Cándido; Voltaire

Literatura universal del siglo XVIII. Narrativa de la Ilustración. Filosofía ilustrada. Optimismo. Bondad y maldad del mundo. Personajes. Bien y mal

  • Enviado por: Heidi J Dilan
  • Idioma: castellano
  • País: Puerto Rico Puerto Rico
  • 7 páginas
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Recinto de Ponce

Cándido o El Optimista de Voltaire

Introducción:

El propósito de la presente reseña es sentar las bases de un personaje en realidad, que ocupa un lugar central en el movimiento intelectual de la Ilustración: el "Cándido" de Voltaire. Dado que cada época tienen sus dogmas, se podría establecer una tradición similar a la que ha dado lugar, en muy distintos momentos de la Historia, a numerosas reelaboraciones de determinados relatos-personajes, como por ejemplo en el caso de Voltaire. El "Cándido" ocupa una posición central en el discurso ilustrado porque éste tuvo básicamente en su punto de mira la fe, entendida como adhesión desprovista de todo espíritu crítico a un sistema de ideas dado, es decir confeccionado por otros.

Se cuenta de un joven, Cándido justamente, de nombre y de hecho, que pasa a través de innumerables desgracias. Lo echan de su castillo, lo enrolan forzosamente en un ejercito que no lo considera, tiene una experiencia de naufragio y de un terremoto, cae en manos de la Inquisición y padece un auto de fe, finalmente pierde todas las riquezas conquistadas en el país de El Dorado. No son memos desafortunados los personajes que circundan a Cándido: de su amada Cunegonda hasta la vieja sirvienta, que asisten a la masacre de sus familiares, vienen ellos mismos violentados, desviscerados y mutilados, prueban la miseria, el trabajo y la servidumbre. A las tremendas desventuras sufridas por Cándido hacen de contrapeso el optimismo enseñanza del filósofo Pangloss, cuyo nombre, de derivación griega significa “aquel que tiene siempre que decir”. Pangloss está convencido irremediablemente de una tesis que según le explicaba a Cándido, todos vivían “en el mejor de los mundos posibles”. La inconclusa fe filosófica de Pangloss no viene, por lo menos en apariencia, resquebrajada ni aún de las grandes desgracias que también llueven sobre su cabeza, como también sobre todo los otros. En la conclusión de la novela, Pangloss insiste en decir que todo sucedió de lo mejor. Por otra parte, puede encontrarse una gran afinidad entre el relato-personaje de Cándido y su consejero espiritual: Pangloss le da unas alas a un paradigma, una ideología para salir de cualquier laberinto. Esta paradigma no se ajusta del todo a la realidad, consistía en rebatir el optimismo metafísico y consistente en la creencia de que una armonía preestablecida rige el universo y que debido a su fe, una fe ciega en una única interpretación del mundo, lleva a Cándido a golpearse una y otra vez con la realidad, esencialmente múltiple provocando su caída, el desengaño. Pero Cándido, que de ahora en más aprendió la lección de la vida, prefiere renunciar a todas las interpretaciones metafísicas de la realidad, contentándose de obrar útilmente en el pequeño espacio que le esta reservado. El pesimismo de Voltaire está acompañado de una crítica radical al antropocentrismo tradicional.

Lo primero que traté de hacer fue detectar el dogma, la idea que en la actualidad se ofrece como guía para la conducta y la interpretación del mundo. Caben varias posibilidades, pero quizá la que más juego da, en el sentido de que aplicarla sin matices llevaría a Cándido a vivir experiencias tan desagradables y elocuentes como las de sus compañeros en nombre de la tolerancia. Nuestro protagonista, ha encontrando perfectamente razonable esta idea, después de haber sido convenientemente aleccionado por Pangloss y se lanza a la conquista de la realidad, y pronto comprueba cómo, en el mejor de los casos, lo que impera es la indiferencia.

El Cándido irá encontrándose con personajes que, siempre invocando la tolerancia, le tomarán el pelo, le meterán en líos, se aprovecharán de su persona y de sus bienes, en suma, abusarán de su buena fe, hasta que, finalmente, aquél decide adoptar una actitud escéptica, repitiendo, al reencontrarse con quien le enseñó a creer en la tolerancia, aquello de: "Eso está bien dicho, pero tenemos que cultivar nuestro jardín".

Voltaire, es sin dudas el autor que, en la conciencia cultural del 1700, y también en la posterior, mejor representa los caracteres, los ideales y los límites del iluminismo francés. Todas estas actividades son acumuladas con un espíritu critico que oscila entre la temeraria ironía y el sarcasmo más corrosivo, sobre todo dirigido los prejuicios en general, que impiden al hombre pensar con su cabeza, sirviéndose de la propia razón, la vela que nos ilumina el camino. La crítica de la tradición no venía todavía entendida como ataque al poder constituido sino, sin poner en duda los fundamentos jurídicos-políticos del Absolutismo. Los filósofos de la época de Voltaire esperaban tener audiencia con los potentados, implicarlos en los programas racionalistas y promover a través de ellos, desde lo alto la reforma de la sociedad: todo esto dio lugar a la experiencia del absolutismo iluminado.

RESUMEN DE CANDIDO

La narración se compone de 30 breves capítulos y presenta una rápida estructura mostrando las etapas del viaje del protagonista. La narración se puede dividir en 3 partes: expulsión del castillo y huida de Cándido hacia el Nuevo Mundo, residencia en el dorado, búsqueda de amada Cunegonda y regreso al Viejo Mundo hasta el jardín de Constantinopla.

CAPITULO I: en el castillo de Thunder-ten-tronckh viven alegres y felices Cándido, Cunegonda, hija del barón, y Pangloss, enseñante de lo metafísico, teología y cosmología, convencido del principio al fin que las cosas no pueden ser de otro modo: Porque, así como todo esta creado para un fin, todo es necesariamente para el mejor de los fines. Cunegonda, descubriendo a Pangloss con la camarera entre las matas, imita seguidamente la experiencia abrazando a Cándido detrás de un biombo. Sorprendidos por el señor Barón, Cándido es echado a patadas en el trasero del mejor de los castillos posible.

CAPITULO II - III: Cándido se encuentra de repente con la atrocidad del mundo. Muerto de hambre y de cansancio, es enrolado por la fuerza con los Búlgaros y obligado con el sonido de los bastones para hacer el servicio militar en la celebre armada de Federico II. La batalla entre los Avari (Francia) y los búlgaros (Prusianos) es una carnicería. Cándido no encuentra nada mejor que huir saltando montaña de cadáveres, entre pueblos incendiados y miembros palpitantes. Se refugia en Holanda donde experimenta el fanatismo de un hugonote y la piedad de un anabaptista que lo acoge y lo ayuda. Encuentra después un pordiosero desfigurado por la sífilis.

CAPITULO IV: El pordiosero es Pangloss que, ha sobrevivido en la destrucción del castillo realizada por los soldados búlgaros, encuentra todavía el coraje para justificar su mal como cosa indispensable en el mejor de los mundos. Los dos se embarcan junto al anabaptista al regreso de Lisboa.

CAPITULO V - VI: Descripción de algunas catástrofes naturales: la tempestad, el naufragio y el terremoto. La tempestad mata al buen anabaptista, mientras que los malvados se salvan. El terrible terremoto de Lisboa siega 30000 victimas inocentes. Pangloss y Cándido acaban en las manos de la Inquisición que busca herejes para exorcizar la desgracia con un auto de fe. Pangloss fastidia a Cándido fustigado. El mismo día la tierra tiembla nuevamente. A Cándido se le acerca misteriosamente una vieja.

CAPITULO VII-X: La vieja conduce a Cándido hasta Cunegonda. Esta, violentada y destripada por los búlgaros, que habían atacado el castillo con hierro y fuego, no estaba muerta, como había contado Pangloss. Vendida a un banquero hebreo, que la comparte con el gran Inquisidor, que había asistido al auto de fe, reconocido Cándido, se le hizo llevar a casa. Sorprendido del hebreo don Issacar y después del Inquisidor, Cándido mata a los dos. Cunegonda, la vieja y Cándido se embarcan en una nave que transporta tropas contra los jesuitas del Paraguay. En la nave se hace una gran discusión sobre el mal y la felicidad. La vieja comienza la narración de su vida.

CAPITULO XI - XII: Los dos capítulos se ocupan de la desgracia de la vieja. Esta digresión consiente a Voltaire para denunciar la violencia y la obscenidad perpetradas diariamente de los daños a las mujeres. Al final de la trágica narración de la vieja, Cándido esta desconcertado y quisiera que estuviera presente el sabio Pangloss, porque se siente bastante fuerte para derivarle alguna respetuosa objeción.

CAPITULO XIII - XIV -XV: Llegados a Buenos Aires, Cunegonda es acogida por el gobernador, del que se vuelve su favorita, pero Cándido, perseguido por la justicia, es forzado a huir. Guiado del siervo Cacambó, pasa al reino de los jesuitas: Aquel gobierno es una cosa admirable... los padres son todo, el pueblo nada. Cándido encuentra aquí al hermano de Cunegonda. Herido en el orgullo de casta apenas el joven manifiesta la intención de casarse con la hermana, él golpea a Cándido. El lo mata y se pone los hábitos, huyendo antes de que sea descubierto el delito.

CAPITULO XVI: Cándido en una bella pradera ve dos monos perseguir dos muchachas desnudas. Cogido de piedad, mata a los animales, convencido de haber salvado la vida de las muchachas, pero en realidad provoca la desesperación: pues asesinó a los amantes. Cándido y Cacambó se internan en la selva y allí, durante el sueño, son capturados por los Orecchioni que están en guerra con los jesuitas, que han tomado sus tierras. Están los dos para terminar en la olla, cuando Cacambó convence a la tribu que Cándido no sólo no es jesuita, sino que además viene de matar a uno. Liberados, reciben de los indios una suerte de honor.

CAPITULOS XVII - XVIII: cansados y hambrientos, después de haber recorrido montañas y precipicios, se abandonan a la corriente de un ríos que los lleva entre rocas lisas en el país de El dorado. Es el reino de la felicidad, donde no existe dinero, ni violencia, ni tribunales, ni curas. Los dos la pasan de maravilla en maravilla, pero después de un mes, aunque felices, deciden de no serlo más y pedir licencia a su Majestad. Cargados de oro, ellos parten en búsqueda de Cunegonda.

CAPITULO XIX: Cándido y Cacambó encuentran en una colonia holandesa de Surinam un negro sin una mano y sin una pierna, mutilado por la explotación de los propietarios blancos de las plantaciones. Con este precio comen azúcar en Europa, exclama el esclavo denunciando los costos sociales del lujo europeo. Un comerciante holandés roba después a Cándido, quien se convence que si todo va bien, todo va bien en el Dorado, y no en el resto de la tierra. Cándido, encarga a Cacambó de rescatar a Cunegonda, les da cita en Venecia. Desesperado por la maldad humana, busca como compañero de viaje el hombre más infeliz de la región. Entra así en escena Martín, el filósofo pesimista, todo lo contrario de Panglos.

CAPITULO XX - XXI: Martín, durante el viaje hacia Europa, expone a Cándido su pesimismo maniqueo, según el cual existen dos principios, el bien y el mal, Dios y el diablo que se disputan el universo; la tierra cayó bajo el dominio del mal. Inmediatamente se meten en una batalla naval, donde encuentran la muerte centenares de inocentes.

CAPITULO XXII - XXIII: Cándido desea conocer Paris, pero queda desilusionado. Es victima del enredo de un cura que le roba. Se mete en el fanatismo clerical, en la pasión desfrenada del juego, en el vació de los literarios. Llega a Inglaterra, pero no desembarca si quiera, disgustado por la ejecución del almirante Byng, fusilado por los ingleses porque cometió el error de haber sido derrotado por los franceses.

CAPITULO XXIV - XXV: Cándido en Venecia no encuentra a Cunegonda, pero Paquette, la antigua amante de Pangloss, se volvió prostituta. Encuentra también la hartura y el disgusto. El senador apoderado, rico, inteligente, tiene todo, pero no es feliz. Todo lo aburre.

CAPITULO XXVI - XXX: Cándido y Martín encuentran seis monarcas destronados. Los reyes también, están a merced del destino. Cacombó llega a Venecia, pero lo hacen esclavo. Los tres se embarcan para Constantinopla, donde también Cunegonda se vuelve esclava de un aventurero. En la nave Cándido reconoce en dos forzudos encadenados con los remos al filosofo Pangloss, que había estado mal ahorcado, y el revivido baroncillo jesuita, hermano de Cunegonda. Cándido rescata a los dos y todos llegan a Turquía donde, en las orillas de la Propontide, encuentran a Cunegonda, fea y envejecida. Liberada, ella también, junto con la vieja, se establece con el resto de la compañía en una pequeña granja.

OPINION

En mis primeras lecturas, la decisión de Cándido, ante la constatación que vivimos en un mundo que dista de ser el mejor de los posibles, me parecía una decisión burguesa, claudicante e individualista. “Cultivar el propio jardín” equivalía a la actitud elitista de las “deliciosas” muchachas y los privilegiados jóvenes. Cándido, no me parece irónico; yo creo que no hay otra forma de encarar con optimismo el futuro sino a través de la auto proposición de tareas accesibles y viables, como cultivar el propio jardín. Aunque pocos quieran reconocerlo. Desde el punto de vista histórico apenas merece un lugar. Es algo más y algo menos que historia. Es un apretado y sostenido argumento que se basa en la historia, un alegato del humanitarismo contra la intolerancia y contra la religión sobrenatural. Elevado por su estilo, su enseñaza y su noble pasión humanitaria, al nivel de la alta literatura. El hombre fue desde el primer momento un ser sociable, dotado con las virtudes indispensables para la vida de relación, la piedad y el sentimiento de justicia Cree que el hombre obra primeramente por móviles económicos, y hace responsables a los cambios económicos del curso de la evolución social y política. Nunca amplía esta opinión: la considera como algo evidente en sí, aceptado por el sentido común, aunque luego en sus pinos de teorizante la olvida del todo.

Voltaire confronta amargamente que el “todo es bueno” me parece ridículo cuando el mal esta en la tierra y en el mar. Voltaire tiene una razón más para no creer tan fácilmente en la posibilidad de la felicidad humana: porque hay que admitirlo, el mal está en la tierra. Este es el contexto en el cual nace Cándido: el libro aparece anónimo pero, pero algunos habían reconocido su estilo. El escritor protestó la propia extrañeza de la obra definiéndola un capricho. La novela filosófica Cándido o el optimismo (1759) esta explícitamente dirigida contra la concepción del “mejor de los mundos posibles”:

Pero el tratado más característico de la obra de Voltaire, y junto a aquello que mejor encarna, en general, el espíritu del iluminismo, es la polémica religiosa, política y social que marca sobre todo el último periodo de su vida y encuentra la expresión más sistemática. Las cuestiones metafísicas pasan ahora a un segundo plano y el deber de la razón se vuelve más bien el de elaborar una critica y una transformación de la sociedad que englobe todas las instituciones, entendida como fuente de intolerancia y de guerra por ello obstáculo del desarrollo histórico de la humanidad: una religión como la cristiana impide al hombre servirse de la propia razón imponiéndole el cumplimiento absurdo de actos de fe. Analógicamente, en el ámbito político, Voltaire defiende el derecho de todo ciudadano a la libertad civil y política (en primer lugar a la libertad de expresión de las propias ideas), en contraposición a un absolutismo del cual él no esperaba desde ahora ninguna colaboración más, es decir de una investigación filosófica del significado general del proceso histórico en el cual el fundamento unitario del desarrollo de la humanidad se encuentra en el concepto del progreso. La historia consiste en un gradual proceso de, de civilización, de no civilización, de la humanidad, a partir de la condición salvaje hasta llegar a todas expresiones de la civilización humana. El progreso no es entonces algo necesario e interrumpido, sino que conoce pausas, como lo demuestra el periodo de la Edad Media. Con esto el iluminismo continuaba, en un plano filosófico más que histórico-filosófico, el programa de revalorización de la ciencia histórica, disminuida de la condena cartesiana, aunque todavía permanecen prejuicios historiográficos.