cid vemos que el “Cantar del destierro” es el más breve de todos y tiene muchas más tiradas; el “Cantar de las bodas” tiene más versos y menos tiradas, y el “Cantar de Corpes”, es más largo de todos, es el que tiene menos tiradas que todos.

Elementos líricos del Cantar

Aunque los Cantares de gesta parecen ser pura narración, tanto que hasta la plegaria, la de Doña Jimena por ejemplo, es un simple agregado de varios temas narrativos, sin embargo se sirven de varios elementos líricos. Ya hemos visto que en cuanto a su lenguaje juglaresco abunda en frases ponderativas, encabezadas con la exclamación “1Dios!,...” Otros varios recursos emotivos son habituales y el Mío Cid los maneja con predilección, utilizando procedimientos peculiares de la poesía lírica, en especial el de las repeticiones destinadas a ahondar en un tema afectivo. Cuando el Cid sale para el destierro, despidiéndose de Vivar, de Burgos y de Cárdeña, donde deja a su mujer y a sus hijas, la narración transcurre angustiada, recordando con una especie de estribillo lo apremiante del plazo fijado por el rey para que el desterrado abandone su casa, su familia y el reino de Castilla: “Ca el plazo viene acerca, mucho habemos de andar”; “Cerca viene el plazo para el reino quitar”; y así en cinco ocasiones, el poeta añade el dolor de la expatriación, el desgarrador apremio de la prisa. Lo mismo al final, cuando se va preparando y ejecutando el castigo de los avariciosos infantes, el estribillo va recalcando el creciente desaliento de los culpables: “Ya les va pesando”, “Mucho eran repentidos”, y así hasta ocho veces, que yo haya contado.

La capital escena del robledo de Corpes está narrada con gran desarrollo de la liricidad por repetición, arte del que un buen juglar recitador obtendría grandes efectos sobre su público. Cuatro temas se suceden y se repiten insistentemente:

'Cantar del Mio Cid'
-la brutalidad de los infantes al desnudar y herir a sus mujeres.

-el poeta desearía que apareciese allí el Cid para castigar a los avariciosos malhechores.

-los infantes abandonan a sus víctimas medio muertas.

-los infantes se jactan cobardemente.

En unos 45 versos estos cuatro temas se repiten en cuatro asonancias diferentes, utilizando dos artificios peculiares de la lírica medieval: la tirada gemela, que repite con asonante diferente los elementos contenidos en la tirada anterior y elexaprende o tiradas encadenadas, por comenzar la segunda de ellas repitiendo, con diferente asonante el verso final de la tirada anterior.

Elementos cómicos

del Cantar

Los poetas del Cid, Los poetas del Cid, preocupados del espectáculo público al que el Cantar está destinado, no atienden sólo a lograr efectos líricos que den variedad y valor a la continuada narración épica; necesitan también alguna sonrisa en el auditorio, que se cansa de una sostenida tensión grave. Interrumpiendo la densa existencia que impregna todo el relato de la partida del Cid al destierro, entre la desoladora inhospitalidad de Burgos y el desgarrador separarse de Cardeña, se intercala un curioso episodio de regocijo. La pobreza obliga al Cid a intentar conseguir de los judíos burgaleses un préstamo con garantía fingida; él idea el ardid de unas arcas de arena que se dirán estar llenas de oro, por quien pone en práctica esta traza y pone en ella sal cómica es el burgalés Martin Antolinez, que se juega vida y hacienda contraviniendo las órdenes del Rey en socorrer al desterrado: él, dialogando diestramente con los dos judíos, tiene audacia y labia para que ellos le concedan el préstamo, y aún le queda descarado humorismo para sacarles una 'Cantar del Mio Cid'
espléndida propina por el corretaje del buen negocio que les proporciona. La picardía y la comicidad están pulcramente limitadas al preciso momento del engaño; antes y después de ese instante, el poeta reviste de gravedad heroica el episodio que no es sino una prueba de que el Cid sale pobre al destierro, siendo falsas las acusaciones de haber retenido riquezas del Rey de Sevilla; el Cid idea el engaño, forzado por la extrema necesidad. El poeta creería pesadez el pararse a contar cuándo y cómo recompensó a los engañados prestamistas. En el Cantar de mío Cid también se emplea el cómico al final del Cantar del destierro, concretamente en la huelga de hambre que comienza el conde de Barcelona al verse vencido por él Cid, hay juegos de palabras bromeantes del Campeador. Se podía vislumbrar algo de cómico en la figura de los infantes de Carrión por su codicia y lucha de su orgullo nobiliario tanto por la idea de casarse con las hijas del Cid, también por su loco miedo frente a un león doméstico, o la cobardía y fanfarronada antes, durante y después de la batalla con Búcar, o por el mal manejo de la espada de uno de los infantes cuando se enfrenta a Martín Antolinez empleando finalmente un cinturón. Hay también ironía en la rápida conversación que mantiene el Cid con el rey Búcar de Marruecos, fugitivo en la batalla; así como en el diálogo de persecución que contiene elementos humorísticos.

Hay un momento en el que el Cid promete a Doña Jimena poner ante sus pies los estruendosos tambores africanos y llevarlos después en exvoto a la catedral; pero, conseguida la victoria, el poeta no se acuerda para nada de tales tambores.

Las guerras del Cid

en el Cantar

Rodrigo Díaz, a quien cristianos y moros llamaban el Campeador, es decir, "el guerreador, el vencedor", era ya cantado en vida celebrando sus victorias tanto en duelos singulares como en batallas campales. El Mío Cid más que ensalzar la figura del Cid lo que hace es referirse a su penoso guerrear como cuando, privado de recursos, realizaba sus primeras y difíciles hazañas de la expratiación, contando solo con trescientos caballeros y otros tantos peones, desterrados con él, todos mal equipados. El caminar de trasnochado, las celadas, las artimañas estratégicas, la hora del sueño, la hora de comer de los caballos son pequeños detalles para describir la conquista de dos pequeños castillos, Castejón y Alcocer. Ambos son las primeras ganancias del desterrado, este hecho figuran en el Cantar del destierro con 440 versos; mientras que las gloriosas conquistas de Jérica, Almenar, Murviedro y Valencia sólo ocupan en el “Cantar de las bodas” 140 versos. El autor prefiere resaltar las realidades concretas de lo cotidiano a la grandeza de lo que es la guerra en sí misma. No es que el Mío Cid rehuya los famosos encuentros bélicos, puesto que se citan varios durante la obra como: la batalla del Cuarte (180 versos), en la que se resalta más el temor de doña Jimena y de sus hijas al ver el poderoso ejército africano, las escaramuzas de la víspera, la discusión del plan de combate, el reparto de gran botín; que la descripción de lo que es la batalla en plena lucha.

El Mío Cid, en definitiva, sobresale en esa especie de costumbrismo militar, lleno de animación. No se encuentra una viveza descripción semejante a las que hay en otras obras (sobre todo francesas), donde muchas batallas, más largamente descritas, se reducen a una serie de combates que monótonos se suceden uno tras otro; el autor se fija más en los preparativos que en lo que es la guerra en sí. Podríamos decir que la guerra y las hazañas guerreras no son el tema principal del Cantar de Mío Cid.

Lo político y social

en el Cantar

El tema principal de esta obra, según mi punto de vista, sería lo político y social. Hay que destacar que el Cid es un héroe que en esta obra aparece muy humanizado; se resalta su constante preocupación por los matrimonios de sus hijas, casamientos no felices y cuyo único objetivo era el interés económico, político y social. El tema básico del poema en sus tres Cantares era la enemistad de los Vani-Gómez y de García Ordóñez contra el Campeador; el Cid, combatido por la invidencia de la alta nobleza, que le enemista con el Rey, logra por sus muchas victorias que el Rey Alfonso le estime, y humilla a sus enemigos bajo el peso de justicia del Rey y de la propia grandeza personal.

Hay un conflicto dramático. El Cid pertenecía a la clase inferior a la nobleza, la de los infanzones, es decir, caballeros que criaban en su casa y tenían un servicio a algunos otros caballeros; los Vani-Gómez pertenecían a la jerarquía superior de los ricos hombres, los cuales tenían muchos caballeros por vasallos, seguían habitualmente a la corte del Rey y gobernaban condados. Los infanzones solían casar a sus hijos o hijas con hijos o hijas de reyes, y aquí es donde surge el drama político y familiar del Mío Cid. Las hijas del infanzón de Vivar se casan con los infantes de Carrión, hijos de Conde, pero éstos solo buscan las grandes riquezas del conquistador de Valencia.

En el mío Cid se insiste mucho en realzar y dramatizar la lucha entre las clases sociales. El Campeador no quiere emparentar con la alta nobleza; cuando sabe que el rey desea honrarle mediante el casamiento con los infantes de Carrión, él siente repugnancia fundada únicamente en la vanidad de los novios cortesanos; y cuando el Rey le ruega, todavía busca excusa alegando que sus hijas son aún muy niñas; si accede, es por obedecer al Rey, pero no quiere hacer la entrega ritual de sus hijas a los infantes por mano propia sino por mano del Rey y de Álvar Fáñez.

“Ellos son mucho urgullosos e han part en la cort,

d'este casamiento non habria sabor”

Por todas maneras el Mío Cid abunda en el espíritu democrático de Castilla, la Castilla que en sus orígenes, en el siglo X, había aumentado la clase de los caballeros. En el Cantar, los ricos hombres cercanos a la corte como Vani-Gómez, García Ordóñez y Pedro Ansúrez aparecen como decaídos de su antiguo valor y actúan solo como envidiosos del gran vasallo de Vivar. En cambio, el Cantar muestra una constante veneración hacia el Rey, que, si destierra al héroe es por culpa de los ricos hombres que le rodean. Sin embargo, el héroe de las grandes hazañas no aspira a la nobleza de linaje aún cuando se negocian los regios matrimonios de sus hijas.

La heroicidad en

el Mío Cid

El héroe lo es por su realidad histórica que le capta la admiración de su pueblo, y esa admiración expresada en cantos historiales va idealizándose progresivamente en las sucesivas elaboraciones de esos cantos. En esa idealización, cada epopeya sigue su camino propio, en el caso del Cid se le tiende a ver dentro de las realidades humanas.

La fortaleza es la característica suprema que caracteriza a la heroicidad, ésta la manifiesta el Cantar exponiendo cómo el Cid, hundido en extrema pobreza por la calumnia de sus enemigos y por la ira del Rey, vence la fortuna muy adversa y llega al mayor poder por su solo esfuerzo, desamparado de toda ayuda. En la epopeya medieval el vasallo desterrado combate libremente a su Rey, pues a ello tenía derecho; pero en el caso del Cid, aunque la voz pública condena unánime la conducta del Rey, el Cid renuncia a su derecho.

“¡Dios, qué buen vasallo, si óbviese buen señor!”

Pero si el Cid no lucha con su Rey, lucha de continuo con sus otros enemigos, y en este caso también renuncia a los despiadados derechos del vencedor: con los moros es benigno cuanto puede,

“Los moros e las moras bendiciéndol'están”

igualmente el Conde de Barcelona admira el porte generoso de quien le da la libertad.

“Tanto cuanto yo viva seré dent maravillado”

Esta confianza en sí, ante su Rey y ante sus enemigos, es la sencilla ejecutoria de su noble fortaleza heroica. Con esta fuerza inmensa y moderada conquista el gran reino de Valencia y no se hace Rey, sino que, en bien de la cristiandad, pone su reino en vasallaje de Alfonso. Este vasallo, con su fortaleza, no solo conquista un reino y vence la injusticia de su Rey, sino que vence la envidia de sus enemigos de alta alcurnia, glorificando así el valor personal frente a la vanidad de la nobleza fundada solo en la herencia.

Su desmesura heroica consiste en una desbordante expansión de orgullo cuando se cree colocado en la cima de su gran poder. Cuando acaba de vencer al moro Búcar, se enorgullece de ser el incontrastable vencedor de batallas contra moros y cristianos, y espera dominar África:

“Arranco las lides como place al criador,

moros e cristianos de mi han grant pavor”

Y esta aspiración va acompañada de otra jactancia de su riqueza y de sus yernos:

“Antes fu minguado, agora rico so,

que he haber e tierra e oro e honor,

e son mios yernos ifantes de Carrión”

La fortaleza del Cid es magnífica porque cuenta con especial favor del cielo. El héroe, en su mayor abatimiento, tiene visión confortadora del ángel Gabriel; por otra parte, según le dice Álvar Fáñez, Dios le hace partícipe en sus altos designios:

“Esta batalla el criador la ferá

e vos tan diño que con él habedes part”

Éxito alcanzado

por el Cantar

El éxito de esta obra fue rápido. Los dos poetas dialectales, que escribían fuera de la vieja Castilla en las fronteras de las recientes conquistas de Toledo y Zaragoza, aunque muy encariñados con los recuerdos de los poetas de Gormaz y de Medinaceli, supieron elevar su localismo poniendo en él notas esenciales de amplia resonancia. Su Cantar tuvo larga vida a través de los tiempos.

  • Mediados del siglo XII

    • La refundición de la obra de Medinaceli era famosa en la corte del emperador Alfonso VII, pues en el poema de la conquista de Almería se recuerda un “Cantar de Mío Cid” que exaltaba al héroe como dominador de los moros.

      • Siglos XIII al XV

        • Las varias refundiciones del Mío Cid fueron las que se divulgaron y perpetuaron, prosificadas muy por extenso en todas las crónicas generales de España; la fama de Mío Cid hizo que en esas crónicas la biografía del Campeador ocupase mayor espacio que la de Alfonso VI. En los siglos XIII y XIV varias escenas del Mío Cid fueron imitadas por otros cantares de gesta, como el de “Fernán González”.

          • Siglos XVI - XVII

            • Los romances tradicionales siguieron cantando fragmentariamente algunas escenas del Mío Cid.

              • Siglo XVIII

                • Este siglo fue de mucho olvido, pero al ser descubierto y publicado en 1779 por Tomás Antonio Sánchez el texto viejo del Mío Cid comenzó a gozar de estimación moderna, aunque muy escasa entonces.

                  • Siglo XIX

  • Hubo que esperar a la llegada del romanticismo donde la Edad Media era comprendida y estudiada con amor. Los ingleses Robert Southey (1813) y Henry Hallam (1818) exaltaron el antiguo texto del Mío Cid. Varios estudiosos analizaron la obra y la publicación de la “Chanson de Roland” suscitó una serie de comparaciones favorables al Mío Cid.

    • Siglo XX

      • Menéndez Pelayo estudió la obra en 1903. Autores como Manuel Machado (“Las hijas del Cid”) plasman en sus obras acontecimientos que pertenecen al Mío Cid. En este siglo hay una sorprendente reviviscencia del “Cantar de Mío Cid” en su más genuina forma del siglo XII. Olvidada ésta ante el mayor brillo novelesco de las redacciones hechas en los siglos sucesivos, vuelve a tener calor de vida y fecundidad literaria en el siglo XX.

El arte colectivo y anónimo, forma inicial del arte en los primordios de un pueblo, ha producido en España, durante el último periodo de su desarrollo, un poema de supremo valor. El pueblo hispano, cultivador ferviente de su historia cantada, creó su héroe, buscando en él un alto modelo de vida nacional; creó en el campo de la poesía su primera obra maestra, sublime canto auroral de una literatura que surge vigorosa y emprende su camino en esperanza de espléndida jornada.

Biografía de un Héroe

Rodrigo Díaz de Vivar (1043 -1099)

Nacido en Vivar en 1043. Descendiente de familia noble, vivían en su casa solariega de Vivar, pueblo al norte de la provincia de Burgos.
El rey Fernando I reinaba en Castilla y León. El infante Sancho crió a Rodrigo, le armó caballero y le llevó a la primera expedición militar.
Cuando murió el rey Fernando, Sancho que era el primogénito, heredó Castilla y el resto de los territorios se repartieron entre los demás hijos.
Al ser Sancho rey de Castilla, nombró a Rodrigo "príncipe" de la hueste real. Sancho III intentó unificar la Meseta y sustituir la hegemonía leonesa por la castellana.
Rotas la hostilidades con su hermano, Alfonso VI, decidieron celebrar un encuentro armado que tendría el carácter decisorio de un juicio de Dios.
Ganaron los castellanos, aunque no se solucionó nada, ya que Alfonso no quiso acatar el resultado. Posteriormente se volvieron a enfrentar, venciendo nuevamente Sancho, que fue coronado rey de León.
Los leoneses, descontentos con esta solución, tramaron el golpe definitivo contra la hegemonía castellana.
El caballero, Vellido Dolfos, acabó con la vida del rey castellano, por lo que su hermano Alfonso fue reconocido rey de León y, antes de serlo de Castilla, los castellanos, con el Cid Campeador a la cabeza, le hicieron jurar que no había participado en la muerte de Sancho.
La situación del Cid decayó con el nuevo rey, a pesar de que le había dado como esposa a su sobrina Jimena Díaz, con el fin de traérselo.
El rey encargó a Rodrigo ir a cobrar unas parias pendientes al rey de Sevilla, y cuando volvió a la corte le acusó de malversación de fondos y le desterró, teniendo que abandonar Castilla, separándose de su mujer y sus hijos.
Le acompañaron algunos de sus fieles caballeros, El Cid se vio obligado a ofrecer sus servicio a reyes cristianos y musulmanes, para poder subsistir.
Al exiliarse de castilla, luchó en contra y a favor del rey Mostain II de Zaragoza o de Sancho Ramírez y Pedro I de Aragón.
Una de sus principales conquistas fue la del reino de Valencia. Los almorávides intentaron conquistar Valencia, pero el Cid los derrotó en 1097.
Rodrigo murió el 16 de julio de 1099, a los 56 años. Su esposa Jimena no pudo mantener sola el reino de Valencia, terminó pidiendo ayuda al rey Alfonso VI. No encontrando el rey quien sostuviera aquel lejano territorio, acabó abandonándolo y marchando de allí todos los cristianos, incluido el cadáver de Rodrigo, llevado a Castilla para recibir sepultura allí.
La figura del Cid, dio lugar al primer cantar de gesta de la literatura española, el "Cantar de Mío Cid".

Rodrigo Díaz de Vivar encargó a un poeta árabe la composición del 'Cantar del Mío Cid'

  • Cuando se cumple el IX centenario de la muerte del 'Campeador', Dolores Oliver cuestiona la tesis de la autoría elaborada por Pidal

El Cantar del Mío Cid fue un encargo de Rodrigo Díaz de Vivar, del que se cumple ahora el IX Centenario de su muerte, a un poeta árabe, probablemente berebere, que estaba a su servicio en el siglo XI, relató a Efe la investigadora Dolores Oliver, de la Universidad de Valladolid.  

Oliver presentará una ponencia sobre la figura de Rodrigo Díaz de Vivar en el Simposio Internacional sobre Edición y Comentario de Textos Medievales Españoles que se celebrará en Madrid del 20 al 23 de septiembre.

La tesis de la profesora Oliver contradice la tradicional que atribuye la autoría de el 'Cantar del Mío Cid' a dos autores anónimos del siglo XII, cuya obra fue posteriormente copiada por Pedro Abad en 1307. Oliver señaló que el Cantar refleja una relación de amistad entre cristianos y musulmanes que se corresponde con el siglo XI, pero no con el XII, cuando ya había llegado a la península el fanatismo de los almorávides, que les llevó a expulsar de su territorio a los mozárabes y judíos.

En el ambiente del siglo XII, precisó, "no tiene sentido un cantar donde existen árabes buenos amigos del Cid y cristianos malos", ni un Rodrigo Díaz que actúa como otros reyes de taifas y que, no sólo contaba con poetas que "le recitaban cantos bélicos" sino que sabía utilizar estos cantos como propaganda política".

"Si partimos de un poeta árabe o beduino", agregó Oliver, "empiezan a tener sentido algunas de las cosas que pasan en el Cantar" como cuando cuenta la batalla de Alcocer, en la que el autor adjudica al Cid y a Alvar Fáñez una "arrancada", ejercicio bélico berebere en el que un jinete realiza una carrera a todo galope hacia un muro con la espada desenvainada para frenar en seco, hacer saltar al caballo con un giro de 180 grados y sacar mientras tanto la espada.

Las jarchas, primeros testimonios literarios

Por su parte Álvaro Galmés, profesor de Filología Románica de la Universidad Complutense que también intervendrá en el Simposio, explicó que defenderá en su ponencia la necesidad de "tratar las traducciones de los textos de las jarchas con rigor absoluto", ya que, en su opinión, "están siendo modificadas por algunos investigadores".

Las jarchas, comentó, son antiguas canciones en lengua romance o árabe vulgar pero con grafía árabe clásica o hebraica, recogidas por los autores árabes o judíos al final de unas composiciones poéticas llamadas moaxajas, creadas por un poeta ciego de Cabra (Córdoba), según puntualizó Ibn Bassam en el siglo XIII.  

Álvaro Galmes, que fue discípulo de Menéndez-Pidal, agregó que estas cancioncillas tradicionales, relacionadas con la lírica de Francia e Italia y con las Cantigas de Amigo gallegas, "son difíciles de interpretar por la mala transmisión de los caracteres árabes y la ausencia de las vocales en sus textos".

En el caso de las jarchas en árabe, el problema se complica, según Galmés, al no contar con los códices intermedios, pues el primer manuscrito que las recoge es uno árabe del siglo XVI escrito por alguien que no conoce el romance, mientras que las judías que conocemos figuran en un manuscrito del siglo XIII y están escritas por un judío bilingüe.