Caída del muro de Berlín y extinción de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas)

Historia Universal Contemporánea siglo XX. Telón de acero. Guerra fría. Bloque Oeste y del Este. Unificación alemana. Efectos colaterales

  • Enviado por: Santino Sawaya Rojas
  • Idioma: castellano
  • País: Perú Perú
  • 28 páginas
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CAPITULO I.- LA CAIDA DEL MURO DE BERLIN

  • Introducción 

  • Caída Del Muro De Berlín

  • El muro de Berlín, la frontera del mundo

  • El Complejo Orden Mundial Con La Caída Del Muro

  • Efectos Colaterales

  • El Camino De Alemania Hacia La Unidad Interna

  • En Favor Del Equilibrio Y La Paz

  • La Influencia De Alemania En Europa

  • La Política Exterior Alemana De 1949 A 1995

  • CAPITULO I.- LA CAIDA DE LA UNIÓN DE REPÚBLICAS SOCIALISTAS SOVIÉTICAS

  • Introducción

  • Antecedentes

  • Comienzo Del Fin

  • El Derrumbe

  • Un Nuevo Orden

  • Conclusión

  • LA CAIDA DEL MURO DE BERLIN

    1. Introducción 

    El muro de Berlín fue la división física que existía entre el Este y el Oeste de Berlín desde 1961 hasta 1989. Con el final de la Segunda Guerra Mundial en 1945 Berlín fue ocupada por los soviéticos; dicho territorio fue declarado como República del Este de Alemania en 1949.

    Poco después la ciudad de Berlín en sí misma fue dividida entre el Este y el Oeste. El Oeste fue denominada República Federal Alemana y ocupada por las fuerzas de Gran Bretaña, Francia y EE.UU. y el Este fue denominada República Democrática Alemana y ocupada por las fuerzas de la Unión Soviética.

    La división política de Berlín se tornó psíquica cuando en 1961, los residentes en Berlín se encontraron con una división de alambres de púas entre el Este comunista y el Oeste no comunista. Dicha división fue reforzada por el Este alemán mediante soldados y milicias, y rápidamente fue reemplazada por un muro de material de 103 millas de largo y 4 metros de alto, construído de la noche a la mañana.

    A lo largo del mismo fueron construídas trampas y zanjas; y solo existían 2 entradas/salidas; la más famosa fue la de Checkpoint Charlie. El muro resultó ser una barrera muy efectiva durante 25 años.

    Desde que fue construído mucha gente trató de pasar de la RDA a la RFA (2,7 millones de personas aproximadamente). De acuerdo a algunos reportes mas de 400 personas murieron en el intento durante la Guerra Fría. Pero los activistas de derecha aseguran que las muertes llegarían a 800 personas.

    En 1989, el muro de Berlín se convirtió en algo irrelevante, luego del permiso que Hungría concedió a los alemanes del este de dejarlos pasar por su país, para atravesar Austria y así llegar a la RFA. En Noviembre del mismo año cuando las noticias decían que no habría más restricciones para viajar o trasladarse de un lugar a otro, los ciudadanos comenzaron a demoler el muro sin ningún tipo de interferencia por parte de oficiales del gobierno. El Este alemán participó también en la destrucción del muro y se reunió junto al Oeste en 1990 como una Nación, “LA REPÚBLICA FEDERAL ALEMANA”.

    2. El muro de Berlín, la frontera del mundo

    A principios de la década de los 60, la guerra fría alcanzó un alto grado de tensión y las dos Alemanias fueron el escenario donde EE.UU. y la URSS parecían querer dirimir sus diferencias. En ese clima de crispación ideológica, en el que el espionaje de uno y otro bando encarecía las relaciones internacionales, miles de ciudadanos germano-orientales huían de la persecución política hacia la Alemania Occidental.

    La escalada de tensión en Berlín, situada en territorio dominado por el ejército rojo y dividida en sectores administrados por potencias occidentales (EE.UU., Gran Bretaña y Francia por un lado y la URSS por el otro), se debió, entre otras causas, a las elecciones llevadas a cabo en ella y a la introducción de una nueva moneda en Alemania occidental, cuya fortaleza alteró los planes del desarrollo económico comunistas. La URSS no aceptó la introducción del marco occidental en el país y prohibió su circulación en Berlín alegando que conculcaba los acuerdos firmados.

    El contraste de los niveles de vida en uno y otro lado se hizo evidente y ello contribuyó a fomentar la fuga constante de ciudadanos alemanes al sector Oeste.

    Tras exigir Jruschov la retirada de Berlín de todas las tropas de ocupación, el 13 de Agosto de 1961, fuerzas de seguridad germano- orientales cerraron con alambres de espino o ladrillo y cemento sesenta y ocho de los ochenta puntos de comunicación entre un sector y otro de la ciudad.

    El muro de Berlín, junto al cual perecieron decenas de alemanes, se erigió en un trágico símbolo de la guerra fría.

    3. Caída del muro de Berlín

    La caída del Muro de Berlín fue el resultado de una imparable revolución popular que se anidó durante más de cuarenta años, y que conoció sucesivos estallidos debido a la inviabilidad del régimen estalinista de la Alemania oriental, y de los regímenes estalinistas en general, principalmente el ruso. Se inscribió en la ola de levantamientos que inició la clase obrera polaca en 1980, una ola que puso al desnudo la negativa de la clase obrera a soportar la carga de la 'coexistencia pacífica' y de la 'distensión' entre el imperialismo mundial y la burocracia estalinista, que se traducía en pesadas deudas externas y descomunales 'ajustes' económicos. Por eso, aunque las grandes potencias de los dos bloques ya habían tomado la decisión de enfrentar a los pueblos del este, no mediante la represión sino mediante el 'desvío democrático', el derribamiento del Muro por una revolución popular fue un episodio de la revolución europea, que quebró "el artificio montado (por el imperialismo mundial y la burocracia soviética) para dividir al proletariado más fuerte de Europa"; la caída del Muro puso sobre el tapete "la descomposición conjunta del imperialismo y de los regímenes burocráticos y el completo agotamiento de las relaciones políticas establecidas entre ellos a partir de la posguerra".

    4. El complejo orden mundial con la caída del muro

    Entre 1989 y 1991, el mundo experimentó, en secuencia rápida, una serie de acontecimientos drásticos (la caída del Muro de Berlín, la reunificación de las dos Alemanias, el estallido interno de la Unión Soviética, el término del Pacto de Varsovia y la guerra en la antigua Yugoslavia), que resultó en los siguientes hechos:

    Fin de la guerra fría y del mundo bipolar, emergiendo los Estados Unidos como potencia hegemónica. Los Estados Unidos de América reunió 28 naciones aliadas y obtuvo permiso de la O.N.U. para sacar las tropas iraquíes del territorio de Kuwait en caso de que las mismas no se retiraran de sus fronteras antes del 15 de enero de 1991. La Guerra del Golfo duró desde el 16 de enero al 27 de febrero de 1991 con la rendición incondicional de Irak.

    El inicio de las reivindicaciones del Japón y Alemania, grandes potencias económicas, pero alejadas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial de las decisiones políticas mundiales. El Japón, al recibir la negativa de Rusia de devolver las islas Curiles, ciertamente reevaluará su estructura militar, hoy limitada al 1% de su PBI por disposición constitucional impuesta por los Estados Unidos durante la ocupación al final de la Segunda Guerra Mundial.

    Alemania reivindicó la retirada de las tropas de la OTAN de su territorio, ya que no existe amenaza justificada. Ambos, Japón y Alemania, desean tomar asiento como miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU. No se justifica tomar parte del "Grupo de los Siete" (líderes de las naciones más industrializadas) si no se tiene la contrapartida del poder político, a través del poder del veto, en el órgano de mayor representación política en el planeta. Tal reivindicación causó el pronunciamiento de los 108 países del Movimiento No-Alineado, reunidos en Indonesia en septiembre de 1992, manifestando preocupación con el ingreso de esas naciones como miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

    Formación de mega-bloques económicos y políticos. La formación del NAFTA, conformado por los Estados Unidos, Canadá y México, sorprendió a los países de América del Sur pues se constituía otro mega-bloque económico en el eje Norte-Norte. Por ello se concibió la creación del MERCOSUR, del cual formaban parte inicialmente Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y ahora Chile. La posibilidad de formación de nuevos mega-bloques económicos (en el sudeste asiático encabezado por Japón, en el Oriente Medio a través de la identificación islámica, arrastrando las repúblicas islámicas a la ex-URSS y otros) es seria en relación a la perturbación que podría producir en las relaciones internacionales.

    Interferencia cada vez mayor de la O.N.U., a través del Consejo de Seguridad, en las querellas regionales con el consecuente aumento del número de tropas y el número de "Peace Keeping Forces" (Fuerzas de Mantenimiento de la Paz.

    Hasta el final del año pasado, había trece "operaciones de paz" en ejecución:

    Se ha observado que las sociedades del primer mundo ya no aceptan con facilidad que sus hijos sean enviados a regiones de conflicto, aumentando así los efectivos de los países en desarrollo, siendo una paradoja la gran presencia de sudamericanos tratando de hacer la paz en tierras europeas.

    A la luz de los temas discutidos brevemente arriba, y teniendo en vista las tendencias observadas en estos preludios de la posguerra fría, saco las siguientes conclusiones:

    En el campo político: el paso de un mundo bipolar a otro unipolar, de potencia hegemónica global, significa un cambio en la situación inicial de alta confrontación y baja inestabilidad, hacia una situación de baja confrontación y alta inestabilidad en el escenario mundial. En esa nueva situación, los conflictos bélicos regionales, siendo menos apocalípticos en cuanto a la amenaza de la paz mundial.

    En el campo económico: el comercio multilateral, que floreció bajo el sistema del mundo bipolar, ahora ha evolucionado hacia la relación entre bloques o regionalismo económico. El concepto de soberanía no prevalece en el mundo de los altos intereses económicos, dado el hecho de que cada Estado ya no tiene la capacidad de sobrevivir sólo, lo cual ha conducido a la aparición de las economías de conjunto.

    En el campo militar: la baja observada en los gastos militares durante el final de la guerra fría, en términos mundiales, no habrá de continuar, debiendo volver a aumentar en los próximos años, aunque de manera discreta. A lo largo del tiempo, habrá una reducción drástica de las armas nucleares de largo alcance y destrucción masiva y una implementación de las armas no nucleares de alta tecnología.

    En el campo psicosocial: la mayor amenaza a la paz se originará a través de la pobreza, de las discriminaciones étnicas, del nacionalismo exacerbado, del radicalismo religioso, del narcotráfico y de las condiciones del medio ambiente, más que de cuestiones políticas.

    El proyecto de los aliados para Alemania, tal como se estipuló en Postdam, entre el 17 de Julio y el 2 de Agosto de 1945, era constituir una entidad estatal unificada, cuyo potencial administrado por los aliados tenía por objetivo impedir que volviera a desempeñar un papel protagonista en la escena internacional. De acuerdo con esto, una Comisión interaliada convertida en órgano superior de gestión debía asumir la administración de Alemania sectorizada en áreas de influencia; pero tal objetivo no pudo llevarse a cabo debido a que pronto surgieron divergencias en la interpretación de los pactos, que no pudieron resolverse en las conferencias celebradas en Moscú, París y Londres entre 1946 y 1947.

    La rápida evolución en favor de la URSS en la Europa oriental, como consecuencia de la situación postbélica y la presencia del Ejército Rojo, determinó una amplia área de influencia comunista cuya imaginaria línea demarcatoria, que iba de Stettin a Trieste, recibió de Churchill la gráfica denominación de "telón de acero". A partir de 1947, año en que empieza a hablarse de "guerra fría", los acontecimientos que consagraron la ruptura entre los antiguos aliados se precipitaron. Los gobiernos de coalición previstos para los países de la Europa oriental no fueron duraderos. El proceso de concentración del poder efectivo en manos de los partidos comunistas nacionales, iniciado desde el mismo fin de la guerra, afectó a Bulgaria, Rumania, Albania, Polonia, Hungría y la en ese entonces Checoslovaquia. La creación por Stalin de la "Kominform" (Oficina de información comunista), en septiembre de 1947, destinada a asegurar la cohesión de los regímenes prosoviéticos, la guerra civil de Grecia (1946- 1949) y el golpe de Praga (1948) tuvieron su respuesta en el feroz anticomunismo de la doctrina de Truman, la aplicación del plan Marshall de ayuda económica a las democracias europeas, la consumación de la alianza atlántica con la creación en 1949 de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que contribuyeron a ahondar las divergencias de uno y otro bando y a tensar las relaciones hasta límites peligrosos para la paz mundial.

    Ante el temor de la expansión del comunismo en Europa y la gravedad de la situación económica, las potencias occidentales tomaron una serie de medidas que marcaron la profundidad de la grieta ideológica entre los vencedores. Mientras en su sector la URSS organizaba la economía y la sociedad de acuerdo a principios comunistas, EE.UU., Gran Bretaña y Francia fusionaron los suyos y pusieron todos los medios para una rápida reconstrucción del país. En este sentido, los aliados occidentales no sólo condonaron gran parte de las indemnizaciones de guerra de las que Alemania era deudora, sino que aportaron importantes cantidades de capital, sobre todo a través del plan Marshall estadounidense, que derivaron en la reforma monetaria de 1948 y en la creación de un marco de gran fortaleza, cuya introducción en la zona soviética provocó, como reacción más espectacular y preludio de la división del país, el bloqueo de Berlín, entre el 24 de Junio de 1948 y el 12 de Mayo de 1949.

    La partición de Alemania se consumó con la constitución de la República Federal de Alemania por los occidentales, el 23 de Mayo de 1949 y de la República Democrática de Alemania por los rusos, el 7 de Octubre del mismo año, entidades estatales que no ejercieron su soberanía hasta la derogación del Estatuto de Ocupación en 1955.

    5. Efectos colaterales

    “Estos acontecimientos han conmovido al mundo. Hasta ese momento nunca se había dispensado a ningún grupo de fugitivos una acogida tan calurosa como a las decenas de miles de alemanes que, desde la otra parte del país, la República Democrática Alemana, habían huido a la parte oriental. Fueron recibidos como desterrados que hubieran regresado a su patria”, escribió el diario londinense `The Times'.

    En sólo media hora, tras la apertura de la frontera de Hungría el día 10 de septiembre, 200 automóviles pasaron por la frontera de Austria con la República Federal de Alemania. Más de 20000 fugitivos, aprovechando sus vacaciones en Hungría, emprendieron la huida hacia occidente, hacia la libertad. Los alemanes del Oeste acogieron con los brazos abiertos a los alemanes del Este y les ayudaron en la medida de sus posibilidades. Gimnasios, contenedores habitables y albergues juveniles fueron acondicionados por doquier para dar alojamiento a los refugiados. Sin la incondicional ayuda del pueblo húngaro no habría sido posible la huida. Tras prolongadas e infructuosas negociaciones con la República Democrática Alemana, Hungría decidió abrir sus fronteras con Austria, arriesgando con ello una confrontación con este país miembro del Pacto de Varsovia.

    Los derechos humanos tenían prioridad absoluta. El artículo 2 del tratado de la ONU de 1969 determina que "todo ser humano es libre de abandonar cualquier país, inclusive el suyo propio." Los húngaros obraron de acuerdo con esta premisa. "En una Europa unida no hay lugar para una habitación con alambradas". Austria, por donde los alemanes procedentes de la República Democrática Alemana tenían que pasar, prestó ayuda espontánea y carente de toda burocracia. La Cruz Roja, el Cuerpo de Bomberos y los cuerpos automovilísticos estuvieron presentes en todos los puntos de encuentro y paso de las caravanas de refugiados para ocuparse de ellos y de sus maltratados vehículos.

    Tres semanas más tarde llegaron más de 7000 fugitivos de la República Democrática Alemana en trenes especiales procedentes de Praga. En un principio, el gobierno checoslovaco declaró que este problema había de ser solucionado por los dos Estados alemanes. Pero imposibles de olvidar son los gritos de "¡Alemania, Alemania!", a la llegada de los "trenes de la libertad", demostrando al mundo que los alemanes se sentían unidos.

    También para los refugiados en la Embajada de la República Federal de Alemania en Varsovia se pudo allanar el camino hacia occidente. El gobierno de la República Democrática Alemana declaró que los refugiados habían sido desterrados "por motivos humanitarios". Apenas habían salido de Praga los 7000 refugiados cuando otras miles de personas volvieron a buscar asilo en la Embajada. Tres días después, otros 11000 refugiados habían ocupado la Embajada, cuyas dependencias tuvieron que ser cerradas por hallarse congestionadas. Otra vez se celebraron intensas negociaciones con los gobiernos de Praga y Berlín Oriental, hasta lograr que pudiesen partir en trenes especiales, atravesando el territorio de la República Democrática Alemana, con destino a la República Federal de Alemania. Todos ellos habían huido de la agobiante limitación de la libertad en su país, decepcionados de que la política de "glasnost" (reformas políticas que hicieron posible la legalización de otros partidos políticos y la aplicación del sufragio universal en las elecciones presidenciales de las distintas repúblicas) y "perestroika" (reformas económicas que permitieron el ingreso de capitales extranjeros y la formación de empresas privadas, limitando el control del Estado sobre las empresas y permitiendo una mayor libertad en la toma de decisiones acerca de la producción) practicada por Gorvachov no haya tenido la menor repercusión sobre el régimen de la República Democrática Alemana, de que su vida siguiera estando reglamentada, de que los viajes a occidente fuesen prohibidos o autorizados solamente tras largos años de espera, de que aún no se haya derrumbado el muro tras el que se oculta República Democrática Alemana. De Berlín Este a Berlín Oeste hubieran podido desplazarse en el metro, en diez minutos y por un precio de veinte pfennig. En su lugar, tuvieron que recorrer mil kilómetros y viajar durante cincuenta horas. Emprendieron la huida, y no por necesidades materiales. "Disponíamos de todo lo necesario para vivir, pero para vivir en una jaula.", dijo uno de ellos.

    Llamaba la atención lo jóvenes que eran. Y tenían la suerte de que la mano de obra especializada estaba muy solicitada en la República Federal de Alemania, que necesitaba, enfermeros y enfermeras para sus hospitales, mecánicos de automóviles, técnicos en telecomunicaciones para Correos. Por eso, en la mayoría de los casos, encontraron rápidamente trabajo.

    Luego de la caída del muro los alemanes de la ex - República Democrática Alemana eran alemanes con pasaporte alemán y con todos los derechos, inclusive de voto. Tenían también derecho a percibir prestaciones por desempleo, subsidios para el alquiler de una vivienda y una asignación mensual por cada hijo. Más difícil resultaba la búsqueda de un hogar. Escaseaban viviendas económicas en las regiones de gran concentración demográfica. De ahí que el Ministerio de la Vivienda destinara 4 mil millones de marcos alemanes a la construcción de viviendas económicas de protección oficial. En un período de tiempo relativamente corto se construyeron 50000 viviendas.

    Las consecuencias políticas de esta fuga: en la República Democrática Alemana se produjeron manifestaciones multitudinarias y un cambio en las esferas más altas del poder. La cuestión de la reunificación alemana volvió a pasar a la orden del día de los sectores políticos internacionales.

    El mundo adquirió conciencia de que los alemanes se consideran como una nación y acabó por entender que, como tal, tienen derecho de autodeterminación como cualquier otro país de nuestro planeta.

    6. El camino de Alemania hacia la unidad interna

    Cuando el 9 de Noviembre de 1989 se abrieron las compuertas del muro berlinés, los alemanes en el Este y en occidente fueron presa de un gran júbilo - se había convertido en realidad un sueño que ya no se consideraba posible. Una sorpresa incrédula se mezcló con una alegría espontánea, gente que no se conocía se abrazaba efusivamente, y no solamente en Berlín se celebró una gran fiesta de reencuentro. Sin embargo, cuando empezó nuevamente la vida cotidiana se impuso

    la certeza de que los alemanes se encontraban frente al mayor desafío de su historia desde el término de la Segunda Guerra Mundial. La posibilidad de restablecer la unidad estatal de Alemania nunca había sido tan grande, y a fines del año 1989 nadie podía decir si alguna vez se presentaría nuevamente la misma oportunidad. Con la apertura del muro, el sistema socialista de la desaparecida República Democrática Alemana había declarado públicamente su quiebra. Colapsó sin mayor estrépito, al igual que todos los otros sistemas socialistas en el ex bloque oriental, poco antes o después. Ese derrumbamiento puso en marcha una dinámica de los acontecimientos que echó por la borda a la República Democrática Alemana en un breve período de tiempo un orden mundial bipolar. Solamente los sistemas de alianza occidentales, la Organización del Tratado del Atlántico Norte y la Comunidad Europea, quedaron como verdaderas “anclas de estabilidad” dentro de los cambios políticos y sociales que se dieron en Europa, y también más allá de sus fronteras.

    En 1990 se hizo efectiva la unidad estatal de Alemania, y la República Democrática Alemana dejó de existir. Ese mismo año bajo el imperio de la unidad y la libertad, el pueblo alemán eligió por primera vez conjuntamente un Parlamento Federal alemán.

    Sin embargo todavía quedaba una frontera: la situación económica y material de la ex República Democrática Alemana y la República Federal eran totalmente distintas. Es decir, después de la guerra, la población germano-oriental pasó casi sin darse cuenta de una dictadura a la próxima, y la represión y el igualitarismo han dejado huellas en el alma de la colectividad. ¿Quién puede negar que aún tengan los alemanes dificultades con la libertad recuperada?.

    En el Este de Alemania existe un problema psicológico en esta etapa de reconstrucción: la falta de iniciativa propia, o sea, la escasa disposición a tomar responsabilidad y a delegar responsabilidades. El problema para la población germano-oriental ha sido que el antiguo sistema tenía un carácter represivo y protector a la vez. La represión desapareció, algo justo y que también se pretendía conseguir. Pero la mano protectora que se preocupaba por todo, también se esfumó, lo que explica el alto grado de inseguridad y a veces la nostalgia por los viejos tiempos que siguen existiendo en los nuevos Estados federados, aunque casi nadie desea restaurarlos verdaderamente. En vista de esta situación no es fácil solucionar aquel problema que es el mayor en la ruta hacia la unidad interna de Alemania.

    Miedo ante los cambios, tendencias a la inmovilidad, creciente egoísmo, inercia y mezquindad son los otro lados de la medalla del bienestar individual dentro de una colectividad. En Alemania occidental, la población estaba marcada más por los valores materiales que los espirituales.

    Un factor por cierto de vital importancia para la unidad interna es que todos los ciudadanos alemanes tomen conciencia de ser parte integrante de una sola nación y colectividad.

    7. En favor del equilibrio y la paz

    Cuarenta años después de la fundación del Estado alemán occidental, la política de Bonn presentaba un apreciable balance de éxitos. La República Federal de Alemania era una importante potencia media, orientada hacia el equilibrio y la paz. En la OTAN prestaba una importante contribución a la seguridad y a la política de paz de Occidente. La Comunidad Europea, impulsada por la voluntad de Francia y de la República Federal Alemana, avanzaba hacia la Unión Europea.

    La situación de partida había sido desastrosa, casi sin esperanza. El Reich Alemán había sido derrotado, dividido y desarmado; económicamente se encontraba por el suelo. Los territorios del Este de la línea Oder-Neisse estaban bajo administración polaca y una parte de Prusia Oriental había sido incorporada a la Unión Soviética. Alemania Occidental estaba inundada por doce millones de fugitivos. La mayoría de las ciudades en ruinas y los servicios públicos destruidos. Hasta fines de 1947 se habían realizado sin éxito seis conferencias de ministros de Relaciones Exteriores de las cuatro potencias vencedoras. Moscú había bloqueado toda la posibilidad de entendimiento. En 1949 entró en vigencia la Ley Fundamental (moderna Constitución de la República Federal de Alemania orientada hacia los modelos occidentales). En 1949 el Canciller Federal Konrad Adenauer (presidente de la Unión Cristiano-Demócrata y primer jefe de gobierno de la RFA) había señalado que sus objetivos de política exterior más importantes eran la incorporación en la comunidad de los pueblos libres, la superación de la confrontación germano-francesa y la recuperación de la soberanía y la igualdad de derechos. Según él, sin una Europa fuerte y unida, vinculada con los EE.UU., no sería posible lograr en libertad la unidad de Alemania. En 1950 se produjo la invitación para integrar al Consejo de Europa, en Estrasburgo. Adenauer dio de inmediato su aprobación al plan proclamado por el Ministro de Relaciones Exteriores francés Robert Schuman en el sentido de colocar bajo una autoridad común la producción del carbón y del acero de ambos países limítrofes y de otros Estados interesados. Un año después, Francia, los países del Benelux (unión económica que en 1948 formaron Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo), Italia y la RFA firmaron el acuerdo. Tras el estallido de la guerra de Corea en 1950, Adenauer se manifestó dispuesto a colaborar en una defensa común de Europa. En 1952 los miembros de la Comunidad del Carbón y del Acero acordaron fundar una Comunidad Europea de Defensa (CED), que fracasó en 1954.

    Pronto se encontró otra solución. La clave la proporcionó el llamado Pacto de Bruselas, en virtud del cual Francia, Gran Bretaña y los países del Benelux se habían comprometido en 1948 a oponerse a una nueva política de agresión alemana. Las potencias de ocupación se transformaron en aliados. Se comenzó la organización del Ejército Federal alemán.

    Adenauer buscó un nuevo punto de partida en la vinculación de las fuerzas económicas de Europa. El resultado fue, en 1956, la firma de los "Tratados de Roma" por parte de los seis Estados miembros de la Comunidad del Carbón y del Acero. En ellos se establecía la fundación, a partir del 1º de enero de 1958, de la Comunidad Económica Europa y de la Comunidad Europea del Átomo. En 1962, con la realización del Mercado agrícola común, Adenauer expresó que ese era "uno de los acontecimientos más importantes de los últimos siglos". Se habían logrado todos los objetivos básicos iniciales. Pero ello se había llevado a cabo a costa de graves conflictos de política interna. Ciertamente, el partido de la oposición (Partido Socialdemócrata) perseguía objetivos similares. Pero aspiraba a lograrlos sin pagar el precio de un endurecimiento o de una eternización de la división alemana. Durante once años debatieron en el Parlamento sobre este tema. Pero en 1960 fracasó la última cumbre de los "Cuatro Grandes" en París, y a partir de ese momento el SPD se adhirió a una política exterior e interalemana sobre la base de los acuerdos europeos y atlánticos.

    Las relaciones con Washington y París fueron decisivas tanto para la posición y la capacidad de acción de la RFA como para la construcción de Europa. Los EE.UU. habían dado los primeros y más importantes impulsos para la admisión de Bonn en la comunidad occidental.

    El Plan Marshall de 1947, con su programa de ayuda para Europa, significó el detonante inicial de la reconstrucción de la RFA. El rápido establecimiento por parte de los EE.UU. de un puente aéreo para abastecer a la población como respuesta al bloqueo de Berlín (Oeste), impuesto por Moscú en 1948, y el coherente cumplimiento de las promesas de Bonn en el sentido de pagar reparaciones a Israel y a las víctimas de los crímenes nacionalsocialistas, contribuyeron decididamente a una creciente confianza recíproca. Entre ambos pueblos surgió una red cada vez más densa de relaciones humanas, políticas y económicas. En cambio, la relación con Francia estuvo todavía durante un tiempo afectada por los esfuerzos franceses de anexión del Sarre, importante región industrial alemana (en 1956 se pudo solucionar también este problema).

    En los años siguientes adquirieron creciente importancia los esfuerzos para lograr una distensión en la relación Oeste-Este, no obstante los retrocesos que significaron la construcción del muro de Berlín en 1961 y la marcha soviética en Checoslovaquia después de la primavera de Praga. Este hecho fue desencadenante del comienzo de una reorientación de la política exterior soviética, que modificó las relaciones con el Oeste. La RFA, firmemente afianzada en Occidente, pudo utilizar esta situación para desarrollar las relaciones con el Este. La coalición social-liberal firmó a tal fin en 1970 los "Tratados con el Este" (Moscú, Varsovia y Praga) y negoció con la RDA un "Acuerdo Básico" que aseguraba un modus vivendi entre ambos Estados alemanes.

    Con la Conferencia de Estocolmo, concluida en 1986, sobre medidas de seguridad y de creación de confianza, se dio la primera señal real para el desarme.

    8. La influencia de Alemania en Europa

    Cuarenta años constituyen un lapso suficiente en la existencia de una constitución o de una ley fundamental (como suele llamársela en la República Federal Alemana) como para poder formular una evaluación equilibrada. Por lo demás, en el mundo no abundan las constituciones que han durado más de una generación. Pero, ¿son cuarenta años suficientes para realizar un balance de la República Federal Alemana desde la perspectiva de un extranjero?

    La historia de la República Federal Alemana es corta, pero rica en experiencias y decisiones. Desde la perspectiva europea se presentan cinco fases.

    La primera comenzó con la satisfacción general por la derrota del nacionalsocialismo que fue percibida como una victoria sobre los alemanes. ¿Cómo hubiera podido esperarse de personas que tanto habían sufrido bajo la cruz gamada (símbolo de una pesadilla en idioma alemán) la objetividad necesaria como para distinguir entre alemanes y nazis? En aquella hora sombría, en la que se entretejían la miseria y la libertad recuperada, la historia alemana parecía haber llegado a su fin y Alemania a su hora cero. La derrota había significado no sólo la rendición incondicional sino la destrucción total de un Estado en una medida quizás jamás dada en la historia. El tejido social estaba destruido. No podía dejar de percibirse que no sólo las ciudades sino también las almas y los pensamientos de todo un pueblo yacían en ruinas. Gracias al esfuerzo de viejos y jóvenes demócratas, al vigor de las llamadas “mujeres de escombros” y a la voluntad de sacrificio de los trabajadores, pudo surgir de la profunda destrucción el coraje suficiente para un nuevo comienzo, el del “milagro de la curación”: fin y principio a la vez, símbolo de la voluntad de un pueblo. Después de la Primera Guerra Mundial los vencedores perdieron la paz porque no supieron resistir la tentación de la venganza, porque abatieron y humillaron al pueblo alemán suponiendo falsamente que un tratado impuesto podría conjurar los peligros. En cambio, en 1945, los Aliados tomaron en sus brazos al pueblo alemán y se lanzaron a la extraordinaria tarea de la reeducación: en el oeste en libertad, en el este como una ideología que negaba la libertad. Las atrocidades habían sido terribles y terribles fueron también las consecuencias. Casi no existe ningún ejemplo en la historia de una nación que, como supuesto castigo por sus errores, perdiera extensos territorios que le habían pertenecido durante siglos y millones de personas fueran obligadas a abandonar penosamente su patria.

    Una inteligente perspicacia de las potencias de ocupación caracteriza la segunda fase. Los europeos comprendieron que no era posible esquivar el problema de Alemania ya que afectaba el orden de paz en Europa Central. Desde el discurso de Byrnes en Stuttgart, el 6 de Septiembre de 1946, pasando por la autoresponsabilidad de los alemanes a través del Plan Marshall, hasta el paulatino establecimiento de la soberanía por medio de elecciones libres y una constitución: el objetivo fue siempre ofrecer nuevamente a una nación una base para la esperanza y la creación; este proceso estuvo estrechamente vinculado a la aparición de la guerra fría. En realidad, el conflicto entre el este y el oeste no surgió a raíz de Alemania. Fue más bien la expresión de la inevitable división en la concepción opuesta de la democracia: libertad en el Oeste y comunismo en el Este. La decisión de los alemanes era clara: libertad antes que la unidad y paz en libertad, pero la libertad tenía que ser la “condición y no el precio de la unidad”. Europa era la meta a fin de lograr la libertad, la paz y la unidad, y por ello la reconciliación entre Alemania y Europa era la vía que conducía a ese futuro.

    “El futuro de Alemania se llamaba Europa”. Esta es la 3º fase, que puede ser resumida con la palabra “solidaridad”. El puente aéreo para salvar Berlín fue la expresión de esta solidaridad por parte de las “potencias protectoras”. Pero el desarrollo continuó, Berlín ha seguido siendo para todos el símbolo de la lucha entre la libertad y la dictadura. La audaz decisión de rearmar la República Federal Alemana y de posibilitar en 1955 su ingreso en la OTAN no fue sólo una consecuencia de la guerra fría, significó el reconocimiento de Alemania como una democracia de igual rango, la superación de los temores pasados. El apoyo de Europa durante la crisis de Berlín de 1958 a 1960 hasta la vergonzosa construcción del “Muro” respondía a la responsabilidad conjunta de los europeos frente a Alemania. A pesar del fracaso, en 1954, de la perspectiva de una comunidad europea de defensa, debido a que la conciencia de los europeos todavía no estaba madura para este salto, la solidaridad se consolidó en aquellos años a través del ingreso de la República Federal de Alemania como decidido miembro fundacional de la Comunidad Europea (Tratados de Roma de 1957).

    La cuarta y larga fase se extiende hasta fines de los años setenta. La República Federal de Alemania se había convertido en un miembro pleno de la comunidad de naciones. Esta igualdad de derechos estaba enraizada en los tratados, en las concepciones y en la conciencia de las gentes en Europa.

    El desarrollo no era sólo un alejamiento del pasado a causa del progreso de los tiempos, sino mucho más. Los cambios en la Unión Soviética obligaron a Europa Occidental a desarrollar una nueva concepción de las relaciones en Europa: debido a la distensión el problema de Alemania volvió a estar en primer plano. La solidaridad seguía existiendo, pero los europeos deseaban movimiento: el llamado reconocimiento del “status quo” era inevitable a fin de poder mantener contactos con el Este. La “cuestión alemana” no debía obstaculizar estos desarrollos. La división de Europa no podía ser superada a breve plazo. Tenía que ser aceptado sin que esto significara renunciar a los principios de la autodeterminación y de la libertad. En la política con Alemania, lo esencial ya no era la solidaridad en la lucha de la democracia contra la dictadura sino la solidaridad en la búsqueda de un orden de paz que había que establecer de alguna manera.

    Este proceso está vinculado con el concepto de la “Ostpolitik” (la política del oeste). Los europeos apoyaron esta política y algunos hasta ya habían preparado los primeros contactos con el este.

    Así llegamos a la actual y quinta fase. ¿Se ha convertido la República Federal Alemana en los años 90 en una gran potencia? Los europeos ven en ella un país muy poderoso, pero no una gran potencia y tampoco una potencia mundial porque la República Federal Alemana no aspira a jugar ningún papel rector, por mas que muchos quizás hasta lo deseen. No podemos medir su prestigio con viejas pautas pues está situada mucho más alto. La influencia que puede ejercer en el ámbito financiero y económico y en el comercio internacional, conduce a la República Federal Alemana en una dirección que es europea y no alemana.

    Ante los ojos de los europeos, la República Federal Alemana ofrece una imagen clara e inequívoca: un país democrático que se siente comprometido con la creación de una Europa libre. Desde la perspectiva europea no puede ignorarse que Alemania, los alemanes y la República Federal Alemana, seguirán jugando un papel central en la confrontación de los europeos con ellos mismos. Para todos en Europa la creación de una Europa propia de la gente, más allá de las fronteras significa la reconciliación de ellos mismos, la superación de hostilidades milenarias. Impresiona el interés de los alemanes en llevar adelante este debate, que en tiempo reciente se ha ampliado demostrando cuán importante es y sigue siendo este tema.

    Finalmente, muchas observaciones serían posibles en este lugar, como lo es la comprobación de que la historia alemana es reiteradamente medida con una pauta ética de lo bueno y lo malo como si a los pueblos le estuvieran abiertas siempre todas las vías y los alemanes hubieran tomado siempre las decisiones falsas.

    9. La política exterior alemana de 1949 a 1995

    El 3 de octubre de 1990 se cumplió el cometido formulado en la Ley Fundamental (unidad alemana, integración europea y política de paz) de la República Federal de 1949: la unidad nacional y estatal del pueblo alemán. Con la paulatina integración de la República Federal de Alemania en las comunidades occidentales se realizó paso a paso la emancipación de la República Federal en el campo de la política exterior.

    Desde 1945 en Europa se formaron dos bloques caracterizados por sistemas políticos y económicos contrapuestos y antagónicos. La división de Alemania y de Berlín, fue cada vez más patente y más dolorosa para la población. Sin embargo, la época de postguerra estuvo caracterizada por una sabia decisión de los EE.UU. de América, a saber de permanecer en Europa, participando decisivamente en la configuración del futuro de este continente. Este plan llevado a cabo por los Estados Unidos fomentaba la estabilidad y la cooperación de las democracias europeas.

    La consolidación del enfrentamiento entre el Este y el Oeste en Alemania estuvo relacionado con el auge de la Unión Soviética, la que llegó a ser una potencia militar del mismo rango que los Estados Unidos. La decisión de la República Federal de Alemania de tomar su lugar en la comunidad de las democracias occidentales representó la primera y fundamental determinación del rumbo de la política alemana federal de posguerra; la República Federal resistió la tentación de buscar la respuesta al pasado y la división del país siguiendo un camino aislado, en un status del no alineamiento y de la neutralización.

    Con la profundización del antagonismo entre el bloque oriental y el occidental se vieron reforzadas los disímiles desarrollos a ambos lados de la cortina de hierro.

    En 1997 se definió la cuestión alemana como la causa principal de la tensión en Europa; esta concepción exigía una solución definitiva y estable para eliminar las barreras artificiales entre Europa occidental y oriental.

    La política exterior alemana experimentó a mediados de 1989 una constelación extraordinariamente positiva: ambas superpotencias, los Estados Unidos y la Unión Soviética, declararon a Alemania como su más importante socio en Europa.

    En las negociaciones "2+4" de 1990, ambos Estados alemanes consiguieron con los EE.UU., la Unión Soviética, Francia y Gran Bretaña, asegurar la unidad de Alemania desde el punto de vista de la política exterior. Según el Tratado "2+4", la Alemania unificada comprendía los territorios de la República Federal de Alemania, de la República Democrática Alemana y todo Berlín. En forma definitiva, Alemania obtuvo su soberanía el 15 de marzo de 1991; esto significó un importante aporte para un orden duradero y justo destinado a una Europa democrática, consciente de su responsabilidad por la estabilidad, la paz y la cooperación.

    En 1994 los últimos soldados del "Grupo Occidental" de las FF.AA. rusas abandonaron el suelo alemán. En esa fecha terminó aquel capítulo en la historia ruso-germana que había comenzado con el ataque de Hitler en contra de la entretanto desaparecida Unión Soviética (1941).

     La mayoría de los diputados dijo sí, el 20 de junio de 1991: 338 votaron por Berlín como nueva sede del gobierno; 320 por Bonn. Una ajustada pero concluyente decisión y un impulso para la Alemania unificada.

    La parte occidental de Berlín era una isla democrática en un mar socialista, cercada durante casi tres decenios por el Muro y las alambradas. Ello trajo como consecuencia un considerable retraso en el desarrollo, comparado con el de otras ciudades alemanas occidentales. Ciertamente, el nivel de vida de Berlín Oeste estaba a la altura del resto de la República Federal de Alemania; pero, ello era sólo posible gracias a las subvenciones que fluían en la ciudad. Cuando se avecinó en Berlín un auge de dimensiones desconocidas en las construcciones, los inversionistas se lanzaron a esta ciudad y los precios de los inmuebles y los alquileres se fueron por las nubes; algo que sucedía hace decenios en Munich, Francfort o Hamburgo.

    Muchos políticos germano-occidentales temieron con motivo del debate acerca del traslado de la sede del gobierno y del Parlamento de Bonn a Berlín. Esta ciudad necesitaba un tal poder de atracción: la decisión sobre la capital se lo proporcionaría. Sólo así podría Berlín, tan largamente aislada y dividida, marcada todavía por los daños de la guerra y el desastre económico socialista, independizarse poco a poco de las altas subvenciones que todavía seguían siendo necesarias. Pues, lo que hacía que los problemas se presenten como tan graves era el hecho de que Berlín Oeste, mantenido hasta ahora por la República Federal Alemana, no estaba rodeado de un entorno próspero sino por una RDA que en la parte oriental y en los distritos circundantes había arruinado la economía, destruido la infraestructura e impedido el pensamiento económico.

    Con la reunificación alemana, se sumó al fiscalmente débil Berlín Oeste, con sus dos millones de habitantes, una ruinosa mitad con un millón de habitantes que, en medida todavía mayor, dependía para su reconstrucción de subvenciones y ayudas. Durante algunos años existió en una misma ciudad un desnivel económico comparable al que existe entre Milán y Nápoles.

    En Berlín la gente emigraba del Este al Oeste, y en algunos ámbitos, como el de la salud pública, se producían situaciones criticas: como las enfermeras ganaban en el Oeste el doble que en el Este, había allí una sensible falta de personal asistencial. Esto significa que había que equiparar rápidamente los salarios, no sólo en este ámbito.

    La decisión a favor de Berlín como sede del gobierno no tuvo un impacto financiero inmediato. Esta ciudad experimentó el "boom" de la construcción, ya que se instalaron en ella no sólo las empresas de prestaciones de servicios y las grandes empresas (que, desde allí deseaban explorar los nuevos mercados en el Este de Alemania y en la Europa Oriental que comenzaba poco a poco a desarrollarse), sino también los políticos, diputados, funcionarios federales, diplomáticos, asociaciones y medios de información. Y para todo esto se necesitaban centros de trabajo, viviendas, hoteles, restaurantes, infraestructura. Todo esto se

    vio obstaculizado por numerosos derechos de propiedad no declarados y reclamados por quienes fueron expropiados por la República Democrática Alemana o antes aún por los nazis.

    También se fundó la universidad de Berlín, y ello atrajo a la elite intelectual del país. Berlín tuvo esta oportunidad. Para ello tuvo que desprenderse del papel de mendigo y receptor de subvenciones, superar el sentimiento de ciudad-isla, a la que había que defender, y recuperar la confianza en sus propias fuerzas, su orgullo y su serenidad.

    10. Conclusión

    Es cierto que durante la guerra fría, a través del "equilibrio del terror", las dos superpotencias garantizaron la paz en Europa, lo que significó la ausencia de grandes conflictos. Sin embargo, durante esos 45 años, se registraron 125 conflictos armados fuera de Europa, con la pérdida de casi 40 millones de vidas.

    En los albores del nuevo orden mundial, algunos interrogantes claves aún no están resueltos. Rusia se encuentra en una grave situación de crisis política y económica, sin haber perdido su poderío militar; se hace necesaria la ayuda de los siete grandes, para que los liderazgos ultra nacionalistas que comienzan a aparecer en Rusia no puedan, en su desespero, en caso de que asuman el poder, emplear tal poderío de una manera insensata.

    El esfuerzo para combatir la pobreza tiene que ser universal, pues aunque el 95% del PBI mundial se concentra en el hemisferio norte, las estadísticas muestran que en los 12 países de la C.E.E. existen cerca de 50 millones de pobres, 1 millón de personas sin techo, y 12 millones de seres condenados a la llamada "pobreza extrema".

    La elevación del índice de desempleo en las grandes economías mundiales conduce a movimientos ultra nacionalistas mundiales, y los analistas pasan a preocuparse más por el número de inmigrantes que por el número de misiles de un potencial enemigo.

    El Muro de Berlín era repudiado bajo todos los aspectos, mas contribuyó a mantener los 45 años de paz en Europa; espero que el "Muro" de Maastricht no demuestre ser perjudicial para la paz en el continente europeo.

    Todos debemos esforzarnos por la paz, pero no podemos que a lo largo de la historia las ideas de Sun-Tsu, Maquiavelo, Clausewitz, Mahan y tantos otros, han quedado constatadas.

    Junto a la defensa de los principios fundamentales de autodeterminación de los pueblos y de la no-intervención, debemos también adoptar la filosofía del pragmatismo responsable, pues más vale prevenir que curar.

    Dentro de la filosofía, debemos reconocer que el mundo ya ha vivido épocas de paz, definida ésta como una ausencia de grandes conflictos, bajo la égida de una potencia hegemónica.

    Tuvimos la paz romana, la paz británica ahora, iniciamos la era de la paz americana o, por la propia actitud de la potencia hegemónica de procurar actuar a través de la Organización de las Naciones Unidas, la PAX UNUS.

    Espero que la potencia hegemónica continúe siendo amante de la democracia representativa y del respeto de los derechos humanos, como siempre lo ha sido.

    LA CAIDA DE LA UNIÓN DE REPÚBLICAS SOCIALISTAS SOVIÉTICAS

    1. INTRODUCCIÓN

    Hemos dado vuelta de página al siglo XX, una centuria que se caracterizó por una paradójica combinación de esperanza y miedo. La esperanza radicaba en lo que se creía que era la “nueva edad dorada”, en la que los descubrimientos científicos y los avances tecnológicos, liberarían al hombre de todos sus sufrimientos- pobreza, enfermedades, hambre, guerra- males que lo habían afligido desde el comienzo de su historia. Por otra parte, el miedo se sostuvo por la aparente desintegración de los valores tradicionales y de las estructuras sociales, religiosas y laicas.

    Sin duda, a lo largo de estos cien años la humanidad se vio más remecida que en ninguna otra época. Desde la Revolución Industrial el hombre se insertó en una máquina de cambios, desaciertos y progresos, que concentró su mayor intensidad en el siglo que recién pasamos.

    Como hitos y desenlaces históricos del siglo XX, podemos forjar una lista innumerable, sin embargo, es axiomático que en los años finales de la década de 1980 y en los primeros de la de 1990 terminó una época de la historia del mundo para comenzar otra nueva.

    El reconocimiento público de que algo andaba mal en todos los sistemas que se proclamaban comunistas, se hizo tangible con el derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) En este momento se concreta el vuelco político, económico y social más trascendente de los últimos tiempos (por no decir el más preponderante)

    El colapso de la ideología marxista-leninista al derrumbarse el gigante soviético con su consecuente final de la Guerra Fría, es un hecho que ha nadie le puede ser indiferente. Es aquí donde radica el sentido del documento que se presenta a continuación.

    A través del siguiente ensayo se busca presentar una visión más exhaustiva del cambio de la Unión Soviética a Rusia.

    Con este propósito se han consultado diversas fuentes, con sus respectivas visiones, para dar un carácter más objetivo y global de este acontecimiento.

    En esta perspectiva, este trabajo tiene como objetivo recopilar y comentar, en forma descriptiva y no doctrinal el desmembramiento del país más grande del mundo.

    2. ANTECEDENTES

    Al asumir Mijaíl Gorbachov en 1985 el poder en la URSS, el gigante soviético venía de disfrutar un decenio de estabilidad política sin precedentes bajo el gobierno de tres dignatarios, “ninguno de ellos apto- según diagnóstico médico- para tan alto cargo”. En el momento de su muerte, en 1982, Leonid Brezhnev a duras penas podía tomar decisiones políticas. Su sucesor, Yuri Andrópov, si bien con mayor vigor mental, se encontraba físicamente incapacitado, desapareciendo de la escena en 1983. Lo sucedió durante un año Konstantín Chernenko, un viejo camarada político de Brezhnev y jefe de su Estado Mayor, pero que sufría de enfisema y apenas podía pronunciar un discurso coherente

    Por otra parte, se ha presumido a veces en Occidente de que el Politburó (Comisión política del Comité Central del Partido Comunista de la U.R.S.S) de esa época, escogió a Gorbachov por ser partidario de la “línea blanda” en respuesta a la “línea dura” del Presidente norteamericano Ronald Reagan. La verdad es que la política exterior soviética no estaba en discusión cuando se le eligió, y éste no dio el menor indicio de que quisiera adoptar una política de conciliación con Occidente, ni en público ni en las reuniones del Politburó, como tampoco lo hizo en la reunión en que sus colegas del Politburó votaron por unanimidad recomendarlo al Comité Central para el puesto de secretario general. Ni estaba claro para sus colegas que elegían a un auténtico reformista, y menos a alguien que sacudiría los fundamentos mismos del sistema soviético.

    La llegada al poder de Gorbachov fue, sin embargo, un hecho decisivo para la historia de Rusia y Europa. Su relativa apertura de espíritu significaba que sus puntos de vista se fueron desarrollando durante sus años como dirigente y que pronto se dio cuenta de la necesidad de reformas económicas y de cambios políticos. Al principio, se trató de reformas dentro de los límites del sistema existente, con la reorganización (perestroika) de la economía soviética, que llevaría a una aceleración (uskorenie) del crecimiento económico. Propició una mayor transparencia (glasnost), deseable por sí misma y por razones pragmáticas, como un medio de revitalizar y movilizar a una sociedad estancada.

    3. COMIENZO DEL FIN

    Desde el comienzo de su jefatura, Gorbachov habló también de la necesidad de democratización (demokratizatsiya) de la sociedad soviética, aunque los cambios políticos propiciados durante sus tres primeros años en el cargo de secretario general podrían describirse más como de liberalización que de democratización. Su actuar se podría definir como natural dentro de la evolución política y social del resto del mundo, “Concretamente, el comunismo es una reacción contra los excesos que cometió el capitalismo liberal en su juventud desaprensiva y rapaz. Las características del comunismo puro son sino la contraparte de aquellas condiciones”

    Fue en la XIX Conferencia del Partido Comunista soviético, en el verano de 1988, cuando Gorbachov asumió la responsabilidad del gesto decisivo de convertir el sistema soviético en algo de esencia totalmente diferente, y cuando aceptó no sólo el principio de elecciones para una nueva legislatura sino que propuso que se redactaran aquel mismo año las leyes correspondientes y que la nueva Asamblea empezara a funcionar en la primera mitad de 1989.

    En cada año de la segunda mitad de los ochenta se fueron ensanchando los límites de la glasnost hasta que no pudo distinguirse esta apertura de la libertad de expresión y de publicación. Se suprimió un tabú tras otro, al ir tomando impulso la evolución política del país. La crítica a Stalin precedió a la crítica a Lenin, y a finales del decenio ya se podía atacar en letra impresa no sólo al principal fundador del Estado soviético, sino también a los actuales dirigentes del Partido Comunista y hasta los fundamentos mismos del sistema económico y político soviético. Se publicaron en ediciones de gran tiraje obras antes prohibidas y que tuvieron un efecto profundo en la opinión pública, como El Archipiélago GULAG, de Alexander Solzhenitsin, Relatos del Kolimá, de Varlam Shalamov, que exponía lo más despreciable de la vida en los campos de trabajo soviéticos, las obras de Daniel y de Siniavski, el 1984 y Rebelión en la granja de George Orwell, y El cero y el infinito de Arthur Koestler. Decenas de millones de rusos, que antes daban por descontado el sistema comunista, se convirtieron en anticomunistas.

    Si la perestroika fue en sus inicios una revolución “desde arriba”, aunque en sus aspectos más radicales contaba sólo con el apoyo de una minoría de la dirección del Partido (aunque incluyendo en ésta, de modo crucial, a Gorbachov), para 1989-1990 se había convertido ya, cada vez más, en un movimiento desde abajo. Las elecciones que tuvieron lugar en marzo de 1989 trajeron la derrota de numerosos funcionarios del Partido Comunista y dieron puestos en la legislatura a nacionalistas de las repúblicas bálticas y caucásicas, así como a numerosos rusos liberales y radicales, entre ellos Sajárov. El propio Gorbachov había pasado de reformador en ciernes del sistema soviético a dirigente que reconocía la necesidad de una profunda transformación. En 1988 en privado y en 1990 en público, había aceptado la necesidad de sustituir el unipartidismo de autoridad por un pluralismo político, en el cual las elecciones irían produciendo un sistema de partidos que compitieran entre sí, mientras que la economía de mando, propiedad en su totalidad del Estado, dejaría paso a una propiedad mixta y a una economía predominantemente de mercado.

    Sin embargo, por temperamento y por convicción política, Gorbachov era más partidario de la evolución que de la revolución, y su posición resultó extraordinariamente difícil cuando la anterior unidad, artificial pero eficaz, del sistema soviético fue dando paso a un alto grado de polarización. De un lado, en 1990 se encontró superado por radicales como Boris Yeltsin, cuya rápida transformación de jefe comunista local en tribuno democrático del pueblo fue posible gracias al espacio para la acción política independiente abierto por las reformas de Gorbachov. Por otro lado, Gorbachov se encontraba sujeto a presiones cuando menos igualmente intensas por parte de los defensores del sistema soviético en los aparatos del Partido y del Estado, entre los militares y la KGB, temerosos de que los cambios de largo alcance propiciados por él pusieran en peligro el sistema tal como lo conocían y la integridad del Estado soviético.

    4. EL DERRUMBE

    Gorbachov no sólo estaba dispuesto a ver transformarse el sistema soviético, sino que tuvo un papel decisivo en el avance hacia el pluralismo político. Pero no formaba parte de su proyecto de evolución tolerar la ruptura del Estado soviético. Él y el ala reformista de la dirección del Partido Comunista intentaban sustituir un Estado unitario, que había pretendido con falsedad ser un sistema federal, por una auténtica federación. En 1991 llegó a aceptar como posición de retirada que la Unión Soviética fuera una confederación menos rígida, pero era firmemente contrario a una ruptura completa de la unión. La presión por la plena independencia era especialmente fuerte en las repúblicas bálticas y, cada vez más, en Ucrania, Georgia y Armenia. El más sorprendente defensor de la independencia respecto a la unión era, sin embargo, la República Rusa. En su ambición de poder, Yeltsin jugó la carta rusa, y pese al papel histórico predominante de Rusia y los rusos en la Unión Soviética, afirmaba en 1990 que las leyes rusas tenían precedencia respecto a las soviéticas. El 8 de diciembre de 1991, junto con los presidentes de Ucrania y Bielorrusia (ahora Belarus) aplicó el golpe de gracia al sistema, al anunciar unilateralmente que la URSS había dejado de existir y que sería sustituida por una Comunidad de Estados Independientes. El 21 de diciembre de 1991 la URSS dejó formalmente de existir. Once de las doce repúblicas que quedaban, entre ellas, Armenia, Azerbaiyán, Kazajstán, Kirguizistán, Moldavia, Rusia, Tayikistán, y Uzbekistán acordaron crear la llamada, de forma imprecisa, Comunidad de Estados Independientes (CEI). Gorbachov dimitió el 25 de diciembre y el día siguiente el Parlamento soviético proclamó la disolución de la URSS.

    La figura de Yeltsin había crecido con su éxito en tres sucesivas elecciones: al Congreso de Diputados del Pueblo de la URSS en 1989, al Congreso de Diputados del Pueblo de Rusia en 1990 (tras lo cual fue elegido miembro del Soviet Supremo), y, sobre todo, a la Presidencia de Rusia en junio de 1991. Una aportación considerable, aunque no intencionada, a la ruptura de la Unión Soviética y al aumento de la autoridad de Yeltsin fue el golpe de los partidarios de la línea dura que intentaron derrocar a Gorbachov en agosto de 1991. El primer ministro (Valentín Pávlov), el jefe de la KGB (Vladimir Jriuchov), el jefe de la industria militar soviética (Oleg Baklánov) y el ministro de Defensa (Dmitri Yazov) figuraban entre los que formaron un autodenominado Comité estatal para el estado de emergencia; el 18 de agosto detuvieron a Gorbachov en Crimea durante sus vacaciones y trataron de volver al statu quo anterior.

    La negativa de Gorbachov a proporcionar una “hoja de parra” constitucional a los conjurados tuvo un papel importante en el fracaso de la intentona, aunque la atención internacional se concentró en la «Casa Blanca» de Moscú, el edificio del Parlamento ruso donde Boris Yeltsin dirigió la resistencia al golpe, apoyado por decenas de millares de moscovitas que formaron un cinturón protector en torno al edificio (lo cual aumentó el costo político del asalto al mismo), y también por la gran mayoría de los dirigentes del mundo. El 22 de agosto, el golpe ya había fracasado, el prestigio de Yeltsin aumentado y Gorbachov regresaba a Moscú debilitado. Yeltsin explotó plenamente el hecho de que los jefes del golpe fueran personas nombradas por Gorbachov para sus cargos; no perdió la ocasión de subrayar que en la nueva situación de «dualidad de poder» en Moscú (poder soviético y poder ruso), él era, con mucho, el más fuerte.

    Estos últimos meses de existencia de la Unión Soviética fueron el momento culminante de la popularidad de Yeltsin. En cambio, Gorbachov, que había sido el político más popular de Rusia y de la URSS durante los cinco años transcurridos entre su elección como secretario general del Partido Comunista, en marzo de 1985, y su elección como presidente de la URSS por el Congreso de los Diputados del Pueblo en marzo de 1990, gozaba ahora de mucho menos apoyo y se le respetaba menos que a Yeltsin. Sin embargo, Gorbachov fue quien dio los pasos clave para desmantelar el sistema comunista. La libertad de palabra, de publicación y de culto, las elecciones libres, un legislativo que podía criticar al ejecutivo, y que lo hizo, organizaciones políticas independientes (incluyendo la formación de grupos de presión, amplios movimientos políticos y embrionarios partidos políticos), habían surgido bajo la protección de Gorbachov y, en su mayoría, como resultado de su apoyo decisivo. Esto significaba que Rusia, a finales de los ochenta, había adquirido muchos de los rasgos propios de una sociedad civil y del pluralismo político. De hecho, los rasgos esenciales del comunismo habían sido descartados cuando menos dos años antes de que se suprimiera el Partido Comunista soviético, después del fracaso del golpe de agosto, y mucho antes de que la bandera roja con la hoz y el martillo se arriara del Kremlin el 25 de diciembre de 1991.

    La era Gorbachov vio también el fin de la guerra fría, gracias a la nueva línea de pensamiento adoptada por Gorbachov y a la nueva conducta soviética que lo acompañó. “Los complejos militares-industriales, tanto de la URSS como de Estados Unidos, habían alcanzado un volumen enorme, pero el costo de mantenerse a la altura de la superpotencial rival significaba una mayor tensión para la economía soviética que para la norteamericana”, dado el nivel superior tanto del PIB como de la tecnología de Norteamérica. Sin embargo, fue necesaria la audacia de un dirigente soviético para dar prioridad al apaciguamiento de los temores occidentales sobre los de su propio aparato militar. Tras establecer buenas relaciones personales con los principales dirigentes occidentales -y de modo decisivo con los sucesivos presidentes norteamericanos Ronaldo Rehagan y Jorge Bus, pero también con Margaret Thatcher, Francoise Mitterrand, Helmut Kohl y Felipe González-, Gorbachov pudo llegar a acuerdos con ellos sobre una vasta diversidad de cuestiones.

    Más importante incluso que los tratados de control de armamentos para demostrar que el nuevo pensamiento de que tanto se hablaba era presagio de una nueva realidad política, fue el cambio de la conducta soviética respecto a Europa oriental. Cuando los países de esta zona pusieron a prueba el nuevo pensamiento de Gorbachov, que proclamaba que cada país tenía derecho a escoger su propio sistema político y económico, las acciones soviéticas no lo desmintieron... mejor dicho, la inacción soviética, pues no hubo ningún intento de intervención militar cuando, uno tras otro, los países del antiguo bloque soviético se convirtieron en independientes y no comunistas, durante los años de 1989-1990. El cambio que a los dirigentes Soviéticos debió de resultarles más difícil de tragar (y que causó disensiones en los círculos dirigentes) fue la reunificación de Alemania como miembro de la OTAN, hecho que finalmente Gorbachov aceptó.

    Aunque la actitud de Gorbachov era diferente respecto a lo que a veces se llamaba el “imperio interior” de la URSS, para diferenciarlo del “imperio exterior” centroeuropeo, también en esto se abstuvo de recurrir a lo que, en 1990-1991, era el único medio posible de mantener unida toda la Unión Soviética, o sea, una represión dura y constante. Por el contrario, trató de negociar -aunque ya algo tarde- un nuevo tratado de la Unión que mantuviera unida voluntariamente a toda o a la mayor parte de la URSS. Fracasó, pero no, esencialmente, a causa de errores cometidos por los dirigentes soviéticos de después de 1985, sino por el legado de todo el período soviético y hasta de la historia de la Rusia imperial.

    5. UN NUEVO ORDEN

    Una vez iniciadas la democratización y la liberalización, se presentó la oportunidad de exponer, primero, los numerosos agravios nacionales sobre opresiones e injusticias del pasado, y luego de elegir a políticos que, lejos de dejarse controlar por Moscú, se adherían a las causas nacionalistas Estonia, lituana, letona, ucraniana o georgiana. Y con esto, las probabilidades estaban en contra de la conservación de una unión política que cubriera todo el territorio de la antigua URSS.

    Hubo partes de la Unión Soviética en las cuales las élites nacionales no reclamaron la plena independencia -en particular el Kazajstán, bajo la dirección de Nursultán Nazarbáiev, y las repúblicas de Asia central-. De una manera que tiene su importancia, la independencia les cayó encima en diciembre de 1991. Una razón de que las élites locales vacilaran era que habían alcanzado el poder sirviendo a Moscú y creyendo -o fingiendo creer- en el marxismo-leninismo. Dado que parecía más que probable que en el Asía central postsoviética la ideología oficial del Estado sería el Islam, no era ni mucho menos evidente que quienes formaron las capas gobernantes en el último período soviético pudieran mantenerse en posiciones de poder y privilegio. De hecho, el cambio de élites fue muy reducido. En toda la antigua Unión Soviética, y en especial en los Estados de Asia central, los funcionarios del antiguo Partido Comunista se convirtieron en los principales dirigentes y en los beneficiarios económicos del poscomunismo.

    Esto también era cierto respecto a la misma Rusia, donde en el verano de 1996 el antiguo secretario del Comité Central, Boris Yeltsin, fue elegido presidente por un nuevo período de cuatro años, tras lo cual conservó los servicios, ahora como primer ministro, del antiguo jefe del Departamento del Comité Central Víktor Chernomirdin. Durante el pasado decenio la visión política de Yeltsin había cambiado radicalmente. En el terreno en que bajo Gorbachov hubo sólo cambios moderados, el de la privatización parcial y la introducción de la economía de mercado, Yeltsin introdujo cambios espectaculares entre 1992 (el año en que el economista favorable a la economía de mercado Yegor Gaidar fue primer ministro en funciones) y 1995. Aunque los ciudadanos rusos mejor informados veían claramente que no podría volverse a una economía de estilo soviético y al mundo de los planes quinquenales, los costos de la transición fueron altos. La separación entre ricos y pobres se ensanchó trágicamente, la inflación barrió muchos ahorros, la seguridad en el empleo se vio amenazada y floreció el crimen organizado.

    Mientras que una amplia capa de la población rusa había apoyado en 1991 la democracia y la economía de mercado, considerándolas como panaceas que conducirían rápidamente al nivel y a los estilos de vida de Europa occidental, para la vasta mayoría no sucedió así, ni podía suceder sobre la base de la economía soviética erróneamente desarrollada más que subdesarrollada. Una creciente hostilidad a la presidencia de Yeltsin y a la política seguida por su gobierno condujo a un enfrentamiento entre el presidente y el Soviet Supremo, que estalló en 1993 y condujo a que Yeltsin disolviera la legislatura que antes había presidido. La Casa Blanca de Moscú, que Yeltsin defendiera en agosto de 1991, fue la sede de la resistencia de la legislatura a Yeltsin, que terminó sólo cuando éste consiguió persuadir, no sin dificultades, al ejército para que pusiera término a la situación. El asalto a la Casa Blanca dejó varias docenas de muertos, pero abrió el camino a la adopción, en diciembre de 1993, de una nueva constitución y a elecciones a una nueva legislatura -una Duma del Estado y una Asamblea federal-. Este Parlamento tenía muchos menos poderes que su predecesor, algo que convenía a Yeltsin, pues el cambio en la opinión pública se reflejó en un importante apoyo electoral al movimiento nacionalista, el mal llamado Partido Liberal Democrático, dirigido por el ultra populista Vladimir Zhirinovski, y a los comunistas y sus aliados. Exactamente dos años después, en las elecciones a la Duma, comunistas y nacionalistas obtuvieron una proporción igualmente importante del voto popular y de escaños, aunque en 1995, a diferencia de 1993, los comunistas superaron a los nacionalistas.

    Si bien los perdedores de la Rusia postsoviética se hacían oír ahora, no era fácil que los vencedores cedieran sus ganancias sin dura lucha; entre ellos había muchos antiguos altos funcionarios comunistas, que se habían convertido en propietarios de los bienes que antes administraban. Parecía probable que seguiría predominando algún tipo de economía de mercado, aunque muy distorsionada, debido al volumen de los intereses creados que la apoyaban y también porque no se había encontrado ninguna alternativa viable a la economía de mercado, como la experiencia soviética de más de setenta años había demostrado elocuentemente. Parecía que la mayoría de los ciudadanos rusos deseaba alguna forma de socialdemocracia, en la cual las nuevas libertades se combinaran con un estado de bienestar y su seguridad social. Pero como era muy limitado el espacio para maniobras económicas en aquellas condiciones de pluralismo político y de declive industrial, y dado que los socialdemócratas estaban divididos y no conseguían coincidir en un partido político fuerte, un número importante de rusos se sentía inclinado una vez más hacia los comunistas y sus aliados, pese a que quienes seguían siendo miembros del Partido Comunista eran los mismos que se habían opuesto tenazmente a las reformas de Gorbachov para introducir libertades políticas e intelectuales y al programa de privatizaciones de Yeltsin (y a veces precisamente a causa de esto)

    Parecía muy improbable que Rusia volviera a un sistema comunista clásico, del tipo que prevaleció en la Unión Soviética hasta los años ochenta. Un factor que dificultaba este retorno era la resolución en las comunicaciones. Mientras que antes de Gorbachov incluso las fotocopiadoras se mantenían bajo triple llave y que el régimen tenía el monopolio de la información, la situación cambió espectacularmente a finales de los ochenta y en especial en los noventa. A mediados del último decenio del siglo, el correo electrónico, los aparatos de fax y la televisión por satélite habían despegado en Rusia. Al regreso a la sociedad cerrada se oponían el deseo de la nueva élite de los negocios de gozar de por lo menos las mismas ventajas que sus homólogos occidentales, y también el deseo de los gobiernos postsoviéticos de integrar a Rusia más plenamente en la economía mundial. De modo más general, debe recordarse que es más difícil retirar libertades una vez concedidas que negar las que nunca se han gozado. Pero la tentación autoritaria seguía muy presente, y Rusia entró en los postreros años del siglo no sólo con una economía mixta, sino también con una política mixta, en la cual los elementos democráticos y los autoritarios se combinaban, a veces en una misma persona. De nuevo se había depositado mucho poder en manos de los dirigentes del ejecutivo, y aunque en 1997 todavía era posible criticar al presidente y al gobierno, resultaba menos fácil exigirles responsabilidades en los períodos entre elecciones, e incluso en éstas sólo de modo parcial.

    Hay que buscar una de las razones en la gran influencia de que disfrutaban los poderes financieros. Una irónica observación que circuló mucho en la Rusia postsoviética era que "todo lo que los comunistas nos dijeron sobre el socialismo era mentira, y todo lo que nos dijeron sobre el capitalismo era verdad". De una curiosa manera, la antigua propaganda soviética sobre los sistemas capitalistas, que ocultaba la importancia de las instituciones democráticas occidentales y subrayaba el poder de los banqueros, no habría estado lejos de la realidad si se hubiese expresado como una predicción sobre el capitalismo ruso; pero, dado que los comunistas soviéticos ortodoxos nunca creyeron que fuera posible una transición en tal dirección, no merecen ningún crédito especial por presciencia. Pero la política rusa de los años noventa se caracteriza por el surgimiento de triángulos de oro con estrechas relaciones entre determinados banqueros, dirigentes políticos y el sector de la industria rusa que todavía daba beneficios (especialmente en el sector de la energía) Mientras que el conjunto de la producción industrial seguía declinando, consiguieron grandes ganancias algunos banqueros que tenían amigos en la “corte” o que adquirieron un lugar en la misma «corte», pues varios de ellos fueron nombrados para altos cargos en los gobiernos de Yeltsin.

    Una economía capitalista, con ciertas características corporativas, se ha consolidado con sorprendente rapidez, mientras que la democracia dista mucho de estar consolidada. Ante la amenaza de la vuelta al poder de los comunistas de la línea dura, algunos partidarios de Yeltsin manifestaron sus deseos de que no se celebraran las elecciones presidenciales fijadas para junio de 1996. “Yeltsin resistió esta tentación y en la campaña confió mucho en el apoyo de los nada objetivos medios de comunicación, especialmente la televisión”. Entre los problemas a que se enfrentaba estaba la guerra, muy impopular, que comenzó en 1994 contra Chechenia, una república de la Federación Rusa que se había declarado independiente. En la campaña, Yeltsin afirmó que esta guerra estaba terminada, añadiendo que Rusia la había ganado. Su afirmación distaba mucho de ser verdad. Ganadas las elecciones, las fuerzas rusas intentaron conseguir la victoria militar que les había eludido antes y lanzaron una nueva ofensiva contra Chechenia, que fracasó.

    A diferencia de 1991, Yeltsin no consiguió una mayoría electoral en la primera vuelta, si bien en la segunda derrotó con bastante margen a su principal adversario, Gennadi Ziugánov, aunque este comunista nacionalista, que parecía hablar desde el pasado, recibió más del cuarenta por ciento de los votos. Entre las dos vueltas, Yeltsin reforzó su posición nombrando como asesor para la seguridad nacional al general retirado Alexandr Lébed, que había llegado en tercer lugar en la primera vuelta. Fue Lébed quien, a finales de agosto y comienzos de septiembre de 1996, negoció un acuerdo para poner fin a la situación en Chechenia, apareciendo así como quien puso fin a una sangrienta e innecesaria guerra que, según su plausible estimación, había costado unas ochenta mil vidas. Tregua que sería tan frágil como la alicaída economía rusa. Al final, como cabía prever, el ambicioso Lébed pronto chocó con otros miembros del gobierno y con el mismo Yeltsin. Éste lo destituyó una vez hubo servido a sus propósitos electorales, y Lébed puso la mira en las siguientes elecciones presidenciales, en las cuales, si no se cambiaba la constitución, Yeltsin no podría participar. No parecía seguro que Yeltsin pudiera concluir su segundo mandato, pues una vez que lo hubieron reelegido, se reveló que había sufrido un grave ataque cardíaco entre los dos turnos electorales de 1996. “Durante el resto del año, estuvo incapacitado y se sometió por dos veces a cirugía cardiaca. Pero en 1997 ya volvía a mostrarse activo, aunque más dependiente que en el pasado de sus subordinados”. Uno de ellos, Vladimir Putin, un ex miembro de la KGB con fama de hombre duro, lo remplazó después de dimitir por razones médicas. Más tarde, al realizarse la nueva elección presidencial, capturó votos populares producto del descontento económico con el nuevo sistema y de un amplio sector conservador de la sociedad, que vio en él rasgos de sus antiguos líderes. Asumió el sillón presidencial a comienzos de este año, recibiendo a un país de pasado glorioso, con el orgullo y bolsillos heridos.

    6. CONCLUSIÓN

    Lo que ha hecho excepcionalmente difícil la transición soviética y rusa ha sido la necesidad de transformar simultáneamente los sistemas político y económico, mientras que, al mismo tiempo, un tipo de imperio (ya fuera el de la Unión Soviética, ya el de la federación rusa) tenía que convertirse en un federalismo auténtico si se quería dar una posibilidad real de éxito a la transición hacia la democracia. Estos enormes cambios se vieron complicados, además, por la necesidad de que los ciudadanos y los dirigentes rusos aceptaran la posición internacional de potencia importante en vez de la de superpotencia, y por el difícil ajuste psicológico que entrañaba el pleno reconocimiento de la independencia de territorios que, en algunos casos, habían formado parte de la Gran Rusia desde el siglo XVIII o antes.

    A la luz de estos obstáculos históricos a la transición hacia la libertad y la democracia en Rusia, lo que realmente impresiona a los observadores, más que los fracasos y los contratiempos, es el alcance de lo conseguido entre mediados de los años ochenta y mediados de los noventa, especialmente en lo relativo a la libertad. Pero para millones de rusos, la transición fue tan dolorosa que, a mediados de los noventa, situaban la libertad en el área inferior de su escala de valores, más abajo que al principio del decenio. En especial la generación vieja expresaba, tanto con sus votos como en las encuestas de opinión, la nostalgia por la seguridad y el carácter predecible de las cosas que asociaban con las últimas décadas del gobierno comunista. Al llegar a su término el siglo, los auténticos demócratas rusos se encuentran, una vez más, a la defensiva y muy conscientes de las dificultades y los peligros que acechan.

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