Bodas imperiales

Mujeres de Carlos V. Dinastía de los Austrias. Francisco I. Felipe II. Juana de Habsburgo. Isabel de Portugal. Juana van der Gheenst

  • Enviado por: Ramsés
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Las bodas imperiales

El año 1526 parecía estar lleno de gratas promesas para España. Por lo pronto, es el año del Tratado de Madrid, en que tantas esperanzas tenía puestas Carlos V.

Fue también el año de las bodas imperiales.

Nada más seco ni falto de espiritualidad que las negociaciones entabladas entre España y Portugal para cerrar aquella alianza. En un tira y afloja que dura años enteros, las dificultades se cifran en la cuantía de la dote que ha de llevar la novia. Una circunstancia estimula sobre todas a Carlos V a la boda portuguesa: la falta de dinero. Quería Carlos llevar a cabo su empresa italiana, pues Italia disponía para él la coronación por el papa y el salir de sus oscuros años adolescentes para ponerse de lleno a la faz de toda Europa.

Pero para ir a Italia precisaba algo más que dinero: precisaba dejar alguien que actuara como regente en su ausencia. Ambas cuestiones las resolvía su boda con Portugal. Todos los informes que tenía le hablaban favorablemente acerca de las cualidades de la infanta Isabel. Por otra parte, Portugal era una de las naciones más rica de la Cristiandad, y podía pagar la dote que se contaba en 900.000 doblas de oro castellanas menos lo que Castilla debía a los portugueses. En total, la suma se quedaba en 239.668, que equivale a 1.500.000 de pesetas actuales.

En 1521, Carlos se había comprometido a casarse con María, la hija de Enrique VIII de Inglaterra, la sólo tenía entonces catorce años. En 1526 optó por casarse con su prima Isabel, hija del rey de Portugal, que además ofrecía la ventaja de ser considerada como española.

Aquí tenemos un ejemplo de las clausuras matrimoniales:

Primeramente es acordado y asentado que el dicho... señor Emperador se desposará por palabras de presente con la dicha señora infanta doña Isabel, luego que viniere la dispensación que nuestro Sancto Padre ha de otorgar para el dicho matrimonio, la qual el dicho señor Emperador será obligado a haver y traer a su costa

El estrecho grado de parentesco entre los dos prometidos, como primos carnales, hace que hoy en día nos alarmáramos al contemplar este casi faraónico enlace. Lo asombroso es que la dinastía de los Austrias, pese a los desastrosos resultados de su política matrimonial, persistiese en ella generación tras generación, hasta su completa extinción: Podría titularse de suicidio colectivo a largo plazo.

El 1 de noviembre se celebró las primeras ceremonias de esponsales por poder, en la corte portuguesa, que hubo que repetir el 20 de enero de 1526. Diez días después, acompañada del riquísimo cortejo, se encaminó la emperatriz hacia España. El 7 de febrero, entre Elvas y Badajoz, tuvo lugar la ceremonia solemne de la entrega de Isabel a la comitiva española enviada por Carlos V para recoger a su esposa.

Por aquellas fechas trataba Carlos V de llevar a buen término las negociaciones de paz y amistad con Francisco I de Francia. Ello obligó a una modificación del plan primitivo, cambiando Toledo por Sevilla, como lugar donde debían de encontrarse los prometidos.

El mismo día en que llegó Carlos V a Sevilla, los desposó el cardenal Legado Salvietti, y aun aquella noche hubo una misa de velación. Las ceremonias se realizaron en la sala del alcázar sevillano.

Carlos e Isabel, destinados a casarse sin conocerse, se amaron cuando se conocieron. Así, bajo el signo de Venus, transcurrió la jornada de Sevilla y de Granada, las ciudades andaluzas donde la pareja matrimonial pasó su luna de miel. Comenzaba una breve novela de amor, salpicada las ausencias políticas de Carlos. Trece años duraría aquella unión.

Isabel de Portugal daría tres hijos a Carlos: Felipe (1527-1598), María (1528-1603) y Juana (1535-1573). El enlace fue muy bien recibido en España. En el nacimiento de su primer hijo, tras un parto difícil, Isabel ordenó que se apagaran todas las velas para que no pudiera verse ninguna muestra de dolor en su rostro, y cuando la comadrona le aconsejó que gritara para aliviar el sufrimiento, contestó en portugués, su lengua materna: <<jamás en la vida; antes morir que gritar.>>

Felipe II nació en Valladolid el 21 de mayo de 1527, tenía una tez pálida, era rubio y con ojos azules, la mandíbula inferios ligeramente colgante, recordaba a la de su padre. Manifestó gran interés por las matemáticas y la arquitectura y muy poco por la esgrima y la caza. A los dieciséis años se vio obligado a iniciarse en la política al asumir la regencia de su padre.

La política matrimonial que puso en práctica Carlos V daría pocos resultados. Su hija María casó con Maximiliano II, emperador en 1564, y madre de Ana de Austria, y Felipe II se comprometió desde los pocos años con María Tudor de Inglaterra. Por otra parte, Juana, que en 1552 se casaría con el príncipe Juan, hijo del rey Juan III de Portugal. Pocos fueron los resultados de esta política.

La emperatriz Isabel, tras haber ejercido en varias ocasiones la regencia en España, muere en un parto el 1 de mayo de 1539, habiendo dejado constancia de su negativa a ser embalsamada. Cuando el cortejo fúnebre fue llevado a Granada para el entierro, tras largos días de marcha, y se abrió el féretro para que los miembros de la corte reconocieran el cadáver, uno de ellos se quedó mudo de horror ante tal grado de descomposición.

La vida privada del Emperador dio poco juego a las anécdotas rosas: se le conocieron pocas aventuras amorosas, todas anteriores a su matrimonio o posteriores a su viudedad. De una de sus primeras relaciones en los Países Bajos con Juana van de Gheenst nació una hija, Margarita, que precisamente se convertiría en regente de los Países Bajos. Un caso más conocido fue es el de Don Juan de Austria, nacido en Ratisbora, en 1547, de una tal Barbara Blomberg, una muchacha más bien vulgar, lavandera o cantante, a quien el emperador asignó una renta y casó con un soldado alemán de caballería. El hijo fue confiado a un fiel y viejo servidor, Luis Quijada, que se lo llevó a España y lo crió sin revelarle el secreto de su nacimiento. Cuando Carlos V se retiró al monasterio de Yuste, el joven Jerónimo, pues ese era su nombre, fue trasladado a Cuacos, cerca de Yuste. A la muerte del emperador asistió a las exequias, el 21 de septiembre de 1558, sin que nadie supiera aún quién era realmente.

En un concilio de su testamento, Carlos V desvelaba el secreto y encomendaba a Felipe II velar por la carrera de su hermano. La infanta regente, Juana de Habsburgo, se haría acompañar por él y lo abrazaría públicamente cuando asistieron a un auto de fe en Valladolid el 21 de mayo de 1559, aunque tampoco entonces se haría pública su filiación por cuanto esta prerrogativa recaía en le rey. Unos meses más tarde, Felipe II se encontraba con Jerónimo, como por azar, durante una partida de caza. Los dos hermanos regresaron juntos a Valladolid, y fue entonces cuando se dio un nuevo nombre al hijo del emperador, Don Juan de Austria, con el rango de infante y el tratamiento de excelencia en lugar del de alteza.

Tras dos años de estudio en Alcalá, el joven príncipe entró en la carrera de las armas, en la que llegaría a ser célebre. Entre sus gestas destaca la victoria sobre la flota turca en la famosa batalla de Lepanto, en 1571

Relación dinástica de Carlos V

Maximiliano I + María de Borgoña Fernando + Isabel (R.R.C.C.)

Felipe el hermoso + Juana la Loca

Carlos V + Isabel de Portugal

María + Maximiliano II Juana + Don Juan de Portugal Felipe II + María de Portugal

+ María Tudor+ Isabel Valois

Carlos V + Juana van der Gheenst

Margarita + Alejandro de Medicis + Octavio Farnesio

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